Primero capítulos GRATIS: Un rincón llamado hogar

Prólogo

Zooey

Me he acostado con Charlotte.

Busqué a tientas el respaldo de la silla que había a mis espaldas y me senté, derrengada, traicionada por mis propias piernas. El tañido del antiquísimo reloj de madera que sus padres nos habían regalado al casarnos pasó a resultarme de pronto tan agobiante que tuve ganas de arrancarlo de la pared y estrellarlo contra el suelo. ¿Por qué retumbaba tanto? Me estaba perforando el cerebro con la infatigable perseverancia de un taladro.

Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac.

Mis ojos no podían dejar de seguir el movimiento del sólido péndulo dorado que marcaba el paso de los segundos.

Derecha, izquierda. Derecha, izquierda. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac…

Todos mis pensamientos habían quedado reducidos a ese insufrible tictac.

Cariño, di algo. Grítame o pégame, o… qué se yo, pero, por favor, di algo.

Permanecí inmóvil en mi silla. Sin mirarle. Sin respirar. Sin que el corazón se atreviera siquiera a latir dentro de mi pecho, temeroso de que ese débil latido fuera a desgarrarme por dentro.

Hacía un día precioso al otro lado del cristal. Había salido el sol después de veintidós días de lluvia, pero yo no pude disfrutar de su calidez. En mi interior ya no sentía nada. Estaba todo entumecido, como si una capa de hielo se hubiese propagado por mis venas y me hubiese congelado hasta la médula.

Quizá con la única intención de sabotearme, mi mente eludió la crudeza del momento y se distrajo evocando a mi padre. ¿Qué diría si estuviera ahí? ¿Cómo se tomaría papá lo que Daniel me acababa de confesar? No lo habría comprendido. Claro que no. Para él, era algo impensable engañar a mamá. Nunca dudé de la intensidad de su amor, que, visto desde fuera, parecía tener la fuerza de cien mil caballos de carreras y la misma solidez que un enorme bloque de acero puro. Siempre he creído que tan solo un hombre al cien por cien masculino es capaz de mostrar ese amor tan profundo y ser, a la vez, tan rudo y tosco como lo era mi padre.

¿Por qué no me había enamorado yo de alguien como él? ¿Alguien de la vieja escuela; un hombre protector, leal y honesto?, ¿alguien digno de esa confianza tan ciega, tan peligrosa, cuyas consecuencias había empezado a pagar? A mi padre nunca le había gustado Daniel. Ahora comprendía por qué.

Zooey, cariño…

¿Qué es lo que he hecho yo para merecer esto, Daniel? ―hablé por fin, minutos, horas, puede que abismos de tiempo más tarde―. ¿No me he mantenido lo bastante delgada? ¿He envejecido antes de tiempo? ¡Por Dios!, si acabo de entrar en la treintena.

Un suspiro tan exangüe como el de un enfermo en su lecho de muerte fue expulsado a través de la lividez de mis labios. Hundí la cabeza entre las palmas, me aparté el pelo de las sienes y mi boca tembló en un gesto acerbo que reflejó lo que yo sentía en mi interior, el dolor que se entremezclaba con la incredulidad de una persona que contempla impotente cómo le arrebatan todo cuanto ha amado en la vida. Las palabras se ahogaron en mi garganta, y no pude volver a hablar hasta trascurrido un buen rato. E, incluso entonces, mi voz sonó queda.

No puede ser esa la razón ―murmuré para mí, y la tristeza me venció por momentos, hundiéndome cada vez más en mi asiento y en las entrañas de mi nuevo infierno personal.

Zooey, creo que…

Por favor, dime ―le acallé con dureza, mis ojos alzándose para atravesar implacables a los suyos―. ¿Qué es lo que he hecho mal? ¿Acaso no he sido lo bastante pasional? ¿Es eso? ¿Te faltaba algo que yo no he sabido darte?

Era la primera vez que lo miraba, y no vacilé al hacerlo. Retuve su mirada con toda la dureza de la que fui capaz. Quería una maldita respuesta. Quería saber por qué, por qué lo había echado todo a perder.

Daniel me lanzó una mirada suplicante. Sus ojos, torturados por la culpa, me pedían que dejara de atormentarme a mí misma de ese modo. Vi compasión en su rostro y me entraron nauseas. Lo que menos deseaba era despertar su aborrecible compasión.

No es por ti ―me dijo, casi mascando las palabras.

Entrecerré los ojos en un gesto de rechazo. No es por ti es la peor explicación que te pueden dar.

¿Eso es todo lo que vas a decirme? ―musité. Apenas podía tragar saliva. Las lágrimas no derramadas 

me sofocaban la garganta, por lo que las siguientes palabras sonaron aún más quedas que las anteriores―. ¿Después de todos estos años? ¿Después de todo lo que hemos vivido juntos? ¿No es por ti?

Daniel bajó la mirada y agitó pesaroso la cabeza. Actuaba como el hombre que llevaba el peso del maldito mundo encima de los hombros, y eso era lo que más me enfurecía. La agonía que contrajo la delgadez de sus facciones no hizo más que avivar la llama de ira que hacía minutos que titilaba en mi interior. Sentí ganas de gritar hasta destrozarme las cuerdas vocales, ganas de herirle, de hacerle más daño del que nunca pudiera aguantar.

Pero fui tan cobarde que me limité a estrechar los puños en el regazo y a mirar insensible cómo se me estiraba la piel de los nudillos hasta palidecer casi por completo.

No sé qué más podría decirte ―murmuró él, su mirada elevándose despacio hacia la mía―. Salvo que lo siento. No sabes cuánto lo siento.

Nos miramos en silencio. Fue doloroso. Sentí que ya no lo conocía. La intimidad que él y yo habíamos tenido, la complicidad, la confianza, todo eso se había quebrantado, y ahora estaba indefensa, apresada por un agudo sentimiento de vulnerabilidad que no había forma de vencer. Me sentí como cuando un extraño irrumpe en tu casa y revuelve entre tus cosas. Me sentí expuesta. Desvalida. Impotente. Lo odiaba tanto que me estremecí de ira.

Lo siento muchísimo, Zooey ―siguió Daniel al ver que mis ojos, inexpresivos como nunca, se perdían en un punto más allá de él―. Muchísimo. A lo mejor no te lo tenía que haber contado, pero necesitaba tu perdón. No puedo vivir con la culpa de lo que he hecho.

Trasladé la mirada hacia la ventana y mis labios bufaron un gesto de incredulidad. ¡La culpa! ¿Eso era lo 

único que sentía él? ¿Culpa? Yo sentía ganas de morirme ¡¿y él se lamentaba por la condenada culpa?!

¿Estás enamorado de ella? ―murmuré mientras contemplaba con ojos mortecinos una mota de barro que la lluvia había salpicado en el cristal.

No.

Categórico. Indiscutible. Sin vacilar.

Capullo insensible.

Mis ojos regresaron y perforaron los suyos.

¿Me has puesto los cuernos con una mujer a la que ni siquiera amas? ―la perplejidad que me hizo levantar el tono hundió a Daniel en su asiento.

Lo siento. Yo… ―Se calló y sus ojos verdes empezaron a nublarse, a volverse cada vez más llorosos―. Fue un error, cariño. Yo… El bufete va mal, estoy perdiendo clientes y estaba muy estresado, y tú nunca estás en casa, siempre estás escribiendo en esa maldita cafetería, y yo…

Basta.

Zooey…

Basta ―imploré en un murmullo desgarrado, y tuve que apretar los párpados con fuerza para dejar de verlo durante unos segundos―. No quiero oírlo. Me enferma oírlo.

No me di cuenta de lo mucho que apretaba los puños hasta que me empezaron a doler los dedos. Al cabo de unos segundos, los relajé y extendí las palmas. Cada vez luchaba más por retener las lágrimas. Mis manos temblaban a causa de la furia que me consumía por dentro.

Sin embargo, Daniel no pareció percatarse, pues estaba demasiado ocupado implorando la expiación.

Pero tenemos que hablar. Cometí un error y…

¡¿Un error?! ―le grité, mis ojos azules abriéndose de par en par para despedazar los suyos―. Un error habría sido olvidarte de nuestro aniversario. 

Pero te has follado A OTRA, Daniel. ¡Eso no es cometer un error!

Mi marido llevaba uno de sus pretenciosos trajes de alta costura que se solía poner para ir a los juzgados. Aun así, pese a lo mucho que odiaba que se le arrugara la ropa, se arrodilló delante de mí y me cogió las manos entre las suyas. Debía de estar muy arrepentido. No era de los que se arrodillaban fácilmente. Ni siquiera lo hizo al pedirme matrimonio. Era demasiado soberbio, demasiado arrogante. Los hombres como él no se arrodillan.

Pero esta vez ahí estaba, de rodillas ante mí, suplicando un perdón que yo no sabía cómo concederle.

Si pudiera retroceder… ―se lamentó, con todo un vendaval de emociones asolando su rostro.

Di un violento tirón y me solté de sus caricias consoladoras. Me daba asco que me tocara con las mismas manos con las que había acariciado el cuerpo de ella. Me imaginaba sus largos y elegantes dedos recorriendo las curvas femeninas, venerándolas como bien sabía que él era capaz de hacer, y me entraron arcadas. Mi marido había tocado de ese modo tan íntimo a otra mujer, le había hecho el amor apasionadamente, y esa era una idea que yo no podía asimilar porque me dolía demasiado hacerlo. Él era el amor de mi vida. Había sido el amor de mi vida. Ahora ya no era nada.

No puedes retroceder ―espeté con frialdad.

No, no puedo, cielo.

Pues ya está. Asunto arreglado.

Lo aparté y abandoné la silla. Me dolía la espalda. Me había mantenido inmóvil durante demasiado tiempo.

Puse los brazos en jarras y me arqueé hacia atrás. Mi columna crujió. Relajé la postura y eché a andar por el pasillo. No soportaba estar a su lado ni un segundo más. 

Tienes que perdonarme ―insistió Daniel, siguiéndome a la cocina―. Nunca fue mi intención hacerte daño. Esto está matándome.

Me volví sobre mí misma, incrédula y cada vez más furiosa con él. ¿Eso estaba matándole?

¡¿A él?!

Ese hombre había echado por la borda toda mi vida, todos mis sueños y mis ilusiones; el recuerdo de los mejores años de mi juventud había quedado agriado por culpa suya. ¿Y todo para qué? ¿Para calmar un calentón? ¿Cómo se le había ocurrido decirme que eso estaba matándole?

¿Sabes qué, Daniel? Resulta que yo tampoco puedo obrar milagros. Tú no puedes retroceder para cambiar lo que has hecho, y yo no puedo perdonarte por ello.

Probablemente, hubiera añadido algo más, pero me sobresaltó el sonido de mi móvil, que vibró encima de la encimera, al son de la pantalla que se encendía y se apagaba, tan alegre e insensible al dolor que tanto me estaba lacerando. Me acerqué, le eché un vistazo e hice una mueca de desagrado al ver que la llamada entrante era de mi hermana. ¡Qué sentido de la oportunidad tenía!

En otras circunstancias, no se lo habría cogido. Llevábamos años sin hablar. De todas mis hermanas, Jennifer era con la que menos empatizaba. Era grosera, ególatra y de lo más impulsiva, y de algún modo sentía que ella y su vanidad habían roto nuestra familia. Al menos Liberty se comportaba como una necia porque estaba enamorada. Jennifer no podía aferrarse a ese comodín, el amor nunca hace mella en personas tan superficiales como lo era ella.

Zooey, tienes que escucharme, cariño.

Mi marido posó la mano en mi brazo para detenerme, pero coloqué la palma contra su pecho y lo empujé hacia atrás. Él retrocedió, herido y contrariado, y me dedicó una mirada fulgurante.

¿Quieres comportarte como una adulta y hablar conmigo? Sé que he metido la pata, ¿vale?, pero vas a tener que enfrentarte a esto, Zooey. También es culpa tuya, no solo mía. Sí, no me mires así. Sí, es culpa tuya, ¡porque fuiste tú la que me apartó sistemáticamente, maldita sea! La que siempre estaba demasiado ocupada incluso para mirarme. Era como si yo no existiera para ti. Lo mismo que ese cuenco de adorno de ahí. ¡Y sí, Zooey!, ¡me acosté con Charlotte! ¡Lo hice porque ella, a diferencia de ti, me miró como si me viera! Y lo siento, porque te quiero y ella no significa nada para mí. Tú eres la mujer con la que quiero envejecer.

¡Oh, por el amor de Dios! ¿Por qué no le cae un rayo encima ahora mismo? Así se callaría de una santa vez.

La pantalla del móvil siguió encendiéndose y apagándose delante de mis ojos carentes de vida, y por una vez me dio igual mi relación con mi hermana, su egoísmo casi patológico y lo mucho que me había enfurecido con ella por fastidiar a nuestra hermana Rachel. En ese momento habría hecho cualquier cosa con tal de que Daniel dejara de existir durante un tiempo. Cualquier cosa, incluso revolver entre los escombros del pasado.

Así que me abalancé sobre el móvil con aire ansioso y descolgué.

Hola, Jennifer ―saludé con voz calmada―. No es un buen momento. Sé breve.

Zooey. Tienes que volver a casa. Es mamá.

 

1

Zooey

Llevaba más de cinco años sin pisar Austin, Texas, y, en cuanto una oleada de abrasadora humedad me dio de lleno contra la cara, constaté que no había echado de menos el lugar.

No necesitaba abandonar las inmediaciones del aeropuerto para saber que la ciudad lucía exactamente igual a como la había dejado al marcharme, soleada, calurosa, próspera y mucho más soporífera que Nueva York. Como si su pulso se viera ralentizado por los rayos del achicharrante sol, aún primaveral, que se derramaban torrenciales a través de la enorme cristalera que apuntaba hacia la pista donde minutos antes había aterrizado mi vuelo.

La sala de espera estaba llena. Hombres con botas vaqueras y sombreros Stetson esperaban sus maletas junto a mujeres de rostros bronceados y sonrientes, cuya buena disposición me hizo sentir mucho más amargada de lo que ya me sentía. Los niños correteaban libremente de un sitio al otro con la alegría de quien que no tiene más preocupación en la vida que la de divertirse. Por primera vez en mi vida, deseé ser pequeña otra vez.

Los tejanos suelen ser bastante amigables, incluso con los forasteros. Coseché montones de sonrisas mientras aguardábamos, todos de pie en un semicírculo, a que la cinta mecánica empezara a traer nuestros equipajes. Aunque me incomodaba ser objeto de tantas atenciones, correspondí a esa calurosa bienvenida con sonrisillas fugaces y algo tensas. Yo también había nacido en Texas, pero nadie lo habría dicho al verme. Mi aspecto era demasiado cosmopolita.

Y mi carácter tampoco es que fuese tan abierto como el de los demás tejanos. Solía ser una persona retraída, sin apenas amigos. Salvo Charlotte, ¿y de qué me había servido?

Dejé de pensar en Charlotte y nuestra supuesta amistad. Me sentía enferma cada vez que su nombre se colaba entre mis pensamientos. Lo cual sucedía demasiado a menudo.

Las maletas tardaban en llegar, así que me entretuve contemplando las pistas, los aviones despegando o aterrizando y los vehículos que corrían por la carretera que trascurría perpendicular al aeropuerto. El sol tejano languidecía a lo lejos, preparado para el atardecer, y tuve que entrecerrar los párpados para seguir mirando hacia el exterior. El rojizo resplandor del cielo se difuminaba en hermosas tonalidades de púrpura y azul, gamas tan intensas que en ningún lienzo se habrían podido reproducir, y a mí me invadió una sorprendente oleada de orgullo tejano ante tal despliegue cromático.

Mi tierra era rica en belleza, un bizarro abanico que entremezclaba colores y fragancias como no se veían en ninguna otra parte del país. Sin embargo, la mayoría de las veces ni siquiera era consciente de ello. Durante toda mi vida había deseado marcharme lo más lejos posible. Soñaba con el vasto mundo que se extendía más allá de la Travesía de los Leños o la Meseta Edwards; con Nueva York, la que yo consideraba el vibrante núcleo del país, una ciudad febril y prolífica en todos los sentidos de la palabra; prospera en cultura y de un dinamismo que me fascinaba. Teatro, arte, belleza, moda, música. Nueva York lo tenía todo.

Me imaginaba las oportunidades que la vida neoyorquina me brindaría, la gente a la que conocería y la cantidad de cosas que ellos me aportarían, y de esa forma me pasaba horas enteras soñando con los ojos abiertos, planeando todas y cada una de las locuras que haría si pudiera poner tierra de por medio entre ese lugar olvidado de la mano de Dios y yo.

En cuanto se me presentó la ocasión de marcharme, no me lo pensé dos veces. Me alejé junto a Daniel, sin llegar nunca a sentir nostalgia por los ondulantes campos verdes, los pantanos rebosantes de vegetación o los oscuros bosques de cipreses en los que me solía perder cuando era pequeña. Me movían la inconsciencia de mi juventud y un voraz deseo de reinventarme, de dejar atrás a la Zooey que solía ser, creando de esa forma a alguien nuevo y muchísimo más interesante. ¿Quién quería ver pastos llenos de vacas, si la alternativa era vivir en Manhattan y convertirse en una chica cosmopolita?

Ahora, tras haber pasado más de diez años alejada de mi lugar de nacimiento, al pisar la capital de Texas me sentí como si estuviera adentrándome en la América más profunda. Me había desacostumbrado incluso al modo de hablar de los tejanos, esa peculiar forma de arrastrar las vocales y el inconfundible acento cerrado.

Concluidos unos interminables minutos de recorrer la sala de un lado al otro, por fin vi llegar las maletas y me acerqué a la cinta mecánica que las transportaba. Cuando me llegó el turno, me estiré por encima de un niño y agarré la mía, intentando no golpearle con las ruedas al enderezarme.

Travis, deja pasar a la gente ―advirtió su madre, la cual había reparado en mi maniobra y se había dado cuenta de que el pequeño Travis estorbaba un poco.

El niño se apartó y yo le sonreí. Debía de ser la primera sonrisa sincera que esbozaba en días, la única que no me costó ningún esfuerzo. Daniel y yo no teníamos hijos, aunque hubo una época en la que soñé con tenerlos.

Lo que sí tenía eran montones y montones de sobrinitos. A los que apenas veía. A algunos ni siquiera había conocido aún, estaban dentro del vientre de sus madres la última vez que volé a Austin, y como mis hermanas y yo no éramos aficionadas a compartir fotos familiares por WhatsApp, no tenía ni idea del aspecto que tenían los críos. Conocía sus nombres porque era una buena tía y les enviaba un regalo navideño todos los años.

Por FedEx.

Mi familia era de las complicadas, de las que siempre tenían un frente abierto en alguna parte. Había que hacer encaje de bolillos para conseguir juntar a todo el mundo sin que nadie saliera machacado. Todavía no lo habíamos conseguido, razón por la cual apenas nos veíamos, a no ser que fuerzas mayores (malignas, en algunas ocasiones) nos juntaran a todos bajo el cielo de la misma ciudad.

Estaba convencida de que este nuevo encuentro iba a resultar explosivo. De hecho, venía preparada para lo peor. Si se podía sacar algo en positivo de los sucesos de los últimos días, era que la aventura de mi marido me había insensibilizado. Cualquier cosa que hiciera mi familia a partir de ahora, me iba a parecer una nimiedad comparado con lo de Daniel y Charlotte.

Arrastrando la pesada maleta roja, llena de ropa que sabía que nunca me daría tiempo a ponerme, me acerqué al mostrador de una empresa de alquiler de coches y elegí un bonito Ford modelo familiar, cuyo precio aboné en efectivo.

Gracias ―le dije al hombre que me entregó la llave en el aparcamiento, tras una breve inspección del reluciente vehículo azul por el que acababa de soltar una pequeña fortuna en concepto de fianza.

Conduzca con cuidado ―se despidió sonriente, llevándose dos dedos al ala del sobrero. Llevaba un Stetson. Por supuesto que sí.

Con un suspiro melancólico (mi padre también llevaba un Stetson), abrí el maletero, lancé el equipaje dentro y me coloqué las gafas de sol encima de la nariz. Frotándome las palmas como siempre hacía después de una tarea bien hecha, rodeé el Ford y me senté detrás del volante.

El viaje iba viento en popa. El avión no había llegado con demasiado retraso, la compañía no había perdido mi maleta como en otras ocasiones, había conseguido coche de alquiler en menos de diez minutos…

Hasta que me di cuenta de que el cambio era manual, y todo se echó a perder.

¿Qué? ¡No fastidies! ―grité, propinándole un furioso golpe al volante. Rocé el claxon sin querer y pegué un brinco en mi asiento, asustada por el ruido que yo misma había provocado. Necesité un momento para comprender que nadie me estaba pitando. Fue algo casi tan estúpido como las películas de Ben Stiller.

Acababa de llegar, y las cosas habían empezado a descontrolarse. Maravilloso.

Con ademanes torpes, me enderecé las gafas de sol, que se me habían torcido un poco por el sobresalto, rezongué otra maldición y ajusté los espejos y el asiento 

a mi altura. Si la vida te da limones, hay que hacer limonada.

Giré la llave dentro del contacto, puse el vehículo en marcha y…

para desesperación de los que circulaban detrás de mí, lo calé cinco veces seguidas. Demasiadas, teniendo en cuenta que aún no había abandonado el aparcamiento.

Me pitaron y coseché unos cuantos insultos que me hicieron descubrir que los tejanos no eran tan amigables como parecían.

En vista del atasco que estaba provocando, decidí dejarme de tonterías y pisar el embrague con más vehemencia. No me gustaba ser el hazmerreír de los demás conductores.

Si conseguiste no asesinar a Daniel ayer, puedes conducir un puñetero coche, me infundí ánimos, y, sin soltar más el embrague, maniobré para incorporarme al apabullante tráfico de la tarde. Habían pasado años desde la última vez que había conducido un vehículo con marchas, y me costaba bastante recordar el procedimiento.

En cuanto cogí la autopista y conseguí meter cuarta, supe que ya no había más peligro de calarlo. Ahora solo tenía que conducir, como si se tratara de un automático. Aun así, no fui capaz de relajarme, me mantuve tensa e incómoda, con los ojos siempre fijos en la carretera. Ni siquiera me atreví a cambiar de emisora por miedo a estrellarme, con lo que tocó escuchar canciones folk a todo volumen. Sentía que no era yo la que tenía el control, sino el coche, y eso me aterraba.

Empleé más de media hora en realizar un recorrido que, por lo general, solo requería unos diez minutos de conducción.

Aliviada de haber sobrevivido al tráfico del centro, y procurando llegar sana y salva al hospital, giré a la derecha en un cruce tan transitado que hizo que las 

manos me sudaran encima del volante, y aparqué con dificultad delante de una floristería, en una calle bastante concurrida.

Al abandonar el fresco interior del coche, gruñí una maldición. Fuera, el calor se había vuelto insoportable, aún más a causa de la elevada humedad que cubría mi piel con una capa sofocante y pegajosa.

Sin prescindir de las gafas oscuras, tan necesarias para conducir con el sol bajo en el horizonte, crucé la calle y entré en el pequeño establecimiento, cuya entrada estaba delineada por pesados maceteros que había que esquivar. El cencerro que colgaba sobre la puerta emitió un alegre sonido, como para darme la bienvenida a la tienda. Me pareció muy pintoresco. En Nueva York no había sonidos de cencerro. No que yo supiera, al menos.

Me acerqué al mostrador, sepultado bajo toda clase de flores y plantas, y le pedí al dependiente un ramo de margaritas.

Tiene mucha suerte. Es el único que nos queda. Tenga. Unas flores bonitas para una chica aún más bonita.

Los tejanos eran unos ligones. Retiré la nariz del ramo de flores, que no olían a absolutamente nada, y le sonreí.

Oh, no son para mí. Se las llevo a mi madre. Le encantan las margaritas.

Cada vez son más difíciles de conseguir ―replicó con pesadumbre―. Hace tanto calor que no tardan nada en marchitarse.

Era triste de algún modo que las únicas flores que le gustaban a ella se marchitaran antes de tiempo. Con una sonrisa efusiva, pagué lo que debía, cogí el ramo y me enfrenté de nuevo al molesto sol poniente, que arrojaba reflejos rojizos encima de los bucles que el aire empujaba delante de mis ojos.

Tras asegurarme de haber dejado el coche bien cerrado, caminé por la acera en dirección a la modesta clínica, que se erguía solo un par de plantas por encima del nivel del suelo, y crucé las puertas automáticas.

Tuve que pasar por recepción antes, ya que Jennifer no había especificado en qué habitación tenían a mamá.

Disculpe. Hola. ―Sonreí cuando la recepcionista levantó la mirada del ordenador―. ¿Podría indicarme cuál es la habitación de Verónica Patton?

La mujer, con una rígida sonrisa profesional, tecleó algo mientras yo tamborileaba impaciente los dedos encima del mostrador de granito, en un vano intento por liberar la tensión.

La veintitrés. Siga este pasillo todo recto, y al fondo gire a mano derecha.

Gracias.

Con manos trémulas, me enrosqué el fino pañuelo rojo alrededor del cuello y seguí la dirección que me habían indicado. Estaba tan nerviosa, tan perdida en mis pensamientos y tan inquieta por encontrar a mi madre ingresada en un hospital, que, sin darme cuenta, me estrellé contra la sólida caja torácica de un hombre que salía de una habitación con un montón de carpetas en la mano, justo en ese momento. Nos dimos tal golpe que sus carpetas salieron disparadas por el aire y aterrizaron al lado de mis pies.

Dios, lo siento ―murmuré aturullada, y me agaché a recoger los folios que mi torpeza había desparramado a nuestro alrededor.

Él se agachó a mi lado. No pude evitar echar un ojo a los documentos mientras se los ofrecía. Parecían los planos de una casa. Una casa bien grande.

¿Zooey?

Sus ojos buscaron a los míos con tal insistencia que, aturdida como estaba, levanté la mirada y lo estudié con expresión confusa. Admito que me gustó lo que vi. El hombre, que a su vez me contemplaba a mí, era alto y fortachón. Muy atractivo. Un tejano hecho y derecho, de piel tostada, profundos ojos, tan azules como las aguas del lago Conroe, y cabello rubio oscuro, corto y un poco gastado hacia las puntas. Ese hombre no debía de tener ni idea de lo que era un buen corte de pelo. Sin duda, se cortaba el pelo muy de vez en cuando, y siempre en el baño de su casa.

Iba en vaqueros, botas y camisa caqui remangada, y la piel alrededor de sus ojos estaba curtida por el sol. Debía de ser una persona risueña, también me fijé en las líneas de expresión que se insinuaban en las comisuras de sus labios.

Parecía igualarme en edad, aunque no tenía ni idea de quién era o de qué me conocía. No había nada familiar en él.

Disculpa, ¿nos conocemos?

¿No te acuerdas de mí? Soy T.J.

Una vez conocí a un T.J. Lo dejé plantado en mi baile de graduación. Esa noche me fugué con Daniel, el que ahora era mi marido, el capullo que, unas doce horas antes de esa conversación, me había confesado una aventura con su mejor amiga. Al menos ahora, el término amiga íntima tenía algún sentido para mí.

Dado el modo (inexistente) en el que nos habíamos despedido, recé para que no se tratara del mismo T.J.

¡T.J.! ―fingí reconocerle―. Claro. Vaya. Eres tú. Qué torpe. Me alegro de verte. Cuánto tiempo.

T.J. me mostró una sonrisa perezosa. Sus dientes me llamaron la atención por su blancura y por lo rectos que eran. Era un hombre tan apuesto que decidí que era imposible que se tratara del mismo tío del instituto. Yo recordaba a T.J. como un joven desgarbado, larguirucho, demasiado delgado y de ademanes un poco torpes. No había término de comparación entre él y mi apuesto novio de la adolescencia, el quarterback Daniel Thorne, el chico que, con una sola mirada de sus espectaculares ojos verdes, conseguía que las muchachas (yo incluida) perdieran las bragas en un santiamén.

Ya te digo. Creo que no te veía desde el baile de graduación, cuando me dejaste plantado y te fugaste con… ―Ladeó la cabeza, se rascó la ceja y se hizo el despistado―. ¿Cómo se llamaba aquel chico?

Tragué saliva. Pues sí, sí que se trataba del mismo T.J. Vaya por Dios. Estúpidas casualidades de la vida.

Daniel ―balbucí ruborizada.

Eso. Daniel. ¿Cómo está Daniel? ¿Sigues casada con él?

No pude refrenar a tiempo una mueca de aversión.

Legalmente sí, pero nos estamos dando un respiro ―expliqué, desconocedora de las razones que impulsaron tan molesto derroche de honestidad.

En los ojos de T.J. brilló una expresión casi malévola.

¿En serio? Qué lástima. Me caía bien.

¿De verdad?

En absoluto ―contestó con una contundencia tan seca que me hizo sonreír.

Nos erguimos y le ofrecí el resto de los papeles que llevaba en la mano. T.J. estaba sonriendo, y reparé en que había un ligero matiz insolente en su sonrisa. A lo mejor le resultaba divertido lo mío con Daniel. O a lo mejor consideraba que me lo tenía merecido.

Esa idea consiguió que mi sonrisa se hiciera añicos. Nunca lo había pensado, pero ¿podía haber sido cosa del karma? ¿Lo que se siembra se recoge, o algo así? ¿Había acumulado yo demasiadas energías negativas a lo largo de mi existencia y ahora la vida me decía namasté, Zooey, y que te jodan?

Hmmm. A lo mejor.

Gracias por ayudarme ―T.J. interrumpió mi viaje espiritual al acercárseme de una zancada. Retuvo mis ojos con tanta insistencia que me vi obligada a echar la cabeza hacia atrás para soportar todo el peso de su mirada. Era considerablemente más alto que yo―. Aunque, por el otro lado, si no me hubieses derribado, no me habría hecho falta tu ayuda. Así que… ¿gracias por nada?

Apreté los labios en una línea fina y tensa para desvelar mi arrepentimiento.

Lo siento. De veras.

No pasa nada. Quedas perdonada. ¿Qué haces aquí?

Pasé de inventarme alguna historieta y, en vez de eso, le dije la verdad.

Bueno, mamá está ingresada y…

¿La señora Patton está enferma? ―se preocupó T.J.―. ¿Qué es lo que le pasa?

Me encogí de hombros.

Aún no lo sabemos. Le están haciendo algunas pruebas.

Él posó una mano en mi hombro. No era un gesto sexual o provocativo. Solo pretendía trasmitirme apoyo. Así y todo, no pude reprimir un leve estremecimiento que contrajo mi estómago. Aquel era un hombre completa y absolutamente masculino, y eso me intimidaba. En su presencia, a pesar de mi casi metro setenta y dos de altura, me sentí pequeña y frágil.

Espero que todo salga bien ―me dijo con tono afable.

Oh, seguro que no es nada. El azúcar o algo así. Ya sabes que, después de cierta edad, el cuerpo da algún que otro fallo.

Hablaba tan deprisa porque era incapaz de contener mi nerviosismo. Su mano era grande y fuerte. Notaba su calidez a través de la ropa y, por algún motivo, se me empezó a elevar la temperatura corporal. ¿Todo eso sucedía porque hacía meses que ningún hombre me tocaba de forma íntima? ¿Debía achacar mi reacción a las hormonas desquiciadas, o más bien a un oculto deseo de hacerle daño a Daniel acostándome con otro hombre?

¡Qué despropósito! T.J. está tan cañón que hace que a una se le doblen las rodillas, me tranquilicé a mí misma, decidida a no buscar significados tan profundos. No se trataba de un retorcido deseo de vengarme de mi querido y adúltero marido. Ese hombre me parecía guapo y punto. Además, era el primer representante del sexo opuesto que se interesaba por mí en mucho tiempo. Decidí que sentirme atraída por él era lo normal.

Ahora que lo mencionas, a mí cada día me chascan más las rodillas ―bromeó él con un guiño.

Si te sirve de consuelo, a mí también. Pero, chisssstt, no lo digas por ahí. Tengo una reputación.

Reímos, divertidos por la broma, hasta que él carraspeó, retiró la mano y se rascó la nuca. Era como si algo le perturbara de pronto, como si esa intimidad le asustara de algún modo. Su sonrisa se había tornado tensa y menguaba con cada segundo que trascurría. La mía, por el contrario, se mantuvo intacta.

Busqué sus ojos azules y los estudié embobada. Me hallaba ante uno de los hombres más guapos con los que me había topado en toda mi vida, y eso que vivía en Nueva York, el centro del mundo civilizado, donde había montones y montones de tipos apuestos.

T.J. era guapo. Indiscutiblemente. Pero era mucho más que un rostro masculino y un cuerpo forjado a base de trabajos pesados.

Cuanto más lo observaba, más convencida estaba de que su aspecto físico no era lo único que me atraía de él. No se trataba solo de la dureza de unas facciones esculpidas y tostadas por el sol, o de la solidez de una figura alta y robusta. Había algo en sus ojos, un aire de honradez que hacía años que no veía en nadie.

No sé por qué, pero tuve la impresión de que T.J. era un tipo leal. Alguien como mi cuñado Logan. Alguien como mi padre. Alguien completamente opuesto a Daniel.

Aparté ese pensamiento de mi cabeza. Pensar en mi marido me ponía en plan homicida.

Siento oír lo de tu madre ―me dijo T.J. con voz cálida―. Espero que se mejore pronto.

Esbocé una sonrisa forzada y tensa. Notaba frío en el hombro desde que él había retirado la mano.

Gracias. Bueno, tengo que dejarte. Me están esperando.

Claro. ―Palmeó mi hombro a modo de despedida, besarnos habría resultado incómodo para ambos, y me sonrió por última vez―. Me alegro de verte.

Lo mismo digo. Adiós, T.J.

Adiós, Zooey. Dale recuerdos a tu madre.

Lo haré.

Se marchó, con los andares perezosos de un hombre que es sexy y no le importa que los demás lo sepan, y yo solté todo el aire que había retenido hacia los últimos segundos de nuestra conversación, y continué mi camino por el pasillo, procurando no derribar a nadie más.

Delante de la puerta de mamá, cuadré los hombros, llamé con suavidad y me preparé para enfrentarme a lo que fuera que tuviera que afrontar.

Estaban todos ahí cuando entré. Mi hermana Liberty y su odioso marido Tom, mi hermana Jennifer y su marido Logan, mi hermana pequeña Rachel…

Y, por supuesto, mamá, que se alegró muchísimo de verme.

Era la hija a la que menos veía. Mis hermanas mayores vivían en el condado, y, de una forma u otra, sus caminos se acababan cruzando tarde o temprano, en el mercado o en la peluquería. Puede que incluso en el cementerio. Dios sabía que había mucha gente querida sepultada en el cementerio local.

Rachel, a pesar de estar viviendo en California, visitaba a mamá como mínimo dos veces al año.

Yo, en cambio, después del entierro de papá, no lo había hecho, siempre por falta de tiempo, organización o cualquier otra excusa estúpida a la que me aferraba para justificar mis ausencias en fechas señaladas.

Incómoda a más no poder, me detuve en el umbral y los evalué a todos con mirada inquieta. Me sentía un poco fuera de lugar delante de mi propia familia. Yo era la desconocida, la que se había desentendido por completo de los demás. Era imposible que me sintiera cómoda en esas circunstancias. Era una intrusa.

Hola ―saludé, notando cómo se me alzaban los bordes de la boca en un gesto tenso, una sonrisa que no tardó más de un par de milésimas de segundo en apagarse encima de mis labios.

Los ojos de mi madre resplandecieron como un chispazo, iluminando su rostro afectuoso, aunque marchito por el cansancio.

¡Zooey! ¡Dios mío! ¡Has venido desde Nueva York!

Lo dijo como si hubiese tenido que venir desde la Luna, y experimenté cierto malestar al comprender que no había sido una buena hija. En los últimos cinco años no había ido a verla ni una sola vez. Supongo que no le había perdonado a mi madre el haberse posicionado del lado de Jennifer en el escándalo que nos acabó dividiendo a las cuatro hermanas en dos bandos: por un lado, Liberty y Jennifer, y por el otro, Rachel y yo. En mi opinión, una madre tiene que mantenerse ecuánime en algunos asuntos.

Pero ese no era un buen momento para ventilar los trapos sucios. Mi madre estaba ingresada en el hospital, y yo estaba preocupada por ella. Pese a que nuestra relación se había enfriado muchos años atrás (fugarme con Daniel lo había echado todo a perder, ya que a ella le sentó como un jarro de agua fría que nos casáramos sin su bendición), no dejaba de ser mi madre.

Así que me acerqué a su cama, le di un beso en la frente y dejé el ramo de flores sobre la mesilla.

Hola, mamá. Me alegro de verte.

¡Pero qué guapa vienes! ¿Qué te has hecho en el pelo?

¿Esto? Ya ves, me lo he tenido de castaño. Estaba cansada del eterno y aburrido rubio que me dejaste en herencia.

Mi madre se rio y rozó el largo mechón que yo acababa de soltar.

Y lo llevas ondulado como las estrellas del cine. Qué bonito. Parece caramelo derretido, ¿verdad, Titi?

A mi hermana Liberty la llamábamos Titi. Como era peluquera, mamá la consideraba la máxima autoridad en cuanto a peinados. Siempre pedía su opinión para todo lo relacionado con la moda capilar.

Sí, mamá. Muy bonito. Hola, Zooey. Te veo… muy bien. Muy guapa. Muy… joven.

Lamenté no poder devolverle el cumplido. En vez de decir nada, correspondí con una sonrisa triste. Me entristecía verla tan desmejorada a sus treinta y seis años. Tenía cara de estar sufriendo, surcos de amargura donde no debía tenerlos. Mi hermana era profundamente infeliz, y lo advertí con una sola ojeada.

Titi era la mayor. La primera en tener pechos, la primera en perder la virginidad, y la primera en cagarla al casarse con el tipo más cretino que alguien fue capaz de parir. Mis relaciones con ella se habían enfriado mucho antes de lo de Jen y Rach, y sucedió por culpa de Tom, que se propasó una noche en la que yo cuidaba de Ayleen, su hija.

Fue una experiencia horrenda. Mi hermana había salido con unas amigas, y se suponía que Tom trabajaría hasta muy tarde, pero, por algún motivo, llegó a casa antes de lo previsto. Ayleen estaba durmiendo en su habitación y yo veía la tele en el salón.

Nada más llegar, Tom abrió una lata de cerveza, se sentó a mi lado en el sofá y, conforme avanzaba la noche, se me acercó cada vez más, hasta que acabó encima de mí, su lengua con sabor a alcohol intentando penetrar mi boca y sus asquerosas manos manoseándome los pechos apenas desarrollados. De no haber sido porque Titi entró en ese momento, gritando que ya estaba en casa, no sé qué habría pasado.

Tom me soltó de inmediato, me dijo que cerrara la puta boca y subió al dormitorio antes de que las pisadas de Titi alcanzaran la sala de estar.

Al verme tan pálida, mi hermana me preguntó qué me sucedía. Se lo conté entre lágrimas, le dije lo que me había hecho Tom, pero la reacción de Titi no fue la que yo esperaba. Me abofeteó y me dijo que era una puta mentirosa y que estaba celosa de su relación, y luego me echó de su casa. Yo tenía dieciséis años en aquel entonces. Titi, veintidós. Habían pasado catorce años y ella seguía casada con él.

Y eso era algo que yo no podía perdonarle a mi hermana mayor. No el hecho de no haber creído en mí, sino el haberse destrozado la vida siguiendo al lado de un canalla como Tom. Ella se merecía algo mejor. En el fondo, era buena persona, puede que la mejor de las cuatro.

¡Pero si es la señora escritora! ―exclamó Rachel, muy contenta de verme.

Guionista ―la corregí con una sonrisa ladeada. Me acerqué a ella y le di un abrazo fuerte―. Hola, peque.

Aunque yo solo era tres años mayor que ella, para mí era la pequeña, la niña a la que defendía de los abusones en el cole y a la que le hacía bocadillos para merendar cuando mi madre no estaba en casa.

¿También te llamó Jennifer? ―le susurré.

Un estremecimiento recorrió el delgado cuerpo de Rachel al ser mencionado el nombre de la hermana mediana.

No. Fue Titi.

Qué suerte la tuya.

¿Tú crees?

Jennifer y Rachel llevaban unos once años sin hablarse, y era por culpa de Logan. Por lo visto, cada vez que las hermanas Patton armaban una trifulca, había un hombre de por medio.

Aunque cabe mencionar que mi cuñado Logan era todo lo contrario a Tom. A mí me parecía un hombre de un carácter irreprochable y una generosidad casi abrumadora. Era noble y leal como nadie a quien yo hubiera conocido, y puedo afirmar sin temor a equivocarme que se podía contar con él incluso en los momentos más cruciales de la vida. Logan era de los que nunca abandonaban el barco. Por mucho que este estuviera a la derriba, él se quedaba hasta el fin, luchando, dándolo todo para mantenerlo a flote.

Logan era mi amigo. Uno de mis amigos más queridos. Para mí, él era más familia mía que mi hermana Jennifer. La familia no solo es sangre. También es lealtad. Confianza. Comprensión. Y Logan me había dado todo eso y mucho más.

Rachel se enamoró de él cuando era una cría, y no fue de extrañar. Logan Miller era guapísimo. Unos ojos azules de infarto, un cuerpazo que te hacía temblar y unos andares tan sexys que las chicas casi se desmayaban cuando le veían llegar a un rodeo. Era bastante más mayor que ella, pero a Rachel no le importó.

Un día proclamó que tenía pensado casarse con Logan Miller. Ella tenía quince años por aquel entonces. Él, veinticinco. Y a todos nos pareció bien.

Menos a nuestra hermana Jennifer, la reina del baile del instituto y la chica más ambiciosa de todo el estado de Texas. Si antes del enamoramiento de Rachel, Logan no representaba ningún interés para ella, al enterarse de los sentimientos de nuestra hermana pequeña, Jen se empeñó en cazarlo. Creo que solo lo hizo para fastidiar. Era demasiado superficial como para albergar sentimientos sinceros. Lo que le sucedía era que, sencilla y llanamente, no podía soportar la idea de no ser ella el centro del puñetero universo.

Sometió al pobre Logan a una autentica cacería, y el día en el que Rachel cumplió los dieciséis años, en su misma fiesta de cumpleaños, se lo trajo a casa y nos anunció que iban a casarse. La reacción de Rach fue devastadora. Era su primer amor, y nada duele más que te lo arranquen de forma tan injusta y por puro capricho, además.

Sinceramente, creo que, más que perder a Logan, lo que más le partió el corazón fue la traición de una de las hermanas a la que ella más admiraba. Rachel era demasiado joven entonces como para saber que Jennifer no era sino una cara bonita sin nada sustancioso en el interior.

Ante el escándalo que empezó a agitar cada vez más los cimientos de nuestra familia, las dos hermanas mayores hicieron piña. Según era de esperar, Titi defendió a Jennifer como siempre hacía. Mis padres también se pusieron del lado de su segunda hija. En definitiva, Jennifer, de veintidós años, estaba en edad de casarse. Rachel no era más que una niña con un encaprichamiento ridículo. De toda la familia, yo fui la única en posicionarse a su lado; la única en ofrecerle apoyo moral cuando más falta le hacía.

Aún recuerdo lo deprimente que fue la adolescencia de Rachel. No solo porque la arrastraron a la boda de su hermana para ver cómo esta se casaba con el hombre al que ella aún amaba a pesar de todo, sino porque, encima, obligada por mamá, tuvo que desempeñar el papel de dama de honor, llegando incluso a ayudar a Jennifer a preparar su atuendo para la noche de bodas con Logan. Aquello debió de ser muy doloroso para ella.

Después de la boda de Jennifer y Logan, la pequeña Rach se volvió cada vez más y más retraída, se refugió en un caparazón casi impenetrable para evitar que le volvieran a hacer daño. No tenía ninguna amiga aparte de mí, y no salió con ningún chico durante todo el instituto. Navidades, Acción de Gracias y cada uno de los cumpleaños familiares, suponían un auténtico suplicio para ella, pues Jennifer siempre se las apañaba para restregarle su felicidad conyugal, fuera esta real o no.

Tan pronto como se graduó en el instituto local, Rachel obtuvo una beca (a falta de una vida social, se pasaba el día estudiando) y se marchó a París a aprender los secretos de la alta costura. Me sentía muy orgullosa de sus logros. Tras largos años de duro trabajo, ahora, con solo veintisiete años, mi hermana pequeña se había convertido en una de las mejores diseñadoras del país. Era dueña de una boutique de lujo en Los Ángeles y había conseguido engatusar a la clientela más distinguida de toda la costa oeste, desde actrices de cine hasta cantantes, e incluso la primera dama. Todo el que era alguien y se preciara de ello, había presumido alguna vez de un modelito de Rally.

Yo misma lucía uno aquella tarde, un mono azul marino de rayas blancas, que entrelazaba la elegancia con la comodidad.

¿Sabemos algo de las pruebas? ―pregunté, a nadie en concreto.

Seguimos esperando ―contestó Logan con una sonrisa bonachona.

Me alegré de descubrir que el estar casado con mi hermana no le había avinagrado el carácter. A diferencia de todo el mundo, él era el que menos había cambiado con el curso de los años.

De acuerdo, lo encontré un poco más mayor, se le formaban pequeñas arruguitas alrededor de los ojos cada vez que sonreía, pero seguía siendo el Logan de siempre, alto, guapo, moreno y leal. De algún modo, me recordaba a T.J., el mismo tipo de tejano bronceado y corpulento que se pasaba el día trabajando en el exterior. La idea de encerrar a Logan o a T.J. en una oficina resultaba desternillante. Se habrían subido por las paredes. Eran hombres de acción. Les gustaba sentir el aire en la cara y la lluvia empapando su ropa. Eran libres como potros salvajes, y eso les hacía felices. No, de ningún modo me los imaginaba trabajando de contables, atrapados en un habitáculo de menos de quince metros cuadrados.

Bueno, ¿y qué te cuentas, Zooey? ¿Daniel no viene contigo?

No tenía pensado comentarles el aprieto por el que pasaba mi matrimonio con Daniel, y mucho menos si el que preguntaba era el cretino de Tom.

Tiene mucho trabajo ―contesté con gelidez.

Los tipos de la ciudad. Siempre tan ocupados.

Decidí cambiar de tema. Lo que menos me apetecía era conversar con un cretino y que el tema de conversación girase en torno a otro cretino.

¿Y qué tal vosotros? Seguís igual, imagino. Parece que en Texas nunca sucede nada nuevo.

Yo he dado un paso hacia adelante y he comprado la peluquería ―anunció Titi con una sonrisa que le arrugó muchísimo las esquinas de los ojos. Incluso su alegría enmascaraba un ligero matiz de tormento, y, sin poder evitarlo, volví a experimentar un extraño sentimiento de lástima. Me sentía culpable por eso porque sabía que yo, en su lugar, habría odiado despertar compasión.

Enhorabuena, Titi ―la felicitó Rachel.

Nuestra hermana mayor recibió sus sinceras palabras con un gesto de cabeza. Yo también la felicité. Me alegraba por ella. Era una buena noticia que al menos el trabajo le fuera bien.

Gracias. Me hacía falta. Estaba harta de trabajar siempre para otros.

Mi chica se merecía un proyecto nuevo. Y si trae más dinero a casa…

Rachel y yo pusimos los ojos en blanco a la vez.

¿Alguien quiere un café? ―ofreció Jennifer con aires de gran anfitriona.

Seguía siendo una reina de la belleza, pero del tipo vulgar. Todo en ella rebosaba vulgaridad, su vestido corto y escotado, el estampado animal, sus sandalias rosas llenas de pedrería, las uñas largas y rojas como las de una bruja… No me costaba ningún esfuerzo imaginármela subida a una escoba, esparciendo maleficios y risas diabólicas.

Jennifer era la única hermana Patton que no había superado la adolescencia. Para ella, fue su época de gloria, el tiempo de su vida, y se negaba a dejarlo escapar así como así. Imagino que por eso aún lucía el mismo estilo de ropa que solía llevar en el instituto, como si se negara a admitirse a sí misma que ya no le sentaba bien. Al hablar, empleaba un tono chulesco, y siempre masticaba el chicle con la boca abierta. Si mi hermana hubiese inventado una corriente artística, los expertos la habrían denominado chonismo.

Deberías traer café para todos ―increpó mamá.

No voy a poder con todo, ma. Somos muchos.

De algún modo, Jennifer siempre se las apañaba para parecer una pobre damisela en apuros. Supongo que era así como había engatusado a Logan en su juventud. Si hay algo a lo que los hombres como Logan y T.J. no pueden resistirle, es una pobre damisela necesitada de su ayuda.

Pues llévate a Titi y a Tom ―resolvió mi madre, un poco irritada por la falta de iniciativa de mi hermana.

Está bien. Pero no esperéis milagros. El café del hospital es una mierda. Lo digo sobre todo por las pijas.

O sea, Rachel y yo.

Seguro que está bien ―aseveró Rachel con una sonrisa forzada.

Bueno, yo os lo he avisado. No quiero oír quejas después. Vamos, Titi. Tom, ¿a qué coño estás esperando? Ven a echarnos una mano. No me seas vago.

En cuanto ellos desaparecieron detrás de la puerta, mi madre me sonrió y se volvió hacia Logan.

Logan, cariño, ¿te importaría ir a decirle a Jennifer que compre también un par de botellitas de agua? Tengo la garganta tan seca como el estado de Arizona. Y ayúdala a traer las cosas. No querremos que se rompa alguna uña en el proceso.

Logan, insolentemente recostado contra la pared, alzó la esquina derecha de la boca en una sonrisa picaresca.

Desde luego que no. Todos conocemos su tendencia al dramatismo. ¿Necesitáis algo más?

Nos miró con sus profundos ojos azules. Rachel y yo declinamos en silencio.

No, cielo. Con eso será suficiente ―respondió mamá.

Mi cuñado se enderezó y, al pasar por delante de nosotras, se despidió con un guiño.

Era impresionante como, en apenas unos segundos, mi madre se las había arreglado para quedarse a solas con Rachel y conmigo. Sabía perfectamente que lo había hecho aposta. Estaba al tanto de que ni Rach ni yo nos encontrábamos cómodas en presencia de nuestras dos hermanas mayores, y lo que pretendía era aflojar la tensión que cargaba el aire cada vez que nos juntábamos.

¿Qué tal te encuentras, mamá? ―quise saber, evaluándola desde la ventana sobre la que me había apoyado.

Mi madre calló un momento.

Bueno… bien, pero…

¿Qué pasa? ―se inquietó Rachel.

Mi madre se incorporó un poco y mi hermana corrió a colocarle la almohada. Fue entonces cuando me percaté de lo débil que estaba, de su palidez, de lo mucho que se le notaban los nudillos de las manos. Estaba en los huesos. Había cambiado mucho a lo largo de esos cinco años que llevaba sin verla.

No es la primera vez que me desmayo ―susurró con aire culpable.

Parpadeé y me enderecé con tanta brusquedad que experimenté un ligero mareo, a lo mejor producido por la falta de alimento. La verdad era que no había probado bocado en todo el día.

¿Qué intentas decir? ―farfullé, y yo misma percibí el deje de miedo que arrastraban mis palabras.

Pues que llevo un tiempo encontrándome mal. No lo sé, he perdido bastante peso, y tengo nauseas casi todo el rato. Si no fuera imposible, diría que estoy preñada. ―Se rio; sin embargo, ni a Rachel ni a mí nos hizo gracia la broma―. ¡Vamos!, borrad esas muecas de preocupación. Seguro que no es nada. Vuestra madre está más sana que una manzana. No he descansado demasiado bien estas últimas semanas. Os prometo que a partir de ahora no me lo tomaré tan a la ligera y así os ahorraré estos sustos tan tontos.

Mi hermana y yo intercambiamos una mirada cargada de preocupación.

Eso estaría bien, mamá ―balbuceé con voz temblorosa.

Ella sonrió como solo una madre sabe sonreírte. Con ese afecto indiscutible.

Contadme, hijas, ¿qué tal os van las cosas? Hace mucho que no hablo contigo, Zooey. Me habré perdido muchas cosas de tu vida.

Solo ella podía decir aquello sin que sonara como un reproche. Me tragué las lágrimas e intenté disimular con una sonrisa la inquietud que se me había enroscado en el estómago.

Tampoco tantas. He estrenado un musical hace dos semanas, y lo cierto es que el guion ha recibido muy buenas críticas. Estoy contenta. Cualquier día de estos me llama algún pez gordo para escribir una súper obra de Broadway ―bromeé. Estaba a mil años luz de que me pasara algo así de bueno.

¡Enhorabuena, cielo! Estoy muy orgullosa de ti. Y de ti también, Rachel.

Ah, y Daniel me pone los cuernos con su mejor amiga, Charlotte. La visteis en las fotos de la boda. Sí, la abogada, alta, rubia, espectacular. Sabéis a quién me refiero, ¿verdad? La que os cayó mal nada más verla. Por lo demás, todo sigue igual.

Sobrevino un tenso momento de silencio. No tenía pensado contarles nada de eso, y mucho menos de esa forma tan teatral, pero las palabras brotaron disparadas y no pude detenerlas a tiempo. A lo mejor la tendencia al dramatismo era un rasgo de familia.

Rachel colocó una mano en mi hombro para transmitirme su apoyo.

Oh, Zooey ―murmuró compasiva.

Lo siento, cariño. ―Mi madre me alargó la mano―. Lo siento en el alma. Sé lo mucho que le amabas.

Me aferré a sus dedos y los estreché con fuerza. Como una niña valiente.

Mamá…

Quería tener el coraje de decir que no pasaba nada, que no me importaba, que lo superaría, pero no pude. La presión en mi pecho se volvió tan lacerante que rompí a llorar.

Por fin. Después de todas las horas de embotamiento que habían pasado desde que Daniel me lo había confesado, por fin pude desahogarme.

Rachel me condujo a la butaca que había al lado de la cama de mamá, y mientras yo lloraba en silencio, mi madre me frotó despacio la mano. Su piel estaba muy fría y áspera al tacto. Las manos eran la única parte de su cuerpo que desvelaba su edad.

Lo que más me duele es que yo ni siquiera me di cuenta de lo mal que estábamos ―confesé entre lágrimas―. Llevo con él prácticamente toda la vida, y no lo vi venir. ¿Cómo pude ser tan imbécil?

Cariño, la culpa no es tuya.

Mamá tiene razón. No te martirices, Zooey. Esto solo es culpa de Daniel. Menudo cerdo.

Claro que es culpa mía ―rebatí y me sequé las esquinas de los ojos―. Estoy siempre trabajando y me pierdo muchísimas cosas. Apenas hablábamos, apenas hacíamos cosas juntos… ¿Qué voy a hacer ahora?

Divorciarte.

Dejé de llorar y miré a mi madre con la mandíbula desencajada. Que ella dijera algo así me resultaba inconcebible. Más que nada, porque mi madre era una acérrima opositora del divorcio. De hecho, seguro que hubiese preferido tener a una hija afiliada a la Iglesia Satánica. Cualquier cosa era mejor que estar divorciada.

¿Qué? ¿Quieres que me divorcie de Daniel?

Yo no quiero que lo hagas, cielo. Tienes que hacerlo ―recalcó con férrea convicción―. He cometido algunos errores con vosotras, niñas, y ahora lo veo. ―Sus ojos apuntaron a Rachel, y esta tragó saliva al comprender de qué iba aquello―. No os he apoyado cuando estabais necesitadas de mi apoyo. Me mantuve tan chapada a la antigua que… Siento no haberte apoyado, Rachel. Siento haber dejado que tu hermana le destrozada la vida a un buen chico y que te amargara gran parte de la tuya. Hace años sacrifiqué la felicidad de mi hija pequeña por mis convicciones, Zooey ―continuó, moviendo los ojos azules hacia los míos―. No volveré a cometer el mismo error contigo. Así que, si quieres abandonar a Daniel, tienes mi bendición.

Con lágrimas en los ojos, Rachel y yo cogimos cada una la mano de mamá y le sonreímos con ternura.

Gracias, mamá. Creo que necesitaba que alguien me dijera eso. Mi mente no se atrevía a formular la palabra divorcio.

Al oír cómo se abría la puerta a mis espaldas, me callé y me tragué las lágrimas.

¿Y esas caras largas? ¿Quién se ha muerto? Espero que haya tenido la decencia de incluirme en su testamento.

Rachel y yo nos volvimos a la vez hacia Jennifer y le dedicamos una mueca de irritación.

Hogar dulce hogar, pensé con los ojos entornados.

Espero que hayas disfrutado del adelanto. Te prometo que la historia de Zooey y T.J. te encantará. Si aún no tienes tu ejemplar, estás a tiempo de reservarlo, haciendo click aquí

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