INSACIABLE, TRILOGÍA COMPLETA: PRIMEROS CAPÍTULOS

Destacado

Todo empezó con una chispa…

Prólogo

En la actualidad, Austin, Texas

El fuego siempre ha sido y, al parecer,

seguirá siendo siempre,

el más terrible de los elementos.

(Harry Hudini)

Desde la más temprana edad me he sentido fascinada por el fuego.

Mi padre solía llamarlo pecado y asociaba sus llamas con el Infierno y todo lo malo que había en el mundo.

A mí, en cambio, verlo arder me resultaba hipnótico.

La danza de las llamas avivaba en mi interior un sentimiento que mi infantil cerebro nunca supo entender del todo. Supongo que ahora, a estas alturas de mi vida, lo definiría como paz.

El fuego, terrible e indomable fuerza, capaz de consumir el mundo entero, solo deja a su paso una siniestra quietud.

Y, por supuesto, copos de ceniza, humeantes vestigios de algo que una vez hubo.

De pequeña, me pasaba incontables horas contemplando la chimenea, embebida en el crepitar de las chispas, en el modo en el que la materia se derretía bajo el bullicio de las llamas.

Tanto me cautivaba el fenómeno que, por unos momentos, todo cuanto me rodeaba se desdibujaba. Los contornos se desvanecían, las compuertas caían. No existía nada más allá de esa llamarada y de mí.

El fuego tiene algo de sensual, ¿verdad? Es pura pasión. Es locura. Es misterio. Es aventura.

Pero, por encima de todo eso, es inexorable destrucción.

He sido ingenua. He pensado que podría dominar sus llamas, someterlas a mi propia voluntad. No he sido capaz de ver que el fuego es un elemento soberbio que jamás se deja controlar. El fuego es quien te controla a ti, no al revés, y, como te descuides, puedes acabar ardiendo.  

Dicen que el fuego solo puede ser combatido con la gelidez del hielo. La abrasadora pasión, apagada por oleadas y oleadas de fría indiferencia.

Pero, ¿por qué alguien querría combatir el fuego? ¿Por qué no, sencillamente, apartarse y dejarlo arder en llamas?

Yo lo he hecho, y ahora mi historia comienza con este inevitable final.

Al parecer, algunas veces no se precisa más que de una débil chispa para desatar todo un infierno de llamas.

Qué curioso, ¿verdad?, toda la destrucción que abarca algo tan diminuto y tan hermoso como una chispa; algo así de fascinante.

―911, ¿cuál es su emergencia?… ¿Hola?… Ha llamado al servicio de emergencias. ¿Cuál es su emergencia?… ¿Hola?… ¿Hay alguien?… ¿Me escucha?

―La escucho ―corroboré con una voz tan hueca como la mirada que se perdía en las gotas de color carmesí que se deslizaban por los azulejos del baño de la segunda planta.

Durante toda mi vida he llamado a las puertas del Paraíso. Y, sin embargo, las únicas que se abrieron para mí fueron las del Infierno.

―¿Señora, cuál es su emergencia?

―Creo que he matado a mi marido.

Se produjo una breve pausa, insignificante para mí.

¿Qué es el tiempo? ¿En qué se mide? ¿Segundos, minutos, momentos, dolor, lágrimas?

No dediqué ni un instante de mi vida a ponderarlo. ¿A quién le importa, en el fondo? Llega un momento en el que cualquier concepto deja de importar. No son más que meras palabrerías.

―Por favor, tranquilícese y… ―fue lo último que escuché antes de colgar.

Una verdad empírica: me tenía que tranquilizar. Supongo que dicen eso a todo el mundo. «Mantenga usted la calma».¿Piensan que no somos conscientes de ello?

Dejé que el teléfono se escurriera a través de mis dedos. Mis manos parecían demasiado laxas como para seguir sujetándolo. No hice ademán de atraparlo ni registré ninguna reacción cuando se estrelló contra el charco de sangre que empapaba mis ridículas zapatillas de peluche.

Mi mirada vacía se movió hacia los cristales que se sacudían ante las fuertes ráfagas de viento que los hostigaba. La rama esquelética de un membrillo golpeó contra la ventana salpicada por la lluvia. ¿Acaso pretendía sacarme de mi abisal sopor?

El balancín del porche soltó una especie de chirrido, parecido al llanto de una mujer. En alguna parte de la casa sonaba una versión instrumental de Lascia ch´io pianga. El melancólico sonido de ese violín me pareció lo más dramático que había escuchado en toda mi vida. Habría dado todo cuanto poseía por poder derramar al menos una miserable lágrima.

Pero no podía. Estaba demasiado congelada.

Al otro lado del cristal, el mundo aguardaba, ceniciento y deprimente. Parecía un buen día para entierros. Mi mente reprodujo la imagen de una limusina negra, repleta de rosas blancas, avanzando lentamente por un oscuro callejón. En los entierros ha de haber rosas blancas. Simbolizan amor eterno.

Ahí, en mitad de la estancia, observé con ojos mortecinos cómo las danzantes sombras del atardecer comenzaban a expandirse con el único fin de engullir el mundo exterior.

¿Qué sabía el mundo acerca de mí? Nada. El mundo no conocía mi historia. Para todos ellos, yo no era más que un juguete roto; una niña a la que habían cortado las alas en pleno vuelo.

Con toda la parsimonia posible, mis ojos se desprendieron de la ventana y se giraron hacia el escenario que me rodeaba: el escenario del crimen, que en unos pocos minutos se vería invadido por numerosos agentes de la ley. Era un caso demasiado importante, lo cual enloquecería a la prensa. Tocaría enfrentarse a una multitud de paparazzi, y flashes, y preguntas incómodas.

Sexo, asesinato y dinero.

Nada atrae más a los seres humanos.

―Adeline, ¿por qué lo has hecho? ―se empujarían entre sí para acaparar el primer plano. Y yo, esposada y custodiada por la policía, bajaría la mirada al suelo y me abriría paso entre ojos tan cortantes como cuchillos.

No había manera de evitar todo ese infierno, lo sabía. Supongo que era otra de las verdades empíricas que formaban mi universo.

«Adeline Carrington irá al Infierno». Una verdad absoluta, innegable.

Me hizo evocar la imagen de un divertido panfleto religioso repartido entre los votantes republicanos de mi padre.

Iría al Infierno y, lo peor de todo, era que la certeza del hecho no me alteraba ni en lo más mínimo. Si mi destino era arder, entonces lo acataría sin rechistar. Ardería. 

Esta vez no iba a refugiarme en un mundo de fantasía solo porque dolía demasiado enfrentarse a las verdades empíricas. No, claro que no. Ya había aprendido de mis propios errores.

Esta vez iba a permanecer ahí, en mi aborrecible presente. Me quedaría para lidiar con el dolor, porque estaba harta de huir siempre.

Y porque sentir dolor, por fin, me parecía algo digno. Noble. Un auténtico alivio.

El teléfono empezó a sonar al lado de mis pies, y su sonido me traspasó como un espasmo físico. No me agaché para cogerlo, no quería tocar toda esa sangre, probablemente aún tibia. Me limité a quedarme ahí, inerte, fascinada por la letra de la canción que había elegido tan solo dos días antes, cuando mi vida todavía parecía normal.

O, al menos, todo lo normal que la vida de alguien como yo pudiera llegar a parecer.

Los ritmos de The Unforgiven de Metallica me envolvieron suavemente, como un chal de seda enroscado alrededor de mis hombros.

Al principio, su abrazo fue delicado y reconfortante, como la caricia de un ser amado que hace mucho que no ves, pero al poco tiempo me di cuenta de que lo que tenía entre manos no era ninguna caricia, sino un arma de doble filo, un arma que hizo que, con cada sonido, con cada palabra que escuchaba de aquella canción que tanto me recordaba a él, la herida de mi alma profundizara, se expandiera hasta provocarme un dolor desgarrador.

Cuando el móvil dejó de sonar por fin, advertí que el violín se deshacía ahora en sonidos agudos, más melancólicos que nunca, terriblemente dramáticos.

La lluvia, en pleno apogeo, descargaba furiosa contra el tejado de la casa, y yo, con ojos frenéticos y respiración trabajosa, era consciente de cada gota, de cada crescendo, de cada maldito ruido.

«De cada salpicadura de sangre».

Con dedos trémulos, me cogí la cabeza entre las manos, me dejé caer de rodillas, sin preocuparme ya por rozar la sangre, y aullé con todas mis fuerzas.

Sin embargo, manifestar la intensidad de mi ira no hizo que el dolor cesara. Al contrario. Explosionó y se propagó por cada célula de mi ser, veloz como la devastadora ola de un terremoto.

Imperdonable.

Todas las malas elecciones que había hecho a lo largo de mi vida también eran imperdonables.  

Mi vida nunca ha sido un camino fácil. Años enteros repletos de interminable destrucción, con unos pocos recuerdos felices, lo único que me sostenía ahora, después de romperme en millares de añicos, esparcidos por el mundo entero cual insignificante polvo de estrellas.

Siempre fui una chica inusual, con una enfermiza obsesión. Un deseo tan, tan terrible… ¿Por qué será que el ser humano siempre anhela lo que jamás podrá tener?

No lo sé. Nunca lo he sabido.

Atormentada por la idea, me acurruqué en un rincón del suelo. Tenías las rodillas llenas de sangre. Las doblé, me las pegué al pecho y me las rodeé con los brazos. Me sentía como una niña indefensa. Odiaba la sensación.

Joder, necesitaba concentrarme. 

Intenté mirar el espacio a través de ojos ajenos, para adivinar qué pruebas encontrarían ellos ahí.

¿El arma del crimen? No, claro que no. El arma del crimen no estaba.

¿Y el motivo? ¿Alguien conocía el motivo?

Por supuesto. El mundo entero sabía que yo era la chica que había construido un castillo de naipes en llamas.

«Nunca juegues con fuego».

Oh, ¿por qué tuve que ignorar su estúpida advertencia?

Por encima de mi cabeza colgaba una bombilla parpadeante. Me obsesionaba de tal modo que no podía dejar de mirarla.

Mi aletargada mente se distrajo preguntándose por qué parpadeaba tanto. ¿Importaba siquiera? ¿Acaso algo de todo eso tenía sentido ya?

Mi mundo había llegado a su último invierno, y a mí se me antojó la extraña idea de que el sol nunca volvería a brillar a través de la espesura de las tinieblas que se acercaban a mí, amenazadoras, cada vez más opresivas.

Ahí ausente, las palabras de mi padre me arredraron más que cualquier otra cosa a lo largo de mi vida.

«Llegado el momento, te destruirás con tus propias manos».

Edward tenía razón.

Lo había hecho.

*****

Y ahora heme aquí, en una pequeña sala, encogida bajo la severidad de unos ojos azules.

Un vaivén de pensamiento me carga la mente, y un dolor físico, sin duda provocado por el cansancio, se filtra por cada partícula de mi ser.

No llevo la cuenta exacta, pero creo que he pasado más de treinta horas seguidas sin pegar ojo. La luz de los fluorescentes se clava violentamente en mis pupilas, oscuras y enrojecidos a causa del cansancio. ¿Cómo pudimos acabar así?

No dejo de preguntármelo mientras intento eludir la gélida intensidad de aquellos ojos que semejan macizos bloques de hielo. El fuego solo puede acabar con hielo. Siempre lo he sabido.

―Buenos días, Adeline. ¿Qué tal te encuentras esta mañana?

Con deliberada lentitud, elevo la mirada para encontrar a la suya.

Da un respingo al cruzarse con las fosas vacías en las que se han convertido mis ojos, fosas sin ninguna clase de emoción o sentimiento delatador en ellas. Tan solo un interminable vacío, imposible de penetrar; imposible de llenar.

Acabo de comprender que lo he perdido todo. No tengo nada. Nunca lo he tenido. Quizá sea mejor así. Cuando solo tienes nada, entonces no hay nada que puedan arrebatarte. 

―No he intentado suicidarme, si es eso lo que te preocupa.

Fuerza una sonrisa un tanto nerviosa y aprieta un botón para grabarlo todo, como si no quisiera perderse ni una sola palabra mía.

Siempre ejecuta la misma acción, nada más sentarse en la silla de enfrente, casi ansiosamente.

A continuación, entrelaza las manos por encima de la mesa y se limita a taladrarme con esos ojos suyos que todo lo ven, incluso cuando brillan ausentes.

Hay veces que, durante las horas que se pasa interrogándome, se entretiene realizando dibujos. He observado que dibujar parece relajarle. Tengo la sensación de que conversar conmigo dispara su nerviosismo, de por sí bastante elevado.

―A estas alturas, sabemos cómo va a acabar esto, pero me gustaría que me contaras cómo empezó. ¿Te sientes capaz de recordarlo?

«Como si pudiera olvidar algo de todo aquello…»

Apoyadas mis muñecas encima de la mesa metálica que nos separa, mis dedos temblorosos rodean el templado vaso de café que alguien me ha ofrecido en algún momento.

No me apetece tomarlo, pero es lo único a lo que puedo agarrarme para no hundirme aún más en ese oscuro abismo que me atrae irresistiblemente hacia sus profundidades. Dulces, dulces profundidades que invitan a asentar los maltrechos huesos ahí dentro para siempre.

―Sí ―carraspeo en un intento por dominar la voz, que se empeña en flaquear justo ahora―. Sí, puedo hacerlo.

Enderezo los hombros para mostrar algo más de seguridad. No quiero que piense que estoy asustada, o intimidada. No quiero su estúpida compasión.

Él cruza una mirada conmigo y se retrepa en su silla, a la espera de que desvele la larga serie de infortunios que destruyeron mis sueños, los truncaron, los redujeron a polvo sin que yo opusiera el menor conato de resistencia.

Adeline Carrington, la chica que nunca tuvo nada; la que siempre lo deseó todo.

―Adelante, Adeline. Te escucho.

Ojalá sus ojos dejaran de hundirse en los míos de ese modo.

Ojalá no fuera este el fin de todo lo que una vez conocí.

«De todo lo que una vez amé».

Sintiéndome como si el mundo entero pesara encima de mis hombros, bajo la mirada hacia el ángel que su mano derecha ha garabateado en la cubierta de la libreta azul.

Exactamente así es cómo comenzó todo esto.

―Quieres que te cuente el comienzo… ―Me quedo mirando ese hermoso ángel, y mi boca se tuerce en una sonrisa cínica―. ¿No es evidente?

El tic tac de su Rolex, un sonido sordo, monótono, resuena en el silencio de la sala.

Un aviso. El tiempo se nos está acabando.

Durante un momento, los dos contenemos el aliento, mientras la angustia se cierne sobre nosotros como un oscuro y asfixiante nubarrón.

―¿Lo es?

Sus ojos me evalúan con intensidad hasta que desvío la mirada, incapaz de seguir aguantando la presión.

Joder.

Me estiro para robar un cigarrillo del paquete rojo que ha dejado encima de la mesa. No dice nada, se limita a observarme. Ni siquiera me recuerda que no se puede fumar aquí dentro.

Mejor. No estoy de humor para sermones.

Cojo el mechero que descansa al lado de sus delgados, ágiles, intranquilos dedos, enciendo el cigarrillo y vuelvo a sonreír, pero mi sonrisa no es más que un gesto amargo y atormentado; abarrotado de dolor.

―Claro que lo es, letrado. ―Expulso el humo hacia arriba y lo miró a los ojos, con una expresión irónica en las esquinas de la boca―. Hay ángeles que tienen sus propios demonios, y resulta que los míos fueron poderosos.

Dos años atrás, ciudad de Nueva York, Nueva York

La actualidad en la prensa «seria»

¿Los republicanos tienen nuevo candidato para las presidenciales?

«El senador Edward Carrington, elegido por los votantes republicanos como el político más carismático del año. Carrington ha accedido a ser entrevistado por un periodista de USA News Channel a la salida de uno de los famosos mítines organizados por su partido para defender la pena de muerte. El senador acudió acompañado por su hermosa esposa, Giselle, y su perfecta hija, Adeline.

Periodista: Senador Carrington, ¿se ve usted en la Casa Blanca dentro de dos años?

Senador Carrington (abrazando a su mujer y a su hija): Si los votantes me ven, yo también me veo. Confío en su excelente criterio (risas).

Periodista: ¿Y qué opinas tú, Giselle? Ser la primera dama de una potencia mundial como Estados Unidos supone todo un reto.

Giselle Carrington: Apoyaré a mi marido en todas las decisiones que tome. Lo único que me hace feliz es verle feliz a él. Y, por supuesto, ver como él hace felices a los ciudadanos americanos.

Periodista: Senador, ¿cuáles son sus metas?

Senador Carrington:¿Aparte de preocuparme por el bienestar de mi maravillosa familia? Es sencillo, John: preocuparme por el bienestar de todas las maravillosas familias que forman esta gran nación. ¡Que Dios bendiga América!

Periodista: ¿Y qué nos cuentas tú, Adeline? ¿Qué se siente al formar parte de una familia tan modélica?

Adeline Carrington (secamente):Ganas de vomitar». USA News Channel

Escándalo protagonizado por los Carrington en una manifestación republicana a favor de la guerra en Afganistán.

«El senador por el estado de Nueva York, Edward Carrington, dio un apasionado discurso, reivindicando la aniquilación de los terroristas (o civiles afganos, para el senador da lo mismo) que amenazan con tambalear la supremacía de nuestro país. Su hija, Adeline, se levantó en mitad de la conferencia, gritándole a su padre, y citamos textualmente, «¡Estás como una cabra!» y «¡Te mereces la puta camisa de fuerza!», antes de abandonar la sala. Al concluir el evento, Giselle Carrington justificó de esta forma el comportamiento de su rebelde hija: «Adeline bromeaba, por supuesto. Parece ser que aspira con convertirse en la nueva Ellen DeGeneres». The Washington Post

Los Carrington, más unidos que nunca.

«Durante un foro republicano, el senador por el estado de Nueva York, Edward Carrington, empleó toda su pasión en hablarnos sobre la importancia de destruir las células terroristas que amenazan con tambalear la supremacía de nuestro país.

Su esposa, Giselle, y su hija, Adeline, le aplaudieron fervientemente y, pese a que Adeline se viera obligada a abandonar la conferencia a causa de una terrible migraña, esta mañana insistió en manifestar en Twitter lo orgullosa que se siente de su padre. «Mi padre es asombrosamente inteligente. ¡Hay que exterminar a esos hijos de puta terroristas cuando antes!» USA News Channel

¿Insinúa Adeline Carrington que los republicanos tienen intención de revivir el holocausto?

«Este es el tweet que ha incendiado las redes sociales de Nueva York. «Mi padre es asombrosamente inteligente. ¡Hay que exterminar a esos hijos de puta terroristas cuando antes!» tuiteó la más joven de los Carrington, instantes antes de colgar una esvástica en su cuenta. Parece ser que la hija del senador Carrington se ha vuelto aún más rebelde con el paso de los años». The New York Times

¡Adeline Carrington NO ha colgado ninguna esvástica en Twitter!

«Esa fue la tajante afirmación de John Carey, el portavoz de los republicanos en el Senado, que se ha apresurado a desmentir la noticia, declarando que Adeline jamás cometería tamaña fechoría.

«Lo más probable es que un hacker se haya apoderado de su cuenta».

Según era de esperar, las sospechas de Carey caen sobre los terroristas afganos.

Adeline se ha negado rotundamente a declarar, limitándose a mostrar en el campus de Columbia una camiseta con un mensaje de lo más polémico: «La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír», frase que le pertenece al escritor británico George Orwell». USA News Channel

¿James O´Neill inocente?

«El «abogado del Diablo» consigue que el jurado declare no culpable al famoso boxeador acusado de varias agresiones sexuales.

Robert Black ganael juicio más mediatizado de los últimos años (después del de O.J. Simpson), aun con todas las pruebas en contra de su cliente.

O´Neill ha declarado que su abogado ha hecho un excelente trabajo liberando a un inocente. Por el contrario, el abogado estrella del famoso bufete Brooks & Sanders se ha negado a pronunciarse al respecto. Su cara al salir de los juzgados no parecía en absoluto la de un vencedor. ¿Acaso Black tiene una conciencia que le impide disfrutar su éxito?» The New York Times

La actualidad en la prensa menos «seria», (o sensacionalista, según algunos malpensados)

Catherine Black, la esposa de la superestrella de Hollywood, Nathaniel Black, de fiesta con su cuñado Robert en Ámsterdam.

«Mientras el chico malo se mataba a trabajar, la chica buena se mataba a bailar en los clubs más fashion de Europa.

Nathaniel se ha negado a hacer declaraciones sobre este incidente y se ha limitado a dedicarnos una de sus elegantes y mundialmente famosas peinetas, mientras que la socialité británica ha especificado en Instagram que ella y el recién coronado playboy del Upper East Side, Robert Black, solo estaban teniendo una reunión familiar. «Que hubiese alcohol y música pegadiza no fue más que una desafortunada coincidencia. Además, ¿desde cuándo tiene el Page Six jurisdicción en los Países Bajos?». Palabras textuales de la señora Black.

Para su información, el Page Six tiene “jurisdicción” en el mundo entero. Donde haya un escándalo, ahí nos desplazamos nosotros para cubrirlo.

Y, desde luego, el trío Black ha generado más escándalos que todas las juergas de Madonna juntas». Page Six

¿Robert Black tiene un lío con Paris Hilton?

«Uno de los playboys más deseados de América fue fotografiado en compañía de la socialité en un club de Manhattan. Black ha desmentido la noticia de inmediato, afirmando que no tiene tiempo para líos amorosos. Fuentes extraoficiales declaran que Paris se ha limitado a suspirar como una quinceañera». US Weekly

Parte 1

Chica conoce chico

Capítulo 1

Pocos ven lo que somos,

pero todos ven lo que aparentamos.

(Nicolás Maquiavelo)

No hay nada más superficial que una fiesta en el Upper East Side.

Cuando era pequeña, para que se me hicieran más amenas las horas que mis padres me obligaban a aguantar estos interminables simposios, me divertía clasificando a las personas de mi mundo en varias categorías.

Por desgracia, quince años más tarde, aún me entretengo haciéndolo. Es el único modo de que esto me resulte medianamente tolerable.

Según mi criterio, la primera y más abundante categoría la forman las modelos emperifolladas que se pasan el rato intentando ligarse a alguno de los acaudalados depredadores nocturnos que, con sus lujosas limusinas y sus trajes carísimos, acuden en busca de nuevos juguetitos de los que presumir delante de sus amigos europeos.

Al parecer, tener un yate ha dejado de impresionarlos. Encuentran mucho más glamuroso tener a una modelo calentándoles la cama.

O el yate, vete tú a saber.

Desde el otro lado de la barricada, (siempre he pecado de comparar el mundo en el que me muevo con el Viejo Oeste) oponen resistencia las señoras de mediana edad cuyo único fin en la vida parece ser exponer sus escandalosamente caras joyas, regaladas por sus maridos cada vez que los dignos señores cometieron la imprudencia de mantener relaciones sexuales ilícitas con alguna de las mujeres (véase categoría uno: modelos emperifolladas) que los acompañaron en sus constantes viajecitos a Europa o la Polinesia Francesa, tropiezos de los que, convenientemente, la esposa engañada nunca llegó a enterarse. Porque prefirió hacer la vista gorda. Como debe ser. 

Noche tras noche, la sociedad neoyorkina se convierte en testigo de la lucha tribal que hay entre estas dos especies, cada cual más empeñada en aniquilar a la otra.

A decir verdad, las fiestas del Upper East son todo un espectáculo. No entiendo por qué la administración no las incluye en la oferta turística de la ciudad. Visite el Empire State, pasee por Central Park, contemple cómo las mujeres y las amantes de los ricos y famosos luchan por la supremacía de una cuenta bancaria. A los turistas les encantaría. Esto es the american dream en estado puro.

Aparte de las mujeres carroñeras, también están los que vienen y se van, los intrusos, por así llamarlos: personas de fuera que nunca aguantan demasiado tiempo el cinismo de este mundillo. El Upper East es el territorio de los elegidos, gente superficial de corazón vacío y cuenta bancaria alarmantemente llena, y no cualquiera reúne todos estos requisitos.

¿De qué sirve poseer cosas si no puedes alardear de ellas? Me figuro que este debe de ser el lema de todos ellos, porque, desde luego, en mi mundo, la gente no hace más que presumir.

A mí, personalmente, me resulta cada vez más vomitivo acudir a las fiestas de etiqueta. Siempre escuchas las mismas frases, como si no hubiera más temas de conversación ahí fuera. Hay que admitir que la nuestra es una sociedad de lo más hermética, filosóficamente hablando.

Mientras me abro paso entre el gentío que atasca el vestíbulo, inevitablemente, algunas conversaciones alcanzan mis oídos.

―Tenéis que verlo. Pasa de cero a cien en tres coma dos segundos.

―Mi marido me ha regalado un viaje a Bora Bora. Iré con mi profesor de pilates.

―No entiendo por qué está tan orgullosa de ese collar. Solo son unas cuantas esmeraldas.

―Eres el hombre más atractivo de esta fiesta. Me has deslumbrado.

Invadida por una oleada de repugnancia dirigida a todo cuanto me rodea, cojo de paso una copa de champán de la bandeja de un camarero de guante blanco, me la llevo a los labios y tomo unos cuantos sorbitos más de los que debería.

«Solo serán un par de horas, Adeline Carrington. Recemos para que se pasen cuanto antes».

Mis ojos marrones atraviesan el recinto en un intento por localizar a Josh, mi prometido. Está en el otro extremo, liderando una competición de chupitos con sus amigos de la universidad.

Un gesto irónico curva mis labios cuando me doy cuenta de que, dentro de exactamente veinte años, yo seré una de esas señoras de mediana edad, mientras que él se convertirá en un depredador nocturno en busca de nuevas emociones.

Como debe ser.

―Podrías pasártelo bien de vez en cuando, ¿sabes? No creo que sea ilegal divertirse en el estado de Nueva York.

No necesito girar la mirada para saber quién es la que me está hablando. Lily Hamilton es mi amiga desde que tengo uso de razón. Nuestros padres son muy buenos amigos.

En los círculos en los que nos movemos Lily, Josh y yo, todo el mundo conoce a todo el mundo y todo el mundo es amigo de todo el mundo. Por supuesto, no se aceptan intrusos. Para estar entre nosotros deben avalarte al menos cien años de reputación intachable y un patrimonio mayor que el de Charles de Inglaterra.

Nosotros formamos la tercera y peor categoría, el núcleo de la alta sociedad: los intocables, gente metida en las más elevadas esferas del país.

Por norma general, los padres de familia suelen ser o bien políticos, fiscales o jueces de distrito, o bien extravagantes magnates; todos ellos, pesos pesados de la élite estadounidense. Lo que nos diferencia de las demás categorías es precisamente la reputación intachable. Los escándalos apenas nos rozan. Desde que nacemos se nos enseña que la imagen lo es todo. Lo que se traduce en: haz lo que quieras, pero sin que te pillen, algo que se ha convertido en el lema oficial.

Para mantener nuestra imagen intacta, hay ciertas normas que debemos acatar. Todo intocable que se respeta debe acudir a misa cada domingo del año, hacer acto de presencia a todas las cenas de caridad, donar sumas indecentes de dinero para apoyar las guerras en Oriente y, junto con los demás miembros de su familia, pasear al perro todos los fines de semana para que los paparazzi puedan fotografiarlos disfrutando de una idílica jornada familiar, lo cual es del todo falso, ya que no existe absolutamente nada idílico dentro de mi mundo.

A los más jóvenes de los intocables se nos obliga a estudiar en las mejores universidades del país; a estar eternamente preocupados por asuntos como el calentamiento global, el impacto causado por las elecciones europeas en la economía mundial, las subidas y bajadas de la bolsa de Wall Street, etc., etc.

Somos esa clase de jóvenes que se convierten, sin demasiado esfuerzo y sin habérselo ganado mediante méritos propios, en un modelo a seguir para la comunidad de Nueva York y, en algunos casos, incluso para el país entero.

Eso, por supuesto, solo pasa de cara a la opinión pública.

De puertas adentro, cada uno de nosotros puede hacer lo que, básicamente, le dé la puta gana. Nuestros padres solo nos exigen satisfacer una norma: evitar el escándalo público. No hay nada más importante que la imagen. Sin más palabras, los intocables somos lo que se dice unas familias «encantadoras».

Asaltada por una nueva oleada de repugnancia, provocada por la hipocresía de mi propio mundo, me vuelvo sobre los talones y compongo una sonrisa cínica.

―En mi vida no hay nada que me divierta, y tú lo sabes.

Lily, envuelta en un vaporoso chal beige que hace juego con su vestido de noche, enarca una ceja por debajo de su oscuro cabello, cortado a lo garçon con el único propósito de fastidiar a su conservadora madre. O eso dice ella. Yo la conozco lo bastante como para saber que, en realidad, lo lleva así porque tanto el corte, como el color, le favorecen.

―¿Ni siquiera el buenorro de Josh? ―sugiere, con un brillo de picardía iluminando el azul zafiro que rodea la oscuridad de sus pupilas.

Mis ojos, sombreados por rayas negras de casi un dedo de grosor, giran sobre sus órbitas.

―Josh es mi mejor amigo, Lily. Solo eso.

Por enésima vez esta noche, intento subirme el escote de mi provocativo vestido negro de lentejuelas. Odio que hagan la ropa tan ajustada. Me sentiría mucho más cómoda llevando una sencilla camiseta y un par de vaqueros holgados, pero si se me ocurriera acudir así vestida a cualquiera de estos eventos, estoy convencida de que a mi madre le saldría una arruga del disgusto.

Y el rostro de Giselle Carrington está tan terso que resultaría apocalíptico que un minúsculo surco lo cruzara. De modo que, por el bien de ese cutis que tan celosamente resguarda del sol costero, heme aquí con un estúpido vestido que me hace sentirme como un pez nadando fuera de agua.

―Según el Post, os casaréis después de la graduación ―comenta Lily, y su mirada se entretiene buscando a Josh a través de la aglomeración―. Hay que admitir que tienes suerte. Josh Walton, el tío que toda chica quisiera tener en su cama. Y es tuyo. ¡Guau! Deberías, al menos, sentirte orgullosa, ¿no? Sus ojos verdes son motivo de desmayo entre las novatas de Columbia, ¿lo sabías?

―Permíteme que haga oídos sordos de ese dato, si eres tan amable ―rezongo.

Lily me quita la copa de las manos, toma un sorbo de champán y luego me la devuelve.

―Tranquila. Él solo tiene ojos para ti.

En mi rostro se forma una expresión sarcástica que nunca llega a materializarse del todo.

―Si tú lo dices… ―mascullo secamente.

―Vamos, Del, todos sabemos que Josh está enamorado de ti desde primaria.

Me acabo la copa y la deposito encima de una mesa alta y redonda, antes de agarrar otras dos, una para mí y otra para Lily. No me gusta compartir copa. No me parece higiénico.

―Está enamorado de mí porque no tiene elección, Lily. Nos prometieron al nacer. Josh y yo siempre supimos que acabaríamos juntos.

―Y eso es lo bonito de vuestra vida. Que no hay sorpresas.

―Pues como siga bebiendo con el estómago vacío, las habrá, créeme ―me burlo, horrorizando a una señora mayor con mi indecoroso sentido del humor.

Tras excusarme por mi falta de elegancia, cojo a Lily del brazo y empiezo a arrastrarla en dirección a la zona de los aperitivos. Toda esta conversación me ha dejado famélica.

Lo cierto es que, para desesperación de mi madre, a mí cualquier cosa me deja famélica. Mi talla roza peligrosamente la treinta y ocho, y Giselle está muy preocupada por este asunto. A mí no podría importarme menos.

―Oh, por favor, Adeline. No me vengas con chorradas. Te rebelas a diario en contra de las normas. ¿Por qué acatarías esta, a no ser que tú también estés enamorada de él? Admítelo de una vez por todas.

Me detengo de mi caminata y le dirijo una mirada ceñuda.

―¿Es eso lo que piensas? ¿Qué estoy enamorada?

La confusión dibuja una V entre sus cejas.

―No entiendo por qué tanto sarcasmo a la hora de decir enamorada. Ni que te hubiese ofendido al insinuarlo.

Suelto una risa vacía. No me lo puedo creer. ¡Enamorada!

―¡Porque el amor no existe, Lily! El amor… no es más… que un estúpido… cuento… de hadas ―articulo lentamente, y con cada palabra aumenta la helada expresión de desprecio que fulgura en las profundidades de mis ojos―. Y yo soy algo mayorcita para creer en cuentos.

―Así que te casas con el príncipe azul de Long Island porque no crees en los cuentos de hadas ―sentencia de un modo tan sarcástico que me hace replantearme nuestros veinte años de amistad.

―Has dado en el clavo, princesa. Y, ahora, ataquemos la comida antes de que el champán y los enamoramientos me revuelvan el estómago.

Pasamos por debajo de un arco decorativo y nos detenemos al lado de las mesas del bufé frío, que ofrecen varios tipos de cremas de verduras, sushi, caviar, y, al menos, otros veinte tipos de entrantes, colocados con elegancia encima de sofisticadas bandejas de plata.

―¿Y si, una vez te hayas casado, conoces al hombre de tu vida? ―me propone Lily mientras yo contemplo las bandejas con aire indeciso―. ¿Qué harás entonces?

Tuerzo la boca en señal de indiferencia.

―No lo sé. No me importa. Nunca he valorado la posibilidad.

―¿Por qué no?

Resoplo, irritada por su insistencia.

Lily es la persona más ilusa que conozco. El amor, el hombre de mi vida… ¿De qué va? ¿Cómo puede alguien tragarse tantas chorradas?

¿Es que Lily no ha visto nunca las consecuencias del amor? ¿No ha visto las peleas, los cristales rotos, los añicos en lo que se convertía la vajilla del salón cada vez que él perdía los papeles?

¿No se he quedado ahí, rota por dentro, contemplando inerte la destrucción desatada por el estúpido amor? No, supongo que no lo ha hecho. De lo contrario, no osaría hablar de estas cosas.

―Porque, por enésima vez, Lily, no creo en el amor.

―¿Crees que no existe?

Cojo un aperitivo de piña, salmón y queso, me lo llevo a la boca y lo mastico despacio, disfrutando la explosión de sabores.

―Hm. Es mucho más que eso. Estoy convencida de que no existe ―aseguro, con énfasis.

El cuento del amor es la mayor estupidez que he oído jamás. Todos sabemos cómo acaba la historia. Chica conoce chico, chico se enamora de chica, uno de ellos traiciona al otro.

Hagas lo que hagas, el amor siempre termina igual: rompiendo tu corazón en pedazos. A mí nunca me pasará eso.

No tengo un corazón que ofrecer.

Lily, en claro desacuerdo, exhala un débil suspiro.

―Eres una escéptica, Adeline Carrington. Una escéptica bastante ingenua, además. La vida te demostrará lo contrario cuando menos te lo esperas. Ya lo verás.

Soplando en señal de exasperación, muevo el cuello hacia ella con la evidente intención de dedicarle una mirada seca, pero no llego a encontrarme con sus ojos.

Me detengo a mitad de camino, atraída por una mirada azul etéreo que se interpone en mi trayectoria y desprende tanta fuerza sexual que el aire se me queda atascado en algún punto entre los pulmones y la garganta.

La sonrisa que pende de los carnosos labios de ese desconocido es ligeramente burlona, y yo no puedo evitar sentir una descarga eléctrica estallando en las honduras de mi vientre.

―¿Y cómo es que Giselle y Edward no nos acompañan? ―escucho vagamente.

Me quedo paralizada por unos segundos; después, me vuelvo de espaldas a él, con las prisas de un conejillo asustado.

Madre mía. Ese hombre me ha inspeccionado de un modo completa y absolutamente descortés; ha paseado perezosamente la mirada por todo mi cuerpo y después ha sonreído como si le gustara lo que estaba viendo.

La insolencia de su mirada me ha hecho sentir como si estuviera desnuda delante de él. Desnuda en cuerpo y alma.

―La Tierra llamando a Adeline.

Mi mente deja de viajar y sacudo la cabeza para despejarme.

―¿Qué? Ah. Están en Washington, en un mitin ―explico brevemente―. Regresan esta noche, aunque no creo que les dé tiempo de hacer acto de presencia.

Lily sigue hablando. No sé de qué está quejándose ahora, no puedo prestar atención a su agotadora cháchara. No debería estar haciendo esto, pero la tentación es tan grande que solo tardo unos cuantos segundos en volver a girar el cuello hacia atrás, como si hubiera ahí un gigantesco imán atrayéndome irresistiblemente.

Y de nuevo cruzo una mirada con ese desconocido, moreno, mayor, guapísimo, que en ningún momento ha dejado de observarme.

Está apoyado contra el alfeizar de una ventana, con los brazos cruzados en un gesto despreocupado. Va muy bien vestido, con un traje Armani de lo más sofisticado, cuya oscura tela se amolda perfectamente a su armonioso cuerpo.

Aun así, a pesar de la elegancia de su porte, no encaja en este lugar, ni pretende encajar. Está claro que preferiría hallarse en cualquier otra parte del mundo, lo que me hace sospechar que se trata de un intruso, uno de aquellos que vienen y se van; la mejor de todas las demás categorías.

Mirándolo, tengo la impresión de que intenta no mezclarse demasiado con los demás invitados. Quizá le guste mantener a raya a la gente. Parece arrogante y poderoso, muy seguro de sí mismo. Y solo. Horriblemente solo, al igual que yo.

Me recorre un leve estremecimiento cuando hace un gesto con la cabeza, sin que esa tenue sonrisa burlona deje de asomarse en sus labios. Consigo esbozar una sonrisa torpe a modo de saludo, antes de bajar la mirada hacia Lily, que se acaba de sentar en una silla.

―Me matan estos tacones ―la oigo quejarse.

Me dejo caer a su lado con la misma expresión de alguien que acaba de ver un fantasma.

―¿Quién es? ―le susurro, incapaz de recuperarme del impacto.

Una chispa de confusión se enciende en su mirada.

―¿Quién es quién?

―El hombre que me está mirando tan fijamente.

Lily alarga un poco el cuello para mirar por encima de mi peinado griego.

―Adeline, hay al menos cinco tíos mirándote fijamente. No me sorprende. Menudo vestido llevas esta noche. ¿Desde cuándo te gusta a ti pasearte por ahí con la espalda al aire? ¿Y por qué todo lo que te pones encima ha de ser siempre tan odiosamente negro? Hace dos años, eras una niñita adorable. Ahora pareces Morticia Addams. No formarás parte de alguna secta satánica, ¿verdad?

Pongo los ojos en blanco. ¿Por qué la gente siempre piensa que los rockeros somos satánicos? ¿Es que no podemos ser budistas?

―Me refiero al hombre de ojos azules que está apoyado contra la ventana ―insisto con voz ansiosa―. ¿Le conoces?

Lily vuelve a mirar.

―Ah. Olvídate de él.

Mis pupilas se dilatan un poco por la intriga. Mi mejor amiga, sin dar más explicaciones al respecto, retoma su tarea de masajearse los tobillos.

―¿Por qué dices eso? ―bajo la voz, como si estuviésemos tratando un asunto de lo más confidencial.

―Él no juega en tu división ―me contesta con indiferencia.

Lo cual hace que el desconocido despierte aún más interés en mí.

Siempre me siento fascinada por lo que no puedo tener. Debilidades mundanas, me figuro.

―¿A qué te refieres con que no juega en mi división?

Lily resopla con fastidio y levanta la cabeza para mirarme exasperada.

―¿Adeline, es que tú nunca lees el Page Six?

―Estoy confusa. ¿Qué tiene eso que ver con nuestro desconocido? ―repongo, sin entenderlo.

―Pues que, si leyeses el Page Six, sabrías que ese hombre es algo parecido a Satán, y entonces dejarías de interesarte por su persona.

Giro el cuello hacia atrás y otra vez quedo bajo el embrujo de la intensidad de su mirada.

Resulta realmente hipnótico mirarle. ¿Cómo podría ser el Diablo si las llamas reflejadas en sus pupilas seducen, en lugar de asustar?

Conforme avanzan las agujas del reloj, inevitablemente, vamos camino de perdernos en nuestras miradas, hasta que todo lo demás se vuelve nebuloso e insignificante. El ruido de fondo, la voz de Lily, la música, las risas… Todo parece cesar; desaparece sin más. Es como si estuviésemos solos en el mundo entero.

Apenas me doy cuenta de que un hombre trajeado se acerca a él y le susurra algo. El desconocido tarda unos instantes en despegar los ojos de los míos para mirar a su interlocutor. Lo hace con perfecto aplomo y sin ninguna clase de ganas. Contesta brevemente, vuelve a mirarme por última vez, y después me da la espalda y se marcha.

―¿Y sabes qué me dijo? ―oigo cuando por fin el mundo en derredor mío retoma su frenética actividad―. Que no pegaban en absoluto juntos.

―¿Quieres dejar de ser tan jodidamente críptica? ―espeto, moviendo la mirada hacia ella―. ¿Lo conoces, sí o no?

Lily se pone los zapatos, se endereza y me mira con mala cara.

―¿Seguimos con el temita?

―Sí, hasta que me digas todo cuanto pretendo averiguar.

Mi amiga resopla en señal de rendición.

―¿Y qué es lo que pretendes averiguar, Adeline?

―Quiero saber si lo conoces.

―Cielo, lo conoce todo el país.

―¿Y eso por qué? ¿Sale en Gran Hermano? ¿Es un Kardashian?

Ella suelta una carcajada.

―Qué graciosa. No, no sale en Gran Hermano, ni es un Kardashian. Es mucho peor que eso.

―¿Ah, sí? ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

―¿No es evidente? Es rico, guapo, mujeriego y… hermano de Nathaniel Black. Hay quienes dicen que los Black son tal para cual.

―¿Nathaniel Black, la superestrella de Hollywood? ―pregunto, de lo más confusa.

Los azules ojos de mi amiga se entornan por enésima vez esta noche.

―El único Nathaniel Black que hay en este país, Adeline ―mi ignorancia parece irritarla―. El único relevante, al menos.

Se produce un momento de silencio. Así que es famoso. Y mujeriego. Vaya, vaya. Un chico malo. Me intriga. Hay algo en él. ¿Qué es ese algo?

Vuelvo a mirar hacia atrás, pero él ya no está ahí.

De repente, me siento vacía.

―Cuando dices que los Black son tal para cual…―la insistencia de mi mirada la insta a continuar, por lo que Lily frunce la boca en un gesto de disgusto, claramente contrariada por mi interés en aquel desconocido.

―Antes de que Nathaniel se casara con esa inglesa estirada que pertenece a la aristocracia europea, o eso dice la TMZ ―puntualiza con los ojos en blanco, como si dudara de los nobles orígenes de la señora Black―, los Black solían ser inseparables. Las revistas del corazón se forraron con estos dos cabroncetes. Sus juegas debieron de llenar miles de páginas. Me sorprende que no lo sepas. Siempre salían en portadas, y siempre rodeados de modelos, bebida y drogas. ―Xe inclina sobre mí con aire confidencial, lo cual quiere decir que piensa soltar alguna bomba―. Susurran las malas lenguas que incluso compartieron damisela más de una vez. No está muy claro de si lo hacían por separado o juntos. Desde luego, a Nathaniel le iba mucho el rollo de las orgias. Tengo que admitir que a su hermano nadie le ha relacionado con eso, pero, en fin, no deja de ser un Black. Quién sabe los secretos que ocultan esos adorables hoyuelos suyos.

Abro la boca, completamente escandalizada. «¿Orgias?»

―¡¿Estás de coña?!

Súbita e inexplicablemente, me invaden los celos. ¿Cómo puedo sentir celos de las mujeres que han pasado por la cama de un hombre al que ni siquiera conozco?

―Más quisiera. Como acabo de decirte, su reputación no puede ser peor. Créeme, Adeline, no quieres formar parte de su universo. Robert Black es la estrella de una liga muy superior a la tuya. Ya sabes, uno de esos tipos que viven rápido, follan duro… Pero regresemos al tema de tu compromiso. ¿Para cuándo es la gran boda?

Parpadeo con insistencia para ahuyentar las imágenes de mujeres sin rostro que se reproducen en mi cabeza. ¿Y a mí qué demonios me importa a cuántas se ha tirado ese tipo? ¡Como si son mil! No es asunto mío.

―No hay fecha. Nos lo tomamos con calma. No he decidido todavía lo que quiero hacer con mi vida.

Y me tomo toda una copa de champán de golpe, no sé por qué.

―¿En serio? Y yo pensando que tu vida había sido planificada desde antes de que nacieras…

Con las manos un poco trémulas, agarro otra copa. Sentarse cerca de la comida y la bebida ha resultado ser una brillante idea.

―No, y llevas razón. Lo ha sido. ―Me quedo pensativa unos segundos, mientras tomo otros tantos sorbos―. Pero quizá me rebele un día de estos ―añado para mí misma, antes de acabarme la bebida.

Cuando vuelvo a mirar a Lily, sé que he hablado más de la cuenta. Es mi mejor amiga, pero no siempre apoya mis ideas. Sigue sin entender por qué odio tanto mi existencia.

―¿Qué estás tramando?

 ―Nada. ¿Sabes qué? ―Mis ojos se mueven inquietos en busca de una salida―. Voy a salir a tomar un poco de aire. Estas fiestas me asfixian, y está claro que he vuelto a beber más de lo que debía.

Me mira con suspicacia, como dudando si creerme o no.

―Eres una chica rara, Adeline.

Fuerzo una sonrisa que parece aplacar su recelo.

―Nadie es perfecto, Lily. No existe la perfección. Y si existe, te rompe en pedazos. Mira a tu alrededor. Es peligroso ser perfecto hoy en día.

―No tienes nada de lo que preocuparte, tú distas mucho de serlo. Toma. Hace frío en la calle. Llévate mi chal.

No quiero llevarme nada, pero lo hago para que me deje marchar de una vez. Tengo que poner orden en esos preocupantes pensamientos que llevan diez minutos asaltando mi mente como las flechas de un cazador.

―Gracias. No tardaré en volver.

Con la prenda alrededor de los hombros, salgo a la terraza más próxima. Me alegra comprobar que no hay nadie más aquí. Necesito unos momentos a solas. Por Dios, ¿a qué hora acaba esta estúpida fiesta? Me quedaré aquí, aislada de todos, hasta que termine. No pienso volver ahí dentro para escuchar las mismas conversaciones vacías de siempre.

Sumergida en mis pensamientos, apoyo las manos en la barandilla y dejo que mi mirada se pierda en el panorama que se extiende ante mis ojos.

Las luces titilantes de los rascacielos que ocultan algunas de las viviendas más caras del mundo se empequeñecen en el horizonte, y parece que la cúpula del Empire, orgullosamente erguida en medio de todos los demás edificios, está vigilando la ciudad, como uno de esos antiguos faros. El Faro de Nueva York.

Se supone que yo pertenezco a esto, que lo que estoy viendo es mi mundo, pero lo cierto es que jamás me he sentido como si formara parte de él. En realidad, creo que yo jamás he formado parte de nada.

Es verdaderamente triste sentirse siempre como un intruso y que todo parezca tan grande comparado contigo. La jungla que se alza por encima de mí es, en ocasiones, un lugar peligroso para alguien como yo.

―Resulta tranquilizador, ¿verdad?

Sobresaltada, muevo el cuello hacia el hombre que acaba de detenerse a mi izquierda. ¡Es él! El desconocido de ojos azules.

―¿A qué te refieres? ―me obligo a decir, al cabo de unos instantes de completo silencio.

Sus impactantes ojos se pierden a lo lejos. Se ha deshecho de la chaqueta de su traje y ahora solo viste el pantalón oscuro y la camisa blanca, arremangada por debajo de los codos, de un modo que le hace parecer elegante a la vez que despreocupado.

―Las luces. Me tranquiliza mirarlas. ―Con absoluto aplomo, vuelve la mirada hacia mí―. ¿No te pasa a ti lo mismo?

Me quedo mirándolo embobada, sin ser capaz de abrir la boca.

El desconocido me dedica una sonrisa amable, supongo que divertido por la mueca de idiota que debe de registrar mi rostro.

¡Mi madre! Cuando sonríe, más que guapo, es arrasador. Tiene un rostro impresionante, de labios carnosos y nariz recta. Antes no me había dado cuenta de ello, pero ahora lo veo con claridad.

Sus rasgos son salvajes y aristados, y reflejan dureza. Aun así, puedo ver cómo a través de ellos consigue asomarse un ápice de afabilidad. Su constitución delgada y su porte erguido le prestan un aire de distinción que le vuelve aún más irresistible a mis ojos. Lleva el oscuro pelo despeinado, como si no hubiera modo alguno de arreglarlo, y hay una arruga de concentración cruzando su entrecejo.

Parece alguien severo y autoritario, con una gran predisposición a fruncir el ceño. Un líder, quizá, acostumbrado a que la gente le siga y le obedezca en todo momento.

―Oye, ¿te encuentras bien? ―me pregunta con voz cálida, al ver que no me dispongo a abrir la boca.

Sacudo la cabeza para ahuyentar mis pensamientos.

―Supongo que sí. Quiero decir, sí, me resulta tranquilizador mirar. ¡Las luces! ―chillo, convencida de que mis palabras podrían adquirir un doble sentido para alguien como él―. Me resulta tranquilizador contemplar las luces ―apostillo en un susurro.

Una sonrisa pícara roza la esquina derecha de su boca.

―Por supuesto que las luces. Es de lo que estábamos hablando, ¿no?

Carraspeo, bastante incómoda a causa de mi creciente ansiedad.

―Desde luego ―musito, y me sonrojo. Inexplicablemente.

Durante un breve momento, se queda paralizado, contemplando concentrado cada uno de mis rasgos, como si pretendiera absorberlos.

―Estás muy guapa cuando te ruborizas. Deberías hacerlo más a menudo. Soy Robert, por cierto.

Bajo los ojos hacia la mano que me ofrece y la miro con recelo, como si dudara sobre si tocarla o no. Tengo la molesta sensación de que la arteria del cuello va a estallarme si mi pulso sigue acelerándose de este modo. «Si tan solo dejara de mirarme tan intensamente…»

―Adeline ―murmuro, al tiempo que me dispongo a estrecharle por fin la mano.

Pego un brinco cuando las puntas de mis dedos rozan su piel. Su contacto abrasa y me provoca una deliciosa sacudida. Me dedica una sonrisa lenta, llena de misterio, peligrosa, y yo me apresuro a soltarle.

―No te asustes, Adeline ―formula mi nombre con gran deleite, como si quisiera comprobar cómo suena en sus labios. Desde luego, suena bien. Demasiado bien―. Tan solo eran unas cuantas chispas.

«Dios mío…»

―Ya. ―Fuerzo una sonrisa, y él me guiña un ojo y me sonríe de vuelta.

Me pone nerviosa. Hay algo en él que me atrae, y no sé el qué.

En un intento por calmar mis nervios, cada vez más descontrolados, desvío los ojos hacia la noche neoyorquina, con la esperanza de que Robert lleve razón. Quizá resulte tranquilizador mirar las luces.

―¿Puedo invitarte a una copa? ―me distrae la suavidad de su voz.

Permanezco inmóvil por unos momentos, y luego muevo el cuello para mirarle. Este hombre tan increíble quiere que tomemos una copa. Juntos, él y yo. Y a mí no se me ocurre una idea mejor. Lo paradójico de todo es que la idea de que esto me parezca una buena idea es, en sí, una idea espantosa. 

―Solo si mi novio puede acompañarnos ―contesto con fingida gravedad.

Sus labios se curvan en una sonrisa seductora. Muy lenta. Felina. Si yo fuese un poco más delicada, este sería un excelente momento para desmayarse. Pero no es mi estilo.

―¿Tu novio? ―acota con gélido desdén―. ¿Te refieres a ese mocoso que está compitiendo en una guerra de chupitos?

No puedo apartar los ojos de los suyos, y eso me incomoda un poco.

―Veo que te mueres por hacer amistades esta noche, ¿eh? ―me burlo.

El desconocido tuerce la boca en un gesto de desprecio.

―¡Amistades! ―bufa, y luego me mira, todo seriedad―. Deberías salir con hombres de verdad, Adeline.

No consigo frenar a tiempo la sonrisa que se extiende en mis labios.

―Como… ¿tú? ―le propongo, con una ceja alzada.

Se humedece los labios muy despacio y asiente con gran convicción. Es un auténtico seductor. Lo delatan sus movimientos, su mirada, su sonrisa ladeada. Estoy ante un playboy con clase, no me cabe duda de ello. Quizá Lily llevara razón. Quizá fuera cierto todo lo que dicen sobre él.

―Yo no te dejaría sola en una fiesta para ir a emborracharme con mis amigos.

Es tan arrogante y tan seguro de sí mismo que no puedo dejar de sonreír.

―¿Ah, no? ¿Y qué harías tú?

Durante el tiempo que permanece callado, con las dos manos hundidas despreocupadamente en los bolsillos de su pantalón de sastre, su penetrante mirada se arrastra por todo mi rostro. De pronto, sus ojos se detienen sobre mi boca, y algo en mi interior se incendia ante ese modo de mirarme. A juzgar por cómo se oscurecen sus pupilas, la respuesta involucra algo ilegal, y no estoy demasiado segura de si tengo bastante edad como para conocerla.

Para mi desesperación, esa idea me hace sonrojarme de nuevo. Él repara en el rubor que incendia mis mejillas y una sonrisa un tanto socarrona se adueña de sus labios. «¡Ay, mi madre!»

―Quizá te lo cuente, Adeline, pero este no es un buen lugar. ―Me tiende una mano, y es de locos lo mucho que deseo tocarle―. ¿Nos vamos?

La hija prometida de un ultra católico senador de los Estados Unidos le diría que no. Pero ¿quién es esa? ¿Alguien la conoce?

Hechizada por el infinito azul marino en el que fácilmente podría ahogarme, cojo la mano que me ofrece y me voy con él. Este hombre desata mi locura. Sin duda alguna.

―Y bien, ¿me lo vas a contar ahora? ―pregunto, en la acera―. ¿O seguirás haciéndote el misterioso?

Sin que esa inquietante media sonrisa abandone sus labios, ladea un poco la cabeza, agarra mi cintura con ambas manos y me arrastra hacia él hasta que nuestros pechos colisionan, como dos trenes de alta velocidad. Prácticamente soy capaz de vislumbrar las chispas que estallan a nuestro alrededor.

Chispas…

¿Qué tendrán las chispas que me fascinan tanto?

Mi pulso empieza a latir enloquecido, y respirar hondo ya no sirve de nada para calmarlo. Él desvía la mirada hacia mi cuello, repara en ese alterado latido, y noto por su modo de torcer los labios que mi nerviosismo le hace una gracia tremenda.

No es propio de mí comportarme como una adolescente llena de hormonas, y me irrita descubrir que no puedo evitarlo ni mantenerlo bajo control.

―Nunca viene mal un poco de misterio, señorita ―susurra contra mi boca.

Las yemas de sus dedos se arrastran por mi espalda, muy despacio; recorren mi piel desnuda de un extremo al otro y se detienen en la parte baja de mi espina dorsal.

Pese a que la piel está ardiéndome, bajo su roce empiezo a temblar, aunque el frío nada tiene que ver con las reacciones de mi cuerpo. Todo esto es causa de ese deseo caliente, irresistible, desconocido e irracional que invade mi bajo vientre. Nunca me he sentido así.

―¿Vas a besarme? ―me sorprendo a mí misma murmurando.

Me ruborizo en cuanto esas palabras nacen en mis labios. «¡Mierda! ¿Pero qué diablos pasa conmigo?»

―¿Es eso lo que quieres?, ¿que te bese? ―repone él, incapaz de reprimir una sonrisa dulce.

Es narcótico el modo en el que sus ardientes ojos enfocan mis labios. Me los muerdo por dentro, muy avergonzada. Ojalá pudiera actuar como lo haría un ser racional. Pero no puedo. Mi capacidad de raciocinio queda anulada por completo en su presencia. Nunca he conocido a nadie tan magnético como él.

―¡Por supuesto que no quiero que me beses! ―declaro en un tono jocoso que, sin embargo, no consigue enmascarar mi nerviosismo―. Como te he dicho, estoy saliendo con alguien.

La energía que ruge entre nosotros es innegable.

Con la respiración súbitamente pausada, Robert extiende la mano y recorre el contorno de mi boca con la yema de su pulgar. Un gemido muere en alguna parte de mi garganta.

―Mentir está muy mal, señorita Adeline ―musita con aire absorto―. Es evidente que quieres que te bese. ¿Por qué no me haces un favor y lo admites de una vez?

Cuando alza la mirada y esos devastadores iris azules vuelven a clavarse en los míos, soy incapaz de disimular un pequeño suspiro.

Presa de la exasperación, entorno los ojos, mosqueada conmigo misma por permitir que él tenga este efecto en mí.

―Vale, sí. Un poco ―confieso sonrojada, tras algunos segundos de reflexión.

―¿Un poco? ―Lo niega y, con aire divertido, se inclina sobre mí para susurrarme algo al oído―. Realmente detesto decepcionarte, carita de ángel ―me dice con esa voz rasgada, que deja bien claro que no lo detesta en absoluto―, pero mucho me temo que yo no sé besar un poco.

―¿Y cómo sabes besar entonces?

Se endereza, enarca una ceja lentamente y su sonrisa se intensifica.

―¿Que cómo sé besar? ―Su mirada es tan abrasadora que el corazón se me detiene, para luego pegar un violento brinco entre las paredes de mi pecho―. Así ―murmura.

Sin demasiados miramientos, me agarra la nuca con una mano y aplasta los labios contra los míos.

Antes de que pueda entender lo que está pasando, me abre la boca con la suya, me mete la lengua dentro y me besa. Ya lo creo que me besa. Me besa como nunca, en mis veinte años, he sido besada. La pasión se intercala con la ternura, formando una unión tan inquebrantable y extraordinaria que temo no volver a ser capaz de sentir nunca más.

La oscuridad nos envuelve, tan atrayente y deliciosa, y se apodera de mi cuerpo y mi mente como una marea imparable. No hago el más mínimo esfuerzo por oponer resistencia. Todo lo contrario. Me dejo arrastrar hacia un torbellino peligroso, excitante, imposible de controlar; un lugar diferente a todo cuanto jamás he conocido. Este hombre es capaz de llevarme a sitios que nadie más conoce.

Su boca sobre la mía me reclama febril, ansiosamente. Me absorbe. No puedo hacer más que devolverle el beso. No me deja otra alternativa, no tengo elección. Mi lengua se enrosca con la suya y se une a una danza de lo más erótica, mientras mi cuerpo se disuelve en un océano de sensaciones.

Como si estuviera luchando por contenerse, se detiene por un momento, con mi cabeza entre las manos, y respira tan fuerte que se le dilatan las aletas de la nariz.

Cuando busco sus ojos, me encuentro con que sus hermosas facciones lucen devastadas, supongo que igual de alteradas que las mías. A nuestro alrededor, algunos transeúntes aminoran la marcha para poder observarnos mejor. Robert me mira los labios hinchados y sacude la cabeza, no sé si arrepentido, asombrado o excitado. Quizá sea una mezcla de las tres cosas.

―Nos están mirando ―le susurro, ya que él no reacciona―. Podría haber paparazzi

Está muy cerca de mí, tan cerca que lo siento, lo respiro. Nuestros alientos se mezclan y el deseo que late entre nuestros cuerpos se vuelve inaguantable. Sus ojos están clavados en los míos, y me parecen aún más azules que antes. Me quedo inmóvil, mirándolo, disfrutando de su proximidad.

―Que se jodan ―murmura, antes de volver a abalanzarse sobre mí.

Agarrándome por la nuca con ambas manos, me hace retroceder hasta apoyarme contra el muro del local, donde, arropados por las sombras de la noche, vuelve a tomar posesión sobre mi boca, besándome aún más profundamente.

No me muevo cuando se pega a mí y me atrapa bajo la dura presión de sus músculos. Su boca baja por mi cuello, ávida, caliente y húmeda, aferrada a cada centímetro de mi piel. No puedo apartarme de él, ni puedo controlar mi excitación, que aumenta gradualmente a medida que el calor de su cuerpo derrite al mío. Me está rompiendo en pedazos. La sangre de mis venas empieza a bullir, y unas intensas oleadas de deseo fluyen por todo mi ser, recordándome que he perdido todo el control. Ahora mismo dejaría que hiciera conmigo lo que él quisiera.

―Por favor… ―musito débilmente, aunque no sé si para que me suelte o para que se apiade de mí. Estoy pidiéndole algo que no sabría definir.

Una brutal descarga eléctrica sacude todo mi interior cuando me aferro a sus brazos y percibo cómo, por debajo de su camisa, sus bíceps se tensan. Su corazón empieza a latir tan acelerado contra mi pecho que tengo claro que esto le afecta tanto como me está afectando a mí.

Levanta la cabeza hacia mis ojos y mueve las manos para agarrarme el rostro.

―Por favor, ¿qué? ―murmura.

―Yo… solo quiero…

―Que te bese. ¿Es eso lo que quieres?

―Yo… ―No me sale nada inteligente, así que me mantengo callada.

Sin aflojar la presión del cuerpo que me mantiene atrapada contra la pared, sus labios chocan de nuevo con los míos en un beso devastador. Parece tomarse todo el tiempo del mundo para dedicarse a este momento, y yo me siento embargada por un placer sin remordimientos.

En un singular momento de lucidez, intento apartarme, pero él me besa, y me besa, y me besa, como si no fuera capaz de detenerse, y acabo rindiéndome. Me rindo porque no se puede luchar contra una fuerza así de arrolladora.

―A partir de este momento, eres solo mía ―me informa cuando, por fin, se despegan nuestros labios.

Ahogo un gemido cuando su mano recorre la curva de mi trasero y me atrae hacia sus caderas, para que note su deseo. Me siento embriagada de excitación, y eso es abrumador.

Por encima de nuestras cabezas, una ráfaga de viento desprende unas cuantas hojas doradas y las hace flotar en el aire. Apenas reparo en la gracia de su baile. El mundo que nos envuelve se ha vuelto borroso e insignificante; irreal.

Permanezco ausente, intentando estabilizarme a pesar de las frenéticas espirales por las que aún giro. Tengo los labios hinchados y ardiéndome, la respiración alterada y la mente completamente perdida en este momento transcendental. Una parte de mí sabe que después de estos besos, nada, nunca, volverá a ser como antes. No creo que yo vuelva a ser la de antes.

―Tonterías ―susurro con aire distraído. Apoyo una mano contra la pared para no perder el equilibrio, pues me tiemblan las rodillas―. Yo no soy de nadie. No te pertenezco ni te perteneceré jamás. No vayas a pensar que después de un beso voy a convertirme en uno de tus numerosos juguetes.

No debería estar aquí con él, y aun así, no soy capaz de apartarme. Hay algo en él. ¿Qué es? Levanto los ojos hacia los suyos y estudio su mirada, pero mi exhausta mente no consigue encontrar la respuesta a esa pregunta.

Los llameantes pozos, que me contemplan con el mismo interés, no desvelan nada en absoluto. Lo único que sé es que este desconocido me atrae como nadie lo ha hecho jamás.

Su mano tira de mí y, sin darme cuenta, estoy con la cabeza apoyada contra su hombro y sus brazos me rodean en un gesto protector. Alguien silba a sus espaldas, no sé si para llamar nuestra atención o por cualquier otra cosa.

―Te equivocas ―susurra, más bien para sí mismo, y su abrazo se vuelve aún más fuerte―. Eres mía. Es evidente que tú y yo tenemos algo. Y no pretendo convertirte en uno de mis numerosos juguetes. Pretendo convertirte en mi juguete favorito.

Su olor es lo más excitante que he olido jamás. Huele como un bosque durante una fuerte tormenta, a algo terrenal e irresistible; a tentación, supongo.

―Mi novio está esperándome ahí dentro ―comento abruptamente, quizá en un torpe intento de recordármelo a mí misma.

Robert baja la mirada hacia la mía. Sonríe, incluso cuando lo único que se refleja en sus ojos es un brillo de feroz excitación. Vuelvo a percibir en él ese algo tan perturbador que soy incapaz de señalar. Puede que sea su forma de tocarme lo que impacta tanto. Su palma está apoyada contra la mía, sus delgados dedos están curvados sobre mis nudillos, y yo siento como si un extraño hormigueo fluyera por todas las venas de mi cuerpo.

Desde luego, cualquier chica se merece ser tocada y besada de este modo, aunque fuera por una sola vez en la vida.

―¿Tu novio? ―repite como si el asunto no tuviera importancia alguna para él, mientras su pulgar se entretiene acariciando suavemente al mío―. Mmmm. Tienes que dejarlo, me temo. Lo primero que debes conocer acerca de mí es que no soporto compartir lo que es mío.

―Yo no soy tuya.

Mis esfuerzos por aferrarme a la negación parecen divertirle.

―Ah, claro que sí. Te acabo de besar. No me habría cogido semejantes libertades contigo de no haber estado plenamente convencido de ello, ¿no te parece?

―A ti se te va la pinza, ¿a que sí?

Su pulgar frota al mío hasta que este termina por devolverle las caricias. Me ha desarmado una vez más.

―Algunas veces. Pero esta noche no es el caso, señorita. Te garantizo que estoy en pleno uso de mis facultades mentales. Y ahora, teniendo en cuenta que ya te he mostrado cómo besamos los hombres ―sonríe y se pasa la lengua por los labios, muy despacio, como si estuviera rememorando nuestro beso―, dime, bella Adeline, ¿qué quieres hacer a continuación?

«¿Volver a besarte así por el resto de mis días?»

―Dijiste que ibas a invitarme a una copa. Hazlo.

No sé de qué parte de mi cerebro ha salido eso. Tenía que haberle gritado un ¡suéltame! y salir corriendo de vuelta a los brazos de Josh. Hay tantas cosas que tenía que haber hecho, y, sin embargo, nunca las hice. Así es el ser humano, supongo. De un modo u otro, siempre acaba rindiéndose ante la tentación.

―Está bien. ―Su cálida boca roza el pulso de mi cuello, y de nuevo puedo notar esa excitación recorriendo mis venas cual devoradoras llamas―. Relájate ―me susurra al oído―. Yo cuidaré de ti. Siempre cuidaré de ti. Vamos.

Cuando me quiero dar cuenta, ya me ha hecho cruzar la acera y ahora está sosteniéndome la puerta de su coche, un Maserati oscuro, masculino, sin duda alguna, veloz. Subo, sin pensármelo demasiado. Es una locura, lo sé. Ni siquiera me ha dicho adónde vamos. ¿Acaso importa? Supongo que no.

Sobrecogida por todo, observo en silencio cómo rodea el coche, se desliza en el asiento del conductor y gira la llave dentro del contacto. El bólido se pone en marcha con un suave ronroneo, sin tardar más de unos pocos segundos en adquirir una velocidad preocupante.

―¿Adónde vamos? ―pregunto de pronto, al advertir que llevamos varios minutos en silencio.

Una pequeña, casi imperceptible sonrisa aparece en los extremos de su boca.

―A cualquier parte.

No hay demasiado tráfico, lo que le permite sortear los demás coches y conducir deprisa. Odio que la gente conduzca tan rápido, pero con él, por alguna razón, me siento a salvo. Tengo la sensación de que, estando con este hombre que acabo de conocer, nada malo podría pasarme. Hay algo en su forma de mirarme que me dice que él jamás me lastimaría. Aunque es posible que sus ojos mientan.

Pasan los minutos sin que ninguno de los dos hable. Nueva York vuela a ambos lados, lejana e indiferente, con sus luces titilantes y sus aceras transitadas por cientos de personas. ¿Qué sabe Nueva York sobre nosotros? Nada. El hombre de ojos azules y yo somos uno de los múltiples misterios que se ocultan entre las sombras de esta enorme ciudad.

―¿Qué haces con ese niño de papá? ―me sorprende su voz.

Me encojo de hombros.

―Ya te lo dije, es mi novio.

―Lo era ―repone con hosquedad.

Nos volvemos a sumir en un profundo silencio. Conforme avanzamos en el tráfico de la noche de domingo, me entretengo examinándolo de reojo. Mis ojos se arrastran por la curva de su mejilla sin afeitar, por las facciones duras, sumidas en penumbra. Intento adivinar su edad. Debe de rodar la treintena. Puede que me saque diez años. Tal vez, unos cuantos más.

―Y tú, misterioso desconocido que todo parece saberlo, ¿por qué estabas en esa fiesta tan aislado de los demás?

Me doy cuenta de que le divierte mi sarcasmo. Las esquinas de su boca se alzan levemente.

―Así que has estado observándome, ¿eh, señorita?

Como no contesto, gira el cuello para lanzarme una mirada insistente, antes de volver a centrar los ojos en la carretera.

―El que me estaba observando eras tú ―contesto por fin.

Sacude la cabeza lentamente, decepcionado por mi respuesta.

―Yo diría que, más bien, nos estábamos observando mutuamente, Adeline. ¿No opinas tú lo mismo?

Mis labios se fruncen en un gesto de indiferencia.

―Quizá. ¿A quién le importa?

―A mí. Vamos, sabes que llevo razón. Incluso una chica mala y rebelde como tú ha de admitirlo.

Giro el cuello hacia él y le lanzo una mirada fulgurante. Estoy harta de la gente que me juzga por mi maquillaje oscuro y la música rock que me acompaña a todas partes, y no por lo que realmente soy.

―¿Chica mala y rebelde? Tú no sabes nada acerca de mí.

―Y, sin embargo, desearía saberlo todo ―repone con aplomo, y esas palabras me dejan tan completa y absolutamente descolocada que mi incipiente cólera empieza a disiparse―. ¿Qué te parece este lugar para tomar esa copa que te he prometido?

Desplazo los ojos hacia la ventanilla y veo que estamos aparcando delante del Bemelmans Bar. Pese a lo famoso que es este sitio, nunca he estado aquí. Lo único que sé es que es un bar clásico donde sirven los mejores martinis del mundo.

―Supongo que me parece bien ―farfullo, empeñada en no abandonar tan pronto mi actitud beligerante.

―Con un suponer me basta.

Me sonríe y, de un modo imperceptible, mi rostro pasa de mostrar una expresión enfurruñada a lucir una sonrisa bobalicona. Se apea del coche, me abre la puerta y me lleva de la mano hasta la entrada del bar.

Me invita a pasar, extendiendo cortésmente la palma, y yo obedezco en silencio. Me descoloca todo esto, a la vez que me preocupa el control que parece ejercer sobre mí.

Una vez cruzada la entrada, apoya una mano en la parte baja de mi espalda y me guía hacia la mesa más alejada de todas. Por supuesto, me estremezco cuando sus dedos rozan mi piel, y creo que él lo nota.

―¿Habías estado aquí alguna vez? ―me susurra al oído, y yo sacudo la cabeza a modo de respuesta―. ¿Qué te parece entonces?

―Es espectacular ―murmuro distraída, contemplando el pequeño interior, tan cálido y acogedor que arrastra los últimos vestigios de mi malhumor. Una no puede estar de malas pulgas aquí dentro, y mucho menos si va acompañada por alguien como él.

―Espectacular… ―repite para sí mismo como si estuviera sopesando la palabra―. No puedo más que coincidir.

Su voz es tan baja que apenas se le escucha a causa de la música y las conversaciones de la gente.

Tomamos asiento cara a cara. Las mesas y las sillas son del mismo tono de marrón que los divanes de cuero. Examino impresionada las lámparas que hay encima de cada mesa. Tienen unos dibujos curiosos, muy originales. Sonrío al ver que la nuestra muestra a un conejo con traje, durmiendo de pie.

―¿Sabías que esos dibujos de ahí los hicieron a mano?

Sigo la dirección de sus ojos y observo los grabados de las paredes. Imitan el estilo de las lámparas, de modo que no me cabe duda de que fueran realizados por el mismo artista.

―No tenía ni idea ―contesto con voz baja.

El ambiente que nos envuelve es íntimo. Aquí estamos los dos, ajenos a todo cuanto nos rodea. La amarillenta luz de la lámpara se derrama sobre nuestros rostros como oro líquido, y su mirada está clavada en la mía. Este modo de contemplarme hace que la excitación burbujee en mi interior como si en cualquier momento fuera a estallar. Bajo el embrujo de esas profundidades azules, mi mente clasifica el bar de lugar elegante, incluso sensual y, hasta cierto punto, enigmático.

En el piano que hay a tres mesas de distancia de la nuestra, está sentada una mujer muy atractiva interpretando Burning Desire. Giro el cuello y durante algunos segundos contemplo distraída aquellos dedos oscuros que se deslizan por la palidez de las teclas.

―Qué adecuado ―comento, volviendo los ojos hacia él.

Me observa en silencio, concentrado, a juzgar por la arruga que cruza su ceño. Quizá esté intentando adivinar si me refiero a la letra de la canción o al piano como mero objeto de decoración. Lo cierto es que yo también intento adivinarlo.

―¿Te gusta esta canción? ―me susurra.

Tengo la sensación de que está contemplándome como si no existiera nada aparte de mí en el universo entero. Nunca he visto tanta intensidad en una mirada, tanta concentración, tanto interés. Toda chica también se merece ser mirada así, aunque sea una sola vez.

―Me encanta ―susurro, un poco intimidada por ese imperturbable azul.

Durante algunos segundos, nos embebemos el uno en el otro. La química de nuestras miradas es impresionante.

―A mí también me suele gustar la música de Lana del Rey. Me parece… decadente. Muy adecuada para algunos momentos especiales ―me ruborizo al entender de qué momentos está hablando, y él sonríe con picardía, divertido por mi recato―. Mmmm. Interesante. Me va a encantar hacerlo.

Lo miro sin entender.

―¿El qué?

Sacude la cabeza despacio como si no tuviera importancia alguna.

―Nada. Dime, Adeline, ¿vas a tomar otro Manhattan?

Frunzo el ceño. Nada más llegar a esa fiesta me tomé un Manhattan, pero él no estaba ahí. ¿O sí?

―¿Cómo sabes tú eso?

Disimula una sonrisa digna de un niño travieso que acaba de hacer alguna maldad que ahora se muere por compartir.

―Estuve observándote desde que entraste por la puerta.

Me vuelvo a sonrojar, sin poder evitarlo, y empiezo a removerme inquieta en mi asiento.

―¿Y puede saberse por qué? ―murmuro, intentando escapar de su mirada, que todo parece verlo, incluso los recovecos más profundos de mi alma.

Su sonrisa se intensifica, lo cual me hace sentirme cada vez más agitada.

―El asunto es de una terrible simplicidad. Eras la chica más guapa de toda esa absurda fiesta, y yo no podía apartar mis ojos de ti. ―Me estremezco en lo más profundo de mi ser cuando coge mi mano por encima de la mesa, haciendo que mi piel entre en lenta combustión de inmediato―. Parecías un ángel recién caído del Edén.

―Ya. ―Suelto una risita nerviosa―. Un ángel oscuro, quizá. Mírame.

―Curiosamente, es lo que llevo toda la noche haciendo ―susurra, con esa rasposa voz que vibra a través de mi cuerpo.

Su pulgar recorre mis nudillos uno a uno. Trago en seco, sorprendida por el contacto de su cálida y suave piel. ¿Cómo puede estar quemando?

―Seré directo contigo, Adeline ―dice despacio, con muchísimo aplomo, como si estuviera sopesando cada una de sus palabras―. No me gustan las situaciones complejas, así que desvelaré mis cartas desde el principio. Te diré qué es lo que quiero de ti, para que no haya sorpresas después.

―¿Es que quieres algo de mí? ―balbuceo.

Levanto la cabeza para mirarlo a la cara. Sonríe, sin que su dedo deje de acariciarme la mano. Me derrito, pero consigo fingir indiferencia. Se me da muy bien fingir que nada me afecta.

―Evidentemente. De lo contrario, no estaríamos aquí.

―Ya veo.

Sabía que fugarme con él era una malísima idea. Si no me flaquearan tanto las rodillas, me levantaría ahora mismo. Me preocupa lo que vaya a decirme. No, no es eso, en realidad. Lo que me preocupa es que yo vaya a aceptar cualquier cosa que él me proponga.

―¿Te da miedito preguntar qué es lo que quiero de ti? ―La sorna que tiñe su voz basta para que mi cerebro active todas mis autodefensas.

¿Miedito? ―bufo, con ambas cejas arqueadas y las pupilas, de pronto oscurecidas, taladrando las suyas―. Déjame decirte algo, Robert Black. ―Me inclino sobre la mesa, para resultar más intimidante―. Cuando tenía doce años, di un discurso en el Capitolio. Iba sobre la paz mundial, un asunto que siempre me ha preocupado. Ahí delante de todos los pesos pesados de la política americana, expuse todas mis ideas. De memoria ―subrayo entre dientes―. No me tembló la voz siquiera. Te equivocas si piensas que alguien como tú podría intimidarme.

Se muerde el labio por dentro para frenar una sonrisa lenta y de lo más sexy.

―Así que, Adeline, eres una chica dura. Mejor aún. Detestaría tener que pasar por todo ese rollo de damisela que se desmaya ante mi declaración de intenciones.

―Tranquilo. No me he desmayado en mi vida. No voy a empezar ahora. ¿Qué es lo que quieres?

―Está bien. Te lo diré. Quiero que seas mía, con todo lo que eso conlleva.

¡Guau! Es un hombre que no se anda con tonterías. ¿Para qué perder el tiempo?

―Y esperas que yo te diga que sí a eso ―afirmo, aunque él no se inquieta en absoluto ante la sequedad de mi voz.

―Sin duda, lo harás, tarde o temprano, de un modo u otro. No le demos más vueltas al asunto. Mañana quiero verte en mi despacho para que negociemos detenidamente los términos del acuerdo.

Me quedo mirándolo boquiabierta. ¿Se puede ser más jodidamente arrogante?

Retiro la mano de inmediato, lo cual parece sorprenderle. ¿Y qué demonios esperaba? Tiene suerte de que no me haya largado aún.

¿El acuerdo? ¿Eso es lo que supone para ti? ¿Un jodido acuerdo?

Sus ojos brillan impenetrables, aunque juraría haber distinguido una débil chispa de confusión en lo más hondo de sus órbitas.

―¿Es que te disgusta el término?

―¿Realmente me acabas de preguntar si me disgusta el término?

Lo miro totalmente perpleja y él frunce el ceño.

―Entiendo. Vaya. Así que eres de las que leen libros de Nicholas Sparks.

Lo dice como si aquello fuera un poco decepcionante para él.

―No sé quién demonios es Nicholas Sparks.

Mi respuesta le asombra. Lo veo en sus ojos.

―Todo el mundo sabe quién es Nicholas Sparks, Adeline.

―Yo no soy todo el mundo, Black.

Las comisuras de su boca se curvan hacia arriba.

―Llevas razón. No lo eres. Tú eres especial ―se queda meditabundo, como si acabara de caer en la cuenta de algo importante―. ¿Sabes qué? Ignora todo lo que te he dicho. Lo siento. Me he precipitado contigo. Empecemos de cero, ¿vale?

¿Es bipolar? Otra explicación no se me ocurre.

―¿Lo sientes y ya está? ¿No vas a darme más explicaciones al respecto?

Deja escapar un suspiro airado.

―¿Más explicaciones? ¿Para qué? ¿No es obvio? Me he equivocado al pensar que estás preparada para llevar nuestra relación al siguiente nivel. Claramente, no lo estás, así que reculo. Haremos las cosas a tu manera. ¿Quieres un héroe romántico? Pues seré el héroe romántico que necesitas, preciosa. Durante un tiempo.

―¿Y por qué harías tamaño sacrificio? ―escupo, de lo más sarcástica.

―Hay causas que valen la pena. Tú eres una de ellas. Lo que realmente me importa es alcanzar los resultados deseados, de modo que estoy dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva.

―¿Borrón y cuenta nueva? ―repito con la voz cargada de escepticismo.

―Ya me has oído. Y, cambiando de tema, ¿cuántos años tienes, Adeline?

«Es bipolar».

―Cumplí los veinte en abril ―rezongo. «¿Bipolar diagnosticado y medicado, o sin diagnosticar?» ―. ¿Y tú?

Los músculos de su mandíbula se endurecen y su cuerpo se vuelve rígido, como si de repente estuviera incómodo. Se remueve el pelo con los dedos y, en unos pocos segundos, su mirada se torna completamente inexpresiva.

―Muchos más.

Fin de la conversación.

―Eso me había quedado obvio desde que te vi.

―Sí, supongo que es obvio ―gruñe malhumorado―. Entonces, ¿un Manhattan?

Tiene el ceño fruncido y me observa pasándose la mano por la oscura barba incipiente que cubre su mentón. Por un momento, contemplo la idea de irme. Al mismo tiempo, contemplo la idea de quedarme. No sé exactamente cómo actuar. Es decir, se merece que me vaya. Por el otro lado, irme significa no volver a verle. Es una decisión difícil, sin duda.

―¿Adeline? ―la suavidad de su voz interrumpe la sarta de pensamientos que se agolpan dentro de mi mente.

Suelto un interminable suspiro de rendición. Supongo que la decisión era obvia desde el principio.

―De acuerdo. Un Manhattan, y me largo.

―Quizá no quieras irte después de tomar una copa conmigo.

¡El colmo de la arrogancia!

―O quizá quiera irme incluso antes de acabarla.

Frunce el ceño de nuevo, como si estuviera sopesando atentamente esa eventualidad.

―Mmmm. No descartemos esa posibilidad. Por si acaso.

Pide mi bebida y un brandy para él. Qué convencional. Prefiero a los chicos que beben cerveza de barril. Directamente del barril, quiero decir.

La camarera no tarda demasiado en servirnos las bebidas, y yo, agradecida, cojo la mía y le doy un buen trago. Necesito calmar el hueco que su propuesta me ha provocado en el estómago.

―Seamos amigos, Adeline ―propone de pronto, dejando su copa encima de la mesa, después de tomar más de la mitad, así, de golpe.

―¿Quieres ser mi amigo?

―No, realmente, no. Es decir, sí. Para empezar.

―Me confundes.

―Lo siento.

―No pareces arrepentido.

―Pues lo estoy. ¿Siempre llevas las uñas pintadas de negro?

―¿Siempre cambias de tema tan bruscamente?

Sus ojos se clavan en los míos como en un interrogatorio, aunque no consiguen intimidarme.

―No has contestado a mi pregunta, Adeline.

―Ni tú a la mía, Black.

―Dios. ―Me lanza una mirada divertida―. Eres dura de pelar, jovencita.

Suelto una carcajada.

―Estoy acostumbrada a los debates.

―¿Y eso por qué?

Bajo la mirada hacia mis dedos, aferrados en torno a la elegante copa.

―No es asunto tuyo. Y mis uñas no están pintadas de negro. Esto es azul marino. Como tus hermosos ojos.

Sonrío cuando me doy cuenta de que se ha ruborizado como un chico tímido.

―Perdona, ¿te ha incomodado mi sinceridad? ―me burlo.

―No, claro que no.

Se aclara la voz discretamente, antes de desviar la mirada. No necesito más indicios para saber que quiere cambiar de tema. Considera adecuado observarme fijamente y hacerme propuestas tan directas y escandalosas, pero ser observado no lo gusta tanto. ¡Mira tú por dónde! Esto está poniéndose interesante.

―Y cuéntame, ¿cómo es la vida de una chica de veinte años hoy en día? ―inquiere al cabo de unos segundos―. ¿Qué haces para divertirte?

―¿Aparte de fingir ser alguien que no soy? ―Me muerdo la lengua nada más soltar esa barbarie―. Dios, lo siento. Eso ha sido inapropiado.

―Oye… ―Extiende el brazo y me levanta la barbilla para mirarme a los ojos. Sin poder evitarlo, pego un brinco por la suavidad con la que sus dedos me tocan―. No te disculpes nunca por decir lo que piensas. No conmigo. Si los demás no son capaces de valorar tu sinceridad, será que son idiotas.

Se me escapa una carcajada cargada de nerviosismo.

―Desde luego. No obstante, debería sentirme ofendida. Acabas de llamar idiotas a mis padres, mis amigos y, prácticamente, a todos los que conozco.

Ríe entre dientes.

―Entiendo a lo que te refieres. Por desgracia, la mayoría de mis conocidos también se incluyen en esa categoría.

Se toma un trago, sin que sus penetrantes ojos se aparten de los míos.

―Increíble. Dos inadaptados socialmente se juntan en un bar ―comento con sorna―. Hollywood podría convertir esto en una peli taquillera.

Se mantiene callado y serio mientras recorre mi rostro con una mirada de lo más concentrada.

―Supongo que llevas razón ―admite, pasado un tiempo―. Lo nuestro podría ser elevado a la categoría de bonita tragedia romántica.

Una expresión de desconcierto ilumina la oscuridad de mis pupilas.

―¿Y por qué iba a ser una tragedia?

Sus ojos me examinan con fascinante interés. Para eludirlos, me distraigo bebiendo un sorbo de mi cóctel.

―Porque lo bueno siempre acaba destruyéndote, Adeline. Nunca juegues con fuego. No me digas que no te han contado eso de pequeña. A toda niña bien se lo debe contar su madre.

Una expresión sardónica curva mi boca.

Nunca juegues con fuego. ¡Guau! ¿Qué es?, ¿alguna especie de advertencia?

Sus ojos brillan diabólica, peligrosamente.

―Un sabio consejo.

―Inquietante consejo, me atrevería de decir. ¿Y qué me dices de ti? ―me esfuerzo por preguntar, para acabar con ese escrutinio que empieza a ponerme nerviosa―. ¿Qué hace un hombre de tu edad… sea cuál sea… para divertirse?

Se toma toda la copa de golpe y coloca el vaso, ruidosamente, encima de la mesa.

―Yo no me divierto, Adeline. Nunca.

Finjo una mueca de disgusto con los labios.

―Así que viejo y, encima, aburrido ―bromeo.

―¡Oye! ¡No te pases, señorita! ―me riñe, simulando sentirse muy ofendido―. Lo de aburrido es un grave insulto.

―¿Y lo de viejo? ―Con una ceja enarcada, le doy un sorbo a mi copa mientras espero su respuesta.

Sus ojos destellan pura diversión, y unas pequeñas arrugas se forman en sus esquinas. Es arrasador.

―Pensaba que había quedado evidente que eso es cierto.

Estallo en carcajadas.

―Lo siento. ―Sin embargo, no consigo dejar de reírme.

―No lo sientas. Me gusta el sonido de tu risa.

Está tan mortalmente serio que dejo de reírme como una idiota y lo evalúo en silencio. Me invade el repentino impulso de preguntar si es cierto lo que dicen sobre él.

Abro la boca, pero cambio de opinión en el último instante, de modo que vuelvo a cerrarla. Si él no lo menciona, no pienso preguntárselo. Alguien sabio dijo una vez que nunca viene mal un poco de misterio.

―¿Llevas mucho tiempo con él? ―sus palabras salen de un modo abrupto, como si se tratara de un impulso que no ha conseguido reprimir.

Sorprendida por la pregunta, alzo de nuevo la mirada hacia la suya.

―¿Con Josh? Oh, desde, bueno… siempre. Nos prometieron al nacer.

Puedo leer en su rostro la magnitud de la perplejidad que se apodera de él. Baja la mirada al suelo y se toma unos momentos para asimilar la noticia.

―¿Prometieron…? ―Levanta los ojos con estudiada lentitud, aún en estado de shock―. A ver si me aclaro. ¿Estás diciéndome que ese necio va a ser tu marido?

Por alguna razón, siento la necesidad de defender a Josh. Si hay alguien que pueda insultarle, ese alguien soy yo. A fin de cuentas, Josh es familia. Puede que familia algo agobiante… algunas veces pesada e insufrible, lo admito, pero no deja de ser mi familia, y para mí eso es muy importante.

―¿Por qué demonios le insultas? Ni siquiera le conoces. Tú no sabes una mierda sobre nosotros, ni sobre nuestro mundo. No eres más que un intruso. La gente como tú tiene la posibilidad de irse. Josh y yo, no. Deberías aprovechar y mantenerte al margen de todo esto.

Me dispongo a levantarme, pero él agarra mi muñeca por encima de la mesa, con bastante brusquedad, y me detiene. Pese a la tenue luz del local, puedo ver cómo sus ojos oscurecen, se vuelven peligrosamente oscuros.

―No necesito conocerle. Posee algo que me pertenece.

Alzo ambas cejas, sin dar crédito.

―¿En serio? ¿El qué?

Si bien hago repetidos intentos por liberar mi mano, no me lo permite.

―A ti.

Me quedo sin palabras. Tengo que hablar, tengo que replicar algo caustico, pronunciarme de un modo u otro, y, sin embargo, no me muevo. ¿Por qué demonios no soy capaz de abrir la boca y decir algo inteligente? Me he quedado tan paralizada que las palabras se niegan a brotar. No hago más que contemplar cómo sus ojos se convierten en oscuros y profundos pozos, tan amenazadores y peligrosos como las aguas de un océano durante una tempestad. Tan imposibles de domar…

Solo por un segundo, diviso algo en su mirada.

«Una chispa de peligro».

Es la primera que siento estando a su lado. La sensación de seguridad se ha esfumado, y esto es lo único que me inspira en este momento: peligro.

La imagen de la chimenea de nuestra casa acude a mi mente. Recuerdo con qué pasión la madera era engullida por aquellas llamas devoradoras, con qué arte la consumían, sin detenerse hasta reducirla a meras cenizas.

Él es como el fuego, ahora lo sé. Es pura pasión, es locura, es peligro, es misterio, es aventura.

Pero, por encima de todo eso, es destrucción.

Ahora ya sé por qué me resulta tan magnético. Como solía hacer con las llamas, podría pasarme interminables horas contemplando sus abrasadores ojos, fascinada e hipnotizada por su persona.

Y eso es malo. Muy malo. Porque si me descuido, acabaré ardiendo en llamas. ¿Acaso no me lo ha advertido él mismo? Nunca juegues con fuego. Alguien inteligente le haría caso.

―Suéltame ―ordeno entre dientes, con voz baja, aunque potente.

Arrepentido, deja caer los párpados y maldice entre dientes.

―Lo siento. Probablemente estarás pensando que soy un capullo, y me disculpo por mi comportamiento. Ha sido… ―carraspea, esforzándose por encontrar la palabra adecuada― inapropiado. Muy inapropiado.

Sus dedos liberan mi muñeca con suavidad y yo retiro la mano de inmediato.

―Lo ha sido. Y sabes sobradamente que todo lo que ha pasado entre nosotros dos esta noche ha sido inapropiado. No estoy acostumbrada a que la gente se tome esta clase de libertades conmigo, por no mencionar lo poco que me ha gustado tu propuesta. ―Me pongo en pie, sin que mi mirada desvele nada de lo que está sucediendo en las profundidades de mi alma―. Y ahora, si me disculpas, voy a retirarme. Buenas noches, Black.

Resopla con fastidio, se levanta y me acerca el bolso.

―Te llevaré a casa.

―Gracias, pero ya soy mayorcita.

Aprieta la mandíbula y los puños, con el cuerpo cada vez más tenso y el ceño aún más fruncido. Tiene las aletas de la nariz dilatadas, a causa de lo fuerte que está respirando. Sé que se siente furioso. Y, francamente, yo también.

―Adeline, lo siento. No era mi intención ofenderte, ni nada parecido. No suelo comportarme así.

Me mira como un niño perdido, pero no me dejo impresionar tan fácilmente.

―Me importa una mierda lo que suelas hacer. Buenas noches ―digo tajantemente.

―Buenas noches, Adeline ―le escucho susurrar a mis espaldas.

Y, por primera vez, me parece vulnerable y, quizá, un poco dolido.

Camino hacia la salida sin volver la mirada atrás. Ya en la calle, me detengo a unos pocos metros de la puerta del local para buscar el paquete de cigarrillos dentro de mi bolso. No me gusta demasiado fumar, solo es un acto de rebeldía, pero en este momento lo necesito para calmar mis nervios.

Retiro un cigarrillo largo y fino, lo enciendo con dedos torpes y empiezo a dar largas caladas. Resulta agradable su sabor a menta. Es como Black, dulce y picante al mismo tiempo.

―No, no hagas eso. Los angelitos como tú deberían mantenerse alejados de todo veneno.

Me giro hacia él con cara de exasperación. Está en un ángulo alejado de la luz de las farolas. Su rostro se mantiene oculto por esa oscuridad a la que parece pertenecer, y su hombro derecho está insolentemente apoyado contra la pared. Me pregunto qué habrá sido de esos modales sureños tan envidiados por los del norte. ¿Los habrá perdido al mudarse a Nueva York?

―Si los desconocidos como tú no hubiesen sido bordes con los angelitos, tal vez estos no necesitaran un jodido cigarrillo.

Se endereza y camina hacia mí. Si piensa que voy a retroceder, lo lleva claro.

―No digas palabrotas, Adeline.

Una risa de incredulidad brota de mi garganta.

―¡No me lo creo! Me agredes, insultas a mi novio y encima me ordenas cosas, por no hablar de cómo me has tratado sin siquiera conocerme. ¿Quién coño te crees que eres? Y entérate de esto, Matusalén: si quiero decir jodido, diré jodido todas las jodidas veces que me dé la jodida GANA. ¡JO-DER!

Se muerde el labio inferior para aguantarse la risa.

―Gran dominio de los tacos, señorita, tengo que admitirlo. Supongo que en la escuela dominical estarán orgullosos de ti.

Doy otra larga calada. Me tiemblan las manos.

―Nunca he ido a la escuela dominical.

Sus ojos brillan con una expresión de lo más socarrona.

―Tu pulsera de la Liga Cristiana indica todo lo contrario.

Me muerdo la mejilla por dentro. ¡Puta pulsera! Y, sí, he dicho puta.

―Es un regalo ―miento.

―¿De tu cristiano prometido? ―inquiere, con una ceja alzada de forma burlona.

―No es asunto tuyo. Y ahora me gustaría fumar mi jodido cigarrillo en paz, si no te importa.

Le doy la espalda y finjo indiferencia, aunque lo cierto es que tengo todas las moléculas de mi cuerpo centradas en él y en sus movimientos. Durante un tiempo irritantemente largo, no se mueve.

―¿Sabes cuál es tu problema, Adeline?

Escucho sus pasos acercándoseme por detrás. Sé que debería irme, pero me siento completamente paralizada por la expectativa de algo que sé que va a suceder como siga avanzando.

―Apuesto mi cuello a que piensas decírmelo.

Se detiene, demasiado lejos como para que su cuerpo roce el mío, y, aun así, tan cerca que noto su aliento removiendo el oscuro pelo de mi nuca. Vuelvo a sentir escalofríos. Trato de reprimir el impulso de girarme y suplicarle que me bese otra vez. De un modo irónico, lo peligroso resulta demasiado magnético. ¿Cómo se supone que debo mantenerme alejada del fuego, si sus llamas me cautivan de este modo?

―Sí, señorita Adeline, de apellido desconocido. Voy a decírtelo. ―Me agarra por los hombros y me vuelve de cara a él―. Tu problema es que deberías ser besada más menudo por hombres como yo.

―Qu…

No me permite acabar la frase. Me coge por la nuca, su boca busca a la mía y separa mis labios suavemente.

Sin embargo, no me besa. Tan solo me absorbe, me respira; me siente.

Coloco las palmas sobre la rigidez de su pecho, pero no encuentro las fuerzas de empujarle hacia atrás cuando noto el latido de su corazón. El calor que desprende su piel empieza a descongelarme, a derretir mi corazón de un modo demasiado peligroso. ¿Cómo consigue desarmarme tan fácilmente?

Aprovechando mi momento de debilidad, sus brazos me rodean la cintura y me acercan delicadamente al cuerpo que arde en llamas por debajo de su camisa, hasta que dejo caer las manos y ya no hay más barreras interponiéndose entre nosotros dos.

Y entonces, por fin, me besa. Su lengua se abre camino entre mis labios y penetra mi boca, una y otra vez, acariciando, saboreando lentamente.

Para mi sorpresa, su beso no es agresivo. Vista la demostración de violencia del bar, esperaba que fuera implacable y exigente, que intentara someterme de algún modo. Pero no lo hace. Es un acto lento, pasional, lleno de promesas; algo tan demoledor que despierta en mí un desconocido placer que no tarda nada en propagarse a través de cada fibra de mi cuerpo.

No sé el tiempo que dura el beso. De lo que sí soy consciente es de lo profundo que se vuelve conforme pasan los segundos. Nuestras bocas no parecen capaces de despegarse. Sus manos descienden despacio por mis costados, esparciendo una línea de atrayentes llamas, que se expanden por todo mi ser con más y más rapidez, hasta que terminan envolviéndome por completo.

Excitación.

El fuego también es excitación. Es lujuria, uno de los peores pecados capitales; el que desencadena todos los demás.

Cuando me suelta, apenas consigo mantener el equilibrio. Mi cabeza da vueltas, todo lo que me rodea da vueltas. Besarle es como montar en un carrusel que seduce y asusta a partes iguales.

―Ahora que hemos solucionado el problema de tu malhumor, acompáñame.

Sé que me adentraría hasta los confines del Infierno si él me lo pidiera.

―No pienso ir contigo a ninguna parte.

―Pero lo harás, Adeline.

―¿Porque me lo exiges? ―pregunto sarcástica.

Su rostro exhibe una expresión tierna. Muy suave. Mueve la cabeza despacio, y en sus ojos hay más vulnerabilidad de la que jamás creí posible en alguien como él.

―No. Porque te lo estoy pidiendo. Amablemente.

Quiero negarme, pero, una vez más, soy incapaz. No es solo que sea el hombre más atractivo que conozco. No. Es más que eso. Mucho más. Él supone la promesa de una vida diferente. No sé aún si es mi Mesías o mi Anticristo, no sé si promete libertad o condena. Cielo o Infierno. Lo que sí sé es que es diferente a todo cuanto conozco, para lo bueno y para lo malo.

―¿Adónde vas a llevarme esta vez?

Una parte rebelde de mí quiere que él diga a mi casa. Me horroriza esa parte de mí, e intento reprimirla siempre que me es posible.

―A un sitio especial ―susurra.

Se inclina sobre mí y apoya tiernamente los labios contra mi mejilla. Trascurren unos cuantos segundos hasta que se aparta y recupera la compostura.

―¿Me harías el honor de acompañarme? ―vuelve a susurrar, cogiendo mi rostro entre las manos para evaluar mi mirada―. ¿Por favor? Prometo comportarme como un caballero esta vez.

―Claro ―musito. No sé qué otra cosa podría decir cuando sus ojos me reclaman de este modo.

Complacido por mi respuesta, me coge de la mano y se asegura de deshacerse de mi cigarrillo de camino al coche. Apenas puedo reprimir la sonrisa. Es muy tierno su intento por mantenerme alejada de los venenos.

Ojalá fuera consciente de que el único veneno del que debo mantenerme apartada es él mismo.

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NOCHES DE AMOR EN LA TOSCANA, PRIMEROS CAPÍTULOS GRATIS

Destacado

1

—Señor Dupont, sepa usted que sus hijas han mordido, otra vez, a un niño en el recreo.

A Teresa Zagorsky la recorrió una oleada de frustración.

¿En serio?, ¿encerrada en un coche, bajo un sol implacable, solo para ensayar un discurso medio exasperado, medio lúgubre?

Por Dios. Ni que ella fuera la señorita Rottenmeier.

Se deshizo en un suspiro, dobló el parasol para dejar de ver su cara solemne reflejada en el pequeño espejo, y cerró los ojos durante unos segundos.

En la radio, Fergie aseguraba que las chicas mayores no lloran.

Al otro lado del parabrisas, el aire vibraba, cargado de una pegajosa humedad.

Tess negaba una y otra vez mientras repasaba su discurso. Tratar con los padres era la peor parte de su trabajo. Prefería mil veces a los niños. Menos complicados, más dispuestos a cooperar. 

—Está bien. Puedes hacerlo —resolvió, pinzándose el puente de su respingona nariz con dos dedos.

Era ridículo que estuviera titubeando tanto. ¿Desde cuándo tenía ella tantas dudas? ¿Acaso no había gestionado con éxito todos los problemas a los que se había enfrentado a lo largo de su extensa carrera como maestra?

Y con extensa carrera quería decir… ¿unos tres años?

Una vez, cuando aún era sustituta en un cole público de Nebraska, le tocó lidiar con la pesadilla de toda maestra: piojos.

Pero no liendres. Oh, no. Eso habría estado bien, casi divertido. 

Estos eran piojos de los gordos, de los que están bien alimentados; soberbios piojos que le asomaban a la pobre niña a través del flequillo y hacían que el resto de maestras y maestros retrocedieran despavoridos y sacaran los crucifijos y los ajos. 

Tess estuvo debatiendo durante horas cuál sería la manera menos violenta de comunicarle al padre que… bueno, en pocas palabras: que había que despiojar a la criatura antes de volver a traerla al colegio el lunes.

Los Shurley no eran precisamente una familia de las que cooperan. Tenían seis hijos, de distintas edades —aunque nunca se hacían cargo de ninguno de ellos—; del cabeza de familia le habían dicho que era recalcitrante, y a la madre nadie le había visto el pelo nunca. Corrían toda clase de rumores al respecto.

Las malas lenguas del vecindario estaban divididas: algunos aseguraban que la mujer estaba en la cárcel; otros, que se había fugado después de ayudar a su marido a matar a un fulano de Hacienda que, juntos y en mitad de una noche lluviosa, habían enterrado bajo el cobertizo. 

Fuera cual fuera el verdadero paradero de la señora Shurley, era evidente que se trataba de una situación peliaguda.

En el centro educativo no se habían atrevido a informar al señor Shurley de que su hija tenía piojos, por si acaso la teoría del cobertizo fuera cierta. Nadie ardía en deseos de pasar la eternidad enterrado junto a un fulano de Hacienda.

De modo que la responsabilidad recayó sobre la competente y dedicada señorita Zagorsky, que, tenaz como era, de ningún modo iba a permitir que la alumna se convirtiera en objeto de burla de los demás por culpa de unos rumores infundados y la cobardía de unos colegas, que a saber durante cuánto tiempo habían estado haciendo la vista gorda —casi tan gorda como esos piojos—, y permitido que se pusiera en riesgo al resto del alumnado. 

Así pues, se enteró de dónde paraba Shurley todas las tardes, fue a esa pocilga —llamarlo antro hubiera sido demasiado amable— y, después de ganarle a los dardos para establecer un vínculo, se presentó como la maestra de su hija y le comentó, así, de pasada, que Mary Jo tenía un pequeño problema de piojillos.

—Nada grave —aseguró, restando importancia al asunto para que el hombre no se sintiera avergonzado.

Y, antes de que él pudiera replicar siquiera, pidió una ronda de cerveza, que pagó antes de irse para asegurarse de que Shurley no le guardaba rencor.

Siendo honestos, a ella tampoco la entusiasmaba demasiado lo de pasarse la eternidad con el fulano de Hacienda. Era una chica de letras.

El lunes, la niña vino al colegio libre de bichos. Es más, desde entonces, al padre se le veía todas las tardes en la puerta del colegio, aseado y puntual como un reloj suizo, esperando para recoger a sus progenies.

A todos ellos.

La gente, mala como es, aseguró que el cambio solo se debía a que el buen señor Shurley se había encaprichado con la jovencísima profe de su hija —ahora que su mujer se había fugado por el Caso Cobertizo—, pero Tess nunca prestó atención a los cuchicheos y lo consideró como su primer triunfo profesional.

Si había podido gestionar una situación tan delicada, bajar la ventanilla del coche para apretar el botón del interfono no debería suponerle ningún esfuerzo, ¿no?

Evaluó los alrededores y soltó un soplido desalentado.

Habría estado bien no tener que conducir cuarenta kilómetros para hablar con el padre de las alumnas.

Y habría estado aún mejor que la cancela de hierro forjado no le frenara el paso.

Ese lugar parecía una prisión. No era de extrañar que las niñas fueran medio salvajes. Brillantes, las mejores alumnas que había tenido nunca, pero salvajes con todas las de la ley; desatadas. Nadie salvo Tess conseguía controlarlas, y a veces incluso ella y sus técnicas innovadoras fracasaban.

Al sumarse también los mordiscos a un carácter de por sí rebelde, la situación había alcanzado un punto insostenible. No le quedaba otra que hablar con los padres. Seguro que, entre todos, conseguían poner fin al problema. Tal vez no con la dureza que a la madre de Danny Finn le hubiese gustado, pero sí de una forma adecuada. 

Después de que mordieran a su hijo, la señora Finn había montado todo un circo, amenazando con hundir al colegio en demandas por permitir el bullying. Esperaba que corriera sangre. Mucha sangre.

Tess no creía que fuera un caso de bullying, sino una disputa de patio de colegio que se podía solucionar como se soluciona todo en este mundo: a través del diálogo.

Por eso había venido a hablar con un hombre a quien nunca había visto, ni una sola vez en los dos años que llevaba impartiendo clases en el colegio Santa Clara. Siempre venía una mujer a recoger a sus hijas, y desde luego que no era la madre porque las niñas la llamaban tía Meg.

En el centro tampoco le habían dado información respecto a la familia Dupont. Había como una especie de secretismo envolviendo todo el asunto.

Ahora entendía por qué. Los Dupont eran los ricos de la región y a esa gente siempre se le intenta proteger, como si su intimidad fuera más valiosa que la de los demás.  

La cancela solo impedía el paso, no la vista, y lo que había al otro lado de las puertas de hierro forjado era un auténtico casoplón, con un jardín paradisiaco, piscina y arboles debajo de los cuales resguardarse del despiadado sol tejano.

Al principio, a Teresa le había resultado divertido irse a vivir a un lugar llamado Sunnyside, pero la diversión acabó de golpe en cuanto soltó sus dos maletas en el andén de la desierta estación de autobuses y comprendió que eso que a ella le impedía respirar, los tejanos llamaban ola de caló.

No estaba acostumbrada a las altas temperaturas. Se había criado en una región montañosa en la que ver el sol era un privilegio que raras veces se le presentaba. Así que, acabar en una casita no mucho mayor que una caravana y tener que acudir bastante a menudo a uno de los centros de enfriamiento que las autoridades habían puesto a disposición de los ciudadanos que no tenían aire acondicionado para refrescarse, fue toda una aventura para ella. 

Aunque era optimista por naturaleza y su carácter alegre siempre le hacía ver el lado bueno de las cosas: se dijo a sí misma que, al menos, luciría durante todo el año un saludable bronceado.

A pesar de sus intentos por envalentonarse, había que admitir que en esa parte del país el calor era sofocante y, además, estaba la perenne humedad, que lo convertía todo en una pesadilla.

Al aceptar el empleo, no había imaginado aquel aire tan denso e irrespirable, ni el sol que no dejaba de atosigarte hasta bien entrada la noche.

Tenía otra cosa en mente, algo idílico, y lo que recibió a cambio fue un lugar que el presidente de la asociación cívica de Sunnyside describió como campo de basura para cualquier cosa negativa.

La culpa era suya por haberse lanzado en picado a por lo más barato. Podía haberse alojado en Houston, tal y como le habían sugerido desde la dirección del centro. Pillaba más cerca del colegio y las oportunidades de entretenimiento en una gran ciudad nada tenían que ver con las que ofrecían las afueras.

El problema era que en Houston no podía pagar ningún alquiler. Los precios casi le habían provocado un infarto. Y Sunnyside sonaba tan idílico…

Como había leído que la población de la zona era mayoritariamente negra e hispana, Tess pensó que, siendo ella hija de inmigrantes, todos iban a aceptarla sin problemas.

Se imaginó un barrio multicultural en el que nadie fingiría ser incapaz de pronunciar su apellido. ¿Cuántas veces no le habían sugerido, con más o menos tacto, que lo convirtiera en una versión más… americana?

Los apellidos polacos sonaban a problemas. En cuanto a su mitad mexicana… ¿De verdad hacía falta decir algo respecto a cómo abordaban el tema de los mexicanos?

Por eso creyó que la gente que ya había sentido la represión en su propia piel iba a tratarla como a un ser humano normal y corriente; integrarla entre sus filas.

Un idealismo bien alejado de la realidad.

Lo que encontró en las afueras de Houston fue una vivienda prefabricada de unos veinticinco metros cuadrados, que, por cierto, se caía a cachos —aparte de calentarse más que un horno—, unos vecinos que la despreciaban por ser difícil de encasillar y… sol. Abundante sol.

Quizá viviendo en una casa como la de los Dupont…

Sin lugar a dudas, tenían aire acondicionado.

La idea la reconfortó un poco. Seguro que el señor Dupont era lo bastante amable como para invitarla a entrar mientras charlaban. Se vio a sí misma instalada en un confortable sofá, con un buen vaso de té helado en la mano, y dejó de sentirse tan hostil por haber tenido que conducir hasta ahí.

«Con lo fácil que hubiera sido hablar en la puerta del colegio o en la sala de tutorías. ¿Qué clase de padre no va a recoger nunca a sus hijas del colegio? ¿En dos laaargos años?»

—Déjalo ya, Tess —se dijo a sí misma con una mueca de disgusto—. Siempre sacas conclusiones precipitadas.

Si había que achacarle algún defecto, era ese: se apresuraba a sacar conclusiones.

«A lo mejor está postrado en una cama y por eso ha pedido que le informéis puntualmente de la evolución de sus hijas a través de una dirección de correo electrónico».

Compasiva como era, se dejó convencer por el argumento.

Hasta que cayó en la cuenta de algo: el señor Dupont no le había contestado nunca. A ningún e-mail.

«¿Tal vez sea soldado y haya perdido las dos manos en un ataque con bombas en Afganistán?» se sugirió a sí misma, para reforzar la actitud compasiva que empezaba a abandonarla. 

«Quizá sea otro Will Traynor, como en la novela de Jojo Moyes».

Suspiró, exasperada por sus teorías sin fundamento, bajó la ventanilla de la pick up y apretó por fin el botón. 

—¿Sí? —contestó de inmediato la voz de una mujer, puede que la encantadora señora Dupont, madre abnegada y compasiva esposa; una lady Chaterley moderna y sin amantes, que cuidaba incansable de un marido inválido, lo cual explicaría por qué, en dos laaargos años…

«Ya te vale».

—¿Hola? —insistió la voz omnipotente.

—Sí, hola —se apresuró a responder, acercándose al interfono—. Soy Teresa Zagorsky, la maestra de Krissy y Amelia. Preguntaba por el señor Dupont.

—Ah. Buenas tardes, señorita Zagorsky —saludó la mujer con una familiaridad que la hizo preguntarse si se conocerían de algo—. Pase, por favor.

Tess compuso una sonrisa educada, antes de darse cuenta de que probablemente no la veían —o quizá sí, si eran unos ricachones paranoicos—, metió la primera marcha y, apartándose un mechón oscuro de la cara, cruzó la verja que acababa de abrirse.

Dentro de la finca, eligió un lugar en la sombra para aparcar. El aire acondicionado tardaba mucho en enfriar si el coche estaba caliente, aunque quejarse sería inútil. Le parecía un milagro que la climatización de su vieja camioneta siguiera funcionando a esas alturas. Debía de ser lo único. Todo lo demás fallaba muy a menudo. 

Si tuviera que decir algo bueno al respecto, sería que el óxido tenía el mismo tono naranja que la pintura original y pasaba un poco desapercibido.

Lo cual no era demasiado alentador…

Suspirando, abrió la puerta e hizo una mueca al recibir la bofetada de la abrasadora humedad exterior, que se adhirió de inmediato a la fina tela de su colorida ropa y se la pegó al cuerpo.

Llevaba una falda a la altura de las rodillas, una blusa ancha con patrones florales y montones de collares y pulseras multicolores, que había hecho ella misma como gran seguidora de la bisutería artesanal que era.

Por la mañana se había recogido el pelo en un moño informal, pero desde entonces había pasado mucho tiempo y algunos mechones se le habían soltado de la cinta multicolor y, ondulados por la humedad, le colgaban sobre el rostro.

Su estilo siempre había oscilado entre lo cómodo y lo desenfadado, así que no se sintió demasiado incómoda por llevar un outfit bohemio, que recordaba a las subculturas de los años 70, en un lugar que parecía más bien un rancho o una de aquellas antiguas haciendas españolas, con la casa blanca y campo abierto alrededor.  

De lo único de lo que se arrepentía era de no haberse puesto uno de sus sombreros boho.

Empezó a sudar a mares mientras cruzaba el patio. El sol le daba de lleno en la coronilla y su piel morena no hacía más que absorber calor. Le hubiese gustado poder caminar a la sombra de los árboles, pero ahí no había cemento, sino piedras blancas, decorativas, y con sus sandalias de cuña alta no se atrevió a intentarlo. Torcerse un tobillo no era la mejor forma de pasar las vacaciones de verano. 

Además, no estaba segura de que se pudiera circular por esos senderos y no quería hacer el ridículo, como aquella vez que se alojó en un hotel de Dallas porque al día siguiente tenía una entrevista de trabajo y se pasó media hora intentando adivinar cómo se vaciaba la bañera. Menuda aventura.

Hoy en día aún defiende la necesidad de pegar en la pared del baño las instrucciones. Había que ser ingeniero para aclarase.

Mientras ella rememoraba la hazaña, un gato negro salió corriendo de detrás de unos arbustos y cruzó justo por delante de ella, sobresaltándola. Tess nunca había sido demasiado supersticiosa, pero que se le cruzara un gato negro…

Su madre, Susana, siempre se lo había dicho. Hija, cuidado con los gatos negros y con los hombres guapos.

Al menos de lo último no tenía que preocuparse. Conocía de vista a todos los habitantes de su vecindario y podía asegurar que su virtud estaba más que a salvo en ese lugar tan alejado de la mano de Dios —y de los servicios públicos, gestionados, por supuesto, por un puñado de fascistas—. O bien porque sus vecinos estaban todos casados, o eran alcohólicos, delincuentes peligrosos, o camellos, y eso en el mejor de los casos, o bien porque ninguno la atraía más que la inyección letal.

«Y no estamos nada melodramáticos», se sermoneó a sí misma en tono moralista.

Tragando saliva, se secó el sudor de la frente con una mano, intentó alisarse un poco las arrugas de la falda multicolor y siguió el caminito de cemento.

Como Dorothy. A lo mejor el señor Dupont era como el Mago de Oz.

«O como la bruja mala».

La idea de que el señor Dupont fuera la bruja del Este le provocó una risita, que quedó amortiguada por la fuerza de la música que sonaba dentro de la casa y se escuchaba desde esa parte del jardín.

El corazón se le encogió en el pecho al reconocer la canción. 

Girl, you’ll be a woman soon, de Neil Diamond.

Vaya. Era la favorita de su padre, la canción que, siempre que ponían en la radio, le hacía levantarse del sillón y pedirle a su mujer que bailara con él.

Tess siempre había deseado para ella un amor como el de Susana y Dodek, digno de las mayores novelas de amor de la historia.  

Por desgracia, tenía veintiséis años, vivía en el culo del mundo y no había un hombre guapo ni a veinte mil leguas de distancia de ella. ¿De quién iba a enamorarse? Solo interactuaba con los padres de sus alumnos y todos ellos tenían un defecto insalvable: que ella supiera, ¡estaban casados!

—¿Se ha perdido? —la sorprendió una voz masculina y arrastrada, cuya profunda resonancia casi la hizo pegar un brinco a pie de la escalera.

No había visto a aquel hombre arrellanado en la mecedora y, cuando le echó una segunda mirada, encogiendo los párpados por culpa de la luminosidad, se preguntó cómo era posible que le hubiera pasado inadvertido.

Jolines. Bien podría haber sido el gemelo de Channing Tatum, difícil de pasar desapercibido alguien cuya presencia hacia encoger el porche.

Pese al sofocante calor, llevaba unos vaqueros viejos y una camisa a cuadros de mangas dobladas y, con la bota apoyada contra la barandilla, empujaba la mecedora hacia atrás una y otra vez, sin apiadarse ante los sonidos de lamento que emitía aquel sillón que a duras penas conseguía acomodar su poderosa anatomía masculina.

Su madre lo habría descrito como un bigardo y Tess no podía estar más de acuerdo. A juzgar por esas piernas tan largas, el tipo medía más de metro ochenta y cinco.  

Permaneció impertérrita frente a su escudriño. Solo sus ojos verdes se movían mientras, a su vez, lo evaluaban con curiosidad.

A su lado, tirado en el suelo de madera del porche, había un paquete de cigarrillos, y se distrajo pensando en que hubiese podido encarnar a la perfección al hombre Marlboro si el tabaco no se hubiese pasado de moda.

Imaginó que sería el capataz de la finca. Sin duda, los Dupont poseían caballos y, como él, con ese aspecto rudo y vigoroso, tenía mucha pinta de trabajar en los establos…

Fue la única explicación que se le ocurrió.

Dada la ropa que llevaba, llegó a la conclusión de que había estado montando a caballo. Si no, nadie llevaría botas en plena ola de caló. Su estilo le recordaba a lo que llevaban los actores de Pasión de Gavilanes, una telenovela que ella y su madre solían ver años atrás.

No sabía si era guapo, su rostro se mantenía casi por completo oculto debajo de un sombrero stetson, pero su apariencia era lo bastante intimidante como para que cualquiera lo confundiera con un bandolero del viejo oeste; una especie de Clint Eastwood cuya poderosa presencia la hizo respirar más deprisa de lo normal.  

—Buenas tardes —consiguió decir, con una voz más temblorosa de lo que le hubiese gustado. 

—Buenas —le respondió él desde la mecedora.

No preguntó ni quién era ella ni que hacía ahí, y Tess se vio obligada a explicarse después de un corto titubeo. Esperaba no tartamudear. A veces, cuando estaba muy nerviosa, se ponía a tartamudear.

—Soy la señorita Zagorsky, del colegio Santa Clara. La maestra de Krissy y Amelia —aclaró, después de engancharse un mechón de pelo detrás de la oreja con cierto aire remilgado.  

Vio como, por debajo del ala del sombrero, los anchos labios del hombre se movían en una especie de media sonrisa, lenta y de lo más irritante.

Como se habían metido con ella muchas veces por ser medio polaca medio mexicana, solía ser susceptible en algunos asuntos.

Y dado que el nombre del colegio no era divertido, supuso que le divertía su apellido, y se le quitaron las ganas de tartamudear.

—Encantado de conocerla, señorita Zagorsky —le respondió él con una leve inclinación de cabeza. Hablaba con la desidia de una interminable tarde de verano en Texas, y su acento era fuertemente sureño.

Se obligó a dedicarle la sonrisa más amable de la que se sentía capaz. No iba a perder el tiempo con disputas tontas. Estaba más que harta del rollo América primero y de que gente que no la conocía de nada se acercara a ella en el autobús solo para decirle que se fuera a su país. ¿Su país? Había estado en México una sola vez, de vacaciones, cuando aún tenía edad para no recordarlo, y de Polonia solo sabía que su capital era Varsovia.

Así pues, ¿cuál era su país? ¿Adónde debía irse? Los de la supremacía blanca nunca tenían la respuesta para eso. Menuda mierda fascista.

—Busco al señor Dupont —informó, alzando un poco el tono para no parecer intimidada.

—Ya lo ha encontrado.

La sorpresa fue evidente en el rostro de la joven maestra. Imaginaba a un hombre de negocios, alguien trajeado que se pasaba la vida con el móvil pegado a la oreja y volando de un continente al otro. Él no parecía tener nada que hacer en todo el día, salvo mecer el sillón y desperezarse como un gato.

—¿Es usted el padre de Krissy y Amelia? —preguntó con las cejas levantadas y tono de total incredulidad. 

—Sí, seño —le contestó el hombre con aspecto divertido.

Apretó las muelas ante la irritante inflexión de mofa. Casi que prefería al señor Shurley y la constante amenaza del cobertizo. Al menos él no hacía que el corazón le latiera tan deprisa. Ese hombre tenía tal magnetismo que, de repente, se volvió muy consciente de cada rincón oculto de su cuerpo.

—Pues encantada, señor Dupont. —Su tono de altivez no se debía a un carácter arrogante. Solo pretendía dejar claro que no eran amigos. Por algún motivo, esta vez sentía la necesidad de trazar una línea muy clara entre ella, la docente, y él, el padre de sus alumnas—. ¿Tiene un momento?

—¿Y si le dijera que no? ¿Daría media vuelta y me dejaría echarme la siesta?

Se sintió insultada. ¡Ese tío era un gilipollas de primera! Se había chupado media hora de coche por una carreterucha llena de baches solo para hablar con él y ¿así era como la trataba?, ¿burlándose de ella?

—Y, si le dijera que no, ¿qué pasaría?, ¿me echaría a los perros?

Su áspera contestación solo consiguió divertir al señor Dupont, que echó un poco la cabeza hacia atrás y la evaluó por debajo del ala del sombrero con unos profundos ojos azules que irradiaban humor.

Tess contuvo aliento. Era guapo. Indiscutiblemente. Más que ningún otro hombre al que hubiera conocido.

Y encontró ridículo pensar en esos términos, teniendo en cuenta que se trataba del padre de dos de sus alumnas.

Para ella, los padres estaban en un universo aparte, nunca se había fijado en si estaban de buen ver o no. Eran padres y punto. ¿Por qué él parecía diferente?

Quizá esa mirada, intensa, magnética, tuviera algo que ver. La forma en la que resbalaba por su cuerpo no era demasiado paternal. Sus ojos la hicieron sentirse desnuda. Y muy acalorada. Volvió a tomar conciencia de sí misma, de un cuerpo que, de manera inexplicable, empezó a reclamarle cosas.

—Neah. Con lo menudita que es, mis perros no tendrían ni para un tentempié. ¿Qué puedo hacer por usted, seño?

«Para empezar, dejar de llamarme seño, imbécil».

La gente guapa siempre se lo tenía muy creído. ¿No era irritante?

—Verá, vengo a hablarle de Krissy y Amelia —informó con tono profesional, después de alisarse una vez más la arrugada falda para despegársela del cuerpo.

—Eso ya me lo imagino. No habrá recorrido todo este camino para hablarme del calentamiento global.

Tess estiró los labios con fastidio al comprender que ese hombre no iba a ponerle las cosas fáciles.

Y ya podía ir olvidándose del té helado o del aire acondicionado. Iba a tenerla achicharrándose bajo el sol, así que más valía que se lo soltara deprisa, para poder regresar al fresco interior del coche antes de que este se convirtiera en un horno sofocante. Si llegara a calentarse la pick up, ya no se enfriaría hasta Sunnyside.

—Pues no. Si estoy aquí es porque sus hijas han mordido hoy a un niño en el recreo. Primero Krissy y luego Amelia. Y le aseguro que no ha sido ningún accidente, sino un acto premeditado. —Que la observara con tanta intensidad empezó a ponerla nerviosa y se dio cuenta de que ya no dominaba la situación como antes. La voz le sonaba demasiado chillona y, más que hablar, farfullaba—. La madre del… agredido amenaza con vacunarle de la… la… rabia. Una medida absurda, por supuesto —se apresuró a aclarar, ruborizada hasta las raíces del pelo—, ya que sus hijas no son… perros vagabundos. Estoy segura de que solo era el… cabreo inicial. Ya sabe cómo son algunas madres. —Soltó una risita tonta, de la que se arrepintió al instante—. En fin, que, en cuanto ella se dé cuenta de que… bueno, de que Krissy y Amelia son niñas saludables que no… transmiten enfermedades…

«Cállate ya, Teresa. No la cagues más».

Apretó los labios para no soltar más gilipolleces y compuso la sonrisa más encantadora de la que era capaz.

Él se agachó para coger el paquete de cigarrillos, encajó uno en la comisura derecha de la boca y se lo encendió con tranquilidad. 

Solo después de absorber humo volvió a evaluarla. Sus miradas conectaron como imanes y Tess notó el fuerte impacto que esos ojos causaban en lo más profundo de su ser.

—Así que ahora muerden, ¿eh? Sabía que era mala idea dejar que vieran Tiburón.

Ella entreabrió los labios en un gesto contrariado.

—¿En serio? ¿Esa es su reacción? ¡Es prácticamente un caso de bullying! La madre del… agredido —en serio, tenía que buscar otra palabra para referirse a Danny— está muy molesta.

—¿Y qué pretende que haga? ¿Que me saque el cinturón y les dé su merecido?

Le dirigió un gesto duro, para demostrar lo poco que toleraba los sarcasmos. 

—Sepa usted, señor Dupont, que estoy absolutamente en contra de la violencia. ¡De cualquier tipo de violencia! —apuntilló, con la cara colorada por la rabia.

Su contrariedad hizo que los carnosos labios del hombre, esculpidos por el Diablo con fines pecaminosos, se curvaran en otra media sonrisa socarrona.

Dio una calada, lanzó un perfecto anillo de humo al aire y volvió a colocarse el cigarro en la comisura de la boca con un aplomo que la sacaba de quicio.

Se obligó a dejar de mirar esos labios que tanto la perturbaban y, para distraerse, sus ojos verdes se alzaron veloces hacia los intensos iris que seguían evaluándola en silencio. Craso error, ya que la forma en la que la observaba él la puso todavía más nerviosa que su maldita sonrisa de infarto.

—¿Y qué me sugiere entonces? —repuso Dupont con voz calmada. 

—Hablar con sus hijas —respondió ella, procurando no mascar las palabras. Aunque su estado de furia contenida se notaba en el vibrante fuego de sus ojos—. Intente comprender sus emociones. ¿Sabe?, son brillantes y muy ingeniosas, pero intentan llamar la atención todo el rato, lo cual me hace pensar que es precisamente atención lo que les falta en casa. Imagino que usted y la señora Dupont trabajan mucho, ¿verdad?

Supo que se había pasado de la raya en cuanto vio el cambio que se produjo en la fisionomía del hombre, facciones que se tensaban y músculos que empezaban a latir en su prieta mandíbula.

Su boca se había convertido en una línea rígida, y sus ojos semejaban un enorme bloque de hielo.

Tess, pese a los treinta y cinco grados que marcaba el termómetro, sintió una repentina oleada de frío polar descender por su espina dorsal. 

—No estoy seguro de qué es lo que intenta insinuar —rezongó y, por primera vez, ya no parecía divertido. Su voz arrastraba una dureza letal.

Un incómodo silencio flotó en el aire mientras ella luchaba por encontrar las palabras adecuadas.

—Quiero decir que, a lo largo de este curso, tanto Krissy como Amelia se han esmerado mucho para propiciar este encuentro y eso me ha hecho pensar que portarse mal y molestar en clase y en los recreos quizá solo sea una manera infantil de atraer la atención. ¿Ha sucedido algo raro en los últimos meses? Desde enero, su comportamiento no ha hecho más que empeorar. Usted lo sabría si se hubiese molestado en abrir alguno de los correos electrónicos que no he dejado de enviarle.

De acuerdo, eso sí que era pasarse de la raya, pero, llegados a este punto, ¿qué más daba herir sus sentimientos o cabrearle? Su expresión colérica y la forma en la que la fulminaba con la mirada implicaban que lo había ofendido y cabreado a la vez. Toda una proeza tratándose de alguien tan diplomático como Teresa.

Claro que nadie la había perturbado tanto antes de él. Para lo bueno y para lo malo.

—Hablemos claro, señorita Zagorsky. Qué me sugiere, ¿eh? ¿Terapia? ¿Quiere que les siente en el diván y les haga hablar de sentimientos y de la relación con su padre?

La indignación de Tess sobrepasó cualquier límite. Así que su solución no solo consistía en burlarse. También pretendía desatenderse de todo y pasarle la pelota a un desconocido que, por un módico precio, resolvería el problema de comportamiento de sus hijas.

¿Era incapaz de comprender que lo único que necesitaban esas dos niñas era un poco de cariño a nivel familiar; que alguien se sentara a hablar con ellas e intentara comprender sus necesidades y emociones?

La oleada de furiosa frustración que recorrió su rostro con forma de corazón la hizo rechinar los dientes y perder absolutamente todo el control de la situación. 

—No necesitan terapia, ¡sino a un padre menos capullo! —le soltó enfurecida, antes de girar sobre su metro cincuenta y ocho de estatura y alejarse a grandes zancadas, que casaban a la perfección con su aspecto mosqueado.

No le apetecía coger una insolación por estar peleándose con un cretino tan corto de miras como un burro, que ni siquiera la había invitado a un vaso de agua fría.

Menudos modales sureños. Y, encima, burlándose de algo tan delicado como el apellido de una. Solo le había faltado decirle váyase a su país, señorita Zagorsky. Está usted quitándole el empleo a un americano.

—Pedazo de gilipollas —masculló mientras entraba en el coche.

Sintió que él la observaba con ojos ilegibles, pero no cedió ante el impulso de volverse para comprobarlo. 

2

—¡¿Despedida?!

Tess le echó una segunda mirada a su interlocutora, para asegurarse de haberlo entendido bien.

Felicia compuso un gesto apenado con los labios. Oh, sí, lo estaba entendiendo a la perfección. Ampararse en la negación no serviría de nada.

La triste realidad era que la estaban poniendo de patitas en la calle, y todo por culpa de aquel… aquel…

Maldijo hacia sus adentros cuando se dio cuenta de que ninguna grosería le parecía lo bastante ofensiva. Eso era muy molesto.

—Teresa, siento mucho tener que hacer esto —se disculpó una vez más la jefa de estudios del Santa Clara mientras desplegaba las manos en un gesto de impotencia—, y más con el curso a punto de terminar, pero no me dejas elección. Llamaste capullo al hombre que paga todos nuestros sueldos.

Ya. Eso. Quién lo hubiera dicho.

Tess jamás habría adivinado que el padre que menos se implicaba de todos era, en realidad, el que sostenía económicamente el colegio en el que trabajaba.

«Trabajabas», se empeñó en recordarse a sí misma.

La idea le resultó tan horrible que sintió vértigo.

Despedida.

Nunca la habían despedido. ¿Qué iba a hacer a partir de ahora? ¿Adónde iría? ¿Se reflejaría esto en su expediente como una falta grave? ¿La tacharían de inestable y complicada por haber perdido los papeles con un padre?

Ni siquiera sabía muy bien qué era lo que le había sucedido ese día. Ella no era así, desde luego. Afrontaba las cosas con calma y tacto. Y de ningún modo llamaba capullos a los padres de sus alumnos, por mucho que creyera que se habían ganado el apodo. Pero con él era como si se le hubiesen fundido los plomos. Bum. Emociones desatadas de una forma incomprensible.

—Teresa, no entiendo nada. Te pasas el día rodeada de críos maleducados y nunca te he visto estallar. ¿Por qué tenías que estrenarte precisamente con él?

Tess apretó los labios, arrepentida.

Dolía demasiado la forma en la que la miraba su jefa, las trazas de decepción que captaba en sus ojos marrones. Deseaba poder borrarlas de un plumazo, justificarse, hacerla comprender que ella seguía siendo la maestra comprometida y dedicada a la que Felicia había dado una oportunidad el curso pasado. El hecho de haber tenido un pequeño arrebato no cambiaba nada. 

—No lo entiende. La forma en la que me trató fue…

—Sí que lo entiendo. Conozco la reputación de Benjamin Dupont y sé que puede llegar a ser muy… —Durante unos segundos, buscó una palabra que lo definiera. Entornó sus arrugados párpados pintados de gris perla al no encontrarla—. Bueno, muy Benjamin Dupont. Y también te conozco a ti lo bastante como para saber que eres un cielo. Si esto dependiera de mí, haríamos borrón y cuenta nueva ahora mismo, pero el consejo escolar no me ha dejado elección. Ben Dupont les ha metido en la cabeza la idea de que alguien con un lenguaje tan soez no es la persona idónea para educar a sus hijos.

Soez. Ya le gustaría a ella enseñarle a ese capullo ricachón lo que significa un lenguaje soez en su barrio.

—Entonces, ¿ya está? ¿Me marchó hoy mismo?

—Me temo que sí. Al final de la jornada. Mientras tanto, puedes despedirte de tus alumnos.

Tess tragó saliva ante lo incierto que se pintaba su futuro. Tenía algo de dinero ahorrado y, desde luego, el alquiler que pagaba por aquella choza era una miseria —al igual que la casa en sí misma—, de modo que podía ir tirando hasta… ¿septiembre? Pero no mucho más allá.

Y después, ¿qué? Sus padres eran gente humilde, no podían ayudarla.

Y encontrar otro trabajo, a esas alturas, parecía difícil.

Por desgracia, conocía lo bastante el entorno educativo como para saber que la mayoría de los centros ya habían fichado a sus nuevos profesores de cara al próximo curso.

Los directores solían hacerlo en mayo, no en septiembre, y a no ser que gentes como el irritante señor Dupont echaran sus planes por los suelos, no iban a necesitar personal a mediados de junio.

Solo podía aspirar a cubrir alguna suplencia, quizá una baja de maternidad, si es que su lenguaje soez no quedaba reflejado en su expediente.

Ahogó una especie de sonido inarticulado, algo a medio camino entre el lloriqueo de un cachorro y el berrinche que precede el llanto de un bebé.

—Teresa, lo siento en el alma. Desearía que las cosas fueran distintas.

Felicia cubrió su mano y le dio unas cuantas palmaditas compasivas para trasmitirle su apoyo. Tess parpadeó para recomponerse y levantó la mirada hacia la suya.

Su jefa era una mujer rubia que, a sus cincuenta y muchos años, formaba parte de esa categoría de personas que parecen ricas y sofisticadas. Dios sabía cómo se las apañaba para tener siempre un aspecto tan impecable y profesional. No era solo la ropa y el perfecto peinado, sino ella en sí misma. Tenía clase y, además, nunca dejaba entrever lo que realmente pensaba.

Aunque en aquel momento la miraba con una pena que la hizo estremecerse en lo más profundo de su ser.

Maldita sea. No necesitaba compasión, sino un buen chupito de tequila, y se dijo a sí misma que así era como iba a pasar la tarde de su primer despido, bebiendo y adjudicándole al señor Dupont epítetos mucho peores que ca-pu-llo.

*****

—Ni siquiera tengo una planta —farfulló, medio desplomada sobre la barra—. En las películas, siempre que te despiden, tienes una planta. Te la llevas a casa en una caja de cartón. ¡Pues yo no tengo ninguna! —prorrumpió, antes de estallar en ruidosos sollozos, que hicieron que el camarero frunciera las cejas y la mirara contrariado.

—¡Y todo porque le llamé capullo! —prosiguió Tess, sorbiendo por la nariz—. Capullo. ¿Se lo puede creer? Ahora me arrepiento de no haberle llamado cosas peores. Podría haberle llamado carapijo… O, ¿qué sé yo?, cenutrio… O pichabrava, porque tenía pintas de ser un pichabrava, ¿sabe? Ya lo creo. Todo un machito, de esos que escupen órdenes y esperan a que todas las mujeres en una ratio de cien kilómetros las obedezcan. Qué asco. ¿Y qué si era guapo? Eso no ha hecho más que confirmar mi teoría de que la gente guapa es gilipollas. Oh, y le prometo que esta afirmación no la impulsa el rencor ni el odio, sino la sabiduría. Sí, señor. En el instituto salí con Dean Cooper y, adivine: era guapo y un verdadero gilipollas. Ahora saque sus propias conclusiones.

Soltó un bufido indignado y negó para sí.

—Si es que mi madre me lo dijo —se lamentó, agitando la cabeza una y otra vez con aire sabiondo—. Cuidado con los gatos negros y con los hombres guapos. Y, hala, dos en el mismo día. ¿Cómo puedo tener tanta mala suerte? —De pronto, se dio cuenta de que su chupito estaba vacío y levantó el vaso para solucionar el problema cuanto antes—. Disculpe, ¿le importaría servirme otro de estos? No sé lo que llevan, pero empiezo a sentirme mejor. Al menos he dejado de llorar.

—Señorita, me temo que vamos a cerrar.

Tess parpadeó y miró al camarero con aire confundido.

—¿Tan pronto?

—Son las once de la noche y usted es la última clienta.

Miró hacia atrás por encima del hombro y se dio cuenta de que era cierto. Estupendo. Ahora, encima, se había convertido en una carga para los demás.

Se avergonzó de su comportamiento. No era propio de ella emborracharse ni ponerse pesada.

«Solo es un mal día», se dijo mientras respiraba hondo para quitarse de encima el disgusto y las malas energías que vibraban en su interior desde esa tarde.

«Un mal día, eso es todo».

—Siento haberle entretenido. —Dejó dinero sobre la barra, añadiendo una buena propina por las molestias, y compuso una sonrisa débil—. Gracias por escucharme. Y por el tequila o lo que fuera eso.

—De nada. Espero que encuentre otro trabajo pronto.

—Sí…

Se levantó con un suspiro, cogió su bolso y ahuecó las mejillas. ¿Y ahora qué? Había bebido y había montado una rabieta, pero nada de eso la había hecho sentirse mejor.

Quizá si tuviera delante a Ben Dupont y pudiera soltarle un par de adjetivos bien merecidos…

—Besugo. Que eres un besugo —le farfulló a un imaginario Ben mientras salía por la puerta y se adentraba tanto en la abrasadora noche tejana como en las entrañas de la desesperación.

3

Ben Dupont miró a sus hijas con el ceño fruncido.

—Pero ¿qué os pasa? Esto es divertido. ¿Por qué esas caras de funeral? Si a vosotras os encantan las montañas rusas.

Krissy se encogió de hombros. Amelia, igual de abatida, golpeó una piedrecita con la punta de sus converse rosas.

Ben no podía creerse que estuvieran tan desanimadas en un lugar como aquel.

El parque de atracciones estaba repleto de niños corriendo y gritando; el paraíso de los pequeños y el infierno de los mayores. Todos los críos se lo estaban pasando bien, menos sus hijas, que se habían negado a abandonar la actitud mustia que hacía días que exhibían.

Por Dios, ¡habían dicho que no al algodón de azúcar! ¿Qué clase de crío en su sano juicio diría que no a algo así? Ben no podía más, había alcanzado el vértice de su desesperación.

Así que se detuvo y, dispuesto a solucionar el problema de una vez por todas, se agachó delante de ellas y las miró con sus inquisitivos ojos azules, primero a la pequeña Krissy, de seis años, y después a Amelia, de nueve.

—¿Cuál es el problema, a ver? Ya no sé qué hacer con vosotras. Os he dejado comer hamburguesas, os he perdonado dos clases seguidas de violín, os he traído al parque de atracciones… ¿Se puede saber qué pasa por esas dos cabecitas rubias?

Amelia encogió solo un hombro, con un desdén que Ben reconoció como herencia genética suya, y sus pequeños labios se fruncieron en un mohín de lo más apesadumbrado.

—¿Amelia? —insistió con voz persuasiva, al notar que a la niña le faltaba poco para irse de la lengua.

—Echamos de menos a Tess —fue la respuesta que recibió por fin.

—¿Tess? —Frunció las cejas y las miró todavía más confundido—. ¿Quién es Tess?

—Nuestra profe —respondió Krissy con una vocecilla estrangulada—. Pero ya no. La han despedido.

Oh, mierda.

Ben dejó caer los párpados y mantuvo los ojos cerrados durante unos cinco segundos.

Soltó un gruñido hacia sus adentros, antes de atreverse a lidiar de nuevo con sus miradas desconsoladas. 

Mierda.

Así que Tess era la jovencita que le había jodido la siesta la semana pasada y, no contenta solo con eso, encima le había insultado en su propia casa y lo había acusado de ser un mal padre por no estar pendientes de las… ¿cómo dijo? Ah, sí, las emociones de sus hijas. Cojonudo.

—¿Y la echáis de menos? —susurró con voz rasposa.

—Mucho —aseguró Amelia—. Tess era guay. La señora Plunkett no nos gusta. Le apesta el aliento y siempre nos castiga, aunque no hayamos hecho nada. Para cuando lo hagáis, dice siempre.

Ben hizo una mueca hacia sus adentros. ¿Era un mal padre por considerar que esa era la descripción más acertada para referirse a una maestra infantil?

Esa señorita Tess era demasiado joven e inexperta como para hacer frente a una clase llena de niños traviesos.

Jesús, no le extrañaba que sus hijas mordieran como pirañas.

Seguro que la señora Plunkett sabría gestionarlo mucho mejor. Sin duda, tenía experiencia y mano firme, y eso era justo lo que necesitaban sus descarrillados retoños, no a una jovencita hippie incapaz de gestionar sus… emociones, como bien había demostrado con aquel inadecuado estallido. 

—Dadle una oportunidad a la señora Plunkett —intentó convencerlas, rezando para que ellas no se fijaran en sus ojos llenos de culpabilidad—. A lo mejor os sorprende.

—Yo quiero a Tess —farfulló Krissy, antes de desplomarse contra su pecho y rodearle el cuello con sus delgados bracitos en busca de consuelo.  

Ben se sintió fatal al verla llorar así por una profesora a la que él había hecho que despidieran. Caramba, ¿cómo iba a saber que sus hijas le tenían tanto cariño?

Él siempre había odiado a sus profesores.

«Claro que ninguno se le parecía a Tess…», tuvo que admitir hacia sus adentros. 

La señorita Monroe tenía unos ciento veinticinco años, gafas que parecían el culo de una botella y era muy dada a los castigos corporales.

Teresa era un ángel en comparación. Por eso le había hecho tanta gracia que ella se presentara, muy solemne, como la señorita Zagorsky, del colegio. Para él, cualquier señorita que fuera maestra, se le parecía a la señorita Monroe.

Así que, sí, esperaba a una solterona irritable, con los labios siempre apretados en un gesto de severidad y cara de sufrir estreñimiento crónico.

Alguien como la señorita Monroe jamás hubiera ido a casa de los padres para comunicarles que su hijo había mordido a otro niño, ni mucho menos les habría sugerido que se sentaran a hablar con el fruto de sus entrañas o que intentaran comprender sus emociones.

La señorita Monroe habría usado el reglazo para enderezar un mal comportamiento: en la palma de la mano si no había sido una falta demasiado grave o en las yemas de los dedos, justo donde crecen las uñas, y poniendo la regla de perfil si es que ese niño era la encarnación del príncipe de las tinieblas.

Ben casi siempre era la personificación del mal a ojos de su maestra, y en aquel momento se alegró mucho de que la señorita Zagorsky no tuviera nada que ver con aquella vieja bruja ni con sus métodos hitlerianos de adiestramiento. 

Había que darles la razón a sus hijas: Tess era guay.  

Y era evidente que se implicaba mucho. Había ido hasta su casa solo para hablar con él.

Pero eso no quitaba todo lo demás, se empeñó en mantenerse firme. ¿Con qué derecho le acusó a él de descuidar a sus hijas? ¿Qué sabía ella sobre su vida?

Y mencionar a la señora Dupont… Eso sí que fue el colmo de los colmos.

No había nada más que decir al respecto. Tess se había pasado de la línea, se le había olvidado cuál era su lugar como maestra y su despido había sido más que merecido, joder.

Entonces, ¿por qué se sentía como lo que ella dijo que era, un capullo?

Rechinando los dientes para acallar su molesta consciencia, apretó el sollozante cuerpecito de Krissy entre sus brazos y le frotó despacio la espalda para tranquilizarla.

—Qué tal si os dejo cenar pizza, ¿eh? —les propuso con un entusiasmo que se agrió encima de su rostro ante las caras enfurruñadas que pusieron ellas—. No estaría mal un poco de flexibilidad de vez en cuando, ¿sabéis? Aunque estéis cabreadas, podéis disfrutar de una buena cena, ¿no?

Las dos encogieron las pupilas como si pretendieran fulminarle con sus miradas. Ben apretó los labios.

—Ya lo pillo. No queréis pizza.

Sus caras se volvieron aún más adustas.

Ben suspiró.

Volver a la normalidad no iba a ser tarea fácil, pero seguro que acababa consiguiéndolo. A fin de cuentas, él era su padre y esa señorita Tess solo una profesora que habían tenido durante dos años.

Estaba chupado. Las llevaría a ver un partido de béisbol. ¿A qué clase de crío no le gustaría ver un partido de béisbol en directo? Claro que sí. Los tres con gorras a juego, comiendo perritos calientes.

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FRIENDZONE Y OTROS CASTIGOS DIVINOS: PRIMEROS CAPÍTULOS

Destacado

Annus Horribilis

Capítulo 1

La situación es la siguiente: estoy enamorada de Reggie Flynn.

¿Las pegas? Sí, me parece que tengo unas cuantas. Veamos.

  1. Él está CASADO.
  2. Él ESTÁ casado.

Y, dejad que me lo piense…

  • ÉL…

Lo habéis pillado, ¿verdad?

Reggie Flynn está CA-SA-DO y yo fui demasiado cobarde como para ponerme en pie el día de su boda y gritar: ¡yo sí tengo un motivo! ¡Estoy enamorada del novio! ¿Qué sabe ella sobre él? ¿Sabe que le gusta el cine clásico, los Beatles, aunque no John Lennon en solitario, los batidos de chocolate, aunque odia los de fresa, y que eligió ser profe porque la primera persona que se preocupó por él fue su profesor de ciencias, que alertó a los servicios sociales de que el pequeño Reggie sufría maltrato infantil y así fue cómo le apartaron de la alcohólica de su madre, que apagaba los cigarrillos en sus brazos desnudos, y le mandaron a vivir a Stony Creek, donde su abuela, un poco mejor que su madre, aunque no demasiado, acabó criándolo  sola en una caravana en mitad del campo? ¡No sabe una mierda! ¡Así que ya lo creo que me opongo, joder!

Más o menos ese era el discurso que fantaseé miles de veces con soltar frente al altar.

Después, mi plan había sido muy bien perfilado: iba a agarrar al novio por las solapas de la chaqueta, arrastrarle hacia mí y darle el morreo de su vida, para estupor de todos los invitados.   

Lamentablemente, me vi ahí delante de toda esa gente, los padres de la novia, la operadísima y estiradísima Linda y su monumental pamela azul, preparándose para el despegue desde la primera fila de la iglesia, y Paul, el Cocodrilo Dundee que vende chimeneas; mi hermano Pat, de pie junto al novio, con su rostro esculpido y un chaleco gris hecho a medida en alguna sastrería pija de la Gran Manzana; decenas de personas a las que no conocía de nada…

Y no fui capaz de decir ni mu.  

De todos modos, me parece que nadie hace esa clase de cosas en la vida real.

En la vida real, te presentas a la boda de tu mejor amigo con el vestido más espantoso del universo (por un engaño de Eleonor, la infame Belcebú que está a punto de arrebatarte al chico de tus sueños), te sientas en la tercera fila, apretujada entre dos señores orondos que no conoces de nada, y berreas durante toda la ceremonia mientras tomas tragos a escondidas de una pequeña petaca que compraste en un mercadillo asiático, convencida de que no había forma humana de aguantar esa boda sin suministros alcohólicos.

Mira tú por dónde, acabó siendo una idea excelente.  

Y al final crees haber sobrevivido al desastre, pero entonces empieza el baile nupcial, y ellos cortan la tarta y se besan apasionadamente, y tú estás ahí con cara de estar viendo una versión extendida de Buscando a Nemo y te sientes más sola que la una, aunque a nadie le importa porque la boda está a punto de acabar y los novios han ido a la suite a consumar su matrimonio.

CONSUMAR. Otra palabra que detestas. Así que rellenas la petaca, vuelves a la carga y a la mañana siguiente te despiertas en una cama desconocida, junto a un tío desconocido, y solo puedes pensar en una cosa:

¿Dónde coño habré dejado las bragas?

Bienvenida a tu vida post Reggie Flynn.

Menudas ganas de potar.

Lo siento, había planeado decir algo profundo e inteligente, sentido y desgarrador, pero tengo el estómago demasiado revuelto como para ponerme a pensar en una frase para la posteridad. Solo sé que quiero salir de aquí cuanto antes.

Me levanto sin hacer el menor ruido y me pongo a buscar mi ropa interior. Miro debajo de la cama, en el baño (por cierto, ¿dónde demonios estamos y por qué me late tanto la cabeza?), en la maceta de un ficus, apartando algunas hojas. Nada. Las bragas parecen haberse esfumado.

Maldiciendo, lanzo otra mirada de sondeo alrededor de la habitación y entonces veo un trozo de encaje negro justo, JUSTO, debajo del brazo de ese tío que duerme bocabajo. Mierda. Tenían que estar ahí, ¿verdad? De todos los sitios de la habitación. ¿Por qué no en la maceta del ficus? Habría sido un buen sitio para colgar las bragas.

Pero, no, tenían que estar justo ahí.

Me acerco de puntillas y, con el corazón desbocado, tiro ligeramente de una esquina hasta que consigo recuperarlas.

Gracias a Dios. Son de Victoria’s Secret y cuando trabajas como recogedora de pelotas de golf, chica que hace colas de manera profesional o paseadora de perros a cinco dólares la hora, no puedes permitirte perder unas bragas en las que te has gastado casi treinta pavos. Y eso que estaban en rebajas…

Uf. Qué mareo. ¿Y quién es este tío? No puedo verle la cara.

Le lanzó una mirada agobiada e intento recordar algún detalle de lo que pasó anoche. Imposible. Mi cabeza está vacía.

Lo cual no me disgusta tanto, porque resulta que me acosté con alguien que tiene pelo en el culo. En serio. Las nalgas llenas de pelo.

Ay, madre. Creo que le di un azote mientras lo hacíamos. Me concentro unos segundos y la imagen se vuelve nítida como el agua. Me veo a mí misma dándole un azote a este tío en su culo peludo. Ah, por Dios.

Me sacudo con más horror, si cabe, me doy prisa por ponerme las bragas y salgo escopetada, antes de que se despierte y tenga que explicarle que no estamos hechos el uno para el otro y que, a mí, de todas formas, me gustan los culos lisos y suaves.

—¿Rosie?

Mier-da.

Levanto la mirada del suelo y miro a Reggie con cara de bochorno absoluto.

Nuestras miradas se encuentran al instante, como imanes. Se me encoge el estómago ante el impacto. Siempre lo he pensado: la raza masculina ha alcanzado su perfección con Reggie Flynn.

Aún no he encontrado a nadie, actor, modelo, estatua de la Antigua Grecia, dios caído en desgracia, que iguale su atractivo.

Sencillamente, quita la respiración. Todo él, sus ojos profundos y azules como el mar enrabietado, su pelo negro y grueso, alborotado por el viento de la calle o quizá por las manos de su mujer mientras consumaban, los labios perfectos y suaves, ligeramente entreabiertos, cuya textura mataría por comprobar, aunque solo sea con las puntas de los dedos…

Aún viste el esmoquin con el que se casó, si bien está bastante más desaliñado que ayer. La camisa le cae arrugada por encima de la cintura del pantalón, no lleva corbata, y sujeta dos cafés para llevar en la mano. Solo hay una palabra para referirse a él: increíblemente sexy. Vale, eran dos. Con Reggie no puedes ahorrar en epítetos.  

Me fijo en su alianza y quiero echarme a llorar.

Así que todo ese rollo de la boda, la tarta y el baile nupcial pasó de verdad, ¿eh?

—¿Qué haces aquí? —vuelve a preguntar, en vista de que sigo paralizada junto a la puerta que acabo de cerrar y lo miro con el corazón en un puño—. ¿Y por qué acabas de salir de la habitación de mi suegro?

Su suegro. AY, DI-OS. Paul y Linda Banks, los de chimeneas Banks, dos pesados con sonrisas de sectarios que no dejan de salir en la televisión para anunciar toda una gama de chimeneas marca Banks. Las mejores chimeneas de Virginia.

En serio, parecen dos chalados en el anuncio. Él lleva sombrero de Cocodrilo Dundee y ella, perlas. Los dos se han hecho un blanqueamiento dental. Y los dos tienen la cara anaranjada por los rayos. Juraría que los dos se han inyectado Botox. Esas sonrisas estiradas dan escalofríos.

Si yo me acosté con Paul (y le di un azote en su culo peludo), ¿dónde coño está Linda?

Ay, Dios, ¡¿me habré hecho un trío con los padres de la novia?! A lo mejor Linda, al igual que Reggie, ha salido a comprar café.

Piensa, Rosie, piensa. Pon a trabajar tus malditas células grises. Seguro que no están todas en coma.   

Joder, ¡no me acuerdo de nada! Solo del azote. Y, admitámoslo, eso no pinta demasiado bien.

—¿Rosie? ¿Qué te pasa? Estás muy pálida.

¡Tú también lo estarías si hubieses hecho un trío con los padres de Eleonor!

Creo que voy a desmayarme. De hecho, desearía estar desmayándome ahora mismo.

—Buenos días, Reggie. ¿Ya estáis despiertos? —me sobresalta la voz de una mujer. Casi suelto un grito. Dios, estoy muy tensa.

Me giro, tosiendo un poco para aclararme la garganta, y miro a Linda con cara de angustia. No trae café. Es buena señal.

Y no percibo tensión ni incomodidad alguna por su parte. Así que es posible que solo me haya acostado con su marido. Intento ser positiva, ¿vale?

—Hmmm… —Reggie frunce el ceño y me lanza una última mirada ceñuda, antes de dirigir toda su atención hacia Linda, a quien dedica una amplia sonrisa, de yerno comprometido—. Sí, Linda. Ya estamos despiertos. Íbamos a tomar un café en la cama. No queríamos esperar hasta el desayuno.

¡El desayuno! ¡De ningún modo puedo quedarme al desayuno! No quiero ni imaginarme el bochorno de cruzarme con el padre de la novia. ¿Cómo ha podido pasarme algo así?

—Me… ¿disculpáis?

Será mejor que vaya a potar.

O a suicidarme.

Estoy sopesando mis opciones.

—Un segundo, Rosie. ¿Podemos hablar de una cosa? ¿Nos disculpas, Linda?

Linda pone cara de desconcierto, pero, tras un descarado escrudiño que me pone los pelos de punta, decide que no soy una amenaza para el aún sin consolidar matrimonio de su hija.

No me sorprendo demasiado ni me siento ofendida. Con la cara verde por las náuseas, el pelo hecho un Cristo después del revolcón que me he dado con su marido, y teniendo en cuenta el espantoso vestido de color ciruela pocha que su hija me obligó a vestir, y que me da un aire pálido y enfermizo (ahora mismo acentuado aún más por el horror de mis fechorías nocturnas), es imposible que alguien me considere una amenaza.

—Claro.

Linda esboza una sonrisa dulce y se aleja por el pasillo. No tengo ni idea de adónde va. Su habitación está a mis espaldas. El escenario del crimen.

Ay.

Quiero que la tierra se me trague ahora mismo.

—¿Qué coño ha pasado? —me gruñe Reggie en cuanto nos quedamos a solas.

Sus ojos inclementes ejercen una enorme presión sobre los míos y sé que me arde la cara de vergüenza. Aún fantaseo con la idea de escabullirme, confundirme con las paredes o fingir un infarto.

—Pues… —empiezo con voz débil, apenas un susurro, y me engancho detrás de las orejas algunos rizos oscuros que se han soltado de mi recogido.

Reggie enarca una ceja con aire de profe severo. Quiero esconder la cabeza en la arena como los avestruces.

—¿Y bien?

—Es posible que anoche…

—Anoche, ¿qué?

Mis ojos azules lo miran impotentes.  Suplicantes. Devastados.

Pero Reggie entrecierra los párpados peligrosamente y sé que no hay manera de salir de esa.

—Bueno, que cabe la posibilidad de que me haya… montado un trío con tus suegros —confieso, encogida por completo y con la voz convertida en un hilo.

Su cara es todo un poema. Por un segundo me pregunto si debo ofrecerle la petaca. Luce como si le hiciera mucha falta tomar un trago. Sus rasgos, de por sí firmes y tensos, han adquirido una rigidez casi cadavérica.

—Disculpa, creo que no te he entendido bien.

Trago saliva con gran dificultad y hago una mueca hacia mis adentros. ¿De verdad hay que repetírselo? Porque, dicho en voz alta, suena de locos.

—Creo que me has entendido muy bien. Anoche me acosté con tus suegros. O, al menos, con uno de ellos. ¿Sabes por casualidad si a Linda solo le gusta mirar, o es de las que participan?

—¿QUÉ?

—¡Es que no sé qué pinta Linda en todo este asunto! —profiero con voz histérica.

Reggie está perplejo.

—Esto no puede estar pasando.

—¡Sí!, ¡eso mismo me dije yo cuando me desperté sin bragas al lado de un tío peludo!

—¡Por el amor de Dios, Rosie!

—¡No sé por qué me estás gritando! ¡Estoy igual de conmocionada que tú!

—¿Cómo has podido?

—NO LO SÉ. Simplemente, pasó. No… no me acuerdo de los detalles.

Reggie está lívido de ira, con las aletas de la nariz dilatadas. No puedo culparle. No exactamente. La verdad es que acostarme con sus suegros, la noche de su boda, puede que sea pasarse un poco de la raya. No creo que nadie me dé un premio a la invitada del año.   

—No me lo puedo creer. No puedo creer que esto esté pasando.

—Lo sé. Es…

—No digas una palabra más —me acalla con aire amenazador y el dedo apuntándome como a una vil malhechora—. Necesito pensar.

—Vale.

Sigue un tenso silencio, al cabo del cual me mira meneando la cabeza.

—Será mejor que te marches.

—Vale —suspiro, aliviada. En realidad, sí que quiero irme. Quiero ir a alguna parte muy lejana y esconderme para siempre.

—Y no intentes contactar con Paul —añade, para mi gran desconcierto.

Me detengo, miro perpleja su rostro inflexible y arrugo la nariz en un gesto de incomprensión.  

—¿Por qué iba a querer contactar con Paul?

—Yo qué sé. Igual tienes síndrome del padre ausente.

—¡No tengo síndrome del padre ausente! —exclamo, atacada por la bajeza que acaba de soltarme—. Bebí más de la cuenta, eso es todo.

—Como sea, es mejor que te mantengas lejos de nosotros durante algún tiempo. No te quedes al desayuno ni al almuerzo —impone, sin mirarme a la cara siquiera.

Siento una oleada de náuseas y que la cara se me sonroja de humillación. Me está apartando de él. Le doy asco. Sé que no fui la invitada perfecta, pero tampoco es para ponerse así, ¿no? ¿A él qué más le da que me haya tirado a su suegro, a su suegra o a ambos a la vez? Está claro que ha sido consensuado.

Bueno, eso quiero pensar, aunque ese azote del que lamentablemente me acuerdo no habla muy bien a mi favor.

Señoras y señores de jurado, he aquí los hechos: la acusada azotó a la víctima en sus peludas posaderas.  

No puedo evitar imaginarme a Ally McBeal defendiendo a los Banks y a mí en el banquillo, con cara de no haber roto nunca un plato.  

—No iba a quedarme —farfullo, con expresión herida.

—Bien. Sería muy incómodo y no quiero que nadie monte una escena. Dejemos que se enfríe el asunto.

—Es exactamente lo que quiero —replico, ofendida de que él haya pensado lo contrario. ¿Montar una escena? ¿Qué cree, que quiero casarme con Paul y convertirme en la madrastra de Eleonor y, por consiguiente, en su… suegra? Ugh. Lo que me faltaba.

—Genial. Tengo que irme. Eleonor me está esperando y no quiero que se enfríe el café.

Sí, no vaya a ser que la princesa Eleonor te pida el divorcio.

—De acuerdo.

Me lanza una última mirada, vuelve a negar y se dirige a la puerta de su habitación.

—Reggie —lo detengo antes de que entre.

—¿Qué? —rezonga sin mirarme.

Se produce una pausa y tengo la sensación de que los dos estamos conteniendo aliento.

—Lo siento mucho. No pretendía causarte problemas.

Niega con la cabeza y entra en su habitación sin decirme nada.

Mier-da.

Capítulo 2

—Tienes que estar de coña. Al menos habrás usado condón.

—Muy graciosa. Ojalá lo supiera… —lloriqueo abrumada, antes de acabarme la ginebra de un trago. De verdad que necesito beber.

Leslie me mira boquiabierta.

—¡Rosie!

Le devuelvo la mirada y suelto un suspiro de impaciencia.

—A ver, si no estoy segura de haberme acostado con él, o con él y su mujer, ¿crees que me voy a acordar de algo tan pequeñito como un condón?

—¿Y a qué estás esperando? ¡Ve a hacerte la prueba de embarazo y un exudado vaginal!

—Dilo más alto. El señor de la esquina no se ha enterado de que tengo que hacerme un exudado vaginal. Por Dios. Creo que me va a estallar la cabeza.

Me cojo el cráneo entre las palmas y empiezo a masajearme las sienes para relajar un poco la presión de la sangre que ruge en mis venas.

—Todo esto es culpa mía. Tenía que haberte acompañado a la boda. Joder, si no me hubiesen hecho trabajar todo el fin de semana…

Ver a Leslie martirizarse por mi culpa es más de lo que puedo aguantar ahora mismo. La que la cagó fui yo. Podía haber ido a la boda, haber comido un poco de tarta y haberme largado a mi casa.

Pero no, ¡Rosie Desastre Clark tenía que montarse un maldito trío con los padres de la novia!

—No es culpa tuya, Les. La que se pasó con el alcohol fui yo. Y, ya que alguien ha sacado el tema… ¡Eh! ¿Puedes ponerme otra ginebra? —espeto al camarero, que finge secar una copa al otro lado de la barra. Seguro que se ha enterado de lo del exudado vaginal y del trio que me monté ayer con los suegros de Reggie. Tiene las antenas desplegadas.

—Deja de beber. Estás muy desquiciada.

Echo la cabeza hacia atrás, cierro los ojos e intento respirar hondo. Mi madre dice que, si tienes un problema, lo primero que hay que hacer es respirar hondo. Después, puedes agredir a alguien.

—¿Cómo voy a dejar de beber? ¡Me.Acosté.Con.Los.Padres.De.Eleonor! —rujo contra la cara de Leslie. Es mi mejor amiga y la quiero mucho, pero necesito gritarle a alguien. No es personal, lo juro.

—¡Pues supéralo! —me grita de vuelta.

El camarero deposita delante de mí una nueva copa de ginebra. Leslie retrocede y le da un trago a su vaso de agua. Solo bebe agua con limón. Tiene que volver al trabajo. La he sacado de una reunión muy importante.

Leslie es una persona muy importante. Creo que es la mujer más exitosa que conozco, una ejecutiva de esas con agallas, que dominan toda una sala de hombres sin despeinarse ni tan siquiera un mechón de su precioso pelo cobrizo. Vivimos en un mundo de hombres, pero Leslie está por encima, pisoteándolos con sus carísimos zapatos Louboutin de suela roja, que estilizan sus piernas y las alargan hasta el infinito.

Desde que está aquí (diría que, como mucho, cinco minutos) la han llamado nueve veces al móvil y ha recibido al menos siete e-mails. Es vicepresidenta de una compañía farmacéutica europea que le paga un suelto anual de seis cifras.

A diferencia de mí, ella fue a la universidad. Solo hay que verla. La forma en la que se expresa, junto a su aspecto pretencioso y su distinguido paladar aseguran que Leslie Daley ha nacido en el seno de una familia privilegiada y no en una formada por un mecánico y una dependienta de supermercado. Leslie ha sabido cómo superar su condición.

Y, por si fuera poco, encima es preciosa.

Tiene los ojos verdes, muy expresivos, y una perfecta piel cremosa que ella dice que es natural, pero yo imagino que algo así solo se consigue con productos de alta cosmética. No recuerdo que en el instituto tuviera una piel tan exquisita. Joder, ni siquiera necesita maquillaje. Solo una pasada de rímel y ya está lista para dominar el mundo.

Yo parezco un espantapájaros a su lado. Solo con mirarme, la gente sabe que soy pluriempleada y que casi nunca consigo llegar a fin de mes sin usar la línea de crédito. Nada de cremas caras ni mascarillas de pelo hechas en Francia. A veces me echo yemas de huevo. Y, a veces, las mezclo con miel. Eso es lo más top que he hecho nunca.

—Mi vida es un desastre —farfullo con aire melodramático—. He perdido al hombre de mis sueños, hoy he cogido un empleo de plañidera profesional y creo que nunca podré sacarme de la cabeza la imagen de esas nalgas peludas.

—Mira el lado bueno de las cosas —sugiere, devolviéndome la esperanza. Ahora mismo me agarraría a cualquier clavo ardiente.

—¿Hay un lado bueno en todo esto? Por favor, ilústrame.

—Puedes usar esa imagen en tu nuevo empleo. Seguro que te entran ganas de llorar.

—Quiero morirme —berreo, para nada divertida por su sarcasmo.

—No quieres morirte —rebate Leslie mientras se estira, impasible, el cuello de su pretenciosa blusa de color perla. 

—Quiero que sea lento y doloroso.

—Una vez te salió una ampolla en el dedo y estuviste lloriqueando dos semanas.

Eso es cierto.

—Era una ampolla dolorosa —me veo obligada a justificarme—. Y tengo el umbral del dolor bajo.  

—Lo que tienes que hacer a partir de ahora es centrarte.

Me limito a mirarla de forma inexpresiva y me impaciento cuando veo que ella está más preocupada por los volantes de su blusa que por instruirme acerca de cómo sobrevivirle a este desastre.

—Centrarme. ¿En qué?

—En lo que sea. Pinta un cuadro, escribe un libro, vete de crucero…

Ah. Pensaba que me diría algo interesante.

Con una mueca de desilusión, me vuelvo de cara a la barra y miro mi imagen, reflejada en el espejo que hay detrás de la estantería de las bebidas.

¿Cómo hemos acabado así?

—La primera vez que vi a Reggie Flynn, estaba sentada en el suelo del salón y pintaba un idílico apocalipsis bíblico con mis nuevos crayones. Casi puedo ver la escena. —Pongo una sonrisa lejana y paseo el dedo por el borde de mi copa mientras me pierdo en la bruma de los recuerdos—. Mis padres se acababan de divorciar, y Pat, mamá y yo nos acabábamos de mudar a Stony Creek. Llovía. Debía de ser otoño, porque él llevaba una chupa de cuero negra y el pelo salpicado por las gotas. Por un segundo lo confundí con Angel, el de Buffy Cazavampiros, pero mi hermano me dijo que se llamaba Reggie y que era su nuevo mejor amigo. Esa noche me hicieron de niñeros. Mamá tenía una cita con alguien, no recuerdo con quién.

—Ahora sí que creo que deberías dejar de beber. Estás desvariando.

—Ojalá pudiera volver a ese momento —me digo a mí misma—. Haría las cosas de otra manera.

—¿Le dirías que estás enamorada de él?

Parpadeo, ladeo el cuello hacia la derecha y me tomo unos segundos para pensármelo.

—Bueno, no. Ahí solo tenía siete años. Me enamoré de él más tarde. Pero tendría toda la vida por delante y esta vez no dejaría escapar la oportunidad de confesarle mis sentimientos.

Leslie comprueba el reloj con gesto de ejecutiva ocupada y frunce el ceño.

—Tengo que marcharme. ¿Vas a estar bien?

See. ¿Por qué no iba a estar bien? No es como si acabara de perder al amor de mi vida.

—Supéralo. E intenta no acostarte con nadie de camino a casa.

—Muy graciosa.

—Hasta la vista, Rosebombon.

—Hasta la vista —farfullo, abstraída en mis pensamientos.

Leslie coge el carísimo bolso beige que había dejado sobre la barra y me dedica una última sonrisa de aliento.

—Vete a la cama.

—Son los fuegos artificiales —me digo a mí misma, antes de tomar otro trago. La ginebra me quema por dentro, pero necesito que anestesie mi mente y el dolor de mi corazón.

Los altísimos tacones de Leslie se detienen a mi espalda y oigo cómo vuelve a girarse de cara a mí.

—¿Cómo dices? —pregunta, desconcertada.

—Deberías ver los fuegos artificiales que hay entre ellos. No sé cómo es que no se electrocutan con tanta energía sexual.

—Por Dios, Rosie. Déjalo ya.

—Pero ¿sabes qué? —prosigo, volviéndome en la silla—. Él y yo tenemos algo mucho mejor: el silencio que lo paraliza todo. Cuando Reggie y yo estamos juntos, todo se detiene, el jodido mundo entero deja de girar —subrayo con voz pausada, para que se entere todo el bar—, y solo existimos él y yo. Y estoy convencida al cien por cien de que jamás tendré nada parecido con ningún hombre de esta galaxia y tampoco con hombres de otras galaxias de por ahí. Vale, quizá con Thor podría hacer una excepción llegado el momento.

—Será mejor que te meta en un taxi. No estás en tus cabales.

La miro, pero es como si no la viera. En realidad, mis ojos miran mucho más allá, al pasado, y al futuro que podríamos haber tenido si él no hubiese conocido a la infame Belcebú.

—¿Crees que debería llamarle ahora mismo y decirle que estoy enamorada de él?

—NO.

—¿Por qué no?  

—¡Porque se acaba de casar! ¡Tuviste tu oportunidad y la cagaste! Ahora no puedes entrometerte.  

—Le gente se divorcia mucho hoy en día. Sobre todo, si tienen un affaire. Tal vez deba seducirle. ¡Claro! ¡Eso es! Así se dará cuenta de que está enamorado de mí y…

—Estás borracha y no ves las cosas con claridad —me interrumpe Leslie mientras teclea algo en su móvil—. Pero acuérdate de lo que dijiste una vez.

La miro con las cejas en alto.

—¿Que estar cerca de Reggie Flynn es como si Papá Noel, el Ratoncito Pérez y tu hada madrina vinieran a tomar el té a tu casita de muñecas?

—No. Algo más inteligente.

—¿Que Bradley Cooper debería tener hijos conmigo y no con Irina Shayk?

Más inteligente.

—Lo tengo. Que Victoria Beckham debería dejar de operarse de inmediato —afirmo, satisfecha conmigo misma por tal despliegue de ingenio. 

—No —gruñe Les, exasperada, y sus ojos dejan de mirar el móvil por unos segundos para dedicarme a mí toda su atención—. Cuando quieres a alguien…

Mierda.

Se produce una pausa. Leslie apremia con una ceja en alto.

—Lo único que deseas es que sea feliz, incluso si no eres tú la persona que pinta una sonrisa en sus labios —acabo la frase por ella.

Y de pronto lo comprendo. Comprendo por qué tengo que seguir callándome lo que siento por él; por qué tengo que acostumbrarme a tener siempre este extraño dolor en la boca del estómago.

Porque le quiero y cuando quieres a alguien, cuando le quieres de verdad, tu único deseo es que sea feliz, incluso si no eres tú la persona que pinta una sonrisa en sus labios.

—¿Y qué es lo que se supone que debo hacer a partir de ahora? —pregunto en un susurro tembloroso.

—Lo que siempre has hecho, Rosie. Ser su mejor amiga.

—Y dejar que siga casado con Jezabel.

—Y dejar que siga casado con Jezabel —confirma Leslie, esta vez con tono suave.

Contemplo fijamente mi copa de ginebra. Por mucho que beba, nunca llenaré el vacío que hay dentro de mí.

—Es mala gente —murmuro, casi para mí.

—Lo sé.

—Siempre le tratará como al chico pobre de Stony Creek que cree que es.

—Lo sé.

—Es maliciosa y controladora, la clase de persona mimada que cree que se merece tener todo lo que se le antoja y que los demás estamos en este mundo para servirle.

—Probablemente.

—¡Es Blair Waldorf! —exclamo horrorizada.

—Se da cierto aire. Sobre todo, cuando lleva diadema y falditas babydoll.

Nuestras miradas se entrelazan otra vez y me percato del aire compungido que arde en las pupilas de Les.

—Y tú quieres que le apoye en esto.

—Es lo que se supone que tienes que hacer.

—Ya.

—Vamos, el taxi está aquí.

Me levanto con esfuerzo y dejo que Leslie me pague las copas. No estoy de humor para discutir con ella. No estoy de humor para hacer nada, salvo hundirme. Reggie ha elegido a Eleonor y yo no puedo remediarlo. Porque cuando quieres a alguien, lo único que deseas es que sea feliz. Incluso si eso va en contra de tu propia felicidad.

Capítulo 3

Quedo con Reggie cinco semanas después de su boda. Es él quién me llama a mí. Yo no he tenido fuerzas. Ni valor…

Quedamos en un bar del centro, a las siete de la tarde. Estoy un poco cohibida porque vengo de trabajar y no he tenido tiempo de pasarme por casa para cambiarme o darme una ducha.

Aparte de eso, la simple idea de verle me retuerce el estómago.

Entro en el establecimiento, aferrada a las correas de mi bolso bandolera, y lo busco con la mirada. Está sentado en una mesa, de espaldas a mí. Miro con la boca seca cómo se le tensa la camisa a la altura de los hombros, suelto una plegaria y me armo de valor para acercarme a él.

—Hola.

Levanta la mirada del vaso de agua que contemplaba con fijeza y me mira sin esbozar gesto alguno. Está muy serio, tenso, y no sé qué esperar de este encuentro.

—Hola, Rosie. Gracias por venir.

Por un segundo sus ojos descienden por mi figura. Ahora más que nunca me siento incómoda por culpa de mis pantalones vaqueros cortos y deshilachados y mi enorme camiseta de Led Zeppelin.

Reggie se fija en ella y una sonrisa tierna asoma en las comisuras de su boca. Me pregunto si piensa en lo mismo que yo: cuando nos besamos, la única vez que me besó, sonaba una canción de Led Zeppelin.

Whole lotta love. Mi favorita.

El recuerdo es tan poderoso que me arrastra de vuelta a esa noche. Es como si estuviera de nuevo ahí, como si viera lo que mis ojos veían entonces.  

Recuerdo la luna que, oculta detrás de las nubes, imprimía sobras cambiantes sobre la hierba verde; la brisa que agitaba mis rizos oscuros. Entre los árboles ondeaba un viento cálido y aromático, debían de ser los lilos quienes saturaban el aire de la noche con su inolvidable perfume.

La reminiscencia de la tranquilidad vuelve a invadirme y es como regresar a ese entorno quieto y casi idílico, el Nunca Jamás de mi infancia.  

Estaba sentada en el balancín en la parte de atrás de la casa, acompañada solo por un mp3 de color rosa y la mejor canción de Led Zeppelin. 

Era la noche de mi decimosexto cumpleaños y ahí estaba yo, sola y melancólica, abstraída en Dios sabe qué pensamientos adolescentes, terriblemente profundos.    

Me sobresalté cuando alguien me quitó el casco derecho y el mundo intervino en mis reflexiones.

Levanté la mirada y me encontré las abrasadoras pupilas de Reggie clavadas en las mías. Su masculino perfil se recortaba contra la luz de la luna y esta vez no me pareció guapo, sino sublime.

―¿De quién te escondes? ―susurró, sin soltar mi mirada. No sonreía según su costumbre. Me miraba con tanta seriedad que quitaba el aliento.

―De nadie. Solo necesitaba estar sola un rato.

Hizo un amago de sonrisa, como si lo comprendiera perfectamente, se sentó a mi lado en el balancín y me cogió de la mano.

El tacto de su piel me hizo sentir una corriente de alto voltaje, y no pude evitar estremecerme. Tragué saliva y esperé a que me soltara.

Lo que hizo fue entrelazar los dedos con los míos.

―¿Te importa si te hago compañía?

Sostuve sus ojos y me mordí el labio inferior por dentro.

―¿Te escondes de alguien? ―repuse, evaluando su exquisito rostro por debajo de las pestañas cargadas de rímel.

Sus labios esbozaron una pequeña sonrisa, pero tuve la sensación de que sus ojos irradiaban un abatimiento profundo.

―No, Rosie. Solo quiero estar contigo.

―Está bien.

Tras mi murmullo, se impuso el silencio. Me resultaba íntimo estar a solas con él y oír solo a los grillos, la música y el fuerte latir de mi corazón. No lo sé, la atmosfera de repente parecía cargada de electricidad.   

Aprovechando que no me miraba, me di el lujo de estudiar su rostro con absoluto descaro. Su boca se acababa de alzar en una sonrisilla. Tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, pero creo que notaba la insistencia de mi mirada.

Y también creo que le gustaba Led Zeppelin tanto como a mí.

Dejé de inspeccionar sus elegantes facciones y me concentré en nuestras manos. Todavía notaba el cosquilleo eléctrico. Habría dado cualquier cosa por conservar para siempre la sensación. Sabía que querría volver a ese momento más adelante. Probablemente, una y otra vez.

Reggie soltó un suspiro a mi lado.

Le permití a mi mirada que vagara de nuevo por su rostro, hasta que mis ojos encontraron el sensual perfil de su boca y ahí se detuvieron para analizar como era debido. Algo tan impresionante, algo que incitaba a actos contra natura, era digno del más minucioso de los estudios y yo era una chica concienzuda.  

―Rosie, deja de mirarme. Me siento acosado.

No pude contener la sonrisa.

―¿Cómo sabes que te estoy mirando?

―Soy adivino.

Me deshice en un soplido exasperado y apoyé la sien contra su hombro. Reggie me echó el pelo hacia atrás, me acurrucó contra su costado y me rodeó en un abrazo.

Me relajé, mi cuerpo se quedó laxo, y mi mente se concentró en el susurro del viento y en los círculos que el cálido pulgar de Reggie dibujaba sobre mi brazo desnudo. 

―¿Por qué has roto con tu novio?

Me tomé unos segundos antes de responder, para decidir si le decía la verdad o no.

―Digamos que él quería que la relación fuera más allá y yo no estaba preparada.

―Sexo ―afirmó con voz seca.

―Sip.

Una repentina tensión empezó a agarrotar sus recios músculos, y me pregunté qué significaba todo eso.

―No te merecía, Rosie ―me susurró al cabo de un rato.

―Puede que esté predestinada a morir soltera. Es el tercero que me deja en lo que va de año.

Sentí su sonrisa en mi pelo, aunque no me atreví a mirarle.

―Tienes dieciséis años y ahora te parece que todo es un drama, que nadie te comprende y que tus problemas son mucho peores que los de los demás, pero te prometo que esto pasará. En unos cuantos años te resultará divertido.

―No sé yo…

―Confía en mí, monito. Estuve en esa etapa no hace mucho.

Solté un suspiro interminable y busqué su perfecto rostro con la mirada. 

―No intentes amortiguarlo. Voy a morir soltera. Es un hecho.

Reggie apretó los labios para no reírse y sus abrasadores ojos descendieron sobre mi rostro.

―Estás exagerando.

―Ojalá. ¿Y tú qué? ¿Sales con alguien?

Torció la comisura derecha de la boca hacia arriba y su mano bajó por mi brazo hasta tensarse en mi cintura.

―No… Estoy libre como el viento.

―¿No hay nadie que te guste?

―Me lo estoy tomando con calma. Todavía intento adaptarme a la universidad, tengo un trabajo agotador… No estoy para muchos líos.

―Ya.

―Hay una chica en la que pienso a veces, pero es… muy complicado.

El corazón me apretó en el pecho. Una chica. Dios. Siempre había una puñetera chica en la vida de Reggie. De alguna forma, yo siempre llegaba tarde.

―Entiendo.

El estallido de un trueno me hizo dar un respingo a su lado. Reggie se rio de mí y me volvió a acercar a él.

―Tranquila. Es solo una pequeña tormenta.

Escruté el cielo con el ceño fruncido.

―Mierda de tormentas. ¿Te he dicho alguna vez lo mucho que odio Virginia?

La risita baja de Reggie me hizo sonreír.

―Seguro que ni siquiera llueve ―afirmó, muy despreocupado.

Apenas dijo la frase y empezaron a caer las gotas. No una. Mil. Grandes. Fuertes. Un maldito chaparrón para arruinar mi fiesta de cumpleaños. Otro de los castigos divinos que no dejaba de recibir.

Pegué un gritito y tiré de Reggie hacia arriba, pero él no se movía. Estaba ahí sentado y se partía de risa.

―Vamos, Rosie. No es más que un poco de agua. ¿Dónde está tu espíritu aventurero?

―¿Quieres moverte ya? ¡Nos estamos empapando!

Me miraba con los ojos achicados y de su pecho brotaba una risa profunda que al final me hizo reírme de mí misma y de mi pánico al agua.

―¡Reggie, no tiene gracia! ―exclamé, propinándole un golpecito en el hombro.

Aun así, no podía dejar de reírme.

―Sí que la tiene.

―¡Parezco un gato mojado!

―Estás muy guapa. Siempre lo estás.

Al decirlo, algo cambió en su mirada, fue como si de pronto empezara a verme de forma diferente. Se hizo el silencio, un silencio denso y abrasador, y la sonrisa se apagó encima de nuestros labios.

Nuestros ojos se encontraron de nuevo, como imanes, y noté que él también contenía la respiración y que no conseguía poner fin a nuestro intenso contacto visual. 

Su espectacular rostro, que tantas veces había intentado reproducir dentro de mi mente, estaba por completo inmerso en el mío.

Casi me sobresalté cuando me rodeó la muñeca con los dedos y tiró de mí hasta acercarme, despacio, a él.

Sentí que el mundo se estaba desdibujando, que todo se resumía a la expresión que oscurecía sus ojos. Nuestras caras estaban cada vez más cerca, hasta que su respiración empezó a golpear contra mis labios. 

Entonces Reggie estrelló la boca contra la mía y todo lo demás desapareció. 

Sus dedos, húmedos por la lluvia, me rodearon la nuca, nuestros labios se volvieron a buscar con urgencia y casi solté un quejido cuando el calor de su lengua inundó mi boca y me arrastró a todo un torbellino de oscuridad, deseo y una pasión como jamás había conocido.

Besarle fue como dar un paso hacia la madurez. Sentí que algo moría dentro de mí y que, acto seguido, volvía a renacer.

―Rosie ―suplicó contra mis labios, antes de adentrarse aún más, codicioso, hambriento, arrasando con todo a su paso.

Al cabo de lo que parecieron minutos, los dedos que me sujetaban por la nuca se destensaron un poco y Reggie empezó a relajarse, a besarme despacio, con meticulosidad, a saborearlo más. Su boca era cálida, enloquecedora, y me había subyugado por completo. 

―Rosie, han llegado las pizz… ¡Ay, mi madre!

La voz de Leslie me arrancó de mi efluvio erótico y me recordó que existía un mundo más allá de los ardientes labios de Reggie.

Me volví sin aliento y la miré de una forma muy elocuente, indicándole con la mirada que se largara de inmediato.

―Yo nunca he estado aquí ―farfulló Les, aturrullada―. No he visto nada. Nada de nada.

Un segundo después, había desaparecido en la lluvia.

Me froté los labios el uno encima del otro y me volví hacia Reggie.

―¿Dónde estábamos? ―dije con una sonrisa traviesa, que se borró ante su cara de culpabilidad. Estaba devastado y yo me quedé sin aliento y mis ojos se llenaron de un pánico atroz.

―Rosie, lo siento. No tenía que haber hecho eso. Yo… Mierda. ―Se frotó el ceño con las puntas de sus largos dedos y negó para sí―. Siento haberme propasado contigo. No sé en qué cojones estaba pensando.

―¡Pero yo quiero que te propases!

Reggie dejó de martirizarse por un momento y me sonrió con aire derrotado.

Sin embargo, en sus ojos no vi diversión, sino amargura y una tristeza infinita.

―Tú tienes dieciséis años, monito. No sabes lo que quieres.

¡Te quiero a ti!, gritó algo muy dentro de mí.

Pero no lo dije en voz alta y creo que siempre me arrepentiré de haberme quedado tan bloqueada, como un gato delante de los faros de un coche. Si hubiese intentado hacerle cambiar de parecer, si no hubiese sido una rajada llena de inseguridades, quizá hoy tendría otra historia que contar.

―¿Qué quieres tomar? ―oigo su voz, la del presente, a través de la niebla del pasado.

Parpadeo para regresar al mundo real, fuerzo una pequeña sonrisa y tomo asiento al otro lado de la mesa.

―Una copa de vino blanco.

―Muy bien. Disculpe, ¿puede ponernos una copa de vino blanco y traerme otro vaso de agua?

―Por supuesto.

La camarera evita a posta su mirada. Imagino que es porque no quiere quedarse embobada. No es solo cosa mía. A todos nos cuesta dejar de mirarle.

Reggie posee esa clase de energía vital que, de alguna forma, consigue alterar la atmosfera de toda una sala. He comprobado en otras ocasiones que siempre pasa lo mismo. El espacio parece encoger hasta tal punto que todos se vuelven conscientes de su presencia.

La gente le echa una mirada y luego ya nadie es capaz de perderle de vista. Hay algo en él que te insta a seguir mirando, incluso más allá de lo que exige la buena educación. Nos deja magnetizados. O idiotizados. A saber.

―Aquí tienen.

―Gracias.

Le dedica a la camarera una sonrisa que la hace ruborizarse y después dirige hacia mí toda la atención de su mirada. Estar sentados cara a cara resulta la leche de incómodo. ¿Por qué no se habrá sentado en la barra? Al menos así no habría tenido que mirarle de lleno a los ojos.

Me aferro a mi copa de vino y le doy un buen sorbo, antes de decidir que es mejor tomármela despacio. Apenas he comido. No es buena idea emborracharme.

―¿Qué tal va todo? ―me obligo a preguntar, al mismo tiempo que él farfulla:

―Lo siento.

Miro sus intensos ojos azules y algo se tensa dentro de mí. ¿Qué va a decirme? ¿Que no puede volver a verme? ¿Que a Eleonor no le parece bien que tenga amigos?

―Lo… ¿sientes? ―tartamudeo, sorprendida.

―Rosie, me comporté como un capullo la última vez que nos vimos.

Oh. Vale. Esto no es lo que me esperaba.

―Bueno, tenías motivos.

―No, no los tenía ―rebate, negando con la cabeza. Su expresión se ha vuelto atormentada y a mí se me encoge el corazón―. Eres una mujer adulta. Lo que decidas hacer con tu vida no debería ser problema mío.

―Bueno, me acosté con tus suegros. Es normal que te cabrearas.

Suelta una risita y me obligo a no fijarme en lo guapo que es cuando ríe.

Ni cuando está serio.

Lo guapo que es en general.

―No, no te acostaste con mis suegros.

―¿Ah, no?

Es la primera noticia que tengo al respecto.

―Resulta que no ―me dice con una sonrisa torcida―. Paul y Linda intercambiaron su habitación con Bob.

―¿Tu tío Bob?

―Mi tío Bob.

―Ay, mi madre. Me acosté con tu tío Bob ―constato, echándome hacia atrás en la silla, hasta apoyarme contra el respaldo con aire aturrullado.

Reggie aprieta los labios en un gesto incómodo.

―Eso parece.

―Casi que preferiría haberme acostado con Paul y Linda ―mascullo, con mirada ausente.

Reggie suelta una carcajada y luego se vuelve serio otra vez.

―¿Me perdonas por haber sido un capullo contigo?

Suelto el aire en un suspiro, vuelvo en mí y dejo que su mirada me atrape.

―No hay nada que perdonar. Siento haber sido un incordio y haberme follado a tu tío Bob.

―No hablemos más del tema ―propone, y me doy cuenta de que él también está muy azorado y no tiene ni idea de cómo afrontar esto.

―Está bien. Asunto cerrado. Entonces, ¿qué tal el matrimonio?

―Novedoso, la verdad.

―Te dije que primero vivieras con ella para ver si érais compatibles.

Se ríe, niega para sí y toma un trago de agua. Me resulta extraño que beba agua.

―¿Estás enfermo?

―¿Qué?

Nos miramos sorprendidos, él tiene las cejas casi juntas y yo, la frente arrugada. Señalo con un gesto su vaso de agua.

―Ah. Es que a Eleonor no le gusta que beba.

―Disculpa, no te he oído.

―No es para tanto ―se apresura a defenderla. Ha debido de percibir rechazo en mi voz―. No le gusta que la bese si he bebido alcohol.

―Oh, claro, y como no puedes estar un día entero sin besarla…

Me dedica su sonrisa condescendiente.

―No te burles.

―Lo siento, pero si fueras mujer, esto lo catalogarían como maltrato psicológico. Lamento decírtelo, macho, pero creo que te has casado con una maltratadora.

Suelta una risita incrédula y niega con la cabeza.

―Esa es una exageración. Además, yo quiero hacerlo.

―En eso consiste el maltrato. Te hacen pensar que quieres que te maltraten.

―Se te va la pinza.

―Puede, pero yo que tú lo vigilaría de cerca. Si empieza a prohibirte que lleves camisas a cuadros porque te hacen demasiado sexy y las mujeres te miran idiotizadas, deberías dejarla.

―¿De verdad crees eso? ―pregunta con una sonrisa contenida.

―¿El qué? ―repongo, dejando la copa sobre la mesa.

Ladea una sonrisa y me mira fijamente a los ojos. Sería tan fácil alargar la mano y acariciar su perfecto rostro… O besarle… Seguro que podría inclinarme sobre la mesa si hiciese falta.  

―Que soy sexy ―dice por fin.

Me ruborizo y él me observa con las cejas en alto.

―También te ha afectado la autoestima ―declaro, apretando los labios con aires de entendida. Necesito que deje de mirarme. Me preocupa lo que podría encontrar en mis ojos si se adentrara demasiado―. Está claro que sientes la necesitad de recibir cumplidos para volver a sentirte seguro de ti mismo.

Su carcajada atrae la mirada de la camarera y yo aprovecho para volver a sorber vino.  

―Qué ocurrencias tienes, Rosie.

Apoya la espalda contra la silla y toma un sorbo de agua con expresión risueña y los ojos encajados en los míos.

―Ah, ya me conoces.

―Desde luego ―dice, la mar de divertido.

A veces pienso que Reggie solo se divierte cuando está conmigo. Con Eleonor parece otra persona, siempre atento y dispuesto a complacerla, siempre comedido, como si estuviera encerrado en una jaula y bailara al son de la música que le ponen.

Conmigo se da el lujo de ser él mismo, sin máscaras ni fachadas, el Reggie de siempre, el que me enseñó a montar en bici ―mi padre nos dejó por una furcia, esa fue la explicación que nos dio mamá, así que solo se limitaba a mandarnos los regalos por FedEx―, a nadar en el río y a tirar piedras contra latas de guisantes. A mí no necesita impresionarme.

Yo sé que no ha tenido una infancia demasiado feliz, ni siquiera después de la intervención del departamento de servicios sociales. Su abuela también era dada a los castigos corporales. Guardaba una varilla de avellano encima de un armario destartalado y no le temblaba el pulso a la hora de estrellarla contra las piernas desnudas de su nieto.

Al menos hasta que sufrió un ictus, Dios le quitó la fuerza de las manos y de las piernas, y a partir de ahí le tocó a Reggie cuidar de ella.

Tenía dieciséis años y su actitud resultó, como mínimo, sorprendente.

Pese a lo mal que se había portado con él la vieja Anne, Reggie la cuidó con estoicismo y ternura, siempre pendiente de que estuviera cómoda y atendida de la mejor forma posible. Cogió un trabajo a tiempo parcial en la bolera del pueblo y, además, le cortaba el césped a todo el vecindario para ganar algo de dinero extra y poder así comprarle las medicinas a su abuela.

Eso deja claro la clase de tío que es. Estoy segura de que Eleonor no tiene ni la menor idea de esto.

Y tampoco creo que le importara si lo supiera. Seguro que pensaría que Reggie es un tonto. Eleonor parece la clase de mujer que cree en las vendettas. Ojo por ojo, puta. Seguro que lo lleva tatuado en alguna parte.

―¿Y qué? ¿Cómo te va en ese centro tuyo de delincuentes juveniles? ¿Han detenido ya a alguno o siguen todos en libertad, atemorizando al vecindario?

Veo la sombra de una sonrisa burlona en su cara y no puedo evitar sonreír. Reggie es profe en un instituto. No quiero ni pensar en lo que escriben las alumnas en sus diarios. Me avergüenza lo que escribo yo en el mío…  

―Son buenos chicos y lo sabes ―me dice en falso tono de reproche.

Nos miramos a los ojos durante un par de segundos y yo asiento con fastidio.   

―Ya, ya. Por eso hay rejas en las ventanas y el instituto parece más bien un reformatorio. Deberías llevar navaja. O, al menos, una pluma afilada para poder clavársela a alguien en caso de emergencia.

Reggie echa la cabeza hacia atrás y una carcajada gutural brota de lo más profundo de su pecho. Me estremezco y me descubro mirándolo con ojos lánguidos.

La camarera se da cuenta de mi reacción y eso hace que me ruborice y baje de inmediato la mirada hacia mi copa.

Me aclaro la voz por lo bajo y tomo un sorbo de vino para estabilizar mis emociones.

―Entonces, el matrimonio bien y el trabajo bien, ¿no?

Sus ojos se posan sobre mí otra vez y noto un extraño hormigueo en el estómago. A veces siento que nadie aparte de él me ha mirado nunca de verdad.

―¿Por qué no hablamos mejor sobre ti? ―me pide, con gesto muy serio.

―No se me ocurre nada que decir sobre mí ―respondo, arrepintiéndome de inmediato de lo temblorosa que ha brotado la sonrisa que le acabo de dedicar.

―¿Ningún nuevo romance a la vista?

Sus ojos se pasean con languidez sobre mi rostro, poniéndome aún más nerviosa.

―No.

―Vaya. ¿Y qué me dices del trabajo? ¿Has encontrado algo que te guste?

Esbozo una sonrisa muy débil, agridulce. Su voz es tan cálida, tan suave, tan malditamente comprometida que, por mucho que intento poner barreras entre nosotros, acaba abriéndose paso a través de mí.

―Pues no ―respondo en un murmullo. No quiero que perciba mi tristeza. No quiero que sea capaz de interpretar el anhelo que nubla mi mirada.  

―Estoy seguro de que lo harás.

―Oh, sí. Una chica de veintisiete años, sin estudios ni experiencia previa ―me burlo―. Se empujarán por contratarme. De hecho, creo que ya están haciendo cola.

Reggie me coge la mano por encima de la mesa y atrae mi mirada hacia la suya. Mi pulso se ha vuelto de pronto irregular y siento que estoy absorbiendo aire de forma cada vez más pausada. Seguro que la camarera piensa que soy patética.

―Rosie, eres fantástica. Si alguien lo pone en duda, es que es idiota.

Me sumerjo en su mirada y, durante unos momentos, todo desaparece.

El silencio que lo paraliza todo. Aquí está otra vez.

―Ojalá todo el mundo pudiera verme a través de tus ojos ―susurro con pesar.

Una sonrisa triste estira los perfectos labios de Reggie y el silencio entre nosotros se vuelve denso y embriagador.

―Solo quienes importan te ven tal y como eres realmente. Y, créeme, les gustas. Les gustas mucho.

Una onda de calor me barre el pecho y noto que mis labios se mueven, esbozando una pequeña sonrisa.

Reggie se inclina sobre la mesa y me da un beso en la mejilla.

Cierro los ojos y me recreo en su tacto y en el aroma que me inunda y me rompe por dentro. Ser su amiga resulta cada día más difícil.

―Tengo que marcharme ―susurra, tan cerca de mí que podría besarle con solo mover un poco la cabeza―. Eleonor detesta que llegue tarde a la cena.

Se vuelve a sentar en su silla y yo tenso los labios en un gesto que ni de lejos es una sonrisa.

―Por supuesto.

Sonríe, me da una palmadita en la mano que tengo apoyada sobre la mesa y se saca la cartera del bolsillo trasero de los vaqueros.

―¿Qué le debo?

―No, a esto invito yo ―intento detenerle.

Reggie esboza una sonrisa tierna y dice que no con un gesto.

―De eso nada. Aquí el adulto soy yo.

―Tengo veintisiete años ―rezongo, molesta por su expresión burlona.

Traslada sus preciosos ojos azules hacia los míos, ladea una sonrisa y me susurra:

―¿Y qué? Para mí siempre serás esa niña con pijama de Bugs Bunny.

Por motivos así nunca le he dicho que estoy enamorada de él. Primero necesitaba que dejara de verme como a una hermanita pequeña de la que cuidar. Quería que me viera como a una adulta.

Pero eso nunca sucedió y luego él conoció a la infame Eleonor y yo no pude destrozar eso porque soy una romántica, y una gilipollas, y una acojonada que prefiere perder antes que correr un puto riesgo.

Y así es como acabé en la friendzone, un purgatorio millennial en el que estamos atrapados todos aquellos cuyos sentimientos nunca han sido correspondidos.

Y lo peor de todo es que creo que, en el fondo, me merezco este castigo divino.

Reggie paga lo consumición, le deja una buena propina a la camarera y se vuelve de cara a mí.

―¿Qué haces el sábado?

Morirme del asco y mirar fotos tuyas en Instagram.

Fotos tuyas con Eleonor.

Ugh.

―Supongo que nada interesante.

―¿Por qué no te pasas por casa? Tengo la impresión de que tú y Eleonor no habéis congeniado muy bien hasta ahora, noté cierta tirantez en la boda, sobre todo cuando se negó a hacerse una foto contigo y tú dijiste que te daba igual, porque de todas formas no necesitabas para nada una foto con Eleonor, pero estoy seguro de que en cuanto os conozcáis un poco mejor, seréis grandes amigas.

Qué iluso. Eleonor y yo jamás podríamos ser amigas. ¿Por qué? A ver cómo lo explico.

  1. Eleonor me quitó al hombre de mis sueños, mi alma gemela, el padre de los tres hijitos que había planeado tener.
  2. Eleonor es mala de narices y no la aguanto cerca de mí.
  3. Eleonor me odia y le encanta humillarme, lo cual quedó claro el día de su boda.

Todavía recuerdo su tono melindroso y cómo me propuso ser su dama de honor.

Que al menos dos de los amigos de Reggie participen en esta boda. Así el pobre no se sentirá menospreciado.

Me engañó, lo admito. Por un segundo me tragué su sinceridad.  

Y aunque sentí una enorme oleada de pánico cuando me llegó el vestido de dama de horror, y una oleada aún más devastadora cuando me lo probé y vi cómo me quedaba, seguí adelante porque realmente quería formar parte de esa mierda de evento. 

Pero entonces llegué a la iglesia y fui a buscar a la princesa Eleonor y ella soltó un gritito en cuanto me vio entrar por la puerta.

Por Dios, ¿tan mal estoy?, me dije, un poco descolocada por su reacción.  

De acuerdo, el color del vestido no me favorecía nada. Me marcaba unas ojeras amoratadas que daban un aire de lo más demacrado a mi rostro, y mis piernas estaban delgadísimas en comparación con mi torso. Unos palillos, porque llevaba cancán.

Y sí, puede que pareciera una cucaracha parturienta.

Pero tampoco era como para ponerse a chillar, ¿no?

Sin embargo, Eleonor tenía otra opinión al respecto. 

―Rosie, ¿por qué vas vestida así?

―¿A qué te refieres? ¡Fuiste tú la que eligió el vestido!

Manda cojones…

―¡Pero lo cambié! Mis damas de honor van vestidas de lila.

Miré a las demás princesitas, que iban, efectivamente, vestidas de lila, con unos vestidos de velo preciosos, cortos por delante y largos por detrás, y empecé a hiperventilar.

―¿Y yo por qué voy vestida de ciruela pocha?

Eleonor puso cara de lástima.

―Rosie, lo siento mucho. Ha debido de haber un problema con el envío del otro vestido y está claro que así no puedes ser mi dama de honor.

Abrí la boca en un gesto de estupor y la miré con auténtica contrariedad. 

―¿Qué estás diciendo? ―más que gritar, masqué las palabras en un intento por no estrangular a la novia.  

Eleonor se encogió de hombros con aire impotente. Eso sí, me dedicó la más adorable sonrisa de todo su arsenal de sonrisas adorables.

―Lo siento, Rosie, pero vas a tener que ir a sentarte con los demás invitados. No puedes desentonar. Todo el mundo va vestido de lila.

―¡¿Insinúas que me he puesto este vestido de mierda para nada?!

Eleonor se echó hacia atrás con aire ofendidísimo.

―No sé por qué tienes que insultar el vestido. Al vestido no le pasada nada. Está genial. Es solo que he cambiado de opinión respecto al color.

―¡Sí!, ¡y has vestido a tus amigas de princesitas, mientras que yo parezco la jodida Cenicienta! ―proferí, sin poder contenerme más.

A la mierda la compostura. Estaba segura de que la tiparraca esa lo había hecho aposta. En ningún momento había sido su intención que yo fuera una de las damas de honor. Solo quería asegurarse de que llevaría el más espantoso de los vestidos en la boda de Reggie. Me lo decía mi sentido arácnido. Eleonor Banks era malvada, el villano supremo de esta historia, mi profesor Moriarty, pero a mí no iba a engañarme como a todos los demás. Por mucha cara de mosquita muerta que pusiera, yo la había calado.

―Tu acusación me duele mucho, Rosie. No es culpa mía que haya habido un problema con el transporte.

―Sí, claro. Las milongas se las cuentas a otra. O a Reggie, que parece tonto desde que está contigo. 

Salí de ahí enfurecida y fue entonces cuando empecé a darle a la petaca.

Así que… ¿cómo le cuento yo esto a Reggie, a ver? Porque claro, él la justificará, porque la quiere y cuando están juntos casi se electrocutan con tanta tensión sexual, y yo solo soy la chica con la que se besó una vez. No soy rival para Eleonor, eso está claro.

De modo que aprieto los labios en un gesto que solo desvela el gran bochorno que siento ahora mismo y accedo a quedar con ellos el sábado.

Sí, ver al chico de mis sueños comerse con la mirada a su querida mujercita es justo el plan que más me apetecía.  

Mierda. Puede que me vea obligada a volver a usar la petaca.

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Destacado

Prólogo

Cuando estás durmiendo plácidamente en una estupenda cama extra grande, con un antifaz de Betty Boop y puede que con dos copas de ginebra de más, el sonido de una llamada entrante puede resultar tan agradable como la fricción de la tiza contra una pizarra.

Al tercer toque —los primeros dos esperé paciente a que a esa persona la fulminara un rayo divino—, tanteé la mesilla con irritación y, después de tirar al suelo algo que sonó como si fuera el cristal de las gafas resquebrajándose, conseguí agarrar el teléfono y acercármelo al oído.

No vi adecuado quitarme el antifaz, por si las luces de la ciudad que nunca duerme terminaban desvelándome. Seguro que se trataba de una equivocación que, una vez solventada, me permitiría volver a conciliar el sueño de inmediato.

—Amanda Langdon —farfullé sin energías.

—Hola, Amanda. Soy mamá.

Un gemido desganado brotó de lo más profundo de mi alma. De todas las personas que podían haber llamado…

¿Por qué no los italianos para comunicarme que la huelga de Turín había acabado? ¿O mi psicólogo, para diagnosticarme alucinaciones que certificarían que nada de lo que me había pasado en las últimas dos semanas era real?

Tenía que ser ella, mi madre, el ser que se había pasado la vida deambulando de fiesta en fiesta, sin acordarse apenas de que tenía una hija en alguna parte. De no haber sido por la abuela, habría acabado en un centro de acogida de menores antes de cumplir la honorable edad de… ¡¡tres años!!

Y no es que yo le guardara rencor por viejos traumas de la infancia. Qué va. Nada más lejos de la realidad. Joyce era como era y nada podía cambiarla. Ni siquiera la odiaba por ser… bueno, como era.

El único problema es que esa noche no estaba de humor para llevar una conversación con nadie, y mucho menos con la descerebrada de mi madre.

A lo mejor me llamaba para decirme que se le había roto una uña y que necesitaba dinero para la manicura. Raras veces contactaba conmigo para averiguar si seguía viva.

—Mamá, ¿qué hora es?

—Pues… Serge, ¿qué hora es? —Sonó como si mi madre se hubiese alejado del teléfono y hubiese abierto la puerta que daba al Infierno. Escuché voces, risas y música house a todo volumen. Increíble. Estaba de fiesta—. Son las tres y cinco, cariño.

—¿De la mañana o de la tarde? ¿Y quién es Serge?

—De la mañana. ¿Qué estás haciendo?

—¡Dormir! —exclamé, con una creciente sensación de rabia y frustración en el pecho—. Algo que tú también deberías hacer a estas horas y con tu edad.

—Dios mío. Estás tan amargada como siempre, Amanda. Y yo que pensaba que a lo mejor esto de tener novio te había aplacado un poco…

Me arranqué el antifaz con gesto furioso y lo lancé al suelo.

—Mamá, ¡yo no estoy amargada! ¡Es que tú me sacas de mis casillas! ¿Por qué no estás en tu casa a las tres de la madrugada de un martes, a ver? ¡¿Quién en su sano juicio sale los martes?! ¡Tienes ya cincuenta y cuatro años!

—Cincuenta y tres —apuntilló, ofendida.

—¡Te faltan semanas para cumplirlos! ¡Madura de una vez!

—Oh, paso de ti, Doña Dramas. Déjame hablar con Steve. Es mucho más razonable que tú.

—¡Steve no está! —rugí en su oído.

A esas alturas de la trifulca, yo ya me había incorporado en la cama y aferraba el teléfono con dedos como garfios.

—¿Ves como no soy la única que se va de marcha en la madrugada de un martes?

—Mamá, Steve no está porque ¡hemos roto! ¡Ya no vive aquí!

—¿Steve te ha dejado?

¡Oh, por Dios! La santa Joyce Langdon en plan madre del año. Lo que me faltaba por oír. ¡Si nunca se había preocupado por mis sentimientos! Siempre que he llorado por alguna cosa, siempre que me he sentido vulnerable, asustada o tal vez un poco rota, ha amenazado con arrastrarme al campamento militar para que el ejército me quitara la tontería de encima. Lo que no te mata, te vuelve un poco más hija de puta. Joyce no dejaba de repetírmelo. Yo solo lloraba porque se me había mojado el pañal. ¡Tenía dos años!

¿Y por qué siempre daba por hecho que eran ellos los que le habían puesto fin a la relación? ¿No era indignante la poca confianza que depositaba en su única progenie?

—¡No! ¡He sido yo quién ha mandado a paseo a Steve!

—Porque era malo en la cama, ¿a que sí? Ahora se explica tu constante malhumor.

Solté un gritito de irritación.

—Mamá, ¡deja de decir eso! ¡Steve no era malo en la cama! Era bueno. El mejor. ¡Era la puta monda!

—Pues no lo parecía. No tenía buen culo. Y una vez lo vi bailar y, nada, ningún juego de caderas. Y, además, tú estabas siempre de tan malhumor…

Y dale con el malhumor.

—¡Yo no estaba de malhumor! ¡Vivo estresada, y tú me estresas aún más cada vez que sales de tu madriguera! —exclamé entre dientes, con voz vibrante y agresiva. Por lo general, las conversaciones con mi madre requerían paciencia divina y muchos signos de exclamación.

—¿Lo ves? Por eso te acabó dejando Steve. Eres una amargada.

—¡Que no soy una amargada! ¡Deja de dar el coñazo con eso! ¡Y fui yo quien dejó a Steve! —le grité al teléfono, con tanta furia que pequeñas partículas de saliva salieron disparadas por el aire. Mi rostro estaba torcido en un aire grotesco y tenía los ojos tan dilatados que empezó a dolerme la cabeza de tanto forzarlos. Esa mujer tenía el extraordinario don de sacarme de mis casillas como nadie en el mundo.

—Que te iba a decir, Amanda… ¿Qué tal te vendría celebrar el cumpleaños de tu madre en Las Vegas?

Me golpeé la frente con la palma y me dejé caer hacia atrás hasta que me metí una buena leche contra el cabecero de la cama. Ay.

—Oh, Dios mío —me indigné mientras me frotaba la nuca—. ¿Por eso me llamas a estas horas? ¿Necesitas que alguien te pague el viaje?

—Bueno, después de haberte criado y educado, y haber sacado algo de ti, porque eres una persona importante ahora, ¿no?, un pez gordo, digo yo que lo mínimo que podrías hacer por tu madre es invitarla a un viaje a Las Vegas.

—Mamá, tú ni me has criado ni me has educado. Fue la abuela. ¡Reacciona!

—Pero yo he sacrificado mi cuerpo por ti, listilla —repuso de inmediato. Era muy rápida a la hora de dar la réplica y defenderse de toda acusación—. ¿Tienes idea de lo duro que fue no fumarme ni un piti durante nueve meses de embarazo y sobrevivir a base de agua sin gas y la insípida comida casera de tu abuela?

—Pobrecita mía. ¿Y qué quieres, una medalla? No haberte quedado preñada a los dieciocho.

—Yo no me quedé preñada, señorita Sabelotodo. Tu padre, el muy hijo de puta, me dejó preñada.

—Es lo mismo.

—No lo es.

—Mamá, me agotas. Te regalaré ese viaje con tal de que te calles.

De manera sorprendente, no mostró el entusiasmo que yo esperaba.

—Pero vas a acompañarme, ¿verdad?

Así que se trataba de eso. Lo que le hacía falta en realidad era compañía. Se debía de haber peleado con Margot, su amiga de hazañas —seguro que por culpa de algún tío, uno grandote y lleno de tatuajes, recién salido de chirona—, y ahora no tenía a nadie con quien irse de juerga.

Pues yo no tenía pensado convertirme en ese alguien.

—Imposible. Tengo mucho trabajo en esta época del año. La gente no deja de casarse.

—Imagínate que muero dentro de un mes o dos. Te vas a sentir culpable toda la vida por no haber hecho este último viaje conmigo.

Ay, Dios. En mi horóscopo de esa semana decía que iba a haber un fallecimiento en mi familia.

¡Y Joyce era la única familia que me quedaba! Quitando a algunos primos lejanos y a un par de tías abuelas.

El corazón me dio un brinco en el pecho y me sorprendió la facilidad con la que dejé de estar cabreada y la rapidez con la que toda esa energía negativa se convirtió en preocupación.

—Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué dices eso? ¿Te ha salido mal alguna analítica? ¿Un bulto en alguna parte? ¿Tal vez ese lunar que siempre te dije que fueras a que te lo miraran?

—Yo solo te digo esto: que vas a arrepentirte.

—Mamá, por favor, dime si… ¿Mamá? ¡Mamá! —exclamé indignada. Me había colgado. Siempre había sido muy dada al dramatismo telenovelero—. ¡¿Será posible?! —me encabroné yo sola.

—¿Quieres callarte ya? —gritó mi vecino Mark a través de la pared.

—Uy. ¡Lo siento!

—¡Mañana madrugo, cabrona!

—¡Yo también, macho! Mi madre es la única que no lo hace… —añadí para mí con una pizca de envidia.

—¡Callaros los dos, coño! —terció Lily, la otra vecina.

Ay. Qué follón. Estábamos todos despiertos por culpa de mi madre.

En nuestra planta solo había tres pisos.

El problema es que antes, en los años cincuenta, no había más que uno, en el que, por lo visto, vivía un famoso escritor que montaba las mejores fiestas de toda Nueva York.

Tras la reforma, en los ochenta, alguna mente privilegiada había dividido el piso en tres —la gente ya especulaba con el mercado inmobiliario para entonces—, pero los muros que separaban cada vivienda eran tan finos como hojas de cebolla. Mark, Lily y yo estábamos al tanto de todo lo que pasaba en los pisos adyacentes. Nos habíamos hecho amigos porque, más que vecinos, éramos compañeros de piso.

Ellos me habían consolado después de haber roto con Steve, yo le había enviado flores a Lily cuando su novia se marchó en mitad de la noche después de una bronca de campeonato, y Mark nos había invitado a las dos a un brunch en el Plaza y nos había asegurado que el amor es una mierda y que lo mejor que se puede hacer hoy en día es mantenerse célibe.

A él le iba muy bien la soltería. Tenía una novia nueva todos los sábados. Los domingos volvía a estar soltero y abrazaba con gran deleite la rutina Pijama-Comida Basura-Mando.De.La.Tele.Solo.Para.Mí. Una perfecta vida cosmopolita que nos aconsejaba probar cuanto antes. Lily y yo le habíamos dicho no, gracias. Las dos aspirábamos a algo más.

Mark se había encogido de hombros con gran desdén y se había pasado el resto del brunch tirándole los tejos a la rubia de la mesa de al lado. Nuestra actitud conservadora le aburría horrores. Si queríamos esperar al príncipe azul, allá nosotras. Mark y la chica rubia tenían otros planes para la velada.

Como no podía ser de otra manera, Lily y yo nos habíamos enterado de todos los detalles espeluznantes. Con esos muros era imposible hacer oídos sordos.

—Buenas noches —les dije a los dos con un suspiro melancólico.

—Buenas noches —gruñó Lily, agotada. Ser cajera en un supermercado mientras se espera la oportunidad de brillar en Broadway resultaba fatigoso.

—Dulces sueños, Amanda.

Entorné los párpados, crucé las manos sobre el pecho como el conde Drácula y en el silencio de la noche se escuchó una profunda exhalación.

—Deja fluir la ira, Amanda. Respira hondo. Respira —farfullé mientras cogía profundas bocanadas de aliento, que acto seguido soltaba de forma pausada.

No, algo fallaba.

Abrí los ojos y miré fijamente la oscuridad.

Mierda. El antifaz de Betty Boom estaba demasiado lejos como para recuperarlo.

Bueno, ¿y qué más daba? De todas formas, ya me había desvelado. Mis sueños iban a ser tan dulces como la tónica.

Bajé los párpados, me coloqué bien la almohada y mis pensamientos se volvieron profundos.

Me pregunté por qué se consumía tanta tónica a nivel mundial. No se me ocurrió ninguna respuesta. Yo no le veía la gracia. A no ser que se tomara como medida de profilaxis contra la malaria…

De pronto, empecé a notar un pinchazo en el lado derecho del estómago. Ay. ¿Y si era malaria?

Políticamente correctos

Mi vida era perfecta.

No, no, en serio, no es ninguna exageración. Hay gente que quiere un coche más veloz o una casa en Connecticut o un prometido que no empiece a perder pelo a las tres semanas de irse a vivir juntos.

Yo no quería nada de nada. Era feliz tal y como estaba. Tenía el trabajo de mis sueños, un novio al que quería, una cantidad razonable de celulitis en los muslos….

Lo tenía todo, joder.

Y de no haber sido por los dichosos italianos y su estúpida lucha sindicalista, nada de todo esto estaría pasando ahora.

Permitidme que me explique. Mi vida se jodió el mismo día que empezó la huelga en Turín. Es decir, dos semanas antes de la inoportuna llamada de mi madre en mitad de la noche.

Yo vivía en Nueva York, así que, en teoría, no tendría por qué afectarme un parón producido a más de seis mil kilómetros de distancia.

En teoría.

En la práctica, un parón en la fábrica de Turín era un desastre con MAYÚSCULAS. Una catástrofe. Una plaga bíblica peor que las diez plagas de Egipto juntas.

Y todo porque Missy Vanderbilt se iba a tener que casar con unos manteles mediocres de color beige satinado, cuando ella había especificado, subrayado y reiterado millones de veces que los manteles tenían que ser de color beige RO-SA-DO.

¡Una boda en el Plaza!

¡Una prima lejana de la familia Vanderbilt!

Estaba acabada, jodida, destrozada, y eso solo era el comienzo de mi interminable lista de adjetivos. Ya podía irme a un campo de Iowa a plantar mazorcas, porque en Nueva York nadie iba a volver a trabajar conmigo después de haberle arruinado el mejor día de su vida a Missy Vanderbilt.

Tal era mi ansiedad que me paseaba de un lado al otro de mi aséptico despacho con vistas al Empire State y me retorcía las manos de preocupación mientras, a mis espaldas, la extravagante Andrea, mi secretaría, con unas enormes gafas amarillas colgándole por la nariz y un imposible vestido turquesa de algún famoso diseñador millennial con una clara adicción a sustancias estupefacientes, hacía decenas de llamadas telefónicas a Italia para convencer a los despiadados sindicalistas que era de importancia internacional parar la huelga el tiempo justo como para acabar los condenados manteles de Missy Vanderbilt.

Andrea y yo éramos como el día y la noche. Yo, rubia. Ella, morena. Yo, clásica. Ella, atrevida. Pero en el trabajo hacíamos un buen equipo. Nos completábamos, y eso, de alguna forma, equilibraba la balanza.

A veces, Andrea era el soplo de aire fresco que me hacía ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando tendía a encasillarme en lo tradicional, ella decía o hacía algo que rompía por completo mis esquemas y el resultado final era perfecto. Sin pecar de falsa modestia, mi trabajo, nuestro trabajo, se resumía a una sola palabra: perfecto. ¿Quieres la boda de tus sueños? Contrátanos y despreocúpate. Cogeremos un día normal y corriente y lo convertiremos en algo inolvidable. Repartíamos más felicidad que Papá Noel, aunque, con esta boda, habíamos arrancado mal y, según avanzábamos, nada estaba saliendo según lo previsto.  

Miss Vanderbilt es una molto importante persona en Nueva York —estaba diciendo Andrea en ese momento, de forma muy pausada, para que los italianos se enteraran bien—. ¡Y estamos hablando del Plaza! Entiéndalo, no podemos llevar cualquier mantel, incluso si alguien consiguiera imitar el beige rosado de los manteles de Turín, cosa que dudo. Vaffanculo? —Andrea colgó el receptor dorado, se volvió con la silla y torció el rostro en un gesto de confusión—. ¿Qué ha querido decir con vaffanculo?

Me desplomé sobre el sofá y hundí la cabeza entre las manos.

—Ay, Dios mío. Esto es un desastre. ¿Qué clase de maíz crees que debería plantar? ¿El maíz dulce o el maíz de palomitas? Oh, Andrea, ¿querrás trabajar para mí en Iowa? Porque, para serte sincera, no sé qué haría sin una secretaría. ¡Ni siquiera me acordaría de tomarme la píldora! ¡Granjera y preñada! ¿Cómo he echado mi vida a perder de esta forma? Dios Santo, me estoy convirtiendo en mi madre. ¿A que sí? ¿A que parezco a mi madre en este momento? Fíjate bien en mis patas de gallo.

Vale, de acuerdo, quizá eso sonara un tanto melodramático.

Pero si pensáis eso es porque no conocéis a la zorra de Missy Vanderbilt. Estoy segura de que, cuando la madre de Missy notó la primera contracción, Satán empezó a santiguarse de angustia en los confines del Infierno.

¡Ni siquiera hay epítetos lo bastante malignos como para definir a Missy Vanderbilt!

Para su fiesta de compromiso, también en el Plaza, cambió de opinión dos horas antes de que llegaran los invitados y pasamos de tener una fiesta con temática Desayuno con Diamantes a organizar un evento en el que todas las mujeres tenían que disfrazarse de flapper girls[1]. Miss Vanderbilt se había saltado cuatro décadas sin despeinarse. Tuve que cambiar toda la decoración en tiempo exprés, por no hablar de despedir a la banda de música y encontrar a otros que supieran algo del jazz de los años veinte.

¿Y acaso recibí un agradecimiento por parte de Missy? ¿Un cheque regalo de Amazon? ¿Una mísera mención en Instagram?

Por supuesto que no. Dijo que la fiesta había sido mediocre porque los pastelitos tenían forma de estrella. ¿Algún neoyorquino ha visto alguna vez las estrellas? ¡Por supuesto que no, como sea que te llames!

—Las estrellas son para paletos que viven en el campo —añadió después de eso—. A mí me gustan los diamantes. Soy una chica con clase.

Pedí fuerzas a Dios y luego al Diablo, por si acaso Dios estuviera demasiado ocupado con sus tareas divinas.

Tenías una fiesta con diamantes y clase. —Que mascara las palabras de esa forma significaba exactamente lo que ya habéis adivinado: intentaba tragarme la oleada de furia que me instaba a retorcer el esquelético pescuezo de Missy—. Cambiaste de idea dos horas antes de que llegaran los invitados.

—Alyssa, yo soy un enfant terrible[2]. Me enteré por una película que vi esta mañana.

—¡¿Una película?! Quieres decir que todo este follón de tirar la comida y preparar otra, mientras que en África hay gente que se muere, literalmente, de hambre, ¿se debe a que viste una película?

Sujetadme, que me la cargo.

—Fue una revelación. —Durante unos momentos, Missy se quedó colgada, como si se hubiese pasado con la marihuana. La miré incrédula, con ganas de chasquear los dedos para hacer que reaccionara. También sopesé la idea de sacudirla, pero justo entonces volvió en sí y su insufrible sonrisa zen volvió a asomar—. He comprendido que necesito algo vanguardista e innovador en mi vida. Admitámoslo: tu muermo de fiesta sesentera no pegaba en absoluto conmigo.

Sinceramente, para conseguir que la fiesta pegara con Missy Vanderbilt, habría tenido que traer calderos de brea del mismísimo Infierno y servir refrescos de azufre en la barra.

En cuanto a la música, lo único adecuado hubiera sido contratar a un cuatrero de ángeles que hicieran sonar las trompetas del Apocalipsis.

Dios, ¡cómo odiaba a Missy Vanderbilt!

—Sabía que esa mujer pondría fin a mi existencia —me lamenté de nuevo—. Lo supe en cuanto puso un pie en este despacho. Pero pensé que acabaría en un manicomio, no en un campo de maíz.

—Creo que estrás exagerando un poquitín.

Abrí la boca para decirle a Andrea que no exageraba en absoluto, pero sonó el teléfono y ella tuvo que descolgar.

—Despacho de Amanda Langdon. Ajá. Ajá. Ajá. Se lo diré. A usted. Adiós, adiós.

—¿Qué pasa ahora? —me inquieté. Cada vez que sonaba el teléfono, me enteraba de alguna desgracia.

—Era tu vecino de abajo otra vez. Ahora dice que te has dejado el grifo de la bañera abierto y que le estás inundando el piso.

Abrí la boca con un pez al que alguien acababa de sacar fuera de su acuario.

—¡Eso es imposible! No he usado la bañera esta mañana.

—A lo mejor ha sido Steve.

—¿Steve? No puede ser. Steve se marchó al trabajo una hora antes que yo. Si el agua hubiese estado corriendo, me habría dado cuenta mientras me maquillaba.

—Está claro que la boda de Missy Vanderbilt te tiene un poco estresada. Quizá abrieras la bañera en un acto reflejo, porque tu cerebro intentaba trasmitirte que necesitas tomarte un descanso.

Mi rostro adoptó una expresión indulgente.

—¿Andrea?

—¿Jefa?

—Deja de comprar mierdas psicológicas en Amazon. Mi subconsciente no intentaba transmitirme un carajo.

—Ay, chica, eres tan difícil como Missy la terrible Vanderbilt. Yo solo intentaba darte ánimos para que no pensaras que te estás volviendo senil.

—¡No me estoy volviendo senil! —me defendí, indignada.

—Pues cualquiera lo diría —refunfuñó Andrea para sí.

Le puse mala cara y solté un soplido severo.

—Por Dios, qué día. —Me llevé las manos a la cabeza y me atusé el pelo, aunque no había mucho que atusar porque siempre lo llevaba recogido en una perfecta coleta baja—. Lo del agua era justo lo que me faltaba. Ahora voy a tener que ausentarme durante una hora o dos.

Andrea tenía unos ojos verdes muy intensos que en aquel momento se abrieron con un chasquido.

—¿Qué? ¿Hoy? ¿Has perdido la chaveta? ¡Dentro de tres horas tenemos una cita con Missy!

—¡Lo sé!

¿Por qué nos estábamos comunicando a gritos? Estábamos muy cerca la una de la otra.

—¿Y qué se supone que debo hacer yo si no llegas a tiempo?

—He aquí una idea. Di que sí a todo, por muy disparatado que te parezca.

Andrea, como cualquier otro ser que tenía que tratar con Missy, se puso histérica ante la idea de una reunión a solas.

—¡¿Y si me pide una boda en el espacio?!

Puse los ojos en blanco, abandoné el sofá y crucé el despacho en dirección al perchero, en el que había dejado colgado mi bolso Prada, un exquisito ejemplar de color beige, que me había regalado a mí misma tras la boda del soltero más codiciado de Nueva York, cuando las cosas aún marchaban bien en mi trabajo, los sindicalistas se conformaban con lo poco que les daban y Dios tenía bastante consideración como para no programar una tormenta el día del enlace.

—¡Jefa!

—Ay, mira que eres pesada. No va a pedirte una boda en el espacio —la tranquilicé desde la puerta, volviéndome con el bolso y las gafas de sol en la mano—. Esto es Nueva York, cariño. Aquí todo el mundo quiere casarse en el Plaza.

—Missy Vanderbilt no es todo el mundo. Imagínate que echan E.T. justo antes de su boda y a Missy se le ocurre la genial idea de casarse en Marte.

—Pues será mejor que empieces a llamar a las cadenas de televisión y les pidas que echen Sexo en Nueva York. Mister Big celebra su compromiso en el Plaza.

—Lo cual le parte el corazón a Carrie Bradshow. Eso podría acojonar a Missy hasta el límite de replantearse el lugar de la ceremonia. ¡Yo no respondo de la actividad de mi estómago si no hay gravedad de por medio! ¡Quedas avisada, jefa!

Puede que mi conversación con Andrea pareciera un tanto surrealista, pero no hay nada lo bastante surrealista cuando Missy la jodida Vanderbilt está de por medio.

—¡Pues arréglalo! ¿Para qué te pago? Di-os. Necesito ir a un balneario ya. Uno de esos que te confiscan el móvil.

—O puedes cargarte a Missy e ir a prisión. Seguro que ahí también te confiscan el móvil. Y, además, te saldría gratis la estancia.

La miré sin pizca de humor.

—Muy graciosa. Desternillante. Me voy. A estas alturas, el pobre señor Evans estará nadando entre patitos de goma. Seguro que lleva puesto el gorrito de dormir. Deberías verle. Es igualito a Scrooge.

—¡Espera! ¡No te marches! ¡No me pagas lo bastante como para que esté obligada a tratar con la jovencita Mefistófeles!

Para entonces, yo ya estaba en el ascensor. Andrea intentó colarse dentro para seguir dándome la matraca, pero la saqué de ahí de un empujón y me quedé bloqueando la puerta. Parecía una cruz de San Andrés humana.

—Andrea, sé una adulta.

—¡No quiero ser una adulta!

—Pues te jodes. Es lo que hay. ¿Debo recordarte que la que manda aquí soy yo y que el pago de tu alquiler depende de mí?

Andrea me atravesó con la mirada y movió la cabeza como diciendo no serías capaz.

Enarqué una ceja, para que la idea cuajara mejor, y una auténtica estupefacción se dibujó en su semblante. De acuerdo, no me sentía capaz de despedir a alguien que cumplía con su trabajo, pero ella no tenía por qué saberlo.

Las puertas emitieron un pitido. Me aparté y la seguí mirando desafiante. Había que dejarle claro quién era la jefa.

Por fin se cerraron las puertas, el ascensor empezó a descender y pude gozar de un momento de paz, que acabó en cuanto me vi en la calle, enfrentada a toda una marea de transeúntes trajeados y neuróticos que caminaban en dirección contraria a la mía. Adoro Nueva York, pero hay cosas que sencillamente me sacan de mis casillas.

—Disculpe, usted perdone, dispérsense. ¡Ta-xi! —Hice una señal con la mano y apreté el paso hacia la calzada al ver que uno de los codiciados coches amarillos se acercaba al bordillo.

Por primera vez en los diez años que llevaba viviendo en Nueva York, un taxi se detuvo a la primera llamada. Los astros se estaban alineando por fin a mi favor. Con un poco de suerte, antes de que acabara el día me llamaba la comercial de Turín para decirme que mis manteles ya venían rumbo a Nueva York y llegarían con tres días de adelanto y un quince por ciento de descuento por las molestias causadas. Una llamada así habría estado bien, para variar.

Justo estaba a punto de abrir la puerta, cuando una mano salió de ninguna parte y se dispuso a hacer lo mismo que yo.

—Disculpe, el taxi es mío —lo detuve, indignada.

—De eso nada —repuso el tipo trajeado, algún bróker, seguro. Percibí agresividad en su mirada y dependencia a la cocaína en las venitas de su nariz—. Hemos llegado los dos a la vez.

—Sí, pero en mi caso se trata de una emergencia climatológica. África se está secando y yo estoy malgastando los recursos de la madre tierra. ¿Adónde va usted? ¿A hacerse una revisión de próstata?

¡Chúpate esa, tiburón de Wall Street!

Aprovechando su momentánea perplejidad, monté dentro del taxi con aires de triunfo.

Cuando se quiso dar cuenta de que le acababa de hacer la trece catorce, yo ya estaba casi en Tribecca.

—Sin duda, es mi día de suerte —le dije al taxista con una enorme sonrisa.

—Me alegro por usted —respondió secamente.

No hice el menor caso a su tosquedad y me puse a escribir correos electrónicos en mi iPhone. Si era cierto que mis manteles no iban a llegar a tiempo, necesitaba el plan B.

Yo siempre tenía un plan B, por si las cosas se acababan torciendo.

Aunque esta vez mi plan era vil, nada ético y, para ser justos, lo más probable es que fuera una estafa textil. Pero me dije a mí misma que, a tiempos desesperados, medidas desesperadas, y pulsé enviar. Ah, ¡qué fácil resulta vender tu alma al Diablo! 

Antes de salir del atasco, ya había pactado la compra de quinientos manteles con una fábrica de China. Missy no podía enterarse jamás. Ese sería un secreto que me llevaría a la tumba. Con suerte, no se daría cuenta del cambiazo si los chinos eran escrupulosos con el color y el acabado.

Dios Santo, ¡iba a acabar en un campo de maíz! ¡O en prisión!

Quise echarme a lloriquear, pero ya habíamos llegado a mi casa, así que me recompuse como pude, le pagué al taxista lo que le debía y crucé la calle, corriendo en dirección a mi portal.

O, al menos, crucé todo lo deprisa que una puede cruzar con una falda lápiz muy ajustada en la zona de las rodillas y unos tacones de doce centímetros.

Lo cual, a decir verdad, no era demasiado.

En el vestíbulo recuperé la compostura, me alisé la falda y caminé con elegancia hacia el ascensor, por si acaso me cruzaba con algún vecino.

Vivía en un edificio de ocho plantas con fachada de piedra arenisca, que a mí me evocaba el idílico Nueva York de Bogart o de Audrey Hepburn. Me encantaba mi casa, a pesar del ruido que se colaba de un piso al otro. Ojalá hubiese sido lo bastante rica como para comprar los tres pisos juntos. Así solucionaba el problema de los ruidos de una vez por todas.

Pero en Nueva York el mercado inmobiliario estaba siempre al alza, y yo, que era muy prudente, prefería comprar solo lo que me podía permitir. Palabras como hipoteca o línea de crédito no iban conmigo. Me gustaba la tranquilidad que confería una buena cuenta de ahorros. Por no hablar de los seguros, que casi me producían espasmos orgásmicos. No hay nada mejor que un seguro a todo riesgo.  

Solté un pequeño suspiro de bienestar burgués al saberme a salvo de cualquier imprevisto de la vida, monté en el ascensor y mantuve presionado el botón de la quinta planta hasta que el viejo trasto reaccionó. Ya me disculparía luego con el señor Evans. Lo importante ahora era poner fin al problema.

Nada más entrar en el vestíbulo de mi casa, escuché el ruido del agua correr. Supongo que hasta aquel momento había conservado la esperanza de que el señor Evans fuera un anciano senil que se inventaba cosas. Puede que me marchara de la oficina solo para no tener que escuchar a Missy gritándome.

Por culpa de la crisis de los manteles, mi autoconfianza se había visto debilitada y ya no me veía capaz de enfrentarme a los dragones como un valiente San Jorge vestido de Carolina Herrera. ¡La culpa de todas las desgracias la tenían los sindicalistas de Turín! Esperaba que el karma lo tuviera muy presente.

Por desgracia para mí, las cosas no salieron como yo las había planeado y, lo que iba a ser una breve visita a mi madriguera para recordarme a mí misma quién era y todo el potencial que tenía como organizadora de bodas — dijese Missy lo que dijese—, acabó convirtiéndose en una pesadilla digna de Elm Street, porque, por encima del ruido del agua, escuché otra clase de sonido, inequívoco, sensual, que me hizo aguzar las orejas como un gato cazador.

—Oh, sí. OOOHHHH, SSSSSÍÍÍÍÍÍ.

Vaya por Dios. Mark, mi bohemio vecino, se había traído a una chica a casa.

Puse los ojos en blanco y negué con el aire contrariado de alguien que se cree moralmente superior a los demás. Ese Mark no tenía remedio. Menudo mujeriego.

Mark era pintor, pero el arte iba tan mal que había acabado de vigilante en un museo. ¿Le habían despedido o por qué estaba en casa a esas horas?

—¡Ohhh, Steve! —exclamó la chica, casi al borde del éxtasis.

Una señal de alarma se encendió en mi abotagado cerebro, pero de inmediato busqué una explicación plausible, que aplacó incluso a mis neuronas más desconfiadas: lo que pasa cuando mantienes esta clase de relaciones low cost es que la gente con la que te acuestas ni siquiera se esfuerza en aprenderse tu nombre. ¡La chica se pensaba que Mark se llamaba Steve! ¡Como mi novio! ¿No era hilarante?

—Ahí, AHÍ, OOOOHHHHH, justo ahí. Oh, Dios mío, ¡Fuller, eres el puto rey!

Hombre, igual oír el nombre de mi novio en labios de una chica al borde del orgasmo debería haberme dado alguna pista al respecto, pero no fue hasta que ella gritó también su apellido cuando comprendí lo que estaba realmente pasando bajo mi techo, bajo mis narices y en mi jodido colchón de tres mil dólares, un regalo que le había hecho a Steve nada más mudarse a mi piso.

En un robo, era lo único que se podrían haber llevado los ladrones. Era el objeto más caro de toda la casa. Eso, y mi plancha de pelo.

El colchón lo había comprado porque Steve se quejaba de dolores de columna y yo quería lo mejor para él. ¡Y así era cómo me lo estaba pagando ahora! Miserable rata de alcantarilla.  

Por fin comprendí para qué quería un colchón tan caro. Y no, no era para corregir la postura de la columna ni porque le dolieran las cervicales.

Mi indignación era tan grande que me propulsó al dormitorio a una velocidad que habría hecho santiguarse al mismísimo Yuri Gagarin.

La escena que me aguardaba ahí era…

Bueno, si cambiaba de ángulo…

No, qué va. Seguía siendo grotesco.

Me sorprendió que nadie se desgarrara el glúteo con una postura así. Desde luego, eran los dos muy flexibles. Porque enroscarse de esa manera tenía su intríngulis.

—A mí ya no me hace esas cosas —le dije a la chica, como la indiferencia del que informa que va a llover en Boston y le da igual, porque vive en Florida—. Lo que te está golpeando ahora es la uretra, ¿sabes? Te tocará ir al baño cada cinco minutos durante al menos tres días. Muy desagradable —aseguré con férrea convicción.

—¡Amanda! —gritó Steve, desenroscándose lo más rápido que le fue posible—. Cielo, qué temprano llegas. Esto… esto no es lo que parece.

—No me digas —repuse, cruzada de brazos en el umbral. Mi rostro revelaba la misma expresión que adopté en clase de biología el día que tuvimos que disecar a una rana: asco, morbo, deseos de querer estar en cualquier otra parte menos ahí…

—¡Me dijiste que no estabas casado! —acusó la pobre chica, una criatura muy ingenua que se bajó de la cama, envuelta en la sábana que me había regalado mi abuela justo antes de morir, y empezó a vestirse a toda prisa.

El agua de la bañera seguía corriendo e inundando el baño del señor Evans, pero a nadie le importaba a esas alturas.

—Amanda, cielo, déjame que te lo explique.

Steve, apuntándome con su cada vez más arrugada erección, vino hacia mí como un gato zalamero. Deseé tener un flus flus lleno de agua para poder pulverizársela en la cara, como a los gatos que arañan el sofá.   

—Largo de mi casa —exigí, inflexible.

—Pero…

—Hemos acabado, Steve. Estúpida, estúpida, rana —farfullé para mí mientras daba media vuelta y me dirigía enfurecida al baño—. Quién tuviera un bisturí ahora.

—¡Soy adicto al sexo! —exclamó Steve a la desesperada—. ¡No puedes dejarme por eso!

Frené en seco en medio del pasillo, me giré con una lentitud digna de la niña de El Exorcista y lo miré con expresión perpleja. ¿En serio? ¿Era capaz de inventarse una enfermedad como esa para justificar por qué no había sido capaz de mantener la bragueta cerrada? Oh, qué rastrero. La gente con una adición debería fusilar a Steve por tomarse a broma su enfermedad.

—No eres adicto al sexo. Lo que eres es un grandísimo hijo de puta. ¿Para esto querías el colchón?

—No, cariño, claro que no. Por favor, déjame que te explique lo de hoy. Ha sido… ¡Nunca antes había pasado!

Cuando quiero, puedo ser tozuda como una mula, y ahí me planté, negándome a escuchar ni una palabra más.

—Se acabó, Steve. Recoge tus cosas y lárgate de mi casa.

Y, aunque Steve intentó hacerme cambiar de opinión y me siguió de camino al baño, me mantuve en mis trece.

Con él suplicando y lloriqueando palabras que apenas comprendí, corté el agua de la bañera (lo que había en el baño era indescriptible y no quería pensar en ello) y me di prisa por marcharme de ahí cuanto antes. Comparado con aquello, era preferible escuchar la interminable sarta de quejas de Missy Vanderbilt.

—Ah. Y la próxima vez que quieras ponerle los cuernos a alguien, no te dejes abierto el grifo de la bañera. ¡Gilipollas! ¡Que ni para eso vales!

Di un portazo teatral y bajé las escaleras deprisa para ir a disculparme con el señor Evans.

Eso fue aún peor que encontrarme a Steve enroscado en una postura antinatural. Tuve que escuchar una perorata de casi un cuarto de hora.

Mi aspecto se volvió cada vez más aburrido conforme se eternizaba la charla, aunque en ningún momento dejé de asentir después de cada frase. Lo de asentir es una estrategia muy buena. Da la impresión de que estás escuchando de verdad, cuando lo cierto es que solo ves unos labios moviéndose.  

—¡Es inadmisible, señorita Langdon!

—Inadmisible, inadmisible —le di la razón.

—¡Un escándalo!

—¡Un verdadero escándalo! —apuntillé, tan indignada como él.

—En los sesenta, ¡qué tiempos!, vivía ahí ese escritor que ahora se ha hecho famoso, ¿cómo se llama? —El señor Evans no se acordaba y agitó frustrado sus blancos cabellos. Parecía Doc, el de Regreso al Futuro, pero solo porque no llevaba el gorrito de Scrooge—. Bueno, el caso es que ese escritor nunca dio problemas, y mire que era escritor, que luego son peores que las estrellas del rock, porque claro, se quedan sin inspiración y entonces beben sin parar. Y, ¡hala, fiesta!, ¡y otra fiesta! Pero nada, ningún problema, jamás se dejó los grifos abiertos. Porque, ¿cómo se puede dejar alguien los grifos abiertos, señorita Langdon? ¿Es que a esto ha llegado la humanidad? ¿A tener tanto dinero como para no preocuparse más por la factura del agua o las reformas que hay que hacer?

Y así durante quince interminables minutos.

Porque, claro, a él el baño alguien se lo tendrá que arreglar, porque la pintura del techo ya se está cayendo a cachos, lo cual es una vergüenza, un escándalo, un atropello y una atrocidad.

—No se preocupe —intervine cuando Doc, entre queja y queja, se detuvo a coger aliento—. Llamaré al seguro para que vengan a arreglarlo cuanto antes. Ahora de verdad que tengo que marcharme. Estoy teniendo un día espantoso en el trabajo y…

—Y en casa, y en casa. Porque ese novio suyo que está todo el día dale que te pego en cuanto usted se marcha a trabajar…

Se me desencajó la mandíbula. Por un segundo creí que me la había dislocado.

—Un momento. ¿Usted sabía que Steve andaba poniéndome los cuernos?

—¿Saberlo? Es el primer punto del día en todas las reuniones de vecinos. El ruido que hace esa cama es infernal. IN-FER-NAL, señorita Langdon. Todos los días interrumpe mis clases de meditación. Así no hay quien llegue al Nirvana. Se lo he dicho a su novio decenas de veces.

Estupendo. Era oficial: me había convertido en la cornuda de Nueva York.

—¡¿Y por qué nadie me lo dijo a mí?! —me escandalicé, arrepintiéndome de inmediato de la nota de histeria que se había filtrado a través de mi voz.

—Porque usted no le cae bien a nadie. Siempre se pavonea por los pasillos, con esos tacones demoníacos que me ponen los pelos de punta y su aspecto pretencioso, y nunca se para a hablar con nadie. No está usted integrada en el edificio.

Mi mandíbula se desencajó aún más. Creía que lo bonito de Nueva York era exactamente eso: que nadie conocía ni tenía necesidad de conocer a sus vecinos.

—¿Caigo mal a la gente? —me horroricé.

El señor Evans se dio cuenta de que había hablado de más y batió en retirada.

—No, no cae mal a la gente. Solo que…  no le cae bien a nadie.

—¡Eso no es cierto! —me defendí indignada—. Le caigo bien a Mark y a Lily.

—¿El albañil y la bollera? —repuso el señor Evans con el ceño fruncido.

—Decir bollera es políticamente incorrecto —informé de inmediato.

—Por eso cae mal a la gente. Es usted muy quisquillosa.

—¡Yo no soy quisquillosa! Y Mark no es albañil. Es pintor.

—Pues a ver si el pintor me arregla el techo del baño, porque vaya estropicio me ha hecho usted.

Ay, Dios. Necesitaba una copa. Una muy cargadita. Así, a lo James Bond. Mezclada, no agitada.

—No, no es esa clase de… ¿Sabe qué? Olvídelo. Siento mucho las molestias. Le prometo que lo arreglaré cuanto antes —aseguré, recuperando mi expresión preocupada y, a la vez, comprensiva.

El señor Evans, de mala gana, dejó de estar tan gruñón e hizo una mueca casi condescendiente.

—Está bien. Avíseme cuando sepa algo del seguro.

—Lo haré. Adiós, señor Evans.

—Adiós, señorita Langdon. 

Me giré sobre mis stilettos de doce centímetros de tacón y me di de bruces… conmigo misma.

Un enorme espejo cubría toda la pared a esa altura del pasillo.

Me lancé una mirada de arriba abajo. ¿Era pretencioso mi aspecto y por eso caía mal a la gente?

Ladeé el cuello hacia la izquierda y me examiné con ojo crítico, tal y como habría hecho un desconocido. ¿Qué percibía la gente cuando me miraba por primera vez? ¿Qué era lo que proyectaba yo? Llevaba un traje blanco rosado de falda lápiz y chaqueta entallada, y mi pelo rubio estaba pegado al cráneo, recogido en una práctica y eficiente coleta baja. Mis orejas eran pequeñas, al igual que mi nariz, y en mis demás rasgos no había nada fuera de lo común.

Ahora que me miraba con atención, tenía un rostro más bien normalito. Ojos azules sin ninguna gracia y facciones correctas, aunque no espectaculares.

No es que fuera fea, ni siquiera en ese momento, que estaba frunciendo el ceño de forma amenazadora, mi única reacción ante el desastre que estaba socavando los cimientos de mi perfecta vida.  

No, no era fea. Solo que no era sexy. Podía parecer correcta, eficiente, profesional, pero nunca sexy.

No era como esa Megan Fox enroscada alrededor de Steve.

Y sí, puede que la ropa me diera un aspecto un poco pretencioso. Mi trabajo lo requería. ¿Acaso era un crimen vestir con corrección?

Recordé el aspecto de mi rival mientras se vestía en la oscuridad de mi dormitorio, con unos vaqueros push up que resaltaban su trasero y un top que dejaba a la vista gran parte de su terso abdomen.

Bueno, más que un top, era un pañuelo envuelto alrededor de su torso. Si alguien me hubiese dado papel y lápiz, habría podido reproducirla a la perfección, tatuaje en la parte baja de la espalda incluido. Una serpiente. Una gran y peligrosa serpiente. Ssssssss.

Sentí cierta envidia. Mi abdomen no había estado así de terso ni siquiera cuando pesaba cincuenta y cinco kilos. Ahora pesaba cincuenta y ocho. A lo mejor por eso me había puesto Steve los cuernos. No tenía que haberme comido aquel brownie en nuestra última cena fuera de casa.

Me abofeteé mentalmente en cuanto dejé brotar el pensamiento. Las mujeres tenemos que dejar de hacer eso, dejar de echarnos la culpa a nosotras mismas cada vez que los tíos la cagan. No era culpa mía que Steve fuese un gilipollas. La culpa era por completo suya. Yo no me merecía que me pusieran los cuernos. Había sido una buena novia, una novia ejemplar.

Se me vino a la cabeza el recuerdo de aquel día en el que Steve me había pedido que le planchara una camisa porque a él no le iba a dar tiempo y yo se la quemé.

Hice una mueca.

Vale, puede que ejemplar no fuera la palabra más acertada. Pero al menos había sido una novia correcta.

Ese concepto me produjo un repentino y sorprendente mosqueo. No dejaba de repetirse en mi cabeza, y de repente comprendí que la palabra correcto no era un buen epíteto. Facciones correctas, ropa correcta, comportamiento correcto, novia correcta. ¿Esa era yo? ¿Toda corrección? ¿Una chica políticamente correcta que siempre decía lo que había que decir y nunca metía la pata de una forma que pudiera ser considerada traviesa, brillante, rebelde, transgresora, atrevida o divertida?

No quería ser correcta. Quería ser sexy o impactante o inolvidable o…

No pude seguir buscando adjetivos. El teléfono sonó dentro del bolsillo de mi chaqueta y tuve que descolgar. Era Andrea.

—Falta una hora para la reunión con Missy. ¿DÓNDE estás?

Solté un interminable suspiro. Aparte de correcta, también era puntual y moñas y una escrupulosa trabajadora…

—Tranquila. Estoy de camino.

Colgué, gruñí disgustada y cogí el ascensor, dando las gracias al universo por no haberme cruzado con Steve o con su novia la acróbata. Habría sido un espanto. El ascensor era antiquísimo y tardaba toda una eternidad en llegar a la planta baja. ¿De qué habríamos hablado durante el trayecto? ¿Del pene de Steve? Era lo único que teníamos en común.

Presioné el botón de la planta baja con los párpados medio entornados y me obligué a mantener la mirada clavada en las puertas, pero no pude resistirme y los ojos se me fueron de nuevo hacia el espejo.

¡Incluso mi postura corporal era correcta! Espalda recta, el bolso colgando del antebrazo derecho, y toda yo vestida de colores neutros. ¡Los colores neutros no destacan!

—Pareces una enorme tarta de bodas —le dije a mi yo del espejo—. Una tarta que nadie va a comerse.

Ay…


[1] Flapper: anglicismo utilizado en 1920 para referirse a un nuevo estilo de vida de mujeres jóvenes que desafiaban lo que era considerado socialmente correcto.

[2] Enfant terrible (francés: niño terrible): se refiere a una persona brillante y trasgresora, cuyas opiniones se apartan de lo convencional y son innovadoras o de vanguardia en el arte. 

UN PERFECTO DESCONOCIDO: PRIMEROS CAPÍTULOS

Destacado

Érase una vez una princesa, blanca como la nieve…

 

1

La muerte camina más rápido que el viento

y nunca devuelve lo que ha tomado.

Hans Christian Andersen

El destello de luz refulgía con toda claridad en medio de la montaña nevada, doblegando la oscuridad a su alrededor como uno de esos faros que indican el camino a los marineros perdidos.

Elena rompió a llorar. Alivio y desesperación se debatían en su interior con tal violencia que no pudo contenerse más y, vencida por el peso de sus aplastantes emociones, cayó de rodillas hasta hundirse sus palmas en la nieve, cuya frialdad ya no sentía escocer contra su piel.

Cualquier concepto parecía insuficiente para abarcar el bullicio de sentimientos que la gobernaban y, desde luego, ella no tenía aliento para pronunciar ningún sonido aparte de aquellos silenciosos sollozos. Solo podía llorar y enfocar la luz.

Llevaba horas enteras perdida en medio de ese maldito infierno blanco, enfrentándose a una ventisca letal y a un frío como jamás había conocido.

Había vagado como un fantasma a través de bosques y riachuelos congelados, había trepado colinas empinadas y descendido por valles ominosos, y en todo momento se había sentido abandonada tanto por la esperanza de encontrar ayuda, como por la fe en un Dios todopoderoso que fuera a salvarla.

Había estado convencida de que iba a morir ahí, en el zaino corazón de esas montañas nevadas. Incluso se había resignado a ello. ¿Qué otra cosa podía hacer excepto aceptar su acuciante destino? Le gustase a ella o no, morir era un desenlace que se estaba volviendo ineludible con el paso de los segundos.

Sin embargo, ahora, al igual que un náufrago que atisba tierra, vio esa luz a lo lejos y supo que aún había una débil esperanza de sobrevivir.

Y si la había, tenía que agarrarla como fuera. Tenía que encontrar una manera de llegar hasta la casa y buscar ayuda.

Lo lograrás. Llegarás hasta ahí, caminando, arrastrándote o rodando cuesta abajo si fuera necesario.

Los pensamientos le inyectaron fuerza. Apretó los dientes para impedir que le siguieran castañeando, tragó saliva con gran dificultad y encaminó hacia ahí sus temblorosas piernas.

Sus jadeos sonaban cada vez más ásperos en el silencio de la noche. El esfuerzo que suponía una acción tan simple como la de impulsar el cuerpo hacia adelante se le antojaba casi babilónico. La adversidad de las condiciones atmosféricas, la ventisca que arreciaba furiosa y el deplorable estado físico en el que se encontraba su cuerpo no hacían más que eternizar la travesía. No eran metros sino abismos los que se interponían en ella y su objetivo.   

Apenas conseguía respirar, tenía los agujeros de la nariz casi pegados, y el poco oxígeno que alcanzaba a coger nunca era suficiente para saciarla.

Tampoco podía caminar. Sus piernas estaban tan rígidas, tan entumecidas de frío que, más que levantarlas, las arrastraba como si fuesen de madera, extremidades añadidas a su cuerpo, cosidas o pegadas de algún modo. No podían ser suyas porque no las sentía como tal.

Es más, Elena tenía la inquietante sensación de que no las sentía en absoluto, y eso no podía significar nada bueno.

El frío se había vuelto inhumano según se había internado en el corazón de la noche y, aunque ella se había obligado a mantenerse siempre en movimiento para evitar congelarse, no sabía exactamente en qué estado se encontraba su cuerpo ni cuánto tiempo más iba a poder resistir a la tentación de tumbarse en el mullidito lecho de nieve y rendirse ante el cansancio. Hundirse en un sueño profundo y mortífero le parecía una idea cada vez más atrayente.

Tenía que alcanzar la luz antes de que la abandonasen las fuerzas por completo. Sabía que cada segundo malgastado la acercaba un poco más a la muerte.

La pierna le dio un tirón que hizo que su rostro se torciera de suplicio. Las zarzas a través de las cuales se había tenido que abrir paso le habían cortado la cara; estaba llena de arañazos que, ante el viento polar, escocían como si alguien los hubiese rociado con alcohol. La larga melena, sedosa y brillante tan solo unas horas antes, se había convertido ahora en un oscuro breñal de pelos que acumulaban hielo, nudos y suciedad. Ya ni siquiera sus ojos se distinguían. Solo eran dos puntitos azules, muertos, en medio de unos párpados inflamados.

A sus espaldas, gotas de sangre carmesí se fundían en la blancura de la nieve. Había marcado el camino como Hansel y Gretel, quizá con la esperanza de poder regresar algún día.

La ironía de todo le hizo esgrimir una sonrisa, pero tan debilitada estaba que el gesto en el que se contrajo su rostro fue más bien una mueca nacida de la intensidad del dolor que le retorcía las entrañas.

Avanzó otro puñado de metros y se detuvo a recobrar el aliento. Apoyó la frente en el tronco de un árbol y entrecerró los párpados para que el mundo dejara de dar tantísimas vueltas.  

Resultaba imposible distinguirla en la negrura de la noche. Estaba camuflada con sus vaqueros negros y la sudadera azul marino, ambos insuficientes para la temperatura de la montaña.

Quizá por eso sigas con vida. Eres oscuridad dentro de una oscuridad aún más profunda.

El pensamiento la atravesó como un rayo y, aunque la idea en sí la dejó aterida, sus ojos no revelaron nada. Su rostro no registró ninguna reacción; se mantuvo impávido, como si Elena hubiese dejado de sentir nada. Ni tan siquiera miedo.   

Los copos empezaron a espesar encima de sus pestañas, amenazando con convertirla en estatua de hielo si permanecía inmóvil por mucho más tiempo. La luz no parecía estar a más de cincuenta metros ahora.

Sin embargo, al moverse descubrió que el esfuerzo de alcanzarla se estaba volviendo sobrehumano.

En vez de acercarse, tenía la impresión de estar alejándose cada vez más deprisa, arrastrada hacia atrás por la inhumana ventisca.

―Vamos ―siseó para darse ánimos.

Faltaba muy poco. Solo un par de metros y todo acabaría. No podía rendirse ahora. No después de todo el esfuerzo que le había costado llegar hasta ahí.  

Soltó un gemido de dolor que hizo que el aire brotara en forma de vaho a través de sus labios entreabiertos, y obligó a su cuerpo a moverse más deprisa. Pero no llegó muy lejos. De pronto, le sobrevino un mareo que dejó el mundo aún más oscuro de lo que ya era.

Despacio, se recordó a sí misma mientras tanteaba con las dos manos la corteza de otro árbol y se pegaba a él para mantener el equilibrio. Unos segundos de descanso y después seguiría adelante.  

No podía rendirse. Había algo más fuerte que ella instándola a seguir arrastrándose: el instinto de supervivencia. Si se desmayaba, se congelaría. Tenía que seguir en movimiento. Así de sencillo.

Elena García nunca había sido una luchadora. Se había rendido demasiadas veces a lo largo de su corta vida: cuando su hermana le había quitado a Connor, cuando su jefa se había aprovechado de su ingenuidad, cuando sus padres se habían puesto del lado de Trixie solo porque esta estaba embarazada…

¡Pero maldita fuera si iba a rendirse esta vez! Esta vez lucharía, daría pataletas y gritaría como una loca. Caminaría, ¡se arrastraría a través de abismos enteros de nieve si hiciese falta! Saldría de esta. Volvería a Nueva York. Lo haría solo para poder decirle a Trixie a la cara que era una zorra y que ella y Connor bien podían arder en el Infierno.

La ira cumplió con su comedido. Le introdujo fuerzas para seguir adelante. Soltó el árbol pese a la tranquilidad que ofrecía su firme y erguida postura y continuó abriéndose paso a través de la nieve con los dientes apretados y el cuerpo cada vez más falto de energías. Los mareos regresaron al tercer paso que dio, pero esta vez no tenía pensado parar.

Lloriquear es de débiles, Elena. Maggie siempre te lo decía. Al menos ahora demuéstrale que se equivocaba contigo.

Maggie…

No, no pienses Maggie aún. Solo camina. Sálvate por ella.

La furia siguió alimentando las brasas de su alma y consiguió afianzar sus pies en la nieve a pesar del aire que la cercaba con sus cuchillas, listo para atacar y derrumbarla.   

Estaba a punto de salir del bosque, cuando una poderosa ráfaga de viento agitó las ramas de los pinos por encima de su cabeza y removió la nieve, copos que empezaron a danzar en torno a ella como en un bonito cuento de hadas. ¿Cómo se llamaba aquel cuento del niño al que habían atravesado el corazón con un trozo de cristal de un espejo maligno?

Elena no lo recordaba.

A lo mejor ese niño era ella misma. Lo que había ahora en su pecho no parecía un corazón humano. No lo sentía latir. Quizá estuviera congelado como todo lo demás. A lo mejor su corazón pertenecía ahora a aquella capa de escarcha, intangible y álgida, que devoraba las murallas blancas y los despeñaderos que había dejado atrás. La capa iba tras ella como un sabueso, deseando agarrarla entre sus frías garras. Era el precio que debían pagar los insensatos que se atrevían a pisar esas tierras. El peaje.   

Miró con ansiedad la distancia que la separaba de su objetivo y resolló de nuevo. Su cuerpo tiritaba como si estuviera sufriendo los estertores de la muerte y le castañeaban los dientes con tanta fuerza que temía partirse las muelas. Sin duda, parecía la clase de frío que te congela si dejas de moverte.

Como a Jack. ¿Recuerdas Titanic?

No. Vamos, se empecinó, apretando los párpados como último esfuerzo.

El chillido de un búho hizo jirones la absurda quietud de la noche. Primero rebotó contra las altas montañas y, acto seguido, se propagó por el valle, un sonido tan escalofriante que a Elena se le erizó el vello de la nuca. Siempre había odiado la noche y la oscuridad. Y ahora estaba sola, en medio de la montaña.

De pronto, notó que algo se movía a sus espaldas, algo frío e inhumano cuyos dedos le apartaban el pelo de la nuca. Casi vio unos labios putrefactos que se acercaban a su oído y le susurraban con voz dulce, aborrecible:

Elena…

Un siseo maligno cortó el aire a su alrededor y la circundó como una trampa invisible; una trampa dentro de la cual sus peores temores cobrarían vida.

El miedo le cerró la garganta y una helada oleada de pánico descendió sobre ella y le congeló el aliento, pero se obligó a no mirar atrás y a alejarse todo lo deprisa que sus agarrotadas piernas le permitían. Se lo repitió una y otra vez: ahí no había nada aparte del viento y de la nieve que crujía por debajo de sus pies.

 Y no podía tener miedo del viento y de la nieve.

Unos metros más de arrastrarse y alcanzó la puerta. Sin embargo, no sintió la alegría que esperaba sentir. Sus mortecinos ojos se inundaron de horror.  

De cerca, pudo ver que no se trataba de una casa, sino de una cabaña, que se erguía sobre un destartalado porche de madera y se extendía en la nieve como una mancha gris, mohosa, cuya decadencia impregnaba la atmosfera de algo viciado, parecido al olor de la podredumbre y del sepulcro. O al menos eso le transmitía su febril imaginación.

Dios… ¿Quién vive aquí?, ¿Jason Voorhees?[1]

Su aliento empezó a acelerarse de golpe y los ojos se le poblaron de lágrimas.

En circunstancias normales habría salido corriendo sin mirar atrás. El lugar tenía un aspecto absolutamente siniestro, con los muros descarnados, un pajar medio derrumbado en la parte de atrás y una veleta junto a la escalera, que soltaba un lamento oxidado cada vez que el viento la empujaba, lo cual sucedía demasiado a menudo.  

Esa dejadez daba muy mala espina, pero Elena sabía que no podía permitirse el lujo de ponerse quisquillosa. Necesitaba ayuda y ahí se la podían proporcionar. La cabaña parecía habitada.

Una titilante luz, la que la había atraído como el canto de una sirena, salía por la ventana y se arrojaba como brillantina dorada sobre el plateado lecho de nieve que cubría el porche, y la chimenea expulsaba humo. ¡Humo! Fuego, calor y una manta. Algo de beber.

Le fallaron las fuerzas de nuevo, esta vez, a causa del alivio.

Le daba igual quién viviera ahí. Fuera quién fuera, tenía que ayudarla. Necesitaba apartar sus temores y dejar que esa persona le salvara la vida.

Hizo acopio de sus últimas energías y se dispuso a levantar la mano para llamar. Un proceso muy sencillo. Solo tenía que mover un poco el brazo y golpear la puerta. ¿Por qué le costaba tanto esfuerzo conseguirlo? Se sentía como si estuviera atrapada dentro de una pesadilla en la que quieres salir corriendo y, sin embargo, no puedes moverte ni controlar tu cuerpo. Ni siquiera puedes gritar.

¡Gritar!

Algo se encendió dentro de su mente y la llenó de esperanza. Eso era. Si no podía llamar, a lo mejor gritar sí que podía.

―A… yu…da…

Quiso morirse cuando esos sonidos temblorosos traspasaron la barrera de sus entumecidos labios. Su voz sonó tan débil que era imposible que la persona que estuviera al otro lado de la puerta pudiera escucharla. Daba la impresión de que el rugido del viento se tragaba los sonidos incluso antes de que brotaran.

Avanzar tanto, alcanzar la meta y dar su último aliento delante de una puerta cerrada le parecía una cruel ironía del destino.

―A…yu…da ―susurró con la voz rota. Tenía la garganta lacerada, pero se negaba a rendirse―. A…yu…da. Aaa… ―Vamos, Elena. Por favor, concéntrate―.  Aaa…―Apretó los dientes y probó suerte de nuevo―. ¡Ayuda!

La voz brotó alta y clara esta vez. Elena respiró aliviada. Si las personas que vivían ahí no tenían la televisión encendida, la escucharían.

Se mantuvo quieta, a la espera de escuchar algún ruido al otro lado de la puerta, un sonido que delatara que alguien se estaba levantando de la cama, o el suelo de la cabaña crujiendo por debajo del peso humano. ¿Nada? ¿No había nadie ahí para ayudarla?, ¿para poner fin a esa maldita pesadilla?

Entonces, estaba perdida. No podía hacer nada más.  

Expulsó el aire en un suspiro exangüe y de nuevo se resignó a su destino. No tenía fuerzas para seguir arrastrándose. Había empleado sus últimas energías en llegar hasta allí. 

Buenos, al menos lo has intentado. Menuda aventura.

Se humedeció los labios con la poca saliva que le quedaba y cerró los ojos. Estaba cansada. Muy cansada. El mundo no dejaba de dar vueltas a su alrededor, como un carrusel embrujado que jamás se detendría. Su único consuelo era que la muerte llegaría en breve y ya podría descansar entonces.

Parecía mentira que ella, Elena García, fuera a pensar en la muerte como un alivio. Hacía tan solo un día estaba rebosante de vida.

Claro que, el día anterior, nada de todo eso había sucedido aún.

Recordaba con absoluta nitidez cómo había comenzado esa pesadilla. Sus ojos, empañados por lágrimas de derrota, vieron llegar a Dani una semana antes, corriendo y chillando a los cuatro vientos la noticia de que ella y John se habían prometido.

―¡Vamos a organizar la mejor despedida de soltera de todo el jodido milenio!

En su mente escuchó las risas histéricas de sus amigas y sintió ganas de sonreír. Sarah siempre pensando en las fiestas. Menuda cabeza hueca. Aunque la ocasión lo requería. Hasta Elena tenía que admitirlo.  

Dani era la primera de las cuatro en prometerse. ¿Cómo no dejarse llevar por el entusiasmo? Eran amigas desde preescolar. Llevaban toda la vida soñando con sus bodas. A los seis años incluso estaban convencidas de que se casarían todas el mismo día, en una ceremonia digna de las alfombras rojas.

―Mis padres tienen una casa en Canadá.

Todos los ojos estaban puestos en Maggie. Llevaban diez minutos peleándose porque no se ponían de acuerdo con la localización de la fiesta. Casi siempre andaban a la gresca, aunque se querían mucho.

―Podemos ir ahí ―propuso Maggs como quien no quiere la cosa―. Está libre. Ellos nunca la usan en invierno.

―¿Canadá? ―A Dani no se la veía muy convencida―. Hará mucho frío, ¿no?

―¿A quién le importa el frío si llevamos esto en la maleta?

Sarah, con aire travieso, sacó de debajo de la cama una botella de vodka y la agitó en el aire. Sus amigas volvieron a reír histéricamente.

―¿Cómo has conseguido eso? ―Elena, pese al aire de censura que pretendía proyectar, la miraba con sonrisa condescendiente―. No podemos tener alcohol en el campus y lo sabes. Va en contra de las normas.

Va en contra de las normas ―se mofó Maggie imitando su voz―. No seas mojigata, Elena. Nuestra Dani se nos casa. ¡Vamos a romper por completo el jodido sistema de normas del campus!

―¿Y por qué Canadá?

―Porque a unos cuarenta kilómetros de nuestro alojamiento con jacuzzi y chimenea hay una discoteca a la que van los canadienses más buenorros que habéis visto en vuestra vida. ¿Te basta eso, Elena, o es que quieres más?

Sus amigas se habían salido con la suya.

A pesar de ser la más prudente del grupo, a la misma Elena le había parecido buena idea irse a pasar las vacaciones de invierno en Canadá. La otra alternativa habría sido volver a casa y arreglárselas con Trixie y Connor, que seguro que estarían ensayado para convertirse en los papás del año. Vomitivo.

Elena se había dicho a sí misma que la única solución era marcharse durante un par de días; alejarse de Connor y de Trixie y de todo el daño que le habían hecho.

Ahora, vistas las cosas con más perspectiva, ojalá se hubiese quedado. ¿Qué era un corazón partido comparado con la inexorable muerte?

De haberse negado a ir, a lo mejor sus amigas estarían vivas ahora. Podía imaginarlas alrededor de una chimenea, tomando chupitos de la botella de vodka de Sarah.

Sí, eso habría estado bien. Se habrían reído de Maggie, a la que se le trababa la lengua cada vez que bebía.

Si iba a morir, así era como quería pasar sus últimos momentos, soñando con sus amigas, bebiendo y riendo, llenas de vida y de chispa.

Apoyó la sien contra una de las columnas de madera del porche y se dejó envolver en la dulce blandura que la invitaba a descansar sus maltrechos huesos en la nieve.  

Incluso sonrió un poco.

En su sueño, nadie le había rajado la garganta a Maggie.

Los ojos de Dani, gélidos por el roce de la muerte, no se mantenían clavados con espeluznante fijeza en la lámpara de mimbre.

El camisón de Sarah no estaba empapado por toda esa sangre que se escurría por su pierna hasta gotear encima de las uñas de los pies, cuidadosamente pintadas con esmalte marfil.

Y la misma Elena no estaba apoyada delante de una puerta cerrada, en mitad de la nada, congelada de frío y a punto de expulsar su último soplo de vida.

No. Estaban todas sentadas delante de la chimenea, bebiendo y riendo; pasando el tiempo de sus vidas. No le costó nada recrear esa imagen dentro de su mente e internarse en ella.

Casi podía sentir el calor del fuego. Olía el reguero de alcohol en el aliento de Sarah, que estaba…

¿Por qué estaba Sarah aferrándola con tanta fuerza por los hombros?

Me haces daño, Sarah, quiso gritarle.

Pero las palabras quedaron atascadas en alguna parte. Muertas, como todo lo demás.

―Despierte. ¡Maldita sea, despierte!

Algo estaba sacudiendo el plácido mundo ficticio de Elena. Algo malo, algo que pretendía arrancarla de ahí para devolverla a la crudeza de la realidad. 

―Despierte. Por favor, abra los ojos.

Ante la intensidad de su ruego, Elena hizo un último esfuerzo y entreabrió los párpados.

Débil, desfallecida, a punto de perder el conocimiento, recorrió con mirada lánguida el rostro del hombre que estaba inclinado sobre ella; su peligroso, aristado, apuesto rostro, que iba y venía en medio de las corrientes blancas.

Lo miró, se perdió por un instante en esos ojos azules como si de un abismo se tratara, y entonces la verdad cayó sobre ella y la aplastó bajo su asfixiante peso.

Algo parecido a un espasmo le sacudió el estómago, y todo cobró sentido mientras su corazón empezaba a latir frenético dentro de una caja torácica que parecía hecha de púas.   

Llamar a esa puerta no había resultado ser una buena idea.

Aunque al menos ahora lo sabía. Lo comprendía. Llevaba horas enteras preguntándose por qué. Ahora por fin conocía las respuestas. Como en el cuento de Poe, la Muerte Roja había dejado caer su máscara. No más misterios. No más secretos. Solo una certeza: iba a morir, y muy en el fondo sabía que aquel exquisito rostro que se cernía sobre el suyo sería lo último que viera.  

―El rostro… de la muerte…

Los sonidos brotaron apenas audibles a través de sus labios blanquecinos. Así y todo, él los oyó. Blancanieves había dicho: el rostro de la muerte.

Y después, se había desmayado contra su pecho.

―No me jodas ―refunfuñó Cash, cuyo rostro se crispó casi al mismo tiempo que se oscurecían sus tormentosos ojos, capaces de derretir incluso el corazón de la mujer más fría del mundo―. ¿Por qué se me habrá ocurrido mirar por la ventana?

2

Los estados de consciencia e inconsciencia se alternaban como un remolino de aire que hace girar las hojas muertas atrapadas en su interior.

Elena no era consciente del curso del tiempo. Días, semanas, meses… ¿Cuánto había pasado? ¿Cuántas veces se había desmayado?

No lo sabía. Lo único que parecía tan claro como la luz del día era que, cada vez que despertaba, los ojos azules de él planeaban sobre los suyos. Era espeluznante el modo en el que la atraían. ¿Por qué no dejaba de mirarla con tanta fijeza?

Se dispuso a preguntárselo, pero la oscuridad, una vez más, se la tragó.

*****

Tenía la boca tan seca como un estropajo. Eso fue lo que la despertó.

Miró a su alrededor, registró las paredes de madera con mirada angustiada, y llegó a la conclusión de que debía de seguir en la cabaña. Había oído hablar de gente que, a causa de un shock profundo, perdía la razón o la memoria.

Elena se sintió aliviada al descubrir que ella no iba a tener que afrontar algo así. Estaba lúcida y recordaba a la perfección todo lo que había sucedido.

Por eso sabía que era vital encontrar un modo de escapar de ahí cuanto antes. Antes de que él… 

Un golpe de horror impactó contra su pecho, pero no se paró a concederle importancia; apartó la manta y se incorporó deprisa en la cama. No podía malgastar ni un segundo.

Clavó las palmas en el colchón para impulsarse hacia arriba, sin embargo, al bajar las piernas al suelo, un punzante dolor la atravesó con tanta saña que se dobló en dos y soltó un chillido que pareció acallar incluso el viento que soplaba en torno a la cabaña.  

En menos de un parpadeó, él volvió de donde sea que estuviera y la castigó con una mirada áspera.

―¿Está chiflada? ¿Qué es lo que intenta hacer?, ¿caminar?

Huir.

La palabra se pintó por sí sola dentro de su mente, y Elena sabía que siempre hay que hacer caso a lo que te dicta el instinto.

Sus ojos azules recorrieron valientes el rostro sin afeitar del hombre. Si sobrevivía, tendría que dar detalles. Cuantos más, mejor.

Así que lo escudriñó con un detenimiento del que no pensaba avergonzarse.

Era más mayor que ella. Fue lo primero en lo que reparó. Elena solo tenía veintidós años. El hombre estaba metido de lleno en la treintena. Lo supo por las finas líneas de expresión que le rodeaban los ojos. Ojos de color azul marino, ahora que se fijaba.

Él se quedó impertérrito ante su escudriño y sus abisales iris le devolvieron la mirada. Era moreno y muy atractivo, un hombre fuerte y alto que una no esperaría encontrar en un lugar tan inhumano como aquel. Sencillamente, ese sitio tan marchito, esa choza de cortinas de encaje amarillentas, no le pegaba. Su rostro exhibía un saludable bronceado otoñal y Elena se imaginó el sol acariciar esos rasgos definidos, sublimes, y tal vez concediendo una pizca de simpatía a su actual expresión insondable.

El pensamiento y la calma que le inducía la imagen soleada solo duraron un segundo. Después, escuchó el rugido del viento polar y experimentó una nueva oleada de miedo.

Pese a la impecable mascara de naturalidad con la que la observaba, había algo salvaje e indomable en ese hombre. Lo rodeaba una energía oscura, algo primitivo que le paralizó el aliento cuando sus ojos se sumergieron por completo en los suyos.

Él se mantuvo de pie en mitad de la cabaña, desde donde la observaba con fascinación. Su fuerte perfil se recortaba contra la luz que entraba a través de la puerta medio entornada. Elena sospechó que lo que se insinuaba por debajo de la gruesa ropa de montaña era el cuerpo de un militar, ágil y de musculatura bien desarrollada. Desde luego, su postura era erguida y poderosa.

Eso le debe de facilitar las cosas, pensó. Las engatusa con su aspecto y su sonrisa (ella recordaba su sonrisa y sabía que era matadora) y, cuando se descuidan, las asesina. Muy astuto, el hijo de puta. ¿Quién va a desconfiar de un hombre tan apuesto?

―¿Le duele la pierna? ―preguntó él al ver que ella no se decidía a hablar.

La voz grave y oxidada que reverberó en su garganta la hizo pensar en los hombres de las cavernas, pero desechó de su mente el pensamiento y dijo que sí con un gesto de cabeza.

―¿Qué fue lo que le pasó?

Era norteamericano. También un dato importante a tener en cuenta.

―¿Me entiende cuando le hablo? Asienta si lo hace. ¿Habla inglés?

Ella dudó sobre si contestar a eso o no. Finalmente, dijo que sí. Él le dedicó una sonrisa leve y, de manera inexplicable, una onda de calidez le barrió el pecho a Elena. Por un ínfimo instante se había sentido a salvo, lo cual era un completo disparate, dado que no tenía la menor idea de qué clase de bestia era aquel hombre en cuya guarida había ido a parar.

―Bien. Un avance ―celebró él―. Al menos, hablamos el mismo idioma. ¿Ahora puede decirme qué es lo que recuerda? ¿Cómo se destrozó el tobillo? Tuve que darle puntos.

¿Qué? ¿Ese hombre le había dado puntos? ¿Tan grave era su herida? Si solo parecía un rasguño.

―¿Puntos? ―repitió Elena en un murmullo. El corazón le martilleaba con furia dentro del pecho y oía la sangre latir en sus oídos, incluso más fuerte que el viento que aullaba en el exterior.

―¡Pero si habla y todo! Estupendo. Sí. Puntos. Tenía la carne desgarrada. ¿Le ha mordido algún animal?

Elena negó despacio.

―¿Entonces? ―insistió él, con los iris azules clavados en los suyos.

Una fuerte racha de viento cerró de golpe la puerta a espaldas del hombre y la cabaña quedó envuelta en una luz amarillenta, titilante e irreal, procedente del fuego. El pánico hizo mella en el rostro de Elena. Ahora estaba del todo atrapada ahí con él.

El hombre la miró sin decir nada y avanzó un paso hacia ella. La habitación encogió tan de golpe que Elena retrocedió asustada hasta pegarse a la pared, y se tensó como un resorte. ¿Iba a hacerle daño?

Esperó sin aliento, lo inspeccionó con mirada huidiza, pero él no traspasó esa línea. Fruncir el ceño fue su única reacción ante la aprensión que agrandaba los ojos de ella.

―Oiga, solo quiero saber si fue un animal. Es importante porque podrían trasmitirle la rabia.

Al cerciorarse de su momentánea seguridad, Elena carraspeó para poder hablar y soltó la manta a la que se habían aferrado sus dedos. No estaba segura de ser capaz de producir sonidos parecidos a las palabras.  

Animal no. Trampa.

Las palabras sonaron de forma similar al graznido de una bestia, y volvió a aclararse la voz.

―¿Trampa? ¿Metió el pie en una trampa para animales? Hum. Eso tiene sentido. Aunque no debió de ser una demasiado buena. De lo contrario, su pierna aún estaría ahí.

Elena abrió los ojos con todavía más aprensión.

―¿Quién es usted? ―susurró, aterrada.

Él fijó de nuevo sus insondables ojos en los suyos. Su rostro estaba congelado. La mandíbula, en tensión. Tenía pómulos salientes, como esculpidos. Labios sensuales. El de abajo era un poco más grueso que el de arriba. Elena recordaba haber leído en alguna parte que ese rasgo significaba sensualidad.

―¿No me recuerda?

Ella respondió con un leve gesto afirmativo. Claro que lo recordaba. Él no tenía un rostro que se pudiera olvidar con facilidad. Era muy guapo, como un héroe de la gran pantalla, pero sin todo el artificio que rodea a las estrellas de Hollywood. Él parecía real, de carne y hueso; un dios tangible y terrenal.

Sus amigas y ella se lo habían encontrado en una gasolinera en la que habían parado para pedir información. Se habían perdido. Sarah, que era la más atrevida de todas, fue la que trató con él. Por su mente empezaron a desfilar imágenes de sus amigas bromeando y riéndose a carcajadas.

―Mira, voy a preguntárselo a Don Macizo ―había dicho Sarah con una sonrisa picarona―. No os mováis, zorras, que os veo venir.

Elena se había limitado a mirar desde el asiento trasero cómo él daba las indicaciones pertinentes.

Con educación y voz inexpresiva, le había dicho a Sarah que debía girar a la derecha en el siguiente cruce y luego coger la carretera que llegaba hasta lo alto de la montaña.

Sin embargo, apenas había mirado a Sarah mientras hablaba. La había mirado a ella casi todo el rato, de un modo tan obstinado que Elena se había sonrojado.

Maggie había dicho que ese hombre la miraba como si pudiera imaginársela desnuda, afirmación que había arrancado otro par de carcajadas a sus amigas. Dani había añadido que se parecía a Tom Hardy y que, si Elena le hacía ascos, a ella personalmente le encantaría darle un buen meneo en la parte de atrás de la gasolinera. Elena se había escandalizado. Al fin y al cabo, si estaban en Canadá era para celebrar la despedida de soltera de Dani. Su consternación había divertido mucho a sus amigas, que consideraban que, ante un hombre como aquel, la fidelidad estaba obsoleta.

―El hombre de la gasolinera ―musitó, apartando la mirada como había hecho esa tarde. La ponía nerviosa que la estudiara con tanta fijeza, con esos ojos azules que la desnudaban prenda a prenda.

Él pareció alegrarse de haber sido reconocido y sonrió un poco, unas milésimas de segundo.

―El mismo. Yo también me acuerdo de usted. Es la chica del abrigo rojo. Fue una inconsciencia por su parte quitárselo antes de salir a pasear por las montañas. Podría haberse congelado.

Elena bajó los párpados para aislarse durante unos momentos. Pese a su amabilidad, sabía que no podía fiarse de él. Solo había tres personas en el mundo que conocían el paradero exacto de las chicas durante esas vacaciones: los padres de Maggie y aquel hombre.

Elena dudaba seriamente de que los padres de su amiga fueran a colarse dentro de su propia casa para asesinar a su propia hija y a sus amigas. Solo podía haber sido él. Él tenía la información, la oportunidad y, a juzgar por el tamaño del cuerpo que se insinuaba por debajo del abrigo verde militar, los medios también.

Los pensamientos de Elena se volvieron frenéticos y su respiración empezó a acelerarse. Sentía el peligro aumentar con cada segundo que pasaba ahí con él.

No tenía escapatoria. Estaba perdida, atrapada con un asesino en serie en medio de la montaña nevada, en alguna parte de Canadá. O se rendía y moría ahí, o buscaba un modo de sobrevivir.

Su mente decidió de inmediato que morir no era una opción. No había llegado tan lejos como para rendirse ahora.

Una vez tomada la decisión, separó los párpados y lo miró de lleno a los ojos mientras intentaba refrenar la oleada de adversidad que se estaba infiltrando a través de su cuerpo.

Su madre tenía un dicho: hazte amigo del Diablo si quieres cruzar el puente.

Ese era el plan. Se haría amiga del Diablo. Aparentaría normalidad. No iba a desvelar lo asustada que estaba. Si él se creía a salvo de toda sospecha, a lo mejor bajaba la guardia con ella. A Elena no le convenía un asesino suspicaz y pendiente de todos sus movimientos. Necesitaba crear un vínculo y que él llegara a confiar en ella.

―¿En qué estado tengo la pierna?

Habló con perfecta normalidad, y se alegró de descubrir que era mejor actriz de lo que pensaba.  

―Es una muy buena pregunta. Se lo diré en cuanto lo sepa.

Apartó la mirada de la suya y fue a por una silla, cuyas patas de madera arrastró por el suelo hasta la cama. Cada sonido parecía más horripilante que el anterior, pero Elena se obligó a mantener la sangre fría y a fingir que no estaba aterrada.  

El viento golpeaba con fuerza contra el tejado. El hombre tomó asiento delante de ella y, durante unos segundos, la taladró con ojos insondables.

Elena dio un respingo cuando la cogió por el tobillo. No lo había visto mover el brazo. Estaba hipnotizada por su mirada.

―No voy a hacerle daño ―aseguró él, mirándola con esa espeluznante fijeza que tanto la trastornaba. Sus ojos azules eran muy persuasivos. Casi daban ganas de confiar en él―. Tengo que mirarle la herida.

Ella asintió, tragó saliva y dejó que él le colocara el pie en su regazo. Con ese simple gesto la presión bajó y el tobillo empezó a doler menos.

Elena miró a sus espaldas y vio que él le había puesto una almohada bajo el pie mientras dormía, para disminuir sus dolores. ¿Cuál era su plan? ¿Matarla?

Entonces, ¿por qué se había tomado tantas molestias con ella? Podía haber dejado que se muriera de dolor. ¿A qué estaba jugando? A lo mejor la quería recuperada para poder torturarla después. Si moría por muerte natural, puede que no tuviera gracia para un psicópata como él.

Los inquietos ojos de Elena volvieron y estudiaron el atractivo rostro del hombre que estaba concentrado en quitarle las vendas. Quería temerlo. Su mente clamaba que eso era lo más prudente.  

Sin embargo, una parte de ella aún se resistía a hacerlo. Había algo en sus acciones que le transmitía seguridad, y Elena odiaba esa sensación, porque sabía que no era más que un espejismo barato.

Él no la miraba. Se limitaba a quitarle las vendas con una destreza que solo la práctica concedía. Su tobillo mostraba un aspecto espantoso cuando quedó al descubierto. Hinchado, morado y muy mal cosido. Era tan horrible que Elena no soportó mirarlo. Prefirió concentrarse en el cincelado rostro del desconocido. Actuaba con seguridad, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Y rebosaba una energía que a ella le resultaba atractiva y agotadora a la vez.

―¿Está infectado?

Pese al sosiego que intentaba aparentar, las palabras brotaron impregnadas de miedo.

Él le giró el pie para examinar la herida desde todos los ángulos. Una arruga profundizó entre sus cejas.

―Creo que no.

No sonaba muy convencido. Elena tampoco lo estaba.

―Tiene un aspecto horrible ―se atrevió a decir.

Él asintió sin mirarla.

―Le quedará cicatriz.

Debió de escucharla tragar saliva, porque levantó la mirada hacia la suya y por un fugaz momento sus abrasadores ojos se sumieron en una sorprendente compasión.

Elena se quedó unos segundos azorada, perdida en medio de aquel extraño cruce de miradas, y después parpadeó y se obligó a recuperar el dominio sobre sí misma.

―Debería ir al hospital ―dijo, apenas en un susurro―. No quiero perder la pierna.

―No puede ir al hospital ―la disuadió él de inmediato.

Elena entrecerró los ojos con recelo.

―¿Por qué no?

Él, sin alterarse, siguió mirándola con intensidad.

―Porque estamos atrapados por la nieve ―contestó, aplomado.

―Pero usted tiene coche. Le vi echar gasolina.

―Así es ―corroboró, bajando de nuevo la cabeza para seguir examinándole el tobillo.

Un mechón de su sedoso cabello se movió y aterrizó sobre su frente casi al mismo tiempo que las puntas de sus dedos trazaban una pequeña caricia sobre la piel desnuda de su tobillo. Elena contuvo el aliento. Su proximidad la turbaba y despertaba en ella algo tormentoso que no habría sabido explicar. 

El aire de la cabaña estaba extrañamente denso, chispeante, y Elena se obligó a no mirar al hombre más de lo que exigían las normas de buena conducta.

―¿Entonces? ―perseveró.

Él cogió una pomada de encima de la mesilla y empezó a aplicársela con movimientos suaves.

Elena se estremeció. No tanto por la frialdad de la crema como por la delicadeza de sus caricias. Sus manos parecían mucho más aptas para inducir un daño mortal que para acariciar con tanta suavidad.

―Los caminos son intransitables ―la sorprendió la rasposa voz masculina―. No ha parado de nevar.

Había mucha nieve al llegar ellas, pero los caminos no estaban intransitables. Incluso Dani, con lo torpe que era al volante, había podido usar la carretera. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí con él?

¿O se lo estaba inventando todo para hacerla desistir? A lo mejor lo que pretendía era ahogar la idea de una huida.

―¿Y cuando se derrita la nieve? ―le propuso con mirada suspicaz.

Él elevó la comisura izquierda de la boca en lo que parecía la insinuación de una sonrisa.

―Cuando se derrita la nieve, la llevaré adonde quiera ir. No tengo ninguna intención de retenerla aquí. No me gusta la compañía.

Aunque había firmeza en sus palabras, Elena no podía permitirse el lujo de bajar la guardia con él. Podía mentir. No sabía ni una maldita cosa sobre ese hombre, salvo que no era trigo limpio. ¿Quién en su sano juicio se refugiaría en una cabaña en mitad de ninguna parte? A no ser que fueras Ted Kaczynski[2] o tuvieras algo preocupante que ocultar…

―Llevo otra ropa ―señaló con voz trémula al percatarse de que vestía una especie de camiseta larga que le llegaba casi hasta las rodillas. Debía de pertenecerle a él. Era un hombre bastante alto.

―Es usted muy perspicaz.

―¿Por qué llevo otra ropa? ―insistió Elena, cuya voz vibró de cólera, aunque ella sabía perfectamente que por debajo de esa furia solo había miedo.

―Tuve que quitarle la suya ―indicó él, como si nada.

Hablaba con calma, con la voz pausada e infinita mesura. 

Elena volvió a tragar. En seco, esta vez, ya que no le quedaba saliva. Estaba muerta de sed, pero no quería distraerse con nimiedades.

―¿Por qué?

Cuando por fin levantó el rostro para mirarla, Elena reconoció en las profundidades de aquellos ojos una dureza similar a la que había empleado ella al dirigirse a él.

Sin formular ni una palabra, el hombre se encaramó sobre ella y el frío azul de su mirada le atravesó las pupilas. Elena se echó hacia atrás, paralizada de miedo, pero él no la tocó. Cogió vendas nuevas del cajón de la mesilla, retrocedió y empezó a vendarle el tobillo con soltura.

―Su ropa estaba mojada ―respondió por fin, con voz tenue―. Y, además, me habría resultado difícil bañarla con la ropa puesta.

El color desapareció por completo del rostro de Elena.

―¿Usted me bañó?

Él levantó la mirada irritantemente despacio hacia la suya y Elena notó que su respiración se estaba acelerando.

El hombre la observó unos tensos segundos con un deje de exasperación en las pupilas y luego bajó el rostro y siguió vendándole el pie.

―Si no lo hubiese hecho, estaría muerta ahora ―graznó mientras los ojos de ella seguían evaluando su rígido semblante―. Estaba congelada. Tenía que conseguir que entrara en calor.  

―Y no se le ocurrió nada mejor que… ¿qué?, ¿desnudarme y sumergirme en una tina de agua hirviendo? ¿No podía haberme frotado las manos y los pies, o haberme echado una manta gruesa por encima de los hombros? ¿Era preciso que me desnudara cuando yo ni siquiera estaba consciente?

El hombre le dedicó una mirada desabrida. Por la imperturbabilidad de sus facciones, le había afectado una mierda la acusación que ardía en los ojos de Elena.

―Fría ―gruñó, antes de volver a bajar la mirada.

Ella parpadeó sin comprender.  

―¿Cómo dice?

―El agua. Era fría. De lo contrario, se habría hecho quemaduras.

―¡¿Me metió en una bañera de agua fría?! ―exclamó estupefacta.

Él alzó los ojos en actitud provocativa. Elena comprendió que no debía presionar mucho más. Era evidente que empezaban a mosquearle sus indagaciones.  

―Estaba demasiado congelada. No podía meterla en agua caliente. No hasta descongelarla. Haga el favor de no cuestionar mis métodos. Está claro que han dado resultado.

Habló con aplomo e indiferencia; sin embargo, la dureza en sus ojos era indiscutible.

Algo parecido a la cordura instó a Elena a recular. No le convenía insistir. Estaba molesto, y lo que menos deseaba ella era molestar a un hombre potencialmente peligroso.

―Puede relajarse. No perderá la pierna ―resolvió él con un suspiro.

―Un alivio saberlo.

El hombre le bajó el pie al suelo y se apartó de ella. Elena sintió ganas de chillar al sentir cómo la sangre descendía hasta la punta de su dedo gordo.

Él dejó la silla en su sitio y regresó junto a la cama. Se quedó de pie delante de ella y la miró desde arriba. Su perfil se recortaba contra la mortecina luz que se derramaba por la ventana y Elena se sintió más pequeña, más frágil y más infeliz que nunca.

―¿Tiene hambre?

―Sed ―se obligó a responderle. Los sollozos se estaban agolpando en su garganta.  

Él asintió brevemente, fue al fregadero y volvió con un vaso de agua helada.

―Despacio ―advirtió al ver con qué ansiedad lo vaciaba ella―. Podría vomitar si se lo toma demasiado deprisa.

Mientras bebía, Elena registró la cabaña con la mirada. Calculó que no tendría más de unos veinte metros cuadrados, en los que se concentraba todo, la cama doble en un rincón, la cocina con el fregadero en el otro, la tina a un lado, y una estufa pegada a la pared. No había más habitáculos.

Y no había un váter. Tenía unas ganas horribles de usar uno.

―¿Y… el baño? ―preguntó, devolviéndole el vaso vacío.

Él se encogió de hombros, cogió el vaso y lo dejó sobre la mesa. Era muy alto, y al verlo ahí de pie, cernido sobre ella, un gigante perfectamente capaz de dominarla sin tan siquiera inmutarse, la invadió un inmenso pánico.  

Si al menos él dejara de mirarla de esa forma… Si al menos contestara… Si sonriera para tranquilizar sus temores…

Pero él no hizo nada. Se limitó a perforar su rostro con la mirada. 

La habitación estaba en penumbra. Fuera, el día estaba completamente encapotado y dentro no había otra fuente de luz aparte del fuego.

Elena era consciente de que las llamas que temblaban dentro de la estufa concedían al rostro de aquel hombre un aire todavía más salvaje y no le cupo duda del peligro que él entrañaba.

―Hay un retrete en la parte de atrás, pero no está en condiciones de ir hasta ahí. Le traeré algo para que pueda hacer sus cosas.

Un violento rubor azotó el rostro de Elena. Ella era la clase de persona que no cruzaba la puerta de un baño si había alguien cerca. Mucho menos iba a hacer sus cosas ¡delante de él!

Él, sin darse cuenta o, quizá, sin importarle en absoluto el malestar de su huésped, trajo un cubo de plástico y se lo colocó al lado de los pies.

―Aquí tiene. El excusado ―anunció ceremoniosamente.

La invadieron las náuseas.

―No pienso… No voy a…

―¿No va a mear dentro?

Cuando se atrevió a levantar la mirada, se dio cuenta de lo mucho que le divertía a él toda esa situación. Había burla en sus facciones. La imagen de su rostro en llamas le debía de causar un gran deleite.   

¿Serás bastardo?

―No ―rezongó Elena entre dientes―. No voy a mear dentro.

Él se encogió de hombros como si no le importara.

―Usted misma.

Y, tras obsequiarla con una sonrisa sesgada, le volvió la espalda y desapareció por la puerta.

Elena profirió una maldición entre dientes. Estaba loco si pensaba que iba a quedarse de brazos cruzados y conformarse con esperar al deshielo para salir de ahí. Se iría en cuanto tuviera la más mínima oportunidad.

Hizo un esfuerzo aplastante para bajar de la cama y, con un gruñido de dolor, se acercó cojeando a la ventana. Una exclamación de espanto brotó desde lo más hondo de su garganta ante la imagen del mundo que se desplegaba más allá del cristal. La nieve debía de medir algo más de un metro. Alrededor de la casa estaba apartada. Probablemente eso había estado haciendo él antes de que ella despertara. Pero más allá, la anchura era impresionante.

Elena sintió un tremendo desaliento. Nunca había visto una nevada como aquella, ni siquiera en Nueva York. Él no bromeaba al decir que las carreteras no se podían usar. ¿Cómo iban a usarse las carreteras cuando el manto blanco podría haber engullido la cabaña por completo?

Por supuesto, el hecho de que dijera la verdad no hacía que ella fuera a confiar en él. Necesitaba trazar un plan de huida cuanto antes.

Sus inquietos ojos azules sopesaron todas las opciones mientras los engranajes de su cabeza se movían deprisa. El hombre estaba fuera, de espaldas a ella, y partía leña con un hacha. Sus movimientos eran rápidos y precisos. Sabía lo que estaba haciendo. Nunca falló en todo el tiempo que lo estuvo observando. Daba la impresión de que sabía con exactitud dónde golpear para que la madera cediera. Su control era tan absoluto que Elena se quedó hipnotizada y por un momento se sintió como si fuera uno de esos troncos que él destrozaba sin ningún esfuerzo.

Tengo que salir de aquí.

Él clavó el hacha en un tronco de madera y empezó a cargar en brazos la leña cortada.

Elena, sobresaltada, se dio prisa por volver a la cama antes de que la encontrara de pie delante de la ventana. Quería hacerle pensar que su estado físico era peor de lo que era en realidad. 

Con las prisas, trastabilló contra el cubo y la nube de dolor en la que se internó la dejó pálida y mareada. Apretó los dientes para reprimir un grito y le propinó un golpe al cubo que lo lanzó hasta la mitad de la estancia. Pequeños aguijonazos en su vientre le recordaron las ganas que tenía de usarlo, pero su cabezonería se impuso una vez más.

No. No vas a usar esa cosa. Ni de coña.

Con un desprecio cada vez más intenso, enfocado hacia todo cuanto la rodeaba, se tumbó encima del colchón y se cruzó de brazos. Tenía que dejar de distraerse con tonterías y pensar de una vez por todas en cómo diablos iba a salir de ahí.  

La puerta se abrió de sopetón y una ráfaga de aire invernal le dio de lleno en la cara. Mantuvo los párpados bajados. Se negaba a mirarlo. Estaba demasiado empeñada en echarse la bronca mentalmente por haber desperdiciado su oportunidad de conseguir un arma. ¿Por qué demonios no había cogido un cuchillo o algo antes de apresurarse al volver a la cama? Seguro que ahí había objetos punzantes. ¿Y si la atacaba de repente? ¿Qué iba a hacer? ¿Golpearle con un cubo de plástico?

Él tiró los troncos de madera en una caja junto a la lumbre y se sacudió las motas de suciedad que se habían adherido a su abrigo. Después de alimentar el fuego, fue hacia ella.

―Veo que no ha meado todavía.

Elena apretó los dientes y lo maldijo hacia sus adentros.

―No pienso hacerlo ―declaró con dignidad.  

―¿Sabe que un gilipollas en la corte de no sé qué reina de Inglaterra murió por aguantarse el meado? Por lo visto, no quería interrumpir a su majestad. Tenga cuidado no le vaya a pasar lo mismo a usted.

¡La acababa de llamar gilipollas en toda su cara!

Elena abrió los ojos, le lanzó una mirada fustigadora y luego enfocó las vigas que sostenían el techo de madera.

―Afrontaré el riesgo ―murmuró, más bien para sí.

―Está loca si de verdad piensa que lo va a conseguir. ¿Sigue doliéndole el pie?

Las llamaradas de dolor la atravesaban sin piedad cada vez que se movía. Cada vez que respiraba. Cada vez…

―Mucho.

―Puedo darle un calmante, ahora que está despierta.

―No. Me aguantaré.

―¿Es usted masoquista? Eso explicaría un par de cosas.

Irritada, Elena le dispensó una mirada seca. Él estaba de pie en mitad de la cabaña y la contemplaba con sonrisa burlona.

―No gruñó entre dientes, con voz helada y letal―. No soy masoquista.

Él torció los labios en un gesto de desdén. Su actitud clamaba que no le importaba nada que guardara relación con su persona.

―Voy a hacer café. ¿Quiere comer algo?

Ella declinó con la cabeza.

―¿Qué hora es?

―Calculo que alrededor de las tres de la tarde. Dentro de nada, se hará de noche. ¿Café?

A Elena le pareció exagerada su cordialidad. La trataba como si fuera una huésped, pero ella no se sentía como tal.

Estupendo, pensó. De noche, coja y con un metro de nieve. ¿Cómo vas a salir de esta?

Sí, me vendría bien un café.

Para espabilarme y encontrar un modo de huir de ti.

La irritante vocecita de su cabeza no le concedía ni un momento de tregua.  

―¿Está segura? Le entrarán más ganas de ir al baño ―se mofó él.

Elena lo fustigó con una mirada áspera.

―¿Va a preparar ese café o no?

―Veo que es usted todo un prodigio de amabilidad y cortesía. La acoge uno en su casa, la baña, le venda el pie, y usted ni gracias ni nada. Se comporta como si yo fuese su esclavo.

Elena se incorporó en la cama y lo estudió con ojos brillantes.

―¿Y eso le hace sentirse menospreciado?

Tenía los medios y la oportunidad. Pero ¿y el motivo? Quizá Sarah le hubiese despreciado de algún modo mientras hablaban y por eso la había seguido y la había matado. Dani y Maggie podían haber sido víctimas colaterales.

El hombre dejó de lado lo que estaba haciendo, volvió la cabeza y la contempló con parsimonia. Mosqueada, Elena se dio cuenta de que su sonrisa se ensanchaba a medida que trascurrían los segundos.

―¿Me está psicoanalizando? ―preguntó él por fin, apretando los labios para no reírse.

―Por supuesto que no ―le respondió ella, remilgada.

Por la forma en la que él tensaba los labios, a Elena le pareció que intentaba reprimir una sonrisa.

―Menos mal. Porque odio a los comecocos.

―Todos los desequilibrados los odian ―lo provocó, arqueando las cejas con un gesto elocuente.

Él cruzó los brazos sobre el pecho y le dedicó un exhaustivo repaso. Con esa barba incipiente que ensombrecía su rostro, le recordaba un poco a Ben Affleck cuando se paseaba por la ciudad borracho y con pintas de indigente. Ben Affleck, en cualquier momento de su vida, estaba la leche de sexy.

Dime que no acabas de pensar que es sexy.

―¿Piensa que soy un desequilibrado?

La voz la arrastró de vuelta y de nuevo intercambiaron una mirada.

―No lo sé. ¿Lo es?

―No.

La respuesta de él fue contundente. La boca de Elena esbozó un gesto de escepticismo.

―Por supuesto que no. ¿Qué desequilibrado admitiría ser un desequilibrado?

―Ninguno, supongo. Haré ese café antes de que vuelva a azuzarme.

Elena midió con la mirada su ancha espalda mientras él se movía con eficiencia por la cocina.

Lo primero que hizo después de poner el café a hervir fue quitarse el grueso abrigo verde y acercarse al armario para guardarlo dentro.   

Por debajo llevaba un jersey de color granate, que se adhería a su musculoso pecho y caía recto sobre su abdomen, y unos vaqueros viejos. Sus hombros estaban muy bien formados, la agilidad de su cuerpo la sorprendió. Para ser alguien tan alto, se movía con el sigilo de un felino. Eso le debía de facilitar la entrada en casas ajenas.

Él se volvió de imprevisto y sus ojos se encontraron en el aire. La había sorprendido observándolo. Aun así, Elena no apartó la vista. Se limitó a pasear la mirada por encima de su cuerpo y su rostro, arriba y abajo.

Él, a su vez, la observó durante unos veinte segundos, casi sin parpadear.

―¿Cómo te llamas?

Su voz sonó tan profunda que reverberó por la columna vertebral de Elena de una forma que le resultó sorprendente. Y un poco placentera…

Quiso mentir, pero ¿qué sentido habría tenido? Si sobrevivía a eso, quería que él conociera su nombre. De una forma estúpida y bastante arrogante, quería que supiera que se llamaba Elena, la chica que ayudó a meterlo entre rejas.

―Elena ―respondió, alzando la barbilla con aire desafiante.

La boca de él se movió unos milímetros, como si quisiera esbozar una sonrisa que nunca llegó a materializarse.

―Hola, Elena. Soy Cash.

Ella compuso un gesto ceñudo y él siguió observándola.

―¿Qué clase de nombre es Cash?

Él torció la boca como si no tuviera ninguna importancia para él.

―Supongo que mis padres estarían faltos de liquidez en esa época de sus vidas.

Aunque se mordió el labio, Elena no fue capaz de retener una sonrisa. Tuvo que bajar el rostro para ocultárselo. Era gracioso, para ser un psicópata.

―¿Por qué te llamaron Elena a ti?

Le sorprendió la suavidad de su voz. Parecía terciopelo.

Levantó la cabeza y sus ojos trabaron contacto.

―Por Helena de Troya ―respondió, tras un silencio notorio.

―¿Te pusieron el nombre de una mujer por culpa de la cual murieron tantos hombres?

―Veo que prestabas atención en las clases de Historia.

Él no pareció molesto por su tono sarcástico. La miró a los ojos, sereno e imperturbable como las austeras montañas que los rodeaban, y volvió a apretar los labios como si intentara retener la sonrisa.

―Te pega ese nombre.

*****

Cash se volvió de espaldas, echó el café humeante en dos tazas y sonrió para sí.

Elena.

Un nombre muy bonito.

Al verla con sus amigas, se había preguntado cuál sería su nombre. Le había cautivado nada más verla. Parecía tan… diferente a todo.

Y ahora, estaba ahí. Se había metido ella misma en la jaula del lobo. Estaba a su entera disposición. Podía hacer con ella lo que quisiese. Ambos sabían que no tenía forma de abandonarle antes del deshielo.

Y quedaban meses para aquello. Le gustase o no, estaba atrapada ahí con él. Dependía de él para todo, para comer, para bañarse, para… todo.

Si bien a él no le gustaba la compañía, tenía que admitir que la suya no estaba tan mal. La verdad era que había estado solo durante demasiado tiempo. Se le había olvidado lo que era sentirse… así; sentir que aún queda un soplo de vida dentro de ti.  

Elena… Por Helena de Troya. Tócate los cojones.  

Procurando ahogar la sonrisa granuja que elevaba el lado derecho de su boca, regresó junto a ella y le ofreció una taza de café.

Fue cordial. Amable como hace mucho que no era.

No obstante, a pesar de esa gentileza, sus ojos oscurecidos se pasearon con intensidad por su rostro, lo registraron hambrientos, midieron su expresión. No podía apartar la mirada y notó que todo su cuerpo se tensaba poco a poco.  

Elena era guapa. Incluso ahora, tan llena de arañazos y con el pelo enmarañado, estaba preciosa. Aunque él se había prometido a sí mismo mantenerse alejado de las mujeres guapas durante un tiempo, había partes de su anatomía que no parecían estar conformes con su resolución.

La presencia de Elena lo estaba trastocando a todos los niveles. Habían compartido habitación durante casi toda la noche y apenas había podido pegar ojo por su culpa.

Para no molestarla, se había improvisado un lecho en el suelo y había dormido ahí, lejos de ella.

Sin embargo, la distancia había sido solo física. Su mente no había hecho más que evocar una y otra vez su imagen, sus suaves labios agrietados, los lentos aleteos de sus pestañas mientras dormía.

Ahí tendido sobre el suelo de la cabaña, medio empalmado y frustrado por esa molesta erección, se había dejado envolver en un recuerdo del que se avergonzaba: la punzada de deseo que había experimentado al tenerla desnuda entre sus brazos. De eso no estaba orgulloso y nunca se lo iba a decir a ella. La culpa no era de nadie más que suya. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto desnuda a una mujer. Probablemente, desde Victoria.

Después de ella se había acostado con unas cuantas, aunque siempre a oscuras y en habitaciones de motel baratas e impersonales. Era más sencillo. No quería atarse. ¿De qué le habría servido?

Pero ahora, Elena estaba en su cama, calentita y con los labios entreabiertos para dejar brotar la suave respiración. Sus pechos se acusaban por debajo de la tela gris de su camiseta. Podía ver los pezones erguirse por debajo de la ropa y eso le había hecho empalmarse nada más entrar por la puerta. Por eso estaba tan furioso y sentía toda esa hostilidad hacia ella.

Elena iba a joderlo todo, y Cash lo supo tan pronto como se había desmayado entre sus brazos.

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[1] Jason Voorhees: ref. película Viernes 13

[2] Ted Kaczynski: terrorista estadounidense que en 1971 se mudó a una cabaña sin luz ni agua corriente en Lincoln, Montana, donde empezó a aprender técnicas de supervivencia y a intentar ser autosuficiente.

Destacado

NIEVE SOBRE PARÍS, PRIMEROS CAPÍTULOS

CHLOÉ

1

¿Crees en los milagros navideños?

(Eslogan publicitario

de una conocida marca de joyas)  

Aún no ha nevado en París, pero hace tanto aire en la calle que Chloé, ajena a los milagros navideños, se estremece en su fina chaqueta azul que no abriga un carajo y maldice en voz baja ese tiempo plúmbeo que la cala hasta los huesos.

Nunca le ha gustado esta época de transición entre otoño e invierno. El deslucido gris de las calles absorbe toda idea, todo sentido de la vida, toda belleza que pudiera haber en el mundo. No hay mayor tristeza que la de una tarde de diciembre. ¿De qué sirve quedarse delante de la ventana, a salvo de la mortecina lluvia que castiga el exterior, si lo único que haces es contemplar una y otra vez el mismo paisaje apagado en el que ni siquiera el sol se atreve a asomar? El mundo parece gastado, un sinsentido.

Las hojas secas que danzan en el aire, remolinos carmesíes allí y allá, podrían tener cierta belleza, claro, de no ser porque ¡están muertas!

En realidad, ¿qué significa el otoño tardío sino muerte y desolación? Todo desvaído, las flores se secan, las hojas caen de las ramas, el sol se apaga en el cielo, y no hay más que viento, viento por todas partes, fustigando sin piedad, a veces desde el norte, otras desde el este; viento inmisericorde que se abre paso a través de ti con sus odiosas esquirlas de hielo. Castiga tu piel y tus huesos, y lo peor de todo es que ni siquiera te importa, porque el dolor que llevas en el corazón es mucho mayor que eso, tan abismal que ni siquiera el viento se atreve a congelarlo.

Chloé, arrebujada en su gastada chaqueta, con los dedos entumecidos de frío y un extraño escozor en la cara, no le ve ninguna gracia al asunto. Le gustaría cerrar los ojos y despertar en abril, florecer a la vez que la naturaleza y que los rayos de sol calienten su piel.

Ahora no queda ni un solo indicio del astro rey, ha desaparecido del cielo, la oscuridad se lo ha tragado, y las rachas de viento parecen asaltarla desde todas las direcciones, como un recluso que golpea todo lo que encuentra en su camino en un desesperado intento por liberarse. Por encima de su cabeza, en las ramas de los árboles que entrechocan como si fueran a quebrantarse, escucha el voraz rugido de su furia, y contra su propia piel nota la aspereza de su contacto, atroz y afilado como las llamas de diez mil cuchillos.

Se habría quedado en casa de no haber sido porque allí hace aún más frío que en la calle. Vive en una buhardilla sin calefacción y unos niños el año pasado le rompieron una esquina del cristal con una pistola de perdigones, que a saber de dónde la habían sacado.

Por norma general, esa clase de problemas los soluciona el casero, pero dado que Chloé lleva tres meses y medio sin pagar el alquiler, no se atreve a pedirle nada. Le da miedo que la ponga de patitas en la calle antes de Navidad. No tiene ningún otro sitio al que ir. Su familia es… mejor no pensarlo. Preferiría congelarse en el parque que volver a casa con un padre alcohólico que acaba de salir de la cárcel tras veinte largos años de condena.

Se vuelve a estremecer, y esta vez no por culpa del frío. El congelado aliento de sus peores recuerdos golpea contra su nuca, como un monstruo al que no puedes volver la cara durante demasiado tiempo. Chloé se niega a mirarlo, lucha con todas sus fuerzas, corre más deprisa por la acera, jadea desesperada, pero hay recuerdos tan inhumanos que no se pueden reprimir.

Y acaba recordando.

Rememorándolo todo.

Cada sonido, cada grito, cada maldita gota de sangre. Desfilan por delante de sus ojos como un caleidoscopio de imágenes que está obligada a contemplar. Cerrar los ojos no sirve de nada. Todo eso está muy dentro de ella.

Solo tenía ocho años. Lo bastante pequeña como para no poder hacer nada y lo bastante mayor para recordar a su padre, ciego de ira y alcohol, apuñalando a su madre delante de ella. Una, y otra, y otra, y otra, y así hasta ocho dolorosas veces.

Chloé tiene marcas en los antebrazos por intentar defenderla.

Eso fue lo único que le quedó después de aquello, unas cicatrices bien incrustadas en su piel y millones de pesadillas horrendas, aún más incrustadas en su mente. Si el viento callara solo por un segundo, podría escuchar aún el afilado silbido de ese chuchillo ensangrentado cortando el aire y después la carne, el ser, la materia, todo.

Su madre murió de camino al hospital. A Chloé la mandaron a la mañana siguiente a vivir con sus abuelos maternos. No hubo psicólogos ni atención especial, tan solo una pequeña casa de piedra, limpia y funcional, al pie de las montañas. Su nuevo hogar.

Lo primero que vio fue un techo afilado lleno de verdín y la chimenea arrojando una nube blanquecina hacia el cielo azul. Nunca lo olvidará. Ese recuerdo se ha convertido en una imagen que suele reconfortarla en los momentos más oscuros de su vida. Si está demasiado alterada, o quizá solo demasiado triste, deja que su mente vague por el bosque de los buenos recuerdos y entonces esa casita de piedra se materializa de la nada y se convierte en el refugio que necesita para resguardarse de la tempestad.

A día de hoy, el techo lleno de verdín y las macetas de geranios rojos que adornaban las ventanas ya no existen. En su lugar se alza un imponente hotel balneario que no conserva ni un gramo del pintoresco encanto que tenía la residencia de sus abuelos. Chloé vendió la propiedad al quedarse sola en el mundo y usó ese dinero para pagarse los estudios y el alquiler. París era muy caro.

Tanto, que para cuando cumplió los veintitrés, el dinero se había esfumado por completo.

Claro que, para entonces, ella actuaba en los mejores escenarios de Europa. Chloé Lacroze, la mejor voz soprano después de María Callas. Su nombre estaba en todas partes. Auditorios enteros de gente se ponían en pie para aplaudirla, a pesar de que no era más que una suplente.

Y ahora no tiene dinero para comprarse un par de guantes que la protejan del viento. ¿Qué es lo que pasó entre una fase y la otra?

Muy simple. 

Chloé Lacroze jodió al hombre equivocado.

El movimiento me too solo funciona para Hollywood. En su mundo, si denuncias a un hombre poderoso, el desenlace es de lo más previsible. Él seguirá siendo un hombre poderoso y tú no tendrás dinero ni para pagar el alquiler.

La hizo pedazos, tal y como prometió.

Si sigues adelante con esa demanda, te reduciré a polvo. No volverás a cantar jamás en ningún escenario del mundo. Yo te creé y sabes que puedo destruirte. No hagas esto, Chloé. Piénsatelo bien. Estás tan cerca de lograr ser una estrella… Solo hay una cosa más que necesito que hagas. Para asegurarme tu lealtad. Hazlo, y te haré inmortal. Te alzaré tan alto que nadie podrá bajarte de tu pedestal.

Nauseabundo. Chloé no se arrepiente de sus decisiones. Si en ese momento hubiera sabido todo lo que sabe ahora, habría actuado igual. Prefiere morir de pie a vivir de rodillas. Prefiere poder mirarse en un espejo, desnudar su alma, y no sentir autorepulsión. No, no se arrepiente.

Con todo, cada vez que se presenta a una entrevista de trabajo, esperanzada y con el estómago hecho un nudo por los nervios, y tiene que enfrentarse a las consecuencias de su denuncia —gracias, ha estado bien, pero no es lo que buscamos—, las palabras de él aún resuenan en su mente, frescas, como si el tiempo no pudiera destruirlas: No eres nadie y te lo voy a demostrar. Despídete de este mundo porque no volverás a poner un pie dentro nunca más. No sabes dónde te has metido ni con quién. 

Tenía razón. No ha vuelto a poner un pie dentro.

Antes le llovían trabajos y ahora nadie quiere verla. Porque ella, la mejor soprano desde María Callas, no es nadie, tan solo el primer peldaño de una escalera que llega hasta el Cielo.

Los amigos se han ido marchando poco a poco, algunos reprochándole el no haber hecho lo que cualquiera hubiera hecho en esas circunstancias. No lo entendieron y dieron por sentado que la culpa era de ella. ¿Por qué elegir ser pobre cuando podrías tenerlo todo? Un pequeño sacrificio a cambio de toda una vida de privilegios. Ese hombre habría puesto el mundo entero a sus pies y ella lo pisoteó. ¿Con qué derecho?

Para Chloé es ridículamente fácil: no tolera ninguna especie de violencia contra la mujer. Se lo debe a su madre muerta.

El acoso sexual es violencia de género.

Las coacciones a una mujer por parte de un superior son violencia de género.

La violencia de género Debe Ser Erradicada.

No hay nada más que decir al respecto.

No es que le guste no tener dinero ni para comprarse una baguette. No le gusta en absoluto. No disfruta con ello. No le parece una aventura. ¡Es una mierda! Tiene hambre. Y frío. Y de ningún modo podría costearse un tratamiento médico si le hiciera falta.

Pero sabe que ha hecho lo correcto. Muy en el fondo, lo sabe. Sabe que su actitud ha impedido la propagación de un cáncer.

De acuerdo, no ha tenido el impacto que ella esperaba. No se ha alzado todo un ejército de mujeres clamando yo también he pasado por eso, ni ha provocado el derrumbamiento de un gigante. Pero ha impedido convertirse en una víctima más.

No puede convertirse en su madre.

Ha visto lo que la violencia de género hace, sus pies descalzos han aplastado los añicos de lo que podría haber sido una buena vida de no haber existido esa lacra, y no va a ayudar a la transmisión de algo así.

Cueste lo que cueste, la lleve a la ruina o no, Chloé Lacroze siempre dirá NO.

Y si esto es en lo que se va a convertir por ello, por alzar la voz cuando todas las demás han callado, que así sea. Se enfrentará a su destino con la cabeza bien alta y la soberbia de un guerrero que sabe que, a pesar de la derrota, en el fondo ha vencido. Algo. A alguien. Es todo lo que importa. Estar en paz con uno mismo.

El viento silba amenazador en torno a sus hombros, disipando un remolino de hojas muertas y parte de sus sombríos pensamientos. Camina por la acera con las manos en los bolsillos, encogida, intentando conservar un poco de calor corporal, a pesar de lo empeñado que está el viento en quitárselo. Las lágrimas humedecen sus mejillas. Hoy es el aniversario. Se cumplen veinte años. Esta noche no quiere estar sola. No quiere regresar a un cuchitril helado y comer una manzana medio picada que los del supermercado de abajo han dejado en una caja junto a los cubos de basura. Esta noche quiere olvidarse de todo.

Como si algo así fuera posible.

—Por favor, señorita. Tengo hambre.

Aturrullada, Chloé baja la mirada hacia el hombre que la mira suplicante desde la acera. No es más que un anciano envuelto en harapos. Se le encoge el corazón. Sabe que en el bolsillo lleva dos euros. No lo duda. Los saca y se los da.

—Tenga. Pero, por favor, cómprese comida, no alcohol. Es el único dinero que me queda en el mundo, así que empléelo bien.

—Gracias. Lo haré. Que Dios la bendiga. ¡Feliz Navidad!

Chloé asiente y se aleja con una sonrisa triste.

ANCIANO

2

—Por favor, señor. Tengo hambre —se lamenta el anciano de nuevo.

El hombre al que se dirige le dedica una única mirada, larga, inexpresiva, y luego le lanza un billete de cincuenta. El anciano se queda perplejo. Parpadea dos veces seguidas para asegurarse de que ese tipo alto y delgado, que se da cierto aire a lo Alain Delon, es real.

Desde luego, lo parece. Viste un abrigo negro, carísimo, de cachemira, que le llega hasta las rodillas, y es guapo, exactamente como Alain Delon cuando el anciano no era más que un polluelo e iba a verlo en las salas de cine de su pueblo; la misma estructura ósea impresionante, como si el cráneo en sí hubiese sido esculpido por una mano maestra para hacerlo atractivo aposta, la misma mirada penetrante, de un azul que atrae toda la luz, incluso la poca que hay en esta oscuridad, y las mismas cejas fruncidas en gesto abstraído.

Camina con las manos en los bolsillos, el cuello del abrigo alzado, y un cigarro le cuelga insolente de entre los labios.

Aunque eso no es lo sorprendente. Lo sorprendente es que sus ojos azules no pierden de vista a la chica guapa que le acaba de dar los dos euros.

VINCENT

3

Sabe que tiene que ayudarla de alguna forma, pero está claro que no puede acercarse a ella sin más. Con los tiempos que corren, podría pensar que se trata de un perturbado, o de un asesino, o de un violador, y salir corriendo en dirección contraria. Ya nadie ayuda a los demás hoy en día. Todo el mundo tiene una intención oculta.

Lo mejor que se le ocurre es caminar tras ella, al menos hasta decidir qué estrategia adoptar.

Dicho y hecho.

La chica dobla a la derecha y tuerce hacia la calle principal, llena de luces navideñas y tiendas de ropa y regalos. Vincent, como de todas formas se dirigía en esa dirección, la sigue.

En la calle principal todo tiene un aura navideña y mágica, excepto ella, que parece sacada de una escena de Los Miserables. Una nube de desdicha flota encima de su cabeza. A Vincent le sorprende que nadie más lo haya notado. En serio, ¿es que nadie ve que es clavadita a Cosette?

La chica se detiene unos segundos delante de un escaparate y mira con sonrisa triste un vestido rojo de coctel. A Vincent se le encoge el corazón. Todavía no le ha visto bien el rostro, solo medio perfil bañado por la sombra. Con todo, le recuerda a su madre. La misma vulnerabilidad, esa generosidad de entregar a alguien todo cuanto tienes, la sonrisa triste que te desgarra el alma…

Es todo cuanto él recuerda de ella. Murió cuando Vincent tenía veintidós años. Y, antes de morir, su vida no fue exactamente un cuento de hadas. Se casó en contra de sus controladores padres con un hombre mayor y violento, el padre de Vincent, tuvo una existencia de lo más desdichada y murió a los cuarenta y cuatro años por culpa de una enfermedad terminal. Ella nunca volvió a casa de sus padres. Ni siquiera cuando su marido, borracho como una cuba, la tiraba al suelo y le daba furiosas patadas en el estómago. Apretaba los dientes y aguantaba las palizas. Volver a casa habría significado admitir que se había equivocado al casarse con él, y Marie tenía demasiado orgullo para eso.

Ese orgullo fue algo que Vincent siempre odió de ella. Porque ese orgullo la destrozó.

Claro que lo comprendió tarde. Muy tarde. Demasiado tarde como para poder hacer algo al respecto.

Cuando era pequeño y eran tan pobres que en la tienda del barrio les tenían que fiar incluso el pan, Vincent tenía un sueño. Saldría de ahí, costase lo que costase, y algún día tendría suficiente dinero como para poder darle a ella todo lo que merecía, la vida que debería haber tenido si el desgraciado de su padre no la hubiera destrozado entre sus manos, como si no fuera más que un puñado de tierra que se desintegra y esparce al viento.

Su deseo era tan fuerte que se había convertido en una obsesión que le quitaba el sueño por las noches.

En su colegio nunca hubo un estudiante más aplicado. Sacaba las mejores notas en todo y se las había ingeniado para que el mejor profesor de piano de todo París le diera clases gratis. Solo media hora a la semana, era un músico de altísimo nivel, aunque no importaba, porque Vincent estudiaba en el piano de la iglesia horas y horas y mejoraba con cada mes que pasaba. Lo único que necesitaba era que alguien dirigiera sus pasos. Le salió bien la jugada.

A los veinte, el piano no tenía ningún secreto para él.

A los veinticinco era una estrella emergente. Y destrozada, a pesar de haber cumplido su sueño, a pesar de haber llegado justo donde pretendía llegar, a pesar de que ese barrio fangoso y esa casa destartalada, que miles de veces había soñado con incendiar, no fuera más que un mal recuerdo sepultado en su memoria. Había conseguido por fin el dinero que se había propuesto y debería haber estado eufórico.

Nada más lejos de la realidad. Vincent estaba irremediablemente roto. Todo el trabajo, todo su esfuerzo, las innumerables tendinitis y las noches sin dormir, todo había sido en vano. Nunca iba a poder cumplir su promesa. Nunca iba a darle a ella lo que merecía, porque ella ya no estaba ahí. Se había marchado en plena noche, en completo silencio, sin despedirse siquiera, y había dejado en el interior de Vincent un vacío tan enorme que ni toda la fama del mundo habría conseguido llenar.

Desde entonces, él se ha convertido en alguien distinto. Más oscuro. Cada día está más solo, ya nunca se acerca a nadie, no se permite tales concesiones, y los pocos amigos que tenía se han ido marchando con el tiempo. Vincent ha trazado una línea e impide que las personas la crucen. Ha levantado un muro tan alto que lo oculta y lo protege a la vez; una armadura inquebrantable, para que nada vuelva a destrozarle nunca así.

Las mujeres se enamoran de él todo el rato, atraídas por ese aura de oscuridad y desapego que destila. Pero en cuanto comprenden que no tiene nada que ofrecer, que su corazón murió con Marie, pasan a algo mejor. A Vincent no le importa. No quiere lazos de ningún tipo. No siente dolor. No siente nada.

CHLOÉ

4

—Disculpe.

Chloé da un respingo en medio de la calle. No ha oído a nadie caminar detrás de ella y la voz, grave y un poco rota, la ha pillado completamente por sorpresa. Se da la vuelta y mira demudada al hombre que la observa con ojos entrecerrados.

Es un tío alto. Altísimo. Calcula alrededor de metro noventa, porque ella, con su metro setenta y dos de altura, tiene que echar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la mirada. Es muy atractivo. Atractivo como ya no se ven los hombres.

Pero hay algo roto en él. Chloé lo nota desde el primer instante, nada más cruzarse sus miradas. Sabe reconocer ese brillo remoto en sus ojos.

—¿Sí?

Él se frota la frente con aire incómodo. Los ojos de Chloé caen sobre sus dedos. Largos. Delgados. Podría ser artista. No se lo imagina arreglando enchufes.

—Le parecerá de locos. Y le prometo que no quiero nada de usted.

Chloé aprieta los labios para sofocar la sonrisa. Es verdaderamente divertido lo nervioso que se ha puesto. ¿Qué va a pedirle? ¿Un ménage à trois?

—Tengo el sentimiento de que algo quiere —replica, intentando no sonreír.

Él pone una sonrisa embarazosa.

—Me ha pillado. Algo sí quiero. Me preguntaba si le apetecería acompañarme a ese bar de ahí a tomar algo.

—¿Una cita? —Chloé enarca ambas cejas, aunque su gesto presumido se borra en cuanto percibe rechazo en los ojos azules del hombre. Al principio parecían casi fluorescentes, pero ahora son oscuros. Muy oscuros.

—No exactamente. Solo… solo quiero que me acompañe. No es nada amoroso ni raro. No es que la haya visto por la calle y el corazón me haya dado un vuelco. Le prometo que no se trata de nada de eso.

Chloé cruza los brazos sobre el pecho y se pone un poco a la defensiva. Aunque él no parece peligroso, nunca se sabe. 

—¿Y de qué se trata?

Nota que él está en conflicto consigo mismo. Tarda unos momentos en contestarle, momentos en los que se limita a mirarla a los ojos, una mirada larga y turbada que hace que a ella le dé un vuelco el corazón.

—Hace frío —habla él por fin, con voz baja y controlada. A pesar de su tono, la nota vibrante que hay en su voz hace que Chloé se estremezca, y desde luego que no es por el viento—. Es… la hora de cenar. Y resulta que yo sé que en este bar de aquí suena la mejor música de todo París. Y no he podido evitar preguntarme si a usted… Si le apetecería hacerme compañía. Mire, es un sitio público, y le prometo que no le pondré un dedo encima. Podrá marcharse cuando quiera. Es más. —Levanta un dedo en el aire pidiéndole que aguarde, se saca la cartera del bolsillo y le alarga cincuenta euros—. Tenga. Yo le pago el taxi. Cójalo, por favor. Si le parece que he dicho o hecho algo que la haya molestado, puede marcharse en cualquier momento.

Chloé le clava la mirada. Ya no parece divertida por la situación.

—Guárdese su dinero. No lo quiero.

—Pero…

—Iré con usted, porque me tiene muy intrigada. Y si hace algo inapropiado, le daré una patada en los huevos. ¿Estamos?

El rostro de él se abre en una sonrisa divertida.

—Muy bien. Me parece un buen trato.

—Genial. Me llamo Chloé. ¿Y usted?

—Vincent.

—Encantada, Vincent.

Él hace un leve gesto con la cabeza.

—Un placer.

Se miran, intercambian una sonrisa cortada, y Vincent abre la puerta.

—Sabes que no soy una prostituta, ¿verdad? —aclara Chloé abruptamente, al verse en medio del lobby de un hotel.

Él la mira por debajo de la frente arrugada, lo cual le da un aspecto aún más interesante y atormentado.

—¿Qué?

—Si me has traído a este hotel porque quieres acostarte conmigo o porque quieres un ménage à trois

Se interrumpe porque él se ha echado a reír y es tan atractivo cuando ríe que las ideas de Chloé se dispersan un poco. Se da cuenta de que su rostro risueño le resulta un poco familiar, aunque es incapaz de ubicarlo en su memoria.

—Descuida. Te prometo que no quiero acostarme contigo.

Eso, de alguna forma, la ofende.

Y se enfurece consigo misma por permitir que algo así la ofenda.

—¿Y a dónde vamos entonces?

—Ya te lo he dicho. Al bar. Sígueme. Es por aquí.

Le señala la dirección sin tocarla. Le gusta eso en un hombre. Los hombres que se toman la libertad de tocarte la cintura, de incluirte entre sus propiedades sin pararse a preguntar qué opinas tú al respecto, la enferman.

Contenta de descubrir que él no es uno de ellos, camina en silencio por la moqueta roja y cruza la puerta que él acaba de abrir para ella.

En efecto, es un bar, un bar lujoso que la hace fantasear con los elegantes años sesenta y los recitales de Nina Simone. Seguro que ella habría tocado ese piano de ahí. ¿No se había autoexiliado a París después del asesinato de Martin Luther King, harta de la segregación racial, y con razón?

—Siéntate —le dice Vincent, señalando una mesa cercana al piano—. ¿Qué te apetece tomar?

—Yo… nada —responde Chloé, consciente de que no podría pagar ni un vaso de agua.

—Está bien.

Él se sienta a su lado con una sonrisa y le hace una señal al maître, que se acerca de inmediato.

—Vincent, buenas noches. —Por la enorme sonrisa con la que los recibe el maître, está claro que se conocen bastante bien y que, además, Vincent le resulta simpático. Eso tranquiliza a Chloé.

—Hola, Claude. ¿Cómo estamos hoy?

—¿Para qué vamos a andar quejándonos?

—Ciertamente. No tendría sentido. Esta es mi amiga, Chloé.

Claude inclina la cabeza con majestuosidad.

—Buenas noches, señorita. Encantado de conocerla.

—El gusto es mío —replica ella, devolviéndole la sonrisa.

—¿Por qué no nos traes una botella de vino, dos copas y lo que sea que tengáis de cenar esta noche?

—Ahora mismo. Ah, antes de que se me olvide —Claude se vuelve a girar con un dedo en alto—. Alexander andaba buscándote. Creo que quiere hablar contigo de la fiesta de Navidad.

—Muy bien. Iré a verle en un momento. ¿Está en su despacho?

—¿Dónde iba a estar? Siempre lo he dicho: necesita una novia.

Una pequeña sonrisa se reproduce en los labios de Vincent.

—Puede, pero no se lo digas a él.

—Dios me libre. Se pondría hecho un basilisco.

Los dos se echan a reír. Chloé los contempla con una sonrisa incómoda.

Claude se retira y Vincent gira la mirada hacia ella.

—Voy a tener que dejarte sola un rato. Por favor, cena y acábate el vino porque yo soy abstemio y no podría bebérmelo.

Una expresión de sorpresa cruza los ojos azules de Chloé, que se abren de golpe ante ese testimonio.

—¿Eres abstemio?

—Sip.

—¿Y por qué has pedido vino?

Él se encoge de hombros y le dedica una de sus sonrisas canallas.

—Pensé que podría gustarte. Si no es así, pide otra cosa. Las consumiciones me salen gratis.

—¿En serio? ¿Por qué? ¿Eres el dueño?

Él suelta una carcajada y Chloé se descubre mirándolo con una sonrisilla bobalicona.

—No. Pásalo bien, Chloé. Te veré más tarde si es que sigues aquí.

Se despide con un gesto de cabeza y se marcha, dejando a Chloé sola, con el ceño fruncido y decenas de preguntas dando vueltas por su mente. ¿Quién es ese hombre y qué es lo que pretende?

—Espero que le guste el pato confitado y el puré de manzana —interrumpe Claude su abstracción.

Los ojos de Chloé se elevan hacia los suyos.

—Sí, gracias, Claude. Suena perfecto. Por favor, no me hables de usted.

—Está bien. El vino es un Pinot Noir. Si no te gusta, podemos traer otro.

¿Pinot Noir? Dios mío. Como para no gustarle.

—Pinot Noir es perfecto. Gracias.

—Es buen tipo, ¿eh? —comenta Claude mientras descorcha la botella y le sirve una generosa copa.

—Eso parece —responde Chloé distraída.

—Tengo que decir que me ha alegrado verle con una chica. Y más con una chica tan guapa. Nunca se trae a nadie. Y siempre está tan triste…

Chloé lo mira parpadeando.

—¿Nunca se trae a nadie?

—¿Vincent? Dios, no. —Claude ríe, como si la idea en sí le resultara descabellada—. Debes de ser especial.

Chloé asiente con una sonrisa forzada. Especial. A lo mejor es un asesino en serie y ella encaja en el patrón. ¿Por qué si no un tipo tan guapo iba a estar siempre triste?

En fin. Al menos no pasará la noche sola en casa, muerta de frío y de hambre.

Coge el tenedor de plata —guau— y se lleva un poco de pato a la boca.

—Dios mío… —se deleita—. Hmmm. Está delicioso —le dice a Claude con una sonrisa, que él le devuelve antes de retirarse.

Sus ojos comprueban el enorme reloj colgado detrás del piano. Son casi las once de la noche. Ha pasado la hora de cenar. Aunque el hambre no entiende de horarios, por lo que Chloé se acaba toda la comida en un par de minutos. Vaya. Seguro que acabará poniéndose mala. Su estómago ya no está acostumbrado a esas comilonas.

Claude, que probablemente por orden de Vincent ha estado muy pendiente de ella, se le acerca con un plato de pastel de chocolate.

—Oh, por Dios. ¿Postre también?

—Ordenes de Vincent.

—Vale, tengo que preguntarlo. ¿Quién es este tío?

Claude frunce el ceño y deja el plato delante de ella con una mano elegantemente apoyada contra su espalda.

—¿A qué te refieres?

—Tiene que tener un defecto.

—Pues…

En ese momento Claude se calla y algo a sus espaldas llama su atención. Chloé se gira con la silla y se queda boquiabierta. Quien se ha sentado detrás del piano no es Nina Simone sino Vincent.

—Dios mío —cae de pronto, y le da un golpecito a la mesa—. ¡Jo-der! Sabía que me sonaba de algo. ¡Es Vincent Crozet, el pianista!

Claude la mira, confuso.

—Sí. Pensaba que lo sabías.

—Pues no. Me sonaba familiar, pero hasta verle detrás del piano no he comprendido quién era. Hace tiempo leí un artículo sobre él. Ese tío es mega famoso. Creo que decían que es el mejor pianista del mundo o algo así, ¿no?

—Algo así.

—¿Qué hace aquí?

—Alexander, uno de los dueños del hotel, es un melómano y se ha empeñado en tener al mejor. Vincent toca tres veces por semana. El resto del tiempo está muy ocupado. Creo que hace musicales y cosas por el estilo. No es demasiado comunicativo.

Chloé vuelve a mirarlo y se pregunta si la ha invitado a cenar porque él también la ha reconocido a ella. No le parece probable. Las cantantes de ópera no son tan famosas. Y mucho menos las cantantes de ópera que han caído en el anonimato y la desgracia.

—Vaya. Vincent Crozet en persona. No me lo puedo creer.

Claude retiene la sonrisa.

—Disfruta del concierto —le desea antes de dejarla sola.

Vincent, sentado detrás del piano, no la mira. Contempla las teclas con expresión absorta. Chloé atraviesa el pastel con la cucharilla y sonríe antes de probarlo. ¡Está cenando con Vincent Crozet!

Bueno, está cenando sola porque él no ha tocado la comida. Pero la ha invitado. ¿Por qué? ¿La vio por la calle y se dijo a sí mismo: voy a invitar a esta chica a cenar y a que escuche mi recital? ¿Qué vio en ella?

Las dudas hacen que Chloé se dé un pequeño repaso a sí misma. No encuentra nada especial. Una pelirroja con curvas. En los sesenta la habrían considerado guapa y voluptuosa. Ahora, en cambio, cuando las mujeres parecen esqueletos vivientes, estas curvas están un poco fuera de lugar.

Cierto es que en los últimos meses ha encogido bastante, fruto de la mala alimentación y la tristeza. Aun así, su cuerpo con forma de chelo está pasado de moda si una hace caso a los estándares actuales de belleza.

El sonido del piano la hace levantar la mirada abruptamente y enfocar a Vincent.

Medio sonríe al reconocer los acordes y, cada vez más impresionada, sigue el ritmo con el cuerpo. Sinnerman. A Nina Simone le habría encantado. 

Demonios, es muy bueno. Lo da todo. Y su voz, cuando empieza a cantar, es perfecta.

Chloé lo mira eclipsada y se da cuenta de que todo el mundo le ha clavado la mirada. Todos notan su magnetismo y, al igual que ella, no consiguen dejar de mirarlo.

Es, sin duda, un pianista magnífico.

Aunque no es la magnificencia lo que atrae la atención de Chloé. Es la tristeza. De repente le parece aún más roto, irremediablemente fracturado en miles de pedazos que nunca podrán recomponerse.

La pequeña sonrisa de Chloé muere encima de su rostro. En cuanto sus dedos rozaron las teclas del piano, él se convirtió en alguien como ella y parece que nadie más lo esté notando. Creen que es pasión. No lo es. Es un grito de auxilio.

Y solo alguien destrozado podría entenderlo.

*****

Unas horas después, Vincent baja del escenario y se le acerca con una pequeña sonrisa.

—Hola. Me alegro de ver que sigues aquí.

—¿Hola? ¿Por qué no me has dicho que eres pianista? —reprocha Chloé, aunque con gesto simpático.

—No lo preguntaste. ¿Qué tal la cena? Espero que estuviera buena.

—Magnífica, aunque no tenías que haberte molestado.

—No lo he hecho. Se incluye en mis honorarios.

—No lo entiendo.

Él frunce el ceño y ocupa una silla al otro lado de la mesa.

—¿El qué?

—Qué hago yo aquí. ¿Me viste por la calle y dijiste seguro que no ha cenado, voy a invitarla a cenar? ¿Haces obras benéficas en época navideña o qué?

Los labios de Vincent se despliegan en una sonrisa un tanto incómoda.

—Te vi por la calle y tuve la impresión de que no te apetecía estar sola. Y pensé que aquí, rodeada de gente, estarías mejor.

—Entiendo. —Chloé baja la mirada hacia su plato vacío, pone una sonrisa insegura y después lo vuelve a atravesar con toda la fuerza de sus ojos—. Te he reconocido. Pero… ha sido cuando te he visto sentado en el piano. Antes de eso creía que eras alguna especie de asesino en serie. Guapo y letal, o algo así.

Vincent rompe en carcajadas. A Chloé le gusta el sonido de esa risa y se descubre a sí misma contemplándolo de nuevo con sonrisa bobalicona y la mano apoyada contra la mejilla.

—¿Y ahora qué piensas sobre mí? ¿Aún crees que soy un asesino en serie?

—Hmmm. No las tengo todas conmigo —dice en son de broma.

—Te prometo que no quiero hacerte daño. 

Se lo asegura con tanta seriedad que ella también se pone seria y lo estudia a través de las pestañas con aire grave. Sobreviene un silencio. Cómodo. Íntimo.

—Te creo.

—Bien.

Intercambian una pequeña sonrisa y él toma un trago de la botella de agua que traía al bajar del escenario.

—¿Cómo es que eres abstemio? ¿Has tenido problemas de alcoholismo?

Es algo muy habitual entre los músicos de su nivel. La fama, la presión, el miedo de no estar a la altura. Algunos pierden la confianza en sí mismos e intentan encontrarla en una botella o en alguna sustancia que les haga escaparse de su realidad. Espera que no sea ese su caso. Sería una lástima que alguien así se echara a perder.

Él levanta la mirada con expresión deshecha. Chloé se siente de pronto aturdida. Sabe que ha tocado una fibra dentro de él y que no le ha hecho la menor gracia. Le gustaría decir algo, que lo siente, que no hace falta que le conteste, pero entonces él separa los labios y cualquier cosa que Chloé pudiera decirle deja de importar.

—Mi padre era alcohólico —responde, con mirada abstraída—. No quiero tener nada en común con él.

Toda una serie de expresiones confusas cruzan el rostro de Chloé. Nota la faz tirante, el ceño fruncido, y su mirada se vuelve lejana, atraída por un pasado al que no le gustaría volver ni siquiera dentro de su cabeza.

—Ya. Te entiendo —susurra, manteniendo los ojos dispersos sobre el mantel—. Mi padre también es alcohólico. O al menos lo era antes de que lo encerraran. Ahora no tengo ni idea de cómo es. Hace veinte años que no lo veo.

Vincent ladea la cabeza hacia la derecha y sus ojos fluorescentes atrapan su mirada.

—¿Por qué lo encerraron? —Ella pone una sonrisa triste y desvía la mirada hacia el piano—. Si no me lo quieres decir, está bien. Siento haberlo preguntado. Normalmente no interrogo a la gente. No pretendía hacer que te sintieras…

—Mató a mi madre —lo frena Chloé, cuyos ojos se elevan de golpe y desgarran a los suyos. Vincent contiene el aliento y la mira con rostro de piedra. Al ver la mella que han hecho en él sus palabras, Chloé baja los párpados y se obliga a respirar hondo. La gente nunca quiere saber la verdad. Creen que sí, pero en cuanto la desvelas, se dan cuenta de que la verdad es demasiado para ellos—. Lo siento. No sé por qué te lo he dicho. Yo tampoco voy por ahí contándole esto a la gente.

En un impulso, él pone la mano encima de la suya. Está ceñudo y es evidente que intenta asimilarlo todo.

Los ojos de Chloé caen sobre sus manos entrelazadas. La está tocando, pero no se siente agredida ni incómoda. Es… agradable. Humano.

—Tranquila. Creo que los dos hemos dicho cosas que normalmente no diríamos.

Sus miradas se cruzan de nuevo. Intercambian una pequeña sonrisa cargada de desánimo y él la suelta y se echa hacia atrás en el asiento. Chloé busca algo que decir. Algo… neutro.

—¿Hace mucho que tocas en este bar?

—Medio año.

Él le devuelve la mirada, una mirada penetrante que la deja sin aire en los pulmones.

—Guau.

—En esta época es una locura. Falta poco para Navidad y andan escasos de personal. Me acaba de decir Claude que necesitan ayuda en la cocina. Aquí siempre se necesita algo en alguna parte.

Chloé se coloca un mechón caoba detrás de la oreja. Lleva el pelo largo, ondas grandes que cuelgan sobre sus hombros, y su rostro es muy blanco, un blanco casi impoluto, que hace que toda la atención de las personas caiga sobre sus ojos azules. Sabe que tiene un rostro simétrico, hermoso, de nariz pequeña, labios carnosos y pómulos marcados. El rostro es una de las cosas de las que más orgullosa está. Es idéntico al de su madre, y siempre que se mira en un espejo, tiene la sensación de que ella no se ha ido del todo. Sigue ahí, como si su esencia aún viviera a través de ella. Sonríe cuando ella sonríe y se pone triste cuando a ella la invade la tristeza.

Cada vez que se mira en un espejo, Chloé deja de sentir esa soledad desgarradora que hace veinte años que la acompaña como una sombra. Siente el amor materno que tanto ha anhelado volver a sentir.

Aunque la sensación solo dura poco más que unos segundos. Después, todo se apaga y una profunda soledad vuelve a apoderarse de ella.

Y en medio de esa soledad, el tiempo se ralentiza, los segundos se vuelven lentos y carentes de todo sentido, y lo único que puede ver es oscuridad, una oscuridad impenetrable, inhumana, un monstruo que se alimenta de cualquier sentimiento bueno y noble, de cualquier luz que se arriesga a acercarse. A diferencia del amor materno, la oscuridad la acompaña a todas partes, a todas horas. No hay forma de huir.

Ella es oscuridad.  

—Ah, ¿sí? —se obliga a hablar, carraspeando para desprenderse de su tono de voz enronquecido—. ¿Qué clase de ayuda?

Los dedos de Vincent están empeñados en hacer girar el tapón de la botella de agua. No la mira.

—Ya sabes, gente que friegue los platos y pele patadas y esa clase de cosas —responde sin conceder la menor importancia—. Nada complicado, dado que en el bar no preparan las comidas ni las cenas. Todo esto viene del restaurante del hotel —explica, señalando hacia su plato de postre.

—¿En serio? Pensaba que lo hacían aquí.

—No. Aquí solo preparan platos ligeros para los clientes del bar, tablas de picoteo y poco más. La actividad no es tan frenética como en el restaurante, así que ni siquiera necesitan personal cualificado. 

Chloé se aclara la voz por lo bajo, junta las manos en el regazo y se queda con los ojos clavados en sus nudillos.

—Si yo hablara con Claude sobre ese trabajo… ¿te molestaría?

—¿A mí? —Él frunce el ceño y la mira por fin a los ojos—. En absoluto. De hecho, si quieres, puedo hablar yo por ti. Se me da bien negociar. Seguro que te consigo las comidas gratis.

Ella se echa a reír. No es diversión. Solo es alivio.

—¿Harías eso por mí?

Él calla unos segundos y le dedica otra de sus miradas largas y penetrantes.

—Sí, Chloé. Haría eso por ti.

Chloé se muerde el labio y sonríe. A pesar de todo, el corazón se le ha encogido en el pecho, porque él tiene algo irresistible que consigue atravesar todas sus defensas. Por unos segundos sus ojos caen sobre sus labios y la pregunta de cómo sería besarle la distrae momentáneamente. Sería intenso, sin duda.

Se estremece y desvía la mirada de inmediato. No debe pensar en cosas así. Es una tontería.

—Hoy se cumplen veinte años —confiesa con voz abrupta.

—¿Qué?

—Desde que mi madre murió. Por eso no quería irme a casa. Gracias por la invitación. Yo…

Él niega despacio y pasea los ojos por todo su semblante. La mira como si quisiera grabarse su rostro en la memoria.

—No me des las gracias. No he hecho nada.

Pero lo ha hecho todo y Chloé solo puede sentir gratitud. Gratitud y algo más. ¿Mariposas en el estómago? Vaya tontería.

«¿Cuándo vas a madurar, Chloé?»

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Destacado

Diciembre 2018

La era de la soledad

Malditos propósitos de Año Nuevo

La historia nunca habría dado este giro de no haber sido porque, en una álgida noche de finales de 2018, una soltera de treinta y cuatro años llamada Pompeya llegó a la conclusión de que su vida era…

¡¡¡Un enorme fracaso!!!

De acuerdo, quizá no fuera todo tan melodramático como para usar tres signos de exclamación. Ahora que lo pienso mejor, la noche era más bien templada.

Los vientos del noroeste habían decidido emborracharse como todo hijo del vecino, colgar el cartel de cerrado por tiempo indefinido y pregonar ¡aquí no sopla ni Dios, joder!

Al fin y al cabo, se trataba de la noche más vieja del año. Los vientos del noroeste también se merecían un pequeño descanso, ¿no?

O, a lo mejor, los muy capullos habían ido a visitar a la familia y a dárselas de listos delante de sus primas, las ventiscas que aún seguían solteras y sin hijos.

Sea cual sea el motivo cósmico que generó tal extraño acontecimiento, el resultado me tocaba las narices. Una noche templada o suave no me servía de excusa para regodearme en la miseria. A casi diez grados por encima de cero como que no está justificado deprimirse en Nochevieja, ¿verdad?

Vaya que no. ¡Se supone que estás arropado por la calidez de toda tu familia!

Por desgracia, mi encantadora familia, lejos de querer arroparme con su calidez, no hacía más que preguntarse ―véase definición de egocentrismo en el diccionario― qué habían hecho mal para que yo siguiera soltera a mi honorable edad. ¿En serio? ¿Incluso mi puñetero estado civil era mérito suyo? Increíble.

―Nos pilló haciendo el amor cuando tenía tres años ―le explicó mi madre a una señora mayor.

Expulsé de golpe el vino que me acababa de tragar. No fue nada elegante.

―¡Mamá! ―clamé, tosiendo como una descosida―. ¡Eso no tiene nada que ver con mi estado civil! Y ni siquiera me acuerdo. Gracias a Dios…

―Debió de quedarse tan traumatizada que ahora no puede involucrarse en ninguna relación sentimental seria, pobrecita mía.

―¡Mamá, cállate ya! Papá, ¡di algo!

―Creo que tu madre tiene razón, cariño. Nos pillaste haciendo el amor.

―Ay, Dios. Necesito más vino. O un poco de cianuro. ¿Me disculpáis?

―Si a eso sumamos que está enamorada de su mejor amigo…

Abandoné la idea de ir a por otra copa de vino y me volví a sentar en la silla. Necesitaba algo más fuerte. Algo como ¡gritarle a mi madre y sacudirla para que reaccionara!

―¡Mamá, deja de repetir eso! ¡No estoy enamorada de Liam! ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

―Pero él la tiene en lo que los jóvenes llaman ahora la friendzone. O sea, ni contigo ni sin ti. Son una generación muy cruel. Nosotros éramos mucho más solidarios. Y protestábamos por todo. Ahora nunca salen a las calles a reivindicar nada.

―No estoy enamorada de Liam. No estoy enamorada de Liam ―repetí el mantra con los ojos en blanco, aunque nadie me hizo el menor caso― No-estoy-enamorada-DE-LIAM ―les grité para que me prestaran atención.

Se callaron, me miraron un segundo, confusos, y después retomaron su conversación.

―En mis tiempos, si un chico no te pedía matrimonio en la quinta cita, no debías verle más.

―Es imposible que esté enamorada de Liam. Im-po-si-ble. ¿Te lo digo en alemán? Nicht erhältlich, joder. Nicht erhältlich.

―Pero hoy en día se pueden tirar años y años saliendo y ¿para qué? Si luego no se casan.

―¿En portugués? Impossível.

―Es una chica fantástica. Pero esta relación de codependencia…

―¿En francés? Impossible.

―Lo admito, él es un chico muy guapo. Más que guapo. A mí me entran sofocos cada vez que le veo. Aunque puede que eso sea por la menopausia y que su firme y masculino rostro no tenga nada que ver. Se da un aire a lo Alain Delon. ¿Se acuerda de lo guapo que era de joven?

―En sueco. Te lo diré en sueco. Omöjlig.

―Es guapo, desde luego, es un diablo muy apuesto, pero no está enamorado de ella.

Un brillo de dolor cruzó mi mirada. Dejé de comportarme como una neurótica y mis ojos volaron hacia los de mi madre.

―No está enamorado de ti, cariño ―repitió, devolviéndome la mirada, una mirada larga y compasiva.

Vaya. Compasión, ¿eh? Uf. Qué duro.

Cogí aire en los pulmones y lo solté despacio. Mi mundo se había quedado de repente en silencio.

―Ya sé que no está enamorado de mí, mamá. Liam es un ligón. El amor no va con él. No está enamorado ni de mí ni de nadie.

―Por eso deberías encontrar a otra persona.

―No es Liam quien me impide hacerlo ―le expliqué con tristeza.

―En parte, sí. Sabes que sí.

Nos miramos durante un tiempo indeterminado, hasta que decidí no seguir adelante con esa conversación.

―Está bien. Voy un segundo al baño. —No podía seguir viendo ese brillo compasivo en los ojos marrones de mi madre―. Disculpadme.

Nadie dijo nada y obligué a mis piernas a sostener todo mi peso y a arrastrarlo lo más lejos posible de ahí. Sospechaba que mis padres se iban a enzarzar en una discusión en breve. Papá le echaría en cara a mamá el haber mencionado a Liam y ella defendería que alguien debía hacerme entrar en razón.

Lo de siempre.

Agarré una copa de vino de camino al baño y me la bebí delante del espejo. Cuando conseguí que estuviera completamente vacía (no me costó mucho, solo cuatro sorbitos de nada), la deposité sobre el lavabo y me quedé mirando mi propio reflejo en el espejo, hasta que, de pronto, bufé una sonrisa incrédula, dirigida hacia mis estúpidos pensamientos.

―¡Venga ya! No estás enamorada de Liam Taylor, ¿vale? Puede que te gusten sus electrizantes ojos azules y… ese aire de indiferencia con el que se pasea por la vida y… ¡de acuerdo! su perfecto conjunto de músculos y tendones. ¿Y cómo no iba a gustarte? Por Dios, ese hombre redefine el término de tableta. ¡Está como un queso! Y quieres darle un bocado. Sabes que sí. Un gran y sabroso bocado. Y, probablemente, quieras lamer el sudor de su cuerpo, de esos abdominales tan tensos y definidos… Pero fantasear con arrinconarlo contra la fotocopiadora y con desgarrarle su estúpida camisa cosida a mano en algún país tercermundista no quiere decir que estés enamorada de él. Superaste eso en la universidad. Eres inmune a todos sus encantos.

Solté un interminable soplido y apoyé las manos en el lavabo con gesto hastiado. Estaba dispuesta a negociar conmigo misma.

―Está bien. No te has inmunizado del todo. Pero sabes que no tienes ninguna posibilidad con él. Es un ligón. Un abejorro que vuela de flor en flor. ¡Es como George Clooney! Quieres tirarte a George Clooney, pero sabes que nunca podrías casarte con él, porque está completamente fuera de tu liga. Liam es tu George Clooney. Así que acéptalo de una vez y deja de darme el coñazo, joder.

Hice ademán de coger la copa, pero reparé en que estaba ya vacía. Mierda. Necesitaba suministros.

Me lancé una mirada de severidad a través del espejo, me apunté con el dedo índice como diciendo date por enterada y puse fin a la trifulca conmigo misma.

Cuando abandoné el baño, estaba mucho más calmada que al entrar. Incluso le sonreí a mi madre, que me miraba con preocupación.

¡Poppy!

Nicole, pletórica, ya que la muy condenada se había convertido en el centro de atención de la fiesta gracias a su nuevo embarazo, agitó la mano por si no la había visto aún.

Lo cual era imposible. Nicole, rubia, alta y tan, tan, hija de puta, era como un elefante que irrumpía en una cacharrería y arrasaba con todo a su paso. Incluida mi pobre y escasa autoestima…

―¡Poppy! Ven a sentarte con nosotros. Estamos impacientes por escuchar historias de tu glamurosa vida en la gran ciudad.

Estupendo. Otra mujer casada, y más joven que yo, que se creía capacitada para darme consejitos de amor.

Justo lo que me hacía falta, que la media naranja de mi primo ―limón cuando llegabas a conocerla mejor― me restregara por la cara su felicidad conyugal o que me contara, hasta la saturación, aquella historieta de la ancianita solterona que acabó devorada por sus ocho gatos.

Por el barrio circulaba el rumor de que los policías nunca consiguieron determinar si la pobre mujer estaba viva o muerta en el momento exacto en el que los feroces colmillos de los mininos se ensañaron con ella. Por supuesto, Nicole tenía sus teorías. Gores no, lo siguiente.

Según ella, si me lo contaba era para animarme, para que yo viera que había gente que lo pasaba peor que yo. Encima iba de altruista, la muy zorra.

De mala gana, encaminé mis pasos hacia su grupito, me coloqué el pelo oscuro tras las orejas y forcé una sonrisa para que nadie sospechara que empezaba a ponerme en plan homicida.

―Hola, chicos. Cuánto tiempo. ¡Feliz Año!

En vano intenté poner mi tono más entusiasta. Era evidente que me sentía incómoda. Los chicos me miraron con sonrisas ambiguas. Lo sabían. Olían mi miedo como los coyotes.

Tragué saliva y tensé los labios en un gesto aún más penoso. Ahí estaban todos ellos, juzgándome, lo veía en sus ojos, sus afilados y hambrientos ojos: mis primos Bob y Benji, los dos casados y con hijos, mi prima Ally, casada y con hijos, nuestros vecinos, Charles y Brianna, casados y con hijos…

Todos preguntándose qué tenía yo de malo.

Treinta personas, y la única que ni estaba casada ni tenía hijos era…

Pues sí, lo habéis adivinado. Era yo.

Ah, y mi hermano Colin, pero él no contaba para las estadísticas. Él era un playboy y a los playboys se les justifica todo hoy en día.

Que yo trabajase en el mejor bufete de abogados de Nueva York o que el colegio de abogados me hubiese designado la letrada más exitosa del año 2017 no tenía ninguna importancia a ojos de mis familiares y conocidos. ¿De qué sirve el éxito si no tienes con quién compartirlo?

En Connecticut, todo se resume a una sola pregunta: ¿estás casada?

Entonces, no hay nada más de lo que hablar, señorías. Que conste en acta que la acusada es una solterona neurótica. Golpe de martillo y zanjamos el asunto.

Deseé haberme quedado en casa, mi maravilloso piso de soltera en el que me esperaba un adorable gatito. Bueno, lo de adorable me lo acabo de inventar. Calcetines era más bien un gato que no estaba emocionalmente disponible, siguiendo la misma línea que todos los hombres de los que yo me enamoraba.

A pesar de ello, deseé haberme quedado en casa, haber compartido una conserva de atún y haber mirado juntos películas ñoñas hasta las tantas de la madrugada. Era todo cuanto teníamos en común el gato cabrón y yo: la debilidad por las películas ñoñas. Al igual que a mí, a Calcetines le encantaba una buena y lacrimógena película romántica. A veces se ponía delante de la televisión y golpeaba a Ingrid Bergman con la zarpa cada vez que esta acaparaba plano. Creo que le ponía cachondo o algo. Más de una vez le había pillado restregándose como un loco por su cara y babeando mi mueble del Ikea. Lo suyo era Atracción fatal en versión gatuna.

Si le había negado al pervertido michi el capricho de ver al objeto de todos sus deseos felinos era porque sabía que mi madre jamás me habría perdonado el desaire. En nuestro vecindario, la fiesta de Fin de Año en casa de mis padres se había convertido en todo un clásico de las fiestas. Peor que El Cascanueces o el pavo relleno en Navidad. A la gente de Connecticut le encantaba celebrar el Año Nuevo en casas ajenas.

Y con razón. No quería ni pensar en todo lo que había que recoger y fregar al día siguiente. ¿Por qué mi madre no colgaba también el cartel de cerrado por tiempo indefinido y se limitaba a pedir pizza para cuatro? Yo lo había disfrutado mucho más. Al menos así no habría tenido que fingir que estaba la leche de animada con mi glamurosa vida en la gran ciudad. Sarcasmo, sarcasmo y doblete de sarcasmo.

«Te estás convirtiendo en una solterona muy amargada, Pompeya. Dicen que el cinismo no resulta nada atractivo a tu edad».

Resoplé y miré a mi alrededor con aire decaído. ¿A qué hora se iban a largar a sus casas, por el amor de Dios? Ya era bastante tarde. ¿Es que nadie estaba cansado de tanta charla que te charla?

El salón de casa era todo un panorama. Migas de los canapés salpicaban las fuentes casi vacías, y las copas se llenaban cada vez más deprisa, conforme las voces se elevaban y se agudizaban, como suele pasar cuando uno toma cinco o seis lingotazos de más.

Los hijos de nuestros amigos y vecinos se habían ido a dormir hacía rato, y la conversación en el grupo de mis primos rozaba peligrosamente el terreno sexual. Los casados se afanan por conocer la vida amorosa de los demás. Les da mucho morbo saber que hay gente que aún se lo monta sin un test de ovulación de por medio.

No sé cómo lo consigues, Poppy. Si yo tuviera que salir todos los sábados a buscar un polvo, me volvería loca.

«Jajaja. Qué gracia la tuya, Nicole. No sé por qué no te han fichado aún para hacer de payaso en la tele».

Rechiné los dientes, fingí recolocarme el tirante de mi vestido negro de coctel y forcé una sonrisa tensa para impedir que los pensamientos se me trasparentaran en el rostro.

―Bueno, a ti no te hace falta. Tú tienes a Bob.

La pelota fue devuelta con dulzura, pero Nicole se percató de que mis ojos brillaron malignos al lanzar una mirada elocuente a la barriga cervecera del susodicho, que colgaba como un flan por encima de la cintura de sus pantalones de vestir.

Ugh, tenía pelusas en el ombligo.

¿Usaba Nicole la aspiradora para higienizar la zona? Yo sé que lo habría hecho.

―Es verdad ―coincidió ella, con una atiplada voz que alejó de mi mente la imagen de una mujer con una aspiradora, cantando I Want to Break Free―. No sé qué haría si no hubiese conocido a tu primo. Fue amor a primera vista. ¡Se me declaró en la décima cita!

Mentalmente me metí los dedos en la boca y simulé el gesto de vomitar.

«Sí, sí, sí, todos lo sabemos, Nicole. Cayó de rodillas y te dijo que o te casabas con él o se tiraba por un barranco. Eso no es romanticismo. ¡Es desequilibrio mental! Pura codependencia. Yo que tú, lo ingresaba en un psiquiátrico a la mayor brevedad posible».

Bob, por aportar algo a la conversación, y para que sus amigotes le rieran las gracias, nos deleitó con un eructo con olor a ajo. La sonrisa de Nicole se hizo añicos, y yo me sentí tan bah que decidí entretenerme con una copa de ponche.

―Cargadito ―le pedí a mi hermano Colin, al que agarré por la manga de la camisa para asegurarme de que me había entendido bien. 

Colin medio sonrió burlón.

―Te veo un poco tensa. ¿Necesitas que te rescate?

Como esto siga igual, necesitaré una catana Hattori Hanzō antes del amanecer ―farfullé entre dientes.

Me volví de cara a nuestros primos y amigos y compuse la mejor de mis sonrisas. Había que disimular.

Colin soltó una carcajada gutural y se fue a traerme la ansiada copa. Me quedé mirando las anchas espaldas que se abrían paso entre el gentío y no pude evitar preguntarme: ¿por qué a mí se me trataba de forma diferente?

Mi hermano tenía treinta y dos años y también estaba soltero. Es más, constaba en acta que salía a la calle en busca de polvos fáciles no solo los sábados, sino también los lunes, los martes, los miércoles… ¿Por qué nadie se metía con él? A todo el mundo le parecía que la vida neoyorquina y lasciva de Colin era la leche. Incluso le felicitaban por ser tan ligón.

¡Pero si Colin era como yo, solo que con pene! ¿Hola? ¿Nadie lo veía?

―Puñetera sociedad machista ―refunfuñé entre dientes.

―¿Qué has dicho, cielo?

―Que tengo que ir al dentista. Tengo una muela que me araña la lengua.

Nicole pestañeó incómoda.

―Oh. Lo siento mucho.

―Y yo, y yo.

A falta de una copa con la que entretenerme, empecé a ponerme cada vez de peor humor y a despotricar en contra del patriarcado.

Nunca había tenido envidia fálica, pero ahí estaba la idea, expandiéndose como brotes de hiedra venenosa por mi cerebro. Daba igual la dirección en la que yo dirigiera mis ideas. En el fondo, todos los caminos llevaban a una sola conclusión: si yo hubiese tenido pene, nadie me estaría dando el coñazo.

«Al final va a ser verdad eso de que son los penes y no los cerebros los que dominan el mundo».

El buenazo de Colin me trajo una copa, que me bebí de tres tragos y casi sin respirar. Necesitaba dejar de filosofar sobre la conspiración de los penes. Lo mío no era saludable. Ya estaba alterando los nombres de todas las series y películas que conocía, para que tuvieran un aire fálico, acorde con la misoginia de la sociedad en la que estábamos viviendo.

El señor de los penes.

Juego de penes.

Lo que el pene se llevó.

¿¡Dos penes y medio!?

Ugh.

Estaba horrorizada. ¿En qué clase de mundo retorcido estábamos viviendo si a todo se le podía conceder un aire fálico?

Incluso imaginé a Rick Blaine diciéndole a Ilsa Lund: siempre tendremos el pene. Así, con aire melodramático y ojos de cordero degollado. A fin de cuentas, era el final de una guerra mundial.

―Otra.

―Poppy…

Otra ―gruñí entre dientes, como la hermana mayor y abusona que era.

Ya estaba bien de tonterías, ¿no? Llevaba horas enteras aguantando miradas de compasión y forzando sonrisas incómodas cada vez que tocaba responder a la famosa pregunta que toda soltera mayor de veinticinco empieza a temer:

¿Hay alguien especial en tu vida?

 ¿Cómo conseguir que no se te quede cara de cuadro de Munch[1], si esa es la pregunta más gore que te pueden plantear en una fiesta llena de casados petulantes? Hubiese preferido la de: ¿alguna vez te han pegado la clamidia? Pues sí, no veas qué historieta más divertida. Espera a que te lo cuente.

Pero no, nunca te hacían esa pregunta. Me había preparado la anécdota unos diez años atrás y aún no había tenido la ocasión de soltársela a nadie.

―Bueno, no. En realidad, no, no hay nadie ahora mismo ―dije, como disculpándome, hecho que me enfureció al instante. ¿Por qué demonios me estaba disculpando con ellos? ¡Era mi puñetera vida!―. Es que… estoy muy centrada en mi carrera. Lo estoy dando todo. ¡A tope! Sí, voy a por todas ahora mismo. Casi estoy rozando el ascenso. Yo… no tendría tiempo… ¡Y ni siquiera quiero, no me malinterpretéis! Estoy muy feliz con mi vida actual. No cambiaría ni una coma. Mm-mm.

Nadie se tragó mi entusiasmo. Lo vi en sus caras de aves carroñeras.

―Oh. ―Pausa incómoda de Nicole y doble parpadeo inseguro. ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿POR QUÉ?!―. Tranquila, cielo, seguro que conocerás a alguien especial en breve.

Ay, Dios.

―Sin duda ―se dieron prisa los demás por animarme. Bob me dio lo que él consideraba una palmadita de consuelo en la espalda. El problema es que Bob era un tipo tan fortachón que su palmadita casi hizo que se me desgarrara uno de los pulmones. Al menos eso sentía yo mientras tosía como una desquiciada―. Ya verás como todo se arregla.

Seguí tosiendo.

―Y si ya no puedes tener hijos, siempre puedes adoptarlos ―añadió Charles con una sonrisa misericordiosa.

Se me quitaron todas las toses.

―¿¿Qué??―farfullé, aturdida.

―Sí, cielo. Seguro que este año consigues encauzar tu vida ―aseguró Benji.

―Encauzar mi vida. Ajá.

Me hundí en la perplejidad y paseé la mirada de un rostro al otro. ¿Por qué se comportaban como si yo hubiese sido condenada a cadena perpetua? Por Dios, ¡solo estaba soltera!

Me harté tanto de verlos compadecerse de mí que, tras la quinta copa de ponche, y bajo la amenaza de Colin de ingresarme en el programa Alcohólicos Anónimos, decidí aprovechar un descuido de Nicole y huir cobardemente. Iba a refugiarme en mi viejo cuarto, al menos hasta que la fiesta estuviese a punto de acabar. Un par de minutos de tranquilidad y unos cuantos lloriqueos. Era lo único cuanto necesitaba para dar la bienvenida a otro año de mierda, en el que la pobre Poppy seguirá siendo una solterona de treinta y cuatro años que sale a la calle todos los sábados en busca de polvos fáciles, y luego, ya satisfecha su enfermiza lujuria, regresa a un piso vacío, dónde solo la espera un degenerado minino, que, no nos dejemos seducir por sus ronroneos ―bien escasos, todo hay que decirlo―, planea devorarla dentro de unos veinte o treinta años. Viva o muerta, aún nadie lo sabe, aunque Nicole metería la mano en el fuego para defender la primera opción.

Qué panorama más deprimente. Si hubiese tenido una caja de bombones como Forrest Gump, me la habría zampado entera.

Para que nadie se percatara de que estaba a punto de escaquearme, me deslicé por las paredes con gran sigilo. Yo me veía a mí misma como a Spiderwoman, la mujer araña más rápida y letal del mundo.

Los demás, probablemente, verían al torpe agente Johnny English, ya que casi me cargo una lámpara de pared y el florero favorito de mi madre estuvo a tan solo un paso de desaparecer misteriosamente.

Jenny, la hija pequeña de Nicole, abrió los ojos azules de par en par cuando, nada más bajar la escalera, con su pijama de franela y el conejo de peluche apretado contra el pecho, vio lo que estaba haciendo yo.

Al principio, no supe a quién pertenecía esa maraña de rizos rubios. Habría jurado que era el caniche de la tía Molly. Pero el caniche habló, así que o yo estaba muy borracha o…

―¿Tía Poppy?

―Vaya, Jenny. Eres tú.

No, no era el caniche, aunque, en mi defensa, diré que cierto aire sí que se daba.

―¿Qué estás haciendo? ―me preguntó la niña, cuya voz se debatía entre el sueño y la curiosidad.

Sopesé la idea de decirle que intentaba huir del coco ―en este caso, su aborrecible madre―, pero cabía la posibilidad de que se pusiera a chillar y me delatara delante de los demás, así que me llevé un dedo a los labios, le pedí silencio con gesto serio, de persona adulta, y seguí adelante con mi táctica rápida y letal: pegada a la pared, di tres pasos deprisa y me detuve, miré a derecha e izquierda, me aseguré de que la zona estuviera despejada, y me volví a deslizar otros tres pasos más. Mejor no cuento cómo me arrastré por las escaleras. Ni el mismísimo Jean Claude Van Dame habría sido capaz de camuflarse de esa manera con la moqueta.

¿O quizá fuera el alcohol lo que me hacía verlo todo de forma mucho más grandilocuente?

Como fuera, conseguí llegar a la segunda planta, cerrar la puerta de la habitación a mis espaldas y desplomarme contra ella. Incluso empujé con fuerza, para que los malos pensamientos ―o, peor aún, ¡¡Nicole!!― no me siguieran más allá del umbral.

Admito que había tomado un poco más de ponche de lo habitual, aunque no creo que fuese el ponche de mi madre sino la desesperación lo que me impulsó a hundirme en las entrañas de la autocompasión y la miseria.

Comprendedlo, ahí estaba yo, de vuelta en mi antigua habitación, contemplándolo todo con expresión horrorizada ―y sujetándome al pomo de la puerta, porque el ponche vaya si era fuertecito―. La impresión de haber metido la pata hasta el fondo flotaba por encima de mí como una opresiva sombra gris.

Me fijé en los horrendos cuadros que colgaban de las paredes y, como cualquier ser con dos dedos de frente, hice una mueca de grima.

―Dios Santo, qué horror.

Luego recordé que alguien me dijo una vez que detrás de un cuadro horrendo siempre se oculta un recuerdo bonito y se me iluminaron los ojos.

Mi habitación estaba llena de recuerdos. Algunos bonitos. Pocos, cabe mencionar. La mayoría eran tan escalofriantes que había necesitado innumerables horas de terapia para poder borrarlos de mi subconsciente.

Así y todo, me pertenecían. Buenos o malos, los recuerdos formaban parte de mí. Una vida se compone de recuerdos de épocas pasadas y esperanzas para las épocas venideras.

Y muchas, muchas, fotos.

«Demasiadas», pensé con acritud. ¿Por qué nadie les había confiscado la Polaroid a mis padres?

«Ay, ¿esta es del día ese en el que casi gano las olimpiadas de matemáticas de mi instituto, de no haber sido porque en el último momento decidí intercambiar mi examen con el de Chris, el chico del que estaba enamorada en secreto?».

Chris, que llevaba unos dos años siendo un buen candidato para repetir curso, sacó una nota de 9,57 sobre 10, mientras que yo, que llevaba toda la vida coleccionando matrículas de honor, saqué un 2,49 sobre 10.

Fue tan polémico que me vi obligada a decir que estaba con la regla. Había que justificar de alguna forma ese nefasto resultado, y sabía que el director se lo tragaría. Hay hombres que siempre echan la culpa de todos los malos del mundo a nuestra regla. Son tan cortos de miras que no se les ocurre ninguna otra explicación.

Vaya, qué sentimental se ha puesto. Estará con la regla.

Cómo grita la hija-puta. Desde luego que es por la regla.

¿Se ha hundido el Titanic? Seguro que fue porque las mujeres que iban a bordo ¡tenían la puta regla, JODER!

Qué hartazgo.

Pero ya sabéis lo que dicen: si no puedes vencerlos, únete a ellos. Y, tristemente, yo me tragué mis principios, di un paso atrás en el feminismo y me uní. No estoy muy orgullosa de eso.

Chris, como él no tenía una regla a la que culpar, dijo a todo el mundo que se había tomado un Red Bull antes del examen.

Red Bull ab-reee la meeen-teee. El nuevo lema. Era mejor que el de Red Bull te da aaa-laas.

Quizá Chris se haya convertido ahora en la imagen oficial de la marca, porque, chico, ni el mismísimo Sebastian Vettel y sus cuatro títulos mundiales de F1 han conseguido darle tanta publicidad al gigante austriaco.

Después de esa hazaña, todo el mundo de mi instituto se enganchó al Red Bull. Y porque no había Internet ni leches que, si no, se habría hecho más viral que esa ridiculez de tirarse queso a la cara.

Mientras mi espesa mente de borrachina se distraía preguntándose por qué alguien en su sano juicio se tiraría una loncha de queso a la cara, mi cuerpo se acercó a la pared y mi mano agarró uno de los cuadros para mirarlo más de cerca.

Sentí nostalgia.

Y nauseas por el ponche.

Pero, sobre todo, nostalgia.

¿Qué había sido de esa valiente joven que se había atrevido a comerse el bocadillo más grande del mundo, a ganar el concurso de bocadillos gigantes y luego a sonreír con tanta fuerza que tan solo la diosa de la fortuna consiguió que no estallara la lente de la Polaroid de sus padres de lo fea que era la jodía?

Ugh, tuve que dar la vuelta al marco, porque vaya si era fea.

Pero, al margen de su poco agraciado aspecto físico, y aquí es dónde mejora el asunto, esa chica era intrépida, divertida, brava…Si con esas pintas de pirada y ese brote de acné en las mejillas se había atrevido a besar a Chris Mitchell, el chico más guapo de todo el insti, y luego no se había ahorcado con la cinta de una casete de Pink Floyd cuando Chris le había hecho saber, sin nada de delicadeza, que su aliento olía a cebolla rancia.

Ops. El bocadillo gigante. Es lo que tiene ingerir de golpe cuatro kilos de comida, Chris. Parece mentira que no lo supieras entonces.

Con un suspiro nostálgico, volví a dar la vuelta al cuadro y lo estudié con renovado interés.

Sentía que, de alguna forma, había decepcionado a esa chica. De acuerdo, yo tenía un diploma de Harvard y ella no. Y yo tenía una perfecta dentadura de la que presumir y ella no. Y, mi aliento, desde luego, ya no olía a cebolla rancia.

Pero, por lo demás, mi vida era un fiasco.

―¿Cómo has acabado así, Pompeya?  ―me pregunté en voz alta.

Me desplomé sobre la cama con aire teatral, apreté el cuadro contra el pecho y busqué la respuesta en las esquinas de esos doce metros cuadrados que me rodeaban. 

Para estupor mío, mi viejo cuarto, la leonera, como solían llamarlo mis padres, conservaba intactas las huellas de mi aborrescencia: el poster de Kurt Cobain ―¡sin camiseta!, ñam ñam― cubriendo toda la puerta, mi foto con un disfraz de Sailor Moon, otra foto mía, no muy favorecedora, me temo, vestida de Buffy Cazavampiros, con aparato dental y una sonrisa tan espantosa que los pobres vampiros se habrían desmayado del susto de habérseme acercado…

«¿Y aún me pregunto por qué no perdí la virginidad hasta los veinte? ¡Cristo bendito!»

Sacudí la cabeza para desechar el pensamiento de la virginidad de mi cabeza ―no estaba yo para más distracciones― y dejé que mis ideas siguieran ahondando como una taladradora, hasta que, poco a poco, la realidad empezó a adquirir contorno, a abrumarme.

Fue en ese momento y en ese lugar, ahí tumbada sobre las sábanas de Sabrina la bruja, rodeada de huellas de todo mi pasado nerd, donde comprendí por fin que… bueno, que, en resumidas cuentas, la había cagado.

Del todo.

Sí. Hasta el fondo.

―Ay, Dios.

Necesité un momento para asimilarlo.

―¡Ay, Dios! ―grité, incorporándome en la cama.

No, no podía asimilarlo.

―Ay, Dios…

Volví a deslomarme. Estaba sin fuerzas.

Se suponía que había superado esa etapa de mi vida, ¿no? Yo ya no era la fracasada de la clase, la que no conseguía que los chicos guapos saliesen con ella, a no ser que les hiciese los deberes y los exámenes, cosa que hice durante casi dos años por Chris.

Y, a pesar de todo, me había dado plantón. Maldito, maldito Chris. De no haber sido tan guapo… Y surfero…

«Cielos, cómo agitaba la melena rubia en el viento en ese viaje de fin de curso a California».

―Céntrate, Pompeya.

¿Qué estaba diciendo antes de que la melena y la sonrisa adolescente de Chris me hicieran perder el hilo?

Ah, sí, que yo ya no era esa. Había cambiado. Era otra. ¡Miradme! ¡Soy diferente!, clamaba algo dentro de mí. ¿Por qué ese cambio no se reflejaba en mi vida actual?

Las revistas femeninas me habían prometido una vida mejor.

Y los psicólogos infantiles también.

¿Dónde estaba esa vida ahora? ¿Me habían tangado?

Porque, afrontémoslo, nada había cambiado. To-do seguía exactamente igual. La habitación, mi vida sentimental, mi casi inexistente popularidad entre los chicos guapos, mi estúpido nombre en honor a la antigua ciudad romana destruida por un volcán…

Y, de pronto, se me ocurrió. Así, a través de las nubes etílicas que flotaban por mi mente, una idea estalló como un rayo. A fin de cuentas, borracha o no, yo era una persona inteligente. Ergo, pensaba.

Y en ese momento pensé algo que me sorprendió incluso a mí misma:

«¡Las cosas no cambian, Pompeya! Las cambiamos. La libertad nadie te la otorga. Hay que arrebatarla. ¿Qué pasa con el feminismo? ¿Crees que los hombres reconocerán alguna vez nuestros derechos y la igualdad de los sexos? De eso nada. Tendremos que luchar para conseguirlo. Vale, no en plan Xena, pero ya estás pillando la idea, ¿verdad?»

Qué teoría tan interesante. Seguí dándole vueltas.

Un momento, un momento, para que me aclare mejor. Entonces, si lo que hay que hacer es cambiar las cosas, ¿quería eso decir que yo podía hacerlo? ¿Podía cambiar mi vida, en lugar de lamentarme y esperar a que cambiara por sí sola?

Me incorporé con brusquedad y se me fueron dilatando los ojos gradualmente, conforme las ideas revolucionarias se encendían en mi cabeza como las luces de un árbol de navidad. Simone de Beauvoir, Amelia Earhart, Frida Kahlo. ¡Claro que yo también podía! ¡Podía hacer lo que quisiese! ¡Tenía las riendas de mi vida! Yo era una mujer madura, independiente y muy sexy.

Vale, eso me sonaba a demasiado entusiasmo, así que probé suerte de nuevo.

«¿Mona?», me propuse, esperanzada.

«Quizá solo pasable, si tienes en cuenta tu corto historial de conquistas…»

«Bueno, ¡tampoco nos distraigamos poniendo etiquetas ridículas! », me regañé a mí misma con creciente irritación. «Retrocedamos hasta la parte en la que tenías el poder. I’ve got the power».

De imprevisto, mi subconsciente empezó a bailotear como un desquiciado la canción de Snap y yo fui relegada a los noventa, época de aparatos dentales espantosos y sandalias Jelly llevadas con Calcetines.  

¡Qué coño! ¡Pues claro que iba a cambiar las cosas! ¡Ya lo creo que las iba a cambiar! Abe Lincoln lo había hecho. Mahatma Gandhi lo había hecho. ¡Miley Cyrus lo había hecho!

Después de ella, nadie volverá a mirar una bola de demolición de la misma manera…

Si ellos lo habían conseguido, yo también podía.

¡Por Dios! ¡Si incluso había conseguido dejar de llevar plataformas kilométricas y botas de leopardo! Por supuesto que iba a conseguir cambiar mi vida.

¿Cómo? Muy fácil. Era Nochevieja. Lo único que tenía que hacer era mover el culo de la cama y elaborar una lista de propósitos de Año Nuevo. Lo de los propósitos de Año Nuevo, para que os enteréis, funciona más o menos como lo de las velas de una tarta de cumpleaños y los deseos.

O como las estrellas fugaces y los deseos.

O como los Chrises Mitchells del mundo y los deseos de perder la virginidad.

Lo habéis pillado, ¿no? Es algo mágico.

Y yo iba a conseguirlo.

Animada, me levanté de la cama tambaleándome, descorrí el chirriante cajón de mi viejo escritorio y busqué una hoja y un bolígrafo. Encontré mi antiguo diario y un boli de esos de cuatro colores. Qué maravilla de época. Ni Ikea ni leches. Eso sí que era ahorrar espacio. Cuatro bolígrafos en uno solo. Chuparos esa, fanáticos del orden. Por no mencionar lo mucho que esa reliquia de los noventa favorecía el descenso de plásticos de nuestros océanos.

Fiel defensora de los bolígrafos cuatro en uno, y apostando por un planeta más limpio y sostenible, lo probé para ver si aún pintaba. Aunque solo funcionaba el verde, me era suficiente para confeccionar mi lista de deseos.

―Allá vamos, Pompeya. Tú tienes el poder de cambiar tu vida. I’ve got the power.

Con una sonrisa de borrachuza, me senté en la cama, doblé los pies por debajo del cuerpo y formulé en voz alta todos mis deseos de Año Nuevo. ¿Qué era lo que yo quería?

Pues bien, quería lo siguiente:

Propósitos de Año Nuevo de Pompeya Cornelia Montgomery y cómo conseguirlos.

  1. Reinventarse: leer más libros sobre el Dalai Lama.
  2. Tomárselo todo con más calma. Eliminar el estrés. Menudencias. Con silenciar a Liam consigo todo lo anterior. Bien pesadito que es. Y ese sex appeal es mejor evitarlo. SI-LEN-CIAR a Liam. Esto está chupado.
  3. Dejar de comprar zapatos. Comprar zapatos solo en rebajas. Tampoco vayamos a hacer el gilipollas ahora.
  4. Apuntarse al gimnasio. Me da fatiga solo de pensarlo. Mejor empiezo tomando el café sin extra de azúcar, ¿no? Poco a poco. No vaya ser que me dé una embolia.
  5. Dejar el tabaco. ¿No es muy drástico? El Año Nuevo no es como el genio de la lámpara. ¿Qué tal si fumo solo cinco cigarrillos al día y sigo una dieta más saludable?
  6. Encontrar al hombre de mi vida. Esto NO es negociable.
  7. Ser madre. Esto tampoco debería ser negociable, Pompeya. Como tu madre no deja de repetirte, tus óvulos se extinguen con cada día que pasa. ¿Y si dentro de un año no te quedara ninguno? Ay, Dios.
  8. Dejar de hablar con una misma. Denotas cierto desequilibrio mental.
  9. Dejar de referirse a una misma como una.

Me faltaba una cosa para que la lista de los propósitos fuera como la tabla de los diez mandamientos de Moisés, pero no se me ocurrió nada que añadir y decidí dejarlo en blanco. Lo añadiría llegado el momento. El último propósito era el factor sorpresa.

Enero 2019

Los vientos del cambio azotan Manhattan

Solteros de Manhattan

Uf. Con la vuelta al trabajo después de las vacaciones de invierno convertida en una ineludible realidad, no pude evitar pensar en una enorme cuesta arriba casi imposible de trepar. Rutina. Estrés. La falta de taxis disponibles…

―En Manhattan vivimos amargados ―aseguró Bea, de Recursos Humanos, mientras algunos compañeros del trabajo tomábamos un café en el Starbucks a primerísima hora de un lunes laboral―. Encontrar pareja se está volviendo cada vez más complicado de conseguir. No eres tú, cielo. Es todo nuestro puñetero siglo. Míranos. Estamos predestinados a morir solteros y neuróticos. ¡No tenemos tiempo para enamorarnos! Yo apenas tengo tiempo para depilarme las cejas. ¿Lo veis? Las llevo mal depiladas casi siempre.

Bea se bajó las gafas de montura amarilla limón por la nariz ―ella y Laila eran un estallido de colores en medio de los aburridos trajes negros o grises que llevábamos los demás―, y se inclinó por encima de la mesa. Todos contemplamos durante unos segundos los pelitos pelirrojos que asomaban por debajo de la línea de sus cejas. Luego, perdido el interés, nos enderezamos en nuestros asientos y nos aferramos a los vasos de café como si nos fuera la vida en ello.

―Y no solo las prisas. Tampoco tenemos a nadie que nos enamore ―rebatió Laila de Marketing, con la voz arrastrando cierto retintín de amargura―. No dejo de preguntármelo: ¿dónde demonios se esconden los hombres buenos? El año pasado intenté de todo para cruzarme con uno: me apunté a clases de cocina, salí a correr por Central Park, fui a la playa todos los fines de semana libres…

―¿Lo cual te parece mucho? ―probó suerte Tom, un abogado que llevaba la competitividad en su código genético, al igual que la aptitud para fastidiar a Laila―. Mi hermana se rebajó tanto que permitió que sus amigos felizmente casados le presentaran a alguien de su círculo más cercano en una cita a ciegas.

La expresión burlona de Thomas nos desveló el desenlace del asunto.

―Ugh, vaya ―rechiné los dientes con expresión de grima―. Craso error. Eso nunca sale bien. De alguna forma, los maridos de tus amigas siempre se las ingenian para presentarte a sus conocidos más imbéciles. Quizá para mostrar cierta superioridad delante de sus mujeres. Mira, cielo, si me dejas, esto es lo que te espera.

Tom se rio con ganas. Supuse que a su hermana le había pasado precisamente eso.

―Nena, como sea, tú no te obsesiones.

Le dispensé a Bea una mirada hastiada.

―¡No lo hago! Si yo ni siquiera sé si de verdad quiero encontrar pareja y tener hijos. Si me lo estoy planteando es solo por culpa de la maldita presión social. En cuanto cruzas el umbral de los treinta, todo el mundo espera que te cases, y se creen capacitados para decírtelo en cada cena, comida o entierro familiar. Nuestra familia está condenada a la extinción. Teníais que haber visto a mi padre, lo melodramático que se puso en medio de la cena de Navidad. De tu hermano nunca hemos esperado nada. Es una cabeza hueca. ¿Pero tú? Lo único que tenías que hacer era darme un nieto y ni siquiera eres capaz de hacer eso bien. ¡Y todos estos años yo pensando que con una carrera en Harvard era más que suficiente!

―Pues claro que lo es, joder. Más quisiera yo tener un diploma de Harvard y no de la Universidad de la Zarigüeya Malvada. ―Tom era de Alaska. Siempre se metía con sus orígenes provincianos, para evitar que otros lo hicieran por él. El mundo de la abogacía es muy cruel. Si no has ido a Harvard, no eres relevante―. Tú lo tienes todo. No le des más vueltas. Eres lista, triunfadora…

―Y soltera. En el fondo, es la única etiqueta que te ponen: la de la solterona.

Laila sí que sabía cómo infundirle ánimos a una.

Tom, el cual odiaba ser interrumpido, la fulminó con la mirada. Esos dos nunca se habían llevado demasiado bien. Tom, gélido, controlador ―macho despótico, al fin y al cabo―, tachaba a la volátil Laila de descerebrada y jamás la tomaba en cuenta para los asuntos serios.

Por el otro lado, Laila, extática/depresiva y más espiritual que Whoopi Goldberg en Ghost, percibía la hostilidad y respondía con la misma moneda.

Si se aguantaban mutuamente era solo porque yo les caía bien a ambos.

―Resulta que sí que hay que darle vueltas ―dije para distraerlos de su enfrentamiento visual―. Muchas vueltas. Más vueltas que a una puñetera ruleta rusa. Escuchad lo que me dijo mi propia madre. Escuchad y santiguaros.

―¿Tan grave es?

La pregunta de Bea me hizo asentir con gran solemnidad.

―Peor. Justo antes de montarme en el tren, me cogió por el brazo y me susurró: Nosotros te tenemos a ti, bizcochito. Pero tú no tienes a nadie. ¿Quién va a llevarte a una residencia? ¿Es que a eso se resume la vida de un ser humano hoy en día? ¿La gran pregunta que inspira a los poetas es: quién va a encerrarte en un asilo apestado de viejos chocheando cuando te fallen las fuerzas para poder irte por tu propio pie?

Las carcajadas de mis amigos estallaron por toda la cafetería. Los miré con cara de pitbull hambriento. No me apetecía mucho reírme. Un poco de seriedad, joder. Estábamos ante un asunto de extrema importancia. ¡Iba a morir soltera! ¡Sin nadie que me encerrara en un asilo!

―No te vuelvas loca, Poppy ―me tranquilizó la siempre aplomada Bea, la cual me instó a respirar con un gesto muy zen―. Percibo cierto aire de histeria en tus palabras. Aún te quedan unos ocho años por delante para responder a esa pregunta. Ahora estás escocida y es normal, te ha tocado pasar las vacaciones en casa de tu familia y las familias están todo el rato dándole el coñazo a una. Pero en febrero ni te acordarás. Y si te acuerdas, te parecerá una ridiculez.

―Ya lo sé. Pero ojalá la gente me dejara vivir tranquila durante un rato. Clearblue no para de bombardearme con sus estúpidos anuncios sobre los test de ovulación. Por Dios bendito, ¡incluso mi horóscopo de este año decía que va siendo hora de tener hijos! Por lo visto, es mi año más fértil, porque la luna está en mi casa. Lo que sea que eso signifique.

―Pues que la luna está de tu parte. ¡Eso es genial!

Le dediqué a Laila una mueca de fatiga. Lo que menos me hacía falta era una Laila mística.

―Es que no lo entiendo ―seguí encabronándome―. Da la impresión de que en la vida de un ser humano todo se resume a una función muy básica: la reproducción. Tu éxito ya no se mide en cifras o seguidores de Instagram, sino en la cantidad de veces que te has reproducido. Y si alguien de la isla de Manhattan ha puesto un anillo en tu dedo, entonces ¡enhorabuena, joder! ¡Eres la puñetera Jackie Kennedy de nuestros tiempos! Menudo hartazgo.

Hundí la cabeza entre las manos y me desplomé sobre la mesa.

―Cierto. ―Tom me dio la razón como a un loco. Lo miré ceñuda, a sabiendas de que todo aquello le importaba un pito. Él no sentía presión social por encontrar pareja. ¡Era un hombre!―. Pero no permitas que la histeria y la desesperación se apoderen de ti tan pronto, ¿eh? ―intentó animarme sin demasiado éxito―. Señoritas, dejemos de agobiarnos cuando nuestros amigos casados vengan a presumir delante de nosotros de lo feliz que es su vida conyugal, follando una vez cada cinco meses, con suerte, y peleándose cada cinco horas por las cosas más ridículas del mundo, como por ejemplo con quién cenar en Nochebuena, los padres de él o los padres de ella, una pregunta imposible de responder sin aludir al divorcio.

Bajo la visión de Tom, el matrimonio no parecía demasiado atrayente.

Y él sabía de lo que estaba hablando. A fin de cuentas, era abogado matrimonialista y soltero empedernido.

―Tienes razón ―caí de pronto―. ¡Que les zurzan! Este es nuestro mejor momento. Tenemos por delante trescientos sesenta y cinco días para encontrar a alguien especial. Dos mil diecinueve es el año de los grandes cambios y las grandes esperanzas, a lo Dickens, y yo lo estoy empezando con una buena lista de propósitos y una amplia sonrisa. Chicas, presiento que este año voy a comerme el mundo.

¿Chicas?

Mi sonrisa entusiasmada se borró al instante ante el tono refunfuñón de Tom.

―Tú ya me entiendes.

―No, no lo entiendo. Siempre me discrimináis por ser hombre ―me reprochó con ademanes ofendidos―. Me quejaría a Recursos Humanos, pero resulta que la responsable de departamento está aquí, ¡discriminándome! No sé por qué aún quedo con vosotras, brujas.

―Porque nadie le aguanta ―le susurró Laila a Bea―. Es un solterón carca.

Bea intentó sin demasiado éxito contener la risa. Decidí intervenir antes de que Tom se percatara de la jugada.

―Bueno, tengo que irme. ¿Vienes, Tommy?

―Nop. Adelántate, cielo. Yo tengo un juicio dentro de unos cuarenta minutos. Un gilipollas que se tira a su secretaría.

―Ugh. Vale. Ya nos veremos, entonces. Espero que ganes.

―Tranquila. Le tengo pillado por los huevos.

Quise pensar que eso no era en el sentido más literal de la palabra, pero con Tom nunca se sabía. Era una criatura sanguinaria.

Les lancé un beso a las chicas ―y al discriminado Tom―, pillé un café para llevar y salí por la puerta con la seguridad que tan solo una mujer que está preparada para comerse el mundo podría sentir.

*****

Mi seguridad duró solo hasta que llegué al bufete. Porque nada más abrirse las puertas del ascensor y toparme con la persona a la que se suponía que debía evitar a toda costa, obviamente experimenté unas tremendas ganas de dar media vuelta y esconderme en el refugio de mi apartamento, tras cajas y cajas de helado marca Ben&Jerry’s y todas las versiones posibles de la película Cumbres Borrascosas.

Sí, incluida la de Bollywood, la cual, la verdad sea dicha, me parecía una lamentable y teatral versión de Slumdog Millionaire.

Mientras yo despotricaba en contra de los guionistas danzarines (¿en serio? ¿Un Heathcliff danzarín?):

―¡Montgomery! ―exclamó el no grato, cuyos labios se desplegaron en una amplia sonrisa de infarto―. Justo la chica a la que quería ver. Feliz Año. ¿Dónde te habías metido? ¿No hay cobertura de móvil en Míchigan? Llevo dos semanas llamándote como un poseso. ¿Por qué no me contestas a los mensajes?

Señoras y señores: ¡Liam Taylor!

Ya. ¡Basta! Dejad de aplaudir de una vez. Ya sé que es guapo. Comportémonos como adultos.

Como iba diciendo: Liam Taylor.

Profesión: seductor.

Aficiones: las mujeres. Todas ellas. Cuantas más, mejor. Las modelos anoréxicas eran sus favoritas. Aunque no hacía ascos a nadie.

Aspecto: traje de sastre, sonrisa ladeada que marcaba hoyuelos, mandíbula definida, ojazos azules, en ese momento chispeantes como una hoguera… Uf. Mis pobres hormonas ya estaban hiperventilando.

Aparte de ser guapo, Liam era el abogado más incansable del bufete y el principal motivo de estrés de mi vida.

En una palabra: perfecto.

En dos palabras: perfectamente apetecible.

En cuatro palabras: perfectamente letal para cualquiera.

Si no me fallaba la memoria, y raras veces suele fallarme, uno de mis propósitos de Año Nuevo mencionaba a Liam junto a la palabra silenciar, que también significa enmudecer o amordazar.

«Hm. Lo de amordazar a Liam no es tan mala idea. Le daré vueltas al tema. Estaría perfecto con un bozal».

«Ay, no, no pienses en Liam desnudo y musculoso, llevando solo un bozal. Hush hush, ideas malignas».

―No tengo tiempo ―lo frené mientras avanzaba decidida por el pasillo enmoquetado. Quería conservar esa seguridad de la mujer que está preparada para comerse el mundo. Me gustaba verme a mí misma reflejada desde esa perspectiva. Sentaba de maravilla.

Café en la mano, di un golpecito de cadera a la puerta de mi despacho, entré y dejé las cosas encima del escritorio. Liam me siguió y cerró a sus espaldas. Lo ignoré y, con gestos tranquilos, me quité el abrigo y lo colgué en el perchero. Vi de reojo que se sentaba en mi silla, pero me concentré en desenrollarme la bufanda, en sacudirla para quitarle la llovizna de encima y en colgarla junto al abrigo. Aplomo ante todo.

―¿Qué te pasa? ¿Por qué me estás evitando la mirada? ¿Te has pasado las navidades pensando en mi insoportable buen aspecto y ahora te da vergüenza mirarme a la cara?

Me volví con parsimonia y lo miré con rostro inexpresivo. Liam, repantigando en mi sillón ejecutivo, se balanceaba de un lado al otro, con los pies subidos encima de la mesa, mientras medio sonreía y me contemplaba con unos ojos azules tan penetrantes que habrían elevado la temperatura corporal a cualquier mujer heterosexual con sangre en las venas.

Vamos a dejar clara una cosa desde el principio: no, no estaba enamorada de Liam Taylor. Que soñara con arrancarle la camisa cada vez que me lo cruzaba en el pasillo del trabajo no significaba absolutamente nada. Hormonas pre menopáusicas. A cualquiera le habría pasado lo mismo en su presencia. Era cierto que había estado colada por él en algún momento de mi vida, pero hacía años que había comprendido que estaba totalmente fuera de mi alcance y ahora solo lo veía como a un amigo.

Un amigo al que había intentado besar la última vez que nos habíamos visto.

«Uf. Qué patética eres, joder».

Un aluvión de imágenes de la cena de empresa regresó a mi mente para seguir atormentándome. Me había pasado con la bebida ―qué raro en mí― y me había lanzado a los brazos de Liam.

Lo cual era una soberana gilipollez. Era mi mejor amigo y en la amistad hay líneas infranqueables.

No digo yo que si él me hubiese correspondido con un entusiasmo similar al mío no hubiese franqueado esas líneas. Solo digo que fue una estupidez tirarle los tejos a un amigo.

¿Y, de todas formas, a quién se le ocurre hacer cenas de empresa? ¿Es que no sabemos que la gente suele perder la compostura cuando hay barra libre de por medio?

―¿Poppy? ―Liam frunció el ceño, gesto que daba a su rostro cuadrado y anguloso un aire ridículamente sexy―. Era una broma. Ríete.

―No tengo tiempo para reírme. ―Me dirigí a la puerta, la abrí y la sostuve para él―. Si me haces el favor…

Me miró ofendido. Su cara era todo un poema.

―¿Qué he hecho yo, aparte de echarte de menos como el fiel lacayo, siervo, sirviente que soy?

Así era Liam. Siempre derrochando encanto sureño.

―Tú, nada. Tú nunca haces nada ―ironía ante la cual él me dedicó su sonrisa más inocente―. Pero uno de mis propósitos de Año Nuevo es ignorarte, y esta soy yo ignorándote. Adiós.

―Espera. ¿Qué?

―Pues, verás, he llegado a la conclusión de que tú, señor Taylor, eres uno de los principales motivos de estrés de mi vida y he decidido erradicarte. Este año apuesto por una existencia más saludable. Ensaladas, zumos naturales y nada de Liams en mi vida. ¿Te acuerdas de mis dolores de estómago del año pasado?

―Como para olvidarse. Te quejabas a diario.

―Estas vacaciones fui a hacerme unas pruebas y el médico dice que tú eres el causante de todo.

Liam enarcó las cejas y me miró receloso.

―¿Yo? ¿Eso te dijo el médico?

―Con otras palabras. Pero sí.

―¿Cuál fue el diagnóstico exacto?

Qué manía con abrir el hilo en cuatro. Siempre le daba la vuelta a la tortilla para sacar beneficios propios.

―Problemas digestivos causados por el estrés y la mala alimentación ―me vi obligada a admitir.

―Ajá ―se jactó él, satisfecho por mi respuesta―. Entonces no fue culpa mía.

―¡Tú eres lo que se oculta detrás del estrés y la mala alimentación! ―rebatí a gritos―. Me hiciste comer durante un año entero en el KFC. ¡A diario!

―¡Protesto! ―exclamó con aire contrariado―. Además, teníamos veinte años. La infracción ha prescrito.

―Protesta en otra parte. Llevas aquí menos de un minuto y ya me empiezo a notar nerviosa.

—Eso es porque te pongo.

Me guiñó el ojo y yo le dediqué mi expresión más exasperada.

Antes de abalanzarme sobre él en la cena de empresa, esos chistecitos sexuales tenían su gracia. Ahora ya no. Ahora me hacían ruborizarme y sentirme muy incómoda.

—¡Fuera! —grité, antes de que se percatara del rubor que cubría mis mejillas. Porque sí, me ponía. Mucho.

Liam me miró con cara de pocos amigos.

Al comprender que hablaba en serio, exhaló con exasperación, se levantó y vino hacia mí. Descansó las manos en mis hombros y puso los ojos a la misma altura que los míos. No sé cómo lo conseguía, pero lucía un aire paternal tan sexy que hizo que se me secara la garganta. Seguro que podía escuchar mi estúpido corazón latir deprisa.

―¿Hasta cuándo vas a seguir con esta ridícula actitud? ―preguntó, con una voz tan cálida como el caramelo derretido.

«Tú puedes, Pompeya. Liam Taylor es como un demonio al que necesitas exorcizar. Coge el crucifijo y manos a la obra».

―Toda la vida ―me obligué a gruñir.

―No puedes ignorarme. Trabajamos juntos.

La mayor desgracia de todas. Trabajar con alguien inalcanzable, irresistible, ingenioso…

«Vale. Se acabaron los adjetivos positivos, Pompeya».

―Pediré que me manden a trabajar a la Costa Oeste. De todas formas, Nueva York me empieza a aburrir.

Liam intentaba, sin demasiado éxito, no sonreír. Mi madre tenía razón. Era un diablo muy guapo.

―¿Ah, sí? ¿Y a quién se lo vas a pedir?

―Al jefe. ¿A quién sino?

―Ja ―se regocijó mientras se apartaba de mí con una gran sonrisa de autosuficiencia.

―¿Qué? ¿Tengo restos de nata en las comisuras de los labios?

―JA.

Arrugué la nariz y escruté su rostro en busca de respuestas.

No, esa sonrisa petulante no se debía a que yo me había manchado al tomar un capuchino. Era por algo mucho más gordo que eso. Me lo decía mi sentido arácnido.

―¿Por qué te jactas tanto?

―Porque, mientras tú estabas de vacaciones en Wichita…

―Connecticut.

―¿Qué más da? El caso es que el jefe se ha marchado.

―¿Maddox se ha ido?

―Sí, señora.

―¿Y quién es el mandamás ahora?

―A ver si lo adivinas.

―No ―dije incrédula, aunque en el fondo de mi corazón sabía que era cierto. Porque no había nadie en todo el bufete que se lo mereciera más. Nadie más trabajador, más aplicado o más preparado para ese trabajo.

Liam se cruzó de brazos y su habitual media sonrisa canalla empezó a elevar poco a poco el lado derecho de su boca, su suave y bien formada boca, que yo había intentado cubrir con la mía sin pararme a pensar en las consecuencias. Ay, Dios.

―Por las arrugas que asoman en tu frente, diría que ya lo has adivinado.

En otro momento me habría preocupado por lo de las arrugas, pero ahora estaba patidifusa.

―¿Te han nombrado socio gerente?

―Sip. Lo cual me convierte en tu jefe. Lo cual me da potestad para rechazar tu solicitud. ¿Me has oído, Poppy? Re-cha-zo tu solicitud de cambio de ciudad y costa. Te quedarás en la Costa Este porque tú y yo estamos juntos desde el primer día de universidad, y no voy a dejar que tus mierdas zen se interpongan entre nosotros. Somos perfectos juntos. Yo soy tu Bonnie, tú eres mi Clyde, y las cosas no van a cambiar jamás. Me gusta mi vida tal y como es. Todo encajado a la perfección. Una enorme obra maestra de la organización. Y, lamento decírtelo, cariño, pero tú estás en ella y no vas a irte a ninguna parte.

―Tu discurso no ha sonado para nada obsesivo compulsivo. ¿Y eres consciente de que el chico era Clyde?

―Por supuesto. Pero tú tienes un poderoso aire masculino con ese traje negro. ¿Nunca te has planteado llevar falda? Estarías monísima. Por no decir que resulta mucho más excitante quitarle la falda a una mujer. El pantalón es algo… grrrr… un poco gay, la verdad. Cariño, quiero meterme en tus pantalones. Esa frase le quita el rollo a cualquiera. 

Eso había que cortarlo por lo sano. De ningún modo íbamos a abrir el tema de quitarse los pantalones el uno al otro.

―Suficiente. Fuera. Tengo trabajo que hacer.

La sonrisa sexy regresó a su rostro. Era la criatura más guapa del mundo cuando sonreía con esa lentitud, esa maldad y esa insinuación sexual que le marcaba un hoyuelo en la mejilla izquierda y arrugaba un poco las comisuras de sus abrasadores ojos.

―En eso te doy la razón. Tienes mucho trabajo que hacer. 

Oh, no. Con trabajo me refería a indagar sobre los rendimientos amorosos de la gente que se abría una cuenta en Meeting. ¿Por qué tenía la impresión de que Liam me acababa de fastidiar los planes? ¿Quizá porque, detrás de mí, enmarcado en la pared, había un maldito diploma de Harvard llevando mi nombre?

―¿Qué has hecho ahora?

Hundió las manos en los bolsillos y, con su habitual expresión de insufrible autocomplacencia, me observó desde arriba. Liam era considerablemente más alto que yo. En la universidad era la estrella del equipo de baloncesto, y no precisamente por ser bajito.

―La dirección del bufete, o sea yo, ha decidido aceptar casos pro bono a partir de ahora. Y te los he asignado a ti. Todos ellos. Decenas y decenas de solicitudes esperando a ser llevadas a los tribunales.

―¡¿Qué?! ¿¿Por qué??

―Como siempre te has quejado de que a Maddox solo le importaba el dinero… Haz memoria. ¿No eras tú la que proclamaba a los cuatro vientos que le encantaría hacer cosas por amor al arte? Solo quería hacerte feliz, Poppy. ¿Puedes culpar a un hombre por eso?

Liam era justo la clase de persona que siempre encontraba el modo más retorcido de brindarle felicidad a una. Cuidado con lo que deseas, porque los deseos se tuercen. Un genio de la lámpara con un sentido del humor demasiado cínico.

―¿De cuántos casos estamos hablando exactamente, Liam? ―pregunté con una paciencia que rozaba el intento de homicidio.

Él torció los labios en un gesto de desdén, miró al techo y fingió contarlos. Evidentemente, conocía la respuesta al más mínimo detalle. Solo estaba siendo un cabrón insufrible.

―Diez. Quince. No más de veinte, en todo caso.

―¡¿Veinte?! ¡Esto me va a tener en la oficina hasta las tantas de la noche durante toda la semana!

―Lo sé. ¿No es estupendo? Imagínate lo bien que te vas a sentir contigo misma cuando hayas ayudado a toda esa buena gente. ¿Qué te parece si esta noche cenamos sushi? Yo también tengo mucho trabajo atrasado. Podemos trabajar juntos. Como en los viejos tiempos. ¿Eh? ¿Qué me dices? ¿Hacemos las paces?

―Te odio.

―¿Puedes odiarme mientras encargas la cena? Yo quiero lo de siempre. Pero pídeles que echen más salsa de soja. Sin salsa, las cosas como que no saben a nada, ¿no crees?

―No voy a encargarte la cena. ¡No soy tu puñetera secretaria!

―Cierto. Mi secretaría llevaría ropa sexy. Los primeros tres botones de tu camisa los quiero fuera. Suéltate ese recogido, ahuécate la melena y…

―Sal de aquí antes de que sucumba al homicidio.

Me frenó con las palmas.

―Está bien, Beverly Sutphin[2]. Tú ganas. Me voy. No te sulfures. De todos modos, tengo cosas que hacer. Llevar un bufete no es tarea fácil. Pompeya ―al subrayar mi nombre, se inclinó y adoptó un aire de lo más solemne. Decía que mi nombre era el de una reina y que merecía la mayor de las consideraciones.

―Liam ―rezongué yo entre dientes, harta de su teatralidad.

Me guiñó el ojo y yo le di con la puerta en las narices.

―Capullo ―bisbiseé mientras me acercaba al montón de carpetas que él había amontonado encima de mi escritorio.

Las miré con aire desbordado, me hundí en la silla y volví a maldecir a mi recién estrenado jefe.

Mi vida sentimental tendría que esperar un poco más. El trabajo siempre había sido lo primero para mí.

A fin de cuentas, ¿no era esa la causa por la que aún seguía soltera?

*****

Tras una mañana infernal en la que no había parado de hacer fotocopias y rellenar impresos, apagué el ordenador y cogí el bolso para irme a comer.

Fiel a mis propósitos de Año Nuevo, acordé conmigo misma ir a la Casa de las Ensaladas y pillar el almuerzo más ecológico y saludable de toda la carta.

Me estaba peleando con la cremallera del abrigo, cuando Liam salió del despacho contiguo al mío y echó a andar a mi lado. Su irresistible expresión neutral me sacaba de quicio. Le daba un aura demasiado sexy. 

―Montgomery.

―Taylor.

Caminamos en silencio, sin mirarnos. No iba a ser yo la primera en ceder.

―¿Dónde vamos a comer hoy?

Ja. Siempre que nos peleábamos, Liam era el que daba el primer paso.

Conseguí por fin cerrarme el abrigo. Solo entonces levanté el rostro y le lancé una mirada seca y elocuente.

―¿Qué parte de te estoy evitando no has entendido aún?

―No puedes evitarme. Eres mi MAPS.

―¿MAPS? ¿Eso qué es?, ¿un GPS que te indica el camino hacia la decencia?

Se rio, desvelando unos dientes blancos y rectos, y negó. Intenté no fijarme en que, cuando reía, era tan guapo que cortaba el hipo.

―¿Eh, hola? ¿Tú en qué mundo vives? Mejor Amiga Para Siempre.

―Ah, lo siento. Resulta que soy algo mayorcita para ver Gossip Girl.

―Ja ja ―ironizó él―. Y cuéntame, ¿qué tal tus vacaciones? Si no has estado pensando en mí, y es evidente que no lo has hecho, porque de lo contrario habría recibido al menos una llamada tuya en plan ¡Feliz Año Nuevo, Liam! ¿Qué tal lo estás pasando en el trabajo? Dios, cómo echo de menos tu insoportable buen aspecto.

―Oh, por favor. Yo no tengo esa voz ridícula. Y jamás echaría de menos tu insoportable buen aspecto.

―¿En qué has gastado tus dos semanas de vacaciones? No habrás quedado con ese ligue tuyo, ¿cómo se llamaba?

―Jon. Sin la h. Y no, no le he visto.

―Pues qué pena. Debería verte ahora ese Jon sin la h.

―¿Por qué lo dices?

Liam me dispensó una mirada irritada, pulsó el botón del ascensor y hundió las manos en los bolsillos.

―¿Bromeas? Poppy, estás estupenda. Se arrepentiría de haber cortado contigo. Mírate. Te conservas mejor que las mujeres de tu edad.

―¡¿Las mujeres de mi edad?! Me parece a mí que tú vas a dormir calentito esta noche, cielo.

―¿Quieres dejar de sulfurarte por todo lo que digo? Era un cumplido.

―Pues en vez de leer cosas soporíferas, deberías leerte blogs sobre cómo piropear a una mujer, porque ahí, señor Taylor, tú eres un desastre con patas enfundadas en zapatos de marca.

Ceñudo, Liam echó una ojeada a sus zapatos. Eran negros. Muy brillantes. Él era muy clásico en cuanto a la vestimenta.

―Qué graciosa. Hilarante.

―¿A que sí?

Llegó el ascensor y, por fortuna, se calló durante un rato. Estaba entretenido leyendo mensajes en el móvil.

―¿Cuál de tus novias? ―pregunté, cotilleando por encima de su hombro.

―Sarah.

―¿Qué le pasa ahora?

―Se ha quedado encerrada en el baño y no sabe cómo abrir la puerta.

―Pobrecilla. ¿Y qué le has dicho?

―¿Que quite el pestillo? ―me propuso Liam, recalcando la obviedad del asunto.

Lo miré meneando la cabeza.

―¿En serio? ¿Dónde las encuentras?

―En Tinder, básicamente. Algunas veces en bares o discotecas. Y cuando me apetece algo realmente sofisticado, en exposiciones de arte.

Vaya. Así que era un depredador de costumbres fijas. A lo mejor yo debía tomar nota. Hacía mucho que no pillaba cacho.

―¿Y no te cansas nunca de lo mismo?

El ascensor abrió las puertas y Liam y yo, junto a otros compañeros del despacho, salimos como niños después de una larga jornada escolar. Es decir, todos disparados.

―No. Mi estilo de vida me complace bastante. De lo contrario, lo cambiaría.

―Tiene lógica.

―Eso mismo pienso yo.

Se dio prisa por sostenerme la puerta y luego me siguió fuera. Lo primero que hice al salir fue encenderme un cigarrillo. Liam hizo lo mismo. Maldito vicio.

En las últimas horas, una oleada de aire polar se había desplegado sobre la ciudad y hacía un viento de narices. ¡A buenas horas! Ahora yo ya no tenía tiempo para deprimirme. Tenía mucho trabajo atrasado.

Me arrebujé en mi abrigo y crucé el paso de cebra junto a Liam, que, aunque no sabía adónde nos dirigíamos, me seguía como un perrito faldero.

Era tan sumamente antisocial que yo era su única amiga en el mundo. En mi mente vi a mi madre acusándonos de mantener una extraña relación de codependencia y diciendo que él era la razón por la cual yo aún seguía soltera.

Qué tontería más grande. Entre Liam y yo no había nada afectivo. Nunca lo había habido.

Salvo aquella única vez de la que nunca hablábamos, claro. ¿Por qué se me había venido a la cabeza tan de repente? Fue hace tanto tiempo que no debería ni recordarlo. Era otra época. Aún se llevaban los ombligos al aire.

«¿Por qué sigo pensando en eso?»

Fue una tontería, vaya. ¿A quién no le ha sucedido alguna vez? Seguro que esto pasa a todas horas. Liam y yo, recién graduados y con ganas de comernos el mundo, acabábamos de ganar nuestro primer gran caso juntos y nos fuimos a celebrarlo al Barry’s, un garrito de moda entre la 34 y la 72.

La historia de siempre, bebimos más de la cuenta, bailamos pegados el uno al otro, y un par de carcajadas después, acabamos montándonoslo en el baño de señoras.

Liam intentó decir algo cuando su mente fue capaz de concentrarse en cosas menos lujuriosas, pero corté el mal de raíz. La vergüenza que sentía era tan grande que quería borrar todo lo que había pasado en la última media hora, sus labios acercándose de pronto a los míos, sus manos en mi pelo, mis dedos acariciándole la boca, a Liam dentro de mí, la escandalosa forma en la que me había dejado llevar… ¡¡Dos veces!!

Cada vez que cerraba los ojos, veía sus brazos tensándose por el esfuerzo a ambos lados de mi cabeza, nuestras bocas jadeando la una encima de la otra, sus ojos abrasadores y colmados de deseo clavándose en los míos mientras el mundo se oscurecía a nuestro alrededor y ese momento se convertía en la única realidad que importaba.

―Nunca dirás nada respecto a lo que acaba de pasar. ¿Lo comprendes?

Liam asintió en silencio, con una inusitada seriedad. Jamás volvió a mencionarlo y, con el paso de los años, fue como si esa noche desenfrenada nunca hubiese tenido lugar. Ahora las cosas debían permanecer igual. No íbamos a echar al traste una amistad de quince años por un calentón de una noche.

Lo miré y forcé una sonrisa.

―¿Y por aquí qué tal las cosas? ¿Mucho trabajo estas navidades?

Liam dio una calada antes de contestar. Siempre fumaba con el ceño fruncido, como si el mero hecho lo atormentara. Si yo hubiese sido pintora, nunca me habría cansado de retratarlo.

―¿A que no sabes quién me llamó esta mañana?

Caminábamos deprisa, intentando mantenernos en pie a pesar de las fuertes rachas de viento que se estrellaban contra nuestros rostros.

―Asómbrame.

Escupí el pelo que el aire había colado dentro de mi boca e intenté que los mechones negros que se habían soltado de mi recogido se quedaran enganchados detrás de las orejas.

―El juez Méndez.

Mis cejas se arquearon en un gesto de sorpresa y mis ojos color café se volvieron hacia Liam.

―¿Méndez? ¿Y eso por qué? ¿Quería felicitarte las navidades?

―Ja. Más quisiera. Hay un problema con el papeleo del caso Garde. La defensa ha solicitado una auditoría.

Eso no podía suponer nada bueno. Que alguien externo al despacho viniera a husmear en nuestros papeles nunca era bueno.

―¿Qué problema?

―Dicen que nos hemos quedado, deliberadamente, un documento que certificaba la inocencia de su cliente.

―Espera. ―Tiré a Liam del brazo para que se detuviera y, por primera vez en todo el día, los dos nos comportamos con seriedad―. ¿Nos acusan de ocultar pruebas?

―Algo por el estilo.

Esto es grave. ¿Qué vas a hacer al respecto?

Lanzó el cigarrillo al suelo y lo apagó con la punta del zapato. Después, se agachó, lo recogió y lo tiró a una papelera.

―¿Es aquí? ―preguntó, señalándome el restaurante delante del cual estábamos parados.

―Sí.

Abrió la puerta e hizo un gesto con la cabeza para que pasara yo primero. Apagué el cigarrillo en la papelera de los fumadores y entré.

―No voy a hacer nada ―respondió a mi pregunta mientras cerraba la puerta tras de sí para frenar el viento que se estaba colando dentro―. La única manera de demostrar que no lo hemos hecho es permitiendo la auditoría. Así verán que no tenemos nada que esconder.

―Qué marrón más grande.

―Me temo que sí. Puaj. ¿Qué es este sitio?

―La Casa de las Ensaladas. Bienvenido a la comida del siglo XXI.

Liam me miró con gesto condescendiente.

―¿En serio? ¿No había restaurante más repugnante en Manhattan? ¿Te has asegurado de ello? ¿Has consultado todas las opiniones?

Lo censuré con un gesto seco.

―¿Qué tiene de malo este lugar?

―¡No sirven nada que no sea de color verde!

―Claro que sí. Ahí tienes las zanahorias.

―Qué asco. Ni que fuera Bugs Bunny. ¿Pero a ti qué te pasa?

―A lo mejor va siendo hora de que cambies tu dieta. Eres muy… carnívoro.

Le guiñé el ojo tal y como hacía él y, con una sonrisa complacida, cogí una ensalada de pollo y dos manzanas verdes y las coloqué encima de mi bandeja.

Liam, con cara de grima, se decantó por unas verduras cocidas y un plato de salmón.

―Me siento como en el colegio, empujando la bandeja de un lado al otro ―protestó, de muy mal humor.

―¿Lo ves? Incluso hago que te sientas más joven.

Me puso mala cara y buscó una mesa libre.

Tras hacer cola para conseguir dos botellas de agua, fui y me senté a su lado.

―¿Qué tal el salmón?

―Odio tus propósitos de Año Nuevo.

―Pues si este te disgusta, espera a escuchar los demás.

―¿Hay más?

Liam me miraba con los ojos abiertos de par en par, como un niño asustado, y me costaba mucho contener la risa.

―Voy a ser madre.

―¡¿Estás encinta?!

Su rugido atrajo la mirada de todas las personas de la cafetería. Lo miré con los párpados medio entornados.

―Ya nadie está encinta desde el siglo XIX, Liam. Ahora las mujeres estamos embarazadas. Y no sé por qué pareces tan horrorizado. Es lo normal a mi edad.

―¡Déjate de rollos! ¿Hay algo ahí dentro?

Su dedo señalaba mi vientre. Y temblaba ligeramente.

―Todavía no.

Tan grande fue su alivio que se deshizo en un suspiro interminable.

―Menos mal. Qué susto me has dado, joder.

―Pero tengo trescientos cincuenta y seis días por delante para conseguirlo. ¡Enhorabuena, chaval! Vas a ser el tiíto Liam. ¿Qué, no estás entusiasmado?

Su apuesto rostro se volvió a llenar de estupor.

―No me jodas. ¿En serio? ¿Ahora quieres ser madre?

―Sip. Es mi nuevo propósito en la vida.

―¡Venga ya! Cómo odio las putas navidades.

Me reí mientras él se desplomaba teatralmente sobre la mesa. Era tan payaso a veces… ¿Cómo no quererle?

¡¿Quererle?! Mi expresión risueña se congeló al instante y mi mente se volvió loca para buscar una explicación razonable. ¿Por qué había empleado el verbo querer precisamente ahora? Ay, madre. ¿Qué significado tenía todo eso?

Tras unos frenéticos momentos de pánico, decidí tranquilizarme. Qué significado ni qué significado. Si yo no quería a Liam, joder. Solo quería arrancarle la camisa y montármelo con él encima de la fotocopiadora. Duro, pasional, lento, tierno… De todas las maneras posibles.

Ay, Dios. Eso tampoco pintaba demasiado bien.

«Vamos a calmarnos un poco, ¿eh? Esto le pasa a todo el mundo. No tiene nada que ver con el amor. Es una simple reacción animal causada por unas hormonas pre menopáusicas. Tú, ni caso».

―¿Qué tal la comida? No está tan mal como parecía, ¿no? ¿Adónde vas?

―A suicidarme ―replicó Liam, gruñón.

―Ah. Muy bien. Pero vuelve pronto, que se te va a enfriar el salmón.

Estaba ya en mitad de la cafetería, pero se volvió y desde ahí me fulminó con la mirada. Le dediqué mi sonrisa más dulce.

―¡Yo también quiero sal! ―grité a su espalda.

Se volvió a girar para mirarme.

―Me horroriza lo mucho que me conoces.

―Normal. Conmigo no puedes hacerte el misterioso. Y por eso probablemente sea la única mujer de esta isla que no está enamorada de ti.

Uy. Me puso tal cara que decidí concentrarme en mi plato de comida. ¡De inmediato!

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[1] Ref. Cuadro El Grito, de Edvard Munch

[2] Ref. película Los asesinatos de mamá (1994).

Maldito ex: Diario de una Ruptura

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Sábado, dos copas de más.

BAH.

Juan Pablo y yo rompimos hace una hora en un restaurante de Plaza Castilla. Casi se me atragantó el cordero cuando me dijo que me dejaba. Y yo que me pasé la noche convencida de que el tío se estaba armando de valor para pedirme matrimonio…

Menuda cara de tonta se me quedó cuando, después de estar media mañana fichando vestidos de Rosa Clara (mientras ignoraba mis responsabilidades laborales y los soporíferos e-mails de los jefes), descubrí que había sido de golpe despachada al inestable mercado de los singles, con el sello de producto defectuoso/no lo bastante bueno como para pasar los severos controles de calidad de la familia Sánchez Del Moral. Me imaginé a mí misma como a una triste e imperfecta caja de bombones arrastrada por una cinta mecánica en dirección al… ¡cubo de reciclaje! ¿¿Qué?? ¿¿Yo?? ¡¡¿¿Por qué??!! Si no he hecho nada…

Más tarde, esa misma noche, telefoneé a mi amiga Noelia para desahogarme con alguien, pero ella, lejos de reconfortarme, me echó en cara que cómo no lo había visto venir. Noelia es igual de cariñosa que un alacrán del Serengeti.

Y, según el alacrán, la culpa era mía, ¡encima!, por no enterarme de algo que a ojos de los demás era una evidencia. Lo que faltaba.

—¡Ay, tía, ni que fuera yo Nostradamus! —exclamé, atacada de los nervios. 

Las señales indicaban todo lo contrario. Toda mujer que ha cumplido ya los treinta sabe que ningún hombre te invita a uno de los mejores restaurantes de Madrid si no es para pedirte que te cases con él.

A ver, ¿en qué cabeza cabe romper con alguien delante de un plato de cordero asado, unas habas (pellín amargas para mi gusto, pero aun así, ¡habas, joder!) y un delicioso milhojas, aliñado con jarabe de arándanos, nata y azúcar glas? ¡Eso es casi un sacrilegio! Es lo mismo que romper con tu pareja mientras hacéis el amor, mientras ella te presenta a sus padres o mientras da luz a vuestro primer hijo. ¿Había un momento peor para partirle el corazón a una mujer? Un poco de respeto por el pobre cordero fallecido, ¿no?

—Si es que es pijo hasta para cortar conmigo. ¿No podría haberlo hecho en un Burger King? Al menos así se me habrían quitado definitivamente las ganas de volver a comerme un doble Wooper con extra de beicon y queso. Imagínate el tipito que se me quedaría en un par de meses.

Noelia soltó una risotada. Yo no estaba como para reírme. Tenía ganas de cargarme a alguien. Ni novio ni tipito. Mi vida no podía ir peor.

—¿Y qué vas a hacer ahora? Te tendrás que cambiar de piso…

—¿QUÉ?

En mi cabeza se encendieron todas las señales de alarma. PELIGRO NUCLEAR. PELIGRO NUCLEAR. Me quedé sin habla. Ante una amenaza inminente, nunca sé cómo reaccionar.

—Vamos, digo yo. Porque vivir los tres juntos y montártelo con JP cuando ella no está en casa no creo que sea una opción.

Puff. ¡Mudanza! Ni siquiera había caído en eso. ¡Qué estrés! Odio a los hombres. ¿La chica que no amaba a los hombres? Sí. Presente. Aquí. Soy yo. Me vi a mí misma como a Beatrix de Kill Bill y sonreí maliciosamente.

Una Beatrix con un ligero sobrepeso, tuve que admitir un segundo después, lo cual hizo que la sonrisa cayera de mis labios.

—¡Es que no me lo creo, vamos! —me encabroné otra vez—. ¡Soltera después de haber elegido el estilo del vestido y haberme tomado las medidas en el baño del trabajo! Era un vestido de corte emperatriz, por si te lo estabas preguntando.

—No, la verdad es que…

—Tenías que haberlo visto, Noe —la interrumpí, presa de una repentina excitación—. Era preciosísimo. Uf. Con qué gracia habría caminado hacia el altar… Como un copo de nieve que apenas roza el suelo.

—Pero si tú sueles caminar más bien como un ejército de siberianos borrachos.

Hice caso omiso de su comentario maligno y proseguí con mi fantasía, sin poder retener un suspiro melodramático. Mi vida, tal y como la había imaginado, habría sido maravillosa.

—Incluso había elegido el ramo, peonías, que son difíciles de encontrar. ¿Se puede ser más gilipollas?

La carcajada de Noelia me arrancó de mi ensoñación y fui devuelta a un mundo en el que mi perfecta boda había quedado reducida a pequeñas esquirlas de hielo. 

—Nena, tú reinventas el concepto de gilipollez. Todo el mundo sabía que JP nunca iba a casarse contigo.

—¿Lo sabían? —susurré, preocupada por la firmeza de esa afirmación.

—Pues claro. Los pijos ricachones de Aravaca se casan con otros pijos ricachones de Aravaca —hizo hincapié, para que se me metiera bien en la cabeza.

—Pues yo no lo sabía, ¿vale? Creí que el amor estaba por encima de esa gilipollez de las clases sociales.

Supongo que me desconcertó lo bien que fluía la velada, la conexión que parecíamos tener JP y yo. Nos comimos el primer plato en un ambiente destensado, haciendo los típicos comentarios que hacen las parejas cuando van a restaurantes pijos y piden la especialidad de la casa.

—El cordero está un poco pasado —por parte del quisquilloso de Juan Pablo.

—¿Pasado? Hala, hala, no inventes. Este es el mejor cordero que me he jalao nunca. Estoy salivando y to´—esa pueblerina observación, evidentemente, me pertenecía, ya que mi educación era igual (o peor) que la de un burro. 

¡Pero eso era lo que a él le gustaba de mí! Decía que le encantaban los contrastes y que nadie le hacía reír como yo. Lo de reír es importante en una relación, ¿no?

En medio de las bromitas, fuimos pidiendo más vino, y otra vez ji ji ja ja, hasta que llegó la hora de pedir la carta de los postres. Todo tan normal. 

Aunque, con retrospectiva, he de decir que yo notaba un poco serio a JP, mandíbula rígida, tirantez en la sonrisa, prisas por acabarnos la comida… Se comportaba como si quisiera decirme algo y no tuviera suficiente valor. O cojones, como solemos decir en Extremadura. Se estaba meneando todo el rato en la silla y no dejaba de mirar la hora. Parecía un demonio de Tasmania con incontinencia urinaria.

Pero vamos, que tampoco me comí yo el tarro en ese momento. Preferí distraerme con la fantasía de una boda de trescientas personas. Había que hacer encaje de bolillos para sentar a mis padres lo más lejos posible el uno del otro. Me preocupaba que uno de ellos le clavara el cuchillo de carne al otro.

Mientras esperábamos el milhojas, me pregunté si iba a encontrar el anillo dentro. Habría estado bien. Una anécdota divertida para contársela a nuestros hijos. Eso si no me atragantaba, claro. Porque tener que expulsar un pedrusco como el que yo me imaginaba, vaya telita.

Abrí los ojos en un gesto de horror al colárseme dentro de la cabeza una imagen demasiado gráfica y me agarré con las dos manos a las esquinas de la mesa. Ugh. Será mejor que no llegues a tragártelo, me aconsejé a mí misma con aires de gran sabiduría.  

—Lo que quería decirte, Cristina, es que estoy enamorado —fue por fin al grano JP.

Sonreí triunfal hacia mis adentros y solté con mucha discreción la mesa. «¡Sí, sí, sí! Este hombre tan guapo y maravilloso me quiere».

Pero, vamos, que eso yo ya lo sabía, ¿eh? La que lo ignoraba por completo era su querida madre, que no nos había dado ni medio año juntos. Por lo visto, yo era demasiado ordinaria como para que JP se enamorara de mí más allá del calentón inicial. Ay, qué ganas de ver la cara que se le iba a quedar al viejo gollum en cuanto le enseñara mi enorme pedrusco.

—Estoy muy enamorado, de hecho.

—¿Ah, sí?

Mis labios se torcieron en un gesto de indiferencia. La actitud de mujer inabordable siempre queda bien en las películas. Visualicé a Greta Garbo y decidí imitar sus movimientos. ¿Pegaría ella saltitos encima de la mesa? Noooo. Entonces, yo tampoco iba a hacerlo, por muchas ganas de saltar que tuviera. Afrontaría mi compromiso con clase y distinción. Sería la Kate Middelton de la península Ibérica. Haría que mi príncipe estuviera orgulloso de mí.

—No es solo eso —siguió declarando el perfecto padre de mis futuros hijos—. Es que… estoy pensando en matrimonio, hijos, la casa en la playa… El Cantábrico, ya sabes que no me gusta nada el Mediterráneo —se dio prisa por aclarar. 

—Claro, claro. No, ni a mí.

Mentira cochina. Las mejores cogorzas de mi vida me las había cogido en Benidorm. Las cosas, como son. Me encantaba el Mediterráneo, el sol, el calor, las playas abarrotadas de tíos cachas (que destacaban un montón entre alemanes con sandalias y calcetines), lo barato que salía el alcohol, el pescadito frito que entraba de maravilla con una caña bien tirada y fría como el Polo Norte antes del calentamiento global…

¿He dicho ya que el alcohol era muy barato, que los alemanes llevaban calcetines y que las emisiones de CO2 lo han jodido todo?

—El caso es que no puedo dar un paso hacia esa vida si sigo contigo.

Mi sonrisa se mantuvo intacta, aunque me asaltó la terrible sensación de que parecía un tanto forzada. Empecé a notar la musculatura de la mandíbula un poco tensa de tanto estirarla.

—Ya. Noooo, claro que no —me apresuré por darle la razón—. Lo entiendo perfectamente.

No entendía una mierda. ¿Quería eso decir que ya no iba a pedirme matrimonio?

—¿No me odias, verdad, por haberme tirado a otra a tus espaldas? Juro que no fue premeditado. Una debilidad. Y luego otra debilidad. Y otra. Y me temo que otra… Ay, Cris, ¡dime que no me odias!

Juan Pablo me miraba con ojillos de cachorro apaleado.

No, no te odio, hijo de la grandísima ¡¡puta!!

¡¡TE DETESTO!!

Desearía que nunca hubieras nacido. ¡Maldigo el día en el que tu madre SE ABRIÓ DE PIERNAS PARA TRAERTE A ESTE MUNDO! ¡¡OJALÁ SE TE SEQUE EL RABO Y NO PUEDAS FOLLAR CON ESA ZORRA NUNCA MÁS!!

—Desde luego que no —aseguré en el mundo real, con la serenidad de un psicópata—. Somos adultos, esto pasa a diario. Las relaciones se enfrían y… a la verga, boludo. ¡MÁS VINO! La… ¿conozco?

«¡¿Por qué estás hablando como si fueras argentina?! Contrólate, joder. Y no grites como una desquiciada».

Juan Pablo se calló al ver que el camarero se acercaba con una botella sin abrir. Me dedicó una sonrisa tensa y los dos esperamos a que descorcharan el vino antes de seguir hablando del tema de su infidelidad.

No correspondí a su sonrisa y lo seguí mirando como una psicópata. La tensión chisporroteaba en el aire.

El camarero debió de olerse algo raro, puesto que llenó deprisa nuestras copas y se dispuso a retirarse.

—Deje la botella —gruñí, agarrándolo por la manga del uniforme.

Mi tono no admitía contradicción.

JP me miró ojiplático y esta vez sí intercambiamos una sonrisa rígida. El camarero dejó la botella encima de la mesa y se retiró con una leve inclinación de la cabeza. Nadie respondió a su gesto. JP se mantuvo tenso en la silla y yo lo seguí mirando implacable.

—No, no creo —dijo por fin—. Se llama Cayetana. Nos conocimos en la iglesia. Trabaja de voluntaria en el comedor social.

Claro que sí. Una buena samaritana del agrado de sus conservadores padres. Nadie quiere de nuera a una desquiciada de lengua viperina, que se va de fiesta hasta las tantas, llega a casa en un deplorable estado de embriaguez y al día siguiente tiene demasiada resaca como para dejarse ver en la iglesia.

Y, si se deja ver (con las gafas de sol puestas, eso sí, porque ¿a quién se le ocurre poner la misa en un DOMINGO, después de un SÁBADO?), se duerme durante el sermón y se pone a roncar como un cerdo ibérico en mitad de la liturgia.

No, ellos quieren a Cayetana, la servicial voluntaria del comedor social. Ugh. Cómo la odio. Cayetana. ¿No había nombre peor?

«Pero da igual», me serené mientras me valía del tenedor para atribuirme la custodia del postre. ¡Compartir y una mierda! Ese tío había cortado conmigo después de dos años de relación, así que el milhojas me lo quedaba yo en concepto de daños morales.

Mientras lo atravesaba furiosa con el tenedor (el milhojas, no a JP, aunque eso último me hubiese complacido mucho más), decidí afrontar nuestra ruptura con clase y distinción.

A fin de cuentas, yo aún era joven (porque se es joven a los 32, ¿no?, aunque la Comunidad de Madrid —cabrones, cabrones, cabrones— te haya retirado el Carné Joven), estaba buena (dentro de la media general) y tenía grandes perspectivas de futuro (dejar de ser auxiliar administrativo y convertirme en oficial administrativo). Joder, lo tenía todo. ¿Y a mí qué si un gilipollas estirado cortaba conmigo? Había otros mil millones de gilipollas estirados con los que poder casarse, tener hijos, llevar a los hijos a misa todos los domingos…

Puff, qué pereza. ¿No podrán empezar la misa a la una o a las dos de la tarde? Así uno no madruga ni se queda dormido durante el sermón.

Resolví enviar mi propuesta al buzón de sugerencias de la Iglesia Católica. Luego me pregunté si la Iglesia Católica tendría un buzón de sugerencias. Esperaba que sí. ¿Cómo si no les iba a escribir la gente? ¿O es que la gente que tiene fe no sugiere y solo acata?

Me pareció una reflexión tan interesante que me quedé absorta durante un buen rato. Cualquier cosa era mejor que afrontar el tema de la ruptura.

—¿Me das un poco? —se materializó JP en medio de mi debate sobre los buzones de sugerencia de la Iglesia y la cuestión de la fe en general—. Tiene una pinta riquísima.

Sí, hombre. Lo llevas claro.

Empleé otra vez el tenedor para alejar el plato de sus invasoras garras.

—¿Qué?, ¿esto? No, no. Ahora que te vas a casar, tienes que guardar la línea. Estás un poco fofisano, macho.

Juan Pablo, aterrado, metió tripa y enderezó la espalda. Estaba buenísimo, el jodío. Y de fofisano nada.

Pero, vamos, que no tenía sentido que me fijara. Con el milhojas yo ya me daba por servida. ¿Quién necesita a un tío bueno si hay azúcar glas y crema pastelera?

—¿En serio? ¿Crees que he engordado?

—Uf, sí. Bastante. Y juraría que empiezas a tener entradas —le dije con la boca llena y las comisuras de los labios salpicadas de azúcar glas. (Me vi reflejada en la pantalla del móvil).

El pobre Juan Pablo salió disparado hacia los servicios para mirarse las entradas.

—¡Y canas! —grité detrás de él, para acojonarlo aún más.

Sola en la mesa, me zampé el milhojas de tres bocados, me bebí tanto mi copa de vino como la suya y, sustrayendo la botella porque, de todos modos, ya estaba pagada, o casi, me largué mientras JP se seguía contemplando en el espejo como un Narciso enamorado de su propio reflejo. El camarero se me quedó mirando atónito al ver que me marchaba tan ancha, con la botella de vino en la mano.

—No me estoy haciendo un sinpa—lo tranquilicé de inmediato—. Yo cuando me voy, me voy con la cabeza bien alta, ¿eh? Dígale a ese capullo adúltero que lo mínimo que puede hacer es pagar la puñetera cuenta.

El camarero empezó a parpadear histéricamente. Le dediqué una sonrisa adorable y empujé la puerta con el hombro. Todo tan normal. Si es que yo soy muy razonable cuando quiero. Buena como el queso. Nunca la lío ni hago locuras. Las rupturas tampoco tienen por qué ser tan traumáticas, ¿no? ¿Que las cosas ya no funcionan? Bueno, pues no pasa nada. Adiós y tan amigos.

Fuera del restaurante, me encendí un pitillo, me envolví en la americana y, embargada por esa sosegada dignidad, eché a andar bajo la llovizna en dirección al Bernabéu. Quería llegar más tarde que él a casa, para que pensara que me había ido de fiesta por ahí o, peor aún, que me había arrojado desde un puente. 

—Eso, eso, que se sienta culpable, el muy hijo de perra. Su conciencia católica cargada de pecado y penitencia. Jaja ja jaja.

Mientras yo me reía como Cruella de Vil en plena Plaza Castilla, pasó un coche demasiado cerca del bordillo y arrojó hacia mí una enorme tromba de agua y barro. Ay, no. Mi precioso vestido nuevo, que me había comprado especialmente para mi supuesto compromiso, estaba de pronto destrozado.

Me quedé mirándome la ropa, boquiabierta, y me asaltó otra idea terrible: ¡me había convertido en un perfecto cliché de película romántica! El abandono, la lluvia, el vestido lleno de barro…

—¿En serio? —exigí explicaciones a alguien ahí arriba—. ¿Tenía que llover precisamente hoy? ¡¿En el PUTO país más seco de Europa?!

Pero, vamos, que no iba a llorar ni nada, ¿eh? Yo no soy de esas mujeres patéticas que necesitan a un tío para ser felices. Yo me basto y me sobro conmigo misma. ¿Juan Pablo? ¿Qué Juan Pablo? ESA es la pregunta.

Tropecientas copas más tarde

¡¡¡Me quiero morir!!!

No puedo seguir aguantando esta desesperación. ¡Juan Pablo no ha vuelto a casa!

Seguro que se está follando a la Cayetana esa. Fuera y dentro, fuera y dentro.

Aaaayyyyyyyy. ¿Por qué, por qué, ¡¡por qué!! no puedo sacarme esa imagen de la cabeza?

En mi mente, Cayetana es una rubia de piernas larguísimas y acento pijo de o sea.

O sea, tía —la imito, haciendo muecas en el espejo del baño.

La perfecta, guapísima y rubia Cayetana, poniendo cara de asco, como si alguien se hubiese tirado un pedo demasiado cerca de ella. Los pijos siempre ponen esa cara. Es su signo de distinción. Es como el pelo de los jóvenes militantes del Partido Popular. Seguro que en la peluquería esos tíos van y piden el corte pijo y los peluqueros saben perfectamente de lo que están hablando.

El pitido del microondas interrumpe mis reflexiones sobre moda capilar entre los hombres de derechas y me recuerda que estoy haciendo burritos. O lo que viene siendo su versión congelada.

Ya cansada de hacer muecas en el espejo, salgo del baño, voy a la cocina, abro el microondas (no he usado un plato, con lo que está todo asqueroso ahí dentro) y me zampo el burrito de un solo bocado. Es casi grotesco ver mis mejillas deformadas y el esfuerzo que hago por empujar todo el burrito dentro de mi boca.

Mientras mastico y observo mi reflejo en la puerta del microondas, empiezo a indignarme otra vez. ¿Cómo ha podido dejar a una mujer capaz de comerse un burrito de un solo bocado? Eso tiene mucho mérito. Y todo para liarse con una piba llamada Cayetana. 

Anda que llamarse Cayetana…

Seguro que tiene un Fiat 500. Casi puedo verlo aparcado en la puerta de su casa de Aravaca. Y seguro que es de color rojo, ese rojo Ferrari que tan bien imitan los de Fiat.

—¡Yo siempre he querido tener un Fiat 500 rojo! —estallo, y me lanzo a los pasillos del piso como un alma en pena, poseída por sentimientos contradictorios que empiezan en depresión y acaban en asesinato. 

—Maldita zorra, tiene todo lo que yo quería, el Fiat, a JP, la casa en el Cantábrico… ¿Y qué tengo yo? ¡Ja! Celulitis, un hámster que me da pánico y, ¡anda, mira!, ¡las comisuras de los labios manchados de helado de chocolate! —me indigno delante del espejo del pasillo. 

El hámster me lo regaló JP en nuestro primer aniversario. Nunca tuve el valor de decirle que me dan repelús los roedores. No puedo ni tocar al bicho. ¿Quién va a darle de comer ahora que JP y yo hemos roto? ¡Se va a morir de hambre!

Ay, qué tragedia más grande, Dios mío. ¡Pobre bichito! Si él no ha hecho nada. Es una víctima colateral de la maldad de JP y Cayetana. Está claro que vive en un hogar completamente desestructurado. No puedo con tanta crueldad animal.

Y no estoy siendo para nada una drama queen, ¿vale?

Me limpio la nariz con la manga del pijama, me envuelvo en una manta (las rupturas siempre me dan escalofríos) y me voy a la nevera a ver si encuentro otra tarina de helado en el congelador.

Lo revuelvo todo, los chuletones, los salmones (¡qué bien alimentado está el señorito!), los filetes de pollo… Nada. Me he comido todo el helado que quedaba. También me he ocupado de vaciar las botellas de alcohol que encontré abandonadas en un armario, restos de alguna fiesta, quizá de Año Nuevo, ¿a quién le importa? El caso es que ahora no tengo nada que hacer. ¡¡Salvo morirme!!

Me entra un ataque de pánico cuando comprendo que solo me queda el culín de una botella de J&B y yo ¡odio el whisky! ¿Qué voy a hacer ahora? Esto es terrible. ¡A estas horas no queda nada abierto para conseguir más alcohol! 

Sollozando e hipando al mismo tiempo, peino el salón con la mirada en busca de algo que me ayude a sobrellevar este terrible momento de congoja.

Mis ojos dan una vuelta circular y aterrizan sobre el florero que nos regaló la madre de JP cuando nos fuimos a vivir juntos. Puto florero. Siempre lo he odiado.

—Sería una lástima que alguien lo tirara por error —me digo a mí misma. 

Una sonrisa de gremlin malo aflora en mis labios al imaginar las caras de consternación de JP y su madre. 

Desde luego, si se rompiera sería una verdadera pena, porque resulta que es un florero de autor. Por motivos que soy incapaz de explicarme, vale un pastizal. 

Cuando nos fuimos a vivir juntos, aparte del florero, también recibimos unos chorizos de Montesierra, que tan generosamente nos hizo llegar mi madre por MRW. Ahí yo noté la abismal diferencia entre las dos clases sociales. La gente de bien regala chorizos. Los pijos, gilipolleces que no sirven pa´na.

Me acerco de puntillas a la mesa del salón, contemplo el florero frunciendo los labios (el arte hay que contemplarlo siempre con cara de estreñido) y le doy un capirotazo, así, como quien no quiere la cosa.

El florero se tambalea, cae y, ante mi mirada impasible, se estrella contra el suelo y se hace añicos. Qué lástima. Le diré a JP que ha sido el hámster.

Animada por la maldad, desenrosco el tapón de la botella de whisky (a malas malísimas, me puedo apañar incluso con esto) y doy un trago mientras pienso en qué otra lindeza podría hacer antes de largarme.

¡El congelador! Seguro que ahí hay más de 200 € en comida. Me hará falta una bolsa de basura de las grandes. Creo que compré sacos la última vez que llevé el enredón a la lavandería. ¿Dónde los habré guardado?

Corro a la cocina, busco bajo el fregadero, esparciendo por el suelo botes y botecitos de productos de limpieza, y:

—¡Ajá! Se va a enterar este capullo.

Me parece a mí que me estoy enfrentando a la primera fase de una ruptura: la venganza. ¿Pero quién tiene tiempo de psicoanalizarse hoy en día?

Doy otro trago a la botella para armarme de valor y me remango el pijama para ponerme manos a la obra. Cuando uno abandona una casa, tiene que limpiarla, ¿no? Lo mío no es despecho. ¡Es civismo!

Lleno medio saco de congelados y me pongo a pensar en qué más regalos dejarle a JP. Se me ocurren unos cuantos: el contenido de los armarios de la cocina, las sábanas y las toallas del Corte Inglés, sus estúpidas botas Timberland…  Seguro que hay gente necesitada ahí fuera. Soy cívica y generosa. Un prodigio de mujer. ¿Por qué me habrá dejado? Está claro que ese gilipollas repeinao no sabe lo que se pierde. Voy a grabar un vídeo para que vea el partidazo que ha dejado escapar por un estúpido calentón.

Allá voy.

¡Ay, nunca sé cómo va esta mierda de móvil! ¿Será qué hay que pulsar este botón?

—Probando. Probando.

Doy golpecitos en la pantalla y me veo a mí misma, toda despeluchada, dando golpecitos en la pantalla. Funciona. Estupendo.

—Holaaa, JP. Soy Cris, el amor de tu vida, aunque tú, capullo narcisista, no lo sepas aún. Fíjate lo que estoy haciendo. Limpieza general. Mindfulness, congeleitorfulness y armariofulness, o como coño sea que se diga eso en inglés. Ay, y lamento decirte que el florero de tu madre ha pasado a mejor vida. ¡Ha sido el hámster! —Intento sofocar la risa; se supone que tiene que parecer auténtico—. Malvada criatura. Mira que le he regañado y todo, pero nada. No se arrepiente de nada. —Me acerco mucho a la cámara, miro a derecha e izquierda como para cerciorarme de que nadie me escucha y susurro—: Creo que es un sociópata.

Ta-naaan. Falta la musiquita dramática. ¿Se podrá editar el video?

Después de vaciar el culín

Arrastro los tres sacos fuera del ascensor y salgo a la calle. Hay que joderse el frío que hace. Espero encontrar a alguien a quien donar todo esto, aunque no parece demasiado probable dado el mal tiempo y la llovizna.

Para no tener que cargar con cosas a lo tonto, dejo los sacos apilados en la puerta del portal y decido dar una vuelta de reconocimiento por el vecindario.

Salvo un puñado de gatos vagabundos, no hay nadie. Si mal no recuerdo, en uno de los sacos tiré dos botes de caviar. Regreso corriendo junto al edificio, me doblo sobre la basura y lo revuelvo todo hasta que consigo localizar el caviar, un pequeño bote que acerco a la luz de una farola y achino los ojos para leer la etiqueta.

Del caro. Vaya, vaya. Este JP tiene muy buen gusto. Salvo para las mujeres, claro. Esa Cayetana es un zorrón. Hacen una pareja espantosa. Sus hijos serán tremendos.

—Ven, gatito misimisimisi. Aquí, gatito, pis pispis. ¿Quién se va a comer un buen plato de caviar?

Al ver que el gato me está toreando, abro el bote y esparzo su contenido por toda la acera.

—A ver si corres ahora, so cabrón. Hala. Atrévete a dejarme plantada.

El gato se quiere acercar, pero desconfía. Empiezo a impacientarme. ¡Hace frío, coño! Gato del demonio…

—Vamos, gatito. ¿A qué estás esperando? Yo ya no estoy para más rechazos, te lo digo.

Al final, el instinto de supervivencia del gato es más fuerte que el miedo y se acaba acercando al caviar.

Me siento en el bordillo de la acera y lo observo mientras come.

—Está rico, ¿eh?

Su majestad se detiene para relamerse. 

—Sí, ya lo creo que está rico.

Complacida, me levanto, agarro los sacos y los arrastro hasta los cubos de basura más cercanos. Una pena que no haya podido donar las botas a nadie. Las dejaré fuera del cubo, por si pasara algún necesitado por la zona. Están nuevecitas.

Los congelados los tiraré, no vaya a ser que alguien los coja mañana en mal estado y se envenene.

Hay que ver cómo acaban las relaciones. Dos años de tu vida, amontonados en tres sacos de basura. Vaya mierda.

2

Domingo, dos Cajas Rojas de Nestlé ingeridas y treinta y dos cajas de mudanzas trasladadas de Arturo Soria a Tetuán

No he podido poner orden en mis pensamientos en todo el día. He estado muy ocupada con esto de la ruptura y la mudanza. Menudo follón trasladar todas mis cosas al piso de Noelia. Si al menos Noelia viviera sola…

Pero no, comparte piso con Jaime, un tío insufrible que se gana la vida escribiendo novelas que nadie tiene tiempo de leer. A Noelia le encanta su amigo Jaime. Ay, tía, es que es tan guapo, tan divertido, taaan creativo…

No sé por qué le ve con tan buenos ojos. En mi humilde opinión, Jaime es un cretino con mayúsculas. No puedo ni verle. Me trata como si fuera una desquiciada. ¡A mí!

Lo cual me pone tan nerviosa que he de admitir que en su presencia me comporto como si fuera una desquiciada.

Lo siento. La presión me puede. Hablo sin parar, y hasta yo misma me doy cuenta de que no digo más que sandeces.

Si al menos él dejara de observarme con esa sonrisa condescendiente de tipo intelectual…

—¿Qué? ¿El pijo se ha follado a otra? —me intercepta el infame en la misma entrada del piso. Voy cargada con el hámster y la última caja de mudanzas, y él va en calzoncillos y con una taza de café en la mano. ¡Esas no son formas de recibir a los invitados! Además, de alguien como él esperaba al menos una bata y un puro.

—¡NOELIA! —aúllo, fulminando a mi nuevo compañero de piso con la mirada.

Mi amiga sube deprisa las escaleras y se planta en la puerta.

—¿Qué? —pregunta sofocada, apoyándose contra la pared para recuperar al aliento—. Joder, qué susto. Pensaba que se te ha caído la caja encima del pie.

—¿Qué le has dicho a este?

—Me ha dicho que tu querido JP se ha follado a otra —resume Jaime, que me dedica una sonrisa detestable cuando lo vuelvo a mirar.

—¡Tía!

El ovalado rostro de Noelia se tiñe de arrepentimiento. Aunque los arrepentimientos no excusan los hechos.  

—Joder, es que me preguntó por qué lo habíais dejado.

Me vuelvo hacia la manzana de la discordia y le regalo una sonrisa de lo más falsa. Una sonrisa a lo Cayetana, que seguro que esa zorra roba-maridos sonríe así.

—No es asunto tuyo, Jaimito de mi alma.

—No, claro que no. Pero en cuanto empieces a ver películas de mierda en la tele del salón, se convertirá en asunto mío, princesa.

Le saco la lengua y entro en la cocina para poder apoyar la caja en alguna parte. Estos libros pesan un montón. No sé para qué los tengo. Si, total, nunca leo…

—¿Y bien? ¿Cuál es mi cuarto? —le pregunto a Noelia, intentando parecer entusiasmada con todo este follón de la mudanza.

La otra opción sería tumbarme en el sofá y ponerme a lloriquear, y no pienso darle esa satisfacción al cretino de Jaime.

Para reforzar el entusiasmo y alejar de mí las ideas homicidas, recurro a la ayuda de una Kit Kat que me saco del bolsillo y mordisqueo con gran satisfacción.

—Bueno… Vas a tener que dormir con Jaime esta noche.

Se me indigesta el chocolate y creo que, además, me he atragantado con el último bocado.

—¿¿QUÉ?? —nos horrorizamos Jaime y yo al unísono, y luego intercambiamos una mirada confusa. Bueno, al menos algo tenemos en común: el horror y la confusión. 

Noelia se hace pequeñita pequeñita y nos dedica una sonrisa de dientes apretados.

—Es que Sandra no puede dejar el piso hasta el día quince.

Sandra es la chica a la que han tenido que echar para que yo pudiera instalarme.

—¿Y por qué no puedo dormir contigo?

—Es que… Mark… está…

Pues claro.

—En pelotas, echándote los polvos de tu vida —termino la frase por ella—. Vale, lo pillo. Parece que últimamente sobro en todas partes.

Mark es el novio british de Noelia. Profesor de inglés y un tío majísimo. Me cae bien. Debe de ser el primer novio de Noelia con el que realmente tengo afinidad. Me encanta su manera de decir bloody hell, así, a lo Elvis Presley.

—No es que sobres, nena. Tú siempre serás bienvenida aquí. Lo que pasa es que ha sido todo tan precipitado…

—Y que lo digas. —Rompo un cachito de chocolate y se lo doy de comer al bicho. Eso sí, sin tocarle—. Las rupturas deberían venir con quince días de preaviso, como los despidos. ¿Crees que puedo demandar a JP por ruptura indebida? No me vendría mal una indemnización, ahora que hay que pagar alquiler y todo.

Jaime suelta una carcajada gutural.

—Oye, no es mala idea.

—No te lo he preguntado a ti, pedazo de cretino.

—Uy, uy, uy, esta está muy amargada —se le queja a Noelia.

Lo pulverizo con la mirada. Él, muy tranquilo, se acerca la taza a los labios y le da un sorbo al café. Me sonríe y todo. Finjo vomitar.

—Te prometo que mañana Mark se irá a su casa y tú podrás dormir conmigo, pero esta noche…

—Sí, sí, tranquila, dormiré con este pervertido, ¿qué se le va a hacer?

—Eh, eh. No nos apresuremos. Yo aún no he dicho que sí.

Le pongo mala cara. A él y a esa expresión burlona que reluce en sus ojos.

—Tío, soy la primera mujer que pisa tu cuarto desde el verano del 92. Los dos sabemos que estás encantado.

—Ja ja —ironiza, sin que mis acusaciones le hagan la menor gracia.

—Vamos, chicos, solo es esta noche. Seguro que os podéis llevar bien durante una noche. Sobre todo, porque vais a estar los dos dormidos.

Adoro el optimismo de Noelia. Creo que es su mejor cualidad.

—Vale —cedo malhumorada. ¿Qué otras opciones tengo?, ¿dormir bajo un puente?

—Pero vamos a poner un muro de cojines, que no me fío de ti. Estás soltera y desesperada.

La fulminante fuerza de mis ojos cae sobre Jaime y, aunque el hastío se me trasparenta en la cara, él no parece demasiado intimidado. 

—Tranquilo, macho. Tu virtud está a salvo. No tengo el más mínimo interés amoroso en ti. De hecho, fíjate lo que te digo, si tú y yo fuésemos los únicos supervivientes de un apocalipsis zombi, dejaría que nuestra raza se extinguiera con tal de no tener que acostarme contigo. Capicce?

El muy capullo brinda por ello con su taza de café, me guiña el ojo y desaparece por el pasillo con una sonrisa socarrona de lo más irritante.

—Le detesto —gruño entre dientes en cuanto Noe y yo nos quedamos a solas.

—Es buen tío, te lo prometo. Un poco maniático, eso sí. No soporta el desorden y las películas ñoñas. Pero cuando se le llega a conocer, es un amor.

—Lo dudo. Además, ¿cómo pretendes que nos llevemos bien cuando yo soy la reina del desorden y de las películas ñoñas?

—Tú haz un esfuerzo, ¿eh? Ya verás cómo le acabas cogiendo cariño.

—Lo mismo dijiste del hámster, y ya ves que no.

—Bueno, pero Jaime es un tío, no un roedor. ¿También tienes pánico irracional a los tíos?

—¿Después de lo de JP? Quiero castrarlos a todos —declaro entre dientes mientras mi mirada se pierde a lo lejos.

Los psicópatas en la tele siempre se quedan con la mirada perdida cuando planean hacer el mal.

En la cama de Jaime, una frase que nunca pensé que diría…

Me he tapado hasta el pecho con la sábana, no vaya a ser que el pervertido caiga en la tentación. Con lo buena que estoy, seguro que no consigue dominar sus impulsos.

A ver, buena, lo que se dice buena, tampoco es que lo esté, todo hay que decirlo. No corro a no ser que me persiga un perro, mi comida favorita es el doble Wooper con beicon y queso y ¿para qué beber agua si Dios ha sido tan amable de concedernos el vino? Vamos, que soy más bien normalita, tirando a cuerpo botijo de cuello para abajo. Pero para Jaime, que nunca sale de su madriguera, seguro que soy todo un pibón. No quiero que sucumba al acoso. Uf. Soy tan buena y noble que doy asco. No dejo de preocuparme por los demás. Uno de mis innumerables defectos.

Coloco la espalda entre dos almohadas y finjo leer con suma concentración una novela filosófica. Eso siempre da bien de cara al público. Paso un par de páginas con aire de entendida (no he comprendido una mierda de lo que he leído hasta ahora) y me aclaro la voz con un poco más de ímpetu del necesario.

Sin embargo y para mi desesperación, Jaime no me lanza ni una mísera mirada. Está de espaldas, tecleando deprisa en su ordenador. ¿De qué sirve leer una novela incomprensible si no tienes a nadie a quien impresionar? Mi mueca de entendida empieza a agriarse.

A ver, que no es que yo me pase la vida intentando deslumbrar a los demás con mi desarrollado intelecto y mi vasta (casi inexistente) cultura general. ¡Por Dios, no! Eso es algo que solo hago con Jaime. No puedo evitarlo, es algo superior a mí. Él y sus aires de escritor atormentado, él y sus comentarios sobre Ernest Hemingway y Arthur Miller (quién quiera que sean esos dos), él y su maldita sonrisa condescendiente de no te estás enterando de nada, Cristina. Por algún motivo, necesito estar a la altura, impresionarle. Es frustrante, dado que el tipo ni siquiera me cae bien. Lo considero un desgaste inútil de tiempo y energías.

Pero, como acabo de decir, no puedo evitarlo.

—¿No vas a venir a la cama? —le pregunto, cuando ya no aguanto más mi soporífera lectura.

—Estoy escribiendo, ¿no lo ves?

—Ah —digo, y bostezo aburrida.

Se produce una pausa y luego escucho otra vez las teclas del ordenador. Me propongo dejar en paz a Jaime y dormirme de una vez. De todos modos, he tenido un día largo y muy duro y me hace falta descansar. Aún no he llamado a mi madre para decirle que JP y yo hemos roto. Menudo disgusto se va a llevar la pobre. Le encantaba JP porque vestía camisetas en las que ponía Jean Paul Gaultier y mi madre creía que ese era su nombre traducido al francés.

—Mamá, que se llama Juan Pablo Gutiérrez.

—Pues eso, hija. Jean Paul Gaultier. Es muy sofisticado que un hombre cosa su nombre en la camiseta. En francés, además. Fíjate qué nivel. La Reme se va a poner negra de envidia cuando se lo cuente. Ni Christian Grey es tan sofisticado.

Nada, no había manera de hacer entrar en razón a la buena de Puri, que a partir de ese día empezó a coser en su ropa Purifiqueison, la supuesta versión inglesa de su nombre. No se le ocurrió el correspondiente francés.

—¿Y qué escribes? —le pregunto a Jaime otra vez. Me aburro.

—Una novela —me gruñe. ¿Será que quiere que me mantenga en silencio?

—¿De qué va?

—De un asesino que se carga a todo el que le incordia.

¿Eso lo dice por mí? Pero si yo soy un amor. Yo nunca incordio.

—¿Puedo leerla?

—No la comprenderías.

—Por favor. Si yo leo a tíos mucho más listos que tú.

Jaime se vuelve con la silla y me dedica una mirada de puro escepticismo.

—Dime uno.

Echo un vistazo rápido al libro que he dejado en la mesilla.

—Nissan.

—Ese es un coche.

Vaya.

Luchando por mantener intacta mi expresión de tía lista, miro el libro de refilón e intento descifrar el nombre del autor.

Joder, tengo que ir ya a lo de la miopía. A lo lejos veo menos que un murciélago. Y la vista periférica nunca ha sido lo mío.

—Nie… niez…

¿Qué coño de nombre es este, de todas formas?

—¿Nietzsche? —me sugiere Jaime desconcertado.

—¡Ese!

—Claro. Te pega completamente leer a Nietzsche.

Sonrisa condescendiente. ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!

—Pues que sepas que me gusta el tal Nie… niet… nisss… chhhhhh.

—Nietzsche.

—Justo lo que estaba diciendo.

—Ajá.

Más escepticismo. Maldito Jaime y su intelecto privilegiado.

—Lo digo en serio. Me gusta su planteamiento sobre…

—¿La media naranja? —me echa un cable al ver que me he atascado otra vez.

—Oh, sí, eso. Es muy romántico.

—Es de Platón.

Le pongo mala cara.

—Me enervas, tío.

Jaime enarca las cejas.

—¿Te pasa con todo el mundo, o solo con la gente más lista que tú?

—Que te follen.

—Con todo el mundo —se dice a sí mismo, conteniendo la sonrisa.

—Me voy a dormir.

—Fantástico. Hoy tengo mucha inspiración y me estás distrayendo.

Mosqueada, apago la lámpara de la mesilla y me hago un rollito de primavera con la sábana. Este tío me pone de los nervios. No sé por qué lo sigo intentando con él. ¿Y a mí qué si no le caigo bien? Que se joda. Tampoco tenemos por qué ser amigos. Con no acuchillarnos en el desayuno me vale.

Golpeo la almohada con ira para colocarla bien, cierro los ojos y me obligo a dormirme.

Pero resulta que, cosa curiosa, hay un sonido particularmente molesto que me lo impide. Unos deditos aporreando deprisa las teclas de un ordenador y cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Una, y otra, y otra, y… ¡OTRA VEZ!

Doy una vuelta brusca en la cama para que se dé por aludido, gruño sonidos inarticulados y me subo la sábana hasta las orejas. Me dormiría, de no ser por ese ruido que…

—¡Deja ya de teclear, cojones, que son las doce de la noche y yo mañana trabajo!

El ruido se detiene en seco.

—Espera, ¿te molesta esto?

—¡Sí!

—Vale.

Y sigue tecleando, el muy capullo. Aaaarrrrrggggghhhhhh.

Abrazada a un torso desnudo

Me despierta el calor.

Por Dios, menudo sofoco.

¿Qué…? Ay, Juan Pablo me ha abrazado. Qué agustito. Hmmm, qué bien huele. Y qué áspera es su mejilla.

Un momento. ¿JP se está dejando barba? ¿Será que ha hartado de ser tan conservador? Como sea, me gusta el tacto de su barba al pasar los dedos por encima de su mejilla. Me parece muy masculino.

Mi mano recorre despacio una nariz recta y casi aristocrática, un labio inferior de una sensualidad capaz de mantenerte en vela toda la noche, una mandíbula firme y un tanto áspera… Hmm, y qué musculatura tan plana, pienso al bajar la palma por su pecho y sus brazos. Me estoy poniendo burra. Y cuando yo me pongo burra… Uf.

No voy a poder dormir con este calentón, y mucho menos si en la oscuridad JP tiene el aspecto del maldito Gideon Cross, así que meto la rodilla entre sus piernas y subo despacio, hasta que me topo con una resistencia cálida y blandida. A ver si conseguimos que deje de estar blandita y se ponga dura. Seguro que sí. Se me ocurre una travesura.

Cuelo la mano entre nuestros cuerpos y rodeo su miembro con los dedos. Este reacciona, se estremece y me da un pequeño empujoncito que me hace sonreír en la oscuridad. Veo que alguien está por la labor.

Ejerzo más presión con la rodilla y arrimo los labios a los suyos mientras lo sigo estimulando con la mano. JP gruñe y, con la boca encima de la mía, corresponde poco a poco a mis pequeños besitos. Está despertando. Y, por lo que estoy notando, no es el ú-ni-cooo.

—Mira que te dije que había que poner un muro de cojines —farfulla con voz ronca.

Con una exclamación ahogada, abro los ojos con espanto y suelto de golpe sus labios y sus partes. ¡Ay, mierda! Esa no era la voz de JP. ¿Dónde… dónde…?

Enciendo deprisa la lámpara mesilla.

Me aparto.

Grito.

Todo un espectáculo.

—¡¡Ah!! ¡Me cago en la puta! ¡Tú!

—Pero sigue —me dice Jaime, que tiene una sonrisa lánguida y medio amodorrada en el rostro—. Me estaba empezando a gustar el acoso.

La puerta se abre de sopetón y Noelia y Mark aparecen en el umbral, despeinados y medio desnudos.

My goodness, Christine. What a scream! Are u all right?

Hi, Mark. I’m fine, yes. How are you? And your family?

Cruzo un brazo sobre el pecho, flexiono el otro para apoyar la barbilla en el puño cerrado y aguardo paciente su contestación. Es un momento embarazoso. Muy embarazoso. Y que yo intente afrontarlo con perfecta normalidad no lo vuelve menos incómodo.

—Déjate de historietas. ¿Qué ha pasado? He oído gritos.

—Tu amiga intentaba seducirme —se vanagloria el capullo de Jaime.

—¡Tía! —se horroriza Noelia.

—No es lo que parece —me defiendo yo, levantando las palmas para instar a la calma.

—¿No me estabas frotando la polla con la mano y besándome en los labios?

—Hombre, visto así…

Mark me mira boquiabierto. Está escandalizado, tan escandalizado como solo un británico podría llegar a estar.

Christine, are u a bad roommy?

Very, very bad, Mark —asegura Jaime de lo más solemne—. Agareisen la polla de uno in the middle of the night. No hay derecho.

—¡¡Tía!!

—No le estaba… Bueno, sí, le estaba agarrando la…. ¡Eso! ¡Pero es que creía que era Juan Pablo!

—¿De verdad? Pues no sé qué es lo que ha dado pie a tamaña confusión. Yo no tengo ni un pelo de pijo. Fíjate. Todo el mundo dice que soy un tío de lo más campechano.

—Campechano los cojones —lo acallo con mala uva—. Noe, de verdad, te juro que no intentaba acostarme con él. Me desperté desorientada, y este me estaba abrazando y creí…

—Eh, eh, eh. La que me abrazó fuiste tú, para empezar. Si no te aparté fue porque no quería despertarte.

—No me apartaste porque eres un pervertido.

—Mira, princesa, la que me estaba metiendo mano eras tú. Así que de perversiones entenderás más que yo.

—¡Te metí mano porque creí que eras JP, pedazo de cretino!

—Sí, sí, sí. Eso es lo que dices ahora, que te han pillado in fraganti.

—Aaarrrgggghhhhh. ¡Le O-DIO!

—Pues ódiale mientras te duermes, que yo mañana tengo que madrugar. Por favor, menudo follón. ¡Y eso que acabas de llegar!

Noelia agarra a Mark de la camiseta, lo arrastra al pasillo y cierra la puerta con la misma mala leche con la que la ha abierto. Hundo la cara entre las manos y me deshago en un gemido. Qué vergüenza, Dios mío.

Jaime se me acerca hasta que su cadera roza a la mía y un delicioso olor masculino me envuelve como una caricia que no presagia nada bueno.

—Bueno, ¿tú y yo seguimos o qué?

—Vete a la mierda —rezongo, dándole un codazo en el pecho para que se aparte de mí.

—Vale, vale. Solo era una sugerencia. Jolines, qué carácter tiene la señorita.

Me revuelvo furiosa bajo las sábanas y me pongo de espaldas a él.

—¡Y no se te ocurra arrimar esa cosa a mi trasero! —advierto en el acto, con todo el remilgo del que soy capaz.

Su risa sofocada sacude el colchón.

—Tranquila, doña Inés. Ya ha bajado.

—Encima, con problemas para aguantar la erección. Menudo fichaje.

Vuelve a reírse. Su risa es tranquilizadora. Cálida. A pesar del mosqueo, el sueño empieza a vencerme.

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Destacado




Doce años sin verse. Nadie tiene intención de abrir viejas heridas ahora. Ophelia, Connor y Zach han seguido adelante con sus vidas, hasta tal punto que el recuerdo del otoño que pasaron en Virginia solo perdura en el rincón más recóndito de sus almas. Cualquiera diría que su enamoramiento juvenil es agua pasada.
O al menos lo fue, hasta que el fallecimiento de Eleonor lo echó todo a perder.
Ophelia regresa a Marion y, con su llegada, la apacible vida de los hermanos Davis empieza a tambalearse de nuevo.
Un triángulo amoroso que hace doce años rompió sus corazones en pedazos. ¿Habrán conseguido pasar página o solo les hace falta un pequeño empujoncito para volver a hundirse en la miseria?

Otra vez en el mismo cruce de caminos

El presente de Ophelia

―Cómo pega el sol, ¿eh?

Mis ojos dejan de errar por el cielo lechoso y bajo la mirada hacia el hombre que está agachado junto a la rueda trasera de mi coche. Suspiro derrotada cuando constato que todavía le falta un buen rato para acabar.

―Sí, achicharra ―coincido secamente al ver que me mira con las cejas en alto, a la espera de que le dé conversación.

Si en vez de distraerse con tonterías hubiese apretado esas tuercas como Dios manda, ya habríamos acabado hace un rato.

No puedo evitar sentir cierta oleada de irritación y tengo que esforzarme para que no se me note. Parece que hoy nada está saliendo como debería. No es el mejor día de mi vida.

―Va a haber tormenta ―predice, para nada impaciente por acabar el trabajo―. Ya lo verá. Los nubarrones siempre vienen de la nada por estos lares. ¿Es su primera vez en Virginia?

―No.

Es obvio que espera a que le dé más detalles, pero no estoy de humor para eso. Solo quiero que me cambie la rueda pinchada, para que pueda salir pitando de aquí cuanto antes. Tengo sitios a los que ir y gente a la que no ver.

―Va a Marion, ¿verdad? Esta carretera solo lleva a Marion.

Que una carretera solo lleve a un pequeño rincón del mundo es un poco deprimente, la verdad.

Y, sin embargo, Marion es un sitio tan encantador… Huele a bosque y a las endorfinas del primer amor, a fresas silvestres y a besos robados, a sabiduría y a lágrimas a medio secar; huele a gotas de lluvia y caricias que te consumen en el silencio de la noche, culpables, febriles y tan ansiadas que incluso duelen.

Tantos recuerdos, tantos sentimientos embotellados y guardados durante años y años.

Ha pasado mucho tiempo desde aquello. Doce años sin volver a Marion. Casi una vida.

Miro a mi alrededor con ojos ansiosos y los nervios se descontrolan en mi estómago. No me gusta tener que volver, y detesto las circunstancias que han propiciado mi retorno.

A pesar de todo, de la inquietud y del nerviosismo, del dolor y de la amargura de las lágrimas que intento reprimir, hoy más que nunca siento la vida correr por mis venas, cada vez más rápida, más burbujeante, como si esta naturaleza paradisiaca me hubiese devuelto el soplo de aire que me robó cuando me marché corriendo con la intención de no volver jamás.

Cierro los ojos por un segundo y todo regresa como un búmeran, porque en realidad nunca se marchó del todo. Tan solo estaba enterrado bajo una colosal capa de polvo que yo he apartado sin tan siquiera darme cuenta. Volviendo a Marion he conseguido que el olvido dé un paso atrás, y ahora mi corazón vuelve a bombear la sangre deprisa, abrumado por lo vivos que permanecen aún mis recuerdos. ¿Es posible que, después de tantos años, aún recuerde el sabor de esos besos, y el fuego de esas caricias? ¡Jesús! Aún quema por dentro.

Pero no, no voy a pensar en eso. Debo apartarlo de mi mente. Hoy no es un buen día para pensar en los viejos tiempos.

―Sí, voy a Marion ―confirmo tras toda una eternidad, y en esa sencilla afirmación se percibe un pequeño ápice de derrota que no he conseguido reprimir a tiempo.

Me obligo a respirar. La intranquilidad es cada vez más fuerte. Para disimularla, me apoyo contra la puerta del conductor y cruzo los brazos sobre el pecho. De todos modos, no sabría qué otra cosa hacer con las manos. Me siento rara. Algo está vibrando dentro de mí y no sé qué hacer para detenerlo.

Noto la garganta seca. Por enésima vez, compruebo el reloj. Maldita sea. Voy a llegar tarde. Ya no cabe duda.

―¿Tiene familia ahí?

Resoplo con fuerza y, aunque sé que solo pretende ser amable, me empeño en decirme que me molestan tantas preguntas, que mi irritación está justificada. Ni que fuera esto el tercer grado, joder.

Pero incluso mientras lo pienso, en el fondo, muy en el fondo de mi corazón, sé que lo hago para evitar lo otro, lo que no me atrevo a nombrar.

Tenía ―subrayo con una voz hosca que espero que le deje claro que no estoy de humor para charlas.

―¿De veras? Conozco a todo el mundo de Marion, ¿sabe?

―Apuesto a que sí ―bisbiseo con los ojos clavados en las copas de los árboles. Necesito enfocar algo, algo ahí arriba, para que las lágrimas no empiecen a derramarse.

―¿Cómo se llaman sus familiares?

―Rosetti. Eleonor Rosetti ―contesto sin que ninguna especie de emoción se filtre a través de mis palabras.

La llave deja de girar de golpe, un crujido brusco que deja paso a un ominoso silencio.

Despacio, el rostro curtido de sol se eleva hacia el mío. Sus ojos marrones me miden con cautela, como si intentaran leer algo en mi expresión. En su lugar, no me tomaría tantas molestias. Lo único que queda es un conjunto de rasgos duros, inflexibles. Delicados rasgos que no desvelan nada. Sé que si vuelvo la mirada atrás estoy perdida, y me esfuerzo por mirar de frente, siempre de frente, no hacia el pasado sino hacia el futuro. Siempre, siempre, mirando al futuro. No dejo de repetírmelo. Si vuelves la mirada atrás, estás perdida.

―Oh.

―Sí.

Pensaba que mi vestido negro le había dado alguna pista al respecto.

―Me daré prisa, entonces.

Le invito a ello con una sonrisa relámpago.

―Eso estaría muy, pero que muy bien.

Cumple con su palabra, y al cabo de un par de minutos mi Mercedes CLK ya está listo para trazar las curvas de la estrecha carretera que solo lleva a un sitio: Marion, en pleno corazón de Virginia.

―Bueno, pues ya está ―anuncia el mecánico al tiempo que se yergue y se limpia las manos en un trapo que guarda en el bolsillo trasero de su peto azul manchado de aceite de motor―. ¿Seguro que no quiere que le arregle el pinchazo? Podría pasarse mañana a por la rueda.

―No. Ya lo arreglaré más adelante.

―Comprendo. No es un buen momento, ¿eh?

―No, no lo es. Aquí tiene. ―Le alargo el dinero pactado y recupero mis llaves―. Gracias por todo. ―Hago el esfuerzo de componer una sonrisa escueta.

―Para eso estamos.

Mis ojos se mueven deprisa hacia la derecha, como diciéndole que vaya hacia ahí para que pueda mover el coche. No es por meter prisa, pero llego tarde. Horriblemente tarde.

El hombre me observa unos segundos más y noto que le gustaría decirme algo, brindarme alguna especie de consuelo. Tiene unos cincuenta y muchos años. Quizá sesenta. Lleva aquí toda la vida, en este polvoriento cruce de caminos. Sé que no se acuerda de mí. Yo a él sí le recuerdo. Era el jefe de Connor Davis. Una vez averié mi propio coche solo para que Connor pudiera arreglármelo. Pasó justo aquí. En este mismo rincón olvidado de la mano de Dios. Parece mentira que haya sido hace tanto tiempo, porque nada ha cambiado desde entonces. Incluso el muñequito oxidado sigue en el mismo lugar, saludando con la mano a los recién llegados. Resulta bastante irónico haber pinchado la rueda precisamente en este cruce. Si no lo supiera a ciencia cierta, diría que lo he hecho aposta, solo para volver a ver a Connor.

Claro que yo no he tenido nada que ver. Habrá sido el destino, la mala suerte o…

―Eleonor Rosetti ―escuchar el nombre de la abuela me arranca de mis pensamientos. Levanto la mirada de golpe y observo al señor Jones a través de las lentes oscuras que velan mi mirada―. Era una gran mujer. Le acompaño en el sentimiento.

Pinceladas de tristeza hacen temblar mi sonrisa.

―Se lo agradezco.

Aunque me resisto, el dolor empieza a apretar contra mis costillas. «Si miras atrás, estás perdida».

Él asiente apenado y se aparta para que pueda seguir mi camino.

«Si miras hacia el pasado, estás perdida».

Me monto en el coche sin alargar más la despedida, arranco el motor y salgo en medio de una nube de polvo.

Por el retrovisor veo al señor Jones despedirse con la mano, al igual que el muñeco oxidado que hay junto a la puerta. Arrastro furiosa la lágrima que asoma por debajo de mis gafas de sol y piso el acelerador con fuerza. Es agradable conducir. La sensación de tener el control sobre algo me aporta cierta tranquilidad.

La carretera serpentea entre las colinas. Los árboles se inclinan a ambos lados, como si quisieran rodearme en un abrazo. Quizá se hayan percatado de lo desesperadamente que necesito que alguien me consuele.

Conforme pasan los kilómetros, el paisaje se vuelve cada vez más espectacular. Está todo tan verde y tan lleno de vida. Y, sin embargo, Eleonor…

―No lo digas ―me exijo gruñendo―. No se te ocurra decirlo.

Bajo los párpados por un segundo y aprieto la mandíbula con fuerza para expulsar ese pensamiento de mi cabeza.

«No, no vas a llorar. Ella no lo aprobaría. Siempre te decía que tus ojos eran demasiado bonitos para verter lágrimas; que solo podías usarlos para engatusar a los demás. Eres la única de toda la familia que ha heredado sus ojos. Verdes. Profundos. Tan vivos. ¿Recuerdas cómo eran sus ojos? Pues mírate en el espejo».

Mis ojos buscan el retrovisor. Me fijo en las lágrimas que nublan mi mirada e intento sonreír para desafiarlas. Tengo que sonreírle a Eleonor, donde quiera que esté. Sé que ella odiaría verme triste ahora. Me diría:la muerte no es gran cosa, niña. Todos nos enfrentamos a ella al menos una vez. Así que a ver esa sonrisa tuya tan bonita.

Sí, voy a sonreír por Eleonor, y voy a recordar lo que tuve, no lo que perdí.

La carretera se vuelve más estrecha, empinada, medio oculta entre las colinas. El mundo se divide ahora entre luces y sombras, y tengo la impresión de que las sombras me resultan mucho más atractivas. Es como si estuvieran llamándome. Ven, Ophelia. Descansa tus huesos en este lugar. Puede que haya algo dañado en mí.

Clavo la vista en las líneas amarillas que enmarcan las curvas y siento como, poco a poco, los densos bosques de Marion empiezan a adquirir contorno y vida, imponentes, llenos de sombras y susurros. No puedo evitar sentir un tirón en el estómago y el fino roce de un sentimiento que va más allá de mi comprensión. Quizá solo sea un escalofrío. ¿O son mis raíces, que me reclaman de vuelta? Todos mis antepasados están aquí. Es como volver a una casa que, si bien nunca fue mía, siempre me ha estado esperando, acechando, preparándose para mi regreso, con un despliegue de ropas de luto y un colgante de lágrimas a medio derramar. Me siento como si hubiese regresado a una prisión que empieza a cerrar sus puertas a mis espaldas, pesadas puertas de acero, oxidadas por el correr de los siglos. Este lugar lleva toda una vida esperándome, y ahora soy toda suya.

Marion… Hogar dulce hogar. Eso diría Eleonor. Pero Eleonor ya no está aquí, ¿verdad?

Cuadro los hombros en el asiento, elevo el volumen de la radio con mano trémula y me pongo a pensar en aquel trimestre que me quedé con ella en el pueblo. Me siento afortunada de haber tenido esa oportunidad. Ahora la he perdido, pero el recuerdo de los momentos que pasé a su lado siempre permanecerá vivo dentro de mi corazón.

Si vuelves la mirada atrás, estás perdida

Ophelia, doce años atrás

Primer día de clase. Bienvenido último curso. Diez meses de exilio voluntario en este pueblo en mitad de la nada y después se habrá acabado todo, pondré punto final a toda una era. Iré a la universidad, en algún lugar apartado de lo que una vez formaba mi vida. Nueva ciudad, nuevos horizontes. ¿Importa siquiera? Supongo que no. Nada volverá a ser igual. Por mucho que me aleje, siempre habrá algo quedándose atrás.

Mis amigos, mi vida, todo ha seguido adelante sin mí, lejos, en la soleada California, donde el mundo no parece un lugar tan terrible porque el sol siempre brilla con fuerza y el perezoso mar humedece la arena blanca con templadas olas de color turquesa; California, que a mí, personalmente, siempre me ha parecido arrancada de una postal divina. Tanta belleza no podía ser verídica. Y, sin embargo, lo era.

Hay días en los que aún evoco lo que sentía años atrás cada vez que contemplaba absorta esa estampa paradisíaca que se desplegaba ante mi ventana, la bahía, con las blancas embarcaciones meciéndose al son de la brisa, la marea de turistas que venían de todos los rincones del mundo para conocer nuestras espectaculares aguas, el sonido de las olas que se fundían con la tierra…

Eso era estar en paz con el mundo, interminables atardeceres en la playa, la calidez de la arena bajo mis pies, el murmullo del océano… Para mí, escuchar el mar durante horas y horas era sinónimo a estar en casa.

Ahora, a más de dos mil quinientas millas de distancia de ahí, el aborrecible sonido de las olas rompientes se ha apagado por completo.

Toto, me parece que ya no estamos en Kansas ―me digo a mí misma, y la impasibilidad de mi rostro se funde en una sonrisa triste, medio irónica.

Estoy de pie delante del macilento cristal de un antiguo tocador y no hago más que mirarme. Llevo veinte minutos mirándome, buscando incesantemente algo que ya no consigo encontrar. Es como si no pudiera reconocer a esta chica; como si fuera incapaz de ver el reflejo de este presente. El aquí y ahora no existe para mí. Se ha difuminado y, en su lugar, aparece el pasado, una y otra vez, la chica que una vez fui, lo que dejé atrás; una imagen eterna y obsesiva de la que no hay forma de escapar, ni siquiera en la otra punta del país.

El espejo no deja lugar a dudas. Los espejos nunca mienten. He cambiado. Una parte de mí ha muerto para siempre. Y solo el espejo lo sabe. A él no puedo engañarle, no puedo mentirle como he hecho con todos los demás.

Él conoce el verdadero motivo por el cual mis padres me han desterrado aquí, para pudrirme en la tormentosa Virginia, lejos de mis amigos, las fiestas en la playa y los cócteles tropicales que bebíamos sin cesar todas las noches en el garrito de Joe. Aquí ya no puedo bailar hasta el amanecer ni contorsionarme alrededor de esas impresionantes hogueras que los universitarios encienden cada noche a orillas del mar.

Aquí no puedo hacer nada salvo morirme.

Pero no me compadeceré por ello. Virginia no está tan mal. Siempre me digo a mí misma que Virginia no es el peor sitio del mundo.

Si la vida te da limones, debes hacer limonada, ¿o no?

Decidida a impedir que la lacerante tristeza de los últimos meses vuelva a abrirse paso a través de mí, cojo aire en los pulmones y, mientras practico una sonrisa exultante, me afano por olvidar toda la carga del pasado. Ahora soy una nueva persona. Más responsable. Más estable. Mayor.

Y puedo ser feliz. Debo ser feliz. Seré feliz.

―Puedes hacerlo ―le aseguro a la chica que me contempla, muy poco convencida, desde el otro lado del espejo―. Y vas a hacerlo.

Ella hunde los hombros con aire de derrota. Evalúo con fijeza los iris verdes que me devuelven esa antipática mirada que, si bien he puesto todo mi empeño, no he conseguido reavivar desde esta primavera, y me entran ganas de darle un puñetazo al cristal.

―No pongas esa cara ―resoplo, irritada conmigo misma por desear rendirme tan pronto―. Puedes ir, fingir una larga sonrisa y decirles que estás encantada de mudarte aquí. Que Marion es un pueblo maravilloso. Te llamas Ophelia. Ophelia Rosetti. Y estás encantada de conocerlos. Tampoco es tan difícil. Ni que fuera tu primera mentira.

Me he convencido a mí misma de que nada malo puede pasar en un sitio tan pequeño como Marion. Aquí todo el mundo conoce a todo el mundo desde hace cinco generaciones. Será como vivir en el seno de una enorme familia.

―¡Ophelia! ―se eleva el grito de Eleonor por el hueco de la escalera―. Baja ahora mismo o no llegamos. ¡No me hagas subir!

O quizá algo malo sí que está a punto de ocurrir en el apacible Marion de Virginia. A la abuela Rosetti no se la puede cabrear. Todo el mundo lo sabe.

―¡Ya voy, abuela!

―Lo mismo dijiste hace siete minutos. Tic tac, Ophelia. Tic tac.

Pongo los ojos en blanco, me recojo la melena pelirroja con una cinta amarilla ―me hago una coleta alta que se balancea de un lado al otro cada vez que giro el cuello― y, complacida por el aspecto pretencioso que me devuelve el espejo, agarro la mochila y salgo corriendo por la puerta.

―Encantada de estar aquí. Es un pueblo maravilloso ―me mentalizo mientras corro escalera abajo.

La madera de los escalones cruje de un modo bastante siniestro por debajo de la suela de mis manoletinas color melocotón. Eleonor Rosetti, la madre de mi madre, vive en una vieja mansión colonial, prácticamente engullida por el bosque que se alza como un desorbitado muro, desde el lado izquierdo y dando la vuelta a toda la casa.

Tanto la finca como el bosque colindante pertenecen a mi familia desde siempre. Nuestros antepasados, los primeros colonos de este pueblo, construyeron la vivienda allá por el mil ochocientos cincuenta y tantos, y la conservamos en perfecto estado desde entonces. Es el orgullo de la familia. Ojalá me importara.

―Encantada de estar aquí. Es un pueblo maravilloso.

―¿Qué estás balbuceando?

Niego con la cabeza y le sonrío a Eleonor, que me contempla interrogante desde la cocina. Mantiene la espalda apoyada contra el mueble fregadero y sujeta una descomunal taza de café entre las manos. Sus ojos, tan verdes como las esmeraldas, no desvelan ninguna huella de sueño, señal de que ya lleva bastante tiempo paseándose por la casa, enredando como siempre hace. La abuela Rosetti es un estallido de energía. No me la imagino de otra manera que no sea haciendo cosas. Es muy activa. Hasta el hartazgo.

Tiene el pelo de color violeta y hoy se lo ha recogido en un moño informal. Reparo en los mechones rizados que caen sueltos sobre su todavía firme y atractivo rostro, en sus vaqueros ceñidos, su camiseta roquera y las decenas de pulseras que adornan sus muñecas, y me pregunto cómo es posible que una abuela que vive en un aislado pueblo del oeste de Virginia tenga este aspecto de hippie sesentera. ¿Las abuelitas no deberían ser criaturas entrañables que preparan mermelada y tarta de manzana? A Eleonor no me la imagino yo haciendo nada que pudiera ser definido como entrañable.

―Buenos días, abuela ―saludo con esa sonrisa que hace meses que intento perfeccionar―. Estoy rememorando la lista de los presidentes. Ya sabes, Washington, Adams, Jefferson, Madison…

―¿Y por qué, si se me permite la osadía de preguntar, estás rememorando la lista de los presidentes en un lunes a primera hora?

Me encojo de hombros con ensayado desdén, cojo una manzana verde del cesto que descansa encima de la pequeña nevera y, tras limpiarla un poco en la camiseta, le doy un buen mordisco. Con la excusa de comer gano unos cuantos segundos para poder confeccionar una respuesta creíble. No me apetece compartir mis temores con ella, ni decirle lo mucho que me sudan las palmas o lo nerviosa que me está poniendo todo esto. Empezar de cero es lo más complicado que he tenido que hacer nunca. ¿Y si no puedo llevarlo a cabo?

―Por si alguien me lo pregunta ―contesto por fin, después de tragar―. Ya sabes lo mucho que me gusta impresionar a la gente con mis vastos conocimientos de historia.

―Nadie te lo preguntará jamás ―me tranquiliza Eleonor, que se acerca la taza a los labios y apura el café―. Esto es Marion, niña. Lo único que preocupa a los habitantes de este pueblo es cómo mantener a raya la reciente plaga de mofetas.

Su elevado sarcasmo me hace esgrimir una pequeña sonrisa. La abuela siempre ha sido severa con sus vecinos.

Supongo que por eso apenas tiene amistades en el pueblo. Cuenta con el aprecio y el respeto de todo el mundo, pero, para que quede claro, nadie la invita a las barbacoas dominicales.

―Gracias por el chivatazo. Dios, odiaría no estar a la altura de toda esta gente ―me burlo con la boca llena.

Eleonor suspira, me vuelve la espalda y guarda la taza vacía en el lavavajillas.

―Vamos, no te quedes ahí parada. Llegarás tarde en tu primer día. Voy a sacar el coche del garaje mientras desayunas.

―Prefiero ir andando.

Eleonor se vuelve hacia mí para escudriñarme con esa mirada suya que podría significar cualquier cosa.

―¿Andando? ¿Sola? No fue ese el trato, Ophelia. Estás aquí porque…

―Ya sé por qué estoy aquí, abuela ―interrumpo, frenándola con las palmas―. No hace falta que me recuerdes el trato cada dos minutos. Lo conozco a la perfección. Accedí a ello.

―Entonces, ¿cuál es el problema?

―El problema ―me detengo para tragar― es que tengo dieciocho años. No puedo dejar que me lleves al instituto. A no ser que pretenda que mi reputación esté para siempre hundida, claro.

―Los críos y sus estupideces ―rebuzna Eleonor para sí.

―¿Por qué estás tan gruñona hoy? Nada malo puede pasarme en un pueblo de seis mil trescientos cuarenta y siete habitantes, donde el mayor peligro lo supone la creciente plaga de mofetas. Así que relájate. Estaré bien.

Y, para respaldar mis palabras, le muestro mi más convincente sonrisa fingida. Eleonor se cruza de brazos y enarca una ceja morada. Vaya. No parece muy convencida.

―Teníamos seis mil trescientos cuarenta y nueve habitantes en el último censo. Esos dos habitantes restantes lo cambian todo. Y hay más peligros en Marion, aparte de las malvadas mofetas.

―Déjame adivinarlo. ¿Plaga de mosquitos? ―le propongo sin poder evitar cierto matiz burlón, que le arranca a Eleonor otra mueca de exasperación.

―Las fiestas en el lago, Ophelia. No pienses ni por un segundo que no estoy al tanto de eso. Hace cinco generaciones que…

―Sí, sí, sí. Te has hecho entender. No puedo escabullirme del instituto para ir a emborracharme al lago. ¿Lo ves? Lo he pillado a la primera. Soy una chica lista. Ahora, con tu permiso, tengo que marcharme. Como bien acabas de señalar, estoy a punto de llegar tarde en mi primer día.

Antes de que le dé tiempo a seguir protestando, me vuelvo sobre los talones y salgo escopetada hacia la puerta.

―Ophelia, no me des la espalda cuando te estoy hablando.

―Yo también te quiero, Eleonor.

―Al menos, ¡desayuna!

Levanto la manzana por encima de la cabeza para que pueda ver que le he dado tres mordiscos.

―Lo estoy haciendo. Las vitaminas son importantes, ¿no? ¡Que tengas un buen día!

―Gracias a ti, eso parece cada vez más difícil de conseguir ―grazna disgustada.

Pongo los ojos en blanco y, afortunadamente, la puerta se cierra a mis espaldas. Exhalo una profunda bocanada de aire y mis labios componen una sonrisa de falsa satisfacción. Bien. Puedo hacerlo. No creo que sea tan complicado integrarse en un lugar como este. Seguro que la gente es encantadora en Marion. Por ejemplo, ese chico que se acerca por la acera. Sí, parece todo un encanto. Iré a saludarle.

Un entierro algo escandaloso

El presente de Ophelia

Hace un día espléndido. A Eleonor le encantaría estar aquí sentada, en estas sillas blancas, y contemplar el mullido verdor de los prados y las puntas de los abetos que se mecen en el viento. Solía decir que la brisa del verano la hacía sentir joven y desenfrenada. Aunque los entierros le resultaban deprimentes.

Al suyo ha venido mucha gente. Mucha más de la que yo pensaba. A lo lejos veo a mis padres y a mi hermana. Parecen ajetreados. Iré a ver si puedo echar una mano con algo.

Me acerco a ellos con paso vacilante. Se me hunden los tacones en el césped. Debió de llover anoche. Me cuesta mantener el equilibrio.

―Llegas tarde, Ophelia.

―Hola, mamá. Yo también me alegro de verte. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos? ¿Tres años?

―Haz el favor de ocupar tu asiento. Y lee este folleto de instrucciones. Necesitaremos tu ayuda un poco más adelante.

―A la orden, mi señora.

Mi madre me pone su cara más reprobadora. Vale, no es un buen momento para un toma y daca familiar. Lo pillo.

Mi hermana Kitty se me acerca con una sonrisa triste. Nos abrazamos. La he echado de menos. Qué bien huele esta chica siempre. Abrazar a Kitty es como entrar en una tienda de chuches de fresa y nubes de azúcar.

―¿Cómo estás, Oph? Lo debes de estar pasando fatal. Sé que le tenías mucho cariño a Eleonor.

Suelto un suspiro y disuelvo el abrazo.

―Ya. Bueno. Sobreviviré. Al menos me consuelo con la idea de que no ha sufrido ni un segundo. Se fue a la cama y… no despertó.

Kitty me da un golpecito en el brazo, me dedica una sonrisa compasiva y se va a atender a una pareja de recién llegados. Miro a mi alrededor por si veo a alguien conocido con el que pueda juntarme. No hay nadie. Mi madre se ha esmerado en organizar un funeral por todo lo alto. Sé que Eleonor detestaría toda esta formalidad, lo elegante que va la gente, los cestillos de flores blancas, más propios de una boda que de un entierro. Demasiado pomposo todo. Mi abuela se sentiría insignificante y fuera de lugar.

Pensar en Eleonor como alguien insignificante y fuera de lugar me hace estallar en llanto. Hundo la cara en un pañuelo y me voy a ocupar mi sitio antes de que me empiecen a fallar las rodillas. Aún no la he visto. No sé dónde la tienen. Aquí abajo, al sol de julio, está claro que no.

Me siento e intento calmarme. Estoy abrumada. Eleonor ya no está. Cuando era pequeña, no tenía relación con ella. Apenas la conocía. Pero ese trimestre que pasé aquí… Oh, lo cambió todo.

Eleonor me comprendía. Era la única que me comprendía de verdad. Era mi mejor amiga.

Y la he perdido.

No dejo de repetírmelo desde hace dos días. Eleonor ya no está. Se han acabado las llamadas en mitad de la noche y llevármela de copas por San Diego; se han acabado sus visitas relámpago y la locura de pintarnos las uñas en mi balcón a las tres de la madrugada mientras le dábamos a la botella de jerez y contábamos viejas historias de miedo. Se acabó. Está todo muerto, descansando en el féretro junto a Eleonor.

―Por favor, si no les importa sentarse. ¿Hola? ¿Os podéis sentar? Estamos a punto de comenzar.

Mi madre se ha convertido ahora en una maestra de ceremonias que da instrucciones a través de un micrófono emplazado delante del altar. Increíble.

Aunque he de admitir que le va mucho más este papel que el de hija desconsolada. Además, la gente la obedece.

De hecho, todo el mundo está sentado cuando arranca la música. A mi madre le encanta la precisión. Es tan distinta a Eleonor, tan rígida, tan formal… Si no lo supiera, diría que nunca se ha soltado el pelo, porque solo hay que verla, la rectitud moral con la que se mueve por la vida, la censura que late en su mirada cuando alguien se comporta de una forma que ella tacha de inapropiada.

¿Y por qué ha tenido que elegir precisamente Amazing Grace? La abuela odiaba esta canción. Le hubiese gustado algo menos… deprimente. Esto parece un entierro militar. Solo falta la bandera de los Estados Unidos y que alguien entone el himno nacional.

Gruñendo irritada, me vuelvo en mi asiento y miro cómo se acerca el coche fúnebre. Eleonor está dentro. ¿Por qué no me dejan verla? ¿Por qué no puedo estar un momento a solas con ella? ¿Qué hace toda esta gente aquí? Debería ser algo íntimo, solo para la gente que ella quería. ¿Dónde está esa gente ahora? Me estoy ahogando en un océano de caras desconocidas.

«Respira, Ophelia. Respira hondo».

Mi madre ha colocado incluso una alfombra roja, por encima de la cual avanza el féretro, llevado a hombro por ocho hombres vestidos de traje negro, supongo que empleados de la funeraria. El féretro está cerrado. Hay un pequeño cristal, pero no veo a Eleonor desde aquí. Espero poder acercarme más tarde. Hay tantas cosas que aún tengo que decirle…

Nos estamos poniendo todos de pie. Me levanto yo también y miro a Kitty con el ceño fruncido. Mi hermana se encoge de hombros como diciendo ya conoces a mamá.

Depositan a Eleonor detrás del altar, sobre una mesa rodeada de jarrones de rosas blancas, y todo el mundo toma asiento. Empieza la ceremonia, con una solemnidad digna de un entierro papal.

Me afano por comprender algo de todo esto, pero es en vano. Ni entiendo la parábola ni me apetece entenderla. Eleonor, si estuviera aquí, pediría la botella de jerez. Casi me la imagino repantigada en la silla, bostezando a más no poder y diciendo: que me cuelguen si esto no es el mayor coñazo jamás presenciado por un ser humano. Llevaría escote y vaqueros ajustados al trasero. Muy en la línea de Eleonor.

―Descansa en paz, Eleonor ―concluye el sacerdote.

―Descansa en paz ―murmuramos los demás.

―Amén.

Y ya está. Se acabó. Ahora se la llevarán y no volveré a verla nunca más. Mi madre pensó que un entierro aséptico y elegante era suficiente para despedir a Eleonor. Tengo ganas de chillar. Tenía que haber llegado antes. A lo mejor podía haber convencido a mi madre para organizar algo más al estilo de la abuela. Esto es un asco. Ochenta años sobre la faz de la tierra y te despiden con una mierda de ceremonia.

There is a house in New Orleans. They call the rising sun…1

La voz es tan pura, tan potente, tan vibrante, que el prado es invadido por un desconcierto general. Nos giramos todos en nuestros asientos, intentando identificar el origen la melodía. No tardamos nada en descubrirlo. Hay un chico que se ha puesto de pie en mitad de una fila de sillas y ha empezado a cantar. Sin más.

«¿Qué demonios?».

Miro a Kitty con aire interrogante y ella niega desconcertada. No me da tiempo de decir nada. A mi izquierda, otro chico se pone en pie y sigue la letra, con una voz igual de estremecedora:

And its been the ruins of many a poor boy. And God I know I’m one.2

Nadie entiende lo que está pasando.

Un momento.

Juraría que conozco a este chico. Está un poco más mayor, claro, pero ¿no es…?

My mother was a tailor3 ―Estalla la canción, y la potencia de ese timbre roto, diez veces más pasional que los dos anteriores, me pone la piel de gallina. Porque sé a quién pertenece. Reconocería esa voz en cualquier momento, en cualquier lugar―. She sewed my new blue jeans. My father was a gamblin, man. Way down in New Orleans4.

Giro en redondo y durante unos segundos el mundo se queda atrapado en una bonita estampa que tarda menos de un instante en hacerse añicos cuando Connor Davis avanza hacia mí por la alfombra roja que separa las dos filas de sillas. Con la guitarra colgada del hombro y los ojos azules clavados en el ataúd de Eleonor, canta y acompaña la canción con unos acordes tan melancólicos que te llegan hasta lo más hondo del alma.

―Hay que joderse ―bisbiseo en medio de mi asombro.

«Dios, Eleonor, no podías irte sin armar un poco de barullo, ¿eh?».

Se me escapa una carcajada que atrae una mirada de censura por parte de mi madre. Finjo toser, busco una mejor postura en la silla y me obligo a permanecer seria.

Pero es desternillante. The House of the Rising Sun. ¡Sí, señor! Esto sí que es Eleonor en toda su magnificencia. En medio de un funeral, ¿interpretar una canción que alude a un viejo burdel de Nueva Orleans? Me quito el sombrero, abuela. Me has impresionado incluso a mí.

Negando con la cabeza, miro al cielo y me doy cuenta de que se ha nublado de repente. Jirones de nubes oscuras se han cernido sobre nosotros en algún momento durante la ceremonia y, por cómo se mueven los árboles en el bosque, diría que la tormenta es inminente. El aire huele a peligro y a electricidad.

«Ay, Eleonor, no puedes estarte quieta ni siquiera ahí arriba, ¿verdad? Tenías que mandar un aguacero para estropear el vestido nuevo de mamá y su pomposo peinado».

Me rodeo en un abrazo y sonrío con todo el corazón, porque, por primera vez en dos días, siento su presencia como si ella aún estuviera aquí.

Y eso es muy reconfortante.

Connor y su grupo siguen cantando y tocando para desesperación de mamá, que arde de rabia a mi lado.

―¿Qué demonios es todo este circo? Menuda vulgaridad. ¿Y qué hace Connor Davis aquí? No estaba en mi lista de invitados.

―Relájate, mamá. Era el último deseo de Eleonor.

―¿Tú sabías algo de esto, Ophelia?

―¡Mamá, acabo de volver de París! ―me defiendo indignada―. ¡Claro que no!

―No sé yo. Mira cómo te está mirando. Seguro que estáis los dos compinchados, como siempre.

El Diablo me impulsa a girar el cuello y, al instante, mis ojos caen presa de la intensa mirada de Connor. El aliento se me atasca en alguna parte del pecho y noto la tirantez de un rostro que parece convertirse en piedra. Dios mío. Connor Davis está de pie delante de mí, después de tantísimo tiempo, me está mirando fijamente, y yo no puedo apartar la mirada de la suya.

El mundo pierde todo el sentido para mí. Se me olvida dónde estoy. Con quién. Solo puedo verle a él. Como me temía. Sus ojos se han convertido en un enorme imán, y mirarle duele. Duele muchísimo. ¿Por qué creía que estaba curada? ¿Durante años me he estado mintiendo a mí misma?

El ceño de Connor se hunde en una arruga tan profunda que acelera mi corazón. Quizá se haya percatado de la rigidez de mis facciones o de la palidez cadavérica de mi piel.

Oh, mother, tell your children5―se lamenta al son de la guitarra mientras sus ojos hacen trizas a los míos―. Not to do what I have done. Spend your lives in sin and misery. In the House of the Rising Sun.6

Un trueno explota por encima de nosotros, y ese es el sonido que desata el caos. El agua empieza a derramarse a cántaros, sembrando el pánico entre los asistentes y, sobre todo, en mi madre, que se vuelve loca cuando las cosas no salen según las ha planeado. Hay que ser comprensivo con ella. Una tormenta no se incluía entre los planes de mamá para un entierro de revista.

Mi padre me grita que me ponga en marcha y ayude a recoger, pero los ojos de Connor siguen ahondando en los míos con toda la fuerza de ese profundo, oscuro, azul que nunca ha dejado de atormentar mis sueños, y no me siento capacitada para mover ni un solo músculo.

Así que me quedo sentada en medio del aguacero y aguanto su mirada como si no me importara nada aparte de él.

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1 Letra canción The House of the Rising Sun . Trad. Hay una casa en Nueva Orleans. La llaman el Sol Naciente.

2 Trad. Y ha sido la ruina de muchos chicos pobres. Y Dios sabe que yo soy uno de ellos.

3 Trad. Mi madre era saste

4 Trad. Cosió mis nuevos jeans azules. Mi padre era un hombre de apuestas. Abajo en Nueva Orleans.

5 Trad. Oh, madre, dile a tus hijos.

6 Trad. Que no hagan lo que yo he hecho, gastar sus vidas en pecado y miseria, en la casa del sol naciente.

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Destacado

Escalar el cielo

Pista 1: Way Down We Go

(Kaleo)

 

 

Y el mundo giró un poco más despacio, quizá para alargar eternamente esos últimos momentos a su lado.

Los latidos de mi corazón se ralentizaron hasta detenerse por completo y, durante unos treinta segundos o más, no fui capaz de ver nada. Todo a mi alrededor quedó paralizado, atrapado en una especie de silencio profundo, inanimado. El silencio de un copo de nieve que muere segundos antes de rozar el suelo.

Me noté extraña, otra.

Hasta que cruzamos una mirada y las pulsaciones regresaron, con tanta violencia que la sangre me empezó a rugir en los oídos.

Estaba viva, y por fin pertenecía a algo.

Lo miré en silencio y me sentí mareada, abrumada por una euforia difícil de explicar o comprender. Mi corazón latía como jamás lo había hecho, acallando todo lo demás: la voz de la razón, la crueldad de un tiempo que se nos estaba agotando, el miedo a dar un paso en falso y perder lo que, en realidad, creo que nunca tuvimos.

No me preocupaba nada en absoluto, porque ese hombre, ese hombre increíblemente apuesto, magnético, carismático, oscuro y único en su género, era lo que siempre había deseado.

Su visión de nosotros era lo que siempre había deseado.

«Míralo, Katie. Eres tú quien ha creado esta locura. ¿La estás disfrutando?»

Una parte de mí, sí. Lo hacía. La idea de pertenecer a alguien y que ese alguien me perteneciera a mí me resultaba muy estimulante. Novedosa.

Tremendamente obsesiva.

La Bella y la Bestia. Eros y Psique. Sid y Nancy. Los cuentos más terribles, concentrados en uno solo.

Aunque nuestro remake era un tanto diferente. Demente, si me paraba a catalogarlo. Éramos más bien como el Joker y Harley Quinn, esa clase de parejas que nunca se deberían haber conocido, pero lo habían hecho y ahora ya no había vuelta atrás.

Colgábamos, literalmente, por encima de un maldito precipicio. Estábamos cada vez más cerca de hundirnos y, aun así, no había miedo latiendo en nuestras entrañas, solo un deseo desenfrenado al que no encontraba justificación alguna. ¿Importaba, siquiera? La pasión que consumía las pupilas de aquel hombre era tan febril que sobrepasaba cualquier grado de locura.

Nadie me había mirado nunca así.

Nadie volvería a mirarme nunca así.

Al menos eso lo sabía con absoluta certeza.

Él me tendió la mano y me sonrió para infundirme valor. Ahí estaba otra vez, esa sonrisa suya que habría enloquecido a cualquier mujer entre los trece y los noventa y nueve; ese gesto tan perturbador que, cuando asomaba, agitaba desde los cimientos el deseo irracional que florecía dentro de mí, y, cuando desaparecía, me dejaba a merced de una inexplicable y abrumadora sensación de pérdida que no había modo de vencer.

Sin él, no tendría más que vacío y oscuridad. Por eso, quizá, me aferraba con las dos manos y me negaba a dejarlo marchar.

Enamorarse es la cosa más fácil que he hecho nunca. El amor llegó como un flash, atravesando mi cuerpo con la velocidad de un rayo y causando exactamente la misma destrucción a su paso.

Una sonrisa, una mirada, y al instante supe que estaba perdida, que acabaría asfixiándome bajo las olas de ese profundo azul que jamás dejaría de arrastrarme hacia el abismo.

En algunos momentos de lucidez, bastante raros en mí, acabé preguntándome si importaba hundirme. ¿De verdad él valía la pena?

Nunca tuve que cuestionármelo demasiado. Sabía la respuesta. O, al menos, la intuía, muy en el fondo de mi dañado corazón. El amor es una enfermedad, él mismo me lo había dicho. Ojalá me hubiese advertido de que podía contagiarme sin querer. O de que la cura aún no la había descubierto nadie.

―Dame la mano, peque ―me pidió, con esa suavidad que derrumbaba todas mis defensas―. Todo va a salir bien. Lo prometo. No es más que una escalera. No mires el abismo. Aquí solo estamos tú y yo. Y el Cielo.

Titubeé un segundo y luego alargué el brazo y me aferré a su muñeca. Con fuerza, incluso teniendo la convicción de que estaba a salvo con él.

«Él no te dejará caer. Incluso si el mundo entero se quebrantara ahora mismo, esto es para siempre».

Esa idea actuó como un bálsamo en mí. Conseguir mi propio para siempre era algo que me había obsesionado durante toda la vida. Había llevado una existencia volátil. Efímera e insignificante antes de conocerle. Él era lo único real que había tenido nunca. No estaba dispuesta a dejarlo marchar tan fácilmente, con lo que mis dedos se clavaron en su carne con renovada fuerza y lo retuvieron junto a mí.

Se dispuso a decirme algo, quizá a reconfortarme de algún modo, pero el silencio lo fue venciendo poco a poco y, en lugar de palabras, recibí una mirada larga y cargada de sentimiento. En sus labios se insinuó una sonrisa tan afligida que algo se rompió en mi interior. No hacía falta que dijera nada. Los dos lo sabíamos: el tiempo corría demasiado deprisa y nosotros, en realidad, no era para siempre.

De pronto, me entró tal ansiedad que quise parar el maldito reloj, retrocederlo, estrellarlo contra el suelo hasta hacerlo añicos. Ojalá hubiera podido volver al principio y reescribir nuestra historia, salvar a ese hombre, de mí, de sí mismo, del mundo entero; consolarlo, abrazarlo, perderme en él. Ojalá hubiese sido posible olvidarlo todo, besar sus labios, entrecortados por el viento, y sentir la electricidad de su abrazo; empaparme con el olor de su piel; quizá desvanecerme, como decenas de veces había hecho en el pasado.

Pero una parte de mí sabía que era demasiado tarde, que no había forma de eludir el acuciante final de nuestra historia, esa oscuridad que llevaba semanas enteras flotando encima de nosotros, tapando el sol y poblando nuestro mundo de sombras.

El final estaba cerca, y los dos lo sentíamos. Por muchas montañas que escalásemos, por mucha adrenalina que hubiera en nuestras vidas, el final iba a alcanzarnos y no lo podíamos detener.

Lo único que podíamos hacer era mirar, mirar, mirar, y esperar a que ese mundo de engaños empezara a derrumbarse por debajo de la suela de nuestros zapatos.

 

 

 

 

 

El hombre de ojos azules

Pista 2:The Sound Of Silence

(Nouela)

 

Que esté escribiendo esto ahora no implica que haya sobrevivido, después de todo. A veces la vida cambia en un solo instante. Un giro erróneo. Un semáforo en rojo. Una bala que alcanza la diana, ¡bang!, gélido metal que traspasa tu carne y la desgarra como los colmillos de un animal. Gotas de sangre arrojadas hacia el cielo. Un grito que penetra tus tímpanos.

Y las luces.

Siempre, siempre, las malditas luces, regocijándose porque te lo han arrebatado todo. Ambulancia, policía, bomberos, círculos azules o rojos en un continuo movimiento, siniestros reflejos en el techo de una mugrienta habitación, sombras danzantes de una macabra obra de ballet que nadie excepto tú sabe interpretar. Se ríen de ti a carcajadas, mientras tus párpados bajan despacio y esa falta de sensibilidad se dispara por tus venas.

Te hundes en la oscuridad. Tu última bocanada de aire. Y otra vez ese profundo y aborrecible silencio impregnándolo todo.

Nunca sabes cómo va a acabar. ¿Cómo vas a morir? ¿Cuándo? ¿Por qué?

¿Illinois? ¿Nevada? ¿California?

¿Serás devuelta al estado que te vio nacer?

Nadie lo sabe, pero si tuviera que pensar en los detalles, supongo que, aferrada a su mano, con sus ojos azules, sus inocentes y etéreos ojos azules clavados en los míos, me parecería una buena forma de decir adiós.

Cuando salí de casa esa mañana, estaba lejos de imaginar lo mucho que se iba a trastocar mi mundo. Después de todo, solo iba a ver a mi padre al trabajo. ¿Qué podía salir mal? Aparte del mismo sermón de siempre y un par de reprimendas, bastante merecidas, por haberme gastado miles de dólares en trapos que ni siquiera me hacían falta, no esperaba otro desenlace. Qué ingenua.

Claro que apenas eran las 11:05 a.m. Aún quedaba media vida para que el reloj marcara las 11:35.

Fuera, un sol deslumbrante me obligó a ponerme las gafas Gucci de lentes doradas de las que nunca me separaba. Tiene gracia. Siempre que uno piensa en cosas malas, se imagina oscuridad. Y niebla. Quizá un mundo entristecido por el llanto de la llovizna. O incluso nieve. ¿Por qué no un océano blanco y álgido de dolor y crueldad?

La luz del sol el mal no la puede atravesar. ¿Cómo iba a poder? Bajo la cúpula dorada de la mañana solo puede haber felicidad y alegría, apuestos padres jugando al voleibol con sus perfectos hijos y saludables cachorritos saltando por el césped para atrapar la pelota que les acaba de ser lanzada; clichés de la familia perfecta americana.

A todos nos gustan los tópicos. Nos aportan seguridad. No hay nada peligroso dentro de una cosa que ya conoces.

Así que ahí estaba yo, a salvo y protegida por esa nívea luz que nutría mis poros.

Como había hecho decenas de veces antes de aquel día, y como pensaba volver a hacer decenas de otras veces después, monté deprisa en la parte de atrás del coche que mi padre había tenido la cortesía de enviar para recogerme, y me acoplé de inmediato el cinturón de seguridad para que Jules pudiera poner el vehículo en marcha antes de que los conductores que venían por detrás protestaran a pitidos. Yo jamás conducía. Me daba pánico el tráfico de la ciudad.

Y pillar un taxi a esas horas era casi tan imposible como mantenerse en la talla treinta y seis después de haber cumplido los veintidós.

―¿Cómo estás hoy, Lexi?

Enfoqué el espejo con la mirada y compuse una sonrisa para Jules. Me estaba sonriendo y, por primera vez en años, caí en la cuenta de lo mucho que había cambiado desde mi infancia. Ahora su barba estaba salpicada de canas, sus ojos marrones hinchados por culpa de las bolsas que parecían sostener sus párpados inferiores.

Tan solo la expresión bonachona que tanto caracterizaba su rostro se había mantenido intacta. Por lo visto, la lealtad es lo único que el tiempo no puede matar.

Teníamos mucha suerte de contar con Jules en nuestras vidas. Yo, sobre todo.

―Nunca he estado mejor. ¿Qué tal tú?

Mentí. Como siempre.

Y cambié de tema deprisa. Como siempre hacía.

―No puedo quejarme. Aunque la columna sigue dándome guerra. El médico dice que paso demasiado tiempo sentado.

―Tienes que levantarte y dar un paseo cada dos horas, Jules ―lo regañé con aire indulgente―. Lo oí en un reportaje en la tele. Dicen que es bueno para el cuerpo y la mente. Te despeja o no sé qué historias. Seguro que el médico ya te lo ha dicho.

―Sí, claro. Y también que hay que beber dos libros de agua y comer no sé cuántas piezas de fruta a diario ―repuso él con hastío―. ¿Quién tiene tiempo para tantas cosas?

―Supongo que nadie ―admití con una sonrisa triste.

Jules me devolvió el gesto a través del espejo.

―Vivimos demasiado deprisa. Es como si estuviésemos impacientes por irnos. Creo que se nos ha olvidado que al otro lado solo nos espera la muerte.

―Hmmm. Supongo… ―aseveré abstraída al tiempo que mi mirada se estaba desprendiendo de la suya y se alejaba hacia el marco de la puerta.

Jules lo mantenía impecable. No había ni rastro de polvo. No sé por qué me fijé en eso, en lo aséptico que era el mundo a mi alrededor.

Conocía a ese hombre desde que tenía tres años. Para mí, era más familia mía que mi propio padre. En todos mis recuerdos le veía a él. Mi primer día de colegio, mis audiciones de danza…

Mis progenitores estaban demasiado ocupados con su fascinante vida como para andar preocupándose por mis rendimientos escolares. O mis conciertos de piano. O los recitales de poesía en los que me empeñaba en participar a pesar de no poseer el más mínimo talento para la interpretación.

O aquella vez que me operaron de apendicitis.

Cuando se enteraron mis padres y volaron desde Grecia, ya me habían dado el alta. El que había estado a mi lado en el hospital había sido Jules. Yo solo tenía siete años y no comprendía nada de lo que estaba pasando, todos esos médicos rodeándome, estar tumbada en una camilla, la luz cegadora del quirófano, el anestesista con el rostro tapado, inclinado sobre mí para susurrarme que todo iba a salir bien…

¿Bien? ¡Ya nada volvería a estar nunca bien! Quería a mi madre y ella no estaba ahí.

Fue bastante traumático, aunque me curtió lo suficiente porque, después de eso, nunca más eché de menos a Amber. Ni una sola vez. Lo que no te mata te vuelve más insensible, supongo. O puede que solo un poco más oscuro.

―¿Y qué tal la familia? ―susurré al cabo de unos momentos de silencio.

A Jules le encantaba hablar de la familia. No eran como nosotros. Ellos estaban unidos.

Mi familia, como la mayoría de las familias adineradas, estaba desperdigada por el mundo. Mi madre, Amber, republicana, católica y adultera, se había fugado con el contable de mi padre y ahora vivía felizmente en las Bahamas, gastándose gran parte de mi herencia en masajes en la playa y estancias en hoteles de lujo. Mi hermano, Erik, estaba perdido en alguna parte de Europa, haciendo solo Dios sabía qué.

En cuanto a mi padre y a mí, aunque vivíamos bajo la asquerosa cúpula de la misma ciudad, apenas nos veíamos salvo algunos momentos puntuales: Navidad, mi cumpleaños, los días en los que me cancelaba todas las tarjetas solo para que fuera a verle…

Atrapados en medio de un atasco, justificable en una isla de más de un millón y medio de habitantes, Jules me contó todas las novedades respecto a los suyos. Su hijo había sacado un diez en Ciencias.

―No sé a quién habrá salido ―afirmó mientras avanzábamos despacio por la Sexta en dirección a Central Park―. Yo era un palurdo a su edad. Menos mal que no se me parece en nada. Ese muchacho es más listo que el hambre.

Mi boca se movió en una sonrisa mortecina. Jules era el padre que me hubiese encantado tener.

―Me alegro de oírlo. Quizá tengamos delante al nuevo Premio Nobel. ¿Y qué tal papá? ¿Algo nuevo en su vida? ¿Alguna novia de la que deba estar al tanto?

Así éramos los Van Bon, siempre comunicándonos a través de terceras personas. O del Instagram. A mi madre le habían diagnosticado una fuerte adicción a las redes.

De hecho, tan grave era lo suyo que era así como nos habíamos enterado de su aventura. Colgó una foto en uno de sus perfiles y escribió: En las Bahamas, con el amor de mi vida.

Que resultó no ser mi padre.

¿Qué puedo decir? Éramos gente muy extraña. Porque, desde luego, a la gente normal no le sucede nada de eso.

―¿Tu padre? Como siempre. Sigue trabajando como si no hubiera un mañana.

―Muy típico de él.

―Desde que tu madre ya no está…

―Desde que mi madre se largó. No actuemos como si Amber estuviera muerta.

―Él lo hace.

―Pues debería dejar de hacerlo. Mamá está vivita y coleando, creyéndose la Kardashian de las Bahamas. Papá tiene que superarlo de una vez. Todo este rollo empieza a hastiarme.

―Si al menos Erik estuviera aquí… El señor Van Bon siempre se lamenta de que se haya ido tan lejos.

Claro. El hijo pródigo. Una historia que iba camino de provocar nauseas.

Papá aún no había aceptado el hecho de que Erik era un alma rebelde que nunca iba a trabajar en el negocio familiar. A mi hermano le gustaba más la vida nómada. Una mochila. Un kilo de maría. Una nena en cada nuevo país…

No veía yo a Erik con traje y corbata, dando conferencias sobre afianzamiento mercantil, los bonos de alta rentabilidad o la expansión de la banca electrónica. Sencillamente, ese rollo no iba con él.

―Todos lamentamos que Erik se haya marchado tan lejos, pero papá tiene que dejar de hacer un drama de todo. Seguro que lo de Erik es solo una fase. Europa tampoco es tan alucinante como para quedarse a vivir ahí.

Lo dije confiada, aun cuando sabía que no se trataba de nada pasajero. Conocía a mi hermano. Adoraba viajar a través del mundo, y contaba con suficiente soporte económico como para hacerlo. Incluso si Vincent le cortaba el grifo en uno de sus habituales ataques de ira, nuestros abuelos paternos le habían dejado una herencia millonaria, dinero que Erik había empleado para poner en marcha un próspero negocio de distribución de droga, que había aumentado sus ingresos de forma considerable, a la par que ilegal.

Según los entendidos, mi dulce hermanito fabricaba y exportaba la mejor hierba de toda la costa Este. Había que joderse, ¿verdad?

Lo único malo que tenía su trabajo era que no se podían usar esas ganancias para comprarse un piso en pleno Park Avenue, porque ni siquiera un Van Bon era capaz de justificar ante el IRS[1] tanta inyección de capitales. Por lo demás, a Erik se le veía encantado con su papel de empresario desenfadado y hippie.

Supongo que todo ese dinero en efectivo y las naves industriales llenas de marihuana me convertían en la hermana de un narco. Como acabo de decir, éramos una familia peculiar. Cuando la noche caía y las persianas estaban a punto de ser bajadas, cuando todo el mundo se sumergía en la apacibilidad de sus hogares, los Van Bon nos dedicábamos a hacer cosas malas.

Mi madre, la adultera, a retozar con el señor Jones. (Ugh).

Mi padre, el futuro candidato a Lobo de Wall Street, a planificar los próximos créditos de dudoso cobro que iba a aprobar su banco, el Van Bon Financial Group. (Doble ugh).

Mi hermano, el químico, a mejorar los niveles de THC de su Amnesia Haze[2]. (No voy a escandalizarme. Podría haber sido peor. ¡Podría haber sido banquero!)

En cuando a mí, la pequeña de la familia, yo me sentía tan vacía que ni siquiera hacer cosas malas me animaba ya. La mayoría de las noches me quedaba delante de mi ventana panorámica, con los ojos perdidos en la cúpula del Empire State, la única estrella que brillaba últimamente en el cielo de Nueva York, y pensaba en lo asombroso que sería si pudiera despertarme al día siguiente y ser alguien nuevo.

Mis ojos se movían de un edificio al otro y mi mente trazaba planes: salir de esa ciudad, coger la carretera y seguirla sin preocuparme por mi destino, elegir un lugar remoto, en los confines del mundo, asentarme ahí e intentar descubrir lo que era la felicidad. Sueños de reinventarme, de empezar de cero. Odiaba mi vida. Tenía la impresión de vivir el día a día atrapada en el decorado de una película de Hollywood. Nada de lo que me rodeaba parecía real. Era todo demasiado áureo. Demasiado perfecto. Daban ganas de desgarrarlo con las dos manos, despedazar ese papel dorado que recubría los muros de nuestra sociedad como una corteza indestructible e infranqueable. Lo habría arrancado a cachos, si hubiese sabido que detrás había algo más.

Pero no lo había. No había nada. Nunca lo había habido.

Hiciese lo que hiciese, el escenario a mi alrededor se mantenía inalterable. Nunca pasaba nada nuevo. Nada excitante. Y a mí ya nada me afectaba, nada me emocionaba, porque era todo falso, estaba atrapada en medio de una grandiosa mentira.

A veces soñaba con que daba un paseo por el lado salvaje de la vida. Y que era libre. Libre de verdad. No eran más que los sueños estúpidos de una niña que pasaba demasiado tiempo con los ojos cerrados.

―Alexia, no te alejes demasiado ―solían advertirme mis padres―. No te vayas al Bronx. Podría pasarte algo malo.

Mi vida era así, estaba atrapada en una maldita burbuja aurea y era tan ingenua que me moría por salir de ella. No tomaba en cuenta el hecho de que las burbujas te mantienen a salvo. No me importaba estar a salvo. Me decía a mí misma que lo que quería era ver el mundo tal y como era. Con sus miserias y su suciedad. Con su crudeza y, a la vez, esa sencilla belleza que la gente como yo no conocemos: la belleza de una flor silvestre que asoma en medio de las rocas, la de la lluvia que humedece el desierto, la de un anciano que lleva flores a la tumba de su esposa, porque, aunque hayan pasado cincuenta años desde que la perdió, ella sigue siendo el amor de su vida, y eso nadie, ni siquiera la muerte, se lo puede arrebatar.

En mi vida no había ninguna clase de belleza. Tan solo estaban las riquezas materiales y los prejuicios sociales. Todo apagado. Todo lineal.

Estaba harta.

Y cansada.

Me sentía como un muerto en vida.

Quería aprender a vivir como Jim Morrison, sin normas, sin dictámenes, sin convencionalismos. ¡A la mierda con todo el mundo! A la mierda mi madre, reina del universo bipolar y egocéntrica. A la mierda mi padre, gélido y controlador como un sociópata. A la mierda mi hermano, que se había largado cuando más falta me hacía su consejo.

Joder, no los necesitaba. Tenía a Jim.

«Si mi poesía intenta algo es liberar a la gente de sus límites para ver y sentir».

Cielo, ese hombre me inspiraba. Era un puñetero dios de la insubordinación.

Quizá sus letras me hubieran lavado el cerebro porque durante años escuché sus canciones en bucle, miré la única luz que brillaba en la negrura de la ciudad, me fumé algún que otro canuto y fantaseé con largarme muy lejos de ahí; recorrer el mundo de punta en punta, buscar algo, nunca supe el qué, pero tenía que ser lo suficientemente sólido como para que consiguiera hacer latir mi marchito corazón. Porque cuando lo tienes todo, ya nada te ilusiona y eso es terrible.

Para sentirme viva me hacía falta algo auténtico. Alto voltaje. Un chute fuerte de adrenalina. No la maría de Erik ni los zapatos de marca que me costeaba con la fortuna de mi padre, sino algo al cien por cien real, uno de esos amores que consumen, dolor que te desgarra las venas, emociones que nacen titilando como la llama de una vela hasta que se descontrolan, arden por dentro y se alzan en un incendio que derrite y arrasa con todo. Las cenizas caen del cielo, y ahí estás tú, disfrutando del tango de las llamas y esa dulce agonía que tan solo una persona consumida por sus pasiones conoce.

Un amigo me dijo una vez que para no perder tus sueños es preciso seguir durmiendo. Ojalá. Por desgracia, yo me despertaba todas las mañanas con la certeza de que todo cuanto quería y necesitaba estaba fuera de mi alcance. Porque se necesita valor para abandonar una jaula dorada, y de eso yo tenía poco o casi nada.

En el fondo, era una soñadora, no una guerrera. Y los sueños nadie te los concede. Hay que arrebatárselos a la vida. Y yo no era capaz de arrebatar una mierda.

Ser consciente de mi propia debilidad me hacía aceptarlo, y de esa forma me iba a la cama noche tras noche, cerraba los ojos y me pasaba horas enteras soñando con cosas que nunca iban a suceder.

Nunca fue mi intención extrapolar esos sueños a la vida real, porque, una parte de mí, la parte sensata, siempre supo que daba igual lo que yo quisiera. Acabaría teniendo una existencia tan banal como la de los demás.

Primavera, verano, otoño, invierno, y yo siempre en el mismo lugar, contemplando desde el suelo de mi salón la maldita cúpula del edificio más alucinante del mundo.

En nuestra familia eran Erik y mi madre los que habían heredado el gen de la rebeldía, y solo ellos estaban predestinados a hacer cosas extraordinarias. Los demás nos conformábamos con lo que nos había tocado.

De todos modos, morir sin que nadie sepa que has existido tampoco es tan malo, ¿no? ¿Por qué esa obsesión de la gente por dejar huella?

Las pirámides, el Cristo Redentor, el Taj Mahal, The Rolling Stone, el mundo entero está repleto de indicios de que el ser humano quiere ser inmortal; ser recordado incluso cuando ya no esté.

¿Acaso nuestra vida se resume a la frenética búsqueda de esa inmortalidad?

¿Tenemos fe solo porque odiaríamos que la muerte se saliese con la suya? ¿Tallamos nuestro nombre en un árbol para que alguien sepa que hemos existido? ¿Escribimos libros porque creemos que es posible seguir viviendo a través de ellos? ¿Es que necesitamos una voz que retumbé incluso desde el reino de los muertos?, ¿un grito con el que seguir hablándole al mundo, palabras, palabras y más palabras, vacías y sin ningún significado, hasta que la tinta esté corrida y el papel amarillento por el paso de los siglos?

Creo que sí. Creo que, en el fondo, queremos ser eternos, como Dante, porque nos da auténtico pavor saber que todo esto se acabará, tarde o temprano.

Mira a tu alrededor, cielo. Todo tiene fecha de caducidad.

Tú serás polvo y cenizas, pero ese edificio de ahí, esa imponente torre que se alza en medio de los demás edificios, firme, altiva, indiferente al castigo de los años, es imperecedera. El umbral de la mismísima eternidad. Y tú te sientes tan pequeño e insignificante comparada con ella…

Admítelo. ¿Cuántas veces no lo has pensado? ¿Cuántas veces no has sentido que tu vida no es más que un efímero soplo de aire que termina antes de que te dé tiempo a respirarlo?

Yo no dejo de pensar en ello. Hace años que me obsesiona la idea de morir.

La idea de morir en silencio.

La idea de morir, en líneas generales.

Es mi única obsesión en el mundo. Es triste, de algún modo, saber que la única pasión que te consume se resume a… dejar de existir.

―Al final no ha sido para tanto el tráfico, ¿no? Cuando salí de casa esta mañana parecía que la ciudad se estaba preparando para recibir el fin del mundo.

Mis ojos llenos de ansiedad buscaron a Jules. Mis labios hicieron un último esfuerzo, compusieron una sonrisa, el mortecino esbozo de una alegría que no sentía.

Puede que hubiera una vida más allá. O puede que no. Quizá algún día lo averiguara. Mientras tanto, tocaba vivir la vida que me había sido concedida, por muy fastidiosa que me resultase.

―Ya. Gracias por traerme ―dije, al tiempo que soltaba el cinturón y cogía mi bolso.

Jules me sujetó la puerta. Estaba sonriendo.

―Ha sido un placer.

―Dales un beso a Maggie y al pequeño Arthur de mi padre.

―Lo haré.

―Bien. Adiós.

―Hasta pronto, Lexi.

Me despedí con un gesto y eché a andar por la acera. Conforme me alejaba de él, noté una sensación de desagrado apoderándose de mí. Esa inquietud tenía mucho que ver con el motivo de mi visita de aquella mañana.

Aunque mi padre no lo había mencionado aún, sospechaba que se trataba de lo de siempre.

A fin de cuentas, llevaba más de medio año insistiéndome en el tema. Vincent se había propuesto verme casada antes de mi próximo cumpleaños, y ya había elegido a su futuro yerno.

En un mundo como el mío, conceptos como el amor o incluso la compatibilidad están obsoletos. Lo que importa es la riqueza. La reputación. La actitud de cara al público. Si vives en el decorado de una película, es fundamental saber actuar.

Mi padre quería un yerno con pedigrí, y ya lo había encontrado.

Se llamaba Jay, como las aves paseriformes, esas pequeñas criaturas, medio exóticas, que arman barullo en los bosques californianos. Jay Sallow[3]. Una combinación horrible, si alguien quiere saber mi opinión.

No tenía el más mínimos interés en contraer matrimonio con el señorito Sallow, y no solo por llevarle la contraria a mi padre ―que también―, sino porque despreciaba a los ricos herederos como él, los que lo reciben todo en una bandeja de plata, la selecta educación, la ropa de marca, los coches veloces, el respeto de los demás…

No me hacía ninguna falta conocerle, estaba convencida de que ese hombre no era mi tipo. Cada vez que pensaba en Jay Sallow ―que no era mucho―, me imaginaba a Chuck Bass.

Y a mí nada me irritaba más que el personaje de Chuck en GossipGirl. Le hubiera dado de hostias a diario.

Preparándome mentalmente para una conversación que en absoluto me apetecía afrontar, volví la esquina de un edificio de piedra arenisca y atravesé a paso rápido una pequeña plaza llena de gente. Decenas de palomas salieron volando a mi alrededor y, al verlas, mi mente me llevó de vuelta a las vacaciones de verano que Erik y yo habíamos pasado en Roma. Qué buenos tiempos.

Estaba perdida en mis pensamientos, evocando los gelatos y los ragazzos, cuando escuché esa voz, atrayéndome como el canto de una sirena.

―Disculpe.

De algún modo, sentí que era a mí a quien se estaba dirigiendo, y en medio de la turba de personas apresuradas, me volví y arqueé las cejas.

Cuestión de unos cinco o seis segundos, lo miré sin saber cómo reaccionar, desencajada y casi sin aire en los pulmones.

Él…

…era…

…indiscutiblemente…

…¡alucinante!

Están los hombres guapos, los hombres sexys, los hombres follables, los hombres a los que no te acercarías ni loca…

Y luego Dios le había creado a él.

Muy por encima de todo lo demás. El puñetero súmmum de la masculinidad. La obra maestra de la divinidad.

Perfil recto. Aristocrático. Absoluta simetría.

Piel morena. Ojos de un azul casi turquesa(o, al menos, lo parecían a la luz del sol, que moteaba puntitos de color zafiro en la hondura de sus pupilas).

Me sorprendí a mí misma bajándome las gafas por la nariz y observándolo por encima de la montura con un interés rayano en la obscenidad. ¿Qué demonios pasaba conmigo? Esa no podía ser yo. Yo nunca me comportaba así.

Y, sin embargo…

―¿Me está hablando a mí? ―coqueteé sin el más mínimo descaro.

Él sonrió, y su sonrisa de lado, masculina, irresistible, me hizo sonreír como una agilipollada.

―Sí. ¿Podría indicarme cómo llegar a Grand Central Terminal? No soy de por aquí.

Desde luego que no. Ese hombre no era de nuestro mundo.

«Mira y aprende, pajarraco malhumorado. Mira y aprende».

―Claro ―no tardé en responder.

Sin embargo, un nuevo y extraño silencio precedió a mis palabras. Debía de ser por la forma en la que él me observaba, esa concentración que te congela el aliento. Había algo perturbador en su mirada. Algo hipnótico. Y yo no podía dejar de hundirme en esas profundidades azules que tanto me atraían. Sentía que le conocía de algo, de otra vida. A lo mejor le había visto decenas de veces dentro de mis sueños. A lo mejor mi corazón sabía que él era esa media naranja que había estado buscando durante toda mi vida y por eso le había reconocido.

―¿Y va a hacerlo? ―preguntó él, con creciente diversión.

Su sonrisa guasona y ese gesto apremiante de sus cejas me hicieron reaccionar por fin.

―¿Qué? Ah. Sí. Claro. La estación. Hmmm… no está muy lejos de aquí ―conseguí decirle por encima del estruendo de mi corazón.

―¿Se puede ir andando?

―Creo que sí. Tiene que bajar esta calle hasta casi el final y luego girar a la derecha. Hay flechas indicándolo. Solo tiene que seguirlas.

Aunque intenté mirar lo que le estaba señalando, los ojos me traicionaron volviendo hacia los suyos. Su mirada era fascinante, y perderse en ella fue como sumergirse en ese apacible mar que baña las playas del Caribe. Me sentí a salvo, feliz y con ganas de contemplar los distintos matices de azul durante toda mi vida. Era demencial. Era como una droga para mí, una sustancia desconocida que necesitaba probar a cualquier precio y por encima de todas las demás cosas.

―Entonces, bajo y giro a la derecha, ¿no? ―se cercioró con los ojos ejerciendo un enorme control sobre los míos. Conseguí asentir―. Estupendo. Gracias. Me ha salvado la vida.

Si bien su voz sonó baja y suave, detecté algo más en ella. Una chispa de desafío.

―No hay de qué. ¿Puedo ayudar en algo más? ¿Cualquier cosa?

Nos seguimos mirando a los ojos. Sus pupilas tenían algo que te arrastraba hacia ellas, como un enorme imán cuya fuerza no se podía eludir. Nunca había tenido esa conexión visual con nadie. Sencillamente, era incapaz de apartar la mirada.

Esperé un momento, ahí clavada en la acera, por si él añadía algo. Algo del tipo: «Ahora que lo mencionas… ¿quieres ser la madre de mis hijos?».

Pero no hubo suerte. Me sonrío, negó con un gesto y se alejó en la dirección que yo le acababa de indicar. Una auténtica pena, porque, con su marcha, el mundo volvió a girar. Regresaron los ruidos y el tráfico, el sol y la suave brisa que acariciaba mi rostro.

Todo volvió a ser como antes. Todo, excepto yo.

La gente me rodeaba por todas partes, un asfixiante círculo que se cerraba a mi alrededor. En cambio, yo permanecí en el mismo lugar, embobada, mirándole a él. No podía ver nada más. Era como si el universo hubiese bajado el telón y el director de la película lo enfocara en exclusividad, la figura del actor solitario que se marcha al final del último acto.

«Gírate.

Gírate y dime que no estoy loca.

Que tú también lo has sentido.

Ese magnetismo que hacía imposible dejar de mirarse; dejar de sonreír como imbéciles…

Gírate y dime que podemos cabalgar juntos por las olas salvajes de la vida y que…»

Él dobló la esquina sin girarse y yo me desinflé como un globo.

Por supuesto. Me había hecho el lío yo solita. Él solo pretendía llegar a la maldita estación. Maldita sea, ¿por qué había tenido la impresión de que entre nosotros habían saltado chispas?

«Porque eres ridícula, por eso».

Desencantada y cabreada conmigo misma por permitirme tales fantasías, expulsé un suspiro airado, me puse las gafas con brusquedad y apresuré el paso hacia la torre en cuya cúspide me había convocado mi querido señor padre.

Qué manera más estúpida de acabar algo que podía haber sido maravilloso. Fuegos artificiales. Mariposas en el estómago. Empujarse el uno al otro más allá de los límites…

Qué manera más estúpida de no conocer al hombre de ojos azules.

[1]              Servicio de Rentas Internas (Hacienda estadounidense).

[2]              Variedad de marihuana.

[3]              Trad. inglés: arrendajo malhumorado.

 

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Destacado

Prólogo

Zooey

Me he acostado con Charlotte.

Busqué a tientas el respaldo de la silla que había a mis espaldas y me senté, derrengada, traicionada por mis propias piernas. El tañido del antiquísimo reloj de madera que sus padres nos habían regalado al casarnos pasó a resultarme de pronto tan agobiante que tuve ganas de arrancarlo de la pared y estrellarlo contra el suelo. ¿Por qué retumbaba tanto? Me estaba perforando el cerebro con la infatigable perseverancia de un taladro.

Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac.

Mis ojos no podían dejar de seguir el movimiento del sólido péndulo dorado que marcaba el paso de los segundos.

Derecha, izquierda. Derecha, izquierda. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac…

Todos mis pensamientos habían quedado reducidos a ese insufrible tictac.

Cariño, di algo. Grítame o pégame, o… qué se yo, pero, por favor, di algo.

Permanecí inmóvil en mi silla. Sin mirarle. Sin respirar. Sin que el corazón se atreviera siquiera a latir dentro de mi pecho, temeroso de que ese débil latido fuera a desgarrarme por dentro.

Hacía un día precioso al otro lado del cristal. Había salido el sol después de veintidós días de lluvia, pero yo no pude disfrutar de su calidez. En mi interior ya no sentía nada. Estaba todo entumecido, como si una capa de hielo se hubiese propagado por mis venas y me hubiese congelado hasta la médula.

Quizá con la única intención de sabotearme, mi mente eludió la crudeza del momento y se distrajo evocando a mi padre. ¿Qué diría si estuviera ahí? ¿Cómo se tomaría papá lo que Daniel me acababa de confesar? No lo habría comprendido. Claro que no. Para él, era algo impensable engañar a mamá. Nunca dudé de la intensidad de su amor, que, visto desde fuera, parecía tener la fuerza de cien mil caballos de carreras y la misma solidez que un enorme bloque de acero puro. Siempre he creído que tan solo un hombre al cien por cien masculino es capaz de mostrar ese amor tan profundo y ser, a la vez, tan rudo y tosco como lo era mi padre.

¿Por qué no me había enamorado yo de alguien como él? ¿Alguien de la vieja escuela; un hombre protector, leal y honesto?, ¿alguien digno de esa confianza tan ciega, tan peligrosa, cuyas consecuencias había empezado a pagar? A mi padre nunca le había gustado Daniel. Ahora comprendía por qué.

Zooey, cariño…

¿Qué es lo que he hecho yo para merecer esto, Daniel? ―hablé por fin, minutos, horas, puede que abismos de tiempo más tarde―. ¿No me he mantenido lo bastante delgada? ¿He envejecido antes de tiempo? ¡Por Dios!, si acabo de entrar en la treintena.

Un suspiro tan exangüe como el de un enfermo en su lecho de muerte fue expulsado a través de la lividez de mis labios. Hundí la cabeza entre las palmas, me aparté el pelo de las sienes y mi boca tembló en un gesto acerbo que reflejó lo que yo sentía en mi interior, el dolor que se entremezclaba con la incredulidad de una persona que contempla impotente cómo le arrebatan todo cuanto ha amado en la vida. Las palabras se ahogaron en mi garganta, y no pude volver a hablar hasta trascurrido un buen rato. E, incluso entonces, mi voz sonó queda.

No puede ser esa la razón ―murmuré para mí, y la tristeza me venció por momentos, hundiéndome cada vez más en mi asiento y en las entrañas de mi nuevo infierno personal.

Zooey, creo que…

Por favor, dime ―le acallé con dureza, mis ojos alzándose para atravesar implacables a los suyos―. ¿Qué es lo que he hecho mal? ¿Acaso no he sido lo bastante pasional? ¿Es eso? ¿Te faltaba algo que yo no he sabido darte?

Era la primera vez que lo miraba, y no vacilé al hacerlo. Retuve su mirada con toda la dureza de la que fui capaz. Quería una maldita respuesta. Quería saber por qué, por qué lo había echado todo a perder.

Daniel me lanzó una mirada suplicante. Sus ojos, torturados por la culpa, me pedían que dejara de atormentarme a mí misma de ese modo. Vi compasión en su rostro y me entraron nauseas. Lo que menos deseaba era despertar su aborrecible compasión.

No es por ti ―me dijo, casi mascando las palabras.

Entrecerré los ojos en un gesto de rechazo. No es por ti es la peor explicación que te pueden dar.

¿Eso es todo lo que vas a decirme? ―musité. Apenas podía tragar saliva. Las lágrimas no derramadas 

me sofocaban la garganta, por lo que las siguientes palabras sonaron aún más quedas que las anteriores―. ¿Después de todos estos años? ¿Después de todo lo que hemos vivido juntos? ¿No es por ti?

Daniel bajó la mirada y agitó pesaroso la cabeza. Actuaba como el hombre que llevaba el peso del maldito mundo encima de los hombros, y eso era lo que más me enfurecía. La agonía que contrajo la delgadez de sus facciones no hizo más que avivar la llama de ira que hacía minutos que titilaba en mi interior. Sentí ganas de gritar hasta destrozarme las cuerdas vocales, ganas de herirle, de hacerle más daño del que nunca pudiera aguantar.

Pero fui tan cobarde que me limité a estrechar los puños en el regazo y a mirar insensible cómo se me estiraba la piel de los nudillos hasta palidecer casi por completo.

No sé qué más podría decirte ―murmuró él, su mirada elevándose despacio hacia la mía―. Salvo que lo siento. No sabes cuánto lo siento.

Nos miramos en silencio. Fue doloroso. Sentí que ya no lo conocía. La intimidad que él y yo habíamos tenido, la complicidad, la confianza, todo eso se había quebrantado, y ahora estaba indefensa, apresada por un agudo sentimiento de vulnerabilidad que no había forma de vencer. Me sentí como cuando un extraño irrumpe en tu casa y revuelve entre tus cosas. Me sentí expuesta. Desvalida. Impotente. Lo odiaba tanto que me estremecí de ira.

Lo siento muchísimo, Zooey ―siguió Daniel al ver que mis ojos, inexpresivos como nunca, se perdían en un punto más allá de él―. Muchísimo. A lo mejor no te lo tenía que haber contado, pero necesitaba tu perdón. No puedo vivir con la culpa de lo que he hecho.

Trasladé la mirada hacia la ventana y mis labios bufaron un gesto de incredulidad. ¡La culpa! ¿Eso era lo 

único que sentía él? ¿Culpa? Yo sentía ganas de morirme ¡¿y él se lamentaba por la condenada culpa?!

¿Estás enamorado de ella? ―murmuré mientras contemplaba con ojos mortecinos una mota de barro que la lluvia había salpicado en el cristal.

No.

Categórico. Indiscutible. Sin vacilar.

Capullo insensible.

Mis ojos regresaron y perforaron los suyos.

¿Me has puesto los cuernos con una mujer a la que ni siquiera amas? ―la perplejidad que me hizo levantar el tono hundió a Daniel en su asiento.

Lo siento. Yo… ―Se calló y sus ojos verdes empezaron a nublarse, a volverse cada vez más llorosos―. Fue un error, cariño. Yo… El bufete va mal, estoy perdiendo clientes y estaba muy estresado, y tú nunca estás en casa, siempre estás escribiendo en esa maldita cafetería, y yo…

Basta.

Zooey…

Basta ―imploré en un murmullo desgarrado, y tuve que apretar los párpados con fuerza para dejar de verlo durante unos segundos―. No quiero oírlo. Me enferma oírlo.

No me di cuenta de lo mucho que apretaba los puños hasta que me empezaron a doler los dedos. Al cabo de unos segundos, los relajé y extendí las palmas. Cada vez luchaba más por retener las lágrimas. Mis manos temblaban a causa de la furia que me consumía por dentro.

Sin embargo, Daniel no pareció percatarse, pues estaba demasiado ocupado implorando la expiación.

Pero tenemos que hablar. Cometí un error y…

¡¿Un error?! ―le grité, mis ojos azules abriéndose de par en par para despedazar los suyos―. Un error habría sido olvidarte de nuestro aniversario. 

Pero te has follado A OTRA, Daniel. ¡Eso no es cometer un error!

Mi marido llevaba uno de sus pretenciosos trajes de alta costura que se solía poner para ir a los juzgados. Aun así, pese a lo mucho que odiaba que se le arrugara la ropa, se arrodilló delante de mí y me cogió las manos entre las suyas. Debía de estar muy arrepentido. No era de los que se arrodillaban fácilmente. Ni siquiera lo hizo al pedirme matrimonio. Era demasiado soberbio, demasiado arrogante. Los hombres como él no se arrodillan.

Pero esta vez ahí estaba, de rodillas ante mí, suplicando un perdón que yo no sabía cómo concederle.

Si pudiera retroceder… ―se lamentó, con todo un vendaval de emociones asolando su rostro.

Di un violento tirón y me solté de sus caricias consoladoras. Me daba asco que me tocara con las mismas manos con las que había acariciado el cuerpo de ella. Me imaginaba sus largos y elegantes dedos recorriendo las curvas femeninas, venerándolas como bien sabía que él era capaz de hacer, y me entraron arcadas. Mi marido había tocado de ese modo tan íntimo a otra mujer, le había hecho el amor apasionadamente, y esa era una idea que yo no podía asimilar porque me dolía demasiado hacerlo. Él era el amor de mi vida. Había sido el amor de mi vida. Ahora ya no era nada.

No puedes retroceder ―espeté con frialdad.

No, no puedo, cielo.

Pues ya está. Asunto arreglado.

Lo aparté y abandoné la silla. Me dolía la espalda. Me había mantenido inmóvil durante demasiado tiempo.

Puse los brazos en jarras y me arqueé hacia atrás. Mi columna crujió. Relajé la postura y eché a andar por el pasillo. No soportaba estar a su lado ni un segundo más. 

Tienes que perdonarme ―insistió Daniel, siguiéndome a la cocina―. Nunca fue mi intención hacerte daño. Esto está matándome.

Me volví sobre mí misma, incrédula y cada vez más furiosa con él. ¿Eso estaba matándole?

¡¿A él?!

Ese hombre había echado por la borda toda mi vida, todos mis sueños y mis ilusiones; el recuerdo de los mejores años de mi juventud había quedado agriado por culpa suya. ¿Y todo para qué? ¿Para calmar un calentón? ¿Cómo se le había ocurrido decirme que eso estaba matándole?

¿Sabes qué, Daniel? Resulta que yo tampoco puedo obrar milagros. Tú no puedes retroceder para cambiar lo que has hecho, y yo no puedo perdonarte por ello.

Probablemente, hubiera añadido algo más, pero me sobresaltó el sonido de mi móvil, que vibró encima de la encimera, al son de la pantalla que se encendía y se apagaba, tan alegre e insensible al dolor que tanto me estaba lacerando. Me acerqué, le eché un vistazo e hice una mueca de desagrado al ver que la llamada entrante era de mi hermana. ¡Qué sentido de la oportunidad tenía!

En otras circunstancias, no se lo habría cogido. Llevábamos años sin hablar. De todas mis hermanas, Jennifer era con la que menos empatizaba. Era grosera, ególatra y de lo más impulsiva, y de algún modo sentía que ella y su vanidad habían roto nuestra familia. Al menos Liberty se comportaba como una necia porque estaba enamorada. Jennifer no podía aferrarse a ese comodín, el amor nunca hace mella en personas tan superficiales como lo era ella.

Zooey, tienes que escucharme, cariño.

Mi marido posó la mano en mi brazo para detenerme, pero coloqué la palma contra su pecho y lo empujé hacia atrás. Él retrocedió, herido y contrariado, y me dedicó una mirada fulgurante.

¿Quieres comportarte como una adulta y hablar conmigo? Sé que he metido la pata, ¿vale?, pero vas a tener que enfrentarte a esto, Zooey. También es culpa tuya, no solo mía. Sí, no me mires así. Sí, es culpa tuya, ¡porque fuiste tú la que me apartó sistemáticamente, maldita sea! La que siempre estaba demasiado ocupada incluso para mirarme. Era como si yo no existiera para ti. Lo mismo que ese cuenco de adorno de ahí. ¡Y sí, Zooey!, ¡me acosté con Charlotte! ¡Lo hice porque ella, a diferencia de ti, me miró como si me viera! Y lo siento, porque te quiero y ella no significa nada para mí. Tú eres la mujer con la que quiero envejecer.

¡Oh, por el amor de Dios! ¿Por qué no le cae un rayo encima ahora mismo? Así se callaría de una santa vez.

La pantalla del móvil siguió encendiéndose y apagándose delante de mis ojos carentes de vida, y por una vez me dio igual mi relación con mi hermana, su egoísmo casi patológico y lo mucho que me había enfurecido con ella por fastidiar a nuestra hermana Rachel. En ese momento habría hecho cualquier cosa con tal de que Daniel dejara de existir durante un tiempo. Cualquier cosa, incluso revolver entre los escombros del pasado.

Así que me abalancé sobre el móvil con aire ansioso y descolgué.

Hola, Jennifer ―saludé con voz calmada―. No es un buen momento. Sé breve.

Zooey. Tienes que volver a casa. Es mamá.

 

1

Zooey

Llevaba más de cinco años sin pisar Austin, Texas, y, en cuanto una oleada de abrasadora humedad me dio de lleno contra la cara, constaté que no había echado de menos el lugar.

No necesitaba abandonar las inmediaciones del aeropuerto para saber que la ciudad lucía exactamente igual a como la había dejado al marcharme, soleada, calurosa, próspera y mucho más soporífera que Nueva York. Como si su pulso se viera ralentizado por los rayos del achicharrante sol, aún primaveral, que se derramaban torrenciales a través de la enorme cristalera que apuntaba hacia la pista donde minutos antes había aterrizado mi vuelo.

La sala de espera estaba llena. Hombres con botas vaqueras y sombreros Stetson esperaban sus maletas junto a mujeres de rostros bronceados y sonrientes, cuya buena disposición me hizo sentir mucho más amargada de lo que ya me sentía. Los niños correteaban libremente de un sitio al otro con la alegría de quien que no tiene más preocupación en la vida que la de divertirse. Por primera vez en mi vida, deseé ser pequeña otra vez.

Los tejanos suelen ser bastante amigables, incluso con los forasteros. Coseché montones de sonrisas mientras aguardábamos, todos de pie en un semicírculo, a que la cinta mecánica empezara a traer nuestros equipajes. Aunque me incomodaba ser objeto de tantas atenciones, correspondí a esa calurosa bienvenida con sonrisillas fugaces y algo tensas. Yo también había nacido en Texas, pero nadie lo habría dicho al verme. Mi aspecto era demasiado cosmopolita.

Y mi carácter tampoco es que fuese tan abierto como el de los demás tejanos. Solía ser una persona retraída, sin apenas amigos. Salvo Charlotte, ¿y de qué me había servido?

Dejé de pensar en Charlotte y nuestra supuesta amistad. Me sentía enferma cada vez que su nombre se colaba entre mis pensamientos. Lo cual sucedía demasiado a menudo.

Las maletas tardaban en llegar, así que me entretuve contemplando las pistas, los aviones despegando o aterrizando y los vehículos que corrían por la carretera que trascurría perpendicular al aeropuerto. El sol tejano languidecía a lo lejos, preparado para el atardecer, y tuve que entrecerrar los párpados para seguir mirando hacia el exterior. El rojizo resplandor del cielo se difuminaba en hermosas tonalidades de púrpura y azul, gamas tan intensas que en ningún lienzo se habrían podido reproducir, y a mí me invadió una sorprendente oleada de orgullo tejano ante tal despliegue cromático.

Mi tierra era rica en belleza, un bizarro abanico que entremezclaba colores y fragancias como no se veían en ninguna otra parte del país. Sin embargo, la mayoría de las veces ni siquiera era consciente de ello. Durante toda mi vida había deseado marcharme lo más lejos posible. Soñaba con el vasto mundo que se extendía más allá de la Travesía de los Leños o la Meseta Edwards; con Nueva York, la que yo consideraba el vibrante núcleo del país, una ciudad febril y prolífica en todos los sentidos de la palabra; prospera en cultura y de un dinamismo que me fascinaba. Teatro, arte, belleza, moda, música. Nueva York lo tenía todo.

Me imaginaba las oportunidades que la vida neoyorquina me brindaría, la gente a la que conocería y la cantidad de cosas que ellos me aportarían, y de esa forma me pasaba horas enteras soñando con los ojos abiertos, planeando todas y cada una de las locuras que haría si pudiera poner tierra de por medio entre ese lugar olvidado de la mano de Dios y yo.

En cuanto se me presentó la ocasión de marcharme, no me lo pensé dos veces. Me alejé junto a Daniel, sin llegar nunca a sentir nostalgia por los ondulantes campos verdes, los pantanos rebosantes de vegetación o los oscuros bosques de cipreses en los que me solía perder cuando era pequeña. Me movían la inconsciencia de mi juventud y un voraz deseo de reinventarme, de dejar atrás a la Zooey que solía ser, creando de esa forma a alguien nuevo y muchísimo más interesante. ¿Quién quería ver pastos llenos de vacas, si la alternativa era vivir en Manhattan y convertirse en una chica cosmopolita?

Ahora, tras haber pasado más de diez años alejada de mi lugar de nacimiento, al pisar la capital de Texas me sentí como si estuviera adentrándome en la América más profunda. Me había desacostumbrado incluso al modo de hablar de los tejanos, esa peculiar forma de arrastrar las vocales y el inconfundible acento cerrado.

Concluidos unos interminables minutos de recorrer la sala de un lado al otro, por fin vi llegar las maletas y me acerqué a la cinta mecánica que las transportaba. Cuando me llegó el turno, me estiré por encima de un niño y agarré la mía, intentando no golpearle con las ruedas al enderezarme.

Travis, deja pasar a la gente ―advirtió su madre, la cual había reparado en mi maniobra y se había dado cuenta de que el pequeño Travis estorbaba un poco.

El niño se apartó y yo le sonreí. Debía de ser la primera sonrisa sincera que esbozaba en días, la única que no me costó ningún esfuerzo. Daniel y yo no teníamos hijos, aunque hubo una época en la que soñé con tenerlos.

Lo que sí tenía eran montones y montones de sobrinitos. A los que apenas veía. A algunos ni siquiera había conocido aún, estaban dentro del vientre de sus madres la última vez que volé a Austin, y como mis hermanas y yo no éramos aficionadas a compartir fotos familiares por WhatsApp, no tenía ni idea del aspecto que tenían los críos. Conocía sus nombres porque era una buena tía y les enviaba un regalo navideño todos los años.

Por FedEx.

Mi familia era de las complicadas, de las que siempre tenían un frente abierto en alguna parte. Había que hacer encaje de bolillos para conseguir juntar a todo el mundo sin que nadie saliera machacado. Todavía no lo habíamos conseguido, razón por la cual apenas nos veíamos, a no ser que fuerzas mayores (malignas, en algunas ocasiones) nos juntaran a todos bajo el cielo de la misma ciudad.

Estaba convencida de que este nuevo encuentro iba a resultar explosivo. De hecho, venía preparada para lo peor. Si se podía sacar algo en positivo de los sucesos de los últimos días, era que la aventura de mi marido me había insensibilizado. Cualquier cosa que hiciera mi familia a partir de ahora, me iba a parecer una nimiedad comparado con lo de Daniel y Charlotte.

Arrastrando la pesada maleta roja, llena de ropa que sabía que nunca me daría tiempo a ponerme, me acerqué al mostrador de una empresa de alquiler de coches y elegí un bonito Ford modelo familiar, cuyo precio aboné en efectivo.

Gracias ―le dije al hombre que me entregó la llave en el aparcamiento, tras una breve inspección del reluciente vehículo azul por el que acababa de soltar una pequeña fortuna en concepto de fianza.

Conduzca con cuidado ―se despidió sonriente, llevándose dos dedos al ala del sobrero. Llevaba un Stetson. Por supuesto que sí.

Con un suspiro melancólico (mi padre también llevaba un Stetson), abrí el maletero, lancé el equipaje dentro y me coloqué las gafas de sol encima de la nariz. Frotándome las palmas como siempre hacía después de una tarea bien hecha, rodeé el Ford y me senté detrás del volante.

El viaje iba viento en popa. El avión no había llegado con demasiado retraso, la compañía no había perdido mi maleta como en otras ocasiones, había conseguido coche de alquiler en menos de diez minutos…

Hasta que me di cuenta de que el cambio era manual, y todo se echó a perder.

¿Qué? ¡No fastidies! ―grité, propinándole un furioso golpe al volante. Rocé el claxon sin querer y pegué un brinco en mi asiento, asustada por el ruido que yo misma había provocado. Necesité un momento para comprender que nadie me estaba pitando. Fue algo casi tan estúpido como las películas de Ben Stiller.

Acababa de llegar, y las cosas habían empezado a descontrolarse. Maravilloso.

Con ademanes torpes, me enderecé las gafas de sol, que se me habían torcido un poco por el sobresalto, rezongué otra maldición y ajusté los espejos y el asiento 

a mi altura. Si la vida te da limones, hay que hacer limonada.

Giré la llave dentro del contacto, puse el vehículo en marcha y…

para desesperación de los que circulaban detrás de mí, lo calé cinco veces seguidas. Demasiadas, teniendo en cuenta que aún no había abandonado el aparcamiento.

Me pitaron y coseché unos cuantos insultos que me hicieron descubrir que los tejanos no eran tan amigables como parecían.

En vista del atasco que estaba provocando, decidí dejarme de tonterías y pisar el embrague con más vehemencia. No me gustaba ser el hazmerreír de los demás conductores.

Si conseguiste no asesinar a Daniel ayer, puedes conducir un puñetero coche, me infundí ánimos, y, sin soltar más el embrague, maniobré para incorporarme al apabullante tráfico de la tarde. Habían pasado años desde la última vez que había conducido un vehículo con marchas, y me costaba bastante recordar el procedimiento.

En cuanto cogí la autopista y conseguí meter cuarta, supe que ya no había más peligro de calarlo. Ahora solo tenía que conducir, como si se tratara de un automático. Aun así, no fui capaz de relajarme, me mantuve tensa e incómoda, con los ojos siempre fijos en la carretera. Ni siquiera me atreví a cambiar de emisora por miedo a estrellarme, con lo que tocó escuchar canciones folk a todo volumen. Sentía que no era yo la que tenía el control, sino el coche, y eso me aterraba.

Empleé más de media hora en realizar un recorrido que, por lo general, solo requería unos diez minutos de conducción.

Aliviada de haber sobrevivido al tráfico del centro, y procurando llegar sana y salva al hospital, giré a la derecha en un cruce tan transitado que hizo que las 

manos me sudaran encima del volante, y aparqué con dificultad delante de una floristería, en una calle bastante concurrida.

Al abandonar el fresco interior del coche, gruñí una maldición. Fuera, el calor se había vuelto insoportable, aún más a causa de la elevada humedad que cubría mi piel con una capa sofocante y pegajosa.

Sin prescindir de las gafas oscuras, tan necesarias para conducir con el sol bajo en el horizonte, crucé la calle y entré en el pequeño establecimiento, cuya entrada estaba delineada por pesados maceteros que había que esquivar. El cencerro que colgaba sobre la puerta emitió un alegre sonido, como para darme la bienvenida a la tienda. Me pareció muy pintoresco. En Nueva York no había sonidos de cencerro. No que yo supiera, al menos.

Me acerqué al mostrador, sepultado bajo toda clase de flores y plantas, y le pedí al dependiente un ramo de margaritas.

Tiene mucha suerte. Es el único que nos queda. Tenga. Unas flores bonitas para una chica aún más bonita.

Los tejanos eran unos ligones. Retiré la nariz del ramo de flores, que no olían a absolutamente nada, y le sonreí.

Oh, no son para mí. Se las llevo a mi madre. Le encantan las margaritas.

Cada vez son más difíciles de conseguir ―replicó con pesadumbre―. Hace tanto calor que no tardan nada en marchitarse.

Era triste de algún modo que las únicas flores que le gustaban a ella se marchitaran antes de tiempo. Con una sonrisa efusiva, pagué lo que debía, cogí el ramo y me enfrenté de nuevo al molesto sol poniente, que arrojaba reflejos rojizos encima de los bucles que el aire empujaba delante de mis ojos.

Tras asegurarme de haber dejado el coche bien cerrado, caminé por la acera en dirección a la modesta clínica, que se erguía solo un par de plantas por encima del nivel del suelo, y crucé las puertas automáticas.

Tuve que pasar por recepción antes, ya que Jennifer no había especificado en qué habitación tenían a mamá.

Disculpe. Hola. ―Sonreí cuando la recepcionista levantó la mirada del ordenador―. ¿Podría indicarme cuál es la habitación de Verónica Patton?

La mujer, con una rígida sonrisa profesional, tecleó algo mientras yo tamborileaba impaciente los dedos encima del mostrador de granito, en un vano intento por liberar la tensión.

La veintitrés. Siga este pasillo todo recto, y al fondo gire a mano derecha.

Gracias.

Con manos trémulas, me enrosqué el fino pañuelo rojo alrededor del cuello y seguí la dirección que me habían indicado. Estaba tan nerviosa, tan perdida en mis pensamientos y tan inquieta por encontrar a mi madre ingresada en un hospital, que, sin darme cuenta, me estrellé contra la sólida caja torácica de un hombre que salía de una habitación con un montón de carpetas en la mano, justo en ese momento. Nos dimos tal golpe que sus carpetas salieron disparadas por el aire y aterrizaron al lado de mis pies.

Dios, lo siento ―murmuré aturullada, y me agaché a recoger los folios que mi torpeza había desparramado a nuestro alrededor.

Él se agachó a mi lado. No pude evitar echar un ojo a los documentos mientras se los ofrecía. Parecían los planos de una casa. Una casa bien grande.

¿Zooey?

Sus ojos buscaron a los míos con tal insistencia que, aturdida como estaba, levanté la mirada y lo estudié con expresión confusa. Admito que me gustó lo que vi. El hombre, que a su vez me contemplaba a mí, era alto y fortachón. Muy atractivo. Un tejano hecho y derecho, de piel tostada, profundos ojos, tan azules como las aguas del lago Conroe, y cabello rubio oscuro, corto y un poco gastado hacia las puntas. Ese hombre no debía de tener ni idea de lo que era un buen corte de pelo. Sin duda, se cortaba el pelo muy de vez en cuando, y siempre en el baño de su casa.

Iba en vaqueros, botas y camisa caqui remangada, y la piel alrededor de sus ojos estaba curtida por el sol. Debía de ser una persona risueña, también me fijé en las líneas de expresión que se insinuaban en las comisuras de sus labios.

Parecía igualarme en edad, aunque no tenía ni idea de quién era o de qué me conocía. No había nada familiar en él.

Disculpa, ¿nos conocemos?

¿No te acuerdas de mí? Soy T.J.

Una vez conocí a un T.J. Lo dejé plantado en mi baile de graduación. Esa noche me fugué con Daniel, el que ahora era mi marido, el capullo que, unas doce horas antes de esa conversación, me había confesado una aventura con su mejor amiga. Al menos ahora, el término amiga íntima tenía algún sentido para mí.

Dado el modo (inexistente) en el que nos habíamos despedido, recé para que no se tratara del mismo T.J.

¡T.J.! ―fingí reconocerle―. Claro. Vaya. Eres tú. Qué torpe. Me alegro de verte. Cuánto tiempo.

T.J. me mostró una sonrisa perezosa. Sus dientes me llamaron la atención por su blancura y por lo rectos que eran. Era un hombre tan apuesto que decidí que era imposible que se tratara del mismo tío del instituto. Yo recordaba a T.J. como un joven desgarbado, larguirucho, demasiado delgado y de ademanes un poco torpes. No había término de comparación entre él y mi apuesto novio de la adolescencia, el quarterback Daniel Thorne, el chico que, con una sola mirada de sus espectaculares ojos verdes, conseguía que las muchachas (yo incluida) perdieran las bragas en un santiamén.

Ya te digo. Creo que no te veía desde el baile de graduación, cuando me dejaste plantado y te fugaste con… ―Ladeó la cabeza, se rascó la ceja y se hizo el despistado―. ¿Cómo se llamaba aquel chico?

Tragué saliva. Pues sí, sí que se trataba del mismo T.J. Vaya por Dios. Estúpidas casualidades de la vida.

Daniel ―balbucí ruborizada.

Eso. Daniel. ¿Cómo está Daniel? ¿Sigues casada con él?

No pude refrenar a tiempo una mueca de aversión.

Legalmente sí, pero nos estamos dando un respiro ―expliqué, desconocedora de las razones que impulsaron tan molesto derroche de honestidad.

En los ojos de T.J. brilló una expresión casi malévola.

¿En serio? Qué lástima. Me caía bien.

¿De verdad?

En absoluto ―contestó con una contundencia tan seca que me hizo sonreír.

Nos erguimos y le ofrecí el resto de los papeles que llevaba en la mano. T.J. estaba sonriendo, y reparé en que había un ligero matiz insolente en su sonrisa. A lo mejor le resultaba divertido lo mío con Daniel. O a lo mejor consideraba que me lo tenía merecido.

Esa idea consiguió que mi sonrisa se hiciera añicos. Nunca lo había pensado, pero ¿podía haber sido cosa del karma? ¿Lo que se siembra se recoge, o algo así? ¿Había acumulado yo demasiadas energías negativas a lo largo de mi existencia y ahora la vida me decía namasté, Zooey, y que te jodan?

Hmmm. A lo mejor.

Gracias por ayudarme ―T.J. interrumpió mi viaje espiritual al acercárseme de una zancada. Retuvo mis ojos con tanta insistencia que me vi obligada a echar la cabeza hacia atrás para soportar todo el peso de su mirada. Era considerablemente más alto que yo―. Aunque, por el otro lado, si no me hubieses derribado, no me habría hecho falta tu ayuda. Así que… ¿gracias por nada?

Apreté los labios en una línea fina y tensa para desvelar mi arrepentimiento.

Lo siento. De veras.

No pasa nada. Quedas perdonada. ¿Qué haces aquí?

Pasé de inventarme alguna historieta y, en vez de eso, le dije la verdad.

Bueno, mamá está ingresada y…

¿La señora Patton está enferma? ―se preocupó T.J.―. ¿Qué es lo que le pasa?

Me encogí de hombros.

Aún no lo sabemos. Le están haciendo algunas pruebas.

Él posó una mano en mi hombro. No era un gesto sexual o provocativo. Solo pretendía trasmitirme apoyo. Así y todo, no pude reprimir un leve estremecimiento que contrajo mi estómago. Aquel era un hombre completa y absolutamente masculino, y eso me intimidaba. En su presencia, a pesar de mi casi metro setenta y dos de altura, me sentí pequeña y frágil.

Espero que todo salga bien ―me dijo con tono afable.

Oh, seguro que no es nada. El azúcar o algo así. Ya sabes que, después de cierta edad, el cuerpo da algún que otro fallo.

Hablaba tan deprisa porque era incapaz de contener mi nerviosismo. Su mano era grande y fuerte. Notaba su calidez a través de la ropa y, por algún motivo, se me empezó a elevar la temperatura corporal. ¿Todo eso sucedía porque hacía meses que ningún hombre me tocaba de forma íntima? ¿Debía achacar mi reacción a las hormonas desquiciadas, o más bien a un oculto deseo de hacerle daño a Daniel acostándome con otro hombre?

¡Qué despropósito! T.J. está tan cañón que hace que a una se le doblen las rodillas, me tranquilicé a mí misma, decidida a no buscar significados tan profundos. No se trataba de un retorcido deseo de vengarme de mi querido y adúltero marido. Ese hombre me parecía guapo y punto. Además, era el primer representante del sexo opuesto que se interesaba por mí en mucho tiempo. Decidí que sentirme atraída por él era lo normal.

Ahora que lo mencionas, a mí cada día me chascan más las rodillas ―bromeó él con un guiño.

Si te sirve de consuelo, a mí también. Pero, chisssstt, no lo digas por ahí. Tengo una reputación.

Reímos, divertidos por la broma, hasta que él carraspeó, retiró la mano y se rascó la nuca. Era como si algo le perturbara de pronto, como si esa intimidad le asustara de algún modo. Su sonrisa se había tornado tensa y menguaba con cada segundo que trascurría. La mía, por el contrario, se mantuvo intacta.

Busqué sus ojos azules y los estudié embobada. Me hallaba ante uno de los hombres más guapos con los que me había topado en toda mi vida, y eso que vivía en Nueva York, el centro del mundo civilizado, donde había montones y montones de tipos apuestos.

T.J. era guapo. Indiscutiblemente. Pero era mucho más que un rostro masculino y un cuerpo forjado a base de trabajos pesados.

Cuanto más lo observaba, más convencida estaba de que su aspecto físico no era lo único que me atraía de él. No se trataba solo de la dureza de unas facciones esculpidas y tostadas por el sol, o de la solidez de una figura alta y robusta. Había algo en sus ojos, un aire de honradez que hacía años que no veía en nadie.

No sé por qué, pero tuve la impresión de que T.J. era un tipo leal. Alguien como mi cuñado Logan. Alguien como mi padre. Alguien completamente opuesto a Daniel.

Aparté ese pensamiento de mi cabeza. Pensar en mi marido me ponía en plan homicida.

Siento oír lo de tu madre ―me dijo T.J. con voz cálida―. Espero que se mejore pronto.

Esbocé una sonrisa forzada y tensa. Notaba frío en el hombro desde que él había retirado la mano.

Gracias. Bueno, tengo que dejarte. Me están esperando.

Claro. ―Palmeó mi hombro a modo de despedida, besarnos habría resultado incómodo para ambos, y me sonrió por última vez―. Me alegro de verte.

Lo mismo digo. Adiós, T.J.

Adiós, Zooey. Dale recuerdos a tu madre.

Lo haré.

Se marchó, con los andares perezosos de un hombre que es sexy y no le importa que los demás lo sepan, y yo solté todo el aire que había retenido hacia los últimos segundos de nuestra conversación, y continué mi camino por el pasillo, procurando no derribar a nadie más.

Delante de la puerta de mamá, cuadré los hombros, llamé con suavidad y me preparé para enfrentarme a lo que fuera que tuviera que afrontar.

Estaban todos ahí cuando entré. Mi hermana Liberty y su odioso marido Tom, mi hermana Jennifer y su marido Logan, mi hermana pequeña Rachel…

Y, por supuesto, mamá, que se alegró muchísimo de verme.

Era la hija a la que menos veía. Mis hermanas mayores vivían en el condado, y, de una forma u otra, sus caminos se acababan cruzando tarde o temprano, en el mercado o en la peluquería. Puede que incluso en el cementerio. Dios sabía que había mucha gente querida sepultada en el cementerio local.

Rachel, a pesar de estar viviendo en California, visitaba a mamá como mínimo dos veces al año.

Yo, en cambio, después del entierro de papá, no lo había hecho, siempre por falta de tiempo, organización o cualquier otra excusa estúpida a la que me aferraba para justificar mis ausencias en fechas señaladas.

Incómoda a más no poder, me detuve en el umbral y los evalué a todos con mirada inquieta. Me sentía un poco fuera de lugar delante de mi propia familia. Yo era la desconocida, la que se había desentendido por completo de los demás. Era imposible que me sintiera cómoda en esas circunstancias. Era una intrusa.

Hola ―saludé, notando cómo se me alzaban los bordes de la boca en un gesto tenso, una sonrisa que no tardó más de un par de milésimas de segundo en apagarse encima de mis labios.

Los ojos de mi madre resplandecieron como un chispazo, iluminando su rostro afectuoso, aunque marchito por el cansancio.

¡Zooey! ¡Dios mío! ¡Has venido desde Nueva York!

Lo dijo como si hubiese tenido que venir desde la Luna, y experimenté cierto malestar al comprender que no había sido una buena hija. En los últimos cinco años no había ido a verla ni una sola vez. Supongo que no le había perdonado a mi madre el haberse posicionado del lado de Jennifer en el escándalo que nos acabó dividiendo a las cuatro hermanas en dos bandos: por un lado, Liberty y Jennifer, y por el otro, Rachel y yo. En mi opinión, una madre tiene que mantenerse ecuánime en algunos asuntos.

Pero ese no era un buen momento para ventilar los trapos sucios. Mi madre estaba ingresada en el hospital, y yo estaba preocupada por ella. Pese a que nuestra relación se había enfriado muchos años atrás (fugarme con Daniel lo había echado todo a perder, ya que a ella le sentó como un jarro de agua fría que nos casáramos sin su bendición), no dejaba de ser mi madre.

Así que me acerqué a su cama, le di un beso en la frente y dejé el ramo de flores sobre la mesilla.

Hola, mamá. Me alegro de verte.

¡Pero qué guapa vienes! ¿Qué te has hecho en el pelo?

¿Esto? Ya ves, me lo he tenido de castaño. Estaba cansada del eterno y aburrido rubio que me dejaste en herencia.

Mi madre se rio y rozó el largo mechón que yo acababa de soltar.

Y lo llevas ondulado como las estrellas del cine. Qué bonito. Parece caramelo derretido, ¿verdad, Titi?

A mi hermana Liberty la llamábamos Titi. Como era peluquera, mamá la consideraba la máxima autoridad en cuanto a peinados. Siempre pedía su opinión para todo lo relacionado con la moda capilar.

Sí, mamá. Muy bonito. Hola, Zooey. Te veo… muy bien. Muy guapa. Muy… joven.

Lamenté no poder devolverle el cumplido. En vez de decir nada, correspondí con una sonrisa triste. Me entristecía verla tan desmejorada a sus treinta y seis años. Tenía cara de estar sufriendo, surcos de amargura donde no debía tenerlos. Mi hermana era profundamente infeliz, y lo advertí con una sola ojeada.

Titi era la mayor. La primera en tener pechos, la primera en perder la virginidad, y la primera en cagarla al casarse con el tipo más cretino que alguien fue capaz de parir. Mis relaciones con ella se habían enfriado mucho antes de lo de Jen y Rach, y sucedió por culpa de Tom, que se propasó una noche en la que yo cuidaba de Ayleen, su hija.

Fue una experiencia horrenda. Mi hermana había salido con unas amigas, y se suponía que Tom trabajaría hasta muy tarde, pero, por algún motivo, llegó a casa antes de lo previsto. Ayleen estaba durmiendo en su habitación y yo veía la tele en el salón.

Nada más llegar, Tom abrió una lata de cerveza, se sentó a mi lado en el sofá y, conforme avanzaba la noche, se me acercó cada vez más, hasta que acabó encima de mí, su lengua con sabor a alcohol intentando penetrar mi boca y sus asquerosas manos manoseándome los pechos apenas desarrollados. De no haber sido porque Titi entró en ese momento, gritando que ya estaba en casa, no sé qué habría pasado.

Tom me soltó de inmediato, me dijo que cerrara la puta boca y subió al dormitorio antes de que las pisadas de Titi alcanzaran la sala de estar.

Al verme tan pálida, mi hermana me preguntó qué me sucedía. Se lo conté entre lágrimas, le dije lo que me había hecho Tom, pero la reacción de Titi no fue la que yo esperaba. Me abofeteó y me dijo que era una puta mentirosa y que estaba celosa de su relación, y luego me echó de su casa. Yo tenía dieciséis años en aquel entonces. Titi, veintidós. Habían pasado catorce años y ella seguía casada con él.

Y eso era algo que yo no podía perdonarle a mi hermana mayor. No el hecho de no haber creído en mí, sino el haberse destrozado la vida siguiendo al lado de un canalla como Tom. Ella se merecía algo mejor. En el fondo, era buena persona, puede que la mejor de las cuatro.

¡Pero si es la señora escritora! ―exclamó Rachel, muy contenta de verme.

Guionista ―la corregí con una sonrisa ladeada. Me acerqué a ella y le di un abrazo fuerte―. Hola, peque.

Aunque yo solo era tres años mayor que ella, para mí era la pequeña, la niña a la que defendía de los abusones en el cole y a la que le hacía bocadillos para merendar cuando mi madre no estaba en casa.

¿También te llamó Jennifer? ―le susurré.

Un estremecimiento recorrió el delgado cuerpo de Rachel al ser mencionado el nombre de la hermana mediana.

No. Fue Titi.

Qué suerte la tuya.

¿Tú crees?

Jennifer y Rachel llevaban unos once años sin hablarse, y era por culpa de Logan. Por lo visto, cada vez que las hermanas Patton armaban una trifulca, había un hombre de por medio.

Aunque cabe mencionar que mi cuñado Logan era todo lo contrario a Tom. A mí me parecía un hombre de un carácter irreprochable y una generosidad casi abrumadora. Era noble y leal como nadie a quien yo hubiera conocido, y puedo afirmar sin temor a equivocarme que se podía contar con él incluso en los momentos más cruciales de la vida. Logan era de los que nunca abandonaban el barco. Por mucho que este estuviera a la derriba, él se quedaba hasta el fin, luchando, dándolo todo para mantenerlo a flote.

Logan era mi amigo. Uno de mis amigos más queridos. Para mí, él era más familia mía que mi hermana Jennifer. La familia no solo es sangre. También es lealtad. Confianza. Comprensión. Y Logan me había dado todo eso y mucho más.

Rachel se enamoró de él cuando era una cría, y no fue de extrañar. Logan Miller era guapísimo. Unos ojos azules de infarto, un cuerpazo que te hacía temblar y unos andares tan sexys que las chicas casi se desmayaban cuando le veían llegar a un rodeo. Era bastante más mayor que ella, pero a Rachel no le importó.

Un día proclamó que tenía pensado casarse con Logan Miller. Ella tenía quince años por aquel entonces. Él, veinticinco. Y a todos nos pareció bien.

Menos a nuestra hermana Jennifer, la reina del baile del instituto y la chica más ambiciosa de todo el estado de Texas. Si antes del enamoramiento de Rachel, Logan no representaba ningún interés para ella, al enterarse de los sentimientos de nuestra hermana pequeña, Jen se empeñó en cazarlo. Creo que solo lo hizo para fastidiar. Era demasiado superficial como para albergar sentimientos sinceros. Lo que le sucedía era que, sencilla y llanamente, no podía soportar la idea de no ser ella el centro del puñetero universo.

Sometió al pobre Logan a una autentica cacería, y el día en el que Rachel cumplió los dieciséis años, en su misma fiesta de cumpleaños, se lo trajo a casa y nos anunció que iban a casarse. La reacción de Rach fue devastadora. Era su primer amor, y nada duele más que te lo arranquen de forma tan injusta y por puro capricho, además.

Sinceramente, creo que, más que perder a Logan, lo que más le partió el corazón fue la traición de una de las hermanas a la que ella más admiraba. Rachel era demasiado joven entonces como para saber que Jennifer no era sino una cara bonita sin nada sustancioso en el interior.

Ante el escándalo que empezó a agitar cada vez más los cimientos de nuestra familia, las dos hermanas mayores hicieron piña. Según era de esperar, Titi defendió a Jennifer como siempre hacía. Mis padres también se pusieron del lado de su segunda hija. En definitiva, Jennifer, de veintidós años, estaba en edad de casarse. Rachel no era más que una niña con un encaprichamiento ridículo. De toda la familia, yo fui la única en posicionarse a su lado; la única en ofrecerle apoyo moral cuando más falta le hacía.

Aún recuerdo lo deprimente que fue la adolescencia de Rachel. No solo porque la arrastraron a la boda de su hermana para ver cómo esta se casaba con el hombre al que ella aún amaba a pesar de todo, sino porque, encima, obligada por mamá, tuvo que desempeñar el papel de dama de honor, llegando incluso a ayudar a Jennifer a preparar su atuendo para la noche de bodas con Logan. Aquello debió de ser muy doloroso para ella.

Después de la boda de Jennifer y Logan, la pequeña Rach se volvió cada vez más y más retraída, se refugió en un caparazón casi impenetrable para evitar que le volvieran a hacer daño. No tenía ninguna amiga aparte de mí, y no salió con ningún chico durante todo el instituto. Navidades, Acción de Gracias y cada uno de los cumpleaños familiares, suponían un auténtico suplicio para ella, pues Jennifer siempre se las apañaba para restregarle su felicidad conyugal, fuera esta real o no.

Tan pronto como se graduó en el instituto local, Rachel obtuvo una beca (a falta de una vida social, se pasaba el día estudiando) y se marchó a París a aprender los secretos de la alta costura. Me sentía muy orgullosa de sus logros. Tras largos años de duro trabajo, ahora, con solo veintisiete años, mi hermana pequeña se había convertido en una de las mejores diseñadoras del país. Era dueña de una boutique de lujo en Los Ángeles y había conseguido engatusar a la clientela más distinguida de toda la costa oeste, desde actrices de cine hasta cantantes, e incluso la primera dama. Todo el que era alguien y se preciara de ello, había presumido alguna vez de un modelito de Rally.

Yo misma lucía uno aquella tarde, un mono azul marino de rayas blancas, que entrelazaba la elegancia con la comodidad.

¿Sabemos algo de las pruebas? ―pregunté, a nadie en concreto.

Seguimos esperando ―contestó Logan con una sonrisa bonachona.

Me alegré de descubrir que el estar casado con mi hermana no le había avinagrado el carácter. A diferencia de todo el mundo, él era el que menos había cambiado con el curso de los años.

De acuerdo, lo encontré un poco más mayor, se le formaban pequeñas arruguitas alrededor de los ojos cada vez que sonreía, pero seguía siendo el Logan de siempre, alto, guapo, moreno y leal. De algún modo, me recordaba a T.J., el mismo tipo de tejano bronceado y corpulento que se pasaba el día trabajando en el exterior. La idea de encerrar a Logan o a T.J. en una oficina resultaba desternillante. Se habrían subido por las paredes. Eran hombres de acción. Les gustaba sentir el aire en la cara y la lluvia empapando su ropa. Eran libres como potros salvajes, y eso les hacía felices. No, de ningún modo me los imaginaba trabajando de contables, atrapados en un habitáculo de menos de quince metros cuadrados.

Bueno, ¿y qué te cuentas, Zooey? ¿Daniel no viene contigo?

No tenía pensado comentarles el aprieto por el que pasaba mi matrimonio con Daniel, y mucho menos si el que preguntaba era el cretino de Tom.

Tiene mucho trabajo ―contesté con gelidez.

Los tipos de la ciudad. Siempre tan ocupados.

Decidí cambiar de tema. Lo que menos me apetecía era conversar con un cretino y que el tema de conversación girase en torno a otro cretino.

¿Y qué tal vosotros? Seguís igual, imagino. Parece que en Texas nunca sucede nada nuevo.

Yo he dado un paso hacia adelante y he comprado la peluquería ―anunció Titi con una sonrisa que le arrugó muchísimo las esquinas de los ojos. Incluso su alegría enmascaraba un ligero matiz de tormento, y, sin poder evitarlo, volví a experimentar un extraño sentimiento de lástima. Me sentía culpable por eso porque sabía que yo, en su lugar, habría odiado despertar compasión.

Enhorabuena, Titi ―la felicitó Rachel.

Nuestra hermana mayor recibió sus sinceras palabras con un gesto de cabeza. Yo también la felicité. Me alegraba por ella. Era una buena noticia que al menos el trabajo le fuera bien.

Gracias. Me hacía falta. Estaba harta de trabajar siempre para otros.

Mi chica se merecía un proyecto nuevo. Y si trae más dinero a casa…

Rachel y yo pusimos los ojos en blanco a la vez.

¿Alguien quiere un café? ―ofreció Jennifer con aires de gran anfitriona.

Seguía siendo una reina de la belleza, pero del tipo vulgar. Todo en ella rebosaba vulgaridad, su vestido corto y escotado, el estampado animal, sus sandalias rosas llenas de pedrería, las uñas largas y rojas como las de una bruja… No me costaba ningún esfuerzo imaginármela subida a una escoba, esparciendo maleficios y risas diabólicas.

Jennifer era la única hermana Patton que no había superado la adolescencia. Para ella, fue su época de gloria, el tiempo de su vida, y se negaba a dejarlo escapar así como así. Imagino que por eso aún lucía el mismo estilo de ropa que solía llevar en el instituto, como si se negara a admitirse a sí misma que ya no le sentaba bien. Al hablar, empleaba un tono chulesco, y siempre masticaba el chicle con la boca abierta. Si mi hermana hubiese inventado una corriente artística, los expertos la habrían denominado chonismo.

Deberías traer café para todos ―increpó mamá.

No voy a poder con todo, ma. Somos muchos.

De algún modo, Jennifer siempre se las apañaba para parecer una pobre damisela en apuros. Supongo que era así como había engatusado a Logan en su juventud. Si hay algo a lo que los hombres como Logan y T.J. no pueden resistirle, es una pobre damisela necesitada de su ayuda.

Pues llévate a Titi y a Tom ―resolvió mi madre, un poco irritada por la falta de iniciativa de mi hermana.

Está bien. Pero no esperéis milagros. El café del hospital es una mierda. Lo digo sobre todo por las pijas.

O sea, Rachel y yo.

Seguro que está bien ―aseveró Rachel con una sonrisa forzada.

Bueno, yo os lo he avisado. No quiero oír quejas después. Vamos, Titi. Tom, ¿a qué coño estás esperando? Ven a echarnos una mano. No me seas vago.

En cuanto ellos desaparecieron detrás de la puerta, mi madre me sonrió y se volvió hacia Logan.

Logan, cariño, ¿te importaría ir a decirle a Jennifer que compre también un par de botellitas de agua? Tengo la garganta tan seca como el estado de Arizona. Y ayúdala a traer las cosas. No querremos que se rompa alguna uña en el proceso.

Logan, insolentemente recostado contra la pared, alzó la esquina derecha de la boca en una sonrisa picaresca.

Desde luego que no. Todos conocemos su tendencia al dramatismo. ¿Necesitáis algo más?

Nos miró con sus profundos ojos azules. Rachel y yo declinamos en silencio.

No, cielo. Con eso será suficiente ―respondió mamá.

Mi cuñado se enderezó y, al pasar por delante de nosotras, se despidió con un guiño.

Era impresionante como, en apenas unos segundos, mi madre se las había arreglado para quedarse a solas con Rachel y conmigo. Sabía perfectamente que lo había hecho aposta. Estaba al tanto de que ni Rach ni yo nos encontrábamos cómodas en presencia de nuestras dos hermanas mayores, y lo que pretendía era aflojar la tensión que cargaba el aire cada vez que nos juntábamos.

¿Qué tal te encuentras, mamá? ―quise saber, evaluándola desde la ventana sobre la que me había apoyado.

Mi madre calló un momento.

Bueno… bien, pero…

¿Qué pasa? ―se inquietó Rachel.

Mi madre se incorporó un poco y mi hermana corrió a colocarle la almohada. Fue entonces cuando me percaté de lo débil que estaba, de su palidez, de lo mucho que se le notaban los nudillos de las manos. Estaba en los huesos. Había cambiado mucho a lo largo de esos cinco años que llevaba sin verla.

No es la primera vez que me desmayo ―susurró con aire culpable.

Parpadeé y me enderecé con tanta brusquedad que experimenté un ligero mareo, a lo mejor producido por la falta de alimento. La verdad era que no había probado bocado en todo el día.

¿Qué intentas decir? ―farfullé, y yo misma percibí el deje de miedo que arrastraban mis palabras.

Pues que llevo un tiempo encontrándome mal. No lo sé, he perdido bastante peso, y tengo nauseas casi todo el rato. Si no fuera imposible, diría que estoy preñada. ―Se rio; sin embargo, ni a Rachel ni a mí nos hizo gracia la broma―. ¡Vamos!, borrad esas muecas de preocupación. Seguro que no es nada. Vuestra madre está más sana que una manzana. No he descansado demasiado bien estas últimas semanas. Os prometo que a partir de ahora no me lo tomaré tan a la ligera y así os ahorraré estos sustos tan tontos.

Mi hermana y yo intercambiamos una mirada cargada de preocupación.

Eso estaría bien, mamá ―balbuceé con voz temblorosa.

Ella sonrió como solo una madre sabe sonreírte. Con ese afecto indiscutible.

Contadme, hijas, ¿qué tal os van las cosas? Hace mucho que no hablo contigo, Zooey. Me habré perdido muchas cosas de tu vida.

Solo ella podía decir aquello sin que sonara como un reproche. Me tragué las lágrimas e intenté disimular con una sonrisa la inquietud que se me había enroscado en el estómago.

Tampoco tantas. He estrenado un musical hace dos semanas, y lo cierto es que el guion ha recibido muy buenas críticas. Estoy contenta. Cualquier día de estos me llama algún pez gordo para escribir una súper obra de Broadway ―bromeé. Estaba a mil años luz de que me pasara algo así de bueno.

¡Enhorabuena, cielo! Estoy muy orgullosa de ti. Y de ti también, Rachel.

Ah, y Daniel me pone los cuernos con su mejor amiga, Charlotte. La visteis en las fotos de la boda. Sí, la abogada, alta, rubia, espectacular. Sabéis a quién me refiero, ¿verdad? La que os cayó mal nada más verla. Por lo demás, todo sigue igual.

Sobrevino un tenso momento de silencio. No tenía pensado contarles nada de eso, y mucho menos de esa forma tan teatral, pero las palabras brotaron disparadas y no pude detenerlas a tiempo. A lo mejor la tendencia al dramatismo era un rasgo de familia.

Rachel colocó una mano en mi hombro para transmitirme su apoyo.

Oh, Zooey ―murmuró compasiva.

Lo siento, cariño. ―Mi madre me alargó la mano―. Lo siento en el alma. Sé lo mucho que le amabas.

Me aferré a sus dedos y los estreché con fuerza. Como una niña valiente.

Mamá…

Quería tener el coraje de decir que no pasaba nada, que no me importaba, que lo superaría, pero no pude. La presión en mi pecho se volvió tan lacerante que rompí a llorar.

Por fin. Después de todas las horas de embotamiento que habían pasado desde que Daniel me lo había confesado, por fin pude desahogarme.

Rachel me condujo a la butaca que había al lado de la cama de mamá, y mientras yo lloraba en silencio, mi madre me frotó despacio la mano. Su piel estaba muy fría y áspera al tacto. Las manos eran la única parte de su cuerpo que desvelaba su edad.

Lo que más me duele es que yo ni siquiera me di cuenta de lo mal que estábamos ―confesé entre lágrimas―. Llevo con él prácticamente toda la vida, y no lo vi venir. ¿Cómo pude ser tan imbécil?

Cariño, la culpa no es tuya.

Mamá tiene razón. No te martirices, Zooey. Esto solo es culpa de Daniel. Menudo cerdo.

Claro que es culpa mía ―rebatí y me sequé las esquinas de los ojos―. Estoy siempre trabajando y me pierdo muchísimas cosas. Apenas hablábamos, apenas hacíamos cosas juntos… ¿Qué voy a hacer ahora?

Divorciarte.

Dejé de llorar y miré a mi madre con la mandíbula desencajada. Que ella dijera algo así me resultaba inconcebible. Más que nada, porque mi madre era una acérrima opositora del divorcio. De hecho, seguro que hubiese preferido tener a una hija afiliada a la Iglesia Satánica. Cualquier cosa era mejor que estar divorciada.

¿Qué? ¿Quieres que me divorcie de Daniel?

Yo no quiero que lo hagas, cielo. Tienes que hacerlo ―recalcó con férrea convicción―. He cometido algunos errores con vosotras, niñas, y ahora lo veo. ―Sus ojos apuntaron a Rachel, y esta tragó saliva al comprender de qué iba aquello―. No os he apoyado cuando estabais necesitadas de mi apoyo. Me mantuve tan chapada a la antigua que… Siento no haberte apoyado, Rachel. Siento haber dejado que tu hermana le destrozada la vida a un buen chico y que te amargara gran parte de la tuya. Hace años sacrifiqué la felicidad de mi hija pequeña por mis convicciones, Zooey ―continuó, moviendo los ojos azules hacia los míos―. No volveré a cometer el mismo error contigo. Así que, si quieres abandonar a Daniel, tienes mi bendición.

Con lágrimas en los ojos, Rachel y yo cogimos cada una la mano de mamá y le sonreímos con ternura.

Gracias, mamá. Creo que necesitaba que alguien me dijera eso. Mi mente no se atrevía a formular la palabra divorcio.

Al oír cómo se abría la puerta a mis espaldas, me callé y me tragué las lágrimas.

¿Y esas caras largas? ¿Quién se ha muerto? Espero que haya tenido la decencia de incluirme en su testamento.

Rachel y yo nos volvimos a la vez hacia Jennifer y le dedicamos una mueca de irritación.

Hogar dulce hogar, pensé con los ojos entornados.

Espero que hayas disfrutado del adelanto. Te prometo que la historia de Zooey y T.J. te encantará. Si aún no tienes tu ejemplar, estás a tiempo de reservarlo, haciendo click aquí

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Gratis, solo hoy, Al hombre que dejé atrás

Destacado

Sinopsis:

«Una chica regresa a Boston para hacer las paces con su pasado.
Un hombre acude cada vez que llueve a un bar de soul, se sienta siempre en la misma mesa, se pide una copa de whisky y espera en silencio a que empiece una canción vinculada al pasado.
Dos existencias vacías. Dos almas desgarradas por la soledad. Un abismo de tiempo separándolos.
El profesor de arte Wesley Holt queda asombrado cuando su más brillante alumna le pide un extraño favor: que uno de sus cuadros sea colocado en la galería del señor de Winter. Para Wesley, de Winter es un hombre de trato difícil, adusto, exigente, seco… No entiende por qué Hayley se empeña en enviarle su mejor y más emotiva obra. Y lo que le parece todavía más extraño, que se la envíe gratis.
Pese a su reserva, intenta persuadir al odioso de Winter para que acceda a tal sorprendente petición.
Al serle mencionado el nombre de la pintora, parecido al de la chica él lleva cinco años buscando desesperadamente, Jesse de Winter, intransigente como siempre, exige ver de inmediato el cuadro.
Y será delante de la obra llamada Al hombre que dejé atrás…, cuando Jesse será relegado a un pasado más real y más doloroso que nunca».

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Al hombre que dejé atrás… Capítulo 1 y 2

Destacado

Sinopsis

 

Una chica regresa a Boston para hacer las paces con su pasado.

Un hombre acude cada vez que llueve a un bar de soul, se sienta siempre en la misma mesa, se pide una copa de whisky y espera en silencio a que empiece una canción vinculada al pasado.

Dos existencias vacías. Dos almas desgarradas por la soledad. Un abismo de tiempo separándolos.

El profesor de arte Wesley Holt queda asombrado cuando su más brillante alumna le pide un extraño favor: que uno de sus cuadros sea colocado en la galería del señor de Winter. Para Wesley, de Winter es un hombre de trato difícil, adusto, exigente, seco… No entiende por qué Hayley se empeña en enviarle su mejor y más emotiva obra. Y lo que le parece todavía más extraño, que se la envíe gratis.

Pese a su reserva, intenta persuadir al odioso de Winter para que acceda a tal sorprendente petición.

Al serle mencionado el nombre de la pintora, parecido al de la chica él lleva cinco años buscando desesperadamente, Jesse de Winter, intransigente como siempre, exige ver de inmediato el cuadro.

Y será delante de la obra llamada Al hombre que dejé atrás…, cuando Jesse será relegado a un pasado más real y más doloroso que nunca.

 

26231474_546332879053179_7659936171014642326_nCapítulo 1

 

Presente

 

―Señorita Button, ¿está conmigo?

Era la tercera vez que el profesor de Arte le llamaba la atención a su alumna. Hayley ni siquiera le escuchó. Su mirada estaba perdida en la nada. El profesor Wesley Holt pensó en que nunca había conocido a nadie tan atormentado como esa chica que tanto se había empeñado en dar clases particulares con él, incluso cuando no le hacía falta en absoluto.

Había tenido alumnos malos, alumnos regulares y alumnos buenos. Hayley Button pertenecía a la categoría de brillante. Así pues, ¿qué hacía él ahí, en su salón, hablándole sobre la influencia de Michael Wolgemut en algunos de los pintores del Romanticismo? Y, lo que era aún peor, ¿por qué se estaba esmerando tanto, cuando era obvio que ella ni siquiera le escuchaba?

Era de dominio público que Hayley no tenía pensado seguir los pasos de su profesor. Nunca había mostrado interés alguno en la docencia ni en los tecnicismos de los que él hablaba con tanto orgullo, aun siendo consciente de que no servían de absolutamente nada en la práctica. En el Arte, o había talento o no lo había. Se trataba de una disciplina pragmática y bastante sencilla de comprender. La premisa no podía haber sido más elemental: no tenía sentido conocer todas las técnicas de los góticos si eras incapaz de dibujar un conejo. Conclusión: debías saber dibujar conejos, antes de encaminar tus pasos hacia el Arte. Así de claro lo tenía el profesor.

Por supuesto, había casos de gente especial, los que cursaban Arte sin ser demasiado buenos en ese campo. El mismo Wesley, sin ir más lejos. Modelar a los futuros artistas era su vocación. Nadie dudaba de su capacidad. Algunos de los mejores pintores del país habían pasado por sus manos, y todos le dirigían alabanzas.

En la práctica, en cambio, a la hora de convertirse él mismo en un artista, Wesley era mediocre. Sus cuadros no decían nada. Técnica correcta, siempre perfecta. Y, aun así, carente de vida. Lineal, sin arriesgar demasiado.

Claro que, sin riegos, había tan poca pasión…

Hayley Button no tenía ese problema, por fortuna. Tras licenciarse, su intención era abrir su propia galería de arte donde exponer sus inmejorables cuadros. Si Wesley podía pasarse horas y horas hablando sobre técnicas de dibujar, ella era capaz de hacer algo mucho mejor que eso: podía llevar esas técnicas a la práctica. Y los resultados eran dignos de exponerse incluso en las mejores galerías del mundo, al lado de grandes artistas cuyos nombres Wesley no podía hacer más que atreverse a citar. Sabía que él jamás se acercaría a ese nivel, por muy estoico pintor que fuese. Hayley, por el contrario… Ella era otra historia.

No le necesitaba a él para dibujar. No le hacía falta ser modelada. Ella llevaba el Arte dentro, probablemente en la cabeza, o en las profundidades del corazón, y no experimentaba problemas a la hora de sacarlo de ahí y enseñárselo al mundo, lienzo tras lienzo, obras maestras y regias, obsesivamente encaminadas hacia la misma temática.

Como aquel que los ojos verdes del profesor estaban examinando con suma atención y, quizá, con una pizca de envidia profesional.

Los tonos del nuevo cuadro de Hayley eran igual de sombríos que siempre. Wesley pensaba que ella pedía a gritos un poco de amor. ¿Acaso no era eso lo que le inspiraba su trabajo?, ¿falta de amor y una desgarradora soledad? En el corazón de Hayley siempre llovía. También lo hacía dentro de sus cuadros. Ella era uno de esos pintores que se arrancaban el alma y la plasmaban en un lienzo. Hayley al desnudo. O Desnudando a Hayley. Habría sido un excelente título para ese cuadro.

―¿Cómo se llama? ―se interesó Wes con voz suave.

Al advertir el ensimismamiento de su alumna favorita, la mente del profesor voló hacia su mentor, el gran pintor y amigo suyo, el señor Nakajima. ¿Qué haría Nakajima si se viera inmerso en una situación similar? Gritarle en japonés. Seguro que le gritaría en japonés. Pero él no podía gritarle a Hayley. Ella parecía demasiado sensible. Demasiado frágil. ¿Cómo se sentiría él si esos tristones ojos marrones se alzaran, repletos de lágrimas, hacia los suyos? Sin duda, devastado. No podía jamás lastimar a alguien como Hayley. Era algo impensable.

Por lo que, en vez de actuar como su mentor, hizo algo más propio de sí mismo y colocó una mano encima de la suya, lo cual surtió el efecto deseado, pues Hayley pareció regresar a la vida en ese momento.

―Disculpe. Estaba distraída. ¿Qué decía?

―Le preguntaba que cómo se llama su nuevo cuadro.

Los ojos de la chica se movieron, azorados, hacia el lienzo que aún olía a pintura. Era el retrato de un hombre. Un retrato especial. Los cuadros de Hayley tenían unas cuantas cosas en común, pues la artista mostraba una extraña fijación por algunos detalles. En primer lugar, el escenario variaba poco de un cuadro al otro. Siempre retrataba a un hombre, en un mundo donde llovía a cantaros. Y siempre era otoño. Para Hayley no existían otras estaciones del año. En su corazón, nunca dejaba de ser otoño.

En ese cuadro en concreto, los cielos, de un azul rayano en el negro, se alzaban amenazadores por encima de la lejana silueta que se fundía con la lluvia. El suelo, teñido de un marrón bastante oscuro, estaba poblado de hojas doradas. Un puñado de ellas flotaban, muertas, a ambos lados del camino.

El hombre al que ella pintaba con tanta insistencia siempre se hallaba de espaldas, en mitad de una tormenta. Algunas veces paseaba por una playa vacía. Otras, por la avenida de un parque. Lo que siempre se mantenía igual era el hecho de que nunca se le veía el rostro. Eso era la segunda constante en todos sus trabajos. No había rostros.

Él le había hablado hacía tiempo sobre la importancia de la expresión dentro de un retrato. Ella no había escuchado. Pintaba lo que quería y cómo lo quería. No seguía normas ni técnicas. Era caótica a la vez que brillante. Y odiaba las malditas caras.

Hayley no quería mostrar nunca un rostro. No había necesitad de ver una expresión facial. Ella sabía desnudar las almas de otro modo. Y, desde luego, conseguía hacerte sentir la derrota de ese personaje sin rostro, que se alejaba por la senda del pasado, con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta color mostaza. Contemplando la obra, percibías a la perfección su vencimiento; lo devastadora que le resultaba su soledad. Los trabajos de Hayley estaban repletos de esos dos sentimientos, que a Wes le resultan tan obsesivos como el hombre sin rostro y la eterna lluvia otoñal.

―Se llama Al hombre que dejé atrás… ―contestó por fin, con voz melancólica.

―Es un cuadro precioso.

Ella dejó de contemplar la pintura y desplazó la mirada hacia él.

―Profesor Wesley, tengo que pedirle un favor.

Algo se encogió dentro de Wesley. Una parte de él estaba enamorado de ella. No necesariamente de la chica, sino de su alma; del genio que ella ocultaba dentro. La amaba y la admiraba a partes iguales. Quizá no con la pasión de un amante, sino más bien con la fascinación de un aficionado. En su mente, ella era la maestra, y él, un discípulo hambriento de adquirir conocimiento.

―Claro, Hayley. Cualquier cosa que necesite.

―El señor de Winter ―empezó Hayley, un poco cortada por tener que pedirle algo así―. Jesse… ―susurró, casi con pasión―. Tengo entendido que usted reunió todas las obras para su galería particular.

Wes frunció el ceño. No tenía ni idea de dónde conocía Hayley al señor de Winter y, mucho menos, por qué maldita razón le llamaba Jesse, cuando a él le había dicho así de claro y con toda la sequedad del mundo:

―Soy de Winter. ¿Tiene usted algo que hacer en los próximos diez minutos? He de hablarle.

Jamás había mencionado su nombre de pila. Era un hombre adusto y bastante exigente, cuya intransigencia le resultaba preocupante a Wesley. A pesar de que apenas le conocía, el profesor había sacado en claro tres aspectos muy importantes de su carácter: era un hombre que sabía lo que quería, cómo lo quería y, más importante aún, ¡que lo quería para ayer! Cualquier cosa impacientaba a de Winter, cualquier contratiempo, cualquier dilación.

Al profesor Wesley no le caía demasiado bien el señor de Winter.

Aunque admitía que tenía buen gusto para el arte…

Y también que le había pagado una pequeña fortuna por ocuparse de la galería de su nueva casa…

Conclusión: el señor de Winter no era tan malo, después de todo. Solo que no encajaba en la categoría de amigos entrañables de Wesley Holt.

―Y así es. Trabajé para él ―corroboró, incómodo.

―Me gustaría que este cuadro formara parte de su galería.

Wesley la contempló demudado.

―Hayley, su galería ya está al completo. Ayer licité por el último cuadro de su larga lista, y ya lo tengo. Se supone que llega dentro de dos semanas.

―¿Y qué cuadro es ese? ―se interesó Hayley mientras sus soñadores ojos oscuros se paseaban por el rostro del profesor.

La danza de la nieve, de un artista londinense, Paul…

―Ya conozco su obra ―interrumpió ella con una impaciencia que Wesley solo había visto en el mismo de Winter, el mismo temblor nervioso de las manos, la misma aspereza de la voz―. La mía es mejor.

El profesor estuvo de acuerdo con ella. Al hombre que dejé atrás… era mucho mejor que La danza de la nieve. Pero de Winter había sido claro en sus exigencias. Quería esa obra en concreto. Y no aceptaba sugerencias. Los hombres como él nunca aceptaban sugerencias.

―Hayley, si quiere vender la obra, puedo recomendarla a cualquier otro…

―No quiero venderla. Quiero que forme parte de su galería.

―¡¿Por qué, en el nombre del Señor?! ―se enervó Wesley―. ¿Por qué quiere un cuadro suyo en casa de ese hombre tan odioso? ¿El mejor cuadro suyo? ¿Y sin cobrar nada por él?

Hayley lo miró inexpresiva. Su delgado rostro estaba rígido, sus ojos, apagados. Wesley los había visto arder solo un par de segundos a lo largo de esos dos meses que llevaba tratando con ella. Y había sido al susurrar el nombre de Jesse. Así que, ¿qué significaba ese hombre para ella y por qué le había hecho tan extraña petición?

―No tiene necesidad de conocer esa respuesta, profesor.

―No creo que pueda conseguirlo, Hayley ―se sinceró, con voz suave―. Él es un hombre de trato difícil. Y mi reputación está en juego. Con alguien tan influyente como de Winter no se juega.

―Sí, lo sé ―musitó ella retorciéndose las manos nerviosamente―. Lo sé, profesor…

―Bueno, pues… ¿la veré el próximo miércoles?

En un impulso repentino, los delgadísimos dedos de Hayley se enroscaron alrededor de las muñecas de Wesley e impidieron que este se irguiera de la silla. Nunca antes lo había tocado, y él advirtió que su piel era increíblemente gélida, como si no hubiera vida dentro de ella; como si hubiese insuflado su último aliento en sus trabajos y ahora no quedaba más que un caparazón vacío, carente de vida. ¿Siempre había lucido su rostro ese aire tan decrépito? ¿Siempre habían sido sus ojos enormes cuencas vacías? A Wesley le pareció distinta en ese momento. Otra Hayley. Una versión mucho más torturada de la chica que se había presentado en su despacho para pedir clases particulares. ¿Por qué le había pedido clases particulares justo después de que él aceptara el encargo de de Winter? ¿De verdad había sido algo fortuito? Wesley empezó a ponerlo en duda.

―Al menos, dígame que lo pensará ―suplicó ella.

Wesley buscó de nuevo su mirada, y por un momento se le ocurrió pensar que estaban tan cerca que podría haberla besado. ¿Cómo se sentirían esos labios sonrosados encajados entre los suyos? No, no pensaría en nada de eso. ¡Era su alumna, maldita sea!

―Está bien ―cedió, culpable por el rumbo de sus pensamientos―. Me lo pensaré.

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Capítulo 2

 

Llovía. Las gotas se deslizaban despacio por el cristal que tenía delante, y en alguna parte a sus espaldas sonaba Nights in White Satin. Era una melodía melancólica, acorde con la noche que hacía. Jesse sabía que la voz pertenecía a Bettye LaVette. A fin de cuentas, iba a ese bar solo por escuchar a la maldita Bettye.

Y por el whisky, se consoló mientras se acercaba la copa a los labios y tomaba un buen trago.

Estaba sentado en la misma mesa de siempre. Solo. Nunca iba a ese bar llevando compañía. El sitio era un santuario, algo sagrado para él; un lugar de culto. Jamás se le ocurriría llevar ahí a nadie. Ahí solo acudía para rememorar tiempos pasados.

Y por la música, se recordó. No te olvides de la jodida música.

Su móvil vibró encima de la mesa. Jesse miró con dureza la pantalla que se encendía y apagaba, una y otra vez, a escasos centímetros de sus manos. Le molestaba esa intromisión en su intimidad. Y mucho más si el culpable era aquel hombrecillo timorato… ¿cómo diantres se llamaba? Jesse no lo recordaba. Tenía su número de teléfono guardado bajo el nombre de profesor cansino.

Al tercer toque, descolgó de muy mala gana.

―¿Qué desea? ―soltó casi en un gruñido, mientras se aflojaba la corbata azul marino. Los gemelos de su traje oscuro atrajeron los destellos dorados, producidos por las lámparas de ese lugar, y los arrojaron sobre el cristal de la ventana salpicada por la lluvia. El ambiente a su alrededor era cálido y otoñal. En absoluto contraste, Jesse se sentía tan gélido como una larga noche de enero.

―Buenas noche, señor de Winter.

―Sí, sí. Vaya al grano ―se impacientó Jesse.

Se acabó la copa y le hizo una señal con la mano al camarero, que se acercó de inmediato con un nuevo vaso lleno de hielo y alcohol. Todos conocían su impaciencia.

―Disculpe que le moleste tan tarde ―volvió a hablar el profesor, azorado a más no poder.

Jesse desvió los ojos grises hacia su Rolex. Eran las siete de la tarde. No era tan tarde. Lo que sucedía era que el profesor cansino se sentía muy intimidado por él, y eso era precisamente lo que más le impacientaba. Era tan modosito, tan dispuesto a complacer. Le exasperaba la gente así, con tan poca pasión en las venas.

―No se inquiete ―le dijo, con cierta aspereza―. Estoy convencido de que, si me está llamando, es por un asunto de vida o muerte. Así que, ¿de qué se trata?

Al otro lado de la línea, Wesley cogió una honda bocanada de aire. No debía haber llamado. ¿En qué estaría él pensando?

―Profesor, ¿sigue ahí?

―Eh, sí… Verá, me temo que ha habido un contratiempo con una de las obras que pidió.

Jesse hizo una mueca. Odiaba los contratiempos.

―Tendrá que ser más concreto, hombre. No soy adivino. ¿De qué obra se trata?

La danza de la nieve. Eh… Es posible que se haya vendido dos veces y…

―¡¿Que se ha vendido dos veces?! ―ladró Jesse, con una expresión fiera consumiendo sus pupilas―. ¿Cómo ha podido suceder algo así?

―No está muy claro. La buena noticia es que le he conseguido una obra mejor.

―Quiero esa ―insistió Jesse obstinadamente.

―Lo sé. Me lo dejó usted claro. Pero si pudiera ver la obra en cuestión…

―No quiero ver la obra en cuestión. Solo quiero La danza de la nieve, y más vale que me la consiga usted, que para eso le pago.

―Señor de Winter, si confía lo más mínimo en mi criterio ―empezó Wes con la paciencia de un santo, aunque con un tono un tanto resentido―, querrá ver esta obra.

Jesse entornó los ojos. ¿Por qué diablos se empeñaba tanto? No le gustaba la gente cansina. Ya le había dicho que no en repetidas ocasiones. Y, sin embargo, seguía insistiendo.

―¿Quién es el artista? ―quiso saber, desdeñoso.

La artista. En realidad, es una desconocida. Pero es buena. Muy buena.

―Sí, seguro que sí ―dijo Jesse un poco despectivo―. ¿Cómo se llama?

―Hayley Button. Y su obra es Al hombre que dejé atrás… Es una declaración de… ―La voz se volvió cada vez más lejana, hasta que se apagó súbitamente.

Jesse de Winter palideció. Su mente era una vorágine de pensamientos. Se volvió a aflojar la corbata. Aun así, le faltaba aire en los pulmones, como si sus vías respiratorias estuvieran atascadas. No podía ser ella, claro. No era aquella Hayley. Solo era una coincidencia. Una estúpida, inapropiada y, quizá, divertida coincidencia. ¿Cuántas veces no había perseguido él esa clase de coincidencias a lo largo de los años?

Pero el nombre… Ese cuadro… Había algo que le atraía, y Jesse no sabía lo que era. ¿Por qué su corazón latía de ese modo por debajo de su carísima camisa blanca?

―Si usted me lo pide, lucharé con dientes y garras para conseguirle La danza de la nieve ―estaba diciendo Wesley, sin saber que había perdido toda la atención de de Winter en el momento en el que había formulado ese nombre: Hayley―. Pero si quiere dar una oportunidad a una de las mejores artistas de nuestro siglo…

―Quiero verla. La obra. Quiero verla.

―Puedo hablar con Hayley y establecer una cita para la semana…

―Esta noche. ¡Ahora mismo! Quiero verla ―subrayó entre dientes, en un tono que al profesor se le antojo agresivo―. ¿Dónde está expuesta?

A Wes le asombró tantísimo empeño. Hasta hacía un momento se había negado a escucharle siquiera, ¿y ahora lo quería todo de inmediato? ¡Qué hombre tan difícil!

―En ninguna parte. La tiene ella.

―Pues tráigala a mi casa. Le doy una hora. Más vale que cuando llegue, esté ahí.

Y colgó, confirmando la teoría de Wesley de que era un hombre odioso.

Dejó el móvil encima de la mesa, encajado entre sus manos que, por supuesto, registraban ese habitual temblor nervioso. Sus dedos, de uñas cortas y muy bien cuidadas, repiqueteaban intranquilos sobre el cristal de la mesa. Su ceño estaba fruncido, y había mil demonios batallando dentro de su alma.

¿Cuántos años habían pasado sin que él hubiese escuchado ese nombre? Dos, como mínimo. Desde Nueva York. Desde que se había rendido.

―Hayley… ―musitó para sí, y el dolor que le atravesó fue mucho más fuerte de lo que habría sido capaz de expresar con palabras.

Se acabó la copa de un trago, dejó dinero para la cuenta encima de la mesa y se precipitó hacia el exterior, donde llovía más que nunca. Corrió por la acera, abrió su Mercedes plateado y se refugió dentro. Maldijo mientras se echaba los oscuros cabellos hacia atrás y se los peinaba con los dedos.

Hayley… Hayley… Hayley… pensó con una desesperación rayana en la demencia.

Claro que no era ella. No podía ser su Hayley. Ella no quería que él la encontrara, de modo que jamás se habría arriesgado a estar siquiera en la misma ciudad que él, mucho menos hacerle llegar un cuadro suyo. Solo era una coincidencia. Una estúpida coincidencia. Sí, debía de ser eso. Había muchas Hayleys en Estados Unidos. Sin duda, también en Canadá y en Australia. No tenía por qué ser ella.

Jesse giró la llave dentro del contacto, metió primera y salió despacio del aparcamiento. Cambió varias veces de canción, hasta que encontró la que estaba buscando: Nights in White Satin. Bettye LaVette.

Sus ojos estaban nublados de dolor. Escuchar esas notas, ese ritmo laxo, la voz enronquecida de Bettye, las palabras… era un proceso demasiado doloroso para él. Y sin embargo, lo hacía cada vez que llovía, porque le gustaba atormentarse a sí mismo con recuerdos de épocas lejanas.

En el exterior del Mercedes, la lluvia no dejaba de caer. La noche era oscura y gélida. Jesse conducía deprisa, pulsando siempre el botón para que sonara la misma melodía, de un modo obsesivo. Se alejó de nuevo por el camino del pasado y, una vez más, pudo ver a Hayley, acurrucada delante de la ventana, contemplando la lluvia con una taza de cacao humeando entre sus manos.

―¿Por qué te obsesiona tanto esta canción? ―había preguntado él, una noche cualquiera, después de haber presenciado el mismo escenario decenas de veces.

Ella había movido sus almendrados ojos hacia los suyos y había sonreído.

―Tú solo escucha.

Y él había escuchado. Y lo había comprendido todo.

Ahora Hayley ya no estaba con él. Solo podía sentirla cerca cuando escuchaba esa canción. O cuando iba a ese bar que tanto le gustaba a ella. El bar donde ella ya nunca iba… Esa idea le hizo gruñir una maldición. El dolor empezaba a desatarse cada vez más, y Jesse no podía hacer nada para refrenarlo.

Llegado por fin delante de su nueva propiedad, pulsó el mando para abrir la verja y cruzó la entrada deprisa. Aparcó el coche delante de la puerta y, de nuevo, tuvo que salir corriendo para no empaparse. Atravesó pasillos y dejó caer puertas. Le movían impulsos demenciales en los que no tenían cabida la paciencia o el sosiego.

Cuando llegó a su galería, había un nuevo cuadro colgado ahí, ocupando el lugar de la obra que acababa de perder. Jesse se acercó impulsivamente, casi con la intención de pasar los dedos por el lienzo para asegurarse de que no era una aparición. Su rostro se había quedado de piedra al ver a ese hombre bajo la lluvia. Sus ojos no podían dejar de mirarlo.

Escuchó el sonido de unas pisadas a sus espaldas. No se volvió. No le hacía falta. Con ver el cuadro, le bastaba para saber quién era la artista. Reconocía la escena. Recordaba la noche. Por supuesto que Jesse de Winter sabía quién era ese hombre al que ella no dejaba de retratar. Lo que desconocía era la obsesión con la que le retrataba, la misma obsesión con la que él escuchaba la maldita canción de Bettye.

―Te he buscado durante cinco años ―dijo con aplomo, al sentirla detenerse a su derecha.

―No buscaste a Hayley Button, de Colorado.

La voz de Hayley no expresaba nada más que desapego. Jesse frunció el ceño.

―No. Busqué a Hayley Walsh, de Boston. Y a Hayley…

―Debiste haber buscado a Hayley Button, de Colorado ―le interrumpió ella, cortando lo que él tenía pensado decir.

―Sí, supongo ―musitó Jesse, bajando la mirada al suelo. Aún no se había atrevido a mirarla. Tenía miedo de que desapareciera si la miraba―. ¿Por qué estás aquí, Hayley? Has estado huyendo de mí durante cinco años. Has adoptado una nueva identidad para que jamás te localizara. ¿Por qué has vuelto ahora?

Hayley calló durante unos segundos. Jesse se preguntó si ella estaría escuchando el latido de su corazón. O, a lo mejor, solo podía oír la lluvia, golpeando contra las ventanas…

―Se suponía que debía escribirte una carta ―acotó Hayley de pronto.

La arruga del entrecejo de Jesse se volvió más profunda.

―¿Una carta?

―Él dijo que no hacía falta venir a verte. Que bastaba con escribirte.

¿Él? ―repitió, cada vez más devastado.

Se volvió hacia ella y la miró por fin. Y fue entonces cuando estalló todo su dolor y se propagó a través de sus venas. La pequeña Hayley, en persona, estaba de pie a su lado, envuelta en un cárdigan de lana blanca. Llevaba vaqueros azules y unas botas marrones, altas, muy sencillas. Su pelo castaño estaba suelto y caía sobre sus hombros, liso, largo y sedoso, como siempre. No había cambiado demasiado. Parecía la misma chica delgada, frágil y excesivamente vulnerable de la que él se suponía que debía cuidar. Una chica a la que cualquier palabra conseguía herir, incluso si no había sido esa la intención.

―Tenía que venir, Jesse ―lo ignoró ella, manteniendo la vista clavada en su cuadro. Parecía una estatua, tan inmóvil se mantenía a su lado. Su rostro no desvelaba nada. Ni dolor ni alegría. Nada más que hielo e indiferencia. A Jesse le hubiese encantado poder desgarrar esa armadura y ver a la verdadera Hayley, que se ocultaba en el interior de esa chica de enormes ojos mortecinos.

―¿Por qué? ―musitó él, con la voz cargada de emoción―. ¿Por qué tenías que venir?

Los ojos marrones de Hayley se movieron hacia los suyos.

―He pasado página, y quería que lo supieras por mí y no por una carta fría e impersonal.

Jesse de Winter la miró a los ojos un par de segundos más de la cuenta. Y entonces, lo recordó. Lo recordó todo, todo ese bagaje emocional que llevaba años enteros reprimiendo.

 

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Veinte razones para enamorarse de Jesse de Winter (Al hombre que dejé atrás)

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      Hará unas semanas os comentaba que en enero voy a estrenar la que hasta la fecha es mi novela favorita (de las 10 publicadas).

     Estoy muy entusiasmada con este proyecto, y confío en que los personajes de Jesse y Hayley os enamoren como me han enamorado a mí hará un par de meses. Por eso, y con la ayuda de las lecturas cero, he elaborado esta lista en la que os daremos veinte razones para que os enamoréis de Jesse.

     Próximamente, habrá otra lista con razones para enamorarse de Hayley, así que no os la perdáis. XO XO

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1. Porque es leal.

Hayley:

Gracias, Jesse. No sé qué haría si tú no estuvieras aquí.

Jesse:

Nunca lo sabrás. Porque yo siempre estaré aquí. Te lo prometo.


2. Porque es tenaz.

Jesse (a Hayley):

Te he buscado durante cinco años.


3. Porque es solitario.

Jesse (a Hayley):

La soledad de un huérfano es devastadora, Hayley.


4. Porque le gusta corregir a los que se equivocan.

Hayley:

Siempre te imagino en este lugar. En esta mesa. Fuera está lloviendo, como ahora. A lo lejos suena una canción de Bettye LaVette. Nights in White Satin, a lo mejor. Tú bebes bourbon.

Jesse:

Whisky. Yo siempre bebo whisky.

Hayley:

Whisky. Bebes whisky. Y tus ojos vagan ausentes por las gotas del cristal. Tu soledad es innegable. Siempre te imagino así, Jesse.

 

Al hombre que dejé atrás...


5. Porque admite sus propios errores.

Jesse (a sí mismo):

Eres un degenerado, Jesse de Winter.


6. Porque odia al novio de la chica de la que está enamorado (aunque se niega a admitir que está enamorado de ella…).

Jesse (a Mark):

¿No le metiste la lengua lo bastante, gilipollas?


7. Porque sabe ponerse en plan severo.

Jesse (a Hayley):

¡Ni se te ocurra irte con ese adorador de Satán, o te juro que te confiscaré el móvil!

Jesse (al buzón de voz de Hayley):

Soy yo, tu peor pesadilla. ¡Vuelve de inmediato!


8. Pero también es paternal…

Jesse (a Hayley):

Chisss. Calla, pequeña, no llores más. Jesse está aquí.


9. Porque no tiene miedo de mostrar sus sentimientos.

Jesse:

La lluvia me hace sentir solo.

Hayley:

Ya no lo estás. Me tienes a mí.


10. Porque es duro consigo mismo.

Jesse (a sí mismo):

Su cita no tiene nada que ver contigo, cabrón egocéntrico. Está pasando por la época más rebelde de su vida. Además, está en la edad de tener novio. No tienes nada por lo que preocuparte. Ella no está enamorada de ti ni tú de ella. Punto. Sois amigos. Ya está. ¿Por qué no dejas de pensar en Hayley de una vez y te centras en otra cosa?


11. Porque su autoestima no es tal elevada como parece.

Jesse (a sí mismo):

Ese hombre nunca serás tú, Jesse. Nunca. Porque ella se merece a alguien mejor.


12. Porque intenta resistir con todas sus fuerzas a la intensidad de ese deseo que le consume.

Jesse (a sí mismo):

No puedes besarla, de Winter. Porque si la besas, el mal estará hecho y no habrá vuelta atrás.

Jesse (a Hayley):

No volveré a besarte nunca más. Lo sabes, ¿verdad?


13. Porque también sabe mentir, y siempre con clase.

Jesse:

Si no te conociera mejor, diría que intentas seducirme.

Hayley

¿Funcionaría?

Jesse:

No…


14. Porque a veces coge el toro por los cuernos.

Jesse:

Hayley, ¿qué hay entre tú y yo?


15. Porque sabe admitir la verdad.

Jesse:

Me has hecho sentirme vivo esta noche, Hayley.


16. Porque sabe divertirse (muy de vez en cuando).

Jesse:

Dios, parece mentira que tenga treinta y dos años y esté haciendo estas locuras contigo.


17. Porque su falta de paciencia es legendaria.

Jesse:

Tienes una hora. Me impacientan los retrasos.


18. Porque da muy buenos consejos.

Jesse:

Haz que te vea como a una chica.


19. Porque es estupendo si lo miras a través de los ojos de Hayley.

Hayley (a Jesse, pero si desvelarle que ese hombre del que habla es él mismo):

Consigue todo lo que se propone. Es un luchador nato que no cree en la rendición. Y es… la persona más atractiva que conozco. Es más que atractivo. Es… devastador. Cuando me mira, me quedo en blanco la mayoría de las veces. Ni siquiera sé de qué hablar con él. Me intimida demasiado.


20. Y porque lo que más le aterra en el mundo es la posibilidad de perderla.

Jesse:

Prométeme que nunca te irás, Hayley. No soportaría la idea de no volver a verte nunca más.

 

¿Intrigado? ¿Quieres saber más? Sigue en blog y en breve recibirás nuevas informaciones.

Capítulo 1 y 2 Tango a medianoche

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Capítulo 1

Siempre conservaré el recuerdo de aquel día en el que regresé a Nueva Orleans. Había abandonado París sabiendo que jamás sentiría nostalgia, y no traía conmigo más que una maleta repleta de sueños rotos y un alma vacía.

Yo era una silueta alta, pálida y delgada, de pie en la plataforma abarrotada de viajeros. Mi cabello era rubio, cortado en una media melena ondeada, en la que destacaba una cinta ancha para la frente, hecha de pedrería y encaje de color marfil. Mi ropa era cara y elegante, acorde con la última moda de Europa. Iba impecable de pies a cabeza, con un vestido corto de un beige casi dorado, bolso a juego y zapatos de tacón alto. Coco Chanel había conseguido revolucionar el mundo, no solo el mío, sino el de todas nosotras, niñas ricas a las que sus gobernantas francesas habían inculcado el buen gusto para la ropa.

Imaginé que así luciría yo a los ojos de un viajero cualquiera.

Era toda una dama. Impecable de los pies a la cabeza.

Eso diría a sus amigos sobre mí.

Pero si aquel viajero se hubiese detenido por un solo momento a fijarse en mí con un poco más de atención, si hubiese sido capaz de ver más allá del aura de lujo y riqueza que me envolvía, se habría dado cuenta de que mi rostro estaba contraído y ausente; habría advertido que mi mirada lucía apagada, como la de una persona que había visto el mundo, había estado en todos los lugares donde valía la pena estar y había descubierto todos los secretos que valía la pena conocer, lo cual había matado su entusiasmo por vivir. La mía era la mirada de una persona hastiada; alguien a quien el mundo había decepcionado de modos inenarrables, convirtiendo en añicos cada una de sus esperanzas, arrancándoselo todo, hasta la última gota de humanidad.

Sin embargo, ningún viajero se detuvo a mirarme, por lo que seguí avanzando a lo ancho de la plataforma, indiferente a todo cuanto sucedía a mi alrededor.

¡Dioses, cómo echaba de menos esta ciudad! ―exclamó un pletórico Nick.

Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja que, por una vez, no me resultó ni gélida ni malintencionada.

Yo no dije nada. No tenía nada que decirle.

Nick cogió una buena cantidad de aire en los pulmones, quizá para experimentar a qué olía el hogar, le sonrió a un niño pecoso y me agarró de la mano. Me dejé guiar a través de una marea de personas, ruidosas y alegres; ¡tan multiculturales!, que se iban o regresaban a la ciudad, presos de un entusiasmo y una felicidad casi febriles. Incluso los elegantes mozos, que empujaban por el andén enormes carros dorados, llenos hasta arriba de baúles y maletas, se me antojaron felices. Tuve la sensación de que todo el mundo sonreía esa tarde en Nueva Orleans.

Todos, menos yo.

Les lancé una mirada aburrida, y luego les volví la espalda. No tenía razones para compartir ninguno de esos sentimientos. Ni el entusiasmo ni la felicidad tenían cabida en mi día a día.

Salimos de la estación, y sentí la humedad de Nueva Orleans más que nunca. La ropa se me empezó a pegar al cuerpo. El pelo quedó aplastado, como carente de vida. Ya no era una chica impecable de pies a cabeza. Solo era una chica cualquiera. No tenía nada de especial. Nada en absoluto. ¿Por qué un minuto atrás había pensado lo contrario?

Nick me abrió la portezuela. Me acomodé en la parte de atrás del lujoso coche negro, cuyo chófer nos esperaba con el motor en marcha, y pasé todo el viaje de vuelta a casa mirando por la ventanilla. El ritmo de la ciudad no había cambiado en absoluto, seguía siendo tan trepidante como recordaba. El jazz sonaba en cada rincón, y la variedad cromática que poblaba las calles resplandecía con una exquisitez pocas veces vista. Estábamos en la década de los grandes cambios, donde lo reciente se intercalaba con lo añejo, sin alterar nunca el perfecto equilibrio.

Al cruzar por Bourbon Street, vi montones y montones de nuevos ricos, gente salida de los bajos fondos, con un pasado turbio y un futuro muy prometedor. Eran ahora los reyes del nuevo orden. Se les había presentado una oportunidad en la vida y habían sabido cómo aprovecharla. Bien por ellos.

Los reconocí al instante, eran ostentosos sin ninguna especie de sentido común. Como para compensar sus enormes y emergentes fortunas, tenían un claro déficit en cuanto a elegancia y etiqueta social. Nick siempre se burlaba diciendo que, si ibas a tomar el té a casa de un nuevo rico, más valía matar tus expectativas, pues los anfitriones eran absolutamente incapaces de prepararlo como es debido.

¡No conocen la diferencia entre un té inglés y uno americano! ¿En qué clase de mundo estamos viviendo?

Así era cómo se lamentaba Nick cada vez que nos llegaba una invitación por parte de alguien que no había nacido con sangre azul en sus venas. Daba igual lo lujosa que fuera su nueva vivienda, el deportivo que tuviera aparcado a la puerta de su mansión o las pinturas que aguardaran expuestas en su galería, la gente como Nick, los de la vieja escuela, eran incapaces de perdonar a aquellos que habían salido de las cloacas del mundo el hecho de haber conseguido trepar hasta la cima de la pirámide. Lo tenía así de claro: no formaban parte de su círculo. No eran como él. ¿Cómo se atrevían a ansiar su amistad? ¡Cielo Santo!, ¡si no eran más que ex obreros con las manos aún llenas de mugre! No importaba lo grandiosa que fuera su fortuna. La mugre nunca iba a desaparecer, razón por la cual Nick jamás aceptaba sus invitaciones, a no ser que le beneficiara de algún modo entablar amistad con el anfitrión.

Los nuevos ricos le producían un extraño y poco saludable rechazo a mi marido. A mí, el mismo desapego de siempre. No me eran ni simpáticos ni antipáticos. No despertaban en mí ningún sentimiento. De hecho, había días en los que nada despertaba en mí sentimiento alguno.

Antes de casarme, no me tenía a mí misma por una persona profunda. Aunque tampoco era del todo superficial. Ahora, en cambio, ya no tenía ni idea de cómo era. Pasaba de la apatía a la euforia, y de la euforia a la profunda melancolía. Me asustaba la muerte, a la vez que me asustaba la vida. Me asustaba envejecer y que, con el paso de los años, las cosas cambiaran. Y aun así, me aterraba despertar un día siendo vieja y descubrir que nada se había alterado; que mi vida seguía el mismo curso, como un eterno río cuyo caudal nunca iba a secarse; que había desgastado mis mejores años en cosas sin importancia; que nunca había vivido, vivido realmente. Lo que más me arredraba en el mundo era morir sin antes haber descubierto a qué sabía la vida.

Me veía a mí misma como a una persona inestable, pues había momentos en los que quería dejarlo todo y salir corriendo. Me imaginaba derruyendo las murallas que me aprisionaban. Las reducía a polvo, sin piedad, sin vacilación, sin remordimientos, y escapaba. Me marchaba muy lejos de ahí.

Luego, regresaban esos momentos lentísimos y oscuros en los que me aferraba con las dos manos a la soledad que me encadenaba. Porque, sin mi soledad, el universo se habría convertido en un extraño para mí. No podemos renunciar a aquello a lo que estamos acostumbrados. Da igual que sea bueno o malo, nos agarramos a ello porque nos es familiar.

Había tantísimos contrastes en mi vida que ya no sabía quién era. Había conocido más o menos a la jovencísima Ingrid Prince. Ingrid Fairbanks, por el contrario, esa gran dama de la alta sociedad, era toda una desconocida para mí.

Por fin. Hogar, dulce hogar. ¿Has visto alguna vez algo más espectacular?

No le presté la más mínima atención a Nick. Me limité a mirar por la ventanilla. El coche giró a la derecha por el camino privado que conducía a la mansión Fairbanks, un castillo de estilo colonial, propiedad de la familia de Nick.

Al fondo de esa amplia avenida bordeada de castaños, pasada la glorieta del caballo dorado, se alzaba mi prisión, un monstruoso edificio circundado por más de dos hectáreas de jardín, donde podías encontrar excentricidades como estanques japoneses, ocho fuentes de agua (que Nick mandaba iluminar cada noche, a pesar de que consumían casi tanta electricidad como una ciudad pequeña), una piscina olímpica, dos pistas de tenis, un campo de golf (nadie en nuestra familia sabía jugar al golf; al menos, no decentemente) y una casa de ocho habitaciones y cuatro baños, en la que se alojaba el servicio. Si no me fallaba la memoria, había un total de dieciocho personas haciéndose cargo de la babilónica propiedad.

Nick fue un cielo ayudándome a bajar del coche tan pronto como este se detuvo delante de la entrada principal. Le tendí la mano enguantada, y él la cogió y la sostuvo con delicadeza. Podía ser considerado cuando lo deseaba. Por desgracia, la mayoría de las veces, su consideración rozaba lo inexistente.

El séquito de empleados, alineados a lo largo de la moqueta roja que habían desplegado en nuestro honor, empezó a darnos la bienvenida y la enhorabuena. No nos habían visto después de nuestra boda, ya que Nick y yo habíamos pasado los últimos dos años recorriendo el mundo. Petrogrado (cuando aún se llamaba de ese modo), Shanghái, Estambul, Viena, Florencia… Arte, música, historia y cultura. Belleza genuina.

Lamentaba habernos visto obligados a regresar a casa. Tenía la sensación de que en casa, todos los monstruos adquirirían contorno.

Bienvenido, señor. Señora. ―El mayordomo inclinó la cabeza, y yo correspondí con un gesto similar y una tenue sonrisa.

Nick, más atento que de costumbre, colocó un brazo en mi espalda y me guio hacia el interior. Sonreía mientras caminaba e inclinaba la cabeza para recibir las enhorabuenas del servicio, y yo seguí su ejemplo. La única delante de la cual se detuvo antes de que entráramos fue Edna Pickford, la mujer que llevaba realmente la mansión Fairbanks, y cuyos métodos yo encontraba retrógrados, inicuos y, sin duda, ilegales.

Nick disentía, e incluso se echó a reír cuando le sugerí un curso de ética profesional para madame Pickford, como a ella le gustaba hacerse llamar. Sospeché que, en un derroche de simpatía, poco típicos en Nick, este le había confesado a su ama de llaves mi preocupación hacia su modo de tratar al servicio, pues, la última vez que Edna y yo nos habíamos visto, unos cuantos días antes de la boda, si bien su modo de atormentar a sus subordinados no había cambiado en absoluto, sí lo había hecho su modo de dirigirse a mí.

No pretendo hacerme malinterpretar, ella siempre fue correcta y formal conmigo, pero las miradas que me dirigía eran tan gélidas que, estúpidamente, sentía la necesidad de echarme un chal por encima de los hombros cada vez que esos reprobatorios ojos azules se clavaban en los míos. Creo que madame Pickford estaba enamorada de Nick, por eso me odiaba tanto. A lo mejor albergaba esperanzas de desposarlo, afanes que yo había echado a perder con mi juventud, mi grandiosa fortuna y mi… ¿rostro angelical?

Divertida a causa de esa idea (¿madame Pickford y Nick? Oh, mon Dieu!), le dediqué mi mejor sonrisa, que, según cabía esperar, no fue correspondida. Edna se mantuvo tan impertérrita como un soldado en su guardia. Vestía un solemne atuendo, su uniforme habitual, falda y chaqueta negras, sin forma. Un recogido severo retiraba los oscuros mechones hacia atrás, dejando libres sus orejas, que parecían demasiado grandes para un rostro tan pequeño. No era bella, pero la rigidez de sus pálidas facciones y la sobriedad de su porte hacían que la gente se detuviera de su caminata para mirarla con más atención. Edna Pickford, con su ropa oscura, sus afilados ojos redondos y sus pómulos salientes, me había impresionado desde el principio.

¡Por fin está en casa, señor Nicky!

Tuve que ahogar una risotada malévola. Señor Nicky me sonaba a criatura traviesa y revoltosa, nada que ver con el flemático Nick Fairbanks, el desdeñoso aristócrata de sonrisa helada y expresión siempre áspera; un hombre imponente e intimidante que se consideraba superior a todos los demás seres que poblaban la tierra. Yo incluida.

Mi madre, Blanche, que, a diferencia de mi padre, no tenía en tan alta estima a Nick (aunque defendía que su desorbitada fortuna compensaba indudablemente la gelidez de sus modales), dijo una vez que ni el sol de Kenia sería capaz de derretir el corazón del único heredero del viejo y bastante obsoleto Randolph Fairbanks, mi querido suegro, dueño de la mitad de los rascacielos de Nueva York. No se jugaba con hombres como Nick o Randolph. Claro que yo era demasiado joven y demasiado estúpida como para saberlo entonces.

En mi noche de bodas, empecé a comprender las palabras de Blanche. Mi marido, al que yo le había atribuido cualidades de las que carecía por completo, retratándole dentro de mi mente como un hombre indomable y pasional, resultó ser esquivo, arrogante y absolutamente gélido, como si estuviera siempre aprisionado detrás de un enorme bloque de agua helada que no permitía el paso hacia su corazón. Y era así con todo el mundo.

Menos con Edna, cuya mano cogió entre las suyas sin ningún reparo. Me quedé impresionada al ver que le dedicaba la sonrisa más sincera que le había visto esbozar en los diez años que llevaba conociéndole.

Oh, Edna, bendita seas, no sabes cuánto he echado de menos tus Beignet.

Entorné los ojos cuando nadie me miraba. Me constaba que los dulces que nos habían servido en París eran infinitamente mejores que los de Edna, que a mí se me antojaban tan duros y secos que la única utilidad que les habría concedido, y eso siendo encantadora, habría sido la de para partir cráneos humanos por la mitad. Había que mojarlos en el té (durante un buen rato) para que resultaran comestibles. ¡Pero a él le encantaban sus malditos Beignets!

Y por eso, en su honor, he preparado un par de bandejas de ellos.

¡Que el Señor nos proteja!

Nunca podré agradecerte lo bastante todo lo que haces por esta familia.

Volví a hacer una mueca. Mis zapatos nuevos me estaban matando y necesitaba un baño relajante. ¡Cuanto antes! Lo que menos me apetecía era escuchar alabanzas dirigidas a una mujer cuyo mayor placer en la vida consistía en atormentar a los demás. Para mí, Edna Pickford no era para nada digna de elogios. Ni tampoco lo era Nick.

Sabe que estoy más que encantada de hacerlo.

Sí, sí, sí. Más que encantada. Lo sabemos.

Gracias, Edna. ¿Puedes pedirle a alguien que nos prepare el baño? Mi mujer tiene una de esas jaquecas insufribles. Le ha debido de sentar mal el viaje.

Madame Pickford sonrió. A Nick, por supuesto. Parecía muy eficiente y dispuesta a complacerle en todo.

Se hará de inmediato.

Nick inclinó la cabeza y entró, ya sin preocuparse por mi persona. ¿No tenía que pasar el umbral en sus brazos? Supuse que no, y lo seguí de camino a la escalera, preguntándome cómo diablos se las apañaba Pickford para mantener las arañas de cristal tan relucientes. Esa mujer seguro que practicaba alguna especie de magia oscura. Más me valía mantenerme alejada de ella.

Mis propias estupideces me hicieron sonreír.

¿Vienes, Ingrid?

Sí, perdona. Estaba… contemplando la casa.

Apresuré el paso para alcanzar a Nick escalera arriba. Yo siempre estaba a sus espaldas. En la sombra de un hombre tan grandioso. Si algún día escribiera mis memorias, ese habría sido el título.

Alguien debería mostrarte tus aposentos, querida.

¿No deberían haber sido nuestros aposentos?

¿Y a quién tienes pensado encomendar la engorrosa tarea de entretener a tu mujer?

Los ojos azules del señor Nicky (iba a burlarme durante semanas) se volvieron hacia mí.

A nadie. Lo haré yo mismo.

¡Oh! ―exclamé, intentando no desvelarle mi aburrimiento, el mismo que llevaba días enmascarando bajo un concepto mucho más tolerable: la jaqueca.

Estoy seguro de que te encantarán ―me dijo mientras colocaba la mano en mi espalda y me instaba a girar hacia la derecha por el pasillo enmoquetado―. Le pedí a Edna que los decorara según la moda francesa. Todo tonos pastel y obras de arte. Te sentirás como en casa.

Curvé los labios en la sonrisa educada y agradecida que él esperaba recibir a cambio de toda esa… benevolencia. Nick acababa de dejar clara su postura. Al igual que en los últimos dos años, yo dormiría sola, me ocuparía de dar las mejores fiestas y de sonreír como la niña bonita que era, mientras que él se pasaría el tiempo entregado a los placeres de la vida, que en su mayoría se componían de beber, fumar y follarse a todas las chicas tontitas que se le cruzaran por el camino.

Tal y como había previsto mi madre tres años atrás, íbamos a tener un matrimonio espléndido.

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Tango a medianoche, ya a la venta!

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INSACIABLE III, A LA VENTA

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Por motivos personales (mi marido ha planeado un fin de semana romántico y se me ha prohibido el uso de cualquier dispositivo moderno), he decidido adelantar el estreno de la tercera y última parte de Insaciable. Por lo que… YA ESTÁ A LA VENTA.

Recordad que si lo adquirís hoy o mañana, os ahorraréis un 30 %.

Enlace de compra: rxe.me/T3TC9H

 

Sinopsis:

Adeline sigue en prisión, y su futuro se pinta incierto. Solo hay un hombre capaz de salvarla, pero él ha roto las cadenas que le ataban a ella. Se ha ido y ha prometido no regresar nunca más. Adeline no sabe qué sentir al respecto.

¿Qué se siente al saber que lo has perdido todo? ¿Dolor? ¿Agonía? ¿Mucha, mucha indiferencia?

«Una vez fui débil y patética, y el mundo entero se aprovechó de ello. Nunca más volveré a ser débil ni patética. Nunca más volveré a verter ni una sola lágrima por aquellos sueños que murieron antes de cobrar vida».

¿Pero y si el amor decidiese regresar a su vida? ¿Y si volviese a sentirlo, esa emoción tan pura que vibraba en su corazón antes de que todos sus sueños se truncaran? ¿Está ella preparada para ello? ¿Lo está él? ¿Conseguirán vencer los abismos de oscuridad que los separan y ponen en peligro su renacido y aún frágil amor?

 

Insaciable II, a la venta

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Todo se magnifica.
Amor. Celos. Locura.
Él puede destruirla a ella.
Ella puede destruirle a él…
Robert Black y Adeline Carrington han encendido la chispa de algo que ahora no pueden controlar, y la llamarada de ese amor amenaza con arrasarlo todo.
Se aman por encima de todas las demás cosas, y puede que eso no sea lo más sensato. ¿Qué es su amor sino un terrible, terrible veneno?
Conseguir a la mujer que ama ha sido fácil, ¿pero podrá Robert conservarla?
Control, confianza…
¿Dónde está el límite?

»Soy el único veneno que hace que te sientas vivo, y lo sabes. No puedes mantenerte apartado de mí, Robert Black. Hagas lo que hagas, te alejes cuanto alejes, el camino siempre te arrastrará de vuelta. Eres como un ratón eternamente encerrado en un enorme círculo que gira y gira, una y otra y otra vez. No tienes elección».

Enlace universal: rxe.me/8KR4VH

Insaciable II, en preventa

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Hoy volvemos a nuestros trabajos, a los viajes en metro con el Kindle en la mano, a «Dios mío, esta escena es muuuy erótica y el señor de al lado no deja de meter las narices en mi Kindle». Y también regresan Adeline y Robert, más insaciables que nunca. La despedida es inminente. La tercera parte se estrena el próximo 23 de septiembre, así que corred a leer la segunda, porque el tiempo se nos echa encima.

Aquí tenéis sinopsis y enlace de compra:

Todo se magnifica. Amor. Celos. Locura. Él puede destruirla a ella. Ella puede destruirle a él…

Robert Black y Adeline Carrington han encendido la chispa de algo que ahora no pueden controlar, y la llamarada de ese amor amenaza con arrasarlo todo. Se aman por encima de todas las demás cosas, y puede que eso no sea lo más sensato. ¿Qué es su amor sino un terrible, terrible veneno?

Conseguir a la mujer que ama ha sido fácil, ¿pero podrá Robert conservarla?

Control, confianza… ¿Dónde está el límite?

«Soy el único veneno que hace que te sientas vivo, y lo sabes. No puedes mantenerte apartado de mí, Robert Black. Hagas lo que hagas, te alejes cuanto alejes, el camino siempre te arrastrará de vuelta. Eres como un ratón eternamente encerrado en un enorme círculo que gira y gira, una y otra y otra vez. No tienes elección».

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Mejores frases de Adeline (Insaciable II)

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Prometí a Cristi que le enviaría unas cuantas frases de Adeline (Mi veneno eres tú), pero eran demasiadas, así que he decidido hacer esta entrada y compartirlas con todos vosotros. Tranquilos, no se os desvela nada de la trama 😛 Ya sabéis lo que disfruto guardando el misterio. Espero que os gusten.

Y Cristi, espero que te gusten tanto como las de la primera parte. Un besazo, y como siempre, muchas gracias por leerme, por los collage, por escribirme… por todo.

 

  1. Soy el único veneno que hace que te sientas vivo, y lo sabes. No puedes mantenerte apartado de mí, Robert Black. Hagas lo que hagas, te alejes cuanto alejes, el camino siempre te arrastrará de vuelta. Eres como un ratón eternamente encerrado en un enorme círculo que gira y gira, una y otra y otra vez. No tienes elección.tenor.gif
  2. Si supieras que se te está acabando el tiempo, ¿qué harías?
  3. He hecho cosas. Cosas malas.
  4. Yo nunca me olvidaré de ti, amor mío. Tú sí lo harás.
  5. ¿ Bonito? Mi cuento no tiene nada de bonito. Es atroz. Impregnado de muerte
  6. Todo lo que yo amo muere, letrado. Esa es mi maldición
  7. Cuando solo tienes nada, entonces no hay nada que puedan arrebatarte.
  8. En realidad, estoy mucho más jodida de lo que parezco, y, ¿sabes qué, letrado? Resulta que tengo secretos que nadie sospecharía. ¿No te resulta eso preocupante?
  9. Debo de ser una de esas personas que, pese a haberse quemado una vez, siguen introduciendo la mano dentro de una hoguera, una y otra vez, porque, en la hondura de sus dañadas y corrompidas almas, aún adoran la sensación de arder.
  10. Robert pretende poner el Paraíso a mis pies. ¿Nunca se le habrá ocurrido pensar que quizá yo podría encajar mejor en el Infierno?
  11. Nadie puede escapar de la oscuridad. No realmente.
  12. ¿Es Robert Black un villano? ¿Un héroe? No lo sé. Aún no lo he descubierto. ¿Cómo hacerlo si no lo conozco en absoluto?
  13. Ninguno de los dos desea lo que puede obtener. Sería demasiado fácil para depredadores como nosotros.
  14. Pero esta torre no me mantiene a salvo de ti, Robert
  15. No quiero un espacio propio. Te quiero a ti.
  16. Ya veo que estás muy arrepentido por haber sido un capullo integral.
  17. Los venenos siempre son así, piensas que te alzas, cuando lo cierto es que estás derrumbándote. En un instante pisas la cima del mundo. Al siguiente, te has estrellado contra el suelo.
  18. No hay nada en el mundo que no quisiera hacer contigo.
  19. Me preguntaste hace tiempo si confiaba en ti. Te contesté afirmativamente, pero lo cierto es que mentía. Nunca he confiado en ti, Robert. No es nada personal. Es simple y llanamente que yo no confío en nadie
  20. Amor mío, ojalá las cosas no fueran tan complicadas
  21. ¿ No te avergüenza ir a comprarme sujetadores? Seguro que las dependientas te miran raro.
  22. Hay cosas por las que vale la pena pagar millones
  23. Veo cómo le miran las mujeres. Le miran tal y como lo miro yo. Cuando él entra en una sala, todo el mundo gira la cabeza para verle; todo el mundo quiere hablar con él. Las mujeres caen a sus pies, y eso me enferma.
  24. ¿No será mejor haber ardido en llamas a no haber sentido ni una sola vez el calor de sus labios?
  25. Ni siquiera me inquieta la pena de muerte. Las personas que están ya muertas, no temen morir.
  26. No soporto verle tan atormentado. No soporto saber que él sufre. Haría lo que fuera para ahorrarle el dolor. Daría todo cuanto tengo; sufriría yo en su lugar. Morir por la persona que más amas no es para nada difícil.
  27. He construido un castillo de naipes en llamas, un castillo endeble que ahora se está derrumbando por encima de mí
  28. Por qué me regalas algo de Tiffany’s? Cuando un hombre regala Tiffany’s, es porque ha hecho algo malo. Así que ¿qué has hecho?
  29. Tengo la sensación de que el tiempo trascurre de modo diferente, más lento que nunca; que el mundo entero muere en derredor nuestro; que las luces se apagan; que solo estamos Robert y yo, cara a cara, mirándonos mientras todo empieza a derrumbarse bajo su propio peso.
  30. No quiero arreglar nada. Quiero respirar. Quiero… perderme. Dejar de mirarte, porque eso me duele de un modo que tú ni siquiera serías capaz de imaginar.
  31. Todo se resume a una sola elección. Libre albedrío, lo que siempre he deseado; lo que nunca he tenido…
  32. Chicos. No me acuesto con ninguno de los dos, así que no veo razón para esta disputa.
  33. Admítelo, letrado. Eres como un adicto enganchado a un nuevo y poderoso veneno.
  34. Ni siquiera tú puedes ganar esta batalla..Es el fin de todo.
  35. Lo que ha nacido en las profundidades de la oscuridad, solo puede morir enterrado en sombras.
  36. ¡ Bang, bang!, amor mío

 

 

 

Insaciable, a la venta

Destacado

―Eres muy hermosa, Adeline…Te mostraría el mundo entero. Y temo que eso sea malo para ti.
―¿Malo? ¿Por qué iba a ser malo?
―Porque yo no soy un buen hombre.

YA A LA VENTA!!

Muchísimas gracias a Joana Arteaga (Correctivia) por la corrección y todo su apoyo, a Alexia Jorques por las portadas de toda la trilogía y a una ladrona de sonrisas muy especial, que siempre nos arranca una sonrisilla a todos: Noelia Gómez.

Dicho esto, os dejo la sinopsis:

Una chica rota. Una sencilla norma: #prohibido #amar. Un hermoso desconocido empeñado en cambiarlo todo.

Robert Black: Abogado. Playboy. Acostumbrado a ganar siempre, por la sencilla razón de que se le da muy mal perder. Un hombre intimidante, aunque no lo bastante como para cohibirla a ella.

Adeline Carrington: Estudiante de derecho. Rebelde. Heredera de un legado que rechaza con todas sus fuerzas. Una chica dañada que Black se empeña en arreglar.A ella la decepcionaron todas las personas de su vida. Él no es precisamente un prodigio de buen comportamiento.
Una noche cualquiera, sus miradas se cruzan. Y, entonces, el mundo entero muere a su alrededor.
LINK UNIVERSAL: rxe.me/JC7QH3

Nunca juegues con fuego (Insaciable I) capítulo 1

Destacado

Sinopsis:

«Ojalá pudiera encerrarte en una alta torre y mantenerte a salvo del mundo entero. Pero sobre todo, a salvo de mí mismo.».

Una chica rota. Una sencilla norma: prohibido amar. Un hermoso desconocido empeñado en cambiarlo todo.

Robert Black: Abogado. Playboy. Acostumbrado a ganar siempre, por la sencilla razón de que se le da muy mal perder. Un hombre intimidante, aunque no lo bastante como para cohibirla a ella.

Adeline Carrington: Estudiante de derecho. Rebelde. Heredera de un legado que rechaza con todas sus fuerzas. Una chica dañada, que él se empeña en arreglar.

A ella la decepcionaron todas las personas de su vida. Él no es precisamente un prodigio de buen comportamiento. Una noche cualquiera, sus miradas se cruzan. Y, entonces, el mundo entero muere a su alrededor…

Todo empezó con una chispa…

Prólogo

En la actualidad, Austin, Texas

El fuego siempre ha sido y, al parecer,

seguirá siendo siempre,

el más terrible de los elementos.

(Harry Hudini)

Desde la más temprana edad me he sentido fascinada por el fuego. Mi padre solía llamarlo pecado y asociaba sus llamas con el Infierno y todo lo malo que había en el mundo. A mí, en cambio, verlo arder me resultaba hipnótico. La danza de las llamas despertaba en la hondura de mi alma un sentimiento que mi infantil cerebro nunca supo entender del todo. Supongo que ahora, a estas alturas de mi vida, lo definiría como paz. El fuego, terrible e indomable fuerza, capaz de consumir el mundo entero, solo deja a su paso una siniestra quietud. Y, por supuesto, copos de ceniza, humeantes vestigios de algo que una vez hubo.

De pequeña, me pasaba incontables horas contemplando la chimenea, embebida en el crepitar del fuego, en el modo en el que la materia se derretía bajo el bullicio de las llamas. Tanto me cautivaba el fenómeno que, en aquellos momentos, todo cuanto me rodeaba se desdibujaba. Los contornos se desvanecían, las compuertas caían. No existía nada más allá de esa llamarada y de mí. Tan entregada estaba que sentía, literalmente, cómo cada una de las moléculas de mi ser se fundía con esas vívidas llamas. El fuego tiene algo de sensual, ¿verdad? Es pura pasión. Es locura. Es misterio. Es aventura. Pero, por encima de todo eso, es inexorable destrucción.

He sido ingenua. He pensado que podría dominar sus llamas, someterlas a mi propia voluntad. No he sido capaz de ver que el fuego es un elemento soberbio que jamás se deja controlar. El fuego es quien te controla a ti, no al revés, y, como te descuides, puedes acabar ardiendo.

Dicen que el fuego solo puede ser combatido con la gelidez del hielo. La abrasadora pasión, apagada por oleadas y oleadas de fría indiferencia. Pero, ¿por qué alguien querría combatir el fuego? ¿Por qué no, sencillamente, apartarse y dejarlo arder en llamas? Yo lo he hecho, y ahora mi historia comienza con este inevitable final. Al parecer, algunas veces no se precisa más que de una débil chispa para desatar todo un infierno de llamas. Es curioso, ¿verdad? Cuánta destrucción abarca algo tan diminuto y tan hermoso como una chispa; algo así de fascinante.

911, ¿cuál es su emergencia?… ¿Hola?… Ha llamado al servicio de emergencias. ¿Cuál es su emergencia?… ¿Hola?… ¿Hay alguien?… ¿Me escucha?

La escucho murmuré con voz hueca mientras mi mirada se perdía en las gotas color carmesí que se deslizaban por los azulejos del baño de la segunda planta. Durante toda mi vida he llamado a las puertas del Paraíso. Y, sin embargo, las únicas que se abrieron para mí fueron las del Infierno.

¿Señora, cuál es su emergencia?

Creo que he matado a mi marido.

Se produjo una breve pausa, insignificante para mí. ¿Qué es el tiempo? ¿En qué se mide? ¿Segundos, minutos, momentos, dolor, lágrimas? No dediqué ni un instante de mi vida a ponderarlo. ¿A quién le importa, en el fondo? Llega un momento en el que cualquier concepto deja de importar. No son más que meras palabras.

Por favor, tranquilícese y… fue lo último que escuché antes de colgar. Una verdad empírica: me tenía que tranquilizar. Supongo que dicen eso a todo el mundo. «Mantenga usted la calma». ¿Piensan que no somos conscientes de ello?

Dejé que el teléfono se escurriera a través de mis dedos. Mis manos parecían demasiado laxas como para seguir sujetándolo. No hice ademán de atraparlo ni registré ninguna reacción cuando se estrelló contra el charco de sangre que empapaba mis ridículas zapatillas de peluche.

Mi mirada vacía se movió hacia los cristales, castigados por una fuerte ráfaga de viento. Con el único fin de llamar mi atención, la rama esquelética de un membrillo golpeó contra la ventana salpicada por la lluvia. ¿Acaso pretendía sacarme de mi abisal sopor? El balancín del porche soltó una especie de chirrido, parecido al llanto de una mujer. En alguna parte de la casa sonaba una versión instrumental de Lascia ch´io pianga, y el melancólico sonido de aquel violín me pareció lo más dramático que había escuchado en toda mi vida. Habría dado todo cuanto poseía por poder llorar en ese momento. Pero no podía. Estaba demasiado congelada.

Al otro lado del cristal, el mundo se mostraba ceniciento y deprimente. Parecía un buen día para entierros. Mi mente reprodujo la imagen de una limusina negra, repleta de rosas blancas, avanzando lentamente por un oscuro callejón. En los entierros ha de haber rosas blancas. Porque simbolizan amor eterno.

Ahí, en mitad de la estancia, miré con ojos mortecinos cómo las danzantes sombras del atardecer comenzaban a expandirse con el único fin de engullir el mundo exterior. ¿Qué sabía el mundo acerca de mí? Nada. El mundo no conocía mi historia. Para todos ellos, yo no era más que un juguete roto; una niña a la que habían cortado las alas en pleno vuelo.

Con toda la parsimonia posible, mis ojos se desprendieron de la ventana y se giraron hacia el escenario que me rodeaba: el escenario del crimen, que en unos pocos minutos se vería invadido por numerosos agentes de la ley. Era un caso demasiado importante, lo cual enloquecería a la prensa. Tocaría enfrentarse a una multitud de paparazzi, y flashes, y preguntas incómodas. Sexo, asesinato y dinero. Nada atrae más a los seres humanos.

Adeline, ¿por qué lo has hecho? se empujarían entre sí para acaparar el primer plano. Y yo, esposada y custodiada por los agentes de la ley, bajaría la mirada al suelo y me abriría paso entre ojos tan cortantes como cuchillos.

No había manera de evitar todo ese infierno, lo sabía. Supongo que era otra de las verdades empíricas que formaban mi universo.

«Adeline Carrington irá al Infierno». Una verdad absoluta, indudable. Me hizo evocar la imagen de un divertido panfleto religioso repartido entre los votantes republicanos de mi padre. Iría al Infierno y, lo peor de todo, era que aquello no me alteraba ni en lo más mínimo. Si mi destino era arder, entonces lo acataría sin rechistar. Ardería. Sin más. Esta vez no iba a refugiarme en un mundo de fantasía solo porque dolía demasiado enfrentarse a las verdades empíricas. No, de ningún modo lo haría. Había aprendido de mis propios errores, así que esta vez iba a permanecer ahí, en mi aborrecible presente. Me quedaría para lidiar con el dolor, porque estaba harta de huir siempre. Y porque sentir dolor, por fin, me parecía algo digno. Y noble. Un auténtico alivio.

El teléfono empezó a sonar al lado de mis pies, y su sonido me traspasó como un espasmo físico. No me agaché para cogerlo, no quería tocar toda esa sangre, probablemente aún tibia. De modo que me limité a quedarme ahí, congelada, perdida mi mente en la letra de la canción que había elegido tan solo dos días antes, cuando mi vida todavía parecía normal. O, al menos, todo lo normal que la vida de alguien como yo pudiera llegar a parecer.

Los ritmos de The Unforgiven de Metallica me envolvieron suavemente, como un chal de seda enroscado alrededor de mis hombros. Al principio, su abrazo fue delicado y reconfortante, como la caricia de un ser amado que hace mucho que no ves, pero al poco tiempo me di cuenta de que lo que tenía entre manos no era ninguna caricia, sino un arma de doble filo, un arma que hizo que, con cada sonido, con cada palabra que escuchaba de aquella canción que tanto me recordaba a él, la herida de mi alma profundizara, se expandiera hasta provocarme un dolor desgarrador.

Cuando el móvil dejó de sonar por fin, advertí que el violín se deshacía ahora en sonidos agudos, más melancólicos que nunca, terriblemente dramáticos. La lluvia, en pleno apogeo, descargaba furiosa contra el techo de la casa, y yo, con ojos frenéticos y respiración trabajosa, era consciente de cada gota, de cada crescendo, de cada maldito ruido.

«De cada salpicadura de sangre…»

Con dedos trémulos, me cogí la cabeza entre las manos, me dejé caer de rodillas, sin preocuparme ya por rozar la sangre, y aullé con todas mis fuerzas. Sin embargo, manifestar la intensidad de mi ira no hizo que mi dolor cesara. Al contrario, este explotó y se propagó por cada célula de mi cuerpo, veloz como la devastadora ola de un terremoto. Imperdonable. Todas las malas elecciones que había hecho a lo largo de mi vida también eran imperdonables.

Mi vida nunca ha sido un camino fácil. Años enteros repletos de interminable destrucción, con unos pocos recuerdos felices, lo único que me sostenía ahora, después de romperme en millares de añicos, esparcidos por el mundo entero cual insignificante polvo de estrellas. Siempre fui una chica inusual, con una enfermiza obsesión. Un deseo tan, tan terrible… ¿Por qué será que el ser humano siempre anhela lo que jamás podrá tener? No lo sé. Nunca lo he sabido.

Atormentada por esa idea, me acurruqué en un rincón del suelo, con las rodillas llenas de sangre, dobladas y pegadas al pecho, y los brazos rodeándolas y, mientras esperaba, intenté mirar el espacio a través de ojos ajenos, para adivinar qué pruebas encontrarían ellos ahí. ¿El arma del crimen? No, claro que no. El arma del crimen no estaba. ¿Y el motivo? ¿Alguien conocía el motivo? Por supuesto. El mundo entero sabía que yo era la chica que había construido un castillo de naipes en llamas.

«Nunca juegues con fuego».

¿Oh, por qué tuve que ignorar su estúpida advertencia?

Por encima de mi cabeza colgaba una bombilla parpadeante. Me obsesionaba de tal modo que no podía dejar de mirarla. Mi aletargada mente se distrajo preguntándose por qué parpadeaba tanto. ¿Importaba siquiera? ¿Acaso algo de todo aquello tenía sentido ya? Mi mundo había llegado a su último invierno, y a mí se me antojó la extraña idea de que el sol nunca volvería a brillar a través de la espesura de las tinieblas que me cercaban. Ahí ausente, las palabras de mi padre me arredraron más que cualquier otra cosa a lo largo de mi vida.

«Llegado el momento, te destruirás con tus propias manos».

Edward tenía razón. Lo había hecho…

*****

Y ahora heme aquí, en una pequeña sala, encogida bajo la severidad de unos ojos azules. Un vaivén de pensamiento me carga la mente, y un dolor físico, sin duda provocado por el cansancio, se filtra por cada partícula de mi ser. No llevo la cuenta exacta, pero creo que he pasado más de treinta horas seguidas sin pegar ojo. La luz de los fluorescentes se clava violentamente en mis ojos, marrones y enrojecidos a causa del cansancio. ¿Cómo pudimos acabar así? No dejo de preguntármelo mientras intento eludir la gélida intensidad de aquellos ojos que semejan macizos bloques de hielo. El fuego solo puede acabar con hielo. Siempre lo he sabido.

Buenos días, Adeline. ¿Qué tal te encuentras esta mañana?

Con deliberada lentitud, elevo la mirada para encontrar a la suya. Da un respingo al cruzarse con las fosas vacías en las que se han convertido mis ojos, fosas sin ninguna clase de emoción o sentimiento delatador en ellas. Tan solo un interminable vacío, imposible de penetrar. Imposible de llenar… Acabo de comprender que lo he perdido todo. No tengo nada. Nunca lo he tenido. Quizá sea mejor así. Cuando solo tienes nada, entonces no hay nada que puedan arrebatarte.

No he intentado suicidarme, si es eso lo que te preocupa.

Fuerza una sonrisa un tanto nerviosa y aprieta un botón para grabarlo todo, como si no quisiera perderse ni una sola palabra mía. Siempre ejecuta la misma acción nada más sentarse en la silla de enfrente, casi ansiosamente. Después, entrelaza las manos por encima de la mesa y se limita a taladrarme con esos ojos suyos que todo lo ven, incluso mientras brillan ausentes. Hay veces que, durante las horas que se pasa interrogándome, se entretiene realizando dibujos. He observado que dibujar parece relajarle. Tengo la sensación de que conversar conmigo dispara su nerviosismo, de por sí bastante elevado.

A estas alturas, sabemos cómo va a acabar esto, pero me gustaría que me contaras cómo empezó. ¿Te sientes capaz de recordarlo?

«Como si pudiera olvidar algo de todo aquello…»

Apoyadas mis muñecas encima de la mesa metálica que nos separa, mis dedos temblorosos rodean el templado vaso de café que alguien me ha ofrecido en algún momento. No me apetece tomarlo, pero es lo único a lo que puedo agarrarme para no hundirme aún más en ese oscuro abismo que me atrae irresistiblemente hacia sus profundidades. Dulces, dulces profundidades que invitan a asentar los maltrechos huesos ahí dentro. Para siempre.

carraspeo en un intento por dominar la voz, que se empeña en flaquear precisamente ahora. Sí, puedo hacerlo.

Enderezo los hombros para mostrar algo más de seguridad. No quiero que piense que estoy asustada, o intimidada. No quiero su estúpida compasión. Él cruza una mirada conmigo y se retrepa en su silla, esperando a que desvele la larga serie de infortunios que destruyeron mis sueños, los truncaron, los redujeron a polvo sin que yo opusiera el menor conato de resistencia. Adeline Carrington, la chica que nunca tuvo nada; la que siempre lo deseó todo.

Adelante, Adeline. Te escucho.

Ojalá sus ojos dejaran de hundirse en los míos de ese modo. Ojalá no fuera este el fin de todo lo que una vez conocí.

«De todo lo que una vez amé…»

Sintiéndome como si el mundo entero pesara encima de mis hombros, bajo la mirada hacia el ángel que su mano derecha ha garabateado en la cubierta de la libreta azul. Exactamente así es cómo comenzó todo esto.

Quieres que te cuente el comienzo… me quedo mirando ese hermoso ángel, y mi boca se tuerce en una sonrisa irónica. ¿No es evidente?

El tic tac de su Rolex, un sonido sordo, monótono, resuena en el silencio de la sala con el único propósito de recordarnos que el tiempo se nos está acabando. Durante un momento, los dos contenemos el aliento, mientras la angustia se cierne sobre nosotros como un oscuro y asfixiante nubarrón.

¿Lo es? susurra, y sus ojos me evalúan intensamente hasta que desvío la mirada, incapaz de seguir aguantando toda esa presión.

Me estiro para robar un cigarrillo del paquete rojo que ha dejado encima de la mesa. No dice nada, se limita a observarme. Ni siquiera me recuerda que no se puede fumar aquí dentro. Mejor. No estoy de humor para sermones. Cojo el mechero que descansa al lado de sus delgados, ágiles, intranquilos dedos, enciendo el cigarrillo y vuelvo a sonreír, pero mi sonrisa no es más que un gesto amargo y atormentado; abarrotado de dolor.

Claro que lo es, letrado. Hay ángeles que tienen sus propios demonios, y resulta que los míos fueron poderosos.

Dos años atrás, ciudad de Nueva York, Nueva York

La actualidad en la prensa «seria»

¿Los republicanos tienen nuevo candidato para las presidenciales?

«El senador Edward Carrington, elegido por los votantes republicanos como el político más carismático del año. Carrington ha accedido a ser entrevistado por un periodista de USA News Channel a la salida de uno de los famosos mítines organizados por su partido para defender la pena de muerte. El senador acudió acompañado por su hermosa esposa, Giselle, y su perfecta hija, Adeline.

Periodista: Senador Carrington, ¿se ve usted en la Casa Blanca dentro de dos años?

Senador Carrington (abrazando a su mujer y a su hija): Si los votantes me ven, yo también me veo. Confío en su excelente criterio (risas).

Periodista: ¿Y qué opinas tú, Giselle? Ser la primera dama de una potencia mundial como Estados Unidos supone todo un reto.

Giselle Carrington: Apoyaré a mi marido en todas las decisiones que tome. Lo único que me hace feliz es verle feliz a él. Y, por supuesto, ver como él hace felices a los ciudadanos americanos.

Periodista: ¿Senador, cuáles son sus metas?

Senador Carrington: ¿Aparte de preocuparme por el bienestar de mi maravillosa familia? Es sencillo, John: preocuparme por el bienestar de todas las maravillosas familias que forman esta gran nación. ¡Que Dios bendiga América!

Periodista: ¿Y qué nos cuentas tú, Adeline? ¿Qué se siente al formar parte de una familia tan modélica?

Adeline Carrington (secamente): Ganas de vomitar». USA News Channel

Escándalo protagonizado por los Carrington en una manifestación republicana a favor de la guerra en Afganistán.

«El senador por el estado de Nueva York, Edward Carrington, dio un apasionado discurso, reivindicando la aniquilación de los terroristas (o civiles afganos, para el senador da lo mismo) que amenazan con tambalear la supremacía de nuestro país. Su hija, Adeline, se levantó en mitad de la conferencia, gritándole a su padre, y citamos textualmente, «¡Estás como una cabra!» y «¡Te mereces la puta camisa de fuerza!», antes de abandonar la sala. Al concluir el evento, Giselle Carrington justificó de esta forma el comportamiento de su hija: «Adeline bromeaba, por supuesto. Parece ser que aspira con convertirse en la nueva Ellen DeGeneres». The Washington Post

Los Carrington, más unidos que nunca.

«Durante un foro republicano, el senador por el estado de Nueva York, Edward Carrington, empleó toda su pasión en hablarnos sobre la importancia de destruir las células terroristas que amenazan con tambalear la supremacía de nuestro país. Su esposa, Giselle, y su hija, Adeline, le aplaudieron fervientemente y, pese a que Adeline se viera obligada a abandonar la conferencia a causa de una terrible migraña, esta mañana insistió en manifestar en Twitter lo orgullosa que se siente de su padre. «Mi padre es asombrosamente inteligente. ¡Hay que exterminar a esos hijos de puta terroristas cuando antes!» USA News Channel

¿Insinúa Adeline Carrington que los republicanos tienen intención de revivir el holocausto?

«Este es el tweet que ha incendiado las redes sociales de Nueva York. «Mi padre es asombrosamente inteligente. ¡Hay que exterminar a esos hijos de puta terroristas cuando antes!» tuiteó la más joven de los Carrington, instantes antes de colgar una esvástica en su cuenta. Parece ser que la hija del senador Carrington se ha vuelto aún más rebelde con el paso de los años». The New York Times

¡Adeline Carrington NO ha colgado ninguna esvástica en Twitter!

«Esa fue la tajante afirmación de John Carey, el portavoz de los republicanos en el Senado, que se ha apresurado a desmentir la noticia, declarando que Adeline jamás cometería tamaña fechoría. «Lo más probable es que un hacker se haya apoderado de su cuenta». Según era de esperar, las sospechas de Carey caen sobre los terroristas afganos.

Adeline se ha negado rotundamente a declarar, limitándose a mostrar en el campus de Columbia una camiseta con un mensaje de lo más polémico: «La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír», frase que le pertenece al escritor británico George Orwell». USA News Channel

¡¿James O´Neill inocente?!

«El «abogado del Diablo» consigue que el jurado declare no culpable al famoso boxeador acusado de varias agresiones sexuales. Robert Black gana el juicio más mediatizado de los últimos años (después del de O.J. Simpson), aun con todas las pruebas en contra de su cliente. O´Neill ha declarado que su abogado ha hecho un excelente trabajo liberando a un inocente. Por el contrario, el abogado «estrella» del famoso bufete Brooks & Sanders se ha negado a pronunciarse al respecto. Su cara al salir de los juzgados no parecía en absoluto la de un vencedor. ¿Acaso Black tiene una conciencia que le impide disfrutar su éxito?» The New York Times

La actualidad en la prensa menos «seria», (o sensacionalista, según algunos malpensados)

Catherine Black, la esposa de la superestrella de Hollywood, Nathaniel Black, de fiesta con su cuñado Robert en Ámsterdam.

«Mientras el chico malo se mataba a trabajar, la chica buena se mataba a bailar en los clubs más fashion de Europa. Nathaniel se ha negado a hacer declaraciones sobre este incidente, limitándose a dedicarnos una de sus «elegantes» y mundialmente famosas peinetas, mientras que la socialité británica ha especificado en Instagram que ella y el recién coronado playboy del Upper East Side, Robert Black, solo estaban teniendo una reunión familiar. «Que hubiese alcohol y música pegadiza no fue más que una desafortunada coincidencia. Además, ¿desde cuándo tiene el Page Six jurisdicción en los Países Bajos?». Palabras textuales de la señora Black.

Para su información, el Page Six tiene “jurisdicción” en el mundo entero. Donde haya un escándalo, ahí nos desplazamos nosotros para cubrirlo. Y, desde luego, el trío Black ha generado más escándalos que todas las juergas de Madonna juntas». Page Six

¿Robert Black tiene un lío con Paris Hilton?

«Uno de los playboys más deseados de América fue fotografiado en compañía de la socialité en un club de Manhattan. Black ha desmentido la noticia de inmediato, afirmando que no tiene tiempo para líos amorosos. Fuentes extraoficiales declaran que Paris se ha limitado a suspirar como una quinceañera». US Weekly

Parte 1

Chica conoce chico

Capítulo 1

Pocos ven lo que somos,

pero todos ven lo que aparentamos.

(Nicolás Maquiavelo)

No hay nada más superficial que una fiesta en el Upper East Side. Cuando era pequeña, para que se me hicieran más amenas las horas que mis padres me obligaban a aguantar estos interminables eventos, me divertía clasificando a las personas de mi mundo en varias categorías. He de confesar que, quince años más tarde, aún me entretengo haciéndolo, porque es el único modo de que esto me resulte medianamente tolerable.

Según mi criterio, la primera y más abundante categoría la forman las modelos emperifolladas que se pasan el rato intentando ligarse a alguno de los acaudalados depredadores nocturnos que, con sus lujosas limusinas y sus trajes carísimos, acuden en busca de nuevos juguetitos de los que presumir delante de sus amigos europeos. Al parecer, tener un yate ha dejado de impresionarlos. Encuentran mucho más glamuroso tener a una modelo calentándoles la cama. O el yate, como sea.

Desde el otro lado de la barricada, (siempre he pecado de comparar el mundo en el que me muevo con el Viejo Oeste) oponen resistencia las señoras de mediana edad cuyo único fin en la vida parece ser exponer sus escandalosamente caras joyas, regaladas por sus maridos cada vez que los dignos señores cometieron la imprudencia de mantener relaciones sexuales ilícitas con alguna de las mujeres (véase categoría uno: modelos emperifolladas) que los acompañaron en sus constantes viajecitos a Europa o la Polinesia Francesa, tropiezos de los que, convenientemente, la esposa engañada nunca llegó a enterarse. Porque prefirió hacer la vista gorda. Como debe ser.

Noche tras noche, la sociedad neoyorkina se convierte en testigo de la lucha tribal que hay entre estas dos especies, cada cual más empeñada en aniquilar a la otra. A decir verdad, las fiestas del Upper East son todo un espectáculo. No entiendo por qué la administración no las incluye en la oferta turística de la ciudad. Visite el Empire State, pasee por Central Park, contemple cómo las mujeres y las amantes de los ricos y famosos luchan por la supremacía de una cuenta bancaria, etc. Creo que a los turistas les encantaría. Esto es the american dream en estado puro.

Aparte de las mujeres carroñeras, también están los que vienen y se van, los intrusos, por así llamarlos: personas de fuera que nunca aguantan demasiado tiempo el cinismo de este mundillo. El Upper East es el territorio de los elegidos, gente superficial de corazón vacío y cuenta bancaria alarmantemente llena, y no cualquiera reúne todos estos requisitos.

¿De qué sirve poseer cosas si no puedes alardear de ellas? Me figuro que este debe de ser el lema de todos ellos, porque, desde luego, en mi mundo, la gente no hace más que presumir. A mí, personalmente, me resulta cada vez más vomitivo acudir a las fiestas de etiqueta. Siempre escuchas las mismas frases, como si no hubiera más temas de conversación ahí fuera. Hay que admitir que la nuestra es una sociedad de lo más hermética, filosóficamente hablando.

Mientras me abro paso entre el gentío que atasca el vestíbulo, inevitablemente, algunas conversaciones alcanzan mis oídos.

Tenéis que verlo. Pasa de cero a cien en tres coma dos segundos.

Mi marido me ha regalado un viaje a Bora Bora. Iré con mi profesor de pilates.

No entiendo por qué está tan orgullosa de ese collar. Solo son unas cuantas esmeraldas.

Eres el hombre más atractivo de esta fiesta. Me has deslumbrado.

Invadida por una oleada de repugnancia dirigida a todo cuanto me rodea, cojo de paso una copa de champán de la bandeja de un camarero de guante blanco, me la llevo a los labios y tomo unos cuantos sorbitos más de los que debería.

«Solo serán un par de horas, Adeline Carrington. Recemos para que se pasen cuanto antes».

Mis ojos marrones atraviesan el recinto en un intento por localizar a Josh, mi prometido. Está en el otro extremo, liderando una competición de chupitos con sus amigos de la universidad. Un gesto irónico curva mis labios cuando me doy cuenta de que, dentro de exactamente veinte años, yo seré una de esas señoras de mediana edad, mientras que él se convertirá en un depredador nocturno en busca de nuevas emociones. Como debe ser.

Podrías pasártelo bien de vez en cuando, ¿sabes? No creo que sea ilegal divertirse en el estado de Nueva York.

No necesito girar la mirada para saber quién es la que me está hablando. Lily Hamilton es mi amiga desde que tengo uso de razón. Nuestros padres son muy buenos amigos. En los círculos en los que nos movemos Lily, Josh y yo, todo el mundo conoce a todo el mundo y todo el mundo es amigo de todo el mundo. Por supuesto, no se aceptan intrusos. Para estar entre nosotros deben avalarte al menos cien años de reputación intachable y un patrimonio mayor que el de Charles de Inglaterra.

Nosotros formamos la tercera y peor categoría, el núcleo de la alta sociedad: los intocables, gente metida en las más elevadas esferas del país. Por norma general, los padres de familia suelen ser o bien políticos, fiscales o jueces de distrito, o bien extravagantes magnates; todos ellos, pesos pesados de la élite estadounidense. Lo que nos diferencia de las demás categorías es precisamente la reputación intachable. Los escándalos apenas nos rozan. Desde que nacemos se nos enseña que la imagen lo es todo. Lo que se traduce en: haz lo que quieras, pero sin que te pillen, algo que se ha convertido en el lema oficial.

Para mantener nuestra imagen intacta, hay ciertas normas que debemos acatar. Todo intocable que se respeta debe acudir a misa cada domingo del año, hacer acto de presencia a todas las cenas de caridad, donar sumas indecentes de dinero para apoyar las guerras en Oriente y, junto con los demás miembros de su familia, pasear al perro todos los fines de semana para que los paparazzi puedan fotografiarlos disfrutando de una idílica jornada familiar, lo cual es del todo falso, ya que no existe absolutamente nada idílico dentro de mi mundo.

A los más jóvenes de los intocables se nos obliga a estudiar en las mejores universidades del país; a estar eternamente preocupados por asuntos como el calentamiento global, el impacto causado por las elecciones europeas en la economía mundial, las subidas y bajadas de la bolsa de Wall Street, etc., etc. Somos esa clase de jóvenes que se convierten, sin demasiado esfuerzo y sin habérselo ganado mediante méritos propios, en un modelo a seguir para la comunidad de Nueva York y, en algunos casos, incluso para el país entero. Eso, por supuesto, solo pasa de cara a la opinión pública. De puertas adentro, cada uno de nosotros puede hacer lo que, básicamente, le dé la puta gana. Nuestros padres solo nos exigen satisfacer una norma: evitar el escándalo público. No hay nada más importante que la imagen. Sin más palabras, los intocables somos lo que se dice unas familias «encantadoras».

Asaltada por una nueva oleada de repugnancia, provocada por la hipocresía de mi propio mundo, me vuelvo sobre los talones y compongo una sonrisa cínica.

En mi vida no hay nada que me divierta, y tú lo sabes.

Lily, envuelta en un vaporoso chal beige que hace juego con su vestido de noche, enarca una ceja por debajo de su oscuro cabello, cortado a lo garçon con el único propósito de fastidiar a su conservadora madre. O eso dice ella. Yo la conozco lo bastante como para saber que, en realidad, lo lleva así porque tanto el corte, como el color, le favorecen.

¿Ni siquiera el buenorro de Josh? sugiere, con un brillo de picardía iluminando el azul zafiro que rodea la oscuridad de sus pupilas.

Mis ojos, sombreados por rayas negras de casi un dedo de grosor, giran sobre sus órbitas.

Josh es mi mejor amigo, Lily. Solo eso.

Por enésima vez esta noche, intento subirme el escote de mi provocativo vestido negro de lentejuelas. ¡Qué manía con hacer la ropa tan ajustada! Me sentiría mucho más cómoda llevando una sencilla camiseta y un par de vaqueros holgados, pero si se me ocurriera acudir así vestida a cualquiera de estos eventos, estoy convencida de que a mi madre le saldría una arruga del disgusto. Y el rostro de Giselle Carrington está tan terso que resultaría apocalíptico que un minúsculo surco lo cruzara. De modo que, por el bien de ese cutis que tan celosamente resguarda del sol costero, heme aquí con un estúpido vestido que me hace sentirme como un pez nadando fuera de agua.

Según el Post, os casaréis después de la graduación comenta Lily, y su mirada se entretiene buscando a Josh a través de la aglomeración. Hay que admitir que tienes suerte. Josh Walton, el hombre que toda chica quisiera tener en su cama. Y es tuyo. ¡Uau! Deberías, al menos, sentirte orgullosa, ¿no? Sus ojos verdes son motivo de desmayo entre las novatas de Columbia, ¿lo sabías?

Permíteme que haga oídos sordos de ese dato, si eres tan amable rezongo.

Lily me quita la copa de las manos, toma un sorbo de champán y luego me la devuelve.

Tranquila. Él solo tiene ojos para ti.

En mi rostro se forma una expresión sarcástica que nunca llega a materializarse del todo.

Si tú lo dices mascullo secamente.

Vamos, Del, todos sabemos que Josh está enamorado de ti desde primaria.

Me acabo la copa y la deposito encima de una mesa alta y redonda, antes de agarrar otras dos, una para mí y otra para Lily. No me gusta compartir copa. No me parece higiénico.

Está enamorado de mí porque no tiene elección, Lily. Nos prometieron al nacer. Josh y yo siempre supimos que acabaríamos juntos.

Y eso es lo bonito de vuestra vida. Que no hay sorpresas.

Pues como siga bebiendo con el estómago vacío, las habrá me burlo, horrorizando a una señora mayor con mi indecoroso sentido del humor.

Después de excusarme por mi falta de elegancia, cojo a Lily del brazo y empiezo a arrastrarla en dirección a la zona de los aperitivos. Toda esta conversación me ha dejado famélica. Lo cierto es que, para desesperación de mi madre, a mí cualquier cosa me deja famélica. Mi talla roza peligrosamente la treinta y ocho, y Giselle está muy preocupada por este asunto. A mí no podría importarme menos.

Oh, por favor, Adeline. No me vengas con chorradas. Te rebelas a diario en contra de las normas. ¿Por qué aceptarías esta, a no ser que tú también estés enamorada de él? Admítelo de una vez por todas.

Me detengo de mi caminata y le dirijo una mirada ceñuda.

¿Es eso lo que piensas? ¿Qué estoy… enamorada?

La confusión dibuja una V entre sus cejas.

No entiendo por qué tanto sarcasmo a la hora de decir enamorada. Ni que te hubiese ofendido al insinuarlo.

Suelto una risa vacía. No me lo puedo creer. ¡Enamorada!

¡Porque el amor no existe, Lily! El amor… no es más… que un estúpido… cuento… de hadas articulo lentamente, y con cada palabra aumenta la helada expresión de desprecio que fulgura en las profundidades de mis ojos. Y yo soy algo mayorcita para creer en cuentos.

Así que te casas con el príncipe azul de Long Island porque no crees en los cuentos de hadas sentencia de un modo tan sarcástico que me hace replantearme nuestros veinte años de amistad.

Has dado en el clavo, princesa. Y ahora vayamos a comer algo. El champán me está sentando mal.

Como si no tuviéramos nada más que decirnos, atravesamos el recinto, pasamos por debajo de un arco decorativo y nos detenemos al lado de las mesas del bufé frío, que ofrecen varios tipos de cremas de verduras, sushi, caviar, y, al menos, otros veinte tipos de entrantes, colocados con elegancia encima de sofisticadas bandejas de plata.

¿Y si, una vez te hayas casado, conoces al hombre de tu vida? comienza otra vez, mientras yo contemplo las bandejas con aire indeciso. ¿Qué harás entonces?

Tuerzo la boca en señal de indiferencia.

No lo sé. No me importa. Nunca he valorado esa posibilidad.

¿Por qué no?

Resoplo, irritada por su insistencia. Lily es la persona más ilusa que conozco. El amor… el hombre de mi vida… ¿De qué va? ¿Cómo puede alguien creer en esas chorradas? ¿Es que Lily no ha visto nunca las consecuencias del amor? ¿No ha visto las peleas, los cristales rotos, los añicos en lo que se convertía la vajilla del salón cada vez que él perdía los papeles? ¿No se he quedado ahí, rota por dentro, contemplando la destrucción desatada por el estúpido amor? No, supongo que no lo ha hecho. De lo contrario, no osaría hablar de estas cosas.

Porque, por enésima vez, Lily, no creo en el amor.

¿Crees que no existe?

Cojo un aperitivo de piña, salmón y queso, me lo llevo a la boca y lo mastico despacio, disfrutando la explosión de sabores.

Es mucho más que eso. Estoy convencida de que no existe enfatizo, antes de volver a anegarme en la oscuridad que reina dentro de mi alma. El cuento del amor es la mayor estupidez que he oído jamás. Todos sabemos cómo acaba la historia. Chica conoce chico, chico se enamora de chica, uno de ellos traiciona al otro. Hagas lo que hagas, el amor siempre termina igual: rompiendo tu corazón en pedazos. A mí nunca me pasará eso. No tengo un corazón que ofrecer.

Lily, en claro desacuerdo, exhala un débil suspiro.

Eres una escéptica, Adeline Carrington. Una escéptica bastante ingenua, además. La vida te demostrará lo contrario cuando menos te lo esperas. Ya lo verás.

Soplando en señal de exasperación, muevo el cuello hacia ella con la evidente intención de dedicarle una mirada seca, pero no llego a encontrarme con sus ojos. Me detengo a mitad de camino, atraída por una mirada azul etéreo que se interpone en mi trayectoria y desprende tanta fuerza sexual que el aire se me queda atascado en algún punto entre los pulmones y la garganta. La sonrisa que pende de los carnosos labios de ese desconocido es ligeramente burlona, y yo no puedo evitar sentir una descarga eléctrica estallando en las honduras de mi vientre.

¿Y cómo es que Giselle y Edward no nos acompañan? escucho vagamente.

Me quedo paralizada por unos segundos; después, me vuelvo de espaldas a él, con las prisas de un conejillo asustado. Madre mía. Ese hombre me ha inspeccionado de un modo completa y absolutamente descortés; ha paseado perezosamente la mirada por todo mi cuerpo y después ha sonreído como si le gustara lo que estaba viendo. La insolencia de su mirada me ha hecho sentir como si estuviera desnuda delante de él. Desnuda en cuerpo y alma.

La Tierra llamando a Adeline.

Mi mente deja de viajar y sacudo la cabeza para despejarme.

¿Qué? Ah. Están en Washington, en un mitin explico brevemente. Regresan esta noche, aunque no creo que les dé tiempo de hacer acto de presencia.

Lily sigue hablando. No sé de qué está quejándose ahora, no puedo prestar atención a su agotadora cháchara. No debería estar haciendo esto, pero la tentación es tan grande que solo tardo unos cuantos segundos en volver a girar el cuello hacia atrás, como si hubiera ahí un gigantesco imán atrayéndome irresistiblemente.

Y de nuevo cruzo una mirada con ese desconocido, moreno, mayor, guapísimo, que en ningún momento ha dejado de observarme. Está apoyado contra el alfeizar de una ventana, con los brazos cruzados en un gesto despreocupado. Va muy bien vestido, con un traje Armani de lo más sofisticado, cuya oscura tela se amolda perfectamente a su armonioso cuerpo. Aun así, a pesar de la elegancia de su porte, no encaja en este lugar, ni pretende encajar. Está claro que preferiría hallarse en cualquier otra parte del mundo, lo que me hace sospechar que se trata de un intruso, uno de aquellos que vienen y se van; la mejor de todas las demás categorías. Mirándolo, tengo la impresión de que intenta no mezclarse demasiado con los demás invitados. Quizá le guste mantener a raya a la gente. Parece arrogante y poderoso, muy seguro de sí mismo. Y solo. Horriblemente solo, al igual que yo.

Me recorre un leve estremecimiento cuando hace un gesto con la cabeza, sin que esa tenue sonrisa burlona deje de asomarse en sus labios. Consigo esbozar una sonrisa torpe a modo de saludo, antes de bajar la mirada hacia Lily, que se acaba de sentar en una silla.

Me matan estos tacones se queja al tiempo que se masajea los tobillos.

Me dejo caer a su lado con la misma expresión de alguien que acaba de ver un fantasma.

¿Quién es? le susurro, incapaz de recuperarme del impacto.

Una chispa de confusión se enciende en su mirada.

¿Quién es quién?

El hombre que me está mirando tan fijamente.

Lily alarga un poco el cuello para mirar por encima de mi peinado griego.

Adeline, hay al menos cinco tíos mirándote fijamente. No me sorprende. Menudo vestido llevas esta noche. ¿Desde cuándo te gusta a ti pasearte por ahí con la espalda al aire? ¿Y por qué todo lo que te pones encima ha de ser siempre tan odiosamente negro? Hace dos años, eras una niñita adorable. Ahora pareces Morticia Addams. No formarás parte de alguna secta satánica, ¿verdad?

Pongo los ojos en blanco. ¿Por qué la gente siempre piensa que los rockeros somos satánicos? ¿Es que no podemos ser budistas?

Me refiero al hombre de ojos azules que está apoyado contra la ventana insisto. ¿Le conoces?

Lily vuelve a mirar.

Ah. Olvídate de él.

Mis pupilas se dilatan un poco por la intriga. Lily, sin dar más explicaciones al respecto, retoma su tarea de masajearse los tobillos.

¿Por qué dices eso? bajo la voz, como si estuviésemos tratando un asunto de lo más confidencial.

Él no juega en tu división, Delly me contesta con indiferencia.

Lo cual hace que el desconocido despierte aún más interés en mí. Siempre me siento atraída por lo que no puedo tener. Debilidades mundanas, me figuro.

¿A qué te refieres con que no juega en mi división?

Resopla con fastidio y levanta la cabeza para mirarme.

¿Adeline, es que tú nunca lees la Page Six?

Estoy confusa.

¿Qué tiene eso que ver con nuestro desconocido? replico, sin entenderlo.

Pues que si leyeses la Page Six, sabrías que ese hombre es algo parecido a Satán, y dejarías de interesarte por su persona.

Giro el cuello hacia atrás y otra vez quedo bajo el embrujo de la intensidad de su mirada. Resulta realmente hipnótico mirarle. ¿Cómo podría ser el Diablo si las llamas reflejadas en sus pupilas seducen, en lugar de asustar?

Conforme avanzan las agujas del reloj, inevitablemente, vamos camino de perdernos en nuestras miradas, hasta que todo lo demás se vuelve nebuloso e insignificante: el ruido de fondo, la voz de Lily, la música, las risas… Todo parece cesar; desaparece sin más. Es como si estuviésemos solos en el mundo entero.

Apenas me doy cuenta de que un hombre trajeado se acerca a él y le susurra algo. El desconocido tarda unos instantes en despegar los ojos de los míos para mirar a su interlocutor. Lo hace con perfecto aplomo y sin ninguna clase de ganas. Contesta brevemente, vuelve a mirarme por última vez, y después me da la espalda y se marcha.

¿Y sabes qué me dijo? oigo cuando por fin el mundo en derredor mío retoma su frenética actividad. Que no pegaban en absoluto juntos.

¿Quieres dejar de ser tan jodidamente críptica? espeto, moviendo la mirada hacia ella. ¿Lo conoces, sí o no?

Lily se pone los zapatos, se endereza y me mira con mala cara.

¿Seguimos con el temita?

Sí, hasta que me digas todo cuanto pretendo averiguar.

Mi amiga resopla en señal de rendición.

¿Y qué es lo que pretendes averiguar, Adeline?

¿Lo conoces, sí o no? repito.

Cielo, lo conoce todo el país.

¿Y eso por qué? ¿Sale en Gran Hermano? ¿Es un Kardashian?

Ella suelta una carcajada.

Qué graciosa. No, no sale en Gran Hermano, ni es un Kardashian. Es mucho peor que eso.

¿Ah, sí? ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

¿No es evidente? Es rico, guapo, mujeriego y… hermano de Nathaniel Black. Hay quienes dicen que los Black son tal para cual.

¿Nathaniel Black, la superestrella? pregunto, de lo más confusa.

Los azules ojos de mi amiga se entornan por enésima vez esta noche.

El único Nathaniel Black que hay en este país, Adeline mi ignorancia parece irritarla. El único relevante, quiero decir.

Se produce un momento de silencio. Así que es famoso. Y mujeriego. Vaya, vaya. Un chico malo. Me intriga. Hay algo en él. ¿Qué es ese algo? Vuelvo a mirar hacia atrás, pero él ya no está ahí. De repente, me siento vacía.

Cuando dices que los Black son tal para cual…la insistencia de mi mirada la insta a continuar, por lo que Lily frunce la boca en un gesto de disgusto, claramente contrariada por mi interés en aquel desconocido.

Antes de que Nathaniel se casara con esa inglesa estirada que pertenece a la aristocracia europea, o eso dice la TMZ puntualiza con los ojos en blanco, como si dudara de las nobles orígenes de la señora Black, los Black solían ser inseparables. Las revistas del corazón se forraron con estos dos cabroncetes. Sus juegas debieron de llenar miles de páginas. Me sorprende que no lo sepas. Siempre salían en portadas, y siempre rodeados de modelos, bebida y drogas se inclina sobre mí con aire confidencial, lo cual quiere decir que piensa soltar alguna bomba. Susurran las malas lenguas que incluso compartieron damisela más de una vez. No está muy claro de si lo hacían por separado o juntos. Desde luego, a Nathaniel le iba mucho el rollo de las orgias. Tengo que admitir que a su hermano nadie le ha relacionado con eso, pero, en fin, no deja de ser un Black. Quién sabe los secretos que ocultan esos adorables hoyuelos suyos.

Abro la boca, completamente escandalizada. «¿Orgias?»

¡¿Estás de coña?!

Súbita e inexplicablemente, me invaden los celos. ¿Cómo puedo sentir celos de las mujeres que han pasado por la cama de un hombre al que ni siquiera conozco?

Lamentablemente, no. Su reputación no puede ser peor. Créeme, Adeline, no quieres formar parte de su universo. Como te he dicho, es la estrella de una liga muy superior a la tuya. Ya sabes, uno de esos tipos que viven rápido, follan duro… Pero regresemos al tema de tu compromiso. ¿Para cuándo es la gran boda?

Parpadeo con insistencia para ahuyentar las imágenes de mujeres sin rostro que se reproducen en mi cabeza. ¿Y a mí qué demonios me importa a cuántas se ha tirado ese tipo? ¡Como si son mil! No es asunto mío.

No hay fecha. Nos lo tomamos con calma. No he decidido aún lo que quiero hacer con mi vida.

Y me tomo toda una copa de champán de golpe, no sé por qué.

¿En serio? Y yo pensando que tu vida había sido planificada desde antes de que nacieras…

Con las manos un poco trémulas, agarro otra copa de champán. Sentarse cerca de la comida y la bebida ha resultado ser una brillante idea.

No, y llevas razón. Lo ha sido. Me quedo pensativa unos segundos, mientras tomo otros tantos sorbos. Pero quizá me rebele un día de estos añado para mí misma, antes de acabarme la bebida.

Cuando vuelvo a mirar a Lily, sé que he hablado más de la cuenta. Es mi mejor amiga, pero no siempre apoya mis ideas. Sigue sin entender por qué odio tanto mi existencia.

¿De qué diantres estás hablando?

De nada. ¿Sabes qué? Mis ojos se mueven inquietos en busca de una salida. Voy a salir a tomar un poco de aire. Estas fiestas me asfixian, y está claro que he vuelto a beber más de lo que debía.

Me mira con suspicacia, como dudando si creerme o no.

Eres una chica rara, Adeline.

Fuerzo una sonrisa que parece aplacar su recelo.

Nadie es perfecto, Lily. No existe la perfección. Y si existe, te rompe en pedazos. Mira a tu alrededor. Es peligroso ser perfecto hoy en día.

No tienes nada de lo que preocuparte, tú distas mucho de serlo. Toma. Hace frío en la calle. Llévate mi chal.

No quiero llevarme nada, pero lo hago para que me deje marchar de una vez. Tengo que poner orden en esos preocupantes pensamientos que llevan diez minutos asaltando mi mente como la flechas de un cazador.

Gracias. No tardaré en volver.

Con la prenda alrededor de los hombros, salgo a la terraza más próxima. Me alegra comprobar que no hay nadie más aquí. Necesito unos momentos a solas. Por Dios, ¿a qué hora acaba esta estúpida fiesta? Me quedaré aquí, aislada de todos, hasta que termine. No pienso volver ahí dentro para escuchar las mismas conversaciones vacías de siempre.

Sumergida en mis pensamientos, apoyo las manos en la barandilla y dejo que mi mirada se pierda en el panorama que se extiende ante mis ojos. Las luces titilantes de los rascacielos, que ocultan algunas de las viviendas más caras del mundo, se empequeñecen en el horizonte, y parece que la cúpula del Empire, orgullosamente erguida en medio de todos los demás edificios, está vigilando la ciudad, como uno de aquellos antiguos faros. El Faro de Nueva York.

Se supone que yo pertenezco a esto, que lo que estoy viendo es mi mundo, pero lo cierto es que jamás me he sentido como si formara parte de él. En realidad, creo que yo jamás he formado parte de nada. Es verdaderamente triste sentirse siempre como un intruso y que todo parezca tan grande comparado contigo. La jungla que se alza por encima de mí es, en ocasiones, un lugar peligroso para alguien como yo.

Resulta tranquilizador, ¿verdad?

Sobresaltada, muevo el cuello hacia el hombre que acaba de detenerse a mi izquierda. ¡Es él! El desconocido de ojos azules.

¿A qué te refieres? me obligo a decir, al cabo de unos instantes de completo silencio.

Sus impactantes ojos se pierden a lo lejos. Se ha deshecho de la chaqueta de su traje y ahora solo viste el pantalón oscuro y la camisa blanca, arremangada por debajo de los codos, de un modo que le hace parecer elegante a la vez que despreocupado.

Las luces. Me tranquiliza mirarlas. Con absoluto aplomo, vuelve la mirada hacia mí. ¿No te pasa a ti lo mismo?

Me quedo mirándolo embobada, sin ser capaz de abrir la boca. El desconocido me dedica una sonrisa amable, supongo que divertido por la mueca de idiota que debe de registrar mi rostro. ¡Mi madre! Cuando sonríe, más que guapo, es arrasador. Tiene un rostro impresionante, de labios carnosos y nariz recta. Antes no me había dado cuenta de ello, pero ahora lo veo con claridad.

Sus rasgos son salvajes y aristados, y reflejan dureza. Aun así, puedo ver cómo a través de ellos consigue asomarse un ápice de afabilidad. Su constitución delgada y su porte erguido le prestan un aire de distinción que le vuelve aún más irresistible a mis ojos. Lleva el oscuro pelo despeinado, como si no hubiera modo alguno de arreglarlo, y hay una arruga de concentración cruzando su entrecejo. Parece alguien severo y autoritario, con una gran predisposición a fruncir el ceño. Un líder, quizá, acostumbrado a que la gente le siga y le obedezca en todo momento.

Oye, ¿te encuentras bien? me pregunta con voz cálida, al ver que no me dispongo a abrir la boca.

Sacudo la cabeza para ahuyentar mis pensamientos.

Supongo que sí. Quiero decir, sí, me resulta tranquilizador mirar. ¡Las luces! chillo, convencida de que mis palabras podrían adquirir un doble sentido para alguien como él. Me resulta tranquilizador contemplar las luces apostillo en un susurro.

Una sonrisa pícara roza la esquina derecha de su boca.

Por supuesto que las luces. Es de lo que estábamos hablando, ¿no?

Carraspeo, bastante incómoda a causa de mi creciente ansiedad.

Desde luego musito, y me sonrojo. Inexplicablemente.

Durante un breve momento, se queda paralizado, contemplando concentrado cada uno de mis rasgos, como si pretendiera absorberlos.

Estás muy guapa cuando te ruborizas. Deberías hacerlo más a menudo. Soy Robert, por cierto.

Bajo los ojos hacia la mano que me ofrece y la miro con recelo, como si dudara sobre si tocarla o no. Tengo la molesta sensación de que la arteria del cuello va a estallarme si mi pulso sigue acelerándose de este modo. «Si tan solo dejara de mirarme tan intensamente…»

Adeline murmuro, al tiempo que me dispongo a estrecharle por fin la mano.

Pego un brinco cuando las puntas de mis dedos rozan su piel. Su contacto abrasa y me provoca una deliciosa sacudida. El hermoso extraño me dedica una sonrisa lenta, llena de misterio, peligrosa, y yo me apresuro a soltarle.

No te asustes, Adeline formula mi nombre con gran deleite, como si quisiera comprobar cómo suena en sus labios. Desde luego, suena bien. Demasiado bien. Tan solo eran unas cuantas chispas.

«Dios mío…»

Ya fuerzo una sonrisa, y él me guiña un ojo y me sonríe.

Me pone nerviosa. Hay algo en él que me atrae, y no sé el qué. En un intento por calmar mis nervios, cada vez más descontrolados, desvío los ojos hacia la noche neoyorkina, con la esperanza de que Robert lleve razón. Quizá resulte tranquilizador mirar las luces.

¿Puedo invitarte a una copa? me distrae la suavidad de su voz.

Permanezco inmóvil por unos momentos, y luego muevo el cuello para mirarle. Este hombre tan increíble quiere que tomemos una copa. Juntos, él y yo. Y a mí no se me ocurre una idea mejor. Lo paradójico de todo es que la idea de que esto me parezca una buena idea es, en sí, una idea espantosa.

Solo si mi novio puede acompañarnos contesto con fingida gravedad.

Sus labios se curvan en una sonrisa seductora. Muy lenta. Felina. Si yo fuese un poco más delicada, este sería un excelente momento para desmayarse. Pero no lo soy.

¿Tu novio? acota con gélido desdén. ¿Te refieres a ese mocoso que está compitiendo en una guerra de chupitos?

No puedo apartar los ojos de los suyos, y eso me incomoda un poco.

Veo que te mueres por hacer amistades esta noche, ¿eh? me burlo.

El desconocido tuerce la boca en un gesto de desprecio.

¡Amistades!