El despertar, by Nathaniel Black

Advertencia!!!!!!!! No te leas este relato si no te has leído Adicta a él…hasta que los paparazzi nos separen y Antes de Medianoche, puesto que se te desvela el final!!

 

 

mIRANDOLA A ELLA

 

 

 

El despertar, by Nathaniel Black

ISABELLA MARÍN

Para mi querida Emi,

Con todo mi cariño,

Bella

 

Mi mundo estaba compuesto por la oscuridad y la nada antes de conocerla a ella. Había vacío… soledad… decadencia. Nada tenía sentido. No hay algo más cruel que estar muerto y, aun así, seguir viviendo, un día tras el otro, contemplando con mirada ausente el absurdo transcurso del tiempo. Todo era absurdo. La vida misma era absurda. Mi carrera era absurda. ¡Todo lo que me rodeaba era tan patéticamente absurdo! Yo era famoso, rico, estaba en la cima del mundo. Solo necesitaba chasquear los dedos para conseguir todo lo que se me antojaba: el coche más caro de todos antes de que el fabricante lo sacase a la venta, la modelo más sexy del planeta; no se me negaba nada. ¿A mí? No. Nadie te cierra las puertas cuando eres el chico malo de Hollywood. Todos quieren ser amigos tuyos para poder luego apuñalarte por detrás.

Aborrecía mi mundo, con todos sus artificios y sus hipocresías. A veces solo quería volver a lo de antes, desaparecer del mapa e intentar descubrirme a mí mismo en alguna parte del globo. Quería dejar de ser una jodida marca comercial, dejar de comportarme siempre como ellos me exigían. Ser malo mueve millones, Nate. Eso solía decir mi agente. No se daba cuenta de que ser malo es mucho más difícil de lo que parece. Algunas veces, ser malo puede joderte vivo.

A eso se resumía mi vida, más o menos: a ser un perfecto cabronazo. Eso era lo que América esperaba de mí. Yo solo era una artista que todas las mañanas se colocaba una máscara. Les daba lo que ellos querían ver. Y me vitoreaban por ello. ¡Idiotas! No eran capaces de ver más allá de mis fachadas; entender que mi vida no era tan maravillosa como ellos la pintaban. Nadie podía ver que al apagarse los focos, cuando cesaban los aplausos y todos me daban la espalda para regresar a sus vidas, yo me quedaba completamente solo. El aislamiento era otra de las consecuencias de ser el chico malo de Hollywood. Estaba rodeado de gente y, a pesar de ello, la soledad era aplastante. Igual que las tinieblas que formaban mi infierno personal.

Ese era yo antes de conocerla. Habitaba en la oscuridad, pues la luz no era sitio para las bestias como yo. Y estaba lleno de odio. ¡Estaba tan cabreado! Cabreado con la sociedad, con mis padres… ¡con el jodido universo! Los odiaba a todos ellos por haberme convertido en eso y también me odiaba a mi mismo por haberlo permitido. Ella diría que yo había vendido mi alma por un puñado de monedas. Puede que lo hiciese. Ella siempre tiene razón… Puede que hiciese un pacto con el diablo. ¡Joder, lo hice! Lo hice solo por llegar a la cima. ¿Qué más dará eso? Yo solo hice lo que era necesario para conseguir lo que quería. Y lo conseguí. ¡Lo tenía todo! ¿Por qué eso ya no era suficiente? Tal vez porque lo tenía todo y nada a la vez…

El hecho de estar viviendo en el barrio más rico de todo Manhattan, no había conseguido cambiar todos mis hábitos. Aún había algo dentro de mí que ni el dinero, ni la fama pudieron cambiar: mi verdadera esencia. A pesar de mi vasta fortuna, seguía siendo el mismo chico pobre de siempre. Tan pobre que no me permitía a mí mismo amar. No me permitía sentir. ¿Sentir? ¿Por qué iba a querer eso? Sentir era una cruel tortura para mí. Lo mejor era apagarlo todo y buscar constantemente alguna nueva distracción. ¿Lo peor? Que ya nada conseguía satisfacerme. Sexo, fiestas, drogas; hacía tiempo que nada de eso me calentaba por las noches. Ellos me llamaban El Elegido. El niño pobre que había salido de las cloacas para subir hasta la cima del mundo. Lo que ellos no sabían era que había perdido mi alma mientras trepaba. La fama es como un monstruo que te devora lentamente y antes de que te des cuenta, ya no queda nada de tu humanidad. La muy zorra no descansa hasta convertir el todo en la nada.

Tenía treinta y seis años y tanto dinero que no sabía qué hacer con él. ¿Pero acaso eso me servía de algo? ¡Estaba muerto! “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto y, de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante”. Y no lo digo yo porque no soy tan juicioso. Lo dijo Oscar Wilde. ¡Tiene gracia! Desde que estoy con ella leo a Wilde, a Fitzgerald, a Mitchell y a las hermanas Brontë, solo porque son sus autores favoritos. ¡No se puede ser más gay!

Si tuviera que elegir ese único momento en el que centrar toda mi vida, elegiría, sin duda alguna, el instante cuando ella me miró por primera vez. Sí, creo que eso capta jodidamente bien la esencia de mi entera existencia. Fue la primera vez en muchos años cuando noté algo parecido a un cosquilleo en mi pecho. Ni yo mismo sabía lo que era ese latido. ¿Mi corazón? ¡Si hacía años que lo había perdido! ¡No podía ser! Y sin embargo…ahí estaba. Pum. Pum. Pum. No podía dejar de mirarla. Ella apartó la vista en algún momento. ¡¿Por qué maldita razón hizo aquello?! ¿Acaso no era capaz de ver que yo necesitaba que volviese a mirarme? ¡Necesitaba desesperadamente recuperar ese latido! ¡Estaba vivo! Cuando ella me miró por primera vez, desperté.

Miré a mí alrededor. ¿Dónde estaba? ¿Qué cojones estaba haciendo ahí? ¿Por qué tenía que firmar esos ridículos autógrafos? ¡No quería nada de eso! La fama, la fortuna, la marca Nathaniel Black. ¡Por mi se podían ir todas al infierno! Lo único que yo necesitaba era el latido. Una, y otra, y otra vez. Ese pum que me hacía sentirme vivo. Lo quería de vuelta. Lo echaba de menos más que a nada en el mundo. Quería recuperarlo y con él, recuperar mi alma. Y una cosa estaba clara: la única manera de conseguirlo era consiguiéndola a ella.

Sabía quién era. Por supuesto que sí. Había hecho bien mis deberes. Ella estaba ahí solo porque yo lo había dispuesto de esa forma. Desde el principio supe que la quería a ella como mi asesora de imagen. Conocía su reputación. Era dura. Implacable. Fuerte. Severa. Tenaz. Rebelde. Sabía que ella era la única para mí. No necesitaba conocerla personalmente. Bastaba con leer el informe que Wesley, mi guardaespaldas, hizo sobre ella. ¡Era la única!

Lo que ignoraba era que fuera tan jodidamente guapa. Eso podía suponer una complicación para alguien como yo; sin embargo, decidí que eso era algo con lo que lidiaría después. Quería a Catherine Collins e iba a tenerla. Claro que no podía hacérselo notar. Ella era como un precioso gatito que se había afilado las uñas encima de mi corazón. ¡No podía dejar que ella supiese el poder que ejercía sobre mí! Tenía que ganármela, pero a mi manera. Hacer que el juego fuese lo bastante interesante como para que ella quisiese jugar conmigo. Provocándola era el único modo de conseguirla y yo lo supe en cuanto nuestros ojos se cruzaron por primera vez.

Ella era como yo. Quería las mismas cosas que yo, podía ver sus deseos más oscuros al perderme en esos intensos ojos verdes. Había un brillo en ellos, un atormentado destello que a mí me resultaba de lo más familiar. Mirándola a ella era como mirar hasta el fondo de mi propia alma. Podía ver la misma oscuridad, el mismo vacío… el hielo. ¡Todo hielo! ¡No era más que hielo! Catherine necesitaba sentirse viva, lo supe entonces. También supe que yo era el único que podía darle eso. ¡Quería dárselo! ¿Por qué? Ni yo mismo lo sabía. Había algo en ella que despertaba ciertos sentimientos de ternura en mí.

Y otras cosas menos cristianas, también.

Quería tenerla, pero ya no como mi asesora de imagen. Quería que ella, esa niña mimada que parecía tan mentalmente jodida como yo, fuese mía.

Había un precio que pagar y yo lo sabía. Siempre hay un precio que pagar. A mí nunca me han salido las cosas gratis. He tenido que pujar demasiado alto por conseguir lo que tengo ahora. ¿Pero acaso importaba eso? No, por supuesto que no. Ni siquiera me importaba que el precio que había que pagar esta vez fuese el más alto de todos. Sabía el gran riesgo al que iba a someterme. Ella y yo, los dos íbamos a enfrentarnos a lo mismo. Los últimos vestigios de nuestras almas podían desaparecer si las cosas salían mal. ¿Estaba la niña buena dispuesta a ello? Yo, desde luego, sí. Estaba dispuesto a jugar a la ruleta rusa para conseguirla. Y era turbador como solo había necesitado unos cuantos instantes para saberlo. Ese era el efecto que Catherine producía en mí.

Entonces caí en la cuenta de algo crucial. Una parte de mí, la parte que ella había devuelto a la vida con una sola mirada, la amaba, de algún modo incomprensible para mi cerebro. Aquello fue uno de los momentos más transcendentales de toda mi vida. ¡Uau! Nathaniel Black era capaz de amar. La prensa internacional había alucinado con esa noticia. Lo más curioso de todo es que lo supe así de sencillo y lo acepté con la misma facilidad: sin tan siquiera haber intercambiado una palabra con ella, sin entender el porqué del asunto, la amaba. Amaba a esa mujer que había conseguido despertarme de mi letargo y la amaría hasta el fin, pasase lo que pasase. Eso me aterraba. La otra parte de mí, la que seguía sin sentir nada, quería alejarla. ¿Y si yo me equivocaba con ella? Tal vez no fuese como yo. ¿Acaso podía yo conocer los recovecos más profundos de su alma solo con mirarla durante unos instantes? ¿Y si ella no me necesitaba a mi? ¿Y si amarme iba a destruirla, como a Mary?

Pero… ¿y si no? ¿Y si yo era todo cuanto ella necesitaba, tal y como ella, en cuestión de instantes, se había convertido en todo lo que yo necesitaba para ahuyentar mi nada?

Tener conflictos mentales también te jode vivo. ¡Necesitaba una condenada botella de bourbon! Y un poco de coca. Y follarla. Oh, sí, eso era lo que más necesitaba de todo. Habría renunciado a todo lo demás solo por follarla en ese preciso momento. Casi podía imaginármela desnuda entre mis brazos. Podía sentir su piel, sus labios, la calidez de su cuerpo. ¿Qué pensaría la estimable señorita Collins si conociera mis pensamientos? ¿Respondería a mi pasión? Seguro que sí. Yo me ocuparía de ello.

―Pido disculpas por la teatralidad, pero en mi defensa diré que no me dejaron pasar. Catherine Collins, un placer.

Su acento era culto, británico, por supuesto (es inglesa), mientras que su mirada destellaba distante y arrogante, tan desafiante como toda su persona. No esperaba otra cosa de una mujer como ella. Me ofreció su mano, pero no se la acepté. Ese juego era de lo más divertido. No me habría importado jugarlo con ella hasta el fin de los tiempos.

―Señor Black, ha habido un terrible malentendido y, si me concediera tan solo un minuto, podría explicárselo todo.

Simulé aburrimiento. La juguetona gatita no podía conocer mi interés. Los gatitos se aburren muuuy rápido de sus juguetes.

―¡Detenla!

Me miró confusa, no se esperaba esa actitud. Pensaba que, por ponerme ojitos, iba a salirse con la suya. ¡Ja! ¡Nena, abróchate el cinturón! Tú y yo vamos a subirnos a la montaña rusa más alta y peligrosa de todas.

Fingí no saber quién era y le di la espalda, cogiendo a Anne de la mano. Oh, Anne. Se me había olvidado que ella estaba a mi lado. Solo tenía ojos para Catherine. Con Anne también tendría que lidiar algún día. Sin embargo, hoy no. El día de hoy se lo dedicaría por completo a la gatita Catherine. Mi Catherine. Siempre iba a ser Catherine.

―Tranquilo ―le dijo a Wesley, quien intentaba pararla―. No voy a besarle, ni a lanzarle el sujetador, o…―hizo una pausa―…lo que sea que los fans hagan. Solo quiero hablar. Un minuto.

No pude reprimir una sonrisa. ¿Por qué no se iban todos al diablo y nos dejaban solos a Catherine y a mí? Seguro que conseguiría hacerla lanzarme su sujetador en menos de veinte minutos. Mmmm, ¿de qué color será…? Me giré de cara a ella, por si lo podía adivinar. Nop, su vestido no era transparente, pero si podía adivinar las curvas de su cuerpo. Iba a ser muy entretenido descubrirlas y conocerlas todas. Iba a ser entretenido y jodidamente excitante conseguir a Catherine.

Tuve que ser muy malo y muy retorcido con ella, solo le di migajas para luego quitárselo todo. Necesitaba jugar ese juego para mantener vivo su interés. Era evidente que ella quería solo lo que se le negaba. Catherine Collins era la clase de mujer que lo tenía todo y ya nada despertaba emoción en ella. Dejaba la sensación de haber estado en todas partes, enfrentándose a todos los desafíos que la vida de una niña bien como ella podía ofrecer. Le habían puesto el mundo a sus pies desde que había nacido, por eso aborrecía las cosas que se obtenían fácil. Yo lo sabía. Sabía por qué ella se negaba a trabajar en la empresa de su familia. Sabía por qué había elegido ser asesora de imagen y abrirse un camino en ese mundillo sin la ayuda de sus apellidos. Le gustaba ganarse las cosas por sí misma. Catherine era una magnífica luchadora mientras que yo era el gran premio. Tenía que ponerle las cosas difíciles.

Y se las puse, puede que incluso demasiado difíciles. No dejé de provocarla hasta que fue mía.

Pero luego todo se fue a la mierda. Cuando hay tanta oscuridad de por medio, es imposible evitarlo. El declive empezó con Anne. Yo era feliz. Había conseguido a mi Catherine. Ella era mía. El cuento de hadas marchaba sobre ruedas. Hasta que volvió la rubia más famosa de Hollywood para joderme vivo. ¡Todo el mundo quiere joderte vivo hoy en día! En serio. ¡Ser rico y famoso apesta! Esto debería publicarse en la Page Six, así los niños y niñas americanos, en vez de soñar con Hollywood, empezarían a pensar en profesiones serias, como mecánico o enfermera. ¡Lo que daría yo por haberme hecho mecánico!

―Anne ―me esforzaba por disimular mi sorpresa.

―Amor mío ―levantó su copa de Martini en gesto de saludo.

Quise estrangularla. De verdad que sí. Retorcerle el pescuezo. ¿Qué cojones estaba haciendo en mi salón? Le había dejado bien claro en Londres que quería a Catherine y que ella iba a ser mía de un modo u otro. Anne y yo habíamos roto casi dos meses atrás. Incluso se había marchado del país. Para superar la ruptura, dijo. ¡¿La ruptura?! ¿Qué cojones estaba diciendo? Lo nuestro solo había sido follar y ella lo supo desde el principio. Era tan adicta como yo. Crack, coca, anfetas, sexo… A Anne le iba todo, como a mí. Pero no era más que eso. Yo no sentía nada por ella, ni ella me amaba a mí. ¡¿Entonces, qué coño estaba haciendo ahí?!

―Si no me falla la memoria, vivo aquí ―me contestó.

Quería gritarle. Sacudir su cuerpo hasta que perdiese el puto conocimiento. Pero no podía. Anne conocía todos mis secretos. Los más oscuros. Lo que no me atrevía a confesarle a Catherine, ella lo sabía y podía usarlo en mi contra. No iba a permitirlo. Nuestra relación estaba en pañales aún y no quería arriesgarme a perderla. ¡Necesitaba más tiempo! Anne tenía que desaparecer en ese preciso instante, antes de joderlo todo. Así que me fui con ella a cenar y le expliqué la situación. Me sorprendió su serenidad y lo bien que lo estaba encajando. ¡Claro que sí! El daño ya estaba hecho, por eso estaba tan complacida, la muy zorra.

Lo supe en cuanto llegue a casa y vi a Catherine. Estaba destrozada, aunque fingía estar bien. La miré turbado. ¡Necesitaba más tiempo, joder! Ella aún no estaba preparada para esa mierda. Mi Catherine era demasiado inocente como para verse salpicada por toda esa basura que había sido mi universo antes de conocerla.

―¿Quieres al menos hacer el favor de mirarme durante un segundo? ―le grité, lanzando al suelo ese maldito libro que fingía estar leyendo.

Estaba hecha una fiera, lo veía en sus ojos. ¡Estaba perdiéndola! ¡Dios, no! ¡No, no, no! No podía perderla. Ella era lo único que yo necesitaba y yo era lo único que ella necesitaba. Estábamos hechos el uno para el otro. ¿Por qué ella no era capaz de verlo en ese instante?

―Así que es cierto. Eres adicto al sexo.

Mi mundo se vino abajo. ¿Cómo explicárselo a Catherine? ¿Cómo decirle que sí, que ese era yo, un jodido adicto a las drogas, al sexo y al alcohol, que no era capaz de amar a nadie, ni a nada, antes de conocerla a ella? Podía haberle dicho toda la verdad, pero ¿cómo explicarle que ya no necesitaba nada de eso desde que la había conocido? ¿Que ella me llenaba lo bastante? No me habría creído. Mis propios psicólogos creían que estaba mintiendo. Decían que eso era imposible. Un adicto no deja de ser un adicto de la noche a la mañana, Nate. Eso fue lo que dijo uno de ellos y mis desesperadas explicaciones no le hicieron cambiar de idea. ¿Por qué no iba a pensar ella lo mismo? No confiaba en mí. Aún no. Y, dada la situación, nunca lo haría. ¿Y sí yo realmente no era digno de esa confianza? Ella era la única que podía salvar mi alma, pero ¿y si mi alma no valía la pena ser salvada?

Entonces lo vi con claridad. Debía dejarla marchar. Ella no necesitaba todos mis jodidos problemas en su vida. Podía conseguir a alguien mejor que yo. Alguien como mi hermano. Ese simple pensamiento me partió en dos. La idea de imaginármela con otra persona era devastadora. Sin embargo, ya no podía seguir siendo egoísta con ella. Tenía que enseñarle que yo era malo para ella. Eso, lo nuestro, era malo para ella. Sí, no había otra manera.

A pesar de todas las ideas que pasaban por mi mente, a pesar de que mi alma se había fraccionado de dolor, mi rostro no se alteró en absoluto. Después de todo, yo era uno de los actores mejor pagados de Hollywood. Si era preciso, podía interpretar perfectamente el papel de un autentico hijo de puta para alejarla de mi.

―Lo soy ―confesé tras un largo silencio.

Sus ojos se agrandaron de dolor al verme tan imperturbable. Deseaba con todas mis fuerzas que ella pudiese ver lo mucho que me dolía aquello, pero no podía enseñárselo. La amaba demasiado como para condenarla a una vida miserable a mi lado.

―¿Y cómo lo sabes? Podrías ser simplemente un hombre con una libido alta.

Intentó agarrarse a cualquier cosa. Eso la superaba y los dos lo sabíamos. Me odié a mi mismo por hacerla pasar por todo esto.

―La diferencia está en el control. Yo no lo tengo. He entrado en lo que llaman una burbuja y ya no tengo voluntad alguna de parar. La idea de follar es… obsesiva.

Parecía desesperada por buscar una solución. Sabía que su mente iba a cien, sopesando todas las posibilidades, todas las opciones.

―Pero tú reconoces que eres adicto. Es el primer paso hacia la recuperación, ¿no? ―insistió.

―Nunca he pensado en mi apetito sexual como en una adicción. Por desgracia, mis psicólogos no están de acuerdo con eso. Dicen que vivo en un mundo de fantasía y que trato por todos los medios de evitar cualquier clase de contacto emocional.

―¿Por qué no vas a rehabilitación?

Me miró y lo vio claramente. Vio lo que yo quería que viese, no la verdad. Raras veces dejaba que ella vislumbrase la entera verdad.

―Te gusta ser así ―murmuró, derrotada.

Por primera vez en su vida, Catherine Collins estaba derrumbándose. Y ahora iba a dar mi golpe de gracia. Sabía que eso la destruiría.

―Pues sí. En mis relaciones no hay dramas… ni ñoñerías… ni gilipolleces. Se limita todo al simple acto sexual. No hay complicación alguna y eso me gusta. Odio las ataduras y los dictámenes, y no me gusta tener que preocuparme por no herir sensibilidades.

Ver su rostro estaba matándome. Dios, no podía hacerlo. No podía dejarla marchar. Alejarse en ese momento era lo mejor para ella, la opción más simple y menos hiriente; ¡lo más sencillo para ella! ¿Pero acaso sencillo quiere decir mejor? Decidí que no, solo porque la otra opción, la de dejarla marchar, era inaguantable. Ella era Catherine Collins-Fitzgerald. Si había alguien capacitado para enfrentarse a toda esa basura, ese alguien era ella. Mi chica fuerte, dura e implacable.

Esa noche le enseñé mi lado más oscuro, todo lo malo que yo podía llegar a ser. Conoció todos mis demonios. Bueno, casi todos. Los hombres como yo siempre nos guardamos el as en la manga. Parecía cansada mientras me escuchaba, harta de mí y de mis tormentos; a punto de rendirse. Pensé que me odiaría después de eso. Creo que ella misma pensó que me odiaría después de eso.

―¡Tú no eres un hombre de verdad y nunca lo serás! ―me gritó―. Solo eres un mocoso que juega a ser mayor.

¡Vaya! La señorita Collins siempre tan directa. Los demás intentaban clavármela por detrás. ¿Ella? ¡Jamás! Catherine siempre apuntaba al corazón. Y nunca fallaba.

Pensé que se iría después de esa noche. Me alejé de ella. Le dejé espacio para que tomara su decisión. Bebí hasta reventar durante toda una semana, me pegué con todo aquel que se cruzaba en mi camino y esnifé una cantidad realmente escandalosa de coca. Escandalosa por tratarse de un actor de Hollywood con mucha practica, quiero decir. El resto de la población habría sufrido una sobredosis solo con ver aquellas montañas blancas. Hice todo eso solo por dejar de pensar en ella. Estando lo bastante borracho y colocado, no había peligro de que su mirada atormentada se cruzara por mi mente.

Estaba convencido de haberla perdido para siempre, pero, de nuevo, mi Catherine me sorprendió. Cuando volví, ella estaba en casa. Yo no entendía por qué. Ni ella misma era capaz de comprenderlo. Y, aun así, ahí estaba, esperándome. Ese fue el instante cuando lo supe: estábamos juntos en eso y nunca iban a cambiar las cosas. Claro que las cosas cambiaron. ¡Las jodidas cosas siempre cambian!

Perdí el control. Los psicólogos, después de todo, eran más listos que yo. Un adicto no deja de ser un adicto de la noche a la mañana, Nate. ¡Qué hijos de puta! Acertaron. Esa misma noche metí la pata bien metida. Y lo que es aún peor, lo hice con ella. Mientras le hacía el amor, el tiempo y el lugar desparecieron de pronto y un oscuro velo nubló mi mente, transformando el todo en la nada. Una vez más. En esa ocasión me la follé como nunca. No me importaba quién era ella, ni qué estaba haciéndole, ¡no me importaba nada! Solo quería follar.

Cuando me di cuenta de lo que le había hecho, no podía reaccionar (de no haber sido tan jodidamente egocéntrico, ese habría sido el puto momento de pegarme un tiro). ¿Cómo había pasado aquello? Llevaba casi dos meses controlando mi adicción. Pensaba estar bien… ¡Ja! La vida me demostró lo contrario. Una vez más, la oscuridad, ¡mi oscuridad!, se interpuso entre nosotros. Me odie a mi mismo como nunca antes lo había hecho. ¡Estaba tan furioso! Ella dijo que no pasaba nada. Yo dije que lo mejor era acabar con todo. Le recordé lo malo que yo era para ella, le dije que estar conmigo iba a destruirla. Enloqueció al darse cuenta de que lo nuestro pendía de un hilo muy débil que estaba a punto de romperse. ¡Quería ser como yo! ¡¿COMO YO?! ¡Por encima de mi jodido cadáver! Ella era demasiado buena para eso y estaba claro que yo era una influencia nefasta si ella había sopesado esa posibilidad. Así que volví a salir de su vida, dispuesto a no volver jamás.

Hasta que me mandó un SMS. Un jodido SMS, jodidamente frío, lo jodió todo. Mi voluntad volvió a tambalearse. Mi decisión de dejarla marchar se fue a la mierda. Me presenté a su fiesta. Bueno, era la mía, en realidad. No pensé en las consecuencias, solo necesitaba verla y abrazarla. Estaba herido y muy borracho. Me dolió más de lo físicamente aguantable ver como ella estaba buscando consuelo en los brazos de mi hermano. Me lo merecía, claro que sí. Había sido un jodido bastardo con ella, me merecía eso y algo peor, pero verlos bailar de esa forma tan tierna, mirándose de ese modo, me resultaba desquiciante. Sabía que él la amaba y sabía que una parte de ella sentía cosas por él. Me comporté como un capullo esa noche. Una vez más. Ella me dijo que se iba. Yo estaba fuera de control.

―Lo único que sé es que, si solamente me quedara hoy, querría pasarlo contigo porque no puedo imaginar mi día sin que tú estés en él.

Eso le dije e iba en serio. No solo mi día, sino el jodido universo, no podía existir sin ella. Lo entendió. Me besó y los dos nos olvidamos de todo y dejamos atrás la oscuridad durante unas cuantas horas.

Todo era perfecto. El mundo, hasta aquel entonces, miserable, se había vuelto perfecto. Ella era perfecta. Yo era perfecto. Lo nuestro era perfecto. Claro que eso tampoco duró demasiado. Esta vez me jodieron vivo los paparazzi. Creo que el ¡jodamos vivo a Nathaniel Black! debió de ser un trending topic por aquel entonces. Si no, no me explico por qué todo el mundo querría joderme de una forma u otra.

Catherine se largó y fastidió las cosas esa noche. Supongo que esa vez le tocaba a ella joderme vivo. Cuando vi en el Times de esa mañana una foto en la que ella estaba besando a mi hermano, quise matarla. No sé como fui capaz de conducir de vuelta a casa sin estrellar el coche. Estaba tan furioso como una bestia desquiciada. ¡Y ella tan tranquila, mirándome como si nada hubiese pasado! Me imaginé mis dedos apretando su frágil cuellecito, de verdad que sí; estuve saboreando el momento, imaginándome como el aire abandonaría sus delicados pulmones. Oh, sí, me imaginé todo eso y disfruté mientras lo hacía.

Pese a ello, no fui capaz de llevarlo a la práctica. Luego habría tenido que matarme a mí mismo porque me resulta inconcebible un mundo sin que ella estuviese ahí. Y he de admitir, (a regañadientes), que yo siempre he sido un capullo demasiado egocéntrico como para pensar en los suicidios. Lo mejor era pasar página y solucionar lo nuestro, intentar olvidar que ella había besado a mi propio hermano.

Eso hice.

A partir de ese momento, las cosas fueron bien entre nosotros. Bueno, no del todo… Nos enfrentamos a muchos otros desafíos (la vida es muy puta y todos quieren joder vivo a Nathaniel Black), pero lo hicimos juntos y salimos vencedores. Hasta que llegaron las Navidades y todo se fue a la mierda.

Me había pasado el día buscando un anillo de compromiso. No quería esperar más. Era evidente que mi vida sin ella no tenía sentido, aunque jamás lo habría admitido en voz alta. Seguía viéndola como a una gatita caprichosa y estaba convencido de que si ella llegaba a saber lo mucho que la quería, se habría cansado de mi en un abrir y cerrar de ojos. ¿Por qué iba a molestarse a quererme si ya me tenía? Aun así, necesitaba dar ese paso con ella, tenerla solo para mí. Para mantener vivo su interés, iba a pedirle matrimonio sin decirle ese te quiero que ella tanto necesitaba oír. De nuevo, ella debía ignorar el poder que tenía sobre mí. Era la única manera. Si quería conservarla, debía ocultarle mis verdaderos sentimientos.

No, Catherine no podía saber el amor que le había procesado en todos los momentos, incluso en los malos. ¡Siempre! Cuando ella me gritaba que me odiaba, yo quería gritarle que la amaba. ¡La amaba! Y nunca dejaría de amarla.

Por eso hice lo que hice.

La amaba tanto que encontré las fuerzas para dejarla marchar. Yo no era bueno para ella y supongo que una parte de mi lo había sabido desde el mismo principio, solo que me negaba a admitirlo. Lo nuestro era demasiado tóxico, así que le abrí la jaula y dejé que volara lejos de mí. No podía seguir condenándola a vivir en mi infierno personal solo porque yo era demasiado egoísta como para liberarla. Ya no se trataba de mi adicción. Se trataba de todo mi mundo, de todo lo que suponía ser el chico malo de Hollywood. Esa jodida marca que yo tanto aborrecía, pero que mantenía intacta, estaba pasándome factura. A mí ya nada de eso me afectaba. A Catherine, sí. Ella se desquiciaba con cada rumor malicioso. Se volvía loca, pensando que era cierto. No lo era. ¿Cómo hacérselo ver? Siempre estaba dispuesta a ver lo peor de mí.

―¿Cuál es la explicación esta vez? ―me preguntó, de espaldas a mí.

Quería decirle la verdad. Quería conservarla. Quería ser de nuevo un jodido egoísta con ella. Pero no debía. Si realmente la amaba tanto cuando decía, tenía que dejarla marchar.

―Esta vez no hay una explicación. Salvo por la más evidente de todas, claro.

―¿Y cuál es la más evidente de todas, Nate?

Ella estaba mirándome en silencio. Cerré los ojos. Iba a acabar con todo eso y no podía hacerlo mirándola a la cara. No podía mentir de esa manera mientras miraba sus ojos.

―Qué soy un hijo de puta infiel.

Ella lo supo entonces. Se había acabado. Era libre de marcharse. Y eso hizo. Me dio la espalda y se fue. La observé turbado.

―¿Catherine?

¡No podía! ¡No podía dejarla marchar sin decirle la verdad!

―¿Sí? ―susurró.

―Te quiero.

Y ya está. Ahí se acabó todo. La perdí para siempre.

¿¿¿Para siempre??? Grandes palabras para tan pequeño intervalo de tiempo. Lo cierto es que la conseguí de vuelta. ¿Cómo? Es evidente. Soy Nathaniel Black.

***

―¿Qué te parece este cochecito para bebés? ―la suave voz de Catherine me saca de mis pensamientos.

Levanto la mirada del suelo. Está de pie a mi lado, alargándome su iPad. Si bien lo cojo, no puedo mirar esa pantalla. Solo puedo mirarla a ella. Es adorable, con su camisón de señoritinga y su pelo revuelto.

―¡Espabila! ―impaciente como lo ha sido durante toda su vida, chaquea los dedos para despertarme de mi trance―. ¡Y no me mires así! No soporto cuando me examinas tan fijamente, como si quisieras hacerme cosas malas.

Quiero hacerle cosas, pero no son malas. ¿O tal vez sí…?

―No puedo dejar de mirarte. Eres exquisitamente sexy ―musito, en voz gutural.

Me pone mala cara.

―¡Parezco una maldita cucaracha!

No puedo evitarlo, suelto unas cuantas carcajadas, que la enfurecen todavía más. Si se le saca de quicio, Catherine puede llegar a ser tan rabiosa como un gato montés. El embarazo no ha hecho más que intensificar sus ataques de cólera. Hormonas…

―Puede que tengas el instinto maternal de una cucaracha, pero no te pareces en absoluto a una, amor. Te lo aseguro. Eres tan sexy que quiero follarte ahora mismo.

―¡Tío, eso es repugnante! Podría dar a luz en cualquier momento.

Vuelvo a reírme. Lo cierto es que ella no tiene el instinto maternal de una cucaracha. Quiere ser madre. Solo que aún no lo sabe. Ella nunca sabe lo que quiere, por eso me necesita a mí. Lo doy lo que quiere antes de que ella sepa que lo quiere. A eso se resume lo nuestro.

―¡Ay, Dios! ―se encoje de dolor―. ¡Creo que voy a dar a luz!

Preocupadísimo al ver cómo su rostro palidece a causa de los espasmos, pego un salto y la abrazo.

―Eh, princesa, ¿estás bien? ¿Te duele? ¿Qué hago? ―no puedo dominar mi desesperación. No soporto la idea de que ella tenga dolores―. ¿Catherine, qué hago?

Su rostro se contorsiona todavía más, no tengo claro si de dolor, o de ira.

―¡Llévame al jodido hospital, idiota! ―ruge, colérica. Sí, era de ira―. ¡Espabila de una vez!

Vale, todo está bien. Si está insultándome, es que está bien. Con la mayor prisa posible, la cojo en brazos, agarro las llaves del coche y salgo corriendo.

―¡Bájame ahora mismo! ―me grita en el ascensor, forcejeando conmigo. No soporta que la coja en brazos como a una niña pequeña.

―¿Quieres estarte quieta para variar?

―¿Y tú quieres bajarme de una PUTA vez? ―repone, irritada.

¡Con lo fina que era cuando la conocí! Beso la punta de su nariz para que se calme. Ese nerviosismo suyo no puede ser bueno para el bebé.

―No te muevas, amor. Todo va a salir bien. Yo estaré contigo en todo momento.

Entorna los ojos.

―Voy a dar a luz sola, por si no te has enterado las mil veces que te lo he dicho hasta ahora.

Ella siempre se empeña en estar perfecta y piensa que si la veo mientras da a luz, dejaré de amarla. No entiende que a mí me gustan todas sus imperfecciones.

―De eso nada. Estaré sujetando tu manita, bizcochito.

―¡No seas pervertido, Nathaniel Black! ―escupe, alzando el tono―. Los dos sabemos que solo lo estás haciendo para verme desnuda y no pienso permitírtelo.

Me río mientras la instalo en el coche. Conduzco de camino al hospital como un loco.

―¡Médico! ¡Por favor! ¡Necesito un médico de urgencia! ¡AHORA MISMO!

Corro por los pasillos del hospital con ella en brazos. ¿Por qué no se dan prisa estos hijos de puta? ¡¿Nos están haciendo fotos?! ¡Joder, que no es el puto momento para eso! ¡Jodidas redes sociales, la Page Six y la puta madre que los parió a todos! Respiro hondo para calmar mi ira. ¡No, no puedo calmar mi ira! ¡Joder!

―¡Mi mujer va a dar a luz! ¿Queréis moveros de una PUTA vez?

Catherine resopla.

―¿Quieres tranquilizarte? Ya vienen.

―¡Están tardando demasiado!

―Llevamos aquí siete segundos ―repone, aburrida.

―¡Pues eso! ¡Demasiado!

Al fin viene alguien con una silla de ruedas. Coloco a mi Catherine en ella y, pese a que el enfermero quiere guiarla, no se lo permito. ¡Quita tus apestosas zarpas, muchacho! ¡Es mía!

Nos instalan en una suite que he reservado cuando Catherine estaba embarazada de tres semanas, y que llevo pagando desde entonces. Por si acaso. Uno nunca puede saber cuando viene el bebé.

―Vale, quiero que te tranquilices ahora mismo y que…

¿¿¿Tranquilizarme??? ¡Vamos a tener un bebé! ¡No puedo tranquilizarme!

―Y a mi madre, y a Richard, y no te olvides de llamar a tu hermano, a tu madre y a Wade ―concluye, de lo más serena.

Ni siquiera he oído lo que me ha dicho. Vuelvo en mí cuando me doy cuenta de que carraspea para llamar mi atención.

―¿Decías, amor?

Sopla con exasperación.

―Olvídalo. Dame tu móvil.

Se lo doy. No quiero que vuelva a chillar. ¡Es aterradora! Ella lo coge y llama a todo el mundo para decirles que ya estamos en el hospital. A su amiga Emma le pide prestado un vestido y la plancha de pelo (no me acordé de llevar su maleta antes de salir de casa, estaba demasiado asustado), a Gage, un libro de los suyos, a mi hermano, que pase por el Sephora de camino al hospital para comprarle una BB cream. Así es Catherine. A punto de ser mamá y ella solo piensa en la imagen que tiene que mantener. La miro con una sonrisa en las esquinas de mi boca.

―Te quiero ―le susurro.

Así soy yo. O bien no se lo digo ni aunque me apunten la sien con una pistola, o se lo digo ochenta veces al día. Ella me devuelve la sonrisa mientras escucha a su madre. Parece exasperada. A saber lo que estará diciéndole mi suegra.

―Sí, mamá, estoy bebiendo bastante agua, ¿pero que tendrá eso que ver con la dilatación? Anda, que se ponga Richie.

Me río con ganas al escuchar esa parte de su conversación.

Diez horas después, Catherine está trayendo al mundo a nuestro primer hijo. Digo primer hijo porque pienso tener más.

―¡Juro por Dios que te la cortaré cuando acabe todo esto! ―ruge, apretando mi mano con una fuerza brutal.

Seco el sudor de su frente con un pañuelo. Una vez hice de cirujano y la gente me hacía eso.

―Vamos, amor, solo queda un poco. Empuja un poquito más, princesa.

Me fulmina con la mirada, así que me callo, dejo de secarle la frente y me limito a sujetar su mano. Catherine detesta que yo le diga lo que tiene que hacer.

―¿En qué puto momento me he negado a la anestesia? ―ladra mientras empuja con todas sus fuerzas―. ¡Qué alguien me pinche un chute de morfina ahora mismo! ¡Joder!

―Sí, sí, chútele lo que sea ―insisto yo―. ¡No soporto verla sufrir!

El médico nos mira exasperado. Yo llevo al menos dos horas insistiendo en que la droguen. Incluso me he ofrecido a proporcionarles un poco de heroína, por si no había en ese hospital. Como es una sustancia ilegal y todo eso…

―Señor Black, por enésima vez, no se le puede pinchar nada ahora mismo. ¡Y mucho menos morfina o heroína!

Si tuviese que parir él, seguro que cambiaría de opinión, el muy hijo de perra.

―Vale, espera, te doy un porro ―le digo, tanteándome todos los bolsillos con la mano que me queda libre―. Seguro que eso te relaja.

El médico saca la cabeza de entre las piernas de Catherine y me mira escandalizado.

―¡Señor Black! ―clama, incapaz de recuperarse del shock.

¡Qué nenaza! Tampoco es para tanto. Unas cuantas caladas no van a matar a nadie. La hierba es de lo más ecológica.

―¡Dame lo que coño sea!

El hombre abre los ojos de par en par, todavía más escandalizado.

―¡Señora Black!

―¡Ya viene! ―grita Catherine.

Todo su ser se dobla de dolor y entonces sale el bebé. Me asomo. ¡Ugh, que feo es! ¿Seguro que es el nuestro?

―Felicidades. Es una niña.

―¡¿Niña?! ―gritamos Catherine y yo a la vez.

―Niña ―repite el médico, enseñándonos a la criatura.

Ahora que la veo mejor, ya no me parece tan fea. De hecho, creo que va a ser una auténtica belleza. Hmmm. Sabía yo que los bebés mitad Black mitad Collins tenían muy buenos genes.

―¡Pero si nos habían dicho que iba a ser niño! ―exclama Catherine, completamente conmocionada―. ¡Le hemos pintado la habitación de azul celeste! ¡Nate, haz algo!

La miro consternado.

―¿Quieres que devuelva el bebé? ―pregunto, sin dar crédito.

Me dedica una mirada fulminante.

―¡No seas imbécil! Quiero que llames a alguien para que cambie el color de la habitación.

Resoplo, aliviado. Con esta mujer nunca se sabe.

―Oh, eso.

―¡Sí, eso!

―Ya se hará, amor. Ya se hará.

El médico pone a la pequeña Cathy en brazos de su madre. Verlas a las dos juntas, ver como Catherine mira a Cathy, la ternura que hay en sus ojos, convierte esto en el mejor momento de toda mi jodida existencia.

―¿Puedo cogerla? ―susurro.

Los ojos de Catherine me acuchillan.

―¡Es mía! ―la acurruca entre sus brazos un gesto protector, para que yo no me acerque a ella.

―Pero si hasta hace dos minutos tú no querías ser madre.

―He cambiado de opinión ―repone, meneando a la pequeña Cathy―. Mira qué guapa es. Va a heredar mi elegancia y tu sex appeal. Y sus ojos serán azul verdoso.

Me río con suavidad.

―Anda, déjamela un rato. No seas mala.

Asiente a regañadientes.

―¡Pero ten cuidado! ¡Y sujétale bien la cabecita! Y de ninguna de las maneras puedes dejarla caer al suelo.

Le pongo mala cara. ¡No soy tan torpe, hombre!

―Amor, no es el primer bebé que sujeto.

―Yo nunca he tocado a un bebé hasta hoy ―anota, tan tranquila.

Miro embelesado a la pequeña. Es tan delicada, tan frágil. Y es mía. Bueno, de Catherine también. ¡No, mía! Los dos son mías.

―No puedo creer que sea niña. Me ha jodido el plan ―le digo a Catherine mientras acaricio la pequeña zarpita de Cathy. Ella también parece un gatito. Un gatito al que yo pienso cuidar.

―¡Por encima de mi cadáver iba a llamarse Bobby Joe!

Escucho una carcajada a mis espaldas.

―¡No jodas que ibas a ponerle a tu hijo Bobby Joe! ―exclama mi hermano, quien entra con una bolsa de Sephora, un enorme ramo de rosas rojas (¡nenaza! las rosas siempre tienen que ser negras) y mil revistas de moda, para que Catherine esté entretenida los días que va a pasar hospitalizada.

Se acerca y besa su frente. A ella le brillan los ojos de alegría al verle. Aún me jode la conexión que parecen tener (y esos dos besos que se dieron), pero me controlo. Los quiero demasiado como para montar escenitas. Además, confió en ellos.

―Hola, angelito. ¿Cómo lo llevas?

―Tengo una niña ―le dice, muy orgullosa.

―Eso he oído. Felicidades. ¿Puedo? ―se acerca para cogerla.

Me niego a dársela, pero como él insiste, acabo cediendo. Eso sí, lo hago de muy mala gana. ¡Me da igual que Robert sea el tío! Cathy es mía.

―¡Cuidado! ―gritamos Catherine y yo al unísono.

Mi hermano nos dedica una mueca de exasperación.

―Ya sé que hay que sujetarle la cabeza. No soy idiota.

―Yo no estaría tan seguro ―musito, para mí mismo.

A pesar de que me escucha, decide ignorarme. Sabe que esto no va con él. Solo me comporto así porque estoy preocupado por la seguridad de Cathy.

―Es preciosa ―susurra, puesto que la pequeña se ha dormido en sus brazos―. ¿Y cómo vais a llamarla?

―Alyss…

―Cathy ―interrumpo yo.

Catherine gira la cabeza hacia mí con brusquedad.

―¡¿Cathy?! ¿Por qué íbamos a ponerle Cathy?

Encuentro su verde mirada y la sostengo.

―Porque ella tendrá todo lo que tú no tuviste de pequeña. Será una copia de ti misma, por eso la amaré más que a nada y le daré todo lo que a ti nunca te han dado: amor y ternura. Se llamará Cathy y no se habla más.

Los ojos de Catherine se nublan. Parpadea para retener las lágrimas. Sé que odia llorar delante de mí. No soporta la compasión que lee en mi mirada.

―Cathy me parece bien ―musita, con un hilo de voz―. Como la de Cumbres Borrascosas.

―Pues Cathy, bienvenida al mundo de estos dos locos ―le susurra mi hermano a la pequeña, quien gruñe algo a modo de respuesta. Conociendo sus genes, posiblemente un ¡déjame en paz, idiota!―. No quisiera ser tú, pequeña Cathy.

Cathy no contesta, sigue durmiendo tranquila en los brazos de su tío.

Sí, mi Cathy va a conocer un mundo mejor que el de sus padres. Me aseguraré de ello. Mi pequeña Cathy nunca va a saber lo que significa irse a la cama con el estómago vacío, como lo hacíamos mi hermano y yo cuando Wade se largó de nuestras vidas. No va a saber lo que significa que te decepcionen, como lo averiguó Catherine cuando solo tenía quince años y su padre murió en un accidente de coche, quebrantando todas y cada una de sus promesas. No. Mi pequeña Cathy solo va a conocer amor y ternura.

Todo lo que su madre y yo nunca tuvimos.

Catherine me mira a los ojos y, por primera vez en nuestra relación, los dos estamos de acuerdo en algo: le daremos solo amor y ternura.

―Te quiero ―me susurra ella.

―Yo te quiero más.

Hace una mueca.

―Te encanta llevarme la contraria.

―He nacido para molestarte.

―¡Idiota!

Abro la boca, fingiendo estar muy escandalizado.

―¡Eh, ese lenguaje! La pequeña Cathy no puede oír tus groserías. A partir de ahora, debes controlarte.

Catherine entorna los ojos.

―Y ahí está el padre del año, dándome consejos ―remarca, sarcástica.

Robert sofoca una risa.

―Voy a divertirme con vosotros dos ―declara, maliciosamente.

―Y yo voy a divertirme viendo como enamoras a tu cheerleader ―repongo, en tono igual de malvado.

―Ella no es una cheerleader ―la defiende―. ¡Lo fue! ¡Cretino!

―¡Capullo!

―¡Eh, callaros de una vez! ―nos riñe Catherine―. ¿Qué tenéis, cinco años?

Nos miramos el uno al otro, enfurruñados, pero ya no seguimos con esa conversación. Pasamos unos cuantos minutos en silencio, hasta que le hago un gesto con la cabeza a mi hermano. Él asiente.

―Vamos a fumar, amor. Ahora volvemos.

Dejamos a Cathy en brazos de Catherine, antes de salir por la puerta.

―¡Gilipollas! ―me dice él, una vez en la calle, mientras me ofrece un cigarrillo de un paquete que se saca del bolsillo de su pantalón.

―¡Nenaza! ―contraataco, cogiéndolo.

―¿Puede saberse por qué razón os estáis insultando esta vez? ―vocifera alguien a nuestras espaldas.

Robert y yo, a punto de encender los cigarrillos que están colgando de nuestros labios, nos giramos al mismo tiempo y sonreímos como unos chicos buenos. ¡Chicos buenos! ¡Nosotros! Tiene mucha gracia.

―¡Carita de ángel! ―parece sorprendido de verla ahí.

Ella viste vaqueros desgastados, blusa blanca de seda y manoletinas color carne, como toda niña bien de Long Island. Su rubia melena está recogida en una trenza, lo que hace que parezca todavía más joven de lo que es.

―Si tú lo dices…―nos dedica una sonrisa de esas que derriten corazones.

Observo la escena con mucho interés. Los ojos azules de mi hermano brillan de una forma especial cada vez que está a su lado. La quiere, solo que él aún no lo sabe. Después de todo, es un Black. La inteligencia nunca ha sido lo nuestro.

―Hola, Adeline ―me acerco y beso sus sonrosadas mejillas―. Bienvenida a nuestro mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estreno Antes de Medianoche

Chicos, me disculpo por mi despiste. Me habéis mandado mails preguntándome cuando se estrenaba la última parte de Adicta a él: Antes de Medianoche, y así he caído en la cuenta de que no os lo había dicho. Sí, soy así de buena vendedora que se me olvida mencionar que mi libro está a la venta. Bueno, pero tampoco pasa nada. Como diría Adeline, uno de mis personajes (aún no la conocéis): “tener defectos es de lo más normal”. Yo no podría estar más de acuerdo. Ya sabéis que aborrezco la perfección, la prueba es el personaje Nathaniel Black (y su amada Catherine también), que es de todo menos perfecto.

A lo que iba, que me enrollo otra vez: El libro está ya en preventa en Amazon y se descargará en vuestros ordenadores/ebooks, cada uno lo que use, el día 27 de febrero.

Aquí os dejo el enlace de compra:

Reservar aquí

Recordad que el retorcido cuento de hadas de Nathaniel y Catherine acaba en este libro.

No es una trilogía (veo que hay muchos que piensan eso), es una bilogía. Los próximos libros son sobre Robert Black y aún no tienen fecha de estreno. Como adelanto, puedo deciros que dudo de que sea este año. Tengo en mente un proyecto más complejo que Adicta, que me llevará mucho trabajo de investigación (estoy estudiando el Código Penal del estado de Florida ¡¡¡en inglés!!!, no os digo más) y no pienso publicar la primera parte sin tener la segunda escrita y sin estar completa y absolutamente satisfecha con mi trabajo. Así que no esperéis la historia de Robert en breve porque va a ser imposible. Paso de escribir un libro lleno de errores, con cosas que chirrían, solo por publicar algo rápido. Ya sabéis que tengo una imagen que mantener (ejem…ejem…ejem…).

Dicho esto, os doy las gracias por leerme, por confiar en mi trabajo y por acompañarme en este viaje por el mundo literario. Hablando del mundo literario, este año, no sé cuando, sacaré Confesiones. Ya os iré avisando.

XO XO

Booktrailer Antes de Medianoche

Tras semanas en las que me he pasado horas y horas viendo videos y juntando el material necesario, hoy puedo enseñaros el booktrailer de mi próximo libro, Antes de Medianoche, la continuación de Adicta a él. Quiero agradecer a Joe Snow, quien ha hecho esto posible y en tiempo record, además. Ayer por la tarde le he enviado el material y el contenido, y por la noche ya tenía el booktrailer en mi portátil. Y el hecho de que haya trabajado sin ánimo de lucro, ¡solo por el amor al arte!, hace que le esté doblemente agradecida. Gracias, Joe! Has hecho un trabajo genial! Disfrutad del video!!

Capítulo 1 Antes de Medianoche, segunda y última parte de Adicta a él

12507563_187241271629010_9108376720360841697_nPara B,

  “Duda que sean fuego las estrellas,

duda que el sol se mueva,

duda que la verdad sea mentira,

pero no dudes jamás de que te amo.”Shakespeare.                                                               

Escandalosas… ¿Difamaciones?

 

«Nathaniel Black, descontrolado. El alcoholismo del actor se hace notar más que nunca, tras haberse filtrado en los periódicos de Gran Bretaña la noticia del compromiso de Catherine Collins y Jonathan Hunt. Esa misma noche, Black apareció borracho en la entrega de los Oscar y montó tal numerito, que los agentes de seguridad se vieron obligados a escoltarle hasta su coche». OK Magazine

 

«¿Nathaniel Black está sufriendo? El actor sorprende al mundo entero cuando, al día siguiente de enterarse del compromiso de Catherine Collins, publica en Facebook una famosa cita de Cumbres Borrascosas: «Si él la amase con toda la fuerza de su alma mezquina, no la amaría en ochenta años tanto como yo en un día. Y Catherine tiene un corazón como el mío. Antes se podría meter el mar en un cubo que el amor de ella pudiera reducirse a él. Le quiere poco más que a su perro o a su caballo. No le amará nunca como a mí. ¿Cómo va a amar en él lo que no existe?» Días más tarde, durante una conferencia de prensa, el chico malo ha declarado: «Estáis buscando drama donde no la hay. No me refería a ninguna Catherine conocida, así que dejad de darle vueltas al asunto. Tan solo quería compartir con vosotros el hecho de que estoy leyendo a los grandes clásicos de la literatura inglesa. Pensé que os gustaría saber que en mi biblioteca entra algo más, aparte de modelos desnudas y botellas de bourbon.» Ajá…» PageSix.com

 

«El chico malo de Hollywood detenido de nuevo. Esta vez ha sido acusado de desorden público y condenado a tres meses de trabajo comunitario. Nathaniel Black ha declarado que le trae sin cuidado. «Iré a recoger basuras si eso es lo que quiere esa zorra pelirroja», comentó a la salida de un club de striptease, refiriéndose a la jueza que lo condenó, Andy Wood. (Mencionamos que Black estaba en un avanzado estado de embriaguez al realizar esas declaraciones.) Ahora, aparte de los tres meses de trabajo comunitario, el polémico actor se enfrenta a una multa de cien mil dólares por injurias». Star Magazine

 

«Nathaniel Black y la nueva Miss World, Catherine Hill, fotografiados cenando juntos en un restaurante de París. El representante de la modelo se ha apresurado a explicar que el actor y la Miss solo son amigos, mientras que el chico malo se ha limitado a hacerles una peineta a los paparazzi. «Chuparos esa» fueron las únicas palabras que dijo al respeto. Desde luego, una actitud conmovedora». The New York Post

 

«Solo estaba ligeramente ebrio», se defendió Nathaniel Black cuando se filtró a la prensa internacional un video suyo paseándose por las calles de Cannes en un lamentable estado de embriaguez, con una botella de bourbon en la mano y un cigarro colgándole de los labios. El chico malo no se molestó en acudir al estreno de su nueva película, razón por la cual se hallaba en Francia en ese momento». US Weekly

 

«La chica buena de Londres y el chico malo de Hollywood casi coinciden en Zimbawe. Catherine Collins se hallaba en suelo africano para inaugurar la octava filial de su ONG «Juntos por la pobreza» y, según fuentes cercanas a su entorno, cogió el primer avión de vuelta a Londres al enterarse de que el jet privado de Nathaniel Black estaba a punto de aterrizar en el mismo país. Las malas lenguas susurran que la socialité aún no ha superado la ruptura, y que no está preparada para estar cerca del actor. Los dos se han negado a hacer declaraciones». The Sun

 

«¿Qué estará tramando «Don Escándalo»? Hace dos semanas que Nathaniel Black no protagoniza ningún titular y eso no es habitual en él. El actor no se deja caer en fiestas, ni va a los clubs de striptease que solía frecuentar y, desde luego, ha dejado de pasearse por la calle en estado de embriaguez. Siempre que sale de casa, lleva unos exclusivos trajes de Armani, el pelo perfectamente… desordenado y, según nuestra fuente de Tráfico, ni siquiera recibe multas por exceso de velocidad. El chico malo parece haberse vuelto bueno de la noche a la mañana. Sus fans se preguntan si no habrá ingresado en alguna secta siniestra». PageSix.com

 

 

 

 

Capítulo 1

 

―«El chico malo de Hollywood y su nueva conquista, el angelito de… »

Una enorme angustia me oprime el pecho mientras camino como una autómata hacia la pantalla de mi habitación. Mis manos ya han empezado a temblar como las de un adicto que acaba de oler su heroína y lo único en lo que puedo centrarme es esa frase que flota dentro de mi cabeza, una y otra vez. «El chico malo de Hollywood y su nueva conquista.» El ansia aumenta a medida que pasan los segundos. Un frío sudor se apodera de mi espina dorsal. No hace falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta de que mi adicción ha vuelto.

Me detengo al lado de la cama, con el rostro descompuesto y todos los demonios del infierno atormentándome la mente. La tentación de mirar hacia arriba se vuelve irresistible; tan seductora que por primera vez en meses estoy dispuesta a bajar la guardia y hacer algo que juré no volver a hacer bajo ningún concepto: mirar su rostro. Solo es una pequeña recaída, me digo a mi misma. No vas a mirarle. Sin embargo, alzo la mirada. Un instante. Eso es todo lo que me concedo para observar ese atractivo semblante masculino, de pómulos altos y ojos increíblemente azules. Pues ese instante en el que nuestras miradas parecen encontrarse a través de la pantalla, es suficiente para avivar mi agonía hasta límites difíciles de aguantar. Apenas soy consciente de lo acelerados que se vuelven los latidos de mi corazón al darme cuenta de que a su lado hay una modelo diez centímetros más alta que yo, rubia, guapísima, agarrada a su brazo.

Mi vida se ha vuelto horrible en los últimos dos años. Una auténtica pesadilla, un mal sueño del que no soy capaz de despertar y, por si eso fuese poco, se repite una y otra vez hasta la saciedad. Ni siquiera hacer cosas de personas normales me produce alivio, puesto que, si salgo a la calle, veo, en los enormes carteles publicitarios que hay por todo Londres, a un hombre al que no me apetece ver, anunciando una colonia. ¡En calzoncillos! Por cierto ¿a qué mente pervertida se le ocurren esos anuncios? ¡Oh, y ver la tele! Esa que es una pesadilla. Todos los días la misma historia. Nathaniel Black ha hecho eso, Nathaniel Black ha hecho aquello. ¿Es que no hay más noticias en este mundo? ¿Ningún político ha sido detenido por corrupción hoy? ¿Ningún banquero de Wall Street ha provocado una crisis mundial últimamente? ¡Por el amor de Dios! ¡La tierra no gira alrededor de Nathaniel Black!

La agonía deja lugar a una repentina irritación. Agarro el mando y cambio de canal, aunque inmediatamente me arrepiento de haberlo hecho. Esto no puede ser verdad. ¡Incluso en la BBC hablan de él! En todos los canales de la BBC, quiero decir. Furiosa, cambio de un canal a otro, apenas mirando la serie de imágenes que desfilan delante de mis ojos.

Nathaniel y Gabrielle parecían muy enamorados cuando…

Lanzo el mando contra la pared. ¡Enamorados!

―Apagar tele ―digo en tono áspero.

Doy media vuelta para entrar en el baño.

Han sido sorprendidos por…

Resoplo, me vuelvo, agarro de nuevo el mando e intento, sin éxito alguno, apagar.

El actor y la modelo

Sacudo el mando, le doy unos golpecitos contra la pared y vuelvo a intentarlo. Es inútil. En el momento menos oportuno, la tele ha elegido dejar de funcionar.

―Cambiar… canal ―digo lentamente mientras pulso todos los botones.

Se han prometido…

¡Maldición! Me he gastado tres mil libras para nada. ¡Control de voz, y un cuerno!

El sex symbol ha declarado…

―Apagar… la puñetera… ¡TELE! ―grito.

El engendro del demonio no reacciona ante mis órdenes vocales y el mando parece haberse quedado sin pilas. Y lo que es peor, una reportera pelirroja muy sonriente habla sin parar sobre las hazañas del playboy de Nueva York y su nueva conquista. A punto de sufrir una crisis nerviosa y sin tener ni idea de qué hacer para dejar de escuchar ese programa mefistofélico, atrapo el primer objeto que encuentro, alzo las manos por encima de la cabeza y, usando todas las fuerzas de mi frágil talla 36, lo lanzo contra la tele. Nada más cometer la imprudencia, me doy cuenta de que el objeto era una pesada escultura de bronce, que, de manera sorprendente, consigue que la pantalla se apague. Y se resquebraje. ¡Bendito silencio! ¡Al demonio las tres mil libras!

―Tal vez debas aprender el coreano para que la tele te entienda ―me sugiere con sorna mi mejor amiga, Emma.

Me giro hacia ella para ponerle mala cara. Está apoyada contra la puerta, ataviada con un elegante vestido negro de lentejuelas, corto y entallado, que deja a la vista sus esbeltas piernas, bronceadas gracias a los fines de semana que pasa en la casa que sus padres poseen en Mónaco. Su largo y castaño cabello es ondulado, igual que el mío, solo que ella se lo ha recogido a ambos lados con horquillas mientras que yo aún llevo el informal peinado que me he hecho esta mañana para ir a trabajar.

Su postura corporal refleja despreocupación. Tiene los brazos cruzados a la altura del pecho y sus labios, pintados de un intenso rojo, insinúan una dulce sonrisa. Por desgracia eso no consigue mermar mi deseo de gritarle y sacudirla hasta hacerla entrar en razón. Emma y yo llevamos media hora discutiendo. Y las cosas que nos hemos dicho esta noche, desde luego, no son dignas de dos damas como nosotras.

―Emma, hazme un favor y cállate. Y dame ya el móvil. ¡No te quedes ahí parada! Tengo que llamar a Jonathan.

Después de veinticinco años de amistad, Emma Bennett está más que acostumbrada a mi fuerte personalidad, con lo que su atractivo rostro, de una belleza clásica digna de la aristocracia romana –es medio italiana por parte de madre, de ahí la fogosidad que demostraba hace media hora–, ni siquiera se altera ante mi tono agresivo.

―De eso nada ―me contesta, irritantemente serena.

Sigo con la mirada las agujas de diez centímetros de sus Louboutin de charol negro, que taconean por el parqué de mi habitación, de camino al vestidor. Se detiene, abre todos los armarios y empieza a buscar un vestido que, según ella, debería ponerme. ¡Qué Dios me ayude!

―¿Piensas quedarte ahí el resto de la noche montando rabietas y destrozando el mobiliario, o vas a ayudarme a encontrarte algo de vestir?

Respiro hondo para mantener la calma. Sugerencia del psicólogo.

―Ya…estoy… ¡VESTIDA!

―No adecuadamente ―me dedica una tierna mirada antes de que sus delicadas manitas empiecen a toquetear de nuevo mis prendas.

Arrastro los pies tras ella, renegando entre dientes.

―No voy a ponerme ninguno de los vestidos que elijas, así que olvídalo ―me obligo a mí misma a adoptar el tono más tranquilo del que soy capaz―. ¡Y dame ya el puñetero móvil, Emma! Hablo muy en serio. Jonathan espera mi llamada.

―Y yo hablaba muy en serio cuando te dije que nada de móviles hoy ―deja de hurgar en el armario y se gira de cara a mí, con un horrible vestido amarillo con rayas azules entre las manos―. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no me hables de Jonathan? ¡Por los clavos de Cristo! Cada vez que oigo ese nombre, me entran arcadas ―pone mueca de asco y finge toser, aunque lo hace de pena―. ¿Lo ves? ¡Arcadas! ¿Y por qué demonios compraste este harapo? ¿Querías disfrazarte de payaso?

Le arranco el vestido de las manos, lo vuelvo a guardar en su sitio y cierro el armario delante de sus narices. Coloco, ruidosamente, una mano en la puerta para recalcar que no voy a permitirle que siga revolviendo entre mis cosas.

―Em, me caso con él dentro de una semana. Con tu bendición o sin ella.

―Por tu propio bien, espero que cambies de opinión ―murmura mientras intenta retomar la búsqueda del vestido perfecto.

Apoyo la espalda contra las puertas de madera blanca para impedir que las abra.

―Catherine, hablo muy en serio. Estoy muy harta de tu actitud autodestructiva. Tus menesteres no son saludables. Tienes que salir de casa.

―De eso nada. Pediré comida basura, romperé un par de floreros y luego veré por enésima vez El Diario de Noah para recordar que aún existen chicos buenos en este retorcido planeta.

―¡Claro que existen los chicos buenos! ―repone, a gritos―. El problema es que a ti te gustan los trastornados. Y ahora haz el favor de quitarte.

―De ninguna de las maneras. Si quieres apuntarte a mi plan, siéntete libre. Si no, ya estás tardando en marcharte a tu casa.

Rezonga unas cuantas maldiciones entre dientes y empieza a forcejear con más violencia, pero como yo empujo con la espalda, el armario se mantiene cerrado. Me mira a los ojos. Sabe perfectamente que el brillo que hay en mi mirada quiere decir que no pienso ceder. Por supuesto, lo pasa por alto. Aprieta los labios con evidente rabia y vuelve a intentarlo, sin éxito alguno. Patalea. Grita. Blasfema. Nada. Inútil. El armario permanece con las puertas cerradas.

―No voy a ponerme un vestido porque no pienso ir a ninguna cena estúpida ―le explico con una tranquilidad que no siento―. Cenaremos en casa, tal y como lo habíamos hablado la semana pasada. No sé qué te ha hecho cambiar de opinión y, a decir verdad, me importa un comino. ¡No voy a salir hoy y punto!

―Irás como que me llamo Emma Bennett ―me dice a través de sus dientes apretados.

Durante un tiempo inconmensurable, nos quedamos mirándonos la una a la otra como en un duelo, mirada verde contra mirada marrón, hasta que nos interrumpe el timbre de la puerta. Para mi asombro, Emma da media vuelta y sale casi corriendo. Me pregunto quién será para que se arriesgue ella a torcerse un tobillo escaleras abajo. Decido que es mejor no saberlo y me giro de cara al armario, intentando buscar una manera de mantenerlo cerrado.

     ―¿Catherine? ¿Oooh, Ki-tty? ―canturrea una voz de mujer desde la planta baja.

Mis ojos se abren de golpe. Oh, no… Sacudo la cabeza lentamente, en completo estado de shock. No, no, no. Dime que es un mal sueño del que despertaré en breve. Esa no puede ser Lilly.

     ―¿Dónde te has escondido, gatita?

Escucho sus tacones subir por la escalera. Está acercándose. ¡Está demasiado cerca! Ay, Dios…

―Ven, Kitty, Kitty, Kitty… ¿Ki-tty? ¿Dónde estás, gatita? ―sus tacones se detienen; yo quiero morirme―. ¡Ah, aquí estabas! Vaya manera de recibir a tus amigas.

¡Oh, Dios! Está justo detrás. Con una sonrisa dibujada en mis labios, giro sobre los talones y veo a Lilly Lawrence, rubia, fabulosa, excéntrica y cargada de bolsas de Chanel, entrando en mi habitación.

―¡Lilly, querida! ―extiendo los brazos alegremente, me acerco y beso sus mejillas―. ¡Qué… ejem… grata… sorpresa! ¿Qué haces aquí? ―mi ceño se frunce cuando reparo en que el vestido rojo que lleva, escandalosamente ajustado al cuerpo, solo le tapa el trasero―. ¿Y por qué vas vestida de putón?

―¿Y tú por qué vas vestida como Margaret Thatcher? ―repone indignada, mirando de forma despectiva mi clásico, elegante, remilgado traje negro―. Emms, ¿por qué no está Catherine vestida como Dios manda todavía?

Lilly se gira hacia Emma y le lanza una mirada asesina. El rostro de esta última se vuelve colorado en cuestión de un instante. Guardo silencio mientras observo con suspicacia la escena, paseando la mirada de un rostro al otro. ¡A estas dos les pasa algo! No hace falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta de que están tramando alguna maldad. Las conozco lo bastante como para saber que su monstruosa alianza no puede suponer nada bueno para mí.

―Estaba en ello ―murmura Emma, quien baja la mirada y se examina los nudillos de la mano.

¡Ajá! ¡Lo sabía!

―No sé qué demonios pasa con vosotras dos, ni tengo tiempo para averiguarlo. Y no voy como Margaret Thatcher. Llevo un Dior ―puntualizo, en tono orgulloso, mientras tiro de forma teatral del cuello de mi chaqueta ajustada a la cintura.

Decido aparcar mis resentimientos hacia Lilly y comportarme a partir de ahora como la dama que finjo ser. Es lo más sensato.

―¡Llevas una falda por debajo de las rodillas! ―escupe ella.

Y ahí se acaba mi decisión. Hay que admitir que palabras como sensatez nunca se ha incluido en mi vocabulario.

―¡Soy la presidenta ejecutiva de Industrias Collins! ―prorrumpo, irritada―. ¡Tengo una imagen que mantener!

―Chicas… ―hay un deje de advertencia en el tono de Emma.

―¡Cállate! ―le gritamos al unísono, sin tan siquiera mirarla.

Ladeo la cabeza y examino las pupilas de Lilly muy atentamente.

―¿Qué haces aquí, Lilly? La última vez que te vi, y eso fue nada más tirarte a mi novio, comentaste que Londres era demasiado pequeño para las dos y que te ibas a vivir a Mónaco.

Lilly entorna sus azulados ojos, tira al suelo las bolsas de compras y se deja caer sobre mi cama.

―Pero siéntate, mujer. No seas tímida ―mascullo, sin pizca de diversión.

Me dedica una mueca adorable, lo que me enfurece todavía más. Voy a centrarme en otras cosas porque hay una gran probabilidad de que le arranque esas ridículas extensiones que lleva. Lo último que veo antes de darle la espalda es que se cruza de piernas y me lanza un beso.

―Ya veo. Sigues enfurruñada por lo de Charles.

Finjo estar buscando algo muy importante dentro del cajón de mi mesilla.

―¡Por favor! ―bufo con desprecio, sin mirarla―. Por mí como si te casas con él. No podría importarme menos Charles Newman. Está más que superado.

Vuelve a sonar el timbre de la puerta. Esta vez Emma no se mueve y permanecemos las tres calladas, esperando a que Milles, mi mayordomo, abra y disipe el misterio del visitante desconocido.

Buenas noches ―llega una voz masculina desde abajo―. Soy Charles Newman, un amigo de Catherine.

Sencillamente me quedo helada.

Señor Newman, pase por favor ―ni siquiera puedo cabrearme―. La señorita Catherine está arriba con sus amigas, así que si tiene usted la amabilidad de esperar unos instantes hasta que bajen…

Maravilloso. Un sueño hecho realidad. Yo, Lilly y Charles en la misma casa. ¿Qué más puede pasar hoy? Definitivamente, es el peor día de toda mi vida.

Estaré en el salón ―informa Charles.

―No me dijiste que venía aquí ―susurra Emma.

―¿Y yo cómo iba a saberlo? No soy su niñera ―se defiende la otra, en voz igual de baja.

Giro sobre mis talones. Las dos fingen estar mirando las musarañas, con la expresión del que no ha roto un plato en toda su vida.

―¿Habéis hecho venir a Charles? ―la voz me sale tan tensa que es evidente que estoy apretando los dientes―. ¿Estáis mal de la cabeza?

―Gracias a Dios, lo ha superado ―refunfuña Emma por lo bajo, inclinada hacia el oído de Lilly.

Y entonces el hielo que me cubre estalla en mil pedazos y una oscura furia recorre mi cuerpo de la cabeza a los pies.

―¿Qué COÑO hace Charles Newman en MI salón? ―grito tan alto que estoy convencida de que el pobre Charles lo ha debido de oír.

―¿Acaso piensas que iba a perderme la despedida de soltera de mi chica favorita? ―escucho la suave voz masculina a mis espaldas.

     ¿No iba a esperar en el salón? Entrecierro los ojos, suelto unas palabrotas para mis adentros y compongo una sonrisa brillante mientras me giro hacia aquel hombre alto y moreno, elegantemente vestido con un traje gris de algún diseñador europeo. Constato que no ha cambiado apenas en los últimos ocho años. Sigue siendo el mismo sinvergüenza guapísimo de siempre.

―¡Charlie! ―acorto la distancia que nos separa y me pongo de puntillas para besar sus mejillas―. ¡Maravillosa sorpresa! ¿De quién es la despedida?

Charles, cruzado de brazos, me mira confuso.

―Eh… ¿tuya?

Suelto unas carcajadas.

―Tiene gracia. ¡Mía, dice! ―me detengo y miro su rostro. Se me borra la sonrisa de inmediato―. No estás de coña, ¿a qué no?

Sus ojos brillan con desconcierto. Hace un gesto de negación con la cabeza. Con una lentitud casi agónica, giro sobre los talones y enfoco a Emma con mi intensa y aterradora mirada verde.

―Te había dicho que nada de despedidas de soltera y tú, ¿no solo te pasas por el forro mis deseos, sino que vas y llamas a mi novio del instituto y a la furcia de mi amiga que se lio con él en mi baile de fin de curso? ―a pesar de mi cabreo, mi voz resuena con tanta tranquilidad que convierte el momento en algo espeluznante.

―Señorita Catherine, disculpe…

―¿Sí, Milles? ―murmuro, sin dejar de mirar los oscuros ojos de Emma.

―Están aquí sus otros invitados y vienen muy… ―se aclara la voz―…alegres. ¿Les hago pasar?

Leyendo entre las palabras corteses de mi mayordomo, entiendo que mis invitados están borrachos como cubas. Resoplo con fastidio y muevo la cabeza mientras sopeso mis opciones. No hay muchas.

―Por supuesto que sí. Y sírveles una copa mientras esperan. Tenemos una imagen que mantener.

Veo de reojo cómo Milles se dispone a salir de la habitación.

―Ah, y… ¿Milles?

Mi anciano mayordomo se detiene y vuelve hacia mí su inexpresivo rostro.

―Gracias por todo. Y vosotros fuera. Tengo que vestirme.

Charles y Lilly salen sin decir nada más, supongo que avergonzados por la bronca que le he echado a Emma.

―¿Sí, Emma? ―pregunto, sin que mi semblante desvele mi irritación.

―Siento haberles llamado. Pensaba que lo habías superado.

Oh, por el amor de Dios. Nunca me ha importado el asunto. No es un secreto para nadie que le tenía más cariño a mi cactus que a Charles. Y, para que conste, ese cactus se secó por falta de agua. Mira que eso es difícil.

―Y lo he hecho. Ahora, si me disculpas, tengo que elegir un vestido adecuado. Hay una despedida de soltera a la que debo llegar.

Sin decirnos nada más, Emma sale de la habitación con la espalda tiesa mientras que yo empiezo a buscar algo que ponerme. Tras una búsqueda exhaustiva, me decido por un vestido corto y ceñido al cuerpo, en un tono azul eléctrico que realza el moreno de mi cabello. Mi plan es cogerme una buena cogorza y estar de vuelta antes de medianoche. Tampoco puede ser tan difícil, ¿verdad?

 

***

 

Toda despedida de soltera cuenta con una limusina, un boy y un antro del pecado. Yo soy Catherine Collins-Fitzgerald. Ha habido quince limusinas para transportar a mis ciento treinta y cinco invitados, un coro de boys y otro de strippers y el club más pijo de todo Londres ha abierto sus puertas exclusivamente para nosotros. Soy la clase de persona que tiene amigos esparcidos por toda Inglaterra. Posiblemente en Estados Unidos, Canadá y Australia. Tal vez en Arabia Saudí.

Llevaba casi dos años sin montar en una limusina y he de admitir que echaba de menos el glamour que eso le aporta a un simple viaje en coche. Nos bajamos delante del club y entro, seguida de los demás. Aparte de Emma, Charles y Lilly, han venido Denise Johansson, amiga de la familia, que solía acompañarme a las clases de ballet cuando era pequeña, Matt Newman, el hermano de Charles, con el que me lie una vez porque estaba enfadada con Charles –menos mal que nunca me gustaron los tríos– y Melinda Adams, amiga de toda la vida y mi primer cliente como asesora de imagen. Hay que admitir que era buena en mi trabajo. Melinda es un pibón.

Nada más entrar, saludo a Christine Follet, una amiga a la que no veo desde que acabamos nuestros estudios en Oxford. Me cuenta su vida y yo le cuento lo fabulosa y magnífica que es la mía. ¡Una autentica mierda, eso es lo que es! Por supuesto, eso no se lo puedo confesar. No es apropiado para una dama de mi posición hacer algo tan vulgar como mostrar sus sentimientos. No me educaron para eso.

―¡Pero si es la novia más guapa de toda Gran Bretaña! ―exclama mi primo, David Fitzgerald.

Va acompañado por su hermana Elise y mis otros dos primos, los hermanos Edward y Andrew Collins, los cuatro ligeramente mareados a causa del champán.

―¡Qué infame ofensa! ―dice Edward, divertido―. Catherine es la novia más guapa del viejo continente.

Finjo rubor, eso es lo adecuado en estas circunstancias, y abrazo a los cuatro. Juntos formábamos la mejor pandilla de todo Londres hace unos años. Luego fuimos madurando, tanto que cada día íbamos menos de fiesta. De hecho, creo que en los últimos cinco años hemos quedado fuera de casa una sola vez: hoy. Pero aquí estamos. Ya que Emma ha reunido a todo el mundo, lo mínimo que puedo hacer es darle las gracias, pedirle disculpas por las rabietas de antes y pasármelo bien.

Así pues, entro en la cabina del DJ y le pido que me deje decir unas cuantas palabras. Somos viejos conocidos, con lo que asiente de inmediato.

―Hola ―le doy un golpecito al micrófono, me aclaro la voz y sonrío con bochorno―. ¿Me oís? Hola a todos, mis amigos, y gracias por estar hoy aquí. Algunos ya sabéis que yo no quería una fiesta de despedida, pero, aun así, aquí estamos. ¡Sí! Y eso gracias a mi amiga del alma, Emma Bennett.

La busco con la mirada y le dedico una sonrisa sincera. Al verla alzar su copa de champán para indicarme que me ha perdonado, me invade una sensación de alivio. A pesar de mis ciento treinta y cinco invitados, soy consciente de que ella es la única amiga que tengo. Al fin y al cabo, de toda esta sala, solo ella puede ver más allá de mis muros.

―Gracias, Emms ―el temblor que hay en mi voz hace que todos los invitados se vuelvan serios―. De veras. Es una fiesta magnífica.

Hago una larga pausa en la que ella y yo nos dedicamos una mirada que lo dice todo. Asiente, como diciéndome que todo está bien. Yo también lo hago, para decirle que ya lo sé.

―¡Ah!, y antes de que se me olvide. Quiero dejaros una cosa bien clara ―me deshago el recogido, sacudo mi oscura melena y dejo de comportarme como una señoritinga remilgada―. ¡Hoy vamos a salir de aquí a gatas como en los viejos tiempos! ―mis amigos levantan las manos en el aire y silban, completamente de acuerdo con mis maléficos planes―. ¡Vamos a beber hasta que el barman se quede sin alcohol! ¡Qué demonios! ―los miro a todos por encima de las pestañas y rectifico―. ¡Vamos a beber hasta que Londres se quede sin reservas de vodka! ―todos mis invitados están ya desquiciados: chillan, silban y saltan como locos―. ¡Qué empieeeeceeeee la mejor fiesta del año!

Me bajo de la cabina del DJ y vacío tres chupitos de vodka antes de encontrarme con la pandilla.

―Un discurso emotivo ―remarca Edward, de forma irónica.

Le doy una palmada cariñosa en el hombro.

―¡Eddie, eres un diablillo! ¿Y tu novia?

―¿Cuál de las tres? ―interviene su hermano Andrew, maliciosamente.

Todos mis primos tienen problemas para ser fieles y desde que éramos críos han tenido varias novias a la vez. Yo misma he pasado por esa época, aunque la superé rápido.

―A eso me refiero ―respondo, divertida.

Nos echamos todos a reír, menos Edward, al que nunca le ha hecho gracia que nos metamos con su vida sentimental.

―Voy a saludar a la gente ―informo, antes de alejarme de ellos.

Siempre me ha gustado este club. Solía venir aquí en mi adolescencia, así que esta noche me siento como si estuviera en casa. Me invade la melancolía al pensar en esos viejos tiempos cuando yo era solo una niña mimada, superficial e incapaz de amar. ¡Ojalá volvieran! Pero, en el fondo de mi alma, sé que el pasado nunca volverá, haga lo que haga. Sacudo la cabeza para dejar de pensar en ello. No sirve de nada lamentarse.

Una vez despojada de mis deprimentes pensamientos, adopto una larga sonrisa y me mezclo entre los invitados. Paso la siguiente media hora dando besos, abrazos y cambiando unas cuantas cortesías, entre copa y copa de champán. Al regresar a nuestro reservado, me doy cuenta de que se ha quedado algo vacío.

―¿Y Melinda? ―le pregunto a Christine―. Se ha esfumado.

Esta, con los ojos en blanco, se acerca a mí para cuchichear.

―Se ha liado con tu primo David.

Suelto unas cuantas carcajadas, sin poder impedirlo. Mis primos, los ligones. Me recuerdan a… ¡No! ¡No te recuerdan a nadie, Catherine! me grito a mí misma.

―Solo llevamos aquí media hora ―comento con sorna, esforzándome por bloquear el irritante rumbo que cogen mis pensamientos. Por alguna condenada razón, hoy pienso en ese hombre más que nunca.

―Los Fitzgerald no necesitamos más ―me dice Elise.

Se acaba de un trago su Martini, me planta la copa en la mano y me da la espalda para dirigirse hacia la pista de baile, acompañada por un desconocido.

―Conociéndola, sé cómo va a acabar la velada. O, mejor dicho, sé con quién ―le susurro a Emma, y las dos nos echamos a reír.

―¡Me encanta esta canción! ―chilla ella, dando saltitos―. Venga, vamos a bailar.

La sigo hacia la pista de baile, pero de repente pierdo la noción del tiempo y el espacio, como si el mundo entero empezara a girar cada vez con más dificultad. Y al igual que todo a mi alrededor, mis pasos se vuelven lentos hasta detenerse por completo. Entonces, en mitad de la pista, rodeada de flashes, humo y amigos bailando, me doy cuenta de que, a pesar de las ciento treinta y cinco personas que han venido a verme, esta noche me siento horriblemente sola. Miro sus rostros, jóvenes, hermosos, felices. Oigo a lo lejos el sonido de sus carcajadas. Los veo bailar, perdidos en la música. Todos están pasando el tiempo de sus vidas. Todos, menos yo. Finjo hacerlo, siempre finjo estar bien, pero lo cierto es que hay un enorme vacío en mi interior que nada de todo esto conseguirá llenar. Nada, salvo el champán. La única manera de olvidarse de todo es bebiendo hasta reventar. Y eso pienso hacer. Así pues, me esfuerzo por sonreír de nuevo. Vuelvo a nuestro reservado, agarro la botella y relleno todas las copas.

―¡Bebed, malditos, bebed! ―los insto, diabólicamente.

―Propongo un brindis ―Lilly alza su copa―. Por David, que es un crack con las mujeres. Yo doy fe de ello ―añade por lo bajo.

Levantamos las copas en el aire para brindar por los genes de playboy de mi primo. Y luego brindamos porque Denise se ha comprado su primer piso. Y luego porque Matt es gay. ¡Y yo pensando que me amaba desesperadamente desde aquel día cuando le besé! ¡Ja! A la media hora, empiezo a estar ligeramente mareada con tanto brindis y decido ir a bailar para bajar el alcohol y, de esa forma, poder beber aún más. Mi primo Andrew tiene la amabilidad de bailar conmigo cuando empieza una canción lenta.

―Y dime, Andy, ¿cuál es tu vida ahora? Me han dicho que vives en Tokio.

―Cierto, pero me gustaría volver a casa. ¿Tú crees que podrías darme algún trabajo en Industrias Collins?

Me detengo durante un instante y examino su rostro ovalado. Parece hablar en serio.

―¡Andrew, eso es genial! Nos encantará tenerte aquí. Ya sabes cuál es la política de la empresa. Un Collins siempre es bienvenido. Y sí tiene un máster en Administración de Empresas, aún más.

Nos echamos a reír y volvemos a abrazarnos. Esta noticia me ha mejorado la velada. Andrew será un gran apoyo para mí. Bueno, el único apoyo, ahora que lo pienso mejor. Todos los demás empleados me odian a muerte. Mmmm… Debería nombrarle vicepresidente. De hecho, voy a hacerlo mañana mismo. No, mañana voy a tener resaca. Pasado mañana.

En cuanto se acaba el baile, Andrew y yo volvemos a nuestro reservado. Edward intenta ligarse a Denise, Melinda y David están dándose el lote encima del sofá, Emma ha desaparecido de repente con Lilly y Charles, y los demás están bailando cual posesos, en armonía con los flashes.

―Andy, ¿por qué no sacas a Christine a bailar? ―le sugiero, mirando cómo la pobre muchacha está sola en un rincón, marcando el ritmo de la canción con la cabeza.

―Te vas a quedar sola si lo hago. Estos capullos están demasiado ocupados ligando como para hacerte caso.

Me quedo anclada en sus ojos burlones.

―Quedarse sola tiene algo de fascinante para mí ―bromeo mientras lo empujo hacia ella―. Anda, ve.

Andrew, a regañadientes, invita a Christine a bailar. Mientras los observo alejándose, me doy cuenta de que hacen muy buena pareja. Los dos son guapos, brillantes y personas en las que uno puede confiar. Dejo escapar un suspiro. Si mi primo no fuese un playboy como su hermano Edward, nuestro primo David y otro que yo me sé… Muevo la cabeza para apartar esa información de mi mente. Estos pensamientos se vuelven muy preocupantes. Es como si hoy no pudiera sacarme de la cabeza a ese irritante actorucho de pacotilla. Llevaba semanas sin pensar en él, pero, por alguna oscura razón, esta noche está tan presente en mi mente que casi puedo sentir su maliciosa mirada azul marino clavada en mí. Doy gracias a Dios de que nos separe un océano y decido ir a la barra para cambiar el champán por vodka. Ya he hecho bastante el tonto. Ahora voy a beber de verdad. Como una Collins. Habrá que honrar esa sangre irlandesa que corre por mis venas.

―Dame tres chupitos ―le pido al camarero.

Como ya sabe lo que me gusta, saca una botella de vodka del bueno de debajo de la barra. Me tomo todos los chupitos y pido otros tres con un gesto de la mano. Mi tío Will siempre me aconsejaba ir de tres en tres. Decía que, de esta forma, te emborrachas antes. Tiene su lógica, hay que admitirlo.

Nada más vaciar el último chupito de vodka, reparo en que la canción que se escucha en este momento es aquella francesa que sonaba en el club en el que Nathaniel y yo nos dimos el lote. Alors on danse creo que se llama.

―Esta canción es para Catherine ―anuncia el DJ por el micrófono―. De parte de un viejo amigo.

     Pues ese viejo amigo debería saber que odio esta canción porque me hace pensar en cosas que no quiero pensar, como en…

―¿Bailas, amor?

     Justo lo que estaba diciendo.

―¡Sal de mi cabeza! ―gruño entre dientes, en voz alta.

―No estoy en tu cabeza, preciosa. Estoy a tu espalda.

Abro los ojos de par en par.

     ¡Dios mío, he muerto y estoy en el infierno! Demasiado vodka. O fulminada por un rayo. Seguro que ha sido un ictus. Siempre me ha asustado el ictus.

Giro la cabeza tan despacio que pasa toda una eternidad hasta que me encuentro con su inquietante sonrisa de lado, tan perturbadora como siempre, y esa mirada suya que no tiene nada de cortés. Me mira de una forma escandalosa, como si supiera perfectamente de qué color es mi liguero. Con la mente aturdida a causa del alcohol, intento recordar si llevo liguero. Desde luego, sus maliciosos ojos azules insinúan que sí.

―¿Por qué no vas de Satán? ―pregunto ceñuda, arrastrando un poco las palabras a causa de la cantidad indecente de vodka que he ingerido.

―¿Por qué iba a ir de Satán? ―pregunta a su vez, muy confuso.

Está tan cerca de mí que su olor, dolorosamente familiar, invade mis sentidos. Y es como estar en casa de nuevo. Así es como huele el hogar para mí: a colonia Calvin Klein, a tabaco y a bourbon.

―¿Preciosa? ―susurra, al ver como mi rostro se vuelve de piedra―. ¿Estás bien?

Quiero esquivar su mirada, pero esos ojos azul marino resultan tan penetrantes, tan intensos, tan seductores, que me pierdo en su inmensidad, como si estuviera en un profundo trance. Su mirada es magnética. He visto en ella crueldad, he visto arrogancia y he visto indiferencia. Hoy no hay nada de eso reflejado en sus pupilas. Lo que veo en este instante es un brillo que no sabría cómo catalogar, una mezcla entre ardiente y atormentado que me deja absolutamente descolocada.

Trago en seco mientras lo contemplo enmudecida, sin ser capaz de moverme o de hablar. No es guapo. Él sencillamente redefine el concepto de belleza. Su rostro no registra ni un solo defecto. Es pálido, de rasgos perfectos, refinados, mandíbula masculina, pómulos altos y nariz recta. ¡Lo que todo escultor habría soñado! Su cabello, tan oscuro como el cielo en las noches de invierno, está despeinado, como si acabara de levantarse de la cama hace unos instantes. Viste un vaquero negro, una camiseta blanca de AC/DC que se amolda a su pecho, definido a la perfección, y una chaqueta de cuero negra.

Pero no es su belleza física lo que cautiva de él, sino el aura sensual y oscura que le rodea. Eso y su personalidad: esa actitud suya de “todo me importa una mierda” combinada con la ferocidad, la violencia y la pasión aterradora de la que es capaz. Por norma general, no suele ser amable, sino más bien cruel, despiadado, arrogante e impulsivo. O al menos eso es lo que intenta que la gente perciba de él. Yo le conozco lo bastante como para saber que también puede ser vulnerable, débil y tan frágil como un juguete roto.

Y es todo ese conjunto de virtudes y defectos lo que convierten al hombre que tengo delante en la fruta prohibida para mí. Lo único que tenía que hacer para mantenerme a salvo era no enamorarme de él. Evidentemente, fallé.

―¿Eres real? ―musito.

Nathaniel Black tuerce sus perfectos labios en una media sonrisa de chico malo.

―Tan real como que tú estás borracha como una cuba.

Suelto un bufido, escandalizada por sus viles acusaciones.

―¡Injurias y calumnias! ―me defiendo, muy dignamente―. Solo estoy ligeramente ebria.

Y para demostrárselo, doy una voltereta, pero pierdo el equilibrio a causa de mis altos tacones –no a causa de nueve chupitos y tres copas de champán–, y me tambaleo hasta que aterrizo en sus brazos.

―Tranquila ―susurra contra mis labios―. Te tengo. Sabes que nunca permitiría que te cayeras.

Me estremezco al sentir la calidez que desprende su fuerte cuerpo y la presión que sus manos ejercen sobre mis brazos. Mi corazón empieza a galopar dentro de mi pecho cuando alzo la mirada y observo, con la garganta seca, los hermosos iris azules que, a su vez, me examinan a mí. En sus ojos se refleja aquel brillo de depredador que siempre conseguía hacerme perder el juicio y el control. Y luego está su rostro, más escultural de lo que yo recordaba, y sus labios prácticamente pegados a los míos… ¡Uf!

―Hola, princesa. Siempre es un placer volver a verte.

     ¡Señor, dame fuerzas! Con la mente aturdida a causa de la bebida, las hormonas revolucionadas por su presencia, y sin ser consciente de lo que estoy haciendo, agarro su nuca con las dos manos y estampo mi boca contra la suya. Mi lengua se abre paso a través de sus dientes, con desesperación casi. Ese arrebato le arranca a Nathaniel Black un gemido proveniente de lo más profundo de su garganta. Sin vacilar, traslada ambas manos a mi rostro, clava los dedos en la piel de mis mejillas y se hunde en mi boca con una codicia abrumadora.

Saltan chispas cuando nuestras lenguas se encuentran en un beso largo, hambriento y cargado de electricidad. Solo pasan unos instantes hasta que su sólido pecho se aplasta contra el mío y sus estrechas caderas me empujan hasta apoyar mi espalda contra la barra. No parece ser capaz de despegar los labios de los míos y, poco a poco, aumenta la intensidad de nuestro beso, como si cada vez necesitara más de mí. Mientras, a lo lejos, una copa cae al suelo, y su beso borra de mi mente todo lo que ha pasado en los últimos dos años. Oigo voces lejanas… música… nada importa. ¡Nada! salvo él. El beso puede haber durado una eternidad o puede que hayan sido unos pocos segundos. No lo sé. Ha sido tan intenso que he perdido la noción del tiempo.

―Dios, cuánto te he echado de menos ―exhala, con la voz ronca de deseo.

Retrocedo medio paso, levanto la mano en el aire y le doy una bofetada con tanto vigor que su rostro se gira hacia la izquierda.

―¡Auch! ―se frota la mejilla y me mira confuso, arrugando el ceño―. ¿Por qué coño has hecho eso?

―El beso ha sido porque te echaba de menos y la bofetada por ser un gilipollas las navidades pasadas. Ahora, si me disculpas, tengo una fiesta que atender. Me ha alegrado verte. Buen viaje de vuelta a Yankilandia ―me dispongo a darle la espalda, pero me detengo en el último momento para añadir una cosa más―. Ah, y… ¿Black? No te olvides de comprar un souvenir para tu novia. Au revoir.

―No tan rápido, pequeño saltamontes ―dice con burla mientras me agarra un brazo para impedir que le dé la espalda―. ¿Sigues enfadada conmigo?

Bufo y libero mi brazo con un gesto brusco.

―No podría importarme menos tu persona. No sé lo que pretendías viniendo hasta aquí, ni tengo tiempo para averiguarlo, pero lo que sea que hayas venido a buscar, esta noche no vas a encontrarlo en este club. Esta es una despedida de soltera y la última vez que chequeé, tú no estabas en mi lista de invitados. Así que hazte un favor a ti mismo y lárgate antes de que te echen mis guardaespaldas.

Con un brillo divertido en su intensa mirada, Nathaniel ladea la cabeza y tuerce los labios en una de sus sonrisas desagradables.

―¡Embusterilla! Tú no tienes guardaespaldas.

―¡¿Y tú que sabrás?!

―¡Soy Nathaniel Black! ―exclama, como si eso lo explicara todo―. ¿De verdad piensas que no sé lo que haces en cada momento? Sé que solo tienes un mayordomo viejo, preciosa. Y también sé que no está aquí, sino en la nueva mansión que te has comprado en las afueras de Londres. Buen barrio, por cierto. Y el jardín, una maravilla… ―se inclina para cuchichear― Hablando de ello, ¿quién lo ha diseñado? Tienes que pasarme su teléfono. El jardín de mi mansión de Atlanta necesita una reformilla urgentemente.

―¿Pero qué dices? ¿Cómo…? ―sacudo la cabeza lentamente y levanto una palma para impedirle que hable―. Déjalo, no me interesa saberlo.

―Pero te lo diré igualmente ―mira hacia la derecha, mira hacia la izquierda, se acerca a mí oído y me susurra en tono conspiratorio―. Resulta que estoy entre las sombras, vigilándote. En cada momento del día, mi mirada diabólica está clavada en ti. ¡Buuu! No puedes librarte de mí en ninguna parte.

Ladeo la cabeza hacia la derecha e, incapaz de retener la sonrisa, evalúo esos ojos azul marino que parecen estar burlándose de mí.

―¿Ni siquiera cuando voy al baño? ―repongo, divertida.

Se inclina sobre mí con una sonrisa lasciva y los ojos abiertos de par en par.

Sobre todo cuando vas al baño ―me susurra al oído al tiempo que su dedo índice se desliza por la sensible piel de mi cuello.

Bajo su simple roce, esa porción de piel se incendia y las llamas se propagan con gran rapidez por todo mi cuerpo. Sin embargo, yo sé que, a pesar de ser horriblemente hipnóticas, acabaran devorándome si le permito que me toque de esa manera, así que lo aparto de un manotazo.

―Eso es enfermizo. Deberías hablarlo con un psicoanalista.

―¿A que sí?

Le doy la espalda y me dispongo a alejarme de él.

―Adiós, Nathaniel.

―Lo que tú digas, muñeca.

Doy un paso. Doy otro paso. Y otro. Y otros cinco. No me sigue. Giro un poco la cabeza y veo que se ha sentado en la barra y está pidiéndose una copa. No sé lo que es mayor, si el fastidio porque no me haya seguido o la alegría de haberme librado de él tan pronto. Decido que es mejor no saberlo y camino como si nada hubiera pasado hasta el sitio donde bailan Emma y Lilly.

―¡CC! ―chilla Emma, quien deja de moverse durante un instante―, no sé cómo decirte esto, pero creo que he visto a Nathaniel Black en la barra.

―Ignóralo. Se irá en breve.

―¿Nathaniel Black? ―repite Lilly pasmada, antes de girar la cabeza para buscarle con la mirada―. ¿El Nathaniel Black del Oscuro Secreto?

―El mismo. Esta se lo tiró el año pasado cuando era su asesora de imagen y luego lo dejó porque era un playboy desalmado y ahora él ha vuelto porque la quiere desesperadamente.

―¡Emma! ―protesto, indignada―. ¿Qué demonios ha bebido?

―Eh, creo que zumo de piña ―me contesta Lilly entre risas―. ¿Te has tirado a Nathaniel Black? ¿El sex symbol?

Resoplo con fastidio y dejo de mover las caderas de manera provocativa al darme cuenta de que Nathaniel no me mira. ¿Para qué estresarme si no tengo a quien impresionar?

―Sí, me he tirado a Nathaniel Black, el del Oscuro Secreto, el sex symbol, el Dios del sexo, el playboy del Upper East Side. ¿Podemos dejar ya el temita, por favor?

Lilly se gira hacia Emma con la boca abierta y los ojos como platos.

―¡¿Se ha tirado al chico malo de Hollywood?!

Emma adopta un aire digno. Siempre se regocija y va de digna cuando las demás metemos la pata.

―Sí, querida ―le contesta, como si yo no estuviera delante―. Varias veces, además. Mantuvieron una relación muy intensa. Lujuriosa, según la prensa sensacionalista.

Lilly abre la boca aún más al escuchar aquello.

―Perdona mi ignorancia, pero ¿cómo es que se casa con Jonathan si está enamorada del dios del sexo?

―Porque es tan cabezota que no quiere admitirse a sí misma que aún ama a Nathaniel. Son los genes Collins. Los irlandeses son gente muy orgullosa, ¿sabes?

Me aclaro la voz con irritación.

―Chicas, sigo aquí.

Las dos me ignoran y siguen cuchicheando sobre mi relación fallida, sin dejar de bailar. Lo más sensato, para evitar nuevos ataques de cólera, es seguir con la fiesta en otro lado. Les doy la espalda a las dos cotillas, me dirijo donde mis primos y empiezo a bailar con ellos y a beber aún más. Me comportaré como si Nathaniel no estuviera aquí. Sé que se aburrirá y se irá en breve.

Vale, eso no es cierto. Bailo de manera sugerente cuando me mira y el baile pierde todo interés cuando deja de mirarme. Detesto pasarme la noche preocupándome por si Nathaniel Black me mira o deja de hacerlo. Y no puedo creer que, de todas las fechas del calendario, eligiera justo el día de mi despedida de soltera para presentarse aquí. ¡Es un cabronazo! ¡Y le odio! Vale, esto tampoco es cierto. ¡Pero quiero odiarle! Mejor dicho…¡quiero querer odiarle! ¡Le odiaré! En breve…

     Dos horas después:

―¿Qué tengo yo de malo, Nate? ―lloriqueo, con la barbilla apoyada en mi mano izquierda―. No, en serio. Soy buena persona, aunque finja ser mala, ¿sabes? Me preocupa la pobreza mundial… la desnutrición en África… invierto, aunque nadie lo sepa, en la investigación del cáncer porque me parece una enfermedad horrible e injusta, y reciclo desde que tenía quince años porque me angustia el calentamiento global. Soy buena chica, en el fondo. ¿Por qué ninguna de mis relaciones ha funcionado? Todos acaban dejándome, tarde o temprano… Incluso tú ―dejo caer la cabeza hasta que mi frente se golpea ruidosamente contra la barra.

Nathaniel me levanta el rostro y me escruta en silencio, con el ceño fruncido.

―Yo no te he dejado, amor. Fuiste tú la que se marchó.

Hago un gesto de exasperación con la mirada.

―Tú, yo, nosotros, ellos… ¿Qué más dará? El caso es que no ha funcionado. ¿Sabías que incluso Bobby Joe me dejó?

―¡No! ―finge sentirse muy alarmado―. ¿En serio? ¡Qué canalla!

―Sip ―tomo otro trago de vodka―. ¡Me dejó por Sue Ellen! ―exclamo mientras rompo en desgarradores sollozos. Definitivamente, el vodka es Satanás.

Nathaniel suelta una carcajada y me quita el vaso de las manos para que no beba más. Acto seguido, me ofrece un pañuelo que se saca del bolsillo. Un pañuelo blanco con las letras N.W.B en hilo rojo. ¡Qué anticuado es a veces! ¿Quién tiene un pañuelo hoy en día? ¿Y de dónde viene la W?

―No fue culpa tuya, amor. Está claro que Bobby Joe tenía una debilidad por los nombres compuestos.

Sin poder evitarlo, suelto una risa, a través de los lagrimones que cubren mi rostro.

―Y luego está Matt, que resultó ser gay ―continuo, arrastrando las palabras―. Y su hermano Charles se lió con Lilly en mi baile de fin de curso. ¡Y Edward Carrington volvió con su mujer! ―al recordar que me he acostado con un senador que pertenece a la derecha católica de Estados Unidos, prorrumpo en sollozos espasmódicos.

Intento recuperar la bebida, puesto que lo único que puede consolarme en este instante es ese delicioso elixir que los rusos −inteligentes criaturas− tuvieron la genial idea de inventar, pero Nathaniel la mantiene lejos de mi alcance.

―No te tortures, princesa. No es culpa tuya. ¿Es que no lo ves? Es evidente que Matt te dejó porque no tienes pene, Charles porque… aunque esta noche lo parezcas, no eres un zorrón, y el senador Carrington porque… ―entorna los ojos y se frota la barbilla mientras lo piensa―… bueno, eres protestante.

Levanto la cabeza y lo miro confusa.

―Nate, soy católica.

―¿En serio? ―no consigue disimular su asombro―. Pensaba que Enrique VIII había empalado a todos los católicos de Inglaterra.

―¡Enrique VIII cortaba cabezas!

Hace un gesto de exasperación con sus maliciosos ojos.

―He fallado por veinte centímetros. ¡Demándame! Además, ¿a qué viene esta depresión?

Me encojo de hombros.

―Mi vida es un asco. Me caso dentro de una semana con un hombre al que no amo. Y el hombre al que amo está como una cabra, con lo que lo nuestro nunca podría funcionar. ¿No te parece bastante?

Entrecierra los ojos, como si mis palabras le golpearan en lo más profundo de su ser. Se queda callado y, a medida que su rostro adquiere una expresión grave, se instala entre nosotros el más absoluto de los silencios. Al verle tan torturado, me quedo sin palabras.

―No te cases con él, princesa ―susurra, en voz queda.

Su mirada suplicante atrapa la mía. Desliza el dedo índice por mi mejilla, con un gesto tan tierno que, durante unos segundos, todos mis muros se tambalean y casi se me olvida quién es y lo que me ha hecho. Cierro los ojos, acerco el rostro a su mano y me quedo inmóvil mientras dura la caricia.

―Él no puede hacerte feliz.

―¿Y tú que sabrás? ―musito, aún afectada por el contacto de su piel―. Ni siquiera lo conoces.

En sus labios aparece una fugaz sonrisa de lado.

―¿Cómo se llama?

¡Como si no lo supiera ya! Él mismo ha dicho que sabe lo que hago en cada momento y, conociendo su grado de demencia, me lo creo.

―No es asunto tuyo.

Se le ilumina la mirada y le veo mordiéndose el labio para aguantarse la risa.

―¿No-es-asunto-tuyo? ―repite, con aparente seriedad―. Mmmm, debe de ser esconces por el nombre. No te cases con él, amor. Los escoceses son individuos muy aburridos. Te cansarías antes de que acabe la luna de miel.

―¡No digas bobadas! ―escupo, con cierta brusquedad.

Su mirada, de pronto ardiente, se centra en mi boca. Pasan unos instantes hasta que vuelve a mirarme a los ojos.

―¿Sabes qué? ―musita. Su rostro está tan cerca del mío que puedo sentir el susurro de su acelerada respiración contra mis labios―. Deberías casarte conmigo. ¡Sí! Deberíamos hacerlo ahora mismo. ¿Tenéis casinos en Inglaterra? Las Vegas nos pilla lejos ―al ver la mala cara que pongo, se detiene y parpadea―. ¿Qué? ¡No pongas esa cara! Hasta tú tienes que admitir que yo tengo mejores genes que el señor No-es-asunto-tuyo. Y podemos tener bebés, si es lo que quieres. Sabes que a mí no me importará fabricarlos ―me guiña un ojo, con gesto juguetón.

Le doy unas palmaditas en el brazo y enseguida me levanto de mi silla alta, tambaleándome un poco. ¡Puf! ¡Qué mareo! No bromeaba al decir que íbamos a salir de aquí a gatas. Yo, desde luego, lo hago.

―Eres un coñazo de tío, Nathaniel Black. Y yo estoy demasiado borracha como para estar tan cerca de ti, así que me voy a casa. ¡Sola! ―apostillo al ver que se pone de pie.

De esa forma, sola y borracha, arrastro los tacones hasta la salida del club y vuelvo a mi maravillosa casa de las afueras, felicitándome a mí misma por haber rechazado a Nathaniel Black. Mañana mismo pienso escribirle al Papa para que me galardone por mi actuación de esta noche.