¡Te odio, Derek Brooks!

Capítulo 1: El reloj siempre es puntual. Lizzy O’Conner… no lo es.

Septiembre. Primera semana. Lunes, 06:50

Si consiguiera abrir los ojos en los próximos dos minutos, podría hacer montones de cosas beneficiosas: ocuparme de la colada, disfrutar de un desayuno saludable y nutritivo, hacer estiramientos para eliminar por completo la molesta celulitis de los muslos.

Aunque, por el otro lado, también podría emplear ese tiempo haciendo cosas menos beneficiosas y mucho más divertidas. Como, por ejemplo, perder el rato husmeando en las redes sociales de mi ex. Podría hacerme una cuenta falsa y decirle que soy su admiradora secreta, y luego hacerme otra cuenta falsa y decirle a su novia (¡con la que me puso los cuernos, el muy cabrito!) que él y yo mantenemos una tórrida relación amorosa.

Hum. Las posibilidades de hacer el mal son infinitas a estas horas de la mañana.

«Así que abre los ojos, Lizzy. Ábrelos. En un mundo donde lo más valioso que tenemos es tiempo, cada segundo cuenta».

¡Ostras! Mi cerebro delibera incluso estando dormida. Debo de ser un genio.

06:54

O puede que esté preocupada por mi primer día y por eso no consigo caer en un sueño profundo y reparador, y, en vez de aprovechar estos seis minutos que me quedan para hacer algo útil, (como dormir), me los paso planificando una actividad que nunca llevaré a cabo (hacer el mal), porque no se puede hacer el mal ¡si sigues en la cama!

06:59

La teoría de que soy un genio me complace mucho más. Y ya que soy tan lista, será mejor que siga dándole vueltas a lo de hacer el mal. Seré un genio malévolo. Todo el mundo temblará al escuchar mi nombre. Lizzy. A secas. ¿A que suena terrorífico?

07:00

Ugh. La alarma. Nuevo día, nueva canción. Running up that hill, de Placebo. Adiós al sueño reparador y a mis planes de hacer el mal. Es hora de enfrentarse al mundo real. Con valentía. Sentido común.

Y con un par de tabletas de Kit Kat, por si me fallara la valentía y el sentido común. Suele pasar más a menudo de lo que me gustaría admitir.

07:00:59

La alarma sigue sonando. ¡Me encanta esta canción!

Lo de la alarma tiene su historia, ¿sabéis? Desde hace más de un año, todas las noches, antes de irme a la cama, elijo un grupo diferente para que me despierte a la mañana siguiente. Es mi ritual secreto. He leído un estudio que aseguraba que, de esta forma, la gente se despierta un poco menos gruñona. Nadie puede rugir como una bestia cuando le despiertan con música, ¿verdad que no?

¡Lizzy! ¡Apaga ese maldito trasto! Me tienes hasta los ovarios con tus gilipolleces.

Ugh. O puede que algunos sí.

Mi aura, luminosa y alegre hace tan solo un momento, empieza a teñirse de un deprimente gris. Lucy, mi compañera de piso, tiene el don de agriar mis mañanas. Es el Grinch de los buenos despertares.

Pero no permitiré que sus berridos acaben con mi buen humor. Soy fuerte. Resistiré. Tengo por delante un maravilloso día, una estupenda semana, un magnífico año para hacer el mal. Soy joven, estoy sana y me niego a dejar que el odio hacia los nuevos comienzos me devore por dentro como el gusano del pecado.

¡¡¡Lizzy!!! ¡APÁGALO TE HE DICHO!

Pues el gusano me ha devorado. ¡Porque odio los lunes!, por mucho que intente disimularlo con cancioncillas y sonrisillas. Odio empezar una nueva semana. No solo porque hay que retomar una actividad que de por sí detesto (ir al trabajo, beah), sino porque ponen a Lucy demasiado rezongona. ¿Qué tiene en contra de Placebo? Buscaré un estudio sobre la gente a la que no le gusta Placebo. Seguro que son todos perturbados.

¡LI-ZZY!

¡Por el amor de Dios! Ya voy, ya voy. ¡Qué tiquismiquis!

Busco el móvil a tientas y, no sé qué botón pulso, pero consigo detener la música. Aún no puedo abrir los ojos. Los párpados me pesan como si fuesen de plomo.

Me quedaré un minuto más, para despejarme. No hay nada mejor que ese minuto que le robas al reloj. Es el mejor minuto de toda tu vida, porque abarca toda una infinitud de momentos placenteros.

Hecha un ovillo, bostezo complacida, agarro la sábana y me tapo hasta las orejas para rehuir el indiscreto sol neoyorquino, que arroja toda su fuerza hacia la arrugada cortina amarilla que me separa del mundo exterior.

Solo un minuto.

Puede que cinco.

No más de diez, en todo caso.

Un cuarto de hora, haciendo un exceso.

Quizá veinte minutos, si me doy mucha prisa después.

08:11:00

¡Hostia puta! ¡Me he dormido!

08:11:02

A la velocidad vampírica de Damon Salvatore, pego un salto de la cama y me abalanzo sobre la puerta del baño. ¿He dicho ya lo mucho que odio los lunes?

¡Oh, venga ya! ―le grito al espejo, que me devuelve la imagen de un espantapájaros al que no reconozco. Párpados hinchados de sueño, el pelo hecho un zarzal, una camiseta zarrapastrosa, cortesía de Coca Cola, con una mancha de chocolate entre las tetas… ¿Qué te ha pasado, criatura?

Haz el favor de adecentarme, parecen suplicar los tristes ojos azules del adefesio.

¡Pues no haberte bebido las siete copas de vino! ―la reprendo, como si fuese culpa suya que yo eligiera pasar de todo anoche y me fuera de fiesta, cuando es obvio que lo que hay que hacer los domingos por la tarde es hincharse a palomitas, golosinas, helados, etc. etc. etc., mientras miras cualquier truño de Netflix. ¡Es lo que hace la gente normal!

Exasperada y agobiada por el tictac, (como decía, lo más importante que tenemos es el tiempo, porque siempre escasea), empiezo a maquillarme con gestos frenéticos. Rímel. Eyeliner. Más rímel. Parezco un cirujano en plena faena.

¡Arrrggggghhhh!

Acabo de comprobar que las dos líneas que enmarcan mis ojos son absolutamente catastróficas.

No pasa nada. Las borraré y punto.

Cojo un poco de papel, escupo encima (tengo que recordar pasar por la farmacia y hacerme con un desmaquillante), froto y retrocedo un poco para admirar mi obra.

Ah, genial. Ahora soy Fétido Adams. Un gran avance.

Mi humor se ha estropeado irremediablemente. Regreso a la habitación batiendo las puertas a mis espaldas y empiezo a revolver en el armario.

¡Lucy! ¡Necesito ropa formal! ¡Maldita sea! ¿Dónde estará mi blusa beige? Ah, no, espera. Esa era de Sarah, ¿no?

Esto es un desastre. Ni siquiera controlo la ropa que tengo. ¿Qué clase de persona no conoce su propia ropa?

¡Lucy! ―grito más alto―. ¿Tienes algo formal para prestarme?

He sacado todo un montón de ropa del armario y estoy sentada encima, desesperada, sin saber qué ponerme, cuando la puerta de mi compañera de piso se abre y una camisa blanca vuela en mi dirección. Alabado sea el Señor. Estoy salvada. ¿Lo que escucho a lo lejos es un coro celestial?

Ah, no. Es la solterona del quinto piso, a la que le ha dado por la religión este año y no deja de dar el coñazo con cancioncillas eclesiásticas. El año pasado le dio por los vagabundos, y el anterior, por las basuras. Síndrome de Diógenes en todo su esplendor. Puestos a pensar, la música eclesiástica es maná celestial comparada con todo lo demás.

¡Gracias! ¿Y una falda?

Lucy me responde con un portazo que sacude toda la casa. Hmmm. Será que no tiene faldas formales.

Sin tiempo que perder, me abotono la camisa, agarro la primera falda de vuelo que veo, muy colorida, nada formal, (es lo que hay), y cuelgo un par de pulseras multicolores en ambas muñecas. ¿El resultado final? Una mezcla entre oficinista, médium y gitana húngara. Perfecto para soportar este día.

Delante del espejo, me calzo las manoletinas y agarro las gafas y el bolso. De camino a la puerta, revuelvo el bolso en busca de las llaves y el móvil. Suelo dejarme una de las dos cosas en casa. O ambas.

Comprobado. Llevo llaves, móvil y pintalabios rojo. Aunque eso último no sé para qué. No tengo pensado seducir a nadie de camino al trabajo.

Lucy, me voy.

¡Cállate de una puta vez! ¿A quién coño le importa lo que hagas?

Yo también te quiero, pastelito.

Con las gafas aún en la mano, dejo caer la puerta a mis espaldas y cruzo el pasillo a la velocidad de una tormenta tropical. Me pongo las gafas porque no veo un pimiento, pulso el botón y me apoyo contra la pared. Apenas me puedo sujetar en pie. Estoy muy cansada. No he tenido tiempo de asimilar que hoy empieza una nueva semana.

Dios, lo que me desesperan los lunes. ¿A qué mente enfermiza se le habrá ocurrido empezar la semana en un lunes? ¡Después de un domingo y antes de un martes! ¡Qué despropósito! Todo el mundo sabe que el domingo acaban las fiestas solo porque el martes vuelven a empezar. El lunes está muy mal ubicado. No le da tiempo a una a recuperarse. Los viernes son los nuevos domingos. Los martes son los nuevos jueves. Los jueves son los nuevos sábados. ¿Y qué pinta el lunes en todo esto? ¡Nada! ¡El lunes no existe!

Tras malgastar dos valiosos minutos filosofando sobre por qué deberíamos prohibir los lunes, constato que el ascensor no funciona. Estupendo. Siempre se estropea cuando tengo prisa. O puede que yo tenga prisa cada vez que se estropea el ascensor. Es una reflexión harto compleja para una mañana de lunes.

No tengo tiempo para seguir deliberando. Bajo las escaleras de dos en dos y me precipito hacia el exterior, empujando la puerta con el hombro.

Ugh. Hace un frío de narices. Y eso que estamos en septiembre. Qué ciudad más peculiar.

¡Taxi! TA-XIIII… IIIIIIII ―alargo la vocal y le sonrío a un ejecutivo guapete, que me devuelve el gesto. Eso sí, como intente soplarme el taxi, lo acuchillo―. Taxiiiiiii.

8:35

Ojalá supiera silbar. A lo mejor los taxistas me harían caso. ¿Por qué no habré traído una bufanda? ¡Con lo prácticas que son! Jodido viento.

8:39

¡Taxi! Aquí. ¡Eh! ¡Eh! ―Pese a lo mucho que agito los brazos, el taxista pasa por delante como si no me hubiese visto―. ¿Será posible? ¡Si estoy justo delante de ti! Gilipollas.

¿Por qué no coge el metro? ―me sugiere el ejecutivo guapete.

Llegaría demasiado tarde ―explico, apesadumbrada.

Vaya. Lo siento por usted. Yo iré en metro. Adiós.

Eh… ¿adiós? ―digo, dudando.

¡Ni siquiera me ha pedido el número de teléfono! ¿Cómo demonios se liga en esta ciudad?

Miro al ejecutivo con aire interrogante, pero él ya se está alejando en dirección al metro. Niego con la cabeza. La gente es imposible en esta ciudad.

8:42

Agito los brazos delante de todos los taxis que me adelantan y reflexiono sobre cómo es que los neoyorquinos se han reproducido durante todo este tiempo. En Wisconsin, cuando un chico te habla, es que le gustas. Y si le gustas, es que quiere casarse contigo. Las relaciones son mucho más sencillas allí.

Desde que vivo en Nueva York, nadie me ha pedido matrimonio. ¡Ni una sola vez! A lo mejor mi madre tiene razón: acabaré siento una solterona como la prima Alyssa, que se rebeló contra la familia, se mudó a la Gran Manzana Podrida y, desde entonces, va dando tumbos de relación en relación, porque todos los hombres de los que se enamora no están emocionalmente disponibles. Lo que sea que eso signifique.

Horrorizada por tal idea, grito con más energías:

¡TA-XI!

8:49

Siete minutos más tarde y varias maldiciones escupidas por lo bajo, consigo que un coche se detenga. Gracias a Dios. ¿Dónde está el coro celestial cuando te hace falta?

¡A Manhattan! ―exijo, abalanzándome sobre el asiento y cerrando la puerta con ímpetu antes de que alguien me sople el coche. Esto está lleno de lobos hambrientos. ¿Será que todos llegamos tarde los lunes?― Oficinas Ediciones Brooks. Lo más rápido que pueda. Llego tarde.

Y seguirá llegando tarde. Hay tráfico.

Eso ya lo veo. Pero le agradecería que…

Está bien, está bien. Haré lo que pueda. Agárrese.

El coche arranca tan deprisa que me golpeo la nuca contra el respaldo del asiento. Si llego a saber que me toca viajar con Daniel Morales, me quedo calladita.

Oiga, oiga, oiga ―lo freno mientras mis manos tantean el asiento en busca del cinturón. ¡¿Dónde está?!―. Tampoco hay que volverse locos. Es decir, que si llego un poco tarde…

El taxista hace como que no me ha escuchado y se sube a la acera para adelantar a toda una fila de coches parados en medio de un atasco. Está claro: ¡vamos a morir todos!

Ya me imagino a San Pedro, con un díptico interminable, recitando mis pecados más sonados:

Has mentido como una bellaca, Lizzy. Has engañado. Has echado las cartas de Tarot para averiguar las combinaciones de la Lotería (pero Dios te ha castigado por tu avaricia y nunca te ha tocado ni un centavo. El Señor es muy sabio). Has pensado en hacer el mal. Nunca lo has llevado a cabo, es cierto, pero pensar en ello también es pecado. Has mantenido relaciones carnales antes del matrimonio. Muchas veces. Demasiadas, ahora que me pongo a contar lo de Jimbo y las noches en el pajar de tus padres. En resumidas cuentas, Lizzy, eres una fulana. ¡Al Infierno contigo!

Y yo, vestida de Audrey Hepburn (no se puede ir al Cielo así, de cualquier manera), suplico el perdón divino y aseguro entre terribles sollozos que me arrepiento de todas mis malas acciones.

¿En verdad te arrepientes de todos tus pecados, Lizzy? ―truena San Pedro con expresión recelosa―. Piénsatelo bien, pues no puedes mentir al Creador, que todo lo sabe y todo lo comprende.

Entonces, como en el viejo Hollywood, una luz celestial cae sobre mi brillante rostro, empapado en lágrimas, y saca en relieve esa chispa de rebeldía que ni siquiera el mismísimo roce de la divinidad sería capaz de ahogar.

De todas, menos de una. Con lengua de muerte confieso que no me arrepiento, ¡y jamás me arrepentiré!… ―Como la heroína de una telenovela, alzo el mentón para enfrentarme valientemente a la ira divina y hago una pausa teatral, así concedo más dramatismo a mis siguientes palabras―… de haberle echado un mal de ojo a ese sinvergüenza de Derek Brooks. Bueno, varios, a decir verdad ―confieso alocadamente y con los párpados entornados―. Y una vez practiqué vudú para principiantes. Ya sabe, lo de los muñequitos y las agujas clavadas en sitios raros. Si quiere, puedo decirle dónde se las he clavado. ―Me acerco a San Pedro y le susurro algo escandaloso al oído. A San Pedro se le dilatan los ojos―. ¿Eso es pecado capital, oh, Santo Padre Celestial? ―pregunto, retrocediendo.

Un pitido me devuelve al mundo terrenal, donde ni soy Audrey Hepburn ni el inclemente San Pedro está a punto de dictaminar mi eterna jubilación en el Infierno. Menos mal, porque menudo mal trago. ¡Y todo por culpa del abominable Derek Brooks! No le deseo ningún mal, pero ojalá le salga un sarpullido en los huevos. Uno de esos que pican mucho.

Complacida por la idea, compruebo el reloj.

¿Usted cree que es posible llegar a Manhattan antes de las nueve? ―le pregunto al taxista.

Ni en helicóptero. Haberse levantado antes.

La gente de esta ciudad es tan encantadora…

Superado el atasco del puente, empezamos a movernos con un poco más de normalidad.

Sin embargo, a medida que avanzamos hacia el corazón de la Gran Manzana, el tráfico vuelve a espesarse, como si el Todopoderoso hubiese decidido en algún momento de su ajetreada jornada que yo, Lizzy O’Conner, tenga que retrasarme en mi primer día de trabajo.

A ver si se toma un segundo para desvelarme la combinación de la lotería. No me vendría nada mal conocerla antes del sábado. De lo contrario, la casa de empeños se quedará con los pendientes de mi abuela. Ugh. Qué mala racha llevo. Será mejor que no piense en mis problemas financieros. Me deprimiría.

Anda, un ferry lleno de turistas. Mira. Algo en lo que pensar.

Jamás he viajado en ferry ―le digo a Daniel Morales, con la intención de entablar conversación con él. No es que me guste su persona. No me gusta, para que quede claro. Lo que pasa es que odio estar callada. Ese silencio en mi cabeza… Esos silbidos que no sé de dónde provienen… No los soporto―. No hay ferrys en Wisconsin, ¿sabe? Claro, ahora que me he mudado a Nueva York, tendré que hacerlo al menos una vez. Dicen que uno no es neoyorquino del todo hasta que no coge el ferry.

¿Quiere que me pare en alguna parte para que pueda coger el ferry? ―me pregunta, en tono bastante arisco.

¿Qué? No, hombre, no. Era solo un comentario.

Ah. O sea, que no me paro.

No. Otro día será. Lo apuntaré a mi lista de cien cosas que hacer antes de morir ―me río de mi propio ingenio y lo miro, sin comprender por qué se mantiene tan serio―. Ya tengo quinientas cuarenta y ocho ―prosigo en el mismo tono guasón―. Quinientas cuarenta y nueve, si sumamos lo del ferry.

Aguardo expectante. El taxista se cambia de carril. En silencio. ¿Será borde?

¿Usted tiene una lista de cien cosas que hacer antes de morir?

Yo jamás me doy por vencida. Sigo y sigo y sigo, hasta que los demás se cansan tanto que termino gustándoles.

Pues no.

Vaya. Igual no le apetece demasiado hablar. A lo mejor es por el tema que he elegido. Hay gente que odia los ferrys. También hay gente que ama el látex.

Conclusión: hay gente rara en todas partes.

Buscaré otra cosa de la que hablar. ¿Qué tal mi vida personal? Contar anécdotas de uno mismo siempre es interesante. Leí un estudio sobre cómo socializar y decían que no hay que temer hablar de uno mismo. Eso sí, siempre hay que ser sincero. No vale inventarse que eres astronauta, cuando lo más alto que has subido nunca es la cuarta planta de tu edificio, y eso por las escaleras porque eres claustrofóbico.

Una vez salí con un pastor. Reverendo o rabino, o… algo similar. En fin, de los que sí pueden mantener relaciones carnales (¡A Dios doy gracias por eso!, ¿sabe lo que le quiero decir?). ―Yo me río y él no. Es bastante incómodo. Aun así, no me dejo acobardar y prosigo tras haber carraspeado por lo bajo―. Bueno, el caso es que nuestro amor nunca llegó a cuajar. Yo era una mística rarita que echaba las cartas de Tarot cada vez que se enfrentaba a un dilema, y él no pudo hacer la vista gorda a eso. Si Dios quisiera que supiésemos el futuro, nos lo habría hecho ver, me reprendió una tarde de domingo. Siempre ponía voz de barítono cuando quería imponer su voluntad, no sé por qué. Huelga decir que yo estaba arrodillada en el salón, echando las cartas de Tarot para saber si él iba a proponerme matrimonio cualquier día de esos. La verdad es que no parecía muy probable. Aun así, no me desalenté y las volví a echar. Pero es posible que Dios no pensase en todo, ¿no?, le dije, con un ojo a las cartas y el otro mirándole a él. ¿El ahorcado? ¿Qué quería decir el ahorcado? A lo mejor se le escapó esa parte. Nadie es perfecto. ¿Y sabe lo que hizo el muy honorable pastor? ¡Cortó conmigo! ¿Se lo puede creer?

Pues sí. Ese tipo me cae bien ―murmura el taxista, el cual gira a la derecha para intentar escapar del atasco.

Parpadeo varias veces.

¡¿Por qué iba a caerle bien?! ¡Era un capullo!

Esa es su versión de los hechos. Seguro que la de él es muy diferente.

Los tíos siempre os defendéis los unos a los otros ―acuso con una mueca de disgusto.

Porque las mujeres estáis todas locas ―repone él, distraído por el tráfico.

Suelto un ruidito indignado.

¡Las mujeres no estamos locas! ―chillo, lo cual contradice un poco mi afirmación―. El problema es que los tíos sois unos capullos. Por eso yo ya no salgo con nadie ahora. ¿Y sabe lo que le digo? Que soy feliz. Sí, como lo oye. Hago cosas que antes nunca tenía tiempo de hacer. Montones de cosas. Montones, montones, montones de cosas. Soy voluntaria en cuarenta y dos organizaciones diferentes. Me hago mis propios jerséis. Hago bizcochos para dos orfanatos. Siempre me salen mal, pero sigo intentándolo porque mi madre me enseñó de pequeña que la perfección consiste en seguir mejorando.

¿Y qué es lo que quiere?, ¿una medalla?

Nuestros ojos se cruzan en el espejo retrovisor.

Un poco de reconocimiento no estaría mal ―admito, con remilgo.

Pues vale. Es usted una santa.

Gracias.

Sonrío complacida y miro por la ventanilla. Me pongo bien las gafas. Colocarme las gafas me da un aire intelectual.

¿Ya estamos en Manhattan? ―me intereso, transcurridos unos momentos.

Vuelvo la mirada hacia el espejo interior y constato que el taxista me está mirando.

Eso de ahí es Park Avenue.

Me cambio de ventanilla para verlo mejor. Hostia puta. Menudos edificios. Cuando hice la entrevista, vine en metro. No tuve el privilegio de ver todo esto.

Ha-la. Este distrito huele a poder, ¿no le parece?

No sabría decirle. Solo huelo su colonia barata.

8:57:46

Abro la boca en un gesto indignado y le lanzo una mirada fustigadora. No quiero caer en la trampa de creerme sus palabrejas.

8:57:49

No, no pienso hacerlo. No pienso comprobarlo por mí misma. Supondría poner en duda la calidad de mi colonia. Y estoy segura de que ese amable vendedor ambulante dijo que era original.

8:57:51

Está bien. Soy débil. Me olisqueo a mí misma, solo para constatar que me está tomando el pelo.

¡¿Pero cómo se atreve?! ―estallo, un par de segundos después de su insulto―. Mi colonia huele muy bien.

Él arruga la nariz.

Créame, encanto, eso huele de todo, menos bien. ¿Qué coño es?, ¿jazmín?

Pues no, neoyorquino cascarrabias. Es fruta de la pasión ―aseguro con gesto amanerado.

¡Fruta de la pasión! ―bufa y se eriza como un gato rabioso―. Si la pasión oliese como usted, la raza humana se habría extinguido hace mucho tiempo.

Lo fulmino con la mirada y me sulfuro todavía más cuando descubro que ni se inmuta. La gente de esta ciudad me desespera. En casa tenía cientos de amigos. Aquí solo tengo dos. Y uno de ellos es un gato, con lo que apenas cuenta.

¿Usted siempre es así de borde?

¿Por qué cree que ha conseguido un taxi en hora punta? ―repone, mirándome de nuevo a través del espejo.

Sonrío como una animadora.

¿Porque el Universo está de mi parte? ―propongo, esperanzada.

Chorradas. Porque nadie me aguanta más de una manzana. No tengo madera para este trabajo. Lo odio. Cualquier día de estos lo dejo y vuelvo a los rally.

Temía que dijera algo así ―resoplo con fastidio―. Tiene toda la pinta de odiarlo. Pero se me ocurre que, a lo mejor, podría usted hacer una excepción y ser agradable con una pobre chica de Wisconsin. Para que no se lleve un mal recuerdo de los neoyorquinos y su maldi… maravillosa ciudad.

Juraría que el taxista está refrenando la sonrisa.

Está bien. Admito que… he estado un poco… quizá, borde con usted. ¿Qué le parece la Gran Manzana?

New York, New York, como diría el bueno de Frank. ¡Qué maravilla de ciudad! ¡Cuánta clase! Qué… ¡Alto el fuego! ―grito, y el taxista pega un frenazo en mitad de una avenida.

El mecanismo del cinturón de seguridad se acciona, opone resistencia y me devuelve con brusquedad a la posición inicial.

¿Qué? ¿Hemos atropellado a alguien?

No, no es eso.

Entonces, ¿por qué coño chilla? ―me grita, mosqueado.

Es que… esto es como dar vueltas siempre a la misma manzana.

¿Qué?

¿No lo ve?

¿Ver, el qué? ¿Está loca?

Pues que… nada cambia. ¡Me siento estafada! ¿Dónde está el glamour que me prometieron nada más bajar del tren en la estación central, con mi aire pueblerino y mi maleta roída por un ratón de campo?

El taxista, pese a su cabreo, suelta una carcajada. Creo que empiezo a caerle bien. Como todo el mundo, no puede evitar caer bajo el embrujo de mis ojitos azules, mi risa de jabalí estrangulado y mi encanto wisconsiniano.

¿De verdad que un ratón de campo se había comido su maleta?

¡Ande que sí! Y se vino a Nueva York, el muy pillín.

¡¿En su maleta?!

Ya lo creo. Ojalá lo hubiese visto antes de montarme en el tren. Habría dejado el ratón en casa ―murmuro para mí―. O le habría pagado el billete, qué menos. Dichosos roedores. Les encanta seguirme. ¡Soy el Martin Luther King del mundo animal!, ¿se lo puede creer?

Vuelve a reírse, y yo sonrío con calidez. Me gusta hacer amigos.

¿Y cómo se deshizo de él?

Muy fácil. Conseguí un gato. Mientras el pequeño seguidor se estaba dando un festín dentro de mi maleta, cogí un saco de basura, me dirigí a los cubos más cercanos (estoy en contra de las tiendas de mascotas, eso es explotación animal, prefiero la adopción callejera) y agarré la primera criatura con bigotes que vi. Resultó ser una rata.

Me interrumpo ante el torrente de carcajadas.

¡Está de coña!

Más quisiera. Esta ciudad tiene un problema. Se lo digo muy en serio.

¿Cogió una rata?

Como se lo estoy contando. Cuando la acerqué a mis ojos miopes, chillé, la lancé lo más lejos que pude (lo más lejos que pude resultó ser el peinado de una señora muy elegante, que amenazó con demandarme), me puse las gafas para corregir la miopía y corrí para que la señora no me pillara. A unos quinientos metros de ahí, encontré otros cubos. Lo mío con Zarpas fue amor a primera vista. Vi sus ojitos amarillentos de cazador de ratones, él vio mis ojitos azules de delincuente juvenil, y nos enamoramos al instante. Como en las películas de los sesenta. Seguro que alguien tocaba Moon River en alguna parte por ahí.

Madre mía. Usted es un fenómeno.

¿A que ahora le caigo bien?

Se lo piensa un segundo.

Pues no.

Mi mueca de satisfacción se trueca en una de disgusto. Me dejo caer hacia atrás y me cruzo de brazos. Cascarrabias.

Pero admito que tiene un poco de chispa… ―añade el taxista para consolarme.

Con eso me vale ―digo, recuperando mi buen humor. No suelo estar enfurruñada durante demasiado tiempo. Soy demasiado… exultante. Mi ex decía que yo era alegre hasta la demencia. Lo que sea que haya querido decir con eso. Aún no tengo claro si era algo bueno o algo malo. Aunque, conociéndole, probablemente sea lo peor que me han llamado en la vida.

Hemos llegado. ¿Metálico o efectivo?

Miro al taxista parpadeando. Debe de estar loco, el pobre.

¿Pero qué dice? ¡Significa lo mismo!

Eso es porque no me funciona el cacharro del banco ―informa con desdén.

Vaya por Dios. Y luego el fenómeno soy yo. Tenga. Quédese el cambio.

Sí. Me llegará para medio café.

¡Qué hombre tan frustrante! Me enervan los neoyorquinos. Todo Vanderbilt Avenue y la fuckin´ Empire State. En Wisconsin solo tenemos la fiesta del maíz. ¡Y bien orgullosos de ella que estamos!

Movida por mi patriotismo de granja, bajo del taxi, cierro con un golpe seco y, aunque sé que voy muy pillada de tiempo, me tomo un momento para coger aire en los pulmones y admirar mi nuevo lugar de trabajo.

El mundo editorial.

Esa jungla en la que los inocentes corderillos (escritores novatos que no tienen ni idea de dónde intentan meterse) acaban bajo las zarpas de los feroces lobos de Manhattan (editores cascarrabias que no se molestan siquiera en abrir sus libros). Estupendo. Allá vamos.

Contoneando las caderas y sonriendo a derecha e izquierda como si conociera de algo a todas esas personas, me abro paso entre el rebaño de hombres y mujeres vestidos de forma formal. Todos van de negro o gris. Menos yo, que llevo la camisa blanca de Lucy, mi falda multicolor y unas manoletinas rojas. Soy como Alicia en el país de los proletarios.

No sé por qué, pero hoy me siento atractiva. Segura de mí misma. Encantadora.

Me siento yo al cien por cien.

Porca puttana! ―exclamo, en medio del rebaño, y todo el mundo se vuelve para mirarme en el peor momento de mi vida.

Una ráfaga de viento se ha elevado desde mis tobillos hasta mi trasero, ha hinchado mi imposible falda de vuelo y me ha dejado con todos mis encantos wisconsinianos al aire.

¡Jo-der!

¡El plan de esta mañana no consistía en enseñar mis malditas bragazas a todo el condenado Manhattan!

ODIO los lunes, ODIO el jodido Nueva York, ODIO la fuckin´ Empire State y ODIO al cabronazo de Derek Brooks.

Hala. Me he desahogado. Ahora, a trabajar.

Capítulo 2: A Lizzy le encantan las habichuelas mágicas

Lunes, 09:15

Si cada momento de nuestras vidas estuviera acompañado por una canción, ahora mismo sonaría Sexy Silk, de Jesse J.

Porque así es cómo se siente una al cruzar las puertas mecánicas de Ediciones Brooks: como una sexy y malvada gatita de garras afiladas. Miau.

¡Detengan ese ascensor ahora mismo! ―clamo con aire melodramático en medio del elegante pasillo de mármol blanco.

Siempre he querido decir eso.

Ah, y también lo de ¡el asesino es el mayordomo! Aún no se me ha presentado la oportunidad.

Un momento ―me frena un empleado de seguridad, que se interpone en mi camino y me corta el paso. Y con camino no me refiero solamente a los pocos metros que me separan del lujoso ascensor, sino también al metafórico camino hacia un ascenso. No creo que aquí asciendan a gente que llega tarde en su primer día de trabajo, ¿verdad? ―Déjeme ver su acreditación.

¿Mi qué? Oh, la etiqueta esa que me dieron la semana pasada. Sí, la tengo en alguna parte. En algún bolsillo o… ¡ajá! Aquí está. Tenga.

Aliviada por haberla encontrado tan pronto, se la ofrezco, alzo las cejas dos veces seguidas y sonrío como Dios manda para que se vea que mi dentista sí que vale. Él coge la acreditación y la estudia ceñudo.

¿Por qué tarda tanto? ¡Llego muy tarde!

No se parece mucho a la de la foto.

No soy nada fotogénica. He salido a mi madre. Tendría que verla. Siempre parece un demonio de Tasmania en las fotos. Los ojos se le van así, hacia todos los lados. Un espectáculo. Difícil de describir. Y mire que yo tengo el don de la palabra.

Ya. Aquí no lleva gafas.

Anoche, antes de irme de fiesta, hice un salteado con guindillas y esta mañana no me atreví a ponerme las lentillas. Seguro que se imagina por qué.

Ceñudo, el hombre eleva la mirada hacia la mía cuando me escucha reírme estúpidamente, cochiqueando como una manada de cerdos dementes. Me da a mí que este no es muy buen comienzo.

Pues es una lástima que no las llevara para la foto ―me dice, tan serio que la sonrisa se me congela de pronto y el corazón se me encoge dentro de pecho. ¿No va a dejarme entrar solo porque no me parezco a la de la foto? ―Porque le sientan bien las gafas.

Un momento. ¿Intenta ligar conmigo?

Como no soy capaz de adivinarlo, lo escruto con aire suspicaz.

Arrugo la nariz.

Lo mido con la mirada.

Vuelvo a arrugar la nariz (porque una mosca se ha colado por la puerta al mismo tiempo que yo y se me acababa de asentar en la punta de la nariz. Jodidos bichos. ¡Creo que me persiguen desde Wisconsin!).

Ajeno al molesto insecto, el empleado de seguridad me sonríe como un Don Juan. Me fijo en las arruguitas que enmarcan las esquinas de sus ojos azules, y entonces caigo en la cuenta.

¡Dios mío, está ligando contigo! Intenta parecer normal, aconseja la voz de mi madre, que a veces suena dentro de mi cabeza.

¿Normal? ¿Cómo quieres que parezca normal?, rebato yo, indignada.

¡Callaros las dos!, tercia mi padre con aire resuelto. Lizzy, haz lo que puedas, cariño. Estamos contigo.

Un consejo maravilloso.

Gracias ―respondo con toda la normalidad de la que soy capaz mientras procuro acallar a mis imaginarios padres, que me están preguntando si este hombre estará casado y cuánto ganará al mes. ¿Cariño, es eso suficiente para vivir en Nueva York, que es una ciudad bastante cara?, pregunta mamá. No lo sé. ¡Callaos de una vez! Estoy intentando ser normal―. Entonces, ¿todo bien? Me encantaría estar de cháchara con usted, en serio. De hecho, ni se imagina cuánto. Soy muy habladora, tanto que me invento un mundo imaginario solo para seguir hablando. Pero es un mal momento ahora. Llego un poco tarde, es mi primer día, blablabla. En fin. Ya sabe cómo funcionan estas cosas.

Claro. Faltaría más. No pretendo entretenerla. Pero no corra. Las baldosas pueden ser traicioneras.

Gracias, capitán. Tomo nota del consejo. El barco es inestable. Lo pillo.

Se ríe de mi chiste y de mi saludo marinero. Excelente. Mi tercer amigo en Nueva York. Estoy en racha.

Para eso estamos.

Ya. Bueno, adiós.

Espere. Deje que llame el ascensor por usted. Soy Noah. Creo que no se lo había dicho.

Me aparto para que pulse el botón en mi lugar. El pobre quiere sentirse útil. ¿Quién soy yo para negarle ese placer?

Lizzy. Mucho gusto.

Le doy la mano y él la sostiene, busca mis ojos y se hunde en ellos. Es muy seductor. Un poco mayor para mí gusto, pero muy seductor.

¿Por qué me mira así? ―pregunto, al ver que no se dispone a soltar mi mano―. No me habrá salido el bigote…

Su carcajada llama la atención de la recepcionista, que levanta la mirada hacia nosotros con una sonrisa mal disimulada.

Lizzy, permítame que le diga que es usted como un soplo de aire fresco. Justo lo que le hacía falta a esta empresa rancia.

Suelto una risita encantada y recupero mi mano.

Ostras. Gracias, Noah. Nunca me habían dicho nada igual. ¿No será usted poeta? He leído un estudio que aseguraba que hoy en día todo el mundo escribe. Leo muchos estudios. En el váter, sobre todo.

Se ríe.

Tengo algunos escritos, ahora que lo menciona, pero no es nada serio. Un día se los enseñé al jefe, el señor Brooks, ya sabe. Quería que me diera su opinión. Es un hombre con criterio. Pero me dijo que ese papel solo valía para limpiarse… ¡figúrese usted el qué! ―me susurra, consternado.

Contraigo los labios en una mueca de acritud.

Bah. Ni caso. Ese tal Brooks no es más que un cabrito cornudo.

Cuidado con él, señorita Lizzy. Procure no cruzárselo demasiado. Despide a la gente solo porque se ha levantado de mal humor. Y, entre usted y yo, se levanta malhumorado casi todos los días. Creo que nunca toma yogur con bífidus.

Descuide, hombre. A mí ni me verá el pelo.

¡No me diga! Y yo que creí que usted era su nueva secretaria. Mencionó algo hace un rato sobre amonestar a su nueva secretaria por llegar tarde y di por hecho que se trataba de usted. Hasta ahora no he visto llegar a nadie nuevo.

¿La secretaria de Brooks? ¿Yo? ¡En absoluto!, y alabado sea el Señor por ello ―le susurro con aire cómplice―. No, señor. Yo trabajo para Mary White.

Oh, la señorita White. ¡Qué encanto de mujer! Siempre me trae buñuelos.

¿Lo veis? Sabía yo que hoy iba a ser un gran día. Si uno quiere saber cómo es una persona, lo único que tiene que hacer es preguntárselo a sus subordinados.

Nuestra charla es interrumpida por la llegada del ascensor.

Bueno, ya está aquí su carroza, milady ―me dice Noah, apurando al máximo la conversación―. Dele recuerdos a la señorita White de mi parte.

Lo haré ―aseguro con una sonrisa.

El ascensor está vacío, salvo por un hombre cuyo rostro no puedo ver, ya que lo mantiene oculto tras un periódico de finanzas. Entro y no sé cómo me las apaño para pisarle sin querer. Soy de naturaleza torpe.

Disculpe usted ―farfullo, retrocediendo azorada. Me coloco las gafas y lo miro, echando la cabeza hacia atrás. Es un hombre bastante alto.

Hmmm ―gruñe él, sin prestarme la menor atención.

Adiós, Lizzy ―me despide Noah con la mano.

Adiós ―alcanzo a decir antes de que las puertas se cierren.

Compruebo el reloj y casi me da un infarto.

Dioses, qué despacio sube este ascensor ―me quejo al del periódico.

Hm-mm.

Otro cascarrabias más. ¡Malditos neoyorquinos, con su fuckin´ Empire State! Será que por eso son tan creídos. Tenemos el Empire, tenemos la Estatua de la Libertad… ¿Qué tenéis en Wisconsin, aparte de cerdos?

¡Pues me gustaría a mí ver a un maldito neoyorquino desayunando la Estatua de la Libertad! Si no me falla la memoria, todos desayunan beicon. ¡De los cerdos de Wisconsin!

09:18:08

Impaciente por llegar, me meneo como un gato pulgoso, miro el reloj cada segundo, me coloco la ropa y las gafas decenas de veces y suspiro mis innumerables penas. El señor trajeado lee con tranquilidad sus noticias sobre la Bolsa de Nueva York. No parece dispuesto a conversar conmigo.

09:18:59

Lo miro anhelante, hambrienta de palabras intercambiadas a lo loco, pero no hay suerte. No está dispuesto a hacerme caso.

Decepcionada, vuelvo la mirada hacia las puertas. Dios, mataría por abrir la boca ahora mismo.

Lo vuelvo a mirar, con la esperanza de que él…

Pero no. Vaya.

¡Muy bien! Estaré calladita, si eso es lo que desea. ¿Quién necesita intercambiar palabras con desconocidos, de todas formas? ¡Bien podría ser un psicópata!

Tras una eternidad, cuando yo ya no soporto más el sonido del silencio que silba dentro de mi cabeza y estoy a punto de abrir la boca para decirle cualquier estupidez, el bendito ascensor se detiene. Como el trajeado no se mueve, doy por sentado que estamos en mi planta.

Que tenga un buen día ―me despido con mi pueblerina amabilidad.

Mmmm ―me obsequia con otra exhibición de su impresionante don de palabra.

Pongo los ojos en blanco. Malditos neoyorquinos. Fuckin´ Empire State.

Las puertas se cierran a mis espaldas y el trajeado sigue subiendo. Será algún jefazo. Los jefes siempre están en las plantas superiores. No me figuro por qué. ¿No les basta con estar por encima en la jerarquía empresarial? ¿También quieren estarlo físicamente? Ugh, qué engreídos.

¡Mierda! ―me horrorizo al mirar de nuevo el reloj. Me van a despedir.

09:20:16

Desesperada por llegar a tiempo, hago caso omiso de los amables consejos de Noah y echo a correr por el brillante y gélido pasillo de mármol.

09:20:51

¡Ay, no! ―chillo, pero ya es demasiado tarde.

No veo a tiempo el aviso de suelo mojado y, cuando intento frenar, me resbalo, caigo de culo y me deslizo varios metros en la dirección en la que corría.

Por fortuna, soy de las que se quedan con el vaso medio lleno, así que, en cuanto dejo de botar como una pelota deshinchada, me consuelo con la idea de que, al menos, ya no tendré que recorrer todos esos metros a pie. Deslizarse es mucho más fácil.

09:21:21

Estoy pensando en que estaría incluso contenta de haberme caído, de no haber sido (naturalmente) porque me escuecen las posaderas como si hubiese pasado la jodida noche jugando en el cuarto privado del señor Grey.

Maldiciendo, me levanto y me froto las zonas doloridas.

Desearía ser puntual por una vez en la vida. Y ya que estamos pidiéndole cosas imposibles al Universo, también desearía estar dos kilos por debajo de mi peso, solo para poder entrar en esos vaqueros que me compré la semana pasada, sin tomarme la molestia de probarlos. ¿Cómo iba a saber yo que sería incapaz de abrochármelos sin invocar a las fuerzas malignas de la naturaleza?

Y que, una vez abrochados, ¿me quedaría sin aliento, como cuando sale el bueno de Gosling por la tele y se le ha olvidado ponerse una camiseta encima de esa cosa que la gente llama tableta? En serio. ¿Habéis visto Crazy, Stupid Love? ¡Por Dios Bendito!

Ah, y tener menos celulitis en los muslos tampoco estaría mal. ¿Funcionarán esos aparatitos de masaje?

Vaya tonterías estoy diciendo.

Ahora que he tenido un segundo para recapacitar, lo que más deseo en el mundo es no haber besado nunca al gilipollas de Bolton. Estábamos en sexto y a mi amiga Georgi se le había ocurrido jugar al estúpido juego de la botella. Los padres deberían prohibir esos juegos, en serio. Mi primer beso fue una experiencia tan traumática que es un milagro que haya quedado tan normal después de eso. Otros hubiesen necesitado años de terapia.

Pongo mueca de grima y me sacudo ante la imagen de un rostro rollizo y lleno de granos acercándose demasiado al mío, con esos labios húmedos y entreabiertos moviéndose como los de un pez al que acaban de sacar del acuario.

¡Basta ya!, me grito mentalmente.

De verdad que no sé a qué vienen estos pensamientos tan inquietantes a las nueve de la mañana de un lunes. Es como si presintiese que algo malo está a punto de pasar.

Nada malo está a punto de pasar, me repito, empeñada en que así sea. No pienso permitir que nada malo me suceda hoy. Todo en la vida es cuestión de energías. El chi. Si uno piensa negativo, atrae cosas negativas. Si uno piensa positivo… ¡Pues eso!

Mike, ¿puedes llevar esto a la planta veinticinco? ―dice alguien en alguna parte.

Me vuelvo sobresaltada, preocupada por haber hecho el ridículo en mi primer día, pero no veo a nadie. La sala que conduce al pasillo está llena de cubículos blancos. Me he caído de culo y nadie ha reparado en mí. Es lo que tiene trabajar en Manhattan. Nadie repara en nada. Casi que mejor. Suelo hacer el ridículo bastante a menudo.

Ahora no puedo ―contesta el tal Mike desde otro cubículo―. Me han convocado en la treinta y dos. Asuntos importantes.

Por Dios, ¿cuántas plantas tiene este edificio? Por culpa de la niebla no pude ver lo alto que es. Jack fliparía ahora mismo. Estaría echando cálculos, para saber en cuánto tiempo sería capaz de treparla. ¡Ese cabroncete de las habichuelas! Siempre en busca de ogros gigantes y malvados. Por lo que yo ya sé de antemano, en la última planta de esta torre también hay uno de esos ogros. A ver si viene el maldito Jack y se lo carga de una vez.

Para, Lizzy. Este no es momento para ideas homicidas. Aún tienes que pagar el alquiler. Y recuerda lo del chi.

Mi Yo interior tiene razón. Hay que frenar la ira.

Así que cojo aire en los pulmones, lo suelto y curvo los labios en una sonrisa de esas que solo ves en los anuncios de leche; esa clase de sonrisas saludables y contagiosas que te aseguran que la leche desnatada es una auténtica maravilla, cuando, en el fondo, tú sabes perfectamente que no sabe a nada.

Basta de niñerías, Elisabeth O’Conner. Tienes sitios a los que ir y gente a la que ver. Así que compórtate.

Decidida, y armada nada más que con una inquebrantable seguridad en mí misma (y un bolso rojo que parece pesar demasiado para mí), abro como una diva las dos puertas de cristal que me separan de mi objetivo. Estoy a punto de abrirme camino entre los lobos de la editorial más prestigiosa de Manhattan: Ediciones Brooks.

Mi sueño es publicar con ellos algún día. Entonces ¿por qué no enviarles directamente un manuscrito?, diréis algunos de vosotros, irritados por mi falta de agudeza mental. ¿Para qué molestarse en ocupar un cargo de secretaria, si tu sueño es escribir libros?

¿Pensáis que no se me ha ocurrido a mí antes que a vosotros, cerebritos?

¡Pues lo pensasteis mal!

Por supuesto que tuve la osadía de enviarles uno de mis escritos el año pasado.

Y, de manera extraordinaria, (chocante, lo sé), los ilustres señores se dignaron a contestar. Recuerdo perfectamente ese momento. No podía contener mi emoción mientras, con manos temblorosas, rasgaba el sobre que me traía las maravillosas noticias.

Os imaginaréis la decepción que me invadió cuando leí las únicas palabras impresas sobre un papel brillante de color beige (¿qué clase de editorial seria usaría papel beige, por Dios Bendito?)

En fin, supongo que esa no es la cuestión.

La cuestión es que las dos palabras eran: una y mierda, escritas por ese orden exacto. La carta venía firmada por un tal Derek Brooks, uno de los hermanos Brooks (lo deduje por el nombre).

Soy una persona pacífica y encantadora, pero ese día estallaron rayos y retumbaron truenos a mi alrededor. Los ángeles hicieron sonar las trompetas del apocalipsis. Mis ojos, aunque azules, se oscurecieron como los del mismísimo Lucifer, y a partir de ese momento, convertí a Derek Brooks en mi enemigo acérrimo.

No nos engañemos, estuve encantada de hacerlo. Brooks era mi primer enemigo declarado. Estaba tan entusiasmada de tener un enemigo, que le dediqué todas mis energías. Me alimenté del odio que despertaba en mí. Le maldije en todas las lenguas conocidas y aún por conocer. Es más, aprendí italiano solo para poder maldecir a Brooks en ese idioma.

Vaffanculo, stronzo! ¿A que suena bien?

No sé ni lo que significa. La verdad es que aprendí italiano viendo películas porno, porque no podía permitirme un profesor particular. Además, los profesores particulares no te enseñan las palabrotas, lo cual no concordaba con mis propósitos. Un amigo me dijo que en el porno había muchas palabrotas y, en fin, la cosa se descontroló.

Pero volvamos a lo del enemigo público número uno, que siempre tiendo a dispersarme.

Si iba a jugar a los dardos, imaginaba su cara en la diana. Mis flechas nunca fallaban. Mis amigos me apodaron Cupido. Si entrenaba con mi saco de boxeo, bueno, esa es una historia divertida que no tengo tiempo de contaros. ¡Porque llego tarde!

Lo que sí puedo asegurar, ahora que estoy mirando hacia atrás con la beatífica sonrisa de alguien enganchado a fuertes tranquilizantes, es que toda esa ira reprimida ha quedado en el pasado. El psicólogo dice que soy una mujer equilibrada ahora.

Es coña.

¡Nunca he ido al psicólogo!

Pero sí a una pitonisa y a un par de brujas de pacotilla. ¿Pero eso qué importancia tiene? Lo relevante es que, con terapias alternativas (hechizos y maldiciones, ¿para qué mentir?), he conseguido canalizar mi odio hacia la famosa editorial y su condenada cúpula directiva. Sobre todo, ahora que Mary White me ha ofrecido el puesto de ayudante.

Esa mujer es una leyenda viva en el mundo de las letras. Su criterio ha sacado a montones de escritores del anonimato y los ha catapultado hacia la fama.

Aunque también ha hundido reputaciones como nadie en la historia editorial…

Es honesta, a la par que implacable. No me cabe duda de que, trabajando para ella, algún día, en un futuro no muy lejano (o eso espero), alcanzaré mi sueño de publicar un libro bajo este sello. Quién sabe, puede que tengan ofertas para los empleados: su ticket de comida, su bono de transporte, su oportunidad para publicar libros, gracias.

Dicen que soñar es gratis. Y yo sueño, desde luego. Según mis padres, demasiado. Según Lucy, no lo bastante. A ver si se ponen de acuerdo, porque están volviéndome loca entre todos.

Mierda, ¡yo trabajo en la planta de arriba! ―constado cuando, al llegar al final del pasillo, no encuentro el despacho de la señora White.

Aaaaarrrrrgggggfffttttttt.

Tranquilos, no me ha saltado el gato encima del teclado. Era mi forma de canalizar la ira.

No pasa nada. Ahí hay otro ascensor. Te acercas y lo llamas. ¿Has visto qué fácil?

Pulso el botón, compruebo el reloj y suspiro. Esta mañana se me está haciendo muy, pero que muy, larga.

El ascensor llega después de una eternidad (¡¡treinta y dos segundos!!) y yo monto tan cabreada que pienso en qué canción de Iron Maiden sería ideal para acompañar mi estado de ánimo. No se me ocurre ninguna lo bastante heavy.

Por cierto, esta soy yo.

No, no miréis a la rubia escultural cuyas piernas deben de medir como mínimo un metro veinte. ¡Parece una cigüeña, la jodía!

Yo soy la morena bajita que va al lado. Sí, esa, la del aspecto ratonil, la que desentona por completo con la opulencia de este rascacielos. Nada sorprendente, ¿eh? Una granjera en Nueva York. Un buen título para mis memorias.

Hola ―le digo a la cigüeña, con mi sonrisa made in manicomio.

Ella no contesta y yo no sé cómo actuar, así que me quedo mirándola con mi cara de demente, la boca estirada en una amplia sonrisa (que luego me destrozará algún músculo de la mandíbula) y los ojos azules más grandes que nunca. La mujer está horrorizada. Seguro que piensa que voy a atacarla de un momento para el otro.

Procuro parpadear de vez en cuando. He leído (en un estudio, cómo no) que los desequilibrados no lo hacen. A lo mejor verme parpadear le resulta tranquilizador a doña Cigüeña.

Tras un minuto de tenso silencio, el ascensor se detiene.

Carraspeo y, antes de bajar, me aseguro de estar en la planta en la que realmente trabajo. Estoy aquí, y ya no hay vuelta atrás. Acabo de pasarme al lado oscuro.

Agarro con más fuerza las correas de mi bolso y hago un gesto con la mano para despedirme de la señorita rubia con aspecto de modelo. Ella, agradable criatura, no se molesta en mirarme. Vuelvo a suspirar melancólicamente. Desde que me he mudado a Nueva York, me he acostumbrado a ser invisible. Ser invisible no tiene nada de malo, Lizzy, me digo a mí misma mientras camino con pasos vacilantes hacia la que va a ser mi mesa de trabajo.

09:26:42 Llegada aquí, me siento con elegancia (es decir, que no me dejo caer como una vaca gorda), coloco mi boli de la suerte sobre la mesa y enciendo el ordenador. Tras asegurarme de que nadie ha reparado en mi desliz, me pongo a trabajar.

Lo primero que hago, como todo empleado modélico de hoy en día, es abrir el Facebook. El de mi ex, por supuesto.

09:28:12

Vaya, a Karen 91 le gusta su foto de perfil.

09:28:13

¿Quién demonios es Karen 91?

Estoy debatiéndome entre sentimientos encontrados, el odio hacia mi ex, que me dejó por otra, y los celos hacia la sonriente Karen 91, cuando escucho la voz de mi jefa llamándome desde su despacho.

Liz, ¿puedes acercarte un segundo?

Me pongo en pie con la rapidez de un soldado alemán y doy las gracias al Universo por no haber sido pillada in flagranti en mi primer día.

Obligándome a adoptar la pasmosa tranquilidad de aquel que no ha llegado ni un segundo tarde y que lo tiene todo bajo control, me aliso la falda, adopto una sonrisa profesional y encamino mis resueltos pasos hacia su despacho.

Como soy fina y elegante, llamo a la puerta antes de entrar. No voy a irrumpir como un becerro desquiciado, como hice en mi trabajo anterior. Lo de becerro desquiciado lo dijo mi jefe, no es cosa mía.

Lizzy, no entres como un becerro desquiciado.

Eso fue lo que me aconsejó, antes de entregarme la carta de despido. Nunca supe si me echaron por ser un becerro o por ser una desquiciada. En la carta no lo aclaraban.

Así que, ante la duda, llamo y espero instrucciones.

Adelante.

Entorno la puerta y piso por primera vez lo que, a simple vista, parece el despacho de mis sueños: un espacio enorme, cuadrado, bañado por un océano de luz natural. La pintura color vainilla, los enormes ventanales, los muebles de madera… Lo quiero, lo necesito, me hace falta.

Estoy rodeada de calidez. Los cuadros que adornan las paredes deben de costar más dinero que toda la granja de mis padres (el viejo Ford de mi madre incluido).

En mitad de la estancia hay una enorme mesa oval con asientos para dieciséis personas. No sé muy bien para qué se usa. ¿De verdad esta mujer reúne a tantas personas?

Oh, y, por supuesto, están las vistas: todo el esplendor de Manhattan se abre ante mis ojos cuando me detengo delante del escritorio.

Buenos días, señora White. Se la ve radiante esta mañana.

Nunca viene mal un poco de peloteo. Sobre todo, cuando has llegado casi media hora tarde.

Sin levantar la vista de la pantalla de su moderno ordenador, Mary White se coloca tras la oreja un brillante mechón pelirrojo. Bob largo. Carré. La moda del año. Esta mujer tiene estilo. A ver si se me pega algo.

Lizzy, me temo que ha habido un pequeño cambio.

Envidio la serenidad de las mujeres elegantes. Ojalá yo fuese como ella, neoyorquina, sofisticada y…

Un momento. ¿Qué intenta decirme?

¿Cambio? Una palabra que siempre he detestado.

Resulta que no vas a trabajar para mí.

¡Genial! Mi primer día aquí, y ya me despiden. Cuando nadie lo creía posible, voy y supero mi propio récord.

Vaya, eso es… Quiero decir… ¿Por qué? Si es por haber llegado tarde, tengo una explicación que… Bueno, unas obras en medio de… Y también ese desastre natural que…

¡Vale!, ¡se me da muy mal mentir!, así que cierro la boca y voy al grano.

¿Me van a despedir?

Curiosamente, te vamos a ascender.

¿Acaso he entrado en un Universo alternativo en el que yo he dejado de ser Elisabeth O’Connor? A mí nunca me pasan cosas buenas. Nunca. ¡Jamás! Aquí hay truco, seguro. Me lo dice mi olfato wisconsiniano.

¿Ascendida? ¿Yo?

Mi reciente ex jefa levanta sus azules ojos del ordenador y me lanza una mirada entre divertida y compasiva.

Ascendida ―repite, y despliega el índice para señalarme el techo de su despacho―. Última planta.

Los segundos mueren en silencio. Tiene que ser alguna clase de broma macabra que mi pequeño cerebro no es capaz de pillar.

Última planta… ―murmuro pensativa, y la vuelvo a mirar para asegurarme de haberlo entendido bien―. Pero eso no puede ser cierto, puesto que en la última planta está el despacho de…

Derek Brooks. Exacto. Y tú llegas tarde. A su alteza no le gustan las secretarias desobedientes.

Espere. ¿Voy a trabajar para…?

Tic tac, Lizzy ―me acalla con impaciencia―. El tiempo no juega a tu favor. Te están esperando en la última planta, así que corre, corderillo, corre, o cerrarán el matadero antes de que consigas entrar. Y sería una auténtica pena perderte toda la diversión.

Se le ve demasiado satisfecha. Me preocupa. Esta mujer es malvada. ¿Por qué se alegra tanto? ¿Vamos a morir todos?

Murmuro un aterrado gracias y salgo de su despacho enfrascada en mi abstracción. Regreso a mi mesa, agarro mi boli de la suerte y lo vuelvo a guardar.

Bolso en la mano, camino hacia el ascensor como una autómata. Soy incapaz de recuperarme de la conmoción. ¿Derek Brooks quiere que trabaje para él? ¡¿Por qué, en el nombre de Dios?!

No dejo de preguntármelo mientras el ascensor me traslada a la última planta del edificio Brooks.

En cuanto se abren las puertas con el ya familiar silbido, peino todo el vestíbulo con la mirada, pero no veo a nadie. ¿Acaso los empleados de Shrek tienen miedo a las alturas? No hay secretarias ni recepcionistas.

De hecho, ni siquiera hay mesas o mostradores para dichos cargos. Todo lo que me rodea resulta escalofriante. El silencio atronador, el larguísimo pasillo blanco hospital, la falta de ventanas; todo esto me recuerda a una película de miedo. Es como una espiral que gira y gira y gira, psicodélica y mareante.

Igual no tenía que haber empezado la dieta cero azúcares precisamente hoy. ¡Estoy desfallecida!

Espero que al fondo de este pasillo haya un despacho lleno de empleados. Si no, este lugar sería demasiado siniestro. ¿Seré yo la única alma que deambula por la última planta?

09:32:05

No, espera. Escucho unos tacones.

09:32:12

Ah, es la rubia del ascensor, que viene hacia mí muy cabreada.

Esta vez, se digna a lanzarme una mirada despectiva de arriba abajo. Un segundo después, el ascensor se la ha tragado y vuelvo a estar sola.

Con el corazón palpitante, me agarro a mi bolso, mi única conexión con el mundo exterior.

Esto es estúpido. ¡Estoy temblando y todo! Mi imaginación se ha vuelvo loca y me muestra toda una serie de imágenes espeluznantes.

Freddy Kruuuuueger.

Jason Vooooooorhees.

Donald Truuuump.

No me vais a negar que ese peluquín da repelús.

¡Solo es un despacho, por el amor de Dios, Lizzy! ―gruño por lo bajo, y me obligo a comportarme como una adulta.

09:32:00

¡Ya basta de tonterías! Alzo el rostro y avanzo hasta que encuentro una mesa y un ordenador. Es lo único que hay, así que deduzco que este será mi sitio. No veo a nadie a quien preguntárselo, de modo que ocupo el sillón y aguardo unos momentos. Agudizo el oído.

09:32:51

Nop, nadie dice nada. Pues ya está. He llegado. Ahora, a trabajar.

09:33:21

Lo cual es fácil de decir.

O sea, en teoría, debo trabajar. En la práctica, no sé qué se supone que debo hacer. ¿Por qué no ha venido nadie a darme instrucciones? Qué gente más rara.

09:37:00

Sigo aquí. La vida se me pasa de largo. Qué deprimente.

09:38:04

A falta de tareas con las que entretenerme, enciendo el ordenador, coloco al lado del teclado mi boli de la suerte y empiezo a husmear dentro de los cajones de mi enorme mesa nueva.

Vaya, cuantas cosas. Incluso hay un cepillo de dientes, nuevo a estrenar. ¿Por qué? ¿Brooks da por hecho que descuido mi higiene dental?

¡Melissa! ―truena una voz masculina a mis espaldas. Su alteza, me figuro.

Por culpa del sobresalto, se me cae al suelo una agenda que estaba cotilleando. Con aire culpable, me agacho para cogerla.

¿Es que estás sorda? Llevo media hora llamándote. Llegas tarde.

Solo puedo ver sus zapatos: negros, brillantes, muy limpios. Carísimos, naturalmente.

Mis ojos suben despacio por sus largas piernas, tapadas por un pantalón negro de marca, continúan por su torso (calculo mentalmente lo que debe de valer el traje que lleva, sin sumar los zapatos, y me horrorizo) y terminan observando esos ojos oscuros que parecen taladrarme.

¡Hostia puta!

En la diana me imaginaba a un tal Derek Brooks gordo, medio calvo y con mucha mala leche. En sus cuarenta y muchos. Amargado por culpa de sus problemas de erección y su incipiente calvicie.

Nunca imaginé que Derek midiera metro ochenta de altura, fuera delgado y fuerte a la vez, muy atractivo, moreno, masculino. Nada de problemas de erección. Estoy convencida de que este hombre es de lo más viril. Como los conejos, probablemente.

¿He dicho ya que es atractivo? Dios mío. ¡Se me han empañado las gafas de lo guapo que es! La vida es muy injusta. ¡Los malvados no pueden ser guapos! Todo el mundo sabe que los malvados son feos. Porque la maldad deforma a la persona. ¿No?

¿Hola? ―Brooks pasea la mano por delante de mis ojos para llamar mi atención―. ¿Hablas mi idioma?

Es un alivio saber que al menos he acertado en cuanto a su mala leche.

Hago el esfuerzo de recomponerme tras la conmoción, parpadeo y sostengo su mirada.

Disculpe, no sabía que estaba llamándome a mí ―acierto a decir, en un murmullo apenas audible. Tragando saliva, me enderezo en la silla y dejo la agenda sobre la mesa.

Si este es mi jefe, quiero morirme. Cómo es posible que el hombre más atractivo de todo Manhattan ¡¿sea EL JODIDO DERECK BROOKS?!

Está claro: vamos a morir todos. Y yo, la primera. De pena. Porque jamás podré ligármelo. A fin de cuentas, ¡odio a este tipo!

Derek Brooks, cruzado de brazos, me observa con aire divertido. No sé si es consciente de los conflictos mentales que me atacan cual abejorros.

¿No sabías que te estaba llamando a ti? ¿Es que hay otra Melinda por aquí?

¿No era Melissa? ―tengo la osadía de corregirle.

Él entorna los ojos con exasperación.

Melissa, Melinda, Miranda… ¿Qué más da? ¡Tú!

Es que yo me llamo Lizzy ―susurro, con un nudo en la garganta.

Su rostro adquiere un aire tierno. Esto no pinta nada bien.

Oh, ¿en serio? ―dice en tono burlón y, acto seguido, se expresión afable se quebranta, oscureciendo y endureciéndose por partes iguales―. ¡Es ridículo que una mujer de tu edad se haga llamar Lizzy! ―truena, y yo pego un brinco en mi silla―. ¡Y tráeme un café! ¡Lo quiero para ayer!

Tras rugir como el Rey León, regresa a su despacho, dejándome sola y traumatizada. Menudo primer día. El ogro es un ogro, pero tiene el aspecto de un príncipe azul. ¿En qué clase de mundo retorcido estamos viviendo?

09:42

Me trago el nudo de la garganta y cojo mi bolso para ir a comprarle a su señoría un café, que, por cierto, no ha mencionado cómo lo toma.

09:43

No quieres matar a tu jefe, no quieres matar a tu jefe, me mentalizo en el ascensor. Huuuuummm. Huuuuummmm. Paz mental. Mariposas. Primavera. Flores. Gatitos lindos. Damon Salvatore. Hachas. ¡No, hachas, no! ¡Hachas no! VADE RETRO. ¡Vuelve a lo de los gatitos! Gatitos. Gatitos lindos. Huuuuummmm. Damon Salvatoreee. Gatitos con colmillos. Feroces, feroces colmillos.

09:44

¡A la mierda la paz mental!

Mi subconsciente pretende cargarse a Brooks. A lo mejor en la otra vida fui Billy el Niño o Jack el destripador, o… ¡el maldito Allan Poe!

09:44:28

El ascensor llega abajo y yo me doy prisa para salir antes de que me aplaste un grupo de ejecutivos. Los ejecutivos siempre caminan como los zombis, ¿os habéis dado cuenta? Van en masa y no reparan en nada de lo que sucede a su alrededor. Les mueve un único fin: devorar los cerebros de sus subordinados.

09:48

Otra vez en la calle. Encuentro el Starbucks más cercano, entro y me pongo a la cola.

09:49

Mientras espero a que me atiendan, medito sobre qué clase de café podría comprarle a mi jefe.

¿Uno que lleve cianuro?, me propone mi horrible consciencia.

Deshecho ese pensamiento de mi mente y me obligo a sonreírle al camarero, un chico joven, rubio, muy guapo. Sus celestiales ojos azules se cruzan con los míos, lo cual me deja embobada durante un buen rato. Creo que necesito echar un polvo. Llevo todo el día observando con ojos hambrientos a los hombres con los que interactúo. ¡Si incluso me parece atractivo Derek Brooks! ¡Menudo disparate!

¿Puedo ayudarte?

¿Qué? Ah, sí, claro ―me espabilo al darme cuenta de que llevo unos cuantos segundos mirándolo con una sonrisa bobalicona―. Hola. Un café, por favor.

Los labios del chico se despliegan en una sonrisa.

Vale. ¿De cuál?

Pues… hmmmm… ―Miro las ofertas, pero no soy capaz de decidirme―. Uno de cada, si eres tan amable.

El rubio apoya las palmas en el mostrador y en su boca aflora un gesto socarrón. Dios mío, es realmente guapo. ¿Estaré en celo, como los gatos?

Déjame adivinarlo. Trabajas para Derek Brooks.

Parpadeo asombrada.

¿Cómo lo sabes?

No llevo demasiado tiempo por aquí, pero tengo entendido que Brooks es una leyenda entre los camareros. Resulta que todas sus nuevas asistentes pasan por esta tienda y piden lo mismo. Susurran las malas lenguas que, si una no acierta a la primera, la despide. ¡Sin preaviso! Toma.

Mis agudos ojos enfocan el vaso de plástico que me ofrece.

¿Qué es? ―pregunto, alargando el brazo para cogerlo.

Discretamente, despego el post it en el que han escrito el nombre de Derek Brooks y me lo guardo en el bolsillo de la falda. Si acierto, quiero que su alteza piense que es mérito mío. Ya hemos empezado con mal pie esta mañana.

Café solo, sin azúcar ni leche ni nada raro. Es así como lo toma.

Vaya. Gracias, eh… ―Me fijo en el nombre que pone en su camiseta―… Jensen. Me llamo Li… ―me detengo al recordar el malicioso comentario de mi jefe sobre mi nombre y sonrío abochornada―. Ejem… ¡Elisabeth! Encantada de conocerte.

Nos damos la mano por encima del mostrador. Yo parezco torpe y desaliñada; él, seguro de su atractivo. Somos como Giselle Bündchen y Homer Simpson. Y para que quede claro, Giselle no soy yo.

Lizzy te pega más ―asegura Jensen, el cual retiene mi mano y me observa, fascinado por mis ojos.

¿De verdad? ―me asombro y ladeo la cabeza hacia un lado―. ¿No crees que sea ridículo que una mujer de veinticuatro años se haga llamar Lizzy?

¿Y tú no crees que sea ridículo que un hombre de veintinueve trabaje en un Starbucks? ―repone él mientras intenta refrenar una sonrisa.

Pues no. ―Frunzo el ceño y lo miro confundida―. ¿Por qué iba a serlo?

Jensen se hace el misterioso y no suelta prenda. Sonríe y me guiña el ojo.

Hasta mañana, Lizzy.

Como no puedo entretenerme mucho más, me despido con la mano y vuelvo a la oficina.

09:59

¿Lizzy? ―El ogro me ha escuchado mucho antes de alcanzar yo su puerta. Tiene oído fino. Como los zorros―. ¿Eres tú?

Pongo los ojos en blanco.

¿Quién va a ser sino? Aquí no hay nadie más. ¡Por algo será!

Abro su puerta enérgicamente, irrumpo como un becerro desquiciado y me detengo en el umbral.

¡Dios Santo!

¿Para qué necesita este hombre tantos metros cuadrados? ¡Tiene incluso un sofá! ¿Es qué duerme aquí?

Un momento.

No esperará que yo haga lo mismo, ¡¿verdad?! Tengo una vida. De acuerdo, puede que sea aburrida. Y sosa. Y tal vez escasa. En ocasiones. Pero una vida, al fin y al cabo.

Traigo su café ―me obligo a recuperarme de la conmoción y deposito el vaso sobre su escritorio con mi sonrisa más profesional.

Brooks levanta la mirada del móvil y me contempla con aire inexpresivo.

Llegas tarde. Siempre tomo mi café antes de las nueve.

Claro que sí. ¿Por qué iba a decir: Gracias, Lizzy, ha sido muy amable por tu parte desplazarte hasta a tomar por culo para comprarme a mí un café?

Lo siento, pero tendrá que cambiar sus hábitos, o comprarse usted mismo el café. Yo empiezo a las nueve.

Con estudiada parsimonia, Derek coloca el iPhone sobre el enorme escritorio de cristal, tan frio como su persona, y se acomoda en el sillón. Me avergüenza confesar que me tiemblan las bragazas cuando sus oscuros ojos se clavan en los míos.

En cuanto a eso. A partir de mañana, quiero que estés aquí a las siete y media.

¿Y se le ofrece algo más a vuestra alteza?, ¿aparte de hacerme madrugar solo para comprarle un estúpido café, sin azúcar, leche, ni nada raro? ―repongo, con una mirada a la altura de la suya.

De acuerdo, puede que deba aprender a no soltar lo primero que se me pasa por la mente. Ahora viene cuando me dice que estoy despedida. Puedo sentirlo, y eso que el Universo no me ha concedido el don de la clarividencia. Aunque tampoco lo necesito. Sé de antemano que me echaré a llorar cuando tenga que llamar a mi padre y suplicarle que me pague el alquiler de este mes.

Nop. Con eso me doy por satisfecho. ―Para mi sorpresa, sonríe―. Gracias, Lizzy, querida.

Y, sin añadir nada más, me despide con un impaciente gesto de su todopoderosa mano.

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Prólogo

Zooey

Me he acostado con Charlotte.

Busqué a tientas el respaldo de la silla que había a mis espaldas y me senté, derrengada, traicionada por mis propias piernas. El tañido del antiquísimo reloj de madera que sus padres nos habían regalado al casarnos pasó a resultarme de pronto tan agobiante que tuve ganas de arrancarlo de la pared y estrellarlo contra el suelo. ¿Por qué retumbaba tanto? Me estaba perforando el cerebro con la infatigable perseverancia de un taladro.

Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac.

Mis ojos no podían dejar de seguir el movimiento del sólido péndulo dorado que marcaba el paso de los segundos.

Derecha, izquierda. Derecha, izquierda. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac…

Todos mis pensamientos habían quedado reducidos a ese insufrible tictac.

Cariño, di algo. Grítame o pégame, o… qué se yo, pero, por favor, di algo.

Permanecí inmóvil en mi silla. Sin mirarle. Sin respirar. Sin que el corazón se atreviera siquiera a latir dentro de mi pecho, temeroso de que ese débil latido fuera a desgarrarme por dentro.

Hacía un día precioso al otro lado del cristal. Había salido el sol después de veintidós días de lluvia, pero yo no pude disfrutar de su calidez. En mi interior ya no sentía nada. Estaba todo entumecido, como si una capa de hielo se hubiese propagado por mis venas y me hubiese congelado hasta la médula.

Quizá con la única intención de sabotearme, mi mente eludió la crudeza del momento y se distrajo evocando a mi padre. ¿Qué diría si estuviera ahí? ¿Cómo se tomaría papá lo que Daniel me acababa de confesar? No lo habría comprendido. Claro que no. Para él, era algo impensable engañar a mamá. Nunca dudé de la intensidad de su amor, que, visto desde fuera, parecía tener la fuerza de cien mil caballos de carreras y la misma solidez que un enorme bloque de acero puro. Siempre he creído que tan solo un hombre al cien por cien masculino es capaz de mostrar ese amor tan profundo y ser, a la vez, tan rudo y tosco como lo era mi padre.

¿Por qué no me había enamorado yo de alguien como él? ¿Alguien de la vieja escuela; un hombre protector, leal y honesto?, ¿alguien digno de esa confianza tan ciega, tan peligrosa, cuyas consecuencias había empezado a pagar? A mi padre nunca le había gustado Daniel. Ahora comprendía por qué.

Zooey, cariño…

¿Qué es lo que he hecho yo para merecer esto, Daniel? ―hablé por fin, minutos, horas, puede que abismos de tiempo más tarde―. ¿No me he mantenido lo bastante delgada? ¿He envejecido antes de tiempo? ¡Por Dios!, si acabo de entrar en la treintena.

Un suspiro tan exangüe como el de un enfermo en su lecho de muerte fue expulsado a través de la lividez de mis labios. Hundí la cabeza entre las palmas, me aparté el pelo de las sienes y mi boca tembló en un gesto acerbo que reflejó lo que yo sentía en mi interior, el dolor que se entremezclaba con la incredulidad de una persona que contempla impotente cómo le arrebatan todo cuanto ha amado en la vida. Las palabras se ahogaron en mi garganta, y no pude volver a hablar hasta trascurrido un buen rato. E, incluso entonces, mi voz sonó queda.

No puede ser esa la razón ―murmuré para mí, y la tristeza me venció por momentos, hundiéndome cada vez más en mi asiento y en las entrañas de mi nuevo infierno personal.

Zooey, creo que…

Por favor, dime ―le acallé con dureza, mis ojos alzándose para atravesar implacables a los suyos―. ¿Qué es lo que he hecho mal? ¿Acaso no he sido lo bastante pasional? ¿Es eso? ¿Te faltaba algo que yo no he sabido darte?

Era la primera vez que lo miraba, y no vacilé al hacerlo. Retuve su mirada con toda la dureza de la que fui capaz. Quería una maldita respuesta. Quería saber por qué, por qué lo había echado todo a perder.

Daniel me lanzó una mirada suplicante. Sus ojos, torturados por la culpa, me pedían que dejara de atormentarme a mí misma de ese modo. Vi compasión en su rostro y me entraron nauseas. Lo que menos deseaba era despertar su aborrecible compasión.

No es por ti ―me dijo, casi mascando las palabras.

Entrecerré los ojos en un gesto de rechazo. No es por ti es la peor explicación que te pueden dar.

¿Eso es todo lo que vas a decirme? ―musité. Apenas podía tragar saliva. Las lágrimas no derramadas 

me sofocaban la garganta, por lo que las siguientes palabras sonaron aún más quedas que las anteriores―. ¿Después de todos estos años? ¿Después de todo lo que hemos vivido juntos? ¿No es por ti?

Daniel bajó la mirada y agitó pesaroso la cabeza. Actuaba como el hombre que llevaba el peso del maldito mundo encima de los hombros, y eso era lo que más me enfurecía. La agonía que contrajo la delgadez de sus facciones no hizo más que avivar la llama de ira que hacía minutos que titilaba en mi interior. Sentí ganas de gritar hasta destrozarme las cuerdas vocales, ganas de herirle, de hacerle más daño del que nunca pudiera aguantar.

Pero fui tan cobarde que me limité a estrechar los puños en el regazo y a mirar insensible cómo se me estiraba la piel de los nudillos hasta palidecer casi por completo.

No sé qué más podría decirte ―murmuró él, su mirada elevándose despacio hacia la mía―. Salvo que lo siento. No sabes cuánto lo siento.

Nos miramos en silencio. Fue doloroso. Sentí que ya no lo conocía. La intimidad que él y yo habíamos tenido, la complicidad, la confianza, todo eso se había quebrantado, y ahora estaba indefensa, apresada por un agudo sentimiento de vulnerabilidad que no había forma de vencer. Me sentí como cuando un extraño irrumpe en tu casa y revuelve entre tus cosas. Me sentí expuesta. Desvalida. Impotente. Lo odiaba tanto que me estremecí de ira.

Lo siento muchísimo, Zooey ―siguió Daniel al ver que mis ojos, inexpresivos como nunca, se perdían en un punto más allá de él―. Muchísimo. A lo mejor no te lo tenía que haber contado, pero necesitaba tu perdón. No puedo vivir con la culpa de lo que he hecho.

Trasladé la mirada hacia la ventana y mis labios bufaron un gesto de incredulidad. ¡La culpa! ¿Eso era lo 

único que sentía él? ¿Culpa? Yo sentía ganas de morirme ¡¿y él se lamentaba por la condenada culpa?!

¿Estás enamorado de ella? ―murmuré mientras contemplaba con ojos mortecinos una mota de barro que la lluvia había salpicado en el cristal.

No.

Categórico. Indiscutible. Sin vacilar.

Capullo insensible.

Mis ojos regresaron y perforaron los suyos.

¿Me has puesto los cuernos con una mujer a la que ni siquiera amas? ―la perplejidad que me hizo levantar el tono hundió a Daniel en su asiento.

Lo siento. Yo… ―Se calló y sus ojos verdes empezaron a nublarse, a volverse cada vez más llorosos―. Fue un error, cariño. Yo… El bufete va mal, estoy perdiendo clientes y estaba muy estresado, y tú nunca estás en casa, siempre estás escribiendo en esa maldita cafetería, y yo…

Basta.

Zooey…

Basta ―imploré en un murmullo desgarrado, y tuve que apretar los párpados con fuerza para dejar de verlo durante unos segundos―. No quiero oírlo. Me enferma oírlo.

No me di cuenta de lo mucho que apretaba los puños hasta que me empezaron a doler los dedos. Al cabo de unos segundos, los relajé y extendí las palmas. Cada vez luchaba más por retener las lágrimas. Mis manos temblaban a causa de la furia que me consumía por dentro.

Sin embargo, Daniel no pareció percatarse, pues estaba demasiado ocupado implorando la expiación.

Pero tenemos que hablar. Cometí un error y…

¡¿Un error?! ―le grité, mis ojos azules abriéndose de par en par para despedazar los suyos―. Un error habría sido olvidarte de nuestro aniversario. 

Pero te has follado A OTRA, Daniel. ¡Eso no es cometer un error!

Mi marido llevaba uno de sus pretenciosos trajes de alta costura que se solía poner para ir a los juzgados. Aun así, pese a lo mucho que odiaba que se le arrugara la ropa, se arrodilló delante de mí y me cogió las manos entre las suyas. Debía de estar muy arrepentido. No era de los que se arrodillaban fácilmente. Ni siquiera lo hizo al pedirme matrimonio. Era demasiado soberbio, demasiado arrogante. Los hombres como él no se arrodillan.

Pero esta vez ahí estaba, de rodillas ante mí, suplicando un perdón que yo no sabía cómo concederle.

Si pudiera retroceder… ―se lamentó, con todo un vendaval de emociones asolando su rostro.

Di un violento tirón y me solté de sus caricias consoladoras. Me daba asco que me tocara con las mismas manos con las que había acariciado el cuerpo de ella. Me imaginaba sus largos y elegantes dedos recorriendo las curvas femeninas, venerándolas como bien sabía que él era capaz de hacer, y me entraron arcadas. Mi marido había tocado de ese modo tan íntimo a otra mujer, le había hecho el amor apasionadamente, y esa era una idea que yo no podía asimilar porque me dolía demasiado hacerlo. Él era el amor de mi vida. Había sido el amor de mi vida. Ahora ya no era nada.

No puedes retroceder ―espeté con frialdad.

No, no puedo, cielo.

Pues ya está. Asunto arreglado.

Lo aparté y abandoné la silla. Me dolía la espalda. Me había mantenido inmóvil durante demasiado tiempo.

Puse los brazos en jarras y me arqueé hacia atrás. Mi columna crujió. Relajé la postura y eché a andar por el pasillo. No soportaba estar a su lado ni un segundo más. 

Tienes que perdonarme ―insistió Daniel, siguiéndome a la cocina―. Nunca fue mi intención hacerte daño. Esto está matándome.

Me volví sobre mí misma, incrédula y cada vez más furiosa con él. ¿Eso estaba matándole?

¡¿A él?!

Ese hombre había echado por la borda toda mi vida, todos mis sueños y mis ilusiones; el recuerdo de los mejores años de mi juventud había quedado agriado por culpa suya. ¿Y todo para qué? ¿Para calmar un calentón? ¿Cómo se le había ocurrido decirme que eso estaba matándole?

¿Sabes qué, Daniel? Resulta que yo tampoco puedo obrar milagros. Tú no puedes retroceder para cambiar lo que has hecho, y yo no puedo perdonarte por ello.

Probablemente, hubiera añadido algo más, pero me sobresaltó el sonido de mi móvil, que vibró encima de la encimera, al son de la pantalla que se encendía y se apagaba, tan alegre e insensible al dolor que tanto me estaba lacerando. Me acerqué, le eché un vistazo e hice una mueca de desagrado al ver que la llamada entrante era de mi hermana. ¡Qué sentido de la oportunidad tenía!

En otras circunstancias, no se lo habría cogido. Llevábamos años sin hablar. De todas mis hermanas, Jennifer era con la que menos empatizaba. Era grosera, ególatra y de lo más impulsiva, y de algún modo sentía que ella y su vanidad habían roto nuestra familia. Al menos Liberty se comportaba como una necia porque estaba enamorada. Jennifer no podía aferrarse a ese comodín, el amor nunca hace mella en personas tan superficiales como lo era ella.

Zooey, tienes que escucharme, cariño.

Mi marido posó la mano en mi brazo para detenerme, pero coloqué la palma contra su pecho y lo empujé hacia atrás. Él retrocedió, herido y contrariado, y me dedicó una mirada fulgurante.

¿Quieres comportarte como una adulta y hablar conmigo? Sé que he metido la pata, ¿vale?, pero vas a tener que enfrentarte a esto, Zooey. También es culpa tuya, no solo mía. Sí, no me mires así. Sí, es culpa tuya, ¡porque fuiste tú la que me apartó sistemáticamente, maldita sea! La que siempre estaba demasiado ocupada incluso para mirarme. Era como si yo no existiera para ti. Lo mismo que ese cuenco de adorno de ahí. ¡Y sí, Zooey!, ¡me acosté con Charlotte! ¡Lo hice porque ella, a diferencia de ti, me miró como si me viera! Y lo siento, porque te quiero y ella no significa nada para mí. Tú eres la mujer con la que quiero envejecer.

¡Oh, por el amor de Dios! ¿Por qué no le cae un rayo encima ahora mismo? Así se callaría de una santa vez.

La pantalla del móvil siguió encendiéndose y apagándose delante de mis ojos carentes de vida, y por una vez me dio igual mi relación con mi hermana, su egoísmo casi patológico y lo mucho que me había enfurecido con ella por fastidiar a nuestra hermana Rachel. En ese momento habría hecho cualquier cosa con tal de que Daniel dejara de existir durante un tiempo. Cualquier cosa, incluso revolver entre los escombros del pasado.

Así que me abalancé sobre el móvil con aire ansioso y descolgué.

Hola, Jennifer ―saludé con voz calmada―. No es un buen momento. Sé breve.

Zooey. Tienes que volver a casa. Es mamá.

 

1

Zooey

Llevaba más de cinco años sin pisar Austin, Texas, y, en cuanto una oleada de abrasadora humedad me dio de lleno contra la cara, constaté que no había echado de menos el lugar.

No necesitaba abandonar las inmediaciones del aeropuerto para saber que la ciudad lucía exactamente igual a como la había dejado al marcharme, soleada, calurosa, próspera y mucho más soporífera que Nueva York. Como si su pulso se viera ralentizado por los rayos del achicharrante sol, aún primaveral, que se derramaban torrenciales a través de la enorme cristalera que apuntaba hacia la pista donde minutos antes había aterrizado mi vuelo.

La sala de espera estaba llena. Hombres con botas vaqueras y sombreros Stetson esperaban sus maletas junto a mujeres de rostros bronceados y sonrientes, cuya buena disposición me hizo sentir mucho más amargada de lo que ya me sentía. Los niños correteaban libremente de un sitio al otro con la alegría de quien que no tiene más preocupación en la vida que la de divertirse. Por primera vez en mi vida, deseé ser pequeña otra vez.

Los tejanos suelen ser bastante amigables, incluso con los forasteros. Coseché montones de sonrisas mientras aguardábamos, todos de pie en un semicírculo, a que la cinta mecánica empezara a traer nuestros equipajes. Aunque me incomodaba ser objeto de tantas atenciones, correspondí a esa calurosa bienvenida con sonrisillas fugaces y algo tensas. Yo también había nacido en Texas, pero nadie lo habría dicho al verme. Mi aspecto era demasiado cosmopolita.

Y mi carácter tampoco es que fuese tan abierto como el de los demás tejanos. Solía ser una persona retraída, sin apenas amigos. Salvo Charlotte, ¿y de qué me había servido?

Dejé de pensar en Charlotte y nuestra supuesta amistad. Me sentía enferma cada vez que su nombre se colaba entre mis pensamientos. Lo cual sucedía demasiado a menudo.

Las maletas tardaban en llegar, así que me entretuve contemplando las pistas, los aviones despegando o aterrizando y los vehículos que corrían por la carretera que trascurría perpendicular al aeropuerto. El sol tejano languidecía a lo lejos, preparado para el atardecer, y tuve que entrecerrar los párpados para seguir mirando hacia el exterior. El rojizo resplandor del cielo se difuminaba en hermosas tonalidades de púrpura y azul, gamas tan intensas que en ningún lienzo se habrían podido reproducir, y a mí me invadió una sorprendente oleada de orgullo tejano ante tal despliegue cromático.

Mi tierra era rica en belleza, un bizarro abanico que entremezclaba colores y fragancias como no se veían en ninguna otra parte del país. Sin embargo, la mayoría de las veces ni siquiera era consciente de ello. Durante toda mi vida había deseado marcharme lo más lejos posible. Soñaba con el vasto mundo que se extendía más allá de la Travesía de los Leños o la Meseta Edwards; con Nueva York, la que yo consideraba el vibrante núcleo del país, una ciudad febril y prolífica en todos los sentidos de la palabra; prospera en cultura y de un dinamismo que me fascinaba. Teatro, arte, belleza, moda, música. Nueva York lo tenía todo.

Me imaginaba las oportunidades que la vida neoyorquina me brindaría, la gente a la que conocería y la cantidad de cosas que ellos me aportarían, y de esa forma me pasaba horas enteras soñando con los ojos abiertos, planeando todas y cada una de las locuras que haría si pudiera poner tierra de por medio entre ese lugar olvidado de la mano de Dios y yo.

En cuanto se me presentó la ocasión de marcharme, no me lo pensé dos veces. Me alejé junto a Daniel, sin llegar nunca a sentir nostalgia por los ondulantes campos verdes, los pantanos rebosantes de vegetación o los oscuros bosques de cipreses en los que me solía perder cuando era pequeña. Me movían la inconsciencia de mi juventud y un voraz deseo de reinventarme, de dejar atrás a la Zooey que solía ser, creando de esa forma a alguien nuevo y muchísimo más interesante. ¿Quién quería ver pastos llenos de vacas, si la alternativa era vivir en Manhattan y convertirse en una chica cosmopolita?

Ahora, tras haber pasado más de diez años alejada de mi lugar de nacimiento, al pisar la capital de Texas me sentí como si estuviera adentrándome en la América más profunda. Me había desacostumbrado incluso al modo de hablar de los tejanos, esa peculiar forma de arrastrar las vocales y el inconfundible acento cerrado.

Concluidos unos interminables minutos de recorrer la sala de un lado al otro, por fin vi llegar las maletas y me acerqué a la cinta mecánica que las transportaba. Cuando me llegó el turno, me estiré por encima de un niño y agarré la mía, intentando no golpearle con las ruedas al enderezarme.

Travis, deja pasar a la gente ―advirtió su madre, la cual había reparado en mi maniobra y se había dado cuenta de que el pequeño Travis estorbaba un poco.

El niño se apartó y yo le sonreí. Debía de ser la primera sonrisa sincera que esbozaba en días, la única que no me costó ningún esfuerzo. Daniel y yo no teníamos hijos, aunque hubo una época en la que soñé con tenerlos.

Lo que sí tenía eran montones y montones de sobrinitos. A los que apenas veía. A algunos ni siquiera había conocido aún, estaban dentro del vientre de sus madres la última vez que volé a Austin, y como mis hermanas y yo no éramos aficionadas a compartir fotos familiares por WhatsApp, no tenía ni idea del aspecto que tenían los críos. Conocía sus nombres porque era una buena tía y les enviaba un regalo navideño todos los años.

Por FedEx.

Mi familia era de las complicadas, de las que siempre tenían un frente abierto en alguna parte. Había que hacer encaje de bolillos para conseguir juntar a todo el mundo sin que nadie saliera machacado. Todavía no lo habíamos conseguido, razón por la cual apenas nos veíamos, a no ser que fuerzas mayores (malignas, en algunas ocasiones) nos juntaran a todos bajo el cielo de la misma ciudad.

Estaba convencida de que este nuevo encuentro iba a resultar explosivo. De hecho, venía preparada para lo peor. Si se podía sacar algo en positivo de los sucesos de los últimos días, era que la aventura de mi marido me había insensibilizado. Cualquier cosa que hiciera mi familia a partir de ahora, me iba a parecer una nimiedad comparado con lo de Daniel y Charlotte.

Arrastrando la pesada maleta roja, llena de ropa que sabía que nunca me daría tiempo a ponerme, me acerqué al mostrador de una empresa de alquiler de coches y elegí un bonito Ford modelo familiar, cuyo precio aboné en efectivo.

Gracias ―le dije al hombre que me entregó la llave en el aparcamiento, tras una breve inspección del reluciente vehículo azul por el que acababa de soltar una pequeña fortuna en concepto de fianza.

Conduzca con cuidado ―se despidió sonriente, llevándose dos dedos al ala del sobrero. Llevaba un Stetson. Por supuesto que sí.

Con un suspiro melancólico (mi padre también llevaba un Stetson), abrí el maletero, lancé el equipaje dentro y me coloqué las gafas de sol encima de la nariz. Frotándome las palmas como siempre hacía después de una tarea bien hecha, rodeé el Ford y me senté detrás del volante.

El viaje iba viento en popa. El avión no había llegado con demasiado retraso, la compañía no había perdido mi maleta como en otras ocasiones, había conseguido coche de alquiler en menos de diez minutos…

Hasta que me di cuenta de que el cambio era manual, y todo se echó a perder.

¿Qué? ¡No fastidies! ―grité, propinándole un furioso golpe al volante. Rocé el claxon sin querer y pegué un brinco en mi asiento, asustada por el ruido que yo misma había provocado. Necesité un momento para comprender que nadie me estaba pitando. Fue algo casi tan estúpido como las películas de Ben Stiller.

Acababa de llegar, y las cosas habían empezado a descontrolarse. Maravilloso.

Con ademanes torpes, me enderecé las gafas de sol, que se me habían torcido un poco por el sobresalto, rezongué otra maldición y ajusté los espejos y el asiento 

a mi altura. Si la vida te da limones, hay que hacer limonada.

Giré la llave dentro del contacto, puse el vehículo en marcha y…

para desesperación de los que circulaban detrás de mí, lo calé cinco veces seguidas. Demasiadas, teniendo en cuenta que aún no había abandonado el aparcamiento.

Me pitaron y coseché unos cuantos insultos que me hicieron descubrir que los tejanos no eran tan amigables como parecían.

En vista del atasco que estaba provocando, decidí dejarme de tonterías y pisar el embrague con más vehemencia. No me gustaba ser el hazmerreír de los demás conductores.

Si conseguiste no asesinar a Daniel ayer, puedes conducir un puñetero coche, me infundí ánimos, y, sin soltar más el embrague, maniobré para incorporarme al apabullante tráfico de la tarde. Habían pasado años desde la última vez que había conducido un vehículo con marchas, y me costaba bastante recordar el procedimiento.

En cuanto cogí la autopista y conseguí meter cuarta, supe que ya no había más peligro de calarlo. Ahora solo tenía que conducir, como si se tratara de un automático. Aun así, no fui capaz de relajarme, me mantuve tensa e incómoda, con los ojos siempre fijos en la carretera. Ni siquiera me atreví a cambiar de emisora por miedo a estrellarme, con lo que tocó escuchar canciones folk a todo volumen. Sentía que no era yo la que tenía el control, sino el coche, y eso me aterraba.

Empleé más de media hora en realizar un recorrido que, por lo general, solo requería unos diez minutos de conducción.

Aliviada de haber sobrevivido al tráfico del centro, y procurando llegar sana y salva al hospital, giré a la derecha en un cruce tan transitado que hizo que las 

manos me sudaran encima del volante, y aparqué con dificultad delante de una floristería, en una calle bastante concurrida.

Al abandonar el fresco interior del coche, gruñí una maldición. Fuera, el calor se había vuelto insoportable, aún más a causa de la elevada humedad que cubría mi piel con una capa sofocante y pegajosa.

Sin prescindir de las gafas oscuras, tan necesarias para conducir con el sol bajo en el horizonte, crucé la calle y entré en el pequeño establecimiento, cuya entrada estaba delineada por pesados maceteros que había que esquivar. El cencerro que colgaba sobre la puerta emitió un alegre sonido, como para darme la bienvenida a la tienda. Me pareció muy pintoresco. En Nueva York no había sonidos de cencerro. No que yo supiera, al menos.

Me acerqué al mostrador, sepultado bajo toda clase de flores y plantas, y le pedí al dependiente un ramo de margaritas.

Tiene mucha suerte. Es el único que nos queda. Tenga. Unas flores bonitas para una chica aún más bonita.

Los tejanos eran unos ligones. Retiré la nariz del ramo de flores, que no olían a absolutamente nada, y le sonreí.

Oh, no son para mí. Se las llevo a mi madre. Le encantan las margaritas.

Cada vez son más difíciles de conseguir ―replicó con pesadumbre―. Hace tanto calor que no tardan nada en marchitarse.

Era triste de algún modo que las únicas flores que le gustaban a ella se marchitaran antes de tiempo. Con una sonrisa efusiva, pagué lo que debía, cogí el ramo y me enfrenté de nuevo al molesto sol poniente, que arrojaba reflejos rojizos encima de los bucles que el aire empujaba delante de mis ojos.

Tras asegurarme de haber dejado el coche bien cerrado, caminé por la acera en dirección a la modesta clínica, que se erguía solo un par de plantas por encima del nivel del suelo, y crucé las puertas automáticas.

Tuve que pasar por recepción antes, ya que Jennifer no había especificado en qué habitación tenían a mamá.

Disculpe. Hola. ―Sonreí cuando la recepcionista levantó la mirada del ordenador―. ¿Podría indicarme cuál es la habitación de Verónica Patton?

La mujer, con una rígida sonrisa profesional, tecleó algo mientras yo tamborileaba impaciente los dedos encima del mostrador de granito, en un vano intento por liberar la tensión.

La veintitrés. Siga este pasillo todo recto, y al fondo gire a mano derecha.

Gracias.

Con manos trémulas, me enrosqué el fino pañuelo rojo alrededor del cuello y seguí la dirección que me habían indicado. Estaba tan nerviosa, tan perdida en mis pensamientos y tan inquieta por encontrar a mi madre ingresada en un hospital, que, sin darme cuenta, me estrellé contra la sólida caja torácica de un hombre que salía de una habitación con un montón de carpetas en la mano, justo en ese momento. Nos dimos tal golpe que sus carpetas salieron disparadas por el aire y aterrizaron al lado de mis pies.

Dios, lo siento ―murmuré aturullada, y me agaché a recoger los folios que mi torpeza había desparramado a nuestro alrededor.

Él se agachó a mi lado. No pude evitar echar un ojo a los documentos mientras se los ofrecía. Parecían los planos de una casa. Una casa bien grande.

¿Zooey?

Sus ojos buscaron a los míos con tal insistencia que, aturdida como estaba, levanté la mirada y lo estudié con expresión confusa. Admito que me gustó lo que vi. El hombre, que a su vez me contemplaba a mí, era alto y fortachón. Muy atractivo. Un tejano hecho y derecho, de piel tostada, profundos ojos, tan azules como las aguas del lago Conroe, y cabello rubio oscuro, corto y un poco gastado hacia las puntas. Ese hombre no debía de tener ni idea de lo que era un buen corte de pelo. Sin duda, se cortaba el pelo muy de vez en cuando, y siempre en el baño de su casa.

Iba en vaqueros, botas y camisa caqui remangada, y la piel alrededor de sus ojos estaba curtida por el sol. Debía de ser una persona risueña, también me fijé en las líneas de expresión que se insinuaban en las comisuras de sus labios.

Parecía igualarme en edad, aunque no tenía ni idea de quién era o de qué me conocía. No había nada familiar en él.

Disculpa, ¿nos conocemos?

¿No te acuerdas de mí? Soy T.J.

Una vez conocí a un T.J. Lo dejé plantado en mi baile de graduación. Esa noche me fugué con Daniel, el que ahora era mi marido, el capullo que, unas doce horas antes de esa conversación, me había confesado una aventura con su mejor amiga. Al menos ahora, el término amiga íntima tenía algún sentido para mí.

Dado el modo (inexistente) en el que nos habíamos despedido, recé para que no se tratara del mismo T.J.

¡T.J.! ―fingí reconocerle―. Claro. Vaya. Eres tú. Qué torpe. Me alegro de verte. Cuánto tiempo.

T.J. me mostró una sonrisa perezosa. Sus dientes me llamaron la atención por su blancura y por lo rectos que eran. Era un hombre tan apuesto que decidí que era imposible que se tratara del mismo tío del instituto. Yo recordaba a T.J. como un joven desgarbado, larguirucho, demasiado delgado y de ademanes un poco torpes. No había término de comparación entre él y mi apuesto novio de la adolescencia, el quarterback Daniel Thorne, el chico que, con una sola mirada de sus espectaculares ojos verdes, conseguía que las muchachas (yo incluida) perdieran las bragas en un santiamén.

Ya te digo. Creo que no te veía desde el baile de graduación, cuando me dejaste plantado y te fugaste con… ―Ladeó la cabeza, se rascó la ceja y se hizo el despistado―. ¿Cómo se llamaba aquel chico?

Tragué saliva. Pues sí, sí que se trataba del mismo T.J. Vaya por Dios. Estúpidas casualidades de la vida.

Daniel ―balbucí ruborizada.

Eso. Daniel. ¿Cómo está Daniel? ¿Sigues casada con él?

No pude refrenar a tiempo una mueca de aversión.

Legalmente sí, pero nos estamos dando un respiro ―expliqué, desconocedora de las razones que impulsaron tan molesto derroche de honestidad.

En los ojos de T.J. brilló una expresión casi malévola.

¿En serio? Qué lástima. Me caía bien.

¿De verdad?

En absoluto ―contestó con una contundencia tan seca que me hizo sonreír.

Nos erguimos y le ofrecí el resto de los papeles que llevaba en la mano. T.J. estaba sonriendo, y reparé en que había un ligero matiz insolente en su sonrisa. A lo mejor le resultaba divertido lo mío con Daniel. O a lo mejor consideraba que me lo tenía merecido.

Esa idea consiguió que mi sonrisa se hiciera añicos. Nunca lo había pensado, pero ¿podía haber sido cosa del karma? ¿Lo que se siembra se recoge, o algo así? ¿Había acumulado yo demasiadas energías negativas a lo largo de mi existencia y ahora la vida me decía namasté, Zooey, y que te jodan?

Hmmm. A lo mejor.

Gracias por ayudarme ―T.J. interrumpió mi viaje espiritual al acercárseme de una zancada. Retuvo mis ojos con tanta insistencia que me vi obligada a echar la cabeza hacia atrás para soportar todo el peso de su mirada. Era considerablemente más alto que yo―. Aunque, por el otro lado, si no me hubieses derribado, no me habría hecho falta tu ayuda. Así que… ¿gracias por nada?

Apreté los labios en una línea fina y tensa para desvelar mi arrepentimiento.

Lo siento. De veras.

No pasa nada. Quedas perdonada. ¿Qué haces aquí?

Pasé de inventarme alguna historieta y, en vez de eso, le dije la verdad.

Bueno, mamá está ingresada y…

¿La señora Patton está enferma? ―se preocupó T.J.―. ¿Qué es lo que le pasa?

Me encogí de hombros.

Aún no lo sabemos. Le están haciendo algunas pruebas.

Él posó una mano en mi hombro. No era un gesto sexual o provocativo. Solo pretendía trasmitirme apoyo. Así y todo, no pude reprimir un leve estremecimiento que contrajo mi estómago. Aquel era un hombre completa y absolutamente masculino, y eso me intimidaba. En su presencia, a pesar de mi casi metro setenta y dos de altura, me sentí pequeña y frágil.

Espero que todo salga bien ―me dijo con tono afable.

Oh, seguro que no es nada. El azúcar o algo así. Ya sabes que, después de cierta edad, el cuerpo da algún que otro fallo.

Hablaba tan deprisa porque era incapaz de contener mi nerviosismo. Su mano era grande y fuerte. Notaba su calidez a través de la ropa y, por algún motivo, se me empezó a elevar la temperatura corporal. ¿Todo eso sucedía porque hacía meses que ningún hombre me tocaba de forma íntima? ¿Debía achacar mi reacción a las hormonas desquiciadas, o más bien a un oculto deseo de hacerle daño a Daniel acostándome con otro hombre?

¡Qué despropósito! T.J. está tan cañón que hace que a una se le doblen las rodillas, me tranquilicé a mí misma, decidida a no buscar significados tan profundos. No se trataba de un retorcido deseo de vengarme de mi querido y adúltero marido. Ese hombre me parecía guapo y punto. Además, era el primer representante del sexo opuesto que se interesaba por mí en mucho tiempo. Decidí que sentirme atraída por él era lo normal.

Ahora que lo mencionas, a mí cada día me chascan más las rodillas ―bromeó él con un guiño.

Si te sirve de consuelo, a mí también. Pero, chisssstt, no lo digas por ahí. Tengo una reputación.

Reímos, divertidos por la broma, hasta que él carraspeó, retiró la mano y se rascó la nuca. Era como si algo le perturbara de pronto, como si esa intimidad le asustara de algún modo. Su sonrisa se había tornado tensa y menguaba con cada segundo que trascurría. La mía, por el contrario, se mantuvo intacta.

Busqué sus ojos azules y los estudié embobada. Me hallaba ante uno de los hombres más guapos con los que me había topado en toda mi vida, y eso que vivía en Nueva York, el centro del mundo civilizado, donde había montones y montones de tipos apuestos.

T.J. era guapo. Indiscutiblemente. Pero era mucho más que un rostro masculino y un cuerpo forjado a base de trabajos pesados.

Cuanto más lo observaba, más convencida estaba de que su aspecto físico no era lo único que me atraía de él. No se trataba solo de la dureza de unas facciones esculpidas y tostadas por el sol, o de la solidez de una figura alta y robusta. Había algo en sus ojos, un aire de honradez que hacía años que no veía en nadie.

No sé por qué, pero tuve la impresión de que T.J. era un tipo leal. Alguien como mi cuñado Logan. Alguien como mi padre. Alguien completamente opuesto a Daniel.

Aparté ese pensamiento de mi cabeza. Pensar en mi marido me ponía en plan homicida.

Siento oír lo de tu madre ―me dijo T.J. con voz cálida―. Espero que se mejore pronto.

Esbocé una sonrisa forzada y tensa. Notaba frío en el hombro desde que él había retirado la mano.

Gracias. Bueno, tengo que dejarte. Me están esperando.

Claro. ―Palmeó mi hombro a modo de despedida, besarnos habría resultado incómodo para ambos, y me sonrió por última vez―. Me alegro de verte.

Lo mismo digo. Adiós, T.J.

Adiós, Zooey. Dale recuerdos a tu madre.

Lo haré.

Se marchó, con los andares perezosos de un hombre que es sexy y no le importa que los demás lo sepan, y yo solté todo el aire que había retenido hacia los últimos segundos de nuestra conversación, y continué mi camino por el pasillo, procurando no derribar a nadie más.

Delante de la puerta de mamá, cuadré los hombros, llamé con suavidad y me preparé para enfrentarme a lo que fuera que tuviera que afrontar.

Estaban todos ahí cuando entré. Mi hermana Liberty y su odioso marido Tom, mi hermana Jennifer y su marido Logan, mi hermana pequeña Rachel…

Y, por supuesto, mamá, que se alegró muchísimo de verme.

Era la hija a la que menos veía. Mis hermanas mayores vivían en el condado, y, de una forma u otra, sus caminos se acababan cruzando tarde o temprano, en el mercado o en la peluquería. Puede que incluso en el cementerio. Dios sabía que había mucha gente querida sepultada en el cementerio local.

Rachel, a pesar de estar viviendo en California, visitaba a mamá como mínimo dos veces al año.

Yo, en cambio, después del entierro de papá, no lo había hecho, siempre por falta de tiempo, organización o cualquier otra excusa estúpida a la que me aferraba para justificar mis ausencias en fechas señaladas.

Incómoda a más no poder, me detuve en el umbral y los evalué a todos con mirada inquieta. Me sentía un poco fuera de lugar delante de mi propia familia. Yo era la desconocida, la que se había desentendido por completo de los demás. Era imposible que me sintiera cómoda en esas circunstancias. Era una intrusa.

Hola ―saludé, notando cómo se me alzaban los bordes de la boca en un gesto tenso, una sonrisa que no tardó más de un par de milésimas de segundo en apagarse encima de mis labios.

Los ojos de mi madre resplandecieron como un chispazo, iluminando su rostro afectuoso, aunque marchito por el cansancio.

¡Zooey! ¡Dios mío! ¡Has venido desde Nueva York!

Lo dijo como si hubiese tenido que venir desde la Luna, y experimenté cierto malestar al comprender que no había sido una buena hija. En los últimos cinco años no había ido a verla ni una sola vez. Supongo que no le había perdonado a mi madre el haberse posicionado del lado de Jennifer en el escándalo que nos acabó dividiendo a las cuatro hermanas en dos bandos: por un lado, Liberty y Jennifer, y por el otro, Rachel y yo. En mi opinión, una madre tiene que mantenerse ecuánime en algunos asuntos.

Pero ese no era un buen momento para ventilar los trapos sucios. Mi madre estaba ingresada en el hospital, y yo estaba preocupada por ella. Pese a que nuestra relación se había enfriado muchos años atrás (fugarme con Daniel lo había echado todo a perder, ya que a ella le sentó como un jarro de agua fría que nos casáramos sin su bendición), no dejaba de ser mi madre.

Así que me acerqué a su cama, le di un beso en la frente y dejé el ramo de flores sobre la mesilla.

Hola, mamá. Me alegro de verte.

¡Pero qué guapa vienes! ¿Qué te has hecho en el pelo?

¿Esto? Ya ves, me lo he tenido de castaño. Estaba cansada del eterno y aburrido rubio que me dejaste en herencia.

Mi madre se rio y rozó el largo mechón que yo acababa de soltar.

Y lo llevas ondulado como las estrellas del cine. Qué bonito. Parece caramelo derretido, ¿verdad, Titi?

A mi hermana Liberty la llamábamos Titi. Como era peluquera, mamá la consideraba la máxima autoridad en cuanto a peinados. Siempre pedía su opinión para todo lo relacionado con la moda capilar.

Sí, mamá. Muy bonito. Hola, Zooey. Te veo… muy bien. Muy guapa. Muy… joven.

Lamenté no poder devolverle el cumplido. En vez de decir nada, correspondí con una sonrisa triste. Me entristecía verla tan desmejorada a sus treinta y seis años. Tenía cara de estar sufriendo, surcos de amargura donde no debía tenerlos. Mi hermana era profundamente infeliz, y lo advertí con una sola ojeada.

Titi era la mayor. La primera en tener pechos, la primera en perder la virginidad, y la primera en cagarla al casarse con el tipo más cretino que alguien fue capaz de parir. Mis relaciones con ella se habían enfriado mucho antes de lo de Jen y Rach, y sucedió por culpa de Tom, que se propasó una noche en la que yo cuidaba de Ayleen, su hija.

Fue una experiencia horrenda. Mi hermana había salido con unas amigas, y se suponía que Tom trabajaría hasta muy tarde, pero, por algún motivo, llegó a casa antes de lo previsto. Ayleen estaba durmiendo en su habitación y yo veía la tele en el salón.

Nada más llegar, Tom abrió una lata de cerveza, se sentó a mi lado en el sofá y, conforme avanzaba la noche, se me acercó cada vez más, hasta que acabó encima de mí, su lengua con sabor a alcohol intentando penetrar mi boca y sus asquerosas manos manoseándome los pechos apenas desarrollados. De no haber sido porque Titi entró en ese momento, gritando que ya estaba en casa, no sé qué habría pasado.

Tom me soltó de inmediato, me dijo que cerrara la puta boca y subió al dormitorio antes de que las pisadas de Titi alcanzaran la sala de estar.

Al verme tan pálida, mi hermana me preguntó qué me sucedía. Se lo conté entre lágrimas, le dije lo que me había hecho Tom, pero la reacción de Titi no fue la que yo esperaba. Me abofeteó y me dijo que era una puta mentirosa y que estaba celosa de su relación, y luego me echó de su casa. Yo tenía dieciséis años en aquel entonces. Titi, veintidós. Habían pasado catorce años y ella seguía casada con él.

Y eso era algo que yo no podía perdonarle a mi hermana mayor. No el hecho de no haber creído en mí, sino el haberse destrozado la vida siguiendo al lado de un canalla como Tom. Ella se merecía algo mejor. En el fondo, era buena persona, puede que la mejor de las cuatro.

¡Pero si es la señora escritora! ―exclamó Rachel, muy contenta de verme.

Guionista ―la corregí con una sonrisa ladeada. Me acerqué a ella y le di un abrazo fuerte―. Hola, peque.

Aunque yo solo era tres años mayor que ella, para mí era la pequeña, la niña a la que defendía de los abusones en el cole y a la que le hacía bocadillos para merendar cuando mi madre no estaba en casa.

¿También te llamó Jennifer? ―le susurré.

Un estremecimiento recorrió el delgado cuerpo de Rachel al ser mencionado el nombre de la hermana mediana.

No. Fue Titi.

Qué suerte la tuya.

¿Tú crees?

Jennifer y Rachel llevaban unos once años sin hablarse, y era por culpa de Logan. Por lo visto, cada vez que las hermanas Patton armaban una trifulca, había un hombre de por medio.

Aunque cabe mencionar que mi cuñado Logan era todo lo contrario a Tom. A mí me parecía un hombre de un carácter irreprochable y una generosidad casi abrumadora. Era noble y leal como nadie a quien yo hubiera conocido, y puedo afirmar sin temor a equivocarme que se podía contar con él incluso en los momentos más cruciales de la vida. Logan era de los que nunca abandonaban el barco. Por mucho que este estuviera a la derriba, él se quedaba hasta el fin, luchando, dándolo todo para mantenerlo a flote.

Logan era mi amigo. Uno de mis amigos más queridos. Para mí, él era más familia mía que mi hermana Jennifer. La familia no solo es sangre. También es lealtad. Confianza. Comprensión. Y Logan me había dado todo eso y mucho más.

Rachel se enamoró de él cuando era una cría, y no fue de extrañar. Logan Miller era guapísimo. Unos ojos azules de infarto, un cuerpazo que te hacía temblar y unos andares tan sexys que las chicas casi se desmayaban cuando le veían llegar a un rodeo. Era bastante más mayor que ella, pero a Rachel no le importó.

Un día proclamó que tenía pensado casarse con Logan Miller. Ella tenía quince años por aquel entonces. Él, veinticinco. Y a todos nos pareció bien.

Menos a nuestra hermana Jennifer, la reina del baile del instituto y la chica más ambiciosa de todo el estado de Texas. Si antes del enamoramiento de Rachel, Logan no representaba ningún interés para ella, al enterarse de los sentimientos de nuestra hermana pequeña, Jen se empeñó en cazarlo. Creo que solo lo hizo para fastidiar. Era demasiado superficial como para albergar sentimientos sinceros. Lo que le sucedía era que, sencilla y llanamente, no podía soportar la idea de no ser ella el centro del puñetero universo.

Sometió al pobre Logan a una autentica cacería, y el día en el que Rachel cumplió los dieciséis años, en su misma fiesta de cumpleaños, se lo trajo a casa y nos anunció que iban a casarse. La reacción de Rach fue devastadora. Era su primer amor, y nada duele más que te lo arranquen de forma tan injusta y por puro capricho, además.

Sinceramente, creo que, más que perder a Logan, lo que más le partió el corazón fue la traición de una de las hermanas a la que ella más admiraba. Rachel era demasiado joven entonces como para saber que Jennifer no era sino una cara bonita sin nada sustancioso en el interior.

Ante el escándalo que empezó a agitar cada vez más los cimientos de nuestra familia, las dos hermanas mayores hicieron piña. Según era de esperar, Titi defendió a Jennifer como siempre hacía. Mis padres también se pusieron del lado de su segunda hija. En definitiva, Jennifer, de veintidós años, estaba en edad de casarse. Rachel no era más que una niña con un encaprichamiento ridículo. De toda la familia, yo fui la única en posicionarse a su lado; la única en ofrecerle apoyo moral cuando más falta le hacía.

Aún recuerdo lo deprimente que fue la adolescencia de Rachel. No solo porque la arrastraron a la boda de su hermana para ver cómo esta se casaba con el hombre al que ella aún amaba a pesar de todo, sino porque, encima, obligada por mamá, tuvo que desempeñar el papel de dama de honor, llegando incluso a ayudar a Jennifer a preparar su atuendo para la noche de bodas con Logan. Aquello debió de ser muy doloroso para ella.

Después de la boda de Jennifer y Logan, la pequeña Rach se volvió cada vez más y más retraída, se refugió en un caparazón casi impenetrable para evitar que le volvieran a hacer daño. No tenía ninguna amiga aparte de mí, y no salió con ningún chico durante todo el instituto. Navidades, Acción de Gracias y cada uno de los cumpleaños familiares, suponían un auténtico suplicio para ella, pues Jennifer siempre se las apañaba para restregarle su felicidad conyugal, fuera esta real o no.

Tan pronto como se graduó en el instituto local, Rachel obtuvo una beca (a falta de una vida social, se pasaba el día estudiando) y se marchó a París a aprender los secretos de la alta costura. Me sentía muy orgullosa de sus logros. Tras largos años de duro trabajo, ahora, con solo veintisiete años, mi hermana pequeña se había convertido en una de las mejores diseñadoras del país. Era dueña de una boutique de lujo en Los Ángeles y había conseguido engatusar a la clientela más distinguida de toda la costa oeste, desde actrices de cine hasta cantantes, e incluso la primera dama. Todo el que era alguien y se preciara de ello, había presumido alguna vez de un modelito de Rally.

Yo misma lucía uno aquella tarde, un mono azul marino de rayas blancas, que entrelazaba la elegancia con la comodidad.

¿Sabemos algo de las pruebas? ―pregunté, a nadie en concreto.

Seguimos esperando ―contestó Logan con una sonrisa bonachona.

Me alegré de descubrir que el estar casado con mi hermana no le había avinagrado el carácter. A diferencia de todo el mundo, él era el que menos había cambiado con el curso de los años.

De acuerdo, lo encontré un poco más mayor, se le formaban pequeñas arruguitas alrededor de los ojos cada vez que sonreía, pero seguía siendo el Logan de siempre, alto, guapo, moreno y leal. De algún modo, me recordaba a T.J., el mismo tipo de tejano bronceado y corpulento que se pasaba el día trabajando en el exterior. La idea de encerrar a Logan o a T.J. en una oficina resultaba desternillante. Se habrían subido por las paredes. Eran hombres de acción. Les gustaba sentir el aire en la cara y la lluvia empapando su ropa. Eran libres como potros salvajes, y eso les hacía felices. No, de ningún modo me los imaginaba trabajando de contables, atrapados en un habitáculo de menos de quince metros cuadrados.

Bueno, ¿y qué te cuentas, Zooey? ¿Daniel no viene contigo?

No tenía pensado comentarles el aprieto por el que pasaba mi matrimonio con Daniel, y mucho menos si el que preguntaba era el cretino de Tom.

Tiene mucho trabajo ―contesté con gelidez.

Los tipos de la ciudad. Siempre tan ocupados.

Decidí cambiar de tema. Lo que menos me apetecía era conversar con un cretino y que el tema de conversación girase en torno a otro cretino.

¿Y qué tal vosotros? Seguís igual, imagino. Parece que en Texas nunca sucede nada nuevo.

Yo he dado un paso hacia adelante y he comprado la peluquería ―anunció Titi con una sonrisa que le arrugó muchísimo las esquinas de los ojos. Incluso su alegría enmascaraba un ligero matiz de tormento, y, sin poder evitarlo, volví a experimentar un extraño sentimiento de lástima. Me sentía culpable por eso porque sabía que yo, en su lugar, habría odiado despertar compasión.

Enhorabuena, Titi ―la felicitó Rachel.

Nuestra hermana mayor recibió sus sinceras palabras con un gesto de cabeza. Yo también la felicité. Me alegraba por ella. Era una buena noticia que al menos el trabajo le fuera bien.

Gracias. Me hacía falta. Estaba harta de trabajar siempre para otros.

Mi chica se merecía un proyecto nuevo. Y si trae más dinero a casa…

Rachel y yo pusimos los ojos en blanco a la vez.

¿Alguien quiere un café? ―ofreció Jennifer con aires de gran anfitriona.

Seguía siendo una reina de la belleza, pero del tipo vulgar. Todo en ella rebosaba vulgaridad, su vestido corto y escotado, el estampado animal, sus sandalias rosas llenas de pedrería, las uñas largas y rojas como las de una bruja… No me costaba ningún esfuerzo imaginármela subida a una escoba, esparciendo maleficios y risas diabólicas.

Jennifer era la única hermana Patton que no había superado la adolescencia. Para ella, fue su época de gloria, el tiempo de su vida, y se negaba a dejarlo escapar así como así. Imagino que por eso aún lucía el mismo estilo de ropa que solía llevar en el instituto, como si se negara a admitirse a sí misma que ya no le sentaba bien. Al hablar, empleaba un tono chulesco, y siempre masticaba el chicle con la boca abierta. Si mi hermana hubiese inventado una corriente artística, los expertos la habrían denominado chonismo.

Deberías traer café para todos ―increpó mamá.

No voy a poder con todo, ma. Somos muchos.

De algún modo, Jennifer siempre se las apañaba para parecer una pobre damisela en apuros. Supongo que era así como había engatusado a Logan en su juventud. Si hay algo a lo que los hombres como Logan y T.J. no pueden resistirle, es una pobre damisela necesitada de su ayuda.

Pues llévate a Titi y a Tom ―resolvió mi madre, un poco irritada por la falta de iniciativa de mi hermana.

Está bien. Pero no esperéis milagros. El café del hospital es una mierda. Lo digo sobre todo por las pijas.

O sea, Rachel y yo.

Seguro que está bien ―aseveró Rachel con una sonrisa forzada.

Bueno, yo os lo he avisado. No quiero oír quejas después. Vamos, Titi. Tom, ¿a qué coño estás esperando? Ven a echarnos una mano. No me seas vago.

En cuanto ellos desaparecieron detrás de la puerta, mi madre me sonrió y se volvió hacia Logan.

Logan, cariño, ¿te importaría ir a decirle a Jennifer que compre también un par de botellitas de agua? Tengo la garganta tan seca como el estado de Arizona. Y ayúdala a traer las cosas. No querremos que se rompa alguna uña en el proceso.

Logan, insolentemente recostado contra la pared, alzó la esquina derecha de la boca en una sonrisa picaresca.

Desde luego que no. Todos conocemos su tendencia al dramatismo. ¿Necesitáis algo más?

Nos miró con sus profundos ojos azules. Rachel y yo declinamos en silencio.

No, cielo. Con eso será suficiente ―respondió mamá.

Mi cuñado se enderezó y, al pasar por delante de nosotras, se despidió con un guiño.

Era impresionante como, en apenas unos segundos, mi madre se las había arreglado para quedarse a solas con Rachel y conmigo. Sabía perfectamente que lo había hecho aposta. Estaba al tanto de que ni Rach ni yo nos encontrábamos cómodas en presencia de nuestras dos hermanas mayores, y lo que pretendía era aflojar la tensión que cargaba el aire cada vez que nos juntábamos.

¿Qué tal te encuentras, mamá? ―quise saber, evaluándola desde la ventana sobre la que me había apoyado.

Mi madre calló un momento.

Bueno… bien, pero…

¿Qué pasa? ―se inquietó Rachel.

Mi madre se incorporó un poco y mi hermana corrió a colocarle la almohada. Fue entonces cuando me percaté de lo débil que estaba, de su palidez, de lo mucho que se le notaban los nudillos de las manos. Estaba en los huesos. Había cambiado mucho a lo largo de esos cinco años que llevaba sin verla.

No es la primera vez que me desmayo ―susurró con aire culpable.

Parpadeé y me enderecé con tanta brusquedad que experimenté un ligero mareo, a lo mejor producido por la falta de alimento. La verdad era que no había probado bocado en todo el día.

¿Qué intentas decir? ―farfullé, y yo misma percibí el deje de miedo que arrastraban mis palabras.

Pues que llevo un tiempo encontrándome mal. No lo sé, he perdido bastante peso, y tengo nauseas casi todo el rato. Si no fuera imposible, diría que estoy preñada. ―Se rio; sin embargo, ni a Rachel ni a mí nos hizo gracia la broma―. ¡Vamos!, borrad esas muecas de preocupación. Seguro que no es nada. Vuestra madre está más sana que una manzana. No he descansado demasiado bien estas últimas semanas. Os prometo que a partir de ahora no me lo tomaré tan a la ligera y así os ahorraré estos sustos tan tontos.

Mi hermana y yo intercambiamos una mirada cargada de preocupación.

Eso estaría bien, mamá ―balbuceé con voz temblorosa.

Ella sonrió como solo una madre sabe sonreírte. Con ese afecto indiscutible.

Contadme, hijas, ¿qué tal os van las cosas? Hace mucho que no hablo contigo, Zooey. Me habré perdido muchas cosas de tu vida.

Solo ella podía decir aquello sin que sonara como un reproche. Me tragué las lágrimas e intenté disimular con una sonrisa la inquietud que se me había enroscado en el estómago.

Tampoco tantas. He estrenado un musical hace dos semanas, y lo cierto es que el guion ha recibido muy buenas críticas. Estoy contenta. Cualquier día de estos me llama algún pez gordo para escribir una súper obra de Broadway ―bromeé. Estaba a mil años luz de que me pasara algo así de bueno.

¡Enhorabuena, cielo! Estoy muy orgullosa de ti. Y de ti también, Rachel.

Ah, y Daniel me pone los cuernos con su mejor amiga, Charlotte. La visteis en las fotos de la boda. Sí, la abogada, alta, rubia, espectacular. Sabéis a quién me refiero, ¿verdad? La que os cayó mal nada más verla. Por lo demás, todo sigue igual.

Sobrevino un tenso momento de silencio. No tenía pensado contarles nada de eso, y mucho menos de esa forma tan teatral, pero las palabras brotaron disparadas y no pude detenerlas a tiempo. A lo mejor la tendencia al dramatismo era un rasgo de familia.

Rachel colocó una mano en mi hombro para transmitirme su apoyo.

Oh, Zooey ―murmuró compasiva.

Lo siento, cariño. ―Mi madre me alargó la mano―. Lo siento en el alma. Sé lo mucho que le amabas.

Me aferré a sus dedos y los estreché con fuerza. Como una niña valiente.

Mamá…

Quería tener el coraje de decir que no pasaba nada, que no me importaba, que lo superaría, pero no pude. La presión en mi pecho se volvió tan lacerante que rompí a llorar.

Por fin. Después de todas las horas de embotamiento que habían pasado desde que Daniel me lo había confesado, por fin pude desahogarme.

Rachel me condujo a la butaca que había al lado de la cama de mamá, y mientras yo lloraba en silencio, mi madre me frotó despacio la mano. Su piel estaba muy fría y áspera al tacto. Las manos eran la única parte de su cuerpo que desvelaba su edad.

Lo que más me duele es que yo ni siquiera me di cuenta de lo mal que estábamos ―confesé entre lágrimas―. Llevo con él prácticamente toda la vida, y no lo vi venir. ¿Cómo pude ser tan imbécil?

Cariño, la culpa no es tuya.

Mamá tiene razón. No te martirices, Zooey. Esto solo es culpa de Daniel. Menudo cerdo.

Claro que es culpa mía ―rebatí y me sequé las esquinas de los ojos―. Estoy siempre trabajando y me pierdo muchísimas cosas. Apenas hablábamos, apenas hacíamos cosas juntos… ¿Qué voy a hacer ahora?

Divorciarte.

Dejé de llorar y miré a mi madre con la mandíbula desencajada. Que ella dijera algo así me resultaba inconcebible. Más que nada, porque mi madre era una acérrima opositora del divorcio. De hecho, seguro que hubiese preferido tener a una hija afiliada a la Iglesia Satánica. Cualquier cosa era mejor que estar divorciada.

¿Qué? ¿Quieres que me divorcie de Daniel?

Yo no quiero que lo hagas, cielo. Tienes que hacerlo ―recalcó con férrea convicción―. He cometido algunos errores con vosotras, niñas, y ahora lo veo. ―Sus ojos apuntaron a Rachel, y esta tragó saliva al comprender de qué iba aquello―. No os he apoyado cuando estabais necesitadas de mi apoyo. Me mantuve tan chapada a la antigua que… Siento no haberte apoyado, Rachel. Siento haber dejado que tu hermana le destrozada la vida a un buen chico y que te amargara gran parte de la tuya. Hace años sacrifiqué la felicidad de mi hija pequeña por mis convicciones, Zooey ―continuó, moviendo los ojos azules hacia los míos―. No volveré a cometer el mismo error contigo. Así que, si quieres abandonar a Daniel, tienes mi bendición.

Con lágrimas en los ojos, Rachel y yo cogimos cada una la mano de mamá y le sonreímos con ternura.

Gracias, mamá. Creo que necesitaba que alguien me dijera eso. Mi mente no se atrevía a formular la palabra divorcio.

Al oír cómo se abría la puerta a mis espaldas, me callé y me tragué las lágrimas.

¿Y esas caras largas? ¿Quién se ha muerto? Espero que haya tenido la decencia de incluirme en su testamento.

Rachel y yo nos volvimos a la vez hacia Jennifer y le dedicamos una mueca de irritación.

Hogar dulce hogar, pensé con los ojos entornados.

Espero que hayas disfrutado del adelanto. Te prometo que la historia de Zooey y T.J. te encantará. Si aún no tienes tu ejemplar, estás a tiempo de reservarlo, haciendo click aquí

Recuerda que si adquieres el libro en preventa, recibirás de REGALO un marcapáginas firmado por la autora

 

 

Gratis, solo hoy, Al hombre que dejé atrás

Destacado

Sinopsis:

«Una chica regresa a Boston para hacer las paces con su pasado.
Un hombre acude cada vez que llueve a un bar de soul, se sienta siempre en la misma mesa, se pide una copa de whisky y espera en silencio a que empiece una canción vinculada al pasado.
Dos existencias vacías. Dos almas desgarradas por la soledad. Un abismo de tiempo separándolos.
El profesor de arte Wesley Holt queda asombrado cuando su más brillante alumna le pide un extraño favor: que uno de sus cuadros sea colocado en la galería del señor de Winter. Para Wesley, de Winter es un hombre de trato difícil, adusto, exigente, seco… No entiende por qué Hayley se empeña en enviarle su mejor y más emotiva obra. Y lo que le parece todavía más extraño, que se la envíe gratis.
Pese a su reserva, intenta persuadir al odioso de Winter para que acceda a tal sorprendente petición.
Al serle mencionado el nombre de la pintora, parecido al de la chica él lleva cinco años buscando desesperadamente, Jesse de Winter, intransigente como siempre, exige ver de inmediato el cuadro.
Y será delante de la obra llamada Al hombre que dejé atrás…, cuando Jesse será relegado a un pasado más real y más doloroso que nunca».

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Al hombre que dejé atrás… Capítulo 1 y 2

Destacado

Sinopsis

 

Una chica regresa a Boston para hacer las paces con su pasado.

Un hombre acude cada vez que llueve a un bar de soul, se sienta siempre en la misma mesa, se pide una copa de whisky y espera en silencio a que empiece una canción vinculada al pasado.

Dos existencias vacías. Dos almas desgarradas por la soledad. Un abismo de tiempo separándolos.

El profesor de arte Wesley Holt queda asombrado cuando su más brillante alumna le pide un extraño favor: que uno de sus cuadros sea colocado en la galería del señor de Winter. Para Wesley, de Winter es un hombre de trato difícil, adusto, exigente, seco… No entiende por qué Hayley se empeña en enviarle su mejor y más emotiva obra. Y lo que le parece todavía más extraño, que se la envíe gratis.

Pese a su reserva, intenta persuadir al odioso de Winter para que acceda a tal sorprendente petición.

Al serle mencionado el nombre de la pintora, parecido al de la chica él lleva cinco años buscando desesperadamente, Jesse de Winter, intransigente como siempre, exige ver de inmediato el cuadro.

Y será delante de la obra llamada Al hombre que dejé atrás…, cuando Jesse será relegado a un pasado más real y más doloroso que nunca.

 

26231474_546332879053179_7659936171014642326_nCapítulo 1

 

Presente

 

―Señorita Button, ¿está conmigo?

Era la tercera vez que el profesor de Arte le llamaba la atención a su alumna. Hayley ni siquiera le escuchó. Su mirada estaba perdida en la nada. El profesor Wesley Holt pensó en que nunca había conocido a nadie tan atormentado como esa chica que tanto se había empeñado en dar clases particulares con él, incluso cuando no le hacía falta en absoluto.

Había tenido alumnos malos, alumnos regulares y alumnos buenos. Hayley Button pertenecía a la categoría de brillante. Así pues, ¿qué hacía él ahí, en su salón, hablándole sobre la influencia de Michael Wolgemut en algunos de los pintores del Romanticismo? Y, lo que era aún peor, ¿por qué se estaba esmerando tanto, cuando era obvio que ella ni siquiera le escuchaba?

Era de dominio público que Hayley no tenía pensado seguir los pasos de su profesor. Nunca había mostrado interés alguno en la docencia ni en los tecnicismos de los que él hablaba con tanto orgullo, aun siendo consciente de que no servían de absolutamente nada en la práctica. En el Arte, o había talento o no lo había. Se trataba de una disciplina pragmática y bastante sencilla de comprender. La premisa no podía haber sido más elemental: no tenía sentido conocer todas las técnicas de los góticos si eras incapaz de dibujar un conejo. Conclusión: debías saber dibujar conejos, antes de encaminar tus pasos hacia el Arte. Así de claro lo tenía el profesor.

Por supuesto, había casos de gente especial, los que cursaban Arte sin ser demasiado buenos en ese campo. El mismo Wesley, sin ir más lejos. Modelar a los futuros artistas era su vocación. Nadie dudaba de su capacidad. Algunos de los mejores pintores del país habían pasado por sus manos, y todos le dirigían alabanzas.

En la práctica, en cambio, a la hora de convertirse él mismo en un artista, Wesley era mediocre. Sus cuadros no decían nada. Técnica correcta, siempre perfecta. Y, aun así, carente de vida. Lineal, sin arriesgar demasiado.

Claro que, sin riegos, había tan poca pasión…

Hayley Button no tenía ese problema, por fortuna. Tras licenciarse, su intención era abrir su propia galería de arte donde exponer sus inmejorables cuadros. Si Wesley podía pasarse horas y horas hablando sobre técnicas de dibujar, ella era capaz de hacer algo mucho mejor que eso: podía llevar esas técnicas a la práctica. Y los resultados eran dignos de exponerse incluso en las mejores galerías del mundo, al lado de grandes artistas cuyos nombres Wesley no podía hacer más que atreverse a citar. Sabía que él jamás se acercaría a ese nivel, por muy estoico pintor que fuese. Hayley, por el contrario… Ella era otra historia.

No le necesitaba a él para dibujar. No le hacía falta ser modelada. Ella llevaba el Arte dentro, probablemente en la cabeza, o en las profundidades del corazón, y no experimentaba problemas a la hora de sacarlo de ahí y enseñárselo al mundo, lienzo tras lienzo, obras maestras y regias, obsesivamente encaminadas hacia la misma temática.

Como aquel que los ojos verdes del profesor estaban examinando con suma atención y, quizá, con una pizca de envidia profesional.

Los tonos del nuevo cuadro de Hayley eran igual de sombríos que siempre. Wesley pensaba que ella pedía a gritos un poco de amor. ¿Acaso no era eso lo que le inspiraba su trabajo?, ¿falta de amor y una desgarradora soledad? En el corazón de Hayley siempre llovía. También lo hacía dentro de sus cuadros. Ella era uno de esos pintores que se arrancaban el alma y la plasmaban en un lienzo. Hayley al desnudo. O Desnudando a Hayley. Habría sido un excelente título para ese cuadro.

―¿Cómo se llama? ―se interesó Wes con voz suave.

Al advertir el ensimismamiento de su alumna favorita, la mente del profesor voló hacia su mentor, el gran pintor y amigo suyo, el señor Nakajima. ¿Qué haría Nakajima si se viera inmerso en una situación similar? Gritarle en japonés. Seguro que le gritaría en japonés. Pero él no podía gritarle a Hayley. Ella parecía demasiado sensible. Demasiado frágil. ¿Cómo se sentiría él si esos tristones ojos marrones se alzaran, repletos de lágrimas, hacia los suyos? Sin duda, devastado. No podía jamás lastimar a alguien como Hayley. Era algo impensable.

Por lo que, en vez de actuar como su mentor, hizo algo más propio de sí mismo y colocó una mano encima de la suya, lo cual surtió el efecto deseado, pues Hayley pareció regresar a la vida en ese momento.

―Disculpe. Estaba distraída. ¿Qué decía?

―Le preguntaba que cómo se llama su nuevo cuadro.

Los ojos de la chica se movieron, azorados, hacia el lienzo que aún olía a pintura. Era el retrato de un hombre. Un retrato especial. Los cuadros de Hayley tenían unas cuantas cosas en común, pues la artista mostraba una extraña fijación por algunos detalles. En primer lugar, el escenario variaba poco de un cuadro al otro. Siempre retrataba a un hombre, en un mundo donde llovía a cantaros. Y siempre era otoño. Para Hayley no existían otras estaciones del año. En su corazón, nunca dejaba de ser otoño.

En ese cuadro en concreto, los cielos, de un azul rayano en el negro, se alzaban amenazadores por encima de la lejana silueta que se fundía con la lluvia. El suelo, teñido de un marrón bastante oscuro, estaba poblado de hojas doradas. Un puñado de ellas flotaban, muertas, a ambos lados del camino.

El hombre al que ella pintaba con tanta insistencia siempre se hallaba de espaldas, en mitad de una tormenta. Algunas veces paseaba por una playa vacía. Otras, por la avenida de un parque. Lo que siempre se mantenía igual era el hecho de que nunca se le veía el rostro. Eso era la segunda constante en todos sus trabajos. No había rostros.

Él le había hablado hacía tiempo sobre la importancia de la expresión dentro de un retrato. Ella no había escuchado. Pintaba lo que quería y cómo lo quería. No seguía normas ni técnicas. Era caótica a la vez que brillante. Y odiaba las malditas caras.

Hayley no quería mostrar nunca un rostro. No había necesitad de ver una expresión facial. Ella sabía desnudar las almas de otro modo. Y, desde luego, conseguía hacerte sentir la derrota de ese personaje sin rostro, que se alejaba por la senda del pasado, con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta color mostaza. Contemplando la obra, percibías a la perfección su vencimiento; lo devastadora que le resultaba su soledad. Los trabajos de Hayley estaban repletos de esos dos sentimientos, que a Wes le resultan tan obsesivos como el hombre sin rostro y la eterna lluvia otoñal.

―Se llama Al hombre que dejé atrás… ―contestó por fin, con voz melancólica.

―Es un cuadro precioso.

Ella dejó de contemplar la pintura y desplazó la mirada hacia él.

―Profesor Wesley, tengo que pedirle un favor.

Algo se encogió dentro de Wesley. Una parte de él estaba enamorado de ella. No necesariamente de la chica, sino de su alma; del genio que ella ocultaba dentro. La amaba y la admiraba a partes iguales. Quizá no con la pasión de un amante, sino más bien con la fascinación de un aficionado. En su mente, ella era la maestra, y él, un discípulo hambriento de adquirir conocimiento.

―Claro, Hayley. Cualquier cosa que necesite.

―El señor de Winter ―empezó Hayley, un poco cortada por tener que pedirle algo así―. Jesse… ―susurró, casi con pasión―. Tengo entendido que usted reunió todas las obras para su galería particular.

Wes frunció el ceño. No tenía ni idea de dónde conocía Hayley al señor de Winter y, mucho menos, por qué maldita razón le llamaba Jesse, cuando a él le había dicho así de claro y con toda la sequedad del mundo:

―Soy de Winter. ¿Tiene usted algo que hacer en los próximos diez minutos? He de hablarle.

Jamás había mencionado su nombre de pila. Era un hombre adusto y bastante exigente, cuya intransigencia le resultaba preocupante a Wesley. A pesar de que apenas le conocía, el profesor había sacado en claro tres aspectos muy importantes de su carácter: era un hombre que sabía lo que quería, cómo lo quería y, más importante aún, ¡que lo quería para ayer! Cualquier cosa impacientaba a de Winter, cualquier contratiempo, cualquier dilación.

Al profesor Wesley no le caía demasiado bien el señor de Winter.

Aunque admitía que tenía buen gusto para el arte…

Y también que le había pagado una pequeña fortuna por ocuparse de la galería de su nueva casa…

Conclusión: el señor de Winter no era tan malo, después de todo. Solo que no encajaba en la categoría de amigos entrañables de Wesley Holt.

―Y así es. Trabajé para él ―corroboró, incómodo.

―Me gustaría que este cuadro formara parte de su galería.

Wesley la contempló demudado.

―Hayley, su galería ya está al completo. Ayer licité por el último cuadro de su larga lista, y ya lo tengo. Se supone que llega dentro de dos semanas.

―¿Y qué cuadro es ese? ―se interesó Hayley mientras sus soñadores ojos oscuros se paseaban por el rostro del profesor.

La danza de la nieve, de un artista londinense, Paul…

―Ya conozco su obra ―interrumpió ella con una impaciencia que Wesley solo había visto en el mismo de Winter, el mismo temblor nervioso de las manos, la misma aspereza de la voz―. La mía es mejor.

El profesor estuvo de acuerdo con ella. Al hombre que dejé atrás… era mucho mejor que La danza de la nieve. Pero de Winter había sido claro en sus exigencias. Quería esa obra en concreto. Y no aceptaba sugerencias. Los hombres como él nunca aceptaban sugerencias.

―Hayley, si quiere vender la obra, puedo recomendarla a cualquier otro…

―No quiero venderla. Quiero que forme parte de su galería.

―¡¿Por qué, en el nombre del Señor?! ―se enervó Wesley―. ¿Por qué quiere un cuadro suyo en casa de ese hombre tan odioso? ¿El mejor cuadro suyo? ¿Y sin cobrar nada por él?

Hayley lo miró inexpresiva. Su delgado rostro estaba rígido, sus ojos, apagados. Wesley los había visto arder solo un par de segundos a lo largo de esos dos meses que llevaba tratando con ella. Y había sido al susurrar el nombre de Jesse. Así que, ¿qué significaba ese hombre para ella y por qué le había hecho tan extraña petición?

―No tiene necesidad de conocer esa respuesta, profesor.

―No creo que pueda conseguirlo, Hayley ―se sinceró, con voz suave―. Él es un hombre de trato difícil. Y mi reputación está en juego. Con alguien tan influyente como de Winter no se juega.

―Sí, lo sé ―musitó ella retorciéndose las manos nerviosamente―. Lo sé, profesor…

―Bueno, pues… ¿la veré el próximo miércoles?

En un impulso repentino, los delgadísimos dedos de Hayley se enroscaron alrededor de las muñecas de Wesley e impidieron que este se irguiera de la silla. Nunca antes lo había tocado, y él advirtió que su piel era increíblemente gélida, como si no hubiera vida dentro de ella; como si hubiese insuflado su último aliento en sus trabajos y ahora no quedaba más que un caparazón vacío, carente de vida. ¿Siempre había lucido su rostro ese aire tan decrépito? ¿Siempre habían sido sus ojos enormes cuencas vacías? A Wesley le pareció distinta en ese momento. Otra Hayley. Una versión mucho más torturada de la chica que se había presentado en su despacho para pedir clases particulares. ¿Por qué le había pedido clases particulares justo después de que él aceptara el encargo de de Winter? ¿De verdad había sido algo fortuito? Wesley empezó a ponerlo en duda.

―Al menos, dígame que lo pensará ―suplicó ella.

Wesley buscó de nuevo su mirada, y por un momento se le ocurrió pensar que estaban tan cerca que podría haberla besado. ¿Cómo se sentirían esos labios sonrosados encajados entre los suyos? No, no pensaría en nada de eso. ¡Era su alumna, maldita sea!

―Está bien ―cedió, culpable por el rumbo de sus pensamientos―. Me lo pensaré.

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Capítulo 2

 

Llovía. Las gotas se deslizaban despacio por el cristal que tenía delante, y en alguna parte a sus espaldas sonaba Nights in White Satin. Era una melodía melancólica, acorde con la noche que hacía. Jesse sabía que la voz pertenecía a Bettye LaVette. A fin de cuentas, iba a ese bar solo por escuchar a la maldita Bettye.

Y por el whisky, se consoló mientras se acercaba la copa a los labios y tomaba un buen trago.

Estaba sentado en la misma mesa de siempre. Solo. Nunca iba a ese bar llevando compañía. El sitio era un santuario, algo sagrado para él; un lugar de culto. Jamás se le ocurriría llevar ahí a nadie. Ahí solo acudía para rememorar tiempos pasados.

Y por la música, se recordó. No te olvides de la jodida música.

Su móvil vibró encima de la mesa. Jesse miró con dureza la pantalla que se encendía y apagaba, una y otra vez, a escasos centímetros de sus manos. Le molestaba esa intromisión en su intimidad. Y mucho más si el culpable era aquel hombrecillo timorato… ¿cómo diantres se llamaba? Jesse no lo recordaba. Tenía su número de teléfono guardado bajo el nombre de profesor cansino.

Al tercer toque, descolgó de muy mala gana.

―¿Qué desea? ―soltó casi en un gruñido, mientras se aflojaba la corbata azul marino. Los gemelos de su traje oscuro atrajeron los destellos dorados, producidos por las lámparas de ese lugar, y los arrojaron sobre el cristal de la ventana salpicada por la lluvia. El ambiente a su alrededor era cálido y otoñal. En absoluto contraste, Jesse se sentía tan gélido como una larga noche de enero.

―Buenas noche, señor de Winter.

―Sí, sí. Vaya al grano ―se impacientó Jesse.

Se acabó la copa y le hizo una señal con la mano al camarero, que se acercó de inmediato con un nuevo vaso lleno de hielo y alcohol. Todos conocían su impaciencia.

―Disculpe que le moleste tan tarde ―volvió a hablar el profesor, azorado a más no poder.

Jesse desvió los ojos grises hacia su Rolex. Eran las siete de la tarde. No era tan tarde. Lo que sucedía era que el profesor cansino se sentía muy intimidado por él, y eso era precisamente lo que más le impacientaba. Era tan modosito, tan dispuesto a complacer. Le exasperaba la gente así, con tan poca pasión en las venas.

―No se inquiete ―le dijo, con cierta aspereza―. Estoy convencido de que, si me está llamando, es por un asunto de vida o muerte. Así que, ¿de qué se trata?

Al otro lado de la línea, Wesley cogió una honda bocanada de aire. No debía haber llamado. ¿En qué estaría él pensando?

―Profesor, ¿sigue ahí?

―Eh, sí… Verá, me temo que ha habido un contratiempo con una de las obras que pidió.

Jesse hizo una mueca. Odiaba los contratiempos.

―Tendrá que ser más concreto, hombre. No soy adivino. ¿De qué obra se trata?

La danza de la nieve. Eh… Es posible que se haya vendido dos veces y…

―¡¿Que se ha vendido dos veces?! ―ladró Jesse, con una expresión fiera consumiendo sus pupilas―. ¿Cómo ha podido suceder algo así?

―No está muy claro. La buena noticia es que le he conseguido una obra mejor.

―Quiero esa ―insistió Jesse obstinadamente.

―Lo sé. Me lo dejó usted claro. Pero si pudiera ver la obra en cuestión…

―No quiero ver la obra en cuestión. Solo quiero La danza de la nieve, y más vale que me la consiga usted, que para eso le pago.

―Señor de Winter, si confía lo más mínimo en mi criterio ―empezó Wes con la paciencia de un santo, aunque con un tono un tanto resentido―, querrá ver esta obra.

Jesse entornó los ojos. ¿Por qué diablos se empeñaba tanto? No le gustaba la gente cansina. Ya le había dicho que no en repetidas ocasiones. Y, sin embargo, seguía insistiendo.

―¿Quién es el artista? ―quiso saber, desdeñoso.

La artista. En realidad, es una desconocida. Pero es buena. Muy buena.

―Sí, seguro que sí ―dijo Jesse un poco despectivo―. ¿Cómo se llama?

―Hayley Button. Y su obra es Al hombre que dejé atrás… Es una declaración de… ―La voz se volvió cada vez más lejana, hasta que se apagó súbitamente.

Jesse de Winter palideció. Su mente era una vorágine de pensamientos. Se volvió a aflojar la corbata. Aun así, le faltaba aire en los pulmones, como si sus vías respiratorias estuvieran atascadas. No podía ser ella, claro. No era aquella Hayley. Solo era una coincidencia. Una estúpida, inapropiada y, quizá, divertida coincidencia. ¿Cuántas veces no había perseguido él esa clase de coincidencias a lo largo de los años?

Pero el nombre… Ese cuadro… Había algo que le atraía, y Jesse no sabía lo que era. ¿Por qué su corazón latía de ese modo por debajo de su carísima camisa blanca?

―Si usted me lo pide, lucharé con dientes y garras para conseguirle La danza de la nieve ―estaba diciendo Wesley, sin saber que había perdido toda la atención de de Winter en el momento en el que había formulado ese nombre: Hayley―. Pero si quiere dar una oportunidad a una de las mejores artistas de nuestro siglo…

―Quiero verla. La obra. Quiero verla.

―Puedo hablar con Hayley y establecer una cita para la semana…

―Esta noche. ¡Ahora mismo! Quiero verla ―subrayó entre dientes, en un tono que al profesor se le antojo agresivo―. ¿Dónde está expuesta?

A Wes le asombró tantísimo empeño. Hasta hacía un momento se había negado a escucharle siquiera, ¿y ahora lo quería todo de inmediato? ¡Qué hombre tan difícil!

―En ninguna parte. La tiene ella.

―Pues tráigala a mi casa. Le doy una hora. Más vale que cuando llegue, esté ahí.

Y colgó, confirmando la teoría de Wesley de que era un hombre odioso.

Dejó el móvil encima de la mesa, encajado entre sus manos que, por supuesto, registraban ese habitual temblor nervioso. Sus dedos, de uñas cortas y muy bien cuidadas, repiqueteaban intranquilos sobre el cristal de la mesa. Su ceño estaba fruncido, y había mil demonios batallando dentro de su alma.

¿Cuántos años habían pasado sin que él hubiese escuchado ese nombre? Dos, como mínimo. Desde Nueva York. Desde que se había rendido.

―Hayley… ―musitó para sí, y el dolor que le atravesó fue mucho más fuerte de lo que habría sido capaz de expresar con palabras.

Se acabó la copa de un trago, dejó dinero para la cuenta encima de la mesa y se precipitó hacia el exterior, donde llovía más que nunca. Corrió por la acera, abrió su Mercedes plateado y se refugió dentro. Maldijo mientras se echaba los oscuros cabellos hacia atrás y se los peinaba con los dedos.

Hayley… Hayley… Hayley… pensó con una desesperación rayana en la demencia.

Claro que no era ella. No podía ser su Hayley. Ella no quería que él la encontrara, de modo que jamás se habría arriesgado a estar siquiera en la misma ciudad que él, mucho menos hacerle llegar un cuadro suyo. Solo era una coincidencia. Una estúpida coincidencia. Sí, debía de ser eso. Había muchas Hayleys en Estados Unidos. Sin duda, también en Canadá y en Australia. No tenía por qué ser ella.

Jesse giró la llave dentro del contacto, metió primera y salió despacio del aparcamiento. Cambió varias veces de canción, hasta que encontró la que estaba buscando: Nights in White Satin. Bettye LaVette.

Sus ojos estaban nublados de dolor. Escuchar esas notas, ese ritmo laxo, la voz enronquecida de Bettye, las palabras… era un proceso demasiado doloroso para él. Y sin embargo, lo hacía cada vez que llovía, porque le gustaba atormentarse a sí mismo con recuerdos de épocas lejanas.

En el exterior del Mercedes, la lluvia no dejaba de caer. La noche era oscura y gélida. Jesse conducía deprisa, pulsando siempre el botón para que sonara la misma melodía, de un modo obsesivo. Se alejó de nuevo por el camino del pasado y, una vez más, pudo ver a Hayley, acurrucada delante de la ventana, contemplando la lluvia con una taza de cacao humeando entre sus manos.

―¿Por qué te obsesiona tanto esta canción? ―había preguntado él, una noche cualquiera, después de haber presenciado el mismo escenario decenas de veces.

Ella había movido sus almendrados ojos hacia los suyos y había sonreído.

―Tú solo escucha.

Y él había escuchado. Y lo había comprendido todo.

Ahora Hayley ya no estaba con él. Solo podía sentirla cerca cuando escuchaba esa canción. O cuando iba a ese bar que tanto le gustaba a ella. El bar donde ella ya nunca iba… Esa idea le hizo gruñir una maldición. El dolor empezaba a desatarse cada vez más, y Jesse no podía hacer nada para refrenarlo.

Llegado por fin delante de su nueva propiedad, pulsó el mando para abrir la verja y cruzó la entrada deprisa. Aparcó el coche delante de la puerta y, de nuevo, tuvo que salir corriendo para no empaparse. Atravesó pasillos y dejó caer puertas. Le movían impulsos demenciales en los que no tenían cabida la paciencia o el sosiego.

Cuando llegó a su galería, había un nuevo cuadro colgado ahí, ocupando el lugar de la obra que acababa de perder. Jesse se acercó impulsivamente, casi con la intención de pasar los dedos por el lienzo para asegurarse de que no era una aparición. Su rostro se había quedado de piedra al ver a ese hombre bajo la lluvia. Sus ojos no podían dejar de mirarlo.

Escuchó el sonido de unas pisadas a sus espaldas. No se volvió. No le hacía falta. Con ver el cuadro, le bastaba para saber quién era la artista. Reconocía la escena. Recordaba la noche. Por supuesto que Jesse de Winter sabía quién era ese hombre al que ella no dejaba de retratar. Lo que desconocía era la obsesión con la que le retrataba, la misma obsesión con la que él escuchaba la maldita canción de Bettye.

―Te he buscado durante cinco años ―dijo con aplomo, al sentirla detenerse a su derecha.

―No buscaste a Hayley Button, de Colorado.

La voz de Hayley no expresaba nada más que desapego. Jesse frunció el ceño.

―No. Busqué a Hayley Walsh, de Boston. Y a Hayley…

―Debiste haber buscado a Hayley Button, de Colorado ―le interrumpió ella, cortando lo que él tenía pensado decir.

―Sí, supongo ―musitó Jesse, bajando la mirada al suelo. Aún no se había atrevido a mirarla. Tenía miedo de que desapareciera si la miraba―. ¿Por qué estás aquí, Hayley? Has estado huyendo de mí durante cinco años. Has adoptado una nueva identidad para que jamás te localizara. ¿Por qué has vuelto ahora?

Hayley calló durante unos segundos. Jesse se preguntó si ella estaría escuchando el latido de su corazón. O, a lo mejor, solo podía oír la lluvia, golpeando contra las ventanas…

―Se suponía que debía escribirte una carta ―acotó Hayley de pronto.

La arruga del entrecejo de Jesse se volvió más profunda.

―¿Una carta?

―Él dijo que no hacía falta venir a verte. Que bastaba con escribirte.

¿Él? ―repitió, cada vez más devastado.

Se volvió hacia ella y la miró por fin. Y fue entonces cuando estalló todo su dolor y se propagó a través de sus venas. La pequeña Hayley, en persona, estaba de pie a su lado, envuelta en un cárdigan de lana blanca. Llevaba vaqueros azules y unas botas marrones, altas, muy sencillas. Su pelo castaño estaba suelto y caía sobre sus hombros, liso, largo y sedoso, como siempre. No había cambiado demasiado. Parecía la misma chica delgada, frágil y excesivamente vulnerable de la que él se suponía que debía cuidar. Una chica a la que cualquier palabra conseguía herir, incluso si no había sido esa la intención.

―Tenía que venir, Jesse ―lo ignoró ella, manteniendo la vista clavada en su cuadro. Parecía una estatua, tan inmóvil se mantenía a su lado. Su rostro no desvelaba nada. Ni dolor ni alegría. Nada más que hielo e indiferencia. A Jesse le hubiese encantado poder desgarrar esa armadura y ver a la verdadera Hayley, que se ocultaba en el interior de esa chica de enormes ojos mortecinos.

―¿Por qué? ―musitó él, con la voz cargada de emoción―. ¿Por qué tenías que venir?

Los ojos marrones de Hayley se movieron hacia los suyos.

―He pasado página, y quería que lo supieras por mí y no por una carta fría e impersonal.

Jesse de Winter la miró a los ojos un par de segundos más de la cuenta. Y entonces, lo recordó. Lo recordó todo, todo ese bagaje emocional que llevaba años enteros reprimiendo.

 

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Veinte razones para enamorarse de Jesse de Winter (Al hombre que dejé atrás)

Destacado

      Hará unas semanas os comentaba que en enero voy a estrenar la que hasta la fecha es mi novela favorita (de las 10 publicadas).

     Estoy muy entusiasmada con este proyecto, y confío en que los personajes de Jesse y Hayley os enamoren como me han enamorado a mí hará un par de meses. Por eso, y con la ayuda de las lecturas cero, he elaborado esta lista en la que os daremos veinte razones para que os enamoréis de Jesse.

     Próximamente, habrá otra lista con razones para enamorarse de Hayley, así que no os la perdáis. XO XO

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1. Porque es leal.

Hayley:

Gracias, Jesse. No sé qué haría si tú no estuvieras aquí.

Jesse:

Nunca lo sabrás. Porque yo siempre estaré aquí. Te lo prometo.


2. Porque es tenaz.

Jesse (a Hayley):

Te he buscado durante cinco años.


3. Porque es solitario.

Jesse (a Hayley):

La soledad de un huérfano es devastadora, Hayley.


4. Porque le gusta corregir a los que se equivocan.

Hayley:

Siempre te imagino en este lugar. En esta mesa. Fuera está lloviendo, como ahora. A lo lejos suena una canción de Bettye LaVette. Nights in White Satin, a lo mejor. Tú bebes bourbon.

Jesse:

Whisky. Yo siempre bebo whisky.

Hayley:

Whisky. Bebes whisky. Y tus ojos vagan ausentes por las gotas del cristal. Tu soledad es innegable. Siempre te imagino así, Jesse.

 

Al hombre que dejé atrás...


5. Porque admite sus propios errores.

Jesse (a sí mismo):

Eres un degenerado, Jesse de Winter.


6. Porque odia al novio de la chica de la que está enamorado (aunque se niega a admitir que está enamorado de ella…).

Jesse (a Mark):

¿No le metiste la lengua lo bastante, gilipollas?


7. Porque sabe ponerse en plan severo.

Jesse (a Hayley):

¡Ni se te ocurra irte con ese adorador de Satán, o te juro que te confiscaré el móvil!

Jesse (al buzón de voz de Hayley):

Soy yo, tu peor pesadilla. ¡Vuelve de inmediato!


8. Pero también es paternal…

Jesse (a Hayley):

Chisss. Calla, pequeña, no llores más. Jesse está aquí.


9. Porque no tiene miedo de mostrar sus sentimientos.

Jesse:

La lluvia me hace sentir solo.

Hayley:

Ya no lo estás. Me tienes a mí.


10. Porque es duro consigo mismo.

Jesse (a sí mismo):

Su cita no tiene nada que ver contigo, cabrón egocéntrico. Está pasando por la época más rebelde de su vida. Además, está en la edad de tener novio. No tienes nada por lo que preocuparte. Ella no está enamorada de ti ni tú de ella. Punto. Sois amigos. Ya está. ¿Por qué no dejas de pensar en Hayley de una vez y te centras en otra cosa?


11. Porque su autoestima no es tal elevada como parece.

Jesse (a sí mismo):

Ese hombre nunca serás tú, Jesse. Nunca. Porque ella se merece a alguien mejor.


12. Porque intenta resistir con todas sus fuerzas a la intensidad de ese deseo que le consume.

Jesse (a sí mismo):

No puedes besarla, de Winter. Porque si la besas, el mal estará hecho y no habrá vuelta atrás.

Jesse (a Hayley):

No volveré a besarte nunca más. Lo sabes, ¿verdad?


13. Porque también sabe mentir, y siempre con clase.

Jesse:

Si no te conociera mejor, diría que intentas seducirme.

Hayley

¿Funcionaría?

Jesse:

No…


14. Porque a veces coge el toro por los cuernos.

Jesse:

Hayley, ¿qué hay entre tú y yo?


15. Porque sabe admitir la verdad.

Jesse:

Me has hecho sentirme vivo esta noche, Hayley.


16. Porque sabe divertirse (muy de vez en cuando).

Jesse:

Dios, parece mentira que tenga treinta y dos años y esté haciendo estas locuras contigo.


17. Porque su falta de paciencia es legendaria.

Jesse:

Tienes una hora. Me impacientan los retrasos.


18. Porque da muy buenos consejos.

Jesse:

Haz que te vea como a una chica.


19. Porque es estupendo si lo miras a través de los ojos de Hayley.

Hayley (a Jesse, pero si desvelarle que ese hombre del que habla es él mismo):

Consigue todo lo que se propone. Es un luchador nato que no cree en la rendición. Y es… la persona más atractiva que conozco. Es más que atractivo. Es… devastador. Cuando me mira, me quedo en blanco la mayoría de las veces. Ni siquiera sé de qué hablar con él. Me intimida demasiado.


20. Y porque lo que más le aterra en el mundo es la posibilidad de perderla.

Jesse:

Prométeme que nunca te irás, Hayley. No soportaría la idea de no volver a verte nunca más.

 

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Capítulo 1 y 2 Tango a medianoche

Destacado

Capítulo 1

Siempre conservaré el recuerdo de aquel día en el que regresé a Nueva Orleans. Había abandonado París sabiendo que jamás sentiría nostalgia, y no traía conmigo más que una maleta repleta de sueños rotos y un alma vacía.

Yo era una silueta alta, pálida y delgada, de pie en la plataforma abarrotada de viajeros. Mi cabello era rubio, cortado en una media melena ondeada, en la que destacaba una cinta ancha para la frente, hecha de pedrería y encaje de color marfil. Mi ropa era cara y elegante, acorde con la última moda de Europa. Iba impecable de pies a cabeza, con un vestido corto de un beige casi dorado, bolso a juego y zapatos de tacón alto. Coco Chanel había conseguido revolucionar el mundo, no solo el mío, sino el de todas nosotras, niñas ricas a las que sus gobernantas francesas habían inculcado el buen gusto para la ropa.

Imaginé que así luciría yo a los ojos de un viajero cualquiera.

Era toda una dama. Impecable de los pies a la cabeza.

Eso diría a sus amigos sobre mí.

Pero si aquel viajero se hubiese detenido por un solo momento a fijarse en mí con un poco más de atención, si hubiese sido capaz de ver más allá del aura de lujo y riqueza que me envolvía, se habría dado cuenta de que mi rostro estaba contraído y ausente; habría advertido que mi mirada lucía apagada, como la de una persona que había visto el mundo, había estado en todos los lugares donde valía la pena estar y había descubierto todos los secretos que valía la pena conocer, lo cual había matado su entusiasmo por vivir. La mía era la mirada de una persona hastiada; alguien a quien el mundo había decepcionado de modos inenarrables, convirtiendo en añicos cada una de sus esperanzas, arrancándoselo todo, hasta la última gota de humanidad.

Sin embargo, ningún viajero se detuvo a mirarme, por lo que seguí avanzando a lo ancho de la plataforma, indiferente a todo cuanto sucedía a mi alrededor.

¡Dioses, cómo echaba de menos esta ciudad! ―exclamó un pletórico Nick.

Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja que, por una vez, no me resultó ni gélida ni malintencionada.

Yo no dije nada. No tenía nada que decirle.

Nick cogió una buena cantidad de aire en los pulmones, quizá para experimentar a qué olía el hogar, le sonrió a un niño pecoso y me agarró de la mano. Me dejé guiar a través de una marea de personas, ruidosas y alegres; ¡tan multiculturales!, que se iban o regresaban a la ciudad, presos de un entusiasmo y una felicidad casi febriles. Incluso los elegantes mozos, que empujaban por el andén enormes carros dorados, llenos hasta arriba de baúles y maletas, se me antojaron felices. Tuve la sensación de que todo el mundo sonreía esa tarde en Nueva Orleans.

Todos, menos yo.

Les lancé una mirada aburrida, y luego les volví la espalda. No tenía razones para compartir ninguno de esos sentimientos. Ni el entusiasmo ni la felicidad tenían cabida en mi día a día.

Salimos de la estación, y sentí la humedad de Nueva Orleans más que nunca. La ropa se me empezó a pegar al cuerpo. El pelo quedó aplastado, como carente de vida. Ya no era una chica impecable de pies a cabeza. Solo era una chica cualquiera. No tenía nada de especial. Nada en absoluto. ¿Por qué un minuto atrás había pensado lo contrario?

Nick me abrió la portezuela. Me acomodé en la parte de atrás del lujoso coche negro, cuyo chófer nos esperaba con el motor en marcha, y pasé todo el viaje de vuelta a casa mirando por la ventanilla. El ritmo de la ciudad no había cambiado en absoluto, seguía siendo tan trepidante como recordaba. El jazz sonaba en cada rincón, y la variedad cromática que poblaba las calles resplandecía con una exquisitez pocas veces vista. Estábamos en la década de los grandes cambios, donde lo reciente se intercalaba con lo añejo, sin alterar nunca el perfecto equilibrio.

Al cruzar por Bourbon Street, vi montones y montones de nuevos ricos, gente salida de los bajos fondos, con un pasado turbio y un futuro muy prometedor. Eran ahora los reyes del nuevo orden. Se les había presentado una oportunidad en la vida y habían sabido cómo aprovecharla. Bien por ellos.

Los reconocí al instante, eran ostentosos sin ninguna especie de sentido común. Como para compensar sus enormes y emergentes fortunas, tenían un claro déficit en cuanto a elegancia y etiqueta social. Nick siempre se burlaba diciendo que, si ibas a tomar el té a casa de un nuevo rico, más valía matar tus expectativas, pues los anfitriones eran absolutamente incapaces de prepararlo como es debido.

¡No conocen la diferencia entre un té inglés y uno americano! ¿En qué clase de mundo estamos viviendo?

Así era cómo se lamentaba Nick cada vez que nos llegaba una invitación por parte de alguien que no había nacido con sangre azul en sus venas. Daba igual lo lujosa que fuera su nueva vivienda, el deportivo que tuviera aparcado a la puerta de su mansión o las pinturas que aguardaran expuestas en su galería, la gente como Nick, los de la vieja escuela, eran incapaces de perdonar a aquellos que habían salido de las cloacas del mundo el hecho de haber conseguido trepar hasta la cima de la pirámide. Lo tenía así de claro: no formaban parte de su círculo. No eran como él. ¿Cómo se atrevían a ansiar su amistad? ¡Cielo Santo!, ¡si no eran más que ex obreros con las manos aún llenas de mugre! No importaba lo grandiosa que fuera su fortuna. La mugre nunca iba a desaparecer, razón por la cual Nick jamás aceptaba sus invitaciones, a no ser que le beneficiara de algún modo entablar amistad con el anfitrión.

Los nuevos ricos le producían un extraño y poco saludable rechazo a mi marido. A mí, el mismo desapego de siempre. No me eran ni simpáticos ni antipáticos. No despertaban en mí ningún sentimiento. De hecho, había días en los que nada despertaba en mí sentimiento alguno.

Antes de casarme, no me tenía a mí misma por una persona profunda. Aunque tampoco era del todo superficial. Ahora, en cambio, ya no tenía ni idea de cómo era. Pasaba de la apatía a la euforia, y de la euforia a la profunda melancolía. Me asustaba la muerte, a la vez que me asustaba la vida. Me asustaba envejecer y que, con el paso de los años, las cosas cambiaran. Y aun así, me aterraba despertar un día siendo vieja y descubrir que nada se había alterado; que mi vida seguía el mismo curso, como un eterno río cuyo caudal nunca iba a secarse; que había desgastado mis mejores años en cosas sin importancia; que nunca había vivido, vivido realmente. Lo que más me arredraba en el mundo era morir sin antes haber descubierto a qué sabía la vida.

Me veía a mí misma como a una persona inestable, pues había momentos en los que quería dejarlo todo y salir corriendo. Me imaginaba derruyendo las murallas que me aprisionaban. Las reducía a polvo, sin piedad, sin vacilación, sin remordimientos, y escapaba. Me marchaba muy lejos de ahí.

Luego, regresaban esos momentos lentísimos y oscuros en los que me aferraba con las dos manos a la soledad que me encadenaba. Porque, sin mi soledad, el universo se habría convertido en un extraño para mí. No podemos renunciar a aquello a lo que estamos acostumbrados. Da igual que sea bueno o malo, nos agarramos a ello porque nos es familiar.

Había tantísimos contrastes en mi vida que ya no sabía quién era. Había conocido más o menos a la jovencísima Ingrid Prince. Ingrid Fairbanks, por el contrario, esa gran dama de la alta sociedad, era toda una desconocida para mí.

Por fin. Hogar, dulce hogar. ¿Has visto alguna vez algo más espectacular?

No le presté la más mínima atención a Nick. Me limité a mirar por la ventanilla. El coche giró a la derecha por el camino privado que conducía a la mansión Fairbanks, un castillo de estilo colonial, propiedad de la familia de Nick.

Al fondo de esa amplia avenida bordeada de castaños, pasada la glorieta del caballo dorado, se alzaba mi prisión, un monstruoso edificio circundado por más de dos hectáreas de jardín, donde podías encontrar excentricidades como estanques japoneses, ocho fuentes de agua (que Nick mandaba iluminar cada noche, a pesar de que consumían casi tanta electricidad como una ciudad pequeña), una piscina olímpica, dos pistas de tenis, un campo de golf (nadie en nuestra familia sabía jugar al golf; al menos, no decentemente) y una casa de ocho habitaciones y cuatro baños, en la que se alojaba el servicio. Si no me fallaba la memoria, había un total de dieciocho personas haciéndose cargo de la babilónica propiedad.

Nick fue un cielo ayudándome a bajar del coche tan pronto como este se detuvo delante de la entrada principal. Le tendí la mano enguantada, y él la cogió y la sostuvo con delicadeza. Podía ser considerado cuando lo deseaba. Por desgracia, la mayoría de las veces, su consideración rozaba lo inexistente.

El séquito de empleados, alineados a lo largo de la moqueta roja que habían desplegado en nuestro honor, empezó a darnos la bienvenida y la enhorabuena. No nos habían visto después de nuestra boda, ya que Nick y yo habíamos pasado los últimos dos años recorriendo el mundo. Petrogrado (cuando aún se llamaba de ese modo), Shanghái, Estambul, Viena, Florencia… Arte, música, historia y cultura. Belleza genuina.

Lamentaba habernos visto obligados a regresar a casa. Tenía la sensación de que en casa, todos los monstruos adquirirían contorno.

Bienvenido, señor. Señora. ―El mayordomo inclinó la cabeza, y yo correspondí con un gesto similar y una tenue sonrisa.

Nick, más atento que de costumbre, colocó un brazo en mi espalda y me guio hacia el interior. Sonreía mientras caminaba e inclinaba la cabeza para recibir las enhorabuenas del servicio, y yo seguí su ejemplo. La única delante de la cual se detuvo antes de que entráramos fue Edna Pickford, la mujer que llevaba realmente la mansión Fairbanks, y cuyos métodos yo encontraba retrógrados, inicuos y, sin duda, ilegales.

Nick disentía, e incluso se echó a reír cuando le sugerí un curso de ética profesional para madame Pickford, como a ella le gustaba hacerse llamar. Sospeché que, en un derroche de simpatía, poco típicos en Nick, este le había confesado a su ama de llaves mi preocupación hacia su modo de tratar al servicio, pues, la última vez que Edna y yo nos habíamos visto, unos cuantos días antes de la boda, si bien su modo de atormentar a sus subordinados no había cambiado en absoluto, sí lo había hecho su modo de dirigirse a mí.

No pretendo hacerme malinterpretar, ella siempre fue correcta y formal conmigo, pero las miradas que me dirigía eran tan gélidas que, estúpidamente, sentía la necesidad de echarme un chal por encima de los hombros cada vez que esos reprobatorios ojos azules se clavaban en los míos. Creo que madame Pickford estaba enamorada de Nick, por eso me odiaba tanto. A lo mejor albergaba esperanzas de desposarlo, afanes que yo había echado a perder con mi juventud, mi grandiosa fortuna y mi… ¿rostro angelical?

Divertida a causa de esa idea (¿madame Pickford y Nick? Oh, mon Dieu!), le dediqué mi mejor sonrisa, que, según cabía esperar, no fue correspondida. Edna se mantuvo tan impertérrita como un soldado en su guardia. Vestía un solemne atuendo, su uniforme habitual, falda y chaqueta negras, sin forma. Un recogido severo retiraba los oscuros mechones hacia atrás, dejando libres sus orejas, que parecían demasiado grandes para un rostro tan pequeño. No era bella, pero la rigidez de sus pálidas facciones y la sobriedad de su porte hacían que la gente se detuviera de su caminata para mirarla con más atención. Edna Pickford, con su ropa oscura, sus afilados ojos redondos y sus pómulos salientes, me había impresionado desde el principio.

¡Por fin está en casa, señor Nicky!

Tuve que ahogar una risotada malévola. Señor Nicky me sonaba a criatura traviesa y revoltosa, nada que ver con el flemático Nick Fairbanks, el desdeñoso aristócrata de sonrisa helada y expresión siempre áspera; un hombre imponente e intimidante que se consideraba superior a todos los demás seres que poblaban la tierra. Yo incluida.

Mi madre, Blanche, que, a diferencia de mi padre, no tenía en tan alta estima a Nick (aunque defendía que su desorbitada fortuna compensaba indudablemente la gelidez de sus modales), dijo una vez que ni el sol de Kenia sería capaz de derretir el corazón del único heredero del viejo y bastante obsoleto Randolph Fairbanks, mi querido suegro, dueño de la mitad de los rascacielos de Nueva York. No se jugaba con hombres como Nick o Randolph. Claro que yo era demasiado joven y demasiado estúpida como para saberlo entonces.

En mi noche de bodas, empecé a comprender las palabras de Blanche. Mi marido, al que yo le había atribuido cualidades de las que carecía por completo, retratándole dentro de mi mente como un hombre indomable y pasional, resultó ser esquivo, arrogante y absolutamente gélido, como si estuviera siempre aprisionado detrás de un enorme bloque de agua helada que no permitía el paso hacia su corazón. Y era así con todo el mundo.

Menos con Edna, cuya mano cogió entre las suyas sin ningún reparo. Me quedé impresionada al ver que le dedicaba la sonrisa más sincera que le había visto esbozar en los diez años que llevaba conociéndole.

Oh, Edna, bendita seas, no sabes cuánto he echado de menos tus Beignet.

Entorné los ojos cuando nadie me miraba. Me constaba que los dulces que nos habían servido en París eran infinitamente mejores que los de Edna, que a mí se me antojaban tan duros y secos que la única utilidad que les habría concedido, y eso siendo encantadora, habría sido la de para partir cráneos humanos por la mitad. Había que mojarlos en el té (durante un buen rato) para que resultaran comestibles. ¡Pero a él le encantaban sus malditos Beignets!

Y por eso, en su honor, he preparado un par de bandejas de ellos.

¡Que el Señor nos proteja!

Nunca podré agradecerte lo bastante todo lo que haces por esta familia.

Volví a hacer una mueca. Mis zapatos nuevos me estaban matando y necesitaba un baño relajante. ¡Cuanto antes! Lo que menos me apetecía era escuchar alabanzas dirigidas a una mujer cuyo mayor placer en la vida consistía en atormentar a los demás. Para mí, Edna Pickford no era para nada digna de elogios. Ni tampoco lo era Nick.

Sabe que estoy más que encantada de hacerlo.

Sí, sí, sí. Más que encantada. Lo sabemos.

Gracias, Edna. ¿Puedes pedirle a alguien que nos prepare el baño? Mi mujer tiene una de esas jaquecas insufribles. Le ha debido de sentar mal el viaje.

Madame Pickford sonrió. A Nick, por supuesto. Parecía muy eficiente y dispuesta a complacerle en todo.

Se hará de inmediato.

Nick inclinó la cabeza y entró, ya sin preocuparse por mi persona. ¿No tenía que pasar el umbral en sus brazos? Supuse que no, y lo seguí de camino a la escalera, preguntándome cómo diablos se las apañaba Pickford para mantener las arañas de cristal tan relucientes. Esa mujer seguro que practicaba alguna especie de magia oscura. Más me valía mantenerme alejada de ella.

Mis propias estupideces me hicieron sonreír.

¿Vienes, Ingrid?

Sí, perdona. Estaba… contemplando la casa.

Apresuré el paso para alcanzar a Nick escalera arriba. Yo siempre estaba a sus espaldas. En la sombra de un hombre tan grandioso. Si algún día escribiera mis memorias, ese habría sido el título.

Alguien debería mostrarte tus aposentos, querida.

¿No deberían haber sido nuestros aposentos?

¿Y a quién tienes pensado encomendar la engorrosa tarea de entretener a tu mujer?

Los ojos azules del señor Nicky (iba a burlarme durante semanas) se volvieron hacia mí.

A nadie. Lo haré yo mismo.

¡Oh! ―exclamé, intentando no desvelarle mi aburrimiento, el mismo que llevaba días enmascarando bajo un concepto mucho más tolerable: la jaqueca.

Estoy seguro de que te encantarán ―me dijo mientras colocaba la mano en mi espalda y me instaba a girar hacia la derecha por el pasillo enmoquetado―. Le pedí a Edna que los decorara según la moda francesa. Todo tonos pastel y obras de arte. Te sentirás como en casa.

Curvé los labios en la sonrisa educada y agradecida que él esperaba recibir a cambio de toda esa… benevolencia. Nick acababa de dejar clara su postura. Al igual que en los últimos dos años, yo dormiría sola, me ocuparía de dar las mejores fiestas y de sonreír como la niña bonita que era, mientras que él se pasaría el tiempo entregado a los placeres de la vida, que en su mayoría se componían de beber, fumar y follarse a todas las chicas tontitas que se le cruzaran por el camino.

Tal y como había previsto mi madre tres años atrás, íbamos a tener un matrimonio espléndido.

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