¡No puedes besar a la novia!

Notita nº 1

1997

Para Kat:

Papá dice que te niegas a hablar, así que he pensado que si me escribieras una nota no sería como hablar y, además, yo te guardaría el secreto. Sería nuestro código para comunicarnos. ¿Qué me dices? Seguro que te gustan los secretos. A mí me gustan mucho y soy muy bueno guardándolos. Te juro solemnemente que no le diré nada a mamá ni tampoco al pesado de Owen. Puedes escribirme cuando quieras.

Corto y cierro.

Espera. ¿De verdad te llamas Kat?

Corto y cierro otra vez.

Max

Notita nº 2

1997

Para Kat, si es que de verdad te llamas así.

Siento mucho haberte atropellado con mi patinete nuevo. He dejado una moneda de chocolate en tu almohada para disculparme. Cuando dejes de cojear ¿podemos volver a jugar juntos en el patio? Prometo de corazón que no volveré a atropellarte.

Tu arrepentidísimo amigo,

Max

Notita nº 825

2015

Max,

¿Recuerdas la lluvia de la semana pasada?, ¿la que inundó el sótano y echó a perder todos los muebles viejos de Catherine? Parece que se está convirtiendo en nieve ahora. Owen dice que no debería sorprenderme. Estamos a 22 de diciembre. Ya iba siendo hora de que nevara un poco. ¿Qué sabrá Owen sobre las nevadas? Ni que fuera meteorólogo.

¿Tú cómo estás? ¿Qué tal Europa? Siempre imagino un delirio de fiestas, bebida y encanto británico.

Cuidado no te nos vuelvas estirado, Maximilian. No lo aguantaría.

Nosotros estamos bien. Como de costumbre, imagino. Por aquí, ya lo sabes, las noticias siempre escasean. Catherine sigue con sus rarezas, a Owen le ha dado por el ajedrez (aunque no se sabe las reglas todavía) y la tía Helen se empeña en hacer ganchillo delante de la chimenea. ¡Qué ganas tengo de trepar por las paredes, querido Max!

Estos días estoy un poco más alterada de lo habitual. ¿Nunca has tenido la sensación de que el mundo a tu alrededor te queda de repente pequeño y que ya no eres capaz de encontrar tu sitio en ninguna parte? Es como si mis huesos no cupieran en él.

Deberías verme. Voy de un sitio al otro sin parar, ni siquiera recuerdo qué es lo que estaba buscando.

Puede que sea cosa del mal tiempo. O de la demencia.

¿Crees que una persona puede padecer demencia a los veintiséis años?

Viviendo bajo el techo de Catherine, seguro que sí.

Por favor, no te ofendas. A veces mi boca (y mi mano) se mueven más deprisa que mi cerebro.

Hablando de cosas más alegres: desde que ha caído el primer copo de nieve, no dejo de pensar en lo mucho que me gustaría una gran nevada este año. ¿No crees que sería romántico quedarnos aislados durante semanas? Renunciaría encantada a mirar videos de gatitos en YouTube con tal de volver a ver las cumbres revestidas de blanco. ¿Tú cómo lo ves? ¿Es demasiado pronto para albergar esperanzas?

La tía Helen dice que sí, que incluso aquí, en lo alto de la colina, los copos no son tan fuertes como para cuajar, pero yo creo que, como siga nevando de esta forma, como la ventisca traiga más nieve, en un par de días todo el jardín estará esponjoso y mágico.

Dios, Max, nada me gustaría más que verlo deshacerse de este perene gris ceniza que me deprime. Me siento como si viviera en medio de una hoguera sin vida. 

¿Recuerdas cuando éramos pequeños, lo locos que nos volvíamos con las nevadas? A veces creo escuchar todavía los chillidos de Owen. Tú y yo le lanzábamos bolas desde nuestra casa del árbol y el pobre creía que venían del cielo. ¿Lo recuerdas, Max? Nos tronchábamos de risa, ahí tumbados en la oscuridad.

¿Sabes que siempre pensé que a esa casa tuya le haría falta una buena ventana? Ojalá no hubieses sido tan testarudo.

¿Te das cuenta de lo que estoy haciendo? Te entretengo con historias de los viejos tiempos, porque de los nuevos ya no sé qué contarte. Últimamente no pasa nada nuevo en mi vida, nada que pueda ser mencionado en una notita de amor.

No soy más que una pueblerina. No tengo mundo ni experiencia alguna. Solo conozco lo que he leído, y a veces pongo seriamente en duda que los escritores cuenten la verdad alguna vez.

¿Qué podría decir para impresionarte a ti, un erudito educado en carísimas universidades europeas?

¿Que aquí el cielo es de un azul intenso en verano? ¿Que hay noches en las que las estrellas son tan brillantes que parece que puedas alcanzarlas con solo extender un poco la mano? ¿Describirte el olor de los páramos secos en otoño o el de la lluvia sobre mi rostro?

Todo eso ya lo has visto con tus propios ojos. No te impresionaría.

A veces me sale la vena chunga, esa que tu madre odia tanto porque le recuerda a mis poco nobles orígenes.

Y entonces me digo a mí misma que debería decirte la verdad de una vez por todas. Ya basta de adornos y artificios, ¿no, Max? Estoy harta de jueguecitos, o de intentar mantener el tipo. ¿Por qué no decirte que, desde que te has marchado, me ahogo en tristeza?

Ahí la tienes, amigo, la horrible verdad que tanto he intentado ocultar detrás de estúpidas anécdotas de la infancia.

Lo cierto es que todos los días me parecen iguales. Grises. Aburridos. Una sucesión de fechas y momentos que nada significan para mí.

Primavera, verano, otoño, invierno.

Nada se altera nunca, salvo el paisaje a mi alrededor; el cielo, que a veces es azul y otras, negro como el carbón.

Y tú sigues lejos, Max. Eso también se mantiene invariable.

Me pasó el día recluida conmigo misma y con Hemingway, pero ni mi compañía ni la suya consiguen que tu ausencia se haga un poco más llevadera.

El bueno de Ernest dice que, si dos personas se aman, no puede haber final feliz. ¿Crees que tiene razón?, ¿que el amor en sí no es más que otra tragedia?

Dios, qué hombre tan pesimista. Espero de todo corazón que se esté equivocando.

Con estas lecturas no te extrañará que esté tan deprimida y que haya sucumbido al nihilismo… 

Hoy he salido al jardín desafiando el mal tiempo. Tenías que haberme visto, parecía el trágico personaje de alguna de mis novelas favoritas, una figura borrosa en medio de la tempestad, envuelta en una manta a cuadros que sustraje de la biblioteca en un momento de descuido de Catherine.

La tía Helen dice que tengo una vena muy dramática, muy a lo Virginia Wolf.

Puede que tenga razón.

Dime la verdad, Max. ¿Crees que vivo demasiado enterrada en nostalgia y que me alimento una y otra vez de un pasado tan efímero que solo podía concluir en declive?

Y, de ser afirmativa tu respuesta, ¿no te parece que nuestro declive fue demasiado abrupto como para que diera tiempo a acostumbrarse a ello? Tú y yo, nosotros, representamos la mejor época de toda mi vida, Max.

Quizá sea esa la razón por la cual encuentro el aquí y ahora tan deprimente sin ti, tan vacío, tan grisáceo, tan monótono, tan… ¡muerto! bajo esta gélida nevada. No soporto ni mirarlo. Es una existencia demasiado etérea.

¿Es esta la realidad? Entonces, la aborrezco, Max. No puedo seguir así, me supera por completo. Está todo tan quieto, tan apacible, tan carente de sentido…

¿En Inglaterra pasa lo mismo, hay demasiado silencio? Aquí el silencio es como un abismo del que no consigo huir. Cuanto más me alejo, más se acerca él.

Nuestras risas parecen haberse apagado hace milenios, y lo único que escucho ahora desde mi ventana es el llanto de ese estúpido cuervo que se ha asentado otra vez en el viejo nogal. Ya sabes, junto al cobertizo. Un día de estos voy a coger un palo muy alto y se va a enterar. ¿Crees que el cuervo es una metáfora de un pasado muerto y su graznido un recordatorio de que estoy condenada a vivir en este presente en el que tú no estás conmigo?

Siento si dicho en voz alta suena ridículo o infantil. Lo siento de verdad. Soy malísima escribiendo notitas de amor. Supongo que tú también.

Por eso no has contestado a ninguna de las anteriores.

Doscientas cuarenta y tres van ya con esta, y seguirán acumulándose encima de alguna estantería llena de polvo. No te engañes pensando que no llevo una cuenta exacta. Cuando te vea, pienso darte exactamente doscientos cuarenta y tres tirones de orejas.

¿Sabes que, antes de escribirte, me he pasado toda la tarde tumbada en el suelo de la buhardilla, con los ojos clavados en el tragaluz?

El frugal sol de invierno golpeaba contra la madera del piso, enfriaba más que calentar, pero yo me quedé quieta, encogida de frío, y miré las motas de polvo que flotaban en el aire.

Ahí, perdida en este aberrante silencio que me acompaña vaya adonde vaya, no pude dejar de pensar en la última vez que tú y yo estuvimos dentro de esa habitación, en todo lo que me dijiste entonces.

Confía en mí, fierecilla, me susurraste al oído.  

Promesas y más promesas. Palabras vacías.

¿Dónde demonios estás, Max? ¿Cuándo vas a volver? Hace tiempo que el polvo se está acumulando encima de tus cosas. Ojalá el polvo se acumulara también encima de mi mente. Pero no. Cada recuerdo relacionado contigo permanece dolorosamente intacto, por eso no entiendo nada. ¿Cómo es posible que tú hayas cambiado tanto? ¿Que todo haya cambiado tanto? El mundo ya no parece el mismo mundo de siempre.

Y no sé si voy a ser capaz de acostumbrarme a tantos cambios.

Incluso desde que me he sentado a escribirte esta nota (que ya casi parece una novela de Stendhal), ha cambiado todo, una vez más.

El día se ha convertido en noche, la nieve ha empezado a acumularse en el alféizar de mi ventana, el fuego lleva largo rato agonizando en la chimenea…

El tiempo pasa aun cuando yo no me muevo. Todo se altera. Todo muere.

Y yo permanezco aquí, hundida en esta maldita silla, cada vez más desesperada por tu interminable silencio.

Esto me consume. Lo sabes, ¿verdad?

Necesito hablar contigo. Necesito que me digas algo. Lo que sea. ¿De acuerdo? Inténtalo. Hazlo por mí.

Porque tengo millones de cosas por contarte, pero soy tan mala plasmándolas en una carta que prefiero decírtelas en persona.

Echo de menos a mi mejor amigo.

Te echo de menos con tantas fuerzas que me duele el corazón, Max.

Así que llama, descuelga el maldito teléfono que para eso está o… vuelve. Vuelve pronto. Te estaré esperando. Siempre. Bajo cualquier circunstancia. Nunca me rendiré contigo, porque sé que acabarás encontrando el camino de vuelta.

Tuya.

Siempre tuya.

Con amor,

Fierecilla.

1

Presente

Kat

―Madre mía, ¡Kat! ¡Estás preciosa!

Ava se cubrió la boca con las dos manos cuando asomé por la puerta de mi habitación con la cola del vestido de novia doblada sobre el brazo y me miró de arriba abajo, con ojos brillantes de emoción.

―Oh, ¡Dios mío, Helen! ¡Es espectacular! ―brincó entusiasmada―. Mírala. ¡Es como una princesa de un cuento antiguo! Owen se volverá loco cuando la vea caminar hacia el altar. Ven, Kat. Ponte aquí. Fíjate. ¿Habías visto alguna vez algo tan bonito?

Esbocé una sonrisilla incierta, me acerqué a ella y me quedé de pie delante del espejo. 

Supongo que me veía guapa, a pesar del aire atormentado que consumía mi mirada.

¿Por qué nadie más se había fijado en eso? Se supone que las novias lucen exultantes. Mi rostro estaba apagado e inexpresivo. ¿Era yo la única en notarlo?, ¿la única en percatarse del halo de tristeza que, como un velo oscuro, me separaba de la felicidad?

Probablemente sí. Nadie lo mencionó.

Ava buscó el móvil dentro de mi bolso e hizo un par de selfis de grupo. Tía Helen, ella y yo en el medio, vestida de novia. Creo que salí con los ojos cerrados en casi todas.

―Para la posteridad ―se justificó mi mejor amiga con una sonrisita culpable―. A tus hijos les encantará ver fotos de la primera prueba de vestido de novia de su madre.

¿Hijos? Ni siquiera había pensado en ellos.

De repente, sentí que las cosas estaban avanzando muy deprisa. Año y medio atrás, aún le escribía a Max, y ahora estaba prometida y Ava mencionaba la maternidad.

Tenía la impresión de haberme pasado dormida el último año de mi vida, apartada de la realidad, dando mi consentimiento a cosas que no me había parado a meditar en serio.  

―Tienes que hacer un álbum de recuerdos, Kat. Di que lo harás. Ava ha tenido una muy buena idea. Estas fotos no tienen precio.

―Está bien. Lo haré ―concedí, ausente.

Ojalá hubiese estado tan entusiasmada como ellas con todo ese rollo del vestido de novia, los hijos y los álbumes de recuerdos. Yo lo único que quería era que el día de mi boda pasase cuanto antes, para poder perder de vista a Catherine. No veía la hora de poner tierra de por medio entre ella y yo.

―Ponte aquí, cariño, a ver cómo te queda de cintura. Ava, pásame el cojín de los alfileres, si eres tan amable.

Tía Helen, lo más parecido que tenía a una madre, se colocó a mis espaldas y me arregló el velo. Su sonrisa era cálida y sincera; muy maternal.

Era la única de la familia que me tenía verdadero aprecio. La única, aparte de Owen. A ella también la habían adoptado, y yo sentía que esa mujer de cabello plateado y ojos grises, casi siempre sonrientes, me comprendía mejor que nadie.

―Tres generaciones de los Townsend se han casado con este vestido ―nos recordó a Ava y a mí mientras intentaba domar los oscuros mechones que parecían haber adquirido vida propia a ambos lados de mi rostro―. Pero a ninguna le sentó tan bien como a ti. Mucho menos a Catherine. Entre tú y yo, a Catherine le hacía las caderas demasiado anchas.

Forcé una sonrisa. Solía divertirme el rifirrafe que las dos cuñadas se traían entre manos, pero ese día me encontraba rara, inquieta, incluso más de lo habitual.

Quizá fuera culpa del vestido. Me asfixiaba. No me sentía nada cómoda llevando la misma ropa que habían vestido la madre y la abuela de Owen el día de sus bodas. Por una vez en la vida, quería algo que fuera mío.

Todo lo demás venía ya prestado, y Catherine Townsend nunca había tenido reparos a la hora de recordármelo. No quería, además, casarme con su maldito vestido de novia.

Pero a Owen le hacía tanta ilusión que no me quedaba otra que tragar y poner un poco de mi parte. No había dejado de repetirme lo importante que era para él mantener intactas las costumbres de la familia. Lucir ese vestido el día de la boda era lo que mi prometido esperaba de mí. Lo que todos esperaban de mí.

Estaba tan cansada de que la gente esperara siempre tantísimas cosas de mí…

―Gracias, tía Nell ―murmuré, apartando la mirada, para que no se percatara del cambiante brillo de mis ojos.

―Oh, cariño, no hay que agradecérmelo. Yo solo digo la verdad. Estás estupenda. Ava tiene la razón. Owen enloquecerá en cuanto te vea asomar por el pasillo de la iglesia.

Me costaba mucho imaginarme al aplomado Owen enloquecer por algo. Era el rey del decoro. Siempre tan formal, tan correcto, tan flemático; un tío encorsetado, realmente. No debía de tener ni una maldita multa sin pagar. No era el tipo de hombre que enloquecería ante nada. En eso, se le parecía mucho a su madre.

Pensar en Catherine, mi futura suegra, hizo que el vestido me apretara todavía más.

―¿Me lo puedo quitar ya? ―pregunté, casi sin aliento.

―Solo un momento, cielo. Quiero ver qué tal te está de cintura. Vaya. Te queda un poco suelto. Habrá que encogerlo más.

Miré perpleja a la tía Helen. ¿Suelto? ¿Un vestido que me oprimía? El aire no entraba en mis pulmones, ¿y ella pretendía encogerlo todavía más? Ya me veía como una Scarlett O’Hara versión millennial, gritando aprieta, mami, aprieta.

―No. Yo creo que está bien así.

―No, no lo está. Míralo, cariño. ―Me cogió por los hombros y me giró de cara al espejo―. Está suelto. Aquí. ¿Lo notas?

Mis ojos bajaron hacia su mano. Pues sí, tenía toda la razón.

Pero ¿cómo era posible que no pudiera respirar, si al vestido todavía le sobraban unos diez centímetros en cada lado?

Debía de ser alguna mierda mental. La idea de llevar la ropa de Catherine Townsend me humillaba hasta tal punto que se me había cortado el aliento. Eso no podía ser demasiado bueno, ¿no? ¿Y si me daba urticaria el día de la boda?

Tía Helen cogió dos pinzas y marcó el vestido a mi cintura.

―Mejor, ¿no? Así es como debe quedar.

―Supongo… ―musité, enfrascada en mis pensamientos.

―¡No os vais a creer lo que acaba de pasar! ―Caroline, la prima de Owen, abrió la puerta de sopetón y entró corriendo con todas las energías de sus dieciséis años recién estrenados―. Traigo una noticia que os va a dejar patidifusas a todas.

La tía Helen le puso mala cara. Conocía, al igual que todos los demás, la debilidad de Caroline por el dramatismo.

―Muchacha, no entres como un terremoto, que ya no tengo edad para tantos sobresaltos. Estate quieta, anda.

―Tía Helen, eso es imposible hoy ―declaró Caroline muy solemne, aunque la solemnidad le duró bien poco, ya que no tardó nada en volver a mostrarnos su sonrisa de gamberrilla.

―¿Porque es miércoles y tú te estás quieta solamente los martes?

―¡Porque Max ha vuelto! Creía que solo era una broma, pero la tía Catherine me acaba de asegurar que ese hombre tan huraño que acaba de entrar en el salón es su hijo Maximilian. ¡Tía Helen, tenías que haberlo visto! ¡Es tan guapo! Tiene los ojos oscuros como el Infierno, y es alto, mucho más alto que el primo Owen. Tía Helen, ¿tú crees que tendrá novia? Oh, espero que no, porque quiero bailar con él en la boda de Kat y Owen ¡toda la noche! Voy a colgar su foto en Instagram y voy a decir que es mi novio. Melissa se pondrá verde de envidia. Ay, ¡qué emocionante!

Tan satisfecha estaba que se dejó caer sobre la cama y esbozó una sonrisa de gato Cheshire.

No sé si la tía Helen llegó a contestar algo o no. Yo era incapaz de oír nada. Era como si, de algún modo, me hubiese desprendido de la realidad. El dormitorio que me pertenecía desde que tenía ocho años se enturbió y, por unos diez segundos o más, vi negro delante de los ojos. Me aferré a la esquina del tocador y me obligué a coger aliento.

Supongo que me llevó un buen rato comprender que, por primera vez en siete largos años, mi corazón, muerto hasta entonces, había latido, provocando que mi sangre se pusiera en marcha con tanta furia que me estaba mareando.

Y todo porque el maldito Maximilian Townsend había vuelto por fin a casa.

2

Presente

Kat

Bajar la escalera me pareció de repente una tarea muy complicada. Tenía la sensación de que los escalones bailaban delante de mí. Qué broma tan macabra.

A lo mejor estaba tan mareada que no podía ni caminar. Algún bajón de azúcar o estrés por lo de la boda o, tal vez, ¿falta de sueño?

Quizá resultara más acertado correr de vuelta a mi habitación, encerrarme dentro y no volver a salir jamás.

La idea empezó a resultarme cada vez más atrayente.

Lo cual era preocupante. Yo nunca había sido una persona cobarde.

―Kat, vamos. La tía Catherine se está impacientando. ¿Qué estás haciendo?

Sobresaltada, volví la mirada hacia Caroline e hice un amago de sonrisa que no me salió demasiado bien. Menos mal que mi dama de honor no era una persona demasiado observadora.

―Vaya, Caroline. Qué guapa. ¿Adónde vas? ―intenté cambiar de tema para desviar su atención.

Por primera vez desde que la conocía, Caroline se había dejado sueltos los rizos rubios que caían sobre su espalda como oro líquido y se había pintado los labios de rosa. Parecía una muñequita de porcelana. Su piel era blanca e impoluta. Estaba muy guapa, aunque su rostro, dominado por un labio inferior más grueso de la cuenta y un par de ojos azules que brillaban con determinación, aún conservaba los rasgos de la niñez, a pesar de sus dieciséis años ya cumplidos.

―A ninguna parte. Me he propuesto impresionar al primo Max.

Se me encogió el corazón dentro del pecho ante la simple mención de su nombre.

Max había regresado y ya nada volvería a ser igual. El momento que había ansiado y temido con todas mis fuerzas se había convertido por fin en realidad. Max estaba en casa, y no tenía ni idea de con qué fines había regresado. 

Ni siquiera sabía muy bien por qué se había marchado y me había dejado sola con una familia que no podía ni verme. Él era mi amigo, mi único apoyo y… me había abandonado. Como si yo no fuera más que un abrigo viejo que ya no encajaba con su estilo actual.  

―Venga, Kat. ¿Qué estás haciendo? ¿No estarás contando los escalones?

Le sonreí fugazmente a Caroline, me aferré a la barandilla y la seguí con el corazón en un puño.

Intenté coger aire para tranquilizarme.

―¿Sabías que antiguamente la gente se casaba con sus primos?

Miré a Caroline con una arruga entre las cejas.

―¿Qué? No, no lo sabía.

―Por Dios, ¿es que no has leído Cumbres Borrascosas?

―Eh… no recuerdo esa parte.

―Yo, sí ―aseguró ella con una sonrisilla traviesa.

Estaba demasiado distraída como para escucharla. En el salón sonaban voces ahogadas y risas. El hijo pródigo había vuelto. No quería ni imaginar la alegría de Catherine. A fin de cuentas, Max siempre había sido su favorito, a pesar de sus constantes desacatos y rebeldías.

Dios…

Tenía ganas de estar en cualquier otro lugar del planeta. En cualquiera, salvo en ese.

―¿Quieres darte prisa? Caminas más despacio que una anciana con andador.

Hubiese caminado más deprisa de haber podido, pero mis piernas pesaban como si fueran de plomo.

Claro que no podía decírselo a Caroline, por lo que me limité a tensar los labios y a asentir cuando me miró por encima del hombro.

Hice lo que pude, y unos segundos más tarde entramos juntas en el salón, yo con paso resuelto, mostrando un aplomo que estaba muy lejos de sentir, y Caroline pegando brincos según su costumbre.

El corazón retumbaba contra las paredes de mi pecho con una fuerza ensordecedora y creo que estaba tan pálida como un fantasma. El vacío que retorcía mi estómago era insufrible, demasiado doloroso.

―Vaya. Por fin. La novia y su damita de honor nos honran con su presencia.

Catherine, rubia, serena y siempre tan ácida e irónica conmigo, me observó desde su sillón con esos ojos azules, fríos como el hielo, capaces de ver más allá de las sombras.

Aún era una mujer muy guapa. Su belleza estaba destinada a durar mucho más allá de sus cincuenta y tantos años de vida. Sus hijos habían heredado una buena dosis de aquel atractivo, aunque los dos eran morenos de ojos oscuros, como su padre. Nuestro padre, en cierto modo, ya que Gerald Townsend había sido la única figura paterna de toda mi vida.  

Compuse una sonrisa agridulce y fui a besar su mejilla. Era lo que ella esperaba que hiciera, como agradecimiento por haberme acogido en su casa durante los últimos veinte años.

―Hola, Catherine. Siento el retraso. Tenía que quitarme el vestido de novia.

De pequeña la llamé mamá una vez. Montó en cólera y me gritó que no era nada mío y, mucho menos, mi madre. Desde entonces la llamaba por su nombre. Sabía que ella odiaba que lo hiciera. Señora Townsend le parecía más apropiado.

Al menos en eso me había salido con la mía.

―Sirve el café, si eres tan amable ―me pidió con la habitual mezcla de educación y desprecio que adoptaba conmigo.

A ojos de los demás podía parecer simpática, condescendiente incluso, pero yo sabía que no era amabilidad lo que movía a Catherine. Nunca había tolerado mi presencia en su casa, y jamás iba a hacerlo. El hecho de estar a punto de convertirme en su nuera no cambiaría las cosas.

―Claro ―dije, con su mismo tono. Catherine era lo suficientemente inteligente como para percatarse.

Y desde luego que lo hizo, lo noté en su sonrisa, cada vez más fría, y en sus ojos, cada vez más penetrantes.

Ahora que la batalla estaba en mi campo, les volví la espalda a todos y llené con manos trémulas las tazas. Helen había preparado el café y lo había guardado en una tetera de porcelana, colección del siglo XVIII, de la que Catherine estaba muy orgullosa. La había heredado de sus bisabuelos. Me pregunté qué pasaría si de repente se me cayera de las manos. Casi sonreí ante la idea. Algunas veces yo parecía tener al demonio dentro.

Afortunadamente, conseguí dominar la torpeza y llenar tres tazas de café. Le serví la primera a Catherine, la siguiente a la tía Helen y la última a Owen, que estaba hundido en un sillón sin decir palabra. Supongo que, al igual que yo, estaba turbado por el retorno de su hermano mayor.

Mientras me movía por el salón con una bandeja de pasteles en la mano, noté la mirada de Max siguiéndome con interés. Sabía que me había estado observando desde que había cruzado el umbral de la puerta. Esos ojos oscuros, intensos; esos ojos casi negros que ardían encima de mi piel…

Los sentí atrayéndome como un imán.

Sin embargo, me negué, como la obstinada que era, a mirarlos. No estaba preparada para ese momento.

Cualquiera hubiera dicho que siete años sin verle eran suficientes para pasar página.

Pues no lo eran.

―¿Alguien más quiere café? ―pregunté, sin dirigirme a nadie en concreto.

―Te has saltado a una persona ―resonó la profunda voz de Max, una voz que abrió las mismísimas puertas del Purgatorio y liberó a todos los monstruos que yo había escondido detrás―. Falta de costumbre, imagino.

―Lo siento ―musité, con voz apenas audible.

Di media vuelta y llené otra taza de café, intentando no derramar el contenido de la tetera sobre la alfombra de rombos. También había pertenecido a la familia de Catherine. Habría sido una desgracia estropearla.

«Contrólate, Kat. Puedes hacerlo».

Luchando por dominar el temblor nervioso de las manos, fui hacia él y le ofrecí la taza con los ojos clavados en el suelo. Max extendió el brazo y puso la mano encima de la mía, rozó mis nudillos sin ninguna intención de coger el café. Solo quería sentirme. 

Un nudo de lágrimas empezó a formarse en mi garganta, el labio inferior comenzó a temblarme como cuando era niña, y me descubrí conteniendo el aliento.

Tocarle fue como volver al principio de todo y reescribir la historia. Los años que pasamos separados se desvanecieron sin más, y por primera vez en todo ese largo intervalo de tiempo, me sentí viva.

Porque solo alguien que está indiscutiblemente vivo puede llegar a sentir tantísimo dolor. 

―Hola, fierecilla. ¿No hay un abrazo para un viejo amigo? ―susurró, agachándose un poco para buscar mi mirada.

Contrayendo el rostro hasta que se me volvió de piedra, me armé de fuerzas y levanté la cara hacia la suya.

«No. No. No», musité cuando nuestros ojos se encontraron por primera vez desde esa noche.

No estaba preparada para eso, maldita sea. Iba a quebrantarme, y no podía hacerlo delante de todos ellos.

―No somos amigos ―espeté, sin esbozar ningún gesto comprometedor―. Ten. Tu café. Si me disculpáis ―anuncié con una sonrisa aplomada que no sé de dónde demonios me salió―, tengo que llamar a la peluquería y pedir hora para la prueba de peinado y maquillaje. Id merendando. Ahora vuelvo.

Sin esperar respuesta, di media vuelta sobre mis talones e, intentando no ceder ante el impulso de salir corriendo, recorrí, con el mismo paso resuelto con el que había entrado, los pocos metros que me separaban de la puerta.

En el vestíbulo dudé por su segundo sobre si subir a mi habitación o si huir al campo.

Al final me decanté por la segunda opción. Si subía, Owen me encontraría y me obligaría a volver a bajar en cuanto los demás se dieran cuenta de que había empleado una treta para escaquearme de pasar una bochornosa velada familiar. La mejor opción era largarse, intentar evitar a Max todo lo posible.

Sin duda, se marcharía después de la boda. Solo quedaban dos semanas. Podía hacerlo. Podía pasarme los siguientes catorce días escondida en alguna cueva de por ahí, ¿no?, sobrevivir a base de raíces y… ¿bayas?

Era una idea tentadora, muy tentadora, incluso para alguien del siglo XXI con conexión wifi y cuenta de Amazon Prime, pero sabía que no podía permitirme el lujo de desaparecer. ¿Cómo iba a explicárselo a todo el mundo? ¿O a Owen?

¡Maldita sea!

No me quedaba otra opción que aguantarme, actuar como una adulta y encontrar la forma de sobrevivir bajo el mismo techo que Max los días que quedaban hasta la boda.

Después, todo acabaría. El día en el que me casara con Owen sería el día en que le cerraría definitivamente la puerta a mi pasado.

Cuando era niña y la vida se volvía difícil me refugiaba con frecuencia en mi mundo de fantasía, un mundo en el que era libre, salvaje, y no tenía por qué enfrentarme a un conflicto si no quería. En ese lugar no había necesidad de plantar cara a mis miedos o al dolor.

Ahora ya no podía hacerlo, no había ningún sitio seguro en el que esconderse. Debía afrontar mis miedos.

Y lo haría. Claro que lo haría. No sería una cobarde ni permitiría que me volvieran a hacer pedazos. Me enfrentaría a todo. Solo necesitaba unos momentos para digerirlo.

«Eso es. Necesitas procesarlo. Solo eso».

Usé la puerta trasera para escabullirme del asfixiante pasillo y corrí hasta que la casa de los Townsend quedó relegada a una sombra a lo lejos.

Ahí, en medio del campo, por fin pude venirme abajo. Los pedazos empezaron a resquebrajarse cada vez más deprisa, cada uno de ellos luchando por no ser el primero en caer. Aunque de nada les sirvió; se derrumbaron todos a la vez.

Las lágrimas surgieron a borbotones y me dejé caer de rodillas, incapaz de soportar el lacerante dolor ni un segundo más.

Era demasiado, demasiado para una persona.

Me doblé sobre mí misma, intentando protegerme del áspero viento que azotaba mi rostro, y me entregué al llanto y a la desesperación.

Necesité varios minutos para comprender que no estaba llorando porque Max hubiera vuelto a mi vida, sino porque nunca había dejado de estar en ella.

Siete años. Siete malditos años de silencio, en los que él había formado parte de mí en cada momento. 

Intentar mantener intactos los añicos de mi corazón era inútil. Me sentía como si todos los años de dolor, de rabia y de soledad se hubieran concentrado en una especie de tormenta perfecta, que ahora había estallado dentro de mí con la fuerza de un huracán. Solo podía llorar, llorar como no había llorado en años, hasta que las lágrimas se me secaron encima del rostro y entonces me quedé congelada, suspendida en una quietud todavía más terrible y dolorosa.

Sabía que tenía que sobreponerme, alejarme de todo y…

Una rama crujió a mis espaldas y mis pensamientos se detuvieron en seco.

«No», rechacé la idea, estrechando los párpados con fuerza.

Max estaba detrás de mí. Me había seguido. No necesitaba volverme para comprobar que era él. Lo sabía por la forma en la que ardía mi sangre, por el delirante latido de mi corazón.

No pude contenerme y las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos.

Me puse de pie con brusquedad y me apresuré a enjugarlas. No podía permitir que me viera así. No quería que supiera cuánto le había echado de menos.

―Kat… Fierecilla…

Me mantuve impertérrita como una estatua, y él se me acercó por detrás y puso las manos en mis hombros. Podía oírlo respirar deprisa, su aliento acariciaba mi nuca.

―No me toques ―exigí con una voz gélida que no sonaba como la mía, sino como un gruñido amenazador y fiero.

―Lo siento ―musitó Max, que enterró el rostro en mi cabello y acopló mi cuerpo al suyo.

Quería morirme. Mi dolor era inaguantable.

Pero no iba a llorar. No delante de él.

―Apártate de mí, Maximilian.

A pesar de mis órdenes, él me abrazó tan fuerte que seguí llorando, con más ganas aún, desafiando la furia que me estaba abrasando por dentro. Era como si el tiempo no hubiera pasado desde la última vez que lo vi. Aún me sentía tan vulnerable como entonces.

―Kat. Kat. Kat ―suplicó contra mi pelo mientras sus brazos se convertían en acero que oprimía mis fuerzas―. Dios, Kat, no sabes lo mucho que he echado de menos esto. Abrazarte. Olerte… Estar contigo…

Sus palabras encendieron la mecha.

Me volví bruscamente, lo aparté de un empujón y mis ojos se llenaron de una rabia abrasadora al verle ahí parado, mirándome con incredulidad.

―¿Por qué has vuelto, Max? ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de todos estos años?

Su mirada oscura relampagueó en medio de aquel rostro cargado de dureza que no me resultó tan familiar como esperaba.

Había madurado. Ya no era un chico, sino un hombre.

El hombre más apuesto que había visto nunca.

Me odié por fijarme en algo tan trivial en un momento tan devastador. Que me atrajese como nada ni nadie había conseguido jamás no venía a cuento ahora. 

―No pareces alegrarte de verme, fierecilla. ¿Es que no me has echado de menos ni una pizca?

Su timbre vocal tampoco seguía siendo el que yo recordaba. Ahora poseía una voz fuerte y poderosa; la voz de alguien que tiene el mundo a sus pies.

―¡¿Echarte de menos?! ―le grité con los ojos despedazando a los suyos―. ¡Tú no tienes ni idea de lo que he sentido durante todos estos años!

―Pues cuéntamelo, Kat ―pidió, tan aplomado que sentí ganas de golpearlo hasta hacer añicos esa maldita expresión suya de perfecto autocontrol―. Para eso estoy aquí. Para que me lo cuentes todo.

―Que te lo cuente ―repetí con incredulidad mientras esbozaba un gesto que no habría sabido decir si era de dolor o de amarga diversión―. ¿Y qué es lo que quieres saber? ¿Que te escribí una de esas estúpidas notas todas las semanas con la esperanza de que contestaras alguna vez? ¿Que durante seis años salí a escondidas de mi cama, todas las malditas noches, para buscarte en la buhardilla? Dios, ¡fue tan estúpido! ―Intentando retener las lágrimas que pugnaban por salir, me eché el pelo hacia atrás con las dos manos y lo miré largo rato, con ojos dilatados de dolor―. Siempre tuve la esperanza de encontrarte ahí. ¿Es eso lo que quieres oír, Max? ¿Lo mucho que me dolió tu ausencia? Pues ya lo sabes. Me hizo pedazos.

Sus ojos se nublaron ante mis palabras y un gesto de sorpresa entremezclada con dolor recorrió su cara.  

Le aguanté la mirada sin esbozar gesto alguno.

Miré su cincelada mandíbula, sus bonitos ojos oscuros que tantas veces se habían hundido dentro de los míos en el pasado…

Ahora no soportaba ni verlos.

―No, eso… Kat, yo no tenía ni idea de eso ―murmuró con voz rota.

―¿Cómo ibas a saberlo? Nunca te importé.

―¡¿Que nunca me has importado?! ―exclamó, incrédulo―. ¡Tú eres lo único que me ha importado en treinta y dos años de vida, joder! ¡No te atrevas a decirme algo así!

―Nunca contestaste a mis cartas.

―¡Porque nunca las abrí! ―gritó con súbita rabia. Se produjo una pausa inexplicablemente larga, al cabo de la cual me miró con aire derrotado. Tenía una vena hinchada en la frente y su mirada parecía vidriosa―. No lo habría soportado, fierecilla… ―confesó en un susurro, antes de desviar la mirada al suelo.

Mi ira se hizo añicos y sentí que me abandonaban todas las fuerzas a la vez.

«Le escribí doscientas ochenta y nueve cartas, y él no abrió ninguna. Vaya». Eso sí que era un palo.

―¿Por qué no? ―musité, ya sin ira alguna. Solo el dolor obnubilaba los ojos que recorrían con ansia su sublime perfil. 

―Porque tú nunca fuiste mía, Kat ―me respondió después de unos diez segundos de profundo silencio.

Callamos los dos, como si ya no tuviéramos nada más que decirnos, y su rostro se alzó despacio hacia el mío.

Nos medimos el uno al otro largo rato, y tuve la sensación de que, de algún modo, se estaba rindiendo ante algo; que por fin lo estaba aceptando.

―Lo era cuando te marchaste ―le recordé con voz rasposa.

Un latigazo de dolor contrajo su hermoso y ausente perfil con tanta fuerza que un músculo empezó a palpitar de tensión en su mandíbula.

―No. Qué va, fierecilla. No lo eras entonces y no lo eres ahora. Siempre fuiste de Owen.

―Eso no es cierto.

Asaltado por una repentina rabia, Max le propinó un puñetazo al árbol, y supe que se había destrozado la mano. Sin embargo, ni un solo ápice de dolor se insinuó en su cara.

―¡Vas a casarte con él, maldita sea! ―proclamó, con expresión feroz―. ¿Qué más pruebas necesito?

Bajé la mirada al suelo y asentí mientras luchaba por retener las lágrimas.

―Por tu culpa, Max. Voy a casarme con Owen por tu culpa ―admití, enfrentándome a él con los ojos cargados de dolor―. Porque el año pasado me rendí contigo. Dejé de buscarte en la buhardilla. Y, ahora, estás aquí. ¿Tienes la menor idea de cómo me hace sentir eso?

―¿Dispersa? ―propuso, reteniéndome con la mirada―. Porque es así cómo me sentí yo cuando me llegó la carta de tu prometido. Es irónico. No sé nada de él en siete años y de repente me escribe para restregarme por la cara su victoria.

―¿Victoria? ―Me reí con amargura y cierta incredulidad―. ¿Crees que se trata de una competición que Owen ha ganado?

―Te tiene a ti. ¡Claro que ha ganado, joder!

Negué despacio y lo miré apenada. Nada en él había cambiado. Seguía siendo el mismo Max de siempre, fuerte, arrogante, dueño de sí mismo; esa clase de persona que todo el mundo intenta ser, pero muy pocos lo consiguen. Digno hijo de Catherine Townsend, heredero de un legado. ¿Por qué no lo había visto antes? El amor es muy ciego. O puede que yo no quisiera ver, puede que me envolviera a propósito en una manta de oscuridad bajo la cual nada era lo que parecía ser. 

―Me alegro de volver a verte, Max ―le dije con tristeza.

Levantó la cabeza de golpe y me lanzó una mirada desconfiada, casi huraña.

―¿Qué es lo que pretendes decir con eso? ―siseó entre dientes.

―Que me alegro de volver a verte ―respondí con sencillez―. Supongo que necesitaba esto, una despedida. Ahora podré pasar página por fin después de ti y empezar una nueva vida junto a Owen.

Mis palabras lo hirieron más de lo que podía imaginar. Parecieron alcanzarle con la misma fuerza que un golpe.

Pero no iba a quedarme ahí para consolarlo.

Con expresión impasible, giré sobre mí misma y me alejé deprisa cuesta abajo.

―Al principio tampoco querías hablar conmigo, y al final lo conseguí, ¿no? ―gritó a mis espaldas.

Entrecerré los ojos para protegerme de alguna forma del dolor que reflejaba su voz y descendí la colina aún más deprisa, con la esperanza de que tanto el pasado como Max se quedaran atrás.

3

1997

Max

Amistad.

Relación de afecto, simpatía y confianza que se establece entre personas que no son familia.

Owen le había pedido a papá un videojuego, no una niña con aspecto de vagabunda, así que no me sorprendió demasiado que mi hermano se echara a llorar desconsolado en cuanto nuestro padre y la desconocida cruzaron la puerta.

Mamá, alertada por los berridos de su hijo pequeño, apartó el libro que estaba leyendo frente a la chimenea y se puso en pie con los ojos dilatados de una fiera salvaje que se ve obligada a proteger a su progenie de un peligro que aún está por determinar.

―¿Qué… demonios… es eso?

No era la primera vez que papá traía a casa un ser vivo, aunque por lo general sus obras de caridad se solían limitar a conejos y cervatillos asustados y heridos que recogía de la carretera y cuidaba con todo su cariño hasta que llegaba la hora de volver a soltarlos en el bosque.

Esta vez, en cambio, se había pasado de la raya. Incluso yo, con doce años, comprendía que traer a casa a una niña huérfana, sin contar con el consentimiento de mamá, estaba un poco fuera de lugar.

Sospechaba que se trataba de una niña sin familia porque ese día papá volvía de visitar a la tía Helen, que trabajaba en un centro de acogida de menores en alguna parte de Boston. No podía ser una coincidencia, ¿no?

Además, la niña, aunque iba despeinada y tenía las comisuras de la boca manchadas de chocolate, no parecía haberse perdido en la carretera. No tenía el aspecto de un cervatillo asustado, sino más bien el de una hiena de dientes afilados. Parecía una fierecilla, pequeña pero agresiva, como uno de esos gatitos de pelo puntiagudo que te bufan y te muerden cada vez que intentas acariciarlos.

―Familia, os presento a Kat ―anunció mi padre, muy ceremonioso.

―¿Se puede saber qué hace esta niña aquí? ―espetó mi madre con aire feroz.

―Cariño, piensa un poco.

―Ni hablar ―gruñó mamá entre dientes al comprender las nobles intenciones de mi padre.

―No tiene adónde ir ―repuso él con mirada de súplica―. Lleva en el centro de acogida más de cuatro años. Nadie quiere adoptarla.

―Tú lo has dicho, cielo. Nadie quiere, y no me puedo creer que tu hermana Helen te haya obligado a acogerla. 

Papá rechinó los dientes. De repente, parecía mayor y muy cansado. Mamá lo agotaba.

Yo sabía que, más allá de su cara bonita y de su exquisita educación de puertas para fuera, mi progenitora no poseía ninguna otra cualidad que lo impresionara. Lo sabía porque una vez mi padre, impulsado por una copa de más o tal vez por el peso de a saber qué nostalgia, me hizo prometerle que nunca cometería el mismo error que él, que miraría más allá de la belleza física a la hora de casarme. Describió a mamá como vacía y superficial, y esa noche supe qué era exactamente lo que pensaba sobre ella.

―Mi hermana no me ha obligado a nada ―replicó con una dureza que yo nunca había visto en él―. Me he ofrecido yo. Creo que podemos permitirnos alimentar una boca más, ¿no?

―Gerald Townsend, estás loco si piensas que vamos a acogerla en nuestra casa. ¡A saber de quién es hija!

―¿Es que eso importa? ―repuso papá, cuyas cejas se arquearon en un gesto tan amenazador que incluso Owen dejó de berrear por un segundo.

―¡Por supuesto que importa! ¡Sus padres podrían ser unos asesinos en serie! ¡Imagínate que es hija de Charles Mason! ¿En qué demonios estabas pensando? ¿Sabes algo, Gerald? Cuanto trajiste a casa a todos esos conejos heridos que te encontraste en la carretera, no dije nada. Ni siquiera rechisté. Los dejé quedarse, e incluso les eché de comer alguna vez. Pero esto ya es demasiado. Tengo bastante trabajo con mis propios hijos, gracias. Esta niña no puede quedarse. NO vamos a adoptarla, así que ya puedes ir devolviéndola al agujero de dónde la has sacado. Que se la quede tu hermana Helen, ya que tanto le gustan las obras de caridad. Yo, desde luego, no me la voy a quedar.

Mamá, cuando se ponía firme, se ponía firme de verdad.

Al día siguiente, papá nos comunicó que íbamos a tener una hermana nueva, y Owen se echó a llorar otra vez porque odiaba tener hermanos.

Y porque papá no le había traído el videojuego que le había prometido.

Y porque yo le había dado una patada en las espinillas para que dejara de llorar de una maldita vez.

―Cállate, Owen ―le gruñí por lo bajo.

No quería que el cansino de mi hermano hiriera los sentimientos de la niña con sus incansables berridos. Owen aún era demasiado pequeño como para comprender todo ese asunto deltacto. 

Aunque cabe mencionar que esa Kat no lucía como alguien cuyos sentimientos pudieran ser heridos.

Nos miraba con saña, a Owen más que a mí, y supe que nuestras reacciones no la estaban afectando ni en lo más mínimo.

Intenté sonreírle para ser amable con ella, pero se mantuvo igual de huraña. Solo se fiaba de papá.

«Fierecilla».

―Como os he dicho, esta es Kat, vuestra nueva hermana. Se quedará aquí con el acuerdo de vuestra madre o sin él. Así que, a partir de ahora, lo compartiréis todo con ella, los juguetes, el chocolate, los piojos y la sagrada hostia que os pienso dar como no me dejéis echar la siesta los domingos. ¿Os ha quedado claro?

Los dos asentimos. Imaginó que Owen solo lo hizo porque le daba miedo la sagrada hostia.

Papá añadió también que había que ser buenos hermanos y que ella había tenido menos que nosotros y que, por lo tanto, se merecía más. Después de lo cual se marchó, satisfecho por haber realizado su buena obra del mes.

Señoras y señores, el buen samaritano Gerald Townsend. Un aplauso, por favor.

Owen y yo nos quedamos a solas con la niña nueva en el salón que usábamos para jugar. Mamá no soportaba que chillásemos cerca de ella. Le producíamos migrañas, razón por la cual habíamos sido desterrados a la buhardilla, donde habían sido trasladados todos nuestros juguetes y libros. Incluida mi colección de anfibios vivos. A mi madre la horrorizaban.

―¡Pues yo no pienso jugar con ella! ―se empecinó Owen y, tan indignado estaba que se marchó sollozando para que mamá lo consolara y le dijera que papá no tenía corazón ni el derecho de hacernos pasar por algo así.

Menudo pringado. En vez de quedarse jugando en la buhardilla, iba a pasar la tarde con mamá y sus novelas. No se me ocurría un plan más aburrido.

Y mamá siempre se empeñaba en mandarnos a leer, actividad que yo detestaba, por supuesto. Todos sus autores favoritos estaban ya muertos. No entendía por qué los leía mi madre.

Menos aún, por qué me obligaba a mí a leerlos. ¿Cómo iba a aprender yo algo de Dickens, si él se había pasado los últimos cien años tragando polvo? Era de tontos, motivo por el cual yo ya había decidido que jamás abriría lo que mi madre llamaba un buen libro, a no ser que fuese para guardar dentro las polillas muertas que cazaba en el sótano.

Mi madre nunca llegó a enterarse de mis actividades extracurriculares. Yo era el único que estaba al tanto de la maravillosa colección de insectos que había escondido dentro de mi nuevo ejemplar de Oliver Twist, que ahora yacía junto a las desgastadas zapatillas de la desconocida.

Y esperaba que las cosas siguieran así por mucho más tiempo.

Por supuesto, Kat acabó averiguándolo, pero para entonces ya éramos íntimos y ella nunca me delató porque su sentido del honor y de la lealtad era tan arraigado como el mío propio. Eso era lo que más me gustaba de Kat. Era una chica que sabía mantener la bocaza bien cerrada.

Claro que, al principio, esa extraña cualidad suya fue lo que más odié de ella.

―Hola ―saludé, con una sonrisa débil.

Owen se había marchado solo unos momentos antes y se había llevado con él todo el alboroto que había causado. Desde entonces, ella y yo estábamos en silencio, los dos apocados y sin saber qué decir. Hola parecía un buen comienzo.

La niña me miró a través de su flequillo oscuro. Parecía un perro a punto de atacar. La habían duchado y peinado, con lo que se le veía menos zarrapastrosa que la noche anterior, cuando había llegado tras un largo viaje por carretera con papá, un hombre tosco al que nunca había preocupado algo tan superficial como el decoro.

Aun así, a pesar del apacible aspecto que le concedían las dos trenzas que caían sobre sus hombros, había algo salvaje en ella. A lo mejor eran esos ojos oscurísimos que me atravesaban con ganas.

Solo con mirarla, comprendí que esa Kat o como fuera que se llamara iba a ser indomesticable además problemática.

Lo cual me gustó. Yo también era indomesticable y problemático, y estaba bien tener cerca a alguien que fuese como yo. Mi hermano era un santurrón. Me sacaba tan de quicio su negativa a desobedecer a mamá que siempre acababa dándole pescozones. 

Por eso y por ser muy contestón, razones por las que me había pasado casi la mitad de mi infancia castigado en el sótano. De ahí lo de cazar polillas. Algo había que hacer para entretenerse dentro de ese cautiverio y, desde luego, no iba a abrir un buen libro si podía evitarlo.

―Kat, ¿verdad? ―pregunté, acercándome a ella con las manos hundidas en los bolsillos de los vaqueros.

No me respondió, aunque tampoco apartó la mirada. Siguió observándome de la misma forma, desafiante y fría, como si se tratara de una princesa guerrera. Era una chica que siempre mantenía la cabeza bien alta. No se doblegaba ante nada. También nos parecíamos en eso.

―Soy Maximilian. Si quieres, puedes llamarme Max. Suena menos pomposo. Eso dice papá.

Pese a mi trato amistoso, la niña permaneció obstinada en su silencio. No debía de ser demasiado habladora.

―¿Sabes jugar a las cartas?

Negó con los ojos clavados en los míos.

―¿Al fútbol? ―Volvió a negar. Me di cuenta de que se mostraba menos desconfiada que al principio. De hecho, juraría que había empezado a estudiarme con curiosidad. A lo mejor empezaba a caerle bien―. ¿Al Monopoly? ―Recibí una nueva negativa―. Te preguntaría si sabes jugar a las muñecas, pero ni tengo muñecas ni estoy dispuesto a dejar que alguna Barbie entre jamás dentro de esta habitación, así que ya puedes ir olvidándote de eso. ¿Sabes trepar a los árboles?

Al oír eso último, asintió despacio.

―Genial. Eso es algo que tenemos en común. Aunque mamá me lo ha prohibido tajantemente. Dice que puedo caerme y romperme el cuello. Yo nunca le hago caso, pero ella no lo sabe. Aún cree que sí. Si quieres, podemos jugar fuera hoy. Puedo enseñarte dónde encontrar las mejores manzanas del mundo. No están dentro de nuestro huerto, pero no pasa nada por robar unas cuantas, ¿verdad? ¿Me guardarás el secreto si te lo enseño?

Los labios de la niña se desplegaron en una sonrisa traviesa. Afirmó con la cabeza, de pronto animada por la maldad. Era guapa cuando sonreía, y decidí que me gustaba hacer sonreír a esa pequeña fierecilla.

También decidí que me haría amigo suyo de inmediato.

Mamá ya me había advertido la noche anterior de que no se me ocurriera acercarme a ella, pero no pensaba hacerle caso. Yo podía ser muy mío cuando me daba la gana, y mamá tenía que aceptarlo.

En ese aspecto, me parecía más a mi padre. Él también tenía esa clase de voluntad de hierro que desquiciaba a mi madre.

―Vamos ―animé a la niña, que estaba ahí parada, observándome con curiosidad―. Te mostraré el camino.

La agarré de la mano y la arrastré hasta el huerto de los vecinos, donde nos dimos un buen atracón de manzanas rojas. Nada mejor que unas manzanas robadas. Olían a libertad, a campo, a los rayos de sol que las habían acariciado para que maduraran…

Su sabor era refrescante, con el punto exacto de dulzura y acidez.

A Kat parecían gustarle.

Ahí sentados, en la rama del árbol, con los pies colgando por encima del campo que había empezado a lucir ya su abrigo de otoño, le conté cosas del colegio y que Owen aún mojaba la cama. Ella solo sonrió. No dijo nada.

De hecho, aún no la había oído decir ni una sola palabra desde que había llegado la noche anterior.

Pronto descubrí que su silencio era más que timidez.

Kat, sencillamente, no hablaba.

Mi padre me contó que era un asunto psicológico, que no había dicho ni una palabra desde que la habían llevado al centro de acogida. Incluso vino un señor con barba y gafas que nos aseguró de que lo suyo era incurable. Mamá se regocijó mucho.

―Si no dice nada, mejor. Así no se quejará a vuestro padre de que no la tratamos bien.

No me gustó su sonrisa. Daba escalofríos. Mamá podía ser muy mala cuando le interesaba serlo, casi retorcida. Empecé a preocuparme. 

―Kat, tienes que hablar ―la presioné un día mientras jugábamos en la buhardilla―. ¿Por qué no abres la boca y dices algo? Lo que sea. No tiene por qué ser profundo. Ni siquiera tiene por qué ser educado. Di lo primero que se te pase por la cabeza.

Kat se encogió de hombros. Esa fue toda la respuesta que recibí.

A pesar de haber puesto todo mi empeño, tardé más de nueves meses en hacerla hablar.

La primera palabra que pronunció en su nueva vida como protegida de Gerald Townsend fue joder.

Me sentí tan orgulloso de ella… Yo también era malhablado cuando mamá no estaba merodeando por ahí. Owen, que era un llorica y un chivato incurable, le iba con el cuento a mamá y yo siempre acababa castigado y sin merienda por su culpa. Ahora estaba contento porque sabía que con Kat podría jurar lo que me viniese en gana. Ella jamás iba a contárselo a mi madre.

Tampoco iba a contarle que, a partir del quince de mayo, me bañaba sin ropa en el río o que metía ranas en los buzones de nuestros vecinos. Kat era la compañera de juegos perfecta. Ella era como yo, llevaba la maldad dentro.

―Siento haberte aplastado el dedo ―le dije, encogido de pena―. Fue sin querer.

Ese día Kat me estaba ayudando a construir una casa en el árbol y yo le acababa de golpear el dedo gordo con el martillo. Estaba arrepentido de verdad, no como cuando mamá me obligaba a disculparme con Owen por haberle pegado. Entonces solo lo hacía para librarme del castigo. Con Kat era diferente.

―¡Joder! ―repitió y, enfurecida como estaba, me propinó un golpe en el brazo―. ¡Gilipollas cretino hijo de perra!

Lo soltó con tanta rabia que no pude contenerme y, aunque apreté los labios, acabé soltando la carcajada que cosquilleaba en mi garganta.

―¡No me jodas, fierecilla! Pensaba que no sabías hablar. ¿Dónde has aprendido todas esas palabrotas?

Se encogió de hombros y siguió chupándose el dedo dañado.

―Tu padre se lo dijo a uno en la gasolinera. Me hizo prometer que yo no iba a repetir nunca algo tan grosero, pero él no está aquí para oírme y sé que tú no se lo vas a decir. Así que… no he roto mi promesa, ¿no?

Era tan inocente a los nueve años que me reí. De verdad creía que no había roto su promesa.

Busqué dentro del bolsillo de mi cazadora vaquera y le ofrecí una moneda de chocolate. Era nuestro ritual. Cuando yo hacía algo malo, le daba una moneda de chocolate y le escribía una notita de disculpa. Kat siempre contestaba a mis notitas. Me gustaba compartir esa clase de secretos con ella. 

―Tranquila, no lo has hecho. Porque yo nunca te delataré. ¿Amigos?

Me sonrió con esa sonrisa suya traviesa y cogió el chocolate.

―Amigos.

Rompió la moneda en dos y me dio la mitad a mí. Eso quería decir que nuestra amistad iba a durar para siempre.

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