Primero capítulos GRATIS: Un rincón llamado hogar

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Prólogo

Zooey

Me he acostado con Charlotte.

Busqué a tientas el respaldo de la silla que había a mis espaldas y me senté, derrengada, traicionada por mis propias piernas. El tañido del antiquísimo reloj de madera que sus padres nos habían regalado al casarnos pasó a resultarme de pronto tan agobiante que tuve ganas de arrancarlo de la pared y estrellarlo contra el suelo. ¿Por qué retumbaba tanto? Me estaba perforando el cerebro con la infatigable perseverancia de un taladro.

Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac.

Mis ojos no podían dejar de seguir el movimiento del sólido péndulo dorado que marcaba el paso de los segundos.

Derecha, izquierda. Derecha, izquierda. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac…

Todos mis pensamientos habían quedado reducidos a ese insufrible tictac.

Cariño, di algo. Grítame o pégame, o… qué se yo, pero, por favor, di algo.

Permanecí inmóvil en mi silla. Sin mirarle. Sin respirar. Sin que el corazón se atreviera siquiera a latir dentro de mi pecho, temeroso de que ese débil latido fuera a desgarrarme por dentro.

Hacía un día precioso al otro lado del cristal. Había salido el sol después de veintidós días de lluvia, pero yo no pude disfrutar de su calidez. En mi interior ya no sentía nada. Estaba todo entumecido, como si una capa de hielo se hubiese propagado por mis venas y me hubiese congelado hasta la médula.

Quizá con la única intención de sabotearme, mi mente eludió la crudeza del momento y se distrajo evocando a mi padre. ¿Qué diría si estuviera ahí? ¿Cómo se tomaría papá lo que Daniel me acababa de confesar? No lo habría comprendido. Claro que no. Para él, era algo impensable engañar a mamá. Nunca dudé de la intensidad de su amor, que, visto desde fuera, parecía tener la fuerza de cien mil caballos de carreras y la misma solidez que un enorme bloque de acero puro. Siempre he creído que tan solo un hombre al cien por cien masculino es capaz de mostrar ese amor tan profundo y ser, a la vez, tan rudo y tosco como lo era mi padre.

¿Por qué no me había enamorado yo de alguien como él? ¿Alguien de la vieja escuela; un hombre protector, leal y honesto?, ¿alguien digno de esa confianza tan ciega, tan peligrosa, cuyas consecuencias había empezado a pagar? A mi padre nunca le había gustado Daniel. Ahora comprendía por qué.

Zooey, cariño…

¿Qué es lo que he hecho yo para merecer esto, Daniel? ―hablé por fin, minutos, horas, puede que abismos de tiempo más tarde―. ¿No me he mantenido lo bastante delgada? ¿He envejecido antes de tiempo? ¡Por Dios!, si acabo de entrar en la treintena.

Un suspiro tan exangüe como el de un enfermo en su lecho de muerte fue expulsado a través de la lividez de mis labios. Hundí la cabeza entre las palmas, me aparté el pelo de las sienes y mi boca tembló en un gesto acerbo que reflejó lo que yo sentía en mi interior, el dolor que se entremezclaba con la incredulidad de una persona que contempla impotente cómo le arrebatan todo cuanto ha amado en la vida. Las palabras se ahogaron en mi garganta, y no pude volver a hablar hasta trascurrido un buen rato. E, incluso entonces, mi voz sonó queda.

No puede ser esa la razón ―murmuré para mí, y la tristeza me venció por momentos, hundiéndome cada vez más en mi asiento y en las entrañas de mi nuevo infierno personal.

Zooey, creo que…

Por favor, dime ―le acallé con dureza, mis ojos alzándose para atravesar implacables a los suyos―. ¿Qué es lo que he hecho mal? ¿Acaso no he sido lo bastante pasional? ¿Es eso? ¿Te faltaba algo que yo no he sabido darte?

Era la primera vez que lo miraba, y no vacilé al hacerlo. Retuve su mirada con toda la dureza de la que fui capaz. Quería una maldita respuesta. Quería saber por qué, por qué lo había echado todo a perder.

Daniel me lanzó una mirada suplicante. Sus ojos, torturados por la culpa, me pedían que dejara de atormentarme a mí misma de ese modo. Vi compasión en su rostro y me entraron nauseas. Lo que menos deseaba era despertar su aborrecible compasión.

No es por ti ―me dijo, casi mascando las palabras.

Entrecerré los ojos en un gesto de rechazo. No es por ti es la peor explicación que te pueden dar.

¿Eso es todo lo que vas a decirme? ―musité. Apenas podía tragar saliva. Las lágrimas no derramadas 

me sofocaban la garganta, por lo que las siguientes palabras sonaron aún más quedas que las anteriores―. ¿Después de todos estos años? ¿Después de todo lo que hemos vivido juntos? ¿No es por ti?

Daniel bajó la mirada y agitó pesaroso la cabeza. Actuaba como el hombre que llevaba el peso del maldito mundo encima de los hombros, y eso era lo que más me enfurecía. La agonía que contrajo la delgadez de sus facciones no hizo más que avivar la llama de ira que hacía minutos que titilaba en mi interior. Sentí ganas de gritar hasta destrozarme las cuerdas vocales, ganas de herirle, de hacerle más daño del que nunca pudiera aguantar.

Pero fui tan cobarde que me limité a estrechar los puños en el regazo y a mirar insensible cómo se me estiraba la piel de los nudillos hasta palidecer casi por completo.

No sé qué más podría decirte ―murmuró él, su mirada elevándose despacio hacia la mía―. Salvo que lo siento. No sabes cuánto lo siento.

Nos miramos en silencio. Fue doloroso. Sentí que ya no lo conocía. La intimidad que él y yo habíamos tenido, la complicidad, la confianza, todo eso se había quebrantado, y ahora estaba indefensa, apresada por un agudo sentimiento de vulnerabilidad que no había forma de vencer. Me sentí como cuando un extraño irrumpe en tu casa y revuelve entre tus cosas. Me sentí expuesta. Desvalida. Impotente. Lo odiaba tanto que me estremecí de ira.

Lo siento muchísimo, Zooey ―siguió Daniel al ver que mis ojos, inexpresivos como nunca, se perdían en un punto más allá de él―. Muchísimo. A lo mejor no te lo tenía que haber contado, pero necesitaba tu perdón. No puedo vivir con la culpa de lo que he hecho.

Trasladé la mirada hacia la ventana y mis labios bufaron un gesto de incredulidad. ¡La culpa! ¿Eso era lo 

único que sentía él? ¿Culpa? Yo sentía ganas de morirme ¡¿y él se lamentaba por la condenada culpa?!

¿Estás enamorado de ella? ―murmuré mientras contemplaba con ojos mortecinos una mota de barro que la lluvia había salpicado en el cristal.

No.

Categórico. Indiscutible. Sin vacilar.

Capullo insensible.

Mis ojos regresaron y perforaron los suyos.

¿Me has puesto los cuernos con una mujer a la que ni siquiera amas? ―la perplejidad que me hizo levantar el tono hundió a Daniel en su asiento.

Lo siento. Yo… ―Se calló y sus ojos verdes empezaron a nublarse, a volverse cada vez más llorosos―. Fue un error, cariño. Yo… El bufete va mal, estoy perdiendo clientes y estaba muy estresado, y tú nunca estás en casa, siempre estás escribiendo en esa maldita cafetería, y yo…

Basta.

Zooey…

Basta ―imploré en un murmullo desgarrado, y tuve que apretar los párpados con fuerza para dejar de verlo durante unos segundos―. No quiero oírlo. Me enferma oírlo.

No me di cuenta de lo mucho que apretaba los puños hasta que me empezaron a doler los dedos. Al cabo de unos segundos, los relajé y extendí las palmas. Cada vez luchaba más por retener las lágrimas. Mis manos temblaban a causa de la furia que me consumía por dentro.

Sin embargo, Daniel no pareció percatarse, pues estaba demasiado ocupado implorando la expiación.

Pero tenemos que hablar. Cometí un error y…

¡¿Un error?! ―le grité, mis ojos azules abriéndose de par en par para despedazar los suyos―. Un error habría sido olvidarte de nuestro aniversario. 

Pero te has follado A OTRA, Daniel. ¡Eso no es cometer un error!

Mi marido llevaba uno de sus pretenciosos trajes de alta costura que se solía poner para ir a los juzgados. Aun así, pese a lo mucho que odiaba que se le arrugara la ropa, se arrodilló delante de mí y me cogió las manos entre las suyas. Debía de estar muy arrepentido. No era de los que se arrodillaban fácilmente. Ni siquiera lo hizo al pedirme matrimonio. Era demasiado soberbio, demasiado arrogante. Los hombres como él no se arrodillan.

Pero esta vez ahí estaba, de rodillas ante mí, suplicando un perdón que yo no sabía cómo concederle.

Si pudiera retroceder… ―se lamentó, con todo un vendaval de emociones asolando su rostro.

Di un violento tirón y me solté de sus caricias consoladoras. Me daba asco que me tocara con las mismas manos con las que había acariciado el cuerpo de ella. Me imaginaba sus largos y elegantes dedos recorriendo las curvas femeninas, venerándolas como bien sabía que él era capaz de hacer, y me entraron arcadas. Mi marido había tocado de ese modo tan íntimo a otra mujer, le había hecho el amor apasionadamente, y esa era una idea que yo no podía asimilar porque me dolía demasiado hacerlo. Él era el amor de mi vida. Había sido el amor de mi vida. Ahora ya no era nada.

No puedes retroceder ―espeté con frialdad.

No, no puedo, cielo.

Pues ya está. Asunto arreglado.

Lo aparté y abandoné la silla. Me dolía la espalda. Me había mantenido inmóvil durante demasiado tiempo.

Puse los brazos en jarras y me arqueé hacia atrás. Mi columna crujió. Relajé la postura y eché a andar por el pasillo. No soportaba estar a su lado ni un segundo más. 

Tienes que perdonarme ―insistió Daniel, siguiéndome a la cocina―. Nunca fue mi intención hacerte daño. Esto está matándome.

Me volví sobre mí misma, incrédula y cada vez más furiosa con él. ¿Eso estaba matándole?

¡¿A él?!

Ese hombre había echado por la borda toda mi vida, todos mis sueños y mis ilusiones; el recuerdo de los mejores años de mi juventud había quedado agriado por culpa suya. ¿Y todo para qué? ¿Para calmar un calentón? ¿Cómo se le había ocurrido decirme que eso estaba matándole?

¿Sabes qué, Daniel? Resulta que yo tampoco puedo obrar milagros. Tú no puedes retroceder para cambiar lo que has hecho, y yo no puedo perdonarte por ello.

Probablemente, hubiera añadido algo más, pero me sobresaltó el sonido de mi móvil, que vibró encima de la encimera, al son de la pantalla que se encendía y se apagaba, tan alegre e insensible al dolor que tanto me estaba lacerando. Me acerqué, le eché un vistazo e hice una mueca de desagrado al ver que la llamada entrante era de mi hermana. ¡Qué sentido de la oportunidad tenía!

En otras circunstancias, no se lo habría cogido. Llevábamos años sin hablar. De todas mis hermanas, Jennifer era con la que menos empatizaba. Era grosera, ególatra y de lo más impulsiva, y de algún modo sentía que ella y su vanidad habían roto nuestra familia. Al menos Liberty se comportaba como una necia porque estaba enamorada. Jennifer no podía aferrarse a ese comodín, el amor nunca hace mella en personas tan superficiales como lo era ella.

Zooey, tienes que escucharme, cariño.

Mi marido posó la mano en mi brazo para detenerme, pero coloqué la palma contra su pecho y lo empujé hacia atrás. Él retrocedió, herido y contrariado, y me dedicó una mirada fulgurante.

¿Quieres comportarte como una adulta y hablar conmigo? Sé que he metido la pata, ¿vale?, pero vas a tener que enfrentarte a esto, Zooey. También es culpa tuya, no solo mía. Sí, no me mires así. Sí, es culpa tuya, ¡porque fuiste tú la que me apartó sistemáticamente, maldita sea! La que siempre estaba demasiado ocupada incluso para mirarme. Era como si yo no existiera para ti. Lo mismo que ese cuenco de adorno de ahí. ¡Y sí, Zooey!, ¡me acosté con Charlotte! ¡Lo hice porque ella, a diferencia de ti, me miró como si me viera! Y lo siento, porque te quiero y ella no significa nada para mí. Tú eres la mujer con la que quiero envejecer.

¡Oh, por el amor de Dios! ¿Por qué no le cae un rayo encima ahora mismo? Así se callaría de una santa vez.

La pantalla del móvil siguió encendiéndose y apagándose delante de mis ojos carentes de vida, y por una vez me dio igual mi relación con mi hermana, su egoísmo casi patológico y lo mucho que me había enfurecido con ella por fastidiar a nuestra hermana Rachel. En ese momento habría hecho cualquier cosa con tal de que Daniel dejara de existir durante un tiempo. Cualquier cosa, incluso revolver entre los escombros del pasado.

Así que me abalancé sobre el móvil con aire ansioso y descolgué.

Hola, Jennifer ―saludé con voz calmada―. No es un buen momento. Sé breve.

Zooey. Tienes que volver a casa. Es mamá.

 

1

Zooey

Llevaba más de cinco años sin pisar Austin, Texas, y, en cuanto una oleada de abrasadora humedad me dio de lleno contra la cara, constaté que no había echado de menos el lugar.

No necesitaba abandonar las inmediaciones del aeropuerto para saber que la ciudad lucía exactamente igual a como la había dejado al marcharme, soleada, calurosa, próspera y mucho más soporífera que Nueva York. Como si su pulso se viera ralentizado por los rayos del achicharrante sol, aún primaveral, que se derramaban torrenciales a través de la enorme cristalera que apuntaba hacia la pista donde minutos antes había aterrizado mi vuelo.

La sala de espera estaba llena. Hombres con botas vaqueras y sombreros Stetson esperaban sus maletas junto a mujeres de rostros bronceados y sonrientes, cuya buena disposición me hizo sentir mucho más amargada de lo que ya me sentía. Los niños correteaban libremente de un sitio al otro con la alegría de quien que no tiene más preocupación en la vida que la de divertirse. Por primera vez en mi vida, deseé ser pequeña otra vez.

Los tejanos suelen ser bastante amigables, incluso con los forasteros. Coseché montones de sonrisas mientras aguardábamos, todos de pie en un semicírculo, a que la cinta mecánica empezara a traer nuestros equipajes. Aunque me incomodaba ser objeto de tantas atenciones, correspondí a esa calurosa bienvenida con sonrisillas fugaces y algo tensas. Yo también había nacido en Texas, pero nadie lo habría dicho al verme. Mi aspecto era demasiado cosmopolita.

Y mi carácter tampoco es que fuese tan abierto como el de los demás tejanos. Solía ser una persona retraída, sin apenas amigos. Salvo Charlotte, ¿y de qué me había servido?

Dejé de pensar en Charlotte y nuestra supuesta amistad. Me sentía enferma cada vez que su nombre se colaba entre mis pensamientos. Lo cual sucedía demasiado a menudo.

Las maletas tardaban en llegar, así que me entretuve contemplando las pistas, los aviones despegando o aterrizando y los vehículos que corrían por la carretera que trascurría perpendicular al aeropuerto. El sol tejano languidecía a lo lejos, preparado para el atardecer, y tuve que entrecerrar los párpados para seguir mirando hacia el exterior. El rojizo resplandor del cielo se difuminaba en hermosas tonalidades de púrpura y azul, gamas tan intensas que en ningún lienzo se habrían podido reproducir, y a mí me invadió una sorprendente oleada de orgullo tejano ante tal despliegue cromático.

Mi tierra era rica en belleza, un bizarro abanico que entremezclaba colores y fragancias como no se veían en ninguna otra parte del país. Sin embargo, la mayoría de las veces ni siquiera era consciente de ello. Durante toda mi vida había deseado marcharme lo más lejos posible. Soñaba con el vasto mundo que se extendía más allá de la Travesía de los Leños o la Meseta Edwards; con Nueva York, la que yo consideraba el vibrante núcleo del país, una ciudad febril y prolífica en todos los sentidos de la palabra; prospera en cultura y de un dinamismo que me fascinaba. Teatro, arte, belleza, moda, música. Nueva York lo tenía todo.

Me imaginaba las oportunidades que la vida neoyorquina me brindaría, la gente a la que conocería y la cantidad de cosas que ellos me aportarían, y de esa forma me pasaba horas enteras soñando con los ojos abiertos, planeando todas y cada una de las locuras que haría si pudiera poner tierra de por medio entre ese lugar olvidado de la mano de Dios y yo.

En cuanto se me presentó la ocasión de marcharme, no me lo pensé dos veces. Me alejé junto a Daniel, sin llegar nunca a sentir nostalgia por los ondulantes campos verdes, los pantanos rebosantes de vegetación o los oscuros bosques de cipreses en los que me solía perder cuando era pequeña. Me movían la inconsciencia de mi juventud y un voraz deseo de reinventarme, de dejar atrás a la Zooey que solía ser, creando de esa forma a alguien nuevo y muchísimo más interesante. ¿Quién quería ver pastos llenos de vacas, si la alternativa era vivir en Manhattan y convertirse en una chica cosmopolita?

Ahora, tras haber pasado más de diez años alejada de mi lugar de nacimiento, al pisar la capital de Texas me sentí como si estuviera adentrándome en la América más profunda. Me había desacostumbrado incluso al modo de hablar de los tejanos, esa peculiar forma de arrastrar las vocales y el inconfundible acento cerrado.

Concluidos unos interminables minutos de recorrer la sala de un lado al otro, por fin vi llegar las maletas y me acerqué a la cinta mecánica que las transportaba. Cuando me llegó el turno, me estiré por encima de un niño y agarré la mía, intentando no golpearle con las ruedas al enderezarme.

Travis, deja pasar a la gente ―advirtió su madre, la cual había reparado en mi maniobra y se había dado cuenta de que el pequeño Travis estorbaba un poco.

El niño se apartó y yo le sonreí. Debía de ser la primera sonrisa sincera que esbozaba en días, la única que no me costó ningún esfuerzo. Daniel y yo no teníamos hijos, aunque hubo una época en la que soñé con tenerlos.

Lo que sí tenía eran montones y montones de sobrinitos. A los que apenas veía. A algunos ni siquiera había conocido aún, estaban dentro del vientre de sus madres la última vez que volé a Austin, y como mis hermanas y yo no éramos aficionadas a compartir fotos familiares por WhatsApp, no tenía ni idea del aspecto que tenían los críos. Conocía sus nombres porque era una buena tía y les enviaba un regalo navideño todos los años.

Por FedEx.

Mi familia era de las complicadas, de las que siempre tenían un frente abierto en alguna parte. Había que hacer encaje de bolillos para conseguir juntar a todo el mundo sin que nadie saliera machacado. Todavía no lo habíamos conseguido, razón por la cual apenas nos veíamos, a no ser que fuerzas mayores (malignas, en algunas ocasiones) nos juntaran a todos bajo el cielo de la misma ciudad.

Estaba convencida de que este nuevo encuentro iba a resultar explosivo. De hecho, venía preparada para lo peor. Si se podía sacar algo en positivo de los sucesos de los últimos días, era que la aventura de mi marido me había insensibilizado. Cualquier cosa que hiciera mi familia a partir de ahora, me iba a parecer una nimiedad comparado con lo de Daniel y Charlotte.

Arrastrando la pesada maleta roja, llena de ropa que sabía que nunca me daría tiempo a ponerme, me acerqué al mostrador de una empresa de alquiler de coches y elegí un bonito Ford modelo familiar, cuyo precio aboné en efectivo.

Gracias ―le dije al hombre que me entregó la llave en el aparcamiento, tras una breve inspección del reluciente vehículo azul por el que acababa de soltar una pequeña fortuna en concepto de fianza.

Conduzca con cuidado ―se despidió sonriente, llevándose dos dedos al ala del sobrero. Llevaba un Stetson. Por supuesto que sí.

Con un suspiro melancólico (mi padre también llevaba un Stetson), abrí el maletero, lancé el equipaje dentro y me coloqué las gafas de sol encima de la nariz. Frotándome las palmas como siempre hacía después de una tarea bien hecha, rodeé el Ford y me senté detrás del volante.

El viaje iba viento en popa. El avión no había llegado con demasiado retraso, la compañía no había perdido mi maleta como en otras ocasiones, había conseguido coche de alquiler en menos de diez minutos…

Hasta que me di cuenta de que el cambio era manual, y todo se echó a perder.

¿Qué? ¡No fastidies! ―grité, propinándole un furioso golpe al volante. Rocé el claxon sin querer y pegué un brinco en mi asiento, asustada por el ruido que yo misma había provocado. Necesité un momento para comprender que nadie me estaba pitando. Fue algo casi tan estúpido como las películas de Ben Stiller.

Acababa de llegar, y las cosas habían empezado a descontrolarse. Maravilloso.

Con ademanes torpes, me enderecé las gafas de sol, que se me habían torcido un poco por el sobresalto, rezongué otra maldición y ajusté los espejos y el asiento 

a mi altura. Si la vida te da limones, hay que hacer limonada.

Giré la llave dentro del contacto, puse el vehículo en marcha y…

para desesperación de los que circulaban detrás de mí, lo calé cinco veces seguidas. Demasiadas, teniendo en cuenta que aún no había abandonado el aparcamiento.

Me pitaron y coseché unos cuantos insultos que me hicieron descubrir que los tejanos no eran tan amigables como parecían.

En vista del atasco que estaba provocando, decidí dejarme de tonterías y pisar el embrague con más vehemencia. No me gustaba ser el hazmerreír de los demás conductores.

Si conseguiste no asesinar a Daniel ayer, puedes conducir un puñetero coche, me infundí ánimos, y, sin soltar más el embrague, maniobré para incorporarme al apabullante tráfico de la tarde. Habían pasado años desde la última vez que había conducido un vehículo con marchas, y me costaba bastante recordar el procedimiento.

En cuanto cogí la autopista y conseguí meter cuarta, supe que ya no había más peligro de calarlo. Ahora solo tenía que conducir, como si se tratara de un automático. Aun así, no fui capaz de relajarme, me mantuve tensa e incómoda, con los ojos siempre fijos en la carretera. Ni siquiera me atreví a cambiar de emisora por miedo a estrellarme, con lo que tocó escuchar canciones folk a todo volumen. Sentía que no era yo la que tenía el control, sino el coche, y eso me aterraba.

Empleé más de media hora en realizar un recorrido que, por lo general, solo requería unos diez minutos de conducción.

Aliviada de haber sobrevivido al tráfico del centro, y procurando llegar sana y salva al hospital, giré a la derecha en un cruce tan transitado que hizo que las 

manos me sudaran encima del volante, y aparqué con dificultad delante de una floristería, en una calle bastante concurrida.

Al abandonar el fresco interior del coche, gruñí una maldición. Fuera, el calor se había vuelto insoportable, aún más a causa de la elevada humedad que cubría mi piel con una capa sofocante y pegajosa.

Sin prescindir de las gafas oscuras, tan necesarias para conducir con el sol bajo en el horizonte, crucé la calle y entré en el pequeño establecimiento, cuya entrada estaba delineada por pesados maceteros que había que esquivar. El cencerro que colgaba sobre la puerta emitió un alegre sonido, como para darme la bienvenida a la tienda. Me pareció muy pintoresco. En Nueva York no había sonidos de cencerro. No que yo supiera, al menos.

Me acerqué al mostrador, sepultado bajo toda clase de flores y plantas, y le pedí al dependiente un ramo de margaritas.

Tiene mucha suerte. Es el único que nos queda. Tenga. Unas flores bonitas para una chica aún más bonita.

Los tejanos eran unos ligones. Retiré la nariz del ramo de flores, que no olían a absolutamente nada, y le sonreí.

Oh, no son para mí. Se las llevo a mi madre. Le encantan las margaritas.

Cada vez son más difíciles de conseguir ―replicó con pesadumbre―. Hace tanto calor que no tardan nada en marchitarse.

Era triste de algún modo que las únicas flores que le gustaban a ella se marchitaran antes de tiempo. Con una sonrisa efusiva, pagué lo que debía, cogí el ramo y me enfrenté de nuevo al molesto sol poniente, que arrojaba reflejos rojizos encima de los bucles que el aire empujaba delante de mis ojos.

Tras asegurarme de haber dejado el coche bien cerrado, caminé por la acera en dirección a la modesta clínica, que se erguía solo un par de plantas por encima del nivel del suelo, y crucé las puertas automáticas.

Tuve que pasar por recepción antes, ya que Jennifer no había especificado en qué habitación tenían a mamá.

Disculpe. Hola. ―Sonreí cuando la recepcionista levantó la mirada del ordenador―. ¿Podría indicarme cuál es la habitación de Verónica Patton?

La mujer, con una rígida sonrisa profesional, tecleó algo mientras yo tamborileaba impaciente los dedos encima del mostrador de granito, en un vano intento por liberar la tensión.

La veintitrés. Siga este pasillo todo recto, y al fondo gire a mano derecha.

Gracias.

Con manos trémulas, me enrosqué el fino pañuelo rojo alrededor del cuello y seguí la dirección que me habían indicado. Estaba tan nerviosa, tan perdida en mis pensamientos y tan inquieta por encontrar a mi madre ingresada en un hospital, que, sin darme cuenta, me estrellé contra la sólida caja torácica de un hombre que salía de una habitación con un montón de carpetas en la mano, justo en ese momento. Nos dimos tal golpe que sus carpetas salieron disparadas por el aire y aterrizaron al lado de mis pies.

Dios, lo siento ―murmuré aturullada, y me agaché a recoger los folios que mi torpeza había desparramado a nuestro alrededor.

Él se agachó a mi lado. No pude evitar echar un ojo a los documentos mientras se los ofrecía. Parecían los planos de una casa. Una casa bien grande.

¿Zooey?

Sus ojos buscaron a los míos con tal insistencia que, aturdida como estaba, levanté la mirada y lo estudié con expresión confusa. Admito que me gustó lo que vi. El hombre, que a su vez me contemplaba a mí, era alto y fortachón. Muy atractivo. Un tejano hecho y derecho, de piel tostada, profundos ojos, tan azules como las aguas del lago Conroe, y cabello rubio oscuro, corto y un poco gastado hacia las puntas. Ese hombre no debía de tener ni idea de lo que era un buen corte de pelo. Sin duda, se cortaba el pelo muy de vez en cuando, y siempre en el baño de su casa.

Iba en vaqueros, botas y camisa caqui remangada, y la piel alrededor de sus ojos estaba curtida por el sol. Debía de ser una persona risueña, también me fijé en las líneas de expresión que se insinuaban en las comisuras de sus labios.

Parecía igualarme en edad, aunque no tenía ni idea de quién era o de qué me conocía. No había nada familiar en él.

Disculpa, ¿nos conocemos?

¿No te acuerdas de mí? Soy T.J.

Una vez conocí a un T.J. Lo dejé plantado en mi baile de graduación. Esa noche me fugué con Daniel, el que ahora era mi marido, el capullo que, unas doce horas antes de esa conversación, me había confesado una aventura con su mejor amiga. Al menos ahora, el término amiga íntima tenía algún sentido para mí.

Dado el modo (inexistente) en el que nos habíamos despedido, recé para que no se tratara del mismo T.J.

¡T.J.! ―fingí reconocerle―. Claro. Vaya. Eres tú. Qué torpe. Me alegro de verte. Cuánto tiempo.

T.J. me mostró una sonrisa perezosa. Sus dientes me llamaron la atención por su blancura y por lo rectos que eran. Era un hombre tan apuesto que decidí que era imposible que se tratara del mismo tío del instituto. Yo recordaba a T.J. como un joven desgarbado, larguirucho, demasiado delgado y de ademanes un poco torpes. No había término de comparación entre él y mi apuesto novio de la adolescencia, el quarterback Daniel Thorne, el chico que, con una sola mirada de sus espectaculares ojos verdes, conseguía que las muchachas (yo incluida) perdieran las bragas en un santiamén.

Ya te digo. Creo que no te veía desde el baile de graduación, cuando me dejaste plantado y te fugaste con… ―Ladeó la cabeza, se rascó la ceja y se hizo el despistado―. ¿Cómo se llamaba aquel chico?

Tragué saliva. Pues sí, sí que se trataba del mismo T.J. Vaya por Dios. Estúpidas casualidades de la vida.

Daniel ―balbucí ruborizada.

Eso. Daniel. ¿Cómo está Daniel? ¿Sigues casada con él?

No pude refrenar a tiempo una mueca de aversión.

Legalmente sí, pero nos estamos dando un respiro ―expliqué, desconocedora de las razones que impulsaron tan molesto derroche de honestidad.

En los ojos de T.J. brilló una expresión casi malévola.

¿En serio? Qué lástima. Me caía bien.

¿De verdad?

En absoluto ―contestó con una contundencia tan seca que me hizo sonreír.

Nos erguimos y le ofrecí el resto de los papeles que llevaba en la mano. T.J. estaba sonriendo, y reparé en que había un ligero matiz insolente en su sonrisa. A lo mejor le resultaba divertido lo mío con Daniel. O a lo mejor consideraba que me lo tenía merecido.

Esa idea consiguió que mi sonrisa se hiciera añicos. Nunca lo había pensado, pero ¿podía haber sido cosa del karma? ¿Lo que se siembra se recoge, o algo así? ¿Había acumulado yo demasiadas energías negativas a lo largo de mi existencia y ahora la vida me decía namasté, Zooey, y que te jodan?

Hmmm. A lo mejor.

Gracias por ayudarme ―T.J. interrumpió mi viaje espiritual al acercárseme de una zancada. Retuvo mis ojos con tanta insistencia que me vi obligada a echar la cabeza hacia atrás para soportar todo el peso de su mirada. Era considerablemente más alto que yo―. Aunque, por el otro lado, si no me hubieses derribado, no me habría hecho falta tu ayuda. Así que… ¿gracias por nada?

Apreté los labios en una línea fina y tensa para desvelar mi arrepentimiento.

Lo siento. De veras.

No pasa nada. Quedas perdonada. ¿Qué haces aquí?

Pasé de inventarme alguna historieta y, en vez de eso, le dije la verdad.

Bueno, mamá está ingresada y…

¿La señora Patton está enferma? ―se preocupó T.J.―. ¿Qué es lo que le pasa?

Me encogí de hombros.

Aún no lo sabemos. Le están haciendo algunas pruebas.

Él posó una mano en mi hombro. No era un gesto sexual o provocativo. Solo pretendía trasmitirme apoyo. Así y todo, no pude reprimir un leve estremecimiento que contrajo mi estómago. Aquel era un hombre completa y absolutamente masculino, y eso me intimidaba. En su presencia, a pesar de mi casi metro setenta y dos de altura, me sentí pequeña y frágil.

Espero que todo salga bien ―me dijo con tono afable.

Oh, seguro que no es nada. El azúcar o algo así. Ya sabes que, después de cierta edad, el cuerpo da algún que otro fallo.

Hablaba tan deprisa porque era incapaz de contener mi nerviosismo. Su mano era grande y fuerte. Notaba su calidez a través de la ropa y, por algún motivo, se me empezó a elevar la temperatura corporal. ¿Todo eso sucedía porque hacía meses que ningún hombre me tocaba de forma íntima? ¿Debía achacar mi reacción a las hormonas desquiciadas, o más bien a un oculto deseo de hacerle daño a Daniel acostándome con otro hombre?

¡Qué despropósito! T.J. está tan cañón que hace que a una se le doblen las rodillas, me tranquilicé a mí misma, decidida a no buscar significados tan profundos. No se trataba de un retorcido deseo de vengarme de mi querido y adúltero marido. Ese hombre me parecía guapo y punto. Además, era el primer representante del sexo opuesto que se interesaba por mí en mucho tiempo. Decidí que sentirme atraída por él era lo normal.

Ahora que lo mencionas, a mí cada día me chascan más las rodillas ―bromeó él con un guiño.

Si te sirve de consuelo, a mí también. Pero, chisssstt, no lo digas por ahí. Tengo una reputación.

Reímos, divertidos por la broma, hasta que él carraspeó, retiró la mano y se rascó la nuca. Era como si algo le perturbara de pronto, como si esa intimidad le asustara de algún modo. Su sonrisa se había tornado tensa y menguaba con cada segundo que trascurría. La mía, por el contrario, se mantuvo intacta.

Busqué sus ojos azules y los estudié embobada. Me hallaba ante uno de los hombres más guapos con los que me había topado en toda mi vida, y eso que vivía en Nueva York, el centro del mundo civilizado, donde había montones y montones de tipos apuestos.

T.J. era guapo. Indiscutiblemente. Pero era mucho más que un rostro masculino y un cuerpo forjado a base de trabajos pesados.

Cuanto más lo observaba, más convencida estaba de que su aspecto físico no era lo único que me atraía de él. No se trataba solo de la dureza de unas facciones esculpidas y tostadas por el sol, o de la solidez de una figura alta y robusta. Había algo en sus ojos, un aire de honradez que hacía años que no veía en nadie.

No sé por qué, pero tuve la impresión de que T.J. era un tipo leal. Alguien como mi cuñado Logan. Alguien como mi padre. Alguien completamente opuesto a Daniel.

Aparté ese pensamiento de mi cabeza. Pensar en mi marido me ponía en plan homicida.

Siento oír lo de tu madre ―me dijo T.J. con voz cálida―. Espero que se mejore pronto.

Esbocé una sonrisa forzada y tensa. Notaba frío en el hombro desde que él había retirado la mano.

Gracias. Bueno, tengo que dejarte. Me están esperando.

Claro. ―Palmeó mi hombro a modo de despedida, besarnos habría resultado incómodo para ambos, y me sonrió por última vez―. Me alegro de verte.

Lo mismo digo. Adiós, T.J.

Adiós, Zooey. Dale recuerdos a tu madre.

Lo haré.

Se marchó, con los andares perezosos de un hombre que es sexy y no le importa que los demás lo sepan, y yo solté todo el aire que había retenido hacia los últimos segundos de nuestra conversación, y continué mi camino por el pasillo, procurando no derribar a nadie más.

Delante de la puerta de mamá, cuadré los hombros, llamé con suavidad y me preparé para enfrentarme a lo que fuera que tuviera que afrontar.

Estaban todos ahí cuando entré. Mi hermana Liberty y su odioso marido Tom, mi hermana Jennifer y su marido Logan, mi hermana pequeña Rachel…

Y, por supuesto, mamá, que se alegró muchísimo de verme.

Era la hija a la que menos veía. Mis hermanas mayores vivían en el condado, y, de una forma u otra, sus caminos se acababan cruzando tarde o temprano, en el mercado o en la peluquería. Puede que incluso en el cementerio. Dios sabía que había mucha gente querida sepultada en el cementerio local.

Rachel, a pesar de estar viviendo en California, visitaba a mamá como mínimo dos veces al año.

Yo, en cambio, después del entierro de papá, no lo había hecho, siempre por falta de tiempo, organización o cualquier otra excusa estúpida a la que me aferraba para justificar mis ausencias en fechas señaladas.

Incómoda a más no poder, me detuve en el umbral y los evalué a todos con mirada inquieta. Me sentía un poco fuera de lugar delante de mi propia familia. Yo era la desconocida, la que se había desentendido por completo de los demás. Era imposible que me sintiera cómoda en esas circunstancias. Era una intrusa.

Hola ―saludé, notando cómo se me alzaban los bordes de la boca en un gesto tenso, una sonrisa que no tardó más de un par de milésimas de segundo en apagarse encima de mis labios.

Los ojos de mi madre resplandecieron como un chispazo, iluminando su rostro afectuoso, aunque marchito por el cansancio.

¡Zooey! ¡Dios mío! ¡Has venido desde Nueva York!

Lo dijo como si hubiese tenido que venir desde la Luna, y experimenté cierto malestar al comprender que no había sido una buena hija. En los últimos cinco años no había ido a verla ni una sola vez. Supongo que no le había perdonado a mi madre el haberse posicionado del lado de Jennifer en el escándalo que nos acabó dividiendo a las cuatro hermanas en dos bandos: por un lado, Liberty y Jennifer, y por el otro, Rachel y yo. En mi opinión, una madre tiene que mantenerse ecuánime en algunos asuntos.

Pero ese no era un buen momento para ventilar los trapos sucios. Mi madre estaba ingresada en el hospital, y yo estaba preocupada por ella. Pese a que nuestra relación se había enfriado muchos años atrás (fugarme con Daniel lo había echado todo a perder, ya que a ella le sentó como un jarro de agua fría que nos casáramos sin su bendición), no dejaba de ser mi madre.

Así que me acerqué a su cama, le di un beso en la frente y dejé el ramo de flores sobre la mesilla.

Hola, mamá. Me alegro de verte.

¡Pero qué guapa vienes! ¿Qué te has hecho en el pelo?

¿Esto? Ya ves, me lo he tenido de castaño. Estaba cansada del eterno y aburrido rubio que me dejaste en herencia.

Mi madre se rio y rozó el largo mechón que yo acababa de soltar.

Y lo llevas ondulado como las estrellas del cine. Qué bonito. Parece caramelo derretido, ¿verdad, Titi?

A mi hermana Liberty la llamábamos Titi. Como era peluquera, mamá la consideraba la máxima autoridad en cuanto a peinados. Siempre pedía su opinión para todo lo relacionado con la moda capilar.

Sí, mamá. Muy bonito. Hola, Zooey. Te veo… muy bien. Muy guapa. Muy… joven.

Lamenté no poder devolverle el cumplido. En vez de decir nada, correspondí con una sonrisa triste. Me entristecía verla tan desmejorada a sus treinta y seis años. Tenía cara de estar sufriendo, surcos de amargura donde no debía tenerlos. Mi hermana era profundamente infeliz, y lo advertí con una sola ojeada.

Titi era la mayor. La primera en tener pechos, la primera en perder la virginidad, y la primera en cagarla al casarse con el tipo más cretino que alguien fue capaz de parir. Mis relaciones con ella se habían enfriado mucho antes de lo de Jen y Rach, y sucedió por culpa de Tom, que se propasó una noche en la que yo cuidaba de Ayleen, su hija.

Fue una experiencia horrenda. Mi hermana había salido con unas amigas, y se suponía que Tom trabajaría hasta muy tarde, pero, por algún motivo, llegó a casa antes de lo previsto. Ayleen estaba durmiendo en su habitación y yo veía la tele en el salón.

Nada más llegar, Tom abrió una lata de cerveza, se sentó a mi lado en el sofá y, conforme avanzaba la noche, se me acercó cada vez más, hasta que acabó encima de mí, su lengua con sabor a alcohol intentando penetrar mi boca y sus asquerosas manos manoseándome los pechos apenas desarrollados. De no haber sido porque Titi entró en ese momento, gritando que ya estaba en casa, no sé qué habría pasado.

Tom me soltó de inmediato, me dijo que cerrara la puta boca y subió al dormitorio antes de que las pisadas de Titi alcanzaran la sala de estar.

Al verme tan pálida, mi hermana me preguntó qué me sucedía. Se lo conté entre lágrimas, le dije lo que me había hecho Tom, pero la reacción de Titi no fue la que yo esperaba. Me abofeteó y me dijo que era una puta mentirosa y que estaba celosa de su relación, y luego me echó de su casa. Yo tenía dieciséis años en aquel entonces. Titi, veintidós. Habían pasado catorce años y ella seguía casada con él.

Y eso era algo que yo no podía perdonarle a mi hermana mayor. No el hecho de no haber creído en mí, sino el haberse destrozado la vida siguiendo al lado de un canalla como Tom. Ella se merecía algo mejor. En el fondo, era buena persona, puede que la mejor de las cuatro.

¡Pero si es la señora escritora! ―exclamó Rachel, muy contenta de verme.

Guionista ―la corregí con una sonrisa ladeada. Me acerqué a ella y le di un abrazo fuerte―. Hola, peque.

Aunque yo solo era tres años mayor que ella, para mí era la pequeña, la niña a la que defendía de los abusones en el cole y a la que le hacía bocadillos para merendar cuando mi madre no estaba en casa.

¿También te llamó Jennifer? ―le susurré.

Un estremecimiento recorrió el delgado cuerpo de Rachel al ser mencionado el nombre de la hermana mediana.

No. Fue Titi.

Qué suerte la tuya.

¿Tú crees?

Jennifer y Rachel llevaban unos once años sin hablarse, y era por culpa de Logan. Por lo visto, cada vez que las hermanas Patton armaban una trifulca, había un hombre de por medio.

Aunque cabe mencionar que mi cuñado Logan era todo lo contrario a Tom. A mí me parecía un hombre de un carácter irreprochable y una generosidad casi abrumadora. Era noble y leal como nadie a quien yo hubiera conocido, y puedo afirmar sin temor a equivocarme que se podía contar con él incluso en los momentos más cruciales de la vida. Logan era de los que nunca abandonaban el barco. Por mucho que este estuviera a la derriba, él se quedaba hasta el fin, luchando, dándolo todo para mantenerlo a flote.

Logan era mi amigo. Uno de mis amigos más queridos. Para mí, él era más familia mía que mi hermana Jennifer. La familia no solo es sangre. También es lealtad. Confianza. Comprensión. Y Logan me había dado todo eso y mucho más.

Rachel se enamoró de él cuando era una cría, y no fue de extrañar. Logan Miller era guapísimo. Unos ojos azules de infarto, un cuerpazo que te hacía temblar y unos andares tan sexys que las chicas casi se desmayaban cuando le veían llegar a un rodeo. Era bastante más mayor que ella, pero a Rachel no le importó.

Un día proclamó que tenía pensado casarse con Logan Miller. Ella tenía quince años por aquel entonces. Él, veinticinco. Y a todos nos pareció bien.

Menos a nuestra hermana Jennifer, la reina del baile del instituto y la chica más ambiciosa de todo el estado de Texas. Si antes del enamoramiento de Rachel, Logan no representaba ningún interés para ella, al enterarse de los sentimientos de nuestra hermana pequeña, Jen se empeñó en cazarlo. Creo que solo lo hizo para fastidiar. Era demasiado superficial como para albergar sentimientos sinceros. Lo que le sucedía era que, sencilla y llanamente, no podía soportar la idea de no ser ella el centro del puñetero universo.

Sometió al pobre Logan a una autentica cacería, y el día en el que Rachel cumplió los dieciséis años, en su misma fiesta de cumpleaños, se lo trajo a casa y nos anunció que iban a casarse. La reacción de Rach fue devastadora. Era su primer amor, y nada duele más que te lo arranquen de forma tan injusta y por puro capricho, además.

Sinceramente, creo que, más que perder a Logan, lo que más le partió el corazón fue la traición de una de las hermanas a la que ella más admiraba. Rachel era demasiado joven entonces como para saber que Jennifer no era sino una cara bonita sin nada sustancioso en el interior.

Ante el escándalo que empezó a agitar cada vez más los cimientos de nuestra familia, las dos hermanas mayores hicieron piña. Según era de esperar, Titi defendió a Jennifer como siempre hacía. Mis padres también se pusieron del lado de su segunda hija. En definitiva, Jennifer, de veintidós años, estaba en edad de casarse. Rachel no era más que una niña con un encaprichamiento ridículo. De toda la familia, yo fui la única en posicionarse a su lado; la única en ofrecerle apoyo moral cuando más falta le hacía.

Aún recuerdo lo deprimente que fue la adolescencia de Rachel. No solo porque la arrastraron a la boda de su hermana para ver cómo esta se casaba con el hombre al que ella aún amaba a pesar de todo, sino porque, encima, obligada por mamá, tuvo que desempeñar el papel de dama de honor, llegando incluso a ayudar a Jennifer a preparar su atuendo para la noche de bodas con Logan. Aquello debió de ser muy doloroso para ella.

Después de la boda de Jennifer y Logan, la pequeña Rach se volvió cada vez más y más retraída, se refugió en un caparazón casi impenetrable para evitar que le volvieran a hacer daño. No tenía ninguna amiga aparte de mí, y no salió con ningún chico durante todo el instituto. Navidades, Acción de Gracias y cada uno de los cumpleaños familiares, suponían un auténtico suplicio para ella, pues Jennifer siempre se las apañaba para restregarle su felicidad conyugal, fuera esta real o no.

Tan pronto como se graduó en el instituto local, Rachel obtuvo una beca (a falta de una vida social, se pasaba el día estudiando) y se marchó a París a aprender los secretos de la alta costura. Me sentía muy orgullosa de sus logros. Tras largos años de duro trabajo, ahora, con solo veintisiete años, mi hermana pequeña se había convertido en una de las mejores diseñadoras del país. Era dueña de una boutique de lujo en Los Ángeles y había conseguido engatusar a la clientela más distinguida de toda la costa oeste, desde actrices de cine hasta cantantes, e incluso la primera dama. Todo el que era alguien y se preciara de ello, había presumido alguna vez de un modelito de Rally.

Yo misma lucía uno aquella tarde, un mono azul marino de rayas blancas, que entrelazaba la elegancia con la comodidad.

¿Sabemos algo de las pruebas? ―pregunté, a nadie en concreto.

Seguimos esperando ―contestó Logan con una sonrisa bonachona.

Me alegré de descubrir que el estar casado con mi hermana no le había avinagrado el carácter. A diferencia de todo el mundo, él era el que menos había cambiado con el curso de los años.

De acuerdo, lo encontré un poco más mayor, se le formaban pequeñas arruguitas alrededor de los ojos cada vez que sonreía, pero seguía siendo el Logan de siempre, alto, guapo, moreno y leal. De algún modo, me recordaba a T.J., el mismo tipo de tejano bronceado y corpulento que se pasaba el día trabajando en el exterior. La idea de encerrar a Logan o a T.J. en una oficina resultaba desternillante. Se habrían subido por las paredes. Eran hombres de acción. Les gustaba sentir el aire en la cara y la lluvia empapando su ropa. Eran libres como potros salvajes, y eso les hacía felices. No, de ningún modo me los imaginaba trabajando de contables, atrapados en un habitáculo de menos de quince metros cuadrados.

Bueno, ¿y qué te cuentas, Zooey? ¿Daniel no viene contigo?

No tenía pensado comentarles el aprieto por el que pasaba mi matrimonio con Daniel, y mucho menos si el que preguntaba era el cretino de Tom.

Tiene mucho trabajo ―contesté con gelidez.

Los tipos de la ciudad. Siempre tan ocupados.

Decidí cambiar de tema. Lo que menos me apetecía era conversar con un cretino y que el tema de conversación girase en torno a otro cretino.

¿Y qué tal vosotros? Seguís igual, imagino. Parece que en Texas nunca sucede nada nuevo.

Yo he dado un paso hacia adelante y he comprado la peluquería ―anunció Titi con una sonrisa que le arrugó muchísimo las esquinas de los ojos. Incluso su alegría enmascaraba un ligero matiz de tormento, y, sin poder evitarlo, volví a experimentar un extraño sentimiento de lástima. Me sentía culpable por eso porque sabía que yo, en su lugar, habría odiado despertar compasión.

Enhorabuena, Titi ―la felicitó Rachel.

Nuestra hermana mayor recibió sus sinceras palabras con un gesto de cabeza. Yo también la felicité. Me alegraba por ella. Era una buena noticia que al menos el trabajo le fuera bien.

Gracias. Me hacía falta. Estaba harta de trabajar siempre para otros.

Mi chica se merecía un proyecto nuevo. Y si trae más dinero a casa…

Rachel y yo pusimos los ojos en blanco a la vez.

¿Alguien quiere un café? ―ofreció Jennifer con aires de gran anfitriona.

Seguía siendo una reina de la belleza, pero del tipo vulgar. Todo en ella rebosaba vulgaridad, su vestido corto y escotado, el estampado animal, sus sandalias rosas llenas de pedrería, las uñas largas y rojas como las de una bruja… No me costaba ningún esfuerzo imaginármela subida a una escoba, esparciendo maleficios y risas diabólicas.

Jennifer era la única hermana Patton que no había superado la adolescencia. Para ella, fue su época de gloria, el tiempo de su vida, y se negaba a dejarlo escapar así como así. Imagino que por eso aún lucía el mismo estilo de ropa que solía llevar en el instituto, como si se negara a admitirse a sí misma que ya no le sentaba bien. Al hablar, empleaba un tono chulesco, y siempre masticaba el chicle con la boca abierta. Si mi hermana hubiese inventado una corriente artística, los expertos la habrían denominado chonismo.

Deberías traer café para todos ―increpó mamá.

No voy a poder con todo, ma. Somos muchos.

De algún modo, Jennifer siempre se las apañaba para parecer una pobre damisela en apuros. Supongo que era así como había engatusado a Logan en su juventud. Si hay algo a lo que los hombres como Logan y T.J. no pueden resistirle, es una pobre damisela necesitada de su ayuda.

Pues llévate a Titi y a Tom ―resolvió mi madre, un poco irritada por la falta de iniciativa de mi hermana.

Está bien. Pero no esperéis milagros. El café del hospital es una mierda. Lo digo sobre todo por las pijas.

O sea, Rachel y yo.

Seguro que está bien ―aseveró Rachel con una sonrisa forzada.

Bueno, yo os lo he avisado. No quiero oír quejas después. Vamos, Titi. Tom, ¿a qué coño estás esperando? Ven a echarnos una mano. No me seas vago.

En cuanto ellos desaparecieron detrás de la puerta, mi madre me sonrió y se volvió hacia Logan.

Logan, cariño, ¿te importaría ir a decirle a Jennifer que compre también un par de botellitas de agua? Tengo la garganta tan seca como el estado de Arizona. Y ayúdala a traer las cosas. No querremos que se rompa alguna uña en el proceso.

Logan, insolentemente recostado contra la pared, alzó la esquina derecha de la boca en una sonrisa picaresca.

Desde luego que no. Todos conocemos su tendencia al dramatismo. ¿Necesitáis algo más?

Nos miró con sus profundos ojos azules. Rachel y yo declinamos en silencio.

No, cielo. Con eso será suficiente ―respondió mamá.

Mi cuñado se enderezó y, al pasar por delante de nosotras, se despidió con un guiño.

Era impresionante como, en apenas unos segundos, mi madre se las había arreglado para quedarse a solas con Rachel y conmigo. Sabía perfectamente que lo había hecho aposta. Estaba al tanto de que ni Rach ni yo nos encontrábamos cómodas en presencia de nuestras dos hermanas mayores, y lo que pretendía era aflojar la tensión que cargaba el aire cada vez que nos juntábamos.

¿Qué tal te encuentras, mamá? ―quise saber, evaluándola desde la ventana sobre la que me había apoyado.

Mi madre calló un momento.

Bueno… bien, pero…

¿Qué pasa? ―se inquietó Rachel.

Mi madre se incorporó un poco y mi hermana corrió a colocarle la almohada. Fue entonces cuando me percaté de lo débil que estaba, de su palidez, de lo mucho que se le notaban los nudillos de las manos. Estaba en los huesos. Había cambiado mucho a lo largo de esos cinco años que llevaba sin verla.

No es la primera vez que me desmayo ―susurró con aire culpable.

Parpadeé y me enderecé con tanta brusquedad que experimenté un ligero mareo, a lo mejor producido por la falta de alimento. La verdad era que no había probado bocado en todo el día.

¿Qué intentas decir? ―farfullé, y yo misma percibí el deje de miedo que arrastraban mis palabras.

Pues que llevo un tiempo encontrándome mal. No lo sé, he perdido bastante peso, y tengo nauseas casi todo el rato. Si no fuera imposible, diría que estoy preñada. ―Se rio; sin embargo, ni a Rachel ni a mí nos hizo gracia la broma―. ¡Vamos!, borrad esas muecas de preocupación. Seguro que no es nada. Vuestra madre está más sana que una manzana. No he descansado demasiado bien estas últimas semanas. Os prometo que a partir de ahora no me lo tomaré tan a la ligera y así os ahorraré estos sustos tan tontos.

Mi hermana y yo intercambiamos una mirada cargada de preocupación.

Eso estaría bien, mamá ―balbuceé con voz temblorosa.

Ella sonrió como solo una madre sabe sonreírte. Con ese afecto indiscutible.

Contadme, hijas, ¿qué tal os van las cosas? Hace mucho que no hablo contigo, Zooey. Me habré perdido muchas cosas de tu vida.

Solo ella podía decir aquello sin que sonara como un reproche. Me tragué las lágrimas e intenté disimular con una sonrisa la inquietud que se me había enroscado en el estómago.

Tampoco tantas. He estrenado un musical hace dos semanas, y lo cierto es que el guion ha recibido muy buenas críticas. Estoy contenta. Cualquier día de estos me llama algún pez gordo para escribir una súper obra de Broadway ―bromeé. Estaba a mil años luz de que me pasara algo así de bueno.

¡Enhorabuena, cielo! Estoy muy orgullosa de ti. Y de ti también, Rachel.

Ah, y Daniel me pone los cuernos con su mejor amiga, Charlotte. La visteis en las fotos de la boda. Sí, la abogada, alta, rubia, espectacular. Sabéis a quién me refiero, ¿verdad? La que os cayó mal nada más verla. Por lo demás, todo sigue igual.

Sobrevino un tenso momento de silencio. No tenía pensado contarles nada de eso, y mucho menos de esa forma tan teatral, pero las palabras brotaron disparadas y no pude detenerlas a tiempo. A lo mejor la tendencia al dramatismo era un rasgo de familia.

Rachel colocó una mano en mi hombro para transmitirme su apoyo.

Oh, Zooey ―murmuró compasiva.

Lo siento, cariño. ―Mi madre me alargó la mano―. Lo siento en el alma. Sé lo mucho que le amabas.

Me aferré a sus dedos y los estreché con fuerza. Como una niña valiente.

Mamá…

Quería tener el coraje de decir que no pasaba nada, que no me importaba, que lo superaría, pero no pude. La presión en mi pecho se volvió tan lacerante que rompí a llorar.

Por fin. Después de todas las horas de embotamiento que habían pasado desde que Daniel me lo había confesado, por fin pude desahogarme.

Rachel me condujo a la butaca que había al lado de la cama de mamá, y mientras yo lloraba en silencio, mi madre me frotó despacio la mano. Su piel estaba muy fría y áspera al tacto. Las manos eran la única parte de su cuerpo que desvelaba su edad.

Lo que más me duele es que yo ni siquiera me di cuenta de lo mal que estábamos ―confesé entre lágrimas―. Llevo con él prácticamente toda la vida, y no lo vi venir. ¿Cómo pude ser tan imbécil?

Cariño, la culpa no es tuya.

Mamá tiene razón. No te martirices, Zooey. Esto solo es culpa de Daniel. Menudo cerdo.

Claro que es culpa mía ―rebatí y me sequé las esquinas de los ojos―. Estoy siempre trabajando y me pierdo muchísimas cosas. Apenas hablábamos, apenas hacíamos cosas juntos… ¿Qué voy a hacer ahora?

Divorciarte.

Dejé de llorar y miré a mi madre con la mandíbula desencajada. Que ella dijera algo así me resultaba inconcebible. Más que nada, porque mi madre era una acérrima opositora del divorcio. De hecho, seguro que hubiese preferido tener a una hija afiliada a la Iglesia Satánica. Cualquier cosa era mejor que estar divorciada.

¿Qué? ¿Quieres que me divorcie de Daniel?

Yo no quiero que lo hagas, cielo. Tienes que hacerlo ―recalcó con férrea convicción―. He cometido algunos errores con vosotras, niñas, y ahora lo veo. ―Sus ojos apuntaron a Rachel, y esta tragó saliva al comprender de qué iba aquello―. No os he apoyado cuando estabais necesitadas de mi apoyo. Me mantuve tan chapada a la antigua que… Siento no haberte apoyado, Rachel. Siento haber dejado que tu hermana le destrozada la vida a un buen chico y que te amargara gran parte de la tuya. Hace años sacrifiqué la felicidad de mi hija pequeña por mis convicciones, Zooey ―continuó, moviendo los ojos azules hacia los míos―. No volveré a cometer el mismo error contigo. Así que, si quieres abandonar a Daniel, tienes mi bendición.

Con lágrimas en los ojos, Rachel y yo cogimos cada una la mano de mamá y le sonreímos con ternura.

Gracias, mamá. Creo que necesitaba que alguien me dijera eso. Mi mente no se atrevía a formular la palabra divorcio.

Al oír cómo se abría la puerta a mis espaldas, me callé y me tragué las lágrimas.

¿Y esas caras largas? ¿Quién se ha muerto? Espero que haya tenido la decencia de incluirme en su testamento.

Rachel y yo nos volvimos a la vez hacia Jennifer y le dedicamos una mueca de irritación.

Hogar dulce hogar, pensé con los ojos entornados.

Espero que hayas disfrutado del adelanto. Te prometo que la historia de Zooey y T.J. te encantará. Si aún no tienes tu ejemplar, estás a tiempo de reservarlo, haciendo click aquí

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Al hombre que dejé atrás… Capítulo 1 y 2

Destacado

Sinopsis

 

Una chica regresa a Boston para hacer las paces con su pasado.

Un hombre acude cada vez que llueve a un bar de soul, se sienta siempre en la misma mesa, se pide una copa de whisky y espera en silencio a que empiece una canción vinculada al pasado.

Dos existencias vacías. Dos almas desgarradas por la soledad. Un abismo de tiempo separándolos.

El profesor de arte Wesley Holt queda asombrado cuando su más brillante alumna le pide un extraño favor: que uno de sus cuadros sea colocado en la galería del señor de Winter. Para Wesley, de Winter es un hombre de trato difícil, adusto, exigente, seco… No entiende por qué Hayley se empeña en enviarle su mejor y más emotiva obra. Y lo que le parece todavía más extraño, que se la envíe gratis.

Pese a su reserva, intenta persuadir al odioso de Winter para que acceda a tal sorprendente petición.

Al serle mencionado el nombre de la pintora, parecido al de la chica él lleva cinco años buscando desesperadamente, Jesse de Winter, intransigente como siempre, exige ver de inmediato el cuadro.

Y será delante de la obra llamada Al hombre que dejé atrás…, cuando Jesse será relegado a un pasado más real y más doloroso que nunca.

 

26231474_546332879053179_7659936171014642326_nCapítulo 1

 

Presente

 

―Señorita Button, ¿está conmigo?

Era la tercera vez que el profesor de Arte le llamaba la atención a su alumna. Hayley ni siquiera le escuchó. Su mirada estaba perdida en la nada. El profesor Wesley Holt pensó en que nunca había conocido a nadie tan atormentado como esa chica que tanto se había empeñado en dar clases particulares con él, incluso cuando no le hacía falta en absoluto.

Había tenido alumnos malos, alumnos regulares y alumnos buenos. Hayley Button pertenecía a la categoría de brillante. Así pues, ¿qué hacía él ahí, en su salón, hablándole sobre la influencia de Michael Wolgemut en algunos de los pintores del Romanticismo? Y, lo que era aún peor, ¿por qué se estaba esmerando tanto, cuando era obvio que ella ni siquiera le escuchaba?

Era de dominio público que Hayley no tenía pensado seguir los pasos de su profesor. Nunca había mostrado interés alguno en la docencia ni en los tecnicismos de los que él hablaba con tanto orgullo, aun siendo consciente de que no servían de absolutamente nada en la práctica. En el Arte, o había talento o no lo había. Se trataba de una disciplina pragmática y bastante sencilla de comprender. La premisa no podía haber sido más elemental: no tenía sentido conocer todas las técnicas de los góticos si eras incapaz de dibujar un conejo. Conclusión: debías saber dibujar conejos, antes de encaminar tus pasos hacia el Arte. Así de claro lo tenía el profesor.

Por supuesto, había casos de gente especial, los que cursaban Arte sin ser demasiado buenos en ese campo. El mismo Wesley, sin ir más lejos. Modelar a los futuros artistas era su vocación. Nadie dudaba de su capacidad. Algunos de los mejores pintores del país habían pasado por sus manos, y todos le dirigían alabanzas.

En la práctica, en cambio, a la hora de convertirse él mismo en un artista, Wesley era mediocre. Sus cuadros no decían nada. Técnica correcta, siempre perfecta. Y, aun así, carente de vida. Lineal, sin arriesgar demasiado.

Claro que, sin riegos, había tan poca pasión…

Hayley Button no tenía ese problema, por fortuna. Tras licenciarse, su intención era abrir su propia galería de arte donde exponer sus inmejorables cuadros. Si Wesley podía pasarse horas y horas hablando sobre técnicas de dibujar, ella era capaz de hacer algo mucho mejor que eso: podía llevar esas técnicas a la práctica. Y los resultados eran dignos de exponerse incluso en las mejores galerías del mundo, al lado de grandes artistas cuyos nombres Wesley no podía hacer más que atreverse a citar. Sabía que él jamás se acercaría a ese nivel, por muy estoico pintor que fuese. Hayley, por el contrario… Ella era otra historia.

No le necesitaba a él para dibujar. No le hacía falta ser modelada. Ella llevaba el Arte dentro, probablemente en la cabeza, o en las profundidades del corazón, y no experimentaba problemas a la hora de sacarlo de ahí y enseñárselo al mundo, lienzo tras lienzo, obras maestras y regias, obsesivamente encaminadas hacia la misma temática.

Como aquel que los ojos verdes del profesor estaban examinando con suma atención y, quizá, con una pizca de envidia profesional.

Los tonos del nuevo cuadro de Hayley eran igual de sombríos que siempre. Wesley pensaba que ella pedía a gritos un poco de amor. ¿Acaso no era eso lo que le inspiraba su trabajo?, ¿falta de amor y una desgarradora soledad? En el corazón de Hayley siempre llovía. También lo hacía dentro de sus cuadros. Ella era uno de esos pintores que se arrancaban el alma y la plasmaban en un lienzo. Hayley al desnudo. O Desnudando a Hayley. Habría sido un excelente título para ese cuadro.

―¿Cómo se llama? ―se interesó Wes con voz suave.

Al advertir el ensimismamiento de su alumna favorita, la mente del profesor voló hacia su mentor, el gran pintor y amigo suyo, el señor Nakajima. ¿Qué haría Nakajima si se viera inmerso en una situación similar? Gritarle en japonés. Seguro que le gritaría en japonés. Pero él no podía gritarle a Hayley. Ella parecía demasiado sensible. Demasiado frágil. ¿Cómo se sentiría él si esos tristones ojos marrones se alzaran, repletos de lágrimas, hacia los suyos? Sin duda, devastado. No podía jamás lastimar a alguien como Hayley. Era algo impensable.

Por lo que, en vez de actuar como su mentor, hizo algo más propio de sí mismo y colocó una mano encima de la suya, lo cual surtió el efecto deseado, pues Hayley pareció regresar a la vida en ese momento.

―Disculpe. Estaba distraída. ¿Qué decía?

―Le preguntaba que cómo se llama su nuevo cuadro.

Los ojos de la chica se movieron, azorados, hacia el lienzo que aún olía a pintura. Era el retrato de un hombre. Un retrato especial. Los cuadros de Hayley tenían unas cuantas cosas en común, pues la artista mostraba una extraña fijación por algunos detalles. En primer lugar, el escenario variaba poco de un cuadro al otro. Siempre retrataba a un hombre, en un mundo donde llovía a cantaros. Y siempre era otoño. Para Hayley no existían otras estaciones del año. En su corazón, nunca dejaba de ser otoño.

En ese cuadro en concreto, los cielos, de un azul rayano en el negro, se alzaban amenazadores por encima de la lejana silueta que se fundía con la lluvia. El suelo, teñido de un marrón bastante oscuro, estaba poblado de hojas doradas. Un puñado de ellas flotaban, muertas, a ambos lados del camino.

El hombre al que ella pintaba con tanta insistencia siempre se hallaba de espaldas, en mitad de una tormenta. Algunas veces paseaba por una playa vacía. Otras, por la avenida de un parque. Lo que siempre se mantenía igual era el hecho de que nunca se le veía el rostro. Eso era la segunda constante en todos sus trabajos. No había rostros.

Él le había hablado hacía tiempo sobre la importancia de la expresión dentro de un retrato. Ella no había escuchado. Pintaba lo que quería y cómo lo quería. No seguía normas ni técnicas. Era caótica a la vez que brillante. Y odiaba las malditas caras.

Hayley no quería mostrar nunca un rostro. No había necesitad de ver una expresión facial. Ella sabía desnudar las almas de otro modo. Y, desde luego, conseguía hacerte sentir la derrota de ese personaje sin rostro, que se alejaba por la senda del pasado, con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta color mostaza. Contemplando la obra, percibías a la perfección su vencimiento; lo devastadora que le resultaba su soledad. Los trabajos de Hayley estaban repletos de esos dos sentimientos, que a Wes le resultan tan obsesivos como el hombre sin rostro y la eterna lluvia otoñal.

―Se llama Al hombre que dejé atrás… ―contestó por fin, con voz melancólica.

―Es un cuadro precioso.

Ella dejó de contemplar la pintura y desplazó la mirada hacia él.

―Profesor Wesley, tengo que pedirle un favor.

Algo se encogió dentro de Wesley. Una parte de él estaba enamorado de ella. No necesariamente de la chica, sino de su alma; del genio que ella ocultaba dentro. La amaba y la admiraba a partes iguales. Quizá no con la pasión de un amante, sino más bien con la fascinación de un aficionado. En su mente, ella era la maestra, y él, un discípulo hambriento de adquirir conocimiento.

―Claro, Hayley. Cualquier cosa que necesite.

―El señor de Winter ―empezó Hayley, un poco cortada por tener que pedirle algo así―. Jesse… ―susurró, casi con pasión―. Tengo entendido que usted reunió todas las obras para su galería particular.

Wes frunció el ceño. No tenía ni idea de dónde conocía Hayley al señor de Winter y, mucho menos, por qué maldita razón le llamaba Jesse, cuando a él le había dicho así de claro y con toda la sequedad del mundo:

―Soy de Winter. ¿Tiene usted algo que hacer en los próximos diez minutos? He de hablarle.

Jamás había mencionado su nombre de pila. Era un hombre adusto y bastante exigente, cuya intransigencia le resultaba preocupante a Wesley. A pesar de que apenas le conocía, el profesor había sacado en claro tres aspectos muy importantes de su carácter: era un hombre que sabía lo que quería, cómo lo quería y, más importante aún, ¡que lo quería para ayer! Cualquier cosa impacientaba a de Winter, cualquier contratiempo, cualquier dilación.

Al profesor Wesley no le caía demasiado bien el señor de Winter.

Aunque admitía que tenía buen gusto para el arte…

Y también que le había pagado una pequeña fortuna por ocuparse de la galería de su nueva casa…

Conclusión: el señor de Winter no era tan malo, después de todo. Solo que no encajaba en la categoría de amigos entrañables de Wesley Holt.

―Y así es. Trabajé para él ―corroboró, incómodo.

―Me gustaría que este cuadro formara parte de su galería.

Wesley la contempló demudado.

―Hayley, su galería ya está al completo. Ayer licité por el último cuadro de su larga lista, y ya lo tengo. Se supone que llega dentro de dos semanas.

―¿Y qué cuadro es ese? ―se interesó Hayley mientras sus soñadores ojos oscuros se paseaban por el rostro del profesor.

La danza de la nieve, de un artista londinense, Paul…

―Ya conozco su obra ―interrumpió ella con una impaciencia que Wesley solo había visto en el mismo de Winter, el mismo temblor nervioso de las manos, la misma aspereza de la voz―. La mía es mejor.

El profesor estuvo de acuerdo con ella. Al hombre que dejé atrás… era mucho mejor que La danza de la nieve. Pero de Winter había sido claro en sus exigencias. Quería esa obra en concreto. Y no aceptaba sugerencias. Los hombres como él nunca aceptaban sugerencias.

―Hayley, si quiere vender la obra, puedo recomendarla a cualquier otro…

―No quiero venderla. Quiero que forme parte de su galería.

―¡¿Por qué, en el nombre del Señor?! ―se enervó Wesley―. ¿Por qué quiere un cuadro suyo en casa de ese hombre tan odioso? ¿El mejor cuadro suyo? ¿Y sin cobrar nada por él?

Hayley lo miró inexpresiva. Su delgado rostro estaba rígido, sus ojos, apagados. Wesley los había visto arder solo un par de segundos a lo largo de esos dos meses que llevaba tratando con ella. Y había sido al susurrar el nombre de Jesse. Así que, ¿qué significaba ese hombre para ella y por qué le había hecho tan extraña petición?

―No tiene necesidad de conocer esa respuesta, profesor.

―No creo que pueda conseguirlo, Hayley ―se sinceró, con voz suave―. Él es un hombre de trato difícil. Y mi reputación está en juego. Con alguien tan influyente como de Winter no se juega.

―Sí, lo sé ―musitó ella retorciéndose las manos nerviosamente―. Lo sé, profesor…

―Bueno, pues… ¿la veré el próximo miércoles?

En un impulso repentino, los delgadísimos dedos de Hayley se enroscaron alrededor de las muñecas de Wesley e impidieron que este se irguiera de la silla. Nunca antes lo había tocado, y él advirtió que su piel era increíblemente gélida, como si no hubiera vida dentro de ella; como si hubiese insuflado su último aliento en sus trabajos y ahora no quedaba más que un caparazón vacío, carente de vida. ¿Siempre había lucido su rostro ese aire tan decrépito? ¿Siempre habían sido sus ojos enormes cuencas vacías? A Wesley le pareció distinta en ese momento. Otra Hayley. Una versión mucho más torturada de la chica que se había presentado en su despacho para pedir clases particulares. ¿Por qué le había pedido clases particulares justo después de que él aceptara el encargo de de Winter? ¿De verdad había sido algo fortuito? Wesley empezó a ponerlo en duda.

―Al menos, dígame que lo pensará ―suplicó ella.

Wesley buscó de nuevo su mirada, y por un momento se le ocurrió pensar que estaban tan cerca que podría haberla besado. ¿Cómo se sentirían esos labios sonrosados encajados entre los suyos? No, no pensaría en nada de eso. ¡Era su alumna, maldita sea!

―Está bien ―cedió, culpable por el rumbo de sus pensamientos―. Me lo pensaré.

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Capítulo 2

 

Llovía. Las gotas se deslizaban despacio por el cristal que tenía delante, y en alguna parte a sus espaldas sonaba Nights in White Satin. Era una melodía melancólica, acorde con la noche que hacía. Jesse sabía que la voz pertenecía a Bettye LaVette. A fin de cuentas, iba a ese bar solo por escuchar a la maldita Bettye.

Y por el whisky, se consoló mientras se acercaba la copa a los labios y tomaba un buen trago.

Estaba sentado en la misma mesa de siempre. Solo. Nunca iba a ese bar llevando compañía. El sitio era un santuario, algo sagrado para él; un lugar de culto. Jamás se le ocurriría llevar ahí a nadie. Ahí solo acudía para rememorar tiempos pasados.

Y por la música, se recordó. No te olvides de la jodida música.

Su móvil vibró encima de la mesa. Jesse miró con dureza la pantalla que se encendía y apagaba, una y otra vez, a escasos centímetros de sus manos. Le molestaba esa intromisión en su intimidad. Y mucho más si el culpable era aquel hombrecillo timorato… ¿cómo diantres se llamaba? Jesse no lo recordaba. Tenía su número de teléfono guardado bajo el nombre de profesor cansino.

Al tercer toque, descolgó de muy mala gana.

―¿Qué desea? ―soltó casi en un gruñido, mientras se aflojaba la corbata azul marino. Los gemelos de su traje oscuro atrajeron los destellos dorados, producidos por las lámparas de ese lugar, y los arrojaron sobre el cristal de la ventana salpicada por la lluvia. El ambiente a su alrededor era cálido y otoñal. En absoluto contraste, Jesse se sentía tan gélido como una larga noche de enero.

―Buenas noche, señor de Winter.

―Sí, sí. Vaya al grano ―se impacientó Jesse.

Se acabó la copa y le hizo una señal con la mano al camarero, que se acercó de inmediato con un nuevo vaso lleno de hielo y alcohol. Todos conocían su impaciencia.

―Disculpe que le moleste tan tarde ―volvió a hablar el profesor, azorado a más no poder.

Jesse desvió los ojos grises hacia su Rolex. Eran las siete de la tarde. No era tan tarde. Lo que sucedía era que el profesor cansino se sentía muy intimidado por él, y eso era precisamente lo que más le impacientaba. Era tan modosito, tan dispuesto a complacer. Le exasperaba la gente así, con tan poca pasión en las venas.

―No se inquiete ―le dijo, con cierta aspereza―. Estoy convencido de que, si me está llamando, es por un asunto de vida o muerte. Así que, ¿de qué se trata?

Al otro lado de la línea, Wesley cogió una honda bocanada de aire. No debía haber llamado. ¿En qué estaría él pensando?

―Profesor, ¿sigue ahí?

―Eh, sí… Verá, me temo que ha habido un contratiempo con una de las obras que pidió.

Jesse hizo una mueca. Odiaba los contratiempos.

―Tendrá que ser más concreto, hombre. No soy adivino. ¿De qué obra se trata?

La danza de la nieve. Eh… Es posible que se haya vendido dos veces y…

―¡¿Que se ha vendido dos veces?! ―ladró Jesse, con una expresión fiera consumiendo sus pupilas―. ¿Cómo ha podido suceder algo así?

―No está muy claro. La buena noticia es que le he conseguido una obra mejor.

―Quiero esa ―insistió Jesse obstinadamente.

―Lo sé. Me lo dejó usted claro. Pero si pudiera ver la obra en cuestión…

―No quiero ver la obra en cuestión. Solo quiero La danza de la nieve, y más vale que me la consiga usted, que para eso le pago.

―Señor de Winter, si confía lo más mínimo en mi criterio ―empezó Wes con la paciencia de un santo, aunque con un tono un tanto resentido―, querrá ver esta obra.

Jesse entornó los ojos. ¿Por qué diablos se empeñaba tanto? No le gustaba la gente cansina. Ya le había dicho que no en repetidas ocasiones. Y, sin embargo, seguía insistiendo.

―¿Quién es el artista? ―quiso saber, desdeñoso.

La artista. En realidad, es una desconocida. Pero es buena. Muy buena.

―Sí, seguro que sí ―dijo Jesse un poco despectivo―. ¿Cómo se llama?

―Hayley Button. Y su obra es Al hombre que dejé atrás… Es una declaración de… ―La voz se volvió cada vez más lejana, hasta que se apagó súbitamente.

Jesse de Winter palideció. Su mente era una vorágine de pensamientos. Se volvió a aflojar la corbata. Aun así, le faltaba aire en los pulmones, como si sus vías respiratorias estuvieran atascadas. No podía ser ella, claro. No era aquella Hayley. Solo era una coincidencia. Una estúpida, inapropiada y, quizá, divertida coincidencia. ¿Cuántas veces no había perseguido él esa clase de coincidencias a lo largo de los años?

Pero el nombre… Ese cuadro… Había algo que le atraía, y Jesse no sabía lo que era. ¿Por qué su corazón latía de ese modo por debajo de su carísima camisa blanca?

―Si usted me lo pide, lucharé con dientes y garras para conseguirle La danza de la nieve ―estaba diciendo Wesley, sin saber que había perdido toda la atención de de Winter en el momento en el que había formulado ese nombre: Hayley―. Pero si quiere dar una oportunidad a una de las mejores artistas de nuestro siglo…

―Quiero verla. La obra. Quiero verla.

―Puedo hablar con Hayley y establecer una cita para la semana…

―Esta noche. ¡Ahora mismo! Quiero verla ―subrayó entre dientes, en un tono que al profesor se le antojo agresivo―. ¿Dónde está expuesta?

A Wes le asombró tantísimo empeño. Hasta hacía un momento se había negado a escucharle siquiera, ¿y ahora lo quería todo de inmediato? ¡Qué hombre tan difícil!

―En ninguna parte. La tiene ella.

―Pues tráigala a mi casa. Le doy una hora. Más vale que cuando llegue, esté ahí.

Y colgó, confirmando la teoría de Wesley de que era un hombre odioso.

Dejó el móvil encima de la mesa, encajado entre sus manos que, por supuesto, registraban ese habitual temblor nervioso. Sus dedos, de uñas cortas y muy bien cuidadas, repiqueteaban intranquilos sobre el cristal de la mesa. Su ceño estaba fruncido, y había mil demonios batallando dentro de su alma.

¿Cuántos años habían pasado sin que él hubiese escuchado ese nombre? Dos, como mínimo. Desde Nueva York. Desde que se había rendido.

―Hayley… ―musitó para sí, y el dolor que le atravesó fue mucho más fuerte de lo que habría sido capaz de expresar con palabras.

Se acabó la copa de un trago, dejó dinero para la cuenta encima de la mesa y se precipitó hacia el exterior, donde llovía más que nunca. Corrió por la acera, abrió su Mercedes plateado y se refugió dentro. Maldijo mientras se echaba los oscuros cabellos hacia atrás y se los peinaba con los dedos.

Hayley… Hayley… Hayley… pensó con una desesperación rayana en la demencia.

Claro que no era ella. No podía ser su Hayley. Ella no quería que él la encontrara, de modo que jamás se habría arriesgado a estar siquiera en la misma ciudad que él, mucho menos hacerle llegar un cuadro suyo. Solo era una coincidencia. Una estúpida coincidencia. Sí, debía de ser eso. Había muchas Hayleys en Estados Unidos. Sin duda, también en Canadá y en Australia. No tenía por qué ser ella.

Jesse giró la llave dentro del contacto, metió primera y salió despacio del aparcamiento. Cambió varias veces de canción, hasta que encontró la que estaba buscando: Nights in White Satin. Bettye LaVette.

Sus ojos estaban nublados de dolor. Escuchar esas notas, ese ritmo laxo, la voz enronquecida de Bettye, las palabras… era un proceso demasiado doloroso para él. Y sin embargo, lo hacía cada vez que llovía, porque le gustaba atormentarse a sí mismo con recuerdos de épocas lejanas.

En el exterior del Mercedes, la lluvia no dejaba de caer. La noche era oscura y gélida. Jesse conducía deprisa, pulsando siempre el botón para que sonara la misma melodía, de un modo obsesivo. Se alejó de nuevo por el camino del pasado y, una vez más, pudo ver a Hayley, acurrucada delante de la ventana, contemplando la lluvia con una taza de cacao humeando entre sus manos.

―¿Por qué te obsesiona tanto esta canción? ―había preguntado él, una noche cualquiera, después de haber presenciado el mismo escenario decenas de veces.

Ella había movido sus almendrados ojos hacia los suyos y había sonreído.

―Tú solo escucha.

Y él había escuchado. Y lo había comprendido todo.

Ahora Hayley ya no estaba con él. Solo podía sentirla cerca cuando escuchaba esa canción. O cuando iba a ese bar que tanto le gustaba a ella. El bar donde ella ya nunca iba… Esa idea le hizo gruñir una maldición. El dolor empezaba a desatarse cada vez más, y Jesse no podía hacer nada para refrenarlo.

Llegado por fin delante de su nueva propiedad, pulsó el mando para abrir la verja y cruzó la entrada deprisa. Aparcó el coche delante de la puerta y, de nuevo, tuvo que salir corriendo para no empaparse. Atravesó pasillos y dejó caer puertas. Le movían impulsos demenciales en los que no tenían cabida la paciencia o el sosiego.

Cuando llegó a su galería, había un nuevo cuadro colgado ahí, ocupando el lugar de la obra que acababa de perder. Jesse se acercó impulsivamente, casi con la intención de pasar los dedos por el lienzo para asegurarse de que no era una aparición. Su rostro se había quedado de piedra al ver a ese hombre bajo la lluvia. Sus ojos no podían dejar de mirarlo.

Escuchó el sonido de unas pisadas a sus espaldas. No se volvió. No le hacía falta. Con ver el cuadro, le bastaba para saber quién era la artista. Reconocía la escena. Recordaba la noche. Por supuesto que Jesse de Winter sabía quién era ese hombre al que ella no dejaba de retratar. Lo que desconocía era la obsesión con la que le retrataba, la misma obsesión con la que él escuchaba la maldita canción de Bettye.

―Te he buscado durante cinco años ―dijo con aplomo, al sentirla detenerse a su derecha.

―No buscaste a Hayley Button, de Colorado.

La voz de Hayley no expresaba nada más que desapego. Jesse frunció el ceño.

―No. Busqué a Hayley Walsh, de Boston. Y a Hayley…

―Debiste haber buscado a Hayley Button, de Colorado ―le interrumpió ella, cortando lo que él tenía pensado decir.

―Sí, supongo ―musitó Jesse, bajando la mirada al suelo. Aún no se había atrevido a mirarla. Tenía miedo de que desapareciera si la miraba―. ¿Por qué estás aquí, Hayley? Has estado huyendo de mí durante cinco años. Has adoptado una nueva identidad para que jamás te localizara. ¿Por qué has vuelto ahora?

Hayley calló durante unos segundos. Jesse se preguntó si ella estaría escuchando el latido de su corazón. O, a lo mejor, solo podía oír la lluvia, golpeando contra las ventanas…

―Se suponía que debía escribirte una carta ―acotó Hayley de pronto.

La arruga del entrecejo de Jesse se volvió más profunda.

―¿Una carta?

―Él dijo que no hacía falta venir a verte. Que bastaba con escribirte.

¿Él? ―repitió, cada vez más devastado.

Se volvió hacia ella y la miró por fin. Y fue entonces cuando estalló todo su dolor y se propagó a través de sus venas. La pequeña Hayley, en persona, estaba de pie a su lado, envuelta en un cárdigan de lana blanca. Llevaba vaqueros azules y unas botas marrones, altas, muy sencillas. Su pelo castaño estaba suelto y caía sobre sus hombros, liso, largo y sedoso, como siempre. No había cambiado demasiado. Parecía la misma chica delgada, frágil y excesivamente vulnerable de la que él se suponía que debía cuidar. Una chica a la que cualquier palabra conseguía herir, incluso si no había sido esa la intención.

―Tenía que venir, Jesse ―lo ignoró ella, manteniendo la vista clavada en su cuadro. Parecía una estatua, tan inmóvil se mantenía a su lado. Su rostro no desvelaba nada. Ni dolor ni alegría. Nada más que hielo e indiferencia. A Jesse le hubiese encantado poder desgarrar esa armadura y ver a la verdadera Hayley, que se ocultaba en el interior de esa chica de enormes ojos mortecinos.

―¿Por qué? ―musitó él, con la voz cargada de emoción―. ¿Por qué tenías que venir?

Los ojos marrones de Hayley se movieron hacia los suyos.

―He pasado página, y quería que lo supieras por mí y no por una carta fría e impersonal.

Jesse de Winter la miró a los ojos un par de segundos más de la cuenta. Y entonces, lo recordó. Lo recordó todo, todo ese bagaje emocional que llevaba años enteros reprimiendo.

 

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Capítulo 1 y 2 Tango a medianoche

Destacado

Capítulo 1

Siempre conservaré el recuerdo de aquel día en el que regresé a Nueva Orleans. Había abandonado París sabiendo que jamás sentiría nostalgia, y no traía conmigo más que una maleta repleta de sueños rotos y un alma vacía.

Yo era una silueta alta, pálida y delgada, de pie en la plataforma abarrotada de viajeros. Mi cabello era rubio, cortado en una media melena ondeada, en la que destacaba una cinta ancha para la frente, hecha de pedrería y encaje de color marfil. Mi ropa era cara y elegante, acorde con la última moda de Europa. Iba impecable de pies a cabeza, con un vestido corto de un beige casi dorado, bolso a juego y zapatos de tacón alto. Coco Chanel había conseguido revolucionar el mundo, no solo el mío, sino el de todas nosotras, niñas ricas a las que sus gobernantas francesas habían inculcado el buen gusto para la ropa.

Imaginé que así luciría yo a los ojos de un viajero cualquiera.

Era toda una dama. Impecable de los pies a la cabeza.

Eso diría a sus amigos sobre mí.

Pero si aquel viajero se hubiese detenido por un solo momento a fijarse en mí con un poco más de atención, si hubiese sido capaz de ver más allá del aura de lujo y riqueza que me envolvía, se habría dado cuenta de que mi rostro estaba contraído y ausente; habría advertido que mi mirada lucía apagada, como la de una persona que había visto el mundo, había estado en todos los lugares donde valía la pena estar y había descubierto todos los secretos que valía la pena conocer, lo cual había matado su entusiasmo por vivir. La mía era la mirada de una persona hastiada; alguien a quien el mundo había decepcionado de modos inenarrables, convirtiendo en añicos cada una de sus esperanzas, arrancándoselo todo, hasta la última gota de humanidad.

Sin embargo, ningún viajero se detuvo a mirarme, por lo que seguí avanzando a lo ancho de la plataforma, indiferente a todo cuanto sucedía a mi alrededor.

¡Dioses, cómo echaba de menos esta ciudad! ―exclamó un pletórico Nick.

Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja que, por una vez, no me resultó ni gélida ni malintencionada.

Yo no dije nada. No tenía nada que decirle.

Nick cogió una buena cantidad de aire en los pulmones, quizá para experimentar a qué olía el hogar, le sonrió a un niño pecoso y me agarró de la mano. Me dejé guiar a través de una marea de personas, ruidosas y alegres; ¡tan multiculturales!, que se iban o regresaban a la ciudad, presos de un entusiasmo y una felicidad casi febriles. Incluso los elegantes mozos, que empujaban por el andén enormes carros dorados, llenos hasta arriba de baúles y maletas, se me antojaron felices. Tuve la sensación de que todo el mundo sonreía esa tarde en Nueva Orleans.

Todos, menos yo.

Les lancé una mirada aburrida, y luego les volví la espalda. No tenía razones para compartir ninguno de esos sentimientos. Ni el entusiasmo ni la felicidad tenían cabida en mi día a día.

Salimos de la estación, y sentí la humedad de Nueva Orleans más que nunca. La ropa se me empezó a pegar al cuerpo. El pelo quedó aplastado, como carente de vida. Ya no era una chica impecable de pies a cabeza. Solo era una chica cualquiera. No tenía nada de especial. Nada en absoluto. ¿Por qué un minuto atrás había pensado lo contrario?

Nick me abrió la portezuela. Me acomodé en la parte de atrás del lujoso coche negro, cuyo chófer nos esperaba con el motor en marcha, y pasé todo el viaje de vuelta a casa mirando por la ventanilla. El ritmo de la ciudad no había cambiado en absoluto, seguía siendo tan trepidante como recordaba. El jazz sonaba en cada rincón, y la variedad cromática que poblaba las calles resplandecía con una exquisitez pocas veces vista. Estábamos en la década de los grandes cambios, donde lo reciente se intercalaba con lo añejo, sin alterar nunca el perfecto equilibrio.

Al cruzar por Bourbon Street, vi montones y montones de nuevos ricos, gente salida de los bajos fondos, con un pasado turbio y un futuro muy prometedor. Eran ahora los reyes del nuevo orden. Se les había presentado una oportunidad en la vida y habían sabido cómo aprovecharla. Bien por ellos.

Los reconocí al instante, eran ostentosos sin ninguna especie de sentido común. Como para compensar sus enormes y emergentes fortunas, tenían un claro déficit en cuanto a elegancia y etiqueta social. Nick siempre se burlaba diciendo que, si ibas a tomar el té a casa de un nuevo rico, más valía matar tus expectativas, pues los anfitriones eran absolutamente incapaces de prepararlo como es debido.

¡No conocen la diferencia entre un té inglés y uno americano! ¿En qué clase de mundo estamos viviendo?

Así era cómo se lamentaba Nick cada vez que nos llegaba una invitación por parte de alguien que no había nacido con sangre azul en sus venas. Daba igual lo lujosa que fuera su nueva vivienda, el deportivo que tuviera aparcado a la puerta de su mansión o las pinturas que aguardaran expuestas en su galería, la gente como Nick, los de la vieja escuela, eran incapaces de perdonar a aquellos que habían salido de las cloacas del mundo el hecho de haber conseguido trepar hasta la cima de la pirámide. Lo tenía así de claro: no formaban parte de su círculo. No eran como él. ¿Cómo se atrevían a ansiar su amistad? ¡Cielo Santo!, ¡si no eran más que ex obreros con las manos aún llenas de mugre! No importaba lo grandiosa que fuera su fortuna. La mugre nunca iba a desaparecer, razón por la cual Nick jamás aceptaba sus invitaciones, a no ser que le beneficiara de algún modo entablar amistad con el anfitrión.

Los nuevos ricos le producían un extraño y poco saludable rechazo a mi marido. A mí, el mismo desapego de siempre. No me eran ni simpáticos ni antipáticos. No despertaban en mí ningún sentimiento. De hecho, había días en los que nada despertaba en mí sentimiento alguno.

Antes de casarme, no me tenía a mí misma por una persona profunda. Aunque tampoco era del todo superficial. Ahora, en cambio, ya no tenía ni idea de cómo era. Pasaba de la apatía a la euforia, y de la euforia a la profunda melancolía. Me asustaba la muerte, a la vez que me asustaba la vida. Me asustaba envejecer y que, con el paso de los años, las cosas cambiaran. Y aun así, me aterraba despertar un día siendo vieja y descubrir que nada se había alterado; que mi vida seguía el mismo curso, como un eterno río cuyo caudal nunca iba a secarse; que había desgastado mis mejores años en cosas sin importancia; que nunca había vivido, vivido realmente. Lo que más me arredraba en el mundo era morir sin antes haber descubierto a qué sabía la vida.

Me veía a mí misma como a una persona inestable, pues había momentos en los que quería dejarlo todo y salir corriendo. Me imaginaba derruyendo las murallas que me aprisionaban. Las reducía a polvo, sin piedad, sin vacilación, sin remordimientos, y escapaba. Me marchaba muy lejos de ahí.

Luego, regresaban esos momentos lentísimos y oscuros en los que me aferraba con las dos manos a la soledad que me encadenaba. Porque, sin mi soledad, el universo se habría convertido en un extraño para mí. No podemos renunciar a aquello a lo que estamos acostumbrados. Da igual que sea bueno o malo, nos agarramos a ello porque nos es familiar.

Había tantísimos contrastes en mi vida que ya no sabía quién era. Había conocido más o menos a la jovencísima Ingrid Prince. Ingrid Fairbanks, por el contrario, esa gran dama de la alta sociedad, era toda una desconocida para mí.

Por fin. Hogar, dulce hogar. ¿Has visto alguna vez algo más espectacular?

No le presté la más mínima atención a Nick. Me limité a mirar por la ventanilla. El coche giró a la derecha por el camino privado que conducía a la mansión Fairbanks, un castillo de estilo colonial, propiedad de la familia de Nick.

Al fondo de esa amplia avenida bordeada de castaños, pasada la glorieta del caballo dorado, se alzaba mi prisión, un monstruoso edificio circundado por más de dos hectáreas de jardín, donde podías encontrar excentricidades como estanques japoneses, ocho fuentes de agua (que Nick mandaba iluminar cada noche, a pesar de que consumían casi tanta electricidad como una ciudad pequeña), una piscina olímpica, dos pistas de tenis, un campo de golf (nadie en nuestra familia sabía jugar al golf; al menos, no decentemente) y una casa de ocho habitaciones y cuatro baños, en la que se alojaba el servicio. Si no me fallaba la memoria, había un total de dieciocho personas haciéndose cargo de la babilónica propiedad.

Nick fue un cielo ayudándome a bajar del coche tan pronto como este se detuvo delante de la entrada principal. Le tendí la mano enguantada, y él la cogió y la sostuvo con delicadeza. Podía ser considerado cuando lo deseaba. Por desgracia, la mayoría de las veces, su consideración rozaba lo inexistente.

El séquito de empleados, alineados a lo largo de la moqueta roja que habían desplegado en nuestro honor, empezó a darnos la bienvenida y la enhorabuena. No nos habían visto después de nuestra boda, ya que Nick y yo habíamos pasado los últimos dos años recorriendo el mundo. Petrogrado (cuando aún se llamaba de ese modo), Shanghái, Estambul, Viena, Florencia… Arte, música, historia y cultura. Belleza genuina.

Lamentaba habernos visto obligados a regresar a casa. Tenía la sensación de que en casa, todos los monstruos adquirirían contorno.

Bienvenido, señor. Señora. ―El mayordomo inclinó la cabeza, y yo correspondí con un gesto similar y una tenue sonrisa.

Nick, más atento que de costumbre, colocó un brazo en mi espalda y me guio hacia el interior. Sonreía mientras caminaba e inclinaba la cabeza para recibir las enhorabuenas del servicio, y yo seguí su ejemplo. La única delante de la cual se detuvo antes de que entráramos fue Edna Pickford, la mujer que llevaba realmente la mansión Fairbanks, y cuyos métodos yo encontraba retrógrados, inicuos y, sin duda, ilegales.

Nick disentía, e incluso se echó a reír cuando le sugerí un curso de ética profesional para madame Pickford, como a ella le gustaba hacerse llamar. Sospeché que, en un derroche de simpatía, poco típicos en Nick, este le había confesado a su ama de llaves mi preocupación hacia su modo de tratar al servicio, pues, la última vez que Edna y yo nos habíamos visto, unos cuantos días antes de la boda, si bien su modo de atormentar a sus subordinados no había cambiado en absoluto, sí lo había hecho su modo de dirigirse a mí.

No pretendo hacerme malinterpretar, ella siempre fue correcta y formal conmigo, pero las miradas que me dirigía eran tan gélidas que, estúpidamente, sentía la necesidad de echarme un chal por encima de los hombros cada vez que esos reprobatorios ojos azules se clavaban en los míos. Creo que madame Pickford estaba enamorada de Nick, por eso me odiaba tanto. A lo mejor albergaba esperanzas de desposarlo, afanes que yo había echado a perder con mi juventud, mi grandiosa fortuna y mi… ¿rostro angelical?

Divertida a causa de esa idea (¿madame Pickford y Nick? Oh, mon Dieu!), le dediqué mi mejor sonrisa, que, según cabía esperar, no fue correspondida. Edna se mantuvo tan impertérrita como un soldado en su guardia. Vestía un solemne atuendo, su uniforme habitual, falda y chaqueta negras, sin forma. Un recogido severo retiraba los oscuros mechones hacia atrás, dejando libres sus orejas, que parecían demasiado grandes para un rostro tan pequeño. No era bella, pero la rigidez de sus pálidas facciones y la sobriedad de su porte hacían que la gente se detuviera de su caminata para mirarla con más atención. Edna Pickford, con su ropa oscura, sus afilados ojos redondos y sus pómulos salientes, me había impresionado desde el principio.

¡Por fin está en casa, señor Nicky!

Tuve que ahogar una risotada malévola. Señor Nicky me sonaba a criatura traviesa y revoltosa, nada que ver con el flemático Nick Fairbanks, el desdeñoso aristócrata de sonrisa helada y expresión siempre áspera; un hombre imponente e intimidante que se consideraba superior a todos los demás seres que poblaban la tierra. Yo incluida.

Mi madre, Blanche, que, a diferencia de mi padre, no tenía en tan alta estima a Nick (aunque defendía que su desorbitada fortuna compensaba indudablemente la gelidez de sus modales), dijo una vez que ni el sol de Kenia sería capaz de derretir el corazón del único heredero del viejo y bastante obsoleto Randolph Fairbanks, mi querido suegro, dueño de la mitad de los rascacielos de Nueva York. No se jugaba con hombres como Nick o Randolph. Claro que yo era demasiado joven y demasiado estúpida como para saberlo entonces.

En mi noche de bodas, empecé a comprender las palabras de Blanche. Mi marido, al que yo le había atribuido cualidades de las que carecía por completo, retratándole dentro de mi mente como un hombre indomable y pasional, resultó ser esquivo, arrogante y absolutamente gélido, como si estuviera siempre aprisionado detrás de un enorme bloque de agua helada que no permitía el paso hacia su corazón. Y era así con todo el mundo.

Menos con Edna, cuya mano cogió entre las suyas sin ningún reparo. Me quedé impresionada al ver que le dedicaba la sonrisa más sincera que le había visto esbozar en los diez años que llevaba conociéndole.

Oh, Edna, bendita seas, no sabes cuánto he echado de menos tus Beignet.

Entorné los ojos cuando nadie me miraba. Me constaba que los dulces que nos habían servido en París eran infinitamente mejores que los de Edna, que a mí se me antojaban tan duros y secos que la única utilidad que les habría concedido, y eso siendo encantadora, habría sido la de para partir cráneos humanos por la mitad. Había que mojarlos en el té (durante un buen rato) para que resultaran comestibles. ¡Pero a él le encantaban sus malditos Beignets!

Y por eso, en su honor, he preparado un par de bandejas de ellos.

¡Que el Señor nos proteja!

Nunca podré agradecerte lo bastante todo lo que haces por esta familia.

Volví a hacer una mueca. Mis zapatos nuevos me estaban matando y necesitaba un baño relajante. ¡Cuanto antes! Lo que menos me apetecía era escuchar alabanzas dirigidas a una mujer cuyo mayor placer en la vida consistía en atormentar a los demás. Para mí, Edna Pickford no era para nada digna de elogios. Ni tampoco lo era Nick.

Sabe que estoy más que encantada de hacerlo.

Sí, sí, sí. Más que encantada. Lo sabemos.

Gracias, Edna. ¿Puedes pedirle a alguien que nos prepare el baño? Mi mujer tiene una de esas jaquecas insufribles. Le ha debido de sentar mal el viaje.

Madame Pickford sonrió. A Nick, por supuesto. Parecía muy eficiente y dispuesta a complacerle en todo.

Se hará de inmediato.

Nick inclinó la cabeza y entró, ya sin preocuparse por mi persona. ¿No tenía que pasar el umbral en sus brazos? Supuse que no, y lo seguí de camino a la escalera, preguntándome cómo diablos se las apañaba Pickford para mantener las arañas de cristal tan relucientes. Esa mujer seguro que practicaba alguna especie de magia oscura. Más me valía mantenerme alejada de ella.

Mis propias estupideces me hicieron sonreír.

¿Vienes, Ingrid?

Sí, perdona. Estaba… contemplando la casa.

Apresuré el paso para alcanzar a Nick escalera arriba. Yo siempre estaba a sus espaldas. En la sombra de un hombre tan grandioso. Si algún día escribiera mis memorias, ese habría sido el título.

Alguien debería mostrarte tus aposentos, querida.

¿No deberían haber sido nuestros aposentos?

¿Y a quién tienes pensado encomendar la engorrosa tarea de entretener a tu mujer?

Los ojos azules del señor Nicky (iba a burlarme durante semanas) se volvieron hacia mí.

A nadie. Lo haré yo mismo.

¡Oh! ―exclamé, intentando no desvelarle mi aburrimiento, el mismo que llevaba días enmascarando bajo un concepto mucho más tolerable: la jaqueca.

Estoy seguro de que te encantarán ―me dijo mientras colocaba la mano en mi espalda y me instaba a girar hacia la derecha por el pasillo enmoquetado―. Le pedí a Edna que los decorara según la moda francesa. Todo tonos pastel y obras de arte. Te sentirás como en casa.

Curvé los labios en la sonrisa educada y agradecida que él esperaba recibir a cambio de toda esa… benevolencia. Nick acababa de dejar clara su postura. Al igual que en los últimos dos años, yo dormiría sola, me ocuparía de dar las mejores fiestas y de sonreír como la niña bonita que era, mientras que él se pasaría el tiempo entregado a los placeres de la vida, que en su mayoría se componían de beber, fumar y follarse a todas las chicas tontitas que se le cruzaran por el camino.

Tal y como había previsto mi madre tres años atrás, íbamos a tener un matrimonio espléndido.

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Mejores frases de Adeline (Insaciable II)

Destacado

Prometí a Cristi que le enviaría unas cuantas frases de Adeline (Mi veneno eres tú), pero eran demasiadas, así que he decidido hacer esta entrada y compartirlas con todos vosotros. Tranquilos, no se os desvela nada de la trama 😛 Ya sabéis lo que disfruto guardando el misterio. Espero que os gusten.

Y Cristi, espero que te gusten tanto como las de la primera parte. Un besazo, y como siempre, muchas gracias por leerme, por los collage, por escribirme… por todo.

 

  1. Soy el único veneno que hace que te sientas vivo, y lo sabes. No puedes mantenerte apartado de mí, Robert Black. Hagas lo que hagas, te alejes cuanto alejes, el camino siempre te arrastrará de vuelta. Eres como un ratón eternamente encerrado en un enorme círculo que gira y gira, una y otra y otra vez. No tienes elección.tenor.gif
  2. Si supieras que se te está acabando el tiempo, ¿qué harías?
  3. He hecho cosas. Cosas malas.
  4. Yo nunca me olvidaré de ti, amor mío. Tú sí lo harás.
  5. ¿ Bonito? Mi cuento no tiene nada de bonito. Es atroz. Impregnado de muerte
  6. Todo lo que yo amo muere, letrado. Esa es mi maldición
  7. Cuando solo tienes nada, entonces no hay nada que puedan arrebatarte.
  8. En realidad, estoy mucho más jodida de lo que parezco, y, ¿sabes qué, letrado? Resulta que tengo secretos que nadie sospecharía. ¿No te resulta eso preocupante?
  9. Debo de ser una de esas personas que, pese a haberse quemado una vez, siguen introduciendo la mano dentro de una hoguera, una y otra vez, porque, en la hondura de sus dañadas y corrompidas almas, aún adoran la sensación de arder.
  10. Robert pretende poner el Paraíso a mis pies. ¿Nunca se le habrá ocurrido pensar que quizá yo podría encajar mejor en el Infierno?
  11. Nadie puede escapar de la oscuridad. No realmente.
  12. ¿Es Robert Black un villano? ¿Un héroe? No lo sé. Aún no lo he descubierto. ¿Cómo hacerlo si no lo conozco en absoluto?
  13. Ninguno de los dos desea lo que puede obtener. Sería demasiado fácil para depredadores como nosotros.
  14. Pero esta torre no me mantiene a salvo de ti, Robert
  15. No quiero un espacio propio. Te quiero a ti.
  16. Ya veo que estás muy arrepentido por haber sido un capullo integral.
  17. Los venenos siempre son así, piensas que te alzas, cuando lo cierto es que estás derrumbándote. En un instante pisas la cima del mundo. Al siguiente, te has estrellado contra el suelo.
  18. No hay nada en el mundo que no quisiera hacer contigo.
  19. Me preguntaste hace tiempo si confiaba en ti. Te contesté afirmativamente, pero lo cierto es que mentía. Nunca he confiado en ti, Robert. No es nada personal. Es simple y llanamente que yo no confío en nadie
  20. Amor mío, ojalá las cosas no fueran tan complicadas
  21. ¿ No te avergüenza ir a comprarme sujetadores? Seguro que las dependientas te miran raro.
  22. Hay cosas por las que vale la pena pagar millones
  23. Veo cómo le miran las mujeres. Le miran tal y como lo miro yo. Cuando él entra en una sala, todo el mundo gira la cabeza para verle; todo el mundo quiere hablar con él. Las mujeres caen a sus pies, y eso me enferma.
  24. ¿No será mejor haber ardido en llamas a no haber sentido ni una sola vez el calor de sus labios?
  25. Ni siquiera me inquieta la pena de muerte. Las personas que están ya muertas, no temen morir.
  26. No soporto verle tan atormentado. No soporto saber que él sufre. Haría lo que fuera para ahorrarle el dolor. Daría todo cuanto tengo; sufriría yo en su lugar. Morir por la persona que más amas no es para nada difícil.
  27. He construido un castillo de naipes en llamas, un castillo endeble que ahora se está derrumbando por encima de mí
  28. Por qué me regalas algo de Tiffany’s? Cuando un hombre regala Tiffany’s, es porque ha hecho algo malo. Así que ¿qué has hecho?
  29. Tengo la sensación de que el tiempo trascurre de modo diferente, más lento que nunca; que el mundo entero muere en derredor nuestro; que las luces se apagan; que solo estamos Robert y yo, cara a cara, mirándonos mientras todo empieza a derrumbarse bajo su propio peso.
  30. No quiero arreglar nada. Quiero respirar. Quiero… perderme. Dejar de mirarte, porque eso me duele de un modo que tú ni siquiera serías capaz de imaginar.
  31. Todo se resume a una sola elección. Libre albedrío, lo que siempre he deseado; lo que nunca he tenido…
  32. Chicos. No me acuesto con ninguno de los dos, así que no veo razón para esta disputa.
  33. Admítelo, letrado. Eres como un adicto enganchado a un nuevo y poderoso veneno.
  34. Ni siquiera tú puedes ganar esta batalla..Es el fin de todo.
  35. Lo que ha nacido en las profundidades de la oscuridad, solo puede morir enterrado en sombras.
  36. ¡ Bang, bang!, amor mío

 

 

 

Nunca juegues con fuego (Insaciable I) capítulo 1

Destacado

Sinopsis:

«Ojalá pudiera encerrarte en una alta torre y mantenerte a salvo del mundo entero. Pero sobre todo, a salvo de mí mismo.».

Una chica rota. Una sencilla norma: prohibido amar. Un hermoso desconocido empeñado en cambiarlo todo.

Robert Black: Abogado. Playboy. Acostumbrado a ganar siempre, por la sencilla razón de que se le da muy mal perder. Un hombre intimidante, aunque no lo bastante como para cohibirla a ella.

Adeline Carrington: Estudiante de derecho. Rebelde. Heredera de un legado que rechaza con todas sus fuerzas. Una chica dañada, que él se empeña en arreglar.

A ella la decepcionaron todas las personas de su vida. Él no es precisamente un prodigio de buen comportamiento. Una noche cualquiera, sus miradas se cruzan. Y, entonces, el mundo entero muere a su alrededor…

Todo empezó con una chispa…

Prólogo

En la actualidad, Austin, Texas

El fuego siempre ha sido y, al parecer,

seguirá siendo siempre,

el más terrible de los elementos.

(Harry Hudini)

Desde la más temprana edad me he sentido fascinada por el fuego. Mi padre solía llamarlo pecado y asociaba sus llamas con el Infierno y todo lo malo que había en el mundo. A mí, en cambio, verlo arder me resultaba hipnótico. La danza de las llamas despertaba en la hondura de mi alma un sentimiento que mi infantil cerebro nunca supo entender del todo. Supongo que ahora, a estas alturas de mi vida, lo definiría como paz. El fuego, terrible e indomable fuerza, capaz de consumir el mundo entero, solo deja a su paso una siniestra quietud. Y, por supuesto, copos de ceniza, humeantes vestigios de algo que una vez hubo.

De pequeña, me pasaba incontables horas contemplando la chimenea, embebida en el crepitar del fuego, en el modo en el que la materia se derretía bajo el bullicio de las llamas. Tanto me cautivaba el fenómeno que, en aquellos momentos, todo cuanto me rodeaba se desdibujaba. Los contornos se desvanecían, las compuertas caían. No existía nada más allá de esa llamarada y de mí. Tan entregada estaba que sentía, literalmente, cómo cada una de las moléculas de mi ser se fundía con esas vívidas llamas. El fuego tiene algo de sensual, ¿verdad? Es pura pasión. Es locura. Es misterio. Es aventura. Pero, por encima de todo eso, es inexorable destrucción.

He sido ingenua. He pensado que podría dominar sus llamas, someterlas a mi propia voluntad. No he sido capaz de ver que el fuego es un elemento soberbio que jamás se deja controlar. El fuego es quien te controla a ti, no al revés, y, como te descuides, puedes acabar ardiendo.

Dicen que el fuego solo puede ser combatido con la gelidez del hielo. La abrasadora pasión, apagada por oleadas y oleadas de fría indiferencia. Pero, ¿por qué alguien querría combatir el fuego? ¿Por qué no, sencillamente, apartarse y dejarlo arder en llamas? Yo lo he hecho, y ahora mi historia comienza con este inevitable final. Al parecer, algunas veces no se precisa más que de una débil chispa para desatar todo un infierno de llamas. Es curioso, ¿verdad? Cuánta destrucción abarca algo tan diminuto y tan hermoso como una chispa; algo así de fascinante.

911, ¿cuál es su emergencia?… ¿Hola?… Ha llamado al servicio de emergencias. ¿Cuál es su emergencia?… ¿Hola?… ¿Hay alguien?… ¿Me escucha?

La escucho murmuré con voz hueca mientras mi mirada se perdía en las gotas color carmesí que se deslizaban por los azulejos del baño de la segunda planta. Durante toda mi vida he llamado a las puertas del Paraíso. Y, sin embargo, las únicas que se abrieron para mí fueron las del Infierno.

¿Señora, cuál es su emergencia?

Creo que he matado a mi marido.

Se produjo una breve pausa, insignificante para mí. ¿Qué es el tiempo? ¿En qué se mide? ¿Segundos, minutos, momentos, dolor, lágrimas? No dediqué ni un instante de mi vida a ponderarlo. ¿A quién le importa, en el fondo? Llega un momento en el que cualquier concepto deja de importar. No son más que meras palabras.

Por favor, tranquilícese y… fue lo último que escuché antes de colgar. Una verdad empírica: me tenía que tranquilizar. Supongo que dicen eso a todo el mundo. «Mantenga usted la calma». ¿Piensan que no somos conscientes de ello?

Dejé que el teléfono se escurriera a través de mis dedos. Mis manos parecían demasiado laxas como para seguir sujetándolo. No hice ademán de atraparlo ni registré ninguna reacción cuando se estrelló contra el charco de sangre que empapaba mis ridículas zapatillas de peluche.

Mi mirada vacía se movió hacia los cristales, castigados por una fuerte ráfaga de viento. Con el único fin de llamar mi atención, la rama esquelética de un membrillo golpeó contra la ventana salpicada por la lluvia. ¿Acaso pretendía sacarme de mi abisal sopor? El balancín del porche soltó una especie de chirrido, parecido al llanto de una mujer. En alguna parte de la casa sonaba una versión instrumental de Lascia ch´io pianga, y el melancólico sonido de aquel violín me pareció lo más dramático que había escuchado en toda mi vida. Habría dado todo cuanto poseía por poder llorar en ese momento. Pero no podía. Estaba demasiado congelada.

Al otro lado del cristal, el mundo se mostraba ceniciento y deprimente. Parecía un buen día para entierros. Mi mente reprodujo la imagen de una limusina negra, repleta de rosas blancas, avanzando lentamente por un oscuro callejón. En los entierros ha de haber rosas blancas. Porque simbolizan amor eterno.

Ahí, en mitad de la estancia, miré con ojos mortecinos cómo las danzantes sombras del atardecer comenzaban a expandirse con el único fin de engullir el mundo exterior. ¿Qué sabía el mundo acerca de mí? Nada. El mundo no conocía mi historia. Para todos ellos, yo no era más que un juguete roto; una niña a la que habían cortado las alas en pleno vuelo.

Con toda la parsimonia posible, mis ojos se desprendieron de la ventana y se giraron hacia el escenario que me rodeaba: el escenario del crimen, que en unos pocos minutos se vería invadido por numerosos agentes de la ley. Era un caso demasiado importante, lo cual enloquecería a la prensa. Tocaría enfrentarse a una multitud de paparazzi, y flashes, y preguntas incómodas. Sexo, asesinato y dinero. Nada atrae más a los seres humanos.

Adeline, ¿por qué lo has hecho? se empujarían entre sí para acaparar el primer plano. Y yo, esposada y custodiada por los agentes de la ley, bajaría la mirada al suelo y me abriría paso entre ojos tan cortantes como cuchillos.

No había manera de evitar todo ese infierno, lo sabía. Supongo que era otra de las verdades empíricas que formaban mi universo.

«Adeline Carrington irá al Infierno». Una verdad absoluta, indudable. Me hizo evocar la imagen de un divertido panfleto religioso repartido entre los votantes republicanos de mi padre. Iría al Infierno y, lo peor de todo, era que aquello no me alteraba ni en lo más mínimo. Si mi destino era arder, entonces lo acataría sin rechistar. Ardería. Sin más. Esta vez no iba a refugiarme en un mundo de fantasía solo porque dolía demasiado enfrentarse a las verdades empíricas. No, de ningún modo lo haría. Había aprendido de mis propios errores, así que esta vez iba a permanecer ahí, en mi aborrecible presente. Me quedaría para lidiar con el dolor, porque estaba harta de huir siempre. Y porque sentir dolor, por fin, me parecía algo digno. Y noble. Un auténtico alivio.

El teléfono empezó a sonar al lado de mis pies, y su sonido me traspasó como un espasmo físico. No me agaché para cogerlo, no quería tocar toda esa sangre, probablemente aún tibia. De modo que me limité a quedarme ahí, congelada, perdida mi mente en la letra de la canción que había elegido tan solo dos días antes, cuando mi vida todavía parecía normal. O, al menos, todo lo normal que la vida de alguien como yo pudiera llegar a parecer.

Los ritmos de The Unforgiven de Metallica me envolvieron suavemente, como un chal de seda enroscado alrededor de mis hombros. Al principio, su abrazo fue delicado y reconfortante, como la caricia de un ser amado que hace mucho que no ves, pero al poco tiempo me di cuenta de que lo que tenía entre manos no era ninguna caricia, sino un arma de doble filo, un arma que hizo que, con cada sonido, con cada palabra que escuchaba de aquella canción que tanto me recordaba a él, la herida de mi alma profundizara, se expandiera hasta provocarme un dolor desgarrador.

Cuando el móvil dejó de sonar por fin, advertí que el violín se deshacía ahora en sonidos agudos, más melancólicos que nunca, terriblemente dramáticos. La lluvia, en pleno apogeo, descargaba furiosa contra el techo de la casa, y yo, con ojos frenéticos y respiración trabajosa, era consciente de cada gota, de cada crescendo, de cada maldito ruido.

«De cada salpicadura de sangre…»

Con dedos trémulos, me cogí la cabeza entre las manos, me dejé caer de rodillas, sin preocuparme ya por rozar la sangre, y aullé con todas mis fuerzas. Sin embargo, manifestar la intensidad de mi ira no hizo que mi dolor cesara. Al contrario, este explotó y se propagó por cada célula de mi cuerpo, veloz como la devastadora ola de un terremoto. Imperdonable. Todas las malas elecciones que había hecho a lo largo de mi vida también eran imperdonables.

Mi vida nunca ha sido un camino fácil. Años enteros repletos de interminable destrucción, con unos pocos recuerdos felices, lo único que me sostenía ahora, después de romperme en millares de añicos, esparcidos por el mundo entero cual insignificante polvo de estrellas. Siempre fui una chica inusual, con una enfermiza obsesión. Un deseo tan, tan terrible… ¿Por qué será que el ser humano siempre anhela lo que jamás podrá tener? No lo sé. Nunca lo he sabido.

Atormentada por esa idea, me acurruqué en un rincón del suelo, con las rodillas llenas de sangre, dobladas y pegadas al pecho, y los brazos rodeándolas y, mientras esperaba, intenté mirar el espacio a través de ojos ajenos, para adivinar qué pruebas encontrarían ellos ahí. ¿El arma del crimen? No, claro que no. El arma del crimen no estaba. ¿Y el motivo? ¿Alguien conocía el motivo? Por supuesto. El mundo entero sabía que yo era la chica que había construido un castillo de naipes en llamas.

«Nunca juegues con fuego».

¿Oh, por qué tuve que ignorar su estúpida advertencia?

Por encima de mi cabeza colgaba una bombilla parpadeante. Me obsesionaba de tal modo que no podía dejar de mirarla. Mi aletargada mente se distrajo preguntándose por qué parpadeaba tanto. ¿Importaba siquiera? ¿Acaso algo de todo aquello tenía sentido ya? Mi mundo había llegado a su último invierno, y a mí se me antojó la extraña idea de que el sol nunca volvería a brillar a través de la espesura de las tinieblas que me cercaban. Ahí ausente, las palabras de mi padre me arredraron más que cualquier otra cosa a lo largo de mi vida.

«Llegado el momento, te destruirás con tus propias manos».

Edward tenía razón. Lo había hecho…

*****

Y ahora heme aquí, en una pequeña sala, encogida bajo la severidad de unos ojos azules. Un vaivén de pensamiento me carga la mente, y un dolor físico, sin duda provocado por el cansancio, se filtra por cada partícula de mi ser. No llevo la cuenta exacta, pero creo que he pasado más de treinta horas seguidas sin pegar ojo. La luz de los fluorescentes se clava violentamente en mis ojos, marrones y enrojecidos a causa del cansancio. ¿Cómo pudimos acabar así? No dejo de preguntármelo mientras intento eludir la gélida intensidad de aquellos ojos que semejan macizos bloques de hielo. El fuego solo puede acabar con hielo. Siempre lo he sabido.

Buenos días, Adeline. ¿Qué tal te encuentras esta mañana?

Con deliberada lentitud, elevo la mirada para encontrar a la suya. Da un respingo al cruzarse con las fosas vacías en las que se han convertido mis ojos, fosas sin ninguna clase de emoción o sentimiento delatador en ellas. Tan solo un interminable vacío, imposible de penetrar. Imposible de llenar… Acabo de comprender que lo he perdido todo. No tengo nada. Nunca lo he tenido. Quizá sea mejor así. Cuando solo tienes nada, entonces no hay nada que puedan arrebatarte.

No he intentado suicidarme, si es eso lo que te preocupa.

Fuerza una sonrisa un tanto nerviosa y aprieta un botón para grabarlo todo, como si no quisiera perderse ni una sola palabra mía. Siempre ejecuta la misma acción nada más sentarse en la silla de enfrente, casi ansiosamente. Después, entrelaza las manos por encima de la mesa y se limita a taladrarme con esos ojos suyos que todo lo ven, incluso mientras brillan ausentes. Hay veces que, durante las horas que se pasa interrogándome, se entretiene realizando dibujos. He observado que dibujar parece relajarle. Tengo la sensación de que conversar conmigo dispara su nerviosismo, de por sí bastante elevado.

A estas alturas, sabemos cómo va a acabar esto, pero me gustaría que me contaras cómo empezó. ¿Te sientes capaz de recordarlo?

«Como si pudiera olvidar algo de todo aquello…»

Apoyadas mis muñecas encima de la mesa metálica que nos separa, mis dedos temblorosos rodean el templado vaso de café que alguien me ha ofrecido en algún momento. No me apetece tomarlo, pero es lo único a lo que puedo agarrarme para no hundirme aún más en ese oscuro abismo que me atrae irresistiblemente hacia sus profundidades. Dulces, dulces profundidades que invitan a asentar los maltrechos huesos ahí dentro. Para siempre.

carraspeo en un intento por dominar la voz, que se empeña en flaquear precisamente ahora. Sí, puedo hacerlo.

Enderezo los hombros para mostrar algo más de seguridad. No quiero que piense que estoy asustada, o intimidada. No quiero su estúpida compasión. Él cruza una mirada conmigo y se retrepa en su silla, esperando a que desvele la larga serie de infortunios que destruyeron mis sueños, los truncaron, los redujeron a polvo sin que yo opusiera el menor conato de resistencia. Adeline Carrington, la chica que nunca tuvo nada; la que siempre lo deseó todo.

Adelante, Adeline. Te escucho.

Ojalá sus ojos dejaran de hundirse en los míos de ese modo. Ojalá no fuera este el fin de todo lo que una vez conocí.

«De todo lo que una vez amé…»

Sintiéndome como si el mundo entero pesara encima de mis hombros, bajo la mirada hacia el ángel que su mano derecha ha garabateado en la cubierta de la libreta azul. Exactamente así es cómo comenzó todo esto.

Quieres que te cuente el comienzo… me quedo mirando ese hermoso ángel, y mi boca se tuerce en una sonrisa irónica. ¿No es evidente?

El tic tac de su Rolex, un sonido sordo, monótono, resuena en el silencio de la sala con el único propósito de recordarnos que el tiempo se nos está acabando. Durante un momento, los dos contenemos el aliento, mientras la angustia se cierne sobre nosotros como un oscuro y asfixiante nubarrón.

¿Lo es? susurra, y sus ojos me evalúan intensamente hasta que desvío la mirada, incapaz de seguir aguantando toda esa presión.

Me estiro para robar un cigarrillo del paquete rojo que ha dejado encima de la mesa. No dice nada, se limita a observarme. Ni siquiera me recuerda que no se puede fumar aquí dentro. Mejor. No estoy de humor para sermones. Cojo el mechero que descansa al lado de sus delgados, ágiles, intranquilos dedos, enciendo el cigarrillo y vuelvo a sonreír, pero mi sonrisa no es más que un gesto amargo y atormentado; abarrotado de dolor.

Claro que lo es, letrado. Hay ángeles que tienen sus propios demonios, y resulta que los míos fueron poderosos.

Dos años atrás, ciudad de Nueva York, Nueva York

La actualidad en la prensa “seria”

¿Los republicanos tienen nuevo candidato para las presidenciales?

«El senador Edward Carrington, elegido por los votantes republicanos como el político más carismático del año. Carrington ha accedido a ser entrevistado por un periodista de USA News Channel a la salida de uno de los famosos mítines organizados por su partido para defender la pena de muerte. El senador acudió acompañado por su hermosa esposa, Giselle, y su perfecta hija, Adeline.

Periodista: Senador Carrington, ¿se ve usted en la Casa Blanca dentro de dos años?

Senador Carrington (abrazando a su mujer y a su hija): Si los votantes me ven, yo también me veo. Confío en su excelente criterio (risas).

Periodista: ¿Y qué opinas tú, Giselle? Ser la primera dama de una potencia mundial como Estados Unidos supone todo un reto.

Giselle Carrington: Apoyaré a mi marido en todas las decisiones que tome. Lo único que me hace feliz es verle feliz a él. Y, por supuesto, ver como él hace felices a los ciudadanos americanos.

Periodista: ¿Senador, cuáles son sus metas?

Senador Carrington: ¿Aparte de preocuparme por el bienestar de mi maravillosa familia? Es sencillo, John: preocuparme por el bienestar de todas las maravillosas familias que forman esta gran nación. ¡Que Dios bendiga América!

Periodista: ¿Y qué nos cuentas tú, Adeline? ¿Qué se siente al formar parte de una familia tan modélica?

Adeline Carrington (secamente): Ganas de vomitar». USA News Channel

Escándalo protagonizado por los Carrington en una manifestación republicana a favor de la guerra en Afganistán.

«El senador por el estado de Nueva York, Edward Carrington, dio un apasionado discurso, reivindicando la aniquilación de los terroristas (o civiles afganos, para el senador da lo mismo) que amenazan con tambalear la supremacía de nuestro país. Su hija, Adeline, se levantó en mitad de la conferencia, gritándole a su padre, y citamos textualmente, «¡Estás como una cabra!» y «¡Te mereces la puta camisa de fuerza!», antes de abandonar la sala. Al concluir el evento, Giselle Carrington justificó de esta forma el comportamiento de su hija: «Adeline bromeaba, por supuesto. Parece ser que aspira con convertirse en la nueva Ellen DeGeneres». The Washington Post

Los Carrington, más unidos que nunca.

«Durante un foro republicano, el senador por el estado de Nueva York, Edward Carrington, empleó toda su pasión en hablarnos sobre la importancia de destruir las células terroristas que amenazan con tambalear la supremacía de nuestro país. Su esposa, Giselle, y su hija, Adeline, le aplaudieron fervientemente y, pese a que Adeline se viera obligada a abandonar la conferencia a causa de una terrible migraña, esta mañana insistió en manifestar en Twitter lo orgullosa que se siente de su padre. «Mi padre es asombrosamente inteligente. ¡Hay que exterminar a esos hijos de puta terroristas cuando antes!» USA News Channel

¿Insinúa Adeline Carrington que los republicanos tienen intención de revivir el holocausto?

«Este es el tweet que ha incendiado las redes sociales de Nueva York. «Mi padre es asombrosamente inteligente. ¡Hay que exterminar a esos hijos de puta terroristas cuando antes!» tuiteó la más joven de los Carrington, instantes antes de colgar una esvástica en su cuenta. Parece ser que la hija del senador Carrington se ha vuelto aún más rebelde con el paso de los años». The New York Times

¡Adeline Carrington NO ha colgado ninguna esvástica en Twitter!

«Esa fue la tajante afirmación de John Carey, el portavoz de los republicanos en el Senado, que se ha apresurado a desmentir la noticia, declarando que Adeline jamás cometería tamaña fechoría. «Lo más probable es que un hacker se haya apoderado de su cuenta». Según era de esperar, las sospechas de Carey caen sobre los terroristas afganos.

Adeline se ha negado rotundamente a declarar, limitándose a mostrar en el campus de Columbia una camiseta con un mensaje de lo más polémico: «La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír», frase que le pertenece al escritor británico George Orwell». USA News Channel

¡¿James O´Neill inocente?!

«El “abogado del Diablo” consigue que el jurado declare no culpable al famoso boxeador acusado de varias agresiones sexuales. Robert Black gana el juicio más mediatizado de los últimos años (después del de O.J. Simpson), aun con todas las pruebas en contra de su cliente. O´Neill ha declarado que su abogado ha hecho un excelente trabajo liberando a un inocente. Por el contrario, el abogado “estrella” del famoso bufete Brooks & Sanders se ha negado a pronunciarse al respecto. Su cara al salir de los juzgados no parecía en absoluto la de un vencedor. ¿Acaso Black tiene una conciencia que le impide disfrutar su éxito?» The New York Times

La actualidad en la prensa menos “seria”, (o sensacionalista, según algunos malpensados)

Catherine Black, la esposa de la superestrella de Hollywood, Nathaniel Black, de fiesta con su cuñado Robert en Ámsterdam.

«Mientras el chico malo se mataba a trabajar, la chica buena se mataba a bailar en los clubs más fashion de Europa. Nathaniel se ha negado a hacer declaraciones sobre este incidente, limitándose a dedicarnos una de sus “elegantes” y mundialmente famosas peinetas, mientras que la socialité británica ha especificado en Instagram que ella y el recién coronado playboy del Upper East Side, Robert Black, solo estaban teniendo una reunión familiar. «Que hubiese alcohol y música pegadiza no fue más que una desafortunada coincidencia. Además, ¿desde cuándo tiene el Page Six jurisdicción en los Países Bajos?». Palabras textuales de la señora Black.

Para su información, el Page Six tiene “jurisdicción” en el mundo entero. Donde haya un escándalo, ahí nos desplazamos nosotros para cubrirlo. Y, desde luego, el trío Black ha generado más escándalos que todas las juergas de Madonna juntas». Page Six

¿Robert Black tiene un lío con Paris Hilton?

«Uno de los playboys más deseados de América fue fotografiado en compañía de la socialité en un club de Manhattan. Black ha desmentido la noticia de inmediato, afirmando que no tiene tiempo para líos amorosos. Fuentes extraoficiales declaran que Paris se ha limitado a suspirar como una quinceañera». US Weekly

Parte 1

Chica conoce chico

Capítulo 1

Pocos ven lo que somos,

pero todos ven lo que aparentamos.

(Nicolás Maquiavelo)

No hay nada más superficial que una fiesta en el Upper East Side. Cuando era pequeña, para que se me hicieran más amenas las horas que mis padres me obligaban a aguantar estos interminables eventos, me divertía clasificando a las personas de mi mundo en varias categorías. He de confesar que, quince años más tarde, aún me entretengo haciéndolo, porque es el único modo de que esto me resulte medianamente tolerable.

Según mi criterio, la primera y más abundante categoría la forman las modelos emperifolladas que se pasan el rato intentando ligarse a alguno de los acaudalados depredadores nocturnos que, con sus lujosas limusinas y sus trajes carísimos, acuden en busca de nuevos juguetitos de los que presumir delante de sus amigos europeos. Al parecer, tener un yate ha dejado de impresionarlos. Encuentran mucho más glamuroso tener a una modelo calentándoles la cama. O el yate, como sea.

Desde el otro lado de la barricada, (siempre he pecado de comparar el mundo en el que me muevo con el Viejo Oeste) oponen resistencia las señoras de mediana edad cuyo único fin en la vida parece ser exponer sus escandalosamente caras joyas, regaladas por sus maridos cada vez que los dignos señores cometieron la imprudencia de mantener relaciones sexuales ilícitas con alguna de las mujeres (véase categoría uno: modelos emperifolladas) que los acompañaron en sus constantes viajecitos a Europa o la Polinesia Francesa, tropiezos de los que, convenientemente, la esposa engañada nunca llegó a enterarse. Porque prefirió hacer la vista gorda. Como debe ser.

Noche tras noche, la sociedad neoyorkina se convierte en testigo de la lucha tribal que hay entre estas dos especies, cada cual más empeñada en aniquilar a la otra. A decir verdad, las fiestas del Upper East son todo un espectáculo. No entiendo por qué la administración no las incluye en la oferta turística de la ciudad. Visite el Empire State, pasee por Central Park, contemple cómo las mujeres y las amantes de los ricos y famosos luchan por la supremacía de una cuenta bancaria, etc. Creo que a los turistas les encantaría. Esto es the american dream en estado puro.

Aparte de las mujeres carroñeras, también están los que vienen y se van, los intrusos, por así llamarlos: personas de fuera que nunca aguantan demasiado tiempo el cinismo de este mundillo. El Upper East es el territorio de los elegidos, gente superficial de corazón vacío y cuenta bancaria alarmantemente llena, y no cualquiera reúne todos estos requisitos.

¿De qué sirve poseer cosas si no puedes alardear de ellas? Me figuro que este debe de ser el lema de todos ellos, porque, desde luego, en mi mundo, la gente no hace más que presumir. A mí, personalmente, me resulta cada vez más vomitivo acudir a las fiestas de etiqueta. Siempre escuchas las mismas frases, como si no hubiera más temas de conversación ahí fuera. Hay que admitir que la nuestra es una sociedad de lo más hermética, filosóficamente hablando.

Mientras me abro paso entre el gentío que atasca el vestíbulo, inevitablemente, algunas conversaciones alcanzan mis oídos.

Tenéis que verlo. Pasa de cero a cien en tres coma dos segundos.

Mi marido me ha regalado un viaje a Bora Bora. Iré con mi profesor de pilates.

No entiendo por qué está tan orgullosa de ese collar. Solo son unas cuantas esmeraldas.

Eres el hombre más atractivo de esta fiesta. Me has deslumbrado.

Invadida por una oleada de repugnancia dirigida a todo cuanto me rodea, cojo de paso una copa de champán de la bandeja de un camarero de guante blanco, me la llevo a los labios y tomo unos cuantos sorbitos más de los que debería.

«Solo serán un par de horas, Adeline Carrington. Recemos para que se pasen cuanto antes».

Mis ojos marrones atraviesan el recinto en un intento por localizar a Josh, mi prometido. Está en el otro extremo, liderando una competición de chupitos con sus amigos de la universidad. Un gesto irónico curva mis labios cuando me doy cuenta de que, dentro de exactamente veinte años, yo seré una de esas señoras de mediana edad, mientras que él se convertirá en un depredador nocturno en busca de nuevas emociones. Como debe ser.

Podrías pasártelo bien de vez en cuando, ¿sabes? No creo que sea ilegal divertirse en el estado de Nueva York.

No necesito girar la mirada para saber quién es la que me está hablando. Lily Hamilton es mi amiga desde que tengo uso de razón. Nuestros padres son muy buenos amigos. En los círculos en los que nos movemos Lily, Josh y yo, todo el mundo conoce a todo el mundo y todo el mundo es amigo de todo el mundo. Por supuesto, no se aceptan intrusos. Para estar entre nosotros deben avalarte al menos cien años de reputación intachable y un patrimonio mayor que el de Charles de Inglaterra.

Nosotros formamos la tercera y peor categoría, el núcleo de la alta sociedad: los intocables, gente metida en las más elevadas esferas del país. Por norma general, los padres de familia suelen ser o bien políticos, fiscales o jueces de distrito, o bien extravagantes magnates; todos ellos, pesos pesados de la élite estadounidense. Lo que nos diferencia de las demás categorías es precisamente la reputación intachable. Los escándalos apenas nos rozan. Desde que nacemos se nos enseña que la imagen lo es todo. Lo que se traduce en: haz lo que quieras, pero sin que te pillen, algo que se ha convertido en el lema oficial.

Para mantener nuestra imagen intacta, hay ciertas normas que debemos acatar. Todo intocable que se respeta debe acudir a misa cada domingo del año, hacer acto de presencia a todas las cenas de caridad, donar sumas indecentes de dinero para apoyar las guerras en Oriente y, junto con los demás miembros de su familia, pasear al perro todos los fines de semana para que los paparazzi puedan fotografiarlos disfrutando de una idílica jornada familiar, lo cual es del todo falso, ya que no existe absolutamente nada idílico dentro de mi mundo.

A los más jóvenes de los intocables se nos obliga a estudiar en las mejores universidades del país; a estar eternamente preocupados por asuntos como el calentamiento global, el impacto causado por las elecciones europeas en la economía mundial, las subidas y bajadas de la bolsa de Wall Street, etc., etc. Somos esa clase de jóvenes que se convierten, sin demasiado esfuerzo y sin habérselo ganado mediante méritos propios, en un modelo a seguir para la comunidad de Nueva York y, en algunos casos, incluso para el país entero. Eso, por supuesto, solo pasa de cara a la opinión pública. De puertas adentro, cada uno de nosotros puede hacer lo que, básicamente, le dé la puta gana. Nuestros padres solo nos exigen satisfacer una norma: evitar el escándalo público. No hay nada más importante que la imagen. Sin más palabras, los intocables somos lo que se dice unas familias “encantadoras”.

Asaltada por una nueva oleada de repugnancia, provocada por la hipocresía de mi propio mundo, me vuelvo sobre los talones y compongo una sonrisa cínica.

En mi vida no hay nada que me divierta, y tú lo sabes.

Lily, envuelta en un vaporoso chal beige que hace juego con su vestido de noche, enarca una ceja por debajo de su oscuro cabello, cortado a lo garçon con el único propósito de fastidiar a su conservadora madre. O eso dice ella. Yo la conozco lo bastante como para saber que, en realidad, lo lleva así porque tanto el corte, como el color, le favorecen.

¿Ni siquiera el buenorro de Josh? sugiere, con un brillo de picardía iluminando el azul zafiro que rodea la oscuridad de sus pupilas.

Mis ojos, sombreados por rayas negras de casi un dedo de grosor, giran sobre sus órbitas.

Josh es mi mejor amigo, Lily. Solo eso.

Por enésima vez esta noche, intento subirme el escote de mi provocativo vestido negro de lentejuelas. ¡Qué manía con hacer la ropa tan ajustada! Me sentiría mucho más cómoda llevando una sencilla camiseta y un par de vaqueros holgados, pero si se me ocurriera acudir así vestida a cualquiera de estos eventos, estoy convencida de que a mi madre le saldría una arruga del disgusto. Y el rostro de Giselle Carrington está tan terso que resultaría apocalíptico que un minúsculo surco lo cruzara. De modo que, por el bien de ese cutis que tan celosamente resguarda del sol costero, heme aquí con un estúpido vestido que me hace sentirme como un pez nadando fuera de agua.

Según el Post, os casaréis después de la graduación comenta Lily, y su mirada se entretiene buscando a Josh a través de la aglomeración. Hay que admitir que tienes suerte. Josh Walton, el hombre que toda chica quisiera tener en su cama. Y es tuyo. ¡Uau! Deberías, al menos, sentirte orgullosa, ¿no? Sus ojos verdes son motivo de desmayo entre las novatas de Columbia, ¿lo sabías?

Permíteme que haga oídos sordos de ese dato, si eres tan amable rezongo.

Lily me quita la copa de las manos, toma un sorbo de champán y luego me la devuelve.

Tranquila. Él solo tiene ojos para ti.

En mi rostro se forma una expresión sarcástica que nunca llega a materializarse del todo.

Si tú lo dices mascullo secamente.

Vamos, Del, todos sabemos que Josh está enamorado de ti desde primaria.

Me acabo la copa y la deposito encima de una mesa alta y redonda, antes de agarrar otras dos, una para mí y otra para Lily. No me gusta compartir copa. No me parece higiénico.

Está enamorado de mí porque no tiene elección, Lily. Nos prometieron al nacer. Josh y yo siempre supimos que acabaríamos juntos.

Y eso es lo bonito de vuestra vida. Que no hay sorpresas.

Pues como siga bebiendo con el estómago vacío, las habrá me burlo, horrorizando a una señora mayor con mi indecoroso sentido del humor.

Después de excusarme por mi falta de elegancia, cojo a Lily del brazo y empiezo a arrastrarla en dirección a la zona de los aperitivos. Toda esta conversación me ha dejado famélica. Lo cierto es que, para desesperación de mi madre, a mí cualquier cosa me deja famélica. Mi talla roza peligrosamente la treinta y ocho, y Giselle está muy preocupada por este asunto. A mí no podría importarme menos.

Oh, por favor, Adeline. No me vengas con chorradas. Te rebelas a diario en contra de las normas. ¿Por qué aceptarías esta, a no ser que tú también estés enamorada de él? Admítelo de una vez por todas.

Me detengo de mi caminata y le dirijo una mirada ceñuda.

¿Es eso lo que piensas? ¿Qué estoy… enamorada?

La confusión dibuja una V entre sus cejas.

No entiendo por qué tanto sarcasmo a la hora de decir enamorada. Ni que te hubiese ofendido al insinuarlo.

Suelto una risa vacía. No me lo puedo creer. ¡Enamorada!

¡Porque el amor no existe, Lily! El amor… no es más… que un estúpido… cuento… de hadas articulo lentamente, y con cada palabra aumenta la helada expresión de desprecio que fulgura en las profundidades de mis ojos. Y yo soy algo mayorcita para creer en cuentos.

Así que te casas con el príncipe azul de Long Island porque no crees en los cuentos de hadas sentencia de un modo tan sarcástico que me hace replantearme nuestros veinte años de amistad.

Has dado en el clavo, princesa. Y ahora vayamos a comer algo. El champán me está sentando mal.

Como si no tuviéramos nada más que decirnos, atravesamos el recinto, pasamos por debajo de un arco decorativo y nos detenemos al lado de las mesas del bufé frío, que ofrecen varios tipos de cremas de verduras, sushi, caviar, y, al menos, otros veinte tipos de entrantes, colocados con elegancia encima de sofisticadas bandejas de plata.

¿Y si, una vez te hayas casado, conoces al hombre de tu vida? comienza otra vez, mientras yo contemplo las bandejas con aire indeciso. ¿Qué harás entonces?

Tuerzo la boca en señal de indiferencia.

No lo sé. No me importa. Nunca he valorado esa posibilidad.

¿Por qué no?

Resoplo, irritada por su insistencia. Lily es la persona más ilusa que conozco. El amor… el hombre de mi vida… ¿De qué va? ¿Cómo puede alguien creer en esas chorradas? ¿Es que Lily no ha visto nunca las consecuencias del amor? ¿No ha visto las peleas, los cristales rotos, los añicos en lo que se convertía la vajilla del salón cada vez que él perdía los papeles? ¿No se he quedado ahí, rota por dentro, contemplando la destrucción desatada por el estúpido amor? No, supongo que no lo ha hecho. De lo contrario, no osaría hablar de estas cosas.

Porque, por enésima vez, Lily, no creo en el amor.

¿Crees que no existe?

Cojo un aperitivo de piña, salmón y queso, me lo llevo a la boca y lo mastico despacio, disfrutando la explosión de sabores.

Es mucho más que eso. Estoy convencida de que no existe enfatizo, antes de volver a anegarme en la oscuridad que reina dentro de mi alma. El cuento del amor es la mayor estupidez que he oído jamás. Todos sabemos cómo acaba la historia. Chica conoce chico, chico se enamora de chica, uno de ellos traiciona al otro. Hagas lo que hagas, el amor siempre termina igual: rompiendo tu corazón en pedazos. A mí nunca me pasará eso. No tengo un corazón que ofrecer.

Lily, en claro desacuerdo, exhala un débil suspiro.

Eres una escéptica, Adeline Carrington. Una escéptica bastante ingenua, además. La vida te demostrará lo contrario cuando menos te lo esperas. Ya lo verás.

Soplando en señal de exasperación, muevo el cuello hacia ella con la evidente intención de dedicarle una mirada seca, pero no llego a encontrarme con sus ojos. Me detengo a mitad de camino, atraída por una mirada azul etéreo que se interpone en mi trayectoria y desprende tanta fuerza sexual que el aire se me queda atascado en algún punto entre los pulmones y la garganta. La sonrisa que pende de los carnosos labios de ese desconocido es ligeramente burlona, y yo no puedo evitar sentir una descarga eléctrica estallando en las honduras de mi vientre.

¿Y cómo es que Giselle y Edward no nos acompañan? escucho vagamente.

Me quedo paralizada por unos segundos; después, me vuelvo de espaldas a él, con las prisas de un conejillo asustado. Madre mía. Ese hombre me ha inspeccionado de un modo completa y absolutamente descortés; ha paseado perezosamente la mirada por todo mi cuerpo y después ha sonreído como si le gustara lo que estaba viendo. La insolencia de su mirada me ha hecho sentir como si estuviera desnuda delante de él. Desnuda en cuerpo y alma.

La Tierra llamando a Adeline.

Mi mente deja de viajar y sacudo la cabeza para despejarme.

¿Qué? Ah. Están en Washington, en un mitin explico brevemente. Regresan esta noche, aunque no creo que les dé tiempo de hacer acto de presencia.

Lily sigue hablando. No sé de qué está quejándose ahora, no puedo prestar atención a su agotadora cháchara. No debería estar haciendo esto, pero la tentación es tan grande que solo tardo unos cuantos segundos en volver a girar el cuello hacia atrás, como si hubiera ahí un gigantesco imán atrayéndome irresistiblemente.

Y de nuevo cruzo una mirada con ese desconocido, moreno, mayor, guapísimo, que en ningún momento ha dejado de observarme. Está apoyado contra el alfeizar de una ventana, con los brazos cruzados en un gesto despreocupado. Va muy bien vestido, con un traje Armani de lo más sofisticado, cuya oscura tela se amolda perfectamente a su armonioso cuerpo. Aun así, a pesar de la elegancia de su porte, no encaja en este lugar, ni pretende encajar. Está claro que preferiría hallarse en cualquier otra parte del mundo, lo que me hace sospechar que se trata de un intruso, uno de aquellos que vienen y se van; la mejor de todas las demás categorías. Mirándolo, tengo la impresión de que intenta no mezclarse demasiado con los demás invitados. Quizá le guste mantener a raya a la gente. Parece arrogante y poderoso, muy seguro de sí mismo. Y solo. Horriblemente solo, al igual que yo.

Me recorre un leve estremecimiento cuando hace un gesto con la cabeza, sin que esa tenue sonrisa burlona deje de asomarse en sus labios. Consigo esbozar una sonrisa torpe a modo de saludo, antes de bajar la mirada hacia Lily, que se acaba de sentar en una silla.

Me matan estos tacones se queja al tiempo que se masajea los tobillos.

Me dejo caer a su lado con la misma expresión de alguien que acaba de ver un fantasma.

¿Quién es? le susurro, incapaz de recuperarme del impacto.

Una chispa de confusión se enciende en su mirada.

¿Quién es quién?

El hombre que me está mirando tan fijamente.

Lily alarga un poco el cuello para mirar por encima de mi peinado griego.

Adeline, hay al menos cinco tíos mirándote fijamente. No me sorprende. Menudo vestido llevas esta noche. ¿Desde cuándo te gusta a ti pasearte por ahí con la espalda al aire? ¿Y por qué todo lo que te pones encima ha de ser siempre tan odiosamente negro? Hace dos años, eras una niñita adorable. Ahora pareces Morticia Addams. No formarás parte de alguna secta satánica, ¿verdad?

Pongo los ojos en blanco. ¿Por qué la gente siempre piensa que los rockeros somos satánicos? ¿Es que no podemos ser budistas?

Me refiero al hombre de ojos azules que está apoyado contra la ventana insisto. ¿Le conoces?

Lily vuelve a mirar.

Ah. Olvídate de él.

Mis pupilas se dilatan un poco por la intriga. Lily, sin dar más explicaciones al respecto, retoma su tarea de masajearse los tobillos.

¿Por qué dices eso? bajo la voz, como si estuviésemos tratando un asunto de lo más confidencial.

Él no juega en tu división, Delly me contesta con indiferencia.

Lo cual hace que el desconocido despierte aún más interés en mí. Siempre me siento atraída por lo que no puedo tener. Debilidades mundanas, me figuro.

¿A qué te refieres con que no juega en mi división?

Resopla con fastidio y levanta la cabeza para mirarme.

¿Adeline, es que tú nunca lees la Page Six?

Estoy confusa.

¿Qué tiene eso que ver con nuestro desconocido? replico, sin entenderlo.

Pues que si leyeses la Page Six, sabrías que ese hombre es algo parecido a Satán, y dejarías de interesarte por su persona.

Giro el cuello hacia atrás y otra vez quedo bajo el embrujo de la intensidad de su mirada. Resulta realmente hipnótico mirarle. ¿Cómo podría ser el Diablo si las llamas reflejadas en sus pupilas seducen, en lugar de asustar?

Conforme avanzan las agujas del reloj, inevitablemente, vamos camino de perdernos en nuestras miradas, hasta que todo lo demás se vuelve nebuloso e insignificante: el ruido de fondo, la voz de Lily, la música, las risas… Todo parece cesar; desaparece sin más. Es como si estuviésemos solos en el mundo entero.

Apenas me doy cuenta de que un hombre trajeado se acerca a él y le susurra algo. El desconocido tarda unos instantes en despegar los ojos de los míos para mirar a su interlocutor. Lo hace con perfecto aplomo y sin ninguna clase de ganas. Contesta brevemente, vuelve a mirarme por última vez, y después me da la espalda y se marcha.

¿Y sabes qué me dijo? oigo cuando por fin el mundo en derredor mío retoma su frenética actividad. Que no pegaban en absoluto juntos.

¿Quieres dejar de ser tan jodidamente críptica? espeto, moviendo la mirada hacia ella. ¿Lo conoces, sí o no?

Lily se pone los zapatos, se endereza y me mira con mala cara.

¿Seguimos con el temita?

Sí, hasta que me digas todo cuanto pretendo averiguar.

Mi amiga resopla en señal de rendición.

¿Y qué es lo que pretendes averiguar, Adeline?

¿Lo conoces, sí o no? repito.

Cielo, lo conoce todo el país.

¿Y eso por qué? ¿Sale en Gran Hermano? ¿Es un Kardashian?

Ella suelta una carcajada.

Qué graciosa. No, no sale en Gran Hermano, ni es un Kardashian. Es mucho peor que eso.

¿Ah, sí? ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

¿No es evidente? Es rico, guapo, mujeriego y… hermano de Nathaniel Black. Hay quienes dicen que los Black son tal para cual.

¿Nathaniel Black, la superestrella? pregunto, de lo más confusa.

Los azules ojos de mi amiga se entornan por enésima vez esta noche.

El único Nathaniel Black que hay en este país, Adeline mi ignorancia parece irritarla. El único relevante, quiero decir.

Se produce un momento de silencio. Así que es famoso. Y mujeriego. Vaya, vaya. Un chico malo. Me intriga. Hay algo en él. ¿Qué es ese algo? Vuelvo a mirar hacia atrás, pero él ya no está ahí. De repente, me siento vacía.

Cuando dices que los Black son tal para cual…la insistencia de mi mirada la insta a continuar, por lo que Lily frunce la boca en un gesto de disgusto, claramente contrariada por mi interés en aquel desconocido.

Antes de que Nathaniel se casara con esa inglesa estirada que pertenece a la aristocracia europea, o eso dice la TMZ puntualiza con los ojos en blanco, como si dudara de las nobles orígenes de la señora Black, los Black solían ser inseparables. Las revistas del corazón se forraron con estos dos cabroncetes. Sus juegas debieron de llenar miles de páginas. Me sorprende que no lo sepas. Siempre salían en portadas, y siempre rodeados de modelos, bebida y drogas se inclina sobre mí con aire confidencial, lo cual quiere decir que piensa soltar alguna bomba. Susurran las malas lenguas que incluso compartieron damisela más de una vez. No está muy claro de si lo hacían por separado o juntos. Desde luego, a Nathaniel le iba mucho el rollo de las orgias. Tengo que admitir que a su hermano nadie le ha relacionado con eso, pero, en fin, no deja de ser un Black. Quién sabe los secretos que ocultan esos adorables hoyuelos suyos.

Abro la boca, completamente escandalizada. «¿Orgias?»

¡¿Estás de coña?!

Súbita e inexplicablemente, me invaden los celos. ¿Cómo puedo sentir celos de las mujeres que han pasado por la cama de un hombre al que ni siquiera conozco?

Lamentablemente, no. Su reputación no puede ser peor. Créeme, Adeline, no quieres formar parte de su universo. Como te he dicho, es la estrella de una liga muy superior a la tuya. Ya sabes, uno de esos tipos que viven rápido, follan duro… Pero regresemos al tema de tu compromiso. ¿Para cuándo es la gran boda?

Parpadeo con insistencia para ahuyentar las imágenes de mujeres sin rostro que se reproducen en mi cabeza. ¿Y a mí qué demonios me importa a cuántas se ha tirado ese tipo? ¡Como si son mil! No es asunto mío.

No hay fecha. Nos lo tomamos con calma. No he decidido aún lo que quiero hacer con mi vida.

Y me tomo toda una copa de champán de golpe, no sé por qué.

¿En serio? Y yo pensando que tu vida había sido planificada desde antes de que nacieras…

Con las manos un poco trémulas, agarro otra copa de champán. Sentarse cerca de la comida y la bebida ha resultado ser una brillante idea.

No, y llevas razón. Lo ha sido. Me quedo pensativa unos segundos, mientras tomo otros tantos sorbos. Pero quizá me rebele un día de estos añado para mí misma, antes de acabarme la bebida.

Cuando vuelvo a mirar a Lily, sé que he hablado más de la cuenta. Es mi mejor amiga, pero no siempre apoya mis ideas. Sigue sin entender por qué odio tanto mi existencia.

¿De qué diantres estás hablando?

De nada. ¿Sabes qué? Mis ojos se mueven inquietos en busca de una salida. Voy a salir a tomar un poco de aire. Estas fiestas me asfixian, y está claro que he vuelto a beber más de lo que debía.

Me mira con suspicacia, como dudando si creerme o no.

Eres una chica rara, Adeline.

Fuerzo una sonrisa que parece aplacar su recelo.

Nadie es perfecto, Lily. No existe la perfección. Y si existe, te rompe en pedazos. Mira a tu alrededor. Es peligroso ser perfecto hoy en día.

No tienes nada de lo que preocuparte, tú distas mucho de serlo. Toma. Hace frío en la calle. Llévate mi chal.

No quiero llevarme nada, pero lo hago para que me deje marchar de una vez. Tengo que poner orden en esos preocupantes pensamientos que llevan diez minutos asaltando mi mente como la flechas de un cazador.

Gracias. No tardaré en volver.

Con la prenda alrededor de los hombros, salgo a la terraza más próxima. Me alegra comprobar que no hay nadie más aquí. Necesito unos momentos a solas. Por Dios, ¿a qué hora acaba esta estúpida fiesta? Me quedaré aquí, aislada de todos, hasta que termine. No pienso volver ahí dentro para escuchar las mismas conversaciones vacías de siempre.

Sumergida en mis pensamientos, apoyo las manos en la barandilla y dejo que mi mirada se pierda en el panorama que se extiende ante mis ojos. Las luces titilantes de los rascacielos, que ocultan algunas de las viviendas más caras del mundo, se empequeñecen en el horizonte, y parece que la cúpula del Empire, orgullosamente erguida en medio de todos los demás edificios, está vigilando la ciudad, como uno de aquellos antiguos faros. El Faro de Nueva York.

Se supone que yo pertenezco a esto, que lo que estoy viendo es mi mundo, pero lo cierto es que jamás me he sentido como si formara parte de él. En realidad, creo que yo jamás he formado parte de nada. Es verdaderamente triste sentirse siempre como un intruso y que todo parezca tan grande comparado contigo. La jungla que se alza por encima de mí es, en ocasiones, un lugar peligroso para alguien como yo.

Resulta tranquilizador, ¿verdad?

Sobresaltada, muevo el cuello hacia el hombre que acaba de detenerse a mi izquierda. ¡Es él! El desconocido de ojos azules.

¿A qué te refieres? me obligo a decir, al cabo de unos instantes de completo silencio.

Sus impactantes ojos se pierden a lo lejos. Se ha deshecho de la chaqueta de su traje y ahora solo viste el pantalón oscuro y la camisa blanca, arremangada por debajo de los codos, de un modo que le hace parecer elegante a la vez que despreocupado.

Las luces. Me tranquiliza mirarlas. Con absoluto aplomo, vuelve la mirada hacia mí. ¿No te pasa a ti lo mismo?

Me quedo mirándolo embobada, sin ser capaz de abrir la boca. El desconocido me dedica una sonrisa amable, supongo que divertido por la mueca de idiota que debe de registrar mi rostro. ¡Mi madre! Cuando sonríe, más que guapo, es arrasador. Tiene un rostro impresionante, de labios carnosos y nariz recta. Antes no me había dado cuenta de ello, pero ahora lo veo con claridad.

Sus rasgos son salvajes y aristados, y reflejan dureza. Aun así, puedo ver cómo a través de ellos consigue asomarse un ápice de afabilidad. Su constitución delgada y su porte erguido le prestan un aire de distinción que le vuelve aún más irresistible a mis ojos. Lleva el oscuro pelo despeinado, como si no hubiera modo alguno de arreglarlo, y hay una arruga de concentración cruzando su entrecejo. Parece alguien severo y autoritario, con una gran predisposición a fruncir el ceño. Un líder, quizá, acostumbrado a que la gente le siga y le obedezca en todo momento.

Oye, ¿te encuentras bien? me pregunta con voz cálida, al ver que no me dispongo a abrir la boca.

Sacudo la cabeza para ahuyentar mis pensamientos.

Supongo que sí. Quiero decir, sí, me resulta tranquilizador mirar. ¡Las luces! chillo, convencida de que mis palabras podrían adquirir un doble sentido para alguien como él. Me resulta tranquilizador contemplar las luces apostillo en un susurro.

Una sonrisa pícara roza la esquina derecha de su boca.

Por supuesto que las luces. Es de lo que estábamos hablando, ¿no?

Carraspeo, bastante incómoda a causa de mi creciente ansiedad.

Desde luego musito, y me sonrojo. Inexplicablemente.

Durante un breve momento, se queda paralizado, contemplando concentrado cada uno de mis rasgos, como si pretendiera absorberlos.

Estás muy guapa cuando te ruborizas. Deberías hacerlo más a menudo. Soy Robert, por cierto.

Bajo los ojos hacia la mano que me ofrece y la miro con recelo, como si dudara sobre si tocarla o no. Tengo la molesta sensación de que la arteria del cuello va a estallarme si mi pulso sigue acelerándose de este modo. «Si tan solo dejara de mirarme tan intensamente…»

Adeline murmuro, al tiempo que me dispongo a estrecharle por fin la mano.

Pego un brinco cuando las puntas de mis dedos rozan su piel. Su contacto abrasa y me provoca una deliciosa sacudida. El hermoso extraño me dedica una sonrisa lenta, llena de misterio, peligrosa, y yo me apresuro a soltarle.

No te asustes, Adeline formula mi nombre con gran deleite, como si quisiera comprobar cómo suena en sus labios. Desde luego, suena bien. Demasiado bien. Tan solo eran unas cuantas chispas.

«Dios mío…»

Ya fuerzo una sonrisa, y él me guiña un ojo y me sonríe.

Me pone nerviosa. Hay algo en él que me atrae, y no sé el qué. En un intento por calmar mis nervios, cada vez más descontrolados, desvío los ojos hacia la noche neoyorkina, con la esperanza de que Robert lleve razón. Quizá resulte tranquilizador mirar las luces.

¿Puedo invitarte a una copa? me distrae la suavidad de su voz.

Permanezco inmóvil por unos momentos, y luego muevo el cuello para mirarle. Este hombre tan increíble quiere que tomemos una copa. Juntos, él y yo. Y a mí no se me ocurre una idea mejor. Lo paradójico de todo es que la idea de que esto me parezca una buena idea es, en sí, una idea espantosa.

Solo si mi novio puede acompañarnos contesto con fingida gravedad.

Sus labios se curvan en una sonrisa seductora. Muy lenta. Felina. Si yo fuese un poco más delicada, este sería un excelente momento para desmayarse. Pero no lo soy.

¿Tu novio? acota con gélido desdén. ¿Te refieres a ese mocoso que está compitiendo en una guerra de chupitos?

No puedo apartar los ojos de los suyos, y eso me incomoda un poco.

Veo que te mueres por hacer amistades esta noche, ¿eh? me burlo.

El desconocido tuerce la boca en un gesto de desprecio.

¡Amistades! bufa, y luego me mira, todo seriedad. Deberías salir con hombres de verdad, Adeline.

No consigo frenar a tiempo la sonrisa que se extiende en mis labios.

Como… ¿tú? le propongo, con una ceja alzada.

Se humedece los labios muy despacio. Es un auténtico seductor. Lo delatan sus movimientos, su mirada, su ladeada sonrisa. Estoy ante un playboy con clase, no me cabe duda de ello. Quizá Lily llevara razón. Quizá fuera cierto todo lo que dicen sobre él.

Yo no te dejaría sola en una fiesta para ir a emborracharme con mis amigos.

Es tan arrogante y tan seguro de sí mismo que no puedo dejar de sonreír.

¿Ah, no? ¿Y qué harías tú?

Durante el tiempo que permanece callado, con las dos manos hundidas despreocupadamente en los bolsillos de su pantalón de sastre, su penetrante mirada se arrastra por todo mi rostro. De pronto, sus ojos se detienen sobre mi boca, y algo en mi interior se incendia ante ese modo de mirarme. A juzgar por cómo se oscurecen sus pupilas, la respuesta involucra algo ilegal, y no estoy demasiado segura de si tengo bastante edad como para conocerla.

Para mi desesperación, esa idea me hace sonrojarme de nuevo. Él repara en el rubor que incendia mis mejillas, y una sonrisa un tanto socarrona se adueña de sus labios. «¡Ay, mi madre!»

Quizá te lo cuente, Adeline, pero este no es un buen lugar. Me tiende una mano, y es de locos lo mucho que deseo tocarle. ¿Nos vamos?

La hija prometida de un ultra católico senador de los Estados Unidos le diría que no. ¿Pero quién es esa? ¿Alguien la conoce?

Hechizada por ese infinito azul marino en el que fácilmente podría ahogarme, cojo la mano que me ofrece y me voy con él. Este hombre desata mi locura. Sin duda alguna.

Y bien, ¿me lo vas a contar ahora? pregunto, en la acera. ¿O seguirás haciéndote el misterioso?

Sin que esa inquietante media sonrisa abandone sus labios, ladea un poco la cabeza, agarra mi cintura con ambas manos y me arrastra hacia él hasta que nuestros pechos colisionan, como dos trenes de alta velocidad. Prácticamente soy capaz de vislumbrar las chispas que estallan a nuestro alrededor. Chispas… ¿Qué tendrán las chispas que me fascinan tanto?

Mi pulso empieza a latir enloquecido, y respirar hondo ya no sirve de nada para calmarlo. Él desvía la mirada hacia mi cuello, repara en ese alterado latido, y noto por su modo de torcer los labios que mi nerviosismo le hace una gracia tremenda. No es propio de mí comportarme como una adolescente llena de hormonas, y me irrita descubrir que no puedo evitarlo ni mantenerlo bajo control.

Nunca viene mal un poco de misterio, señorita susurra contra mi boca.

Las yemas de sus dedos se arrastran por mi espalda, muy despacio; recorren mi piel desnuda de un extremo al otro y se detienen en la parte baja de mi espina dorsal. Pese a que la piel está ardiéndome, bajo su roce empiezo a temblar, aunque el frío nada tiene que ver con las reacciones de mi cuerpo. Todo esto es causa de ese deseo caliente, irresistible, desconocido e irracional que invade mi vientre. Nunca me he sentido así.

¿Vas a besarme? me sorprendo a mí misma murmurando.

Me ruborizo en cuanto esas palabras nacen en mis labios. «¡Mierda! ¿Pero qué diablos pasa conmigo?»

¿Es eso lo que quieres?, ¿que te bese? repone, incapaz de reprimir una sonrisa.

Es narcótico el modo en el que sus ardientes ojos enfocan mis labios. Me los muerdo por dentro, muy avergonzada. Ojalá pudiera actuar como lo haría un ser racional. Pero no puedo. Mi capacidad de raciocinio queda anulada por completo en su presencia. Nunca he conocido a nadie tan magnético como él.

¡Por supuesto que no quiero que me beses! declaro en un tono jocoso que, sin embargo, no consigue enmascarar mi nerviosismo. Como te he dicho, estoy saliendo con alguien.

La energía que ruge entre nosotros es innegable. Con la respiración súbitamente pausada, Robert extiende la mano y recorre el contorno de mi boca con la yema de su pulgar. Un gemido muere en alguna parte de mi garganta.

Mentir está muy mal musita con aire absorto. Es evidente que quieres que te bese. ¿Por qué no me haces un favor y lo admites de una vez?

Cuando alza la mirada y esos devastadores ojos azules vuelven a clavarse en los míos, soy incapaz de disimular la hondura de un suspiro. Presa de la exasperación, entorno los ojos, un poco enfadada conmigo misma por permitir que él tenga este efecto en mí.

Vale, sí. Un poco confieso sonrojada, tras algunos segundos de reflexión.

¿Un poco? lo niega y, con aire divertido, se inclina sobre mí para susurrarme algo al oído. Realmente detesto decepcionarte, carita de ángel me dice con esa voz rasgada, que deja bien claro que no lo detesta en absoluto, pero mucho me temo que yo no sé besar… un poco.

¿Y cómo sabes besar entonces?

Se endereza, enarca una ceja lentamente y su sonrisa se intensifica.

¿Que cómo sé besar? su mirada es tan abrasadora que el corazón se me detiene, para luego pegar un violento brinco entre las paredes de mi pecho. Así murmura.

Sin demasiados miramientos, me agarra la nuca con una mano y aplasta los labios contra los míos. Antes de que pueda entender lo que está pasando, me abre la boca con la suya, me mete la lengua dentro y me besa. Ya lo creo que me besa. Me besa como nunca, en mis veinte años, he sido besada. La pasión se intercala con la ternura, formando una unión tan inquebrantable y extraordinaria que temo no volver a ser capaz de sentir nunca más. La oscuridad nos envuelve, tan atrayente y deliciosa, y se apodera de mi cuerpo y mi mente como una marea imparable. No hago el más mínimo esfuerzo por oponer resistencia. Todo lo contrario. Me dejo arrastrar hacia un torbellino peligroso, excitante, imposible de controlar; un lugar diferente a todo cuanto jamás he conocido. Este hombre es capaz de llevarme a sitios que nadie más conoce.

Su boca sobre la mía me reclama febril, ansiosamente. Me absorbe. No puedo hacer más que devolverle el beso. No me deja otra alternativa, no tengo elección. Mi lengua se enrosca con la suya y se une a una danza de lo más erótica, mientras mi cuerpo se disuelve en un océano de sensaciones.

Como si estuviera luchando por contenerse, se detiene por un momento, con mi cabeza entre las manos, y respira tan fuerte que se le dilatan las aletas de la nariz. Cuando busco sus ojos, me encuentro con que sus hermosas facciones lucen devastadas, supongo que igual de alteradas que las mías. A nuestro alrededor, algunos transeúntes aminoran la marcha para poder observarnos mejor. Robert me mira los labios hinchados y sacude la cabeza, no sé si arrepentido, asombrado o excitado. Quizá sea una mezcla de las tres cosas.

Nos están mirando le susurro, ya que él no reacciona. Podría haber paparazzi

Está muy cerca de mí, tan cerca que lo siento, lo respiro. Nuestros alientos se mezclan y el deseo que late entre nuestros cuerpos se vuelve inaguantable. Sus ojos están clavados en los míos, y me parecen aún más azules que antes. Me quedo inmóvil, mirándolo, disfrutando de su proximidad.

¡Al cuerno con todos ellos! murmura, antes de volver a abalanzarse sobre mí.

Agarrándome por la nuca con ambas manos, me hace retroceder hasta apoyarme contra el muro del local, donde, arropados por las sombras de la noche, vuelve a tomar posesión sobre mi boca, besándome aún más profundamente.

No me muevo mientras el desconocido se pega a mí, acorralándome bajo la dura presión de sus músculos. Su boca baja por mi cuello, ávida, caliente y húmeda, aferrada a cada centímetro de mi piel. No puedo apartarme de él, ni puedo controlar mi excitación, que aumenta gradualmente a medida que el calor de su cuerpo derrite al mío. Me está rompiendo en pedazos. La sangre de mis venas empieza a bullir, y unas intensas oleadas de deseo fluyen por todo mi ser, recordándome que he perdido todo el control. Ahora mismo dejaría que hiciera conmigo lo que él quisiera.

Por favor… musito débilmente, aunque no sé si para que me suelte o para que se apiade de mí. Estoy pidiéndole algo que no sabría definir.

Una brutal descarga eléctrica sacude todo mi interior cuando me aferro a sus brazos y percibo cómo, por debajo de su camisa, sus bíceps se tensan. Su corazón empieza a latir tan acelerado contra mi pecho que tengo claro que esto le afecta tanto como me está afectando a mí.

Levanta la cabeza hacia mis ojos y mueve las manos para agarrarme el rostro.

Por favor, ¿qué? murmura.

Yo… solo quiero…

Que te bese. ¿Es eso lo que quieres?

Yo… No me sale nada inteligente, así que me mantengo callada.

Sin aflojar la presión del cuerpo que me mantiene atrapada contra esa pared, sus labios chocan de nuevo con los míos en un beso devastador. Parece tomarse todo el tiempo del mundo para dedicarse a este momento, y yo me siento embargada por un placer sin remordimientos.

En un singular momento de lucidez, intento apartarme, pero él me besa, y me besa, y me besa, como si no fuera capaz de detenerse, y acabo rindiéndome. Me rindo porque no se puede luchar contra una fuerza así de arrolladora.

A partir de este momento, eres solo mía me informa cuando, por fin, se despegan nuestros labios.

Gimo mientras su mano recorre la curva de mi trasero y me atrae hacia sus caderas, para que note su deseo. Me siento embriagada de excitación, y eso es abrumador.

Por encima de nuestras cabezas, una ráfaga de viento desprende unas cuantas hojas doradas y las hace flotar en el aire. Apenas reparo en la gracia de su baile. El mundo que nos envuelve se ha vuelto borroso e insignificante; irreal.

Permanezco ausente, intentando estabilizarme a pesar de las frenéticas espirales por las que aún giro. Tengo los labios hinchados y ardiéndome, la respiración alterada y la mente completamente perdida en este momento transcendental. Una parte de mí sabe que después de estos besos, nada, nunca, volverá a ser como antes. No creo que yo vuelva a ser la de antes.

Tonterías susurro con aire distraído. Apoyo una mano contra la pared para no perder el equilibrio, pues me tiemblan las rodillas. Yo no soy de nadie. No te pertenezco ni te perteneceré jamás. No vayas a pensar que después de un beso voy a convertirme en uno de tus numerosos juguetes.

No debería estar aquí con él, y aun así, no soy capaz de apartarme. Hay algo en él. ¿Qué es? Levanto los ojos hacia los suyos y estudio su mirada, pero mi exhausta mente no consigue encontrar la respuesta a esa pregunta. Los llameantes pozos, que me contemplan con el mismo interés, no desvelan nada en absoluto. Lo único que sé es que este desconocido me atrae como nadie lo ha hecho jamás.

Su mano tira de mí y, sin darme cuenta, estoy con la cabeza apoyada contra su hombro, y sus brazos me rodean en un gesto protector. Alguien silba a sus espaldas, no sé si para llamar nuestra atención o por cualquier otra cosa.

Te equivocas susurra, más bien para sí mismo, y su abrazo se vuelve aún más fuerte. Eres mía. Es evidente que tú y yo tenemos algo. Y no pretendo convertirte en uno de mis numerosos juguetes. Pretendo convertirte en mi juguete favorito.

Su olor es lo más excitante que he olido jamás. Huele como un bosque durante una fuerte tormenta, a algo terrenal e irresistible; a tentación, supongo.

Mi novio está esperándome ahí dentro comento abruptamente, quizá en un torpe intento de recordármelo a mí misma.

Robert baja la mirada hacia la mía. Sonríe, incluso cuando lo único que se refleja en sus ojos es un brillo de feroz excitación. Vuelvo a percibir en él ese algo tan perturbador que soy incapaz de señalar. Puede que sea su forma de tocarme lo que impacta tanto. Su palma está apoyada contra la mía, sus delgados dedos están curvados sobre mis nudillos, y yo siento como si un extraño hormigueo fluyera por todas las venas de mi cuerpo. Desde luego, cualquier chica se merece ser tocada y besada de este modo, aunque fuera por una sola vez en la vida.

¿Tu novio? repite como si aquello no tuviera importancia alguna para él, mientras su pulgar se entretiene acariciando suavemente al mío. Mmmm. Tienes que dejarlo, me temo. Lo primero que debes conocer acerca de mí es que no soporto compartir lo que es mío.

Yo no soy tuya.

Mis esfuerzos por aferrarme a la negación parecen divertirle.

Ah, claro que sí. Te acabo de besar. No me habría cogido semejantes libertades contigo de no haber estado plenamente convencido de ello, ¿no te parece?

A ti se te va la pinza, ¿a que sí?

Su pulgar frota al mío hasta que este termina por devolverle las caricias. Me ha desarmado una vez más.

Algunas veces. Pero esta noche no es el caso, señorita. Te garantizo que estoy en pleno uso de mis facultades mentales. Y ahora, teniendo en cuenta que ya te he mostrado cómo besamos los hombres sonríe y se pasa la lengua por los labios, muy despacio, como si estuviera rememorando nuestro beso, dime, bella Adeline, ¿qué quieres hacer a continuación?

«¿Volver a besarte así por el resto de mis días?»

Dijiste que ibas a invitarme a una copa. Hazlo.

No sé de qué parte de mi cerebro ha salido eso. Tenía que haberle gritado un ¡suéltame! y salir corriendo de vuelta a los brazos de Josh. Hay tantas cosas que tenía que haber hecho, y, sin embargo, nunca las hice. Así es el ser humano, supongo. De un modo u otro, siempre acaba rindiéndose ante la tentación.

Está bien su cálida boca roza el pulso de mi cuello, y de nuevo puedo notar esa excitación recorriendo mis venas cual devoradoras llamas. Relájate susurra, tan cerca de mi oído. Yo cuidaré de ti. Siempre cuidaré de ti. Vamos.

Cuando me quiero dar cuenta, ya me ha hecho cruzar la acera y ahora está sosteniéndome la puerta de su coche, un Maserati oscuro, masculino, sin duda alguna, veloz. Subo, sin pensármelo demasiado. Es una locura, lo sé. Ni siquiera me ha dicho adónde vamos. ¿Acaso importa? Supongo que no.

Sobrecogida por todo, observo en silencio cómo rodea el coche, se desliza en el asiento del conductor y gira la llave dentro del contacto. El bólido se pone en marcha con un suave ronroneo, sin tardar más de unos pocos segundos en adquirir una velocidad preocupante.

¿Adónde vamos? pregunto de pronto, al advertir que llevamos varios minutos en silencio.

Una pequeña, casi imperceptible sonrisa aparece en los extremos de su boca.

A cualquier parte.

No hay demasiado tráfico, lo que le permite sortear los demás coches y conducir deprisa. Odio que la gente conduzca tan rápido, pero con él, por alguna razón, me siento a salvo. Tengo la sensación de que, estando con este hombre que acabo de conocer, nada malo podría pasarme. Hay algo en su forma de mirarme que me dice que él jamás me lastimaría. Aunque es posible que sus ojos mientan.

Pasan los minutos sin que ninguno de los dos hable. Nueva York vuela a ambos lados, lejana e indiferente, con sus luces titilantes y sus aceras transitadas por cientos de personas. ¿Qué sabe Nueva York sobre nosotros? Nada. El hombre de ojos azules y yo somos uno de los múltiples misterios que se ocultan entre las sombras de esta enorme ciudad.

¿Qué haces con ese niño de papá? me sorprende su voz.

Me encojo de hombros.

Ya te lo dije, es mi novio.

Lo era repone con hosquedad.

Nos volvemos a sumir en un profundo silencio. Conforme avanzamos en el tráfico de la noche de domingo, me entretengo examinándolo de reojo. Mis ojos se arrastran por la curva de su mejilla sin afeitar, por las facciones duras, sumidas en penumbra. Intento adivinar su edad. Debe de rodar la treintena. Puede que me saque diez años. Tal vez, unos cuantos más.

Y tú, misterioso desconocido que todo parece saberlo, ¿por qué estabas en esa fiesta tan aislado de los demás?

Me doy cuenta de que le divierte mi sarcasmo. Las esquinas de su boca se alzan levemente.

Así que has estado observándome, ¿eh, señorita?

Como no contesto, gira el cuello para lanzarme una mirada insistente, antes de volver a centrar los ojos en la carretera.

El que me estaba observando eras tú contesto por fin.

Sacude la cabeza lentamente, decepcionado por mi respuesta.

Yo diría que, más bien, nos estábamos observando mutuamente, Adeline. ¿No opinas tú lo mismo?

Mis labios se fruncen en un gesto de indiferencia.

Quizá. ¿A quién le importa?

A mí. Vamos, sabes que llevo razón. Incluso una chica mala y rebelde como tú ha de admitirlo.

Giro el cuello hacia él y le lanzo una mirada fulgurante. Estoy harta de la gente que me juzga por mi maquillaje oscuro y la música rock que me acompaña a todas partes, y no por lo que realmente soy.

¿Chica mala y rebelde? Tú no sabes nada acerca de mí.

Y, sin embargo, desearía saberlo todo repone con aplomo, y esas palabras me dejan tan completa y absolutamente descolocada que mi incipiente cólera empieza a disiparse. ¿Qué te parece este lugar para tomar esa copa que te he prometido?

Desplazo los ojos hacia la ventanilla y veo que estamos aparcando delante del Bemelmans Bar. Pese a lo famoso que es este sitio, nunca he estado aquí. Lo único que sé es que es un bar clásico donde sirven los mejores martinis del mundo.

Supongo que me parece bien farfullo, empeñada en no abandonar tan pronto mi actitud beligerante.

Con un suponer me basta.

El atractivo desconocido me sonríe y, de un modo imperceptible, mi rostro pasa de mostrar una expresión enfurruñada a lucir una sonrisa bobalicona. Se apea del coche, me abre la portezuela y me lleva de la mano hasta la puerta del bar. Me invita a entrar, extendiendo cortésmente la palma, y yo obedezco en silencio. Me descoloca todo esto, a la vez que me preocupa el control que parece ejercer sobre mí.

Una vez cruzada la entrada, apoya una mano en la parte baja de mi espalda y me guía hacia la mesa más alejada de todas. Por supuesto, me estremezco cuando sus dedos rozan mi piel, y creo que él lo nota.

¿Habías estado aquí alguna vez? me susurra al oído, y yo sacudo la cabeza a modo de respuesta. ¿Qué te parece entonces?

Es espectacular murmuro distraída, contemplando el pequeño interior, tan cálido y acogedor que arrastra los últimos vestigios de mi malhumor. Una no puede estar de malas pulgas aquí dentro, y mucho menos si va acompañada por alguien como él.

Espectacular… repite para sí mismo como si estuviera sopesando la palabra. No puedo más que coincidir.

Su voz es tan baja que apenas se le escucha a causa de la música y las conversaciones de la gente. Tomamos asiento cara a cara. Las mesas y las sillas son del mismo tono de marrón que los divanes de cuero. Examino impresionada las lámparas que hay encima de cada mesa. Tienen unos dibujos curiosos, muy originales. Sonrío al ver que la nuestra muestra a un conejo con traje, durmiendo de pie.

¿Sabías que esos dibujos de ahí los hicieron a mano?

Sigo la dirección de sus ojos y observo los grabados de las paredes. Imitan el estilo de las lámparas, de modo que no me cabe duda de que fueran realizados por el mismo artista.

No tenía ni idea contesto con voz baja.

El ambiente que nos envuelve es íntimo. Aquí estamos los dos, ajenos a todo cuanto nos rodea. La amarillenta luz de la lámpara se derrama sobre nuestros rostros como oro líquido, y su mirada está clavada en la mía. Este modo de contemplarme hace que la excitación burbujee en mi interior como si en cualquier momento fuera a estallar. Bajo el embrujo de esas profundidades azules, mi mente clasifica el bar de lugar elegante, incluso sensual y, hasta cierto punto, enigmático.

En el piano que hay a tres mesas de distancia de la nuestra, está sentada una mujer muy atractiva interpretando Burning Desire. Giro el cuello y durante algunos segundos contemplo distraída aquellos dedos oscuros que se deslizan por la palidez de las teclas.

Qué adecuado comento, volviendo los ojos hacia él.

Me observa en silencio, concentrado, a juzgar por la arruga que cruza su ceño. Quizá esté intentando adivinar si me refiero a la letra de la canción o al piano como mero objeto de decoración. Lo cierto es que yo también intento adivinarlo.

¿Te gusta esta canción? me susurra.

Tengo la sensación de que está contemplándome como si no existiera nada aparte de mí en el universo entero. Nunca he visto tanta intensidad en una mirada, tanta concentración, tanto interés. Toda chica también se merece ser mirada así, aunque sea una sola vez.

Me encanta susurro, un poco intimidada por ese imperturbable azul.

Durante algunos segundos, nos embebemos el uno en el otro. La química de nuestras miradas es impresionante.

A mí también me suele gustar la música de Lana del Rey. Me parece… decadente. Muy adecuada para algunos momentos especiales me ruborizo al entender de qué momentos está hablando, y él sonríe con picardía, divertido por mi recato. Mmmm. Interesante. Me va a encantar hacerlo.

Lo miro sin entender.

¿El qué?

Sacude la cabeza despacio como si no tuviera importancia alguna.

Nada. Dime, Adeline, ¿vas a tomar otro Manhattan?

Frunzo el ceño. Nada más llegar a esa fiesta me tomé un Manhattan, pero él no estaba ahí. ¿O sí?

¿Cómo sabes eso?

Disimula una sonrisa digna de un niño travieso que acaba de hacer alguna maldad que ahora se muere por compartir.

Estuve observándote desde que entraste por la puerta.

Me vuelvo a sonrojar, sin poder evitarlo, y empiezo a removerme inquieta en mi asiento.

¿Y eso por qué? murmuro, intentando escapar de su mirada, que todo parece verlo, incluso los recovecos más profundos de mi alma.

Su sonrisa se intensifica, lo cual me hace sentirme cada vez más agitada.

El asunto es de una terrible simplicidad. Eras la chica más guapa de toda esa absurda fiesta, y yo no podía apartar mis ojos de ti. Me estremezco en lo más profundo de mi ser cuando coge mi mano por encima de la mesa, haciendo que mi piel entre en lenta combustión de inmediato. Parecías un ángel recién caído del Edén.

Ya suelto una risita nerviosa. Un ángel oscuro, quizá. Mírame.

Curiosamente, es lo que llevo toda la noche haciendo susurra, con esa rasposa voz que vibra a través de mi cuerpo.

Su pulgar recorre mis nudillos uno a uno. Trago en seco, sorprendida por el contacto de su cálida y suave piel. ¿Cómo puede estar quemando?

Seré directo contigo, Adeline dice despacio, con muchísimo aplomo, como si estuviera sopesando cada una de sus palabras. No me gustan las situaciones complejas, así que desvelaré mis cartas desde el principio. Te diré qué es lo que quiero de ti, para que no haya sorpresas después.

¿Es que quieres algo de mí? balbuceo.

Levanto la cabeza para mirarlo a la cara. Sonríe, sin que su dedo deje de acariciarme la mano. Me derrito, pero consigo fingir indiferencia. Se me da muy bien fingir que nada me afecta.

Evidentemente. De lo contrario, no estaríamos aquí.

Ya veo.

Sabía que fugarme con él era una malísima idea. Si no me flaquearan tanto las rodillas, me levantaría ahora mismo. Me preocupa lo que vaya a decirme. No, no es eso, en realidad. Lo que me preocupa es que yo vaya a aceptar cualquier cosa que él me proponga.

¿Te da miedito preguntar qué es lo que quiero de ti? La sorna que tiñe su voz basta para que mi cerebro active todas mis autodefensas.

¿Miedito? bufo, con ambas cejas arqueadas y las pupilas, de pronto oscurecidas, taladrando las suyas. Déjame decirte algo, Robert Black. Me inclino sobre la mesa, para resultar más intimidante. Cuando tenía doce años, di un discurso en el Capitolio. Iba sobre la paz mundial, un asunto que siempre me ha preocupado. Ahí delante de todos los pesos pesados de la política americana, expuse todas mis ideas. De memoria subrayo entre dientes. No me tembló la voz siquiera. Te equivocas si piensas que alguien como tú podría intimidarme.

Se muerde el labio por dentro para frenar una sonrisa.

Así que, Adeline, eres una chica dura. Mejor aún. Detestaría tener que pasar por todo ese rollo de damisela que se desmaya ante mi declaración de intenciones.

Tranquilo. No me he desmayado en mi vida. No voy a empezar ahora. ¿Qué es lo que quieres?

Está bien. Te lo diré. Quiero que seas mía, con todo lo que eso conlleva.

¡Uau! Es un hombre que no se anda con tonterías. ¿Para qué perder el tiempo?

Y esperas que yo te diga que sí a eso afirmo, aunque él no se inquieta en absoluto ante la sequedad de mi voz.

Sin duda, lo harás, tarde o temprano, de un modo u otro. No le demos más vueltas al asunto. Mañana quiero verte en mi despacho para que negociemos detenidamente los términos del acuerdo.

Me quedo mirándolo boquiabierta. ¿Se puede ser más jodidamente arrogante? Retiro la mano de inmediato, lo cual parece sorprenderle. ¿Y qué demonios esperaba? Tiene suerte de que no me haya largado aún.

¿El acuerdo? ¿Eso es lo que supone para ti? ¿Un jodido acuerdo?

Sus ojos brillan impenetrables, aunque juraría haber distinguido una débil chispa de confusión en lo más hondo de sus órbitas.

¿Es que te disgusta el término?

¿Realmente me acabas de preguntar si me disgusta el término?

Lo miro totalmente perpleja y él frunce el ceño.

Entiendo. Vaya. Así que eres de las que leen libros de Nicholas Sparks.

Lo dice como si aquello fuera un poco decepcionante para él.

No sé quién demonios es Nicholas Sparks.

Mi respuesta le asombra. Lo veo en sus ojos.

Todo el mundo sabe quién es Nicholas Sparks, Adeline.

Yo no soy todo el mundo, Black.

Las comisuras de su boca se curvan hacia arriba.

Llevas razón. No lo eres. Tú eres especial se queda meditabundo, como si acabara de caer en la cuenta de algo importante. ¿Sabes qué? Ignora todo lo que te he dicho. Lo siento. Me he precipitado contigo. Empecemos de cero, ¿vale?

¿Es bipolar? Otra explicación no se me ocurre.

¿Lo sientes y ya está? ¿No vas a darme más explicaciones al respecto?

Deja escapar un suspiro airado.

¿Más explicaciones? ¿Para qué? ¿No es obvio? Me he equivocado al pensar que estás preparada para llevar nuestra relación al siguiente nivel. Claramente, no lo estás, así que reculo. Haremos las cosas a tu manera. ¿Quieres un héroe romántico? Pues seré el héroe romántico que necesitas, preciosa. Durante un tiempo.

¿Y por qué harías tamaño sacrificio? escupo, de lo más sarcástica.

Hay causas que valen la pena. Tú eres una de ellas. Lo que realmente me importa es alcanzar los resultados deseados, de modo que estoy dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva.

¿Borrón y cuenta nueva? repito con la voz cargada de escepticismo.

Ya me has oído. Y, cambiando de tema, ¿cuántos años tienes, Adeline?

«Es bipolar».

Cumplí los veinte en abril rezongo. «¿Bipolar diagnosticado y medicado, o sin diagnosticar?» . ¿Y tú?

Los músculos de su mandíbula se endurecen y su cuerpo se vuelve rígido, como si de repente estuviera incómodo. Se remueve el pelo con los dedos y, en unos pocos segundos, su mirada se torna completamente inexpresiva.

Muchos más.

Fin de la conversación.

Eso me había quedado obvio desde que te vi.

Sí, supongo que es obvio gruñe malhumorado. Entonces, ¿un Manhattan?

Tiene el ceño fruncido y me observa pasándose la mano por la oscura barba incipiente que cubre su mentón. Por un momento, contemplo la idea de irme. Acto seguido, contemplo la idea de quedarme. No sé exactamente cómo actuar. Es decir, se merece que me vaya. Por el otro lado, irme significa no volver a verle. Es una decisión difícil, sin duda.

¿Adeline? la suavidad de su voz interrumpe la sarta de pensamientos que se agolpan dentro de mi mente.

Suelto un interminable suspiro de rendición. Supongo que la decisión era obvia desde el principio.

De acuerdo. Un Manhattan, y me largo.

Quizá no quieras irte después de tomar una copa conmigo.

¡El colmo de la arrogancia!

O quizá quiera irme incluso antes de acabarla.

Frunce el ceño de nuevo, como si estuviera sopesando atentamente esa eventualidad.

Mmmm. No descartemos esa posibilidad. Por si acaso.

Pide mi bebida y un brandy para él. Qué convencional. Prefiero a los chicos que beben cerveza de barril. Directamente del barril, quiero decir.

La camarera no tarda demasiado en servirnos las bebidas, y yo, agradecida, cojo la mía y le doy un buen trago. Necesito calmar el hueco que su propuesta me ha provocado en el estómago.

Seamos amigos, Adeline propone de pronto, dejando su copa encima de la mesa, después de tomar más de la mitad, así, de golpe.

¿Quieres ser mi amigo?

No, realmente, no. Es decir, sí. Para empezar.

Me confundes.

Lo siento.

No pareces arrepentido.

Pues lo estoy. ¿Siempre llevas las uñas pintadas de negro?

¿Siempre cambias de tema tan bruscamente?

Sus ojos se clavan en los míos como en un interrogatorio, aunque no consiguen intimidarme.

No has contestado a mi pregunta, Adeline.

Ni tú a la mía, Black.

Dios. Me lanza una mirada divertida. Eres dura de pelar, jovencita.

Suelto una carcajada.

Estoy acostumbrada a los debates.

¿Y eso por qué?

Bajo la mirada hacia mis dedos, aferrados en torno a la elegante copa.

No es asunto tuyo. Y mis uñas no están pintadas de negro. Esto es azul marino. Como tus hermosos ojos.

Sonrío cuando me doy cuenta de que se ha ruborizado como un chico tímido.

Perdona, ¿te ha incomodado mi sinceridad? me burlo.

No, claro que no.

Se aclara la voz discretamente, antes de desviar la mirada. No necesito más indicios para saber que quiere cambiar de tema. Considera adecuado observarme fijamente y hacerme propuestas tan directas y escandalosas, pero ser observado no lo gusta tanto. ¡Mira tú por dónde! Esto está poniéndose interesante.

Y cuéntame, ¿cómo es la vida de una chica de veinte años hoy en día? inquiere al cabo de unos segundos. ¿Qué haces para divertirte?

¿Aparte de fingir ser alguien que no soy? Me muerdo la lengua nada más soltar esa barbarie. Dios, lo siento. Eso ha sido inapropiado.

Oye… Extiende el brazo y me levanta la barbilla para mirarme a los ojos. Sin poder evitarlo, pego un brinco por la suavidad con la que sus dedos me tocan. No te disculpes nunca por decir lo que piensas. No conmigo. Si los demás no son capaces de valorar tu sinceridad, será que son idiotas.

Se me escapa una carcajada cargada de nerviosismo.

Desde luego. No obstante, debería sentirme ofendida. Acabas de llamar idiotas a mis padres, mis amigos y, prácticamente, a todos los que conozco.

Ríe entre dientes.

Entiendo a lo que te refieres. Por desgracia, la mayoría de mis conocidos también se incluyen en esa categoría.

Se toma un trago, sin que sus penetrantes ojos se aparten de los míos.

Increíble. Dos inadaptados socialmente se juntan en un bar comento con sorna. Hollywood podría convertir esto en una peli taquillera.

Se mantiene callado y serio mientras recorre mi rostro con una mirada de lo más concentrada.

Supongo que llevas razón admite, pasado un tiempo. Lo nuestro podría ser elevado a la categoría de bonita tragedia romántica.

Una expresión de desconcierto ilumina la oscuridad de mis pupilas.

¿Y por qué iba a ser una tragedia?

Sus ojos me examinan con fascinante interés. Para eludirlos, me distraigo bebiendo un sorbo de mi cóctel.

Porque lo bueno siempre acaba destruyéndote, Adeline. Nunca juegues con fuego. No me digas que no te han contado eso de pequeña. A toda niña bien se lo debe contar su madre.

Una expresión sardónica curva mi boca.

Nunca juegues con fuego. ¡Guau! ¿Qué es?, ¿alguna especie de advertencia?

Sus ojos brillan diabólica, peligrosamente.

Un sabio consejo.

Inquietante consejo, me atrevería de decir. ¿Y qué me dices de ti? me esfuerzo por preguntar, para acabar con ese escrutinio que empieza a ponerme nerviosa. ¿Qué hace un hombre de tu edad… sea cuál sea… para divertirse?

Se toma toda la copa de golpe y coloca el vaso, ruidosamente, encima de la mesa.

Yo no me divierto, Adeline. Nunca.

Finjo una mueca de disgusto con los labios.

Así que viejo y, encima, aburrido bromeo.

¡Oye! ¡No te pases, señorita! me riñe, simulando sentirse muy ofendido. Lo de aburrido es un grave insulto.

¿Y lo de viejo? con una ceja enarcada, le doy un sorbo a mi copa mientras espero su respuesta.

Sus ojos destellan pura diversión, y unas pequeñas arrugas se forman en sus esquinas. Es arrasador.

Pensaba que había quedado evidente que eso es cierto.

Estallo en carcajadas.

Lo siento. Sin embargo, no consigo dejar de reírme.

No lo sientas. Me gusta el sonido de tu risa.

Está tan mortalmente serio que dejo de reírme como una idiota y lo evalúo en silencio. Me invade el repentino impulso de preguntar si es cierto lo que dicen sobre él. Abro la boca, pero cambio de opinión en el último instante, de modo que vuelvo a cerrarla. Si él no lo menciona, no pienso preguntárselo. Alguien sabio dijo una vez que nunca viene mal un poco de misterio.

¿Llevas mucho tiempo con él? sus palabras sales de un modo abrupto, como si se tratara de un impulso que no ha conseguido reprimir.

Sorprendida por esa pregunta, alzo de nuevo la mirada hacia la suya.

¿Con Josh? Oh, desde, bueno… siempre. Nos prometieron al nacer.

Puedo leer en su rostro la magnitud de la perplejidad que se apodera de él. Baja la mirada al suelo y se toma unos momentos para asimilar la noticia.

¿Prometieron…? levanta los ojos con estudiada lentitud, aún en estado de shock. A ver si me aclaro. ¿Estás diciéndome que ese necio va a ser tu marido?

Por alguna razón, siento la necesidad de defender a Josh. Si hay alguien que pueda insultarle, ese alguien soy yo. A fin de cuentas, Josh es familia. Puede que familia algo agobiante… algunas veces pesada e insufrible, lo admito, pero no deja de ser mi familia, y para mí eso es muy importante.

¿Por qué demonios le insultas? Ni siquiera le conoces. Tú no sabes una mierda sobre nosotros, ni sobre nuestro mundo. No eres más que un intruso. La gente como tú tiene la posibilidad de irse. Josh y yo, no. Deberías aprovechar y mantenerte al margen de todo esto.

Me dispongo a levantarme, pero él agarra mi muñeca por encima de la mesa, con bastante brusquedad, y me detiene. Pese a la tenue luz del local, puedo ver cómo sus ojos oscurecen, se vuelven peligrosamente oscuros.

No necesito conocerle. Posee algo que me pertenece.

Alzo ambas cejas, sin dar crédito.

¿En serio? ¿El qué?

Si bien hago repetidos intentos por liberar mi mano, no me lo permite.

A ti.

Me quedo sin palabras. Tengo que hablar, tengo que replicar algo caustico, pronunciarme de un modo u otro, y, sin embargo, no me muevo. ¿Por qué demonios no soy capaz de abrir la boca y decir algo inteligente? Me he quedado tan paralizada que las palabras se niegan a brotar. No hago más que contemplar cómo sus ojos se convierten en oscuros y profundos pozos, tan amenazadores y peligrosos como las aguas de un océano durante una tempestad. Tan imposibles de domar…

Solo por un segundo, diviso algo en su mirada.

«Una chispa de peligro».

Es la primera que siento estando a su lado. La sensación de seguridad se ha esfumado, y esto es lo único que me inspira en este momento: peligro.

La imagen de la chimenea de nuestra casa acude a mi mente. Recuerdo con qué pasión la madera era engullida por aquellas llamas devoradoras, con qué arte la consumían, sin detenerse hasta reducirla a meras cenizas. Él es como el fuego, ahora lo sé. Es pura pasión, es locura, es peligro, es misterio, es aventura. Pero, por encima de todo eso, es destrucción. Eso era lo que me resultaba tan magnético en él. Como solía hacer con las llamas, podría pasarme interminables horas contemplando sus abrasadores ojos, fascinada e hipnotizada por su persona.

Y eso es malo. Muy malo. Porque si me descuido, acabaré ardiendo en llamas. ¿Acaso no me lo ha advertido él mismo? Nunca juegues con fuego. Alguien inteligente le haría caso.

Suéltame ordeno entre dientes, con voz baja, aunque potente.

Arrepentido, deja caer los párpados y maldice entre dientes.

Lo siento. Probablemente estarás pensando que soy un capullo, y me disculpo por mi comportamiento. Ha sido… carraspea, esforzándose por encontrar la palabra adecuada inapropiado. Muy inapropiado.

Sus dedos liberan mi muñeca con suavidad y yo retiro la mano de inmediato.

Lo ha sido. Y sabes sobradamente que todo lo que ha pasado entre nosotros dos esta noche ha sido inapropiado. No estoy acostumbrada a que la gente se tome esta clase de libertades conmigo, por no mencionar lo poco que me ha gustado tu propuesta. Me pongo en pie, sin que mi mirada desvele nada de lo que está sucediendo en las profundidades de mi alma. Y ahora, si me disculpas, voy a retirarme. Buenas noches, Black.

Resopla con fastidio, se levanta y me acerca el bolso.

Te llevaré a casa.

Gracias, pero ya soy mayorcita.

Aprieta la mandíbula y los puños, con el cuerpo cada vez más tenso y el ceño aún más fruncido. Tiene las aletas de la nariz dilatadas, a causa de lo fuerte que está respirando. Sé que se siente furioso. Y, francamente, yo también.

Adeline, lo siento. No era mi intención ofenderte, ni nada parecido. No suelo comportarme así.

Me mira como un niño perdido, pero no me dejo impresionar tan fácilmente.

Me importa una mierda lo que suelas hacer. Buenas noches digo tajantemente.

Buenas noches, Adeline le escucho susurrar al mismo tiempo que me vuelvo de espaldas. Y, por primera vez, me parece vulnerable y, quizá, un poco dolido.

Camino hacia la salida sin volver la mirada atrás. Ya en la calle, me detengo a unos pocos metros de la puerta para buscar el paquete de cigarrillos dentro de mi bolso. No me gusta demasiado fumar, solo es un acto de rebeldía, pero en este momento lo necesito para calmar mis nervios.

Retiro un cigarrillo largo y fino, lo enciendo con dedos torpes y empiezo a dar largas caladas. Resulta agradable su sabor a menta.

No, no hagas eso. Los angelitos como tú deberían mantenerse alejados de todo veneno.

Me giro hacia él con cara de exasperación. Está en un ángulo alejado de la luz de las farolas. Su rostro se mantiene oculto por esa oscuridad a la que parece pertenecer, y su hombro derecho está insolentemente apoyado contra la pared. Me pregunto qué habrá sido de aquellos modales sureños tan envidiados por los del norte. ¿Los habrá perdido al mudarse a Nueva York?

Si los desconocidos como tú no hubiesen sido bordes con los angelitos, tal vez no necesitaran un jodido cigarrillo.

Se endereza y camina hacia mí. Si piensa que voy a retroceder, lo lleva claro.

No digas palabrotas, Adeline.

Una risa de incredulidad brota de mi garganta.

¡No me lo creo! Me agredes, insultas a mi novio y encima me ordenas cosas, por no hablar de cómo me has tratado sin siquiera conocerme. ¿Quién coño te crees que eres? Y entérate de esto, Matusalén: si quiero decir jodido, diré jodido todas las jodidas veces que me dé la jodida GANA. ¡JO-DER!

Se muerde el labio inferior para aguantarse la risa.

Gran dominio de los tacos, señorita, tengo que admitirlo. Supongo que en la escuela dominical estarán orgullosos de ti.

Doy otra larga calada. Me tiemblan las manos.

Nunca he ido a la escuela dominical.

Sus ojos brillan con una expresión de lo más socarrona.

Tu pulsera de la Liga Cristiana indica todo lo contrario.

Me muerdo la mejilla por dentro. ¡Puta pulsera! Y, sí, he dicho puta.

Es un regalo miento.

¿De tu cristiano prometido? inquiere, con una ceja alzada de forma burlona.

No es asunto tuyo. Y ahora me gustaría fumar mi jodido cigarrillo en paz, si no te importa.

Le doy la espalda y finjo indiferencia, aunque lo cierto es que tengo todas las moléculas de mi cuerpo centradas en él y en sus movimientos. Durante un tiempo irritantemente largo, no se mueve.

¿Sabes cuál es tu problema, Adeline?

Escucho sus pasos acercándoseme por detrás. Sé que debería irme, pero me siento completamente paralizada por la expectativa de algo que sé que va a suceder como siga avanzando.

Apuesto mi cuello a que piensas decírmelo.

Se detiene, demasiado lejos como para que su cuerpo roce el mío, y, aun así, tan cerca que noto su aliento removiendo el oscuro pelo de mi nuca. Vuelvo a sentir escalofríos. Trato de reprimir el impulso de girarme y suplicarle que me bese otra vez. De un modo irónico, lo peligroso resulta demasiado magnético. ¿Cómo se supone que debo mantenerme alejada del fuego, si sus llamas me cautivan de este modo?

Sí, señorita Adeline, de apellido desconocido. Voy a decírtelo. Me agarra por los hombros y me vuelve para mirarme a la cara. Tu problema es que deberías ser besada más menudo por hombres como yo.

Qu…

No me permite acabar la frase. Me coge por la nuca, su boca busca a la mía y separa mis labios suavemente. Sin embargo, no me besa. Tan solo me absorbe, me respira; me siente. Coloco las palmas sobre la rigidez de su pecho, pero no encuentro las fuerzas de empujarle hacia atrás cuando noto el latido de su corazón. El calor que desprende su piel empieza a descongelarme, a derretir mi corazón de un modo demasiado peligroso. ¿Cómo consigue desarmarme tan fácilmente?

Aprovechando mi momento de debilidad, sus brazos me rodean la cintura y me acercan delicadamente al cuerpo que arde en llamas por debajo de su camisa, hasta que dejo caer las manos y ya no hay más barreras interponiéndose entre nosotros dos. Y entonces, por fin, me besa. Su lengua se abre camino entre mis labios y penetra mi boca, una y otra vez, acariciando, saboreando lentamente. Para mi sorpresa, su beso no es agresivo. Vista la demostración de violencia del bar, esperaba que fuera implacable y exigente, que intentara someterme de algún modo. Pero no lo hace. Es un acto lento, pasional, lleno de promesas; algo tan demoledor que despierta en mí un desconocido placer que no tarda nada en propagarse a través de cada fibra de mi cuerpo.

No sé el tiempo que dura el beso. De lo que sí soy consciente es de lo profundo que se vuelve conforme pasan los segundos. Nuestras bocas no parecen capaces de despegarse. Sus manos descienden despacio por mis costados, esparciendo una línea de atrayentes llamas, que se expanden por todo mi ser con más y más rapidez, hasta que terminan envolviéndome por completo.

Excitación.

El fuego también es excitación. Es lujuria, uno de los peores pecados capitales; el que desencadena todos los demás.

Cuando me suelta, apenas consigo mantener el equilibrio. Mi cabeza da vueltas, todo lo que me rodea da vueltas. Besarle es como montar en un carrusel que seduce y asusta a partes iguales.

Ahora que hemos solucionado el problema de tu mal humor, acompáñame.

Sé que me adentraría hasta los confines del Infierno si él me lo pidiera.

No pienso ir contigo a ninguna parte.

Pero lo harás, Adeline.

¿Porque me lo exiges? pregunto sarcástica.

Su rostro exhibe una expresión tierna. Muy suave. Mueve la cabeza despacio, y en sus ojos hay más vulnerabilidad de la que jamás creí posible en alguien como él.

No. Porque te lo estoy pidiendo. Amablemente.

Quiero negarme, pero, una vez más, soy incapaz. No es solo que sea el hombre más atractivo que conozco. No. Es más que eso. Mucho más. Él supone la promesa de una vida diferente. No sé aún si es mi Mesías o mi Anticristo, no sé si promete libertad o condena. Cielo o Infierno. Lo que sí sé es que es diferente a todo cuanto conozco, para lo bueno y para lo malo.

¿Adónde vas a llevarme esta vez?

Una parte rebelde de mí quiere que él diga a mi casa. Me horroriza esa parte de mí, e intento reprimirla siempre que me es posible.

A un sitio especial susurra.

Se inclina sobre mí y apoya tiernamente los labios contra mi mejilla. Trascurren unos cuantos segundos hasta que se aparta y recupera la compostura.

¿Me harías el honor de acompañarme? vuelve a susurrar, cogiendo mi rostro entre las manos para evaluar mi mirada. ¿Por favor? Prometo comportarme como un caballero esta vez.

Claro musito. No sé qué otra cosa podría decir cuando me mira de este modo.

Complacido por mi respuesta, me coge de la mano y se asegura de deshacerse de mi cigarrillo de camino al coche. Apenas puedo reprimir la sonrisa. Es muy tierno su intento por mantenerme alejada de los venenos. Ojalá fuera consciente de que el único veneno del que debo mantenerme apartada es él mismo.

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Mientras te miraba_ Capítulo 1

Destacado

 

Sinopsis:

Damon Wilde es un empresario atractivo, carismático, sarcástico y excéntrico, inventor de armas de destrucción masiva y héroe de guerra, aunque solo de cara a la opinión pública. Cuando nadie puede verlo, Damon Wilde se convierte en Angelus, un hacker declarado «enemigo público número uno» por el Gobierno; una especie de villano que burla el sistema una y otra vez, la mayoría de las veces por pura diversión, manteniendo así en jaque a toda la CIA.
Al enterarse de que el Gobierno le ha asignado a la agente especial Alice Montgomery el caso de Angelus, Wilde decide instalar un software de espionaje en sus ordenadores para conocerla personalmente. El problema es que, mientras la espía, Damon se enamora perdidamente de ella. Y si a todo eso le sumas el hecho de que la agente Montgomery está a punto de casarse con el archienemigo de Wilde, el agente Kirby, el resultado es explosivo.
El magnate de los misiles no solo perderá aquello que más valora en su vida: el control, sino que encima perderá el norte. Por completo. Vamos, que sus psicólogos personales no darán abasto con tantos ataques de cólera.

 

Capítulo 1

Damon Wilde era un hacker. No un hacker cualquiera, como aquellos que se colaban en los correos electrónicos de los demás y leían las patéticas cartas que estos pretendían enviar a sus ex parejas (aunque nunca se atrevían a hacerlo y acababan borrándolas en el último instante). No, Damon Wilde era la clase de hacker que accedía a los ordenadores del Pentágono, de la CIA y de la Casa Blanca, y burlaba el sistema solo por maliciosa diversión.

Por supuesto, nadie habría adivinado aquello al ver al exitoso empresario bajarse de su deportivo negro marca Porsche. Wilde, con las gafas de sol colocadas encima de su recta y aristocrática nariz, se detuvo durante unos segundos delante de la impresionante torre de cristal oscuro, en cuya entrada se podía leer en letras color plata Wilde Industries. Estaba manteniendo una breve conversación telefónica con un importante jeque de las arenas, que tenía gran interés en cerrar un trato con las empresas Wilde. La conversación fue, verdaderamente, muy breve. Damon era hombre de pocas palabras. Y bastante ácidas, además.

Puedes coger tus ciento cuarenta millones y metértelos por tu desértico culo bramó antes de colgar, hecho que dejó al ilustre déspota boquiabierto al otro lado del teléfono.

El Soltero de Oro, según lo apodaba la prensa sensacionalista, vestía un traje gris plomo creado por el maestro italiano William Fioravanti, por el cual había tenido que pagar la friolera de veintidós mil dólares. Pero ¿qué importancia tenía eso cuando era el dueño de medio Manhattan? El imperio que Wilde había creado de la nada se extendía por toda la Quinta Avenida y contaba con joyerías, boutiques de lujo, agencias inmobiliarias, clubs nocturnos y restaurantes, aparte de la corporación Wilde Industries. Esta última se dedicaba, exclusivamente, a fabricar dispositivos tecnológicos (también conocidos como armas de destrucción masiva), que el gobierno usaba, supuestamente, en su lucha contra el terrorismo.

Damon había perdido a sus padres cuando solo tenía cinco años. Un grupo terrorista había tomado, a base de pistolas y metralletas, un pequeño centro comercial de Boston. Mataron a todo el mundo sin la más mínima compasión. El pequeño Damon fue el único superviviente de la masacre. Nadie se explicaba cómo. Quizá porque estuvo escondido en alguna parte.

Cuando lo encontraron los agentes del FBI, estaba lleno de sangre y abrazado al cadáver de su madre. Tras envolverlo en una manta, lo llevaron a una ambulancia para que fuera examinado tanto por los médicos, como por los psicólogos del equipo de intervención. Damon no parecía tener ni un rasguño. Sus traumas no eran visibles. Lo único que pudieron notar los sanitarios fue que el niño no lloraba, ni parecía asustado, sino todo lo contrario. Apretaba los dientes y no dejaba de repetir una y otra vez «los aplastaré, los aplastaré, los aplastaré».

Damon nunca más lloró. Ni una sola vez. Llorar era cosa de débiles. Él aplastaba cada vez que necesitaba expresar su tristeza.

A la edad de quince años creó su primera arma, un misil nuclear completa y absolutamente indetectable. Los rusos habían conseguido construir algo similar en la segunda mitad de los noventa, el mortífero misil de fibra de carbono que la OTAN conocía por el nombre de Sickel-B, pero la más preciada posesión del Kremlin solo era difícil de detectar, mientras que la tecnología del adolescente americano era indetectable. Nadie entendía por qué los satélites DSP1 no conseguían ver el dispositivo, y Wilde se negaba a desvelar sus secretos.

A los dieciséis, abandonó el instituto y empezó a crear armas para el gobierno. A los diecinueve, la revista Forbes lo catalogó como el más influyente adolescente millonario. Ahora, tras haber cumplido los treinta y seis años, la fortuna amasada y el poder que poseía sobre las vidas de los demás elevaban al pequeño huérfano de Boston al rango de dios.

Y así era como se sentía mientras el ascensor panorámico lo trasportaba a la planta ochenta y siete de su edificio. Como si fuera Dios. En el fondo, se le parecía bastante. Al fin y al cabo, Damon Wilde también controlaba la vida y la muerte. Lo único que tenía que hacer era chasquear los dedos para llevarse por delante a todo aquel que él considerara indigno de seguir viviendo. A lo largo de su vida había aplastado cientos de células terroristas. Sin pensárselo dos veces. Cada vez que era necesario, apartaba sus trajes de alta costura, se enfundaba en el uniforme del ejército estadounidense y, sin tan siquiera pestañear, lanzaba sus aniquiladores misiles contra sus objetivos. Siempre sabía dónde había que apuntar y jamás vacilaba. Su rostro no registraba ninguna clase de emoción humana en esos momentos. No había pena ni compasión en su oscura mirada. Nunca tenía remordimientos ni experimentaba problemas de conciencia. Consideraba que estaba en su jodido derecho de aplastar a esas sucias cucarachas que, de haber seguido viviendo, en un futuro no muy lejano, habrían destrozado la vida de alguna familia inocente. Como habían destrozado a la suya.

Cuando el ascensor se detuvo en la última planta de la torre, donde se hallaba su santuario, el despacho desde donde creaba sus destructores juguetitos, Damon Wilde miró a través de los cristales cómo el mundo se abría delante de sus ojos. Era suyo. Todo cuanto le rodeaba era suyo. Sonrió con felina satisfacción antes de bajar. Tener un imperio lo era todo para él. Tal vez porque no tenía nada más a lo que agarrarse. Solo tenía un imperio y una misión.

Misery, su secretaria, se lanzó al ataque nada más verle. Wilde, por supuesto, no dejó de caminar. Nunca lo hacía, para desesperación de la pobre Misery, quien tenía que estar siempre corriendo a sus espaldas. Su media melena roja parecía un globo de fuego que viajaba a gran velocidad por los grises pasillos enmoquetados, persiguiendo al arrogante dios moreno. ¿Es que Wilde no sabía que las mujeres de sesenta años sufrían de artrosis? No, por lo visto, no tenía ni idea.

A las nueve, reunión con el alcalde de Nueva York dijo mientras levantaba la mirada de su agenda para no chocar con el mobiliario de oficina. A las diez y cuarto, desayuno con el gobernador de California. A las once, reunión con un productor de Warner Bros.

Wilde frenó en seco. Misery agradeció aquello. Con su metro cincuenta y cinco de estatura, y unos tacones de siete centímetros, era muy difícil seguirle el paso a ese gigante de metro noventa.

¿Qué coño quiere la Warner? quiso saber.

Misery miró ese ceño fruncido. Wilde era muy intimidante incluso sonriendo, pero frunciendo el ceño provocaba que a la pobre Misery le temblaran hasta las bragas. ¿Acaso se había equivocado ella al concederle una reunión a ese agradable jovencito de la Warner?

Eh… hacer una película sobre usted.

Negativo.

Wilde reanudó la marcha y Misery lo siguió de nuevo, resoplando a sus espaldas.

Pero, señor…

El mundo ya tiene a Stark y a Wayne. Yo no soy un superhéroe, ni hago el bien. Hacer el bien no es lo mío, Misery. Y ahora quiero que canceles todas mis reuniones y que nadie me moleste.

Pero…

La mano en alto de su jefe hizo que la anciana Misery Blake cerrara sus arrugados labios, pintados de un rojo tan intenso como lo era aquella americana carísima que vestía y que el mismo Damon le había regalado para el día de la madre.

¡Que nadie me moleste! gruñó entre dientes, lo que quería decir que si alguien osaba hacerlo, las consecuencias serían apocalípticas.

La gruesa puerta del santuario de Damon se cerró en las narices de su secretaria. Esta entornó los ojos con exasperación, dio media vuelta y se dispuso a cumplir con las exigencias del señor, aunque se detuvo justo antes de empezar, solo para renegar entre dientes. Renegar despojaba a Misery del estrés que le causaba trabajar para el magnate de los misiles. De no haberlo conocido desde que era un crío, lo habría mandado al demonio muchos años atrás. Pero le tenía demasiado cariño. Misery nunca se había casado y Damon era lo más cercano que tenía a un hijo. En el fondo, ella sabía que él, a pesar de sus rugidos, también la amaba como a una madre.

Al otro lado de la puerta, Damon corrió a su ordenador de trabajo y tecleó algo con rapidez. Un hacker amigo suyo le había dicho que la CIA, tras años de fracasada investigación, le había pasado el caso Angelus a una nueva agente, una tal Alice Montgomery. Angelus era un hacker que el gobierno había nombrado enemigo público número uno cinco años atrás. Nadie, ni siquiera su amigo el hacker, sabía que Angelus era él mismo.

A Wilde no le preocupaba la investigación, por supuesto. Como todo lo que él hacía, sus acciones delictivas eran indetectables. La prisa se debía a que Moscas91 («¿¿Qué hacker en su sano juicio se haría llamar Moscas91??») había mencionado que la señorita Montgomery estaba como un tren. Damon era de la vieja escuela y consideraba que, para luchar contra un enemigo, antes había que conocerlo. Personalmente, si dicho enemigo estaba como un tren. Y él, desde luego, tenía mucho interés en conocer a la madeimoselle. Tanto, que se coló en su ordenador de trabajo y en el portátil de su casa en menos de cinco minutos.

Cuando estuvo dentro, y tras haber instalado un software que le permitía no solamente ver el interior de los ordenadores de la súper agente especial Alice Montgomery, sino encima acceder a todas sus webcams y espiarla, se reclinó en su silla de cuero negro, cuyo precio superaba cinco de los grandes.

Angelus, eres un crack se dijo a sí mismo, satisfecho.

¡La puta madre que los parió a todos! estalló Alice, lanzando una carpeta encima de su escritorio.

Damon no pudo reprimir una carcajada. La agente podía estar como un tren, pero sus modales dejaban mucho que desear.

Sin ser consciente de que había unos atentos ojos observándola con fascinante interés, Alice se pasó los dedos por la larga melena castaña, que caía en ondas sobre su espalda. Se cogió la cabeza entre las palmas, apoyó la frente contra la mesa y expulsó el aire con irritación. Estaba extenuada. No había conciliado el sueño en toda la noche y los oscuros círculos que rodeaban su mirada desvelaban aquello.

Independientemente de su más que obvio cansancio, a Damon le pareció la criatura más hermosa que había visto en sus treinta y seis años de vida. No era en absoluto su tipo, él siempre salía con modelos despampanantes que solo comían zanahorias. La mesa de la agente estaba llena de envoltorios de Snickers. Uno, dos, tres, cuatro… ¡Por Dios bendito! ¿Es que a esa mujer no le preocupaba la celulitis?

El corazón de Damon dio un vuelco cuando Alice levantó de pronto la cabeza y sus ojos color café se clavaron en los suyos.

¿Quién demonios eres, Angelus? musitó entre dientes.

Él contuvo el aliento. Era como si ella estuviese hablándole a él. Sabía que no era así, no podía verlo ni saber que él estaba espiándola, pero su modo de mirar hacia la webcam… la intensidad de esa mirada había dejado a Damon sin aire. Incapaz de quitarle ojo, entrelazó los dedos de sus manos y apoyó sus perfilados labios contra los dedos índice. No pudo evitar pensar que sus manos dibujaban la forma de una pistola, y esa idea le hizo sonreír. Luego se preguntó de qué calibre sería la pistola de la agente y si esta sabía disparar bien. «Es de la CIA, cabeza de chorrito. Claro que sabe disparar bien. Y como sigas mirándola, te meterá una bala en el culo».

Sin embargo, no consiguió dejar de observarla. Había algo en aquella mujer que lo hechizaba.

¿Alice?

Damon dejó de mirarla como un imbécil y desvió los ojos hacia ese hombre rubio, alto y corpulento, que estaba apoyado contra la puerta de Alice, ataviado con uno de aquellos trajes negros tan típicos entre los agentes del gobierno. Era David Kirby, un jefazo de la CIA, a quien Damon había estado fastidiando durante años por pura maldad. Antes de que le asignaran su caso a Alice, había sido el agente Kirby el encargado de perseguirle virtualmente.

Damon sonrió como un felino al recordar la frustración del agente cuando, después de años y años de investigación, se había dado cuenta de que no podía hacer más que besarle su precioso e indetectable trasero, puesto que Angelus era más listo que todos los agentes de la CIA juntos. A continuación, apagó la sonrisa. La agente Montgomery, ¡SU agente Montgomery!, («¿¿Su agente?? ¡¿Qué coño estaba diciendo?!») rodeó el cuello de Kirby y lo besó apasionadamente.

¡No! le gritó con la voz llena de horror. ¡Suelta a ese gilipollas! ¡Oh, no, Alice, no uses la lengua! dijo asqueado, tapándose los ojos con las palmas.

Les habría lanzado algo a la cabeza con mucho gusto. Un barreño de agua fría, a ser posible, para acabar con la evidente erección de Kirby. Por desgracia, los poderes de un hacker no llegaban a tanto, así que se limitó a apretar los dientes y los puños. Tomó nota mental de infectar los ordenadores de Kirby con algún mortífero virus esa misma noche. Uno de aquellos que enviaba videos porno a los contactos de Outlook parecía la mejor opción. Sonrió ante la imagen de un atónito presidente de los Estados Unidos abriendo un correo urgente del agente Kirby, que en vez de secretos de estado contenía un video de enanos asiáticos. Se preguntó distraído dónde podía encontrar un video de enanos asiáticos follándose a alguien. Con un poquito de suerte, a alguna cabra. Tal vez así echaran de una puta vez a ese incompetente de Kirby, cuyos brazos estaban tocando… «¡Oh. Dios. Mío!»

¡No le toques los pechos, so cabrón! Cogió su cenicero y lo estrelló contra la chimenea, de pura mala hostia. Está bien, capullo. ¿Quieres guerra?

Empezó a teclear frenéticamente. La cosa se había calentado tanto que, si no hacía algo rápido, los dos agentes echarían un polvo encima de la mesa. «Por el amor de Dios». Por mucho que a él le gustara la idea de ver desnuda a la apetitosa agente Montgomery, no estaba dispuesto a dejar que las sucias zarpas de Kirby la tocasen. Además, Kirby se acababa de sentar de espaldas a la cámara y lo que menos le apetecía a Damon esa mañana ¡era ver su peludo culo!

¡Agente David Bradley Kirby, suelta muy despacio los pechos de la agente Montgomery y gírate hacia mí!

Los dos agentes se sobresaltaron al escuchar esa voz distorsionada. Ambos sacaron las pistolas deprisa («Mucho mejor») y miraron a su alrededor, confusos. Damon puso los ojos en blanco, exasperado por la incompetencia de Kirby. Alice era demasiado delicada y demasiado fascinante como para catalogarla de poco competente.

Aquí, so gilipollas le gritó a Kirby. En el ordenador.

Kirby apretó los dientes mientras bajaba la pistola.

Angelus.

¡Agente Capullo! exclamó Damon a modo de saludo. ¡Cuánto tiempo sin vernos! Casi echaba de menos tu mueca de vinagre.

Alice giró la cabeza hacia su compañero, bruscamente.

¿Angelus? ¿MI Angelus?

La satisfacción se apoderó del delgado rostro de Damon. Le complacía enormemente cualquier adjetivo posesivo que saliese de los sensuales labios de la agente Montgomery y que guardara relación con su persona.

Hola, princesa. Intentó poner voz de seductor, pero salió algo parecido a la voz de Darth Vader.

Maldijo ese puto modulador de voz. Por algún motivo, quería que ella lo encontrara atractivo. Y como no podía verlo, debería encontrar atractiva su voz. Pero acababa de fracasar. ¡Olímpicamente!

¡No me llames así! exigió ella con voz autoritaria.

Guapa y mandona. A Damon le gustaba cada vez más.

Eres muy hermosa. Y tan delicada que pareces una princesa. Te mereces algo mejor que… Shrek.

Alice tendría que haberse cabreado. El tío acababa de llamar ogro a su prometido. Sin embargo, sus carnosos labios se curvaron en una sonrisa que fue incapaz de frenar a tiempo. Damon tampoco pudo evitar sonreír.

Eso es, nena musitó, mirándola absorto. Sonríeme. Estás muy guapa cuando sonríes.

Se tapó la boca al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta. «¡Mierda!»

¡Mantente alejado de mi prometida! ladró Kirby, apuntándolo con su dedo índice.

El atractivo rostro de Damon se nubló. «¿Prometida? Por poco tiempo».

¿O qué vas a hacer, agente Capullo? preguntó con la voz teñida de burla.

Cuando te encuentre, te juro que no volverás a ver la luz del sol en tu puta vida amenazó con contundencia.

La esquina derecha de la boca de Damon se alzó en una media sonrisa. Kirby siempre amenazaba con privarle de la luz del astro rey. Como si la oscuridad tuviese algo de malo. Damon, personalmente, encontraba fascinante vivir entre las tinieblas.

Suerte encontrándome, entonces. Y apagó el micro.

Llamaré a los técnicos para que revisen tu ordenador informó Kirby. Te ha instalado un software de espionaje, el muy hijo de puta.

De eso nada.

Damon estaba a punto de cerrar la cámara, pero se detuvo al escuchar aquello. Alice alzó el rostro, frío e inexpresivo, hacia su compañero/amante/jefe/prometido. En efecto, parecía una agente de la CIA en ese momento.

Yo le caigo bien. «Más que bien, nena». Quiero interrogarlo.

Qué astuta. Damon sonrío de satisfacción. Mmmm, un interrogatorio con ella podía llegar a ser muy interesante. Ella preguntaría cosas, él preguntaría cosas… Sería como una primera cita, pero sin las copas. Sacudió la cabeza, indignado consigo mismo. Estaba desvariando. ¿Qué coño le pasaba? Tampoco era que Alice Montgomery fuese miss Mundo. De acuerdo, la mujer era alta, alrededor de un metro ochenta, esbelta, de rasgos delgados, esculturales, con unos altos pómulos y una sonrisa pícara, pero él las había visto infinitamente más guapas. Sacudió la cabeza de nuevo, rebatiendo sus propios argumentos. Más guapas, sí, pero ¿como ella? No. Ella era única. Eran sus ojos, nunca había visto unos ojos tan penetrantes. Había algo en ellos que hacía imposible dejar de mirarlos. Y sus labios. Tampoco podía dejar de mirar sus labios. Quería probarlos. Sentir su sabor. Recorrerlos con la punta de su lengua. ¿Le gustaría a ella? ¿La haría gemir? Seguro que sí. Alice ronronearía como un gatito entre sus brazos, y él sabría cómo darle placer. Y jamás la besaría con los ojos abiertos como ese gilipollas.

Está bien accedió al fin el agente Kirby, lo que hizo que Damon dejara de pensar en los labios de Alice y se centrara en su interrogatorio. Estoy vigilándote, hijo de perra.

Damon encendió el micrófono y rio entre dientes.

¿Quién vigila a quién, so gilipollas?

Kirby le hizo una peineta. Damon le dedicó una mueca de disgusto, pese a que era consciente de que Kirby no lo veía. Por él, podía besarle el trasero. Solo quería hablar un poco con la fascinante Alice.

Señor Angelus empezó ella en cuanto se quedaros solos.

«¡Qué formal!» Alice tomó asiento delante de él —es decir, del ordenador—, abrió su libreta y cruzó las manos por encima de la mesa. Damon se puso cómodo, con los pies encima del escritorio (que había pertenecido al penúltimo príncipe de Mónaco) y la espalda apoyada contra el respaldo de la silla.

Como somos amigos, puedes llamarme Angel.

Ella, con gesto serio y profesional, enarcó una ceja.

¿Por qué Angel? ¿Es usted religioso?

Damon soltó una risotada cargada de desprecio. Sí, claro. ¡Religioso! ¿Dónde coño estaba Dios cuando aquellos tipos disparaban cientos de balas y la sangre de los inocentes salpicaba las baldosas?

Solo creo en mí mismo.

Ella apuntó algo en su libreta. Damon estiró el cuello, pero no pudo verlo. Sabía que ella sujetaba la libreta de esa forma aposta, para impedirle ver sus notas. ¡Maldición! ¿Tal vez debería instalar un par de cámaras en su despacho? Solo para… ¿captarla desde todos los ángulos? Sacudió la cabeza para rechazar aquella idea. Eso era acoso. «¿Y esto qué coño es, Wilde? ¿A qué juegas con ella?».

¿Qué has apuntado en la libreta?

Alice sonrió un poco. A Damon lo mataban sus sonrisas. Cuando se mantenía seria, lo hechizaba con la intensidad de su mirada, pero cada vez que sonreía Alice Montgomery se convertía en una mujer completa y absolutamente espectacular. Mirándola, él era incapaz de no contagiarse, y acabó sonriendo como un quinceañero enamorado.

La curiosidad mató al gato, señor Angelus. ¿Nunca había oído eso?

Es Angel. Y no se trata de curiosidad, sino de justicia.

Alice le dedicó una mirada que derritió gran parte de las neuronas de Damon. Gracias a Dios, le sobraban unas cuantas. Si no, aquello habría sido catastrófico.

¿Justicia?

Si tú vas a preguntarme cosas personales, ¿no te parece justo que yo pregunte lo que escribes sobre mí?

Alice se inclinó hacia delante, con ambos brazos apoyados sobre la mesa. Sus ojos se clavaron en los suyos y esa mirada color café atrajo a Damon como un imán.

¿Y tú vas a contestar a las preguntas personales, Angel? Esta vez su tono no era frío y profesional. Era cálido, como si estuviese hablándole a un viejo amigo.

Él esbozó una sonrisa pícara.

Todas, salvo una. La que yo elija.

Alice, torciendo los labios, cabeceó.

Me parece bastante justo.

Giró la libreta hacia la cámara y él pudo leer: «El sujeto sufre de un avanzado narcisismo que solo puede ser fruto de una infancia muy infeliz». Echó la cabeza hacia atrás y prorrumpió en carcajadas. Alice se mantuvo seria.

¿Qué es lo que te divierte tanto, Angel?

Que los psicólogos de Manhattan cobran a mil pavos la sesión y no llegan a esas conclusiones tan pronto. ¿Se te ha ocurrido alguna vez convertirte en psicóloga?

Soy psicóloga acotó ella con tranquilidad.

Oh. Vaya. ¿Y qué haces en la CIA?

Eh, ¿quién interroga a quién, listillo?

Damon se mordió el labio inferior y tuvo que darle la razón a ella.

¿Por qué haces esto? prosiguió Alice, mirándolo fijamente. ¿Dinero?

No, claro que no. O, al menos, ya no.

Entonces, ¿por qué?

Encendió su mechero y estuvo jugueteando con él durante un tiempo, mientras reflexionaba.

Diversión. Aburrimiento. Locura. ¿Quién sabe? susurró distraído, contemplando con mirada vacía cómo la llama del mechero estaba abrasando la palma de su mano.

¿Por qué no podemos detectarte?

«Soy demasiado bueno para vosotros».

Soy un fantasma.

Eso dicen. La semana pasada alguien burló nuestros sistemas de protección, entró en el ordenador del despacho oval y envió un e-mail firmado por el presidente y dirigido al general Colan, cancelando la orden de bombardear una base militar de Siria.

¿Estás compartiendo conmigo secretos de estados, agente Montgomery? se burló, mirando ausente cómo disminuía la llama de su mechero.

En unos instantes, aquella llama se apagaría igual que lo haría una vida humana, así, de pronto, y contemplarla mientras se desvanecía en el aire le hacía recordar lo efímero que era todo cuanto lo rodeaba.

Alice puso los ojos en blanco.

Me juego el puesto a que ya lo sabías, Angel.

Damon sonrió maliciosamente, alzó la mirada y buscó sus ojos. La llama acababa de morir. Estaba rodeado de muerte. Todo lo que él tocaba, moría. Era trágico, en el fondo. Pero mirar a Alice lo mejoraba, sin duda.

Claro que lo sabía, Alice. Fui yo.

Alice exhaló. Qué fácil resultaba sacarle confesiones a aquel hombre. ¿Por qué no eran así de agradables los demás delincuentes?

¿Por qué lo hiciste? Su voz era un dulce susurro que le arrancó una sonrisilla tonta a Damon.

Dijeron que la base pertenecía a un grupo terrorista confesó en voz baja, casi ronca.

La ceja de Alice se alzó, interrogante.

¿Y no era así?

Nop. No tenía nada que ver con el terrorismo, sino con otros intereses de nuestros ilustres líderes. Así que los detuve a tiempo.

¿Por?

«Porque no diseño los putos misiles para matar a inocentes».

Estaba aburrido. Mi novia cortó conmigo y no tenía nada mejor que hacer.

Esa respuesta divirtió a Alice.

¿Qué hiciste para que cortara contigo? inquirió, consciente de que aquello no guardaba relación con el interrogatorio. Solo era morbosa curiosidad.

Cepillarme a su hermana. Pero, para que conste, no sabía que eran parientes, así que no corras a anotar en tu libretita «fetichismo con hermanas» le dijo sarcástico.

Alice no pudo contener la risa y explotó en carcajadas. Ese tío era muy gracioso. Y le caía bien, pese a ser el delincuente más buscado por la CIA. Era de locos. ¡No podía caerle bien! Y, sin embargo, era incapaz de evitar encontrarlo simpático. Una sonrisa cruzó el rostro de Damon, como si hubiese escuchado los pensamientos de ella.

¿Cuánto tiempo llevas con Shrek? susurró en voz suave.

El brusco cambio de tema hizo parpadear a Alice. No tenía por qué contestar a eso, pero lo hizo.

Desde la universidad.

¿Diez años?

¿Cómo sabes que tengo treinta años?

«He hackeado tu ficha mientras hablábamos».

Soy adivino.

Y muy gracioso.

Damon se inclinó hacia adelante, con repentino interés.

¿Tú crees? Tal vez podrías salir conmigo y dejar a Shrek. Los hombres graciosos gustan a las mujeres, ¿verdad?

Alice, esforzándose por disimular la diversión, le lanzó una mirada de advertencia.

No voy a dejar a Shrek. Voy a casarme con él dentro de dos meses.

«¡Por encima de mi jodido cadáver!»

Sabotearé vuestra boda anunció Damon con tranquilidad.

Ella soltó una carcajada.

No habrá ordenadores.

Pero puedo secuestrar al cura repuso él, cruzado de brazos como un niño enfurruñado.

Sí, pero yo te agradecería que no lo hicieses. Y como somos amigos, tú vas a complacerme.

Damon curvó los labios en una mueca de disgusto.

No es justo abusar de nuestra amistad de este modo.

La vida es injusta, Angel. Y volviendo a lo que nos preocupa, ¿cuál es tu siguiente golpe?

Podía agarrase al comodín de la pregunta que no iba a contestar, pero no le daba la gana. Algunas veces era tan villano como el Joker. Disfrutaba creando caos.

El siguiente lanzamiento de misiles. Si no tiene nada que ver con terrorismo, lo impediré por todos los medios. Así que, si quieres advertir a la Casa Blanca de ello, adelante, agente. Te invito a que lo hagas.

Alice sonrió con suficiencia.

Dudo mucho que el general vuelva a hacerle caso a una orden que llegue por correo electrónico. Me sorprende que no lo hayan despedido por esa metedura de pata.

Es igual. La voz de Damon solo delataba su infinito desdén. Diles que, si los lanzan contra cualquier otra cosa que no sea una base militar terrorista, desviaré sus misiles. Y como me toquen las narices, mi objetivo será la jodida residencia de verano del general.

Alice abrió la boca, estupefacta. ¿Era que un hacker podía piratear los misiles?

Sí, princesa, puedo controlar los misiles, desviarlos y hacer básicamente lo que me dé la real gana con ellos aclaró, con los ojos entornados.

«Porque los diseñé yo mismo».

Se lo haré saber al presidente.

Él asintió con la cabeza.

Me parece un buen plan, preciosa. Desvió la mirada hacia su reloj, y carraspeó. Me temo que nuestra cita debe acabar por ahora. Tengo que irme. Hay algo ilegal que necesito hacer.

Angel… susurró Alice, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja.

Él se detuvo y la miró. Estaba guapísima. ¡Y estaba sonriéndole!

¿Sí, princesa? dijo en voz baja y cálida.

Una última pregunta.

Soy todo oídos.

¿Cómo puedo encontrarte?

Damon la miró a los ojos durante un largo momento. No era la mirada pícara y burlona que había estado manteniendo durante su interrogatorio, ni era tampoco prepotente. En sus ojos solo había ternura mientras la miraba. Sus gruesos labios le sonrieron un poco. Lamentó que ella no pudiera verlo en ese instante. Estaba convencido de que él le habría gustado.

Yo te encontraré a ti, amor.

Esa era más bien una promesa. Luego, cortó la comunicación.

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Capítulo 1 Una Eternidad juntos

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Primera parte

La danza de la Muerte

“Quien con monstruos lucha

cuide de convertirse a su vez en monstruo.

Cuando miras largo tiempo a un abismo,

el abismo también mira dentro de ti.”

Friedrich Nietzsche

Prólogo

Principado de Transilvania, 1499

El cuervo, que la contemplaba con estúpida indiferencia desde lo alto de una corroída cruz de piedra, era tan siniestro que a Anastasia se le contrajo el estómago. No pudo eludir sus ojos mientras caminaba apresuradamente por el sendero que conducía a las gruesas puertas de madera del monasterio. Dominada por un nerviosismo que era incapaz de controlar, en repetidas ocasiones tuvo que secarse la humedad de las palmas encima de su casto vestido de luto, cuyo cuello cerrado había empezado a resultarle sofocante. Mátyás, su querido protector y rey de Hungría, acababa de fallecer. Ahora estaba indefensa en su lucha contra la oscuridad que amenazaba con devorar las pocas almas puras que quedaban en Europa.

Sus ojos, verdes y cada vez más dilatados de horror, se alzaron por un segundo hacia la inscripción que circundaba el pórtico:

Benedictus qui venit in nomine Domini”.

Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Qué divertida comedia! El hombre que la acompañaba, desde luego, no penetraba aquel santuario en nombre de Dios.

Intentando eludir la avalancha de desaliento que la estaba asaltando despiadadamente, ralentizó el paso, quizá con la intención de retrasar el ineludible final de su propia historia. Sus ojos se giraron ausentes hacia el viejo manantial que brotaba veloz de las rocas de montaña, entre las cuales se hallaba tallado el antiguo monasterio. El agua parecía helada. No se extrañó demasiado, el invierno estaba al caer y un aire glacial soplaba en torno a sus hombros, removiendo la fina tela de su vestido. Pronto, una densa oscuridad cubriría la tierra. Y puede que su alma también. Llevaba semanas enteras danzando en el borde de un abismo, y sabía que, pronto, muy pronto, la negrura acabaría tragándola. Pero como no quería pensar en nada de eso, se centró en la imagen del manantial.

El tiempo se le escapaba de las manos y trascurría tan deprisa como aquellas aguas que se estrellaban contra el suelo. Durante algunos segundos, no pudo hacer más que mirar las gotas que caían y perderse en ellas. De pronto, el aire en derredor suyo se volvió aún más gélido. Tuvo la inquietante sensación de que el tiempo iba ralentizándose, hasta que se detuvo por completo, como si el mismísimo Dios hubiese decidido paralizar el mundo entero con el único fin de dejarla atrapada eternamente en aquel momento de su vida. Todo cesó: los sonidos de la naturaleza, los gorjeos de los pájaros, el susurro de viento; cesaron para dejar paso a un terrible silencio. Tan solo el agua siguió corriendo, gota tras gota, desafiando esa mortal quietud.

Anastasia se sintió como un espectro que acababa de abandonar su cuerpo para contemplar toda la escena desde arriba. Apenas habían empleado unos segundos en alcanzar la entrada al monasterio. Pero para ella, semejaron milenios enteros.

El cuervo pasó volando por encima de su cabeza, y su graznido llegó a sus oídos como algo muy lejano. Sus ojos, completamente huecos, se movieron hacia su acompañante; vieron su sonrisa, se fijaron en la dureza de su perfil. Sus ojos lo vieron todo, sin ver nada en absoluto.

En el rostro le transparentó una angustia infinita cuando su mirada se detuvo finalmente sobre los brillantes iris del hombre, que, a su vez, estaba mirándola a ella. Se tomó algunos segundos para intentar reconocer en sus facciones al joven con el que se había casado, al que ella aún amaba, después de todo. Lo intentó, pero no pudo ver más que a un monstruo.

Es un hermoso, letal y despiadado monstruo, pensó, y ese pensamiento fue tan abrumador que las sienes empezaron a latirle violentamente. Si tan solo pudiera acabar con ese martilleo que le impedía pensar…

Te veo pálida, princesa. No irás a desmayarte ahora que tan cerca estamos.

Anastasia se quedó congelada mientras su rostro se torcía en una mueca de rabia. Para él todo aquello era como una especie de juego macabro que nadie más era capaz de entender y jugar. Se horrorizó solo de pensar en la magnitud de las atrocidades que la estarían aguardando detrás de esa puerta, en la aborrecible oscuridad, esperando a que ella las encontrara. A fin de cuentas, en eso consistía su sangriento juego.

¿Gabriel, qué has hecho? preguntó cuando ya no pudo aguantar más toda esa tensión.

Pese a que su voz apenas había sido un susurro, el hombre pudo notar en ella el acento extranjero, tan pronunciado que ni siquiera el miedo era capaz de suavizar. Sonrió al escuchar su modo de articular la palabra Gabriel. Le gustaba su modo de hablar. De hecho, no había nada que no le gustase de ella. Anastasia era pura pasión. Era exquisita. El fruto prohibido que él se había empeñado en tener.

Gabriel, por favor…

Vencida por la desesperación, se aferró a su brazo, con la esperanza de encontrar en él algo de apoyo, como tantas veces había encontrado en el pasado. Resultó devastador descubrir que esta vez no recibiría nada, salvo una lánguida mirada, un gesto que no reconoció, pero que le resultó tan despiadado que le heló la sangre dentro de las venas. Entrecerró los parpados solo para que él dejara de hundir sus ojos en los suyos con tanta osadía. Eran terribles todos los secretos que se ocultaban tras esa mirada.

Cada vez que lo sorprendía contemplándola de ese modo suyo tan concentrado, cada vez que en sus pupilas destellaba esa chispa de locura, ese espeluznante interés en ella, a Anastasia se le ponían los pelos de punta.

Y, a pesar de todo aquello, no era capaz de dejar de amarle.

Me pediste que te confesara mi alma empezó él con perfecto aplomo. Este soy yo confesándotela, Anastasia. Cuando abra esta puerta, lo sabrás todo. No habrá más secretos entre tú y yo, amor, porque, cuando esta puerta se abra…

Interrumpiéndose súbitamente la miró como un hombre que estaba a punto de venirse abajo. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para conseguir acabar la frase.

Cuando esta puerta se abra, podrás ver los confines de mi propio infierno concluyó con apenas un hilo de voz.

¡Dios mío!, ¿qué has hecho? susurró ella, aterrada.

En lugar de contestar, el hombre se precipitó sobre ella, la abrazó y, con los labios colocados en su suave pelo, cerró los ojos por unos instantes. Anastasia fue incapaz de moverse, temerosa de que, si lo hacía, todo aquello acabaría.

Él la abrazó con más fuerza, y ella se sintió maravillosamente. Se preguntó si sería posible retroceder el reloj y fingir que él no era un monstruo. Fingir que aún había una salvación para ellos dos. Fingir que una eternidad juntos aún era posible.

¿Sabes qué es lo que se oculta detrás de esta puerta, mi princesa? Codicia. Deslealtad. Traición. Todos eran corruptos. Confía en mí. No he obrado injustamente. Nunca en mi vida he sido injusto. Nunca hice nada que no tuviera que hacer.

Anastasia notó los ojos cargados de lágrimas, pero no se dio el capricho de llorar. No podía mostrar señales de flaqueza. No ahora. No delante de él.

¿Cómo podría confiar en un monstruo como tú? repuso con voz inflexible. ¿No te das cuenta de ello, Gabriel? ¿No puedes ver que te amo y te temo a la vez? No puedo confiar en ti. No después de lo que has hecho.

La esquina derecha de la boca masculina se alzó en una mueca irónica.

Mujeres. ¡Qué poca fe tenéis siempre! con gesto repentino, se apartó de ella. Tan poca fe… esbozó una sonrisa cruel mientras se le cambiaba la expresión de los ojos, volviéndosele feroz. Y, sin embargo, conspiráis con los sacerdotes ¡PARA DERROCAR A UN PRINCIPE!

El corazón de Anastasia registró la puñalada. Lo sabía. Él lo sabía y ahora todo estaba perdido. Debía actuar de inmediato si no quería perder una batalla más. «El león se ha alzado demasiado alto», le había dicho el padre Andrei tan solo dos días antes. El león tenía demasiado poder, y ahora sabía quiénes eran sus enemigos.

¡Gabriel, dime qué has hecho! le gritó con los ojos encendidos.

Ante su tono autoritario, el hombre soltó una risotada. Últimamente hasta sus carcajadas sonaban malévolas. Anastasia evitó pensar en cómo era él al principio, cuando estaban tan locamente enamorados que incluso habían creado un mundo solo para ellos dos. En su mundo privado no cabía la desolación, ni la miseria que los rodeaba.

Antaño, nadie, ni siquiera la oscuridad, podía penetrar su mundo para contaminárselo. Ahora, ese mundo se había derrumbado bajo la suela de sus zapatos y solo quedaban los copos de ceniza. Ceniza y unos cuantos recuerdos que ella se esforzaba en reprimir, pues sabía que le provocarían tanto dolor que la derrumbarían ahí mismo.

Su mundo había sido mancillado de sangre… y más sangre que iba a correr aún. Su obligación era llevar a cabo la misión que la Iglesia le había encomendado. Una parte de su alma aún se negaba a hacerlo. Durante interminables horas, su mente había estado buscando fervientemente otra salida. Fue al escuchar esa risa cuando recordó que no había expiación posible para ellos dos; no había salida, ni salvación. No quedaba nada, salvo abismo y condena. Y ella cumpliría con su promesa porque no había modo alguno de salvar su amor.

¿Por qué no abres la puerta y lo descubres por ti misma, amor mío?

Con aterrador furor asomando en sus ojos, Anastasia lo agarró por los brazos y lo empujó hacia un lado, usando todas sus fuerzas para apartarlo de su camino. Sin pensárselo dos veces, tiró de la puerta para abrirla.

Desde el umbral, no vio nada durante los segundos que sus ojos necesitaron para acostumbrarse a la oscuridad de dentro. Él siguió riéndose, y riéndose, y riéndose, como un niño complacido por la maldad que acababa de hacer. Esa risa se le estaba clavando en lo más profundo del cerebro. ¡Por Dios, que alguien lo acallara! No podía concentrarse en nada más.

¿No dices nada, mi dulce princesa? ¿Acaso te disgusta mi obra maestra?

En ese momento, todo adquirió nitidez delante de sus ojos. El terrible alarido que escapó de su garganta creó eco entre los muros de piedra.

¡Dios mío, están muertos!

Se quedó helada justo en la línea dónde la claridad de fuera apenas se atrevía a rozar la profunda oscuridad que reinaba en el Monasterio Negro.

Muertos… repitió en un profundo estado de conmoción.

Los labios y las extremidades le estaban temblando, y hacía tiempo que el aire había dejado de penetrar sus pulmones. Absorta en la escena que contemplaban sus ojos, se tapó la boca con las palmas para ahogar otro grito.

¡Muertos! Solo hay muerte aquí dentro. Podredumbre. Condena. ¡Abismo!

Sintió que la tierra giraba con demasiada rapidez bajo sus pies y, por un momento, deseó desmayarse. Pero ni siquiera se le concedió ese alivio. Dios la estaba obligando a permanecer lúcida, quizá para castigarla por todos sus pecados. La sangre de los inocentes clamaba justicia, y ella estaba obligada a escuchar los gritos de los muertos.

Lágrimas de derrota brotaron de sus hermosos ojos, se le escurrieron por las mejillas y se le juntaron bajo la barbilla; eran unas lágrimas brillantes, imparables, demasiado evidentes como para conseguir disimularlas. Falta de fuerzas, se dejó caer de rodillas en el mismo umbral, y desde ahí contempló, lejana, la perversa escena que Gabriel había preparado para ella. Todos los sacerdotes y los monjes, hombres que habían sido sus únicos confidentes desde que había pisado esas tierras, yacían ahora en el altar, un cuerpo encima del otro, formando una grotesca pirámide. Alguien, sin la más mínima compasión, les había cortado la yugular.

¡Cuánta sangre!, pensó horrorizada, mirando el oscuro líquido que empapaba el suelo de madera. ¿Cómo puede gustarle tanto la sangre?

Lo que se extendía delante de sus ojos era una imagen terrible, una pesadilla que nunca iba a terminar. No quería mirar, no quería ver el inmenso horror pintado en aquellas facciones congeladas, o ese espantoso aire de acusación que aún desvelaban sus ojos, tan abiertos y tan… ¡muertos!, de modo que apartó la mirada.

Una vez más.

Estaba tremendamente cansada de tanto apartar la mirada; de encontrar siempre una justificación a esos actos de crueldad. Estaba tan cansada de no admitirse a sí misma la única, horrible e irrefutable verdad: amaba a un monstruo. Lo amaba con todas las fuerzas de su ser, aun sabiendo lo enfermizo que era aquello.

¿Cómo podía amarle con cada latido de su corazón?

Mientras el tiempo volaba sin detenerse, sus ojos vagaron por las imágenes religiosas que cubrían las paredes hasta descubrir las gotas color granate que se deslizaban por el rostro de la Virgen María. Desde ahí parecía que… Sus pensamientos se detuvieron ante esa idea. Atónita, ladeó la cabeza y contempló la imagen con gran interés, dejando que una capa de escarcha se expandiera por todo su corazón.

El rostro de la santa estaba cubierto de sangre. Las profecías estaban cumpliéndose. Así estaba escrito: “El día en el que se cometa sacrilegio en tierra santa, los iconos llorarán amargas lágrimas de sangre, anunciando el fin de una era”.

Nadie habló durante al menos dos minutos. Él había dejado de reírse y ahora la escudriñaba con la atención de un leopardo que contempla a su presa. Anastasia, en lo más profundo de su ser, sabía que solo era cuestión de tiempo hasta que el depredador le saltara encima para devorarla. Y también sabía que, llegado ese momento, a él no le importaría en absoluto ese amor que juraba a los cuatro vientos. Así de sencillo, la aniquilaría.

En la misma casa de Dios… con aire vencido, movió la mirada hacia él y lo evaluó durante unos momentos, cada vez más furiosa a causa de su imperturbabilidad. ¡Los has masacrado en la misma casa de Dios! rugió tan alto que él estuvo convencido de que aquella ridícula araña que tan solo servía para recalcar el poderío de la Iglesia, había temblado.

Los segundos se sucedieron en completo silencio; el hombre dejó de examinar la lámpara y bajó lentamente la intensidad de sus ojos hacia Anastasia, mas no dijo nada. Con aire distraído, la observó por algo más de medio minuto, hipnotizado por la belleza de su rostro. Siempre le había fascinado lo hermosa y frágil que era. Ignoraba la fortaleza que se ocultaba en su interior, como una violenta tempestad que esperaba a ser desencadenada.

Esta vez, Anastasia aguantó su mirada. Había comprendido, por fin, que la debilidad solo era un lujo asignado a los ingenuos. Esta vez no iba a haber debilidad en sus actos. Ya no.

¿Qué vas a hacer, Anna? ¿Luchar o llorar?

Una vez más, se enfrentaba a esa pregunta. Y Anastasia sabía perfectamente cuál iba a ser su respuesta.

¿Dios? la sobresaltó la voz del hombre. ¡¿DI-OS?!

Pasando apresuradamente por delante de ella, avanzó hasta el altar, y ahí se detuvo delante del icono que lloraba sangre. Durante unos segundos se quedó demudado, con la mirada perdida en algún punto o, quizá, en alguna gota de sangre. ¿Lloraba la madre de Dios? Bien, porque él no había hecho más que empezar.

¡Incendiaré todas sus iglesias! amenazó entre dientes mientras miraba el rostro de la Virgen María con expresión extraña.

Lo que fuera que viera en el rostro de la santa le produjo tal arrebato de locura que gruñó un sonido inarticulado de agresividad y, con un gesto rápido de su mano, barrió todos los crucifijos de oro que descansaban encima del altar. La dureza del metal le hirió la piel, pero él no se inmutó; cogió un cuadro, que retrataba el camino de la cruz, y lo lanzó contra el suelo de piedra. Tenía pensado derribar la Iglesia desde sus mismos cimientos. Sí había algo que él detestara, era la alta traición. Y, a lo largo de su miserable vida, le habían traicionado ya demasiadas veces.

Los sacerdotes te detendrán antes, Gabriel.

Divertido, se volteó de cara a ella.

¿Los sacerdotes? acotó con cínico humor. Oh, ¿te refieres a aquellos intrigantes hombrecillos que se creen con derecho a gobernar MI reino? Déjame confesarte algo, dulce Anastasia. Mataré a todos los sacerdotes de este país y luego me beberé su sangre le susurró y, ante esa idea, soltó una risa demente.

Ella lo miró, completamente horrorizada por la mueca espantosa en la que se había torcido ese rostro masculino, tan desconocido en aquel momento.

Dios no va a permitir que te alces en su contra advirtió, intentando mantener la calma.

¿¿DIOS?? ¡Dios! escupió, lleno de desprecio. ¡Destruiré a tu Dios como Él destruyó Sodoma y Gomorra! rugió, con los ojos fulgurando un relámpago de insania.

Pálido de ira, le dio la espalda para volver a examinar el icono que lloraba. Detrás de él, Anastasia apretó los puños con rabia.

Eres una blasfemia para todo lo sagrado masculló, altiva.

Él rio, aunque sin demasiadas ganas. No era capaz de apartar la mirada de ese rostro lleno de sangre. Era la primera vez que se hallaba ante la obra de Dios. Hasta aquel entonces, solo había visto la del Diablo. Por desgracia, demasiadas veces ya.

Jamás supo dónde había encontrado ella la daga. O las fuerzas. Ni siquiera la había visto acercándosele. Estaba tan inmerso en su contemplación, que no se dio cuenta de nada. No entendió lo que estaba sucediendo, hasta que sintió el frío metal traspasando la barrera de su carne, para clavársele muy adentro. Era un tanto irónico. El puñal se le había clavado casi tan adentro como la misma Anastasia lo había hecho, tiempo atrás.

Y por eso debes morir terminó ella en voz muy baja.

Lentamente, giró la cabeza hacia ella y la miró con ojos dilatados de agonía. No podía creer que ella…

No, ella no. ¡Ella no!

Con lágrimas de impotencia surcando su anguloso rostro, sacudió la cabeza una y otra vez, mientras la miraba. Era una idea desgarradora pensar que precisamente ella, de todos ellos…

Por favor, ella no…

Tambaleándose, dio un paso hacia atrás y se arrancó la daga, aunque el esfuerzo resultó devastador. La sangre empapaba la tela de su camisa, como un dibujo grotesco que no hacía más que aumentar y aumentar. Poco a poco, el blanco se volvía escarlata. Pronto, la vida se convertiría en la muerte.

Se tambaleó de nuevo. Apenas le quedaban fuerzas para mantenerse en pie. Luchó por conseguirlo, se agarró a la esquina de una mesa, pero acabó perdiendo la batalla. Una más, pensó resignado, antes de dejarse caer. No tenía sentido seguir aferrándose a esa vida. De todos modos, había resultado miserable.

Para su asombro, no llegó a precipitarse hacia el suelo. Unas manos lo atraparon y lo apoyaron con firmeza contra el muro de piedra. Pese a todo, Anastasia jamás lo habría dejado caer. ¿Cómo abandonarlo en sus últimos momentos? Necesitaba tan desesperadamente despedirse de él.

Su único amor.

Oh, Gabriel, lo siento tanto lloró, pasándole dos dedos por las esquinas de la boca para limpiarle la sangre. Estaba harta de toda la sangre que los había rodeado desde el mismo comienzo.

Con él entre sus brazos, se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo. Los ojos del hombre, negros, aterradores y tan interrogantes, se clavaron en los suyos cuando ella lo hizo apoyar la cabeza en su regazo.

¿Que… has… hecho, insensata?

Aturdida como estaba, Anastasia arrastró los dedos por su rostro, incapaz de dejar de sollozar. Sabía que era la última vez que lo acariciaría.

Adiós, mi hermoso Gabriel. Mi amor. Te amo más que a nada, pero alguien debía detenerte.

Se estaba desangrando. Lo sabía. Lo sentía. Iba a morir. Con expresión de estupefacción, intentó llevarse ambas manos al pecho para frenar de algún modo el torrente de sangre cálida, pero la sangre corría demasiado deprisa como para ser detenida. Consciente de que nada podía hacerse, desistió, y empleó las últimas fuerzas que le quedaban para oprimir la muñeca de la mujer que lo había significado todo para él. Trascurrieron unos instantes hasta que fue capaz de encontrar las energías necesarias para componer una sonrisilla tranquilizadora. No soportaba verla llorar. Ni siquiera ahora. Ahora, que ella le había traicionado como lo habían hecho todos los demás a lo largo de su vida.

Le costaba hablar. Abrir la boca, inundada por su propia sangre, suponía un esfuerzo demasiado grande, pero sabía que acabaría consiguiéndolo si se empeñaba. ¡Tenía que conseguirlo! Necesitaba formular esas palabras. Ella debía saberlo.

No es un adiós le dijo en voz apenas audible, mientras su rostro se contorsionaba en una mueca de dolor. Volveré de entre los muertos… y tú vivirás… hasta que… vo… v… la sangre le llenó la boca, así que tosió Volvamos… a v… ver-nos… amor mío.

Ese fue su último hálito en la tierra. Sus parpados cayeron, las fuerzas lo abandonaron. En cambio, sus dedos se quedaron aferrados a su muñeca.

¿Gabriel? lo sacudió, desesperada. ¡¿Gabriel?! ¡Di algo! ¿Por qué no hablas, vida mía? ¿Por qué no…? se detuvo y miró espantada esas facciones tan impasibles.

Ni un solo músculo de su bello rostro se movía. Sus pestañas no parpadeaban. ¿Por qué no se movían? ¡¿Por qué no se movían?!

Entonces lo comprendió, y se vino abajo.

No… ¡No! ¡Gabriel!

El segundo alarido de la princesa fue incluso más terrible que el primero. Estrujó el cuerpo sin vida contra el suyo, hundió el rostro en sus cabellos y gritó hasta quedarse sin fuerzas.

¡Gabriel! lo llamó por enésima vez, enloquecida de dolor.

Pero en ese cuerpo ya no quedaba nadie que pudiera contestarle.

Sus cálidas lágrimas se escurrieron por aquellos rasgos tan hermosos, tan pálidos y lejanos, ¡tan muertos!, y se mezclaron con la sangre, diluyéndola, fundiéndose en ella.

Su rostro estaba teñido de rojo, de modo que las lágrimas que recorrían sus mejillas parecían sangre. El agua era sangre, la vida era muerte, el pecado, penitencia, y el mundo entero se había convertido en un oscuro abismo. Solo le quedaba aquello: la nada y la oscuridad. La única luz que había alumbrado su vida se acababa de apagar.

Quizá pasaran horas enteras hasta que Anastasia consiguiera moverse. Cuando salió de su abstracción, lo hizo sabiendo perfectamente lo que debía hacerse a continuación. No tuvo ni la más mínima duda, no hubo ni un solo segundo de vacilación. Gabriel y ella se habían jurado amor eterno, pero él jamás entraría en el Paraíso. A un criminal no se le permitiría cruzar las puertas del Cielo. Para volver a verle, era preciso que ella le siguiera al Infierno.

Tienes razón, Gabriel susurró al lado de su oído. No es un adiós. Solo te digo hasta pronto.

Con manos trémulas, agarró la daga, colocando la punta a la altura de su corazón.

O eternitate impreuna, Gabriel susurró.

Y enterró la hoja lo más fuerte que pudo.

San Francisco, 2015

Un cuervo se sentó graznando en el alfeizar de la ventana de la segunda planta, pero nadie reparó en él. Los médicos estaban demasiado ocupados corriendo por el largo pasillo blanco, intentando no chocar contra las camillas o las sillas de ruedas empujadas por enfermeros agobiados de tanto trabajo. El hospital parecía un hormiguero. Al día siguiente, los periódicos locales bautizarían aquel día como el viernes negro.

Las tres plantas del edificio estaban salpicadas de heridos. Un incendio, un atraco a mano armada y un accidente aéreo tuvieron lugar más o menos a la misma hora, de modo que habían llegado todas las víctimas a la vez. Había muchos heridos entre los que elegir, pero lo que llamó la atención del doctor Brian Cheever en ese momento fue el pálido rostro de la mujer a la que la doctora Finn, la nueva residente, le estaba realizando la reanimación cardiopulmonar. Era tan hermosa que parecía una princesa sacada de un antiguo cuento de hadas. Sus ondas negras estaban extendidas por la tela blanca de la sábana, y sus delicados dedos se hallaban apretados con fuerza en torno a un desgastado medallón.

¿Qué tenemos? preguntó, apresurando el paso hacia la camilla.

Mujer blanca, edad entre veinte y veinticinco años, pulso demasiado débil especificó un joven enfermero. Se ha lanzado del Golden Gate y ha estado demasiado tiempo en el agua. No tiene documentación. No sabemos quién es, pero todo apunta a un intento de suicidio. La habrá dejado el novio.

Nada molestaba más al director del hospital que los empleados que metían sus narices donde no debían.

No me des tanta información, Langford lo espetó. Lo que me interesa es el estado de la paciente, no los cuchicheos sobre su vida personal.

El enfermero miró molesto a ese hombre que unos pocos meses antes se había convertido en su jefe. Nunca le había caído demasiado bien el doctor Cheever. Ahora, sin embargo, le odiaba.

Solo intentaba ser simpático balbuceó para sí.

El director del hospital gruñó algo inaudible.

¡Se nos va, doctor! chilló la doctora Finn, mirándolo con sus ojos azules engrandecidos a causa del pánico.

Brian la apartó casi con furia y continuó con la reanimación, consciente de que el corazón de la joven estaba a punto de detenerse.

¡No se va a ir a ninguna parte! Un, dos, tres, cuatro… un, dos, tres, cuatro… ¡El desfibrilador, maldita sea! el enfermero se lo acerco de prisa y Brian se preparó para usarlo. No vas a irte a ninguna parte le susurró a la mujer justo antes de aplicarle la primera descarga.

Las palabras dieron vueltas dentro de su cabeza, girando una y otra vez como si estuvieran atrapadas en un círculo cerrado que no les permitía escapar.

No vas a irte a ninguna parte… No vas a irte a ninguna parte… No vas a irte a ninguna parte… ¡Más potencia, joder!… Quédate… Quédate conmigo…

Quiso quedarse con él, pero no encontró las fuerzas para abrir los ojos. Entonces, una segunda voz interfirió, acallando a la primera. Era una voz tan familiar que ella no habría podido olvidar ni aunque hubiesen trascurrido milenios.

Vuelve a mí. Una eternidad juntos, Anastasia. ¿Lo recuerdas?

Y esos desorbitados ojos verdes se abrieron de golpe para alivio del doctor Cheever.

En ese mismo instante, cuando el aire penetró por primera vez los pulmones de la desconocida, a unos ojos negros y ensangrentados se les dilataban las pupilas en la otra punta del mundo. La sentía. En su sangre, en su mente, en lo más hondo de su corazón, ¡la sentía con cada minúscula partícula de su odioso ser!

Sentado en su trono de madera, desvió la mirada hacia sus muñecas y sonrió deleitado al descubrir que, después de todo ese tiempo, ella seguía surtiendo el mismo efecto en él: sus venas ardían como si hubiesen transportado la lava de un volcán, en vez de sangre fría y muerta. Estremecido, se llevó una trémula mano al corazón. Por un instante había pensado que este palpitaría como no lo había hecho desde la última vez en que se vieron.

Por supuesto, no sucedió nada de eso. Su corazón había muerto muchos años atrás. A fin de cuentas, lo había enterrado con ella. Aunque la muerte era algo relativo, ¿verdad?

Anastasia… exhaló, oculto en la más profunda oscuridad. Has vuelto a mí.

Capítulo 1

Transilvania, 2015

Gabriel

Nunca hubo un cementerio o una lápida que señalara su tumba, pero yo recordaba con todo lujo de detalles dónde estaba enterrada. ¿Cómo olvidarlo? Yo mismo había depositado su cuerpo bajo la sombra de un roble que, en aquel momento, se alzaba por encima de todos los demás, igual de poderoso como había sido nuestro amor. Pensé que al menos él perduraría por siempre, tan inamovible y magnífico. Me entristeció ver que ahora solo era un árbol esquelético a punto de secarse.

Cómo ha cambiado todo… le susurré.

Suspirando, me dejé caer al lado de su tumba, donde permanecí largo tiempo contemplando las vistas. Había un valle enorme abriéndose como un abanico delante de mis ojos. A lo lejos, las aguas de un riachuelo murmuraban algo que nadie, salvo la naturaleza, podía entender. Miré ausente cómo el viento arremolinaba hojas secas a mí alrededor. El mundo, al igual que mi alma, estaba inmerso en la más densa oscuridad.

¿Te gustan las vistas, eh, belleza? Siempre te ha gustado este lugar.

Ella no me contestó. Nunca lo hacía. Sonreí con amargura, antes de tomar otro trago de mi botella de whisky.

¿Quieres un poco?

El viento susurró algo a través de las hojas de los árboles. Me tomé eso como un sí, e incliné la botella, dejando caer una buena cantidad de alcohol encima del manto de hojas que la cubría. Muchas veces me quedaba ahí, preguntándome si ella tendría frío dentro de su tumba. Habría dado todo cuanto poseía por poder calentarla. Una vez, mucho tiempo atrás, preso de un impulso demencial, la había desenterrado solo para abrazarla. Fue un acto monstruoso pasar la noche abrazado a su esqueleto, pero no pude evitarlo. Sabía lo mucho que ella detestaba el frío y la oscuridad.

¿Sabes que ayer pasó algo curioso? No sé si estoy volviéndome loco caí en una silenciosa reflexión, que duró unos cuantos minutos. Posiblemente admití por fin. Posiblemente todo el dolor, toda la espera, me hayan enloquecido. Posiblemente haya deseado tanto volver a verte, que por un momento creí posible…

Me interrumpí súbitamente y, con los ojos dilatados de dolor, bajé la mirada hacia la tumba. En mis labios se dibujó una trémula sonrisa.

Da igual lo que creí, belleza. No vas a volver, ¿verdad?

Oh, dime que no estás lloriqueando otra vez escuché a lo lejos una voz llena de sarcasmo.

Mi rostro se torció en una mueca de desagrado.

Eres una alucinación, ¿a que sí? susurré con aire fatigado.

Recé para que la voz desapareciera como un fantasma. En lugar de eso, una figura se materializó entre las sombras. Con su porte elegante, se me acercó y se sentó a mi lado.

Nop.

Le dediqué un gesto seco.

¿Por qué no me diste el gusto de decir que sí?

Ya sabes que me pierde la sinceridad.

Bufé mientras me disponía a tomar un trago. Él, sonriéndome con socarronería, me arrancó la botella de las manos y bebió una buena cantidad, que luego escupió con un gesto bastante teatral.

¡Puaj! Tus gustos en cuanto al alcohol siguen siendo deplorables.

Me esforcé por mantener la calma. Era propenso a montar en cólera cuando él andaba cerca. Nadie más aparte de él poseía el don de irritarme de ese modo.

¿Qué haces aquí? pregunté de mala gana.

Vaya pregunta estúpida. No iba a perderme su cumpleaños.

Noté mi mandíbula contrayéndose.

Ella no te quiere aquí le dije entre dientes.

Qué idiotez. ¿Acaso se lo has preguntado tú?

¡No puedo! ¡Está muerta! rugí, con los ojos destellando furia en estado puro.

Él sonrió como el que guarda alguna especie de secreto.

Tú y yo sabemos que la muerte solo es un estado temporal.

Quise abrir la boca y decirle algo, pero cambié de opinión en el último momento, dejando que un pesado silencio descendiera sobre nosotros.

¿Y bien?, ¿qué te cuentas? inquirió después de un rato.

Suspiré con desgana.

Nada especial.

Volvió a sonreír con esa sonrisa suya que me crispaba los nervios. Tuve que apretar fuertemente los puños para no propinarle un puñetazo en esa nariz tan respingona que tenía.

Pues yo he oído que te corriste unas cuantas juergas. Leo las noticias, ¿sabes? Además, estuve en Ámsterdam hace bien poco. He de decirte que fuiste un chico muy, pero que muy malo. Tuve que limpiar otra vez tus desastres. Deberías ser más discreto la próxima vez. Estás exponiéndonos.

Apreté los dientes. No me hacía mucha gracia que precisamente él me dijera aquello. ¡Él!, que se había corrido las juergas del condenado milenio.

Estaba borracho.

Siempre estás borracho, Gabriel. ¿No crees que ya va siendo hora de que pases página?

Con aire distraído, arranqué un manojo de hierbas secas y empecé a juguetear con ellas.

Como si fuera tan sencillo murmuré.

No digas memeces. Claro que lo es. Mírame a mí. Lo he superado por completo.

Y por eso estás aquí, después de todo este tiempo señalé, sarcástico.

Riéndose, me miró.

¿Qué puedo decir? Me siento melancólico. No te figuras lo mucho que echo de menos la juventud.

El toque triste de su voz me hizo entornar los ojos. La mujer a la que amaba estaba a varios metros bajo tierra, y ahora, encima, me tocaba lidiar con la joya de la corona: un sociópata deprimido. ¿Acaso la noche podía empeorar? Sinceramente, lo dudaba.

Tienes treinta y dos años le recordé en tono cansado.

Cierto, pero me pesan demasiado. Seguro que tú lo entiendes.

Mmmm.

Tomé un buen trago, antes de ofrecerle la botella. Esta vez no le hizo aspavientos.

¿Crees que ella va a…?

¡No! lo acallé bruscamente, puesto que sabía lo que iba a preguntarme. Ella no va a regresar. Nunca.

Y, sin embargo, yo juraría haberla sentido anoche.

¡Oh, por todos los demonios del Infierno! Eso no podía ser posible. ¿Es que esa pesadilla nunca iba a acabar?

Solo era el viento comenté con fingido aire de despreocupación.

Mmmm. Tal vez.

Nos callamos de nuevo y bebimos en silencio, pasándonos la botella de uno a otro.

Pero, ¿y sí lo comprobáramos? propuso al cabo de un rato.

Con calculada lentitud, giré la mirada hacia él.

Dime que no estás hablando en serio.

¿Por qué no? No sería la primera vez que la desentierras.

Mis ojos relampaguearon en la oscuridad.

¡Es mi mujer! rugí. ¡Puedo desenterrarla todas las veces que me dé la gana!

Era apostilló, con los ojos en blanco. Te recuerdo que eso fue hace mucho tiempo. Ahora, como tú mismo has admitido, está muerta. A no ser que pienses lo contrario, claro. Y en tal caso…

Quería matarle. De verdad que sí. Seguía sin entender por qué no lo había hecho en todo ese tiempo.

No vamos a interrumpir su descanso eterno rezongué en tono furioso.

Una profunda risa brotó de su garganta.

¿Descanso eterno? repitió cínicamente. Ella no tiene de eso, Gabriel. Su alma vaga por el mundo, sin poder entrar ni el Paraíso, ni en el Infierno. Nunca encontrará la paz. ¡Nunca!, ¿me has oído? ¿Acaso tú y yo la hemos encontrado? Así lo dicen las santas escrituras: no habrá descanso para los damnados como nosotros.

Lancé la botella al aire y me abalancé sobre él. Esta vez le mataría.

¡Por culpa tuya! le grité mientras, preso de la locura, le rodeaba la garganta con ambas manos y la apretaba con todas mis fuerzas. Solo es culpa tuya, maldito. Siempre lo has arruinado todo. Por eso nadie te quiso, nunca, en toda tu jodida existencia. ¡Por eso ella nunca te quiso!

Sabía que eso era lo que más le dolía, no haber tenido nunca su amor.

Con una fuerza descomunal, me cogió por las muñecas y se liberó de mi agarre, empujándome hacia atrás.

Ella me amaba musitó con un tono de voz casi agónico.

Parecía que, más a que a mí, intentara convencerse a sí mismo de ello.

Jadeando en busca de aire, escudriñé su rostro. Era la primera muestra de vulnerabilidad que percibía en él. Nunca en su vida había estado tan abatido, tan dolido. Nunca le había visto tan frágil. Me alegré. Si yo sufría, él también debía hacerlo.

Ella no sabía ni que existías contraataqué glacialmente. ¿Cuándo vas a entenderlo?

El golpe surtió el efecto deseado. De haberle dado mil puñetazos no le habría herido tanto. Se quedó quieto, con el cuerpo rígido y completamente congelado a mi lado. Después de unos segundos, dirigió la mirada hacia el valle y suspiró despacio. Un apenas perceptible gesto de dolor cruzó la gelidez de sus facciones. Ante su dolor, sonreí, claro que sonreí. Herirle me hacía sentir casi feliz. Cuando tu interior está hecho de puro hielo, es fundamental sentir algo, aunque no sea más que odio. Incluso el odio hace que parezcas vivo.

Algunas veces la echo de menos susurró, sin volver a mirarme. El mundo no es igual sin ella.

Tragué saliva. Ojalá hubiese tenido las agallas de matarle entonces. Pero yo era un cobarde. Sabía que si le mataba, no habría podido vivir con la culpa.

Lo sé asentí, y la voz se me quebró. El mundo es un lugar horrible sin ella.

Se volvió de cara a mí y me dio un par de palmaditas en el hombro, como si pretendiera consolarme.

Pero basta de ñoñerías. He de irme.

Disimulando su agonía con sarcasmo, como siempre había hecho, se puso en pie y se quedó contemplando los amarillentos ojos del búho que nos miraba desde una rama.

¿A dónde te diriges? pregunté, aunque, en el fondo, me daba igual. Solo le quería lejos de ahí. Lejos de ella.

Sus ojos negros se perdieron en la distancia.

No lo sé. Estoy buscando un nuevo hogar. Tal vez eche raíces en alguna parte. Cuando lo sepa, te mandaré una postal resolvió con un humor tan cínico que me hizo rechinar los dientes.

No te molestes. No me importa nada de lo que hagas o dejes de hacer. Mientras te vayas lejos de mí y me dejes en paz, me conformo.

Soltó unas carcajadas.

¡Vamos, príncipe! ¿Qué fue de nuestra amistad?

La enterramos con ella mascullé con acritud.

Necesitaba otro trago, pero la botella se había hecho añicos al golpearse contra una roca y la petaca me la había olvidado encima del piano. Sí, la noche podía ir a peor.

Él sonrió.

Disculpadme, alteza, si paso del momento melodrama, pero tengo a una joven doncella esperándome. Nos vemos se despidió haciendo una burlona reverencia.

O no, si tenemos un poquito de suerte refunfuñé a sus espaldas.

Se alejó riéndose.

Me aseguré de estar completamente solo antes de precipitarme sobre la tumba y empezar a remover la tierra con los dedos. Tenía que comprobarlo con mis propios ojos. ¡Lo necesitaba!

¡Vamos! grité, apartando los grumos secos que se interponían entre ella y yo.

Excavé furiosamente, sin importarme lo aplastado que estaba el terreno, o el dolor de mis uñas, rotas y ensangrentadas. ¡Tenía que verlo! Poco a poco, la arcilla adquiría un color escarlata cada vez más pronunciado a causa de la sangre que absorbía. Mi sangre. No tenía importancia alguna para mí. No me preocupaba el dolor físico. El mental era mucho más aterrador. Y más duradero.

Al cabo de un tiempo, rocé la caja de piedra en la que la había enterrado. No había querido un ataúd de madera. Odiaba la idea de que ella tuviera podredumbre a su alrededor. Necesitaba algo sólido, algo que la protegiera cuando yo mismo había fallado. La tierra no podía rozar su delicado cuerpo. ¡No podía!

Poseído por la demencia, empujé con fuerza la tapa y, con el aliento congelado, me incliné para mirar dentro.

Según era de esperar, su ataúd estaba vacío.