¡Te odio, Derek Brooks!

Capítulo 1: El reloj siempre es puntual. Lizzy O’Conner… no lo es.

Septiembre. Primera semana. Lunes, 06:50

Si consiguiera abrir los ojos en los próximos dos minutos, podría hacer montones de cosas beneficiosas: ocuparme de la colada, disfrutar de un desayuno saludable y nutritivo, hacer estiramientos para eliminar por completo la molesta celulitis de los muslos.

Aunque, por el otro lado, también podría emplear ese tiempo haciendo cosas menos beneficiosas y mucho más divertidas. Como, por ejemplo, perder el rato husmeando en las redes sociales de mi ex. Podría hacerme una cuenta falsa y decirle que soy su admiradora secreta, y luego hacerme otra cuenta falsa y decirle a su novia (¡con la que me puso los cuernos, el muy cabrito!) que él y yo mantenemos una tórrida relación amorosa.

Hum. Las posibilidades de hacer el mal son infinitas a estas horas de la mañana.

«Así que abre los ojos, Lizzy. Ábrelos. En un mundo donde lo más valioso que tenemos es tiempo, cada segundo cuenta».

¡Ostras! Mi cerebro delibera incluso estando dormida. Debo de ser un genio.

06:54

O puede que esté preocupada por mi primer día y por eso no consigo caer en un sueño profundo y reparador, y, en vez de aprovechar estos seis minutos que me quedan para hacer algo útil, (como dormir), me los paso planificando una actividad que nunca llevaré a cabo (hacer el mal), porque no se puede hacer el mal ¡si sigues en la cama!

06:59

La teoría de que soy un genio me complace mucho más. Y ya que soy tan lista, será mejor que siga dándole vueltas a lo de hacer el mal. Seré un genio malévolo. Todo el mundo temblará al escuchar mi nombre. Lizzy. A secas. ¿A que suena terrorífico?

07:00

Ugh. La alarma. Nuevo día, nueva canción. Running up that hill, de Placebo. Adiós al sueño reparador y a mis planes de hacer el mal. Es hora de enfrentarse al mundo real. Con valentía. Sentido común.

Y con un par de tabletas de Kit Kat, por si me fallara la valentía y el sentido común. Suele pasar más a menudo de lo que me gustaría admitir.

07:00:59

La alarma sigue sonando. ¡Me encanta esta canción!

Lo de la alarma tiene su historia, ¿sabéis? Desde hace más de un año, todas las noches, antes de irme a la cama, elijo un grupo diferente para que me despierte a la mañana siguiente. Es mi ritual secreto. He leído un estudio que aseguraba que, de esta forma, la gente se despierta un poco menos gruñona. Nadie puede rugir como una bestia cuando le despiertan con música, ¿verdad que no?

¡Lizzy! ¡Apaga ese maldito trasto! Me tienes hasta los ovarios con tus gilipolleces.

Ugh. O puede que algunos sí.

Mi aura, luminosa y alegre hace tan solo un momento, empieza a teñirse de un deprimente gris. Lucy, mi compañera de piso, tiene el don de agriar mis mañanas. Es el Grinch de los buenos despertares.

Pero no permitiré que sus berridos acaben con mi buen humor. Soy fuerte. Resistiré. Tengo por delante un maravilloso día, una estupenda semana, un magnífico año para hacer el mal. Soy joven, estoy sana y me niego a dejar que el odio hacia los nuevos comienzos me devore por dentro como el gusano del pecado.

¡¡¡Lizzy!!! ¡APÁGALO TE HE DICHO!

Pues el gusano me ha devorado. ¡Porque odio los lunes!, por mucho que intente disimularlo con cancioncillas y sonrisillas. Odio empezar una nueva semana. No solo porque hay que retomar una actividad que de por sí detesto (ir al trabajo, beah), sino porque ponen a Lucy demasiado rezongona. ¿Qué tiene en contra de Placebo? Buscaré un estudio sobre la gente a la que no le gusta Placebo. Seguro que son todos perturbados.

¡LI-ZZY!

¡Por el amor de Dios! Ya voy, ya voy. ¡Qué tiquismiquis!

Busco el móvil a tientas y, no sé qué botón pulso, pero consigo detener la música. Aún no puedo abrir los ojos. Los párpados me pesan como si fuesen de plomo.

Me quedaré un minuto más, para despejarme. No hay nada mejor que ese minuto que le robas al reloj. Es el mejor minuto de toda tu vida, porque abarca toda una infinitud de momentos placenteros.

Hecha un ovillo, bostezo complacida, agarro la sábana y me tapo hasta las orejas para rehuir el indiscreto sol neoyorquino, que arroja toda su fuerza hacia la arrugada cortina amarilla que me separa del mundo exterior.

Solo un minuto.

Puede que cinco.

No más de diez, en todo caso.

Un cuarto de hora, haciendo un exceso.

Quizá veinte minutos, si me doy mucha prisa después.

08:11:00

¡Hostia puta! ¡Me he dormido!

08:11:02

A la velocidad vampírica de Damon Salvatore, pego un salto de la cama y me abalanzo sobre la puerta del baño. ¿He dicho ya lo mucho que odio los lunes?

¡Oh, venga ya! ―le grito al espejo, que me devuelve la imagen de un espantapájaros al que no reconozco. Párpados hinchados de sueño, el pelo hecho un zarzal, una camiseta zarrapastrosa, cortesía de Coca Cola, con una mancha de chocolate entre las tetas… ¿Qué te ha pasado, criatura?

Haz el favor de adecentarme, parecen suplicar los tristes ojos azules del adefesio.

¡Pues no haberte bebido las siete copas de vino! ―la reprendo, como si fuese culpa suya que yo eligiera pasar de todo anoche y me fuera de fiesta, cuando es obvio que lo que hay que hacer los domingos por la tarde es hincharse a palomitas, golosinas, helados, etc. etc. etc., mientras miras cualquier truño de Netflix. ¡Es lo que hace la gente normal!

Exasperada y agobiada por el tictac, (como decía, lo más importante que tenemos es el tiempo, porque siempre escasea), empiezo a maquillarme con gestos frenéticos. Rímel. Eyeliner. Más rímel. Parezco un cirujano en plena faena.

¡Arrrggggghhhh!

Acabo de comprobar que las dos líneas que enmarcan mis ojos son absolutamente catastróficas.

No pasa nada. Las borraré y punto.

Cojo un poco de papel, escupo encima (tengo que recordar pasar por la farmacia y hacerme con un desmaquillante), froto y retrocedo un poco para admirar mi obra.

Ah, genial. Ahora soy Fétido Adams. Un gran avance.

Mi humor se ha estropeado irremediablemente. Regreso a la habitación batiendo las puertas a mis espaldas y empiezo a revolver en el armario.

¡Lucy! ¡Necesito ropa formal! ¡Maldita sea! ¿Dónde estará mi blusa beige? Ah, no, espera. Esa era de Sarah, ¿no?

Esto es un desastre. Ni siquiera controlo la ropa que tengo. ¿Qué clase de persona no conoce su propia ropa?

¡Lucy! ―grito más alto―. ¿Tienes algo formal para prestarme?

He sacado todo un montón de ropa del armario y estoy sentada encima, desesperada, sin saber qué ponerme, cuando la puerta de mi compañera de piso se abre y una camisa blanca vuela en mi dirección. Alabado sea el Señor. Estoy salvada. ¿Lo que escucho a lo lejos es un coro celestial?

Ah, no. Es la solterona del quinto piso, a la que le ha dado por la religión este año y no deja de dar el coñazo con cancioncillas eclesiásticas. El año pasado le dio por los vagabundos, y el anterior, por las basuras. Síndrome de Diógenes en todo su esplendor. Puestos a pensar, la música eclesiástica es maná celestial comparada con todo lo demás.

¡Gracias! ¿Y una falda?

Lucy me responde con un portazo que sacude toda la casa. Hmmm. Será que no tiene faldas formales.

Sin tiempo que perder, me abotono la camisa, agarro la primera falda de vuelo que veo, muy colorida, nada formal, (es lo que hay), y cuelgo un par de pulseras multicolores en ambas muñecas. ¿El resultado final? Una mezcla entre oficinista, médium y gitana húngara. Perfecto para soportar este día.

Delante del espejo, me calzo las manoletinas y agarro las gafas y el bolso. De camino a la puerta, revuelvo el bolso en busca de las llaves y el móvil. Suelo dejarme una de las dos cosas en casa. O ambas.

Comprobado. Llevo llaves, móvil y pintalabios rojo. Aunque eso último no sé para qué. No tengo pensado seducir a nadie de camino al trabajo.

Lucy, me voy.

¡Cállate de una puta vez! ¿A quién coño le importa lo que hagas?

Yo también te quiero, pastelito.

Con las gafas aún en la mano, dejo caer la puerta a mis espaldas y cruzo el pasillo a la velocidad de una tormenta tropical. Me pongo las gafas porque no veo un pimiento, pulso el botón y me apoyo contra la pared. Apenas me puedo sujetar en pie. Estoy muy cansada. No he tenido tiempo de asimilar que hoy empieza una nueva semana.

Dios, lo que me desesperan los lunes. ¿A qué mente enfermiza se le habrá ocurrido empezar la semana en un lunes? ¡Después de un domingo y antes de un martes! ¡Qué despropósito! Todo el mundo sabe que el domingo acaban las fiestas solo porque el martes vuelven a empezar. El lunes está muy mal ubicado. No le da tiempo a una a recuperarse. Los viernes son los nuevos domingos. Los martes son los nuevos jueves. Los jueves son los nuevos sábados. ¿Y qué pinta el lunes en todo esto? ¡Nada! ¡El lunes no existe!

Tras malgastar dos valiosos minutos filosofando sobre por qué deberíamos prohibir los lunes, constato que el ascensor no funciona. Estupendo. Siempre se estropea cuando tengo prisa. O puede que yo tenga prisa cada vez que se estropea el ascensor. Es una reflexión harto compleja para una mañana de lunes.

No tengo tiempo para seguir deliberando. Bajo las escaleras de dos en dos y me precipito hacia el exterior, empujando la puerta con el hombro.

Ugh. Hace un frío de narices. Y eso que estamos en septiembre. Qué ciudad más peculiar.

¡Taxi! TA-XIIII… IIIIIIII ―alargo la vocal y le sonrío a un ejecutivo guapete, que me devuelve el gesto. Eso sí, como intente soplarme el taxi, lo acuchillo―. Taxiiiiiii.

8:35

Ojalá supiera silbar. A lo mejor los taxistas me harían caso. ¿Por qué no habré traído una bufanda? ¡Con lo prácticas que son! Jodido viento.

8:39

¡Taxi! Aquí. ¡Eh! ¡Eh! ―Pese a lo mucho que agito los brazos, el taxista pasa por delante como si no me hubiese visto―. ¿Será posible? ¡Si estoy justo delante de ti! Gilipollas.

¿Por qué no coge el metro? ―me sugiere el ejecutivo guapete.

Llegaría demasiado tarde ―explico, apesadumbrada.

Vaya. Lo siento por usted. Yo iré en metro. Adiós.

Eh… ¿adiós? ―digo, dudando.

¡Ni siquiera me ha pedido el número de teléfono! ¿Cómo demonios se liga en esta ciudad?

Miro al ejecutivo con aire interrogante, pero él ya se está alejando en dirección al metro. Niego con la cabeza. La gente es imposible en esta ciudad.

8:42

Agito los brazos delante de todos los taxis que me adelantan y reflexiono sobre cómo es que los neoyorquinos se han reproducido durante todo este tiempo. En Wisconsin, cuando un chico te habla, es que le gustas. Y si le gustas, es que quiere casarse contigo. Las relaciones son mucho más sencillas allí.

Desde que vivo en Nueva York, nadie me ha pedido matrimonio. ¡Ni una sola vez! A lo mejor mi madre tiene razón: acabaré siento una solterona como la prima Alyssa, que se rebeló contra la familia, se mudó a la Gran Manzana Podrida y, desde entonces, va dando tumbos de relación en relación, porque todos los hombres de los que se enamora no están emocionalmente disponibles. Lo que sea que eso signifique.

Horrorizada por tal idea, grito con más energías:

¡TA-XI!

8:49

Siete minutos más tarde y varias maldiciones escupidas por lo bajo, consigo que un coche se detenga. Gracias a Dios. ¿Dónde está el coro celestial cuando te hace falta?

¡A Manhattan! ―exijo, abalanzándome sobre el asiento y cerrando la puerta con ímpetu antes de que alguien me sople el coche. Esto está lleno de lobos hambrientos. ¿Será que todos llegamos tarde los lunes?― Oficinas Ediciones Brooks. Lo más rápido que pueda. Llego tarde.

Y seguirá llegando tarde. Hay tráfico.

Eso ya lo veo. Pero le agradecería que…

Está bien, está bien. Haré lo que pueda. Agárrese.

El coche arranca tan deprisa que me golpeo la nuca contra el respaldo del asiento. Si llego a saber que me toca viajar con Daniel Morales, me quedo calladita.

Oiga, oiga, oiga ―lo freno mientras mis manos tantean el asiento en busca del cinturón. ¡¿Dónde está?!―. Tampoco hay que volverse locos. Es decir, que si llego un poco tarde…

El taxista hace como que no me ha escuchado y se sube a la acera para adelantar a toda una fila de coches parados en medio de un atasco. Está claro: ¡vamos a morir todos!

Ya me imagino a San Pedro, con un díptico interminable, recitando mis pecados más sonados:

Has mentido como una bellaca, Lizzy. Has engañado. Has echado las cartas de Tarot para averiguar las combinaciones de la Lotería (pero Dios te ha castigado por tu avaricia y nunca te ha tocado ni un centavo. El Señor es muy sabio). Has pensado en hacer el mal. Nunca lo has llevado a cabo, es cierto, pero pensar en ello también es pecado. Has mantenido relaciones carnales antes del matrimonio. Muchas veces. Demasiadas, ahora que me pongo a contar lo de Jimbo y las noches en el pajar de tus padres. En resumidas cuentas, Lizzy, eres una fulana. ¡Al Infierno contigo!

Y yo, vestida de Audrey Hepburn (no se puede ir al Cielo así, de cualquier manera), suplico el perdón divino y aseguro entre terribles sollozos que me arrepiento de todas mis malas acciones.

¿En verdad te arrepientes de todos tus pecados, Lizzy? ―truena San Pedro con expresión recelosa―. Piénsatelo bien, pues no puedes mentir al Creador, que todo lo sabe y todo lo comprende.

Entonces, como en el viejo Hollywood, una luz celestial cae sobre mi brillante rostro, empapado en lágrimas, y saca en relieve esa chispa de rebeldía que ni siquiera el mismísimo roce de la divinidad sería capaz de ahogar.

De todas, menos de una. Con lengua de muerte confieso que no me arrepiento, ¡y jamás me arrepentiré!… ―Como la heroína de una telenovela, alzo el mentón para enfrentarme valientemente a la ira divina y hago una pausa teatral, así concedo más dramatismo a mis siguientes palabras―… de haberle echado un mal de ojo a ese sinvergüenza de Derek Brooks. Bueno, varios, a decir verdad ―confieso alocadamente y con los párpados entornados―. Y una vez practiqué vudú para principiantes. Ya sabe, lo de los muñequitos y las agujas clavadas en sitios raros. Si quiere, puedo decirle dónde se las he clavado. ―Me acerco a San Pedro y le susurro algo escandaloso al oído. A San Pedro se le dilatan los ojos―. ¿Eso es pecado capital, oh, Santo Padre Celestial? ―pregunto, retrocediendo.

Un pitido me devuelve al mundo terrenal, donde ni soy Audrey Hepburn ni el inclemente San Pedro está a punto de dictaminar mi eterna jubilación en el Infierno. Menos mal, porque menudo mal trago. ¡Y todo por culpa del abominable Derek Brooks! No le deseo ningún mal, pero ojalá le salga un sarpullido en los huevos. Uno de esos que pican mucho.

Complacida por la idea, compruebo el reloj.

¿Usted cree que es posible llegar a Manhattan antes de las nueve? ―le pregunto al taxista.

Ni en helicóptero. Haberse levantado antes.

La gente de esta ciudad es tan encantadora…

Superado el atasco del puente, empezamos a movernos con un poco más de normalidad.

Sin embargo, a medida que avanzamos hacia el corazón de la Gran Manzana, el tráfico vuelve a espesarse, como si el Todopoderoso hubiese decidido en algún momento de su ajetreada jornada que yo, Lizzy O’Conner, tenga que retrasarme en mi primer día de trabajo.

A ver si se toma un segundo para desvelarme la combinación de la lotería. No me vendría nada mal conocerla antes del sábado. De lo contrario, la casa de empeños se quedará con los pendientes de mi abuela. Ugh. Qué mala racha llevo. Será mejor que no piense en mis problemas financieros. Me deprimiría.

Anda, un ferry lleno de turistas. Mira. Algo en lo que pensar.

Jamás he viajado en ferry ―le digo a Daniel Morales, con la intención de entablar conversación con él. No es que me guste su persona. No me gusta, para que quede claro. Lo que pasa es que odio estar callada. Ese silencio en mi cabeza… Esos silbidos que no sé de dónde provienen… No los soporto―. No hay ferrys en Wisconsin, ¿sabe? Claro, ahora que me he mudado a Nueva York, tendré que hacerlo al menos una vez. Dicen que uno no es neoyorquino del todo hasta que no coge el ferry.

¿Quiere que me pare en alguna parte para que pueda coger el ferry? ―me pregunta, en tono bastante arisco.

¿Qué? No, hombre, no. Era solo un comentario.

Ah. O sea, que no me paro.

No. Otro día será. Lo apuntaré a mi lista de cien cosas que hacer antes de morir ―me río de mi propio ingenio y lo miro, sin comprender por qué se mantiene tan serio―. Ya tengo quinientas cuarenta y ocho ―prosigo en el mismo tono guasón―. Quinientas cuarenta y nueve, si sumamos lo del ferry.

Aguardo expectante. El taxista se cambia de carril. En silencio. ¿Será borde?

¿Usted tiene una lista de cien cosas que hacer antes de morir?

Yo jamás me doy por vencida. Sigo y sigo y sigo, hasta que los demás se cansan tanto que termino gustándoles.

Pues no.

Vaya. Igual no le apetece demasiado hablar. A lo mejor es por el tema que he elegido. Hay gente que odia los ferrys. También hay gente que ama el látex.

Conclusión: hay gente rara en todas partes.

Buscaré otra cosa de la que hablar. ¿Qué tal mi vida personal? Contar anécdotas de uno mismo siempre es interesante. Leí un estudio sobre cómo socializar y decían que no hay que temer hablar de uno mismo. Eso sí, siempre hay que ser sincero. No vale inventarse que eres astronauta, cuando lo más alto que has subido nunca es la cuarta planta de tu edificio, y eso por las escaleras porque eres claustrofóbico.

Una vez salí con un pastor. Reverendo o rabino, o… algo similar. En fin, de los que sí pueden mantener relaciones carnales (¡A Dios doy gracias por eso!, ¿sabe lo que le quiero decir?). ―Yo me río y él no. Es bastante incómodo. Aun así, no me dejo acobardar y prosigo tras haber carraspeado por lo bajo―. Bueno, el caso es que nuestro amor nunca llegó a cuajar. Yo era una mística rarita que echaba las cartas de Tarot cada vez que se enfrentaba a un dilema, y él no pudo hacer la vista gorda a eso. Si Dios quisiera que supiésemos el futuro, nos lo habría hecho ver, me reprendió una tarde de domingo. Siempre ponía voz de barítono cuando quería imponer su voluntad, no sé por qué. Huelga decir que yo estaba arrodillada en el salón, echando las cartas de Tarot para saber si él iba a proponerme matrimonio cualquier día de esos. La verdad es que no parecía muy probable. Aun así, no me desalenté y las volví a echar. Pero es posible que Dios no pensase en todo, ¿no?, le dije, con un ojo a las cartas y el otro mirándole a él. ¿El ahorcado? ¿Qué quería decir el ahorcado? A lo mejor se le escapó esa parte. Nadie es perfecto. ¿Y sabe lo que hizo el muy honorable pastor? ¡Cortó conmigo! ¿Se lo puede creer?

Pues sí. Ese tipo me cae bien ―murmura el taxista, el cual gira a la derecha para intentar escapar del atasco.

Parpadeo varias veces.

¡¿Por qué iba a caerle bien?! ¡Era un capullo!

Esa es su versión de los hechos. Seguro que la de él es muy diferente.

Los tíos siempre os defendéis los unos a los otros ―acuso con una mueca de disgusto.

Porque las mujeres estáis todas locas ―repone él, distraído por el tráfico.

Suelto un ruidito indignado.

¡Las mujeres no estamos locas! ―chillo, lo cual contradice un poco mi afirmación―. El problema es que los tíos sois unos capullos. Por eso yo ya no salgo con nadie ahora. ¿Y sabe lo que le digo? Que soy feliz. Sí, como lo oye. Hago cosas que antes nunca tenía tiempo de hacer. Montones de cosas. Montones, montones, montones de cosas. Soy voluntaria en cuarenta y dos organizaciones diferentes. Me hago mis propios jerséis. Hago bizcochos para dos orfanatos. Siempre me salen mal, pero sigo intentándolo porque mi madre me enseñó de pequeña que la perfección consiste en seguir mejorando.

¿Y qué es lo que quiere?, ¿una medalla?

Nuestros ojos se cruzan en el espejo retrovisor.

Un poco de reconocimiento no estaría mal ―admito, con remilgo.

Pues vale. Es usted una santa.

Gracias.

Sonrío complacida y miro por la ventanilla. Me pongo bien las gafas. Colocarme las gafas me da un aire intelectual.

¿Ya estamos en Manhattan? ―me intereso, transcurridos unos momentos.

Vuelvo la mirada hacia el espejo interior y constato que el taxista me está mirando.

Eso de ahí es Park Avenue.

Me cambio de ventanilla para verlo mejor. Hostia puta. Menudos edificios. Cuando hice la entrevista, vine en metro. No tuve el privilegio de ver todo esto.

Ha-la. Este distrito huele a poder, ¿no le parece?

No sabría decirle. Solo huelo su colonia barata.

8:57:46

Abro la boca en un gesto indignado y le lanzo una mirada fustigadora. No quiero caer en la trampa de creerme sus palabrejas.

8:57:49

No, no pienso hacerlo. No pienso comprobarlo por mí misma. Supondría poner en duda la calidad de mi colonia. Y estoy segura de que ese amable vendedor ambulante dijo que era original.

8:57:51

Está bien. Soy débil. Me olisqueo a mí misma, solo para constatar que me está tomando el pelo.

¡¿Pero cómo se atreve?! ―estallo, un par de segundos después de su insulto―. Mi colonia huele muy bien.

Él arruga la nariz.

Créame, encanto, eso huele de todo, menos bien. ¿Qué coño es?, ¿jazmín?

Pues no, neoyorquino cascarrabias. Es fruta de la pasión ―aseguro con gesto amanerado.

¡Fruta de la pasión! ―bufa y se eriza como un gato rabioso―. Si la pasión oliese como usted, la raza humana se habría extinguido hace mucho tiempo.

Lo fulmino con la mirada y me sulfuro todavía más cuando descubro que ni se inmuta. La gente de esta ciudad me desespera. En casa tenía cientos de amigos. Aquí solo tengo dos. Y uno de ellos es un gato, con lo que apenas cuenta.

¿Usted siempre es así de borde?

¿Por qué cree que ha conseguido un taxi en hora punta? ―repone, mirándome de nuevo a través del espejo.

Sonrío como una animadora.

¿Porque el Universo está de mi parte? ―propongo, esperanzada.

Chorradas. Porque nadie me aguanta más de una manzana. No tengo madera para este trabajo. Lo odio. Cualquier día de estos lo dejo y vuelvo a los rally.

Temía que dijera algo así ―resoplo con fastidio―. Tiene toda la pinta de odiarlo. Pero se me ocurre que, a lo mejor, podría usted hacer una excepción y ser agradable con una pobre chica de Wisconsin. Para que no se lleve un mal recuerdo de los neoyorquinos y su maldi… maravillosa ciudad.

Juraría que el taxista está refrenando la sonrisa.

Está bien. Admito que… he estado un poco… quizá, borde con usted. ¿Qué le parece la Gran Manzana?

New York, New York, como diría el bueno de Frank. ¡Qué maravilla de ciudad! ¡Cuánta clase! Qué… ¡Alto el fuego! ―grito, y el taxista pega un frenazo en mitad de una avenida.

El mecanismo del cinturón de seguridad se acciona, opone resistencia y me devuelve con brusquedad a la posición inicial.

¿Qué? ¿Hemos atropellado a alguien?

No, no es eso.

Entonces, ¿por qué coño chilla? ―me grita, mosqueado.

Es que… esto es como dar vueltas siempre a la misma manzana.

¿Qué?

¿No lo ve?

¿Ver, el qué? ¿Está loca?

Pues que… nada cambia. ¡Me siento estafada! ¿Dónde está el glamour que me prometieron nada más bajar del tren en la estación central, con mi aire pueblerino y mi maleta roída por un ratón de campo?

El taxista, pese a su cabreo, suelta una carcajada. Creo que empiezo a caerle bien. Como todo el mundo, no puede evitar caer bajo el embrujo de mis ojitos azules, mi risa de jabalí estrangulado y mi encanto wisconsiniano.

¿De verdad que un ratón de campo se había comido su maleta?

¡Ande que sí! Y se vino a Nueva York, el muy pillín.

¡¿En su maleta?!

Ya lo creo. Ojalá lo hubiese visto antes de montarme en el tren. Habría dejado el ratón en casa ―murmuro para mí―. O le habría pagado el billete, qué menos. Dichosos roedores. Les encanta seguirme. ¡Soy el Martin Luther King del mundo animal!, ¿se lo puede creer?

Vuelve a reírse, y yo sonrío con calidez. Me gusta hacer amigos.

¿Y cómo se deshizo de él?

Muy fácil. Conseguí un gato. Mientras el pequeño seguidor se estaba dando un festín dentro de mi maleta, cogí un saco de basura, me dirigí a los cubos más cercanos (estoy en contra de las tiendas de mascotas, eso es explotación animal, prefiero la adopción callejera) y agarré la primera criatura con bigotes que vi. Resultó ser una rata.

Me interrumpo ante el torrente de carcajadas.

¡Está de coña!

Más quisiera. Esta ciudad tiene un problema. Se lo digo muy en serio.

¿Cogió una rata?

Como se lo estoy contando. Cuando la acerqué a mis ojos miopes, chillé, la lancé lo más lejos que pude (lo más lejos que pude resultó ser el peinado de una señora muy elegante, que amenazó con demandarme), me puse las gafas para corregir la miopía y corrí para que la señora no me pillara. A unos quinientos metros de ahí, encontré otros cubos. Lo mío con Zarpas fue amor a primera vista. Vi sus ojitos amarillentos de cazador de ratones, él vio mis ojitos azules de delincuente juvenil, y nos enamoramos al instante. Como en las películas de los sesenta. Seguro que alguien tocaba Moon River en alguna parte por ahí.

Madre mía. Usted es un fenómeno.

¿A que ahora le caigo bien?

Se lo piensa un segundo.

Pues no.

Mi mueca de satisfacción se trueca en una de disgusto. Me dejo caer hacia atrás y me cruzo de brazos. Cascarrabias.

Pero admito que tiene un poco de chispa… ―añade el taxista para consolarme.

Con eso me vale ―digo, recuperando mi buen humor. No suelo estar enfurruñada durante demasiado tiempo. Soy demasiado… exultante. Mi ex decía que yo era alegre hasta la demencia. Lo que sea que haya querido decir con eso. Aún no tengo claro si era algo bueno o algo malo. Aunque, conociéndole, probablemente sea lo peor que me han llamado en la vida.

Hemos llegado. ¿Metálico o efectivo?

Miro al taxista parpadeando. Debe de estar loco, el pobre.

¿Pero qué dice? ¡Significa lo mismo!

Eso es porque no me funciona el cacharro del banco ―informa con desdén.

Vaya por Dios. Y luego el fenómeno soy yo. Tenga. Quédese el cambio.

Sí. Me llegará para medio café.

¡Qué hombre tan frustrante! Me enervan los neoyorquinos. Todo Vanderbilt Avenue y la fuckin´ Empire State. En Wisconsin solo tenemos la fiesta del maíz. ¡Y bien orgullosos de ella que estamos!

Movida por mi patriotismo de granja, bajo del taxi, cierro con un golpe seco y, aunque sé que voy muy pillada de tiempo, me tomo un momento para coger aire en los pulmones y admirar mi nuevo lugar de trabajo.

El mundo editorial.

Esa jungla en la que los inocentes corderillos (escritores novatos que no tienen ni idea de dónde intentan meterse) acaban bajo las zarpas de los feroces lobos de Manhattan (editores cascarrabias que no se molestan siquiera en abrir sus libros). Estupendo. Allá vamos.

Contoneando las caderas y sonriendo a derecha e izquierda como si conociera de algo a todas esas personas, me abro paso entre el rebaño de hombres y mujeres vestidos de forma formal. Todos van de negro o gris. Menos yo, que llevo la camisa blanca de Lucy, mi falda multicolor y unas manoletinas rojas. Soy como Alicia en el país de los proletarios.

No sé por qué, pero hoy me siento atractiva. Segura de mí misma. Encantadora.

Me siento yo al cien por cien.

Porca puttana! ―exclamo, en medio del rebaño, y todo el mundo se vuelve para mirarme en el peor momento de mi vida.

Una ráfaga de viento se ha elevado desde mis tobillos hasta mi trasero, ha hinchado mi imposible falda de vuelo y me ha dejado con todos mis encantos wisconsinianos al aire.

¡Jo-der!

¡El plan de esta mañana no consistía en enseñar mis malditas bragazas a todo el condenado Manhattan!

ODIO los lunes, ODIO el jodido Nueva York, ODIO la fuckin´ Empire State y ODIO al cabronazo de Derek Brooks.

Hala. Me he desahogado. Ahora, a trabajar.

Capítulo 2: A Lizzy le encantan las habichuelas mágicas

Lunes, 09:15

Si cada momento de nuestras vidas estuviera acompañado por una canción, ahora mismo sonaría Sexy Silk, de Jesse J.

Porque así es cómo se siente una al cruzar las puertas mecánicas de Ediciones Brooks: como una sexy y malvada gatita de garras afiladas. Miau.

¡Detengan ese ascensor ahora mismo! ―clamo con aire melodramático en medio del elegante pasillo de mármol blanco.

Siempre he querido decir eso.

Ah, y también lo de ¡el asesino es el mayordomo! Aún no se me ha presentado la oportunidad.

Un momento ―me frena un empleado de seguridad, que se interpone en mi camino y me corta el paso. Y con camino no me refiero solamente a los pocos metros que me separan del lujoso ascensor, sino también al metafórico camino hacia un ascenso. No creo que aquí asciendan a gente que llega tarde en su primer día de trabajo, ¿verdad? ―Déjeme ver su acreditación.

¿Mi qué? Oh, la etiqueta esa que me dieron la semana pasada. Sí, la tengo en alguna parte. En algún bolsillo o… ¡ajá! Aquí está. Tenga.

Aliviada por haberla encontrado tan pronto, se la ofrezco, alzo las cejas dos veces seguidas y sonrío como Dios manda para que se vea que mi dentista sí que vale. Él coge la acreditación y la estudia ceñudo.

¿Por qué tarda tanto? ¡Llego muy tarde!

No se parece mucho a la de la foto.

No soy nada fotogénica. He salido a mi madre. Tendría que verla. Siempre parece un demonio de Tasmania en las fotos. Los ojos se le van así, hacia todos los lados. Un espectáculo. Difícil de describir. Y mire que yo tengo el don de la palabra.

Ya. Aquí no lleva gafas.

Anoche, antes de irme de fiesta, hice un salteado con guindillas y esta mañana no me atreví a ponerme las lentillas. Seguro que se imagina por qué.

Ceñudo, el hombre eleva la mirada hacia la mía cuando me escucha reírme estúpidamente, cochiqueando como una manada de cerdos dementes. Me da a mí que este no es muy buen comienzo.

Pues es una lástima que no las llevara para la foto ―me dice, tan serio que la sonrisa se me congela de pronto y el corazón se me encoge dentro de pecho. ¿No va a dejarme entrar solo porque no me parezco a la de la foto? ―Porque le sientan bien las gafas.

Un momento. ¿Intenta ligar conmigo?

Como no soy capaz de adivinarlo, lo escruto con aire suspicaz.

Arrugo la nariz.

Lo mido con la mirada.

Vuelvo a arrugar la nariz (porque una mosca se ha colado por la puerta al mismo tiempo que yo y se me acababa de asentar en la punta de la nariz. Jodidos bichos. ¡Creo que me persiguen desde Wisconsin!).

Ajeno al molesto insecto, el empleado de seguridad me sonríe como un Don Juan. Me fijo en las arruguitas que enmarcan las esquinas de sus ojos azules, y entonces caigo en la cuenta.

¡Dios mío, está ligando contigo! Intenta parecer normal, aconseja la voz de mi madre, que a veces suena dentro de mi cabeza.

¿Normal? ¿Cómo quieres que parezca normal?, rebato yo, indignada.

¡Callaros las dos!, tercia mi padre con aire resuelto. Lizzy, haz lo que puedas, cariño. Estamos contigo.

Un consejo maravilloso.

Gracias ―respondo con toda la normalidad de la que soy capaz mientras procuro acallar a mis imaginarios padres, que me están preguntando si este hombre estará casado y cuánto ganará al mes. ¿Cariño, es eso suficiente para vivir en Nueva York, que es una ciudad bastante cara?, pregunta mamá. No lo sé. ¡Callaos de una vez! Estoy intentando ser normal―. Entonces, ¿todo bien? Me encantaría estar de cháchara con usted, en serio. De hecho, ni se imagina cuánto. Soy muy habladora, tanto que me invento un mundo imaginario solo para seguir hablando. Pero es un mal momento ahora. Llego un poco tarde, es mi primer día, blablabla. En fin. Ya sabe cómo funcionan estas cosas.

Claro. Faltaría más. No pretendo entretenerla. Pero no corra. Las baldosas pueden ser traicioneras.

Gracias, capitán. Tomo nota del consejo. El barco es inestable. Lo pillo.

Se ríe de mi chiste y de mi saludo marinero. Excelente. Mi tercer amigo en Nueva York. Estoy en racha.

Para eso estamos.

Ya. Bueno, adiós.

Espere. Deje que llame el ascensor por usted. Soy Noah. Creo que no se lo había dicho.

Me aparto para que pulse el botón en mi lugar. El pobre quiere sentirse útil. ¿Quién soy yo para negarle ese placer?

Lizzy. Mucho gusto.

Le doy la mano y él la sostiene, busca mis ojos y se hunde en ellos. Es muy seductor. Un poco mayor para mí gusto, pero muy seductor.

¿Por qué me mira así? ―pregunto, al ver que no se dispone a soltar mi mano―. No me habrá salido el bigote…

Su carcajada llama la atención de la recepcionista, que levanta la mirada hacia nosotros con una sonrisa mal disimulada.

Lizzy, permítame que le diga que es usted como un soplo de aire fresco. Justo lo que le hacía falta a esta empresa rancia.

Suelto una risita encantada y recupero mi mano.

Ostras. Gracias, Noah. Nunca me habían dicho nada igual. ¿No será usted poeta? He leído un estudio que aseguraba que hoy en día todo el mundo escribe. Leo muchos estudios. En el váter, sobre todo.

Se ríe.

Tengo algunos escritos, ahora que lo menciona, pero no es nada serio. Un día se los enseñé al jefe, el señor Brooks, ya sabe. Quería que me diera su opinión. Es un hombre con criterio. Pero me dijo que ese papel solo valía para limpiarse… ¡figúrese usted el qué! ―me susurra, consternado.

Contraigo los labios en una mueca de acritud.

Bah. Ni caso. Ese tal Brooks no es más que un cabrito cornudo.

Cuidado con él, señorita Lizzy. Procure no cruzárselo demasiado. Despide a la gente solo porque se ha levantado de mal humor. Y, entre usted y yo, se levanta malhumorado casi todos los días. Creo que nunca toma yogur con bífidus.

Descuide, hombre. A mí ni me verá el pelo.

¡No me diga! Y yo que creí que usted era su nueva secretaria. Mencionó algo hace un rato sobre amonestar a su nueva secretaria por llegar tarde y di por hecho que se trataba de usted. Hasta ahora no he visto llegar a nadie nuevo.

¿La secretaria de Brooks? ¿Yo? ¡En absoluto!, y alabado sea el Señor por ello ―le susurro con aire cómplice―. No, señor. Yo trabajo para Mary White.

Oh, la señorita White. ¡Qué encanto de mujer! Siempre me trae buñuelos.

¿Lo veis? Sabía yo que hoy iba a ser un gran día. Si uno quiere saber cómo es una persona, lo único que tiene que hacer es preguntárselo a sus subordinados.

Nuestra charla es interrumpida por la llegada del ascensor.

Bueno, ya está aquí su carroza, milady ―me dice Noah, apurando al máximo la conversación―. Dele recuerdos a la señorita White de mi parte.

Lo haré ―aseguro con una sonrisa.

El ascensor está vacío, salvo por un hombre cuyo rostro no puedo ver, ya que lo mantiene oculto tras un periódico de finanzas. Entro y no sé cómo me las apaño para pisarle sin querer. Soy de naturaleza torpe.

Disculpe usted ―farfullo, retrocediendo azorada. Me coloco las gafas y lo miro, echando la cabeza hacia atrás. Es un hombre bastante alto.

Hmmm ―gruñe él, sin prestarme la menor atención.

Adiós, Lizzy ―me despide Noah con la mano.

Adiós ―alcanzo a decir antes de que las puertas se cierren.

Compruebo el reloj y casi me da un infarto.

Dioses, qué despacio sube este ascensor ―me quejo al del periódico.

Hm-mm.

Otro cascarrabias más. ¡Malditos neoyorquinos, con su fuckin´ Empire State! Será que por eso son tan creídos. Tenemos el Empire, tenemos la Estatua de la Libertad… ¿Qué tenéis en Wisconsin, aparte de cerdos?

¡Pues me gustaría a mí ver a un maldito neoyorquino desayunando la Estatua de la Libertad! Si no me falla la memoria, todos desayunan beicon. ¡De los cerdos de Wisconsin!

09:18:08

Impaciente por llegar, me meneo como un gato pulgoso, miro el reloj cada segundo, me coloco la ropa y las gafas decenas de veces y suspiro mis innumerables penas. El señor trajeado lee con tranquilidad sus noticias sobre la Bolsa de Nueva York. No parece dispuesto a conversar conmigo.

09:18:59

Lo miro anhelante, hambrienta de palabras intercambiadas a lo loco, pero no hay suerte. No está dispuesto a hacerme caso.

Decepcionada, vuelvo la mirada hacia las puertas. Dios, mataría por abrir la boca ahora mismo.

Lo vuelvo a mirar, con la esperanza de que él…

Pero no. Vaya.

¡Muy bien! Estaré calladita, si eso es lo que desea. ¿Quién necesita intercambiar palabras con desconocidos, de todas formas? ¡Bien podría ser un psicópata!

Tras una eternidad, cuando yo ya no soporto más el sonido del silencio que silba dentro de mi cabeza y estoy a punto de abrir la boca para decirle cualquier estupidez, el bendito ascensor se detiene. Como el trajeado no se mueve, doy por sentado que estamos en mi planta.

Que tenga un buen día ―me despido con mi pueblerina amabilidad.

Mmmm ―me obsequia con otra exhibición de su impresionante don de palabra.

Pongo los ojos en blanco. Malditos neoyorquinos. Fuckin´ Empire State.

Las puertas se cierran a mis espaldas y el trajeado sigue subiendo. Será algún jefazo. Los jefes siempre están en las plantas superiores. No me figuro por qué. ¿No les basta con estar por encima en la jerarquía empresarial? ¿También quieren estarlo físicamente? Ugh, qué engreídos.

¡Mierda! ―me horrorizo al mirar de nuevo el reloj. Me van a despedir.

09:20:16

Desesperada por llegar a tiempo, hago caso omiso de los amables consejos de Noah y echo a correr por el brillante y gélido pasillo de mármol.

09:20:51

¡Ay, no! ―chillo, pero ya es demasiado tarde.

No veo a tiempo el aviso de suelo mojado y, cuando intento frenar, me resbalo, caigo de culo y me deslizo varios metros en la dirección en la que corría.

Por fortuna, soy de las que se quedan con el vaso medio lleno, así que, en cuanto dejo de botar como una pelota deshinchada, me consuelo con la idea de que, al menos, ya no tendré que recorrer todos esos metros a pie. Deslizarse es mucho más fácil.

09:21:21

Estoy pensando en que estaría incluso contenta de haberme caído, de no haber sido (naturalmente) porque me escuecen las posaderas como si hubiese pasado la jodida noche jugando en el cuarto privado del señor Grey.

Maldiciendo, me levanto y me froto las zonas doloridas.

Desearía ser puntual por una vez en la vida. Y ya que estamos pidiéndole cosas imposibles al Universo, también desearía estar dos kilos por debajo de mi peso, solo para poder entrar en esos vaqueros que me compré la semana pasada, sin tomarme la molestia de probarlos. ¿Cómo iba a saber yo que sería incapaz de abrochármelos sin invocar a las fuerzas malignas de la naturaleza?

Y que, una vez abrochados, ¿me quedaría sin aliento, como cuando sale el bueno de Gosling por la tele y se le ha olvidado ponerse una camiseta encima de esa cosa que la gente llama tableta? En serio. ¿Habéis visto Crazy, Stupid Love? ¡Por Dios Bendito!

Ah, y tener menos celulitis en los muslos tampoco estaría mal. ¿Funcionarán esos aparatitos de masaje?

Vaya tonterías estoy diciendo.

Ahora que he tenido un segundo para recapacitar, lo que más deseo en el mundo es no haber besado nunca al gilipollas de Bolton. Estábamos en sexto y a mi amiga Georgi se le había ocurrido jugar al estúpido juego de la botella. Los padres deberían prohibir esos juegos, en serio. Mi primer beso fue una experiencia tan traumática que es un milagro que haya quedado tan normal después de eso. Otros hubiesen necesitado años de terapia.

Pongo mueca de grima y me sacudo ante la imagen de un rostro rollizo y lleno de granos acercándose demasiado al mío, con esos labios húmedos y entreabiertos moviéndose como los de un pez al que acaban de sacar del acuario.

¡Basta ya!, me grito mentalmente.

De verdad que no sé a qué vienen estos pensamientos tan inquietantes a las nueve de la mañana de un lunes. Es como si presintiese que algo malo está a punto de pasar.

Nada malo está a punto de pasar, me repito, empeñada en que así sea. No pienso permitir que nada malo me suceda hoy. Todo en la vida es cuestión de energías. El chi. Si uno piensa negativo, atrae cosas negativas. Si uno piensa positivo… ¡Pues eso!

Mike, ¿puedes llevar esto a la planta veinticinco? ―dice alguien en alguna parte.

Me vuelvo sobresaltada, preocupada por haber hecho el ridículo en mi primer día, pero no veo a nadie. La sala que conduce al pasillo está llena de cubículos blancos. Me he caído de culo y nadie ha reparado en mí. Es lo que tiene trabajar en Manhattan. Nadie repara en nada. Casi que mejor. Suelo hacer el ridículo bastante a menudo.

Ahora no puedo ―contesta el tal Mike desde otro cubículo―. Me han convocado en la treinta y dos. Asuntos importantes.

Por Dios, ¿cuántas plantas tiene este edificio? Por culpa de la niebla no pude ver lo alto que es. Jack fliparía ahora mismo. Estaría echando cálculos, para saber en cuánto tiempo sería capaz de treparla. ¡Ese cabroncete de las habichuelas! Siempre en busca de ogros gigantes y malvados. Por lo que yo ya sé de antemano, en la última planta de esta torre también hay uno de esos ogros. A ver si viene el maldito Jack y se lo carga de una vez.

Para, Lizzy. Este no es momento para ideas homicidas. Aún tienes que pagar el alquiler. Y recuerda lo del chi.

Mi Yo interior tiene razón. Hay que frenar la ira.

Así que cojo aire en los pulmones, lo suelto y curvo los labios en una sonrisa de esas que solo ves en los anuncios de leche; esa clase de sonrisas saludables y contagiosas que te aseguran que la leche desnatada es una auténtica maravilla, cuando, en el fondo, tú sabes perfectamente que no sabe a nada.

Basta de niñerías, Elisabeth O’Conner. Tienes sitios a los que ir y gente a la que ver. Así que compórtate.

Decidida, y armada nada más que con una inquebrantable seguridad en mí misma (y un bolso rojo que parece pesar demasiado para mí), abro como una diva las dos puertas de cristal que me separan de mi objetivo. Estoy a punto de abrirme camino entre los lobos de la editorial más prestigiosa de Manhattan: Ediciones Brooks.

Mi sueño es publicar con ellos algún día. Entonces ¿por qué no enviarles directamente un manuscrito?, diréis algunos de vosotros, irritados por mi falta de agudeza mental. ¿Para qué molestarse en ocupar un cargo de secretaria, si tu sueño es escribir libros?

¿Pensáis que no se me ha ocurrido a mí antes que a vosotros, cerebritos?

¡Pues lo pensasteis mal!

Por supuesto que tuve la osadía de enviarles uno de mis escritos el año pasado.

Y, de manera extraordinaria, (chocante, lo sé), los ilustres señores se dignaron a contestar. Recuerdo perfectamente ese momento. No podía contener mi emoción mientras, con manos temblorosas, rasgaba el sobre que me traía las maravillosas noticias.

Os imaginaréis la decepción que me invadió cuando leí las únicas palabras impresas sobre un papel brillante de color beige (¿qué clase de editorial seria usaría papel beige, por Dios Bendito?)

En fin, supongo que esa no es la cuestión.

La cuestión es que las dos palabras eran: una y mierda, escritas por ese orden exacto. La carta venía firmada por un tal Derek Brooks, uno de los hermanos Brooks (lo deduje por el nombre).

Soy una persona pacífica y encantadora, pero ese día estallaron rayos y retumbaron truenos a mi alrededor. Los ángeles hicieron sonar las trompetas del apocalipsis. Mis ojos, aunque azules, se oscurecieron como los del mismísimo Lucifer, y a partir de ese momento, convertí a Derek Brooks en mi enemigo acérrimo.

No nos engañemos, estuve encantada de hacerlo. Brooks era mi primer enemigo declarado. Estaba tan entusiasmada de tener un enemigo, que le dediqué todas mis energías. Me alimenté del odio que despertaba en mí. Le maldije en todas las lenguas conocidas y aún por conocer. Es más, aprendí italiano solo para poder maldecir a Brooks en ese idioma.

Vaffanculo, stronzo! ¿A que suena bien?

No sé ni lo que significa. La verdad es que aprendí italiano viendo películas porno, porque no podía permitirme un profesor particular. Además, los profesores particulares no te enseñan las palabrotas, lo cual no concordaba con mis propósitos. Un amigo me dijo que en el porno había muchas palabrotas y, en fin, la cosa se descontroló.

Pero volvamos a lo del enemigo público número uno, que siempre tiendo a dispersarme.

Si iba a jugar a los dardos, imaginaba su cara en la diana. Mis flechas nunca fallaban. Mis amigos me apodaron Cupido. Si entrenaba con mi saco de boxeo, bueno, esa es una historia divertida que no tengo tiempo de contaros. ¡Porque llego tarde!

Lo que sí puedo asegurar, ahora que estoy mirando hacia atrás con la beatífica sonrisa de alguien enganchado a fuertes tranquilizantes, es que toda esa ira reprimida ha quedado en el pasado. El psicólogo dice que soy una mujer equilibrada ahora.

Es coña.

¡Nunca he ido al psicólogo!

Pero sí a una pitonisa y a un par de brujas de pacotilla. ¿Pero eso qué importancia tiene? Lo relevante es que, con terapias alternativas (hechizos y maldiciones, ¿para qué mentir?), he conseguido canalizar mi odio hacia la famosa editorial y su condenada cúpula directiva. Sobre todo, ahora que Mary White me ha ofrecido el puesto de ayudante.

Esa mujer es una leyenda viva en el mundo de las letras. Su criterio ha sacado a montones de escritores del anonimato y los ha catapultado hacia la fama.

Aunque también ha hundido reputaciones como nadie en la historia editorial…

Es honesta, a la par que implacable. No me cabe duda de que, trabajando para ella, algún día, en un futuro no muy lejano (o eso espero), alcanzaré mi sueño de publicar un libro bajo este sello. Quién sabe, puede que tengan ofertas para los empleados: su ticket de comida, su bono de transporte, su oportunidad para publicar libros, gracias.

Dicen que soñar es gratis. Y yo sueño, desde luego. Según mis padres, demasiado. Según Lucy, no lo bastante. A ver si se ponen de acuerdo, porque están volviéndome loca entre todos.

Mierda, ¡yo trabajo en la planta de arriba! ―constado cuando, al llegar al final del pasillo, no encuentro el despacho de la señora White.

Aaaaarrrrrgggggfffttttttt.

Tranquilos, no me ha saltado el gato encima del teclado. Era mi forma de canalizar la ira.

No pasa nada. Ahí hay otro ascensor. Te acercas y lo llamas. ¿Has visto qué fácil?

Pulso el botón, compruebo el reloj y suspiro. Esta mañana se me está haciendo muy, pero que muy, larga.

El ascensor llega después de una eternidad (¡¡treinta y dos segundos!!) y yo monto tan cabreada que pienso en qué canción de Iron Maiden sería ideal para acompañar mi estado de ánimo. No se me ocurre ninguna lo bastante heavy.

Por cierto, esta soy yo.

No, no miréis a la rubia escultural cuyas piernas deben de medir como mínimo un metro veinte. ¡Parece una cigüeña, la jodía!

Yo soy la morena bajita que va al lado. Sí, esa, la del aspecto ratonil, la que desentona por completo con la opulencia de este rascacielos. Nada sorprendente, ¿eh? Una granjera en Nueva York. Un buen título para mis memorias.

Hola ―le digo a la cigüeña, con mi sonrisa made in manicomio.

Ella no contesta y yo no sé cómo actuar, así que me quedo mirándola con mi cara de demente, la boca estirada en una amplia sonrisa (que luego me destrozará algún músculo de la mandíbula) y los ojos azules más grandes que nunca. La mujer está horrorizada. Seguro que piensa que voy a atacarla de un momento para el otro.

Procuro parpadear de vez en cuando. He leído (en un estudio, cómo no) que los desequilibrados no lo hacen. A lo mejor verme parpadear le resulta tranquilizador a doña Cigüeña.

Tras un minuto de tenso silencio, el ascensor se detiene.

Carraspeo y, antes de bajar, me aseguro de estar en la planta en la que realmente trabajo. Estoy aquí, y ya no hay vuelta atrás. Acabo de pasarme al lado oscuro.

Agarro con más fuerza las correas de mi bolso y hago un gesto con la mano para despedirme de la señorita rubia con aspecto de modelo. Ella, agradable criatura, no se molesta en mirarme. Vuelvo a suspirar melancólicamente. Desde que me he mudado a Nueva York, me he acostumbrado a ser invisible. Ser invisible no tiene nada de malo, Lizzy, me digo a mí misma mientras camino con pasos vacilantes hacia la que va a ser mi mesa de trabajo.

09:26:42 Llegada aquí, me siento con elegancia (es decir, que no me dejo caer como una vaca gorda), coloco mi boli de la suerte sobre la mesa y enciendo el ordenador. Tras asegurarme de que nadie ha reparado en mi desliz, me pongo a trabajar.

Lo primero que hago, como todo empleado modélico de hoy en día, es abrir el Facebook. El de mi ex, por supuesto.

09:28:12

Vaya, a Karen 91 le gusta su foto de perfil.

09:28:13

¿Quién demonios es Karen 91?

Estoy debatiéndome entre sentimientos encontrados, el odio hacia mi ex, que me dejó por otra, y los celos hacia la sonriente Karen 91, cuando escucho la voz de mi jefa llamándome desde su despacho.

Liz, ¿puedes acercarte un segundo?

Me pongo en pie con la rapidez de un soldado alemán y doy las gracias al Universo por no haber sido pillada in flagranti en mi primer día.

Obligándome a adoptar la pasmosa tranquilidad de aquel que no ha llegado ni un segundo tarde y que lo tiene todo bajo control, me aliso la falda, adopto una sonrisa profesional y encamino mis resueltos pasos hacia su despacho.

Como soy fina y elegante, llamo a la puerta antes de entrar. No voy a irrumpir como un becerro desquiciado, como hice en mi trabajo anterior. Lo de becerro desquiciado lo dijo mi jefe, no es cosa mía.

Lizzy, no entres como un becerro desquiciado.

Eso fue lo que me aconsejó, antes de entregarme la carta de despido. Nunca supe si me echaron por ser un becerro o por ser una desquiciada. En la carta no lo aclaraban.

Así que, ante la duda, llamo y espero instrucciones.

Adelante.

Entorno la puerta y piso por primera vez lo que, a simple vista, parece el despacho de mis sueños: un espacio enorme, cuadrado, bañado por un océano de luz natural. La pintura color vainilla, los enormes ventanales, los muebles de madera… Lo quiero, lo necesito, me hace falta.

Estoy rodeada de calidez. Los cuadros que adornan las paredes deben de costar más dinero que toda la granja de mis padres (el viejo Ford de mi madre incluido).

En mitad de la estancia hay una enorme mesa oval con asientos para dieciséis personas. No sé muy bien para qué se usa. ¿De verdad esta mujer reúne a tantas personas?

Oh, y, por supuesto, están las vistas: todo el esplendor de Manhattan se abre ante mis ojos cuando me detengo delante del escritorio.

Buenos días, señora White. Se la ve radiante esta mañana.

Nunca viene mal un poco de peloteo. Sobre todo, cuando has llegado casi media hora tarde.

Sin levantar la vista de la pantalla de su moderno ordenador, Mary White se coloca tras la oreja un brillante mechón pelirrojo. Bob largo. Carré. La moda del año. Esta mujer tiene estilo. A ver si se me pega algo.

Lizzy, me temo que ha habido un pequeño cambio.

Envidio la serenidad de las mujeres elegantes. Ojalá yo fuese como ella, neoyorquina, sofisticada y…

Un momento. ¿Qué intenta decirme?

¿Cambio? Una palabra que siempre he detestado.

Resulta que no vas a trabajar para mí.

¡Genial! Mi primer día aquí, y ya me despiden. Cuando nadie lo creía posible, voy y supero mi propio récord.

Vaya, eso es… Quiero decir… ¿Por qué? Si es por haber llegado tarde, tengo una explicación que… Bueno, unas obras en medio de… Y también ese desastre natural que…

¡Vale!, ¡se me da muy mal mentir!, así que cierro la boca y voy al grano.

¿Me van a despedir?

Curiosamente, te vamos a ascender.

¿Acaso he entrado en un Universo alternativo en el que yo he dejado de ser Elisabeth O’Connor? A mí nunca me pasan cosas buenas. Nunca. ¡Jamás! Aquí hay truco, seguro. Me lo dice mi olfato wisconsiniano.

¿Ascendida? ¿Yo?

Mi reciente ex jefa levanta sus azules ojos del ordenador y me lanza una mirada entre divertida y compasiva.

Ascendida ―repite, y despliega el índice para señalarme el techo de su despacho―. Última planta.

Los segundos mueren en silencio. Tiene que ser alguna clase de broma macabra que mi pequeño cerebro no es capaz de pillar.

Última planta… ―murmuro pensativa, y la vuelvo a mirar para asegurarme de haberlo entendido bien―. Pero eso no puede ser cierto, puesto que en la última planta está el despacho de…

Derek Brooks. Exacto. Y tú llegas tarde. A su alteza no le gustan las secretarias desobedientes.

Espere. ¿Voy a trabajar para…?

Tic tac, Lizzy ―me acalla con impaciencia―. El tiempo no juega a tu favor. Te están esperando en la última planta, así que corre, corderillo, corre, o cerrarán el matadero antes de que consigas entrar. Y sería una auténtica pena perderte toda la diversión.

Se le ve demasiado satisfecha. Me preocupa. Esta mujer es malvada. ¿Por qué se alegra tanto? ¿Vamos a morir todos?

Murmuro un aterrado gracias y salgo de su despacho enfrascada en mi abstracción. Regreso a mi mesa, agarro mi boli de la suerte y lo vuelvo a guardar.

Bolso en la mano, camino hacia el ascensor como una autómata. Soy incapaz de recuperarme de la conmoción. ¿Derek Brooks quiere que trabaje para él? ¡¿Por qué, en el nombre de Dios?!

No dejo de preguntármelo mientras el ascensor me traslada a la última planta del edificio Brooks.

En cuanto se abren las puertas con el ya familiar silbido, peino todo el vestíbulo con la mirada, pero no veo a nadie. ¿Acaso los empleados de Shrek tienen miedo a las alturas? No hay secretarias ni recepcionistas.

De hecho, ni siquiera hay mesas o mostradores para dichos cargos. Todo lo que me rodea resulta escalofriante. El silencio atronador, el larguísimo pasillo blanco hospital, la falta de ventanas; todo esto me recuerda a una película de miedo. Es como una espiral que gira y gira y gira, psicodélica y mareante.

Igual no tenía que haber empezado la dieta cero azúcares precisamente hoy. ¡Estoy desfallecida!

Espero que al fondo de este pasillo haya un despacho lleno de empleados. Si no, este lugar sería demasiado siniestro. ¿Seré yo la única alma que deambula por la última planta?

09:32:05

No, espera. Escucho unos tacones.

09:32:12

Ah, es la rubia del ascensor, que viene hacia mí muy cabreada.

Esta vez, se digna a lanzarme una mirada despectiva de arriba abajo. Un segundo después, el ascensor se la ha tragado y vuelvo a estar sola.

Con el corazón palpitante, me agarro a mi bolso, mi única conexión con el mundo exterior.

Esto es estúpido. ¡Estoy temblando y todo! Mi imaginación se ha vuelvo loca y me muestra toda una serie de imágenes espeluznantes.

Freddy Kruuuuueger.

Jason Vooooooorhees.

Donald Truuuump.

No me vais a negar que ese peluquín da repelús.

¡Solo es un despacho, por el amor de Dios, Lizzy! ―gruño por lo bajo, y me obligo a comportarme como una adulta.

09:32:00

¡Ya basta de tonterías! Alzo el rostro y avanzo hasta que encuentro una mesa y un ordenador. Es lo único que hay, así que deduzco que este será mi sitio. No veo a nadie a quien preguntárselo, de modo que ocupo el sillón y aguardo unos momentos. Agudizo el oído.

09:32:51

Nop, nadie dice nada. Pues ya está. He llegado. Ahora, a trabajar.

09:33:21

Lo cual es fácil de decir.

O sea, en teoría, debo trabajar. En la práctica, no sé qué se supone que debo hacer. ¿Por qué no ha venido nadie a darme instrucciones? Qué gente más rara.

09:37:00

Sigo aquí. La vida se me pasa de largo. Qué deprimente.

09:38:04

A falta de tareas con las que entretenerme, enciendo el ordenador, coloco al lado del teclado mi boli de la suerte y empiezo a husmear dentro de los cajones de mi enorme mesa nueva.

Vaya, cuantas cosas. Incluso hay un cepillo de dientes, nuevo a estrenar. ¿Por qué? ¿Brooks da por hecho que descuido mi higiene dental?

¡Melissa! ―truena una voz masculina a mis espaldas. Su alteza, me figuro.

Por culpa del sobresalto, se me cae al suelo una agenda que estaba cotilleando. Con aire culpable, me agacho para cogerla.

¿Es que estás sorda? Llevo media hora llamándote. Llegas tarde.

Solo puedo ver sus zapatos: negros, brillantes, muy limpios. Carísimos, naturalmente.

Mis ojos suben despacio por sus largas piernas, tapadas por un pantalón negro de marca, continúan por su torso (calculo mentalmente lo que debe de valer el traje que lleva, sin sumar los zapatos, y me horrorizo) y terminan observando esos ojos oscuros que parecen taladrarme.

¡Hostia puta!

En la diana me imaginaba a un tal Derek Brooks gordo, medio calvo y con mucha mala leche. En sus cuarenta y muchos. Amargado por culpa de sus problemas de erección y su incipiente calvicie.

Nunca imaginé que Derek midiera metro ochenta de altura, fuera delgado y fuerte a la vez, muy atractivo, moreno, masculino. Nada de problemas de erección. Estoy convencida de que este hombre es de lo más viril. Como los conejos, probablemente.

¿He dicho ya que es atractivo? Dios mío. ¡Se me han empañado las gafas de lo guapo que es! La vida es muy injusta. ¡Los malvados no pueden ser guapos! Todo el mundo sabe que los malvados son feos. Porque la maldad deforma a la persona. ¿No?

¿Hola? ―Brooks pasea la mano por delante de mis ojos para llamar mi atención―. ¿Hablas mi idioma?

Es un alivio saber que al menos he acertado en cuanto a su mala leche.

Hago el esfuerzo de recomponerme tras la conmoción, parpadeo y sostengo su mirada.

Disculpe, no sabía que estaba llamándome a mí ―acierto a decir, en un murmullo apenas audible. Tragando saliva, me enderezo en la silla y dejo la agenda sobre la mesa.

Si este es mi jefe, quiero morirme. Cómo es posible que el hombre más atractivo de todo Manhattan ¡¿sea EL JODIDO DERECK BROOKS?!

Está claro: vamos a morir todos. Y yo, la primera. De pena. Porque jamás podré ligármelo. A fin de cuentas, ¡odio a este tipo!

Derek Brooks, cruzado de brazos, me observa con aire divertido. No sé si es consciente de los conflictos mentales que me atacan cual abejorros.

¿No sabías que te estaba llamando a ti? ¿Es que hay otra Melinda por aquí?

¿No era Melissa? ―tengo la osadía de corregirle.

Él entorna los ojos con exasperación.

Melissa, Melinda, Miranda… ¿Qué más da? ¡Tú!

Es que yo me llamo Lizzy ―susurro, con un nudo en la garganta.

Su rostro adquiere un aire tierno. Esto no pinta nada bien.

Oh, ¿en serio? ―dice en tono burlón y, acto seguido, se expresión afable se quebranta, oscureciendo y endureciéndose por partes iguales―. ¡Es ridículo que una mujer de tu edad se haga llamar Lizzy! ―truena, y yo pego un brinco en mi silla―. ¡Y tráeme un café! ¡Lo quiero para ayer!

Tras rugir como el Rey León, regresa a su despacho, dejándome sola y traumatizada. Menudo primer día. El ogro es un ogro, pero tiene el aspecto de un príncipe azul. ¿En qué clase de mundo retorcido estamos viviendo?

09:42

Me trago el nudo de la garganta y cojo mi bolso para ir a comprarle a su señoría un café, que, por cierto, no ha mencionado cómo lo toma.

09:43

No quieres matar a tu jefe, no quieres matar a tu jefe, me mentalizo en el ascensor. Huuuuummm. Huuuuummmm. Paz mental. Mariposas. Primavera. Flores. Gatitos lindos. Damon Salvatore. Hachas. ¡No, hachas, no! ¡Hachas no! VADE RETRO. ¡Vuelve a lo de los gatitos! Gatitos. Gatitos lindos. Huuuuummmm. Damon Salvatoreee. Gatitos con colmillos. Feroces, feroces colmillos.

09:44

¡A la mierda la paz mental!

Mi subconsciente pretende cargarse a Brooks. A lo mejor en la otra vida fui Billy el Niño o Jack el destripador, o… ¡el maldito Allan Poe!

09:44:28

El ascensor llega abajo y yo me doy prisa para salir antes de que me aplaste un grupo de ejecutivos. Los ejecutivos siempre caminan como los zombis, ¿os habéis dado cuenta? Van en masa y no reparan en nada de lo que sucede a su alrededor. Les mueve un único fin: devorar los cerebros de sus subordinados.

09:48

Otra vez en la calle. Encuentro el Starbucks más cercano, entro y me pongo a la cola.

09:49

Mientras espero a que me atiendan, medito sobre qué clase de café podría comprarle a mi jefe.

¿Uno que lleve cianuro?, me propone mi horrible consciencia.

Deshecho ese pensamiento de mi mente y me obligo a sonreírle al camarero, un chico joven, rubio, muy guapo. Sus celestiales ojos azules se cruzan con los míos, lo cual me deja embobada durante un buen rato. Creo que necesito echar un polvo. Llevo todo el día observando con ojos hambrientos a los hombres con los que interactúo. ¡Si incluso me parece atractivo Derek Brooks! ¡Menudo disparate!

¿Puedo ayudarte?

¿Qué? Ah, sí, claro ―me espabilo al darme cuenta de que llevo unos cuantos segundos mirándolo con una sonrisa bobalicona―. Hola. Un café, por favor.

Los labios del chico se despliegan en una sonrisa.

Vale. ¿De cuál?

Pues… hmmmm… ―Miro las ofertas, pero no soy capaz de decidirme―. Uno de cada, si eres tan amable.

El rubio apoya las palmas en el mostrador y en su boca aflora un gesto socarrón. Dios mío, es realmente guapo. ¿Estaré en celo, como los gatos?

Déjame adivinarlo. Trabajas para Derek Brooks.

Parpadeo asombrada.

¿Cómo lo sabes?

No llevo demasiado tiempo por aquí, pero tengo entendido que Brooks es una leyenda entre los camareros. Resulta que todas sus nuevas asistentes pasan por esta tienda y piden lo mismo. Susurran las malas lenguas que, si una no acierta a la primera, la despide. ¡Sin preaviso! Toma.

Mis agudos ojos enfocan el vaso de plástico que me ofrece.

¿Qué es? ―pregunto, alargando el brazo para cogerlo.

Discretamente, despego el post it en el que han escrito el nombre de Derek Brooks y me lo guardo en el bolsillo de la falda. Si acierto, quiero que su alteza piense que es mérito mío. Ya hemos empezado con mal pie esta mañana.

Café solo, sin azúcar ni leche ni nada raro. Es así como lo toma.

Vaya. Gracias, eh… ―Me fijo en el nombre que pone en su camiseta―… Jensen. Me llamo Li… ―me detengo al recordar el malicioso comentario de mi jefe sobre mi nombre y sonrío abochornada―. Ejem… ¡Elisabeth! Encantada de conocerte.

Nos damos la mano por encima del mostrador. Yo parezco torpe y desaliñada; él, seguro de su atractivo. Somos como Giselle Bündchen y Homer Simpson. Y para que quede claro, Giselle no soy yo.

Lizzy te pega más ―asegura Jensen, el cual retiene mi mano y me observa, fascinado por mis ojos.

¿De verdad? ―me asombro y ladeo la cabeza hacia un lado―. ¿No crees que sea ridículo que una mujer de veinticuatro años se haga llamar Lizzy?

¿Y tú no crees que sea ridículo que un hombre de veintinueve trabaje en un Starbucks? ―repone él mientras intenta refrenar una sonrisa.

Pues no. ―Frunzo el ceño y lo miro confundida―. ¿Por qué iba a serlo?

Jensen se hace el misterioso y no suelta prenda. Sonríe y me guiña el ojo.

Hasta mañana, Lizzy.

Como no puedo entretenerme mucho más, me despido con la mano y vuelvo a la oficina.

09:59

¿Lizzy? ―El ogro me ha escuchado mucho antes de alcanzar yo su puerta. Tiene oído fino. Como los zorros―. ¿Eres tú?

Pongo los ojos en blanco.

¿Quién va a ser sino? Aquí no hay nadie más. ¡Por algo será!

Abro su puerta enérgicamente, irrumpo como un becerro desquiciado y me detengo en el umbral.

¡Dios Santo!

¿Para qué necesita este hombre tantos metros cuadrados? ¡Tiene incluso un sofá! ¿Es qué duerme aquí?

Un momento.

No esperará que yo haga lo mismo, ¡¿verdad?! Tengo una vida. De acuerdo, puede que sea aburrida. Y sosa. Y tal vez escasa. En ocasiones. Pero una vida, al fin y al cabo.

Traigo su café ―me obligo a recuperarme de la conmoción y deposito el vaso sobre su escritorio con mi sonrisa más profesional.

Brooks levanta la mirada del móvil y me contempla con aire inexpresivo.

Llegas tarde. Siempre tomo mi café antes de las nueve.

Claro que sí. ¿Por qué iba a decir: Gracias, Lizzy, ha sido muy amable por tu parte desplazarte hasta a tomar por culo para comprarme a mí un café?

Lo siento, pero tendrá que cambiar sus hábitos, o comprarse usted mismo el café. Yo empiezo a las nueve.

Con estudiada parsimonia, Derek coloca el iPhone sobre el enorme escritorio de cristal, tan frio como su persona, y se acomoda en el sillón. Me avergüenza confesar que me tiemblan las bragazas cuando sus oscuros ojos se clavan en los míos.

En cuanto a eso. A partir de mañana, quiero que estés aquí a las siete y media.

¿Y se le ofrece algo más a vuestra alteza?, ¿aparte de hacerme madrugar solo para comprarle un estúpido café, sin azúcar, leche, ni nada raro? ―repongo, con una mirada a la altura de la suya.

De acuerdo, puede que deba aprender a no soltar lo primero que se me pasa por la mente. Ahora viene cuando me dice que estoy despedida. Puedo sentirlo, y eso que el Universo no me ha concedido el don de la clarividencia. Aunque tampoco lo necesito. Sé de antemano que me echaré a llorar cuando tenga que llamar a mi padre y suplicarle que me pague el alquiler de este mes.

Nop. Con eso me doy por satisfecho. ―Para mi sorpresa, sonríe―. Gracias, Lizzy, querida.

Y, sin añadir nada más, me despide con un impaciente gesto de su todopoderosa mano.

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