Capítulo 1 Una Eternidad juntos

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Primera parte

La danza de la Muerte

“Quien con monstruos lucha

cuide de convertirse a su vez en monstruo.

Cuando miras largo tiempo a un abismo,

el abismo también mira dentro de ti.”

Friedrich Nietzsche

Prólogo

Principado de Transilvania, 1499

El cuervo, que la contemplaba con estúpida indiferencia desde lo alto de una corroída cruz de piedra, era tan siniestro que a Anastasia se le contrajo el estómago. No pudo eludir sus ojos mientras caminaba apresuradamente por el sendero que conducía a las gruesas puertas de madera del monasterio. Dominada por un nerviosismo que era incapaz de controlar, en repetidas ocasiones tuvo que secarse la humedad de las palmas encima de su casto vestido de luto, cuyo cuello cerrado había empezado a resultarle sofocante. Mátyás, su querido protector y rey de Hungría, acababa de fallecer. Ahora estaba indefensa en su lucha contra la oscuridad que amenazaba con devorar las pocas almas puras que quedaban en Europa.

Sus ojos, verdes y cada vez más dilatados de horror, se alzaron por un segundo hacia la inscripción que circundaba el pórtico:

Benedictus qui venit in nomine Domini”.

Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Qué divertida comedia! El hombre que la acompañaba, desde luego, no penetraba aquel santuario en nombre de Dios.

Intentando eludir la avalancha de desaliento que la estaba asaltando despiadadamente, ralentizó el paso, quizá con la intención de retrasar el ineludible final de su propia historia. Sus ojos se giraron ausentes hacia el viejo manantial que brotaba veloz de las rocas de montaña, entre las cuales se hallaba tallado el antiguo monasterio. El agua parecía helada. No se extrañó demasiado, el invierno estaba al caer y un aire glacial soplaba en torno a sus hombros, removiendo la fina tela de su vestido. Pronto, una densa oscuridad cubriría la tierra. Y puede que su alma también. Llevaba semanas enteras danzando en el borde de un abismo, y sabía que, pronto, muy pronto, la negrura acabaría tragándola. Pero como no quería pensar en nada de eso, se centró en la imagen del manantial.

El tiempo se le escapaba de las manos y trascurría tan deprisa como aquellas aguas que se estrellaban contra el suelo. Durante algunos segundos, no pudo hacer más que mirar las gotas que caían y perderse en ellas. De pronto, el aire en derredor suyo se volvió aún más gélido. Tuvo la inquietante sensación de que el tiempo iba ralentizándose, hasta que se detuvo por completo, como si el mismísimo Dios hubiese decidido paralizar el mundo entero con el único fin de dejarla atrapada eternamente en aquel momento de su vida. Todo cesó: los sonidos de la naturaleza, los gorjeos de los pájaros, el susurro de viento; cesaron para dejar paso a un terrible silencio. Tan solo el agua siguió corriendo, gota tras gota, desafiando esa mortal quietud.

Anastasia se sintió como un espectro que acababa de abandonar su cuerpo para contemplar toda la escena desde arriba. Apenas habían empleado unos segundos en alcanzar la entrada al monasterio. Pero para ella, semejaron milenios enteros.

El cuervo pasó volando por encima de su cabeza, y su graznido llegó a sus oídos como algo muy lejano. Sus ojos, completamente huecos, se movieron hacia su acompañante; vieron su sonrisa, se fijaron en la dureza de su perfil. Sus ojos lo vieron todo, sin ver nada en absoluto.

En el rostro le transparentó una angustia infinita cuando su mirada se detuvo finalmente sobre los brillantes iris del hombre, que, a su vez, estaba mirándola a ella. Se tomó algunos segundos para intentar reconocer en sus facciones al joven con el que se había casado, al que ella aún amaba, después de todo. Lo intentó, pero no pudo ver más que a un monstruo.

Es un hermoso, letal y despiadado monstruo, pensó, y ese pensamiento fue tan abrumador que las sienes empezaron a latirle violentamente. Si tan solo pudiera acabar con ese martilleo que le impedía pensar…

Te veo pálida, princesa. No irás a desmayarte ahora que tan cerca estamos.

Anastasia se quedó congelada mientras su rostro se torcía en una mueca de rabia. Para él todo aquello era como una especie de juego macabro que nadie más era capaz de entender y jugar. Se horrorizó solo de pensar en la magnitud de las atrocidades que la estarían aguardando detrás de esa puerta, en la aborrecible oscuridad, esperando a que ella las encontrara. A fin de cuentas, en eso consistía su sangriento juego.

¿Gabriel, qué has hecho? preguntó cuando ya no pudo aguantar más toda esa tensión.

Pese a que su voz apenas había sido un susurro, el hombre pudo notar en ella el acento extranjero, tan pronunciado que ni siquiera el miedo era capaz de suavizar. Sonrió al escuchar su modo de articular la palabra Gabriel. Le gustaba su modo de hablar. De hecho, no había nada que no le gustase de ella. Anastasia era pura pasión. Era exquisita. El fruto prohibido que él se había empeñado en tener.

Gabriel, por favor…

Vencida por la desesperación, se aferró a su brazo, con la esperanza de encontrar en él algo de apoyo, como tantas veces había encontrado en el pasado. Resultó devastador descubrir que esta vez no recibiría nada, salvo una lánguida mirada, un gesto que no reconoció, pero que le resultó tan despiadado que le heló la sangre dentro de las venas. Entrecerró los parpados solo para que él dejara de hundir sus ojos en los suyos con tanta osadía. Eran terribles todos los secretos que se ocultaban tras esa mirada.

Cada vez que lo sorprendía contemplándola de ese modo suyo tan concentrado, cada vez que en sus pupilas destellaba esa chispa de locura, ese espeluznante interés en ella, a Anastasia se le ponían los pelos de punta.

Y, a pesar de todo aquello, no era capaz de dejar de amarle.

Me pediste que te confesara mi alma empezó él con perfecto aplomo. Este soy yo confesándotela, Anastasia. Cuando abra esta puerta, lo sabrás todo. No habrá más secretos entre tú y yo, amor, porque, cuando esta puerta se abra…

Interrumpiéndose súbitamente la miró como un hombre que estaba a punto de venirse abajo. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para conseguir acabar la frase.

Cuando esta puerta se abra, podrás ver los confines de mi propio infierno concluyó con apenas un hilo de voz.

¡Dios mío!, ¿qué has hecho? susurró ella, aterrada.

En lugar de contestar, el hombre se precipitó sobre ella, la abrazó y, con los labios colocados en su suave pelo, cerró los ojos por unos instantes. Anastasia fue incapaz de moverse, temerosa de que, si lo hacía, todo aquello acabaría.

Él la abrazó con más fuerza, y ella se sintió maravillosamente. Se preguntó si sería posible retroceder el reloj y fingir que él no era un monstruo. Fingir que aún había una salvación para ellos dos. Fingir que una eternidad juntos aún era posible.

¿Sabes qué es lo que se oculta detrás de esta puerta, mi princesa? Codicia. Deslealtad. Traición. Todos eran corruptos. Confía en mí. No he obrado injustamente. Nunca en mi vida he sido injusto. Nunca hice nada que no tuviera que hacer.

Anastasia notó los ojos cargados de lágrimas, pero no se dio el capricho de llorar. No podía mostrar señales de flaqueza. No ahora. No delante de él.

¿Cómo podría confiar en un monstruo como tú? repuso con voz inflexible. ¿No te das cuenta de ello, Gabriel? ¿No puedes ver que te amo y te temo a la vez? No puedo confiar en ti. No después de lo que has hecho.

La esquina derecha de la boca masculina se alzó en una mueca irónica.

Mujeres. ¡Qué poca fe tenéis siempre! con gesto repentino, se apartó de ella. Tan poca fe… esbozó una sonrisa cruel mientras se le cambiaba la expresión de los ojos, volviéndosele feroz. Y, sin embargo, conspiráis con los sacerdotes ¡PARA DERROCAR A UN PRINCIPE!

El corazón de Anastasia registró la puñalada. Lo sabía. Él lo sabía y ahora todo estaba perdido. Debía actuar de inmediato si no quería perder una batalla más. «El león se ha alzado demasiado alto», le había dicho el padre Andrei tan solo dos días antes. El león tenía demasiado poder, y ahora sabía quiénes eran sus enemigos.

¡Gabriel, dime qué has hecho! le gritó con los ojos encendidos.

Ante su tono autoritario, el hombre soltó una risotada. Últimamente hasta sus carcajadas sonaban malévolas. Anastasia evitó pensar en cómo era él al principio, cuando estaban tan locamente enamorados que incluso habían creado un mundo solo para ellos dos. En su mundo privado no cabía la desolación, ni la miseria que los rodeaba.

Antaño, nadie, ni siquiera la oscuridad, podía penetrar su mundo para contaminárselo. Ahora, ese mundo se había derrumbado bajo la suela de sus zapatos y solo quedaban los copos de ceniza. Ceniza y unos cuantos recuerdos que ella se esforzaba en reprimir, pues sabía que le provocarían tanto dolor que la derrumbarían ahí mismo.

Su mundo había sido mancillado de sangre… y más sangre que iba a correr aún. Su obligación era llevar a cabo la misión que la Iglesia le había encomendado. Una parte de su alma aún se negaba a hacerlo. Durante interminables horas, su mente había estado buscando fervientemente otra salida. Fue al escuchar esa risa cuando recordó que no había expiación posible para ellos dos; no había salida, ni salvación. No quedaba nada, salvo abismo y condena. Y ella cumpliría con su promesa porque no había modo alguno de salvar su amor.

¿Por qué no abres la puerta y lo descubres por ti misma, amor mío?

Con aterrador furor asomando en sus ojos, Anastasia lo agarró por los brazos y lo empujó hacia un lado, usando todas sus fuerzas para apartarlo de su camino. Sin pensárselo dos veces, tiró de la puerta para abrirla.

Desde el umbral, no vio nada durante los segundos que sus ojos necesitaron para acostumbrarse a la oscuridad de dentro. Él siguió riéndose, y riéndose, y riéndose, como un niño complacido por la maldad que acababa de hacer. Esa risa se le estaba clavando en lo más profundo del cerebro. ¡Por Dios, que alguien lo acallara! No podía concentrarse en nada más.

¿No dices nada, mi dulce princesa? ¿Acaso te disgusta mi obra maestra?

En ese momento, todo adquirió nitidez delante de sus ojos. El terrible alarido que escapó de su garganta creó eco entre los muros de piedra.

¡Dios mío, están muertos!

Se quedó helada justo en la línea dónde la claridad de fuera apenas se atrevía a rozar la profunda oscuridad que reinaba en el Monasterio Negro.

Muertos… repitió en un profundo estado de conmoción.

Los labios y las extremidades le estaban temblando, y hacía tiempo que el aire había dejado de penetrar sus pulmones. Absorta en la escena que contemplaban sus ojos, se tapó la boca con las palmas para ahogar otro grito.

¡Muertos! Solo hay muerte aquí dentro. Podredumbre. Condena. ¡Abismo!

Sintió que la tierra giraba con demasiada rapidez bajo sus pies y, por un momento, deseó desmayarse. Pero ni siquiera se le concedió ese alivio. Dios la estaba obligando a permanecer lúcida, quizá para castigarla por todos sus pecados. La sangre de los inocentes clamaba justicia, y ella estaba obligada a escuchar los gritos de los muertos.

Lágrimas de derrota brotaron de sus hermosos ojos, se le escurrieron por las mejillas y se le juntaron bajo la barbilla; eran unas lágrimas brillantes, imparables, demasiado evidentes como para conseguir disimularlas. Falta de fuerzas, se dejó caer de rodillas en el mismo umbral, y desde ahí contempló, lejana, la perversa escena que Gabriel había preparado para ella. Todos los sacerdotes y los monjes, hombres que habían sido sus únicos confidentes desde que había pisado esas tierras, yacían ahora en el altar, un cuerpo encima del otro, formando una grotesca pirámide. Alguien, sin la más mínima compasión, les había cortado la yugular.

¡Cuánta sangre!, pensó horrorizada, mirando el oscuro líquido que empapaba el suelo de madera. ¿Cómo puede gustarle tanto la sangre?

Lo que se extendía delante de sus ojos era una imagen terrible, una pesadilla que nunca iba a terminar. No quería mirar, no quería ver el inmenso horror pintado en aquellas facciones congeladas, o ese espantoso aire de acusación que aún desvelaban sus ojos, tan abiertos y tan… ¡muertos!, de modo que apartó la mirada.

Una vez más.

Estaba tremendamente cansada de tanto apartar la mirada; de encontrar siempre una justificación a esos actos de crueldad. Estaba tan cansada de no admitirse a sí misma la única, horrible e irrefutable verdad: amaba a un monstruo. Lo amaba con todas las fuerzas de su ser, aun sabiendo lo enfermizo que era aquello.

¿Cómo podía amarle con cada latido de su corazón?

Mientras el tiempo volaba sin detenerse, sus ojos vagaron por las imágenes religiosas que cubrían las paredes hasta descubrir las gotas color granate que se deslizaban por el rostro de la Virgen María. Desde ahí parecía que… Sus pensamientos se detuvieron ante esa idea. Atónita, ladeó la cabeza y contempló la imagen con gran interés, dejando que una capa de escarcha se expandiera por todo su corazón.

El rostro de la santa estaba cubierto de sangre. Las profecías estaban cumpliéndose. Así estaba escrito: “El día en el que se cometa sacrilegio en tierra santa, los iconos llorarán amargas lágrimas de sangre, anunciando el fin de una era”.

Nadie habló durante al menos dos minutos. Él había dejado de reírse y ahora la escudriñaba con la atención de un leopardo que contempla a su presa. Anastasia, en lo más profundo de su ser, sabía que solo era cuestión de tiempo hasta que el depredador le saltara encima para devorarla. Y también sabía que, llegado ese momento, a él no le importaría en absoluto ese amor que juraba a los cuatro vientos. Así de sencillo, la aniquilaría.

En la misma casa de Dios… con aire vencido, movió la mirada hacia él y lo evaluó durante unos momentos, cada vez más furiosa a causa de su imperturbabilidad. ¡Los has masacrado en la misma casa de Dios! rugió tan alto que él estuvo convencido de que aquella ridícula araña que tan solo servía para recalcar el poderío de la Iglesia, había temblado.

Los segundos se sucedieron en completo silencio; el hombre dejó de examinar la lámpara y bajó lentamente la intensidad de sus ojos hacia Anastasia, mas no dijo nada. Con aire distraído, la observó por algo más de medio minuto, hipnotizado por la belleza de su rostro. Siempre le había fascinado lo hermosa y frágil que era. Ignoraba la fortaleza que se ocultaba en su interior, como una violenta tempestad que esperaba a ser desencadenada.

Esta vez, Anastasia aguantó su mirada. Había comprendido, por fin, que la debilidad solo era un lujo asignado a los ingenuos. Esta vez no iba a haber debilidad en sus actos. Ya no.

¿Qué vas a hacer, Anna? ¿Luchar o llorar?

Una vez más, se enfrentaba a esa pregunta. Y Anastasia sabía perfectamente cuál iba a ser su respuesta.

¿Dios? la sobresaltó la voz del hombre. ¡¿DI-OS?!

Pasando apresuradamente por delante de ella, avanzó hasta el altar, y ahí se detuvo delante del icono que lloraba sangre. Durante unos segundos se quedó demudado, con la mirada perdida en algún punto o, quizá, en alguna gota de sangre. ¿Lloraba la madre de Dios? Bien, porque él no había hecho más que empezar.

¡Incendiaré todas sus iglesias! amenazó entre dientes mientras miraba el rostro de la Virgen María con expresión extraña.

Lo que fuera que viera en el rostro de la santa le produjo tal arrebato de locura que gruñó un sonido inarticulado de agresividad y, con un gesto rápido de su mano, barrió todos los crucifijos de oro que descansaban encima del altar. La dureza del metal le hirió la piel, pero él no se inmutó; cogió un cuadro, que retrataba el camino de la cruz, y lo lanzó contra el suelo de piedra. Tenía pensado derribar la Iglesia desde sus mismos cimientos. Sí había algo que él detestara, era la alta traición. Y, a lo largo de su miserable vida, le habían traicionado ya demasiadas veces.

Los sacerdotes te detendrán antes, Gabriel.

Divertido, se volteó de cara a ella.

¿Los sacerdotes? acotó con cínico humor. Oh, ¿te refieres a aquellos intrigantes hombrecillos que se creen con derecho a gobernar MI reino? Déjame confesarte algo, dulce Anastasia. Mataré a todos los sacerdotes de este país y luego me beberé su sangre le susurró y, ante esa idea, soltó una risa demente.

Ella lo miró, completamente horrorizada por la mueca espantosa en la que se había torcido ese rostro masculino, tan desconocido en aquel momento.

Dios no va a permitir que te alces en su contra advirtió, intentando mantener la calma.

¿¿DIOS?? ¡Dios! escupió, lleno de desprecio. ¡Destruiré a tu Dios como Él destruyó Sodoma y Gomorra! rugió, con los ojos fulgurando un relámpago de insania.

Pálido de ira, le dio la espalda para volver a examinar el icono que lloraba. Detrás de él, Anastasia apretó los puños con rabia.

Eres una blasfemia para todo lo sagrado masculló, altiva.

Él rio, aunque sin demasiadas ganas. No era capaz de apartar la mirada de ese rostro lleno de sangre. Era la primera vez que se hallaba ante la obra de Dios. Hasta aquel entonces, solo había visto la del Diablo. Por desgracia, demasiadas veces ya.

Jamás supo dónde había encontrado ella la daga. O las fuerzas. Ni siquiera la había visto acercándosele. Estaba tan inmerso en su contemplación, que no se dio cuenta de nada. No entendió lo que estaba sucediendo, hasta que sintió el frío metal traspasando la barrera de su carne, para clavársele muy adentro. Era un tanto irónico. El puñal se le había clavado casi tan adentro como la misma Anastasia lo había hecho, tiempo atrás.

Y por eso debes morir terminó ella en voz muy baja.

Lentamente, giró la cabeza hacia ella y la miró con ojos dilatados de agonía. No podía creer que ella…

No, ella no. ¡Ella no!

Con lágrimas de impotencia surcando su anguloso rostro, sacudió la cabeza una y otra vez, mientras la miraba. Era una idea desgarradora pensar que precisamente ella, de todos ellos…

Por favor, ella no…

Tambaleándose, dio un paso hacia atrás y se arrancó la daga, aunque el esfuerzo resultó devastador. La sangre empapaba la tela de su camisa, como un dibujo grotesco que no hacía más que aumentar y aumentar. Poco a poco, el blanco se volvía escarlata. Pronto, la vida se convertiría en la muerte.

Se tambaleó de nuevo. Apenas le quedaban fuerzas para mantenerse en pie. Luchó por conseguirlo, se agarró a la esquina de una mesa, pero acabó perdiendo la batalla. Una más, pensó resignado, antes de dejarse caer. No tenía sentido seguir aferrándose a esa vida. De todos modos, había resultado miserable.

Para su asombro, no llegó a precipitarse hacia el suelo. Unas manos lo atraparon y lo apoyaron con firmeza contra el muro de piedra. Pese a todo, Anastasia jamás lo habría dejado caer. ¿Cómo abandonarlo en sus últimos momentos? Necesitaba tan desesperadamente despedirse de él.

Su único amor.

Oh, Gabriel, lo siento tanto lloró, pasándole dos dedos por las esquinas de la boca para limpiarle la sangre. Estaba harta de toda la sangre que los había rodeado desde el mismo comienzo.

Con él entre sus brazos, se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo. Los ojos del hombre, negros, aterradores y tan interrogantes, se clavaron en los suyos cuando ella lo hizo apoyar la cabeza en su regazo.

¿Que… has… hecho, insensata?

Aturdida como estaba, Anastasia arrastró los dedos por su rostro, incapaz de dejar de sollozar. Sabía que era la última vez que lo acariciaría.

Adiós, mi hermoso Gabriel. Mi amor. Te amo más que a nada, pero alguien debía detenerte.

Se estaba desangrando. Lo sabía. Lo sentía. Iba a morir. Con expresión de estupefacción, intentó llevarse ambas manos al pecho para frenar de algún modo el torrente de sangre cálida, pero la sangre corría demasiado deprisa como para ser detenida. Consciente de que nada podía hacerse, desistió, y empleó las últimas fuerzas que le quedaban para oprimir la muñeca de la mujer que lo había significado todo para él. Trascurrieron unos instantes hasta que fue capaz de encontrar las energías necesarias para componer una sonrisilla tranquilizadora. No soportaba verla llorar. Ni siquiera ahora. Ahora, que ella le había traicionado como lo habían hecho todos los demás a lo largo de su vida.

Le costaba hablar. Abrir la boca, inundada por su propia sangre, suponía un esfuerzo demasiado grande, pero sabía que acabaría consiguiéndolo si se empeñaba. ¡Tenía que conseguirlo! Necesitaba formular esas palabras. Ella debía saberlo.

No es un adiós le dijo en voz apenas audible, mientras su rostro se contorsionaba en una mueca de dolor. Volveré de entre los muertos… y tú vivirás… hasta que… vo… v… la sangre le llenó la boca, así que tosió Volvamos… a v… ver-nos… amor mío.

Ese fue su último hálito en la tierra. Sus parpados cayeron, las fuerzas lo abandonaron. En cambio, sus dedos se quedaron aferrados a su muñeca.

¿Gabriel? lo sacudió, desesperada. ¡¿Gabriel?! ¡Di algo! ¿Por qué no hablas, vida mía? ¿Por qué no…? se detuvo y miró espantada esas facciones tan impasibles.

Ni un solo músculo de su bello rostro se movía. Sus pestañas no parpadeaban. ¿Por qué no se movían? ¡¿Por qué no se movían?!

Entonces lo comprendió, y se vino abajo.

No… ¡No! ¡Gabriel!

El segundo alarido de la princesa fue incluso más terrible que el primero. Estrujó el cuerpo sin vida contra el suyo, hundió el rostro en sus cabellos y gritó hasta quedarse sin fuerzas.

¡Gabriel! lo llamó por enésima vez, enloquecida de dolor.

Pero en ese cuerpo ya no quedaba nadie que pudiera contestarle.

Sus cálidas lágrimas se escurrieron por aquellos rasgos tan hermosos, tan pálidos y lejanos, ¡tan muertos!, y se mezclaron con la sangre, diluyéndola, fundiéndose en ella.

Su rostro estaba teñido de rojo, de modo que las lágrimas que recorrían sus mejillas parecían sangre. El agua era sangre, la vida era muerte, el pecado, penitencia, y el mundo entero se había convertido en un oscuro abismo. Solo le quedaba aquello: la nada y la oscuridad. La única luz que había alumbrado su vida se acababa de apagar.

Quizá pasaran horas enteras hasta que Anastasia consiguiera moverse. Cuando salió de su abstracción, lo hizo sabiendo perfectamente lo que debía hacerse a continuación. No tuvo ni la más mínima duda, no hubo ni un solo segundo de vacilación. Gabriel y ella se habían jurado amor eterno, pero él jamás entraría en el Paraíso. A un criminal no se le permitiría cruzar las puertas del Cielo. Para volver a verle, era preciso que ella le siguiera al Infierno.

Tienes razón, Gabriel susurró al lado de su oído. No es un adiós. Solo te digo hasta pronto.

Con manos trémulas, agarró la daga, colocando la punta a la altura de su corazón.

O eternitate impreuna, Gabriel susurró.

Y enterró la hoja lo más fuerte que pudo.

San Francisco, 2015

Un cuervo se sentó graznando en el alfeizar de la ventana de la segunda planta, pero nadie reparó en él. Los médicos estaban demasiado ocupados corriendo por el largo pasillo blanco, intentando no chocar contra las camillas o las sillas de ruedas empujadas por enfermeros agobiados de tanto trabajo. El hospital parecía un hormiguero. Al día siguiente, los periódicos locales bautizarían aquel día como el viernes negro.

Las tres plantas del edificio estaban salpicadas de heridos. Un incendio, un atraco a mano armada y un accidente aéreo tuvieron lugar más o menos a la misma hora, de modo que habían llegado todas las víctimas a la vez. Había muchos heridos entre los que elegir, pero lo que llamó la atención del doctor Brian Cheever en ese momento fue el pálido rostro de la mujer a la que la doctora Finn, la nueva residente, le estaba realizando la reanimación cardiopulmonar. Era tan hermosa que parecía una princesa sacada de un antiguo cuento de hadas. Sus ondas negras estaban extendidas por la tela blanca de la sábana, y sus delicados dedos se hallaban apretados con fuerza en torno a un desgastado medallón.

¿Qué tenemos? preguntó, apresurando el paso hacia la camilla.

Mujer blanca, edad entre veinte y veinticinco años, pulso demasiado débil especificó un joven enfermero. Se ha lanzado del Golden Gate y ha estado demasiado tiempo en el agua. No tiene documentación. No sabemos quién es, pero todo apunta a un intento de suicidio. La habrá dejado el novio.

Nada molestaba más al director del hospital que los empleados que metían sus narices donde no debían.

No me des tanta información, Langford lo espetó. Lo que me interesa es el estado de la paciente, no los cuchicheos sobre su vida personal.

El enfermero miró molesto a ese hombre que unos pocos meses antes se había convertido en su jefe. Nunca le había caído demasiado bien el doctor Cheever. Ahora, sin embargo, le odiaba.

Solo intentaba ser simpático balbuceó para sí.

El director del hospital gruñó algo inaudible.

¡Se nos va, doctor! chilló la doctora Finn, mirándolo con sus ojos azules engrandecidos a causa del pánico.

Brian la apartó casi con furia y continuó con la reanimación, consciente de que el corazón de la joven estaba a punto de detenerse.

¡No se va a ir a ninguna parte! Un, dos, tres, cuatro… un, dos, tres, cuatro… ¡El desfibrilador, maldita sea! el enfermero se lo acerco de prisa y Brian se preparó para usarlo. No vas a irte a ninguna parte le susurró a la mujer justo antes de aplicarle la primera descarga.

Las palabras dieron vueltas dentro de su cabeza, girando una y otra vez como si estuvieran atrapadas en un círculo cerrado que no les permitía escapar.

No vas a irte a ninguna parte… No vas a irte a ninguna parte… No vas a irte a ninguna parte… ¡Más potencia, joder!… Quédate… Quédate conmigo…

Quiso quedarse con él, pero no encontró las fuerzas para abrir los ojos. Entonces, una segunda voz interfirió, acallando a la primera. Era una voz tan familiar que ella no habría podido olvidar ni aunque hubiesen trascurrido milenios.

Vuelve a mí. Una eternidad juntos, Anastasia. ¿Lo recuerdas?

Y esos desorbitados ojos verdes se abrieron de golpe para alivio del doctor Cheever.

En ese mismo instante, cuando el aire penetró por primera vez los pulmones de la desconocida, a unos ojos negros y ensangrentados se les dilataban las pupilas en la otra punta del mundo. La sentía. En su sangre, en su mente, en lo más hondo de su corazón, ¡la sentía con cada minúscula partícula de su odioso ser!

Sentado en su trono de madera, desvió la mirada hacia sus muñecas y sonrió deleitado al descubrir que, después de todo ese tiempo, ella seguía surtiendo el mismo efecto en él: sus venas ardían como si hubiesen transportado la lava de un volcán, en vez de sangre fría y muerta. Estremecido, se llevó una trémula mano al corazón. Por un instante había pensado que este palpitaría como no lo había hecho desde la última vez en que se vieron.

Por supuesto, no sucedió nada de eso. Su corazón había muerto muchos años atrás. A fin de cuentas, lo había enterrado con ella. Aunque la muerte era algo relativo, ¿verdad?

Anastasia… exhaló, oculto en la más profunda oscuridad. Has vuelto a mí.

Capítulo 1

Transilvania, 2015

Gabriel

Nunca hubo un cementerio o una lápida que señalara su tumba, pero yo recordaba con todo lujo de detalles dónde estaba enterrada. ¿Cómo olvidarlo? Yo mismo había depositado su cuerpo bajo la sombra de un roble que, en aquel momento, se alzaba por encima de todos los demás, igual de poderoso como había sido nuestro amor. Pensé que al menos él perduraría por siempre, tan inamovible y magnífico. Me entristeció ver que ahora solo era un árbol esquelético a punto de secarse.

Cómo ha cambiado todo… le susurré.

Suspirando, me dejé caer al lado de su tumba, donde permanecí largo tiempo contemplando las vistas. Había un valle enorme abriéndose como un abanico delante de mis ojos. A lo lejos, las aguas de un riachuelo murmuraban algo que nadie, salvo la naturaleza, podía entender. Miré ausente cómo el viento arremolinaba hojas secas a mí alrededor. El mundo, al igual que mi alma, estaba inmerso en la más densa oscuridad.

¿Te gustan las vistas, eh, belleza? Siempre te ha gustado este lugar.

Ella no me contestó. Nunca lo hacía. Sonreí con amargura, antes de tomar otro trago de mi botella de whisky.

¿Quieres un poco?

El viento susurró algo a través de las hojas de los árboles. Me tomé eso como un sí, e incliné la botella, dejando caer una buena cantidad de alcohol encima del manto de hojas que la cubría. Muchas veces me quedaba ahí, preguntándome si ella tendría frío dentro de su tumba. Habría dado todo cuanto poseía por poder calentarla. Una vez, mucho tiempo atrás, preso de un impulso demencial, la había desenterrado solo para abrazarla. Fue un acto monstruoso pasar la noche abrazado a su esqueleto, pero no pude evitarlo. Sabía lo mucho que ella detestaba el frío y la oscuridad.

¿Sabes que ayer pasó algo curioso? No sé si estoy volviéndome loco caí en una silenciosa reflexión, que duró unos cuantos minutos. Posiblemente admití por fin. Posiblemente todo el dolor, toda la espera, me hayan enloquecido. Posiblemente haya deseado tanto volver a verte, que por un momento creí posible…

Me interrumpí súbitamente y, con los ojos dilatados de dolor, bajé la mirada hacia la tumba. En mis labios se dibujó una trémula sonrisa.

Da igual lo que creí, belleza. No vas a volver, ¿verdad?

Oh, dime que no estás lloriqueando otra vez escuché a lo lejos una voz llena de sarcasmo.

Mi rostro se torció en una mueca de desagrado.

Eres una alucinación, ¿a que sí? susurré con aire fatigado.

Recé para que la voz desapareciera como un fantasma. En lugar de eso, una figura se materializó entre las sombras. Con su porte elegante, se me acercó y se sentó a mi lado.

Nop.

Le dediqué un gesto seco.

¿Por qué no me diste el gusto de decir que sí?

Ya sabes que me pierde la sinceridad.

Bufé mientras me disponía a tomar un trago. Él, sonriéndome con socarronería, me arrancó la botella de las manos y bebió una buena cantidad, que luego escupió con un gesto bastante teatral.

¡Puaj! Tus gustos en cuanto al alcohol siguen siendo deplorables.

Me esforcé por mantener la calma. Era propenso a montar en cólera cuando él andaba cerca. Nadie más aparte de él poseía el don de irritarme de ese modo.

¿Qué haces aquí? pregunté de mala gana.

Vaya pregunta estúpida. No iba a perderme su cumpleaños.

Noté mi mandíbula contrayéndose.

Ella no te quiere aquí le dije entre dientes.

Qué idiotez. ¿Acaso se lo has preguntado tú?

¡No puedo! ¡Está muerta! rugí, con los ojos destellando furia en estado puro.

Él sonrió como el que guarda alguna especie de secreto.

Tú y yo sabemos que la muerte solo es un estado temporal.

Quise abrir la boca y decirle algo, pero cambié de opinión en el último momento, dejando que un pesado silencio descendiera sobre nosotros.

¿Y bien?, ¿qué te cuentas? inquirió después de un rato.

Suspiré con desgana.

Nada especial.

Volvió a sonreír con esa sonrisa suya que me crispaba los nervios. Tuve que apretar fuertemente los puños para no propinarle un puñetazo en esa nariz tan respingona que tenía.

Pues yo he oído que te corriste unas cuantas juergas. Leo las noticias, ¿sabes? Además, estuve en Ámsterdam hace bien poco. He de decirte que fuiste un chico muy, pero que muy malo. Tuve que limpiar otra vez tus desastres. Deberías ser más discreto la próxima vez. Estás exponiéndonos.

Apreté los dientes. No me hacía mucha gracia que precisamente él me dijera aquello. ¡Él!, que se había corrido las juergas del condenado milenio.

Estaba borracho.

Siempre estás borracho, Gabriel. ¿No crees que ya va siendo hora de que pases página?

Con aire distraído, arranqué un manojo de hierbas secas y empecé a juguetear con ellas.

Como si fuera tan sencillo murmuré.

No digas memeces. Claro que lo es. Mírame a mí. Lo he superado por completo.

Y por eso estás aquí, después de todo este tiempo señalé, sarcástico.

Riéndose, me miró.

¿Qué puedo decir? Me siento melancólico. No te figuras lo mucho que echo de menos la juventud.

El toque triste de su voz me hizo entornar los ojos. La mujer a la que amaba estaba a varios metros bajo tierra, y ahora, encima, me tocaba lidiar con la joya de la corona: un sociópata deprimido. ¿Acaso la noche podía empeorar? Sinceramente, lo dudaba.

Tienes treinta y dos años le recordé en tono cansado.

Cierto, pero me pesan demasiado. Seguro que tú lo entiendes.

Mmmm.

Tomé un buen trago, antes de ofrecerle la botella. Esta vez no le hizo aspavientos.

¿Crees que ella va a…?

¡No! lo acallé bruscamente, puesto que sabía lo que iba a preguntarme. Ella no va a regresar. Nunca.

Y, sin embargo, yo juraría haberla sentido anoche.

¡Oh, por todos los demonios del Infierno! Eso no podía ser posible. ¿Es que esa pesadilla nunca iba a acabar?

Solo era el viento comenté con fingido aire de despreocupación.

Mmmm. Tal vez.

Nos callamos de nuevo y bebimos en silencio, pasándonos la botella de uno a otro.

Pero, ¿y sí lo comprobáramos? propuso al cabo de un rato.

Con calculada lentitud, giré la mirada hacia él.

Dime que no estás hablando en serio.

¿Por qué no? No sería la primera vez que la desentierras.

Mis ojos relampaguearon en la oscuridad.

¡Es mi mujer! rugí. ¡Puedo desenterrarla todas las veces que me dé la gana!

Era apostilló, con los ojos en blanco. Te recuerdo que eso fue hace mucho tiempo. Ahora, como tú mismo has admitido, está muerta. A no ser que pienses lo contrario, claro. Y en tal caso…

Quería matarle. De verdad que sí. Seguía sin entender por qué no lo había hecho en todo ese tiempo.

No vamos a interrumpir su descanso eterno rezongué en tono furioso.

Una profunda risa brotó de su garganta.

¿Descanso eterno? repitió cínicamente. Ella no tiene de eso, Gabriel. Su alma vaga por el mundo, sin poder entrar ni el Paraíso, ni en el Infierno. Nunca encontrará la paz. ¡Nunca!, ¿me has oído? ¿Acaso tú y yo la hemos encontrado? Así lo dicen las santas escrituras: no habrá descanso para los damnados como nosotros.

Lancé la botella al aire y me abalancé sobre él. Esta vez le mataría.

¡Por culpa tuya! le grité mientras, preso de la locura, le rodeaba la garganta con ambas manos y la apretaba con todas mis fuerzas. Solo es culpa tuya, maldito. Siempre lo has arruinado todo. Por eso nadie te quiso, nunca, en toda tu jodida existencia. ¡Por eso ella nunca te quiso!

Sabía que eso era lo que más le dolía, no haber tenido nunca su amor.

Con una fuerza descomunal, me cogió por las muñecas y se liberó de mi agarre, empujándome hacia atrás.

Ella me amaba musitó con un tono de voz casi agónico.

Parecía que, más a que a mí, intentara convencerse a sí mismo de ello.

Jadeando en busca de aire, escudriñé su rostro. Era la primera muestra de vulnerabilidad que percibía en él. Nunca en su vida había estado tan abatido, tan dolido. Nunca le había visto tan frágil. Me alegré. Si yo sufría, él también debía hacerlo.

Ella no sabía ni que existías contraataqué glacialmente. ¿Cuándo vas a entenderlo?

El golpe surtió el efecto deseado. De haberle dado mil puñetazos no le habría herido tanto. Se quedó quieto, con el cuerpo rígido y completamente congelado a mi lado. Después de unos segundos, dirigió la mirada hacia el valle y suspiró despacio. Un apenas perceptible gesto de dolor cruzó la gelidez de sus facciones. Ante su dolor, sonreí, claro que sonreí. Herirle me hacía sentir casi feliz. Cuando tu interior está hecho de puro hielo, es fundamental sentir algo, aunque no sea más que odio. Incluso el odio hace que parezcas vivo.

Algunas veces la echo de menos susurró, sin volver a mirarme. El mundo no es igual sin ella.

Tragué saliva. Ojalá hubiese tenido las agallas de matarle entonces. Pero yo era un cobarde. Sabía que si le mataba, no habría podido vivir con la culpa.

Lo sé asentí, y la voz se me quebró. El mundo es un lugar horrible sin ella.

Se volvió de cara a mí y me dio un par de palmaditas en el hombro, como si pretendiera consolarme.

Pero basta de ñoñerías. He de irme.

Disimulando su agonía con sarcasmo, como siempre había hecho, se puso en pie y se quedó contemplando los amarillentos ojos del búho que nos miraba desde una rama.

¿A dónde te diriges? pregunté, aunque, en el fondo, me daba igual. Solo le quería lejos de ahí. Lejos de ella.

Sus ojos negros se perdieron en la distancia.

No lo sé. Estoy buscando un nuevo hogar. Tal vez eche raíces en alguna parte. Cuando lo sepa, te mandaré una postal resolvió con un humor tan cínico que me hizo rechinar los dientes.

No te molestes. No me importa nada de lo que hagas o dejes de hacer. Mientras te vayas lejos de mí y me dejes en paz, me conformo.

Soltó unas carcajadas.

¡Vamos, príncipe! ¿Qué fue de nuestra amistad?

La enterramos con ella mascullé con acritud.

Necesitaba otro trago, pero la botella se había hecho añicos al golpearse contra una roca y la petaca me la había olvidado encima del piano. Sí, la noche podía ir a peor.

Él sonrió.

Disculpadme, alteza, si paso del momento melodrama, pero tengo a una joven doncella esperándome. Nos vemos se despidió haciendo una burlona reverencia.

O no, si tenemos un poquito de suerte refunfuñé a sus espaldas.

Se alejó riéndose.

Me aseguré de estar completamente solo antes de precipitarme sobre la tumba y empezar a remover la tierra con los dedos. Tenía que comprobarlo con mis propios ojos. ¡Lo necesitaba!

¡Vamos! grité, apartando los grumos secos que se interponían entre ella y yo.

Excavé furiosamente, sin importarme lo aplastado que estaba el terreno, o el dolor de mis uñas, rotas y ensangrentadas. ¡Tenía que verlo! Poco a poco, la arcilla adquiría un color escarlata cada vez más pronunciado a causa de la sangre que absorbía. Mi sangre. No tenía importancia alguna para mí. No me preocupaba el dolor físico. El mental era mucho más aterrador. Y más duradero.

Al cabo de un tiempo, rocé la caja de piedra en la que la había enterrado. No había querido un ataúd de madera. Odiaba la idea de que ella tuviera podredumbre a su alrededor. Necesitaba algo sólido, algo que la protegiera cuando yo mismo había fallado. La tierra no podía rozar su delicado cuerpo. ¡No podía!

Poseído por la demencia, empujé con fuerza la tapa y, con el aliento congelado, me incliné para mirar dentro.

Según era de esperar, su ataúd estaba vacío.

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