Capítulo 1 Enséñame a olvidarte

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Ya sabéis que yo opino que un lector debería leer el primer capítulo antes de comprar un libro. Puede que mi estilo no se ajuste a vuestras expectativas, puede que la historia no os llame, etc. Es por eso por lo que cuelgo en el blog el primer capítulo de cada libro que publico. Esta entrada se la dedico al libro Enséñame a Olvidarte, una historia que, no me cabe duda, os enamorará de inmediato.

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Sinopsis: 

Durante más diez años, Olivia Novak ha recorrido el mundo en busca de algo lo bastante intenso como para llenar el vacío de su alma. Ha triunfado en su carrera profesional, lo ha experimentado todo y ha estado en todas partes, sin embargo, no fue capaz de encontrar aquello que andaba buscando: volver a sentir la emoción que sentía cada vez que él la besaba.
Hasta que la enorme noria llamada vida la devuelve al punto de partida, y entonces todo cambia.
Por razones ajenas a su voluntad, Olivia quebranta su antigua promesa de no volver a pisar jamás su pueblo natal. En cuanto cruza la frontera de Vail, Colorado, se ve obligada a enfrentarse a todos los fantasmas de su pasado, a aprender a lidiar con sus propios errores y a recordar que solo hay una persona sobre la faz de la Tierra capaz de juntar todos los añicos de su destrozado corazón: el atractivo sherrifEric Mason, un hombre capaz de hacer cualquier cosa con tal de recuperar al amor de su vida.

Y si hace falta arrestarla, también…

Capítulo 1

Supe desde el principio que amarle tan intensamente iba a traer ciertas consecuencias. Lo supe, y, aun así, le amé. En realidad fue bastante sencillo hacerlo, incluso algo natural. Nada estaba planeado. El amor surgió sin más; me golpeó de repente con su aplastante fuerza y trastocó todo mi mundo en un abrir y cerrar de ojos.

Yo misma me daba cuenta de que su nombre se colaba en casi cada frase que salía por mi boca. Empecé a buscar más y más su compañía, cada vez que sus ojos se desplazaban hacia los míos, todo lo que me rodeaba se desvanecía en el aire, y lo único que quedaba era la intensidad azul de su mirada. Sencillamente, él empezó a fluir por mis venas y ni siquiera cuando acabó con todo lo que yo había sido hasta ese momento, ni siquiera cuando todo se quebrantó, fui capaz de dejar de amarle.

Desde entonces he visto el mundo, podría decirse que lo he conquistado. He hecho de todo, lo he experimentado todo y he estado en todas partes, pero nunca más he podido sentir lo que sentía cada vez que él me besaba. Claro que de aquello hace mucho, mucho tiempo…

Han pasado más de diez años desde que crucé la frontera de Vail, un pequeño pueblo del centro oeste de Colorado. No le eché ni un solo vistazo al retrovisor de mi viejo Ford para despedirme de mi antigua vida. Ni siquiera les dije adiós a las puntas blancas de las Montañas Rocosas, que se quedaron atrás, solemnes, impertérritas y casi tristes por mi partida.

La sucesión de momentos que formaron aquel día aún desfila dentro de mi mente, como si todo hubiese tenido lugar ayer mismo, no hace tanto tiempo. Recuerdo, por ejemplo, que el aire arrastraba un ligero olor a humo, supongo que de las chimeneas recién encendidas. También recuerdo que el cielo estaba teñido de un deprimente gris plomizo. Había una densa cortina de nubes cubriéndolo, como un oscuro techo, y eso impedía que los rayos del endeble sol de otoño lo atravesaran.

Aunque no es nada de todo eso lo que hace que me estremezca cada vez que evoco los recuerdos de mi huida. Hay un recuerdo más, el más poderoso de todos, uno que por mucho que lo intente, nunca he sido capaz de expulsar. De vez en cuando regresa a mi mente en forma de déjà vu, cuando menos me lo espero, y es como si pudiera sentir otra vez la gélida caricia del viento del noroeste que se filtraba a través de mi ventanilla bajada. Nunca pude sacarme esa sensación de la cabeza y creo que nunca lo conseguiré. Su toque fue algo similar al agarre de los esqueléticos dedos de un ser fantasmal. Al principio, se acercó a mí para traerme un poco de consuelo, pero en cuanto bajé la guardia, cuando más vulnerable estaba, me apuñaló el corazón con unos dardos de hielo, congelándolo todo, menos mi dolor.

Acababa de cumplir diecinueve años. Tenía el rímel corrido, los zapatos manchados de barro y el corazón roto en millones de helados y diminutos pedazos. Mientras conducía sin apenas visibilidad y sin ser capaz de dejar de sollozar, me hice a mí misma dos promesas. Uno: jamás volvería a pisar Vail. Y dos: nunca, jamás, bajo ningún concepto, volvería a permitir que me partieran el corazón. Lo que se traducía en que no tenía intención alguna de volver a amar.

Hoy, una década más tarde, acabo de romper la primera promesa.

Nada más pasar por delante del cartel que reza: Bienvenidos a Vail, Colorado, aminoro la velocidad para poder disfrutar de las vistas. A pesar de todos los malos recuerdos que me despierta este sitio, he de reconocer que, si hay un paraíso sobre la faz de la tierra, ese es mi pueblo natal. Vail, construido al estilo de una villa alpina y emplazado en el corazón de las Montañas Rocosas, fue fundado en los años sesenta y, en poco tiempo, se coronó como la base de una de las más famosas estaciones de esquí del mundo entero. En invierno, se convierte en un glacial paraíso abarrotado de turistas y aficionados a los deportes de la nieve, como el snowboard y el esquí, mientras que en verano es un oasis verde y lleno de vida, rodeado de pinos, cristalinos riachuelos, y amplias y esplendorosas zonas para pasear y disfrutar de la austera belleza del paisaje de montaña.

Mis padres aún viven aquí, en una casa de piedra oculta por frondosos árboles y por altas montañas que forman un protector valle a su alrededor, pero yo no he vuelto ni siquiera para visitarlos. Las pocas veces que nos hemos visto en estos últimos diez años, ha sido porque ellos vinieron a Washington, mi ciudad de acogida. Al recordar mi perfecta vida en el centro político del país, maldigo por enésima vez las circunstancias que hoy me hacen volver. Para mí, Vail supone el Paraíso y el Purgatorio a la vez.

Me sorprende que aún no me haya cruzado con nadie. En los pueblos pequeños eso es casi imposible. Siempre hay alguna anciana paseando por la calle o algún jovencito enredando con la bici. Pues hoy no hay nadie, salvo por un perro que está rascándose las pulgas mientras me sigue con su marrón mirada desde el lado derecho de la carretera. Supongo que este letargo se debe a que está lloviznando y tiene pinta de hacer bastante frío. No podía haber elegido peor el atuendo: unos zapatos descubiertos, a juego con un vestido negro cuya tela es tan fina que resulta casi transparente. Después de tantos años fuera, se me ha olvidado que mientras que en Washington estamos a veinticinco grados, en Colorado, si rozamos los dieciocho, es que hace un calor del carajo y la gente empieza a preocuparse por el calentamiento global.

La sirena de un coche patrulla me arranca de mi contemplación. Miro por el retrovisor y veo que están dándome las luces rojas para que me detenga.

¡Maldita sea! ¿De dónde diablos ha salido ese coche? Si no hubieses estado mirando las musarañas, lo habrías visto venir, me regaño a mí misma.

―Detenga el vehículo en el lado derecho de la carretera y permanezca en el interior ―me indica el policía por el megáfono, pese a que yo ya he señalizado hacia la derecha. ¡Este tío es tonto!

Me detengo y, mientras espero las consecuencias de mis ilegales maniobras, me examino en el espejo interior para asegurarme de que no se me ha corrido el maquillaje, y de que aún llevo el pintalabios rojo que me puse hará media hora, cuando, nada más cruzar la frontera del condado de Eagle, paré a tomar un café en una gasolinera. Quiero causarle una buena impresión al sheriff. Tal vez me libre de la multa, quién sabe. Al menos voy a intentarlo. Por norma general, poner ojitos me funciona de maravilla.

Satisfecha a causa de la imagen que me devuelve el espejo, bajo la ventanilla y miro por el retrovisor al hombre de un metro noventa que se me acerca perezoso. ¡Menudo cuerpazo! No le veo el rostro, puesto que tiene la cabeza bajada y lleva una gorra para protegerse de la lluvia, pero su modo de caminar y la impresionante sensualidad que desprenden sus movimientos, me aseguran que el nuevo sheriff de este pueblo está para comérselo. En mis tiempos, el sheriff era el señor McGrath, un hombre viejo y siempre malhumorado, que me sermoneó más de una vez por intentar comprar alcohol siendo menor de edad. Gracias a Dios, nunca se enteró de que incluso llegué a consumirlo (en más de una ocasión). En un sitio como Vail, eso acarrea la expiación.

Mientras yo me deleito siguiendo con felino interés los andares del sheriff supermodelo, él levanta la cabeza, lo cual hace que mis oscuros ojos se crucen con el azul hielo de los suyos a través del retrovisor del conductor.

Y entonces, mi corazón deja de latir por completo.

Él frena en seco, separa los labios y se queda mirándome como si el aire hubiese dejado de alimentar sus pulmones. Su hermoso rostro muestra una expresión de lo más descompuesta, el ceño arrugado, las pupilas dilatadas, y algo me dice que mi rostro trasparenta exactamente lo mismo que el suyo. Creo que tarda todo un siglo en encontrar las fuerzas para acercarse a mi ventanilla.

―Liv… ―murmura, y aún parece muy descolocado.

―En carne y hueso.

Rezo para que la sequedad de mis palabras disimule los verdaderos sentimientos que me invaden al verle.

Con un reflejo de admiración danzando en sus intensas pupilas, curva las esquinas de la boca en una sonrisa seductora.

―Más hueso que carne, por lo que veo.

Esa ronca voz desata todo un infierno de recuerdos dentro de mi cabeza. La última vez que le vi, esa firme boca estaba recorriendo todo mi cuerpo; esas fuertes manos, ahora hundidas en los bolsillos de su pantalón azul oscuro, me acariciaban como nadie lo había hecho antes. Reprimo todas esas imágenes y me esfuerzo por sonreír. Vendería mi alma al diablo antes que dejarle la

sensación de haberme pasado la última década sufriendo por él. Las chicas de los pueblos pequeños solemos tener un desorbitado orgullo.

―Hola, Mason ―saludo como si nada―. Me alegra volver a verte.

Hace ademán de abrir la boca y decirme algo inteligente, tal vez insolente, según su costumbre, pero, por alguna razón, esta vez no le salen las palabras, así que cierra los labios y se limita a mirarme fijamente, como si estuviera viendo por primera vez algo que le fascina, le intriga y puede que le asuste un poco. Pasados unos veinte segundos, se aclara la voz, frunce el ceño y luego esboza un atisbo de sonrisa, bastante avergonzado por haberse quedado en blanco delante de mí. Yo, dueña de una glacial indiferencia que finjo de maravilla, aguardo paciente hasta que él recupera la compostura.

―Vaya… perdona que me haya quedado mirándote como un gilipollas. Es que me ha sorprendido mucho verte. Han pasado…

―Diez años, ocho meses y cinco días ―acabo su frase, aunque me muerdo la lengua nada más decirlo. ¡Joder, Olivia!

Eric Mason me muestra una insufrible media sonrisa. Ya veo que tras esos iníciales segundos de debilidad, vuelve a ser el mismo Mason de siempre.

―Bueno, yo no llevo una cuenta tan exacta, pero ya veo que tú sí.

Me paso una mano por mi oscura media melena, cuyas puntas alisadas apenas me rozan los hombros, rodeando mi delgado rostro de labios carnosos y pómulos altos y planos.

―Pues claro que la llevo. Estamos hablando de la mejor época de toda mi vida. ¿Cómo no iba a llevar la cuenta de algo así? ―repongo con ensayada dulzura.

Se inclina sobre mi ventanilla, apoya los codos en el cristal bajado y me dedica una sonrisa digna de uno de los mejores galanes de la época dorada de Hollywood. Cary Grant estaría royéndose las uñas de pura envidia ante este innecesario derroche de sex appeal.

Durante un breve instante, contemplo la idea de subir el cristal y pillarle la cabeza con él, pero tengo que descartarla (para que conste, muy a mi pesar). Que yo recuerde, las agresiones a la autoridad se suelen castigar con todo el peso de la ley en el estado de Colorado. Lo que es una auténtica pena. Si hay alguien que se merezca que le corten el cuello, ese es el capullo de Mason.

―Así que la época en la que tú y yo estuvimos saliendo fue lo mejor de tu vida, ¿eh?

Le dedico la sonrisa más dulce de la que soy capaz. A este hay que bajarle los humos de inmediato.

―Mason, me refería a los diez años, ocho meses y cinco días que he pasado sin verte a ti.

Hace una mueca de desagrado, se endereza y carraspea.

―Ya, claro que te referías a eso ―murmura secamente―. Y dime, Liv, ¿qué te trae por estas tierras después de toda una década recorriendo el mundo?

Ah, que me ha parado para solicitarme una declaración de intenciones. Y yo pensando que era por haberme saltado el estúpido stop.

―Seguro que ya sabes que ha fallecido mi tía Joy.

―Siento tener que informarte de que llegas tarde. La enterramos hace tres días.

En los pueblos pequeños siempre se habla en plural, puesto que las actividades suelen ser colectivas. Da igual si se trata de una boda, un bautizo o un entierro, la gente de aquí forma una piña en todas las ocasiones, para apoyarse los unos a los otros, me imagino. Yo en Washington apenas tengo contacto social, salvo por el hombre que me da el beso de buenas noches, sus amigos y mis compañeros de trabajo.

―En realidad, voy a la lectura de su testamento.

―O sea, que para el entierro no encuentras tiempo, pero para hacerte con las tres pertenencias de la pobre anciana, sí.

Le dedico una mirada de lo más fulminante, a la que él responde con una sonrisa ladeada, muy a lo Mason. No he conocido a nadie más capaz de sonreír de ese modo. Cabe mencionar que tampoco he conocido a alguien cuya sonrisa me afecte tanto. Solo Mason puede conseguirlo. Siempre será Mason.

―Pues no, listillo. Resulta que mis padres no pudieron localizarme y no me he enterado de que había fallecido. En Irak no suele haber cobertura de móvil durante los bombardeos.

Las cejas de Mason se fruncen hasta casi juntarse.

―¿Irak? Vaya, señorita reportera, recorre usted tierras muy peligrosas.

―Gajes del oficio.

―Hum.

―Mira, Mason, me ha gustado verte, de verdad que sí, ¿pero crees que te importaría dejarme pasar? Llevo un poco de prisa.

―No tan rápido ―se aclara la voz mientras se saca la libreta de las multas del bolsillo y adopta un aire de lo más severo―. ¿Sabe usted por qué la he parado, señorita Novak?

Maravilloso. ¡Y yo pensando que me iba a librar de la multa por habérmelo tirado hace diez años! Ya veo que no hay manera.

―Deje que lo piense, agente… mmmm… no sé… ¿porque es ilegal ser tan atractiva? ―le propongo, apoyando el codo contra la ventanilla.

Mason, dirigiéndome una mirada rápida antes de volver a centrar su atención en escribir algo en la libreta, se muerde el labio inferior para frenar una sonrisa. Le doy gracias a Dios por ello. Este hombre resulta devastador cada vez que sonríe. Después de todo lo que pasó entre nosotros, sigue siendo el mismo diablo guapísimo que me derrite el corazón y los huesos de las rodillas con solo sonreír. Me muero de ganas de abandonar este estúpido pueblo y dejar atrás al estúpido de Eric Mason. No veo la hora de largarme. Dos horas. Solo vas a estar aquí dos horas, me recuerdo a mí misma, y ese pensamiento me arranca un suspiro de satisfacción.

―Tome, señorita. Y procure ir con más cuidado la próxima vez. El stop significa detenerse, incluso si sabe que por ahí solo pasa un coche cada tres horas.

―Ya ―cojo el papel que me ofrece, lo miro, para saber a cuánto asciende la broma, y frunzo el ceño―. Mason, ¿qué demonios es esto?

Se inclina para que nuestros ojos estén a la misma altura.

―Mi teléfono, por supuesto.

Sonríe lentamente y yo casi dejo escapar un gemido. El rostro de Mason está demasiado cerca del mío, de modo que puedo examinarlo fascinada. Me doy cuenta de que ha mejorado con el paso de los años. A los veinticinco años, Eric Mason era un joven espectacular, de pelo rubio oscuro y unos intensos ojos azules que destacaban en un rostro duro y bronceado. Ahora, a los treinta y cinco, es un hombre corpulento, con el rostro igual de duro y bronceado, solo que tapado por una oscura barba de dos días. Cada vez que sonríe, se le forman unas finas arrugas alrededor de los ojos y eso es realmente arrasador. Demonios, un ex novio no debería ser tan guapo. Se supone que un ex novio debe ser calvo, con barriga cervecera y tres hijos esperándole en casa, no un sex simbol de metro noventa cuya sonrisa me derrite miles de neuronas. ¡Oh, venga ya! Esto no es normal. Probablemente, sus abdominales harían que al mismísimo Miguel Angel se le cayera el cincel de la mano. Esto sí es perfección, no ese tal David, a quién yo, sinceramente, no le veo nada perturbador.

―¿Liv, estás bien? Te veo algo pálida.

Empeñada en ignorar el evidente magnetismo del hombre que me contempla sonriendo, alzo una ceja de forma interrogante.

―¿Y por qué iba a querer yo tu teléfono?

―Bueno, como no me has llamado en los últimos diez años, ocho meses y cinco días, he dado por hecho que ya no lo tenías. ¿Por qué sino ibas a marcharte de Vail sin tan siquiera despedirte de mí?

¡No puede ser tan imbécil como para no saber por qué me largué!

―Por la misma razón por la cual te largaste tú, Eric. Lo nuestro no tenía futuro.

Su rostro es recorrido por una contracción de dolor, que se asoma y desaparece tan pronto que empiezo a dudar seriamente sobre si ha sido real o tan solo se trataba de mi imaginación.

―Liv, sabes perfectamente que no fue eso lo que pasó. Yo me fui porque…

―No.dirás.ni.una.sola.palabra.

Mueve la cabeza, preso de la desesperación.

―No lo entiendes. Yo no te abandoné. Ya sabes lo mucho que yo te…

Subo la ventanilla lo más rápido que puedo y, si bien él, exasperado y bastante furioso, golpea en el cristal con los nudillos, me niego a volver a bajarla. Sus explicaciones me importan un bledo. Lo único que quiero es participar a la lectura de ese estúpido testamento y largarme de aquí tan rápido como la vez pasada.

Meto primera con manos trémulas y salgo, dejando a Mason envuelto en una nube de polvo. Aliviada de ver que no se dispone a seguirme, ni a detenerme por desobediencia a la autoridad, elevo el volumen de la radio y empiezo a cantar en voz alta el Simply Irresistible (hay que ser cabrones para poner esta canción justo ahora) de Robert Palmer, con la esperanza de que eso pueda apartar de mi mente el fantasma de Eric Mason. Pero ese fantasma es tan poderoso que soy incapaz de evitar recordar la primera vez que el chico rebelde del pueblo y yo interactuamos.

Fue hace catorce años, once meses y veintidós días, y sucedió, por supuesto en Vail, Colorado.

***

Mamá se había empeñado en que yo vistiera de rojo. Solía decir que no hay mejor color para las morenas, y en concreto, para mí, debido al contraste producido entre la intensidad de la tela, el rojo de mis mejillas y el oscuro brillo de mis ojos. Fue un buen argumento para convencerme a que me pusiera el condenado vestido rojo que ella había elegido para mí. Mi madre siempre ha sabido como manipularme. De hecho, lo hacía con tanto arte que yo acababa pensando que, en el fondo, había sido idea mía. Si yo me hubiese parecido más a ella y menos a mi padre, hoy sería presidenta de los Estados Unidos de América, sin la más mínima duda. Pero no es el caso. Yo, en vez de manipular, siempre he formado parte de la categoría de personas manipuladas. Y, en consecuencia, lucía ese vestido.

La prenda no era fea, hay que admitirlo. Tenía falda con vuelo, tirantes finos y estaba ajustada al talle, como si la hubiesen cosido para mi delgado cuerpo. Yo era una niña delgaducha y alta de quince años, nada del otro mundo. Pese a ello, los chicos del pueblo estaban locos por mí. Creo que les ponía mi superioridad intelectual y mi legendaria arrogancia. Desde luego, si las niñas arrogantes se clasificarían por rangos nobiliarios, yo habría sido la reina.

Una vez, contando yo diez años, un chico de mi clase me envió una carta de amor. En absoluto movida por su gesto, cogí un bolígrafo rojo, le corregí todas las faltas de ortografía y se la devolví. ¿Cómo sino iba a aprender el muchacho a escribir correctamente si nadie le informaba sobre sus fallos? Yo era esa clase de niña, la que informaba a los demás sobre sus fallos; la típica sabionda que poseía más información que los demás. Aparte de eso, también poseía una sonrisa muy peculiar, aún la conservo a mis casi treinta años; era esa clase de sonrisas que dicen: “he hecho algo malo y tú no lo sabes”. Eso enloquecía a los chicos de mi pueblo.

A todos, menos a uno. Eric Mason. No es que me importase. Eric y yo no nos movíamos en los mismos círculos. En los pueblos como el nuestro, a la gente se le conoce o bien por su oficio, o bien por alguna característica fuera de lo normal. Por ejemplo, en el lado bueno está el cura, el médico, el profesor, el ingeniero, el panadero y el carnicero. En el lado malo, el borracho, la solterona, la facilona, los simpatizantes del partido comunista y los ateos.

Yo era la hija del médico, mientras que Mason, el hijo del borracho. Mi padre salvaba vidas, el padre de Mason se hacía pis en la única cabina de teléfono que había en el casco urbano. Sencillamente, Eric Mason y yo éramos como el agua y el aceite.

Yo me pasaba el día leyendo a Shakespeare y escribiendo mis propios poemas. Mason holgazaneaba en el río, pescando, bañándose y haciendo solo Dios sabía qué clase de maldades. Me sacaba seis años, lo que le convertía en alguien de una generación muy lejana a la mía. A esas edades, seis años suponen una diferencia colosal.

Cuando yo aún jugaba con las Barbie, Mason, ya con novia, no tenía reparos en meterle mano durante las misas de los domingos. Claramente, él iba a la iglesia solo porque su novia era la hija del pastor. Todo el rollo de Dios no iba con él. En una ocasión, mientras le estaba hurgando por debajo de la camiseta a su novia, me sorprendió mirándoles boquiabierta. Si bien me hubiese gustado disimular o aparentar algo de indiferencia, me fue imposible. Me resultaba demasiado fascinante todo lo que estaba haciéndole a la muchacha como para apartar la mirada. Él, la mar de divertido, me guiñó un ojo antes de volver a sus quehaceres. Yo, ruborizada hasta las puntas de las orejas, procuré prestarle atención a la palabra del Señor, pero eso era muy difícil. Solo podía imaginarme cómo sería que sus manos me tocaran a mí en vez de a esa insulsa. Oh, y me lo imaginé bien imaginado durante toda la misa. A decir verdad, aún me avergüenzan esos pensamientos. Eran demasiado impuros para una niña tan pequeña.

Recuerdo que había quienes decían que Mason era un camello. Nunca me llegué a creer ese estúpido rumor. ¿A quién iba Mason a venderle droga en nuestro pueblo? Con lo paletos que eran mis vecinos, habrían sido capaces de echar la cocaína a los muffins, en vez de levadura, y luego quejarse de que estos no habían subido lo bastante, y llamar a la puerta de Mason para reclamar su dinero de vuelta. No, nunca he creído que Mason fuese un traficante de droga. Solo era un niño con el que yo no quería juntarme.

Siendo yo pequeña, íbamos a tirarnos en trineo por una cuesta a las afueras del pueblo. Mason iba también, pero yo nunca me tiraba con él. Me tiraba con todos los demás niños, menos con él. Una vez, cuando quiso llevarme el trineo cuesta arriba, puesto que, a su juicio, pesaba bastante para una niña de nueve años, yo le di una patada en la espinilla y le dije que si un gitano como él tocaba mi trineo, iba a rociarlo con gasolina y prenderle fuego, ya que no podría volver a usarlo después de que me lo hubiera profanado. Recuerdo que se echó a reír a carcajadas y me dijo:

―Algún día te bajaré los humos, pequeña princesita. Algún día…

Yo le saqué la lengua y me empeñé en subir mi trineo hasta arriba del todo, para luego deslizarme cuesta abajo a una velocidad que habría aterrado al mismísimo Satán. Mason se sentó en el tronco de un árbol, se encendió un cigarrillo y me contempló con una sonrisa socarrona en las esquinas de su boca. Él era un adolescente guapísimo por aquel entonces, pero yo era una

niña tan insensible que sus encantos me dejaban más fría que la nieve por la que resbalaban las cuchillas de mi trineo.

Total, que años más tarde, contando yo quince años, me hallaba en el club social (el único club social de nuestro pueblo), acompañando a mi novio Billy a nuestro baile de fin de curso. Llevaba el pelo rizado, según la moda de la época, mis primeros zapatos de tacón, y mamá me había dejado pintarme los labios de rojo, con lo que estaba yo de lo más complacida. Billy era un chico de mi edad, solo me sacaba cinco meses, y salía con él sobre todo para que mis amigas no se burlaran de mí por no haber besado a ningún chico hasta los quince. Ya bastante humillación era que no tuviera aún la regla y que mis pechos fuesen bastante más pequeños, comparados con los de las otras chicas.

Billy y yo nos habíamos besado por primera vez la noche anterior. Claro que no con lengua, ya que yo no sabía cómo se hacía eso y, por lo visto, Billy tampoco. No había sentido nada cuando nuestros labios se habían rozado; de hecho, me resultó un acto casi repugnante. ¡Billy había comido cebolla! Tanto alboroto para esa mierda. De verdad que no entendía por qué a todo el mundo le chiflaban los besos. Yo bien me podía haber pasado otros quince años sin volver a besar a un chico.

―Nena, ¿qué tal si nos vemos dentro de diez minutos en el pasillo de la enfermería? ―me susurró Billy en un descuido.

Sí, claro, para seguir besuqueándome. Ni muerta pensaba ir. Ya había tenido bastante con los besos de la noche anterior.

―Mira, Billy, lo he estado pensando mejor y he llegado a la conclusión de que no te amo. Lo siento.

Nunca he tenido tacto, ni demasiado decoro, para desesperación de mi madre. Yo siempre soltaba las cosas tal cual, sin nada de preámbulos. Me parecía lo más justo. Claro que, al ver cómo el labio inferior de Billy empezaba a temblar, maldije mi falta de cortesía.

―Pero ayer dijiste que me amabas ―lloriqueó, con enormes lagrimones escurriéndosele por las mejillas.

¡Bah! ¡Y encima llorón! Yo nunca lloraba, y menos delante de otros. Era demasiado orgullosa como para mostrar mis debilidades en público.

―Cierto, te lo dije, pero solo fue porque tú dijiste que me amabas y era evidente que esperabas que yo te lo dijera de vuelta ―me incliné sobre su oído para que nadie más me escuchara, no quería avergonzar a Billy en público―. Tengo que confesarte una cosa. Esto que quede entre tú y yo ―adopté un aire ceremonioso, como si estuviese dándole algún premio, no cortando con él―. Billy, la verdad es que la rana de mi primo George me resulta más agradable de besar que tú. Y eso que me dan miedo los anfibios ―me miró confuso y yo entorné los ojos ante esa falta de perspicacia―. Lo que intento decir es que ya no seremos novios a partir de ahora.

Billy estalló en sollozos delante de todo el mundo como si yo le hubiese dicho que Papa Noel era un invento comercial y que el Ratoncito Pérez era en realidad la rata vieja que habitaba en el sótano de sus padres. La gente nos miraba, me señalaban con el dedo y se reían, y yo quería que me tragara la tierra en aquel preciso instante. Sacudí a Billy con todas mis fuerzas para que se callara de una vez, pero él empezó a sollozar aún más alto.

―¿Cuál es el problema, señorito? ―preguntó alguien con voz burlona―. ¿Por qué llora usted de forma tan desgarradora?

Levanté la cabeza y me topé con la sonrisa socarrona de Mason.

―No-es-asunto-tuyo ―gruñí entre dientes.

Mason, tan guapo que cortaba el hipo (por desgracia, el hipo de Billy, no), me estudió con una mirada muy concentrada y una arruga en su entrecejo.

―Hay un niño llorando por tu culpa, pequeña bruja. Claro que es asunto mío. Soy el encargado de la fiesta y mi deber es auxiliar a los críos. Así que dime, ¿a este qué le has hecho?

Me hice la ofendida.

―¿Qué te hace pensar que yo lo he hecho algo? Puede que esté llorando porque se le haya muerto la rata. Por cierto, ahora que he sacado el tema, ¿qué clase de niño en su sano juicio tendría a una rata por mascota?

―¡Es un hámster! ―me gritó Billy entre llantos.

Entorné los ojos.

―¡Como sea, Billy! No deja de ser un roedor.

Mason dejó escapar una carcajada ante la irritación de mi voz. Luego, se tornó de cara a Billy.

―Dime, muchacho, ¿qué te ha hecho esta?

Billy se frotó ambos ojos como un crío pequeño. Me entraron ganas de patearle ambas espinillas, pero bien pateadas.

―Dijo que le resulta más agradable besar a las ranas que a mí ―y el alma en pena prorrumpió en nuevos espasmódicos sollozos.

Mason echó la cabeza hacia atrás y estuvo riéndose ruidosamente durante mucho tiempo.

―Así que besaste a tu amigo y no te gustó ―afirmó con un brillo maléfico iluminando el frío azul de sus ojos.

Me crucé de brazos y le dediqué una mirada desafiante.

―Repito por si tienes problemas con los oídos y no te has enterado aún: no es asunto tuyo.

―Ya te digo que es asunto mío ―colocó ambas manos en los hombros de Billy, resopló y atrajo la mirada de este hacia la suya―. Escúchame, muchacho. Encontrarás a otra chica mucho mejor que esta, a la que besarás, te la follarás y luego te casarás con ella, como un caballero debe hacer. Y, créeme, dentro de cinco años no vas a acordarte ni de esta noche, ni de esta mala pécora. Ahora ve a lavarte esa cara antes de que te patee el culo y así tengas verdaderas razones para moquear.

Eso, de algún modo, tranquilizó los espasmos de llanto de Billy. Limpiándose la nariz con la manga de su traje negro, se fue arrastrando los pies. Mason y yo nos quedamos de pie al lado de la barra de los refrescos, bastante aislados de

los demás. Él llevaba una camisa de cuadros en blanco y negro, y se la había arremangado. Nunca había visto a nadie a quien le sentara tan bien las mangas dobladas. La gente solía hacerlo para realizar alguna labor domestica que suponía ensuciarse las manos, no para lucir las mangas arremangadas en un día de fiesta. Pero Mason, por razones que yo no comprendía, estaba de lo más atractivo con esa ropa.

―Estarás contenta, señorita ―espetó, cruzando sus robustos brazos a la altura del pecho.

Puso la misma cara de severidad que solía poner mi padre cada vez que me sermoneaba por haberme portado mal. Muy a menudo, por cierto. Yo era un trasto.

―Billy es un cretino ―escupí entre dientes.

―¿Y por qué lo besaste entonces?

Hice una mueca. ¿Acaso no era evidente?

―¡Pues para saber lo que se siente, Mason! Imagínate que mañana me atropella un autobús. No puedo morir sin saber lo que se siente al ser besada por un chico.

Mason dejó de sonreír y me contempló con una mirada muy penetrante. Había un brillo casi siniestro en sus ojos y eso me puso los pelos de punta.

―Dudo mucho de que ese memo supiera enseñártelo ―me susurró con aire de lo más serio.

Sin que yo pudiera escabullirme, me agarró de una mano y me arrastró hacia la puerta. Como estábamos en una zona oscura y Billy ya no llamaba la atención de los demás con sus desgarradores llantos, nadie nos vio salir. O si nos vieron, no dijeron nada,

―¿Pero qué demonios estás haciendo?

―¡Calla!

Ya fuera de la sala que acogía el baile, me empujó contra una pared y se pegó a mí. El pasillo estaba completamente a oscuras y no había nadie por ahí. Me inquietaba bastante estar a solas con Mason y, además, tan cerca el uno del otro. Pero también me excitaba. Bajo el calor de su macizo cuerpo, notaba un cosquilleo recorriendo mis venas y un repentino hueco en el estómago.

―Mason… ―le dije a modo de advertencia, pero Mason no me hizo ni caso.

Estaba mirando embelesado mis labios, lo hacía de un modo tan intenso que me provocaba descargas eléctricas a lo largo de la columna vertebral. Estuve pensando seriamente en que yo debía de estar incubando alguna mortífera enfermedad. ¿Por qué sino me iba a latir el corazón con tanta furia? ¿Por qué iba a sentir ese cosquilleo en el estómago? Y lo más importante de todo: ¡¿por qué diablos ardía yo en deseos de besar a Eric Mason?! Claramente, la enfermedad debía de ser terminal y ahora estaba afectándome el cerebro. No podía haber otra explicación a todo aquello.

Mason ladeó la cabeza hacia la derecha y, con ese mismo brillo siniestro de antes reflejado en sus pupilas, empezó a deslizar las yemas de los dedos por debajo de los tirantes de mi vestido. Apenas estaba rozando la piel de mis hombros, pero yo estaba temblando como si estuviese sufriendo algún ataque febril.

―Sabes, pequeña, delicada y arrogante Olivia, algunas veces, cuando estoy solo en mi habitación, sobre todo en las largas noches de invierno, fantaseo con besarte y tocarte… ―torció los labios mientras arrastraba un dedo por la base de mi cuello―, así como te estoy tocando ahora.

Mi respiración se alteró cuando él bajó la cabeza hasta que nuestros labios acabaron a la misma altura. No era capaz de controlar el temblor de mis rodillas y creo que Mason se dio cuenta de ello porque sonrió, complacido por el efecto que estaba causando en mí.

―Mason…

―Eric ―me corrigió él, y esta vez su voz sonó ronca y tierna.

―Eric ―susurré yo―, suéltame, por favor.

―Por supuesto.

Pero no me soltó. Sus labios se precipitaron sobre los míos, mientras que sus manos se hundieron en mi pelo y me echaron la cabeza hacia atrás para obtener un mejor ángulo. Intentó, con la ayuda de su lengua, abrirme la boca para poder introducirse dentro. Su insistencia me arrancó un gemido.

Solo tardó un segundo en conseguir que separara los labios. Y cuando lo hice, su lengua tomó posesión sobre mi boca, dominándola con experta maestría. De manera involuntaria, me pegué a su duro pecho y, sin tan siquiera ser consciente de ello, deslicé la lengua dentro de su boca e imité todo lo que él estaba haciendo. Esta vez el que gimió fue Eric. Sus manos vagaron por mis costados y yo notaba llamas por todas las zonas que él había estado rozando. Su lengua entraba y salía de mi boca, empujaba para luego retroceder, provocaba para acabar cediendo. Y, sinceramente, me volvía loca.

Entonces comprendí por qué tanto alboroto con los besos. Y también comprendí que, a partir de ese día, iba a querer besar a Eric Mason por el resto de mis días.

―Baila conmigo ―jadeó Mason cuando al fin fue capaz de apartar la boca de la mía.

Yo estaba completamente mareada. Muy descolocada. Pero, más que todo eso, estaba muy excitada. Y, al estar tan cerca de él, podía sentir que no era la única. ¡Eric Mason me deseaba! ¡Y yo a él! Era de locos.

―¿En el pasillo?

―Claro. Se escucha la música desde aquí, ¿no? Además, no estamos cerca de todos esos estúpidos críos que me desprecian por ser quién soy.

Se me encogió el corazón al darme cuenta de que, dos minutos atrás, yo despreciaba a Mason por ser quien era y no perdía ni una oportunidad de llamarle gitano o mala gente, cuando, en el fondo, no era ni una cosa, ni la otra. Y si lo era, ¿a quién demonios le importaba ya?

―Está bien ―le susurré.

Me cogió los brazos, me los colocó alrededor de su cuello y, aferrándose a mi cintura, empezó a moverse despacio. Sentía que la cabeza me daba vueltas.

No entendía cómo era posible que precisamente Mason consiguiera tambalear mi mundo de ese modo.

―Mason…

―Eric.

―Eric…

―¿Mmmmm?

―¿Ahora somos novios?

Se echó a reír.

―No, bichín, no lo somos.

Lo miré ceñuda.

―Mi padre me llama bichín.

―Lo sé. Se lo escuché ayer en la ferretería y me pareció un nombre adecuado para ti. Eres un bichín.

Su sonrisa no me impresionó en absoluto. Yo quería saber por qué Mason se negaba a ser mi novio. Era porque yo aún no tenía bastante pecho, ¿a qué sí? ¿O por mi mala reputación como “destrozacorazones”?

―¿Por qué no somos novios?

Inclinó la cabeza para buscar mis ojos a través de la oscuridad del pasillo. Mason me sacaba como veinte centímetros de altura y eso que los niños de mi clase me llamaban jirafa, no precisamente por ser bajita. Para vengarme, yo los llamaba a ellos sucias sabandijas. Lo de ojo por ojo me funcionaba muy bien.

―Porque no pretendo acabar en la cárcel. Aún es pronto para nosotros, diablillo. Tienes que crecer. Cuando seas mayor…

―¿Entonces por qué me has besado? ―le interrumpí con impaciencia. No tenía tiempo para sus conflictos interiores.

El problema lo suponía descubrir que, en el fondo, Eric Mason era un caballero que no pretendía aprovecharse de mi inocencia. Maldita sea, yo quería que se aprovechara. ¡De inmediato!

―Porque… ―se calló de pronto, buscó mis ojos y me examinó con el ceño fruncido―. Pues no lo sé, bichín. No tenía que haberlo hecho.

―Pues a mí me ha gustado ―repliqué malhumorada.

Su boca se movió en una sonrisa tierna.

―A mí también. No puedo negar que me ha gustado más de lo que debería. Pero como he dicho, aún eres muy joven para mí. Cuando crezcas, búscame. O mejor, te buscaré yo a ti.

Me limité a bailar y a mantener la boca callada durante un rato.

―Eric… ―empecé de nuevo.

―¿Mmmm?

―Y mientras crezca, ¿tú vas a tener otras novias?

Esa idea me aterraba. Solo de imaginármelo besar a otra chica de ese modo tan pasional como me había besado a mí, me producía un sentimiento que no sabría indicar, algo que oscilaba entre terror, furia y comportamiento homicida.

Una risa gutural escapó de su garganta, y recuerdo que yo pensé que me gustaría oírle reír por el resto de mis días.

―Sí, y tú también. Disfruta de la variedad mientras puedas porque cuando seas mayor, serás solo mía.

Eso sonaba bien. No lo de la variedad, eso me daba igual, sino lo de ser suya. Debía empezar a practicar de inmediato mi firma con el nombre de señora Olivia Mason.

―¿Mason, me lo prometes?

Mason se detuvo, me alzó la barbilla y bajó sus azules ojos hasta encontrar a los míos.

―Te lo juro, bichín ―me susurró, acariciándome los pómulos con las yemas de sus dedos.

Y entonces, volvió a besarme.

***

Mi plan es perfecto. Solo he de ir al notario y asistir a la lectura del testamento de la tía Joy (sinceramente, dudo de que me haya dejado algo más que alguno de sus gatos; era una mujer más tacaña que el avaro de Moliere). Después, saldré como un cohete de Vail. ¿Qué puede salir mal?

―¡Cari-ño! ¡Cari-ñito!

He ahí la respuesta a mi pregunta.

―Oh, no… ―freno en seco nada más entrar en la oficina del notario y miro horrorizada a mis familiares lejanos y no tan lejanos, cuyos ojos se han girado hacia mí.

En unos pocos instantes, el desconcierto se apodera de la sala.

―¿Esta quién es? ―susurra alguien a mi derecha.

―Olivia, la hija de Grace ―contesta una mujer de aspecto rubicundo, sentada justo al lado de la puerta.

―¿La pequeña Liv? Vaya, la última vez que la vi era una mocosa.

No soy capaz de moverme. La gente a mi alrededor empieza a susurrar, especulando sobre las razones que me hicieron abandonar el pueblo en mi adolescencia. Un hijo bastardo… No, ¿qué dices? Mira qué cinturita. Si esta ha dado a luz, yo soy bombero… Pero escucha, ¿no era la novia del camello del pueblo?… Claro, por eso se fue. Tenía un problema con las drogas… ¿Las drogas? De eso nada. Se fue para hacerse bailarina exótica en Las Vegas…

Decido que lo más sensato es ignorar sus teorías antes de que me dé un ataque de ira y me desquicie delante del ilustre notario, que aguarda sentado detrás de un macizo escritorio de madera a que lleguen todos los familiares de la difunta.

―¡Cariñito, aquí! Te he guardado un sitio.

Entrecierro los ojos y rezo para que mi madre desaparezca como por arte de magia. Por supuesto, esto no pasa. Ella permanece sentada en su asiento, llevando una ridícula pamela amarilla que va a juego con su traje dos piezas de chaqueta y pantalón. ¡Parece una tarta de limón con patas! Quiero que la tierra se abra, me trague y me permita hundirme hasta las profundidades más oscuras y aterradoras. Seguro que enterrarme viva en el núcleo interno de la

Tierra asusta menos que esto. ¿Qué demonios hace mi madre en la oficina del notario? Se suponía que no la habían incluido en el testamento, puesto que ni mi madre, ni mi padre, se hablaban con la tía Joy.

―¡Liv, cariño! ―agita una de sus enguantadas manos, como si sus grititos no resultasen ya bastante llamativos.

Camino hacia ella, dedicándoles una sonrisa tensa a mis parientes.

―¡Mamá! ―exclamo a través de los dientes apretados―. ¿Qué haces tú aquí?

Mi madre sonríe con inocencia.

―¿Y dónde iba a estar yo sino? Para una vez en diez años que vuelves a casa… No iba a dejarte escapar tan pronto.

Me armo de paciencia mientras me dejo caer en una silla, entre ella y el primo Brad, a quien no me he tomado la molestia de saludar. Cabe mencionar que él tampoco lo ha hecho. Nunca nos hemos llevado demasiado bien con la familia de mi madre.

―Mamá, no hagas planes. Como te dije, espero a que se lea el testamento y me largo. Tengo muchas cosas que hacer.

―¡El trabajo! ―se despierta gritando el anciano tío Cade, sentado en la siguiente fila, justo delante de nosotras―. ¡Tengo que ir al trabajo!

Su nieta, Simone, coloca una mano en su hombro y le obliga a volver a sentarse.

―Abuelo, hace veinte años que te jubilaste ―le recuerda.

―¿Quién dices que es el cochino que no se ha bañado? ―grita él.

―¡HE DICHO QUE HACE VEINTE AÑOS QUE TE JUBILASTE!

―Oh, sí, sí, me gusta mucho el helado, pero el médico dice que no puedo tomar azúcar.

Ahogo una risita.

―Sigue sordo, ¿eh? ―le susurro a mi madre.

―Como un cura en el confesionario. Si no se empeñara en no llevar el aparato… ―gira la cabeza hacia mí y me muestra una sonrisilla―. En fin. ¡Pero qué guapa estás, hija mía! Por cierto, he hecho pastel de carne para cenar.

¿Por qué finge ignorar el hecho de que yo pienso largarme de aquí en exactamente… eh, una hora, veinte minutos y ocho segundos? Inspiro hondo, exhalo despacio y me obligo a mí misma a no rugir delante de toda esta gente.

―¡Mamá! ¡No, no, no y no! No intentes camelarme con tu… ―busco alguna palabra horrible, pero la imagen de ese pastel de carne se cuela dentro de mis pensamientos y solo se me ocurren epítetos como―: maravilloso… sabroso… deliciosísimo pastel de carne. ¡Ni de coña me voy a quedar en este pueblo hasta la hora de cenar! ―exclamo, esta vez con eficaz vehemencia.

***

―¿Quieres un poco más de pastel, cariño?

Miro a mi madre con mala cara y ella aguarda, con mi plato vacío en la mano. No puedo creer que sea tan embustera. Y no puedo creer que yo sea tan débil como para ceder a la tentación de su pastel de carne.

―Anda, échale otro trozo a la niña ―aconseja mi padre, quien está presidiendo la mesa.

Su intervención me hace salir de dudas. Si mi padre considera que debería tomar un trozo más, tomaré un trozo más. A fin de cuentas, él es el médico. ¿Quién soy yo para llevarle la contraria?

Nos hallamos en la cocina, una estancia de amplios ventanales, techos de madera y encimera de granito gris, no demasiado grande, pero sí suficiente para una familia de tres miembros como la nuestra. Lo que más me gusta de la residencia de mis padres es que el interior es el auténtico de una casa de montaña, todo granito y columnas de madera. Oh, y los ventanales. Son enormes, para que podamos disfrutar de las vistas que ofrece el privilegiado entorno en el que tenemos la suerte de estar. Siempre he soñado con tener una casa como esta, en este mismo pueblo. Sin embargo, vivo en un loft de dos mil metros cuadrados, a cinco minutos a pie de la Casa Blanca. Pero, oye, eso tampoco es para quejarse.

Giro la mirada hacia mi padre, quien tiene la nariz hundida en el Washington Post de esta mañana y lleva las gafas de leer puestas. Ha envejecido desde la última vez que le vi, el año pasado. El pelo de mi padre siempre ha sido tan negro como las plumas de un cuervo, pero ahora tiene las patillas llenas de canas. Mi madre, en cambio, está como siempre, morena, enérgica, excelente cocinera y una maestra de las artimañas.

―¿Y dices que esto lo has escrito tú, bichín?

―Sí, papá, eso lo he escrito yo. Es a lo que me dedico, ¿recuerdas? Soy periodista del Washington Post.

―Ajá. Pero sigo pensando que eso no te hace feliz, bichín ―murmura distraído.

Como nadie está mirándome, me permito el lujo de hacer una mueca. ¡Y bien a gusto que me quedo!

―Aquí está la tercera porción de pastel ―canturrea mi madre mientras coloca el plato delante de mí.

Se sienta a mi derecha y, mientras yo devoro la comida, ella se dedica a escudriñarme con una mirada que parece capaz de detectar hasta el más mínimo atisbo de impurezas en mi cutis.

―Mamá, deja de mirarme tan atentamente. Estás poniéndome muy nerviosa.

―Es que llevo mucho sin verte.

―Me viste la semana pasada ―le recuerdo, con la boca llena.

―No es comparable. La cámara web se ve borrosa.

Entorno los ojos hacia mis adentros.

―Eric va a alucinar cuando te vea ―prosigue, encantada por su propio comentario―. Estás más guapa que nunca.

―Lo bueno de todo es que Eric no va a verme ―rezongo en voz baja.

Omito mencionar que Eric ya me ha visto. No me apetece tener que contárselo ahora, sobre todo porque eso supondría rememorarlo y no creo que sea capaz de hacerlo sin sentir… lo que sea que ver a Mason me haya hecho sentir. No sé

si duele verle, o si me resulta excitante, o si me inquieta. A decir verdad, prefiero no analizar esos sentimientos. Nunca. Hay cajones que es mejor mantener cerrados para siempre.

―¡Qué sueño me da tu artículo, Olivia! ¿Desde cuándo estás metida en campañas electorales?

―Desde que Darren organiza una.

Mi padre, entre bostezos, cierra el periódico, se quita las gafas y presiona el puente de su nariz con dos dedos. Cruzo una mirada con él, reparando en los oscuros círculos que rodean sus ojos grises.

―Papá, te veo raro. ¿Estás bien?

Compone una sonrisa tranquilizadora.

―Estoy bien, bichín, solo algo cansado. Tu madre me ha arrastrado por todos los almacenes hoy.

Miró a mamá, quién finge estar examinándose la manicura, pintada de un intenso y brillante rojo vino.

―¿Y por qué arrastraste a papá por los almacenes, si puede saberse?

―Para buscar una nueva cama, cariñito.

¡Ay, no! Ya me sé yo como va a acabar esta conversación. Como todas las que he mantenido con mi madre desde que abandoné Vail. Olivia, tienes que volver a casa… No, mamá, no voy a volver… ¡Debes hacerlo! ¡Estoy muriéndome! ¿Cómo puedes ser tan insensible?… Mamá, no estás muriéndote. Papá dice que solo tienes el azúcar alto… ¡Y más alto pienso tenerlo como no vengas de inmediato! Esta, claramente, es una de esas conversaciones.

―¿Y por qué necesitabas una cama nueva, mamá? ―articulo las palabras lentamente, esforzándome por no perder los nervios y gritarle.

―¡Es evidente! ¿Dónde ibas a dormir si no?

Me pongo en pie tan precipitadamente que casi vuelco la mesa.

―Mamá, ¡no! ¡Déjate de trucos y embustes! No voy a quedarme.

Me esperaba que mi madre intentará rebatir mis argumentos, o que me camelara con un par de brownies o unos muffins, como siempre ha hecho. Eso me habría resultado soportable. En cambio, ella se echa a llorar y contra eso sí que no puedo luchar. La quiero demasiado como para verla sufrir por mi culpa.

―¿Cómo he podido criar a una niña tan insensible? ―balbucea.

Dejo caer los hombros, completamente superada por la situación.

―Venga, mamá… ―me acerco a ella con cautela y rodeo su delgado cuerpo con los brazos, en un torpe intento de consolarla―. No llores, por favor.

―¡Una única hija! ―solloza―. ¡Una única hija tengo y nunca viene a verme! ¿Tienes idea de lo duro que resulta ver que los hijos de tus vecinos vuelven a casa por Navidad, Acción de Gracias y Pascua? ¿Tienes idea de lo deprimentes que son nuestros cumpleaños?

Se me parte el corazón al verla tan triste.

―Mamá, yo siempre estoy con vosotros en vuestros cumpleaños ―murmuro en voz queda.

―¡Por Skype! ―repone entre llantos―. Haces una llamada de una hora por Skype, nos mandas un cheque millonario y piensas que eso compensa tu ausencia. Pues déjame decirte algo, Olivia. ¡NO LO HACE! Ni el dinero, ni tus llamadas compensan el hecho de que nunca vengas a vernos.

Entrecierro los ojos ante esa mezcla de dolor y acusación que desvela su mirada. Sus palabras me han llegado tan adentro que me siento como si acabara de recibir un golpe en el estómago.

―Lo siento ―susurro culpable, abrazándola con más fuerza―. Prometo que me quedaré un par de días esta vez, ¿vale?

Se enjuaga sus brillantes mejillas y me mira con desconfianza.

―¿Te quedarás? ¿De verdad?

Asiento, sonriéndole.

―¿Hasta la Fiesta de los Fundadores? ―propone, de lo más entusiasmada.

Mis pupilas se dilatan de pronto. Fiesta de… ¡¿Qué?!

―Mamá, pero si esto es dentro de…

―Dos semanas ―me interrumpe, complacida.

―¡Ni hablar! ¡Mamá! ¡No voy a quedarme en este pueblucho durante dos semanas!

Adopta un aire ofendido.

―Está bien. Entonces, limítate a mandarme otro cheque de cien mil dólares como la vez pasada. Recemos para que eso me sirva de consuelo.

Cojo aire en los pulmones y lo suelto ruidosamente.

―Papá, di algo…

―Tu madre lleva razón.

Hunde la nariz dentro de su periódico ante mi mirada fulminante.

―Con decir algo, no me refería precisamente a eso ―gruño.

―Lo siento, bichín, pero cuando la lleva, la lleva.

Soltando un largo soplido de exasperación, miro a mis padres. Mi madre me observa esperanzada mientras que mi padre finge estar leyendo el periódico, aunque yo sé que es incapaz de leer ahora. ¡A la mierda mis planes!

―Está bien. Me quedaré hasta la Fiesta de los Fundadores, pero, para que conste, no me parece bien que empleéis el chantaje emocional conmigo.

―El chantaje emocional siempre funciona, cariñito. ¿Muffins? ―propone, tan serena como si nada hubiese pasado.

Muevo la cabeza con reprobación. ¡Qué embustera es!

―¿Por qué no?

Con repentinas energías, se pone en pie y empieza a revolotear por la cocina. Parece mentira que estuviera llorando tan desconsoladamente hace menos de dos minutos.

―¿Vas a querer café, Liv?

―No, mamá. Pretendo dormir esta noche.

―Pues por eso. Yo siempre tomo uno antes de irme a la cama. Me ayuda a conciliar el sueño.

―Sí, tú eres la clase de persona que se tomaría un par de anfetaminas para tranquilizar sus nervios.

Mi padre suelta una carcajada.

―Eso es cierto. Tu madre es inmune a la tila.

―No soy inmune ―le contradice ella desde la nevera―. Pero soy tan nerviosa que la tila no me basta algunas veces.

―No hace falta que lo jures ―murmuro para mí misma, mientras les doy la espalda y me coloco delante de la ventana, mirando el jardín.

Ya está entrada la noche, con lo que no puedo vislumbrar las montañas que nos rodean; sin embargo, sé que están ahí, observándonos y, de algún modo, protegiéndonos. Contemplar la silenciosa oscuridad que reina en torno a la casa consigue calmar mis nervios, tensos después del día de hoy. Es impresionante el silencio que hace en Vail durante la noche, nada que ver con el aglomerado centro de Washington. Tan reconfortante me resulta la quietud de la naturaleza que casi se me olvida el hecho de que deba quedarme en este pueblo durante catorce días. En el mismo pueblo que Eric Mason, tras haber dicho específicamente que él y yo jamás debíamos volver a hallarnos en el mismo estado. A ser posible, ni siquiera en el mismo país… o, ahora que lo pienso mejor, ¡en el mismo jodido planeta!

Un movimiento entre los arbustos que rodea la propiedad de mis padres atrae mi atención. Escudriño la oscuridad, intentando averiguar qué es lo que lo ha provocando, pero la noche sin luna es tan negra que no consigo distinguir nada.

―Papá, creo que hay alguien en el jardín.

―Son las zarigüeyas, bichín. Así que la vieja tacaña te ha dejado la casa, ¿eh? Es una buena propiedad.

Aún no me lo creo. ¡La tía Joy me ha dejado su casa! No entiendo por qué a mí. Soy la única de sus sobrinos con la que no tenía nada de relación. Estaba convencida de que no iba a dejarme nada. Solo vine a la lectura del testamento porque mi madre me dijo que el notario no podía abrirlo en mi ausencia, y que tenía que solidarizarme con mis primos y mover el culo para que los demás pudieran conocer el testamento. Ahora me pregunto si eso era cierto o tan solo ha sido otro de sus trucos. Conociéndola, no sé qué pensar. Es capaz de eso y mucho más.

―Sip, ya ves. Tengo una casa en mitad de la nada. ¡Yupi! ―exclamo sin nada de entusiasmo.

Le doy la espalda a la ventana y camino hacia el centro de la estancia.

―Supongo que vendrás más a menudo ahora, ya que tienes tu propia casa ―se aventura a afirmar mi madre mientras me alarga un plato con dos muffins de chocolate.

Lo cojo y me siento en una butaca, al lado del horno de leña.

―Supones mal. No tengo intención de volver por aquí en mucho tiempo.

Ella sonríe como si supiera algo que yo ignoro.

―Eso está por ver. Por cierto, Eric sigue soltero.

El muffin se me queda en la garganta, pero me esfuerzo por no toser. No quiero que mi madre vea lo alterada que me deja la mención de ese hombre.

―Mamá, me importa un bledo. No quiero hablar de Mason.

Claro que a mi madre le da igual eso, ella sigue contándome cosas mientras toma asiento al lado de mi padre, en la reluciente mesa de madera de roble. ¿Qué le echará para que brille tanto? ¿Manteca de cerdo?

―¿Sabes lo que me dijo un día?

Me veo obligada a dejar de pensar en chorradas y mirarla.

―No tengo ni idea, pero estoy convencida de que tú me lo vas a contar de igual modo.

―Puedes estar segura de que lo haré, señorita. Esto te concierne, y mucho. Dijo que si no podía tenerte a ti, no iba a tener a ninguna otra. ¿No te parece eso muy romántico?

Más que comer, lo que hago es devorar el postre. Tal vez el azúcar me deje la mente paralizada, para dejar de pensar él.

―El colmo del romanticismo ―contesto secamente―. Así que Mason ha hecho votos de abstinencia, ¿eh? ―inquiero, ya que es evidente que esta charla da para rato.

¡Mentirosa! Te mata la curiosidad de saber qué es lo que ha estado haciendo al amor de tu vida en la última década. ¡Admítelo de una vez! Muevo la cabeza para acallar la voz de mi consciencia, y le presto atención a mi madre.

―Cariñito, se ha acostado con todo el pueblo. Posiblemente, también con los pueblos vecinos. Es solo que se niega a casarse ―aclara, con un destello de admiración bailando en sus ojos.

―Ah. Vaya, qué considerado. ¿Y a ti te parece bien que esté aprovechándose de esas pobres mujeres cuando no tiene intención de mantener una relación seria con ninguna de ellas?

Mi madre entorna los ojos.

―Cariñito, las que se aprovechan son ellas. Mason ha dicho claramente que solo se casaría contigo y con ninguna otra. Nadie puede acusarle de aprovecharse de una chica. No es su estilo.

Pero resulta que sí lo es.

―John ―mi madre se gira de cara a mi padre y este levanta la mirada del periódico―, te dije que debías ir a la lectura del testamento. Fue más entretenido que esos premios donde ese actor… ¿cómo se llama?…en fin, no me acuerdo, acudió borracho como una cuba, tirándose pedos.

Suelto una carcajada. No he visto esos premios, gracias a Dios, pero dudo de que fuesen más entretenidos que el show protagonizado por mis codiciosos parientes.

―Sí que lo fue ―admito entre risas―. Sobre todo cuando el notario empezó a repartir los dieciocho gatos entre mis primos. Flipamos todos.

Al recordar aquello, mi madre y yo empezamos a desternillarnos de la risa, balbuceando incoherencias provocadas por las carcajadas.

―¿Así que ninguno de esos avariciosos se llevó más que un pobre minino?

Mi madre emplea el delantal para secarse las esquinas de los ojos.

―¡Qué va! Se lo ha dejado todo a Liv. Tenías que haberlo visto, John. Fue un escándalo.

Más que un escándalo, fue un circo. Sobre todo cuando el notario tuvo que explicarle al tío Cade, ¡al sordo tío Cade!, que solo le correspondía un micifuz llamado Sohijodeputa. El pobre hombrecillo se llevó un puñetazo en la nariz, ya que el anciano pensó que estaba insultándole. Se necesitaron veinte minutos y unas ocho personas para hacerle entender al tío Cade que Sohijodeputa era el nombre de la criatura con bigotes. La tía Joy, por lo visto, conservó su retorcido humor hasta el lecho de muerte. Hay gente que nunca cambia.

―Voy a salir un momento para llamar a Darren ―aviso a mis padres mientras me yergo.

Me desplazo hacia el otro extremo de la estancia y saco el móvil del bolso.

―Llévate chaqueta. Ha refrescado ―advierte mi padre.

Me acerco a él y le doy un beso en la mejilla.

―Solo voy a estar fuera un instante.

En cuanto salgo por la puerta trasera, la que da hacia el bosque, empiezo a lamentar esa mala idea. Fuera se ha levantado un viento casi invernal, que silba entre los árboles, cruel y cortante. Decido no entretenerme demasiado. De pie a unos dos metros de la puerta, marco el número de Darren y espero, cambiando el peso de una pierna a la otra.

―¡Livy, qué agradable sorpresa! ¿Estás de camino ya?

No sé por qué, pero me invade una oleada de nerviosismo. Presiento que mi estancia en Vail marcará un antes y un después en mi relación con Darren.

―No, la verdad es que no lo estoy. De eso quería hablar contigo.

Pese a los miles de kilómetros que nos separan, puedo notar que está poniéndose tenso.

―¿Qué pasa? ¿Todo bien por ahí?

Trago saliva, esforzándome por dominar los fuertes latidos de mi corazón. Por Dios, ¿por qué me pone tan nerviosa decirle esto?

―Sí, todo va de maravilla, solo que necesito estar aquí dos semanas para arreglar algunos asuntos.

Al otro lado de la línea se produce una pausa.

―¿Dos semanas?

―Dos semanas.

―¿Y el viaje a Nueva York? Liv, no puedo cancelarlo. Es muy importante para la campaña.

¡La campaña! ¡Siempre la puta campaña! ¿Y qué pasa con lo que es importante para mí?

La mención a su campaña electoral me cabrea. Sé que no tengo razones para sentirme así, Darren siempre me ha apoyado en mi trabajo. Lo lógico sería que yo le apoyara en el suyo. Realmente no entiendo que es lo que me pasa esta noche. Es como si tras haber cruzado la frontera de Vail, algo hubiese cambiado en mi interior; un mecanismo que se haya apagado, o, tal vez, se

haya puesto en marcha, convirtiéndome en la misma Oliva de hace diez años. Solo llevo en este pueblo un par de horas y ya está pasándome factura. ¿Qué más va a pasarme en estas dos semanas?

Decidida a controlar mi repentina aversión hacia Darren (aversión que no soy capaz de explicarme), me esfuerzo por conseguir una voz serena.

―Lo siento, vas a tener que irte solo. Yo no puedo.

Resopla hastiado.

―Está bien. Iré solo. Es solo que me hacía ilusión que me acompañaras.

―¿Para exponer a tu prometida trofeo delante de tus votantes? ―repongo cortante.

―¿Qué? No, claro que no ―su voz se vuelve más grave por el enojo―. Porque te quiero y echo de menos pasar el tiempo contigo, cariño. ¿Qué te pasa? ¿Por qué demonios dices eso?

Abro la boca para disculparme por mi ataque de mal genio, pero un ruido entre los arbustos me distrae de la conversación. Giro sobre los talones y me esfuerzo por ver algo a través de la oscuridad.

―¿Livy? ―insiste Darren.

―¿Eh? ―murmuro distraída mientras me dispongo a examinar esa zona―. No, por nada, lo dije sin pensar. Lo siento.

―Suenas rara. ¿Seguro que estás bien?

―Maravillosamente. Escucha, mejor te llamo mañana porque… ―mis palabras se desvanecen.

¡Conque las zarigüeyas! Un rayo de luna consigue traspasar la oscura cortina de nubes y yo puedo ver cómo Eric Mason está de pie en la otra punta del jardín, medio envuelto entre las sombras de la noche.

Y está mirándome fijamente.

Lleva un vaquero azul y una camisa blanca, descuidadamente arremangada por debajo de los codos, de modo que deja a la vista unos antebrazos fuertes, de pronunciadas venas y piel curtida por el sol. No puedo negar que es una de las imágenes más irresistibles que he visto en toda mi vida.

―¿Liv, sigues ahí?… ¿Liv?… ¿Cariño, me escuchas?

Como una autómata, cuelgo el móvil sin tan siquiera despedirme de Darren. No puedo centrarme en otra cosa que no sea Mason.

A lo largo de los años, todos los detalles relacionados con mi adolescencia desaparecieron en el olvido. Se me olvidó todo, salvo una cosa: la intensidad de una mirada azul hielo. La misma mirada que ahora mismo está clavada en la mía.

―Buenas noches ―saluda con voz controlada, suave.

Tiene las manos en los bolsillos y un aire indiferente que es de todo, menos natural. Su ensayado autocontrol no puede engañarme. El brillo de sus ojos delata su nerviosismo.

Trago en seco y me esfuerzo por ponerme en marcha, puesto que me he quedado paralizada a varios metros de distancia de él.

―¿Qué haces aquí? ―sé que es capaz de percibir la nota temblorosa de mi voz, lo cual me avergüenza.

Desdeñoso, tuerce los labios.

―Pasaba por la zona.

Lo miro incrédula.

―¿Pasabas por la mitad de la nada a las diez de la noche?

―Es muy habitual en mí. Me aburro en mi casa.

―Y sales a pasear.

―Exacto.

―Y tus pasos, de algún modo, te llevan hasta mi jardín.

―No digas tonterías. Vengo en coche ―explica, de lo más sereno.

―Oh, claro. Eso lo cambia todo.

Los dos callamos durante unos segundos.

―¿Con quién hablabas? ―pregunta de pronto.

―¿Y a ti que te importa?

Se encoje de hombros, mostrando de nuevo una planificada indiferencia.

―Era por hablar de algo.

―No vamos a hablar, Mason. Voy a entrar en casa, voy a subir a mi habitación y voy a dormir durante diez horas seguidas. Estoy hecha polvo después del viaje. Gracias por pasarte por aquí.

Le doy la espalda y empiezo a caminar en dirección a la casa, pero no llego demasiado lejos. En unos instantes, Mason se posiciona a mis espaldas y me detiene agarrándome por los hombros. Rezo para que no sea capaz de notar cómo me tenso a su lado.

―Espera un segundo.

Me giro hacia él resoplando con fastidio.

―¿Qué?

Sus manos se mantienen en mis hombros y sus ojos sostienen los míos. Está tan cerca de mí que siento que empiezan a flaquearme las piernas. No puedo estar tan cerca de él.

―Solo quería decirte que me alegro mucho de volver a verte y que… ―se detiene para carraspear―, en fin, que te he echado mucho de menos.

Rodeándome entre sus brazos, me abraza con fuerza durante más de un minuto. No encuentro las energías para apartarme, estoy hipnotizada por esos intensos ojos azules. Oh, Dios, estoy tan enganchada al perfume de su cuerpo…

―No deberías estar aquí ―le digo con voz débil y temblorosa.

―Nunca en mi vida he hecho lo que debía.

―Eso también es cierto ―mascullo.

Ríe entre dientes y yo no consigo frenar una sonrisilla. Soy incapaz de impedirlo, Mason empieza a fluir de nuevo por mis venas y sé que me va a costar mucho esfuerzo arrancármelo otra vez del corazón. Oh, maldita sea, ¿por qué he tenido que regresar a Vail? Me siento como un alcohólico que, después de muchos años de abstinencia, prueba su primera gota de bebida, y ahora, ebrio y exultante, se da cuenta de que su deseo más irrefrenable es ahogarse en más y más alcohol; beber y no detenerse nunca.

―Qué descanses, Olivia ―me susurra, con mi cabeza entre las manos.

Deposita un beso en mi frente y, sencillamente, se va. Inmóvil, lo sigo con la mirada mientras se aleja. A medida que se mueven las manecillas del mi reloj, me doy cuenta de lo desastrosa que es la situación.

Una vez más, Eric Mason me tiene encadenada a su amor y presiento que romper las gruesas cadenas que me atan a él va a resultar mucho más difícil que la vez pasada. Difícil, aunque no imposible.

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12 Comments

  1. Acabo de ver por casualidad en facebook ésta entrada, y tengo que decir que solo me he leído la sinopsis, por que yo prefiero que me sorprenda el libro, así que ya es mío, solo queda esperar al día 17 🙂 muchísima suerte 🙂

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  2. ISABELLA, estas desaparecida,quiero leer algo tuyo , cuando segunda parte …………se te extraña besos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! ❤

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