El despertar, by Nathaniel Black

Advertencia!!!!!!!! No te leas este relato si no te has leído Adicta a él…hasta que los paparazzi nos separen y Antes de Medianoche, puesto que se te desvela el final!!

 

 

mIRANDOLA A ELLA

 

 

 

El despertar, by Nathaniel Black

ISABELLA MARÍN

Para mi querida Emi,

Con todo mi cariño,

Bella

 

Mi mundo estaba compuesto por la oscuridad y la nada antes de conocerla a ella. Había vacío… soledad… decadencia. Nada tenía sentido. No hay algo más cruel que estar muerto y, aun así, seguir viviendo, un día tras el otro, contemplando con mirada ausente el absurdo transcurso del tiempo. Todo era absurdo. La vida misma era absurda. Mi carrera era absurda. ¡Todo lo que me rodeaba era tan patéticamente absurdo! Yo era famoso, rico, estaba en la cima del mundo. Solo necesitaba chasquear los dedos para conseguir todo lo que se me antojaba: el coche más caro de todos antes de que el fabricante lo sacase a la venta, la modelo más sexy del planeta; no se me negaba nada. ¿A mí? No. Nadie te cierra las puertas cuando eres el chico malo de Hollywood. Todos quieren ser amigos tuyos para poder luego apuñalarte por detrás.

Aborrecía mi mundo, con todos sus artificios y sus hipocresías. A veces solo quería volver a lo de antes, desaparecer del mapa e intentar descubrirme a mí mismo en alguna parte del globo. Quería dejar de ser una jodida marca comercial, dejar de comportarme siempre como ellos me exigían. Ser malo mueve millones, Nate. Eso solía decir mi agente. No se daba cuenta de que ser malo es mucho más difícil de lo que parece. Algunas veces, ser malo puede joderte vivo.

A eso se resumía mi vida, más o menos: a ser un perfecto cabronazo. Eso era lo que América esperaba de mí. Yo solo era una artista que todas las mañanas se colocaba una máscara. Les daba lo que ellos querían ver. Y me vitoreaban por ello. ¡Idiotas! No eran capaces de ver más allá de mis fachadas; entender que mi vida no era tan maravillosa como ellos la pintaban. Nadie podía ver que al apagarse los focos, cuando cesaban los aplausos y todos me daban la espalda para regresar a sus vidas, yo me quedaba completamente solo. El aislamiento era otra de las consecuencias de ser el chico malo de Hollywood. Estaba rodeado de gente y, a pesar de ello, la soledad era aplastante. Igual que las tinieblas que formaban mi infierno personal.

Ese era yo antes de conocerla. Habitaba en la oscuridad, pues la luz no era sitio para las bestias como yo. Y estaba lleno de odio. ¡Estaba tan cabreado! Cabreado con la sociedad, con mis padres… ¡con el jodido universo! Los odiaba a todos ellos por haberme convertido en eso y también me odiaba a mi mismo por haberlo permitido. Ella diría que yo había vendido mi alma por un puñado de monedas. Puede que lo hiciese. Ella siempre tiene razón… Puede que hiciese un pacto con el diablo. ¡Joder, lo hice! Lo hice solo por llegar a la cima. ¿Qué más dará eso? Yo solo hice lo que era necesario para conseguir lo que quería. Y lo conseguí. ¡Lo tenía todo! ¿Por qué eso ya no era suficiente? Tal vez porque lo tenía todo y nada a la vez…

El hecho de estar viviendo en el barrio más rico de todo Manhattan, no había conseguido cambiar todos mis hábitos. Aún había algo dentro de mí que ni el dinero, ni la fama pudieron cambiar: mi verdadera esencia. A pesar de mi vasta fortuna, seguía siendo el mismo chico pobre de siempre. Tan pobre que no me permitía a mí mismo amar. No me permitía sentir. ¿Sentir? ¿Por qué iba a querer eso? Sentir era una cruel tortura para mí. Lo mejor era apagarlo todo y buscar constantemente alguna nueva distracción. ¿Lo peor? Que ya nada conseguía satisfacerme. Sexo, fiestas, drogas; hacía tiempo que nada de eso me calentaba por las noches. Ellos me llamaban El Elegido. El niño pobre que había salido de las cloacas para subir hasta la cima del mundo. Lo que ellos no sabían era que había perdido mi alma mientras trepaba. La fama es como un monstruo que te devora lentamente y antes de que te des cuenta, ya no queda nada de tu humanidad. La muy zorra no descansa hasta convertir el todo en la nada.

Tenía treinta y seis años y tanto dinero que no sabía qué hacer con él. ¿Pero acaso eso me servía de algo? ¡Estaba muerto! “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto y, de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante”. Y no lo digo yo porque no soy tan juicioso. Lo dijo Oscar Wilde. ¡Tiene gracia! Desde que estoy con ella leo a Wilde, a Fitzgerald, a Mitchell y a las hermanas Brontë, solo porque son sus autores favoritos. ¡No se puede ser más gay!

Si tuviera que elegir ese único momento en el que centrar toda mi vida, elegiría, sin duda alguna, el instante cuando ella me miró por primera vez. Sí, creo que eso capta jodidamente bien la esencia de mi entera existencia. Fue la primera vez en muchos años cuando noté algo parecido a un cosquilleo en mi pecho. Ni yo mismo sabía lo que era ese latido. ¿Mi corazón? ¡Si hacía años que lo había perdido! ¡No podía ser! Y sin embargo…ahí estaba. Pum. Pum. Pum. No podía dejar de mirarla. Ella apartó la vista en algún momento. ¡¿Por qué maldita razón hizo aquello?! ¿Acaso no era capaz de ver que yo necesitaba que volviese a mirarme? ¡Necesitaba desesperadamente recuperar ese latido! ¡Estaba vivo! Cuando ella me miró por primera vez, desperté.

Miré a mí alrededor. ¿Dónde estaba? ¿Qué cojones estaba haciendo ahí? ¿Por qué tenía que firmar esos ridículos autógrafos? ¡No quería nada de eso! La fama, la fortuna, la marca Nathaniel Black. ¡Por mi se podían ir todas al infierno! Lo único que yo necesitaba era el latido. Una, y otra, y otra vez. Ese pum que me hacía sentirme vivo. Lo quería de vuelta. Lo echaba de menos más que a nada en el mundo. Quería recuperarlo y con él, recuperar mi alma. Y una cosa estaba clara: la única manera de conseguirlo era consiguiéndola a ella.

Sabía quién era. Por supuesto que sí. Había hecho bien mis deberes. Ella estaba ahí solo porque yo lo había dispuesto de esa forma. Desde el principio supe que la quería a ella como mi asesora de imagen. Conocía su reputación. Era dura. Implacable. Fuerte. Severa. Tenaz. Rebelde. Sabía que ella era la única para mí. No necesitaba conocerla personalmente. Bastaba con leer el informe que Wesley, mi guardaespaldas, hizo sobre ella. ¡Era la única!

Lo que ignoraba era que fuera tan jodidamente guapa. Eso podía suponer una complicación para alguien como yo; sin embargo, decidí que eso era algo con lo que lidiaría después. Quería a Catherine Collins e iba a tenerla. Claro que no podía hacérselo notar. Ella era como un precioso gatito que se había afilado las uñas encima de mi corazón. ¡No podía dejar que ella supiese el poder que ejercía sobre mí! Tenía que ganármela, pero a mi manera. Hacer que el juego fuese lo bastante interesante como para que ella quisiese jugar conmigo. Provocándola era el único modo de conseguirla y yo lo supe en cuanto nuestros ojos se cruzaron por primera vez.

Ella era como yo. Quería las mismas cosas que yo, podía ver sus deseos más oscuros al perderme en esos intensos ojos verdes. Había un brillo en ellos, un atormentado destello que a mí me resultaba de lo más familiar. Mirándola a ella era como mirar hasta el fondo de mi propia alma. Podía ver la misma oscuridad, el mismo vacío… el hielo. ¡Todo hielo! ¡No era más que hielo! Catherine necesitaba sentirse viva, lo supe entonces. También supe que yo era el único que podía darle eso. ¡Quería dárselo! ¿Por qué? Ni yo mismo lo sabía. Había algo en ella que despertaba ciertos sentimientos de ternura en mí.

Y otras cosas menos cristianas, también.

Quería tenerla, pero ya no como mi asesora de imagen. Quería que ella, esa niña mimada que parecía tan mentalmente jodida como yo, fuese mía.

Había un precio que pagar y yo lo sabía. Siempre hay un precio que pagar. A mí nunca me han salido las cosas gratis. He tenido que pujar demasiado alto por conseguir lo que tengo ahora. ¿Pero acaso importaba eso? No, por supuesto que no. Ni siquiera me importaba que el precio que había que pagar esta vez fuese el más alto de todos. Sabía el gran riesgo al que iba a someterme. Ella y yo, los dos íbamos a enfrentarnos a lo mismo. Los últimos vestigios de nuestras almas podían desaparecer si las cosas salían mal. ¿Estaba la niña buena dispuesta a ello? Yo, desde luego, sí. Estaba dispuesto a jugar a la ruleta rusa para conseguirla. Y era turbador como solo había necesitado unos cuantos instantes para saberlo. Ese era el efecto que Catherine producía en mí.

Entonces caí en la cuenta de algo crucial. Una parte de mí, la parte que ella había devuelto a la vida con una sola mirada, la amaba, de algún modo incomprensible para mi cerebro. Aquello fue uno de los momentos más transcendentales de toda mi vida. ¡Uau! Nathaniel Black era capaz de amar. La prensa internacional había alucinado con esa noticia. Lo más curioso de todo es que lo supe así de sencillo y lo acepté con la misma facilidad: sin tan siquiera haber intercambiado una palabra con ella, sin entender el porqué del asunto, la amaba. Amaba a esa mujer que había conseguido despertarme de mi letargo y la amaría hasta el fin, pasase lo que pasase. Eso me aterraba. La otra parte de mí, la que seguía sin sentir nada, quería alejarla. ¿Y si yo me equivocaba con ella? Tal vez no fuese como yo. ¿Acaso podía yo conocer los recovecos más profundos de su alma solo con mirarla durante unos instantes? ¿Y si ella no me necesitaba a mi? ¿Y si amarme iba a destruirla, como a Mary?

Pero… ¿y si no? ¿Y si yo era todo cuanto ella necesitaba, tal y como ella, en cuestión de instantes, se había convertido en todo lo que yo necesitaba para ahuyentar mi nada?

Tener conflictos mentales también te jode vivo. ¡Necesitaba una condenada botella de bourbon! Y un poco de coca. Y follarla. Oh, sí, eso era lo que más necesitaba de todo. Habría renunciado a todo lo demás solo por follarla en ese preciso momento. Casi podía imaginármela desnuda entre mis brazos. Podía sentir su piel, sus labios, la calidez de su cuerpo. ¿Qué pensaría la estimable señorita Collins si conociera mis pensamientos? ¿Respondería a mi pasión? Seguro que sí. Yo me ocuparía de ello.

―Pido disculpas por la teatralidad, pero en mi defensa diré que no me dejaron pasar. Catherine Collins, un placer.

Su acento era culto, británico, por supuesto (es inglesa), mientras que su mirada destellaba distante y arrogante, tan desafiante como toda su persona. No esperaba otra cosa de una mujer como ella. Me ofreció su mano, pero no se la acepté. Ese juego era de lo más divertido. No me habría importado jugarlo con ella hasta el fin de los tiempos.

―Señor Black, ha habido un terrible malentendido y, si me concediera tan solo un minuto, podría explicárselo todo.

Simulé aburrimiento. La juguetona gatita no podía conocer mi interés. Los gatitos se aburren muuuy rápido de sus juguetes.

―¡Detenla!

Me miró confusa, no se esperaba esa actitud. Pensaba que, por ponerme ojitos, iba a salirse con la suya. ¡Ja! ¡Nena, abróchate el cinturón! Tú y yo vamos a subirnos a la montaña rusa más alta y peligrosa de todas.

Fingí no saber quién era y le di la espalda, cogiendo a Anne de la mano. Oh, Anne. Se me había olvidado que ella estaba a mi lado. Solo tenía ojos para Catherine. Con Anne también tendría que lidiar algún día. Sin embargo, hoy no. El día de hoy se lo dedicaría por completo a la gatita Catherine. Mi Catherine. Siempre iba a ser Catherine.

―Tranquilo ―le dijo a Wesley, quien intentaba pararla―. No voy a besarle, ni a lanzarle el sujetador, o…―hizo una pausa―…lo que sea que los fans hagan. Solo quiero hablar. Un minuto.

No pude reprimir una sonrisa. ¿Por qué no se iban todos al diablo y nos dejaban solos a Catherine y a mí? Seguro que conseguiría hacerla lanzarme su sujetador en menos de veinte minutos. Mmmm, ¿de qué color será…? Me giré de cara a ella, por si lo podía adivinar. Nop, su vestido no era transparente, pero si podía adivinar las curvas de su cuerpo. Iba a ser muy entretenido descubrirlas y conocerlas todas. Iba a ser entretenido y jodidamente excitante conseguir a Catherine.

Tuve que ser muy malo y muy retorcido con ella, solo le di migajas para luego quitárselo todo. Necesitaba jugar ese juego para mantener vivo su interés. Era evidente que ella quería solo lo que se le negaba. Catherine Collins era la clase de mujer que lo tenía todo y ya nada despertaba emoción en ella. Dejaba la sensación de haber estado en todas partes, enfrentándose a todos los desafíos que la vida de una niña bien como ella podía ofrecer. Le habían puesto el mundo a sus pies desde que había nacido, por eso aborrecía las cosas que se obtenían fácil. Yo lo sabía. Sabía por qué ella se negaba a trabajar en la empresa de su familia. Sabía por qué había elegido ser asesora de imagen y abrirse un camino en ese mundillo sin la ayuda de sus apellidos. Le gustaba ganarse las cosas por sí misma. Catherine era una magnífica luchadora mientras que yo era el gran premio. Tenía que ponerle las cosas difíciles.

Y se las puse, puede que incluso demasiado difíciles. No dejé de provocarla hasta que fue mía.

Pero luego todo se fue a la mierda. Cuando hay tanta oscuridad de por medio, es imposible evitarlo. El declive empezó con Anne. Yo era feliz. Había conseguido a mi Catherine. Ella era mía. El cuento de hadas marchaba sobre ruedas. Hasta que volvió la rubia más famosa de Hollywood para joderme vivo. ¡Todo el mundo quiere joderte vivo hoy en día! En serio. ¡Ser rico y famoso apesta! Esto debería publicarse en la Page Six, así los niños y niñas americanos, en vez de soñar con Hollywood, empezarían a pensar en profesiones serias, como mecánico o enfermera. ¡Lo que daría yo por haberme hecho mecánico!

―Anne ―me esforzaba por disimular mi sorpresa.

―Amor mío ―levantó su copa de Martini en gesto de saludo.

Quise estrangularla. De verdad que sí. Retorcerle el pescuezo. ¿Qué cojones estaba haciendo en mi salón? Le había dejado bien claro en Londres que quería a Catherine y que ella iba a ser mía de un modo u otro. Anne y yo habíamos roto casi dos meses atrás. Incluso se había marchado del país. Para superar la ruptura, dijo. ¡¿La ruptura?! ¿Qué cojones estaba diciendo? Lo nuestro solo había sido follar y ella lo supo desde el principio. Era tan adicta como yo. Crack, coca, anfetas, sexo… A Anne le iba todo, como a mí. Pero no era más que eso. Yo no sentía nada por ella, ni ella me amaba a mí. ¡¿Entonces, qué coño estaba haciendo ahí?!

―Si no me falla la memoria, vivo aquí ―me contestó.

Quería gritarle. Sacudir su cuerpo hasta que perdiese el puto conocimiento. Pero no podía. Anne conocía todos mis secretos. Los más oscuros. Lo que no me atrevía a confesarle a Catherine, ella lo sabía y podía usarlo en mi contra. No iba a permitirlo. Nuestra relación estaba en pañales aún y no quería arriesgarme a perderla. ¡Necesitaba más tiempo! Anne tenía que desaparecer en ese preciso instante, antes de joderlo todo. Así que me fui con ella a cenar y le expliqué la situación. Me sorprendió su serenidad y lo bien que lo estaba encajando. ¡Claro que sí! El daño ya estaba hecho, por eso estaba tan complacida, la muy zorra.

Lo supe en cuanto llegue a casa y vi a Catherine. Estaba destrozada, aunque fingía estar bien. La miré turbado. ¡Necesitaba más tiempo, joder! Ella aún no estaba preparada para esa mierda. Mi Catherine era demasiado inocente como para verse salpicada por toda esa basura que había sido mi universo antes de conocerla.

―¿Quieres al menos hacer el favor de mirarme durante un segundo? ―le grité, lanzando al suelo ese maldito libro que fingía estar leyendo.

Estaba hecha una fiera, lo veía en sus ojos. ¡Estaba perdiéndola! ¡Dios, no! ¡No, no, no! No podía perderla. Ella era lo único que yo necesitaba y yo era lo único que ella necesitaba. Estábamos hechos el uno para el otro. ¿Por qué ella no era capaz de verlo en ese instante?

―Así que es cierto. Eres adicto al sexo.

Mi mundo se vino abajo. ¿Cómo explicárselo a Catherine? ¿Cómo decirle que sí, que ese era yo, un jodido adicto a las drogas, al sexo y al alcohol, que no era capaz de amar a nadie, ni a nada, antes de conocerla a ella? Podía haberle dicho toda la verdad, pero ¿cómo explicarle que ya no necesitaba nada de eso desde que la había conocido? ¿Que ella me llenaba lo bastante? No me habría creído. Mis propios psicólogos creían que estaba mintiendo. Decían que eso era imposible. Un adicto no deja de ser un adicto de la noche a la mañana, Nate. Eso fue lo que dijo uno de ellos y mis desesperadas explicaciones no le hicieron cambiar de idea. ¿Por qué no iba a pensar ella lo mismo? No confiaba en mí. Aún no. Y, dada la situación, nunca lo haría. ¿Y sí yo realmente no era digno de esa confianza? Ella era la única que podía salvar mi alma, pero ¿y si mi alma no valía la pena ser salvada?

Entonces lo vi con claridad. Debía dejarla marchar. Ella no necesitaba todos mis jodidos problemas en su vida. Podía conseguir a alguien mejor que yo. Alguien como mi hermano. Ese simple pensamiento me partió en dos. La idea de imaginármela con otra persona era devastadora. Sin embargo, ya no podía seguir siendo egoísta con ella. Tenía que enseñarle que yo era malo para ella. Eso, lo nuestro, era malo para ella. Sí, no había otra manera.

A pesar de todas las ideas que pasaban por mi mente, a pesar de que mi alma se había fraccionado de dolor, mi rostro no se alteró en absoluto. Después de todo, yo era uno de los actores mejor pagados de Hollywood. Si era preciso, podía interpretar perfectamente el papel de un autentico hijo de puta para alejarla de mi.

―Lo soy ―confesé tras un largo silencio.

Sus ojos se agrandaron de dolor al verme tan imperturbable. Deseaba con todas mis fuerzas que ella pudiese ver lo mucho que me dolía aquello, pero no podía enseñárselo. La amaba demasiado como para condenarla a una vida miserable a mi lado.

―¿Y cómo lo sabes? Podrías ser simplemente un hombre con una libido alta.

Intentó agarrarse a cualquier cosa. Eso la superaba y los dos lo sabíamos. Me odié a mi mismo por hacerla pasar por todo esto.

―La diferencia está en el control. Yo no lo tengo. He entrado en lo que llaman una burbuja y ya no tengo voluntad alguna de parar. La idea de follar es… obsesiva.

Parecía desesperada por buscar una solución. Sabía que su mente iba a cien, sopesando todas las posibilidades, todas las opciones.

―Pero tú reconoces que eres adicto. Es el primer paso hacia la recuperación, ¿no? ―insistió.

―Nunca he pensado en mi apetito sexual como en una adicción. Por desgracia, mis psicólogos no están de acuerdo con eso. Dicen que vivo en un mundo de fantasía y que trato por todos los medios de evitar cualquier clase de contacto emocional.

―¿Por qué no vas a rehabilitación?

Me miró y lo vio claramente. Vio lo que yo quería que viese, no la verdad. Raras veces dejaba que ella vislumbrase la entera verdad.

―Te gusta ser así ―murmuró, derrotada.

Por primera vez en su vida, Catherine Collins estaba derrumbándose. Y ahora iba a dar mi golpe de gracia. Sabía que eso la destruiría.

―Pues sí. En mis relaciones no hay dramas… ni ñoñerías… ni gilipolleces. Se limita todo al simple acto sexual. No hay complicación alguna y eso me gusta. Odio las ataduras y los dictámenes, y no me gusta tener que preocuparme por no herir sensibilidades.

Ver su rostro estaba matándome. Dios, no podía hacerlo. No podía dejarla marchar. Alejarse en ese momento era lo mejor para ella, la opción más simple y menos hiriente; ¡lo más sencillo para ella! ¿Pero acaso sencillo quiere decir mejor? Decidí que no, solo porque la otra opción, la de dejarla marchar, era inaguantable. Ella era Catherine Collins-Fitzgerald. Si había alguien capacitado para enfrentarse a toda esa basura, ese alguien era ella. Mi chica fuerte, dura e implacable.

Esa noche le enseñé mi lado más oscuro, todo lo malo que yo podía llegar a ser. Conoció todos mis demonios. Bueno, casi todos. Los hombres como yo siempre nos guardamos el as en la manga. Parecía cansada mientras me escuchaba, harta de mí y de mis tormentos; a punto de rendirse. Pensé que me odiaría después de eso. Creo que ella misma pensó que me odiaría después de eso.

―¡Tú no eres un hombre de verdad y nunca lo serás! ―me gritó―. Solo eres un mocoso que juega a ser mayor.

¡Vaya! La señorita Collins siempre tan directa. Los demás intentaban clavármela por detrás. ¿Ella? ¡Jamás! Catherine siempre apuntaba al corazón. Y nunca fallaba.

Pensé que se iría después de esa noche. Me alejé de ella. Le dejé espacio para que tomara su decisión. Bebí hasta reventar durante toda una semana, me pegué con todo aquel que se cruzaba en mi camino y esnifé una cantidad realmente escandalosa de coca. Escandalosa por tratarse de un actor de Hollywood con mucha practica, quiero decir. El resto de la población habría sufrido una sobredosis solo con ver aquellas montañas blancas. Hice todo eso solo por dejar de pensar en ella. Estando lo bastante borracho y colocado, no había peligro de que su mirada atormentada se cruzara por mi mente.

Estaba convencido de haberla perdido para siempre, pero, de nuevo, mi Catherine me sorprendió. Cuando volví, ella estaba en casa. Yo no entendía por qué. Ni ella misma era capaz de comprenderlo. Y, aun así, ahí estaba, esperándome. Ese fue el instante cuando lo supe: estábamos juntos en eso y nunca iban a cambiar las cosas. Claro que las cosas cambiaron. ¡Las jodidas cosas siempre cambian!

Perdí el control. Los psicólogos, después de todo, eran más listos que yo. Un adicto no deja de ser un adicto de la noche a la mañana, Nate. ¡Qué hijos de puta! Acertaron. Esa misma noche metí la pata bien metida. Y lo que es aún peor, lo hice con ella. Mientras le hacía el amor, el tiempo y el lugar desparecieron de pronto y un oscuro velo nubló mi mente, transformando el todo en la nada. Una vez más. En esa ocasión me la follé como nunca. No me importaba quién era ella, ni qué estaba haciéndole, ¡no me importaba nada! Solo quería follar.

Cuando me di cuenta de lo que le había hecho, no podía reaccionar (de no haber sido tan jodidamente egocéntrico, ese habría sido el puto momento de pegarme un tiro). ¿Cómo había pasado aquello? Llevaba casi dos meses controlando mi adicción. Pensaba estar bien… ¡Ja! La vida me demostró lo contrario. Una vez más, la oscuridad, ¡mi oscuridad!, se interpuso entre nosotros. Me odie a mi mismo como nunca antes lo había hecho. ¡Estaba tan furioso! Ella dijo que no pasaba nada. Yo dije que lo mejor era acabar con todo. Le recordé lo malo que yo era para ella, le dije que estar conmigo iba a destruirla. Enloqueció al darse cuenta de que lo nuestro pendía de un hilo muy débil que estaba a punto de romperse. ¡Quería ser como yo! ¡¿COMO YO?! ¡Por encima de mi jodido cadáver! Ella era demasiado buena para eso y estaba claro que yo era una influencia nefasta si ella había sopesado esa posibilidad. Así que volví a salir de su vida, dispuesto a no volver jamás.

Hasta que me mandó un SMS. Un jodido SMS, jodidamente frío, lo jodió todo. Mi voluntad volvió a tambalearse. Mi decisión de dejarla marchar se fue a la mierda. Me presenté a su fiesta. Bueno, era la mía, en realidad. No pensé en las consecuencias, solo necesitaba verla y abrazarla. Estaba herido y muy borracho. Me dolió más de lo físicamente aguantable ver como ella estaba buscando consuelo en los brazos de mi hermano. Me lo merecía, claro que sí. Había sido un jodido bastardo con ella, me merecía eso y algo peor, pero verlos bailar de esa forma tan tierna, mirándose de ese modo, me resultaba desquiciante. Sabía que él la amaba y sabía que una parte de ella sentía cosas por él. Me comporté como un capullo esa noche. Una vez más. Ella me dijo que se iba. Yo estaba fuera de control.

―Lo único que sé es que, si solamente me quedara hoy, querría pasarlo contigo porque no puedo imaginar mi día sin que tú estés en él.

Eso le dije e iba en serio. No solo mi día, sino el jodido universo, no podía existir sin ella. Lo entendió. Me besó y los dos nos olvidamos de todo y dejamos atrás la oscuridad durante unas cuantas horas.

Todo era perfecto. El mundo, hasta aquel entonces, miserable, se había vuelto perfecto. Ella era perfecta. Yo era perfecto. Lo nuestro era perfecto. Claro que eso tampoco duró demasiado. Esta vez me jodieron vivo los paparazzi. Creo que el ¡jodamos vivo a Nathaniel Black! debió de ser un trending topic por aquel entonces. Si no, no me explico por qué todo el mundo querría joderme de una forma u otra.

Catherine se largó y fastidió las cosas esa noche. Supongo que esa vez le tocaba a ella joderme vivo. Cuando vi en el Times de esa mañana una foto en la que ella estaba besando a mi hermano, quise matarla. No sé como fui capaz de conducir de vuelta a casa sin estrellar el coche. Estaba tan furioso como una bestia desquiciada. ¡Y ella tan tranquila, mirándome como si nada hubiese pasado! Me imaginé mis dedos apretando su frágil cuellecito, de verdad que sí; estuve saboreando el momento, imaginándome como el aire abandonaría sus delicados pulmones. Oh, sí, me imaginé todo eso y disfruté mientras lo hacía.

Pese a ello, no fui capaz de llevarlo a la práctica. Luego habría tenido que matarme a mí mismo porque me resulta inconcebible un mundo sin que ella estuviese ahí. Y he de admitir, (a regañadientes), que yo siempre he sido un capullo demasiado egocéntrico como para pensar en los suicidios. Lo mejor era pasar página y solucionar lo nuestro, intentar olvidar que ella había besado a mi propio hermano.

Eso hice.

A partir de ese momento, las cosas fueron bien entre nosotros. Bueno, no del todo… Nos enfrentamos a muchos otros desafíos (la vida es muy puta y todos quieren joder vivo a Nathaniel Black), pero lo hicimos juntos y salimos vencedores. Hasta que llegaron las Navidades y todo se fue a la mierda.

Me había pasado el día buscando un anillo de compromiso. No quería esperar más. Era evidente que mi vida sin ella no tenía sentido, aunque jamás lo habría admitido en voz alta. Seguía viéndola como a una gatita caprichosa y estaba convencido de que si ella llegaba a saber lo mucho que la quería, se habría cansado de mi en un abrir y cerrar de ojos. ¿Por qué iba a molestarse a quererme si ya me tenía? Aun así, necesitaba dar ese paso con ella, tenerla solo para mí. Para mantener vivo su interés, iba a pedirle matrimonio sin decirle ese te quiero que ella tanto necesitaba oír. De nuevo, ella debía ignorar el poder que tenía sobre mí. Era la única manera. Si quería conservarla, debía ocultarle mis verdaderos sentimientos.

No, Catherine no podía saber el amor que le había procesado en todos los momentos, incluso en los malos. ¡Siempre! Cuando ella me gritaba que me odiaba, yo quería gritarle que la amaba. ¡La amaba! Y nunca dejaría de amarla.

Por eso hice lo que hice.

La amaba tanto que encontré las fuerzas para dejarla marchar. Yo no era bueno para ella y supongo que una parte de mi lo había sabido desde el mismo principio, solo que me negaba a admitirlo. Lo nuestro era demasiado tóxico, así que le abrí la jaula y dejé que volara lejos de mí. No podía seguir condenándola a vivir en mi infierno personal solo porque yo era demasiado egoísta como para liberarla. Ya no se trataba de mi adicción. Se trataba de todo mi mundo, de todo lo que suponía ser el chico malo de Hollywood. Esa jodida marca que yo tanto aborrecía, pero que mantenía intacta, estaba pasándome factura. A mí ya nada de eso me afectaba. A Catherine, sí. Ella se desquiciaba con cada rumor malicioso. Se volvía loca, pensando que era cierto. No lo era. ¿Cómo hacérselo ver? Siempre estaba dispuesta a ver lo peor de mí.

―¿Cuál es la explicación esta vez? ―me preguntó, de espaldas a mí.

Quería decirle la verdad. Quería conservarla. Quería ser de nuevo un jodido egoísta con ella. Pero no debía. Si realmente la amaba tanto cuando decía, tenía que dejarla marchar.

―Esta vez no hay una explicación. Salvo por la más evidente de todas, claro.

―¿Y cuál es la más evidente de todas, Nate?

Ella estaba mirándome en silencio. Cerré los ojos. Iba a acabar con todo eso y no podía hacerlo mirándola a la cara. No podía mentir de esa manera mientras miraba sus ojos.

―Qué soy un hijo de puta infiel.

Ella lo supo entonces. Se había acabado. Era libre de marcharse. Y eso hizo. Me dio la espalda y se fue. La observé turbado.

―¿Catherine?

¡No podía! ¡No podía dejarla marchar sin decirle la verdad!

―¿Sí? ―susurró.

―Te quiero.

Y ya está. Ahí se acabó todo. La perdí para siempre.

¿¿¿Para siempre??? Grandes palabras para tan pequeño intervalo de tiempo. Lo cierto es que la conseguí de vuelta. ¿Cómo? Es evidente. Soy Nathaniel Black.

***

―¿Qué te parece este cochecito para bebés? ―la suave voz de Catherine me saca de mis pensamientos.

Levanto la mirada del suelo. Está de pie a mi lado, alargándome su iPad. Si bien lo cojo, no puedo mirar esa pantalla. Solo puedo mirarla a ella. Es adorable, con su camisón de señoritinga y su pelo revuelto.

―¡Espabila! ―impaciente como lo ha sido durante toda su vida, chaquea los dedos para despertarme de mi trance―. ¡Y no me mires así! No soporto cuando me examinas tan fijamente, como si quisieras hacerme cosas malas.

Quiero hacerle cosas, pero no son malas. ¿O tal vez sí…?

―No puedo dejar de mirarte. Eres exquisitamente sexy ―musito, en voz gutural.

Me pone mala cara.

―¡Parezco una maldita cucaracha!

No puedo evitarlo, suelto unas cuantas carcajadas, que la enfurecen todavía más. Si se le saca de quicio, Catherine puede llegar a ser tan rabiosa como un gato montés. El embarazo no ha hecho más que intensificar sus ataques de cólera. Hormonas…

―Puede que tengas el instinto maternal de una cucaracha, pero no te pareces en absoluto a una, amor. Te lo aseguro. Eres tan sexy que quiero follarte ahora mismo.

―¡Tío, eso es repugnante! Podría dar a luz en cualquier momento.

Vuelvo a reírme. Lo cierto es que ella no tiene el instinto maternal de una cucaracha. Quiere ser madre. Solo que aún no lo sabe. Ella nunca sabe lo que quiere, por eso me necesita a mí. Lo doy lo que quiere antes de que ella sepa que lo quiere. A eso se resume lo nuestro.

―¡Ay, Dios! ―se encoje de dolor―. ¡Creo que voy a dar a luz!

Preocupadísimo al ver cómo su rostro palidece a causa de los espasmos, pego un salto y la abrazo.

―Eh, princesa, ¿estás bien? ¿Te duele? ¿Qué hago? ―no puedo dominar mi desesperación. No soporto la idea de que ella tenga dolores―. ¿Catherine, qué hago?

Su rostro se contorsiona todavía más, no tengo claro si de dolor, o de ira.

―¡Llévame al jodido hospital, idiota! ―ruge, colérica. Sí, era de ira―. ¡Espabila de una vez!

Vale, todo está bien. Si está insultándome, es que está bien. Con la mayor prisa posible, la cojo en brazos, agarro las llaves del coche y salgo corriendo.

―¡Bájame ahora mismo! ―me grita en el ascensor, forcejeando conmigo. No soporta que la coja en brazos como a una niña pequeña.

―¿Quieres estarte quieta para variar?

―¿Y tú quieres bajarme de una PUTA vez? ―repone, irritada.

¡Con lo fina que era cuando la conocí! Beso la punta de su nariz para que se calme. Ese nerviosismo suyo no puede ser bueno para el bebé.

―No te muevas, amor. Todo va a salir bien. Yo estaré contigo en todo momento.

Entorna los ojos.

―Voy a dar a luz sola, por si no te has enterado las mil veces que te lo he dicho hasta ahora.

Ella siempre se empeña en estar perfecta y piensa que si la veo mientras da a luz, dejaré de amarla. No entiende que a mí me gustan todas sus imperfecciones.

―De eso nada. Estaré sujetando tu manita, bizcochito.

―¡No seas pervertido, Nathaniel Black! ―escupe, alzando el tono―. Los dos sabemos que solo lo estás haciendo para verme desnuda y no pienso permitírtelo.

Me río mientras la instalo en el coche. Conduzco de camino al hospital como un loco.

―¡Médico! ¡Por favor! ¡Necesito un médico de urgencia! ¡AHORA MISMO!

Corro por los pasillos del hospital con ella en brazos. ¿Por qué no se dan prisa estos hijos de puta? ¡¿Nos están haciendo fotos?! ¡Joder, que no es el puto momento para eso! ¡Jodidas redes sociales, la Page Six y la puta madre que los parió a todos! Respiro hondo para calmar mi ira. ¡No, no puedo calmar mi ira! ¡Joder!

―¡Mi mujer va a dar a luz! ¿Queréis moveros de una PUTA vez?

Catherine resopla.

―¿Quieres tranquilizarte? Ya vienen.

―¡Están tardando demasiado!

―Llevamos aquí siete segundos ―repone, aburrida.

―¡Pues eso! ¡Demasiado!

Al fin viene alguien con una silla de ruedas. Coloco a mi Catherine en ella y, pese a que el enfermero quiere guiarla, no se lo permito. ¡Quita tus apestosas zarpas, muchacho! ¡Es mía!

Nos instalan en una suite que he reservado cuando Catherine estaba embarazada de tres semanas, y que llevo pagando desde entonces. Por si acaso. Uno nunca puede saber cuando viene el bebé.

―Vale, quiero que te tranquilices ahora mismo y que…

¿¿¿Tranquilizarme??? ¡Vamos a tener un bebé! ¡No puedo tranquilizarme!

―Y a mi madre, y a Richard, y no te olvides de llamar a tu hermano, a tu madre y a Wade ―concluye, de lo más serena.

Ni siquiera he oído lo que me ha dicho. Vuelvo en mí cuando me doy cuenta de que carraspea para llamar mi atención.

―¿Decías, amor?

Sopla con exasperación.

―Olvídalo. Dame tu móvil.

Se lo doy. No quiero que vuelva a chillar. ¡Es aterradora! Ella lo coge y llama a todo el mundo para decirles que ya estamos en el hospital. A su amiga Emma le pide prestado un vestido y la plancha de pelo (no me acordé de llevar su maleta antes de salir de casa, estaba demasiado asustado), a Gage, un libro de los suyos, a mi hermano, que pase por el Sephora de camino al hospital para comprarle una BB cream. Así es Catherine. A punto de ser mamá y ella solo piensa en la imagen que tiene que mantener. La miro con una sonrisa en las esquinas de mi boca.

―Te quiero ―le susurro.

Así soy yo. O bien no se lo digo ni aunque me apunten la sien con una pistola, o se lo digo ochenta veces al día. Ella me devuelve la sonrisa mientras escucha a su madre. Parece exasperada. A saber lo que estará diciéndole mi suegra.

―Sí, mamá, estoy bebiendo bastante agua, ¿pero que tendrá eso que ver con la dilatación? Anda, que se ponga Richie.

Me río con ganas al escuchar esa parte de su conversación.

Diez horas después, Catherine está trayendo al mundo a nuestro primer hijo. Digo primer hijo porque pienso tener más.

―¡Juro por Dios que te la cortaré cuando acabe todo esto! ―ruge, apretando mi mano con una fuerza brutal.

Seco el sudor de su frente con un pañuelo. Una vez hice de cirujano y la gente me hacía eso.

―Vamos, amor, solo queda un poco. Empuja un poquito más, princesa.

Me fulmina con la mirada, así que me callo, dejo de secarle la frente y me limito a sujetar su mano. Catherine detesta que yo le diga lo que tiene que hacer.

―¿En qué puto momento me he negado a la anestesia? ―ladra mientras empuja con todas sus fuerzas―. ¡Qué alguien me pinche un chute de morfina ahora mismo! ¡Joder!

―Sí, sí, chútele lo que sea ―insisto yo―. ¡No soporto verla sufrir!

El médico nos mira exasperado. Yo llevo al menos dos horas insistiendo en que la droguen. Incluso me he ofrecido a proporcionarles un poco de heroína, por si no había en ese hospital. Como es una sustancia ilegal y todo eso…

―Señor Black, por enésima vez, no se le puede pinchar nada ahora mismo. ¡Y mucho menos morfina o heroína!

Si tuviese que parir él, seguro que cambiaría de opinión, el muy hijo de perra.

―Vale, espera, te doy un porro ―le digo, tanteándome todos los bolsillos con la mano que me queda libre―. Seguro que eso te relaja.

El médico saca la cabeza de entre las piernas de Catherine y me mira escandalizado.

―¡Señor Black! ―clama, incapaz de recuperarse del shock.

¡Qué nenaza! Tampoco es para tanto. Unas cuantas caladas no van a matar a nadie. La hierba es de lo más ecológica.

―¡Dame lo que coño sea!

El hombre abre los ojos de par en par, todavía más escandalizado.

―¡Señora Black!

―¡Ya viene! ―grita Catherine.

Todo su ser se dobla de dolor y entonces sale el bebé. Me asomo. ¡Ugh, que feo es! ¿Seguro que es el nuestro?

―Felicidades. Es una niña.

―¡¿Niña?! ―gritamos Catherine y yo a la vez.

―Niña ―repite el médico, enseñándonos a la criatura.

Ahora que la veo mejor, ya no me parece tan fea. De hecho, creo que va a ser una auténtica belleza. Hmmm. Sabía yo que los bebés mitad Black mitad Collins tenían muy buenos genes.

―¡Pero si nos habían dicho que iba a ser niño! ―exclama Catherine, completamente conmocionada―. ¡Le hemos pintado la habitación de azul celeste! ¡Nate, haz algo!

La miro consternado.

―¿Quieres que devuelva el bebé? ―pregunto, sin dar crédito.

Me dedica una mirada fulminante.

―¡No seas imbécil! Quiero que llames a alguien para que cambie el color de la habitación.

Resoplo, aliviado. Con esta mujer nunca se sabe.

―Oh, eso.

―¡Sí, eso!

―Ya se hará, amor. Ya se hará.

El médico pone a la pequeña Cathy en brazos de su madre. Verlas a las dos juntas, ver como Catherine mira a Cathy, la ternura que hay en sus ojos, convierte esto en el mejor momento de toda mi jodida existencia.

―¿Puedo cogerla? ―susurro.

Los ojos de Catherine me acuchillan.

―¡Es mía! ―la acurruca entre sus brazos un gesto protector, para que yo no me acerque a ella.

―Pero si hasta hace dos minutos tú no querías ser madre.

―He cambiado de opinión ―repone, meneando a la pequeña Cathy―. Mira qué guapa es. Va a heredar mi elegancia y tu sex appeal. Y sus ojos serán azul verdoso.

Me río con suavidad.

―Anda, déjamela un rato. No seas mala.

Asiente a regañadientes.

―¡Pero ten cuidado! ¡Y sujétale bien la cabecita! Y de ninguna de las maneras puedes dejarla caer al suelo.

Le pongo mala cara. ¡No soy tan torpe, hombre!

―Amor, no es el primer bebé que sujeto.

―Yo nunca he tocado a un bebé hasta hoy ―anota, tan tranquila.

Miro embelesado a la pequeña. Es tan delicada, tan frágil. Y es mía. Bueno, de Catherine también. ¡No, mía! Los dos son mías.

―No puedo creer que sea niña. Me ha jodido el plan ―le digo a Catherine mientras acaricio la pequeña zarpita de Cathy. Ella también parece un gatito. Un gatito al que yo pienso cuidar.

―¡Por encima de mi cadáver iba a llamarse Bobby Joe!

Escucho una carcajada a mis espaldas.

―¡No jodas que ibas a ponerle a tu hijo Bobby Joe! ―exclama mi hermano, quien entra con una bolsa de Sephora, un enorme ramo de rosas rojas (¡nenaza! las rosas siempre tienen que ser negras) y mil revistas de moda, para que Catherine esté entretenida los días que va a pasar hospitalizada.

Se acerca y besa su frente. A ella le brillan los ojos de alegría al verle. Aún me jode la conexión que parecen tener (y esos dos besos que se dieron), pero me controlo. Los quiero demasiado como para montar escenitas. Además, confió en ellos.

―Hola, angelito. ¿Cómo lo llevas?

―Tengo una niña ―le dice, muy orgullosa.

―Eso he oído. Felicidades. ¿Puedo? ―se acerca para cogerla.

Me niego a dársela, pero como él insiste, acabo cediendo. Eso sí, lo hago de muy mala gana. ¡Me da igual que Robert sea el tío! Cathy es mía.

―¡Cuidado! ―gritamos Catherine y yo al unísono.

Mi hermano nos dedica una mueca de exasperación.

―Ya sé que hay que sujetarle la cabeza. No soy idiota.

―Yo no estaría tan seguro ―musito, para mí mismo.

A pesar de que me escucha, decide ignorarme. Sabe que esto no va con él. Solo me comporto así porque estoy preocupado por la seguridad de Cathy.

―Es preciosa ―susurra, puesto que la pequeña se ha dormido en sus brazos―. ¿Y cómo vais a llamarla?

―Alyss…

―Cathy ―interrumpo yo.

Catherine gira la cabeza hacia mí con brusquedad.

―¡¿Cathy?! ¿Por qué íbamos a ponerle Cathy?

Encuentro su verde mirada y la sostengo.

―Porque ella tendrá todo lo que tú no tuviste de pequeña. Será una copia de ti misma, por eso la amaré más que a nada y le daré todo lo que a ti nunca te han dado: amor y ternura. Se llamará Cathy y no se habla más.

Los ojos de Catherine se nublan. Parpadea para retener las lágrimas. Sé que odia llorar delante de mí. No soporta la compasión que lee en mi mirada.

―Cathy me parece bien ―musita, con un hilo de voz―. Como la de Cumbres Borrascosas.

―Pues Cathy, bienvenida al mundo de estos dos locos ―le susurra mi hermano a la pequeña, quien gruñe algo a modo de respuesta. Conociendo sus genes, posiblemente un ¡déjame en paz, idiota!―. No quisiera ser tú, pequeña Cathy.

Cathy no contesta, sigue durmiendo tranquila en los brazos de su tío.

Sí, mi Cathy va a conocer un mundo mejor que el de sus padres. Me aseguraré de ello. Mi pequeña Cathy nunca va a saber lo que significa irse a la cama con el estómago vacío, como lo hacíamos mi hermano y yo cuando Wade se largó de nuestras vidas. No va a saber lo que significa que te decepcionen, como lo averiguó Catherine cuando solo tenía quince años y su padre murió en un accidente de coche, quebrantando todas y cada una de sus promesas. No. Mi pequeña Cathy solo va a conocer amor y ternura.

Todo lo que su madre y yo nunca tuvimos.

Catherine me mira a los ojos y, por primera vez en nuestra relación, los dos estamos de acuerdo en algo: le daremos solo amor y ternura.

―Te quiero ―me susurra ella.

―Yo te quiero más.

Hace una mueca.

―Te encanta llevarme la contraria.

―He nacido para molestarte.

―¡Idiota!

Abro la boca, fingiendo estar muy escandalizado.

―¡Eh, ese lenguaje! La pequeña Cathy no puede oír tus groserías. A partir de ahora, debes controlarte.

Catherine entorna los ojos.

―Y ahí está el padre del año, dándome consejos ―remarca, sarcástica.

Robert sofoca una risa.

―Voy a divertirme con vosotros dos ―declara, maliciosamente.

―Y yo voy a divertirme viendo como enamoras a tu cheerleader ―repongo, en tono igual de malvado.

―Ella no es una cheerleader ―la defiende―. ¡Lo fue! ¡Cretino!

―¡Capullo!

―¡Eh, callaros de una vez! ―nos riñe Catherine―. ¿Qué tenéis, cinco años?

Nos miramos el uno al otro, enfurruñados, pero ya no seguimos con esa conversación. Pasamos unos cuantos minutos en silencio, hasta que le hago un gesto con la cabeza a mi hermano. Él asiente.

―Vamos a fumar, amor. Ahora volvemos.

Dejamos a Cathy en brazos de Catherine, antes de salir por la puerta.

―¡Gilipollas! ―me dice él, una vez en la calle, mientras me ofrece un cigarrillo de un paquete que se saca del bolsillo de su pantalón.

―¡Nenaza! ―contraataco, cogiéndolo.

―¿Puede saberse por qué razón os estáis insultando esta vez? ―vocifera alguien a nuestras espaldas.

Robert y yo, a punto de encender los cigarrillos que están colgando de nuestros labios, nos giramos al mismo tiempo y sonreímos como unos chicos buenos. ¡Chicos buenos! ¡Nosotros! Tiene mucha gracia.

―¡Carita de ángel! ―parece sorprendido de verla ahí.

Ella viste vaqueros desgastados, blusa blanca de seda y manoletinas color carne, como toda niña bien de Long Island. Su rubia melena está recogida en una trenza, lo que hace que parezca todavía más joven de lo que es.

―Si tú lo dices…―nos dedica una sonrisa de esas que derriten corazones.

Observo la escena con mucho interés. Los ojos azules de mi hermano brillan de una forma especial cada vez que está a su lado. La quiere, solo que él aún no lo sabe. Después de todo, es un Black. La inteligencia nunca ha sido lo nuestro.

―Hola, Adeline ―me acerco y beso sus sonrosadas mejillas―. Bienvenida a nuestro mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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