Érase una vez en Texas: PRIMEROS CAPÍTULOS GRATIS

Traumatismos felacionales

Su madre solía decir que los hijos son una bendición.

Pues bien, Liberty Wells estaba lejos de sentirse bendecida mientras, bajo el sofocante calor de finales de agosto, cargaba como una mula los trastos de su hija Ayleen, a la vez que intentaba no desmayarse por la falta de hidratación.

Teniendo en cuenta lo mucho que se le había pegado a las caderas su desgastado vestido a rayas blancas y rojas, desmayarse se estaba convirtiendo en una posibilidad cada vez más real.

Su cuerpo no dejaba de expulsar sudor por cada uno de sus poros abiertos.

Y, por Dios, Titi Wells tenía montones de poros abiertos.

Qué día tan interminable. Estaba a un paso de empezar a tener alucinaciones, como esos turistas que se pierden en el desierto y aseguran haberse encontrado a Jesús.

Aunque ella, más que a Jesús, preferiría encontrarse a Paul Newman. Descamisado, a ser posible. No vaya a ser por no pedir.

Apoyó la pesada caja encima de un bordillo alto, se secó el sudor de la frente con el reverso de la mano y dejó escapar un larguísimo suspiro, impulsado por la más profunda de las fatigas. 

El sol le daba de lleno en la cara, hostigando con tanta fiereza que se vio obligada a encoger las pupilas para conseguir ver algo a través de toda esa luminosidad.

Lo que vio no fue muy de su agrado.

¿Sabéis? Todo esto le habría resultado mucho más llevadero de no haber sido porque su egocéntrica progenie, en vez de tener la decencia de echar una mano, coqueteaba sin ningún descaro con una imitación barata de Justin Bieber, sin percatarse de que su pobre madre, casi menopáusica, estaba a punto de pasar al otro barrio con tanta cajita de mudanza.

¿Y qué demonios había en esas cajas? ¿Granito?

No pretendía sonar melodramática, pero se sentía como Sísifo empujando una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada.

«Seguro que ese tal Sísifo tenía hijos como Ayleen», pensó disgustada, antes de volver a la carga. Ya que Paul Newman se negaba a aparecérsele descamisado, mejor acabar la faena cuanto antes.      

La risita tonta de su hija la hizo poner los ojos en blanco.

—No os inquietéis. Puedo yo solita con esta caja de solo veintitrés kilos —espetó al pasar por delante de ellos.

¿Acaso pensaba que su ironía iba a servirle de algo? Ja.

Su hija y el mocoso aquel de la gorra del revés y cadenas tan gruesas como las de su perra siguieron a lo suyo como si nada. ¡Se estaban intercambiando el Instagram!

Titi hizo una mueca de desagrado y arrastró con grandes esfuerzos la última caja a la segunda planta de la residencia.

Ahí no pudo más y se desplomó sobre la cama.

—Ten hijos para esto —masculló para sí.

Dieciocho años antes, mientras pensaba en una forma retorcida de castrar químicamente a su marido Tom —visto con perspectiva, tenía que haberlo hecho entonces—, cometió la imprudencia de creer que lo peor de tener hijos era el parto y sus veintidós horas de calvario.

Qué ingenua es la juventud. Como si esto de ser madre acabara alguna vez.

¿Crees que, en cuanto tus hijos se emancipan, tienen buenos trabajos y unas casas de revista, ya puedes darte al fornicio y a la bebida porque ya habrán dejado de necesitarte?

JA.

Será junto entonces cuando te traigan a sus bendiciones, tus queridísimos nietos, tan ingratos y egocéntricos como sus padres, y de vuelta a empezar. Pañal, biberón, termómetro, tiritas, el Hada de los Dientes…

Seamos honestos: la pesadilla nunca termina.

A no ser que te mueras.

Desalentada por ambas perspectivas, Titi soltó un gruñido y cerró los ojos.

No tenía energías ni para permanecer tumbada.

Viuda, casi arruinada gracias a las malas gestiones financieras de su difunto marido, y más vieja de lo que correspondía a sus cuarenta años recién cumplidos, se cuestionó por primera vez en su desaborida existencia cuál era el verdadero sentido de la vida.

La suya no había resultado especialmente atractiva.

Se había casado nada más acabar el instituto, cuando aún era demasiado joven como para saber elegir bien, y no había tardado nada en abrazar una existencia monótona y lineal en un pueblo olvidado de la mano de Dios, en el corazón más profundo de Texas. 

Madre de dos hijos y sin que el dinero les sobrara nunca, no había viajado más allá de Houston o Austin, no había ido a restaurantes buenos ni a teatros, y ni siquiera tenía una gran historia de amor de la que presumir, como pasaba con sus hermanas Zooey y Rachel.

Titi solo había estado con un hombre en toda su vida, su marido, Tom, que había resultado ser un auténtico imbécil y que no se había cansado de demostrar lo imbécil que era hasta el último día de su miserable vida.

¡Incluso su muerte fue la de un imbécil!

Empotró el coche contra un árbol mientras Jennifer, la otra hermana de Titi, le practicaba una felación. De imbéciles, ¿a que sí?

Su inesperada defunción no solo la había dejado consternada, sino al borde del embargo hipotecario. 

¡Por supuesto que estaba teniendo una perpetua crisis existencial desde entonces! ¿Y quién no?

Aunque las crisis existenciales tenían remedio…

Se permitió el lujo de visualizarse a sí misma en uno de esos retiros espirituales para mujeres premenopáusicas y se abandonó ante la profunda paz interior que se respiraba en ese lugar y la esponjosidad de un imaginario albornoz blanco que desprendía un maravilloso olor a limpio.

¿Sin niños, sin tener que limpiar, hacer la comida, la compra, la colada, planchar la ropa, desbrozar la parcela y, por supuesto, ir a trabajar seis días de siete porque las facturas no se pagaban solas? ¡¿Dónde había que firmar?!

Lo habría dado todo por solo dos semanas en ese lugar tan idílico.

Pero ¿a quién pretendía engañar? Ella no podría pagarlo. Era propietaria de un modesto salón de belleza y de un aserradero a punto de ser embargado por el banco. Apenas llegaba a fin de mes sin endeudarse con alguna de sus hermanas.

Y, dado que sus hermanas y ella no se llevaban demasiado bien, tener que mendigar dinero era bastante humillante.

A toro pasado, Titi ya era capaz de comprender que había alejado a Zooey y a Rachel por culpa de las malas elecciones que había hecho en el pasado.

Primero, eligió a Tom. Un capullo.

Y, después, cuando Jennifer se encaprichó con el chico que le gustaba a Rach, se posicionó en el lado equivocado. 

Menos mal que en la vida hay una justicia poética y al final Titi fue castigada por sus errores de una forma bastante retorcida.

En los últimos años de su convulsa existencia como reina de la belleza local, Jennifer se encaprichó con Tom, el capullo, y seguro que ahora estaba practicándole felaciones en el Más Allá. Un final feliz no muy de comedia romántica, pero, oye, no dejaba de ser eso: un final feliz. Qué retorcido todo.

—Tom el capullo —repitió para sí, encantada con cómo sonaba la frase—. Aquí yace Tom el capullo. Adoraba las felaciones. Hm, esa es buena. ¿Por qué no se me ocurriría el día del entierro?

—¿Señora Wells? —titubeó una profunda voz masculina en algún punto de la habitación.

Titi, sobresaltada, se incorporó en la cama como el conde Drácula en su ataúd.

Había que admitir que ella tenía las mismas ojeras.

Y las mismas arrugas…

Ugh.

Se vio reflejada en el enorme espejo de la pared, el pelo rubio, casi desgreñado, la cara descompuesta y los ojos azules cargados de horror, como esas zarigüeyas que circulaban por las redes sociales, y casi soltó un gritito del susto.

Por Dios, sí que parecía un vampiro de quinientos años de edad ¡y no solo porque odiara los espejos o porque el ajo le sentara mal!

¡Qué espanto!

Miró al atractivo joven que le sonreía desde el vano de la puerta e intentó ubicarlo en su memoria. Su cara le sonaba un montón, si bien ahora no conseguía recordar de qué.

¿Tal vez algún ex de Ayleen?

—A ti te conozco de algo.

Él entró en la habitación con esa sonrisa ladeada que le derretiría el corazón incluso a la señora Trunchbull de la película Matilda y, manteniendo los ojos anclados a los suyos, caminó tan tranquilo hasta donde ella estaba sentada.

Seguro que era el rompecorazones de la universidad. Tenía todos los ingredientes para serlo: atractivo, carisma, dos seductores hoyuelos, cierto brillo travieso en la mirada…

No, no podía ser un ex de su hija porque Ayleen, al igual que su madre, tenía un pésimo gusto para los hombres.

—Pues claro. Soy yo, Evan. ¿No se acuerda de mí?

Titi abrió mucho los ojos cuando la imagen de un mocoso lleno de pecas se materializó dentro de su memoria. Vaya, vaya, vaya. Lo que hacían unos cuantos años y el gimnasio.

—¿Evan Parks? —se asombró, ya que el recuerdo no guardaba demasiadas similitudes con la realidad. En su memoria había un niño. Delante tenía a un hombre hecho y derecho. 

—Sí, señora —confirmó él, contento de que hubiera acertado a la primera—. Me alegro de verla.

—Lo mismo digo, Evan. Perdona que te esté mirando tan fijamente, pero la última vez que te vi…

—Yo tenía trece y mi madre me estaba regañando por pasar demasiadas horas delante del ordenador —terminó él la frase y, guiñándole el ojo, se sentó a su lado en la cama.

Titi se hizo a un lado para evitar rozarlo con el brazo. 

—Bueno, yo no lo recordaba con tanto lujo de detalles, pero… supongo que tienes razón. ¿Cómo están tus padres?

Él la miró con humor, arqueando una de sus cejas morenas y perfiladas.  

—Sabe que mis padres se han divorciado, ¿verdad?

Titi soltó un larguísimo suspiro cargado de melancolía. Divorcio. Qué idílica sonaba la palabra. Igualita que traumatismo felacional. Bah.

—Sí… Giddings es demasiado pequeño como para no enterarse de los trapos sucios de los demás. ¿Cómo lo llevas? Los divorcios suelen ser duros para los hijos de la pareja.

—Tranquila. Está superado —aseguró él con otro guiño seductor.

Titi no supo qué añadir y le dio unos cuantos golpecitos compasivos en el antebrazo.

El chico tenía la piel tersa y bronceada, y una temperatura corporal tan elevada que Titi se estremeció involuntariamente al tocarlo y se dio prisa por retirar la mano, lo cual hizo que las deliciosas corrientes eléctricas dejaran de sacudirla.   

Evan contuvo una sonrisa y empezó a observarla de forma diferente, a perderse en su mirada.

El momento se alargó hasta eternizarse.

Titi no habría sabido identificar el motivo, por qué notaba que algo dentro de la habitación estaba cambiando. Era como si el aire se hubiese cargado de repente con una especie de energía que no estaba segura de comprender.

Sin proponérselo, analizó aquel rostro firme y apuesto, esa sonrisa arrebatadora y pícara, y lo siguiente que supo fue que una sensación muy rara le estaba sacudiendo el estómago.

¿Mariposas?

«No seas ridícula. Deben de ser gases». 

De acuerdo, él era un bombón. Rostro cincelado, la musculatura del pecho y la espalda desarrollada y una forma de observarla que la hacía sentirse acalorada, ¡pero ella era prácticamente Miss Daisy!

Por faaavor. Un poco de sentido común. Su estómago ya no tenía edad para alojar mariposas.

Sin duda, eran gases. Había sido mala idea beberse esa Coca Cola Light de camino a Houston. 

«Qué locura. ¡Evan Parks!»

¿Quién hubiera adivinado que ese mocoso malcriado se convertiría en un hombre tan guapo en solo unos cuantos años?

Claro que su padre también era muy atractivo. Titi fue con él al instituto y su mirada, azul como el cielo tejano, casi causaba víctimas mortales entre las muchachas de Giddings.

Aunque era muy reservado, y ella, por algún motivo, siempre le había caído mal. No se podía decir que fuera borde, pero sí muy frío. Gélido. Más o menos como Groenlandia.  

Cada vez que habían coincidido en los últimos años, él había hecho todo lo posible por evitarla.

Nunca le había sonreído como le estaba sonriendo ahora el hijo.

Que Titi recordara, ni siquiera se había molestado nunca en mirarla a la cara, y eso que se veían mucho en el instituto, ya que, por aquel entonces, Dylan era el mejor amigo de Tom, pese a que no tener demasiadas cosas en común con este.  

A diferencia de su difunto marido, Dylan Parks destacaba en todo lo que hacía, daba igual que fuera fútbol o matemáticas aplicadas.

Las esperanzas de Giddings estaban puestas en él. Era absolutamente brillante. Se suponía que iba a ser el primero del condado en triunfar en lo que fuera.

Por desgracia, su prometedora trayectoria se truncó en el último momento y el mejor defensa del equipo local volvió al pueblo con el rabo entre las piernas —Titi se estremeció ante esa expresión; ¡no quería pensar en el rabo de Dylan!—, una mujer embarazada y unas cuantas deudas que pagar. Eso de ir a la universidad nunca salía barato.

Que se lo dijeran a ella.

Solo de pensar en lo que costaría la matrícula de Ayleen le entraban ganas de echarse a llorar.

Cierto era que Rachel correría con gran parte de los gastos —lo cual hacía que Titi se sintiera todavía más humillada—, pero, aun así, la parte que le correspondería a ella era demencial.

Elijó pensar en otra cosa. Las cuentas mejor echarlas otro día, cuando tuviera a mano el Prozac.

Y del rabo de Dylan mejor olvidarse por completo.

Grrrrr. Se sacudió como un animal pulgoso.

—¿Y tú con quién te has quedado, con Dylan o con Maddie? —le preguntó a Evan, que no dejaba de beber de su mirada.

Si ella hubiese sido más joven o más atractiva, habría pensado que pretendía ligársela.

Dadas las circunstancias, lo más probable era que tuviera legañas y el pobre muchacho no supiera cómo decírselo.

—Con mi padre. Mi madre se marchó de Giddings.

—Ah, ¿sí?

—¿No lo sabía?

—Pues no.

Los últimos días había estado muy liada con la operación Nido Vacío. Aún no se había enterado de los chismorreos más recientes.

—Se fugó con el que vaciaba nuestra fosa séptica.

—Vaya. Qué… romántico.

—Es una mierda.

—Yo no lo habría expresado mejor, Evan.

Se miraron y les entró la risa.

Titi se aclaró la voz por lo bajo, presa de la acuciante necesidad de llenar el repentino silencio y poner fin a la complicidad que parecía haberse creado entre ellos. La forma que tenía ese chico de comérsela con la vista era casi indecente. Era como si se la imaginara desnuda y, por Dios, no era una imagen agradable para recrear.

—¿Y qué haces aquí? —volvió a decir con una vocecita más débil de lo que pretendía—. Eres alumno de esta universidad, imagino.

—Sí, estoy estudiando literatura. Es mi último curso.

Claramente, había salido a Madeleine. Su padre era un as en ciencias. Siempre le hacía los deberes a Tom.

—¿Literatura? Qué bonito.

—¿Y usted?

—No, yo ya no tengo edad para estudiar aquí. Ni dinero.

Él soltó una risita y la evaluó con una mirada chispeante de diversión. Tenía unos ojos marrones, preciosos, también heredados de Maddie. El rostro, en cambio, anguloso, de actor de cine, lo había sacado de Dylan.

—Me refería a qué está haciendo aquí.

—Ah. Cargando como una mula las cosas de Ayleen. Tooodo eso que ves ahí. No tengas hijos jamás. Hazme caso.

—¿En serio? ¿Ayleen ya va a la universidad? Creía que era mucho más pequeña que yo.

—Pues no. Es toda una adulta ahora.

—Entonces, la debió de tener usted muy joven.

—Sí. Jovencísima —se burló Titi con desgana. Si era un cumplido, no se lo tragaba. Ella aparentaba cada uno de los años que tenía. Y puede que alguno más—. Anda, por ahí llega la reina de Saba. Échale un ojo, Evan. Es tan cabeza hueca como su padre.

—Delo por hecho, señora Wells —prometió él, los dos mirando a Ayleen que, esbelta, rubia y bastante ligerita de ropa, entraba en su nuevo cuarto bamboleándose sobre unas plataformas de color fucsia, que le provocarían una fascitis plantar antes de los veintitrés.

Titi conservaba la esperanza de que a partir de ahora se volviera algo más responsable. La universidad ayudaba a la gente a madurar, ¿no?

—Mamá, ¿has visto mis sandalias rojas? Aaron me ha invitado a tomar algo con él y con sus amigos.

Las esperanzas de Titi se hicieron todas añicos, y la sonrisa de mamá orgullosa de su polluelo se le agrió encima de los labios.

—¿De verdad crees que yo he visto tus sandalias rojas, Ayleen? —repuso con escepticismo, señalando las tropecientas cajas de cartón que había tenido que subir ella solita. Dos plantas, nada más. Por supuesto, sin ascensor. Así es la vida. Puteando hasta el último segundo.  

—No lo sé. Como hiciste tú las maletas… La tía Rach hizo las maletas de Hope y en cada caja había una etiqueta en la que había anotado el contenido.

Una larga historia, pero, para abreviar: Hope era la hija mayor de la tía Jenny y también hijastra de la tía Rach porque las hermanas Patton siempre habían tenido la pésima costumbre de encapricharse del mismo tío. Todas las trifulcas que habían tenido las cuatro a lo largo de los años se debían a los representantes del sexo opuesto. 

Rachel y Jennifer se habían disputado a Logan hacía años. Jennifer fue lo bastante astuta como para pescarlo de marido, aunque luego la palmó —no sin antes convertir la vida del pobre hombre en un infierno— y se lo quedó Rachel.

Por el otro lado, Jennifer y Titi se repartieron a Tom durante a saber cuánto tiempo, a pesar de que esta última no lo averiguó hasta después de su escabrosa muerte.

En fin, gracias a Dios por T.J., segundo marido de la tía Zooey, el único que había sido capaz de mantener el rabo en los vaqueros y no acercarlo a ninguna de las hermanas de su querida. Debía de ser el único hombre bueno de todo el estado de Texas.

No como su marido, que había fallecido por culpa de un inesperado y trágico traumatismo felacional

—Ya. Pues yo no soy la tía Rach. Y tú no eres Hope.

—¿Qué quieres decir? —se enfureció Ayleen. Era muy pasional. Solo le hacía falta una chispa para estallar.

—Pues que Hope, aparte de saltarse los últimos dos años de instituto porque se lo sabía todo, y a pesar de conseguir beca en una de las más prestigiosas universidades de este país con solo dieciséis años, repito, dieciséis, se pasó el verano entero trabajando de camarera para costearse parte de los gastos de este curso y, además, ayudó a la tía Rach a hacer las cajas de la mudanza, mientras que tú te has pasado los últimos dos meses pintándote las uñas y coqueteando a diestro y siniestro. ¿Ves por dónde voy?

—¡Mamá! ¡No me avergüences delante de Evan! —le chilló su hija con su típica voz de jovencita histérica.

Bendito nido vacío.

—Anda, ¿sabes que está aquí? Como no le has dicho ni hola… Has entrado por la puerta muy preocupada por tus sandalias rojas.

—Mamá, paso de ti.

Titi entornó los párpados.

—Oh, no, señorita, la que pasa de ti esta vez soy yo —anunció mientras se ponía de pie con dignidad y cogía su bolso—. Ahora que ya estás instalada, me largo.

—¡¿No vas a ayudarme a deshacer las maletas?!

Titi se volvió desde la puerta y no pudo creerse la cara de cachorro en pena que le estaba poniendo su hija. Por Dios, ¡ni que la estuviera abandonando delante de alguna iglesia en un cestito de mimbre y sin un pañal limpio!

—¿En serio, Ayleen? ¿Crees que, después de la paliza que me he pegado en los últimos tres días, lo que tengo que hacer ahora es ayudarte a colocar las cosas en las estanterías para que tú me llames cada dos por tres para preguntarme dónde están tus bragas de nailon? ¡Madura de una vez!

—Te odio —gruñó su egocéntrica progenie, fiel retrato del capullo de su padre.

—Ya. Eso puedes hacerlo mientras desempaquetas. Cuanto antes empieces, antes habrás acabado. Hasta la vista —canturreó alegre, dirigiéndose a la salida lo más rápido que fue capaz.

En cuanto cruzó la puerta, se sintió liberada. Amaba a su hija como solo una madre sabía amar, pero, por Dios, lo bien que le iba a sentar esto del nido vacío.

Aunque el suyo no iba a quedarse tan vacío… Aún tenía a Tommy, su hijo pequeño. Pero él no daba demasiada guerra. Mientras le diera de comer cosas ricas, iban bien.

—Señora Wells —la alcanzó Evan en mitad del pasillo.

Titi se volvió, aturullada.

—Oh, Evan, discúlpame, ni me he despedido de ti. Mi hija tiende a ponerme de los nervios.

—No se preocupe. ¿Y ahora qué? ¿Ya vuelve a Giddings? —se interesó el chico, que echó a andar a su lado por el pasillo con las manos hundidas despreocupadamente en los bolsillos de los vaqueros.

Todas las muchachas con las que se cruzaban se lo comían con la mirada. No era de extrañar. Evan Parks era la clase de tío que las mujeres imaginaban en sus fantasías más ardientes.

Titi se sintió perturbada por la idea y cogió aire con tanta fuerza que su caja torácica dobló de tamaño. Ayleen no era la única que necesitaba madurar.

—En realidad, no —contestó, componiendo una sonrisa un poco incómoda—. Esta noche me quedo en la ciudad. Mis hermanas han pensado que me vendría bien desconectar de todo y me han regalado para mi cumpleaños uno de esos bonos para hoteles. Ya va siendo hora de que lo use. Resulta que hay un hotel de esa cadena en Houston, así que allá voy.

—¡Qué bien! Pues que lo disfrute.

Su timbre ronco hizo que una sensación cálida se le asentara en el pecho a Titi. Sonrió desvalidamente mientras contenía el impulso de acariciarle la cara en plan maternal. No, eso habría sido muy inadecuado.

Y tampoco estaba segura de que la movieran sentimientos demasiado maternales.  

—Gracias, corazón.

Llegaron a la puerta y ahí él la retuvo con la mirada unos segundos más de la cuenta. Por como caía la luz diurna sobre el rostro del chico, Titi se fijó en que sus ojos, si bien marrones, tenían algunos matices verdosos alrededor de las pupilas.

Era verdaderamente guapo. Si lo hubiese conocido veinte años antes, se habría enamorado de él.

Incluso ahora, que ya no estaba en esa edad impresionable, se sentía un poco perturbada. Ella era la mayor, pero él le ganaba en tamaño y altura y, aunque eso pareciera una locura, la intimidaba su presencia. Y, además, estaban tan cerca que sentía su calor corporal envolviéndola a través de la ropa.

No se había dado cuenta hasta entonces de lo mucho que echaba de menos tener a un hombre en su vida; alguien que la tocara, la abrazara.

Alguien distinto a Tom.

Y, por supuesto, distinto a Evan, que podría ser su hijo.

«Así que ya te vale, Liberty. No seas una vieja verde».

Liarse con chicos más jóvenes estaba muy mal visto. Si lo hacía un hombre, era un suertudo. Si lo hacía una mujer, menuda pervertida.

Y como ella no tenía rabo…

—¿Y ahora qué? ¿Se va al hotel y se queda ahí sola, aprovechando el mini bar?

El sarcasmo la divirtió.

—Oh, no. He quedado con otras mamás para celebrar, ¡digo lamentarnos!, por todo esto del nido vacío.

Una sonrisa traviesa se apropió de los labios de Evan. No se había tragado lo de las lamentaciones, por mucho que ella se hubiese apresurado a corregirse. 

—Eso suena bien. ¿Quiere que le recomiende algún sitio de copas? Hoy es martes y en Pub 21 las chicas beben gratis.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde está ese Pub 21?

—Le mandaré la ubicación.

—¿Tienes mi teléfono? —se asombró Titi.

Él esbozó una sonrisa ladeada, igualita a la de su padre. Aunque nunca se las dedicara a ella…

—No, pero estoy esperando a que me lo diga.

Tras unos segundos de titubeo, Titi llegó a la conclusión de que no había nada raro en eso de intercambiar número de teléfono con un chico casi adolescente y le dictó los dígitos.

Dos segundos después, él ya le había enviado un mensaje con la ubicación, seguido de montones de emoticonos. Bebida, fiesta, berenjena, donut… ¿También daban de comer en ese Pub 21? Pues genial, porque ella tenía un hueco en el estómago y eso solo podía deberse al hambre.

—Ajá. Aquí está. Muchas gracias, Evan. Eres un sol.

—De nada. Un placer.

—Bueno, va siendo hora de que… ¿Cómo decís los jóvenes?

—¿Darme el piro?

—Eso. Échame un ojo a Ayleen si no te importa, ¿vale?

—Claro. Cuente conmigo para lo que quiera, señora Wells.

La frase sonó tan insinuante en sus labios que Titi se imaginó a sí misma en medio de una de esas novelas del Viejo Oeste que veía todas las tardes en la peluquería.

Evan era un pistolero forajido que se alojaba en su posada, y ella, mujer recta y temerosa de Dios, al verle tan sucio, descamisado y viril, le pedía que la protegiera de los peligros que asechaban en el desierto.

Ante su ruego desesperado, él ladeaba una sonrisa astuta y le susurraba: Cuente conmigo para lo que quiera, señora Wells. Mientras le desabrochaba su recatado camisón.

Se estremeció ante la imagen. Qué disparate.

«Anda ya, Doña Vampiro de Quinientos Años. ¡Podría ser tu hijo! Por favor. Qué cerebro de mosquito».

—Adiós, Evan —le soltó abruptamente, consciente de que la voz le había brotado atropellada y bastante histérica.

—Hasta la vista, señora Wells —se despidió él con esa sugestiva sonrisa suya.

Antes de salir pitando como el Correcaminos, se percató de lo sexy que era su sonrisa.

Sip, la había heredado de su padre. 

Criadero de cuervos

Pub 21 estaba atiborrado de jóvenes universitarios borrachos. Las cuatro mamás destacaban entre ellos como un cura en un burdel. Parecían fuera de lugar con su ropa pasada de moda y sus melenas demasiado arregladas.

Llevaban tanta laca que Titi se estremecía cada vez que alguien encendía un mechero.

—No sé cómo será mi vida, ahora que Sarah ya no vivirá en casa —se quejó Dee, que siempre había pecado de cierto exceso de dramatismo. Sí, eso se le notaba en su pelo cardado.

—Oh, yo sé exactamente cómo será la mía —graznó Titi con una mueca de desagrado. Se bebió el tercer chupito de golpe y miró de manera elocuente a sus tres acompañantes—. ¡Ya no tendré que recoger la habitación de nadie! Bueno, salvo la de Tommy —tuvo que admitir, desencantada.

—Pero la echarás mucho de menos, ya lo verás.

Qué ingenua era Mary Ann.

See. Echaré de menos que alguien me diga ay, mamá tropecientas veces al día con ese tonito insultante y agudo.

Las demás mamás la miraron como a un bicho raro. Sabía la impresión que les estaba causando. Y no era buena. Seguro que su número de teléfono figuraba en sus agendas bajo el nombre de: Viuda amargada que se desentiende de sus hijos.

Pero es que ellas no entendían nada sobre su relación con Ayleen. No sabían que su marido la había humillado durante tantos años delante de los niños que estos, y sobre todo Ayleen, por ser la mayor y haber presenciado demasiados episodios bochornosos, habían aprendido que a Titi había que tratarla siempre con menosprecio porque no se merecía más.

Y no es que intentara dárselas de víctima.

Ella también tenía parte de culpa en esto. Había sido incapaz de controlar a sus hijos o de enseñarles a que la quisieran. Aunque se hubiera conformado con que la respetaran…

Por desgracia, tanto el cariño como el respeto le estaban vetados.    

En el caso de Liberty Wells, la expresión cría cuervos era muy acertada.

—Voy a pedirme otro de estos. Ahora vuelvo.

Sabía que no era buena idea seguir bebiendo. Seguro que ahora, mientras ella hacía cola en la barra para conseguir más tequila, las mamás perfectas y entregadas de las amigas de su hija editaban el contacto en sus agendas y lo actualizaban a: Viuda amargada y alcohólica, que se desentiende de sus hijos: NO CONTESTAR.

Puff.

—¡Eh! ¡Aquí! ¿Hola? Hola —sonrió de oreja a oreja cuando uno de los camareros reparó por fin en ella—. ¿Qué tal? Mucho curro, ¿eh? ¿Podrías ponerme otro de estos? Mejor que sean dos. ¿Sabes qué? —cambió de idea un segundo después—. Ponme tres, que hay mucha cola y la noche es joven.

El camarero, sin responder a su mohín de mamá enrollada, le sirvió los tres chupitos y se fue a atender a otros clientes.

Titi vació dos vasitos de golpe, sacudiéndose con las correspondientes muecas de desagrado. El tercero se lo iba a llevar a la mesa, para saborearlo más despacio. Pero parecía tan triste y solitario sin sus dos hermanos…

—Qué demonios —se dijo, y se lo bebió también.

Con el chute de tequila en el organismo, le entraron ganas de bailar. Decidió ser cortés y preguntar a las demás si les apetecía unirse. Volvió a la mesa, abriéndose paso entre universitarios tan mareados como ella, y estaba a punto de abrir la boca cuando estuchó algo que seguro que no debería haber oído.

—No me extraña que beba —estaba diciendo Maisie, ajena a las muecas de horror de las demás, que le hacían discretas señas que la mujer parecía incapaz de pillar—. Sabéis lo del marido, ¿no?, ¿que tenía una aventura con la hermana de ella? Por eso estaban juntos en el momento del accidente. Aunque eso no es lo único. La pequeña de las cuatro hermanas, esa Rachel que se cree mejor que las demás, se lio, y ahora está casada, ¡con el marido de la muerta! Todas conocéis a Logan, chicas, el cuñado de Candy. Qué mala suerte ha tenido el pobre.

—Ah, ¿sí? —Titi se posicionó delante de ella con los agujeros de la nariz dilatados de rabia—. ¿Por qué? ¿Porque no se casó contigo?

Maisie abrió los ojos en un gesto de horror y se llevó una mano al pecho como si ella fuera la víctima.

—Titi, no sabía que estabas… Yo…

—Anda y que os den. De todos modos, nunca me habéis caído bien ninguna de vosotras, con vuestras casas perfectas y vuestros jardines de rosas. ¡Qué satisfacción poder decirlo por fin! ¿Y sabéis qué? ¡Me la trae al pairo que ya no invitéis a mi hija a los cumpleaños de las vuestras! En cuanto a mi hermana Rachel, permitidme que os diga, chicas —subrayó mientras plantaba los talones de las palmas en la mesa en ademán intimidatorio—, que es mejor que tooodas vosotras juntas. Mi cuñado Logan no podría haber elegido mejor. Ella es el amor de su vida, así que no es de extrañar que él no tenga ojos para ninguna de vosotras, por muchos pastelillos que le llevéis a la obra. Tened un poco de dignidad, por el amor de Dios. Siento corregir a vuestras madres, pero al hombre no se le conquista por el estómago. Sabed que mi hermana le da a Logan algo que vosotras seríais incapaces: ¡sexo del bueno! Ahora, si me disculpáis, voy a bailar. Y más vale que, cuando regrese, ninguna siga por aquí.

Satisfecha por haber zanjado el asunto, les volvió la espalda y se perdió entre la multitud. Ya estaba harta de volver la mirada o de hacerse pequeñita e invisible cada vez que escuchaba a la gente cuchichear sobre su familia. Los que tendrían avergonzarse eran los demás. A fin de cuentas, ¿qué culpa tenía ella de que Tom se hubiera liado con su hermana?

En un mundo justo, las demás mamás habrían dicho que Tom era un capullo, que no se merecía a Titi y que esta estaba mejor soltera; que lo que debía hacer a partir de ahora no era mirar hacia el pasado, sino centrarse en el futuro y en sí misma. 

Pero no, ellas la machacaban por beberse unos cuantos chupitos. ¡Joder!

Y lo de Rachel había sido la guinda del pastel. De acuerdo, ella también había reaccionado mal al principio, pero entonces no se sabía la historia entera.

«Ellas tampoco».

Uf, ¿defendiéndolas? Qué vergüenza. Así le iban las cosas. También había defendido al capullo de Tom durante años.

¿Y cómo se lo había pagado? ¡Estirando la pata por un traumatismo felacional!

Unas manos masculinas se posaron sobre sus caderas. Titi se volvió indignada, dispuesta a abofetear a algún adolescente salido. ¡Por fin alguien con quien descargar su rabia!

Abrió los ojos de par en par al reconocer a Evan Parks.

—Evan —farfulló, incapaz de recuperarse de la impresión.

—Hola, señora Wells —le sonrió él—. Me alegro de verla otra vez.

Titi no supo muy bien cómo reaccionar. ¿El chico coqueteaba con ella?

No, qué tontería. A lo mejor le gustaba Ayleen y quería ganarse a la suegra.

Toda la pinta, sí.

—¿Qué tal? ¿Se lo está pasando bien? La he estado observando y he visto que está aprovechando la oferta de los chupitos.

Titi, ceñuda, le echó una mirada de arriba abajo, sopesándolo como a un posible yerno.

Se había cambiado de ropa y ahora vestía unos vaqueros azules y una camiseta blanca que se amoldaba a sus fuertes bíceps y dejaba entrever la sombra de un tatuaje en su cuello.

No estaba segura de si era ese el tipo de chico con el que quería que saliera Ayleen, aunque había que admitir que era mucho mejor que esa imitación barata de Justin Bieber. Al menos sus nietos serían monísimos. ¡Tendrían hoyuelos!

—¿Baila?

—¿Quién? ¿Yo?

Ella miró hacia atrás y él ladeó otra de sus sonrisas descaradas.

—Sí.

—Ah, estoy segura de que hay alguien más joven con quien desees bailar esta noche.

—Pues se equivoca. La única con la que quiero bailar es usted.

Titi soltó una risita carente de humor. ¿Por qué seguían sus manos en sus caderas? ¡¿Y por qué le ardía la piel por debajo de sus palmas?!

—Mira, si quieres salir con Ayleen…

Se calló de golpe cuando él invadió peligrosamente su espacio personal, hasta que su fornido pecho casi rozó el suyo y su exquisito aroma masculino se abrió pasó a través de ella.

Por algún motivo, el corazón se le disparó en el pecho y volvió a imaginar la escena del camisón.

—No quiero salir con Ayleen, Titi —aseguró Evan, cuyo aliento mentolado golpeaba ahora encima de sus labios. Había agachado la cabeza hasta encajar la mirada en la suya, ya que la dominaba en tamaño físico.

Titi se disponía a decir algo cuando alguien la empujó por detrás, aplastándola contra él. Joder. El chico tenía los músculos duros como rocas y tensos por debajo de la camiseta.

Agobiada por el intenso calor que la estaba atravesando, intentó apartarse, pero Evan la cogió por la cintura y la retuvo ahí, encajando sus caderas en las suyas.

¡Estaba empalmado! AY-DIOS.

—¿Adónde vas, Titi? —murmuró, con esos iris oscuros desnudándola prenda a prenda—. Aún es pronto.

Titi se quedó helada y, durante unos diez segundos, su única reacción fue parpadear histéricamente.

—¿E…van? ¿Qué… Qué estás haciendo?

—Chisss —la acalló él suavemente mientras deslizaba la palma por su trasero y la pegaba a él un poco más—. ¿Tú qué crees?

Titi empezó a respirar por la boca, presa tanto de la indignación como de un intenso deseo físico que más valía mantener a raya.

Pero ¿cómo?

¡Estaba demasiado alterada! Ese muchacho olía a gloria divina, y era más atractivo que el pecado original. La forma que tenía de relamerse los labios, la intensidad con la que enfocaba su boca, cómo apretaba la polla contra su estómago…

«Ay, Señor. Si es alguna de tus innumerables pruebas, que sepas que esta sierva es demasiado débil. Solo quiere que le arranquen su casto camisón y que la empotren como Dios manda».

—Evan, ¿podrías dejar de restregarme la polla contra el estómago, si eres tan amable?

Él curvó los labios en una ligera sonrisa sardónica.

—Podría. Pero no voy a hacerlo. ¿Me dejarías besarte? —propuso con tono seductor y los ojos ardiéndole más que las brasas del infierno.

Tenía una voz aterciopelada que acariciaba lugares ocultos de su cuerpo, ¡a los que ninguna mujer decente de cuarenta años debería permitirle el acceso!  

—¡Evan, podría ser tu madre! —exclamó escandalizada, y, en un alarde de sentido común, puso las manos contra su pecho y lo empujó, aunque con manos laxas, hacia atrás.

Por supuesto, tener que tocar la sólida roca que era su pecho la estremeció y volvió a sentir esa molesta oleada de calor abrasándole el vientre y un excitante cosquilleo en las puntas de los dedos.

—Sí, pero no lo eres —repuso él al tiempo que le levantaba el rostro con la mano.

Titi dejó escapar una maldición y se enfrentó a esa mirada que la hacía retorcerse de deseo. 

—Eso no tiene importancia —se obligó a mantenerse firme y a acallar esa molesta vocecita en su interior que le susurraba bésale, bésale. 

—Vamos, Titi. Sé que tú también quieres besarme a mí. Lo noto, ¿sabes?

—Eso no es verdad —protestó, acalorada.

Él sonrió, y su sonrisa fue lenta y llena de implicaciones sexuales.

—Claro que lo es. ¿Qué más quieres hacerme?

—¡Nada! Por Dios, déjame pasar. Soy una señora respetable.

Intentó desasirse de su agarre, pero él le rodeó la muñeca con la mano e, inclinándose sobre ella, acercó la boca a su oído. Titi empezó a hiperventilar como un ordenador viejo.

—Pues quiero lamente el coño, señora respetable, hasta que te corras en mi boca —aseguró, y su voz sonó tan tentadora en la oscuridad que Titi, sin saber cómo ni por qué, dejó que la besara.

¿O lo besó ella a él? No estaba demasiado claro. Tenía la mente en blanco.

Solo sabía que, de repente, sus bocas chocaban la una contra la otra y que nada más importaba. El mundo se estaba tornando borroso por culpa de los vapores del tequila y esa cálida lengua que giraba y giraba dentro de su boca, lamiendo la suya.

Joder. ¡Estaba perdida!

Evan buscó su cuerpo bajo la ropa. Titi se estremeció. Tenía que poner fin a esa locura cuanto antes, pero un lado egoísta que no sabía que tuviera se negaba a hacerlo. Nunca la habían besado así. En su vida la habían deseado tanto.

¿Por qué lo inapropiado siempre era tan excitante?

El beso de Evan se volvió lento y sexual. Su miembro no dejaba de tensarse contra su estómago. Titi se apretó contra él y se dejó llevar.

Casi gruñó de disgusto cuando esa incendiaria boca se detuvo por fin. Ahora tocaba volver a la realidad. Sí, eso era exactamente lo que debía hacer. Todavía no era demasiado tarde. Aún podía poner fin a esa locura. No había sido más que un beso insignificante. Podía parar cuando quisiera.  

Evan encajó la frente en la suya y separó los párpados para mirarla. Su mirada parecía caramelo derretido y su rostro era una exquisita manifestación de la pasión con la que la deseaba esa noche.

Pero ella podía parar cuando quisiera, ¿verdad? Solo tenía que dar un paso atrás y separarse de él. En cuanto dejara de notar el calor de su pecho, el fuego que ardía en sus venas se extinguiría.

—Me parece que estoy teniendo una crisis existencial.

Despacio, Evan le acarició las comisuras de los labios y sonrió con ternura, como si para él no tuvieran la menor importancia las arrugas que las hundían. Tom siempre se había burlado de ella diciendo que esas dos arrugas verticales le daban un aspecto amargado.

Tom nunca la había excitado así con un beso. 

Oh, mierda. Tenía la crisis de los cuarenta si realmente se estaba poniendo en ese plan.

Desencajada y sin apenas conseguir coger aliento, se perdió en la mirada del chico. Sentía que sus pupilas ardían de deseo. Había probado una gota de pasión juvenil y ahora quería beberse el frasco entero.

Ay, Señor. Eso no pintaba demasiado bien. Crisis de los cuarenta, viuda desquiciada, posible miedo a morirse…

—¿Nos vamos a tu hotel? —susurró él con ese tono ronco que la tenía magnetizada.

Titi casi se echó a reír. Cualquier mujer sensata habría dicho que ni hablar. ¡Ese chico tenía veinte años! ¡Veintiuno como mucho! ¡Ella le doblaba la edad, por el amor de Dios!

Lo más decente hubiera sido abofetearle y decir: ¿cómo te atreves, mocoso? ¡Era amiga de tu madre! Incluso te cambié el pañal una vez.

—Está justo a la vuelta de la esquina.

Ay.

La cara de Evan se desplegó milímetro a milímetro en una sonrisa lenta y pícara.

—Me aseguraré de que no te arrepientas de esto —prometió, y hubo algo oscuro y excitante en sus palabras.

Titi se mordió el labio con fuerza. Sabía que mañana querría morirse de vergüenza.

Oh, y se arrepentiría, claro que sí. Sería la penitente más ferviente de todo el estado de Texas. 

Pero mañana, porque esa noche…

Esa noche solo quería arrancarle la camiseta a ese muchacho y montar con él un rodeo al auténtico estilo tejano.

¡Yee-haw!

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