FRIENDZONE Y OTROS CASTIGOS DIVINOS: PRIMEROS CAPÍTULOS

Annus Horribilis

Capítulo 1

La situación es la siguiente: estoy enamorada de Reggie Flynn.

¿Las pegas? Sí, me parece que tengo unas cuantas. Veamos.

  1. Él está CASADO.
  2. Él ESTÁ casado.

Y, dejad que me lo piense…

  • ÉL…

Lo habéis pillado, ¿verdad?

Reggie Flynn está CA-SA-DO y yo fui demasiado cobarde como para ponerme en pie el día de su boda y gritar: ¡yo sí tengo un motivo! ¡Estoy enamorada del novio! ¿Qué sabe ella sobre él? ¿Sabe que le gusta el cine clásico, los Beatles, aunque no John Lennon en solitario, los batidos de chocolate, aunque odia los de fresa, y que eligió ser profe porque la primera persona que se preocupó por él fue su profesor de ciencias, que alertó a los servicios sociales de que el pequeño Reggie sufría maltrato infantil y así fue cómo le apartaron de la alcohólica de su madre, que apagaba los cigarrillos en sus brazos desnudos, y le mandaron a vivir a Stony Creek, donde su abuela, un poco mejor que su madre, aunque no demasiado, acabó criándolo  sola en una caravana en mitad del campo? ¡No sabe una mierda! ¡Así que ya lo creo que me opongo, joder!

Más o menos ese era el discurso que fantaseé miles de veces con soltar frente al altar.

Después, mi plan había sido muy bien perfilado: iba a agarrar al novio por las solapas de la chaqueta, arrastrarle hacia mí y darle el morreo de su vida, para estupor de todos los invitados.   

Lamentablemente, me vi ahí delante de toda esa gente, los padres de la novia, la operadísima y estiradísima Linda y su monumental pamela azul, preparándose para el despegue desde la primera fila de la iglesia, y Paul, el Cocodrilo Dundee que vende chimeneas; mi hermano Pat, de pie junto al novio, con su rostro esculpido y un chaleco gris hecho a medida en alguna sastrería pija de la Gran Manzana; decenas de personas a las que no conocía de nada…

Y no fui capaz de decir ni mu.  

De todos modos, me parece que nadie hace esa clase de cosas en la vida real.

En la vida real, te presentas a la boda de tu mejor amigo con el vestido más espantoso del universo (por un engaño de Eleonor, la infame Belcebú que está a punto de arrebatarte al chico de tus sueños), te sientas en la tercera fila, apretujada entre dos señores orondos que no conoces de nada, y berreas durante toda la ceremonia mientras tomas tragos a escondidas de una pequeña petaca que compraste en un mercadillo asiático, convencida de que no había forma humana de aguantar esa boda sin suministros alcohólicos.

Mira tú por dónde, acabó siendo una idea excelente.  

Y al final crees haber sobrevivido al desastre, pero entonces empieza el baile nupcial, y ellos cortan la tarta y se besan apasionadamente, y tú estás ahí con cara de estar viendo una versión extendida de Buscando a Nemo y te sientes más sola que la una, aunque a nadie le importa porque la boda está a punto de acabar y los novios han ido a la suite a consumar su matrimonio.

CONSUMAR. Otra palabra que detestas. Así que rellenas la petaca, vuelves a la carga y a la mañana siguiente te despiertas en una cama desconocida, junto a un tío desconocido, y solo puedes pensar en una cosa:

¿Dónde coño habré dejado las bragas?

Bienvenida a tu vida post Reggie Flynn.

Menudas ganas de potar.

Lo siento, había planeado decir algo profundo e inteligente, sentido y desgarrador, pero tengo el estómago demasiado revuelto como para ponerme a pensar en una frase para la posteridad. Solo sé que quiero salir de aquí cuanto antes.

Me levanto sin hacer el menor ruido y me pongo a buscar mi ropa interior. Miro debajo de la cama, en el baño (por cierto, ¿dónde demonios estamos y por qué me late tanto la cabeza?), en la maceta de un ficus, apartando algunas hojas. Nada. Las bragas parecen haberse esfumado.

Maldiciendo, lanzo otra mirada de sondeo alrededor de la habitación y entonces veo un trozo de encaje negro justo, JUSTO, debajo del brazo de ese tío que duerme bocabajo. Mierda. Tenían que estar ahí, ¿verdad? De todos los sitios de la habitación. ¿Por qué no en la maceta del ficus? Habría sido un buen sitio para colgar las bragas.

Pero, no, tenían que estar justo ahí.

Me acerco de puntillas y, con el corazón desbocado, tiro ligeramente de una esquina hasta que consigo recuperarlas.

Gracias a Dios. Son de Victoria’s Secret y cuando trabajas como recogedora de pelotas de golf, chica que hace colas de manera profesional o paseadora de perros a cinco dólares la hora, no puedes permitirte perder unas bragas en las que te has gastado casi treinta pavos. Y eso que estaban en rebajas…

Uf. Qué mareo. ¿Y quién es este tío? No puedo verle la cara.

Le lanzó una mirada agobiada e intento recordar algún detalle de lo que pasó anoche. Imposible. Mi cabeza está vacía.

Lo cual no me disgusta tanto, porque resulta que me acosté con alguien que tiene pelo en el culo. En serio. Las nalgas llenas de pelo.

Ay, madre. Creo que le di un azote mientras lo hacíamos. Me concentro unos segundos y la imagen se vuelve nítida como el agua. Me veo a mí misma dándole un azote a este tío en su culo peludo. Ah, por Dios.

Me sacudo con más horror, si cabe, me doy prisa por ponerme las bragas y salgo escopetada, antes de que se despierte y tenga que explicarle que no estamos hechos el uno para el otro y que, a mí, de todas formas, me gustan los culos lisos y suaves.

—¿Rosie?

Mier-da.

Levanto la mirada del suelo y miro a Reggie con cara de bochorno absoluto.

Nuestras miradas se encuentran al instante, como imanes. Se me encoge el estómago ante el impacto. Siempre lo he pensado: la raza masculina ha alcanzado su perfección con Reggie Flynn.

Aún no he encontrado a nadie, actor, modelo, estatua de la Antigua Grecia, dios caído en desgracia, que iguale su atractivo.

Sencillamente, quita la respiración. Todo él, sus ojos profundos y azules como el mar enrabietado, su pelo negro y grueso, alborotado por el viento de la calle o quizá por las manos de su mujer mientras consumaban, los labios perfectos y suaves, ligeramente entreabiertos, cuya textura mataría por comprobar, aunque solo sea con las puntas de los dedos…

Aún viste el esmoquin con el que se casó, si bien está bastante más desaliñado que ayer. La camisa le cae arrugada por encima de la cintura del pantalón, no lleva corbata, y sujeta dos cafés para llevar en la mano. Solo hay una palabra para referirse a él: increíblemente sexy. Vale, eran dos. Con Reggie no puedes ahorrar en epítetos.  

Me fijo en su alianza y quiero echarme a llorar.

Así que todo ese rollo de la boda, la tarta y el baile nupcial pasó de verdad, ¿eh?

—¿Qué haces aquí? —vuelve a preguntar, en vista de que sigo paralizada junto a la puerta que acabo de cerrar y lo miro con el corazón en un puño—. ¿Y por qué acabas de salir de la habitación de mi suegro?

Su suegro. AY, DI-OS. Paul y Linda Banks, los de chimeneas Banks, dos pesados con sonrisas de sectarios que no dejan de salir en la televisión para anunciar toda una gama de chimeneas marca Banks. Las mejores chimeneas de Virginia.

En serio, parecen dos chalados en el anuncio. Él lleva sombrero de Cocodrilo Dundee y ella, perlas. Los dos se han hecho un blanqueamiento dental. Y los dos tienen la cara anaranjada por los rayos. Juraría que los dos se han inyectado Botox. Esas sonrisas estiradas dan escalofríos.

Si yo me acosté con Paul (y le di un azote en su culo peludo), ¿dónde coño está Linda?

Ay, Dios, ¡¿me habré hecho un trío con los padres de la novia?! A lo mejor Linda, al igual que Reggie, ha salido a comprar café.

Piensa, Rosie, piensa. Pon a trabajar tus malditas células grises. Seguro que no están todas en coma.   

Joder, ¡no me acuerdo de nada! Solo del azote. Y, admitámoslo, eso no pinta demasiado bien.

—¿Rosie? ¿Qué te pasa? Estás muy pálida.

¡Tú también lo estarías si hubieses hecho un trío con los padres de Eleonor!

Creo que voy a desmayarme. De hecho, desearía estar desmayándome ahora mismo.

—Buenos días, Reggie. ¿Ya estáis despiertos? —me sobresalta la voz de una mujer. Casi suelto un grito. Dios, estoy muy tensa.

Me giro, tosiendo un poco para aclararme la garganta, y miro a Linda con cara de angustia. No trae café. Es buena señal.

Y no percibo tensión ni incomodidad alguna por su parte. Así que es posible que solo me haya acostado con su marido. Intento ser positiva, ¿vale?

—Hmmm… —Reggie frunce el ceño y me lanza una última mirada ceñuda, antes de dirigir toda su atención hacia Linda, a quien dedica una amplia sonrisa, de yerno comprometido—. Sí, Linda. Ya estamos despiertos. Íbamos a tomar un café en la cama. No queríamos esperar hasta el desayuno.

¡El desayuno! ¡De ningún modo puedo quedarme al desayuno! No quiero ni imaginarme el bochorno de cruzarme con el padre de la novia. ¿Cómo ha podido pasarme algo así?

—Me… ¿disculpáis?

Será mejor que vaya a potar.

O a suicidarme.

Estoy sopesando mis opciones.

—Un segundo, Rosie. ¿Podemos hablar de una cosa? ¿Nos disculpas, Linda?

Linda pone cara de desconcierto, pero, tras un descarado escrudiño que me pone los pelos de punta, decide que no soy una amenaza para el aún sin consolidar matrimonio de su hija.

No me sorprendo demasiado ni me siento ofendida. Con la cara verde por las náuseas, el pelo hecho un Cristo después del revolcón que me he dado con su marido, y teniendo en cuenta el espantoso vestido de color ciruela pocha que su hija me obligó a vestir, y que me da un aire pálido y enfermizo (ahora mismo acentuado aún más por el horror de mis fechorías nocturnas), es imposible que alguien me considere una amenaza.

—Claro.

Linda esboza una sonrisa dulce y se aleja por el pasillo. No tengo ni idea de adónde va. Su habitación está a mis espaldas. El escenario del crimen.

Ay.

Quiero que la tierra se me trague ahora mismo.

—¿Qué coño ha pasado? —me gruñe Reggie en cuanto nos quedamos a solas.

Sus ojos inclementes ejercen una enorme presión sobre los míos y sé que me arde la cara de vergüenza. Aún fantaseo con la idea de escabullirme, confundirme con las paredes o fingir un infarto.

—Pues… —empiezo con voz débil, apenas un susurro, y me engancho detrás de las orejas algunos rizos oscuros que se han soltado de mi recogido.

Reggie enarca una ceja con aire de profe severo. Quiero esconder la cabeza en la arena como los avestruces.

—¿Y bien?

—Es posible que anoche…

—Anoche, ¿qué?

Mis ojos azules lo miran impotentes.  Suplicantes. Devastados.

Pero Reggie entrecierra los párpados peligrosamente y sé que no hay manera de salir de esa.

—Bueno, que cabe la posibilidad de que me haya… montado un trío con tus suegros —confieso, encogida por completo y con la voz convertida en un hilo.

Su cara es todo un poema. Por un segundo me pregunto si debo ofrecerle la petaca. Luce como si le hiciera mucha falta tomar un trago. Sus rasgos, de por sí firmes y tensos, han adquirido una rigidez casi cadavérica.

—Disculpa, creo que no te he entendido bien.

Trago saliva con gran dificultad y hago una mueca hacia mis adentros. ¿De verdad hay que repetírselo? Porque, dicho en voz alta, suena de locos.

—Creo que me has entendido muy bien. Anoche me acosté con tus suegros. O, al menos, con uno de ellos. ¿Sabes por casualidad si a Linda solo le gusta mirar, o es de las que participan?

—¿QUÉ?

—¡Es que no sé qué pinta Linda en todo este asunto! —profiero con voz histérica.

Reggie está perplejo.

—Esto no puede estar pasando.

—¡Sí!, ¡eso mismo me dije yo cuando me desperté sin bragas al lado de un tío peludo!

—¡Por el amor de Dios, Rosie!

—¡No sé por qué me estás gritando! ¡Estoy igual de conmocionada que tú!

—¿Cómo has podido?

—NO LO SÉ. Simplemente, pasó. No… no me acuerdo de los detalles.

Reggie está lívido de ira, con las aletas de la nariz dilatadas. No puedo culparle. No exactamente. La verdad es que acostarme con sus suegros, la noche de su boda, puede que sea pasarse un poco de la raya. No creo que nadie me dé un premio a la invitada del año.   

—No me lo puedo creer. No puedo creer que esto esté pasando.

—Lo sé. Es…

—No digas una palabra más —me acalla con aire amenazador y el dedo apuntándome como a una vil malhechora—. Necesito pensar.

—Vale.

Sigue un tenso silencio, al cabo del cual me mira meneando la cabeza.

—Será mejor que te marches.

—Vale —suspiro, aliviada. En realidad, sí que quiero irme. Quiero ir a alguna parte muy lejana y esconderme para siempre.

—Y no intentes contactar con Paul —añade, para mi gran desconcierto.

Me detengo, miro perpleja su rostro inflexible y arrugo la nariz en un gesto de incomprensión.  

—¿Por qué iba a querer contactar con Paul?

—Yo qué sé. Igual tienes síndrome del padre ausente.

—¡No tengo síndrome del padre ausente! —exclamo, atacada por la bajeza que acaba de soltarme—. Bebí más de la cuenta, eso es todo.

—Como sea, es mejor que te mantengas lejos de nosotros durante algún tiempo. No te quedes al desayuno ni al almuerzo —impone, sin mirarme a la cara siquiera.

Siento una oleada de náuseas y que la cara se me sonroja de humillación. Me está apartando de él. Le doy asco. Sé que no fui la invitada perfecta, pero tampoco es para ponerse así, ¿no? ¿A él qué más le da que me haya tirado a su suegro, a su suegra o a ambos a la vez? Está claro que ha sido consensuado.

Bueno, eso quiero pensar, aunque ese azote del que lamentablemente me acuerdo no habla muy bien a mi favor.

Señoras y señores de jurado, he aquí los hechos: la acusada azotó a la víctima en sus peludas posaderas.  

No puedo evitar imaginarme a Ally McBeal defendiendo a los Banks y a mí en el banquillo, con cara de no haber roto nunca un plato.  

—No iba a quedarme —farfullo, con expresión herida.

—Bien. Sería muy incómodo y no quiero que nadie monte una escena. Dejemos que se enfríe el asunto.

—Es exactamente lo que quiero —replico, ofendida de que él haya pensado lo contrario. ¿Montar una escena? ¿Qué cree, que quiero casarme con Paul y convertirme en la madrastra de Eleonor y, por consiguiente, en su… suegra? Ugh. Lo que me faltaba.

—Genial. Tengo que irme. Eleonor me está esperando y no quiero que se enfríe el café.

Sí, no vaya a ser que la princesa Eleonor te pida el divorcio.

—De acuerdo.

Me lanza una última mirada, vuelve a negar y se dirige a la puerta de su habitación.

—Reggie —lo detengo antes de que entre.

—¿Qué? —rezonga sin mirarme.

Se produce una pausa y tengo la sensación de que los dos estamos conteniendo aliento.

—Lo siento mucho. No pretendía causarte problemas.

Niega con la cabeza y entra en su habitación sin decirme nada.

Mier-da.

Capítulo 2

—Tienes que estar de coña. Al menos habrás usado condón.

—Muy graciosa. Ojalá lo supiera… —lloriqueo abrumada, antes de acabarme la ginebra de un trago. De verdad que necesito beber.

Leslie me mira boquiabierta.

—¡Rosie!

Le devuelvo la mirada y suelto un suspiro de impaciencia.

—A ver, si no estoy segura de haberme acostado con él, o con él y su mujer, ¿crees que me voy a acordar de algo tan pequeñito como un condón?

—¿Y a qué estás esperando? ¡Ve a hacerte la prueba de embarazo y un exudado vaginal!

—Dilo más alto. El señor de la esquina no se ha enterado de que tengo que hacerme un exudado vaginal. Por Dios. Creo que me va a estallar la cabeza.

Me cojo el cráneo entre las palmas y empiezo a masajearme las sienes para relajar un poco la presión de la sangre que ruge en mis venas.

—Todo esto es culpa mía. Tenía que haberte acompañado a la boda. Joder, si no me hubiesen hecho trabajar todo el fin de semana…

Ver a Leslie martirizarse por mi culpa es más de lo que puedo aguantar ahora mismo. La que la cagó fui yo. Podía haber ido a la boda, haber comido un poco de tarta y haberme largado a mi casa.

Pero no, ¡Rosie Desastre Clark tenía que montarse un maldito trío con los padres de la novia!

—No es culpa tuya, Les. La que se pasó con el alcohol fui yo. Y, ya que alguien ha sacado el tema… ¡Eh! ¿Puedes ponerme otra ginebra? —espeto al camarero, que finge secar una copa al otro lado de la barra. Seguro que se ha enterado de lo del exudado vaginal y del trio que me monté ayer con los suegros de Reggie. Tiene las antenas desplegadas.

—Deja de beber. Estás muy desquiciada.

Echo la cabeza hacia atrás, cierro los ojos e intento respirar hondo. Mi madre dice que, si tienes un problema, lo primero que hay que hacer es respirar hondo. Después, puedes agredir a alguien.

—¿Cómo voy a dejar de beber? ¡Me.Acosté.Con.Los.Padres.De.Eleonor! —rujo contra la cara de Leslie. Es mi mejor amiga y la quiero mucho, pero necesito gritarle a alguien. No es personal, lo juro.

—¡Pues supéralo! —me grita de vuelta.

El camarero deposita delante de mí una nueva copa de ginebra. Leslie retrocede y le da un trago a su vaso de agua. Solo bebe agua con limón. Tiene que volver al trabajo. La he sacado de una reunión muy importante.

Leslie es una persona muy importante. Creo que es la mujer más exitosa que conozco, una ejecutiva de esas con agallas, que dominan toda una sala de hombres sin despeinarse ni tan siquiera un mechón de su precioso pelo cobrizo. Vivimos en un mundo de hombres, pero Leslie está por encima, pisoteándolos con sus carísimos zapatos Louboutin de suela roja, que estilizan sus piernas y las alargan hasta el infinito.

Desde que está aquí (diría que, como mucho, cinco minutos) la han llamado nueve veces al móvil y ha recibido al menos siete e-mails. Es vicepresidenta de una compañía farmacéutica europea que le paga un suelto anual de seis cifras.

A diferencia de mí, ella fue a la universidad. Solo hay que verla. La forma en la que se expresa, junto a su aspecto pretencioso y su distinguido paladar aseguran que Leslie Daley ha nacido en el seno de una familia privilegiada y no en una formada por un mecánico y una dependienta de supermercado. Leslie ha sabido cómo superar su condición.

Y, por si fuera poco, encima es preciosa.

Tiene los ojos verdes, muy expresivos, y una perfecta piel cremosa que ella dice que es natural, pero yo imagino que algo así solo se consigue con productos de alta cosmética. No recuerdo que en el instituto tuviera una piel tan exquisita. Joder, ni siquiera necesita maquillaje. Solo una pasada de rímel y ya está lista para dominar el mundo.

Yo parezco un espantapájaros a su lado. Solo con mirarme, la gente sabe que soy pluriempleada y que casi nunca consigo llegar a fin de mes sin usar la línea de crédito. Nada de cremas caras ni mascarillas de pelo hechas en Francia. A veces me echo yemas de huevo. Y, a veces, las mezclo con miel. Eso es lo más top que he hecho nunca.

—Mi vida es un desastre —farfullo con aire melodramático—. He perdido al hombre de mis sueños, hoy he cogido un empleo de plañidera profesional y creo que nunca podré sacarme de la cabeza la imagen de esas nalgas peludas.

—Mira el lado bueno de las cosas —sugiere, devolviéndome la esperanza. Ahora mismo me agarraría a cualquier clavo ardiente.

—¿Hay un lado bueno en todo esto? Por favor, ilústrame.

—Puedes usar esa imagen en tu nuevo empleo. Seguro que te entran ganas de llorar.

—Quiero morirme —berreo, para nada divertida por su sarcasmo.

—No quieres morirte —rebate Leslie mientras se estira, impasible, el cuello de su pretenciosa blusa de color perla. 

—Quiero que sea lento y doloroso.

—Una vez te salió una ampolla en el dedo y estuviste lloriqueando dos semanas.

Eso es cierto.

—Era una ampolla dolorosa —me veo obligada a justificarme—. Y tengo el umbral del dolor bajo.  

—Lo que tienes que hacer a partir de ahora es centrarte.

Me limito a mirarla de forma inexpresiva y me impaciento cuando veo que ella está más preocupada por los volantes de su blusa que por instruirme acerca de cómo sobrevivirle a este desastre.

—Centrarme. ¿En qué?

—En lo que sea. Pinta un cuadro, escribe un libro, vete de crucero…

Ah. Pensaba que me diría algo interesante.

Con una mueca de desilusión, me vuelvo de cara a la barra y miro mi imagen, reflejada en el espejo que hay detrás de la estantería de las bebidas.

¿Cómo hemos acabado así?

—La primera vez que vi a Reggie Flynn, estaba sentada en el suelo del salón y pintaba un idílico apocalipsis bíblico con mis nuevos crayones. Casi puedo ver la escena. —Pongo una sonrisa lejana y paseo el dedo por el borde de mi copa mientras me pierdo en la bruma de los recuerdos—. Mis padres se acababan de divorciar, y Pat, mamá y yo nos acabábamos de mudar a Stony Creek. Llovía. Debía de ser otoño, porque él llevaba una chupa de cuero negra y el pelo salpicado por las gotas. Por un segundo lo confundí con Angel, el de Buffy Cazavampiros, pero mi hermano me dijo que se llamaba Reggie y que era su nuevo mejor amigo. Esa noche me hicieron de niñeros. Mamá tenía una cita con alguien, no recuerdo con quién.

—Ahora sí que creo que deberías dejar de beber. Estás desvariando.

—Ojalá pudiera volver a ese momento —me digo a mí misma—. Haría las cosas de otra manera.

—¿Le dirías que estás enamorada de él?

Parpadeo, ladeo el cuello hacia la derecha y me tomo unos segundos para pensármelo.

—Bueno, no. Ahí solo tenía siete años. Me enamoré de él más tarde. Pero tendría toda la vida por delante y esta vez no dejaría escapar la oportunidad de confesarle mis sentimientos.

Leslie comprueba el reloj con gesto de ejecutiva ocupada y frunce el ceño.

—Tengo que marcharme. ¿Vas a estar bien?

See. ¿Por qué no iba a estar bien? No es como si acabara de perder al amor de mi vida.

—Supéralo. E intenta no acostarte con nadie de camino a casa.

—Muy graciosa.

—Hasta la vista, Rosebombon.

—Hasta la vista —farfullo, abstraída en mis pensamientos.

Leslie coge el carísimo bolso beige que había dejado sobre la barra y me dedica una última sonrisa de aliento.

—Vete a la cama.

—Son los fuegos artificiales —me digo a mí misma, antes de tomar otro trago. La ginebra me quema por dentro, pero necesito que anestesie mi mente y el dolor de mi corazón.

Los altísimos tacones de Leslie se detienen a mi espalda y oigo cómo vuelve a girarse de cara a mí.

—¿Cómo dices? —pregunta, desconcertada.

—Deberías ver los fuegos artificiales que hay entre ellos. No sé cómo es que no se electrocutan con tanta energía sexual.

—Por Dios, Rosie. Déjalo ya.

—Pero ¿sabes qué? —prosigo, volviéndome en la silla—. Él y yo tenemos algo mucho mejor: el silencio que lo paraliza todo. Cuando Reggie y yo estamos juntos, todo se detiene, el jodido mundo entero deja de girar —subrayo con voz pausada, para que se entere todo el bar—, y solo existimos él y yo. Y estoy convencida al cien por cien de que jamás tendré nada parecido con ningún hombre de esta galaxia y tampoco con hombres de otras galaxias de por ahí. Vale, quizá con Thor podría hacer una excepción llegado el momento.

—Será mejor que te meta en un taxi. No estás en tus cabales.

La miro, pero es como si no la viera. En realidad, mis ojos miran mucho más allá, al pasado, y al futuro que podríamos haber tenido si él no hubiese conocido a la infame Belcebú.

—¿Crees que debería llamarle ahora mismo y decirle que estoy enamorada de él?

—NO.

—¿Por qué no?  

—¡Porque se acaba de casar! ¡Tuviste tu oportunidad y la cagaste! Ahora no puedes entrometerte.  

—Le gente se divorcia mucho hoy en día. Sobre todo, si tienen un affaire. Tal vez deba seducirle. ¡Claro! ¡Eso es! Así se dará cuenta de que está enamorado de mí y…

—Estás borracha y no ves las cosas con claridad —me interrumpe Leslie mientras teclea algo en su móvil—. Pero acuérdate de lo que dijiste una vez.

La miro con las cejas en alto.

—¿Que estar cerca de Reggie Flynn es como si Papá Noel, el Ratoncito Pérez y tu hada madrina vinieran a tomar el té a tu casita de muñecas?

—No. Algo más inteligente.

—¿Que Bradley Cooper debería tener hijos conmigo y no con Irina Shayk?

Más inteligente.

—Lo tengo. Que Victoria Beckham debería dejar de operarse de inmediato —afirmo, satisfecha conmigo misma por tal despliegue de ingenio. 

—No —gruñe Les, exasperada, y sus ojos dejan de mirar el móvil por unos segundos para dedicarme a mí toda su atención—. Cuando quieres a alguien…

Mierda.

Se produce una pausa. Leslie apremia con una ceja en alto.

—Lo único que deseas es que sea feliz, incluso si no eres tú la persona que pinta una sonrisa en sus labios —acabo la frase por ella.

Y de pronto lo comprendo. Comprendo por qué tengo que seguir callándome lo que siento por él; por qué tengo que acostumbrarme a tener siempre este extraño dolor en la boca del estómago.

Porque le quiero y cuando quieres a alguien, cuando le quieres de verdad, tu único deseo es que sea feliz, incluso si no eres tú la persona que pinta una sonrisa en sus labios.

—¿Y qué es lo que se supone que debo hacer a partir de ahora? —pregunto en un susurro tembloroso.

—Lo que siempre has hecho, Rosie. Ser su mejor amiga.

—Y dejar que siga casado con Jezabel.

—Y dejar que siga casado con Jezabel —confirma Leslie, esta vez con tono suave.

Contemplo fijamente mi copa de ginebra. Por mucho que beba, nunca llenaré el vacío que hay dentro de mí.

—Es mala gente —murmuro, casi para mí.

—Lo sé.

—Siempre le tratará como al chico pobre de Stony Creek que cree que es.

—Lo sé.

—Es maliciosa y controladora, la clase de persona mimada que cree que se merece tener todo lo que se le antoja y que los demás estamos en este mundo para servirle.

—Probablemente.

—¡Es Blair Waldorf! —exclamo horrorizada.

—Se da cierto aire. Sobre todo, cuando lleva diadema y falditas babydoll.

Nuestras miradas se entrelazan otra vez y me percato del aire compungido que arde en las pupilas de Les.

—Y tú quieres que le apoye en esto.

—Es lo que se supone que tienes que hacer.

—Ya.

—Vamos, el taxi está aquí.

Me levanto con esfuerzo y dejo que Leslie me pague las copas. No estoy de humor para discutir con ella. No estoy de humor para hacer nada, salvo hundirme. Reggie ha elegido a Eleonor y yo no puedo remediarlo. Porque cuando quieres a alguien, lo único que deseas es que sea feliz. Incluso si eso va en contra de tu propia felicidad.

Capítulo 3

Quedo con Reggie cinco semanas después de su boda. Es él quién me llama a mí. Yo no he tenido fuerzas. Ni valor…

Quedamos en un bar del centro, a las siete de la tarde. Estoy un poco cohibida porque vengo de trabajar y no he tenido tiempo de pasarme por casa para cambiarme o darme una ducha.

Aparte de eso, la simple idea de verle me retuerce el estómago.

Entro en el establecimiento, aferrada a las correas de mi bolso bandolera, y lo busco con la mirada. Está sentado en una mesa, de espaldas a mí. Miro con la boca seca cómo se le tensa la camisa a la altura de los hombros, suelto una plegaria y me armo de valor para acercarme a él.

—Hola.

Levanta la mirada del vaso de agua que contemplaba con fijeza y me mira sin esbozar gesto alguno. Está muy serio, tenso, y no sé qué esperar de este encuentro.

—Hola, Rosie. Gracias por venir.

Por un segundo sus ojos descienden por mi figura. Ahora más que nunca me siento incómoda por culpa de mis pantalones vaqueros cortos y deshilachados y mi enorme camiseta de Led Zeppelin.

Reggie se fija en ella y una sonrisa tierna asoma en las comisuras de su boca. Me pregunto si piensa en lo mismo que yo: cuando nos besamos, la única vez que me besó, sonaba una canción de Led Zeppelin.

Whole lotta love. Mi favorita.

El recuerdo es tan poderoso que me arrastra de vuelta a esa noche. Es como si estuviera de nuevo ahí, como si viera lo que mis ojos veían entonces.  

Recuerdo la luna que, oculta detrás de las nubes, imprimía sobras cambiantes sobre la hierba verde; la brisa que agitaba mis rizos oscuros. Entre los árboles ondeaba un viento cálido y aromático, debían de ser los lilos quienes saturaban el aire de la noche con su inolvidable perfume.

La reminiscencia de la tranquilidad vuelve a invadirme y es como regresar a ese entorno quieto y casi idílico, el Nunca Jamás de mi infancia.  

Estaba sentada en el balancín en la parte de atrás de la casa, acompañada solo por un mp3 de color rosa y la mejor canción de Led Zeppelin. 

Era la noche de mi decimosexto cumpleaños y ahí estaba yo, sola y melancólica, abstraída en Dios sabe qué pensamientos adolescentes, terriblemente profundos.    

Me sobresalté cuando alguien me quitó el casco derecho y el mundo intervino en mis reflexiones.

Levanté la mirada y me encontré las abrasadoras pupilas de Reggie clavadas en las mías. Su masculino perfil se recortaba contra la luz de la luna y esta vez no me pareció guapo, sino sublime.

―¿De quién te escondes? ―susurró, sin soltar mi mirada. No sonreía según su costumbre. Me miraba con tanta seriedad que quitaba el aliento.

―De nadie. Solo necesitaba estar sola un rato.

Hizo un amago de sonrisa, como si lo comprendiera perfectamente, se sentó a mi lado en el balancín y me cogió de la mano.

El tacto de su piel me hizo sentir una corriente de alto voltaje, y no pude evitar estremecerme. Tragué saliva y esperé a que me soltara.

Lo que hizo fue entrelazar los dedos con los míos.

―¿Te importa si te hago compañía?

Sostuve sus ojos y me mordí el labio inferior por dentro.

―¿Te escondes de alguien? ―repuse, evaluando su exquisito rostro por debajo de las pestañas cargadas de rímel.

Sus labios esbozaron una pequeña sonrisa, pero tuve la sensación de que sus ojos irradiaban un abatimiento profundo.

―No, Rosie. Solo quiero estar contigo.

―Está bien.

Tras mi murmullo, se impuso el silencio. Me resultaba íntimo estar a solas con él y oír solo a los grillos, la música y el fuerte latir de mi corazón. No lo sé, la atmosfera de repente parecía cargada de electricidad.   

Aprovechando que no me miraba, me di el lujo de estudiar su rostro con absoluto descaro. Su boca se acababa de alzar en una sonrisilla. Tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, pero creo que notaba la insistencia de mi mirada.

Y también creo que le gustaba Led Zeppelin tanto como a mí.

Dejé de inspeccionar sus elegantes facciones y me concentré en nuestras manos. Todavía notaba el cosquilleo eléctrico. Habría dado cualquier cosa por conservar para siempre la sensación. Sabía que querría volver a ese momento más adelante. Probablemente, una y otra vez.

Reggie soltó un suspiro a mi lado.

Le permití a mi mirada que vagara de nuevo por su rostro, hasta que mis ojos encontraron el sensual perfil de su boca y ahí se detuvieron para analizar como era debido. Algo tan impresionante, algo que incitaba a actos contra natura, era digno del más minucioso de los estudios y yo era una chica concienzuda.  

―Rosie, deja de mirarme. Me siento acosado.

No pude contener la sonrisa.

―¿Cómo sabes que te estoy mirando?

―Soy adivino.

Me deshice en un soplido exasperado y apoyé la sien contra su hombro. Reggie me echó el pelo hacia atrás, me acurrucó contra su costado y me rodeó en un abrazo.

Me relajé, mi cuerpo se quedó laxo, y mi mente se concentró en el susurro del viento y en los círculos que el cálido pulgar de Reggie dibujaba sobre mi brazo desnudo. 

―¿Por qué has roto con tu novio?

Me tomé unos segundos antes de responder, para decidir si le decía la verdad o no.

―Digamos que él quería que la relación fuera más allá y yo no estaba preparada.

―Sexo ―afirmó con voz seca.

―Sip.

Una repentina tensión empezó a agarrotar sus recios músculos, y me pregunté qué significaba todo eso.

―No te merecía, Rosie ―me susurró al cabo de un rato.

―Puede que esté predestinada a morir soltera. Es el tercero que me deja en lo que va de año.

Sentí su sonrisa en mi pelo, aunque no me atreví a mirarle.

―Tienes dieciséis años y ahora te parece que todo es un drama, que nadie te comprende y que tus problemas son mucho peores que los de los demás, pero te prometo que esto pasará. En unos cuantos años te resultará divertido.

―No sé yo…

―Confía en mí, monito. Estuve en esa etapa no hace mucho.

Solté un suspiro interminable y busqué su perfecto rostro con la mirada. 

―No intentes amortiguarlo. Voy a morir soltera. Es un hecho.

Reggie apretó los labios para no reírse y sus abrasadores ojos descendieron sobre mi rostro.

―Estás exagerando.

―Ojalá. ¿Y tú qué? ¿Sales con alguien?

Torció la comisura derecha de la boca hacia arriba y su mano bajó por mi brazo hasta tensarse en mi cintura.

―No… Estoy libre como el viento.

―¿No hay nadie que te guste?

―Me lo estoy tomando con calma. Todavía intento adaptarme a la universidad, tengo un trabajo agotador… No estoy para muchos líos.

―Ya.

―Hay una chica en la que pienso a veces, pero es… muy complicado.

El corazón me apretó en el pecho. Una chica. Dios. Siempre había una puñetera chica en la vida de Reggie. De alguna forma, yo siempre llegaba tarde.

―Entiendo.

El estallido de un trueno me hizo dar un respingo a su lado. Reggie se rio de mí y me volvió a acercar a él.

―Tranquila. Es solo una pequeña tormenta.

Escruté el cielo con el ceño fruncido.

―Mierda de tormentas. ¿Te he dicho alguna vez lo mucho que odio Virginia?

La risita baja de Reggie me hizo sonreír.

―Seguro que ni siquiera llueve ―afirmó, muy despreocupado.

Apenas dijo la frase y empezaron a caer las gotas. No una. Mil. Grandes. Fuertes. Un maldito chaparrón para arruinar mi fiesta de cumpleaños. Otro de los castigos divinos que no dejaba de recibir.

Pegué un gritito y tiré de Reggie hacia arriba, pero él no se movía. Estaba ahí sentado y se partía de risa.

―Vamos, Rosie. No es más que un poco de agua. ¿Dónde está tu espíritu aventurero?

―¿Quieres moverte ya? ¡Nos estamos empapando!

Me miraba con los ojos achicados y de su pecho brotaba una risa profunda que al final me hizo reírme de mí misma y de mi pánico al agua.

―¡Reggie, no tiene gracia! ―exclamé, propinándole un golpecito en el hombro.

Aun así, no podía dejar de reírme.

―Sí que la tiene.

―¡Parezco un gato mojado!

―Estás muy guapa. Siempre lo estás.

Al decirlo, algo cambió en su mirada, fue como si de pronto empezara a verme de forma diferente. Se hizo el silencio, un silencio denso y abrasador, y la sonrisa se apagó encima de nuestros labios.

Nuestros ojos se encontraron de nuevo, como imanes, y noté que él también contenía la respiración y que no conseguía poner fin a nuestro intenso contacto visual. 

Su espectacular rostro, que tantas veces había intentado reproducir dentro de mi mente, estaba por completo inmerso en el mío.

Casi me sobresalté cuando me rodeó la muñeca con los dedos y tiró de mí hasta acercarme, despacio, a él.

Sentí que el mundo se estaba desdibujando, que todo se resumía a la expresión que oscurecía sus ojos. Nuestras caras estaban cada vez más cerca, hasta que su respiración empezó a golpear contra mis labios. 

Entonces Reggie estrelló la boca contra la mía y todo lo demás desapareció. 

Sus dedos, húmedos por la lluvia, me rodearon la nuca, nuestros labios se volvieron a buscar con urgencia y casi solté un quejido cuando el calor de su lengua inundó mi boca y me arrastró a todo un torbellino de oscuridad, deseo y una pasión como jamás había conocido.

Besarle fue como dar un paso hacia la madurez. Sentí que algo moría dentro de mí y que, acto seguido, volvía a renacer.

―Rosie ―suplicó contra mis labios, antes de adentrarse aún más, codicioso, hambriento, arrasando con todo a su paso.

Al cabo de lo que parecieron minutos, los dedos que me sujetaban por la nuca se destensaron un poco y Reggie empezó a relajarse, a besarme despacio, con meticulosidad, a saborearlo más. Su boca era cálida, enloquecedora, y me había subyugado por completo. 

―Rosie, han llegado las pizz… ¡Ay, mi madre!

La voz de Leslie me arrancó de mi efluvio erótico y me recordó que existía un mundo más allá de los ardientes labios de Reggie.

Me volví sin aliento y la miré de una forma muy elocuente, indicándole con la mirada que se largara de inmediato.

―Yo nunca he estado aquí ―farfulló Les, aturrullada―. No he visto nada. Nada de nada.

Un segundo después, había desaparecido en la lluvia.

Me froté los labios el uno encima del otro y me volví hacia Reggie.

―¿Dónde estábamos? ―dije con una sonrisa traviesa, que se borró ante su cara de culpabilidad. Estaba devastado y yo me quedé sin aliento y mis ojos se llenaron de un pánico atroz.

―Rosie, lo siento. No tenía que haber hecho eso. Yo… Mierda. ―Se frotó el ceño con las puntas de sus largos dedos y negó para sí―. Siento haberme propasado contigo. No sé en qué cojones estaba pensando.

―¡Pero yo quiero que te propases!

Reggie dejó de martirizarse por un momento y me sonrió con aire derrotado.

Sin embargo, en sus ojos no vi diversión, sino amargura y una tristeza infinita.

―Tú tienes dieciséis años, monito. No sabes lo que quieres.

¡Te quiero a ti!, gritó algo muy dentro de mí.

Pero no lo dije en voz alta y creo que siempre me arrepentiré de haberme quedado tan bloqueada, como un gato delante de los faros de un coche. Si hubiese intentado hacerle cambiar de parecer, si no hubiese sido una rajada llena de inseguridades, quizá hoy tendría otra historia que contar.

―¿Qué quieres tomar? ―oigo su voz, la del presente, a través de la niebla del pasado.

Parpadeo para regresar al mundo real, fuerzo una pequeña sonrisa y tomo asiento al otro lado de la mesa.

―Una copa de vino blanco.

―Muy bien. Disculpe, ¿puede ponernos una copa de vino blanco y traerme otro vaso de agua?

―Por supuesto.

La camarera evita a posta su mirada. Imagino que es porque no quiere quedarse embobada. No es solo cosa mía. A todos nos cuesta dejar de mirarle.

Reggie posee esa clase de energía vital que, de alguna forma, consigue alterar la atmosfera de toda una sala. He comprobado en otras ocasiones que siempre pasa lo mismo. El espacio parece encoger hasta tal punto que todos se vuelven conscientes de su presencia.

La gente le echa una mirada y luego ya nadie es capaz de perderle de vista. Hay algo en él que te insta a seguir mirando, incluso más allá de lo que exige la buena educación. Nos deja magnetizados. O idiotizados. A saber.

―Aquí tienen.

―Gracias.

Le dedica a la camarera una sonrisa que la hace ruborizarse y después dirige hacia mí toda la atención de su mirada. Estar sentados cara a cara resulta la leche de incómodo. ¿Por qué no se habrá sentado en la barra? Al menos así no habría tenido que mirarle de lleno a los ojos.

Me aferro a mi copa de vino y le doy un buen sorbo, antes de decidir que es mejor tomármela despacio. Apenas he comido. No es buena idea emborracharme.

―¿Qué tal va todo? ―me obligo a preguntar, al mismo tiempo que él farfulla:

―Lo siento.

Miro sus intensos ojos azules y algo se tensa dentro de mí. ¿Qué va a decirme? ¿Que no puede volver a verme? ¿Que a Eleonor no le parece bien que tenga amigos?

―Lo… ¿sientes? ―tartamudeo, sorprendida.

―Rosie, me comporté como un capullo la última vez que nos vimos.

Oh. Vale. Esto no es lo que me esperaba.

―Bueno, tenías motivos.

―No, no los tenía ―rebate, negando con la cabeza. Su expresión se ha vuelto atormentada y a mí se me encoge el corazón―. Eres una mujer adulta. Lo que decidas hacer con tu vida no debería ser problema mío.

―Bueno, me acosté con tus suegros. Es normal que te cabrearas.

Suelta una risita y me obligo a no fijarme en lo guapo que es cuando ríe.

Ni cuando está serio.

Lo guapo que es en general.

―No, no te acostaste con mis suegros.

―¿Ah, no?

Es la primera noticia que tengo al respecto.

―Resulta que no ―me dice con una sonrisa torcida―. Paul y Linda intercambiaron su habitación con Bob.

―¿Tu tío Bob?

―Mi tío Bob.

―Ay, mi madre. Me acosté con tu tío Bob ―constato, echándome hacia atrás en la silla, hasta apoyarme contra el respaldo con aire aturrullado.

Reggie aprieta los labios en un gesto incómodo.

―Eso parece.

―Casi que preferiría haberme acostado con Paul y Linda ―mascullo, con mirada ausente.

Reggie suelta una carcajada y luego se vuelve serio otra vez.

―¿Me perdonas por haber sido un capullo contigo?

Suelto el aire en un suspiro, vuelvo en mí y dejo que su mirada me atrape.

―No hay nada que perdonar. Siento haber sido un incordio y haberme follado a tu tío Bob.

―No hablemos más del tema ―propone, y me doy cuenta de que él también está muy azorado y no tiene ni idea de cómo afrontar esto.

―Está bien. Asunto cerrado. Entonces, ¿qué tal el matrimonio?

―Novedoso, la verdad.

―Te dije que primero vivieras con ella para ver si érais compatibles.

Se ríe, niega para sí y toma un trago de agua. Me resulta extraño que beba agua.

―¿Estás enfermo?

―¿Qué?

Nos miramos sorprendidos, él tiene las cejas casi juntas y yo, la frente arrugada. Señalo con un gesto su vaso de agua.

―Ah. Es que a Eleonor no le gusta que beba.

―Disculpa, no te he oído.

―No es para tanto ―se apresura a defenderla. Ha debido de percibir rechazo en mi voz―. No le gusta que la bese si he bebido alcohol.

―Oh, claro, y como no puedes estar un día entero sin besarla…

Me dedica su sonrisa condescendiente.

―No te burles.

―Lo siento, pero si fueras mujer, esto lo catalogarían como maltrato psicológico. Lamento decírtelo, macho, pero creo que te has casado con una maltratadora.

Suelta una risita incrédula y niega con la cabeza.

―Esa es una exageración. Además, yo quiero hacerlo.

―En eso consiste el maltrato. Te hacen pensar que quieres que te maltraten.

―Se te va la pinza.

―Puede, pero yo que tú lo vigilaría de cerca. Si empieza a prohibirte que lleves camisas a cuadros porque te hacen demasiado sexy y las mujeres te miran idiotizadas, deberías dejarla.

―¿De verdad crees eso? ―pregunta con una sonrisa contenida.

―¿El qué? ―repongo, dejando la copa sobre la mesa.

Ladea una sonrisa y me mira fijamente a los ojos. Sería tan fácil alargar la mano y acariciar su perfecto rostro… O besarle… Seguro que podría inclinarme sobre la mesa si hiciese falta.  

―Que soy sexy ―dice por fin.

Me ruborizo y él me observa con las cejas en alto.

―También te ha afectado la autoestima ―declaro, apretando los labios con aires de entendida. Necesito que deje de mirarme. Me preocupa lo que podría encontrar en mis ojos si se adentrara demasiado―. Está claro que sientes la necesitad de recibir cumplidos para volver a sentirte seguro de ti mismo.

Su carcajada atrae la mirada de la camarera y yo aprovecho para volver a sorber vino.  

―Qué ocurrencias tienes, Rosie.

Apoya la espalda contra la silla y toma un sorbo de agua con expresión risueña y los ojos encajados en los míos.

―Ah, ya me conoces.

―Desde luego ―dice, la mar de divertido.

A veces pienso que Reggie solo se divierte cuando está conmigo. Con Eleonor parece otra persona, siempre atento y dispuesto a complacerla, siempre comedido, como si estuviera encerrado en una jaula y bailara al son de la música que le ponen.

Conmigo se da el lujo de ser él mismo, sin máscaras ni fachadas, el Reggie de siempre, el que me enseñó a montar en bici ―mi padre nos dejó por una furcia, esa fue la explicación que nos dio mamá, así que solo se limitaba a mandarnos los regalos por FedEx―, a nadar en el río y a tirar piedras contra latas de guisantes. A mí no necesita impresionarme.

Yo sé que no ha tenido una infancia demasiado feliz, ni siquiera después de la intervención del departamento de servicios sociales. Su abuela también era dada a los castigos corporales. Guardaba una varilla de avellano encima de un armario destartalado y no le temblaba el pulso a la hora de estrellarla contra las piernas desnudas de su nieto.

Al menos hasta que sufrió un ictus, Dios le quitó la fuerza de las manos y de las piernas, y a partir de ahí le tocó a Reggie cuidar de ella.

Tenía dieciséis años y su actitud resultó, como mínimo, sorprendente.

Pese a lo mal que se había portado con él la vieja Anne, Reggie la cuidó con estoicismo y ternura, siempre pendiente de que estuviera cómoda y atendida de la mejor forma posible. Cogió un trabajo a tiempo parcial en la bolera del pueblo y, además, le cortaba el césped a todo el vecindario para ganar algo de dinero extra y poder así comprarle las medicinas a su abuela.

Eso deja claro la clase de tío que es. Estoy segura de que Eleonor no tiene ni la menor idea de esto.

Y tampoco creo que le importara si lo supiera. Seguro que pensaría que Reggie es un tonto. Eleonor parece la clase de mujer que cree en las vendettas. Ojo por ojo, puta. Seguro que lo lleva tatuado en alguna parte.

―¿Y qué? ¿Cómo te va en ese centro tuyo de delincuentes juveniles? ¿Han detenido ya a alguno o siguen todos en libertad, atemorizando al vecindario?

Veo la sombra de una sonrisa burlona en su cara y no puedo evitar sonreír. Reggie es profe en un instituto. No quiero ni pensar en lo que escriben las alumnas en sus diarios. Me avergüenza lo que escribo yo en el mío…  

―Son buenos chicos y lo sabes ―me dice en falso tono de reproche.

Nos miramos a los ojos durante un par de segundos y yo asiento con fastidio.   

―Ya, ya. Por eso hay rejas en las ventanas y el instituto parece más bien un reformatorio. Deberías llevar navaja. O, al menos, una pluma afilada para poder clavársela a alguien en caso de emergencia.

Reggie echa la cabeza hacia atrás y una carcajada gutural brota de lo más profundo de su pecho. Me estremezco y me descubro mirándolo con ojos lánguidos.

La camarera se da cuenta de mi reacción y eso hace que me ruborice y baje de inmediato la mirada hacia mi copa.

Me aclaro la voz por lo bajo y tomo un sorbo de vino para estabilizar mis emociones.

―Entonces, el matrimonio bien y el trabajo bien, ¿no?

Sus ojos se posan sobre mí otra vez y noto un extraño hormigueo en el estómago. A veces siento que nadie aparte de él me ha mirado nunca de verdad.

―¿Por qué no hablamos mejor sobre ti? ―me pide, con gesto muy serio.

―No se me ocurre nada que decir sobre mí ―respondo, arrepintiéndome de inmediato de lo temblorosa que ha brotado la sonrisa que le acabo de dedicar.

―¿Ningún nuevo romance a la vista?

Sus ojos se pasean con languidez sobre mi rostro, poniéndome aún más nerviosa.

―No.

―Vaya. ¿Y qué me dices del trabajo? ¿Has encontrado algo que te guste?

Esbozo una sonrisa muy débil, agridulce. Su voz es tan cálida, tan suave, tan malditamente comprometida que, por mucho que intento poner barreras entre nosotros, acaba abriéndose paso a través de mí.

―Pues no ―respondo en un murmullo. No quiero que perciba mi tristeza. No quiero que sea capaz de interpretar el anhelo que nubla mi mirada.  

―Estoy seguro de que lo harás.

―Oh, sí. Una chica de veintisiete años, sin estudios ni experiencia previa ―me burlo―. Se empujarán por contratarme. De hecho, creo que ya están haciendo cola.

Reggie me coge la mano por encima de la mesa y atrae mi mirada hacia la suya. Mi pulso se ha vuelto de pronto irregular y siento que estoy absorbiendo aire de forma cada vez más pausada. Seguro que la camarera piensa que soy patética.

―Rosie, eres fantástica. Si alguien lo pone en duda, es que es idiota.

Me sumerjo en su mirada y, durante unos momentos, todo desaparece.

El silencio que lo paraliza todo. Aquí está otra vez.

―Ojalá todo el mundo pudiera verme a través de tus ojos ―susurro con pesar.

Una sonrisa triste estira los perfectos labios de Reggie y el silencio entre nosotros se vuelve denso y embriagador.

―Solo quienes importan te ven tal y como eres realmente. Y, créeme, les gustas. Les gustas mucho.

Una onda de calor me barre el pecho y noto que mis labios se mueven, esbozando una pequeña sonrisa.

Reggie se inclina sobre la mesa y me da un beso en la mejilla.

Cierro los ojos y me recreo en su tacto y en el aroma que me inunda y me rompe por dentro. Ser su amiga resulta cada día más difícil.

―Tengo que marcharme ―susurra, tan cerca de mí que podría besarle con solo mover un poco la cabeza―. Eleonor detesta que llegue tarde a la cena.

Se vuelve a sentar en su silla y yo tenso los labios en un gesto que ni de lejos es una sonrisa.

―Por supuesto.

Sonríe, me da una palmadita en la mano que tengo apoyada sobre la mesa y se saca la cartera del bolsillo trasero de los vaqueros.

―¿Qué le debo?

―No, a esto invito yo ―intento detenerle.

Reggie esboza una sonrisa tierna y dice que no con un gesto.

―De eso nada. Aquí el adulto soy yo.

―Tengo veintisiete años ―rezongo, molesta por su expresión burlona.

Traslada sus preciosos ojos azules hacia los míos, ladea una sonrisa y me susurra:

―¿Y qué? Para mí siempre serás esa niña con pijama de Bugs Bunny.

Por motivos así nunca le he dicho que estoy enamorada de él. Primero necesitaba que dejara de verme como a una hermanita pequeña de la que cuidar. Quería que me viera como a una adulta.

Pero eso nunca sucedió y luego él conoció a la infame Eleonor y yo no pude destrozar eso porque soy una romántica, y una gilipollas, y una acojonada que prefiere perder antes que correr un puto riesgo.

Y así es como acabé en la friendzone, un purgatorio millennial en el que estamos atrapados todos aquellos cuyos sentimientos nunca han sido correspondidos.

Y lo peor de todo es que creo que, en el fondo, me merezco este castigo divino.

Reggie paga lo consumición, le deja una buena propina a la camarera y se vuelve de cara a mí.

―¿Qué haces el sábado?

Morirme del asco y mirar fotos tuyas en Instagram.

Fotos tuyas con Eleonor.

Ugh.

―Supongo que nada interesante.

―¿Por qué no te pasas por casa? Tengo la impresión de que tú y Eleonor no habéis congeniado muy bien hasta ahora, noté cierta tirantez en la boda, sobre todo cuando se negó a hacerse una foto contigo y tú dijiste que te daba igual, porque de todas formas no necesitabas para nada una foto con Eleonor, pero estoy seguro de que en cuanto os conozcáis un poco mejor, seréis grandes amigas.

Qué iluso. Eleonor y yo jamás podríamos ser amigas. ¿Por qué? A ver cómo lo explico.

  1. Eleonor me quitó al hombre de mis sueños, mi alma gemela, el padre de los tres hijitos que había planeado tener.
  2. Eleonor es mala de narices y no la aguanto cerca de mí.
  3. Eleonor me odia y le encanta humillarme, lo cual quedó claro el día de su boda.

Todavía recuerdo su tono melindroso y cómo me propuso ser su dama de honor.

Que al menos dos de los amigos de Reggie participen en esta boda. Así el pobre no se sentirá menospreciado.

Me engañó, lo admito. Por un segundo me tragué su sinceridad.  

Y aunque sentí una enorme oleada de pánico cuando me llegó el vestido de dama de horror, y una oleada aún más devastadora cuando me lo probé y vi cómo me quedaba, seguí adelante porque realmente quería formar parte de esa mierda de evento. 

Pero entonces llegué a la iglesia y fui a buscar a la princesa Eleonor y ella soltó un gritito en cuanto me vio entrar por la puerta.

Por Dios, ¿tan mal estoy?, me dije, un poco descolocada por su reacción.  

De acuerdo, el color del vestido no me favorecía nada. Me marcaba unas ojeras amoratadas que daban un aire de lo más demacrado a mi rostro, y mis piernas estaban delgadísimas en comparación con mi torso. Unos palillos, porque llevaba cancán.

Y sí, puede que pareciera una cucaracha parturienta.

Pero tampoco era como para ponerse a chillar, ¿no?

Sin embargo, Eleonor tenía otra opinión al respecto. 

―Rosie, ¿por qué vas vestida así?

―¿A qué te refieres? ¡Fuiste tú la que eligió el vestido!

Manda cojones…

―¡Pero lo cambié! Mis damas de honor van vestidas de lila.

Miré a las demás princesitas, que iban, efectivamente, vestidas de lila, con unos vestidos de velo preciosos, cortos por delante y largos por detrás, y empecé a hiperventilar.

―¿Y yo por qué voy vestida de ciruela pocha?

Eleonor puso cara de lástima.

―Rosie, lo siento mucho. Ha debido de haber un problema con el envío del otro vestido y está claro que así no puedes ser mi dama de honor.

Abrí la boca en un gesto de estupor y la miré con auténtica contrariedad. 

―¿Qué estás diciendo? ―más que gritar, masqué las palabras en un intento por no estrangular a la novia.  

Eleonor se encogió de hombros con aire impotente. Eso sí, me dedicó la más adorable sonrisa de todo su arsenal de sonrisas adorables.

―Lo siento, Rosie, pero vas a tener que ir a sentarte con los demás invitados. No puedes desentonar. Todo el mundo va vestido de lila.

―¡¿Insinúas que me he puesto este vestido de mierda para nada?!

Eleonor se echó hacia atrás con aire ofendidísimo.

―No sé por qué tienes que insultar el vestido. Al vestido no le pasada nada. Está genial. Es solo que he cambiado de opinión respecto al color.

―¡Sí!, ¡y has vestido a tus amigas de princesitas, mientras que yo parezco la jodida Cenicienta! ―proferí, sin poder contenerme más.

A la mierda la compostura. Estaba segura de que la tiparraca esa lo había hecho aposta. En ningún momento había sido su intención que yo fuera una de las damas de honor. Solo quería asegurarse de que llevaría el más espantoso de los vestidos en la boda de Reggie. Me lo decía mi sentido arácnido. Eleonor Banks era malvada, el villano supremo de esta historia, mi profesor Moriarty, pero a mí no iba a engañarme como a todos los demás. Por mucha cara de mosquita muerta que pusiera, yo la había calado.

―Tu acusación me duele mucho, Rosie. No es culpa mía que haya habido un problema con el transporte.

―Sí, claro. Las milongas se las cuentas a otra. O a Reggie, que parece tonto desde que está contigo. 

Salí de ahí enfurecida y fue entonces cuando empecé a darle a la petaca.

Así que… ¿cómo le cuento yo esto a Reggie, a ver? Porque claro, él la justificará, porque la quiere y cuando están juntos casi se electrocutan con tanta tensión sexual, y yo solo soy la chica con la que se besó una vez. No soy rival para Eleonor, eso está claro.

De modo que aprieto los labios en un gesto que solo desvela el gran bochorno que siento ahora mismo y accedo a quedar con ellos el sábado.

Sí, ver al chico de mis sueños comerse con la mirada a su querida mujercita es justo el plan que más me apetecía.  

Mierda. Puede que me vea obligada a volver a usar la petaca.

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