BUSCANDO A DON PERFECTO-PRIMEROS CAPÍTULOS GRATIS

Prólogo

Cuando estás durmiendo plácidamente en una estupenda cama extra grande, con un antifaz de Betty Boop y puede que con dos copas de ginebra de más, el sonido de una llamada entrante puede resultar tan agradable como la fricción de la tiza contra una pizarra.

Al tercer toque —los primeros dos esperé paciente a que a esa persona la fulminara un rayo divino—, tanteé la mesilla con irritación y, después de tirar al suelo algo que sonó como si fuera el cristal de las gafas resquebrajándose, conseguí agarrar el teléfono y acercármelo al oído.

No vi adecuado quitarme el antifaz, por si las luces de la ciudad que nunca duerme terminaban desvelándome. Seguro que se trataba de una equivocación que, una vez solventada, me permitiría volver a conciliar el sueño de inmediato.

—Amanda Langdon —farfullé sin energías.

—Hola, Amanda. Soy mamá.

Un gemido desganado brotó de lo más profundo de mi alma. De todas las personas que podían haber llamado…

¿Por qué no los italianos para comunicarme que la huelga de Turín había acabado? ¿O mi psicólogo, para diagnosticarme alucinaciones que certificarían que nada de lo que me había pasado en las últimas dos semanas era real?

Tenía que ser ella, mi madre, el ser que se había pasado la vida deambulando de fiesta en fiesta, sin acordarse apenas de que tenía una hija en alguna parte. De no haber sido por la abuela, habría acabado en un centro de acogida de menores antes de cumplir la honorable edad de… ¡¡tres años!!

Y no es que yo le guardara rencor por viejos traumas de la infancia. Qué va. Nada más lejos de la realidad. Joyce era como era y nada podía cambiarla. Ni siquiera la odiaba por ser… bueno, como era.

El único problema es que esa noche no estaba de humor para llevar una conversación con nadie, y mucho menos con la descerebrada de mi madre.

A lo mejor me llamaba para decirme que se le había roto una uña y que necesitaba dinero para la manicura. Raras veces contactaba conmigo para averiguar si seguía viva.

—Mamá, ¿qué hora es?

—Pues… Serge, ¿qué hora es? —Sonó como si mi madre se hubiese alejado del teléfono y hubiese abierto la puerta que daba al Infierno. Escuché voces, risas y música house a todo volumen. Increíble. Estaba de fiesta—. Son las tres y cinco, cariño.

—¿De la mañana o de la tarde? ¿Y quién es Serge?

—De la mañana. ¿Qué estás haciendo?

—¡Dormir! —exclamé, con una creciente sensación de rabia y frustración en el pecho—. Algo que tú también deberías hacer a estas horas y con tu edad.

—Dios mío. Estás tan amargada como siempre, Amanda. Y yo que pensaba que a lo mejor esto de tener novio te había aplacado un poco…

Me arranqué el antifaz con gesto furioso y lo lancé al suelo.

—Mamá, ¡yo no estoy amargada! ¡Es que tú me sacas de mis casillas! ¿Por qué no estás en tu casa a las tres de la madrugada de un martes, a ver? ¡¿Quién en su sano juicio sale los martes?! ¡Tienes ya cincuenta y cuatro años!

—Cincuenta y tres —apuntilló, ofendida.

—¡Te faltan semanas para cumplirlos! ¡Madura de una vez!

—Oh, paso de ti, Doña Dramas. Déjame hablar con Steve. Es mucho más razonable que tú.

—¡Steve no está! —rugí en su oído.

A esas alturas de la trifulca, yo ya me había incorporado en la cama y aferraba el teléfono con dedos como garfios.

—¿Ves como no soy la única que se va de marcha en la madrugada de un martes?

—Mamá, Steve no está porque ¡hemos roto! ¡Ya no vive aquí!

—¿Steve te ha dejado?

¡Oh, por Dios! La santa Joyce Langdon en plan madre del año. Lo que me faltaba por oír. ¡Si nunca se había preocupado por mis sentimientos! Siempre que he llorado por alguna cosa, siempre que me he sentido vulnerable, asustada o tal vez un poco rota, ha amenazado con arrastrarme al campamento militar para que el ejército me quitara la tontería de encima. Lo que no te mata, te vuelve un poco más hija de puta. Joyce no dejaba de repetírmelo. Yo solo lloraba porque se me había mojado el pañal. ¡Tenía dos años!

¿Y por qué siempre daba por hecho que eran ellos los que le habían puesto fin a la relación? ¿No era indignante la poca confianza que depositaba en su única progenie?

—¡No! ¡He sido yo quién ha mandado a paseo a Steve!

—Porque era malo en la cama, ¿a que sí? Ahora se explica tu constante malhumor.

Solté un gritito de irritación.

—Mamá, ¡deja de decir eso! ¡Steve no era malo en la cama! Era bueno. El mejor. ¡Era la puta monda!

—Pues no lo parecía. No tenía buen culo. Y una vez lo vi bailar y, nada, ningún juego de caderas. Y, además, tú estabas siempre de tan malhumor…

Y dale con el malhumor.

—¡Yo no estaba de malhumor! ¡Vivo estresada, y tú me estresas aún más cada vez que sales de tu madriguera! —exclamé entre dientes, con voz vibrante y agresiva. Por lo general, las conversaciones con mi madre requerían paciencia divina y muchos signos de exclamación.

—¿Lo ves? Por eso te acabó dejando Steve. Eres una amargada.

—¡Que no soy una amargada! ¡Deja de dar el coñazo con eso! ¡Y fui yo quien dejó a Steve! —le grité al teléfono, con tanta furia que pequeñas partículas de saliva salieron disparadas por el aire. Mi rostro estaba torcido en un aire grotesco y tenía los ojos tan dilatados que empezó a dolerme la cabeza de tanto forzarlos. Esa mujer tenía el extraordinario don de sacarme de mis casillas como nadie en el mundo.

—Que te iba a decir, Amanda… ¿Qué tal te vendría celebrar el cumpleaños de tu madre en Las Vegas?

Me golpeé la frente con la palma y me dejé caer hacia atrás hasta que me metí una buena leche contra el cabecero de la cama. Ay.

—Oh, Dios mío —me indigné mientras me frotaba la nuca—. ¿Por eso me llamas a estas horas? ¿Necesitas que alguien te pague el viaje?

—Bueno, después de haberte criado y educado, y haber sacado algo de ti, porque eres una persona importante ahora, ¿no?, un pez gordo, digo yo que lo mínimo que podrías hacer por tu madre es invitarla a un viaje a Las Vegas.

—Mamá, tú ni me has criado ni me has educado. Fue la abuela. ¡Reacciona!

—Pero yo he sacrificado mi cuerpo por ti, listilla —repuso de inmediato. Era muy rápida a la hora de dar la réplica y defenderse de toda acusación—. ¿Tienes idea de lo duro que fue no fumarme ni un piti durante nueve meses de embarazo y sobrevivir a base de agua sin gas y la insípida comida casera de tu abuela?

—Pobrecita mía. ¿Y qué quieres, una medalla? No haberte quedado preñada a los dieciocho.

—Yo no me quedé preñada, señorita Sabelotodo. Tu padre, el muy hijo de puta, me dejó preñada.

—Es lo mismo.

—No lo es.

—Mamá, me agotas. Te regalaré ese viaje con tal de que te calles.

De manera sorprendente, no mostró el entusiasmo que yo esperaba.

—Pero vas a acompañarme, ¿verdad?

Así que se trataba de eso. Lo que le hacía falta en realidad era compañía. Se debía de haber peleado con Margot, su amiga de hazañas —seguro que por culpa de algún tío, uno grandote y lleno de tatuajes, recién salido de chirona—, y ahora no tenía a nadie con quien irse de juerga.

Pues yo no tenía pensado convertirme en ese alguien.

—Imposible. Tengo mucho trabajo en esta época del año. La gente no deja de casarse.

—Imagínate que muero dentro de un mes o dos. Te vas a sentir culpable toda la vida por no haber hecho este último viaje conmigo.

Ay, Dios. En mi horóscopo de esa semana decía que iba a haber un fallecimiento en mi familia.

¡Y Joyce era la única familia que me quedaba! Quitando a algunos primos lejanos y a un par de tías abuelas.

El corazón me dio un brinco en el pecho y me sorprendió la facilidad con la que dejé de estar cabreada y la rapidez con la que toda esa energía negativa se convirtió en preocupación.

—Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué dices eso? ¿Te ha salido mal alguna analítica? ¿Un bulto en alguna parte? ¿Tal vez ese lunar que siempre te dije que fueras a que te lo miraran?

—Yo solo te digo esto: que vas a arrepentirte.

—Mamá, por favor, dime si… ¿Mamá? ¡Mamá! —exclamé indignada. Me había colgado. Siempre había sido muy dada al dramatismo telenovelero—. ¡¿Será posible?! —me encabroné yo sola.

—¿Quieres callarte ya? —gritó mi vecino Mark a través de la pared.

—Uy. ¡Lo siento!

—¡Mañana madrugo, cabrona!

—¡Yo también, macho! Mi madre es la única que no lo hace… —añadí para mí con una pizca de envidia.

—¡Callaros los dos, coño! —terció Lily, la otra vecina.

Ay. Qué follón. Estábamos todos despiertos por culpa de mi madre.

En nuestra planta solo había tres pisos.

El problema es que antes, en los años cincuenta, no había más que uno, en el que, por lo visto, vivía un famoso escritor que montaba las mejores fiestas de toda Nueva York.

Tras la reforma, en los ochenta, alguna mente privilegiada había dividido el piso en tres —la gente ya especulaba con el mercado inmobiliario para entonces—, pero los muros que separaban cada vivienda eran tan finos como hojas de cebolla. Mark, Lily y yo estábamos al tanto de todo lo que pasaba en los pisos adyacentes. Nos habíamos hecho amigos porque, más que vecinos, éramos compañeros de piso.

Ellos me habían consolado después de haber roto con Steve, yo le había enviado flores a Lily cuando su novia se marchó en mitad de la noche después de una bronca de campeonato, y Mark nos había invitado a las dos a un brunch en el Plaza y nos había asegurado que el amor es una mierda y que lo mejor que se puede hacer hoy en día es mantenerse célibe.

A él le iba muy bien la soltería. Tenía una novia nueva todos los sábados. Los domingos volvía a estar soltero y abrazaba con gran deleite la rutina Pijama-Comida Basura-Mando.De.La.Tele.Solo.Para.Mí. Una perfecta vida cosmopolita que nos aconsejaba probar cuanto antes. Lily y yo le habíamos dicho no, gracias. Las dos aspirábamos a algo más.

Mark se había encogido de hombros con gran desdén y se había pasado el resto del brunch tirándole los tejos a la rubia de la mesa de al lado. Nuestra actitud conservadora le aburría horrores. Si queríamos esperar al príncipe azul, allá nosotras. Mark y la chica rubia tenían otros planes para la velada.

Como no podía ser de otra manera, Lily y yo nos habíamos enterado de todos los detalles espeluznantes. Con esos muros era imposible hacer oídos sordos.

—Buenas noches —les dije a los dos con un suspiro melancólico.

—Buenas noches —gruñó Lily, agotada. Ser cajera en un supermercado mientras se espera la oportunidad de brillar en Broadway resultaba fatigoso.

—Dulces sueños, Amanda.

Entorné los párpados, crucé las manos sobre el pecho como el conde Drácula y en el silencio de la noche se escuchó una profunda exhalación.

—Deja fluir la ira, Amanda. Respira hondo. Respira —farfullé mientras cogía profundas bocanadas de aliento, que acto seguido soltaba de forma pausada.

No, algo fallaba.

Abrí los ojos y miré fijamente la oscuridad.

Mierda. El antifaz de Betty Boom estaba demasiado lejos como para recuperarlo.

Bueno, ¿y qué más daba? De todas formas, ya me había desvelado. Mis sueños iban a ser tan dulces como la tónica.

Bajé los párpados, me coloqué bien la almohada y mis pensamientos se volvieron profundos.

Me pregunté por qué se consumía tanta tónica a nivel mundial. No se me ocurrió ninguna respuesta. Yo no le veía la gracia. A no ser que se tomara como medida de profilaxis contra la malaria…

De pronto, empecé a notar un pinchazo en el lado derecho del estómago. Ay. ¿Y si era malaria?

Políticamente correctos

Mi vida era perfecta.

No, no, en serio, no es ninguna exageración. Hay gente que quiere un coche más veloz o una casa en Connecticut o un prometido que no empiece a perder pelo a las tres semanas de irse a vivir juntos.

Yo no quería nada de nada. Era feliz tal y como estaba. Tenía el trabajo de mis sueños, un novio al que quería, una cantidad razonable de celulitis en los muslos….

Lo tenía todo, joder.

Y de no haber sido por los dichosos italianos y su estúpida lucha sindicalista, nada de todo esto estaría pasando ahora.

Permitidme que me explique. Mi vida se jodió el mismo día que empezó la huelga en Turín. Es decir, dos semanas antes de la inoportuna llamada de mi madre en mitad de la noche.

Yo vivía en Nueva York, así que, en teoría, no tendría por qué afectarme un parón producido a más de seis mil kilómetros de distancia.

En teoría.

En la práctica, un parón en la fábrica de Turín era un desastre con MAYÚSCULAS. Una catástrofe. Una plaga bíblica peor que las diez plagas de Egipto juntas.

Y todo porque Missy Vanderbilt se iba a tener que casar con unos manteles mediocres de color beige satinado, cuando ella había especificado, subrayado y reiterado millones de veces que los manteles tenían que ser de color beige RO-SA-DO.

¡Una boda en el Plaza!

¡Una prima lejana de la familia Vanderbilt!

Estaba acabada, jodida, destrozada, y eso solo era el comienzo de mi interminable lista de adjetivos. Ya podía irme a un campo de Iowa a plantar mazorcas, porque en Nueva York nadie iba a volver a trabajar conmigo después de haberle arruinado el mejor día de su vida a Missy Vanderbilt.

Tal era mi ansiedad que me paseaba de un lado al otro de mi aséptico despacho con vistas al Empire State y me retorcía las manos de preocupación mientras, a mis espaldas, la extravagante Andrea, mi secretaría, con unas enormes gafas amarillas colgándole por la nariz y un imposible vestido turquesa de algún famoso diseñador millennial con una clara adicción a sustancias estupefacientes, hacía decenas de llamadas telefónicas a Italia para convencer a los despiadados sindicalistas que era de importancia internacional parar la huelga el tiempo justo como para acabar los condenados manteles de Missy Vanderbilt.

Andrea y yo éramos como el día y la noche. Yo, rubia. Ella, morena. Yo, clásica. Ella, atrevida. Pero en el trabajo hacíamos un buen equipo. Nos completábamos, y eso, de alguna forma, equilibraba la balanza.

A veces, Andrea era el soplo de aire fresco que me hacía ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando tendía a encasillarme en lo tradicional, ella decía o hacía algo que rompía por completo mis esquemas y el resultado final era perfecto. Sin pecar de falsa modestia, mi trabajo, nuestro trabajo, se resumía a una sola palabra: perfecto. ¿Quieres la boda de tus sueños? Contrátanos y despreocúpate. Cogeremos un día normal y corriente y lo convertiremos en algo inolvidable. Repartíamos más felicidad que Papá Noel, aunque, con esta boda, habíamos arrancado mal y, según avanzábamos, nada estaba saliendo según lo previsto.  

Miss Vanderbilt es una molto importante persona en Nueva York —estaba diciendo Andrea en ese momento, de forma muy pausada, para que los italianos se enteraran bien—. ¡Y estamos hablando del Plaza! Entiéndalo, no podemos llevar cualquier mantel, incluso si alguien consiguiera imitar el beige rosado de los manteles de Turín, cosa que dudo. Vaffanculo? —Andrea colgó el receptor dorado, se volvió con la silla y torció el rostro en un gesto de confusión—. ¿Qué ha querido decir con vaffanculo?

Me desplomé sobre el sofá y hundí la cabeza entre las manos.

—Ay, Dios mío. Esto es un desastre. ¿Qué clase de maíz crees que debería plantar? ¿El maíz dulce o el maíz de palomitas? Oh, Andrea, ¿querrás trabajar para mí en Iowa? Porque, para serte sincera, no sé qué haría sin una secretaría. ¡Ni siquiera me acordaría de tomarme la píldora! ¡Granjera y preñada! ¿Cómo he echado mi vida a perder de esta forma? Dios Santo, me estoy convirtiendo en mi madre. ¿A que sí? ¿A que parezco a mi madre en este momento? Fíjate bien en mis patas de gallo.

Vale, de acuerdo, quizá eso sonara un tanto melodramático.

Pero si pensáis eso es porque no conocéis a la zorra de Missy Vanderbilt. Estoy segura de que, cuando la madre de Missy notó la primera contracción, Satán empezó a santiguarse de angustia en los confines del Infierno.

¡Ni siquiera hay epítetos lo bastante malignos como para definir a Missy Vanderbilt!

Para su fiesta de compromiso, también en el Plaza, cambió de opinión dos horas antes de que llegaran los invitados y pasamos de tener una fiesta con temática Desayuno con Diamantes a organizar un evento en el que todas las mujeres tenían que disfrazarse de flapper girls[1]. Miss Vanderbilt se había saltado cuatro décadas sin despeinarse. Tuve que cambiar toda la decoración en tiempo exprés, por no hablar de despedir a la banda de música y encontrar a otros que supieran algo del jazz de los años veinte.

¿Y acaso recibí un agradecimiento por parte de Missy? ¿Un cheque regalo de Amazon? ¿Una mísera mención en Instagram?

Por supuesto que no. Dijo que la fiesta había sido mediocre porque los pastelitos tenían forma de estrella. ¿Algún neoyorquino ha visto alguna vez las estrellas? ¡Por supuesto que no, como sea que te llames!

—Las estrellas son para paletos que viven en el campo —añadió después de eso—. A mí me gustan los diamantes. Soy una chica con clase.

Pedí fuerzas a Dios y luego al Diablo, por si acaso Dios estuviera demasiado ocupado con sus tareas divinas.

Tenías una fiesta con diamantes y clase. —Que mascara las palabras de esa forma significaba exactamente lo que ya habéis adivinado: intentaba tragarme la oleada de furia que me instaba a retorcer el esquelético pescuezo de Missy—. Cambiaste de idea dos horas antes de que llegaran los invitados.

—Alyssa, yo soy un enfant terrible[2]. Me enteré por una película que vi esta mañana.

—¡¿Una película?! Quieres decir que todo este follón de tirar la comida y preparar otra, mientras que en África hay gente que se muere, literalmente, de hambre, ¿se debe a que viste una película?

Sujetadme, que me la cargo.

—Fue una revelación. —Durante unos momentos, Missy se quedó colgada, como si se hubiese pasado con la marihuana. La miré incrédula, con ganas de chasquear los dedos para hacer que reaccionara. También sopesé la idea de sacudirla, pero justo entonces volvió en sí y su insufrible sonrisa zen volvió a asomar—. He comprendido que necesito algo vanguardista e innovador en mi vida. Admitámoslo: tu muermo de fiesta sesentera no pegaba en absoluto conmigo.

Sinceramente, para conseguir que la fiesta pegara con Missy Vanderbilt, habría tenido que traer calderos de brea del mismísimo Infierno y servir refrescos de azufre en la barra.

En cuanto a la música, lo único adecuado hubiera sido contratar a un cuatrero de ángeles que hicieran sonar las trompetas del Apocalipsis.

Dios, ¡cómo odiaba a Missy Vanderbilt!

—Sabía que esa mujer pondría fin a mi existencia —me lamenté de nuevo—. Lo supe en cuanto puso un pie en este despacho. Pero pensé que acabaría en un manicomio, no en un campo de maíz.

—Creo que estrás exagerando un poquitín.

Abrí la boca para decirle a Andrea que no exageraba en absoluto, pero sonó el teléfono y ella tuvo que descolgar.

—Despacho de Amanda Langdon. Ajá. Ajá. Ajá. Se lo diré. A usted. Adiós, adiós.

—¿Qué pasa ahora? —me inquieté. Cada vez que sonaba el teléfono, me enteraba de alguna desgracia.

—Era tu vecino de abajo otra vez. Ahora dice que te has dejado el grifo de la bañera abierto y que le estás inundando el piso.

Abrí la boca con un pez al que alguien acababa de sacar fuera de su acuario.

—¡Eso es imposible! No he usado la bañera esta mañana.

—A lo mejor ha sido Steve.

—¿Steve? No puede ser. Steve se marchó al trabajo una hora antes que yo. Si el agua hubiese estado corriendo, me habría dado cuenta mientras me maquillaba.

—Está claro que la boda de Missy Vanderbilt te tiene un poco estresada. Quizá abrieras la bañera en un acto reflejo, porque tu cerebro intentaba trasmitirte que necesitas tomarte un descanso.

Mi rostro adoptó una expresión indulgente.

—¿Andrea?

—¿Jefa?

—Deja de comprar mierdas psicológicas en Amazon. Mi subconsciente no intentaba transmitirme un carajo.

—Ay, chica, eres tan difícil como Missy la terrible Vanderbilt. Yo solo intentaba darte ánimos para que no pensaras que te estás volviendo senil.

—¡No me estoy volviendo senil! —me defendí, indignada.

—Pues cualquiera lo diría —refunfuñó Andrea para sí.

Le puse mala cara y solté un soplido severo.

—Por Dios, qué día. —Me llevé las manos a la cabeza y me atusé el pelo, aunque no había mucho que atusar porque siempre lo llevaba recogido en una perfecta coleta baja—. Lo del agua era justo lo que me faltaba. Ahora voy a tener que ausentarme durante una hora o dos.

Andrea tenía unos ojos verdes muy intensos que en aquel momento se abrieron con un chasquido.

—¿Qué? ¿Hoy? ¿Has perdido la chaveta? ¡Dentro de tres horas tenemos una cita con Missy!

—¡Lo sé!

¿Por qué nos estábamos comunicando a gritos? Estábamos muy cerca la una de la otra.

—¿Y qué se supone que debo hacer yo si no llegas a tiempo?

—He aquí una idea. Di que sí a todo, por muy disparatado que te parezca.

Andrea, como cualquier otro ser que tenía que tratar con Missy, se puso histérica ante la idea de una reunión a solas.

—¡¿Y si me pide una boda en el espacio?!

Puse los ojos en blanco, abandoné el sofá y crucé el despacho en dirección al perchero, en el que había dejado colgado mi bolso Prada, un exquisito ejemplar de color beige, que me había regalado a mí misma tras la boda del soltero más codiciado de Nueva York, cuando las cosas aún marchaban bien en mi trabajo, los sindicalistas se conformaban con lo poco que les daban y Dios tenía bastante consideración como para no programar una tormenta el día del enlace.

—¡Jefa!

—Ay, mira que eres pesada. No va a pedirte una boda en el espacio —la tranquilicé desde la puerta, volviéndome con el bolso y las gafas de sol en la mano—. Esto es Nueva York, cariño. Aquí todo el mundo quiere casarse en el Plaza.

—Missy Vanderbilt no es todo el mundo. Imagínate que echan E.T. justo antes de su boda y a Missy se le ocurre la genial idea de casarse en Marte.

—Pues será mejor que empieces a llamar a las cadenas de televisión y les pidas que echen Sexo en Nueva York. Mister Big celebra su compromiso en el Plaza.

—Lo cual le parte el corazón a Carrie Bradshow. Eso podría acojonar a Missy hasta el límite de replantearse el lugar de la ceremonia. ¡Yo no respondo de la actividad de mi estómago si no hay gravedad de por medio! ¡Quedas avisada, jefa!

Puede que mi conversación con Andrea pareciera un tanto surrealista, pero no hay nada lo bastante surrealista cuando Missy la jodida Vanderbilt está de por medio.

—¡Pues arréglalo! ¿Para qué te pago? Di-os. Necesito ir a un balneario ya. Uno de esos que te confiscan el móvil.

—O puedes cargarte a Missy e ir a prisión. Seguro que ahí también te confiscan el móvil. Y, además, te saldría gratis la estancia.

La miré sin pizca de humor.

—Muy graciosa. Desternillante. Me voy. A estas alturas, el pobre señor Evans estará nadando entre patitos de goma. Seguro que lleva puesto el gorrito de dormir. Deberías verle. Es igualito a Scrooge.

—¡Espera! ¡No te marches! ¡No me pagas lo bastante como para que esté obligada a tratar con la jovencita Mefistófeles!

Para entonces, yo ya estaba en el ascensor. Andrea intentó colarse dentro para seguir dándome la matraca, pero la saqué de ahí de un empujón y me quedé bloqueando la puerta. Parecía una cruz de San Andrés humana.

—Andrea, sé una adulta.

—¡No quiero ser una adulta!

—Pues te jodes. Es lo que hay. ¿Debo recordarte que la que manda aquí soy yo y que el pago de tu alquiler depende de mí?

Andrea me atravesó con la mirada y movió la cabeza como diciendo no serías capaz.

Enarqué una ceja, para que la idea cuajara mejor, y una auténtica estupefacción se dibujó en su semblante. De acuerdo, no me sentía capaz de despedir a alguien que cumplía con su trabajo, pero ella no tenía por qué saberlo.

Las puertas emitieron un pitido. Me aparté y la seguí mirando desafiante. Había que dejarle claro quién era la jefa.

Por fin se cerraron las puertas, el ascensor empezó a descender y pude gozar de un momento de paz, que acabó en cuanto me vi en la calle, enfrentada a toda una marea de transeúntes trajeados y neuróticos que caminaban en dirección contraria a la mía. Adoro Nueva York, pero hay cosas que sencillamente me sacan de mis casillas.

—Disculpe, usted perdone, dispérsense. ¡Ta-xi! —Hice una señal con la mano y apreté el paso hacia la calzada al ver que uno de los codiciados coches amarillos se acercaba al bordillo.

Por primera vez en los diez años que llevaba viviendo en Nueva York, un taxi se detuvo a la primera llamada. Los astros se estaban alineando por fin a mi favor. Con un poco de suerte, antes de que acabara el día me llamaba la comercial de Turín para decirme que mis manteles ya venían rumbo a Nueva York y llegarían con tres días de adelanto y un quince por ciento de descuento por las molestias causadas. Una llamada así habría estado bien, para variar.

Justo estaba a punto de abrir la puerta, cuando una mano salió de ninguna parte y se dispuso a hacer lo mismo que yo.

—Disculpe, el taxi es mío —lo detuve, indignada.

—De eso nada —repuso el tipo trajeado, algún bróker, seguro. Percibí agresividad en su mirada y dependencia a la cocaína en las venitas de su nariz—. Hemos llegado los dos a la vez.

—Sí, pero en mi caso se trata de una emergencia climatológica. África se está secando y yo estoy malgastando los recursos de la madre tierra. ¿Adónde va usted? ¿A hacerse una revisión de próstata?

¡Chúpate esa, tiburón de Wall Street!

Aprovechando su momentánea perplejidad, monté dentro del taxi con aires de triunfo.

Cuando se quiso dar cuenta de que le acababa de hacer la trece catorce, yo ya estaba casi en Tribecca.

—Sin duda, es mi día de suerte —le dije al taxista con una enorme sonrisa.

—Me alegro por usted —respondió secamente.

No hice el menor caso a su tosquedad y me puse a escribir correos electrónicos en mi iPhone. Si era cierto que mis manteles no iban a llegar a tiempo, necesitaba el plan B.

Yo siempre tenía un plan B, por si las cosas se acababan torciendo.

Aunque esta vez mi plan era vil, nada ético y, para ser justos, lo más probable es que fuera una estafa textil. Pero me dije a mí misma que, a tiempos desesperados, medidas desesperadas, y pulsé enviar. Ah, ¡qué fácil resulta vender tu alma al Diablo! 

Antes de salir del atasco, ya había pactado la compra de quinientos manteles con una fábrica de China. Missy no podía enterarse jamás. Ese sería un secreto que me llevaría a la tumba. Con suerte, no se daría cuenta del cambiazo si los chinos eran escrupulosos con el color y el acabado.

Dios Santo, ¡iba a acabar en un campo de maíz! ¡O en prisión!

Quise echarme a lloriquear, pero ya habíamos llegado a mi casa, así que me recompuse como pude, le pagué al taxista lo que le debía y crucé la calle, corriendo en dirección a mi portal.

O, al menos, crucé todo lo deprisa que una puede cruzar con una falda lápiz muy ajustada en la zona de las rodillas y unos tacones de doce centímetros.

Lo cual, a decir verdad, no era demasiado.

En el vestíbulo recuperé la compostura, me alisé la falda y caminé con elegancia hacia el ascensor, por si acaso me cruzaba con algún vecino.

Vivía en un edificio de ocho plantas con fachada de piedra arenisca, que a mí me evocaba el idílico Nueva York de Bogart o de Audrey Hepburn. Me encantaba mi casa, a pesar del ruido que se colaba de un piso al otro. Ojalá hubiese sido lo bastante rica como para comprar los tres pisos juntos. Así solucionaba el problema de los ruidos de una vez por todas.

Pero en Nueva York el mercado inmobiliario estaba siempre al alza, y yo, que era muy prudente, prefería comprar solo lo que me podía permitir. Palabras como hipoteca o línea de crédito no iban conmigo. Me gustaba la tranquilidad que confería una buena cuenta de ahorros. Por no hablar de los seguros, que casi me producían espasmos orgásmicos. No hay nada mejor que un seguro a todo riesgo.  

Solté un pequeño suspiro de bienestar burgués al saberme a salvo de cualquier imprevisto de la vida, monté en el ascensor y mantuve presionado el botón de la quinta planta hasta que el viejo trasto reaccionó. Ya me disculparía luego con el señor Evans. Lo importante ahora era poner fin al problema.

Nada más entrar en el vestíbulo de mi casa, escuché el ruido del agua correr. Supongo que hasta aquel momento había conservado la esperanza de que el señor Evans fuera un anciano senil que se inventaba cosas. Puede que me marchara de la oficina solo para no tener que escuchar a Missy gritándome.

Por culpa de la crisis de los manteles, mi autoconfianza se había visto debilitada y ya no me veía capaz de enfrentarme a los dragones como un valiente San Jorge vestido de Carolina Herrera. ¡La culpa de todas las desgracias la tenían los sindicalistas de Turín! Esperaba que el karma lo tuviera muy presente.

Por desgracia para mí, las cosas no salieron como yo las había planeado y, lo que iba a ser una breve visita a mi madriguera para recordarme a mí misma quién era y todo el potencial que tenía como organizadora de bodas — dijese Missy lo que dijese—, acabó convirtiéndose en una pesadilla digna de Elm Street, porque, por encima del ruido del agua, escuché otra clase de sonido, inequívoco, sensual, que me hizo aguzar las orejas como un gato cazador.

—Oh, sí. OOOHHHH, SSSSSÍÍÍÍÍÍ.

Vaya por Dios. Mark, mi bohemio vecino, se había traído a una chica a casa.

Puse los ojos en blanco y negué con el aire contrariado de alguien que se cree moralmente superior a los demás. Ese Mark no tenía remedio. Menudo mujeriego.

Mark era pintor, pero el arte iba tan mal que había acabado de vigilante en un museo. ¿Le habían despedido o por qué estaba en casa a esas horas?

—¡Ohhh, Steve! —exclamó la chica, casi al borde del éxtasis.

Una señal de alarma se encendió en mi abotagado cerebro, pero de inmediato busqué una explicación plausible, que aplacó incluso a mis neuronas más desconfiadas: lo que pasa cuando mantienes esta clase de relaciones low cost es que la gente con la que te acuestas ni siquiera se esfuerza en aprenderse tu nombre. ¡La chica se pensaba que Mark se llamaba Steve! ¡Como mi novio! ¿No era hilarante?

—Ahí, AHÍ, OOOOHHHHH, justo ahí. Oh, Dios mío, ¡Fuller, eres el puto rey!

Hombre, igual oír el nombre de mi novio en labios de una chica al borde del orgasmo debería haberme dado alguna pista al respecto, pero no fue hasta que ella gritó también su apellido cuando comprendí lo que estaba realmente pasando bajo mi techo, bajo mis narices y en mi jodido colchón de tres mil dólares, un regalo que le había hecho a Steve nada más mudarse a mi piso.

En un robo, era lo único que se podrían haber llevado los ladrones. Era el objeto más caro de toda la casa. Eso, y mi plancha de pelo.

El colchón lo había comprado porque Steve se quejaba de dolores de columna y yo quería lo mejor para él. ¡Y así era cómo me lo estaba pagando ahora! Miserable rata de alcantarilla.  

Por fin comprendí para qué quería un colchón tan caro. Y no, no era para corregir la postura de la columna ni porque le dolieran las cervicales.

Mi indignación era tan grande que me propulsó al dormitorio a una velocidad que habría hecho santiguarse al mismísimo Yuri Gagarin.

La escena que me aguardaba ahí era…

Bueno, si cambiaba de ángulo…

No, qué va. Seguía siendo grotesco.

Me sorprendió que nadie se desgarrara el glúteo con una postura así. Desde luego, eran los dos muy flexibles. Porque enroscarse de esa manera tenía su intríngulis.

—A mí ya no me hace esas cosas —le dije a la chica, como la indiferencia del que informa que va a llover en Boston y le da igual, porque vive en Florida—. Lo que te está golpeando ahora es la uretra, ¿sabes? Te tocará ir al baño cada cinco minutos durante al menos tres días. Muy desagradable —aseguré con férrea convicción.

—¡Amanda! —gritó Steve, desenroscándose lo más rápido que le fue posible—. Cielo, qué temprano llegas. Esto… esto no es lo que parece.

—No me digas —repuse, cruzada de brazos en el umbral. Mi rostro revelaba la misma expresión que adopté en clase de biología el día que tuvimos que disecar a una rana: asco, morbo, deseos de querer estar en cualquier otra parte menos ahí…

—¡Me dijiste que no estabas casado! —acusó la pobre chica, una criatura muy ingenua que se bajó de la cama, envuelta en la sábana que me había regalado mi abuela justo antes de morir, y empezó a vestirse a toda prisa.

El agua de la bañera seguía corriendo e inundando el baño del señor Evans, pero a nadie le importaba a esas alturas.

—Amanda, cielo, déjame que te lo explique.

Steve, apuntándome con su cada vez más arrugada erección, vino hacia mí como un gato zalamero. Deseé tener un flus flus lleno de agua para poder pulverizársela en la cara, como a los gatos que arañan el sofá.   

—Largo de mi casa —exigí, inflexible.

—Pero…

—Hemos acabado, Steve. Estúpida, estúpida, rana —farfullé para mí mientras daba media vuelta y me dirigía enfurecida al baño—. Quién tuviera un bisturí ahora.

—¡Soy adicto al sexo! —exclamó Steve a la desesperada—. ¡No puedes dejarme por eso!

Frené en seco en medio del pasillo, me giré con una lentitud digna de la niña de El Exorcista y lo miré con expresión perpleja. ¿En serio? ¿Era capaz de inventarse una enfermedad como esa para justificar por qué no había sido capaz de mantener la bragueta cerrada? Oh, qué rastrero. La gente con una adición debería fusilar a Steve por tomarse a broma su enfermedad.

—No eres adicto al sexo. Lo que eres es un grandísimo hijo de puta. ¿Para esto querías el colchón?

—No, cariño, claro que no. Por favor, déjame que te explique lo de hoy. Ha sido… ¡Nunca antes había pasado!

Cuando quiero, puedo ser tozuda como una mula, y ahí me planté, negándome a escuchar ni una palabra más.

—Se acabó, Steve. Recoge tus cosas y lárgate de mi casa.

Y, aunque Steve intentó hacerme cambiar de opinión y me siguió de camino al baño, me mantuve en mis trece.

Con él suplicando y lloriqueando palabras que apenas comprendí, corté el agua de la bañera (lo que había en el baño era indescriptible y no quería pensar en ello) y me di prisa por marcharme de ahí cuanto antes. Comparado con aquello, era preferible escuchar la interminable sarta de quejas de Missy Vanderbilt.

—Ah. Y la próxima vez que quieras ponerle los cuernos a alguien, no te dejes abierto el grifo de la bañera. ¡Gilipollas! ¡Que ni para eso vales!

Di un portazo teatral y bajé las escaleras deprisa para ir a disculparme con el señor Evans.

Eso fue aún peor que encontrarme a Steve enroscado en una postura antinatural. Tuve que escuchar una perorata de casi un cuarto de hora.

Mi aspecto se volvió cada vez más aburrido conforme se eternizaba la charla, aunque en ningún momento dejé de asentir después de cada frase. Lo de asentir es una estrategia muy buena. Da la impresión de que estás escuchando de verdad, cuando lo cierto es que solo ves unos labios moviéndose.  

—¡Es inadmisible, señorita Langdon!

—Inadmisible, inadmisible —le di la razón.

—¡Un escándalo!

—¡Un verdadero escándalo! —apuntillé, tan indignada como él.

—En los sesenta, ¡qué tiempos!, vivía ahí ese escritor que ahora se ha hecho famoso, ¿cómo se llama? —El señor Evans no se acordaba y agitó frustrado sus blancos cabellos. Parecía Doc, el de Regreso al Futuro, pero solo porque no llevaba el gorrito de Scrooge—. Bueno, el caso es que ese escritor nunca dio problemas, y mire que era escritor, que luego son peores que las estrellas del rock, porque claro, se quedan sin inspiración y entonces beben sin parar. Y, ¡hala, fiesta!, ¡y otra fiesta! Pero nada, ningún problema, jamás se dejó los grifos abiertos. Porque, ¿cómo se puede dejar alguien los grifos abiertos, señorita Langdon? ¿Es que a esto ha llegado la humanidad? ¿A tener tanto dinero como para no preocuparse más por la factura del agua o las reformas que hay que hacer?

Y así durante quince interminables minutos.

Porque, claro, a él el baño alguien se lo tendrá que arreglar, porque la pintura del techo ya se está cayendo a cachos, lo cual es una vergüenza, un escándalo, un atropello y una atrocidad.

—No se preocupe —intervine cuando Doc, entre queja y queja, se detuvo a coger aliento—. Llamaré al seguro para que vengan a arreglarlo cuanto antes. Ahora de verdad que tengo que marcharme. Estoy teniendo un día espantoso en el trabajo y…

—Y en casa, y en casa. Porque ese novio suyo que está todo el día dale que te pego en cuanto usted se marcha a trabajar…

Se me desencajó la mandíbula. Por un segundo creí que me la había dislocado.

—Un momento. ¿Usted sabía que Steve andaba poniéndome los cuernos?

—¿Saberlo? Es el primer punto del día en todas las reuniones de vecinos. El ruido que hace esa cama es infernal. IN-FER-NAL, señorita Langdon. Todos los días interrumpe mis clases de meditación. Así no hay quien llegue al Nirvana. Se lo he dicho a su novio decenas de veces.

Estupendo. Era oficial: me había convertido en la cornuda de Nueva York.

—¡¿Y por qué nadie me lo dijo a mí?! —me escandalicé, arrepintiéndome de inmediato de la nota de histeria que se había filtrado a través de mi voz.

—Porque usted no le cae bien a nadie. Siempre se pavonea por los pasillos, con esos tacones demoníacos que me ponen los pelos de punta y su aspecto pretencioso, y nunca se para a hablar con nadie. No está usted integrada en el edificio.

Mi mandíbula se desencajó aún más. Creía que lo bonito de Nueva York era exactamente eso: que nadie conocía ni tenía necesidad de conocer a sus vecinos.

—¿Caigo mal a la gente? —me horroricé.

El señor Evans se dio cuenta de que había hablado de más y batió en retirada.

—No, no cae mal a la gente. Solo que…  no le cae bien a nadie.

—¡Eso no es cierto! —me defendí indignada—. Le caigo bien a Mark y a Lily.

—¿El albañil y la bollera? —repuso el señor Evans con el ceño fruncido.

—Decir bollera es políticamente incorrecto —informé de inmediato.

—Por eso cae mal a la gente. Es usted muy quisquillosa.

—¡Yo no soy quisquillosa! Y Mark no es albañil. Es pintor.

—Pues a ver si el pintor me arregla el techo del baño, porque vaya estropicio me ha hecho usted.

Ay, Dios. Necesitaba una copa. Una muy cargadita. Así, a lo James Bond. Mezclada, no agitada.

—No, no es esa clase de… ¿Sabe qué? Olvídelo. Siento mucho las molestias. Le prometo que lo arreglaré cuanto antes —aseguré, recuperando mi expresión preocupada y, a la vez, comprensiva.

El señor Evans, de mala gana, dejó de estar tan gruñón e hizo una mueca casi condescendiente.

—Está bien. Avíseme cuando sepa algo del seguro.

—Lo haré. Adiós, señor Evans.

—Adiós, señorita Langdon. 

Me giré sobre mis stilettos de doce centímetros de tacón y me di de bruces… conmigo misma.

Un enorme espejo cubría toda la pared a esa altura del pasillo.

Me lancé una mirada de arriba abajo. ¿Era pretencioso mi aspecto y por eso caía mal a la gente?

Ladeé el cuello hacia la izquierda y me examiné con ojo crítico, tal y como habría hecho un desconocido. ¿Qué percibía la gente cuando me miraba por primera vez? ¿Qué era lo que proyectaba yo? Llevaba un traje blanco rosado de falda lápiz y chaqueta entallada, y mi pelo rubio estaba pegado al cráneo, recogido en una práctica y eficiente coleta baja. Mis orejas eran pequeñas, al igual que mi nariz, y en mis demás rasgos no había nada fuera de lo común.

Ahora que me miraba con atención, tenía un rostro más bien normalito. Ojos azules sin ninguna gracia y facciones correctas, aunque no espectaculares.

No es que fuera fea, ni siquiera en ese momento, que estaba frunciendo el ceño de forma amenazadora, mi única reacción ante el desastre que estaba socavando los cimientos de mi perfecta vida.  

No, no era fea. Solo que no era sexy. Podía parecer correcta, eficiente, profesional, pero nunca sexy.

No era como esa Megan Fox enroscada alrededor de Steve.

Y sí, puede que la ropa me diera un aspecto un poco pretencioso. Mi trabajo lo requería. ¿Acaso era un crimen vestir con corrección?

Recordé el aspecto de mi rival mientras se vestía en la oscuridad de mi dormitorio, con unos vaqueros push up que resaltaban su trasero y un top que dejaba a la vista gran parte de su terso abdomen.

Bueno, más que un top, era un pañuelo envuelto alrededor de su torso. Si alguien me hubiese dado papel y lápiz, habría podido reproducirla a la perfección, tatuaje en la parte baja de la espalda incluido. Una serpiente. Una gran y peligrosa serpiente. Ssssssss.

Sentí cierta envidia. Mi abdomen no había estado así de terso ni siquiera cuando pesaba cincuenta y cinco kilos. Ahora pesaba cincuenta y ocho. A lo mejor por eso me había puesto Steve los cuernos. No tenía que haberme comido aquel brownie en nuestra última cena fuera de casa.

Me abofeteé mentalmente en cuanto dejé brotar el pensamiento. Las mujeres tenemos que dejar de hacer eso, dejar de echarnos la culpa a nosotras mismas cada vez que los tíos la cagan. No era culpa mía que Steve fuese un gilipollas. La culpa era por completo suya. Yo no me merecía que me pusieran los cuernos. Había sido una buena novia, una novia ejemplar.

Se me vino a la cabeza el recuerdo de aquel día en el que Steve me había pedido que le planchara una camisa porque a él no le iba a dar tiempo y yo se la quemé.

Hice una mueca.

Vale, puede que ejemplar no fuera la palabra más acertada. Pero al menos había sido una novia correcta.

Ese concepto me produjo un repentino y sorprendente mosqueo. No dejaba de repetirse en mi cabeza, y de repente comprendí que la palabra correcto no era un buen epíteto. Facciones correctas, ropa correcta, comportamiento correcto, novia correcta. ¿Esa era yo? ¿Toda corrección? ¿Una chica políticamente correcta que siempre decía lo que había que decir y nunca metía la pata de una forma que pudiera ser considerada traviesa, brillante, rebelde, transgresora, atrevida o divertida?

No quería ser correcta. Quería ser sexy o impactante o inolvidable o…

No pude seguir buscando adjetivos. El teléfono sonó dentro del bolsillo de mi chaqueta y tuve que descolgar. Era Andrea.

—Falta una hora para la reunión con Missy. ¿DÓNDE estás?

Solté un interminable suspiro. Aparte de correcta, también era puntual y moñas y una escrupulosa trabajadora…

—Tranquila. Estoy de camino.

Colgué, gruñí disgustada y cogí el ascensor, dando las gracias al universo por no haberme cruzado con Steve o con su novia la acróbata. Habría sido un espanto. El ascensor era antiquísimo y tardaba toda una eternidad en llegar a la planta baja. ¿De qué habríamos hablado durante el trayecto? ¿Del pene de Steve? Era lo único que teníamos en común.

Presioné el botón de la planta baja con los párpados medio entornados y me obligué a mantener la mirada clavada en las puertas, pero no pude resistirme y los ojos se me fueron de nuevo hacia el espejo.

¡Incluso mi postura corporal era correcta! Espalda recta, el bolso colgando del antebrazo derecho, y toda yo vestida de colores neutros. ¡Los colores neutros no destacan!

—Pareces una enorme tarta de bodas —le dije a mi yo del espejo—. Una tarta que nadie va a comerse.

Ay…


[1] Flapper: anglicismo utilizado en 1920 para referirse a un nuevo estilo de vida de mujeres jóvenes que desafiaban lo que era considerado socialmente correcto.

[2] Enfant terrible (francés: niño terrible): se refiere a una persona brillante y trasgresora, cuyas opiniones se apartan de lo convencional y son innovadoras o de vanguardia en el arte. 

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