UN PERFECTO DESCONOCIDO: PRIMEROS CAPÍTULOS

Érase una vez una princesa, blanca como la nieve…

 

1

La muerte camina más rápido que el viento

y nunca devuelve lo que ha tomado.

Hans Christian Andersen

El destello de luz refulgía con toda claridad en medio de la montaña nevada, doblegando la oscuridad a su alrededor como uno de esos faros que indican el camino a los marineros perdidos.

Elena rompió a llorar. Alivio y desesperación se debatían en su interior con tal violencia que no pudo contenerse más y, vencida por el peso de sus aplastantes emociones, cayó de rodillas hasta hundirse sus palmas en la nieve, cuya frialdad ya no sentía escocer contra su piel.

Cualquier concepto parecía insuficiente para abarcar el bullicio de sentimientos que la gobernaban y, desde luego, ella no tenía aliento para pronunciar ningún sonido aparte de aquellos silenciosos sollozos. Solo podía llorar y enfocar la luz.

Llevaba horas enteras perdida en medio de ese maldito infierno blanco, enfrentándose a una ventisca letal y a un frío como jamás había conocido.

Había vagado como un fantasma a través de bosques y riachuelos congelados, había trepado colinas empinadas y descendido por valles ominosos, y en todo momento se había sentido abandonada tanto por la esperanza de encontrar ayuda, como por la fe en un Dios todopoderoso que fuera a salvarla.

Había estado convencida de que iba a morir ahí, en el zaino corazón de esas montañas nevadas. Incluso se había resignado a ello. ¿Qué otra cosa podía hacer excepto aceptar su acuciante destino? Le gustase a ella o no, morir era un desenlace que se estaba volviendo ineludible con el paso de los segundos.

Sin embargo, ahora, al igual que un náufrago que atisba tierra, vio esa luz a lo lejos y supo que aún había una débil esperanza de sobrevivir.

Y si la había, tenía que agarrarla como fuera. Tenía que encontrar una manera de llegar hasta la casa y buscar ayuda.

Lo lograrás. Llegarás hasta ahí, caminando, arrastrándote o rodando cuesta abajo si fuera necesario.

Los pensamientos le inyectaron fuerza. Apretó los dientes para impedir que le siguieran castañeando, tragó saliva con gran dificultad y encaminó hacia ahí sus temblorosas piernas.

Sus jadeos sonaban cada vez más ásperos en el silencio de la noche. El esfuerzo que suponía una acción tan simple como la de impulsar el cuerpo hacia adelante se le antojaba casi babilónico. La adversidad de las condiciones atmosféricas, la ventisca que arreciaba furiosa y el deplorable estado físico en el que se encontraba su cuerpo no hacían más que eternizar la travesía. No eran metros sino abismos los que se interponían en ella y su objetivo.   

Apenas conseguía respirar, tenía los agujeros de la nariz casi pegados, y el poco oxígeno que alcanzaba a coger nunca era suficiente para saciarla.

Tampoco podía caminar. Sus piernas estaban tan rígidas, tan entumecidas de frío que, más que levantarlas, las arrastraba como si fuesen de madera, extremidades añadidas a su cuerpo, cosidas o pegadas de algún modo. No podían ser suyas porque no las sentía como tal.

Es más, Elena tenía la inquietante sensación de que no las sentía en absoluto, y eso no podía significar nada bueno.

El frío se había vuelto inhumano según se había internado en el corazón de la noche y, aunque ella se había obligado a mantenerse siempre en movimiento para evitar congelarse, no sabía exactamente en qué estado se encontraba su cuerpo ni cuánto tiempo más iba a poder resistir a la tentación de tumbarse en el mullidito lecho de nieve y rendirse ante el cansancio. Hundirse en un sueño profundo y mortífero le parecía una idea cada vez más atrayente.

Tenía que alcanzar la luz antes de que la abandonasen las fuerzas por completo. Sabía que cada segundo malgastado la acercaba un poco más a la muerte.

La pierna le dio un tirón que hizo que su rostro se torciera de suplicio. Las zarzas a través de las cuales se había tenido que abrir paso le habían cortado la cara; estaba llena de arañazos que, ante el viento polar, escocían como si alguien los hubiese rociado con alcohol. La larga melena, sedosa y brillante tan solo unas horas antes, se había convertido ahora en un oscuro breñal de pelos que acumulaban hielo, nudos y suciedad. Ya ni siquiera sus ojos se distinguían. Solo eran dos puntitos azules, muertos, en medio de unos párpados inflamados.

A sus espaldas, gotas de sangre carmesí se fundían en la blancura de la nieve. Había marcado el camino como Hansel y Gretel, quizá con la esperanza de poder regresar algún día.

La ironía de todo le hizo esgrimir una sonrisa, pero tan debilitada estaba que el gesto en el que se contrajo su rostro fue más bien una mueca nacida de la intensidad del dolor que le retorcía las entrañas.

Avanzó otro puñado de metros y se detuvo a recobrar el aliento. Apoyó la frente en el tronco de un árbol y entrecerró los párpados para que el mundo dejara de dar tantísimas vueltas.  

Resultaba imposible distinguirla en la negrura de la noche. Estaba camuflada con sus vaqueros negros y la sudadera azul marino, ambos insuficientes para la temperatura de la montaña.

Quizá por eso sigas con vida. Eres oscuridad dentro de una oscuridad aún más profunda.

El pensamiento la atravesó como un rayo y, aunque la idea en sí la dejó aterida, sus ojos no revelaron nada. Su rostro no registró ninguna reacción; se mantuvo impávido, como si Elena hubiese dejado de sentir nada. Ni tan siquiera miedo.   

Los copos empezaron a espesar encima de sus pestañas, amenazando con convertirla en estatua de hielo si permanecía inmóvil por mucho más tiempo. La luz no parecía estar a más de cincuenta metros ahora.

Sin embargo, al moverse descubrió que el esfuerzo de alcanzarla se estaba volviendo sobrehumano.

En vez de acercarse, tenía la impresión de estar alejándose cada vez más deprisa, arrastrada hacia atrás por la inhumana ventisca.

―Vamos ―siseó para darse ánimos.

Faltaba muy poco. Solo un par de metros y todo acabaría. No podía rendirse ahora. No después de todo el esfuerzo que le había costado llegar hasta ahí.  

Soltó un gemido de dolor que hizo que el aire brotara en forma de vaho a través de sus labios entreabiertos, y obligó a su cuerpo a moverse más deprisa. Pero no llegó muy lejos. De pronto, le sobrevino un mareo que dejó el mundo aún más oscuro de lo que ya era.

Despacio, se recordó a sí misma mientras tanteaba con las dos manos la corteza de otro árbol y se pegaba a él para mantener el equilibrio. Unos segundos de descanso y después seguiría adelante.  

No podía rendirse. Había algo más fuerte que ella instándola a seguir arrastrándose: el instinto de supervivencia. Si se desmayaba, se congelaría. Tenía que seguir en movimiento. Así de sencillo.

Elena García nunca había sido una luchadora. Se había rendido demasiadas veces a lo largo de su corta vida: cuando su hermana le había quitado a Connor, cuando su jefa se había aprovechado de su ingenuidad, cuando sus padres se habían puesto del lado de Trixie solo porque esta estaba embarazada…

¡Pero maldita fuera si iba a rendirse esta vez! Esta vez lucharía, daría pataletas y gritaría como una loca. Caminaría, ¡se arrastraría a través de abismos enteros de nieve si hiciese falta! Saldría de esta. Volvería a Nueva York. Lo haría solo para poder decirle a Trixie a la cara que era una zorra y que ella y Connor bien podían arder en el Infierno.

La ira cumplió con su comedido. Le introdujo fuerzas para seguir adelante. Soltó el árbol pese a la tranquilidad que ofrecía su firme y erguida postura y continuó abriéndose paso a través de la nieve con los dientes apretados y el cuerpo cada vez más falto de energías. Los mareos regresaron al tercer paso que dio, pero esta vez no tenía pensado parar.

Lloriquear es de débiles, Elena. Maggie siempre te lo decía. Al menos ahora demuéstrale que se equivocaba contigo.

Maggie…

No, no pienses Maggie aún. Solo camina. Sálvate por ella.

La furia siguió alimentando las brasas de su alma y consiguió afianzar sus pies en la nieve a pesar del aire que la cercaba con sus cuchillas, listo para atacar y derrumbarla.   

Estaba a punto de salir del bosque, cuando una poderosa ráfaga de viento agitó las ramas de los pinos por encima de su cabeza y removió la nieve, copos que empezaron a danzar en torno a ella como en un bonito cuento de hadas. ¿Cómo se llamaba aquel cuento del niño al que habían atravesado el corazón con un trozo de cristal de un espejo maligno?

Elena no lo recordaba.

A lo mejor ese niño era ella misma. Lo que había ahora en su pecho no parecía un corazón humano. No lo sentía latir. Quizá estuviera congelado como todo lo demás. A lo mejor su corazón pertenecía ahora a aquella capa de escarcha, intangible y álgida, que devoraba las murallas blancas y los despeñaderos que había dejado atrás. La capa iba tras ella como un sabueso, deseando agarrarla entre sus frías garras. Era el precio que debían pagar los insensatos que se atrevían a pisar esas tierras. El peaje.   

Miró con ansiedad la distancia que la separaba de su objetivo y resolló de nuevo. Su cuerpo tiritaba como si estuviera sufriendo los estertores de la muerte y le castañeaban los dientes con tanta fuerza que temía partirse las muelas. Sin duda, parecía la clase de frío que te congela si dejas de moverte.

Como a Jack. ¿Recuerdas Titanic?

No. Vamos, se empecinó, apretando los párpados como último esfuerzo.

El chillido de un búho hizo jirones la absurda quietud de la noche. Primero rebotó contra las altas montañas y, acto seguido, se propagó por el valle, un sonido tan escalofriante que a Elena se le erizó el vello de la nuca. Siempre había odiado la noche y la oscuridad. Y ahora estaba sola, en medio de la montaña.

De pronto, notó que algo se movía a sus espaldas, algo frío e inhumano cuyos dedos le apartaban el pelo de la nuca. Casi vio unos labios putrefactos que se acercaban a su oído y le susurraban con voz dulce, aborrecible:

Elena…

Un siseo maligno cortó el aire a su alrededor y la circundó como una trampa invisible; una trampa dentro de la cual sus peores temores cobrarían vida.

El miedo le cerró la garganta y una helada oleada de pánico descendió sobre ella y le congeló el aliento, pero se obligó a no mirar atrás y a alejarse todo lo deprisa que sus agarrotadas piernas le permitían. Se lo repitió una y otra vez: ahí no había nada aparte del viento y de la nieve que crujía por debajo de sus pies.

 Y no podía tener miedo del viento y de la nieve.

Unos metros más de arrastrarse y alcanzó la puerta. Sin embargo, no sintió la alegría que esperaba sentir. Sus mortecinos ojos se inundaron de horror.  

De cerca, pudo ver que no se trataba de una casa, sino de una cabaña, que se erguía sobre un destartalado porche de madera y se extendía en la nieve como una mancha gris, mohosa, cuya decadencia impregnaba la atmosfera de algo viciado, parecido al olor de la podredumbre y del sepulcro. O al menos eso le transmitía su febril imaginación.

Dios… ¿Quién vive aquí?, ¿Jason Voorhees?[1]

Su aliento empezó a acelerarse de golpe y los ojos se le poblaron de lágrimas.

En circunstancias normales habría salido corriendo sin mirar atrás. El lugar tenía un aspecto absolutamente siniestro, con los muros descarnados, un pajar medio derrumbado en la parte de atrás y una veleta junto a la escalera, que soltaba un lamento oxidado cada vez que el viento la empujaba, lo cual sucedía demasiado a menudo.  

Esa dejadez daba muy mala espina, pero Elena sabía que no podía permitirse el lujo de ponerse quisquillosa. Necesitaba ayuda y ahí se la podían proporcionar. La cabaña parecía habitada.

Una titilante luz, la que la había atraído como el canto de una sirena, salía por la ventana y se arrojaba como brillantina dorada sobre el plateado lecho de nieve que cubría el porche, y la chimenea expulsaba humo. ¡Humo! Fuego, calor y una manta. Algo de beber.

Le fallaron las fuerzas de nuevo, esta vez, a causa del alivio.

Le daba igual quién viviera ahí. Fuera quién fuera, tenía que ayudarla. Necesitaba apartar sus temores y dejar que esa persona le salvara la vida.

Hizo acopio de sus últimas energías y se dispuso a levantar la mano para llamar. Un proceso muy sencillo. Solo tenía que mover un poco el brazo y golpear la puerta. ¿Por qué le costaba tanto esfuerzo conseguirlo? Se sentía como si estuviera atrapada dentro de una pesadilla en la que quieres salir corriendo y, sin embargo, no puedes moverte ni controlar tu cuerpo. Ni siquiera puedes gritar.

¡Gritar!

Algo se encendió dentro de su mente y la llenó de esperanza. Eso era. Si no podía llamar, a lo mejor gritar sí que podía.

―A… yu…da…

Quiso morirse cuando esos sonidos temblorosos traspasaron la barrera de sus entumecidos labios. Su voz sonó tan débil que era imposible que la persona que estuviera al otro lado de la puerta pudiera escucharla. Daba la impresión de que el rugido del viento se tragaba los sonidos incluso antes de que brotaran.

Avanzar tanto, alcanzar la meta y dar su último aliento delante de una puerta cerrada le parecía una cruel ironía del destino.

―A…yu…da ―susurró con la voz rota. Tenía la garganta lacerada, pero se negaba a rendirse―. A…yu…da. Aaa… ―Vamos, Elena. Por favor, concéntrate―.  Aaa…―Apretó los dientes y probó suerte de nuevo―. ¡Ayuda!

La voz brotó alta y clara esta vez. Elena respiró aliviada. Si las personas que vivían ahí no tenían la televisión encendida, la escucharían.

Se mantuvo quieta, a la espera de escuchar algún ruido al otro lado de la puerta, un sonido que delatara que alguien se estaba levantando de la cama, o el suelo de la cabaña crujiendo por debajo del peso humano. ¿Nada? ¿No había nadie ahí para ayudarla?, ¿para poner fin a esa maldita pesadilla?

Entonces, estaba perdida. No podía hacer nada más.  

Expulsó el aire en un suspiro exangüe y de nuevo se resignó a su destino. No tenía fuerzas para seguir arrastrándose. Había empleado sus últimas energías en llegar hasta allí. 

Buenos, al menos lo has intentado. Menuda aventura.

Se humedeció los labios con la poca saliva que le quedaba y cerró los ojos. Estaba cansada. Muy cansada. El mundo no dejaba de dar vueltas a su alrededor, como un carrusel embrujado que jamás se detendría. Su único consuelo era que la muerte llegaría en breve y ya podría descansar entonces.

Parecía mentira que ella, Elena García, fuera a pensar en la muerte como un alivio. Hacía tan solo un día estaba rebosante de vida.

Claro que, el día anterior, nada de todo eso había sucedido aún.

Recordaba con absoluta nitidez cómo había comenzado esa pesadilla. Sus ojos, empañados por lágrimas de derrota, vieron llegar a Dani una semana antes, corriendo y chillando a los cuatro vientos la noticia de que ella y John se habían prometido.

―¡Vamos a organizar la mejor despedida de soltera de todo el jodido milenio!

En su mente escuchó las risas histéricas de sus amigas y sintió ganas de sonreír. Sarah siempre pensando en las fiestas. Menuda cabeza hueca. Aunque la ocasión lo requería. Hasta Elena tenía que admitirlo.  

Dani era la primera de las cuatro en prometerse. ¿Cómo no dejarse llevar por el entusiasmo? Eran amigas desde preescolar. Llevaban toda la vida soñando con sus bodas. A los seis años incluso estaban convencidas de que se casarían todas el mismo día, en una ceremonia digna de las alfombras rojas.

―Mis padres tienen una casa en Canadá.

Todos los ojos estaban puestos en Maggie. Llevaban diez minutos peleándose porque no se ponían de acuerdo con la localización de la fiesta. Casi siempre andaban a la gresca, aunque se querían mucho.

―Podemos ir ahí ―propuso Maggs como quien no quiere la cosa―. Está libre. Ellos nunca la usan en invierno.

―¿Canadá? ―A Dani no se la veía muy convencida―. Hará mucho frío, ¿no?

―¿A quién le importa el frío si llevamos esto en la maleta?

Sarah, con aire travieso, sacó de debajo de la cama una botella de vodka y la agitó en el aire. Sus amigas volvieron a reír histéricamente.

―¿Cómo has conseguido eso? ―Elena, pese al aire de censura que pretendía proyectar, la miraba con sonrisa condescendiente―. No podemos tener alcohol en el campus y lo sabes. Va en contra de las normas.

Va en contra de las normas ―se mofó Maggie imitando su voz―. No seas mojigata, Elena. Nuestra Dani se nos casa. ¡Vamos a romper por completo el jodido sistema de normas del campus!

―¿Y por qué Canadá?

―Porque a unos cuarenta kilómetros de nuestro alojamiento con jacuzzi y chimenea hay una discoteca a la que van los canadienses más buenorros que habéis visto en vuestra vida. ¿Te basta eso, Elena, o es que quieres más?

Sus amigas se habían salido con la suya.

A pesar de ser la más prudente del grupo, a la misma Elena le había parecido buena idea irse a pasar las vacaciones de invierno en Canadá. La otra alternativa habría sido volver a casa y arreglárselas con Trixie y Connor, que seguro que estarían ensayado para convertirse en los papás del año. Vomitivo.

Elena se había dicho a sí misma que la única solución era marcharse durante un par de días; alejarse de Connor y de Trixie y de todo el daño que le habían hecho.

Ahora, vistas las cosas con más perspectiva, ojalá se hubiese quedado. ¿Qué era un corazón partido comparado con la inexorable muerte?

De haberse negado a ir, a lo mejor sus amigas estarían vivas ahora. Podía imaginarlas alrededor de una chimenea, tomando chupitos de la botella de vodka de Sarah.

Sí, eso habría estado bien. Se habrían reído de Maggie, a la que se le trababa la lengua cada vez que bebía.

Si iba a morir, así era como quería pasar sus últimos momentos, soñando con sus amigas, bebiendo y riendo, llenas de vida y de chispa.

Apoyó la sien contra una de las columnas de madera del porche y se dejó envolver en la dulce blandura que la invitaba a descansar sus maltrechos huesos en la nieve.  

Incluso sonrió un poco.

En su sueño, nadie le había rajado la garganta a Maggie.

Los ojos de Dani, gélidos por el roce de la muerte, no se mantenían clavados con espeluznante fijeza en la lámpara de mimbre.

El camisón de Sarah no estaba empapado por toda esa sangre que se escurría por su pierna hasta gotear encima de las uñas de los pies, cuidadosamente pintadas con esmalte marfil.

Y la misma Elena no estaba apoyada delante de una puerta cerrada, en mitad de la nada, congelada de frío y a punto de expulsar su último soplo de vida.

No. Estaban todas sentadas delante de la chimenea, bebiendo y riendo; pasando el tiempo de sus vidas. No le costó nada recrear esa imagen dentro de su mente e internarse en ella.

Casi podía sentir el calor del fuego. Olía el reguero de alcohol en el aliento de Sarah, que estaba…

¿Por qué estaba Sarah aferrándola con tanta fuerza por los hombros?

Me haces daño, Sarah, quiso gritarle.

Pero las palabras quedaron atascadas en alguna parte. Muertas, como todo lo demás.

―Despierte. ¡Maldita sea, despierte!

Algo estaba sacudiendo el plácido mundo ficticio de Elena. Algo malo, algo que pretendía arrancarla de ahí para devolverla a la crudeza de la realidad. 

―Despierte. Por favor, abra los ojos.

Ante la intensidad de su ruego, Elena hizo un último esfuerzo y entreabrió los párpados.

Débil, desfallecida, a punto de perder el conocimiento, recorrió con mirada lánguida el rostro del hombre que estaba inclinado sobre ella; su peligroso, aristado, apuesto rostro, que iba y venía en medio de las corrientes blancas.

Lo miró, se perdió por un instante en esos ojos azules como si de un abismo se tratara, y entonces la verdad cayó sobre ella y la aplastó bajo su asfixiante peso.

Algo parecido a un espasmo le sacudió el estómago, y todo cobró sentido mientras su corazón empezaba a latir frenético dentro de una caja torácica que parecía hecha de púas.   

Llamar a esa puerta no había resultado ser una buena idea.

Aunque al menos ahora lo sabía. Lo comprendía. Llevaba horas enteras preguntándose por qué. Ahora por fin conocía las respuestas. Como en el cuento de Poe, la Muerte Roja había dejado caer su máscara. No más misterios. No más secretos. Solo una certeza: iba a morir, y muy en el fondo sabía que aquel exquisito rostro que se cernía sobre el suyo sería lo último que viera.  

―El rostro… de la muerte…

Los sonidos brotaron apenas audibles a través de sus labios blanquecinos. Así y todo, él los oyó. Blancanieves había dicho: el rostro de la muerte.

Y después, se había desmayado contra su pecho.

―No me jodas ―refunfuñó Cash, cuyo rostro se crispó casi al mismo tiempo que se oscurecían sus tormentosos ojos, capaces de derretir incluso el corazón de la mujer más fría del mundo―. ¿Por qué se me habrá ocurrido mirar por la ventana?

2

Los estados de consciencia e inconsciencia se alternaban como un remolino de aire que hace girar las hojas muertas atrapadas en su interior.

Elena no era consciente del curso del tiempo. Días, semanas, meses… ¿Cuánto había pasado? ¿Cuántas veces se había desmayado?

No lo sabía. Lo único que parecía tan claro como la luz del día era que, cada vez que despertaba, los ojos azules de él planeaban sobre los suyos. Era espeluznante el modo en el que la atraían. ¿Por qué no dejaba de mirarla con tanta fijeza?

Se dispuso a preguntárselo, pero la oscuridad, una vez más, se la tragó.

*****

Tenía la boca tan seca como un estropajo. Eso fue lo que la despertó.

Miró a su alrededor, registró las paredes de madera con mirada angustiada, y llegó a la conclusión de que debía de seguir en la cabaña. Había oído hablar de gente que, a causa de un shock profundo, perdía la razón o la memoria.

Elena se sintió aliviada al descubrir que ella no iba a tener que afrontar algo así. Estaba lúcida y recordaba a la perfección todo lo que había sucedido.

Por eso sabía que era vital encontrar un modo de escapar de ahí cuanto antes. Antes de que él… 

Un golpe de horror impactó contra su pecho, pero no se paró a concederle importancia; apartó la manta y se incorporó deprisa en la cama. No podía malgastar ni un segundo.

Clavó las palmas en el colchón para impulsarse hacia arriba, sin embargo, al bajar las piernas al suelo, un punzante dolor la atravesó con tanta saña que se dobló en dos y soltó un chillido que pareció acallar incluso el viento que soplaba en torno a la cabaña.  

En menos de un parpadeó, él volvió de donde sea que estuviera y la castigó con una mirada áspera.

―¿Está chiflada? ¿Qué es lo que intenta hacer?, ¿caminar?

Huir.

La palabra se pintó por sí sola dentro de su mente, y Elena sabía que siempre hay que hacer caso a lo que te dicta el instinto.

Sus ojos azules recorrieron valientes el rostro sin afeitar del hombre. Si sobrevivía, tendría que dar detalles. Cuantos más, mejor.

Así que lo escudriñó con un detenimiento del que no pensaba avergonzarse.

Era más mayor que ella. Fue lo primero en lo que reparó. Elena solo tenía veintidós años. El hombre estaba metido de lleno en la treintena. Lo supo por las finas líneas de expresión que le rodeaban los ojos. Ojos de color azul marino, ahora que se fijaba.

Él se quedó impertérrito ante su escudriño y sus abisales iris le devolvieron la mirada. Era moreno y muy atractivo, un hombre fuerte y alto que una no esperaría encontrar en un lugar tan inhumano como aquel. Sencillamente, ese sitio tan marchito, esa choza de cortinas de encaje amarillentas, no le pegaba. Su rostro exhibía un saludable bronceado otoñal y Elena se imaginó el sol acariciar esos rasgos definidos, sublimes, y tal vez concediendo una pizca de simpatía a su actual expresión insondable.

El pensamiento y la calma que le inducía la imagen soleada solo duraron un segundo. Después, escuchó el rugido del viento polar y experimentó una nueva oleada de miedo.

Pese a la impecable mascara de naturalidad con la que la observaba, había algo salvaje e indomable en ese hombre. Lo rodeaba una energía oscura, algo primitivo que le paralizó el aliento cuando sus ojos se sumergieron por completo en los suyos.

Él se mantuvo de pie en mitad de la cabaña, desde donde la observaba con fascinación. Su fuerte perfil se recortaba contra la luz que entraba a través de la puerta medio entornada. Elena sospechó que lo que se insinuaba por debajo de la gruesa ropa de montaña era el cuerpo de un militar, ágil y de musculatura bien desarrollada. Desde luego, su postura era erguida y poderosa.

Eso le debe de facilitar las cosas, pensó. Las engatusa con su aspecto y su sonrisa (ella recordaba su sonrisa y sabía que era matadora) y, cuando se descuidan, las asesina. Muy astuto, el hijo de puta. ¿Quién va a desconfiar de un hombre tan apuesto?

―¿Le duele la pierna? ―preguntó él al ver que ella no se decidía a hablar.

La voz grave y oxidada que reverberó en su garganta la hizo pensar en los hombres de las cavernas, pero desechó de su mente el pensamiento y dijo que sí con un gesto de cabeza.

―¿Qué fue lo que le pasó?

Era norteamericano. También un dato importante a tener en cuenta.

―¿Me entiende cuando le hablo? Asienta si lo hace. ¿Habla inglés?

Ella dudó sobre si contestar a eso o no. Finalmente, dijo que sí. Él le dedicó una sonrisa leve y, de manera inexplicable, una onda de calidez le barrió el pecho a Elena. Por un ínfimo instante se había sentido a salvo, lo cual era un completo disparate, dado que no tenía la menor idea de qué clase de bestia era aquel hombre en cuya guarida había ido a parar.

―Bien. Un avance ―celebró él―. Al menos, hablamos el mismo idioma. ¿Ahora puede decirme qué es lo que recuerda? ¿Cómo se destrozó el tobillo? Tuve que darle puntos.

¿Qué? ¿Ese hombre le había dado puntos? ¿Tan grave era su herida? Si solo parecía un rasguño.

―¿Puntos? ―repitió Elena en un murmullo. El corazón le martilleaba con furia dentro del pecho y oía la sangre latir en sus oídos, incluso más fuerte que el viento que aullaba en el exterior.

―¡Pero si habla y todo! Estupendo. Sí. Puntos. Tenía la carne desgarrada. ¿Le ha mordido algún animal?

Elena negó despacio.

―¿Entonces? ―insistió él, con los iris azules clavados en los suyos.

Una fuerte racha de viento cerró de golpe la puerta a espaldas del hombre y la cabaña quedó envuelta en una luz amarillenta, titilante e irreal, procedente del fuego. El pánico hizo mella en el rostro de Elena. Ahora estaba del todo atrapada ahí con él.

El hombre la miró sin decir nada y avanzó un paso hacia ella. La habitación encogió tan de golpe que Elena retrocedió asustada hasta pegarse a la pared, y se tensó como un resorte. ¿Iba a hacerle daño?

Esperó sin aliento, lo inspeccionó con mirada huidiza, pero él no traspasó esa línea. Fruncir el ceño fue su única reacción ante la aprensión que agrandaba los ojos de ella.

―Oiga, solo quiero saber si fue un animal. Es importante porque podrían trasmitirle la rabia.

Al cerciorarse de su momentánea seguridad, Elena carraspeó para poder hablar y soltó la manta a la que se habían aferrado sus dedos. No estaba segura de ser capaz de producir sonidos parecidos a las palabras.  

Animal no. Trampa.

Las palabras sonaron de forma similar al graznido de una bestia, y volvió a aclararse la voz.

―¿Trampa? ¿Metió el pie en una trampa para animales? Hum. Eso tiene sentido. Aunque no debió de ser una demasiado buena. De lo contrario, su pierna aún estaría ahí.

Elena abrió los ojos con todavía más aprensión.

―¿Quién es usted? ―susurró, aterrada.

Él fijó de nuevo sus insondables ojos en los suyos. Su rostro estaba congelado. La mandíbula, en tensión. Tenía pómulos salientes, como esculpidos. Labios sensuales. El de abajo era un poco más grueso que el de arriba. Elena recordaba haber leído en alguna parte que ese rasgo significaba sensualidad.

―¿No me recuerda?

Ella respondió con un leve gesto afirmativo. Claro que lo recordaba. Él no tenía un rostro que se pudiera olvidar con facilidad. Era muy guapo, como un héroe de la gran pantalla, pero sin todo el artificio que rodea a las estrellas de Hollywood. Él parecía real, de carne y hueso; un dios tangible y terrenal.

Sus amigas y ella se lo habían encontrado en una gasolinera en la que habían parado para pedir información. Se habían perdido. Sarah, que era la más atrevida de todas, fue la que trató con él. Por su mente empezaron a desfilar imágenes de sus amigas bromeando y riéndose a carcajadas.

―Mira, voy a preguntárselo a Don Macizo ―había dicho Sarah con una sonrisa picarona―. No os mováis, zorras, que os veo venir.

Elena se había limitado a mirar desde el asiento trasero cómo él daba las indicaciones pertinentes.

Con educación y voz inexpresiva, le había dicho a Sarah que debía girar a la derecha en el siguiente cruce y luego coger la carretera que llegaba hasta lo alto de la montaña.

Sin embargo, apenas había mirado a Sarah mientras hablaba. La había mirado a ella casi todo el rato, de un modo tan obstinado que Elena se había sonrojado.

Maggie había dicho que ese hombre la miraba como si pudiera imaginársela desnuda, afirmación que había arrancado otro par de carcajadas a sus amigas. Dani había añadido que se parecía a Tom Hardy y que, si Elena le hacía ascos, a ella personalmente le encantaría darle un buen meneo en la parte de atrás de la gasolinera. Elena se había escandalizado. Al fin y al cabo, si estaban en Canadá era para celebrar la despedida de soltera de Dani. Su consternación había divertido mucho a sus amigas, que consideraban que, ante un hombre como aquel, la fidelidad estaba obsoleta.

―El hombre de la gasolinera ―musitó, apartando la mirada como había hecho esa tarde. La ponía nerviosa que la estudiara con tanta fijeza, con esos ojos azules que la desnudaban prenda a prenda.

Él pareció alegrarse de haber sido reconocido y sonrió un poco, unas milésimas de segundo.

―El mismo. Yo también me acuerdo de usted. Es la chica del abrigo rojo. Fue una inconsciencia por su parte quitárselo antes de salir a pasear por las montañas. Podría haberse congelado.

Elena bajó los párpados para aislarse durante unos momentos. Pese a su amabilidad, sabía que no podía fiarse de él. Solo había tres personas en el mundo que conocían el paradero exacto de las chicas durante esas vacaciones: los padres de Maggie y aquel hombre.

Elena dudaba seriamente de que los padres de su amiga fueran a colarse dentro de su propia casa para asesinar a su propia hija y a sus amigas. Solo podía haber sido él. Él tenía la información, la oportunidad y, a juzgar por el tamaño del cuerpo que se insinuaba por debajo del abrigo verde militar, los medios también.

Los pensamientos de Elena se volvieron frenéticos y su respiración empezó a acelerarse. Sentía el peligro aumentar con cada segundo que pasaba ahí con él.

No tenía escapatoria. Estaba perdida, atrapada con un asesino en serie en medio de la montaña nevada, en alguna parte de Canadá. O se rendía y moría ahí, o buscaba un modo de sobrevivir.

Su mente decidió de inmediato que morir no era una opción. No había llegado tan lejos como para rendirse ahora.

Una vez tomada la decisión, separó los párpados y lo miró de lleno a los ojos mientras intentaba refrenar la oleada de adversidad que se estaba infiltrando a través de su cuerpo.

Su madre tenía un dicho: hazte amigo del Diablo si quieres cruzar el puente.

Ese era el plan. Se haría amiga del Diablo. Aparentaría normalidad. No iba a desvelar lo asustada que estaba. Si él se creía a salvo de toda sospecha, a lo mejor bajaba la guardia con ella. A Elena no le convenía un asesino suspicaz y pendiente de todos sus movimientos. Necesitaba crear un vínculo y que él llegara a confiar en ella.

―¿En qué estado tengo la pierna?

Habló con perfecta normalidad, y se alegró de descubrir que era mejor actriz de lo que pensaba.  

―Es una muy buena pregunta. Se lo diré en cuanto lo sepa.

Apartó la mirada de la suya y fue a por una silla, cuyas patas de madera arrastró por el suelo hasta la cama. Cada sonido parecía más horripilante que el anterior, pero Elena se obligó a mantener la sangre fría y a fingir que no estaba aterrada.  

El viento golpeaba con fuerza contra el tejado. El hombre tomó asiento delante de ella y, durante unos segundos, la taladró con ojos insondables.

Elena dio un respingo cuando la cogió por el tobillo. No lo había visto mover el brazo. Estaba hipnotizada por su mirada.

―No voy a hacerle daño ―aseguró él, mirándola con esa espeluznante fijeza que tanto la trastornaba. Sus ojos azules eran muy persuasivos. Casi daban ganas de confiar en él―. Tengo que mirarle la herida.

Ella asintió, tragó saliva y dejó que él le colocara el pie en su regazo. Con ese simple gesto la presión bajó y el tobillo empezó a doler menos.

Elena miró a sus espaldas y vio que él le había puesto una almohada bajo el pie mientras dormía, para disminuir sus dolores. ¿Cuál era su plan? ¿Matarla?

Entonces, ¿por qué se había tomado tantas molestias con ella? Podía haber dejado que se muriera de dolor. ¿A qué estaba jugando? A lo mejor la quería recuperada para poder torturarla después. Si moría por muerte natural, puede que no tuviera gracia para un psicópata como él.

Los inquietos ojos de Elena volvieron y estudiaron el atractivo rostro del hombre que estaba concentrado en quitarle las vendas. Quería temerlo. Su mente clamaba que eso era lo más prudente.  

Sin embargo, una parte de ella aún se resistía a hacerlo. Había algo en sus acciones que le transmitía seguridad, y Elena odiaba esa sensación, porque sabía que no era más que un espejismo barato.

Él no la miraba. Se limitaba a quitarle las vendas con una destreza que solo la práctica concedía. Su tobillo mostraba un aspecto espantoso cuando quedó al descubierto. Hinchado, morado y muy mal cosido. Era tan horrible que Elena no soportó mirarlo. Prefirió concentrarse en el cincelado rostro del desconocido. Actuaba con seguridad, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Y rebosaba una energía que a ella le resultaba atractiva y agotadora a la vez.

―¿Está infectado?

Pese al sosiego que intentaba aparentar, las palabras brotaron impregnadas de miedo.

Él le giró el pie para examinar la herida desde todos los ángulos. Una arruga profundizó entre sus cejas.

―Creo que no.

No sonaba muy convencido. Elena tampoco lo estaba.

―Tiene un aspecto horrible ―se atrevió a decir.

Él asintió sin mirarla.

―Le quedará cicatriz.

Debió de escucharla tragar saliva, porque levantó la mirada hacia la suya y por un fugaz momento sus abrasadores ojos se sumieron en una sorprendente compasión.

Elena se quedó unos segundos azorada, perdida en medio de aquel extraño cruce de miradas, y después parpadeó y se obligó a recuperar el dominio sobre sí misma.

―Debería ir al hospital ―dijo, apenas en un susurro―. No quiero perder la pierna.

―No puede ir al hospital ―la disuadió él de inmediato.

Elena entrecerró los ojos con recelo.

―¿Por qué no?

Él, sin alterarse, siguió mirándola con intensidad.

―Porque estamos atrapados por la nieve ―contestó, aplomado.

―Pero usted tiene coche. Le vi echar gasolina.

―Así es ―corroboró, bajando de nuevo la cabeza para seguir examinándole el tobillo.

Un mechón de su sedoso cabello se movió y aterrizó sobre su frente casi al mismo tiempo que las puntas de sus dedos trazaban una pequeña caricia sobre la piel desnuda de su tobillo. Elena contuvo el aliento. Su proximidad la turbaba y despertaba en ella algo tormentoso que no habría sabido explicar. 

El aire de la cabaña estaba extrañamente denso, chispeante, y Elena se obligó a no mirar al hombre más de lo que exigían las normas de buena conducta.

―¿Entonces? ―perseveró.

Él cogió una pomada de encima de la mesilla y empezó a aplicársela con movimientos suaves.

Elena se estremeció. No tanto por la frialdad de la crema como por la delicadeza de sus caricias. Sus manos parecían mucho más aptas para inducir un daño mortal que para acariciar con tanta suavidad.

―Los caminos son intransitables ―la sorprendió la rasposa voz masculina―. No ha parado de nevar.

Había mucha nieve al llegar ellas, pero los caminos no estaban intransitables. Incluso Dani, con lo torpe que era al volante, había podido usar la carretera. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí con él?

¿O se lo estaba inventando todo para hacerla desistir? A lo mejor lo que pretendía era ahogar la idea de una huida.

―¿Y cuando se derrita la nieve? ―le propuso con mirada suspicaz.

Él elevó la comisura izquierda de la boca en lo que parecía la insinuación de una sonrisa.

―Cuando se derrita la nieve, la llevaré adonde quiera ir. No tengo ninguna intención de retenerla aquí. No me gusta la compañía.

Aunque había firmeza en sus palabras, Elena no podía permitirse el lujo de bajar la guardia con él. Podía mentir. No sabía ni una maldita cosa sobre ese hombre, salvo que no era trigo limpio. ¿Quién en su sano juicio se refugiaría en una cabaña en mitad de ninguna parte? A no ser que fueras Ted Kaczynski[2] o tuvieras algo preocupante que ocultar…

―Llevo otra ropa ―señaló con voz trémula al percatarse de que vestía una especie de camiseta larga que le llegaba casi hasta las rodillas. Debía de pertenecerle a él. Era un hombre bastante alto.

―Es usted muy perspicaz.

―¿Por qué llevo otra ropa? ―insistió Elena, cuya voz vibró de cólera, aunque ella sabía perfectamente que por debajo de esa furia solo había miedo.

―Tuve que quitarle la suya ―indicó él, como si nada.

Hablaba con calma, con la voz pausada e infinita mesura. 

Elena volvió a tragar. En seco, esta vez, ya que no le quedaba saliva. Estaba muerta de sed, pero no quería distraerse con nimiedades.

―¿Por qué?

Cuando por fin levantó el rostro para mirarla, Elena reconoció en las profundidades de aquellos ojos una dureza similar a la que había empleado ella al dirigirse a él.

Sin formular ni una palabra, el hombre se encaramó sobre ella y el frío azul de su mirada le atravesó las pupilas. Elena se echó hacia atrás, paralizada de miedo, pero él no la tocó. Cogió vendas nuevas del cajón de la mesilla, retrocedió y empezó a vendarle el tobillo con soltura.

―Su ropa estaba mojada ―respondió por fin, con voz tenue―. Y, además, me habría resultado difícil bañarla con la ropa puesta.

El color desapareció por completo del rostro de Elena.

―¿Usted me bañó?

Él levantó la mirada irritantemente despacio hacia la suya y Elena notó que su respiración se estaba acelerando.

El hombre la observó unos tensos segundos con un deje de exasperación en las pupilas y luego bajó el rostro y siguió vendándole el pie.

―Si no lo hubiese hecho, estaría muerta ahora ―graznó mientras los ojos de ella seguían evaluando su rígido semblante―. Estaba congelada. Tenía que conseguir que entrara en calor.  

―Y no se le ocurrió nada mejor que… ¿qué?, ¿desnudarme y sumergirme en una tina de agua hirviendo? ¿No podía haberme frotado las manos y los pies, o haberme echado una manta gruesa por encima de los hombros? ¿Era preciso que me desnudara cuando yo ni siquiera estaba consciente?

El hombre le dedicó una mirada desabrida. Por la imperturbabilidad de sus facciones, le había afectado una mierda la acusación que ardía en los ojos de Elena.

―Fría ―gruñó, antes de volver a bajar la mirada.

Ella parpadeó sin comprender.  

―¿Cómo dice?

―El agua. Era fría. De lo contrario, se habría hecho quemaduras.

―¡¿Me metió en una bañera de agua fría?! ―exclamó estupefacta.

Él alzó los ojos en actitud provocativa. Elena comprendió que no debía presionar mucho más. Era evidente que empezaban a mosquearle sus indagaciones.  

―Estaba demasiado congelada. No podía meterla en agua caliente. No hasta descongelarla. Haga el favor de no cuestionar mis métodos. Está claro que han dado resultado.

Habló con aplomo e indiferencia; sin embargo, la dureza en sus ojos era indiscutible.

Algo parecido a la cordura instó a Elena a recular. No le convenía insistir. Estaba molesto, y lo que menos deseaba ella era molestar a un hombre potencialmente peligroso.

―Puede relajarse. No perderá la pierna ―resolvió él con un suspiro.

―Un alivio saberlo.

El hombre le bajó el pie al suelo y se apartó de ella. Elena sintió ganas de chillar al sentir cómo la sangre descendía hasta la punta de su dedo gordo.

Él dejó la silla en su sitio y regresó junto a la cama. Se quedó de pie delante de ella y la miró desde arriba. Su perfil se recortaba contra la mortecina luz que se derramaba por la ventana y Elena se sintió más pequeña, más frágil y más infeliz que nunca.

―¿Tiene hambre?

―Sed ―se obligó a responderle. Los sollozos se estaban agolpando en su garganta.  

Él asintió brevemente, fue al fregadero y volvió con un vaso de agua helada.

―Despacio ―advirtió al ver con qué ansiedad lo vaciaba ella―. Podría vomitar si se lo toma demasiado deprisa.

Mientras bebía, Elena registró la cabaña con la mirada. Calculó que no tendría más de unos veinte metros cuadrados, en los que se concentraba todo, la cama doble en un rincón, la cocina con el fregadero en el otro, la tina a un lado, y una estufa pegada a la pared. No había más habitáculos.

Y no había un váter. Tenía unas ganas horribles de usar uno.

―¿Y… el baño? ―preguntó, devolviéndole el vaso vacío.

Él se encogió de hombros, cogió el vaso y lo dejó sobre la mesa. Era muy alto, y al verlo ahí de pie, cernido sobre ella, un gigante perfectamente capaz de dominarla sin tan siquiera inmutarse, la invadió un inmenso pánico.  

Si al menos él dejara de mirarla de esa forma… Si al menos contestara… Si sonriera para tranquilizar sus temores…

Pero él no hizo nada. Se limitó a perforar su rostro con la mirada. 

La habitación estaba en penumbra. Fuera, el día estaba completamente encapotado y dentro no había otra fuente de luz aparte del fuego.

Elena era consciente de que las llamas que temblaban dentro de la estufa concedían al rostro de aquel hombre un aire todavía más salvaje y no le cupo duda del peligro que él entrañaba.

―Hay un retrete en la parte de atrás, pero no está en condiciones de ir hasta ahí. Le traeré algo para que pueda hacer sus cosas.

Un violento rubor azotó el rostro de Elena. Ella era la clase de persona que no cruzaba la puerta de un baño si había alguien cerca. Mucho menos iba a hacer sus cosas ¡delante de él!

Él, sin darse cuenta o, quizá, sin importarle en absoluto el malestar de su huésped, trajo un cubo de plástico y se lo colocó al lado de los pies.

―Aquí tiene. El excusado ―anunció ceremoniosamente.

La invadieron las náuseas.

―No pienso… No voy a…

―¿No va a mear dentro?

Cuando se atrevió a levantar la mirada, se dio cuenta de lo mucho que le divertía a él toda esa situación. Había burla en sus facciones. La imagen de su rostro en llamas le debía de causar un gran deleite.   

¿Serás bastardo?

―No ―rezongó Elena entre dientes―. No voy a mear dentro.

Él se encogió de hombros como si no le importara.

―Usted misma.

Y, tras obsequiarla con una sonrisa sesgada, le volvió la espalda y desapareció por la puerta.

Elena profirió una maldición entre dientes. Estaba loco si pensaba que iba a quedarse de brazos cruzados y conformarse con esperar al deshielo para salir de ahí. Se iría en cuanto tuviera la más mínima oportunidad.

Hizo un esfuerzo aplastante para bajar de la cama y, con un gruñido de dolor, se acercó cojeando a la ventana. Una exclamación de espanto brotó desde lo más hondo de su garganta ante la imagen del mundo que se desplegaba más allá del cristal. La nieve debía de medir algo más de un metro. Alrededor de la casa estaba apartada. Probablemente eso había estado haciendo él antes de que ella despertara. Pero más allá, la anchura era impresionante.

Elena sintió un tremendo desaliento. Nunca había visto una nevada como aquella, ni siquiera en Nueva York. Él no bromeaba al decir que las carreteras no se podían usar. ¿Cómo iban a usarse las carreteras cuando el manto blanco podría haber engullido la cabaña por completo?

Por supuesto, el hecho de que dijera la verdad no hacía que ella fuera a confiar en él. Necesitaba trazar un plan de huida cuanto antes.

Sus inquietos ojos azules sopesaron todas las opciones mientras los engranajes de su cabeza se movían deprisa. El hombre estaba fuera, de espaldas a ella, y partía leña con un hacha. Sus movimientos eran rápidos y precisos. Sabía lo que estaba haciendo. Nunca falló en todo el tiempo que lo estuvo observando. Daba la impresión de que sabía con exactitud dónde golpear para que la madera cediera. Su control era tan absoluto que Elena se quedó hipnotizada y por un momento se sintió como si fuera uno de esos troncos que él destrozaba sin ningún esfuerzo.

Tengo que salir de aquí.

Él clavó el hacha en un tronco de madera y empezó a cargar en brazos la leña cortada.

Elena, sobresaltada, se dio prisa por volver a la cama antes de que la encontrara de pie delante de la ventana. Quería hacerle pensar que su estado físico era peor de lo que era en realidad. 

Con las prisas, trastabilló contra el cubo y la nube de dolor en la que se internó la dejó pálida y mareada. Apretó los dientes para reprimir un grito y le propinó un golpe al cubo que lo lanzó hasta la mitad de la estancia. Pequeños aguijonazos en su vientre le recordaron las ganas que tenía de usarlo, pero su cabezonería se impuso una vez más.

No. No vas a usar esa cosa. Ni de coña.

Con un desprecio cada vez más intenso, enfocado hacia todo cuanto la rodeaba, se tumbó encima del colchón y se cruzó de brazos. Tenía que dejar de distraerse con tonterías y pensar de una vez por todas en cómo diablos iba a salir de ahí.  

La puerta se abrió de sopetón y una ráfaga de aire invernal le dio de lleno en la cara. Mantuvo los párpados bajados. Se negaba a mirarlo. Estaba demasiado empeñada en echarse la bronca mentalmente por haber desperdiciado su oportunidad de conseguir un arma. ¿Por qué demonios no había cogido un cuchillo o algo antes de apresurarse al volver a la cama? Seguro que ahí había objetos punzantes. ¿Y si la atacaba de repente? ¿Qué iba a hacer? ¿Golpearle con un cubo de plástico?

Él tiró los troncos de madera en una caja junto a la lumbre y se sacudió las motas de suciedad que se habían adherido a su abrigo. Después de alimentar el fuego, fue hacia ella.

―Veo que no ha meado todavía.

Elena apretó los dientes y lo maldijo hacia sus adentros.

―No pienso hacerlo ―declaró con dignidad.  

―¿Sabe que un gilipollas en la corte de no sé qué reina de Inglaterra murió por aguantarse el meado? Por lo visto, no quería interrumpir a su majestad. Tenga cuidado no le vaya a pasar lo mismo a usted.

¡La acababa de llamar gilipollas en toda su cara!

Elena abrió los ojos, le lanzó una mirada fustigadora y luego enfocó las vigas que sostenían el techo de madera.

―Afrontaré el riesgo ―murmuró, más bien para sí.

―Está loca si de verdad piensa que lo va a conseguir. ¿Sigue doliéndole el pie?

Las llamaradas de dolor la atravesaban sin piedad cada vez que se movía. Cada vez que respiraba. Cada vez…

―Mucho.

―Puedo darle un calmante, ahora que está despierta.

―No. Me aguantaré.

―¿Es usted masoquista? Eso explicaría un par de cosas.

Irritada, Elena le dispensó una mirada seca. Él estaba de pie en mitad de la cabaña y la contemplaba con sonrisa burlona.

―No gruñó entre dientes, con voz helada y letal―. No soy masoquista.

Él torció los labios en un gesto de desdén. Su actitud clamaba que no le importaba nada que guardara relación con su persona.

―Voy a hacer café. ¿Quiere comer algo?

Ella declinó con la cabeza.

―¿Qué hora es?

―Calculo que alrededor de las tres de la tarde. Dentro de nada, se hará de noche. ¿Café?

A Elena le pareció exagerada su cordialidad. La trataba como si fuera una huésped, pero ella no se sentía como tal.

Estupendo, pensó. De noche, coja y con un metro de nieve. ¿Cómo vas a salir de esta?

Sí, me vendría bien un café.

Para espabilarme y encontrar un modo de huir de ti.

La irritante vocecita de su cabeza no le concedía ni un momento de tregua.  

―¿Está segura? Le entrarán más ganas de ir al baño ―se mofó él.

Elena lo fustigó con una mirada áspera.

―¿Va a preparar ese café o no?

―Veo que es usted todo un prodigio de amabilidad y cortesía. La acoge uno en su casa, la baña, le venda el pie, y usted ni gracias ni nada. Se comporta como si yo fuese su esclavo.

Elena se incorporó en la cama y lo estudió con ojos brillantes.

―¿Y eso le hace sentirse menospreciado?

Tenía los medios y la oportunidad. Pero ¿y el motivo? Quizá Sarah le hubiese despreciado de algún modo mientras hablaban y por eso la había seguido y la había matado. Dani y Maggie podían haber sido víctimas colaterales.

El hombre dejó de lado lo que estaba haciendo, volvió la cabeza y la contempló con parsimonia. Mosqueada, Elena se dio cuenta de que su sonrisa se ensanchaba a medida que trascurrían los segundos.

―¿Me está psicoanalizando? ―preguntó él por fin, apretando los labios para no reírse.

―Por supuesto que no ―le respondió ella, remilgada.

Por la forma en la que él tensaba los labios, a Elena le pareció que intentaba reprimir una sonrisa.

―Menos mal. Porque odio a los comecocos.

―Todos los desequilibrados los odian ―lo provocó, arqueando las cejas con un gesto elocuente.

Él cruzó los brazos sobre el pecho y le dedicó un exhaustivo repaso. Con esa barba incipiente que ensombrecía su rostro, le recordaba un poco a Ben Affleck cuando se paseaba por la ciudad borracho y con pintas de indigente. Ben Affleck, en cualquier momento de su vida, estaba la leche de sexy.

Dime que no acabas de pensar que es sexy.

―¿Piensa que soy un desequilibrado?

La voz la arrastró de vuelta y de nuevo intercambiaron una mirada.

―No lo sé. ¿Lo es?

―No.

La respuesta de él fue contundente. La boca de Elena esbozó un gesto de escepticismo.

―Por supuesto que no. ¿Qué desequilibrado admitiría ser un desequilibrado?

―Ninguno, supongo. Haré ese café antes de que vuelva a azuzarme.

Elena midió con la mirada su ancha espalda mientras él se movía con eficiencia por la cocina.

Lo primero que hizo después de poner el café a hervir fue quitarse el grueso abrigo verde y acercarse al armario para guardarlo dentro.   

Por debajo llevaba un jersey de color granate, que se adhería a su musculoso pecho y caía recto sobre su abdomen, y unos vaqueros viejos. Sus hombros estaban muy bien formados, la agilidad de su cuerpo la sorprendió. Para ser alguien tan alto, se movía con el sigilo de un felino. Eso le debía de facilitar la entrada en casas ajenas.

Él se volvió de imprevisto y sus ojos se encontraron en el aire. La había sorprendido observándolo. Aun así, Elena no apartó la vista. Se limitó a pasear la mirada por encima de su cuerpo y su rostro, arriba y abajo.

Él, a su vez, la observó durante unos veinte segundos, casi sin parpadear.

―¿Cómo te llamas?

Su voz sonó tan profunda que reverberó por la columna vertebral de Elena de una forma que le resultó sorprendente. Y un poco placentera…

Quiso mentir, pero ¿qué sentido habría tenido? Si sobrevivía a eso, quería que él conociera su nombre. De una forma estúpida y bastante arrogante, quería que supiera que se llamaba Elena, la chica que ayudó a meterlo entre rejas.

―Elena ―respondió, alzando la barbilla con aire desafiante.

La boca de él se movió unos milímetros, como si quisiera esbozar una sonrisa que nunca llegó a materializarse.

―Hola, Elena. Soy Cash.

Ella compuso un gesto ceñudo y él siguió observándola.

―¿Qué clase de nombre es Cash?

Él torció la boca como si no tuviera ninguna importancia para él.

―Supongo que mis padres estarían faltos de liquidez en esa época de sus vidas.

Aunque se mordió el labio, Elena no fue capaz de retener una sonrisa. Tuvo que bajar el rostro para ocultárselo. Era gracioso, para ser un psicópata.

―¿Por qué te llamaron Elena a ti?

Le sorprendió la suavidad de su voz. Parecía terciopelo.

Levantó la cabeza y sus ojos trabaron contacto.

―Por Helena de Troya ―respondió, tras un silencio notorio.

―¿Te pusieron el nombre de una mujer por culpa de la cual murieron tantos hombres?

―Veo que prestabas atención en las clases de Historia.

Él no pareció molesto por su tono sarcástico. La miró a los ojos, sereno e imperturbable como las austeras montañas que los rodeaban, y volvió a apretar los labios como si intentara retener la sonrisa.

―Te pega ese nombre.

*****

Cash se volvió de espaldas, echó el café humeante en dos tazas y sonrió para sí.

Elena.

Un nombre muy bonito.

Al verla con sus amigas, se había preguntado cuál sería su nombre. Le había cautivado nada más verla. Parecía tan… diferente a todo.

Y ahora, estaba ahí. Se había metido ella misma en la jaula del lobo. Estaba a su entera disposición. Podía hacer con ella lo que quisiese. Ambos sabían que no tenía forma de abandonarle antes del deshielo.

Y quedaban meses para aquello. Le gustase o no, estaba atrapada ahí con él. Dependía de él para todo, para comer, para bañarse, para… todo.

Si bien a él no le gustaba la compañía, tenía que admitir que la suya no estaba tan mal. La verdad era que había estado solo durante demasiado tiempo. Se le había olvidado lo que era sentirse… así; sentir que aún queda un soplo de vida dentro de ti.  

Elena… Por Helena de Troya. Tócate los cojones.  

Procurando ahogar la sonrisa granuja que elevaba el lado derecho de su boca, regresó junto a ella y le ofreció una taza de café.

Fue cordial. Amable como hace mucho que no era.

No obstante, a pesar de esa gentileza, sus ojos oscurecidos se pasearon con intensidad por su rostro, lo registraron hambrientos, midieron su expresión. No podía apartar la mirada y notó que todo su cuerpo se tensaba poco a poco.  

Elena era guapa. Incluso ahora, tan llena de arañazos y con el pelo enmarañado, estaba preciosa. Aunque él se había prometido a sí mismo mantenerse alejado de las mujeres guapas durante un tiempo, había partes de su anatomía que no parecían estar conformes con su resolución.

La presencia de Elena lo estaba trastocando a todos los niveles. Habían compartido habitación durante casi toda la noche y apenas había podido pegar ojo por su culpa.

Para no molestarla, se había improvisado un lecho en el suelo y había dormido ahí, lejos de ella.

Sin embargo, la distancia había sido solo física. Su mente no había hecho más que evocar una y otra vez su imagen, sus suaves labios agrietados, los lentos aleteos de sus pestañas mientras dormía.

Ahí tendido sobre el suelo de la cabaña, medio empalmado y frustrado por esa molesta erección, se había dejado envolver en un recuerdo del que se avergonzaba: la punzada de deseo que había experimentado al tenerla desnuda entre sus brazos. De eso no estaba orgulloso y nunca se lo iba a decir a ella. La culpa no era de nadie más que suya. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto desnuda a una mujer. Probablemente, desde Victoria.

Después de ella se había acostado con unas cuantas, aunque siempre a oscuras y en habitaciones de motel baratas e impersonales. Era más sencillo. No quería atarse. ¿De qué le habría servido?

Pero ahora, Elena estaba en su cama, calentita y con los labios entreabiertos para dejar brotar la suave respiración. Sus pechos se acusaban por debajo de la tela gris de su camiseta. Podía ver los pezones erguirse por debajo de la ropa y eso le había hecho empalmarse nada más entrar por la puerta. Por eso estaba tan furioso y sentía toda esa hostilidad hacia ella.

Elena iba a joderlo todo, y Cash lo supo tan pronto como se había desmayado entre sus brazos.

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[1] Jason Voorhees: ref. película Viernes 13

[2] Ted Kaczynski: terrorista estadounidense que en 1971 se mudó a una cabaña sin luz ni agua corriente en Lincoln, Montana, donde empezó a aprender técnicas de supervivencia y a intentar ser autosuficiente.

2 comentarios sobre “UN PERFECTO DESCONOCIDO: PRIMEROS CAPÍTULOS

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