NIEVE SOBRE PARÍS, PRIMEROS CAPÍTULOS

CHLOÉ

1

¿Crees en los milagros navideños?

(Eslogan publicitario

de una conocida marca de joyas)  

Aún no ha nevado en París, pero hace tanto aire en la calle que Chloé, ajena a los milagros navideños, se estremece en su fina chaqueta azul que no abriga un carajo y maldice en voz baja ese tiempo plúmbeo que la cala hasta los huesos.

Nunca le ha gustado esta época de transición entre otoño e invierno. El deslucido gris de las calles absorbe toda idea, todo sentido de la vida, toda belleza que pudiera haber en el mundo. No hay mayor tristeza que la de una tarde de diciembre. ¿De qué sirve quedarse delante de la ventana, a salvo de la mortecina lluvia que castiga el exterior, si lo único que haces es contemplar una y otra vez el mismo paisaje apagado en el que ni siquiera el sol se atreve a asomar? El mundo parece gastado, un sinsentido.

Las hojas secas que danzan en el aire, remolinos carmesíes allí y allá, podrían tener cierta belleza, claro, de no ser porque ¡están muertas!

En realidad, ¿qué significa el otoño tardío sino muerte y desolación? Todo desvaído, las flores se secan, las hojas caen de las ramas, el sol se apaga en el cielo, y no hay más que viento, viento por todas partes, fustigando sin piedad, a veces desde el norte, otras desde el este; viento inmisericorde que se abre paso a través de ti con sus odiosas esquirlas de hielo. Castiga tu piel y tus huesos, y lo peor de todo es que ni siquiera te importa, porque el dolor que llevas en el corazón es mucho mayor que eso, tan abismal que ni siquiera el viento se atreve a congelarlo.

Chloé, arrebujada en su gastada chaqueta, con los dedos entumecidos de frío y un extraño escozor en la cara, no le ve ninguna gracia al asunto. Le gustaría cerrar los ojos y despertar en abril, florecer a la vez que la naturaleza y que los rayos de sol calienten su piel.

Ahora no queda ni un solo indicio del astro rey, ha desaparecido del cielo, la oscuridad se lo ha tragado, y las rachas de viento parecen asaltarla desde todas las direcciones, como un recluso que golpea todo lo que encuentra en su camino en un desesperado intento por liberarse. Por encima de su cabeza, en las ramas de los árboles que entrechocan como si fueran a quebrantarse, escucha el voraz rugido de su furia, y contra su propia piel nota la aspereza de su contacto, atroz y afilado como las llamas de diez mil cuchillos.

Se habría quedado en casa de no haber sido porque allí hace aún más frío que en la calle. Vive en una buhardilla sin calefacción y unos niños el año pasado le rompieron una esquina del cristal con una pistola de perdigones, que a saber de dónde la habían sacado.

Por norma general, esa clase de problemas los soluciona el casero, pero dado que Chloé lleva tres meses y medio sin pagar el alquiler, no se atreve a pedirle nada. Le da miedo que la ponga de patitas en la calle antes de Navidad. No tiene ningún otro sitio al que ir. Su familia es… mejor no pensarlo. Preferiría congelarse en el parque que volver a casa con un padre alcohólico que acaba de salir de la cárcel tras veinte largos años de condena.

Se vuelve a estremecer, y esta vez no por culpa del frío. El congelado aliento de sus peores recuerdos golpea contra su nuca, como un monstruo al que no puedes volver la cara durante demasiado tiempo. Chloé se niega a mirarlo, lucha con todas sus fuerzas, corre más deprisa por la acera, jadea desesperada, pero hay recuerdos tan inhumanos que no se pueden reprimir.

Y acaba recordando.

Rememorándolo todo.

Cada sonido, cada grito, cada maldita gota de sangre. Desfilan por delante de sus ojos como un caleidoscopio de imágenes que está obligada a contemplar. Cerrar los ojos no sirve de nada. Todo eso está muy dentro de ella.

Solo tenía ocho años. Lo bastante pequeña como para no poder hacer nada y lo bastante mayor para recordar a su padre, ciego de ira y alcohol, apuñalando a su madre delante de ella. Una, y otra, y otra, y otra, y así hasta ocho dolorosas veces.

Chloé tiene marcas en los antebrazos por intentar defenderla.

Eso fue lo único que le quedó después de aquello, unas cicatrices bien incrustadas en su piel y millones de pesadillas horrendas, aún más incrustadas en su mente. Si el viento callara solo por un segundo, podría escuchar aún el afilado silbido de ese chuchillo ensangrentado cortando el aire y después la carne, el ser, la materia, todo.

Su madre murió de camino al hospital. A Chloé la mandaron a la mañana siguiente a vivir con sus abuelos maternos. No hubo psicólogos ni atención especial, tan solo una pequeña casa de piedra, limpia y funcional, al pie de las montañas. Su nuevo hogar.

Lo primero que vio fue un techo afilado lleno de verdín y la chimenea arrojando una nube blanquecina hacia el cielo azul. Nunca lo olvidará. Ese recuerdo se ha convertido en una imagen que suele reconfortarla en los momentos más oscuros de su vida. Si está demasiado alterada, o quizá solo demasiado triste, deja que su mente vague por el bosque de los buenos recuerdos y entonces esa casita de piedra se materializa de la nada y se convierte en el refugio que necesita para resguardarse de la tempestad.

A día de hoy, el techo lleno de verdín y las macetas de geranios rojos que adornaban las ventanas ya no existen. En su lugar se alza un imponente hotel balneario que no conserva ni un gramo del pintoresco encanto que tenía la residencia de sus abuelos. Chloé vendió la propiedad al quedarse sola en el mundo y usó ese dinero para pagarse los estudios y el alquiler. París era muy caro.

Tanto, que para cuando cumplió los veintitrés, el dinero se había esfumado por completo.

Claro que, para entonces, ella actuaba en los mejores escenarios de Europa. Chloé Lacroze, la mejor voz soprano después de María Callas. Su nombre estaba en todas partes. Auditorios enteros de gente se ponían en pie para aplaudirla, a pesar de que no era más que una suplente.

Y ahora no tiene dinero para comprarse un par de guantes que la protejan del viento. ¿Qué es lo que pasó entre una fase y la otra?

Muy simple. 

Chloé Lacroze jodió al hombre equivocado.

El movimiento me too solo funciona para Hollywood. En su mundo, si denuncias a un hombre poderoso, el desenlace es de lo más previsible. Él seguirá siendo un hombre poderoso y tú no tendrás dinero ni para pagar el alquiler.

La hizo pedazos, tal y como prometió.

Si sigues adelante con esa demanda, te reduciré a polvo. No volverás a cantar jamás en ningún escenario del mundo. Yo te creé y sabes que puedo destruirte. No hagas esto, Chloé. Piénsatelo bien. Estás tan cerca de lograr ser una estrella… Solo hay una cosa más que necesito que hagas. Para asegurarme tu lealtad. Hazlo, y te haré inmortal. Te alzaré tan alto que nadie podrá bajarte de tu pedestal.

Nauseabundo. Chloé no se arrepiente de sus decisiones. Si en ese momento hubiera sabido todo lo que sabe ahora, habría actuado igual. Prefiere morir de pie a vivir de rodillas. Prefiere poder mirarse en un espejo, desnudar su alma, y no sentir autorepulsión. No, no se arrepiente.

Con todo, cada vez que se presenta a una entrevista de trabajo, esperanzada y con el estómago hecho un nudo por los nervios, y tiene que enfrentarse a las consecuencias de su denuncia —gracias, ha estado bien, pero no es lo que buscamos—, las palabras de él aún resuenan en su mente, frescas, como si el tiempo no pudiera destruirlas: No eres nadie y te lo voy a demostrar. Despídete de este mundo porque no volverás a poner un pie dentro nunca más. No sabes dónde te has metido ni con quién. 

Tenía razón. No ha vuelto a poner un pie dentro.

Antes le llovían trabajos y ahora nadie quiere verla. Porque ella, la mejor soprano desde María Callas, no es nadie, tan solo el primer peldaño de una escalera que llega hasta el Cielo.

Los amigos se han ido marchando poco a poco, algunos reprochándole el no haber hecho lo que cualquiera hubiera hecho en esas circunstancias. No lo entendieron y dieron por sentado que la culpa era de ella. ¿Por qué elegir ser pobre cuando podrías tenerlo todo? Un pequeño sacrificio a cambio de toda una vida de privilegios. Ese hombre habría puesto el mundo entero a sus pies y ella lo pisoteó. ¿Con qué derecho?

Para Chloé es ridículamente fácil: no tolera ninguna especie de violencia contra la mujer. Se lo debe a su madre muerta.

El acoso sexual es violencia de género.

Las coacciones a una mujer por parte de un superior son violencia de género.

La violencia de género Debe Ser Erradicada.

No hay nada más que decir al respecto.

No es que le guste no tener dinero ni para comprarse una baguette. No le gusta en absoluto. No disfruta con ello. No le parece una aventura. ¡Es una mierda! Tiene hambre. Y frío. Y de ningún modo podría costearse un tratamiento médico si le hiciera falta.

Pero sabe que ha hecho lo correcto. Muy en el fondo, lo sabe. Sabe que su actitud ha impedido la propagación de un cáncer.

De acuerdo, no ha tenido el impacto que ella esperaba. No se ha alzado todo un ejército de mujeres clamando yo también he pasado por eso, ni ha provocado el derrumbamiento de un gigante. Pero ha impedido convertirse en una víctima más.

No puede convertirse en su madre.

Ha visto lo que la violencia de género hace, sus pies descalzos han aplastado los añicos de lo que podría haber sido una buena vida de no haber existido esa lacra, y no va a ayudar a la transmisión de algo así.

Cueste lo que cueste, la lleve a la ruina o no, Chloé Lacroze siempre dirá NO.

Y si esto es en lo que se va a convertir por ello, por alzar la voz cuando todas las demás han callado, que así sea. Se enfrentará a su destino con la cabeza bien alta y la soberbia de un guerrero que sabe que, a pesar de la derrota, en el fondo ha vencido. Algo. A alguien. Es todo lo que importa. Estar en paz con uno mismo.

El viento silba amenazador en torno a sus hombros, disipando un remolino de hojas muertas y parte de sus sombríos pensamientos. Camina por la acera con las manos en los bolsillos, encogida, intentando conservar un poco de calor corporal, a pesar de lo empeñado que está el viento en quitárselo. Las lágrimas humedecen sus mejillas. Hoy es el aniversario. Se cumplen veinte años. Esta noche no quiere estar sola. No quiere regresar a un cuchitril helado y comer una manzana medio picada que los del supermercado de abajo han dejado en una caja junto a los cubos de basura. Esta noche quiere olvidarse de todo.

Como si algo así fuera posible.

—Por favor, señorita. Tengo hambre.

Aturrullada, Chloé baja la mirada hacia el hombre que la mira suplicante desde la acera. No es más que un anciano envuelto en harapos. Se le encoge el corazón. Sabe que en el bolsillo lleva dos euros. No lo duda. Los saca y se los da.

—Tenga. Pero, por favor, cómprese comida, no alcohol. Es el único dinero que me queda en el mundo, así que empléelo bien.

—Gracias. Lo haré. Que Dios la bendiga. ¡Feliz Navidad!

Chloé asiente y se aleja con una sonrisa triste.

ANCIANO

2

—Por favor, señor. Tengo hambre —se lamenta el anciano de nuevo.

El hombre al que se dirige le dedica una única mirada, larga, inexpresiva, y luego le lanza un billete de cincuenta. El anciano se queda perplejo. Parpadea dos veces seguidas para asegurarse de que ese tipo alto y delgado, que se da cierto aire a lo Alain Delon, es real.

Desde luego, lo parece. Viste un abrigo negro, carísimo, de cachemira, que le llega hasta las rodillas, y es guapo, exactamente como Alain Delon cuando el anciano no era más que un polluelo e iba a verlo en las salas de cine de su pueblo; la misma estructura ósea impresionante, como si el cráneo en sí hubiese sido esculpido por una mano maestra para hacerlo atractivo aposta, la misma mirada penetrante, de un azul que atrae toda la luz, incluso la poca que hay en esta oscuridad, y las mismas cejas fruncidas en gesto abstraído.

Camina con las manos en los bolsillos, el cuello del abrigo alzado, y un cigarro le cuelga insolente de entre los labios.

Aunque eso no es lo sorprendente. Lo sorprendente es que sus ojos azules no pierden de vista a la chica guapa que le acaba de dar los dos euros.

VINCENT

3

Sabe que tiene que ayudarla de alguna forma, pero está claro que no puede acercarse a ella sin más. Con los tiempos que corren, podría pensar que se trata de un perturbado, o de un asesino, o de un violador, y salir corriendo en dirección contraria. Ya nadie ayuda a los demás hoy en día. Todo el mundo tiene una intención oculta.

Lo mejor que se le ocurre es caminar tras ella, al menos hasta decidir qué estrategia adoptar.

Dicho y hecho.

La chica dobla a la derecha y tuerce hacia la calle principal, llena de luces navideñas y tiendas de ropa y regalos. Vincent, como de todas formas se dirigía en esa dirección, la sigue.

En la calle principal todo tiene un aura navideña y mágica, excepto ella, que parece sacada de una escena de Los Miserables. Una nube de desdicha flota encima de su cabeza. A Vincent le sorprende que nadie más lo haya notado. En serio, ¿es que nadie ve que es clavadita a Cosette?

La chica se detiene unos segundos delante de un escaparate y mira con sonrisa triste un vestido rojo de coctel. A Vincent se le encoge el corazón. Todavía no le ha visto bien el rostro, solo medio perfil bañado por la sombra. Con todo, le recuerda a su madre. La misma vulnerabilidad, esa generosidad de entregar a alguien todo cuanto tienes, la sonrisa triste que te desgarra el alma…

Es todo cuanto él recuerda de ella. Murió cuando Vincent tenía veintidós años. Y, antes de morir, su vida no fue exactamente un cuento de hadas. Se casó en contra de sus controladores padres con un hombre mayor y violento, el padre de Vincent, tuvo una existencia de lo más desdichada y murió a los cuarenta y cuatro años por culpa de una enfermedad terminal. Ella nunca volvió a casa de sus padres. Ni siquiera cuando su marido, borracho como una cuba, la tiraba al suelo y le daba furiosas patadas en el estómago. Apretaba los dientes y aguantaba las palizas. Volver a casa habría significado admitir que se había equivocado al casarse con él, y Marie tenía demasiado orgullo para eso.

Ese orgullo fue algo que Vincent siempre odió de ella. Porque ese orgullo la destrozó.

Claro que lo comprendió tarde. Muy tarde. Demasiado tarde como para poder hacer algo al respecto.

Cuando era pequeño y eran tan pobres que en la tienda del barrio les tenían que fiar incluso el pan, Vincent tenía un sueño. Saldría de ahí, costase lo que costase, y algún día tendría suficiente dinero como para poder darle a ella todo lo que merecía, la vida que debería haber tenido si el desgraciado de su padre no la hubiera destrozado entre sus manos, como si no fuera más que un puñado de tierra que se desintegra y esparce al viento.

Su deseo era tan fuerte que se había convertido en una obsesión que le quitaba el sueño por las noches.

En su colegio nunca hubo un estudiante más aplicado. Sacaba las mejores notas en todo y se las había ingeniado para que el mejor profesor de piano de todo París le diera clases gratis. Solo media hora a la semana, era un músico de altísimo nivel, aunque no importaba, porque Vincent estudiaba en el piano de la iglesia horas y horas y mejoraba con cada mes que pasaba. Lo único que necesitaba era que alguien dirigiera sus pasos. Le salió bien la jugada.

A los veinte, el piano no tenía ningún secreto para él.

A los veinticinco era una estrella emergente. Y destrozada, a pesar de haber cumplido su sueño, a pesar de haber llegado justo donde pretendía llegar, a pesar de que ese barrio fangoso y esa casa destartalada, que miles de veces había soñado con incendiar, no fuera más que un mal recuerdo sepultado en su memoria. Había conseguido por fin el dinero que se había propuesto y debería haber estado eufórico.

Nada más lejos de la realidad. Vincent estaba irremediablemente roto. Todo el trabajo, todo su esfuerzo, las innumerables tendinitis y las noches sin dormir, todo había sido en vano. Nunca iba a poder cumplir su promesa. Nunca iba a darle a ella lo que merecía, porque ella ya no estaba ahí. Se había marchado en plena noche, en completo silencio, sin despedirse siquiera, y había dejado en el interior de Vincent un vacío tan enorme que ni toda la fama del mundo habría conseguido llenar.

Desde entonces, él se ha convertido en alguien distinto. Más oscuro. Cada día está más solo, ya nunca se acerca a nadie, no se permite tales concesiones, y los pocos amigos que tenía se han ido marchando con el tiempo. Vincent ha trazado una línea e impide que las personas la crucen. Ha levantado un muro tan alto que lo oculta y lo protege a la vez; una armadura inquebrantable, para que nada vuelva a destrozarle nunca así.

Las mujeres se enamoran de él todo el rato, atraídas por ese aura de oscuridad y desapego que destila. Pero en cuanto comprenden que no tiene nada que ofrecer, que su corazón murió con Marie, pasan a algo mejor. A Vincent no le importa. No quiere lazos de ningún tipo. No siente dolor. No siente nada.

CHLOÉ

4

—Disculpe.

Chloé da un respingo en medio de la calle. No ha oído a nadie caminar detrás de ella y la voz, grave y un poco rota, la ha pillado completamente por sorpresa. Se da la vuelta y mira demudada al hombre que la observa con ojos entrecerrados.

Es un tío alto. Altísimo. Calcula alrededor de metro noventa, porque ella, con su metro setenta y dos de altura, tiene que echar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la mirada. Es muy atractivo. Atractivo como ya no se ven los hombres.

Pero hay algo roto en él. Chloé lo nota desde el primer instante, nada más cruzarse sus miradas. Sabe reconocer ese brillo remoto en sus ojos.

—¿Sí?

Él se frota la frente con aire incómodo. Los ojos de Chloé caen sobre sus dedos. Largos. Delgados. Podría ser artista. No se lo imagina arreglando enchufes.

—Le parecerá de locos. Y le prometo que no quiero nada de usted.

Chloé aprieta los labios para sofocar la sonrisa. Es verdaderamente divertido lo nervioso que se ha puesto. ¿Qué va a pedirle? ¿Un ménage à trois?

—Tengo el sentimiento de que algo quiere —replica, intentando no sonreír.

Él pone una sonrisa embarazosa.

—Me ha pillado. Algo sí quiero. Me preguntaba si le apetecería acompañarme a ese bar de ahí a tomar algo.

—¿Una cita? —Chloé enarca ambas cejas, aunque su gesto presumido se borra en cuanto percibe rechazo en los ojos azules del hombre. Al principio parecían casi fluorescentes, pero ahora son oscuros. Muy oscuros.

—No exactamente. Solo… solo quiero que me acompañe. No es nada amoroso ni raro. No es que la haya visto por la calle y el corazón me haya dado un vuelco. Le prometo que no se trata de nada de eso.

Chloé cruza los brazos sobre el pecho y se pone un poco a la defensiva. Aunque él no parece peligroso, nunca se sabe. 

—¿Y de qué se trata?

Nota que él está en conflicto consigo mismo. Tarda unos momentos en contestarle, momentos en los que se limita a mirarla a los ojos, una mirada larga y turbada que hace que a ella le dé un vuelco el corazón.

—Hace frío —habla él por fin, con voz baja y controlada. A pesar de su tono, la nota vibrante que hay en su voz hace que Chloé se estremezca, y desde luego que no es por el viento—. Es… la hora de cenar. Y resulta que yo sé que en este bar de aquí suena la mejor música de todo París. Y no he podido evitar preguntarme si a usted… Si le apetecería hacerme compañía. Mire, es un sitio público, y le prometo que no le pondré un dedo encima. Podrá marcharse cuando quiera. Es más. —Levanta un dedo en el aire pidiéndole que aguarde, se saca la cartera del bolsillo y le alarga cincuenta euros—. Tenga. Yo le pago el taxi. Cójalo, por favor. Si le parece que he dicho o hecho algo que la haya molestado, puede marcharse en cualquier momento.

Chloé le clava la mirada. Ya no parece divertida por la situación.

—Guárdese su dinero. No lo quiero.

—Pero…

—Iré con usted, porque me tiene muy intrigada. Y si hace algo inapropiado, le daré una patada en los huevos. ¿Estamos?

El rostro de él se abre en una sonrisa divertida.

—Muy bien. Me parece un buen trato.

—Genial. Me llamo Chloé. ¿Y usted?

—Vincent.

—Encantada, Vincent.

Él hace un leve gesto con la cabeza.

—Un placer.

Se miran, intercambian una sonrisa cortada, y Vincent abre la puerta.

—Sabes que no soy una prostituta, ¿verdad? —aclara Chloé abruptamente, al verse en medio del lobby de un hotel.

Él la mira por debajo de la frente arrugada, lo cual le da un aspecto aún más interesante y atormentado.

—¿Qué?

—Si me has traído a este hotel porque quieres acostarte conmigo o porque quieres un ménage à trois

Se interrumpe porque él se ha echado a reír y es tan atractivo cuando ríe que las ideas de Chloé se dispersan un poco. Se da cuenta de que su rostro risueño le resulta un poco familiar, aunque es incapaz de ubicarlo en su memoria.

—Descuida. Te prometo que no quiero acostarme contigo.

Eso, de alguna forma, la ofende.

Y se enfurece consigo misma por permitir que algo así la ofenda.

—¿Y a dónde vamos entonces?

—Ya te lo he dicho. Al bar. Sígueme. Es por aquí.

Le señala la dirección sin tocarla. Le gusta eso en un hombre. Los hombres que se toman la libertad de tocarte la cintura, de incluirte entre sus propiedades sin pararse a preguntar qué opinas tú al respecto, la enferman.

Contenta de descubrir que él no es uno de ellos, camina en silencio por la moqueta roja y cruza la puerta que él acaba de abrir para ella.

En efecto, es un bar, un bar lujoso que la hace fantasear con los elegantes años sesenta y los recitales de Nina Simone. Seguro que ella habría tocado ese piano de ahí. ¿No se había autoexiliado a París después del asesinato de Martin Luther King, harta de la segregación racial, y con razón?

—Siéntate —le dice Vincent, señalando una mesa cercana al piano—. ¿Qué te apetece tomar?

—Yo… nada —responde Chloé, consciente de que no podría pagar ni un vaso de agua.

—Está bien.

Él se sienta a su lado con una sonrisa y le hace una señal al maître, que se acerca de inmediato.

—Vincent, buenas noches. —Por la enorme sonrisa con la que los recibe el maître, está claro que se conocen bastante bien y que, además, Vincent le resulta simpático. Eso tranquiliza a Chloé.

—Hola, Claude. ¿Cómo estamos hoy?

—¿Para qué vamos a andar quejándonos?

—Ciertamente. No tendría sentido. Esta es mi amiga, Chloé.

Claude inclina la cabeza con majestuosidad.

—Buenas noches, señorita. Encantado de conocerla.

—El gusto es mío —replica ella, devolviéndole la sonrisa.

—¿Por qué no nos traes una botella de vino, dos copas y lo que sea que tengáis de cenar esta noche?

—Ahora mismo. Ah, antes de que se me olvide —Claude se vuelve a girar con un dedo en alto—. Alexander andaba buscándote. Creo que quiere hablar contigo de la fiesta de Navidad.

—Muy bien. Iré a verle en un momento. ¿Está en su despacho?

—¿Dónde iba a estar? Siempre lo he dicho: necesita una novia.

Una pequeña sonrisa se reproduce en los labios de Vincent.

—Puede, pero no se lo digas a él.

—Dios me libre. Se pondría hecho un basilisco.

Los dos se echan a reír. Chloé los contempla con una sonrisa incómoda.

Claude se retira y Vincent gira la mirada hacia ella.

—Voy a tener que dejarte sola un rato. Por favor, cena y acábate el vino porque yo soy abstemio y no podría bebérmelo.

Una expresión de sorpresa cruza los ojos azules de Chloé, que se abren de golpe ante ese testimonio.

—¿Eres abstemio?

—Sip.

—¿Y por qué has pedido vino?

Él se encoge de hombros y le dedica una de sus sonrisas canallas.

—Pensé que podría gustarte. Si no es así, pide otra cosa. Las consumiciones me salen gratis.

—¿En serio? ¿Por qué? ¿Eres el dueño?

Él suelta una carcajada y Chloé se descubre mirándolo con una sonrisilla bobalicona.

—No. Pásalo bien, Chloé. Te veré más tarde si es que sigues aquí.

Se despide con un gesto de cabeza y se marcha, dejando a Chloé sola, con el ceño fruncido y decenas de preguntas dando vueltas por su mente. ¿Quién es ese hombre y qué es lo que pretende?

—Espero que le guste el pato confitado y el puré de manzana —interrumpe Claude su abstracción.

Los ojos de Chloé se elevan hacia los suyos.

—Sí, gracias, Claude. Suena perfecto. Por favor, no me hables de usted.

—Está bien. El vino es un Pinot Noir. Si no te gusta, podemos traer otro.

¿Pinot Noir? Dios mío. Como para no gustarle.

—Pinot Noir es perfecto. Gracias.

—Es buen tipo, ¿eh? —comenta Claude mientras descorcha la botella y le sirve una generosa copa.

—Eso parece —responde Chloé distraída.

—Tengo que decir que me ha alegrado verle con una chica. Y más con una chica tan guapa. Nunca se trae a nadie. Y siempre está tan triste…

Chloé lo mira parpadeando.

—¿Nunca se trae a nadie?

—¿Vincent? Dios, no. —Claude ríe, como si la idea en sí le resultara descabellada—. Debes de ser especial.

Chloé asiente con una sonrisa forzada. Especial. A lo mejor es un asesino en serie y ella encaja en el patrón. ¿Por qué si no un tipo tan guapo iba a estar siempre triste?

En fin. Al menos no pasará la noche sola en casa, muerta de frío y de hambre.

Coge el tenedor de plata —guau— y se lleva un poco de pato a la boca.

—Dios mío… —se deleita—. Hmmm. Está delicioso —le dice a Claude con una sonrisa, que él le devuelve antes de retirarse.

Sus ojos comprueban el enorme reloj colgado detrás del piano. Son casi las once de la noche. Ha pasado la hora de cenar. Aunque el hambre no entiende de horarios, por lo que Chloé se acaba toda la comida en un par de minutos. Vaya. Seguro que acabará poniéndose mala. Su estómago ya no está acostumbrado a esas comilonas.

Claude, que probablemente por orden de Vincent ha estado muy pendiente de ella, se le acerca con un plato de pastel de chocolate.

—Oh, por Dios. ¿Postre también?

—Ordenes de Vincent.

—Vale, tengo que preguntarlo. ¿Quién es este tío?

Claude frunce el ceño y deja el plato delante de ella con una mano elegantemente apoyada contra su espalda.

—¿A qué te refieres?

—Tiene que tener un defecto.

—Pues…

En ese momento Claude se calla y algo a sus espaldas llama su atención. Chloé se gira con la silla y se queda boquiabierta. Quien se ha sentado detrás del piano no es Nina Simone sino Vincent.

—Dios mío —cae de pronto, y le da un golpecito a la mesa—. ¡Jo-der! Sabía que me sonaba de algo. ¡Es Vincent Crozet, el pianista!

Claude la mira, confuso.

—Sí. Pensaba que lo sabías.

—Pues no. Me sonaba familiar, pero hasta verle detrás del piano no he comprendido quién era. Hace tiempo leí un artículo sobre él. Ese tío es mega famoso. Creo que decían que es el mejor pianista del mundo o algo así, ¿no?

—Algo así.

—¿Qué hace aquí?

—Alexander, uno de los dueños del hotel, es un melómano y se ha empeñado en tener al mejor. Vincent toca tres veces por semana. El resto del tiempo está muy ocupado. Creo que hace musicales y cosas por el estilo. No es demasiado comunicativo.

Chloé vuelve a mirarlo y se pregunta si la ha invitado a cenar porque él también la ha reconocido a ella. No le parece probable. Las cantantes de ópera no son tan famosas. Y mucho menos las cantantes de ópera que han caído en el anonimato y la desgracia.

—Vaya. Vincent Crozet en persona. No me lo puedo creer.

Claude retiene la sonrisa.

—Disfruta del concierto —le desea antes de dejarla sola.

Vincent, sentado detrás del piano, no la mira. Contempla las teclas con expresión absorta. Chloé atraviesa el pastel con la cucharilla y sonríe antes de probarlo. ¡Está cenando con Vincent Crozet!

Bueno, está cenando sola porque él no ha tocado la comida. Pero la ha invitado. ¿Por qué? ¿La vio por la calle y se dijo a sí mismo: voy a invitar a esta chica a cenar y a que escuche mi recital? ¿Qué vio en ella?

Las dudas hacen que Chloé se dé un pequeño repaso a sí misma. No encuentra nada especial. Una pelirroja con curvas. En los sesenta la habrían considerado guapa y voluptuosa. Ahora, en cambio, cuando las mujeres parecen esqueletos vivientes, estas curvas están un poco fuera de lugar.

Cierto es que en los últimos meses ha encogido bastante, fruto de la mala alimentación y la tristeza. Aun así, su cuerpo con forma de chelo está pasado de moda si una hace caso a los estándares actuales de belleza.

El sonido del piano la hace levantar la mirada abruptamente y enfocar a Vincent.

Medio sonríe al reconocer los acordes y, cada vez más impresionada, sigue el ritmo con el cuerpo. Sinnerman. A Nina Simone le habría encantado. 

Demonios, es muy bueno. Lo da todo. Y su voz, cuando empieza a cantar, es perfecta.

Chloé lo mira eclipsada y se da cuenta de que todo el mundo le ha clavado la mirada. Todos notan su magnetismo y, al igual que ella, no consiguen dejar de mirarlo.

Es, sin duda, un pianista magnífico.

Aunque no es la magnificencia lo que atrae la atención de Chloé. Es la tristeza. De repente le parece aún más roto, irremediablemente fracturado en miles de pedazos que nunca podrán recomponerse.

La pequeña sonrisa de Chloé muere encima de su rostro. En cuanto sus dedos rozaron las teclas del piano, él se convirtió en alguien como ella y parece que nadie más lo esté notando. Creen que es pasión. No lo es. Es un grito de auxilio.

Y solo alguien destrozado podría entenderlo.

*****

Unas horas después, Vincent baja del escenario y se le acerca con una pequeña sonrisa.

—Hola. Me alegro de ver que sigues aquí.

—¿Hola? ¿Por qué no me has dicho que eres pianista? —reprocha Chloé, aunque con gesto simpático.

—No lo preguntaste. ¿Qué tal la cena? Espero que estuviera buena.

—Magnífica, aunque no tenías que haberte molestado.

—No lo he hecho. Se incluye en mis honorarios.

—No lo entiendo.

Él frunce el ceño y ocupa una silla al otro lado de la mesa.

—¿El qué?

—Qué hago yo aquí. ¿Me viste por la calle y dijiste seguro que no ha cenado, voy a invitarla a cenar? ¿Haces obras benéficas en época navideña o qué?

Los labios de Vincent se despliegan en una sonrisa un tanto incómoda.

—Te vi por la calle y tuve la impresión de que no te apetecía estar sola. Y pensé que aquí, rodeada de gente, estarías mejor.

—Entiendo. —Chloé baja la mirada hacia su plato vacío, pone una sonrisa insegura y después lo vuelve a atravesar con toda la fuerza de sus ojos—. Te he reconocido. Pero… ha sido cuando te he visto sentado en el piano. Antes de eso creía que eras alguna especie de asesino en serie. Guapo y letal, o algo así.

Vincent rompe en carcajadas. A Chloé le gusta el sonido de esa risa y se descubre a sí misma contemplándolo de nuevo con sonrisa bobalicona y la mano apoyada contra la mejilla.

—¿Y ahora qué piensas sobre mí? ¿Aún crees que soy un asesino en serie?

—Hmmm. No las tengo todas conmigo —dice en son de broma.

—Te prometo que no quiero hacerte daño. 

Se lo asegura con tanta seriedad que ella también se pone seria y lo estudia a través de las pestañas con aire grave. Sobreviene un silencio. Cómodo. Íntimo.

—Te creo.

—Bien.

Intercambian una pequeña sonrisa y él toma un trago de la botella de agua que traía al bajar del escenario.

—¿Cómo es que eres abstemio? ¿Has tenido problemas de alcoholismo?

Es algo muy habitual entre los músicos de su nivel. La fama, la presión, el miedo de no estar a la altura. Algunos pierden la confianza en sí mismos e intentan encontrarla en una botella o en alguna sustancia que les haga escaparse de su realidad. Espera que no sea ese su caso. Sería una lástima que alguien así se echara a perder.

Él levanta la mirada con expresión deshecha. Chloé se siente de pronto aturdida. Sabe que ha tocado una fibra dentro de él y que no le ha hecho la menor gracia. Le gustaría decir algo, que lo siente, que no hace falta que le conteste, pero entonces él separa los labios y cualquier cosa que Chloé pudiera decirle deja de importar.

—Mi padre era alcohólico —responde, con mirada abstraída—. No quiero tener nada en común con él.

Toda una serie de expresiones confusas cruzan el rostro de Chloé. Nota la faz tirante, el ceño fruncido, y su mirada se vuelve lejana, atraída por un pasado al que no le gustaría volver ni siquiera dentro de su cabeza.

—Ya. Te entiendo —susurra, manteniendo los ojos dispersos sobre el mantel—. Mi padre también es alcohólico. O al menos lo era antes de que lo encerraran. Ahora no tengo ni idea de cómo es. Hace veinte años que no lo veo.

Vincent ladea la cabeza hacia la derecha y sus ojos fluorescentes atrapan su mirada.

—¿Por qué lo encerraron? —Ella pone una sonrisa triste y desvía la mirada hacia el piano—. Si no me lo quieres decir, está bien. Siento haberlo preguntado. Normalmente no interrogo a la gente. No pretendía hacer que te sintieras…

—Mató a mi madre —lo frena Chloé, cuyos ojos se elevan de golpe y desgarran a los suyos. Vincent contiene el aliento y la mira con rostro de piedra. Al ver la mella que han hecho en él sus palabras, Chloé baja los párpados y se obliga a respirar hondo. La gente nunca quiere saber la verdad. Creen que sí, pero en cuanto la desvelas, se dan cuenta de que la verdad es demasiado para ellos—. Lo siento. No sé por qué te lo he dicho. Yo tampoco voy por ahí contándole esto a la gente.

En un impulso, él pone la mano encima de la suya. Está ceñudo y es evidente que intenta asimilarlo todo.

Los ojos de Chloé caen sobre sus manos entrelazadas. La está tocando, pero no se siente agredida ni incómoda. Es… agradable. Humano.

—Tranquila. Creo que los dos hemos dicho cosas que normalmente no diríamos.

Sus miradas se cruzan de nuevo. Intercambian una pequeña sonrisa cargada de desánimo y él la suelta y se echa hacia atrás en el asiento. Chloé busca algo que decir. Algo… neutro.

—¿Hace mucho que tocas en este bar?

—Medio año.

Él le devuelve la mirada, una mirada penetrante que la deja sin aire en los pulmones.

—Guau.

—En esta época es una locura. Falta poco para Navidad y andan escasos de personal. Me acaba de decir Claude que necesitan ayuda en la cocina. Aquí siempre se necesita algo en alguna parte.

Chloé se coloca un mechón caoba detrás de la oreja. Lleva el pelo largo, ondas grandes que cuelgan sobre sus hombros, y su rostro es muy blanco, un blanco casi impoluto, que hace que toda la atención de las personas caiga sobre sus ojos azules. Sabe que tiene un rostro simétrico, hermoso, de nariz pequeña, labios carnosos y pómulos marcados. El rostro es una de las cosas de las que más orgullosa está. Es idéntico al de su madre, y siempre que se mira en un espejo, tiene la sensación de que ella no se ha ido del todo. Sigue ahí, como si su esencia aún viviera a través de ella. Sonríe cuando ella sonríe y se pone triste cuando a ella la invade la tristeza.

Cada vez que se mira en un espejo, Chloé deja de sentir esa soledad desgarradora que hace veinte años que la acompaña como una sombra. Siente el amor materno que tanto ha anhelado volver a sentir.

Aunque la sensación solo dura poco más que unos segundos. Después, todo se apaga y una profunda soledad vuelve a apoderarse de ella.

Y en medio de esa soledad, el tiempo se ralentiza, los segundos se vuelven lentos y carentes de todo sentido, y lo único que puede ver es oscuridad, una oscuridad impenetrable, inhumana, un monstruo que se alimenta de cualquier sentimiento bueno y noble, de cualquier luz que se arriesga a acercarse. A diferencia del amor materno, la oscuridad la acompaña a todas partes, a todas horas. No hay forma de huir.

Ella es oscuridad.  

—Ah, ¿sí? —se obliga a hablar, carraspeando para desprenderse de su tono de voz enronquecido—. ¿Qué clase de ayuda?

Los dedos de Vincent están empeñados en hacer girar el tapón de la botella de agua. No la mira.

—Ya sabes, gente que friegue los platos y pele patadas y esa clase de cosas —responde sin conceder la menor importancia—. Nada complicado, dado que en el bar no preparan las comidas ni las cenas. Todo esto viene del restaurante del hotel —explica, señalando hacia su plato de postre.

—¿En serio? Pensaba que lo hacían aquí.

—No. Aquí solo preparan platos ligeros para los clientes del bar, tablas de picoteo y poco más. La actividad no es tan frenética como en el restaurante, así que ni siquiera necesitan personal cualificado. 

Chloé se aclara la voz por lo bajo, junta las manos en el regazo y se queda con los ojos clavados en sus nudillos.

—Si yo hablara con Claude sobre ese trabajo… ¿te molestaría?

—¿A mí? —Él frunce el ceño y la mira por fin a los ojos—. En absoluto. De hecho, si quieres, puedo hablar yo por ti. Se me da bien negociar. Seguro que te consigo las comidas gratis.

Ella se echa a reír. No es diversión. Solo es alivio.

—¿Harías eso por mí?

Él calla unos segundos y le dedica otra de sus miradas largas y penetrantes.

—Sí, Chloé. Haría eso por ti.

Chloé se muerde el labio y sonríe. A pesar de todo, el corazón se le ha encogido en el pecho, porque él tiene algo irresistible que consigue atravesar todas sus defensas. Por unos segundos sus ojos caen sobre sus labios y la pregunta de cómo sería besarle la distrae momentáneamente. Sería intenso, sin duda.

Se estremece y desvía la mirada de inmediato. No debe pensar en cosas así. Es una tontería.

—Hoy se cumplen veinte años —confiesa con voz abrupta.

—¿Qué?

—Desde que mi madre murió. Por eso no quería irme a casa. Gracias por la invitación. Yo…

Él niega despacio y pasea los ojos por todo su semblante. La mira como si quisiera grabarse su rostro en la memoria.

—No me des las gracias. No he hecho nada.

Pero lo ha hecho todo y Chloé solo puede sentir gratitud. Gratitud y algo más. ¿Mariposas en el estómago? Vaya tontería.

«¿Cuándo vas a madurar, Chloé?»

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