IGNORARTE Y OTRAS COSAS IMPOSIBLES – PRIMEROS CAPÍTULOS GRATIS

Diciembre 2018

La era de la soledad

Malditos propósitos de Año Nuevo

La historia nunca habría dado este giro de no haber sido porque, en una álgida noche de finales de 2018, una soltera de treinta y cuatro años llamada Pompeya llegó a la conclusión de que su vida era…

¡¡¡Un enorme fracaso!!!

De acuerdo, quizá no fuera todo tan melodramático como para usar tres signos de exclamación. Ahora que lo pienso mejor, la noche era más bien templada.

Los vientos del noroeste habían decidido emborracharse como todo hijo del vecino, colgar el cartel de cerrado por tiempo indefinido y pregonar ¡aquí no sopla ni Dios, joder!

Al fin y al cabo, se trataba de la noche más vieja del año. Los vientos del noroeste también se merecían un pequeño descanso, ¿no?

O, a lo mejor, los muy capullos habían ido a visitar a la familia y a dárselas de listos delante de sus primas, las ventiscas que aún seguían solteras y sin hijos.

Sea cual sea el motivo cósmico que generó tal extraño acontecimiento, el resultado me tocaba las narices. Una noche templada o suave no me servía de excusa para regodearme en la miseria. A casi diez grados por encima de cero como que no está justificado deprimirse en Nochevieja, ¿verdad?

Vaya que no. ¡Se supone que estás arropado por la calidez de toda tu familia!

Por desgracia, mi encantadora familia, lejos de querer arroparme con su calidez, no hacía más que preguntarse ―véase definición de egocentrismo en el diccionario― qué habían hecho mal para que yo siguiera soltera a mi honorable edad. ¿En serio? ¿Incluso mi puñetero estado civil era mérito suyo? Increíble.

―Nos pilló haciendo el amor cuando tenía tres años ―le explicó mi madre a una señora mayor.

Expulsé de golpe el vino que me acababa de tragar. No fue nada elegante.

―¡Mamá! ―clamé, tosiendo como una descosida―. ¡Eso no tiene nada que ver con mi estado civil! Y ni siquiera me acuerdo. Gracias a Dios…

―Debió de quedarse tan traumatizada que ahora no puede involucrarse en ninguna relación sentimental seria, pobrecita mía.

―¡Mamá, cállate ya! Papá, ¡di algo!

―Creo que tu madre tiene razón, cariño. Nos pillaste haciendo el amor.

―Ay, Dios. Necesito más vino. O un poco de cianuro. ¿Me disculpáis?

―Si a eso sumamos que está enamorada de su mejor amigo…

Abandoné la idea de ir a por otra copa de vino y me volví a sentar en la silla. Necesitaba algo más fuerte. Algo como ¡gritarle a mi madre y sacudirla para que reaccionara!

―¡Mamá, deja de repetir eso! ¡No estoy enamorada de Liam! ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

―Pero él la tiene en lo que los jóvenes llaman ahora la friendzone. O sea, ni contigo ni sin ti. Son una generación muy cruel. Nosotros éramos mucho más solidarios. Y protestábamos por todo. Ahora nunca salen a las calles a reivindicar nada.

―No estoy enamorada de Liam. No estoy enamorada de Liam ―repetí el mantra con los ojos en blanco, aunque nadie me hizo el menor caso― No-estoy-enamorada-DE-LIAM ―les grité para que me prestaran atención.

Se callaron, me miraron un segundo, confusos, y después retomaron su conversación.

―En mis tiempos, si un chico no te pedía matrimonio en la quinta cita, no debías verle más.

―Es imposible que esté enamorada de Liam. Im-po-si-ble. ¿Te lo digo en alemán? Nicht erhältlich, joder. Nicht erhältlich.

―Pero hoy en día se pueden tirar años y años saliendo y ¿para qué? Si luego no se casan.

―¿En portugués? Impossível.

―Es una chica fantástica. Pero esta relación de codependencia…

―¿En francés? Impossible.

―Lo admito, él es un chico muy guapo. Más que guapo. A mí me entran sofocos cada vez que le veo. Aunque puede que eso sea por la menopausia y que su firme y masculino rostro no tenga nada que ver. Se da un aire a lo Alain Delon. ¿Se acuerda de lo guapo que era de joven?

―En sueco. Te lo diré en sueco. Omöjlig.

―Es guapo, desde luego, es un diablo muy apuesto, pero no está enamorado de ella.

Un brillo de dolor cruzó mi mirada. Dejé de comportarme como una neurótica y mis ojos volaron hacia los de mi madre.

―No está enamorado de ti, cariño ―repitió, devolviéndome la mirada, una mirada larga y compasiva.

Vaya. Compasión, ¿eh? Uf. Qué duro.

Cogí aire en los pulmones y lo solté despacio. Mi mundo se había quedado de repente en silencio.

―Ya sé que no está enamorado de mí, mamá. Liam es un ligón. El amor no va con él. No está enamorado ni de mí ni de nadie.

―Por eso deberías encontrar a otra persona.

―No es Liam quien me impide hacerlo ―le expliqué con tristeza.

―En parte, sí. Sabes que sí.

Nos miramos durante un tiempo indeterminado, hasta que decidí no seguir adelante con esa conversación.

―Está bien. Voy un segundo al baño. —No podía seguir viendo ese brillo compasivo en los ojos marrones de mi madre―. Disculpadme.

Nadie dijo nada y obligué a mis piernas a sostener todo mi peso y a arrastrarlo lo más lejos posible de ahí. Sospechaba que mis padres se iban a enzarzar en una discusión en breve. Papá le echaría en cara a mamá el haber mencionado a Liam y ella defendería que alguien debía hacerme entrar en razón.

Lo de siempre.

Agarré una copa de vino de camino al baño y me la bebí delante del espejo. Cuando conseguí que estuviera completamente vacía (no me costó mucho, solo cuatro sorbitos de nada), la deposité sobre el lavabo y me quedé mirando mi propio reflejo en el espejo, hasta que, de pronto, bufé una sonrisa incrédula, dirigida hacia mis estúpidos pensamientos.

―¡Venga ya! No estás enamorada de Liam Taylor, ¿vale? Puede que te gusten sus electrizantes ojos azules y… ese aire de indiferencia con el que se pasea por la vida y… ¡de acuerdo! su perfecto conjunto de músculos y tendones. ¿Y cómo no iba a gustarte? Por Dios, ese hombre redefine el término de tableta. ¡Está como un queso! Y quieres darle un bocado. Sabes que sí. Un gran y sabroso bocado. Y, probablemente, quieras lamer el sudor de su cuerpo, de esos abdominales tan tensos y definidos… Pero fantasear con arrinconarlo contra la fotocopiadora y con desgarrarle su estúpida camisa cosida a mano en algún país tercermundista no quiere decir que estés enamorada de él. Superaste eso en la universidad. Eres inmune a todos sus encantos.

Solté un interminable soplido y apoyé las manos en el lavabo con gesto hastiado. Estaba dispuesta a negociar conmigo misma.

―Está bien. No te has inmunizado del todo. Pero sabes que no tienes ninguna posibilidad con él. Es un ligón. Un abejorro que vuela de flor en flor. ¡Es como George Clooney! Quieres tirarte a George Clooney, pero sabes que nunca podrías casarte con él, porque está completamente fuera de tu liga. Liam es tu George Clooney. Así que acéptalo de una vez y deja de darme el coñazo, joder.

Hice ademán de coger la copa, pero reparé en que estaba ya vacía. Mierda. Necesitaba suministros.

Me lancé una mirada de severidad a través del espejo, me apunté con el dedo índice como diciendo date por enterada y puse fin a la trifulca conmigo misma.

Cuando abandoné el baño, estaba mucho más calmada que al entrar. Incluso le sonreí a mi madre, que me miraba con preocupación.

¡Poppy!

Nicole, pletórica, ya que la muy condenada se había convertido en el centro de atención de la fiesta gracias a su nuevo embarazo, agitó la mano por si no la había visto aún.

Lo cual era imposible. Nicole, rubia, alta y tan, tan, hija de puta, era como un elefante que irrumpía en una cacharrería y arrasaba con todo a su paso. Incluida mi pobre y escasa autoestima…

―¡Poppy! Ven a sentarte con nosotros. Estamos impacientes por escuchar historias de tu glamurosa vida en la gran ciudad.

Estupendo. Otra mujer casada, y más joven que yo, que se creía capacitada para darme consejitos de amor.

Justo lo que me hacía falta, que la media naranja de mi primo ―limón cuando llegabas a conocerla mejor― me restregara por la cara su felicidad conyugal o que me contara, hasta la saturación, aquella historieta de la ancianita solterona que acabó devorada por sus ocho gatos.

Por el barrio circulaba el rumor de que los policías nunca consiguieron determinar si la pobre mujer estaba viva o muerta en el momento exacto en el que los feroces colmillos de los mininos se ensañaron con ella. Por supuesto, Nicole tenía sus teorías. Gores no, lo siguiente.

Según ella, si me lo contaba era para animarme, para que yo viera que había gente que lo pasaba peor que yo. Encima iba de altruista, la muy zorra.

De mala gana, encaminé mis pasos hacia su grupito, me coloqué el pelo oscuro tras las orejas y forcé una sonrisa para que nadie sospechara que empezaba a ponerme en plan homicida.

―Hola, chicos. Cuánto tiempo. ¡Feliz Año!

En vano intenté poner mi tono más entusiasta. Era evidente que me sentía incómoda. Los chicos me miraron con sonrisas ambiguas. Lo sabían. Olían mi miedo como los coyotes.

Tragué saliva y tensé los labios en un gesto aún más penoso. Ahí estaban todos ellos, juzgándome, lo veía en sus ojos, sus afilados y hambrientos ojos: mis primos Bob y Benji, los dos casados y con hijos, mi prima Ally, casada y con hijos, nuestros vecinos, Charles y Brianna, casados y con hijos…

Todos preguntándose qué tenía yo de malo.

Treinta personas, y la única que ni estaba casada ni tenía hijos era…

Pues sí, lo habéis adivinado. Era yo.

Ah, y mi hermano Colin, pero él no contaba para las estadísticas. Él era un playboy y a los playboys se les justifica todo hoy en día.

Que yo trabajase en el mejor bufete de abogados de Nueva York o que el colegio de abogados me hubiese designado la letrada más exitosa del año 2017 no tenía ninguna importancia a ojos de mis familiares y conocidos. ¿De qué sirve el éxito si no tienes con quién compartirlo?

En Connecticut, todo se resume a una sola pregunta: ¿estás casada?

Entonces, no hay nada más de lo que hablar, señorías. Que conste en acta que la acusada es una solterona neurótica. Golpe de martillo y zanjamos el asunto.

Deseé haberme quedado en casa, mi maravilloso piso de soltera en el que me esperaba un adorable gatito. Bueno, lo de adorable me lo acabo de inventar. Calcetines era más bien un gato que no estaba emocionalmente disponible, siguiendo la misma línea que todos los hombres de los que yo me enamoraba.

A pesar de ello, deseé haberme quedado en casa, haber compartido una conserva de atún y haber mirado juntos películas ñoñas hasta las tantas de la madrugada. Era todo cuanto teníamos en común el gato cabrón y yo: la debilidad por las películas ñoñas. Al igual que a mí, a Calcetines le encantaba una buena y lacrimógena película romántica. A veces se ponía delante de la televisión y golpeaba a Ingrid Bergman con la zarpa cada vez que esta acaparaba plano. Creo que le ponía cachondo o algo. Más de una vez le había pillado restregándose como un loco por su cara y babeando mi mueble del Ikea. Lo suyo era Atracción fatal en versión gatuna.

Si le había negado al pervertido michi el capricho de ver al objeto de todos sus deseos felinos era porque sabía que mi madre jamás me habría perdonado el desaire. En nuestro vecindario, la fiesta de Fin de Año en casa de mis padres se había convertido en todo un clásico de las fiestas. Peor que El Cascanueces o el pavo relleno en Navidad. A la gente de Connecticut le encantaba celebrar el Año Nuevo en casas ajenas.

Y con razón. No quería ni pensar en todo lo que había que recoger y fregar al día siguiente. ¿Por qué mi madre no colgaba también el cartel de cerrado por tiempo indefinido y se limitaba a pedir pizza para cuatro? Yo lo había disfrutado mucho más. Al menos así no habría tenido que fingir que estaba la leche de animada con mi glamurosa vida en la gran ciudad. Sarcasmo, sarcasmo y doblete de sarcasmo.

«Te estás convirtiendo en una solterona muy amargada, Pompeya. Dicen que el cinismo no resulta nada atractivo a tu edad».

Resoplé y miré a mi alrededor con aire decaído. ¿A qué hora se iban a largar a sus casas, por el amor de Dios? Ya era bastante tarde. ¿Es que nadie estaba cansado de tanta charla que te charla?

El salón de casa era todo un panorama. Migas de los canapés salpicaban las fuentes casi vacías, y las copas se llenaban cada vez más deprisa, conforme las voces se elevaban y se agudizaban, como suele pasar cuando uno toma cinco o seis lingotazos de más.

Los hijos de nuestros amigos y vecinos se habían ido a dormir hacía rato, y la conversación en el grupo de mis primos rozaba peligrosamente el terreno sexual. Los casados se afanan por conocer la vida amorosa de los demás. Les da mucho morbo saber que hay gente que aún se lo monta sin un test de ovulación de por medio.

No sé cómo lo consigues, Poppy. Si yo tuviera que salir todos los sábados a buscar un polvo, me volvería loca.

«Jajaja. Qué gracia la tuya, Nicole. No sé por qué no te han fichado aún para hacer de payaso en la tele».

Rechiné los dientes, fingí recolocarme el tirante de mi vestido negro de coctel y forcé una sonrisa tensa para impedir que los pensamientos se me trasparentaran en el rostro.

―Bueno, a ti no te hace falta. Tú tienes a Bob.

La pelota fue devuelta con dulzura, pero Nicole se percató de que mis ojos brillaron malignos al lanzar una mirada elocuente a la barriga cervecera del susodicho, que colgaba como un flan por encima de la cintura de sus pantalones de vestir.

Ugh, tenía pelusas en el ombligo.

¿Usaba Nicole la aspiradora para higienizar la zona? Yo sé que lo habría hecho.

―Es verdad ―coincidió ella, con una atiplada voz que alejó de mi mente la imagen de una mujer con una aspiradora, cantando I Want to Break Free―. No sé qué haría si no hubiese conocido a tu primo. Fue amor a primera vista. ¡Se me declaró en la décima cita!

Mentalmente me metí los dedos en la boca y simulé el gesto de vomitar.

«Sí, sí, sí, todos lo sabemos, Nicole. Cayó de rodillas y te dijo que o te casabas con él o se tiraba por un barranco. Eso no es romanticismo. ¡Es desequilibrio mental! Pura codependencia. Yo que tú, lo ingresaba en un psiquiátrico a la mayor brevedad posible».

Bob, por aportar algo a la conversación, y para que sus amigotes le rieran las gracias, nos deleitó con un eructo con olor a ajo. La sonrisa de Nicole se hizo añicos, y yo me sentí tan bah que decidí entretenerme con una copa de ponche.

―Cargadito ―le pedí a mi hermano Colin, al que agarré por la manga de la camisa para asegurarme de que me había entendido bien. 

Colin medio sonrió burlón.

―Te veo un poco tensa. ¿Necesitas que te rescate?

Como esto siga igual, necesitaré una catana Hattori Hanzō antes del amanecer ―farfullé entre dientes.

Me volví de cara a nuestros primos y amigos y compuse la mejor de mis sonrisas. Había que disimular.

Colin soltó una carcajada gutural y se fue a traerme la ansiada copa. Me quedé mirando las anchas espaldas que se abrían paso entre el gentío y no pude evitar preguntarme: ¿por qué a mí se me trataba de forma diferente?

Mi hermano tenía treinta y dos años y también estaba soltero. Es más, constaba en acta que salía a la calle en busca de polvos fáciles no solo los sábados, sino también los lunes, los martes, los miércoles… ¿Por qué nadie se metía con él? A todo el mundo le parecía que la vida neoyorquina y lasciva de Colin era la leche. Incluso le felicitaban por ser tan ligón.

¡Pero si Colin era como yo, solo que con pene! ¿Hola? ¿Nadie lo veía?

―Puñetera sociedad machista ―refunfuñé entre dientes.

―¿Qué has dicho, cielo?

―Que tengo que ir al dentista. Tengo una muela que me araña la lengua.

Nicole pestañeó incómoda.

―Oh. Lo siento mucho.

―Y yo, y yo.

A falta de una copa con la que entretenerme, empecé a ponerme cada vez de peor humor y a despotricar en contra del patriarcado.

Nunca había tenido envidia fálica, pero ahí estaba la idea, expandiéndose como brotes de hiedra venenosa por mi cerebro. Daba igual la dirección en la que yo dirigiera mis ideas. En el fondo, todos los caminos llevaban a una sola conclusión: si yo hubiese tenido pene, nadie me estaría dando el coñazo.

«Al final va a ser verdad eso de que son los penes y no los cerebros los que dominan el mundo».

El buenazo de Colin me trajo una copa, que me bebí de tres tragos y casi sin respirar. Necesitaba dejar de filosofar sobre la conspiración de los penes. Lo mío no era saludable. Ya estaba alterando los nombres de todas las series y películas que conocía, para que tuvieran un aire fálico, acorde con la misoginia de la sociedad en la que estábamos viviendo.

El señor de los penes.

Juego de penes.

Lo que el pene se llevó.

¿¡Dos penes y medio!?

Ugh.

Estaba horrorizada. ¿En qué clase de mundo retorcido estábamos viviendo si a todo se le podía conceder un aire fálico?

Incluso imaginé a Rick Blaine diciéndole a Ilsa Lund: siempre tendremos el pene. Así, con aire melodramático y ojos de cordero degollado. A fin de cuentas, era el final de una guerra mundial.

―Otra.

―Poppy…

Otra ―gruñí entre dientes, como la hermana mayor y abusona que era.

Ya estaba bien de tonterías, ¿no? Llevaba horas enteras aguantando miradas de compasión y forzando sonrisas incómodas cada vez que tocaba responder a la famosa pregunta que toda soltera mayor de veinticinco empieza a temer:

¿Hay alguien especial en tu vida?

 ¿Cómo conseguir que no se te quede cara de cuadro de Munch[1], si esa es la pregunta más gore que te pueden plantear en una fiesta llena de casados petulantes? Hubiese preferido la de: ¿alguna vez te han pegado la clamidia? Pues sí, no veas qué historieta más divertida. Espera a que te lo cuente.

Pero no, nunca te hacían esa pregunta. Me había preparado la anécdota unos diez años atrás y aún no había tenido la ocasión de soltársela a nadie.

―Bueno, no. En realidad, no, no hay nadie ahora mismo ―dije, como disculpándome, hecho que me enfureció al instante. ¿Por qué demonios me estaba disculpando con ellos? ¡Era mi puñetera vida!―. Es que… estoy muy centrada en mi carrera. Lo estoy dando todo. ¡A tope! Sí, voy a por todas ahora mismo. Casi estoy rozando el ascenso. Yo… no tendría tiempo… ¡Y ni siquiera quiero, no me malinterpretéis! Estoy muy feliz con mi vida actual. No cambiaría ni una coma. Mm-mm.

Nadie se tragó mi entusiasmo. Lo vi en sus caras de aves carroñeras.

―Oh. ―Pausa incómoda de Nicole y doble parpadeo inseguro. ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿POR QUÉ?!―. Tranquila, cielo, seguro que conocerás a alguien especial en breve.

Ay, Dios.

―Sin duda ―se dieron prisa los demás por animarme. Bob me dio lo que él consideraba una palmadita de consuelo en la espalda. El problema es que Bob era un tipo tan fortachón que su palmadita casi hizo que se me desgarrara uno de los pulmones. Al menos eso sentía yo mientras tosía como una desquiciada―. Ya verás como todo se arregla.

Seguí tosiendo.

―Y si ya no puedes tener hijos, siempre puedes adoptarlos ―añadió Charles con una sonrisa misericordiosa.

Se me quitaron todas las toses.

―¿¿Qué??―farfullé, aturdida.

―Sí, cielo. Seguro que este año consigues encauzar tu vida ―aseguró Benji.

―Encauzar mi vida. Ajá.

Me hundí en la perplejidad y paseé la mirada de un rostro al otro. ¿Por qué se comportaban como si yo hubiese sido condenada a cadena perpetua? Por Dios, ¡solo estaba soltera!

Me harté tanto de verlos compadecerse de mí que, tras la quinta copa de ponche, y bajo la amenaza de Colin de ingresarme en el programa Alcohólicos Anónimos, decidí aprovechar un descuido de Nicole y huir cobardemente. Iba a refugiarme en mi viejo cuarto, al menos hasta que la fiesta estuviese a punto de acabar. Un par de minutos de tranquilidad y unos cuantos lloriqueos. Era lo único cuanto necesitaba para dar la bienvenida a otro año de mierda, en el que la pobre Poppy seguirá siendo una solterona de treinta y cuatro años que sale a la calle todos los sábados en busca de polvos fáciles, y luego, ya satisfecha su enfermiza lujuria, regresa a un piso vacío, dónde solo la espera un degenerado minino, que, no nos dejemos seducir por sus ronroneos ―bien escasos, todo hay que decirlo―, planea devorarla dentro de unos veinte o treinta años. Viva o muerta, aún nadie lo sabe, aunque Nicole metería la mano en el fuego para defender la primera opción.

Qué panorama más deprimente. Si hubiese tenido una caja de bombones como Forrest Gump, me la habría zampado entera.

Para que nadie se percatara de que estaba a punto de escaquearme, me deslicé por las paredes con gran sigilo. Yo me veía a mí misma como a Spiderwoman, la mujer araña más rápida y letal del mundo.

Los demás, probablemente, verían al torpe agente Johnny English, ya que casi me cargo una lámpara de pared y el florero favorito de mi madre estuvo a tan solo un paso de desaparecer misteriosamente.

Jenny, la hija pequeña de Nicole, abrió los ojos azules de par en par cuando, nada más bajar la escalera, con su pijama de franela y el conejo de peluche apretado contra el pecho, vio lo que estaba haciendo yo.

Al principio, no supe a quién pertenecía esa maraña de rizos rubios. Habría jurado que era el caniche de la tía Molly. Pero el caniche habló, así que o yo estaba muy borracha o…

―¿Tía Poppy?

―Vaya, Jenny. Eres tú.

No, no era el caniche, aunque, en mi defensa, diré que cierto aire sí que se daba.

―¿Qué estás haciendo? ―me preguntó la niña, cuya voz se debatía entre el sueño y la curiosidad.

Sopesé la idea de decirle que intentaba huir del coco ―en este caso, su aborrecible madre―, pero cabía la posibilidad de que se pusiera a chillar y me delatara delante de los demás, así que me llevé un dedo a los labios, le pedí silencio con gesto serio, de persona adulta, y seguí adelante con mi táctica rápida y letal: pegada a la pared, di tres pasos deprisa y me detuve, miré a derecha e izquierda, me aseguré de que la zona estuviera despejada, y me volví a deslizar otros tres pasos más. Mejor no cuento cómo me arrastré por las escaleras. Ni el mismísimo Jean Claude Van Dame habría sido capaz de camuflarse de esa manera con la moqueta.

¿O quizá fuera el alcohol lo que me hacía verlo todo de forma mucho más grandilocuente?

Como fuera, conseguí llegar a la segunda planta, cerrar la puerta de la habitación a mis espaldas y desplomarme contra ella. Incluso empujé con fuerza, para que los malos pensamientos ―o, peor aún, ¡¡Nicole!!― no me siguieran más allá del umbral.

Admito que había tomado un poco más de ponche de lo habitual, aunque no creo que fuese el ponche de mi madre sino la desesperación lo que me impulsó a hundirme en las entrañas de la autocompasión y la miseria.

Comprendedlo, ahí estaba yo, de vuelta en mi antigua habitación, contemplándolo todo con expresión horrorizada ―y sujetándome al pomo de la puerta, porque el ponche vaya si era fuertecito―. La impresión de haber metido la pata hasta el fondo flotaba por encima de mí como una opresiva sombra gris.

Me fijé en los horrendos cuadros que colgaban de las paredes y, como cualquier ser con dos dedos de frente, hice una mueca de grima.

―Dios Santo, qué horror.

Luego recordé que alguien me dijo una vez que detrás de un cuadro horrendo siempre se oculta un recuerdo bonito y se me iluminaron los ojos.

Mi habitación estaba llena de recuerdos. Algunos bonitos. Pocos, cabe mencionar. La mayoría eran tan escalofriantes que había necesitado innumerables horas de terapia para poder borrarlos de mi subconsciente.

Así y todo, me pertenecían. Buenos o malos, los recuerdos formaban parte de mí. Una vida se compone de recuerdos de épocas pasadas y esperanzas para las épocas venideras.

Y muchas, muchas, fotos.

«Demasiadas», pensé con acritud. ¿Por qué nadie les había confiscado la Polaroid a mis padres?

«Ay, ¿esta es del día ese en el que casi gano las olimpiadas de matemáticas de mi instituto, de no haber sido porque en el último momento decidí intercambiar mi examen con el de Chris, el chico del que estaba enamorada en secreto?».

Chris, que llevaba unos dos años siendo un buen candidato para repetir curso, sacó una nota de 9,57 sobre 10, mientras que yo, que llevaba toda la vida coleccionando matrículas de honor, saqué un 2,49 sobre 10.

Fue tan polémico que me vi obligada a decir que estaba con la regla. Había que justificar de alguna forma ese nefasto resultado, y sabía que el director se lo tragaría. Hay hombres que siempre echan la culpa de todos los malos del mundo a nuestra regla. Son tan cortos de miras que no se les ocurre ninguna otra explicación.

Vaya, qué sentimental se ha puesto. Estará con la regla.

Cómo grita la hija-puta. Desde luego que es por la regla.

¿Se ha hundido el Titanic? Seguro que fue porque las mujeres que iban a bordo ¡tenían la puta regla, JODER!

Qué hartazgo.

Pero ya sabéis lo que dicen: si no puedes vencerlos, únete a ellos. Y, tristemente, yo me tragué mis principios, di un paso atrás en el feminismo y me uní. No estoy muy orgullosa de eso.

Chris, como él no tenía una regla a la que culpar, dijo a todo el mundo que se había tomado un Red Bull antes del examen.

Red Bull ab-reee la meeen-teee. El nuevo lema. Era mejor que el de Red Bull te da aaa-laas.

Quizá Chris se haya convertido ahora en la imagen oficial de la marca, porque, chico, ni el mismísimo Sebastian Vettel y sus cuatro títulos mundiales de F1 han conseguido darle tanta publicidad al gigante austriaco.

Después de esa hazaña, todo el mundo de mi instituto se enganchó al Red Bull. Y porque no había Internet ni leches que, si no, se habría hecho más viral que esa ridiculez de tirarse queso a la cara.

Mientras mi espesa mente de borrachina se distraía preguntándose por qué alguien en su sano juicio se tiraría una loncha de queso a la cara, mi cuerpo se acercó a la pared y mi mano agarró uno de los cuadros para mirarlo más de cerca.

Sentí nostalgia.

Y nauseas por el ponche.

Pero, sobre todo, nostalgia.

¿Qué había sido de esa valiente joven que se había atrevido a comerse el bocadillo más grande del mundo, a ganar el concurso de bocadillos gigantes y luego a sonreír con tanta fuerza que tan solo la diosa de la fortuna consiguió que no estallara la lente de la Polaroid de sus padres de lo fea que era la jodía?

Ugh, tuve que dar la vuelta al marco, porque vaya si era fea.

Pero, al margen de su poco agraciado aspecto físico, y aquí es dónde mejora el asunto, esa chica era intrépida, divertida, brava…Si con esas pintas de pirada y ese brote de acné en las mejillas se había atrevido a besar a Chris Mitchell, el chico más guapo de todo el insti, y luego no se había ahorcado con la cinta de una casete de Pink Floyd cuando Chris le había hecho saber, sin nada de delicadeza, que su aliento olía a cebolla rancia.

Ops. El bocadillo gigante. Es lo que tiene ingerir de golpe cuatro kilos de comida, Chris. Parece mentira que no lo supieras entonces.

Con un suspiro nostálgico, volví a dar la vuelta al cuadro y lo estudié con renovado interés.

Sentía que, de alguna forma, había decepcionado a esa chica. De acuerdo, yo tenía un diploma de Harvard y ella no. Y yo tenía una perfecta dentadura de la que presumir y ella no. Y, mi aliento, desde luego, ya no olía a cebolla rancia.

Pero, por lo demás, mi vida era un fiasco.

―¿Cómo has acabado así, Pompeya?  ―me pregunté en voz alta.

Me desplomé sobre la cama con aire teatral, apreté el cuadro contra el pecho y busqué la respuesta en las esquinas de esos doce metros cuadrados que me rodeaban. 

Para estupor mío, mi viejo cuarto, la leonera, como solían llamarlo mis padres, conservaba intactas las huellas de mi aborrescencia: el poster de Kurt Cobain ―¡sin camiseta!, ñam ñam― cubriendo toda la puerta, mi foto con un disfraz de Sailor Moon, otra foto mía, no muy favorecedora, me temo, vestida de Buffy Cazavampiros, con aparato dental y una sonrisa tan espantosa que los pobres vampiros se habrían desmayado del susto de habérseme acercado…

«¿Y aún me pregunto por qué no perdí la virginidad hasta los veinte? ¡Cristo bendito!»

Sacudí la cabeza para desechar el pensamiento de la virginidad de mi cabeza ―no estaba yo para más distracciones― y dejé que mis ideas siguieran ahondando como una taladradora, hasta que, poco a poco, la realidad empezó a adquirir contorno, a abrumarme.

Fue en ese momento y en ese lugar, ahí tumbada sobre las sábanas de Sabrina la bruja, rodeada de huellas de todo mi pasado nerd, donde comprendí por fin que… bueno, que, en resumidas cuentas, la había cagado.

Del todo.

Sí. Hasta el fondo.

―Ay, Dios.

Necesité un momento para asimilarlo.

―¡Ay, Dios! ―grité, incorporándome en la cama.

No, no podía asimilarlo.

―Ay, Dios…

Volví a deslomarme. Estaba sin fuerzas.

Se suponía que había superado esa etapa de mi vida, ¿no? Yo ya no era la fracasada de la clase, la que no conseguía que los chicos guapos saliesen con ella, a no ser que les hiciese los deberes y los exámenes, cosa que hice durante casi dos años por Chris.

Y, a pesar de todo, me había dado plantón. Maldito, maldito Chris. De no haber sido tan guapo… Y surfero…

«Cielos, cómo agitaba la melena rubia en el viento en ese viaje de fin de curso a California».

―Céntrate, Pompeya.

¿Qué estaba diciendo antes de que la melena y la sonrisa adolescente de Chris me hicieran perder el hilo?

Ah, sí, que yo ya no era esa. Había cambiado. Era otra. ¡Miradme! ¡Soy diferente!, clamaba algo dentro de mí. ¿Por qué ese cambio no se reflejaba en mi vida actual?

Las revistas femeninas me habían prometido una vida mejor.

Y los psicólogos infantiles también.

¿Dónde estaba esa vida ahora? ¿Me habían tangado?

Porque, afrontémoslo, nada había cambiado. To-do seguía exactamente igual. La habitación, mi vida sentimental, mi casi inexistente popularidad entre los chicos guapos, mi estúpido nombre en honor a la antigua ciudad romana destruida por un volcán…

Y, de pronto, se me ocurrió. Así, a través de las nubes etílicas que flotaban por mi mente, una idea estalló como un rayo. A fin de cuentas, borracha o no, yo era una persona inteligente. Ergo, pensaba.

Y en ese momento pensé algo que me sorprendió incluso a mí misma:

«¡Las cosas no cambian, Pompeya! Las cambiamos. La libertad nadie te la otorga. Hay que arrebatarla. ¿Qué pasa con el feminismo? ¿Crees que los hombres reconocerán alguna vez nuestros derechos y la igualdad de los sexos? De eso nada. Tendremos que luchar para conseguirlo. Vale, no en plan Xena, pero ya estás pillando la idea, ¿verdad?»

Qué teoría tan interesante. Seguí dándole vueltas.

Un momento, un momento, para que me aclare mejor. Entonces, si lo que hay que hacer es cambiar las cosas, ¿quería eso decir que yo podía hacerlo? ¿Podía cambiar mi vida, en lugar de lamentarme y esperar a que cambiara por sí sola?

Me incorporé con brusquedad y se me fueron dilatando los ojos gradualmente, conforme las ideas revolucionarias se encendían en mi cabeza como las luces de un árbol de navidad. Simone de Beauvoir, Amelia Earhart, Frida Kahlo. ¡Claro que yo también podía! ¡Podía hacer lo que quisiese! ¡Tenía las riendas de mi vida! Yo era una mujer madura, independiente y muy sexy.

Vale, eso me sonaba a demasiado entusiasmo, así que probé suerte de nuevo.

«¿Mona?», me propuse, esperanzada.

«Quizá solo pasable, si tienes en cuenta tu corto historial de conquistas…»

«Bueno, ¡tampoco nos distraigamos poniendo etiquetas ridículas! », me regañé a mí misma con creciente irritación. «Retrocedamos hasta la parte en la que tenías el poder. I’ve got the power».

De imprevisto, mi subconsciente empezó a bailotear como un desquiciado la canción de Snap y yo fui relegada a los noventa, época de aparatos dentales espantosos y sandalias Jelly llevadas con Calcetines.  

¡Qué coño! ¡Pues claro que iba a cambiar las cosas! ¡Ya lo creo que las iba a cambiar! Abe Lincoln lo había hecho. Mahatma Gandhi lo había hecho. ¡Miley Cyrus lo había hecho!

Después de ella, nadie volverá a mirar una bola de demolición de la misma manera…

Si ellos lo habían conseguido, yo también podía.

¡Por Dios! ¡Si incluso había conseguido dejar de llevar plataformas kilométricas y botas de leopardo! Por supuesto que iba a conseguir cambiar mi vida.

¿Cómo? Muy fácil. Era Nochevieja. Lo único que tenía que hacer era mover el culo de la cama y elaborar una lista de propósitos de Año Nuevo. Lo de los propósitos de Año Nuevo, para que os enteréis, funciona más o menos como lo de las velas de una tarta de cumpleaños y los deseos.

O como las estrellas fugaces y los deseos.

O como los Chrises Mitchells del mundo y los deseos de perder la virginidad.

Lo habéis pillado, ¿no? Es algo mágico.

Y yo iba a conseguirlo.

Animada, me levanté de la cama tambaleándome, descorrí el chirriante cajón de mi viejo escritorio y busqué una hoja y un bolígrafo. Encontré mi antiguo diario y un boli de esos de cuatro colores. Qué maravilla de época. Ni Ikea ni leches. Eso sí que era ahorrar espacio. Cuatro bolígrafos en uno solo. Chuparos esa, fanáticos del orden. Por no mencionar lo mucho que esa reliquia de los noventa favorecía el descenso de plásticos de nuestros océanos.

Fiel defensora de los bolígrafos cuatro en uno, y apostando por un planeta más limpio y sostenible, lo probé para ver si aún pintaba. Aunque solo funcionaba el verde, me era suficiente para confeccionar mi lista de deseos.

―Allá vamos, Pompeya. Tú tienes el poder de cambiar tu vida. I’ve got the power.

Con una sonrisa de borrachuza, me senté en la cama, doblé los pies por debajo del cuerpo y formulé en voz alta todos mis deseos de Año Nuevo. ¿Qué era lo que yo quería?

Pues bien, quería lo siguiente:

Propósitos de Año Nuevo de Pompeya Cornelia Montgomery y cómo conseguirlos.

  1. Reinventarse: leer más libros sobre el Dalai Lama.
  2. Tomárselo todo con más calma. Eliminar el estrés. Menudencias. Con silenciar a Liam consigo todo lo anterior. Bien pesadito que es. Y ese sex appeal es mejor evitarlo. SI-LEN-CIAR a Liam. Esto está chupado.
  3. Dejar de comprar zapatos. Comprar zapatos solo en rebajas. Tampoco vayamos a hacer el gilipollas ahora.
  4. Apuntarse al gimnasio. Me da fatiga solo de pensarlo. Mejor empiezo tomando el café sin extra de azúcar, ¿no? Poco a poco. No vaya ser que me dé una embolia.
  5. Dejar el tabaco. ¿No es muy drástico? El Año Nuevo no es como el genio de la lámpara. ¿Qué tal si fumo solo cinco cigarrillos al día y sigo una dieta más saludable?
  6. Encontrar al hombre de mi vida. Esto NO es negociable.
  7. Ser madre. Esto tampoco debería ser negociable, Pompeya. Como tu madre no deja de repetirte, tus óvulos se extinguen con cada día que pasa. ¿Y si dentro de un año no te quedara ninguno? Ay, Dios.
  8. Dejar de hablar con una misma. Denotas cierto desequilibrio mental.
  9. Dejar de referirse a una misma como una.

Me faltaba una cosa para que la lista de los propósitos fuera como la tabla de los diez mandamientos de Moisés, pero no se me ocurrió nada que añadir y decidí dejarlo en blanco. Lo añadiría llegado el momento. El último propósito era el factor sorpresa.

Enero 2019

Los vientos del cambio azotan Manhattan

Solteros de Manhattan

Uf. Con la vuelta al trabajo después de las vacaciones de invierno convertida en una ineludible realidad, no pude evitar pensar en una enorme cuesta arriba casi imposible de trepar. Rutina. Estrés. La falta de taxis disponibles…

―En Manhattan vivimos amargados ―aseguró Bea, de Recursos Humanos, mientras algunos compañeros del trabajo tomábamos un café en el Starbucks a primerísima hora de un lunes laboral―. Encontrar pareja se está volviendo cada vez más complicado de conseguir. No eres tú, cielo. Es todo nuestro puñetero siglo. Míranos. Estamos predestinados a morir solteros y neuróticos. ¡No tenemos tiempo para enamorarnos! Yo apenas tengo tiempo para depilarme las cejas. ¿Lo veis? Las llevo mal depiladas casi siempre.

Bea se bajó las gafas de montura amarilla limón por la nariz ―ella y Laila eran un estallido de colores en medio de los aburridos trajes negros o grises que llevábamos los demás―, y se inclinó por encima de la mesa. Todos contemplamos durante unos segundos los pelitos pelirrojos que asomaban por debajo de la línea de sus cejas. Luego, perdido el interés, nos enderezamos en nuestros asientos y nos aferramos a los vasos de café como si nos fuera la vida en ello.

―Y no solo las prisas. Tampoco tenemos a nadie que nos enamore ―rebatió Laila de Marketing, con la voz arrastrando cierto retintín de amargura―. No dejo de preguntármelo: ¿dónde demonios se esconden los hombres buenos? El año pasado intenté de todo para cruzarme con uno: me apunté a clases de cocina, salí a correr por Central Park, fui a la playa todos los fines de semana libres…

―¿Lo cual te parece mucho? ―probó suerte Tom, un abogado que llevaba la competitividad en su código genético, al igual que la aptitud para fastidiar a Laila―. Mi hermana se rebajó tanto que permitió que sus amigos felizmente casados le presentaran a alguien de su círculo más cercano en una cita a ciegas.

La expresión burlona de Thomas nos desveló el desenlace del asunto.

―Ugh, vaya ―rechiné los dientes con expresión de grima―. Craso error. Eso nunca sale bien. De alguna forma, los maridos de tus amigas siempre se las ingenian para presentarte a sus conocidos más imbéciles. Quizá para mostrar cierta superioridad delante de sus mujeres. Mira, cielo, si me dejas, esto es lo que te espera.

Tom se rio con ganas. Supuse que a su hermana le había pasado precisamente eso.

―Nena, como sea, tú no te obsesiones.

Le dispensé a Bea una mirada hastiada.

―¡No lo hago! Si yo ni siquiera sé si de verdad quiero encontrar pareja y tener hijos. Si me lo estoy planteando es solo por culpa de la maldita presión social. En cuanto cruzas el umbral de los treinta, todo el mundo espera que te cases, y se creen capacitados para decírtelo en cada cena, comida o entierro familiar. Nuestra familia está condenada a la extinción. Teníais que haber visto a mi padre, lo melodramático que se puso en medio de la cena de Navidad. De tu hermano nunca hemos esperado nada. Es una cabeza hueca. ¿Pero tú? Lo único que tenías que hacer era darme un nieto y ni siquiera eres capaz de hacer eso bien. ¡Y todos estos años yo pensando que con una carrera en Harvard era más que suficiente!

―Pues claro que lo es, joder. Más quisiera yo tener un diploma de Harvard y no de la Universidad de la Zarigüeya Malvada. ―Tom era de Alaska. Siempre se metía con sus orígenes provincianos, para evitar que otros lo hicieran por él. El mundo de la abogacía es muy cruel. Si no has ido a Harvard, no eres relevante―. Tú lo tienes todo. No le des más vueltas. Eres lista, triunfadora…

―Y soltera. En el fondo, es la única etiqueta que te ponen: la de la solterona.

Laila sí que sabía cómo infundirle ánimos a una.

Tom, el cual odiaba ser interrumpido, la fulminó con la mirada. Esos dos nunca se habían llevado demasiado bien. Tom, gélido, controlador ―macho despótico, al fin y al cabo―, tachaba a la volátil Laila de descerebrada y jamás la tomaba en cuenta para los asuntos serios.

Por el otro lado, Laila, extática/depresiva y más espiritual que Whoopi Goldberg en Ghost, percibía la hostilidad y respondía con la misma moneda.

Si se aguantaban mutuamente era solo porque yo les caía bien a ambos.

―Resulta que sí que hay que darle vueltas ―dije para distraerlos de su enfrentamiento visual―. Muchas vueltas. Más vueltas que a una puñetera ruleta rusa. Escuchad lo que me dijo mi propia madre. Escuchad y santiguaros.

―¿Tan grave es?

La pregunta de Bea me hizo asentir con gran solemnidad.

―Peor. Justo antes de montarme en el tren, me cogió por el brazo y me susurró: Nosotros te tenemos a ti, bizcochito. Pero tú no tienes a nadie. ¿Quién va a llevarte a una residencia? ¿Es que a eso se resume la vida de un ser humano hoy en día? ¿La gran pregunta que inspira a los poetas es: quién va a encerrarte en un asilo apestado de viejos chocheando cuando te fallen las fuerzas para poder irte por tu propio pie?

Las carcajadas de mis amigos estallaron por toda la cafetería. Los miré con cara de pitbull hambriento. No me apetecía mucho reírme. Un poco de seriedad, joder. Estábamos ante un asunto de extrema importancia. ¡Iba a morir soltera! ¡Sin nadie que me encerrara en un asilo!

―No te vuelvas loca, Poppy ―me tranquilizó la siempre aplomada Bea, la cual me instó a respirar con un gesto muy zen―. Percibo cierto aire de histeria en tus palabras. Aún te quedan unos ocho años por delante para responder a esa pregunta. Ahora estás escocida y es normal, te ha tocado pasar las vacaciones en casa de tu familia y las familias están todo el rato dándole el coñazo a una. Pero en febrero ni te acordarás. Y si te acuerdas, te parecerá una ridiculez.

―Ya lo sé. Pero ojalá la gente me dejara vivir tranquila durante un rato. Clearblue no para de bombardearme con sus estúpidos anuncios sobre los test de ovulación. Por Dios bendito, ¡incluso mi horóscopo de este año decía que va siendo hora de tener hijos! Por lo visto, es mi año más fértil, porque la luna está en mi casa. Lo que sea que eso signifique.

―Pues que la luna está de tu parte. ¡Eso es genial!

Le dediqué a Laila una mueca de fatiga. Lo que menos me hacía falta era una Laila mística.

―Es que no lo entiendo ―seguí encabronándome―. Da la impresión de que en la vida de un ser humano todo se resume a una función muy básica: la reproducción. Tu éxito ya no se mide en cifras o seguidores de Instagram, sino en la cantidad de veces que te has reproducido. Y si alguien de la isla de Manhattan ha puesto un anillo en tu dedo, entonces ¡enhorabuena, joder! ¡Eres la puñetera Jackie Kennedy de nuestros tiempos! Menudo hartazgo.

Hundí la cabeza entre las manos y me desplomé sobre la mesa.

―Cierto. ―Tom me dio la razón como a un loco. Lo miré ceñuda, a sabiendas de que todo aquello le importaba un pito. Él no sentía presión social por encontrar pareja. ¡Era un hombre!―. Pero no permitas que la histeria y la desesperación se apoderen de ti tan pronto, ¿eh? ―intentó animarme sin demasiado éxito―. Señoritas, dejemos de agobiarnos cuando nuestros amigos casados vengan a presumir delante de nosotros de lo feliz que es su vida conyugal, follando una vez cada cinco meses, con suerte, y peleándose cada cinco horas por las cosas más ridículas del mundo, como por ejemplo con quién cenar en Nochebuena, los padres de él o los padres de ella, una pregunta imposible de responder sin aludir al divorcio.

Bajo la visión de Tom, el matrimonio no parecía demasiado atrayente.

Y él sabía de lo que estaba hablando. A fin de cuentas, era abogado matrimonialista y soltero empedernido.

―Tienes razón ―caí de pronto―. ¡Que les zurzan! Este es nuestro mejor momento. Tenemos por delante trescientos sesenta y cinco días para encontrar a alguien especial. Dos mil diecinueve es el año de los grandes cambios y las grandes esperanzas, a lo Dickens, y yo lo estoy empezando con una buena lista de propósitos y una amplia sonrisa. Chicas, presiento que este año voy a comerme el mundo.

¿Chicas?

Mi sonrisa entusiasmada se borró al instante ante el tono refunfuñón de Tom.

―Tú ya me entiendes.

―No, no lo entiendo. Siempre me discrimináis por ser hombre ―me reprochó con ademanes ofendidos―. Me quejaría a Recursos Humanos, pero resulta que la responsable de departamento está aquí, ¡discriminándome! No sé por qué aún quedo con vosotras, brujas.

―Porque nadie le aguanta ―le susurró Laila a Bea―. Es un solterón carca.

Bea intentó sin demasiado éxito contener la risa. Decidí intervenir antes de que Tom se percatara de la jugada.

―Bueno, tengo que irme. ¿Vienes, Tommy?

―Nop. Adelántate, cielo. Yo tengo un juicio dentro de unos cuarenta minutos. Un gilipollas que se tira a su secretaría.

―Ugh. Vale. Ya nos veremos, entonces. Espero que ganes.

―Tranquila. Le tengo pillado por los huevos.

Quise pensar que eso no era en el sentido más literal de la palabra, pero con Tom nunca se sabía. Era una criatura sanguinaria.

Les lancé un beso a las chicas ―y al discriminado Tom―, pillé un café para llevar y salí por la puerta con la seguridad que tan solo una mujer que está preparada para comerse el mundo podría sentir.

*****

Mi seguridad duró solo hasta que llegué al bufete. Porque nada más abrirse las puertas del ascensor y toparme con la persona a la que se suponía que debía evitar a toda costa, obviamente experimenté unas tremendas ganas de dar media vuelta y esconderme en el refugio de mi apartamento, tras cajas y cajas de helado marca Ben&Jerry’s y todas las versiones posibles de la película Cumbres Borrascosas.

Sí, incluida la de Bollywood, la cual, la verdad sea dicha, me parecía una lamentable y teatral versión de Slumdog Millionaire.

Mientras yo despotricaba en contra de los guionistas danzarines (¿en serio? ¿Un Heathcliff danzarín?):

―¡Montgomery! ―exclamó el no grato, cuyos labios se desplegaron en una amplia sonrisa de infarto―. Justo la chica a la que quería ver. Feliz Año. ¿Dónde te habías metido? ¿No hay cobertura de móvil en Míchigan? Llevo dos semanas llamándote como un poseso. ¿Por qué no me contestas a los mensajes?

Señoras y señores: ¡Liam Taylor!

Ya. ¡Basta! Dejad de aplaudir de una vez. Ya sé que es guapo. Comportémonos como adultos.

Como iba diciendo: Liam Taylor.

Profesión: seductor.

Aficiones: las mujeres. Todas ellas. Cuantas más, mejor. Las modelos anoréxicas eran sus favoritas. Aunque no hacía ascos a nadie.

Aspecto: traje de sastre, sonrisa ladeada que marcaba hoyuelos, mandíbula definida, ojazos azules, en ese momento chispeantes como una hoguera… Uf. Mis pobres hormonas ya estaban hiperventilando.

Aparte de ser guapo, Liam era el abogado más incansable del bufete y el principal motivo de estrés de mi vida.

En una palabra: perfecto.

En dos palabras: perfectamente apetecible.

En cuatro palabras: perfectamente letal para cualquiera.

Si no me fallaba la memoria, y raras veces suele fallarme, uno de mis propósitos de Año Nuevo mencionaba a Liam junto a la palabra silenciar, que también significa enmudecer o amordazar.

«Hm. Lo de amordazar a Liam no es tan mala idea. Le daré vueltas al tema. Estaría perfecto con un bozal».

«Ay, no, no pienses en Liam desnudo y musculoso, llevando solo un bozal. Hush hush, ideas malignas».

―No tengo tiempo ―lo frené mientras avanzaba decidida por el pasillo enmoquetado. Quería conservar esa seguridad de la mujer que está preparada para comerse el mundo. Me gustaba verme a mí misma reflejada desde esa perspectiva. Sentaba de maravilla.

Café en la mano, di un golpecito de cadera a la puerta de mi despacho, entré y dejé las cosas encima del escritorio. Liam me siguió y cerró a sus espaldas. Lo ignoré y, con gestos tranquilos, me quité el abrigo y lo colgué en el perchero. Vi de reojo que se sentaba en mi silla, pero me concentré en desenrollarme la bufanda, en sacudirla para quitarle la llovizna de encima y en colgarla junto al abrigo. Aplomo ante todo.

―¿Qué te pasa? ¿Por qué me estás evitando la mirada? ¿Te has pasado las navidades pensando en mi insoportable buen aspecto y ahora te da vergüenza mirarme a la cara?

Me volví con parsimonia y lo miré con rostro inexpresivo. Liam, repantigando en mi sillón ejecutivo, se balanceaba de un lado al otro, con los pies subidos encima de la mesa, mientras medio sonreía y me contemplaba con unos ojos azules tan penetrantes que habrían elevado la temperatura corporal a cualquier mujer heterosexual con sangre en las venas.

Vamos a dejar clara una cosa desde el principio: no, no estaba enamorada de Liam Taylor. Que soñara con arrancarle la camisa cada vez que me lo cruzaba en el pasillo del trabajo no significaba absolutamente nada. Hormonas pre menopáusicas. A cualquiera le habría pasado lo mismo en su presencia. Era cierto que había estado colada por él en algún momento de mi vida, pero hacía años que había comprendido que estaba totalmente fuera de mi alcance y ahora solo lo veía como a un amigo.

Un amigo al que había intentado besar la última vez que nos habíamos visto.

«Uf. Qué patética eres, joder».

Un aluvión de imágenes de la cena de empresa regresó a mi mente para seguir atormentándome. Me había pasado con la bebida ―qué raro en mí― y me había lanzado a los brazos de Liam.

Lo cual era una soberana gilipollez. Era mi mejor amigo y en la amistad hay líneas infranqueables.

No digo yo que si él me hubiese correspondido con un entusiasmo similar al mío no hubiese franqueado esas líneas. Solo digo que fue una estupidez tirarle los tejos a un amigo.

¿Y, de todas formas, a quién se le ocurre hacer cenas de empresa? ¿Es que no sabemos que la gente suele perder la compostura cuando hay barra libre de por medio?

―¿Poppy? ―Liam frunció el ceño, gesto que daba a su rostro cuadrado y anguloso un aire ridículamente sexy―. Era una broma. Ríete.

―No tengo tiempo para reírme. ―Me dirigí a la puerta, la abrí y la sostuve para él―. Si me haces el favor…

Me miró ofendido. Su cara era todo un poema.

―¿Qué he hecho yo, aparte de echarte de menos como el fiel lacayo, siervo, sirviente que soy?

Así era Liam. Siempre derrochando encanto sureño.

―Tú, nada. Tú nunca haces nada ―ironía ante la cual él me dedicó su sonrisa más inocente―. Pero uno de mis propósitos de Año Nuevo es ignorarte, y esta soy yo ignorándote. Adiós.

―Espera. ¿Qué?

―Pues, verás, he llegado a la conclusión de que tú, señor Taylor, eres uno de los principales motivos de estrés de mi vida y he decidido erradicarte. Este año apuesto por una existencia más saludable. Ensaladas, zumos naturales y nada de Liams en mi vida. ¿Te acuerdas de mis dolores de estómago del año pasado?

―Como para olvidarse. Te quejabas a diario.

―Estas vacaciones fui a hacerme unas pruebas y el médico dice que tú eres el causante de todo.

Liam enarcó las cejas y me miró receloso.

―¿Yo? ¿Eso te dijo el médico?

―Con otras palabras. Pero sí.

―¿Cuál fue el diagnóstico exacto?

Qué manía con abrir el hilo en cuatro. Siempre le daba la vuelta a la tortilla para sacar beneficios propios.

―Problemas digestivos causados por el estrés y la mala alimentación ―me vi obligada a admitir.

―Ajá ―se jactó él, satisfecho por mi respuesta―. Entonces no fue culpa mía.

―¡Tú eres lo que se oculta detrás del estrés y la mala alimentación! ―rebatí a gritos―. Me hiciste comer durante un año entero en el KFC. ¡A diario!

―¡Protesto! ―exclamó con aire contrariado―. Además, teníamos veinte años. La infracción ha prescrito.

―Protesta en otra parte. Llevas aquí menos de un minuto y ya me empiezo a notar nerviosa.

—Eso es porque te pongo.

Me guiñó el ojo y yo le dediqué mi expresión más exasperada.

Antes de abalanzarme sobre él en la cena de empresa, esos chistecitos sexuales tenían su gracia. Ahora ya no. Ahora me hacían ruborizarme y sentirme muy incómoda.

—¡Fuera! —grité, antes de que se percatara del rubor que cubría mis mejillas. Porque sí, me ponía. Mucho.

Liam me miró con cara de pocos amigos.

Al comprender que hablaba en serio, exhaló con exasperación, se levantó y vino hacia mí. Descansó las manos en mis hombros y puso los ojos a la misma altura que los míos. No sé cómo lo conseguía, pero lucía un aire paternal tan sexy que hizo que se me secara la garganta. Seguro que podía escuchar mi estúpido corazón latir deprisa.

―¿Hasta cuándo vas a seguir con esta ridícula actitud? ―preguntó, con una voz tan cálida como el caramelo derretido.

«Tú puedes, Pompeya. Liam Taylor es como un demonio al que necesitas exorcizar. Coge el crucifijo y manos a la obra».

―Toda la vida ―me obligué a gruñir.

―No puedes ignorarme. Trabajamos juntos.

La mayor desgracia de todas. Trabajar con alguien inalcanzable, irresistible, ingenioso…

«Vale. Se acabaron los adjetivos positivos, Pompeya».

―Pediré que me manden a trabajar a la Costa Oeste. De todas formas, Nueva York me empieza a aburrir.

Liam intentaba, sin demasiado éxito, no sonreír. Mi madre tenía razón. Era un diablo muy guapo.

―¿Ah, sí? ¿Y a quién se lo vas a pedir?

―Al jefe. ¿A quién sino?

―Ja ―se regocijó mientras se apartaba de mí con una gran sonrisa de autosuficiencia.

―¿Qué? ¿Tengo restos de nata en las comisuras de los labios?

―JA.

Arrugué la nariz y escruté su rostro en busca de respuestas.

No, esa sonrisa petulante no se debía a que yo me había manchado al tomar un capuchino. Era por algo mucho más gordo que eso. Me lo decía mi sentido arácnido.

―¿Por qué te jactas tanto?

―Porque, mientras tú estabas de vacaciones en Wichita…

―Connecticut.

―¿Qué más da? El caso es que el jefe se ha marchado.

―¿Maddox se ha ido?

―Sí, señora.

―¿Y quién es el mandamás ahora?

―A ver si lo adivinas.

―No ―dije incrédula, aunque en el fondo de mi corazón sabía que era cierto. Porque no había nadie en todo el bufete que se lo mereciera más. Nadie más trabajador, más aplicado o más preparado para ese trabajo.

Liam se cruzó de brazos y su habitual media sonrisa canalla empezó a elevar poco a poco el lado derecho de su boca, su suave y bien formada boca, que yo había intentado cubrir con la mía sin pararme a pensar en las consecuencias. Ay, Dios.

―Por las arrugas que asoman en tu frente, diría que ya lo has adivinado.

En otro momento me habría preocupado por lo de las arrugas, pero ahora estaba patidifusa.

―¿Te han nombrado socio gerente?

―Sip. Lo cual me convierte en tu jefe. Lo cual me da potestad para rechazar tu solicitud. ¿Me has oído, Poppy? Re-cha-zo tu solicitud de cambio de ciudad y costa. Te quedarás en la Costa Este porque tú y yo estamos juntos desde el primer día de universidad, y no voy a dejar que tus mierdas zen se interpongan entre nosotros. Somos perfectos juntos. Yo soy tu Bonnie, tú eres mi Clyde, y las cosas no van a cambiar jamás. Me gusta mi vida tal y como es. Todo encajado a la perfección. Una enorme obra maestra de la organización. Y, lamento decírtelo, cariño, pero tú estás en ella y no vas a irte a ninguna parte.

―Tu discurso no ha sonado para nada obsesivo compulsivo. ¿Y eres consciente de que el chico era Clyde?

―Por supuesto. Pero tú tienes un poderoso aire masculino con ese traje negro. ¿Nunca te has planteado llevar falda? Estarías monísima. Por no decir que resulta mucho más excitante quitarle la falda a una mujer. El pantalón es algo… grrrr… un poco gay, la verdad. Cariño, quiero meterme en tus pantalones. Esa frase le quita el rollo a cualquiera. 

Eso había que cortarlo por lo sano. De ningún modo íbamos a abrir el tema de quitarse los pantalones el uno al otro.

―Suficiente. Fuera. Tengo trabajo que hacer.

La sonrisa sexy regresó a su rostro. Era la criatura más guapa del mundo cuando sonreía con esa lentitud, esa maldad y esa insinuación sexual que le marcaba un hoyuelo en la mejilla izquierda y arrugaba un poco las comisuras de sus abrasadores ojos.

―En eso te doy la razón. Tienes mucho trabajo que hacer. 

Oh, no. Con trabajo me refería a indagar sobre los rendimientos amorosos de la gente que se abría una cuenta en Meeting. ¿Por qué tenía la impresión de que Liam me acababa de fastidiar los planes? ¿Quizá porque, detrás de mí, enmarcado en la pared, había un maldito diploma de Harvard llevando mi nombre?

―¿Qué has hecho ahora?

Hundió las manos en los bolsillos y, con su habitual expresión de insufrible autocomplacencia, me observó desde arriba. Liam era considerablemente más alto que yo. En la universidad era la estrella del equipo de baloncesto, y no precisamente por ser bajito.

―La dirección del bufete, o sea yo, ha decidido aceptar casos pro bono a partir de ahora. Y te los he asignado a ti. Todos ellos. Decenas y decenas de solicitudes esperando a ser llevadas a los tribunales.

―¡¿Qué?! ¿¿Por qué??

―Como siempre te has quejado de que a Maddox solo le importaba el dinero… Haz memoria. ¿No eras tú la que proclamaba a los cuatro vientos que le encantaría hacer cosas por amor al arte? Solo quería hacerte feliz, Poppy. ¿Puedes culpar a un hombre por eso?

Liam era justo la clase de persona que siempre encontraba el modo más retorcido de brindarle felicidad a una. Cuidado con lo que deseas, porque los deseos se tuercen. Un genio de la lámpara con un sentido del humor demasiado cínico.

―¿De cuántos casos estamos hablando exactamente, Liam? ―pregunté con una paciencia que rozaba el intento de homicidio.

Él torció los labios en un gesto de desdén, miró al techo y fingió contarlos. Evidentemente, conocía la respuesta al más mínimo detalle. Solo estaba siendo un cabrón insufrible.

―Diez. Quince. No más de veinte, en todo caso.

―¡¿Veinte?! ¡Esto me va a tener en la oficina hasta las tantas de la noche durante toda la semana!

―Lo sé. ¿No es estupendo? Imagínate lo bien que te vas a sentir contigo misma cuando hayas ayudado a toda esa buena gente. ¿Qué te parece si esta noche cenamos sushi? Yo también tengo mucho trabajo atrasado. Podemos trabajar juntos. Como en los viejos tiempos. ¿Eh? ¿Qué me dices? ¿Hacemos las paces?

―Te odio.

―¿Puedes odiarme mientras encargas la cena? Yo quiero lo de siempre. Pero pídeles que echen más salsa de soja. Sin salsa, las cosas como que no saben a nada, ¿no crees?

―No voy a encargarte la cena. ¡No soy tu puñetera secretaria!

―Cierto. Mi secretaría llevaría ropa sexy. Los primeros tres botones de tu camisa los quiero fuera. Suéltate ese recogido, ahuécate la melena y…

―Sal de aquí antes de que sucumba al homicidio.

Me frenó con las palmas.

―Está bien, Beverly Sutphin[2]. Tú ganas. Me voy. No te sulfures. De todos modos, tengo cosas que hacer. Llevar un bufete no es tarea fácil. Pompeya ―al subrayar mi nombre, se inclinó y adoptó un aire de lo más solemne. Decía que mi nombre era el de una reina y que merecía la mayor de las consideraciones.

―Liam ―rezongué yo entre dientes, harta de su teatralidad.

Me guiñó el ojo y yo le di con la puerta en las narices.

―Capullo ―bisbiseé mientras me acercaba al montón de carpetas que él había amontonado encima de mi escritorio.

Las miré con aire desbordado, me hundí en la silla y volví a maldecir a mi recién estrenado jefe.

Mi vida sentimental tendría que esperar un poco más. El trabajo siempre había sido lo primero para mí.

A fin de cuentas, ¿no era esa la causa por la que aún seguía soltera?

*****

Tras una mañana infernal en la que no había parado de hacer fotocopias y rellenar impresos, apagué el ordenador y cogí el bolso para irme a comer.

Fiel a mis propósitos de Año Nuevo, acordé conmigo misma ir a la Casa de las Ensaladas y pillar el almuerzo más ecológico y saludable de toda la carta.

Me estaba peleando con la cremallera del abrigo, cuando Liam salió del despacho contiguo al mío y echó a andar a mi lado. Su irresistible expresión neutral me sacaba de quicio. Le daba un aura demasiado sexy. 

―Montgomery.

―Taylor.

Caminamos en silencio, sin mirarnos. No iba a ser yo la primera en ceder.

―¿Dónde vamos a comer hoy?

Ja. Siempre que nos peleábamos, Liam era el que daba el primer paso.

Conseguí por fin cerrarme el abrigo. Solo entonces levanté el rostro y le lancé una mirada seca y elocuente.

―¿Qué parte de te estoy evitando no has entendido aún?

―No puedes evitarme. Eres mi MAPS.

―¿MAPS? ¿Eso qué es?, ¿un GPS que te indica el camino hacia la decencia?

Se rio, desvelando unos dientes blancos y rectos, y negó. Intenté no fijarme en que, cuando reía, era tan guapo que cortaba el hipo.

―¿Eh, hola? ¿Tú en qué mundo vives? Mejor Amiga Para Siempre.

―Ah, lo siento. Resulta que soy algo mayorcita para ver Gossip Girl.

―Ja ja ―ironizó él―. Y cuéntame, ¿qué tal tus vacaciones? Si no has estado pensando en mí, y es evidente que no lo has hecho, porque de lo contrario habría recibido al menos una llamada tuya en plan ¡Feliz Año Nuevo, Liam! ¿Qué tal lo estás pasando en el trabajo? Dios, cómo echo de menos tu insoportable buen aspecto.

―Oh, por favor. Yo no tengo esa voz ridícula. Y jamás echaría de menos tu insoportable buen aspecto.

―¿En qué has gastado tus dos semanas de vacaciones? No habrás quedado con ese ligue tuyo, ¿cómo se llamaba?

―Jon. Sin la h. Y no, no le he visto.

―Pues qué pena. Debería verte ahora ese Jon sin la h.

―¿Por qué lo dices?

Liam me dispensó una mirada irritada, pulsó el botón del ascensor y hundió las manos en los bolsillos.

―¿Bromeas? Poppy, estás estupenda. Se arrepentiría de haber cortado contigo. Mírate. Te conservas mejor que las mujeres de tu edad.

―¡¿Las mujeres de mi edad?! Me parece a mí que tú vas a dormir calentito esta noche, cielo.

―¿Quieres dejar de sulfurarte por todo lo que digo? Era un cumplido.

―Pues en vez de leer cosas soporíferas, deberías leerte blogs sobre cómo piropear a una mujer, porque ahí, señor Taylor, tú eres un desastre con patas enfundadas en zapatos de marca.

Ceñudo, Liam echó una ojeada a sus zapatos. Eran negros. Muy brillantes. Él era muy clásico en cuanto a la vestimenta.

―Qué graciosa. Hilarante.

―¿A que sí?

Llegó el ascensor y, por fortuna, se calló durante un rato. Estaba entretenido leyendo mensajes en el móvil.

―¿Cuál de tus novias? ―pregunté, cotilleando por encima de su hombro.

―Sarah.

―¿Qué le pasa ahora?

―Se ha quedado encerrada en el baño y no sabe cómo abrir la puerta.

―Pobrecilla. ¿Y qué le has dicho?

―¿Que quite el pestillo? ―me propuso Liam, recalcando la obviedad del asunto.

Lo miré meneando la cabeza.

―¿En serio? ¿Dónde las encuentras?

―En Tinder, básicamente. Algunas veces en bares o discotecas. Y cuando me apetece algo realmente sofisticado, en exposiciones de arte.

Vaya. Así que era un depredador de costumbres fijas. A lo mejor yo debía tomar nota. Hacía mucho que no pillaba cacho.

―¿Y no te cansas nunca de lo mismo?

El ascensor abrió las puertas y Liam y yo, junto a otros compañeros del despacho, salimos como niños después de una larga jornada escolar. Es decir, todos disparados.

―No. Mi estilo de vida me complace bastante. De lo contrario, lo cambiaría.

―Tiene lógica.

―Eso mismo pienso yo.

Se dio prisa por sostenerme la puerta y luego me siguió fuera. Lo primero que hice al salir fue encenderme un cigarrillo. Liam hizo lo mismo. Maldito vicio.

En las últimas horas, una oleada de aire polar se había desplegado sobre la ciudad y hacía un viento de narices. ¡A buenas horas! Ahora yo ya no tenía tiempo para deprimirme. Tenía mucho trabajo atrasado.

Me arrebujé en mi abrigo y crucé el paso de cebra junto a Liam, que, aunque no sabía adónde nos dirigíamos, me seguía como un perrito faldero.

Era tan sumamente antisocial que yo era su única amiga en el mundo. En mi mente vi a mi madre acusándonos de mantener una extraña relación de codependencia y diciendo que él era la razón por la cual yo aún seguía soltera.

Qué tontería más grande. Entre Liam y yo no había nada afectivo. Nunca lo había habido.

Salvo aquella única vez de la que nunca hablábamos, claro. ¿Por qué se me había venido a la cabeza tan de repente? Fue hace tanto tiempo que no debería ni recordarlo. Era otra época. Aún se llevaban los ombligos al aire.

«¿Por qué sigo pensando en eso?»

Fue una tontería, vaya. ¿A quién no le ha sucedido alguna vez? Seguro que esto pasa a todas horas. Liam y yo, recién graduados y con ganas de comernos el mundo, acabábamos de ganar nuestro primer gran caso juntos y nos fuimos a celebrarlo al Barry’s, un garrito de moda entre la 34 y la 72.

La historia de siempre, bebimos más de la cuenta, bailamos pegados el uno al otro, y un par de carcajadas después, acabamos montándonoslo en el baño de señoras.

Liam intentó decir algo cuando su mente fue capaz de concentrarse en cosas menos lujuriosas, pero corté el mal de raíz. La vergüenza que sentía era tan grande que quería borrar todo lo que había pasado en la última media hora, sus labios acercándose de pronto a los míos, sus manos en mi pelo, mis dedos acariciándole la boca, a Liam dentro de mí, la escandalosa forma en la que me había dejado llevar… ¡¡Dos veces!!

Cada vez que cerraba los ojos, veía sus brazos tensándose por el esfuerzo a ambos lados de mi cabeza, nuestras bocas jadeando la una encima de la otra, sus ojos abrasadores y colmados de deseo clavándose en los míos mientras el mundo se oscurecía a nuestro alrededor y ese momento se convertía en la única realidad que importaba.

―Nunca dirás nada respecto a lo que acaba de pasar. ¿Lo comprendes?

Liam asintió en silencio, con una inusitada seriedad. Jamás volvió a mencionarlo y, con el paso de los años, fue como si esa noche desenfrenada nunca hubiese tenido lugar. Ahora las cosas debían permanecer igual. No íbamos a echar al traste una amistad de quince años por un calentón de una noche.

Lo miré y forcé una sonrisa.

―¿Y por aquí qué tal las cosas? ¿Mucho trabajo estas navidades?

Liam dio una calada antes de contestar. Siempre fumaba con el ceño fruncido, como si el mero hecho lo atormentara. Si yo hubiese sido pintora, nunca me habría cansado de retratarlo.

―¿A que no sabes quién me llamó esta mañana?

Caminábamos deprisa, intentando mantenernos en pie a pesar de las fuertes rachas de viento que se estrellaban contra nuestros rostros.

―Asómbrame.

Escupí el pelo que el aire había colado dentro de mi boca e intenté que los mechones negros que se habían soltado de mi recogido se quedaran enganchados detrás de las orejas.

―El juez Méndez.

Mis cejas se arquearon en un gesto de sorpresa y mis ojos color café se volvieron hacia Liam.

―¿Méndez? ¿Y eso por qué? ¿Quería felicitarte las navidades?

―Ja. Más quisiera. Hay un problema con el papeleo del caso Garde. La defensa ha solicitado una auditoría.

Eso no podía suponer nada bueno. Que alguien externo al despacho viniera a husmear en nuestros papeles nunca era bueno.

―¿Qué problema?

―Dicen que nos hemos quedado, deliberadamente, un documento que certificaba la inocencia de su cliente.

―Espera. ―Tiré a Liam del brazo para que se detuviera y, por primera vez en todo el día, los dos nos comportamos con seriedad―. ¿Nos acusan de ocultar pruebas?

―Algo por el estilo.

Esto es grave. ¿Qué vas a hacer al respecto?

Lanzó el cigarrillo al suelo y lo apagó con la punta del zapato. Después, se agachó, lo recogió y lo tiró a una papelera.

―¿Es aquí? ―preguntó, señalándome el restaurante delante del cual estábamos parados.

―Sí.

Abrió la puerta e hizo un gesto con la cabeza para que pasara yo primero. Apagué el cigarrillo en la papelera de los fumadores y entré.

―No voy a hacer nada ―respondió a mi pregunta mientras cerraba la puerta tras de sí para frenar el viento que se estaba colando dentro―. La única manera de demostrar que no lo hemos hecho es permitiendo la auditoría. Así verán que no tenemos nada que esconder.

―Qué marrón más grande.

―Me temo que sí. Puaj. ¿Qué es este sitio?

―La Casa de las Ensaladas. Bienvenido a la comida del siglo XXI.

Liam me miró con gesto condescendiente.

―¿En serio? ¿No había restaurante más repugnante en Manhattan? ¿Te has asegurado de ello? ¿Has consultado todas las opiniones?

Lo censuré con un gesto seco.

―¿Qué tiene de malo este lugar?

―¡No sirven nada que no sea de color verde!

―Claro que sí. Ahí tienes las zanahorias.

―Qué asco. Ni que fuera Bugs Bunny. ¿Pero a ti qué te pasa?

―A lo mejor va siendo hora de que cambies tu dieta. Eres muy… carnívoro.

Le guiñé el ojo tal y como hacía él y, con una sonrisa complacida, cogí una ensalada de pollo y dos manzanas verdes y las coloqué encima de mi bandeja.

Liam, con cara de grima, se decantó por unas verduras cocidas y un plato de salmón.

―Me siento como en el colegio, empujando la bandeja de un lado al otro ―protestó, de muy mal humor.

―¿Lo ves? Incluso hago que te sientas más joven.

Me puso mala cara y buscó una mesa libre.

Tras hacer cola para conseguir dos botellas de agua, fui y me senté a su lado.

―¿Qué tal el salmón?

―Odio tus propósitos de Año Nuevo.

―Pues si este te disgusta, espera a escuchar los demás.

―¿Hay más?

Liam me miraba con los ojos abiertos de par en par, como un niño asustado, y me costaba mucho contener la risa.

―Voy a ser madre.

―¡¿Estás encinta?!

Su rugido atrajo la mirada de todas las personas de la cafetería. Lo miré con los párpados medio entornados.

―Ya nadie está encinta desde el siglo XIX, Liam. Ahora las mujeres estamos embarazadas. Y no sé por qué pareces tan horrorizado. Es lo normal a mi edad.

―¡Déjate de rollos! ¿Hay algo ahí dentro?

Su dedo señalaba mi vientre. Y temblaba ligeramente.

―Todavía no.

Tan grande fue su alivio que se deshizo en un suspiro interminable.

―Menos mal. Qué susto me has dado, joder.

―Pero tengo trescientos cincuenta y seis días por delante para conseguirlo. ¡Enhorabuena, chaval! Vas a ser el tiíto Liam. ¿Qué, no estás entusiasmado?

Su apuesto rostro se volvió a llenar de estupor.

―No me jodas. ¿En serio? ¿Ahora quieres ser madre?

―Sip. Es mi nuevo propósito en la vida.

―¡Venga ya! Cómo odio las putas navidades.

Me reí mientras él se desplomaba teatralmente sobre la mesa. Era tan payaso a veces… ¿Cómo no quererle?

¡¿Quererle?! Mi expresión risueña se congeló al instante y mi mente se volvió loca para buscar una explicación razonable. ¿Por qué había empleado el verbo querer precisamente ahora? Ay, madre. ¿Qué significado tenía todo eso?

Tras unos frenéticos momentos de pánico, decidí tranquilizarme. Qué significado ni qué significado. Si yo no quería a Liam, joder. Solo quería arrancarle la camisa y montármelo con él encima de la fotocopiadora. Duro, pasional, lento, tierno… De todas las maneras posibles.

Ay, Dios. Eso tampoco pintaba demasiado bien.

«Vamos a calmarnos un poco, ¿eh? Esto le pasa a todo el mundo. No tiene nada que ver con el amor. Es una simple reacción animal causada por unas hormonas pre menopáusicas. Tú, ni caso».

―¿Qué tal la comida? No está tan mal como parecía, ¿no? ¿Adónde vas?

―A suicidarme ―replicó Liam, gruñón.

―Ah. Muy bien. Pero vuelve pronto, que se te va a enfriar el salmón.

Estaba ya en mitad de la cafetería, pero se volvió y desde ahí me fulminó con la mirada. Le dediqué mi sonrisa más dulce.

―¡Yo también quiero sal! ―grité a su espalda.

Se volvió a girar para mirarme.

―Me horroriza lo mucho que me conoces.

―Normal. Conmigo no puedes hacerte el misterioso. Y por eso probablemente sea la única mujer de esta isla que no está enamorada de ti.

Uy. Me puso tal cara que decidí concentrarme en mi plato de comida. ¡De inmediato!

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[1] Ref. Cuadro El Grito, de Edvard Munch

[2] Ref. película Los asesinatos de mamá (1994).

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