Te elijo a ti_ Primeros capítulos gratis





Doce años sin verse. Nadie tiene intención de abrir viejas heridas ahora. Ophelia, Connor y Zach han seguido adelante con sus vidas, hasta tal punto que el recuerdo del otoño que pasaron en Virginia solo perdura en el rincón más recóndito de sus almas. Cualquiera diría que su enamoramiento juvenil es agua pasada.
O al menos lo fue, hasta que el fallecimiento de Eleonor lo echó todo a perder.
Ophelia regresa a Marion y, con su llegada, la apacible vida de los hermanos Davis empieza a tambalearse de nuevo.
Un triángulo amoroso que hace doce años rompió sus corazones en pedazos. ¿Habrán conseguido pasar página o solo les hace falta un pequeño empujoncito para volver a hundirse en la miseria?

Otra vez en el mismo cruce de caminos

El presente de Ophelia

―Cómo pega el sol, ¿eh?

Mis ojos dejan de errar por el cielo lechoso y bajo la mirada hacia el hombre que está agachado junto a la rueda trasera de mi coche. Suspiro derrotada cuando constato que todavía le falta un buen rato para acabar.

―Sí, achicharra ―coincido secamente al ver que me mira con las cejas en alto, a la espera de que le dé conversación.

Si en vez de distraerse con tonterías hubiese apretado esas tuercas como Dios manda, ya habríamos acabado hace un rato.

No puedo evitar sentir cierta oleada de irritación y tengo que esforzarme para que no se me note. Parece que hoy nada está saliendo como debería. No es el mejor día de mi vida.

―Va a haber tormenta ―predice, para nada impaciente por acabar el trabajo―. Ya lo verá. Los nubarrones siempre vienen de la nada por estos lares. ¿Es su primera vez en Virginia?

―No.

Es obvio que espera a que le dé más detalles, pero no estoy de humor para eso. Solo quiero que me cambie la rueda pinchada, para que pueda salir pitando de aquí cuanto antes. Tengo sitios a los que ir y gente a la que no ver.

―Va a Marion, ¿verdad? Esta carretera solo lleva a Marion.

Que una carretera solo lleve a un pequeño rincón del mundo es un poco deprimente, la verdad.

Y, sin embargo, Marion es un sitio tan encantador… Huele a bosque y a las endorfinas del primer amor, a fresas silvestres y a besos robados, a sabiduría y a lágrimas a medio secar; huele a gotas de lluvia y caricias que te consumen en el silencio de la noche, culpables, febriles y tan ansiadas que incluso duelen.

Tantos recuerdos, tantos sentimientos embotellados y guardados durante años y años.

Ha pasado mucho tiempo desde aquello. Doce años sin volver a Marion. Casi una vida.

Miro a mi alrededor con ojos ansiosos y los nervios se descontrolan en mi estómago. No me gusta tener que volver, y detesto las circunstancias que han propiciado mi retorno.

A pesar de todo, de la inquietud y del nerviosismo, del dolor y de la amargura de las lágrimas que intento reprimir, hoy más que nunca siento la vida correr por mis venas, cada vez más rápida, más burbujeante, como si esta naturaleza paradisiaca me hubiese devuelto el soplo de aire que me robó cuando me marché corriendo con la intención de no volver jamás.

Cierro los ojos por un segundo y todo regresa como un búmeran, porque en realidad nunca se marchó del todo. Tan solo estaba enterrado bajo una colosal capa de polvo que yo he apartado sin tan siquiera darme cuenta. Volviendo a Marion he conseguido que el olvido dé un paso atrás, y ahora mi corazón vuelve a bombear la sangre deprisa, abrumado por lo vivos que permanecen aún mis recuerdos. ¿Es posible que, después de tantos años, aún recuerde el sabor de esos besos, y el fuego de esas caricias? ¡Jesús! Aún quema por dentro.

Pero no, no voy a pensar en eso. Debo apartarlo de mi mente. Hoy no es un buen día para pensar en los viejos tiempos.

―Sí, voy a Marion ―confirmo tras toda una eternidad, y en esa sencilla afirmación se percibe un pequeño ápice de derrota que no he conseguido reprimir a tiempo.

Me obligo a respirar. La intranquilidad es cada vez más fuerte. Para disimularla, me apoyo contra la puerta del conductor y cruzo los brazos sobre el pecho. De todos modos, no sabría qué otra cosa hacer con las manos. Me siento rara. Algo está vibrando dentro de mí y no sé qué hacer para detenerlo.

Noto la garganta seca. Por enésima vez, compruebo el reloj. Maldita sea. Voy a llegar tarde. Ya no cabe duda.

―¿Tiene familia ahí?

Resoplo con fuerza y, aunque sé que solo pretende ser amable, me empeño en decirme que me molestan tantas preguntas, que mi irritación está justificada. Ni que fuera esto el tercer grado, joder.

Pero incluso mientras lo pienso, en el fondo, muy en el fondo de mi corazón, sé que lo hago para evitar lo otro, lo que no me atrevo a nombrar.

Tenía ―subrayo con una voz hosca que espero que le deje claro que no estoy de humor para charlas.

―¿De veras? Conozco a todo el mundo de Marion, ¿sabe?

―Apuesto a que sí ―bisbiseo con los ojos clavados en las copas de los árboles. Necesito enfocar algo, algo ahí arriba, para que las lágrimas no empiecen a derramarse.

―¿Cómo se llaman sus familiares?

―Rosetti. Eleonor Rosetti ―contesto sin que ninguna especie de emoción se filtre a través de mis palabras.

La llave deja de girar de golpe, un crujido brusco que deja paso a un ominoso silencio.

Despacio, el rostro curtido de sol se eleva hacia el mío. Sus ojos marrones me miden con cautela, como si intentaran leer algo en mi expresión. En su lugar, no me tomaría tantas molestias. Lo único que queda es un conjunto de rasgos duros, inflexibles. Delicados rasgos que no desvelan nada. Sé que si vuelvo la mirada atrás estoy perdida, y me esfuerzo por mirar de frente, siempre de frente, no hacia el pasado sino hacia el futuro. Siempre, siempre, mirando al futuro. No dejo de repetírmelo. Si vuelves la mirada atrás, estás perdida.

―Oh.

―Sí.

Pensaba que mi vestido negro le había dado alguna pista al respecto.

―Me daré prisa, entonces.

Le invito a ello con una sonrisa relámpago.

―Eso estaría muy, pero que muy bien.

Cumple con su palabra, y al cabo de un par de minutos mi Mercedes CLK ya está listo para trazar las curvas de la estrecha carretera que solo lleva a un sitio: Marion, en pleno corazón de Virginia.

―Bueno, pues ya está ―anuncia el mecánico al tiempo que se yergue y se limpia las manos en un trapo que guarda en el bolsillo trasero de su peto azul manchado de aceite de motor―. ¿Seguro que no quiere que le arregle el pinchazo? Podría pasarse mañana a por la rueda.

―No. Ya lo arreglaré más adelante.

―Comprendo. No es un buen momento, ¿eh?

―No, no lo es. Aquí tiene. ―Le alargo el dinero pactado y recupero mis llaves―. Gracias por todo. ―Hago el esfuerzo de componer una sonrisa escueta.

―Para eso estamos.

Mis ojos se mueven deprisa hacia la derecha, como diciéndole que vaya hacia ahí para que pueda mover el coche. No es por meter prisa, pero llego tarde. Horriblemente tarde.

El hombre me observa unos segundos más y noto que le gustaría decirme algo, brindarme alguna especie de consuelo. Tiene unos cincuenta y muchos años. Quizá sesenta. Lleva aquí toda la vida, en este polvoriento cruce de caminos. Sé que no se acuerda de mí. Yo a él sí le recuerdo. Era el jefe de Connor Davis. Una vez averié mi propio coche solo para que Connor pudiera arreglármelo. Pasó justo aquí. En este mismo rincón olvidado de la mano de Dios. Parece mentira que haya sido hace tanto tiempo, porque nada ha cambiado desde entonces. Incluso el muñequito oxidado sigue en el mismo lugar, saludando con la mano a los recién llegados. Resulta bastante irónico haber pinchado la rueda precisamente en este cruce. Si no lo supiera a ciencia cierta, diría que lo he hecho aposta, solo para volver a ver a Connor.

Claro que yo no he tenido nada que ver. Habrá sido el destino, la mala suerte o…

―Eleonor Rosetti ―escuchar el nombre de la abuela me arranca de mis pensamientos. Levanto la mirada de golpe y observo al señor Jones a través de las lentes oscuras que velan mi mirada―. Era una gran mujer. Le acompaño en el sentimiento.

Pinceladas de tristeza hacen temblar mi sonrisa.

―Se lo agradezco.

Aunque me resisto, el dolor empieza a apretar contra mis costillas. «Si miras atrás, estás perdida».

Él asiente apenado y se aparta para que pueda seguir mi camino.

«Si miras hacia el pasado, estás perdida».

Me monto en el coche sin alargar más la despedida, arranco el motor y salgo en medio de una nube de polvo.

Por el retrovisor veo al señor Jones despedirse con la mano, al igual que el muñeco oxidado que hay junto a la puerta. Arrastro furiosa la lágrima que asoma por debajo de mis gafas de sol y piso el acelerador con fuerza. Es agradable conducir. La sensación de tener el control sobre algo me aporta cierta tranquilidad.

La carretera serpentea entre las colinas. Los árboles se inclinan a ambos lados, como si quisieran rodearme en un abrazo. Quizá se hayan percatado de lo desesperadamente que necesito que alguien me consuele.

Conforme pasan los kilómetros, el paisaje se vuelve cada vez más espectacular. Está todo tan verde y tan lleno de vida. Y, sin embargo, Eleonor…

―No lo digas ―me exijo gruñendo―. No se te ocurra decirlo.

Bajo los párpados por un segundo y aprieto la mandíbula con fuerza para expulsar ese pensamiento de mi cabeza.

«No, no vas a llorar. Ella no lo aprobaría. Siempre te decía que tus ojos eran demasiado bonitos para verter lágrimas; que solo podías usarlos para engatusar a los demás. Eres la única de toda la familia que ha heredado sus ojos. Verdes. Profundos. Tan vivos. ¿Recuerdas cómo eran sus ojos? Pues mírate en el espejo».

Mis ojos buscan el retrovisor. Me fijo en las lágrimas que nublan mi mirada e intento sonreír para desafiarlas. Tengo que sonreírle a Eleonor, donde quiera que esté. Sé que ella odiaría verme triste ahora. Me diría:la muerte no es gran cosa, niña. Todos nos enfrentamos a ella al menos una vez. Así que a ver esa sonrisa tuya tan bonita.

Sí, voy a sonreír por Eleonor, y voy a recordar lo que tuve, no lo que perdí.

La carretera se vuelve más estrecha, empinada, medio oculta entre las colinas. El mundo se divide ahora entre luces y sombras, y tengo la impresión de que las sombras me resultan mucho más atractivas. Es como si estuvieran llamándome. Ven, Ophelia. Descansa tus huesos en este lugar. Puede que haya algo dañado en mí.

Clavo la vista en las líneas amarillas que enmarcan las curvas y siento como, poco a poco, los densos bosques de Marion empiezan a adquirir contorno y vida, imponentes, llenos de sombras y susurros. No puedo evitar sentir un tirón en el estómago y el fino roce de un sentimiento que va más allá de mi comprensión. Quizá solo sea un escalofrío. ¿O son mis raíces, que me reclaman de vuelta? Todos mis antepasados están aquí. Es como volver a una casa que, si bien nunca fue mía, siempre me ha estado esperando, acechando, preparándose para mi regreso, con un despliegue de ropas de luto y un colgante de lágrimas a medio derramar. Me siento como si hubiese regresado a una prisión que empieza a cerrar sus puertas a mis espaldas, pesadas puertas de acero, oxidadas por el correr de los siglos. Este lugar lleva toda una vida esperándome, y ahora soy toda suya.

Marion… Hogar dulce hogar. Eso diría Eleonor. Pero Eleonor ya no está aquí, ¿verdad?

Cuadro los hombros en el asiento, elevo el volumen de la radio con mano trémula y me pongo a pensar en aquel trimestre que me quedé con ella en el pueblo. Me siento afortunada de haber tenido esa oportunidad. Ahora la he perdido, pero el recuerdo de los momentos que pasé a su lado siempre permanecerá vivo dentro de mi corazón.

Si vuelves la mirada atrás, estás perdida

Ophelia, doce años atrás

Primer día de clase. Bienvenido último curso. Diez meses de exilio voluntario en este pueblo en mitad de la nada y después se habrá acabado todo, pondré punto final a toda una era. Iré a la universidad, en algún lugar apartado de lo que una vez formaba mi vida. Nueva ciudad, nuevos horizontes. ¿Importa siquiera? Supongo que no. Nada volverá a ser igual. Por mucho que me aleje, siempre habrá algo quedándose atrás.

Mis amigos, mi vida, todo ha seguido adelante sin mí, lejos, en la soleada California, donde el mundo no parece un lugar tan terrible porque el sol siempre brilla con fuerza y el perezoso mar humedece la arena blanca con templadas olas de color turquesa; California, que a mí, personalmente, siempre me ha parecido arrancada de una postal divina. Tanta belleza no podía ser verídica. Y, sin embargo, lo era.

Hay días en los que aún evoco lo que sentía años atrás cada vez que contemplaba absorta esa estampa paradisíaca que se desplegaba ante mi ventana, la bahía, con las blancas embarcaciones meciéndose al son de la brisa, la marea de turistas que venían de todos los rincones del mundo para conocer nuestras espectaculares aguas, el sonido de las olas que se fundían con la tierra…

Eso era estar en paz con el mundo, interminables atardeceres en la playa, la calidez de la arena bajo mis pies, el murmullo del océano… Para mí, escuchar el mar durante horas y horas era sinónimo a estar en casa.

Ahora, a más de dos mil quinientas millas de distancia de ahí, el aborrecible sonido de las olas rompientes se ha apagado por completo.

Toto, me parece que ya no estamos en Kansas ―me digo a mí misma, y la impasibilidad de mi rostro se funde en una sonrisa triste, medio irónica.

Estoy de pie delante del macilento cristal de un antiguo tocador y no hago más que mirarme. Llevo veinte minutos mirándome, buscando incesantemente algo que ya no consigo encontrar. Es como si no pudiera reconocer a esta chica; como si fuera incapaz de ver el reflejo de este presente. El aquí y ahora no existe para mí. Se ha difuminado y, en su lugar, aparece el pasado, una y otra vez, la chica que una vez fui, lo que dejé atrás; una imagen eterna y obsesiva de la que no hay forma de escapar, ni siquiera en la otra punta del país.

El espejo no deja lugar a dudas. Los espejos nunca mienten. He cambiado. Una parte de mí ha muerto para siempre. Y solo el espejo lo sabe. A él no puedo engañarle, no puedo mentirle como he hecho con todos los demás.

Él conoce el verdadero motivo por el cual mis padres me han desterrado aquí, para pudrirme en la tormentosa Virginia, lejos de mis amigos, las fiestas en la playa y los cócteles tropicales que bebíamos sin cesar todas las noches en el garrito de Joe. Aquí ya no puedo bailar hasta el amanecer ni contorsionarme alrededor de esas impresionantes hogueras que los universitarios encienden cada noche a orillas del mar.

Aquí no puedo hacer nada salvo morirme.

Pero no me compadeceré por ello. Virginia no está tan mal. Siempre me digo a mí misma que Virginia no es el peor sitio del mundo.

Si la vida te da limones, debes hacer limonada, ¿o no?

Decidida a impedir que la lacerante tristeza de los últimos meses vuelva a abrirse paso a través de mí, cojo aire en los pulmones y, mientras practico una sonrisa exultante, me afano por olvidar toda la carga del pasado. Ahora soy una nueva persona. Más responsable. Más estable. Mayor.

Y puedo ser feliz. Debo ser feliz. Seré feliz.

―Puedes hacerlo ―le aseguro a la chica que me contempla, muy poco convencida, desde el otro lado del espejo―. Y vas a hacerlo.

Ella hunde los hombros con aire de derrota. Evalúo con fijeza los iris verdes que me devuelven esa antipática mirada que, si bien he puesto todo mi empeño, no he conseguido reavivar desde esta primavera, y me entran ganas de darle un puñetazo al cristal.

―No pongas esa cara ―resoplo, irritada conmigo misma por desear rendirme tan pronto―. Puedes ir, fingir una larga sonrisa y decirles que estás encantada de mudarte aquí. Que Marion es un pueblo maravilloso. Te llamas Ophelia. Ophelia Rosetti. Y estás encantada de conocerlos. Tampoco es tan difícil. Ni que fuera tu primera mentira.

Me he convencido a mí misma de que nada malo puede pasar en un sitio tan pequeño como Marion. Aquí todo el mundo conoce a todo el mundo desde hace cinco generaciones. Será como vivir en el seno de una enorme familia.

―¡Ophelia! ―se eleva el grito de Eleonor por el hueco de la escalera―. Baja ahora mismo o no llegamos. ¡No me hagas subir!

O quizá algo malo sí que está a punto de ocurrir en el apacible Marion de Virginia. A la abuela Rosetti no se la puede cabrear. Todo el mundo lo sabe.

―¡Ya voy, abuela!

―Lo mismo dijiste hace siete minutos. Tic tac, Ophelia. Tic tac.

Pongo los ojos en blanco, me recojo la melena pelirroja con una cinta amarilla ―me hago una coleta alta que se balancea de un lado al otro cada vez que giro el cuello― y, complacida por el aspecto pretencioso que me devuelve el espejo, agarro la mochila y salgo corriendo por la puerta.

―Encantada de estar aquí. Es un pueblo maravilloso ―me mentalizo mientras corro escalera abajo.

La madera de los escalones cruje de un modo bastante siniestro por debajo de la suela de mis manoletinas color melocotón. Eleonor Rosetti, la madre de mi madre, vive en una vieja mansión colonial, prácticamente engullida por el bosque que se alza como un desorbitado muro, desde el lado izquierdo y dando la vuelta a toda la casa.

Tanto la finca como el bosque colindante pertenecen a mi familia desde siempre. Nuestros antepasados, los primeros colonos de este pueblo, construyeron la vivienda allá por el mil ochocientos cincuenta y tantos, y la conservamos en perfecto estado desde entonces. Es el orgullo de la familia. Ojalá me importara.

―Encantada de estar aquí. Es un pueblo maravilloso.

―¿Qué estás balbuceando?

Niego con la cabeza y le sonrío a Eleonor, que me contempla interrogante desde la cocina. Mantiene la espalda apoyada contra el mueble fregadero y sujeta una descomunal taza de café entre las manos. Sus ojos, tan verdes como las esmeraldas, no desvelan ninguna huella de sueño, señal de que ya lleva bastante tiempo paseándose por la casa, enredando como siempre hace. La abuela Rosetti es un estallido de energía. No me la imagino de otra manera que no sea haciendo cosas. Es muy activa. Hasta el hartazgo.

Tiene el pelo de color violeta y hoy se lo ha recogido en un moño informal. Reparo en los mechones rizados que caen sueltos sobre su todavía firme y atractivo rostro, en sus vaqueros ceñidos, su camiseta roquera y las decenas de pulseras que adornan sus muñecas, y me pregunto cómo es posible que una abuela que vive en un aislado pueblo del oeste de Virginia tenga este aspecto de hippie sesentera. ¿Las abuelitas no deberían ser criaturas entrañables que preparan mermelada y tarta de manzana? A Eleonor no me la imagino yo haciendo nada que pudiera ser definido como entrañable.

―Buenos días, abuela ―saludo con esa sonrisa que hace meses que intento perfeccionar―. Estoy rememorando la lista de los presidentes. Ya sabes, Washington, Adams, Jefferson, Madison…

―¿Y por qué, si se me permite la osadía de preguntar, estás rememorando la lista de los presidentes en un lunes a primera hora?

Me encojo de hombros con ensayado desdén, cojo una manzana verde del cesto que descansa encima de la pequeña nevera y, tras limpiarla un poco en la camiseta, le doy un buen mordisco. Con la excusa de comer gano unos cuantos segundos para poder confeccionar una respuesta creíble. No me apetece compartir mis temores con ella, ni decirle lo mucho que me sudan las palmas o lo nerviosa que me está poniendo todo esto. Empezar de cero es lo más complicado que he tenido que hacer nunca. ¿Y si no puedo llevarlo a cabo?

―Por si alguien me lo pregunta ―contesto por fin, después de tragar―. Ya sabes lo mucho que me gusta impresionar a la gente con mis vastos conocimientos de historia.

―Nadie te lo preguntará jamás ―me tranquiliza Eleonor, que se acerca la taza a los labios y apura el café―. Esto es Marion, niña. Lo único que preocupa a los habitantes de este pueblo es cómo mantener a raya la reciente plaga de mofetas.

Su elevado sarcasmo me hace esgrimir una pequeña sonrisa. La abuela siempre ha sido severa con sus vecinos.

Supongo que por eso apenas tiene amistades en el pueblo. Cuenta con el aprecio y el respeto de todo el mundo, pero, para que quede claro, nadie la invita a las barbacoas dominicales.

―Gracias por el chivatazo. Dios, odiaría no estar a la altura de toda esta gente ―me burlo con la boca llena.

Eleonor suspira, me vuelve la espalda y guarda la taza vacía en el lavavajillas.

―Vamos, no te quedes ahí parada. Llegarás tarde en tu primer día. Voy a sacar el coche del garaje mientras desayunas.

―Prefiero ir andando.

Eleonor se vuelve hacia mí para escudriñarme con esa mirada suya que podría significar cualquier cosa.

―¿Andando? ¿Sola? No fue ese el trato, Ophelia. Estás aquí porque…

―Ya sé por qué estoy aquí, abuela ―interrumpo, frenándola con las palmas―. No hace falta que me recuerdes el trato cada dos minutos. Lo conozco a la perfección. Accedí a ello.

―Entonces, ¿cuál es el problema?

―El problema ―me detengo para tragar― es que tengo dieciocho años. No puedo dejar que me lleves al instituto. A no ser que pretenda que mi reputación esté para siempre hundida, claro.

―Los críos y sus estupideces ―rebuzna Eleonor para sí.

―¿Por qué estás tan gruñona hoy? Nada malo puede pasarme en un pueblo de seis mil trescientos cuarenta y siete habitantes, donde el mayor peligro lo supone la creciente plaga de mofetas. Así que relájate. Estaré bien.

Y, para respaldar mis palabras, le muestro mi más convincente sonrisa fingida. Eleonor se cruza de brazos y enarca una ceja morada. Vaya. No parece muy convencida.

―Teníamos seis mil trescientos cuarenta y nueve habitantes en el último censo. Esos dos habitantes restantes lo cambian todo. Y hay más peligros en Marion, aparte de las malvadas mofetas.

―Déjame adivinarlo. ¿Plaga de mosquitos? ―le propongo sin poder evitar cierto matiz burlón, que le arranca a Eleonor otra mueca de exasperación.

―Las fiestas en el lago, Ophelia. No pienses ni por un segundo que no estoy al tanto de eso. Hace cinco generaciones que…

―Sí, sí, sí. Te has hecho entender. No puedo escabullirme del instituto para ir a emborracharme al lago. ¿Lo ves? Lo he pillado a la primera. Soy una chica lista. Ahora, con tu permiso, tengo que marcharme. Como bien acabas de señalar, estoy a punto de llegar tarde en mi primer día.

Antes de que le dé tiempo a seguir protestando, me vuelvo sobre los talones y salgo escopetada hacia la puerta.

―Ophelia, no me des la espalda cuando te estoy hablando.

―Yo también te quiero, Eleonor.

―Al menos, ¡desayuna!

Levanto la manzana por encima de la cabeza para que pueda ver que le he dado tres mordiscos.

―Lo estoy haciendo. Las vitaminas son importantes, ¿no? ¡Que tengas un buen día!

―Gracias a ti, eso parece cada vez más difícil de conseguir ―grazna disgustada.

Pongo los ojos en blanco y, afortunadamente, la puerta se cierra a mis espaldas. Exhalo una profunda bocanada de aire y mis labios componen una sonrisa de falsa satisfacción. Bien. Puedo hacerlo. No creo que sea tan complicado integrarse en un lugar como este. Seguro que la gente es encantadora en Marion. Por ejemplo, ese chico que se acerca por la acera. Sí, parece todo un encanto. Iré a saludarle.

Un entierro algo escandaloso

El presente de Ophelia

Hace un día espléndido. A Eleonor le encantaría estar aquí sentada, en estas sillas blancas, y contemplar el mullido verdor de los prados y las puntas de los abetos que se mecen en el viento. Solía decir que la brisa del verano la hacía sentir joven y desenfrenada. Aunque los entierros le resultaban deprimentes.

Al suyo ha venido mucha gente. Mucha más de la que yo pensaba. A lo lejos veo a mis padres y a mi hermana. Parecen ajetreados. Iré a ver si puedo echar una mano con algo.

Me acerco a ellos con paso vacilante. Se me hunden los tacones en el césped. Debió de llover anoche. Me cuesta mantener el equilibrio.

―Llegas tarde, Ophelia.

―Hola, mamá. Yo también me alegro de verte. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos? ¿Tres años?

―Haz el favor de ocupar tu asiento. Y lee este folleto de instrucciones. Necesitaremos tu ayuda un poco más adelante.

―A la orden, mi señora.

Mi madre me pone su cara más reprobadora. Vale, no es un buen momento para un toma y daca familiar. Lo pillo.

Mi hermana Kitty se me acerca con una sonrisa triste. Nos abrazamos. La he echado de menos. Qué bien huele esta chica siempre. Abrazar a Kitty es como entrar en una tienda de chuches de fresa y nubes de azúcar.

―¿Cómo estás, Oph? Lo debes de estar pasando fatal. Sé que le tenías mucho cariño a Eleonor.

Suelto un suspiro y disuelvo el abrazo.

―Ya. Bueno. Sobreviviré. Al menos me consuelo con la idea de que no ha sufrido ni un segundo. Se fue a la cama y… no despertó.

Kitty me da un golpecito en el brazo, me dedica una sonrisa compasiva y se va a atender a una pareja de recién llegados. Miro a mi alrededor por si veo a alguien conocido con el que pueda juntarme. No hay nadie. Mi madre se ha esmerado en organizar un funeral por todo lo alto. Sé que Eleonor detestaría toda esta formalidad, lo elegante que va la gente, los cestillos de flores blancas, más propios de una boda que de un entierro. Demasiado pomposo todo. Mi abuela se sentiría insignificante y fuera de lugar.

Pensar en Eleonor como alguien insignificante y fuera de lugar me hace estallar en llanto. Hundo la cara en un pañuelo y me voy a ocupar mi sitio antes de que me empiecen a fallar las rodillas. Aún no la he visto. No sé dónde la tienen. Aquí abajo, al sol de julio, está claro que no.

Me siento e intento calmarme. Estoy abrumada. Eleonor ya no está. Cuando era pequeña, no tenía relación con ella. Apenas la conocía. Pero ese trimestre que pasé aquí… Oh, lo cambió todo.

Eleonor me comprendía. Era la única que me comprendía de verdad. Era mi mejor amiga.

Y la he perdido.

No dejo de repetírmelo desde hace dos días. Eleonor ya no está. Se han acabado las llamadas en mitad de la noche y llevármela de copas por San Diego; se han acabado sus visitas relámpago y la locura de pintarnos las uñas en mi balcón a las tres de la madrugada mientras le dábamos a la botella de jerez y contábamos viejas historias de miedo. Se acabó. Está todo muerto, descansando en el féretro junto a Eleonor.

―Por favor, si no les importa sentarse. ¿Hola? ¿Os podéis sentar? Estamos a punto de comenzar.

Mi madre se ha convertido ahora en una maestra de ceremonias que da instrucciones a través de un micrófono emplazado delante del altar. Increíble.

Aunque he de admitir que le va mucho más este papel que el de hija desconsolada. Además, la gente la obedece.

De hecho, todo el mundo está sentado cuando arranca la música. A mi madre le encanta la precisión. Es tan distinta a Eleonor, tan rígida, tan formal… Si no lo supiera, diría que nunca se ha soltado el pelo, porque solo hay que verla, la rectitud moral con la que se mueve por la vida, la censura que late en su mirada cuando alguien se comporta de una forma que ella tacha de inapropiada.

¿Y por qué ha tenido que elegir precisamente Amazing Grace? La abuela odiaba esta canción. Le hubiese gustado algo menos… deprimente. Esto parece un entierro militar. Solo falta la bandera de los Estados Unidos y que alguien entone el himno nacional.

Gruñendo irritada, me vuelvo en mi asiento y miro cómo se acerca el coche fúnebre. Eleonor está dentro. ¿Por qué no me dejan verla? ¿Por qué no puedo estar un momento a solas con ella? ¿Qué hace toda esta gente aquí? Debería ser algo íntimo, solo para la gente que ella quería. ¿Dónde está esa gente ahora? Me estoy ahogando en un océano de caras desconocidas.

«Respira, Ophelia. Respira hondo».

Mi madre ha colocado incluso una alfombra roja, por encima de la cual avanza el féretro, llevado a hombro por ocho hombres vestidos de traje negro, supongo que empleados de la funeraria. El féretro está cerrado. Hay un pequeño cristal, pero no veo a Eleonor desde aquí. Espero poder acercarme más tarde. Hay tantas cosas que aún tengo que decirle…

Nos estamos poniendo todos de pie. Me levanto yo también y miro a Kitty con el ceño fruncido. Mi hermana se encoge de hombros como diciendo ya conoces a mamá.

Depositan a Eleonor detrás del altar, sobre una mesa rodeada de jarrones de rosas blancas, y todo el mundo toma asiento. Empieza la ceremonia, con una solemnidad digna de un entierro papal.

Me afano por comprender algo de todo esto, pero es en vano. Ni entiendo la parábola ni me apetece entenderla. Eleonor, si estuviera aquí, pediría la botella de jerez. Casi me la imagino repantigada en la silla, bostezando a más no poder y diciendo: que me cuelguen si esto no es el mayor coñazo jamás presenciado por un ser humano. Llevaría escote y vaqueros ajustados al trasero. Muy en la línea de Eleonor.

―Descansa en paz, Eleonor ―concluye el sacerdote.

―Descansa en paz ―murmuramos los demás.

―Amén.

Y ya está. Se acabó. Ahora se la llevarán y no volveré a verla nunca más. Mi madre pensó que un entierro aséptico y elegante era suficiente para despedir a Eleonor. Tengo ganas de chillar. Tenía que haber llegado antes. A lo mejor podía haber convencido a mi madre para organizar algo más al estilo de la abuela. Esto es un asco. Ochenta años sobre la faz de la tierra y te despiden con una mierda de ceremonia.

There is a house in New Orleans. They call the rising sun…1

La voz es tan pura, tan potente, tan vibrante, que el prado es invadido por un desconcierto general. Nos giramos todos en nuestros asientos, intentando identificar el origen la melodía. No tardamos nada en descubrirlo. Hay un chico que se ha puesto de pie en mitad de una fila de sillas y ha empezado a cantar. Sin más.

«¿Qué demonios?».

Miro a Kitty con aire interrogante y ella niega desconcertada. No me da tiempo de decir nada. A mi izquierda, otro chico se pone en pie y sigue la letra, con una voz igual de estremecedora:

And its been the ruins of many a poor boy. And God I know I’m one.2

Nadie entiende lo que está pasando.

Un momento.

Juraría que conozco a este chico. Está un poco más mayor, claro, pero ¿no es…?

My mother was a tailor3 ―Estalla la canción, y la potencia de ese timbre roto, diez veces más pasional que los dos anteriores, me pone la piel de gallina. Porque sé a quién pertenece. Reconocería esa voz en cualquier momento, en cualquier lugar―. She sewed my new blue jeans. My father was a gamblin, man. Way down in New Orleans4.

Giro en redondo y durante unos segundos el mundo se queda atrapado en una bonita estampa que tarda menos de un instante en hacerse añicos cuando Connor Davis avanza hacia mí por la alfombra roja que separa las dos filas de sillas. Con la guitarra colgada del hombro y los ojos azules clavados en el ataúd de Eleonor, canta y acompaña la canción con unos acordes tan melancólicos que te llegan hasta lo más hondo del alma.

―Hay que joderse ―bisbiseo en medio de mi asombro.

«Dios, Eleonor, no podías irte sin armar un poco de barullo, ¿eh?».

Se me escapa una carcajada que atrae una mirada de censura por parte de mi madre. Finjo toser, busco una mejor postura en la silla y me obligo a permanecer seria.

Pero es desternillante. The House of the Rising Sun. ¡Sí, señor! Esto sí que es Eleonor en toda su magnificencia. En medio de un funeral, ¿interpretar una canción que alude a un viejo burdel de Nueva Orleans? Me quito el sombrero, abuela. Me has impresionado incluso a mí.

Negando con la cabeza, miro al cielo y me doy cuenta de que se ha nublado de repente. Jirones de nubes oscuras se han cernido sobre nosotros en algún momento durante la ceremonia y, por cómo se mueven los árboles en el bosque, diría que la tormenta es inminente. El aire huele a peligro y a electricidad.

«Ay, Eleonor, no puedes estarte quieta ni siquiera ahí arriba, ¿verdad? Tenías que mandar un aguacero para estropear el vestido nuevo de mamá y su pomposo peinado».

Me rodeo en un abrazo y sonrío con todo el corazón, porque, por primera vez en dos días, siento su presencia como si ella aún estuviera aquí.

Y eso es muy reconfortante.

Connor y su grupo siguen cantando y tocando para desesperación de mamá, que arde de rabia a mi lado.

―¿Qué demonios es todo este circo? Menuda vulgaridad. ¿Y qué hace Connor Davis aquí? No estaba en mi lista de invitados.

―Relájate, mamá. Era el último deseo de Eleonor.

―¿Tú sabías algo de esto, Ophelia?

―¡Mamá, acabo de volver de París! ―me defiendo indignada―. ¡Claro que no!

―No sé yo. Mira cómo te está mirando. Seguro que estáis los dos compinchados, como siempre.

El Diablo me impulsa a girar el cuello y, al instante, mis ojos caen presa de la intensa mirada de Connor. El aliento se me atasca en alguna parte del pecho y noto la tirantez de un rostro que parece convertirse en piedra. Dios mío. Connor Davis está de pie delante de mí, después de tantísimo tiempo, me está mirando fijamente, y yo no puedo apartar la mirada de la suya.

El mundo pierde todo el sentido para mí. Se me olvida dónde estoy. Con quién. Solo puedo verle a él. Como me temía. Sus ojos se han convertido en un enorme imán, y mirarle duele. Duele muchísimo. ¿Por qué creía que estaba curada? ¿Durante años me he estado mintiendo a mí misma?

El ceño de Connor se hunde en una arruga tan profunda que acelera mi corazón. Quizá se haya percatado de la rigidez de mis facciones o de la palidez cadavérica de mi piel.

Oh, mother, tell your children5―se lamenta al son de la guitarra mientras sus ojos hacen trizas a los míos―. Not to do what I have done. Spend your lives in sin and misery. In the House of the Rising Sun.6

Un trueno explota por encima de nosotros, y ese es el sonido que desata el caos. El agua empieza a derramarse a cántaros, sembrando el pánico entre los asistentes y, sobre todo, en mi madre, que se vuelve loca cuando las cosas no salen según las ha planeado. Hay que ser comprensivo con ella. Una tormenta no se incluía entre los planes de mamá para un entierro de revista.

Mi padre me grita que me ponga en marcha y ayude a recoger, pero los ojos de Connor siguen ahondando en los míos con toda la fuerza de ese profundo, oscuro, azul que nunca ha dejado de atormentar mis sueños, y no me siento capacitada para mover ni un solo músculo.

Así que me quedo sentada en medio del aguacero y aguanto su mirada como si no me importara nada aparte de él.

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1 Letra canción The House of the Rising Sun . Trad. Hay una casa en Nueva Orleans. La llaman el Sol Naciente.

2 Trad. Y ha sido la ruina de muchos chicos pobres. Y Dios sabe que yo soy uno de ellos.

3 Trad. Mi madre era saste

4 Trad. Cosió mis nuevos jeans azules. Mi padre era un hombre de apuestas. Abajo en Nueva Orleans.

5 Trad. Oh, madre, dile a tus hijos.

6 Trad. Que no hagan lo que yo he hecho, gastar sus vidas en pecado y miseria, en la casa del sol naciente.

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