Nada que perder___primeros capítulos gratis

Escalar el cielo

Pista 1: Way Down We Go

(Kaleo)

 

 

Y el mundo giró un poco más despacio, quizá para alargar eternamente esos últimos momentos a su lado.

Los latidos de mi corazón se ralentizaron hasta detenerse por completo y, durante unos treinta segundos o más, no fui capaz de ver nada. Todo a mi alrededor quedó paralizado, atrapado en una especie de silencio profundo, inanimado. El silencio de un copo de nieve que muere segundos antes de rozar el suelo.

Me noté extraña, otra.

Hasta que cruzamos una mirada y las pulsaciones regresaron, con tanta violencia que la sangre me empezó a rugir en los oídos.

Estaba viva, y por fin pertenecía a algo.

Lo miré en silencio y me sentí mareada, abrumada por una euforia difícil de explicar o comprender. Mi corazón latía como jamás lo había hecho, acallando todo lo demás: la voz de la razón, la crueldad de un tiempo que se nos estaba agotando, el miedo a dar un paso en falso y perder lo que, en realidad, creo que nunca tuvimos.

No me preocupaba nada en absoluto, porque ese hombre, ese hombre increíblemente apuesto, magnético, carismático, oscuro y único en su género, era lo que siempre había deseado.

Su visión de nosotros era lo que siempre había deseado.

«Míralo, Katie. Eres tú quien ha creado esta locura. ¿La estás disfrutando?»

Una parte de mí, sí. Lo hacía. La idea de pertenecer a alguien y que ese alguien me perteneciera a mí me resultaba muy estimulante. Novedosa.

Tremendamente obsesiva.

La Bella y la Bestia. Eros y Psique. Sid y Nancy. Los cuentos más terribles, concentrados en uno solo.

Aunque nuestro remake era un tanto diferente. Demente, si me paraba a catalogarlo. Éramos más bien como el Joker y Harley Quinn, esa clase de parejas que nunca se deberían haber conocido, pero lo habían hecho y ahora ya no había vuelta atrás.

Colgábamos, literalmente, por encima de un maldito precipicio. Estábamos cada vez más cerca de hundirnos y, aun así, no había miedo latiendo en nuestras entrañas, solo un deseo desenfrenado al que no encontraba justificación alguna. ¿Importaba, siquiera? La pasión que consumía las pupilas de aquel hombre era tan febril que sobrepasaba cualquier grado de locura.

Nadie me había mirado nunca así.

Nadie volvería a mirarme nunca así.

Al menos eso lo sabía con absoluta certeza.

Él me tendió la mano y me sonrió para infundirme valor. Ahí estaba otra vez, esa sonrisa suya que habría enloquecido a cualquier mujer entre los trece y los noventa y nueve; ese gesto tan perturbador que, cuando asomaba, agitaba desde los cimientos el deseo irracional que florecía dentro de mí, y, cuando desaparecía, me dejaba a merced de una inexplicable y abrumadora sensación de pérdida que no había modo de vencer.

Sin él, no tendría más que vacío y oscuridad. Por eso, quizá, me aferraba con las dos manos y me negaba a dejarlo marchar.

Enamorarse es la cosa más fácil que he hecho nunca. El amor llegó como un flash, atravesando mi cuerpo con la velocidad de un rayo y causando exactamente la misma destrucción a su paso.

Una sonrisa, una mirada, y al instante supe que estaba perdida, que acabaría asfixiándome bajo las olas de ese profundo azul que jamás dejaría de arrastrarme hacia el abismo.

En algunos momentos de lucidez, bastante raros en mí, acabé preguntándome si importaba hundirme. ¿De verdad él valía la pena?

Nunca tuve que cuestionármelo demasiado. Sabía la respuesta. O, al menos, la intuía, muy en el fondo de mi dañado corazón. El amor es una enfermedad, él mismo me lo había dicho. Ojalá me hubiese advertido de que podía contagiarme sin querer. O de que la cura aún no la había descubierto nadie.

―Dame la mano, peque ―me pidió, con esa suavidad que derrumbaba todas mis defensas―. Todo va a salir bien. Lo prometo. No es más que una escalera. No mires el abismo. Aquí solo estamos tú y yo. Y el Cielo.

Titubeé un segundo y luego alargué el brazo y me aferré a su muñeca. Con fuerza, incluso teniendo la convicción de que estaba a salvo con él.

«Él no te dejará caer. Incluso si el mundo entero se quebrantara ahora mismo, esto es para siempre».

Esa idea actuó como un bálsamo en mí. Conseguir mi propio para siempre era algo que me había obsesionado durante toda la vida. Había llevado una existencia volátil. Efímera e insignificante antes de conocerle. Él era lo único real que había tenido nunca. No estaba dispuesta a dejarlo marchar tan fácilmente, con lo que mis dedos se clavaron en su carne con renovada fuerza y lo retuvieron junto a mí.

Se dispuso a decirme algo, quizá a reconfortarme de algún modo, pero el silencio lo fue venciendo poco a poco y, en lugar de palabras, recibí una mirada larga y cargada de sentimiento. En sus labios se insinuó una sonrisa tan afligida que algo se rompió en mi interior. No hacía falta que dijera nada. Los dos lo sabíamos: el tiempo corría demasiado deprisa y nosotros, en realidad, no era para siempre.

De pronto, me entró tal ansiedad que quise parar el maldito reloj, retrocederlo, estrellarlo contra el suelo hasta hacerlo añicos. Ojalá hubiera podido volver al principio y reescribir nuestra historia, salvar a ese hombre, de mí, de sí mismo, del mundo entero; consolarlo, abrazarlo, perderme en él. Ojalá hubiese sido posible olvidarlo todo, besar sus labios, entrecortados por el viento, y sentir la electricidad de su abrazo; empaparme con el olor de su piel; quizá desvanecerme, como decenas de veces había hecho en el pasado.

Pero una parte de mí sabía que era demasiado tarde, que no había forma de eludir el acuciante final de nuestra historia, esa oscuridad que llevaba semanas enteras flotando encima de nosotros, tapando el sol y poblando nuestro mundo de sombras.

El final estaba cerca, y los dos lo sentíamos. Por muchas montañas que escalásemos, por mucha adrenalina que hubiera en nuestras vidas, el final iba a alcanzarnos y no lo podíamos detener.

Lo único que podíamos hacer era mirar, mirar, mirar, y esperar a que ese mundo de engaños empezara a derrumbarse por debajo de la suela de nuestros zapatos.

 

 

 

 

 

El hombre de ojos azules

Pista 2:The Sound Of Silence

(Nouela)

 

Que esté escribiendo esto ahora no implica que haya sobrevivido, después de todo. A veces la vida cambia en un solo instante. Un giro erróneo. Un semáforo en rojo. Una bala que alcanza la diana, ¡bang!, gélido metal que traspasa tu carne y la desgarra como los colmillos de un animal. Gotas de sangre arrojadas hacia el cielo. Un grito que penetra tus tímpanos.

Y las luces.

Siempre, siempre, las malditas luces, regocijándose porque te lo han arrebatado todo. Ambulancia, policía, bomberos, círculos azules o rojos en un continuo movimiento, siniestros reflejos en el techo de una mugrienta habitación, sombras danzantes de una macabra obra de ballet que nadie excepto tú sabe interpretar. Se ríen de ti a carcajadas, mientras tus párpados bajan despacio y esa falta de sensibilidad se dispara por tus venas.

Te hundes en la oscuridad. Tu última bocanada de aire. Y otra vez ese profundo y aborrecible silencio impregnándolo todo.

Nunca sabes cómo va a acabar. ¿Cómo vas a morir? ¿Cuándo? ¿Por qué?

¿Illinois? ¿Nevada? ¿California?

¿Serás devuelta al estado que te vio nacer?

Nadie lo sabe, pero si tuviera que pensar en los detalles, supongo que, aferrada a su mano, con sus ojos azules, sus inocentes y etéreos ojos azules clavados en los míos, me parecería una buena forma de decir adiós.

Cuando salí de casa esa mañana, estaba lejos de imaginar lo mucho que se iba a trastocar mi mundo. Después de todo, solo iba a ver a mi padre al trabajo. ¿Qué podía salir mal? Aparte del mismo sermón de siempre y un par de reprimendas, bastante merecidas, por haberme gastado miles de dólares en trapos que ni siquiera me hacían falta, no esperaba otro desenlace. Qué ingenua.

Claro que apenas eran las 11:05 a.m. Aún quedaba media vida para que el reloj marcara las 11:35.

Fuera, un sol deslumbrante me obligó a ponerme las gafas Gucci de lentes doradas de las que nunca me separaba. Tiene gracia. Siempre que uno piensa en cosas malas, se imagina oscuridad. Y niebla. Quizá un mundo entristecido por el llanto de la llovizna. O incluso nieve. ¿Por qué no un océano blanco y álgido de dolor y crueldad?

La luz del sol el mal no la puede atravesar. ¿Cómo iba a poder? Bajo la cúpula dorada de la mañana solo puede haber felicidad y alegría, apuestos padres jugando al voleibol con sus perfectos hijos y saludables cachorritos saltando por el césped para atrapar la pelota que les acaba de ser lanzada; clichés de la familia perfecta americana.

A todos nos gustan los tópicos. Nos aportan seguridad. No hay nada peligroso dentro de una cosa que ya conoces.

Así que ahí estaba yo, a salvo y protegida por esa nívea luz que nutría mis poros.

Como había hecho decenas de veces antes de aquel día, y como pensaba volver a hacer decenas de otras veces después, monté deprisa en la parte de atrás del coche que mi padre había tenido la cortesía de enviar para recogerme, y me acoplé de inmediato el cinturón de seguridad para que Jules pudiera poner el vehículo en marcha antes de que los conductores que venían por detrás protestaran a pitidos. Yo jamás conducía. Me daba pánico el tráfico de la ciudad.

Y pillar un taxi a esas horas era casi tan imposible como mantenerse en la talla treinta y seis después de haber cumplido los veintidós.

―¿Cómo estás hoy, Lexi?

Enfoqué el espejo con la mirada y compuse una sonrisa para Jules. Me estaba sonriendo y, por primera vez en años, caí en la cuenta de lo mucho que había cambiado desde mi infancia. Ahora su barba estaba salpicada de canas, sus ojos marrones hinchados por culpa de las bolsas que parecían sostener sus párpados inferiores.

Tan solo la expresión bonachona que tanto caracterizaba su rostro se había mantenido intacta. Por lo visto, la lealtad es lo único que el tiempo no puede matar.

Teníamos mucha suerte de contar con Jules en nuestras vidas. Yo, sobre todo.

―Nunca he estado mejor. ¿Qué tal tú?

Mentí. Como siempre.

Y cambié de tema deprisa. Como siempre hacía.

―No puedo quejarme. Aunque la columna sigue dándome guerra. El médico dice que paso demasiado tiempo sentado.

―Tienes que levantarte y dar un paseo cada dos horas, Jules ―lo regañé con aire indulgente―. Lo oí en un reportaje en la tele. Dicen que es bueno para el cuerpo y la mente. Te despeja o no sé qué historias. Seguro que el médico ya te lo ha dicho.

―Sí, claro. Y también que hay que beber dos libros de agua y comer no sé cuántas piezas de fruta a diario ―repuso él con hastío―. ¿Quién tiene tiempo para tantas cosas?

―Supongo que nadie ―admití con una sonrisa triste.

Jules me devolvió el gesto a través del espejo.

―Vivimos demasiado deprisa. Es como si estuviésemos impacientes por irnos. Creo que se nos ha olvidado que al otro lado solo nos espera la muerte.

―Hmmm. Supongo… ―aseveré abstraída al tiempo que mi mirada se estaba desprendiendo de la suya y se alejaba hacia el marco de la puerta.

Jules lo mantenía impecable. No había ni rastro de polvo. No sé por qué me fijé en eso, en lo aséptico que era el mundo a mi alrededor.

Conocía a ese hombre desde que tenía tres años. Para mí, era más familia mía que mi propio padre. En todos mis recuerdos le veía a él. Mi primer día de colegio, mis audiciones de danza…

Mis progenitores estaban demasiado ocupados con su fascinante vida como para andar preocupándose por mis rendimientos escolares. O mis conciertos de piano. O los recitales de poesía en los que me empeñaba en participar a pesar de no poseer el más mínimo talento para la interpretación.

O aquella vez que me operaron de apendicitis.

Cuando se enteraron mis padres y volaron desde Grecia, ya me habían dado el alta. El que había estado a mi lado en el hospital había sido Jules. Yo solo tenía siete años y no comprendía nada de lo que estaba pasando, todos esos médicos rodeándome, estar tumbada en una camilla, la luz cegadora del quirófano, el anestesista con el rostro tapado, inclinado sobre mí para susurrarme que todo iba a salir bien…

¿Bien? ¡Ya nada volvería a estar nunca bien! Quería a mi madre y ella no estaba ahí.

Fue bastante traumático, aunque me curtió lo suficiente porque, después de eso, nunca más eché de menos a Amber. Ni una sola vez. Lo que no te mata te vuelve más insensible, supongo. O puede que solo un poco más oscuro.

―¿Y qué tal la familia? ―susurré al cabo de unos momentos de silencio.

A Jules le encantaba hablar de la familia. No eran como nosotros. Ellos estaban unidos.

Mi familia, como la mayoría de las familias adineradas, estaba desperdigada por el mundo. Mi madre, Amber, republicana, católica y adultera, se había fugado con el contable de mi padre y ahora vivía felizmente en las Bahamas, gastándose gran parte de mi herencia en masajes en la playa y estancias en hoteles de lujo. Mi hermano, Erik, estaba perdido en alguna parte de Europa, haciendo solo Dios sabía qué.

En cuanto a mi padre y a mí, aunque vivíamos bajo la asquerosa cúpula de la misma ciudad, apenas nos veíamos salvo algunos momentos puntuales: Navidad, mi cumpleaños, los días en los que me cancelaba todas las tarjetas solo para que fuera a verle…

Atrapados en medio de un atasco, justificable en una isla de más de un millón y medio de habitantes, Jules me contó todas las novedades respecto a los suyos. Su hijo había sacado un diez en Ciencias.

―No sé a quién habrá salido ―afirmó mientras avanzábamos despacio por la Sexta en dirección a Central Park―. Yo era un palurdo a su edad. Menos mal que no se me parece en nada. Ese muchacho es más listo que el hambre.

Mi boca se movió en una sonrisa mortecina. Jules era el padre que me hubiese encantado tener.

―Me alegro de oírlo. Quizá tengamos delante al nuevo Premio Nobel. ¿Y qué tal papá? ¿Algo nuevo en su vida? ¿Alguna novia de la que deba estar al tanto?

Así éramos los Van Bon, siempre comunicándonos a través de terceras personas. O del Instagram. A mi madre le habían diagnosticado una fuerte adicción a las redes.

De hecho, tan grave era lo suyo que era así como nos habíamos enterado de su aventura. Colgó una foto en uno de sus perfiles y escribió: En las Bahamas, con el amor de mi vida.

Que resultó no ser mi padre.

¿Qué puedo decir? Éramos gente muy extraña. Porque, desde luego, a la gente normal no le sucede nada de eso.

―¿Tu padre? Como siempre. Sigue trabajando como si no hubiera un mañana.

―Muy típico de él.

―Desde que tu madre ya no está…

―Desde que mi madre se largó. No actuemos como si Amber estuviera muerta.

―Él lo hace.

―Pues debería dejar de hacerlo. Mamá está vivita y coleando, creyéndose la Kardashian de las Bahamas. Papá tiene que superarlo de una vez. Todo este rollo empieza a hastiarme.

―Si al menos Erik estuviera aquí… El señor Van Bon siempre se lamenta de que se haya ido tan lejos.

Claro. El hijo pródigo. Una historia que iba camino de provocar nauseas.

Papá aún no había aceptado el hecho de que Erik era un alma rebelde que nunca iba a trabajar en el negocio familiar. A mi hermano le gustaba más la vida nómada. Una mochila. Un kilo de maría. Una nena en cada nuevo país…

No veía yo a Erik con traje y corbata, dando conferencias sobre afianzamiento mercantil, los bonos de alta rentabilidad o la expansión de la banca electrónica. Sencillamente, ese rollo no iba con él.

―Todos lamentamos que Erik se haya marchado tan lejos, pero papá tiene que dejar de hacer un drama de todo. Seguro que lo de Erik es solo una fase. Europa tampoco es tan alucinante como para quedarse a vivir ahí.

Lo dije confiada, aun cuando sabía que no se trataba de nada pasajero. Conocía a mi hermano. Adoraba viajar a través del mundo, y contaba con suficiente soporte económico como para hacerlo. Incluso si Vincent le cortaba el grifo en uno de sus habituales ataques de ira, nuestros abuelos paternos le habían dejado una herencia millonaria, dinero que Erik había empleado para poner en marcha un próspero negocio de distribución de droga, que había aumentado sus ingresos de forma considerable, a la par que ilegal.

Según los entendidos, mi dulce hermanito fabricaba y exportaba la mejor hierba de toda la costa Este. Había que joderse, ¿verdad?

Lo único malo que tenía su trabajo era que no se podían usar esas ganancias para comprarse un piso en pleno Park Avenue, porque ni siquiera un Van Bon era capaz de justificar ante el IRS[1] tanta inyección de capitales. Por lo demás, a Erik se le veía encantado con su papel de empresario desenfadado y hippie.

Supongo que todo ese dinero en efectivo y las naves industriales llenas de marihuana me convertían en la hermana de un narco. Como acabo de decir, éramos una familia peculiar. Cuando la noche caía y las persianas estaban a punto de ser bajadas, cuando todo el mundo se sumergía en la apacibilidad de sus hogares, los Van Bon nos dedicábamos a hacer cosas malas.

Mi madre, la adultera, a retozar con el señor Jones. (Ugh).

Mi padre, el futuro candidato a Lobo de Wall Street, a planificar los próximos créditos de dudoso cobro que iba a aprobar su banco, el Van Bon Financial Group. (Doble ugh).

Mi hermano, el químico, a mejorar los niveles de THC de su Amnesia Haze[2]. (No voy a escandalizarme. Podría haber sido peor. ¡Podría haber sido banquero!)

En cuando a mí, la pequeña de la familia, yo me sentía tan vacía que ni siquiera hacer cosas malas me animaba ya. La mayoría de las noches me quedaba delante de mi ventana panorámica, con los ojos perdidos en la cúpula del Empire State, la única estrella que brillaba últimamente en el cielo de Nueva York, y pensaba en lo asombroso que sería si pudiera despertarme al día siguiente y ser alguien nuevo.

Mis ojos se movían de un edificio al otro y mi mente trazaba planes: salir de esa ciudad, coger la carretera y seguirla sin preocuparme por mi destino, elegir un lugar remoto, en los confines del mundo, asentarme ahí e intentar descubrir lo que era la felicidad. Sueños de reinventarme, de empezar de cero. Odiaba mi vida. Tenía la impresión de vivir el día a día atrapada en el decorado de una película de Hollywood. Nada de lo que me rodeaba parecía real. Era todo demasiado áureo. Demasiado perfecto. Daban ganas de desgarrarlo con las dos manos, despedazar ese papel dorado que recubría los muros de nuestra sociedad como una corteza indestructible e infranqueable. Lo habría arrancado a cachos, si hubiese sabido que detrás había algo más.

Pero no lo había. No había nada. Nunca lo había habido.

Hiciese lo que hiciese, el escenario a mi alrededor se mantenía inalterable. Nunca pasaba nada nuevo. Nada excitante. Y a mí ya nada me afectaba, nada me emocionaba, porque era todo falso, estaba atrapada en medio de una grandiosa mentira.

A veces soñaba con que daba un paseo por el lado salvaje de la vida. Y que era libre. Libre de verdad. No eran más que los sueños estúpidos de una niña que pasaba demasiado tiempo con los ojos cerrados.

―Alexia, no te alejes demasiado ―solían advertirme mis padres―. No te vayas al Bronx. Podría pasarte algo malo.

Mi vida era así, estaba atrapada en una maldita burbuja aurea y era tan ingenua que me moría por salir de ella. No tomaba en cuenta el hecho de que las burbujas te mantienen a salvo. No me importaba estar a salvo. Me decía a mí misma que lo que quería era ver el mundo tal y como era. Con sus miserias y su suciedad. Con su crudeza y, a la vez, esa sencilla belleza que la gente como yo no conocemos: la belleza de una flor silvestre que asoma en medio de las rocas, la de la lluvia que humedece el desierto, la de un anciano que lleva flores a la tumba de su esposa, porque, aunque hayan pasado cincuenta años desde que la perdió, ella sigue siendo el amor de su vida, y eso nadie, ni siquiera la muerte, se lo puede arrebatar.

En mi vida no había ninguna clase de belleza. Tan solo estaban las riquezas materiales y los prejuicios sociales. Todo apagado. Todo lineal.

Estaba harta.

Y cansada.

Me sentía como un muerto en vida.

Quería aprender a vivir como Jim Morrison, sin normas, sin dictámenes, sin convencionalismos. ¡A la mierda con todo el mundo! A la mierda mi madre, reina del universo bipolar y egocéntrica. A la mierda mi padre, gélido y controlador como un sociópata. A la mierda mi hermano, que se había largado cuando más falta me hacía su consejo.

Joder, no los necesitaba. Tenía a Jim.

«Si mi poesía intenta algo es liberar a la gente de sus límites para ver y sentir».

Cielo, ese hombre me inspiraba. Era un puñetero dios de la insubordinación.

Quizá sus letras me hubieran lavado el cerebro porque durante años escuché sus canciones en bucle, miré la única luz que brillaba en la negrura de la ciudad, me fumé algún que otro canuto y fantaseé con largarme muy lejos de ahí; recorrer el mundo de punta en punta, buscar algo, nunca supe el qué, pero tenía que ser lo suficientemente sólido como para que consiguiera hacer latir mi marchito corazón. Porque cuando lo tienes todo, ya nada te ilusiona y eso es terrible.

Para sentirme viva me hacía falta algo auténtico. Alto voltaje. Un chute fuerte de adrenalina. No la maría de Erik ni los zapatos de marca que me costeaba con la fortuna de mi padre, sino algo al cien por cien real, uno de esos amores que consumen, dolor que te desgarra las venas, emociones que nacen titilando como la llama de una vela hasta que se descontrolan, arden por dentro y se alzan en un incendio que derrite y arrasa con todo. Las cenizas caen del cielo, y ahí estás tú, disfrutando del tango de las llamas y esa dulce agonía que tan solo una persona consumida por sus pasiones conoce.

Un amigo me dijo una vez que para no perder tus sueños es preciso seguir durmiendo. Ojalá. Por desgracia, yo me despertaba todas las mañanas con la certeza de que todo cuanto quería y necesitaba estaba fuera de mi alcance. Porque se necesita valor para abandonar una jaula dorada, y de eso yo tenía poco o casi nada.

En el fondo, era una soñadora, no una guerrera. Y los sueños nadie te los concede. Hay que arrebatárselos a la vida. Y yo no era capaz de arrebatar una mierda.

Ser consciente de mi propia debilidad me hacía aceptarlo, y de esa forma me iba a la cama noche tras noche, cerraba los ojos y me pasaba horas enteras soñando con cosas que nunca iban a suceder.

Nunca fue mi intención extrapolar esos sueños a la vida real, porque, una parte de mí, la parte sensata, siempre supo que daba igual lo que yo quisiera. Acabaría teniendo una existencia tan banal como la de los demás.

Primavera, verano, otoño, invierno, y yo siempre en el mismo lugar, contemplando desde el suelo de mi salón la maldita cúpula del edificio más alucinante del mundo.

En nuestra familia eran Erik y mi madre los que habían heredado el gen de la rebeldía, y solo ellos estaban predestinados a hacer cosas extraordinarias. Los demás nos conformábamos con lo que nos había tocado.

De todos modos, morir sin que nadie sepa que has existido tampoco es tan malo, ¿no? ¿Por qué esa obsesión de la gente por dejar huella?

Las pirámides, el Cristo Redentor, el Taj Mahal, The Rolling Stone, el mundo entero está repleto de indicios de que el ser humano quiere ser inmortal; ser recordado incluso cuando ya no esté.

¿Acaso nuestra vida se resume a la frenética búsqueda de esa inmortalidad?

¿Tenemos fe solo porque odiaríamos que la muerte se saliese con la suya? ¿Tallamos nuestro nombre en un árbol para que alguien sepa que hemos existido? ¿Escribimos libros porque creemos que es posible seguir viviendo a través de ellos? ¿Es que necesitamos una voz que retumbé incluso desde el reino de los muertos?, ¿un grito con el que seguir hablándole al mundo, palabras, palabras y más palabras, vacías y sin ningún significado, hasta que la tinta esté corrida y el papel amarillento por el paso de los siglos?

Creo que sí. Creo que, en el fondo, queremos ser eternos, como Dante, porque nos da auténtico pavor saber que todo esto se acabará, tarde o temprano.

Mira a tu alrededor, cielo. Todo tiene fecha de caducidad.

Tú serás polvo y cenizas, pero ese edificio de ahí, esa imponente torre que se alza en medio de los demás edificios, firme, altiva, indiferente al castigo de los años, es imperecedera. El umbral de la mismísima eternidad. Y tú te sientes tan pequeño e insignificante comparada con ella…

Admítelo. ¿Cuántas veces no lo has pensado? ¿Cuántas veces no has sentido que tu vida no es más que un efímero soplo de aire que termina antes de que te dé tiempo a respirarlo?

Yo no dejo de pensar en ello. Hace años que me obsesiona la idea de morir.

La idea de morir en silencio.

La idea de morir, en líneas generales.

Es mi única obsesión en el mundo. Es triste, de algún modo, saber que la única pasión que te consume se resume a… dejar de existir.

―Al final no ha sido para tanto el tráfico, ¿no? Cuando salí de casa esta mañana parecía que la ciudad se estaba preparando para recibir el fin del mundo.

Mis ojos llenos de ansiedad buscaron a Jules. Mis labios hicieron un último esfuerzo, compusieron una sonrisa, el mortecino esbozo de una alegría que no sentía.

Puede que hubiera una vida más allá. O puede que no. Quizá algún día lo averiguara. Mientras tanto, tocaba vivir la vida que me había sido concedida, por muy fastidiosa que me resultase.

―Ya. Gracias por traerme ―dije, al tiempo que soltaba el cinturón y cogía mi bolso.

Jules me sujetó la puerta. Estaba sonriendo.

―Ha sido un placer.

―Dales un beso a Maggie y al pequeño Arthur de mi padre.

―Lo haré.

―Bien. Adiós.

―Hasta pronto, Lexi.

Me despedí con un gesto y eché a andar por la acera. Conforme me alejaba de él, noté una sensación de desagrado apoderándose de mí. Esa inquietud tenía mucho que ver con el motivo de mi visita de aquella mañana.

Aunque mi padre no lo había mencionado aún, sospechaba que se trataba de lo de siempre.

A fin de cuentas, llevaba más de medio año insistiéndome en el tema. Vincent se había propuesto verme casada antes de mi próximo cumpleaños, y ya había elegido a su futuro yerno.

En un mundo como el mío, conceptos como el amor o incluso la compatibilidad están obsoletos. Lo que importa es la riqueza. La reputación. La actitud de cara al público. Si vives en el decorado de una película, es fundamental saber actuar.

Mi padre quería un yerno con pedigrí, y ya lo había encontrado.

Se llamaba Jay, como las aves paseriformes, esas pequeñas criaturas, medio exóticas, que arman barullo en los bosques californianos. Jay Sallow[3]. Una combinación horrible, si alguien quiere saber mi opinión.

No tenía el más mínimos interés en contraer matrimonio con el señorito Sallow, y no solo por llevarle la contraria a mi padre ―que también―, sino porque despreciaba a los ricos herederos como él, los que lo reciben todo en una bandeja de plata, la selecta educación, la ropa de marca, los coches veloces, el respeto de los demás…

No me hacía ninguna falta conocerle, estaba convencida de que ese hombre no era mi tipo. Cada vez que pensaba en Jay Sallow ―que no era mucho―, me imaginaba a Chuck Bass.

Y a mí nada me irritaba más que el personaje de Chuck en GossipGirl. Le hubiera dado de hostias a diario.

Preparándome mentalmente para una conversación que en absoluto me apetecía afrontar, volví la esquina de un edificio de piedra arenisca y atravesé a paso rápido una pequeña plaza llena de gente. Decenas de palomas salieron volando a mi alrededor y, al verlas, mi mente me llevó de vuelta a las vacaciones de verano que Erik y yo habíamos pasado en Roma. Qué buenos tiempos.

Estaba perdida en mis pensamientos, evocando los gelatos y los ragazzos, cuando escuché esa voz, atrayéndome como el canto de una sirena.

―Disculpe.

De algún modo, sentí que era a mí a quien se estaba dirigiendo, y en medio de la turba de personas apresuradas, me volví y arqueé las cejas.

Cuestión de unos cinco o seis segundos, lo miré sin saber cómo reaccionar, desencajada y casi sin aire en los pulmones.

Él…

…era…

…indiscutiblemente…

…¡alucinante!

Están los hombres guapos, los hombres sexys, los hombres follables, los hombres a los que no te acercarías ni loca…

Y luego Dios le había creado a él.

Muy por encima de todo lo demás. El puñetero súmmum de la masculinidad. La obra maestra de la divinidad.

Perfil recto. Aristocrático. Absoluta simetría.

Piel morena. Ojos de un azul casi turquesa(o, al menos, lo parecían a la luz del sol, que moteaba puntitos de color zafiro en la hondura de sus pupilas).

Me sorprendí a mí misma bajándome las gafas por la nariz y observándolo por encima de la montura con un interés rayano en la obscenidad. ¿Qué demonios pasaba conmigo? Esa no podía ser yo. Yo nunca me comportaba así.

Y, sin embargo…

―¿Me está hablando a mí? ―coqueteé sin el más mínimo descaro.

Él sonrió, y su sonrisa de lado, masculina, irresistible, me hizo sonreír como una agilipollada.

―Sí. ¿Podría indicarme cómo llegar a Grand Central Terminal? No soy de por aquí.

Desde luego que no. Ese hombre no era de nuestro mundo.

«Mira y aprende, pajarraco malhumorado. Mira y aprende».

―Claro ―no tardé en responder.

Sin embargo, un nuevo y extraño silencio precedió a mis palabras. Debía de ser por la forma en la que él me observaba, esa concentración que te congela el aliento. Había algo perturbador en su mirada. Algo hipnótico. Y yo no podía dejar de hundirme en esas profundidades azules que tanto me atraían. Sentía que le conocía de algo, de otra vida. A lo mejor le había visto decenas de veces dentro de mis sueños. A lo mejor mi corazón sabía que él era esa media naranja que había estado buscando durante toda mi vida y por eso le había reconocido.

―¿Y va a hacerlo? ―preguntó él, con creciente diversión.

Su sonrisa guasona y ese gesto apremiante de sus cejas me hicieron reaccionar por fin.

―¿Qué? Ah. Sí. Claro. La estación. Hmmm… no está muy lejos de aquí ―conseguí decirle por encima del estruendo de mi corazón.

―¿Se puede ir andando?

―Creo que sí. Tiene que bajar esta calle hasta casi el final y luego girar a la derecha. Hay flechas indicándolo. Solo tiene que seguirlas.

Aunque intenté mirar lo que le estaba señalando, los ojos me traicionaron volviendo hacia los suyos. Su mirada era fascinante, y perderse en ella fue como sumergirse en ese apacible mar que baña las playas del Caribe. Me sentí a salvo, feliz y con ganas de contemplar los distintos matices de azul durante toda mi vida. Era demencial. Era como una droga para mí, una sustancia desconocida que necesitaba probar a cualquier precio y por encima de todas las demás cosas.

―Entonces, bajo y giro a la derecha, ¿no? ―se cercioró con los ojos ejerciendo un enorme control sobre los míos. Conseguí asentir―. Estupendo. Gracias. Me ha salvado la vida.

Si bien su voz sonó baja y suave, detecté algo más en ella. Una chispa de desafío.

―No hay de qué. ¿Puedo ayudar en algo más? ¿Cualquier cosa?

Nos seguimos mirando a los ojos. Sus pupilas tenían algo que te arrastraba hacia ellas, como un enorme imán cuya fuerza no se podía eludir. Nunca había tenido esa conexión visual con nadie. Sencillamente, era incapaz de apartar la mirada.

Esperé un momento, ahí clavada en la acera, por si él añadía algo. Algo del tipo: «Ahora que lo mencionas… ¿quieres ser la madre de mis hijos?».

Pero no hubo suerte. Me sonrío, negó con un gesto y se alejó en la dirección que yo le acababa de indicar. Una auténtica pena, porque, con su marcha, el mundo volvió a girar. Regresaron los ruidos y el tráfico, el sol y la suave brisa que acariciaba mi rostro.

Todo volvió a ser como antes. Todo, excepto yo.

La gente me rodeaba por todas partes, un asfixiante círculo que se cerraba a mi alrededor. En cambio, yo permanecí en el mismo lugar, embobada, mirándole a él. No podía ver nada más. Era como si el universo hubiese bajado el telón y el director de la película lo enfocara en exclusividad, la figura del actor solitario que se marcha al final del último acto.

«Gírate.

Gírate y dime que no estoy loca.

Que tú también lo has sentido.

Ese magnetismo que hacía imposible dejar de mirarse; dejar de sonreír como imbéciles…

Gírate y dime que podemos cabalgar juntos por las olas salvajes de la vida y que…»

Él dobló la esquina sin girarse y yo me desinflé como un globo.

Por supuesto. Me había hecho el lío yo solita. Él solo pretendía llegar a la maldita estación. Maldita sea, ¿por qué había tenido la impresión de que entre nosotros habían saltado chispas?

«Porque eres ridícula, por eso».

Desencantada y cabreada conmigo misma por permitirme tales fantasías, expulsé un suspiro airado, me puse las gafas con brusquedad y apresuré el paso hacia la torre en cuya cúspide me había convocado mi querido señor padre.

Qué manera más estúpida de acabar algo que podía haber sido maravilloso. Fuegos artificiales. Mariposas en el estómago. Empujarse el uno al otro más allá de los límites…

Qué manera más estúpida de no conocer al hombre de ojos azules.

[1]              Servicio de Rentas Internas (Hacienda estadounidense).

[2]              Variedad de marihuana.

[3]              Trad. inglés: arrendajo malhumorado.

 

Booktrailer : aquí

Recordad que hasta el día 15 el libro está a solo 0,99 € precio de preventa.

¿Te ha gustado la introducción? Reserva tu ejemplar aquí

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s