Al hombre que dejé atrás… Capítulo 1 y 2

Sinopsis

 

Una chica regresa a Boston para hacer las paces con su pasado.

Un hombre acude cada vez que llueve a un bar de soul, se sienta siempre en la misma mesa, se pide una copa de whisky y espera en silencio a que empiece una canción vinculada al pasado.

Dos existencias vacías. Dos almas desgarradas por la soledad. Un abismo de tiempo separándolos.

El profesor de arte Wesley Holt queda asombrado cuando su más brillante alumna le pide un extraño favor: que uno de sus cuadros sea colocado en la galería del señor de Winter. Para Wesley, de Winter es un hombre de trato difícil, adusto, exigente, seco… No entiende por qué Hayley se empeña en enviarle su mejor y más emotiva obra. Y lo que le parece todavía más extraño, que se la envíe gratis.

Pese a su reserva, intenta persuadir al odioso de Winter para que acceda a tal sorprendente petición.

Al serle mencionado el nombre de la pintora, parecido al de la chica él lleva cinco años buscando desesperadamente, Jesse de Winter, intransigente como siempre, exige ver de inmediato el cuadro.

Y será delante de la obra llamada Al hombre que dejé atrás…, cuando Jesse será relegado a un pasado más real y más doloroso que nunca.

 

26231474_546332879053179_7659936171014642326_nCapítulo 1

 

Presente

 

―Señorita Button, ¿está conmigo?

Era la tercera vez que el profesor de Arte le llamaba la atención a su alumna. Hayley ni siquiera le escuchó. Su mirada estaba perdida en la nada. El profesor Wesley Holt pensó en que nunca había conocido a nadie tan atormentado como esa chica que tanto se había empeñado en dar clases particulares con él, incluso cuando no le hacía falta en absoluto.

Había tenido alumnos malos, alumnos regulares y alumnos buenos. Hayley Button pertenecía a la categoría de brillante. Así pues, ¿qué hacía él ahí, en su salón, hablándole sobre la influencia de Michael Wolgemut en algunos de los pintores del Romanticismo? Y, lo que era aún peor, ¿por qué se estaba esmerando tanto, cuando era obvio que ella ni siquiera le escuchaba?

Era de dominio público que Hayley no tenía pensado seguir los pasos de su profesor. Nunca había mostrado interés alguno en la docencia ni en los tecnicismos de los que él hablaba con tanto orgullo, aun siendo consciente de que no servían de absolutamente nada en la práctica. En el Arte, o había talento o no lo había. Se trataba de una disciplina pragmática y bastante sencilla de comprender. La premisa no podía haber sido más elemental: no tenía sentido conocer todas las técnicas de los góticos si eras incapaz de dibujar un conejo. Conclusión: debías saber dibujar conejos, antes de encaminar tus pasos hacia el Arte. Así de claro lo tenía el profesor.

Por supuesto, había casos de gente especial, los que cursaban Arte sin ser demasiado buenos en ese campo. El mismo Wesley, sin ir más lejos. Modelar a los futuros artistas era su vocación. Nadie dudaba de su capacidad. Algunos de los mejores pintores del país habían pasado por sus manos, y todos le dirigían alabanzas.

En la práctica, en cambio, a la hora de convertirse él mismo en un artista, Wesley era mediocre. Sus cuadros no decían nada. Técnica correcta, siempre perfecta. Y, aun así, carente de vida. Lineal, sin arriesgar demasiado.

Claro que, sin riegos, había tan poca pasión…

Hayley Button no tenía ese problema, por fortuna. Tras licenciarse, su intención era abrir su propia galería de arte donde exponer sus inmejorables cuadros. Si Wesley podía pasarse horas y horas hablando sobre técnicas de dibujar, ella era capaz de hacer algo mucho mejor que eso: podía llevar esas técnicas a la práctica. Y los resultados eran dignos de exponerse incluso en las mejores galerías del mundo, al lado de grandes artistas cuyos nombres Wesley no podía hacer más que atreverse a citar. Sabía que él jamás se acercaría a ese nivel, por muy estoico pintor que fuese. Hayley, por el contrario… Ella era otra historia.

No le necesitaba a él para dibujar. No le hacía falta ser modelada. Ella llevaba el Arte dentro, probablemente en la cabeza, o en las profundidades del corazón, y no experimentaba problemas a la hora de sacarlo de ahí y enseñárselo al mundo, lienzo tras lienzo, obras maestras y regias, obsesivamente encaminadas hacia la misma temática.

Como aquel que los ojos verdes del profesor estaban examinando con suma atención y, quizá, con una pizca de envidia profesional.

Los tonos del nuevo cuadro de Hayley eran igual de sombríos que siempre. Wesley pensaba que ella pedía a gritos un poco de amor. ¿Acaso no era eso lo que le inspiraba su trabajo?, ¿falta de amor y una desgarradora soledad? En el corazón de Hayley siempre llovía. También lo hacía dentro de sus cuadros. Ella era uno de esos pintores que se arrancaban el alma y la plasmaban en un lienzo. Hayley al desnudo. O Desnudando a Hayley. Habría sido un excelente título para ese cuadro.

―¿Cómo se llama? ―se interesó Wes con voz suave.

Al advertir el ensimismamiento de su alumna favorita, la mente del profesor voló hacia su mentor, el gran pintor y amigo suyo, el señor Nakajima. ¿Qué haría Nakajima si se viera inmerso en una situación similar? Gritarle en japonés. Seguro que le gritaría en japonés. Pero él no podía gritarle a Hayley. Ella parecía demasiado sensible. Demasiado frágil. ¿Cómo se sentiría él si esos tristones ojos marrones se alzaran, repletos de lágrimas, hacia los suyos? Sin duda, devastado. No podía jamás lastimar a alguien como Hayley. Era algo impensable.

Por lo que, en vez de actuar como su mentor, hizo algo más propio de sí mismo y colocó una mano encima de la suya, lo cual surtió el efecto deseado, pues Hayley pareció regresar a la vida en ese momento.

―Disculpe. Estaba distraída. ¿Qué decía?

―Le preguntaba que cómo se llama su nuevo cuadro.

Los ojos de la chica se movieron, azorados, hacia el lienzo que aún olía a pintura. Era el retrato de un hombre. Un retrato especial. Los cuadros de Hayley tenían unas cuantas cosas en común, pues la artista mostraba una extraña fijación por algunos detalles. En primer lugar, el escenario variaba poco de un cuadro al otro. Siempre retrataba a un hombre, en un mundo donde llovía a cantaros. Y siempre era otoño. Para Hayley no existían otras estaciones del año. En su corazón, nunca dejaba de ser otoño.

En ese cuadro en concreto, los cielos, de un azul rayano en el negro, se alzaban amenazadores por encima de la lejana silueta que se fundía con la lluvia. El suelo, teñido de un marrón bastante oscuro, estaba poblado de hojas doradas. Un puñado de ellas flotaban, muertas, a ambos lados del camino.

El hombre al que ella pintaba con tanta insistencia siempre se hallaba de espaldas, en mitad de una tormenta. Algunas veces paseaba por una playa vacía. Otras, por la avenida de un parque. Lo que siempre se mantenía igual era el hecho de que nunca se le veía el rostro. Eso era la segunda constante en todos sus trabajos. No había rostros.

Él le había hablado hacía tiempo sobre la importancia de la expresión dentro de un retrato. Ella no había escuchado. Pintaba lo que quería y cómo lo quería. No seguía normas ni técnicas. Era caótica a la vez que brillante. Y odiaba las malditas caras.

Hayley no quería mostrar nunca un rostro. No había necesitad de ver una expresión facial. Ella sabía desnudar las almas de otro modo. Y, desde luego, conseguía hacerte sentir la derrota de ese personaje sin rostro, que se alejaba por la senda del pasado, con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta color mostaza. Contemplando la obra, percibías a la perfección su vencimiento; lo devastadora que le resultaba su soledad. Los trabajos de Hayley estaban repletos de esos dos sentimientos, que a Wes le resultan tan obsesivos como el hombre sin rostro y la eterna lluvia otoñal.

―Se llama Al hombre que dejé atrás… ―contestó por fin, con voz melancólica.

―Es un cuadro precioso.

Ella dejó de contemplar la pintura y desplazó la mirada hacia él.

―Profesor Wesley, tengo que pedirle un favor.

Algo se encogió dentro de Wesley. Una parte de él estaba enamorado de ella. No necesariamente de la chica, sino de su alma; del genio que ella ocultaba dentro. La amaba y la admiraba a partes iguales. Quizá no con la pasión de un amante, sino más bien con la fascinación de un aficionado. En su mente, ella era la maestra, y él, un discípulo hambriento de adquirir conocimiento.

―Claro, Hayley. Cualquier cosa que necesite.

―El señor de Winter ―empezó Hayley, un poco cortada por tener que pedirle algo así―. Jesse… ―susurró, casi con pasión―. Tengo entendido que usted reunió todas las obras para su galería particular.

Wes frunció el ceño. No tenía ni idea de dónde conocía Hayley al señor de Winter y, mucho menos, por qué maldita razón le llamaba Jesse, cuando a él le había dicho así de claro y con toda la sequedad del mundo:

―Soy de Winter. ¿Tiene usted algo que hacer en los próximos diez minutos? He de hablarle.

Jamás había mencionado su nombre de pila. Era un hombre adusto y bastante exigente, cuya intransigencia le resultaba preocupante a Wesley. A pesar de que apenas le conocía, el profesor había sacado en claro tres aspectos muy importantes de su carácter: era un hombre que sabía lo que quería, cómo lo quería y, más importante aún, ¡que lo quería para ayer! Cualquier cosa impacientaba a de Winter, cualquier contratiempo, cualquier dilación.

Al profesor Wesley no le caía demasiado bien el señor de Winter.

Aunque admitía que tenía buen gusto para el arte…

Y también que le había pagado una pequeña fortuna por ocuparse de la galería de su nueva casa…

Conclusión: el señor de Winter no era tan malo, después de todo. Solo que no encajaba en la categoría de amigos entrañables de Wesley Holt.

―Y así es. Trabajé para él ―corroboró, incómodo.

―Me gustaría que este cuadro formara parte de su galería.

Wesley la contempló demudado.

―Hayley, su galería ya está al completo. Ayer licité por el último cuadro de su larga lista, y ya lo tengo. Se supone que llega dentro de dos semanas.

―¿Y qué cuadro es ese? ―se interesó Hayley mientras sus soñadores ojos oscuros se paseaban por el rostro del profesor.

La danza de la nieve, de un artista londinense, Paul…

―Ya conozco su obra ―interrumpió ella con una impaciencia que Wesley solo había visto en el mismo de Winter, el mismo temblor nervioso de las manos, la misma aspereza de la voz―. La mía es mejor.

El profesor estuvo de acuerdo con ella. Al hombre que dejé atrás… era mucho mejor que La danza de la nieve. Pero de Winter había sido claro en sus exigencias. Quería esa obra en concreto. Y no aceptaba sugerencias. Los hombres como él nunca aceptaban sugerencias.

―Hayley, si quiere vender la obra, puedo recomendarla a cualquier otro…

―No quiero venderla. Quiero que forme parte de su galería.

―¡¿Por qué, en el nombre del Señor?! ―se enervó Wesley―. ¿Por qué quiere un cuadro suyo en casa de ese hombre tan odioso? ¿El mejor cuadro suyo? ¿Y sin cobrar nada por él?

Hayley lo miró inexpresiva. Su delgado rostro estaba rígido, sus ojos, apagados. Wesley los había visto arder solo un par de segundos a lo largo de esos dos meses que llevaba tratando con ella. Y había sido al susurrar el nombre de Jesse. Así que, ¿qué significaba ese hombre para ella y por qué le había hecho tan extraña petición?

―No tiene necesidad de conocer esa respuesta, profesor.

―No creo que pueda conseguirlo, Hayley ―se sinceró, con voz suave―. Él es un hombre de trato difícil. Y mi reputación está en juego. Con alguien tan influyente como de Winter no se juega.

―Sí, lo sé ―musitó ella retorciéndose las manos nerviosamente―. Lo sé, profesor…

―Bueno, pues… ¿la veré el próximo miércoles?

En un impulso repentino, los delgadísimos dedos de Hayley se enroscaron alrededor de las muñecas de Wesley e impidieron que este se irguiera de la silla. Nunca antes lo había tocado, y él advirtió que su piel era increíblemente gélida, como si no hubiera vida dentro de ella; como si hubiese insuflado su último aliento en sus trabajos y ahora no quedaba más que un caparazón vacío, carente de vida. ¿Siempre había lucido su rostro ese aire tan decrépito? ¿Siempre habían sido sus ojos enormes cuencas vacías? A Wesley le pareció distinta en ese momento. Otra Hayley. Una versión mucho más torturada de la chica que se había presentado en su despacho para pedir clases particulares. ¿Por qué le había pedido clases particulares justo después de que él aceptara el encargo de de Winter? ¿De verdad había sido algo fortuito? Wesley empezó a ponerlo en duda.

―Al menos, dígame que lo pensará ―suplicó ella.

Wesley buscó de nuevo su mirada, y por un momento se le ocurrió pensar que estaban tan cerca que podría haberla besado. ¿Cómo se sentirían esos labios sonrosados encajados entre los suyos? No, no pensaría en nada de eso. ¡Era su alumna, maldita sea!

―Está bien ―cedió, culpable por el rumbo de sus pensamientos―. Me lo pensaré.

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Capítulo 2

 

Llovía. Las gotas se deslizaban despacio por el cristal que tenía delante, y en alguna parte a sus espaldas sonaba Nights in White Satin. Era una melodía melancólica, acorde con la noche que hacía. Jesse sabía que la voz pertenecía a Bettye LaVette. A fin de cuentas, iba a ese bar solo por escuchar a la maldita Bettye.

Y por el whisky, se consoló mientras se acercaba la copa a los labios y tomaba un buen trago.

Estaba sentado en la misma mesa de siempre. Solo. Nunca iba a ese bar llevando compañía. El sitio era un santuario, algo sagrado para él; un lugar de culto. Jamás se le ocurriría llevar ahí a nadie. Ahí solo acudía para rememorar tiempos pasados.

Y por la música, se recordó. No te olvides de la jodida música.

Su móvil vibró encima de la mesa. Jesse miró con dureza la pantalla que se encendía y apagaba, una y otra vez, a escasos centímetros de sus manos. Le molestaba esa intromisión en su intimidad. Y mucho más si el culpable era aquel hombrecillo timorato… ¿cómo diantres se llamaba? Jesse no lo recordaba. Tenía su número de teléfono guardado bajo el nombre de profesor cansino.

Al tercer toque, descolgó de muy mala gana.

―¿Qué desea? ―soltó casi en un gruñido, mientras se aflojaba la corbata azul marino. Los gemelos de su traje oscuro atrajeron los destellos dorados, producidos por las lámparas de ese lugar, y los arrojaron sobre el cristal de la ventana salpicada por la lluvia. El ambiente a su alrededor era cálido y otoñal. En absoluto contraste, Jesse se sentía tan gélido como una larga noche de enero.

―Buenas noche, señor de Winter.

―Sí, sí. Vaya al grano ―se impacientó Jesse.

Se acabó la copa y le hizo una señal con la mano al camarero, que se acercó de inmediato con un nuevo vaso lleno de hielo y alcohol. Todos conocían su impaciencia.

―Disculpe que le moleste tan tarde ―volvió a hablar el profesor, azorado a más no poder.

Jesse desvió los ojos grises hacia su Rolex. Eran las siete de la tarde. No era tan tarde. Lo que sucedía era que el profesor cansino se sentía muy intimidado por él, y eso era precisamente lo que más le impacientaba. Era tan modosito, tan dispuesto a complacer. Le exasperaba la gente así, con tan poca pasión en las venas.

―No se inquiete ―le dijo, con cierta aspereza―. Estoy convencido de que, si me está llamando, es por un asunto de vida o muerte. Así que, ¿de qué se trata?

Al otro lado de la línea, Wesley cogió una honda bocanada de aire. No debía haber llamado. ¿En qué estaría él pensando?

―Profesor, ¿sigue ahí?

―Eh, sí… Verá, me temo que ha habido un contratiempo con una de las obras que pidió.

Jesse hizo una mueca. Odiaba los contratiempos.

―Tendrá que ser más concreto, hombre. No soy adivino. ¿De qué obra se trata?

La danza de la nieve. Eh… Es posible que se haya vendido dos veces y…

―¡¿Que se ha vendido dos veces?! ―ladró Jesse, con una expresión fiera consumiendo sus pupilas―. ¿Cómo ha podido suceder algo así?

―No está muy claro. La buena noticia es que le he conseguido una obra mejor.

―Quiero esa ―insistió Jesse obstinadamente.

―Lo sé. Me lo dejó usted claro. Pero si pudiera ver la obra en cuestión…

―No quiero ver la obra en cuestión. Solo quiero La danza de la nieve, y más vale que me la consiga usted, que para eso le pago.

―Señor de Winter, si confía lo más mínimo en mi criterio ―empezó Wes con la paciencia de un santo, aunque con un tono un tanto resentido―, querrá ver esta obra.

Jesse entornó los ojos. ¿Por qué diablos se empeñaba tanto? No le gustaba la gente cansina. Ya le había dicho que no en repetidas ocasiones. Y, sin embargo, seguía insistiendo.

―¿Quién es el artista? ―quiso saber, desdeñoso.

La artista. En realidad, es una desconocida. Pero es buena. Muy buena.

―Sí, seguro que sí ―dijo Jesse un poco despectivo―. ¿Cómo se llama?

―Hayley Button. Y su obra es Al hombre que dejé atrás… Es una declaración de… ―La voz se volvió cada vez más lejana, hasta que se apagó súbitamente.

Jesse de Winter palideció. Su mente era una vorágine de pensamientos. Se volvió a aflojar la corbata. Aun así, le faltaba aire en los pulmones, como si sus vías respiratorias estuvieran atascadas. No podía ser ella, claro. No era aquella Hayley. Solo era una coincidencia. Una estúpida, inapropiada y, quizá, divertida coincidencia. ¿Cuántas veces no había perseguido él esa clase de coincidencias a lo largo de los años?

Pero el nombre… Ese cuadro… Había algo que le atraía, y Jesse no sabía lo que era. ¿Por qué su corazón latía de ese modo por debajo de su carísima camisa blanca?

―Si usted me lo pide, lucharé con dientes y garras para conseguirle La danza de la nieve ―estaba diciendo Wesley, sin saber que había perdido toda la atención de de Winter en el momento en el que había formulado ese nombre: Hayley―. Pero si quiere dar una oportunidad a una de las mejores artistas de nuestro siglo…

―Quiero verla. La obra. Quiero verla.

―Puedo hablar con Hayley y establecer una cita para la semana…

―Esta noche. ¡Ahora mismo! Quiero verla ―subrayó entre dientes, en un tono que al profesor se le antojo agresivo―. ¿Dónde está expuesta?

A Wes le asombró tantísimo empeño. Hasta hacía un momento se había negado a escucharle siquiera, ¿y ahora lo quería todo de inmediato? ¡Qué hombre tan difícil!

―En ninguna parte. La tiene ella.

―Pues tráigala a mi casa. Le doy una hora. Más vale que cuando llegue, esté ahí.

Y colgó, confirmando la teoría de Wesley de que era un hombre odioso.

Dejó el móvil encima de la mesa, encajado entre sus manos que, por supuesto, registraban ese habitual temblor nervioso. Sus dedos, de uñas cortas y muy bien cuidadas, repiqueteaban intranquilos sobre el cristal de la mesa. Su ceño estaba fruncido, y había mil demonios batallando dentro de su alma.

¿Cuántos años habían pasado sin que él hubiese escuchado ese nombre? Dos, como mínimo. Desde Nueva York. Desde que se había rendido.

―Hayley… ―musitó para sí, y el dolor que le atravesó fue mucho más fuerte de lo que habría sido capaz de expresar con palabras.

Se acabó la copa de un trago, dejó dinero para la cuenta encima de la mesa y se precipitó hacia el exterior, donde llovía más que nunca. Corrió por la acera, abrió su Mercedes plateado y se refugió dentro. Maldijo mientras se echaba los oscuros cabellos hacia atrás y se los peinaba con los dedos.

Hayley… Hayley… Hayley… pensó con una desesperación rayana en la demencia.

Claro que no era ella. No podía ser su Hayley. Ella no quería que él la encontrara, de modo que jamás se habría arriesgado a estar siquiera en la misma ciudad que él, mucho menos hacerle llegar un cuadro suyo. Solo era una coincidencia. Una estúpida coincidencia. Sí, debía de ser eso. Había muchas Hayleys en Estados Unidos. Sin duda, también en Canadá y en Australia. No tenía por qué ser ella.

Jesse giró la llave dentro del contacto, metió primera y salió despacio del aparcamiento. Cambió varias veces de canción, hasta que encontró la que estaba buscando: Nights in White Satin. Bettye LaVette.

Sus ojos estaban nublados de dolor. Escuchar esas notas, ese ritmo laxo, la voz enronquecida de Bettye, las palabras… era un proceso demasiado doloroso para él. Y sin embargo, lo hacía cada vez que llovía, porque le gustaba atormentarse a sí mismo con recuerdos de épocas lejanas.

En el exterior del Mercedes, la lluvia no dejaba de caer. La noche era oscura y gélida. Jesse conducía deprisa, pulsando siempre el botón para que sonara la misma melodía, de un modo obsesivo. Se alejó de nuevo por el camino del pasado y, una vez más, pudo ver a Hayley, acurrucada delante de la ventana, contemplando la lluvia con una taza de cacao humeando entre sus manos.

―¿Por qué te obsesiona tanto esta canción? ―había preguntado él, una noche cualquiera, después de haber presenciado el mismo escenario decenas de veces.

Ella había movido sus almendrados ojos hacia los suyos y había sonreído.

―Tú solo escucha.

Y él había escuchado. Y lo había comprendido todo.

Ahora Hayley ya no estaba con él. Solo podía sentirla cerca cuando escuchaba esa canción. O cuando iba a ese bar que tanto le gustaba a ella. El bar donde ella ya nunca iba… Esa idea le hizo gruñir una maldición. El dolor empezaba a desatarse cada vez más, y Jesse no podía hacer nada para refrenarlo.

Llegado por fin delante de su nueva propiedad, pulsó el mando para abrir la verja y cruzó la entrada deprisa. Aparcó el coche delante de la puerta y, de nuevo, tuvo que salir corriendo para no empaparse. Atravesó pasillos y dejó caer puertas. Le movían impulsos demenciales en los que no tenían cabida la paciencia o el sosiego.

Cuando llegó a su galería, había un nuevo cuadro colgado ahí, ocupando el lugar de la obra que acababa de perder. Jesse se acercó impulsivamente, casi con la intención de pasar los dedos por el lienzo para asegurarse de que no era una aparición. Su rostro se había quedado de piedra al ver a ese hombre bajo la lluvia. Sus ojos no podían dejar de mirarlo.

Escuchó el sonido de unas pisadas a sus espaldas. No se volvió. No le hacía falta. Con ver el cuadro, le bastaba para saber quién era la artista. Reconocía la escena. Recordaba la noche. Por supuesto que Jesse de Winter sabía quién era ese hombre al que ella no dejaba de retratar. Lo que desconocía era la obsesión con la que le retrataba, la misma obsesión con la que él escuchaba la maldita canción de Bettye.

―Te he buscado durante cinco años ―dijo con aplomo, al sentirla detenerse a su derecha.

―No buscaste a Hayley Button, de Colorado.

La voz de Hayley no expresaba nada más que desapego. Jesse frunció el ceño.

―No. Busqué a Hayley Walsh, de Boston. Y a Hayley…

―Debiste haber buscado a Hayley Button, de Colorado ―le interrumpió ella, cortando lo que él tenía pensado decir.

―Sí, supongo ―musitó Jesse, bajando la mirada al suelo. Aún no se había atrevido a mirarla. Tenía miedo de que desapareciera si la miraba―. ¿Por qué estás aquí, Hayley? Has estado huyendo de mí durante cinco años. Has adoptado una nueva identidad para que jamás te localizara. ¿Por qué has vuelto ahora?

Hayley calló durante unos segundos. Jesse se preguntó si ella estaría escuchando el latido de su corazón. O, a lo mejor, solo podía oír la lluvia, golpeando contra las ventanas…

―Se suponía que debía escribirte una carta ―acotó Hayley de pronto.

La arruga del entrecejo de Jesse se volvió más profunda.

―¿Una carta?

―Él dijo que no hacía falta venir a verte. Que bastaba con escribirte.

¿Él? ―repitió, cada vez más devastado.

Se volvió hacia ella y la miró por fin. Y fue entonces cuando estalló todo su dolor y se propagó a través de sus venas. La pequeña Hayley, en persona, estaba de pie a su lado, envuelta en un cárdigan de lana blanca. Llevaba vaqueros azules y unas botas marrones, altas, muy sencillas. Su pelo castaño estaba suelto y caía sobre sus hombros, liso, largo y sedoso, como siempre. No había cambiado demasiado. Parecía la misma chica delgada, frágil y excesivamente vulnerable de la que él se suponía que debía cuidar. Una chica a la que cualquier palabra conseguía herir, incluso si no había sido esa la intención.

―Tenía que venir, Jesse ―lo ignoró ella, manteniendo la vista clavada en su cuadro. Parecía una estatua, tan inmóvil se mantenía a su lado. Su rostro no desvelaba nada. Ni dolor ni alegría. Nada más que hielo e indiferencia. A Jesse le hubiese encantado poder desgarrar esa armadura y ver a la verdadera Hayley, que se ocultaba en el interior de esa chica de enormes ojos mortecinos.

―¿Por qué? ―musitó él, con la voz cargada de emoción―. ¿Por qué tenías que venir?

Los ojos marrones de Hayley se movieron hacia los suyos.

―He pasado página, y quería que lo supieras por mí y no por una carta fría e impersonal.

Jesse de Winter la miró a los ojos un par de segundos más de la cuenta. Y entonces, lo recordó. Lo recordó todo, todo ese bagaje emocional que llevaba años enteros reprimiendo.

 

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