Capítulo 1 y 2 Tango a medianoche

Capítulo 1

Siempre conservaré el recuerdo de aquel día en el que regresé a Nueva Orleans. Había abandonado París sabiendo que jamás sentiría nostalgia, y no traía conmigo más que una maleta repleta de sueños rotos y un alma vacía.

Yo era una silueta alta, pálida y delgada, de pie en la plataforma abarrotada de viajeros. Mi cabello era rubio, cortado en una media melena ondeada, en la que destacaba una cinta ancha para la frente, hecha de pedrería y encaje de color marfil. Mi ropa era cara y elegante, acorde con la última moda de Europa. Iba impecable de pies a cabeza, con un vestido corto de un beige casi dorado, bolso a juego y zapatos de tacón alto. Coco Chanel había conseguido revolucionar el mundo, no solo el mío, sino el de todas nosotras, niñas ricas a las que sus gobernantas francesas habían inculcado el buen gusto para la ropa.

Imaginé que así luciría yo a los ojos de un viajero cualquiera.

Era toda una dama. Impecable de los pies a la cabeza.

Eso diría a sus amigos sobre mí.

Pero si aquel viajero se hubiese detenido por un solo momento a fijarse en mí con un poco más de atención, si hubiese sido capaz de ver más allá del aura de lujo y riqueza que me envolvía, se habría dado cuenta de que mi rostro estaba contraído y ausente; habría advertido que mi mirada lucía apagada, como la de una persona que había visto el mundo, había estado en todos los lugares donde valía la pena estar y había descubierto todos los secretos que valía la pena conocer, lo cual había matado su entusiasmo por vivir. La mía era la mirada de una persona hastiada; alguien a quien el mundo había decepcionado de modos inenarrables, convirtiendo en añicos cada una de sus esperanzas, arrancándoselo todo, hasta la última gota de humanidad.

Sin embargo, ningún viajero se detuvo a mirarme, por lo que seguí avanzando a lo ancho de la plataforma, indiferente a todo cuanto sucedía a mi alrededor.

¡Dioses, cómo echaba de menos esta ciudad! ―exclamó un pletórico Nick.

Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja que, por una vez, no me resultó ni gélida ni malintencionada.

Yo no dije nada. No tenía nada que decirle.

Nick cogió una buena cantidad de aire en los pulmones, quizá para experimentar a qué olía el hogar, le sonrió a un niño pecoso y me agarró de la mano. Me dejé guiar a través de una marea de personas, ruidosas y alegres; ¡tan multiculturales!, que se iban o regresaban a la ciudad, presos de un entusiasmo y una felicidad casi febriles. Incluso los elegantes mozos, que empujaban por el andén enormes carros dorados, llenos hasta arriba de baúles y maletas, se me antojaron felices. Tuve la sensación de que todo el mundo sonreía esa tarde en Nueva Orleans.

Todos, menos yo.

Les lancé una mirada aburrida, y luego les volví la espalda. No tenía razones para compartir ninguno de esos sentimientos. Ni el entusiasmo ni la felicidad tenían cabida en mi día a día.

Salimos de la estación, y sentí la humedad de Nueva Orleans más que nunca. La ropa se me empezó a pegar al cuerpo. El pelo quedó aplastado, como carente de vida. Ya no era una chica impecable de pies a cabeza. Solo era una chica cualquiera. No tenía nada de especial. Nada en absoluto. ¿Por qué un minuto atrás había pensado lo contrario?

Nick me abrió la portezuela. Me acomodé en la parte de atrás del lujoso coche negro, cuyo chófer nos esperaba con el motor en marcha, y pasé todo el viaje de vuelta a casa mirando por la ventanilla. El ritmo de la ciudad no había cambiado en absoluto, seguía siendo tan trepidante como recordaba. El jazz sonaba en cada rincón, y la variedad cromática que poblaba las calles resplandecía con una exquisitez pocas veces vista. Estábamos en la década de los grandes cambios, donde lo reciente se intercalaba con lo añejo, sin alterar nunca el perfecto equilibrio.

Al cruzar por Bourbon Street, vi montones y montones de nuevos ricos, gente salida de los bajos fondos, con un pasado turbio y un futuro muy prometedor. Eran ahora los reyes del nuevo orden. Se les había presentado una oportunidad en la vida y habían sabido cómo aprovecharla. Bien por ellos.

Los reconocí al instante, eran ostentosos sin ninguna especie de sentido común. Como para compensar sus enormes y emergentes fortunas, tenían un claro déficit en cuanto a elegancia y etiqueta social. Nick siempre se burlaba diciendo que, si ibas a tomar el té a casa de un nuevo rico, más valía matar tus expectativas, pues los anfitriones eran absolutamente incapaces de prepararlo como es debido.

¡No conocen la diferencia entre un té inglés y uno americano! ¿En qué clase de mundo estamos viviendo?

Así era cómo se lamentaba Nick cada vez que nos llegaba una invitación por parte de alguien que no había nacido con sangre azul en sus venas. Daba igual lo lujosa que fuera su nueva vivienda, el deportivo que tuviera aparcado a la puerta de su mansión o las pinturas que aguardaran expuestas en su galería, la gente como Nick, los de la vieja escuela, eran incapaces de perdonar a aquellos que habían salido de las cloacas del mundo el hecho de haber conseguido trepar hasta la cima de la pirámide. Lo tenía así de claro: no formaban parte de su círculo. No eran como él. ¿Cómo se atrevían a ansiar su amistad? ¡Cielo Santo!, ¡si no eran más que ex obreros con las manos aún llenas de mugre! No importaba lo grandiosa que fuera su fortuna. La mugre nunca iba a desaparecer, razón por la cual Nick jamás aceptaba sus invitaciones, a no ser que le beneficiara de algún modo entablar amistad con el anfitrión.

Los nuevos ricos le producían un extraño y poco saludable rechazo a mi marido. A mí, el mismo desapego de siempre. No me eran ni simpáticos ni antipáticos. No despertaban en mí ningún sentimiento. De hecho, había días en los que nada despertaba en mí sentimiento alguno.

Antes de casarme, no me tenía a mí misma por una persona profunda. Aunque tampoco era del todo superficial. Ahora, en cambio, ya no tenía ni idea de cómo era. Pasaba de la apatía a la euforia, y de la euforia a la profunda melancolía. Me asustaba la muerte, a la vez que me asustaba la vida. Me asustaba envejecer y que, con el paso de los años, las cosas cambiaran. Y aun así, me aterraba despertar un día siendo vieja y descubrir que nada se había alterado; que mi vida seguía el mismo curso, como un eterno río cuyo caudal nunca iba a secarse; que había desgastado mis mejores años en cosas sin importancia; que nunca había vivido, vivido realmente. Lo que más me arredraba en el mundo era morir sin antes haber descubierto a qué sabía la vida.

Me veía a mí misma como a una persona inestable, pues había momentos en los que quería dejarlo todo y salir corriendo. Me imaginaba derruyendo las murallas que me aprisionaban. Las reducía a polvo, sin piedad, sin vacilación, sin remordimientos, y escapaba. Me marchaba muy lejos de ahí.

Luego, regresaban esos momentos lentísimos y oscuros en los que me aferraba con las dos manos a la soledad que me encadenaba. Porque, sin mi soledad, el universo se habría convertido en un extraño para mí. No podemos renunciar a aquello a lo que estamos acostumbrados. Da igual que sea bueno o malo, nos agarramos a ello porque nos es familiar.

Había tantísimos contrastes en mi vida que ya no sabía quién era. Había conocido más o menos a la jovencísima Ingrid Prince. Ingrid Fairbanks, por el contrario, esa gran dama de la alta sociedad, era toda una desconocida para mí.

Por fin. Hogar, dulce hogar. ¿Has visto alguna vez algo más espectacular?

No le presté la más mínima atención a Nick. Me limité a mirar por la ventanilla. El coche giró a la derecha por el camino privado que conducía a la mansión Fairbanks, un castillo de estilo colonial, propiedad de la familia de Nick.

Al fondo de esa amplia avenida bordeada de castaños, pasada la glorieta del caballo dorado, se alzaba mi prisión, un monstruoso edificio circundado por más de dos hectáreas de jardín, donde podías encontrar excentricidades como estanques japoneses, ocho fuentes de agua (que Nick mandaba iluminar cada noche, a pesar de que consumían casi tanta electricidad como una ciudad pequeña), una piscina olímpica, dos pistas de tenis, un campo de golf (nadie en nuestra familia sabía jugar al golf; al menos, no decentemente) y una casa de ocho habitaciones y cuatro baños, en la que se alojaba el servicio. Si no me fallaba la memoria, había un total de dieciocho personas haciéndose cargo de la babilónica propiedad.

Nick fue un cielo ayudándome a bajar del coche tan pronto como este se detuvo delante de la entrada principal. Le tendí la mano enguantada, y él la cogió y la sostuvo con delicadeza. Podía ser considerado cuando lo deseaba. Por desgracia, la mayoría de las veces, su consideración rozaba lo inexistente.

El séquito de empleados, alineados a lo largo de la moqueta roja que habían desplegado en nuestro honor, empezó a darnos la bienvenida y la enhorabuena. No nos habían visto después de nuestra boda, ya que Nick y yo habíamos pasado los últimos dos años recorriendo el mundo. Petrogrado (cuando aún se llamaba de ese modo), Shanghái, Estambul, Viena, Florencia… Arte, música, historia y cultura. Belleza genuina.

Lamentaba habernos visto obligados a regresar a casa. Tenía la sensación de que en casa, todos los monstruos adquirirían contorno.

Bienvenido, señor. Señora. ―El mayordomo inclinó la cabeza, y yo correspondí con un gesto similar y una tenue sonrisa.

Nick, más atento que de costumbre, colocó un brazo en mi espalda y me guio hacia el interior. Sonreía mientras caminaba e inclinaba la cabeza para recibir las enhorabuenas del servicio, y yo seguí su ejemplo. La única delante de la cual se detuvo antes de que entráramos fue Edna Pickford, la mujer que llevaba realmente la mansión Fairbanks, y cuyos métodos yo encontraba retrógrados, inicuos y, sin duda, ilegales.

Nick disentía, e incluso se echó a reír cuando le sugerí un curso de ética profesional para madame Pickford, como a ella le gustaba hacerse llamar. Sospeché que, en un derroche de simpatía, poco típicos en Nick, este le había confesado a su ama de llaves mi preocupación hacia su modo de tratar al servicio, pues, la última vez que Edna y yo nos habíamos visto, unos cuantos días antes de la boda, si bien su modo de atormentar a sus subordinados no había cambiado en absoluto, sí lo había hecho su modo de dirigirse a mí.

No pretendo hacerme malinterpretar, ella siempre fue correcta y formal conmigo, pero las miradas que me dirigía eran tan gélidas que, estúpidamente, sentía la necesidad de echarme un chal por encima de los hombros cada vez que esos reprobatorios ojos azules se clavaban en los míos. Creo que madame Pickford estaba enamorada de Nick, por eso me odiaba tanto. A lo mejor albergaba esperanzas de desposarlo, afanes que yo había echado a perder con mi juventud, mi grandiosa fortuna y mi… ¿rostro angelical?

Divertida a causa de esa idea (¿madame Pickford y Nick? Oh, mon Dieu!), le dediqué mi mejor sonrisa, que, según cabía esperar, no fue correspondida. Edna se mantuvo tan impertérrita como un soldado en su guardia. Vestía un solemne atuendo, su uniforme habitual, falda y chaqueta negras, sin forma. Un recogido severo retiraba los oscuros mechones hacia atrás, dejando libres sus orejas, que parecían demasiado grandes para un rostro tan pequeño. No era bella, pero la rigidez de sus pálidas facciones y la sobriedad de su porte hacían que la gente se detuviera de su caminata para mirarla con más atención. Edna Pickford, con su ropa oscura, sus afilados ojos redondos y sus pómulos salientes, me había impresionado desde el principio.

¡Por fin está en casa, señor Nicky!

Tuve que ahogar una risotada malévola. Señor Nicky me sonaba a criatura traviesa y revoltosa, nada que ver con el flemático Nick Fairbanks, el desdeñoso aristócrata de sonrisa helada y expresión siempre áspera; un hombre imponente e intimidante que se consideraba superior a todos los demás seres que poblaban la tierra. Yo incluida.

Mi madre, Blanche, que, a diferencia de mi padre, no tenía en tan alta estima a Nick (aunque defendía que su desorbitada fortuna compensaba indudablemente la gelidez de sus modales), dijo una vez que ni el sol de Kenia sería capaz de derretir el corazón del único heredero del viejo y bastante obsoleto Randolph Fairbanks, mi querido suegro, dueño de la mitad de los rascacielos de Nueva York. No se jugaba con hombres como Nick o Randolph. Claro que yo era demasiado joven y demasiado estúpida como para saberlo entonces.

En mi noche de bodas, empecé a comprender las palabras de Blanche. Mi marido, al que yo le había atribuido cualidades de las que carecía por completo, retratándole dentro de mi mente como un hombre indomable y pasional, resultó ser esquivo, arrogante y absolutamente gélido, como si estuviera siempre aprisionado detrás de un enorme bloque de agua helada que no permitía el paso hacia su corazón. Y era así con todo el mundo.

Menos con Edna, cuya mano cogió entre las suyas sin ningún reparo. Me quedé impresionada al ver que le dedicaba la sonrisa más sincera que le había visto esbozar en los diez años que llevaba conociéndole.

Oh, Edna, bendita seas, no sabes cuánto he echado de menos tus Beignet.

Entorné los ojos cuando nadie me miraba. Me constaba que los dulces que nos habían servido en París eran infinitamente mejores que los de Edna, que a mí se me antojaban tan duros y secos que la única utilidad que les habría concedido, y eso siendo encantadora, habría sido la de para partir cráneos humanos por la mitad. Había que mojarlos en el té (durante un buen rato) para que resultaran comestibles. ¡Pero a él le encantaban sus malditos Beignets!

Y por eso, en su honor, he preparado un par de bandejas de ellos.

¡Que el Señor nos proteja!

Nunca podré agradecerte lo bastante todo lo que haces por esta familia.

Volví a hacer una mueca. Mis zapatos nuevos me estaban matando y necesitaba un baño relajante. ¡Cuanto antes! Lo que menos me apetecía era escuchar alabanzas dirigidas a una mujer cuyo mayor placer en la vida consistía en atormentar a los demás. Para mí, Edna Pickford no era para nada digna de elogios. Ni tampoco lo era Nick.

Sabe que estoy más que encantada de hacerlo.

Sí, sí, sí. Más que encantada. Lo sabemos.

Gracias, Edna. ¿Puedes pedirle a alguien que nos prepare el baño? Mi mujer tiene una de esas jaquecas insufribles. Le ha debido de sentar mal el viaje.

Madame Pickford sonrió. A Nick, por supuesto. Parecía muy eficiente y dispuesta a complacerle en todo.

Se hará de inmediato.

Nick inclinó la cabeza y entró, ya sin preocuparse por mi persona. ¿No tenía que pasar el umbral en sus brazos? Supuse que no, y lo seguí de camino a la escalera, preguntándome cómo diablos se las apañaba Pickford para mantener las arañas de cristal tan relucientes. Esa mujer seguro que practicaba alguna especie de magia oscura. Más me valía mantenerme alejada de ella.

Mis propias estupideces me hicieron sonreír.

¿Vienes, Ingrid?

Sí, perdona. Estaba… contemplando la casa.

Apresuré el paso para alcanzar a Nick escalera arriba. Yo siempre estaba a sus espaldas. En la sombra de un hombre tan grandioso. Si algún día escribiera mis memorias, ese habría sido el título.

Alguien debería mostrarte tus aposentos, querida.

¿No deberían haber sido nuestros aposentos?

¿Y a quién tienes pensado encomendar la engorrosa tarea de entretener a tu mujer?

Los ojos azules del señor Nicky (iba a burlarme durante semanas) se volvieron hacia mí.

A nadie. Lo haré yo mismo.

¡Oh! ―exclamé, intentando no desvelarle mi aburrimiento, el mismo que llevaba días enmascarando bajo un concepto mucho más tolerable: la jaqueca.

Estoy seguro de que te encantarán ―me dijo mientras colocaba la mano en mi espalda y me instaba a girar hacia la derecha por el pasillo enmoquetado―. Le pedí a Edna que los decorara según la moda francesa. Todo tonos pastel y obras de arte. Te sentirás como en casa.

Curvé los labios en la sonrisa educada y agradecida que él esperaba recibir a cambio de toda esa… benevolencia. Nick acababa de dejar clara su postura. Al igual que en los últimos dos años, yo dormiría sola, me ocuparía de dar las mejores fiestas y de sonreír como la niña bonita que era, mientras que él se pasaría el tiempo entregado a los placeres de la vida, que en su mayoría se componían de beber, fumar y follarse a todas las chicas tontitas que se le cruzaran por el camino.

Tal y como había previsto mi madre tres años atrás, íbamos a tener un matrimonio espléndido.

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