Mientras te miraba_ Capítulo 1

 

Sinopsis:

Damon Wilde es un empresario atractivo, carismático, sarcástico y excéntrico, inventor de armas de destrucción masiva y héroe de guerra, aunque solo de cara a la opinión pública. Cuando nadie puede verlo, Damon Wilde se convierte en Angelus, un hacker declarado «enemigo público número uno» por el Gobierno; una especie de villano que burla el sistema una y otra vez, la mayoría de las veces por pura diversión, manteniendo así en jaque a toda la CIA.
Al enterarse de que el Gobierno le ha asignado a la agente especial Alice Montgomery el caso de Angelus, Wilde decide instalar un software de espionaje en sus ordenadores para conocerla personalmente. El problema es que, mientras la espía, Damon se enamora perdidamente de ella. Y si a todo eso le sumas el hecho de que la agente Montgomery está a punto de casarse con el archienemigo de Wilde, el agente Kirby, el resultado es explosivo.
El magnate de los misiles no solo perderá aquello que más valora en su vida: el control, sino que encima perderá el norte. Por completo. Vamos, que sus psicólogos personales no darán abasto con tantos ataques de cólera.

 

Capítulo 1

Damon Wilde era un hacker. No un hacker cualquiera, como aquellos que se colaban en los correos electrónicos de los demás y leían las patéticas cartas que estos pretendían enviar a sus ex parejas (aunque nunca se atrevían a hacerlo y acababan borrándolas en el último instante). No, Damon Wilde era la clase de hacker que accedía a los ordenadores del Pentágono, de la CIA y de la Casa Blanca, y burlaba el sistema solo por maliciosa diversión.

Por supuesto, nadie habría adivinado aquello al ver al exitoso empresario bajarse de su deportivo negro marca Porsche. Wilde, con las gafas de sol colocadas encima de su recta y aristocrática nariz, se detuvo durante unos segundos delante de la impresionante torre de cristal oscuro, en cuya entrada se podía leer en letras color plata Wilde Industries. Estaba manteniendo una breve conversación telefónica con un importante jeque de las arenas, que tenía gran interés en cerrar un trato con las empresas Wilde. La conversación fue, verdaderamente, muy breve. Damon era hombre de pocas palabras. Y bastante ácidas, además.

Puedes coger tus ciento cuarenta millones y metértelos por tu desértico culo bramó antes de colgar, hecho que dejó al ilustre déspota boquiabierto al otro lado del teléfono.

El Soltero de Oro, según lo apodaba la prensa sensacionalista, vestía un traje gris plomo creado por el maestro italiano William Fioravanti, por el cual había tenido que pagar la friolera de veintidós mil dólares. Pero ¿qué importancia tenía eso cuando era el dueño de medio Manhattan? El imperio que Wilde había creado de la nada se extendía por toda la Quinta Avenida y contaba con joyerías, boutiques de lujo, agencias inmobiliarias, clubs nocturnos y restaurantes, aparte de la corporación Wilde Industries. Esta última se dedicaba, exclusivamente, a fabricar dispositivos tecnológicos (también conocidos como armas de destrucción masiva), que el gobierno usaba, supuestamente, en su lucha contra el terrorismo.

Damon había perdido a sus padres cuando solo tenía cinco años. Un grupo terrorista había tomado, a base de pistolas y metralletas, un pequeño centro comercial de Boston. Mataron a todo el mundo sin la más mínima compasión. El pequeño Damon fue el único superviviente de la masacre. Nadie se explicaba cómo. Quizá porque estuvo escondido en alguna parte.

Cuando lo encontraron los agentes del FBI, estaba lleno de sangre y abrazado al cadáver de su madre. Tras envolverlo en una manta, lo llevaron a una ambulancia para que fuera examinado tanto por los médicos, como por los psicólogos del equipo de intervención. Damon no parecía tener ni un rasguño. Sus traumas no eran visibles. Lo único que pudieron notar los sanitarios fue que el niño no lloraba, ni parecía asustado, sino todo lo contrario. Apretaba los dientes y no dejaba de repetir una y otra vez «los aplastaré, los aplastaré, los aplastaré».

Damon nunca más lloró. Ni una sola vez. Llorar era cosa de débiles. Él aplastaba cada vez que necesitaba expresar su tristeza.

A la edad de quince años creó su primera arma, un misil nuclear completa y absolutamente indetectable. Los rusos habían conseguido construir algo similar en la segunda mitad de los noventa, el mortífero misil de fibra de carbono que la OTAN conocía por el nombre de Sickel-B, pero la más preciada posesión del Kremlin solo era difícil de detectar, mientras que la tecnología del adolescente americano era indetectable. Nadie entendía por qué los satélites DSP1 no conseguían ver el dispositivo, y Wilde se negaba a desvelar sus secretos.

A los dieciséis, abandonó el instituto y empezó a crear armas para el gobierno. A los diecinueve, la revista Forbes lo catalogó como el más influyente adolescente millonario. Ahora, tras haber cumplido los treinta y seis años, la fortuna amasada y el poder que poseía sobre las vidas de los demás elevaban al pequeño huérfano de Boston al rango de dios.

Y así era como se sentía mientras el ascensor panorámico lo trasportaba a la planta ochenta y siete de su edificio. Como si fuera Dios. En el fondo, se le parecía bastante. Al fin y al cabo, Damon Wilde también controlaba la vida y la muerte. Lo único que tenía que hacer era chasquear los dedos para llevarse por delante a todo aquel que él considerara indigno de seguir viviendo. A lo largo de su vida había aplastado cientos de células terroristas. Sin pensárselo dos veces. Cada vez que era necesario, apartaba sus trajes de alta costura, se enfundaba en el uniforme del ejército estadounidense y, sin tan siquiera pestañear, lanzaba sus aniquiladores misiles contra sus objetivos. Siempre sabía dónde había que apuntar y jamás vacilaba. Su rostro no registraba ninguna clase de emoción humana en esos momentos. No había pena ni compasión en su oscura mirada. Nunca tenía remordimientos ni experimentaba problemas de conciencia. Consideraba que estaba en su jodido derecho de aplastar a esas sucias cucarachas que, de haber seguido viviendo, en un futuro no muy lejano, habrían destrozado la vida de alguna familia inocente. Como habían destrozado a la suya.

Cuando el ascensor se detuvo en la última planta de la torre, donde se hallaba su santuario, el despacho desde donde creaba sus destructores juguetitos, Damon Wilde miró a través de los cristales cómo el mundo se abría delante de sus ojos. Era suyo. Todo cuanto le rodeaba era suyo. Sonrió con felina satisfacción antes de bajar. Tener un imperio lo era todo para él. Tal vez porque no tenía nada más a lo que agarrarse. Solo tenía un imperio y una misión.

Misery, su secretaria, se lanzó al ataque nada más verle. Wilde, por supuesto, no dejó de caminar. Nunca lo hacía, para desesperación de la pobre Misery, quien tenía que estar siempre corriendo a sus espaldas. Su media melena roja parecía un globo de fuego que viajaba a gran velocidad por los grises pasillos enmoquetados, persiguiendo al arrogante dios moreno. ¿Es que Wilde no sabía que las mujeres de sesenta años sufrían de artrosis? No, por lo visto, no tenía ni idea.

A las nueve, reunión con el alcalde de Nueva York dijo mientras levantaba la mirada de su agenda para no chocar con el mobiliario de oficina. A las diez y cuarto, desayuno con el gobernador de California. A las once, reunión con un productor de Warner Bros.

Wilde frenó en seco. Misery agradeció aquello. Con su metro cincuenta y cinco de estatura, y unos tacones de siete centímetros, era muy difícil seguirle el paso a ese gigante de metro noventa.

¿Qué coño quiere la Warner? quiso saber.

Misery miró ese ceño fruncido. Wilde era muy intimidante incluso sonriendo, pero frunciendo el ceño provocaba que a la pobre Misery le temblaran hasta las bragas. ¿Acaso se había equivocado ella al concederle una reunión a ese agradable jovencito de la Warner?

Eh… hacer una película sobre usted.

Negativo.

Wilde reanudó la marcha y Misery lo siguió de nuevo, resoplando a sus espaldas.

Pero, señor…

El mundo ya tiene a Stark y a Wayne. Yo no soy un superhéroe, ni hago el bien. Hacer el bien no es lo mío, Misery. Y ahora quiero que canceles todas mis reuniones y que nadie me moleste.

Pero…

La mano en alto de su jefe hizo que la anciana Misery Blake cerrara sus arrugados labios, pintados de un rojo tan intenso como lo era aquella americana carísima que vestía y que el mismo Damon le había regalado para el día de la madre.

¡Que nadie me moleste! gruñó entre dientes, lo que quería decir que si alguien osaba hacerlo, las consecuencias serían apocalípticas.

La gruesa puerta del santuario de Damon se cerró en las narices de su secretaria. Esta entornó los ojos con exasperación, dio media vuelta y se dispuso a cumplir con las exigencias del señor, aunque se detuvo justo antes de empezar, solo para renegar entre dientes. Renegar despojaba a Misery del estrés que le causaba trabajar para el magnate de los misiles. De no haberlo conocido desde que era un crío, lo habría mandado al demonio muchos años atrás. Pero le tenía demasiado cariño. Misery nunca se había casado y Damon era lo más cercano que tenía a un hijo. En el fondo, ella sabía que él, a pesar de sus rugidos, también la amaba como a una madre.

Al otro lado de la puerta, Damon corrió a su ordenador de trabajo y tecleó algo con rapidez. Un hacker amigo suyo le había dicho que la CIA, tras años de fracasada investigación, le había pasado el caso Angelus a una nueva agente, una tal Alice Montgomery. Angelus era un hacker que el gobierno había nombrado enemigo público número uno cinco años atrás. Nadie, ni siquiera su amigo el hacker, sabía que Angelus era él mismo.

A Wilde no le preocupaba la investigación, por supuesto. Como todo lo que él hacía, sus acciones delictivas eran indetectables. La prisa se debía a que Moscas91 («¿¿Qué hacker en su sano juicio se haría llamar Moscas91??») había mencionado que la señorita Montgomery estaba como un tren. Damon era de la vieja escuela y consideraba que, para luchar contra un enemigo, antes había que conocerlo. Personalmente, si dicho enemigo estaba como un tren. Y él, desde luego, tenía mucho interés en conocer a la madeimoselle. Tanto, que se coló en su ordenador de trabajo y en el portátil de su casa en menos de cinco minutos.

Cuando estuvo dentro, y tras haber instalado un software que le permitía no solamente ver el interior de los ordenadores de la súper agente especial Alice Montgomery, sino encima acceder a todas sus webcams y espiarla, se reclinó en su silla de cuero negro, cuyo precio superaba cinco de los grandes.

Angelus, eres un crack se dijo a sí mismo, satisfecho.

¡La puta madre que los parió a todos! estalló Alice, lanzando una carpeta encima de su escritorio.

Damon no pudo reprimir una carcajada. La agente podía estar como un tren, pero sus modales dejaban mucho que desear.

Sin ser consciente de que había unos atentos ojos observándola con fascinante interés, Alice se pasó los dedos por la larga melena castaña, que caía en ondas sobre su espalda. Se cogió la cabeza entre las palmas, apoyó la frente contra la mesa y expulsó el aire con irritación. Estaba extenuada. No había conciliado el sueño en toda la noche y los oscuros círculos que rodeaban su mirada desvelaban aquello.

Independientemente de su más que obvio cansancio, a Damon le pareció la criatura más hermosa que había visto en sus treinta y seis años de vida. No era en absoluto su tipo, él siempre salía con modelos despampanantes que solo comían zanahorias. La mesa de la agente estaba llena de envoltorios de Snickers. Uno, dos, tres, cuatro… ¡Por Dios bendito! ¿Es que a esa mujer no le preocupaba la celulitis?

El corazón de Damon dio un vuelco cuando Alice levantó de pronto la cabeza y sus ojos color café se clavaron en los suyos.

¿Quién demonios eres, Angelus? musitó entre dientes.

Él contuvo el aliento. Era como si ella estuviese hablándole a él. Sabía que no era así, no podía verlo ni saber que él estaba espiándola, pero su modo de mirar hacia la webcam… la intensidad de esa mirada había dejado a Damon sin aire. Incapaz de quitarle ojo, entrelazó los dedos de sus manos y apoyó sus perfilados labios contra los dedos índice. No pudo evitar pensar que sus manos dibujaban la forma de una pistola, y esa idea le hizo sonreír. Luego se preguntó de qué calibre sería la pistola de la agente y si esta sabía disparar bien. «Es de la CIA, cabeza de chorrito. Claro que sabe disparar bien. Y como sigas mirándola, te meterá una bala en el culo».

Sin embargo, no consiguió dejar de observarla. Había algo en aquella mujer que lo hechizaba.

¿Alice?

Damon dejó de mirarla como un imbécil y desvió los ojos hacia ese hombre rubio, alto y corpulento, que estaba apoyado contra la puerta de Alice, ataviado con uno de aquellos trajes negros tan típicos entre los agentes del gobierno. Era David Kirby, un jefazo de la CIA, a quien Damon había estado fastidiando durante años por pura maldad. Antes de que le asignaran su caso a Alice, había sido el agente Kirby el encargado de perseguirle virtualmente.

Damon sonrió como un felino al recordar la frustración del agente cuando, después de años y años de investigación, se había dado cuenta de que no podía hacer más que besarle su precioso e indetectable trasero, puesto que Angelus era más listo que todos los agentes de la CIA juntos. A continuación, apagó la sonrisa. La agente Montgomery, ¡SU agente Montgomery!, («¿¿Su agente?? ¡¿Qué coño estaba diciendo?!») rodeó el cuello de Kirby y lo besó apasionadamente.

¡No! le gritó con la voz llena de horror. ¡Suelta a ese gilipollas! ¡Oh, no, Alice, no uses la lengua! dijo asqueado, tapándose los ojos con las palmas.

Les habría lanzado algo a la cabeza con mucho gusto. Un barreño de agua fría, a ser posible, para acabar con la evidente erección de Kirby. Por desgracia, los poderes de un hacker no llegaban a tanto, así que se limitó a apretar los dientes y los puños. Tomó nota mental de infectar los ordenadores de Kirby con algún mortífero virus esa misma noche. Uno de aquellos que enviaba videos porno a los contactos de Outlook parecía la mejor opción. Sonrió ante la imagen de un atónito presidente de los Estados Unidos abriendo un correo urgente del agente Kirby, que en vez de secretos de estado contenía un video de enanos asiáticos. Se preguntó distraído dónde podía encontrar un video de enanos asiáticos follándose a alguien. Con un poquito de suerte, a alguna cabra. Tal vez así echaran de una puta vez a ese incompetente de Kirby, cuyos brazos estaban tocando… «¡Oh. Dios. Mío!»

¡No le toques los pechos, so cabrón! Cogió su cenicero y lo estrelló contra la chimenea, de pura mala hostia. Está bien, capullo. ¿Quieres guerra?

Empezó a teclear frenéticamente. La cosa se había calentado tanto que, si no hacía algo rápido, los dos agentes echarían un polvo encima de la mesa. «Por el amor de Dios». Por mucho que a él le gustara la idea de ver desnuda a la apetitosa agente Montgomery, no estaba dispuesto a dejar que las sucias zarpas de Kirby la tocasen. Además, Kirby se acababa de sentar de espaldas a la cámara y lo que menos le apetecía a Damon esa mañana ¡era ver su peludo culo!

¡Agente David Bradley Kirby, suelta muy despacio los pechos de la agente Montgomery y gírate hacia mí!

Los dos agentes se sobresaltaron al escuchar esa voz distorsionada. Ambos sacaron las pistolas deprisa («Mucho mejor») y miraron a su alrededor, confusos. Damon puso los ojos en blanco, exasperado por la incompetencia de Kirby. Alice era demasiado delicada y demasiado fascinante como para catalogarla de poco competente.

Aquí, so gilipollas le gritó a Kirby. En el ordenador.

Kirby apretó los dientes mientras bajaba la pistola.

Angelus.

¡Agente Capullo! exclamó Damon a modo de saludo. ¡Cuánto tiempo sin vernos! Casi echaba de menos tu mueca de vinagre.

Alice giró la cabeza hacia su compañero, bruscamente.

¿Angelus? ¿MI Angelus?

La satisfacción se apoderó del delgado rostro de Damon. Le complacía enormemente cualquier adjetivo posesivo que saliese de los sensuales labios de la agente Montgomery y que guardara relación con su persona.

Hola, princesa. Intentó poner voz de seductor, pero salió algo parecido a la voz de Darth Vader.

Maldijo ese puto modulador de voz. Por algún motivo, quería que ella lo encontrara atractivo. Y como no podía verlo, debería encontrar atractiva su voz. Pero acababa de fracasar. ¡Olímpicamente!

¡No me llames así! exigió ella con voz autoritaria.

Guapa y mandona. A Damon le gustaba cada vez más.

Eres muy hermosa. Y tan delicada que pareces una princesa. Te mereces algo mejor que… Shrek.

Alice tendría que haberse cabreado. El tío acababa de llamar ogro a su prometido. Sin embargo, sus carnosos labios se curvaron en una sonrisa que fue incapaz de frenar a tiempo. Damon tampoco pudo evitar sonreír.

Eso es, nena musitó, mirándola absorto. Sonríeme. Estás muy guapa cuando sonríes.

Se tapó la boca al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta. «¡Mierda!»

¡Mantente alejado de mi prometida! ladró Kirby, apuntándolo con su dedo índice.

El atractivo rostro de Damon se nubló. «¿Prometida? Por poco tiempo».

¿O qué vas a hacer, agente Capullo? preguntó con la voz teñida de burla.

Cuando te encuentre, te juro que no volverás a ver la luz del sol en tu puta vida amenazó con contundencia.

La esquina derecha de la boca de Damon se alzó en una media sonrisa. Kirby siempre amenazaba con privarle de la luz del astro rey. Como si la oscuridad tuviese algo de malo. Damon, personalmente, encontraba fascinante vivir entre las tinieblas.

Suerte encontrándome, entonces. Y apagó el micro.

Llamaré a los técnicos para que revisen tu ordenador informó Kirby. Te ha instalado un software de espionaje, el muy hijo de puta.

De eso nada.

Damon estaba a punto de cerrar la cámara, pero se detuvo al escuchar aquello. Alice alzó el rostro, frío e inexpresivo, hacia su compañero/amante/jefe/prometido. En efecto, parecía una agente de la CIA en ese momento.

Yo le caigo bien. «Más que bien, nena». Quiero interrogarlo.

Qué astuta. Damon sonrío de satisfacción. Mmmm, un interrogatorio con ella podía llegar a ser muy interesante. Ella preguntaría cosas, él preguntaría cosas… Sería como una primera cita, pero sin las copas. Sacudió la cabeza, indignado consigo mismo. Estaba desvariando. ¿Qué coño le pasaba? Tampoco era que Alice Montgomery fuese miss Mundo. De acuerdo, la mujer era alta, alrededor de un metro ochenta, esbelta, de rasgos delgados, esculturales, con unos altos pómulos y una sonrisa pícara, pero él las había visto infinitamente más guapas. Sacudió la cabeza de nuevo, rebatiendo sus propios argumentos. Más guapas, sí, pero ¿como ella? No. Ella era única. Eran sus ojos, nunca había visto unos ojos tan penetrantes. Había algo en ellos que hacía imposible dejar de mirarlos. Y sus labios. Tampoco podía dejar de mirar sus labios. Quería probarlos. Sentir su sabor. Recorrerlos con la punta de su lengua. ¿Le gustaría a ella? ¿La haría gemir? Seguro que sí. Alice ronronearía como un gatito entre sus brazos, y él sabría cómo darle placer. Y jamás la besaría con los ojos abiertos como ese gilipollas.

Está bien accedió al fin el agente Kirby, lo que hizo que Damon dejara de pensar en los labios de Alice y se centrara en su interrogatorio. Estoy vigilándote, hijo de perra.

Damon encendió el micrófono y rio entre dientes.

¿Quién vigila a quién, so gilipollas?

Kirby le hizo una peineta. Damon le dedicó una mueca de disgusto, pese a que era consciente de que Kirby no lo veía. Por él, podía besarle el trasero. Solo quería hablar un poco con la fascinante Alice.

Señor Angelus empezó ella en cuanto se quedaros solos.

«¡Qué formal!» Alice tomó asiento delante de él —es decir, del ordenador—, abrió su libreta y cruzó las manos por encima de la mesa. Damon se puso cómodo, con los pies encima del escritorio (que había pertenecido al penúltimo príncipe de Mónaco) y la espalda apoyada contra el respaldo de la silla.

Como somos amigos, puedes llamarme Angel.

Ella, con gesto serio y profesional, enarcó una ceja.

¿Por qué Angel? ¿Es usted religioso?

Damon soltó una risotada cargada de desprecio. Sí, claro. ¡Religioso! ¿Dónde coño estaba Dios cuando aquellos tipos disparaban cientos de balas y la sangre de los inocentes salpicaba las baldosas?

Solo creo en mí mismo.

Ella apuntó algo en su libreta. Damon estiró el cuello, pero no pudo verlo. Sabía que ella sujetaba la libreta de esa forma aposta, para impedirle ver sus notas. ¡Maldición! ¿Tal vez debería instalar un par de cámaras en su despacho? Solo para… ¿captarla desde todos los ángulos? Sacudió la cabeza para rechazar aquella idea. Eso era acoso. «¿Y esto qué coño es, Wilde? ¿A qué juegas con ella?».

¿Qué has apuntado en la libreta?

Alice sonrió un poco. A Damon lo mataban sus sonrisas. Cuando se mantenía seria, lo hechizaba con la intensidad de su mirada, pero cada vez que sonreía Alice Montgomery se convertía en una mujer completa y absolutamente espectacular. Mirándola, él era incapaz de no contagiarse, y acabó sonriendo como un quinceañero enamorado.

La curiosidad mató al gato, señor Angelus. ¿Nunca había oído eso?

Es Angel. Y no se trata de curiosidad, sino de justicia.

Alice le dedicó una mirada que derritió gran parte de las neuronas de Damon. Gracias a Dios, le sobraban unas cuantas. Si no, aquello habría sido catastrófico.

¿Justicia?

Si tú vas a preguntarme cosas personales, ¿no te parece justo que yo pregunte lo que escribes sobre mí?

Alice se inclinó hacia delante, con ambos brazos apoyados sobre la mesa. Sus ojos se clavaron en los suyos y esa mirada color café atrajo a Damon como un imán.

¿Y tú vas a contestar a las preguntas personales, Angel? Esta vez su tono no era frío y profesional. Era cálido, como si estuviese hablándole a un viejo amigo.

Él esbozó una sonrisa pícara.

Todas, salvo una. La que yo elija.

Alice, torciendo los labios, cabeceó.

Me parece bastante justo.

Giró la libreta hacia la cámara y él pudo leer: «El sujeto sufre de un avanzado narcisismo que solo puede ser fruto de una infancia muy infeliz». Echó la cabeza hacia atrás y prorrumpió en carcajadas. Alice se mantuvo seria.

¿Qué es lo que te divierte tanto, Angel?

Que los psicólogos de Manhattan cobran a mil pavos la sesión y no llegan a esas conclusiones tan pronto. ¿Se te ha ocurrido alguna vez convertirte en psicóloga?

Soy psicóloga acotó ella con tranquilidad.

Oh. Vaya. ¿Y qué haces en la CIA?

Eh, ¿quién interroga a quién, listillo?

Damon se mordió el labio inferior y tuvo que darle la razón a ella.

¿Por qué haces esto? prosiguió Alice, mirándolo fijamente. ¿Dinero?

No, claro que no. O, al menos, ya no.

Entonces, ¿por qué?

Encendió su mechero y estuvo jugueteando con él durante un tiempo, mientras reflexionaba.

Diversión. Aburrimiento. Locura. ¿Quién sabe? susurró distraído, contemplando con mirada vacía cómo la llama del mechero estaba abrasando la palma de su mano.

¿Por qué no podemos detectarte?

«Soy demasiado bueno para vosotros».

Soy un fantasma.

Eso dicen. La semana pasada alguien burló nuestros sistemas de protección, entró en el ordenador del despacho oval y envió un e-mail firmado por el presidente y dirigido al general Colan, cancelando la orden de bombardear una base militar de Siria.

¿Estás compartiendo conmigo secretos de estados, agente Montgomery? se burló, mirando ausente cómo disminuía la llama de su mechero.

En unos instantes, aquella llama se apagaría igual que lo haría una vida humana, así, de pronto, y contemplarla mientras se desvanecía en el aire le hacía recordar lo efímero que era todo cuanto lo rodeaba.

Alice puso los ojos en blanco.

Me juego el puesto a que ya lo sabías, Angel.

Damon sonrió maliciosamente, alzó la mirada y buscó sus ojos. La llama acababa de morir. Estaba rodeado de muerte. Todo lo que él tocaba, moría. Era trágico, en el fondo. Pero mirar a Alice lo mejoraba, sin duda.

Claro que lo sabía, Alice. Fui yo.

Alice exhaló. Qué fácil resultaba sacarle confesiones a aquel hombre. ¿Por qué no eran así de agradables los demás delincuentes?

¿Por qué lo hiciste? Su voz era un dulce susurro que le arrancó una sonrisilla tonta a Damon.

Dijeron que la base pertenecía a un grupo terrorista confesó en voz baja, casi ronca.

La ceja de Alice se alzó, interrogante.

¿Y no era así?

Nop. No tenía nada que ver con el terrorismo, sino con otros intereses de nuestros ilustres líderes. Así que los detuve a tiempo.

¿Por?

«Porque no diseño los putos misiles para matar a inocentes».

Estaba aburrido. Mi novia cortó conmigo y no tenía nada mejor que hacer.

Esa respuesta divirtió a Alice.

¿Qué hiciste para que cortara contigo? inquirió, consciente de que aquello no guardaba relación con el interrogatorio. Solo era morbosa curiosidad.

Cepillarme a su hermana. Pero, para que conste, no sabía que eran parientes, así que no corras a anotar en tu libretita «fetichismo con hermanas» le dijo sarcástico.

Alice no pudo contener la risa y explotó en carcajadas. Ese tío era muy gracioso. Y le caía bien, pese a ser el delincuente más buscado por la CIA. Era de locos. ¡No podía caerle bien! Y, sin embargo, era incapaz de evitar encontrarlo simpático. Una sonrisa cruzó el rostro de Damon, como si hubiese escuchado los pensamientos de ella.

¿Cuánto tiempo llevas con Shrek? susurró en voz suave.

El brusco cambio de tema hizo parpadear a Alice. No tenía por qué contestar a eso, pero lo hizo.

Desde la universidad.

¿Diez años?

¿Cómo sabes que tengo treinta años?

«He hackeado tu ficha mientras hablábamos».

Soy adivino.

Y muy gracioso.

Damon se inclinó hacia adelante, con repentino interés.

¿Tú crees? Tal vez podrías salir conmigo y dejar a Shrek. Los hombres graciosos gustan a las mujeres, ¿verdad?

Alice, esforzándose por disimular la diversión, le lanzó una mirada de advertencia.

No voy a dejar a Shrek. Voy a casarme con él dentro de dos meses.

«¡Por encima de mi jodido cadáver!»

Sabotearé vuestra boda anunció Damon con tranquilidad.

Ella soltó una carcajada.

No habrá ordenadores.

Pero puedo secuestrar al cura repuso él, cruzado de brazos como un niño enfurruñado.

Sí, pero yo te agradecería que no lo hicieses. Y como somos amigos, tú vas a complacerme.

Damon curvó los labios en una mueca de disgusto.

No es justo abusar de nuestra amistad de este modo.

La vida es injusta, Angel. Y volviendo a lo que nos preocupa, ¿cuál es tu siguiente golpe?

Podía agarrase al comodín de la pregunta que no iba a contestar, pero no le daba la gana. Algunas veces era tan villano como el Joker. Disfrutaba creando caos.

El siguiente lanzamiento de misiles. Si no tiene nada que ver con terrorismo, lo impediré por todos los medios. Así que, si quieres advertir a la Casa Blanca de ello, adelante, agente. Te invito a que lo hagas.

Alice sonrió con suficiencia.

Dudo mucho que el general vuelva a hacerle caso a una orden que llegue por correo electrónico. Me sorprende que no lo hayan despedido por esa metedura de pata.

Es igual. La voz de Damon solo delataba su infinito desdén. Diles que, si los lanzan contra cualquier otra cosa que no sea una base militar terrorista, desviaré sus misiles. Y como me toquen las narices, mi objetivo será la jodida residencia de verano del general.

Alice abrió la boca, estupefacta. ¿Era que un hacker podía piratear los misiles?

Sí, princesa, puedo controlar los misiles, desviarlos y hacer básicamente lo que me dé la real gana con ellos aclaró, con los ojos entornados.

«Porque los diseñé yo mismo».

Se lo haré saber al presidente.

Él asintió con la cabeza.

Me parece un buen plan, preciosa. Desvió la mirada hacia su reloj, y carraspeó. Me temo que nuestra cita debe acabar por ahora. Tengo que irme. Hay algo ilegal que necesito hacer.

Angel… susurró Alice, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja.

Él se detuvo y la miró. Estaba guapísima. ¡Y estaba sonriéndole!

¿Sí, princesa? dijo en voz baja y cálida.

Una última pregunta.

Soy todo oídos.

¿Cómo puedo encontrarte?

Damon la miró a los ojos durante un largo momento. No era la mirada pícara y burlona que había estado manteniendo durante su interrogatorio, ni era tampoco prepotente. En sus ojos solo había ternura mientras la miraba. Sus gruesos labios le sonrieron un poco. Lamentó que ella no pudiera verlo en ese instante. Estaba convencido de que él le habría gustado.

Yo te encontraré a ti, amor.

Esa era más bien una promesa. Luego, cortó la comunicación.

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2 Comments

  1. Me encantó, fuera de lo común, muy interesante ,promete,Quiero leerlo yaaaaa 💜 felicitaciones Isabella Marín 👏👏👏👏👏👏👏

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