Capítulo 1 Antes de Medianoche, segunda y última parte de Adicta a él

12507563_187241271629010_9108376720360841697_nPara B,

  “Duda que sean fuego las estrellas,

duda que el sol se mueva,

duda que la verdad sea mentira,

pero no dudes jamás de que te amo.”Shakespeare.                                                               

Escandalosas… ¿Difamaciones?

 

«Nathaniel Black, descontrolado. El alcoholismo del actor se hace notar más que nunca, tras haberse filtrado en los periódicos de Gran Bretaña la noticia del compromiso de Catherine Collins y Jonathan Hunt. Esa misma noche, Black apareció borracho en la entrega de los Oscar y montó tal numerito, que los agentes de seguridad se vieron obligados a escoltarle hasta su coche». OK Magazine

 

«¿Nathaniel Black está sufriendo? El actor sorprende al mundo entero cuando, al día siguiente de enterarse del compromiso de Catherine Collins, publica en Facebook una famosa cita de Cumbres Borrascosas: «Si él la amase con toda la fuerza de su alma mezquina, no la amaría en ochenta años tanto como yo en un día. Y Catherine tiene un corazón como el mío. Antes se podría meter el mar en un cubo que el amor de ella pudiera reducirse a él. Le quiere poco más que a su perro o a su caballo. No le amará nunca como a mí. ¿Cómo va a amar en él lo que no existe?» Días más tarde, durante una conferencia de prensa, el chico malo ha declarado: «Estáis buscando drama donde no la hay. No me refería a ninguna Catherine conocida, así que dejad de darle vueltas al asunto. Tan solo quería compartir con vosotros el hecho de que estoy leyendo a los grandes clásicos de la literatura inglesa. Pensé que os gustaría saber que en mi biblioteca entra algo más, aparte de modelos desnudas y botellas de bourbon.» Ajá…» PageSix.com

 

«El chico malo de Hollywood detenido de nuevo. Esta vez ha sido acusado de desorden público y condenado a tres meses de trabajo comunitario. Nathaniel Black ha declarado que le trae sin cuidado. «Iré a recoger basuras si eso es lo que quiere esa zorra pelirroja», comentó a la salida de un club de striptease, refiriéndose a la jueza que lo condenó, Andy Wood. (Mencionamos que Black estaba en un avanzado estado de embriaguez al realizar esas declaraciones.) Ahora, aparte de los tres meses de trabajo comunitario, el polémico actor se enfrenta a una multa de cien mil dólares por injurias». Star Magazine

 

«Nathaniel Black y la nueva Miss World, Catherine Hill, fotografiados cenando juntos en un restaurante de París. El representante de la modelo se ha apresurado a explicar que el actor y la Miss solo son amigos, mientras que el chico malo se ha limitado a hacerles una peineta a los paparazzi. «Chuparos esa» fueron las únicas palabras que dijo al respeto. Desde luego, una actitud conmovedora». The New York Post

 

«Solo estaba ligeramente ebrio», se defendió Nathaniel Black cuando se filtró a la prensa internacional un video suyo paseándose por las calles de Cannes en un lamentable estado de embriaguez, con una botella de bourbon en la mano y un cigarro colgándole de los labios. El chico malo no se molestó en acudir al estreno de su nueva película, razón por la cual se hallaba en Francia en ese momento». US Weekly

 

«La chica buena de Londres y el chico malo de Hollywood casi coinciden en Zimbawe. Catherine Collins se hallaba en suelo africano para inaugurar la octava filial de su ONG «Juntos por la pobreza» y, según fuentes cercanas a su entorno, cogió el primer avión de vuelta a Londres al enterarse de que el jet privado de Nathaniel Black estaba a punto de aterrizar en el mismo país. Las malas lenguas susurran que la socialité aún no ha superado la ruptura, y que no está preparada para estar cerca del actor. Los dos se han negado a hacer declaraciones». The Sun

 

«¿Qué estará tramando «Don Escándalo»? Hace dos semanas que Nathaniel Black no protagoniza ningún titular y eso no es habitual en él. El actor no se deja caer en fiestas, ni va a los clubs de striptease que solía frecuentar y, desde luego, ha dejado de pasearse por la calle en estado de embriaguez. Siempre que sale de casa, lleva unos exclusivos trajes de Armani, el pelo perfectamente… desordenado y, según nuestra fuente de Tráfico, ni siquiera recibe multas por exceso de velocidad. El chico malo parece haberse vuelto bueno de la noche a la mañana. Sus fans se preguntan si no habrá ingresado en alguna secta siniestra». PageSix.com

 

 

 

 

Capítulo 1

 

―«El chico malo de Hollywood y su nueva conquista, el angelito de… »

Una enorme angustia me oprime el pecho mientras camino como una autómata hacia la pantalla de mi habitación. Mis manos ya han empezado a temblar como las de un adicto que acaba de oler su heroína y lo único en lo que puedo centrarme es esa frase que flota dentro de mi cabeza, una y otra vez. «El chico malo de Hollywood y su nueva conquista.» El ansia aumenta a medida que pasan los segundos. Un frío sudor se apodera de mi espina dorsal. No hace falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta de que mi adicción ha vuelto.

Me detengo al lado de la cama, con el rostro descompuesto y todos los demonios del infierno atormentándome la mente. La tentación de mirar hacia arriba se vuelve irresistible; tan seductora que por primera vez en meses estoy dispuesta a bajar la guardia y hacer algo que juré no volver a hacer bajo ningún concepto: mirar su rostro. Solo es una pequeña recaída, me digo a mi misma. No vas a mirarle. Sin embargo, alzo la mirada. Un instante. Eso es todo lo que me concedo para observar ese atractivo semblante masculino, de pómulos altos y ojos increíblemente azules. Pues ese instante en el que nuestras miradas parecen encontrarse a través de la pantalla, es suficiente para avivar mi agonía hasta límites difíciles de aguantar. Apenas soy consciente de lo acelerados que se vuelven los latidos de mi corazón al darme cuenta de que a su lado hay una modelo diez centímetros más alta que yo, rubia, guapísima, agarrada a su brazo.

Mi vida se ha vuelto horrible en los últimos dos años. Una auténtica pesadilla, un mal sueño del que no soy capaz de despertar y, por si eso fuese poco, se repite una y otra vez hasta la saciedad. Ni siquiera hacer cosas de personas normales me produce alivio, puesto que, si salgo a la calle, veo, en los enormes carteles publicitarios que hay por todo Londres, a un hombre al que no me apetece ver, anunciando una colonia. ¡En calzoncillos! Por cierto ¿a qué mente pervertida se le ocurren esos anuncios? ¡Oh, y ver la tele! Esa que es una pesadilla. Todos los días la misma historia. Nathaniel Black ha hecho eso, Nathaniel Black ha hecho aquello. ¿Es que no hay más noticias en este mundo? ¿Ningún político ha sido detenido por corrupción hoy? ¿Ningún banquero de Wall Street ha provocado una crisis mundial últimamente? ¡Por el amor de Dios! ¡La tierra no gira alrededor de Nathaniel Black!

La agonía deja lugar a una repentina irritación. Agarro el mando y cambio de canal, aunque inmediatamente me arrepiento de haberlo hecho. Esto no puede ser verdad. ¡Incluso en la BBC hablan de él! En todos los canales de la BBC, quiero decir. Furiosa, cambio de un canal a otro, apenas mirando la serie de imágenes que desfilan delante de mis ojos.

Nathaniel y Gabrielle parecían muy enamorados cuando…

Lanzo el mando contra la pared. ¡Enamorados!

―Apagar tele ―digo en tono áspero.

Doy media vuelta para entrar en el baño.

Han sido sorprendidos por…

Resoplo, me vuelvo, agarro de nuevo el mando e intento, sin éxito alguno, apagar.

El actor y la modelo

Sacudo el mando, le doy unos golpecitos contra la pared y vuelvo a intentarlo. Es inútil. En el momento menos oportuno, la tele ha elegido dejar de funcionar.

―Cambiar… canal ―digo lentamente mientras pulso todos los botones.

Se han prometido…

¡Maldición! Me he gastado tres mil libras para nada. ¡Control de voz, y un cuerno!

El sex symbol ha declarado…

―Apagar… la puñetera… ¡TELE! ―grito.

El engendro del demonio no reacciona ante mis órdenes vocales y el mando parece haberse quedado sin pilas. Y lo que es peor, una reportera pelirroja muy sonriente habla sin parar sobre las hazañas del playboy de Nueva York y su nueva conquista. A punto de sufrir una crisis nerviosa y sin tener ni idea de qué hacer para dejar de escuchar ese programa mefistofélico, atrapo el primer objeto que encuentro, alzo las manos por encima de la cabeza y, usando todas las fuerzas de mi frágil talla 36, lo lanzo contra la tele. Nada más cometer la imprudencia, me doy cuenta de que el objeto era una pesada escultura de bronce, que, de manera sorprendente, consigue que la pantalla se apague. Y se resquebraje. ¡Bendito silencio! ¡Al demonio las tres mil libras!

―Tal vez debas aprender el coreano para que la tele te entienda ―me sugiere con sorna mi mejor amiga, Emma.

Me giro hacia ella para ponerle mala cara. Está apoyada contra la puerta, ataviada con un elegante vestido negro de lentejuelas, corto y entallado, que deja a la vista sus esbeltas piernas, bronceadas gracias a los fines de semana que pasa en la casa que sus padres poseen en Mónaco. Su largo y castaño cabello es ondulado, igual que el mío, solo que ella se lo ha recogido a ambos lados con horquillas mientras que yo aún llevo el informal peinado que me he hecho esta mañana para ir a trabajar.

Su postura corporal refleja despreocupación. Tiene los brazos cruzados a la altura del pecho y sus labios, pintados de un intenso rojo, insinúan una dulce sonrisa. Por desgracia eso no consigue mermar mi deseo de gritarle y sacudirla hasta hacerla entrar en razón. Emma y yo llevamos media hora discutiendo. Y las cosas que nos hemos dicho esta noche, desde luego, no son dignas de dos damas como nosotras.

―Emma, hazme un favor y cállate. Y dame ya el móvil. ¡No te quedes ahí parada! Tengo que llamar a Jonathan.

Después de veinticinco años de amistad, Emma Bennett está más que acostumbrada a mi fuerte personalidad, con lo que su atractivo rostro, de una belleza clásica digna de la aristocracia romana –es medio italiana por parte de madre, de ahí la fogosidad que demostraba hace media hora–, ni siquiera se altera ante mi tono agresivo.

―De eso nada ―me contesta, irritantemente serena.

Sigo con la mirada las agujas de diez centímetros de sus Louboutin de charol negro, que taconean por el parqué de mi habitación, de camino al vestidor. Se detiene, abre todos los armarios y empieza a buscar un vestido que, según ella, debería ponerme. ¡Qué Dios me ayude!

―¿Piensas quedarte ahí el resto de la noche montando rabietas y destrozando el mobiliario, o vas a ayudarme a encontrarte algo de vestir?

Respiro hondo para mantener la calma. Sugerencia del psicólogo.

―Ya…estoy… ¡VESTIDA!

―No adecuadamente ―me dedica una tierna mirada antes de que sus delicadas manitas empiecen a toquetear de nuevo mis prendas.

Arrastro los pies tras ella, renegando entre dientes.

―No voy a ponerme ninguno de los vestidos que elijas, así que olvídalo ―me obligo a mí misma a adoptar el tono más tranquilo del que soy capaz―. ¡Y dame ya el puñetero móvil, Emma! Hablo muy en serio. Jonathan espera mi llamada.

―Y yo hablaba muy en serio cuando te dije que nada de móviles hoy ―deja de hurgar en el armario y se gira de cara a mí, con un horrible vestido amarillo con rayas azules entre las manos―. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no me hables de Jonathan? ¡Por los clavos de Cristo! Cada vez que oigo ese nombre, me entran arcadas ―pone mueca de asco y finge toser, aunque lo hace de pena―. ¿Lo ves? ¡Arcadas! ¿Y por qué demonios compraste este harapo? ¿Querías disfrazarte de payaso?

Le arranco el vestido de las manos, lo vuelvo a guardar en su sitio y cierro el armario delante de sus narices. Coloco, ruidosamente, una mano en la puerta para recalcar que no voy a permitirle que siga revolviendo entre mis cosas.

―Em, me caso con él dentro de una semana. Con tu bendición o sin ella.

―Por tu propio bien, espero que cambies de opinión ―murmura mientras intenta retomar la búsqueda del vestido perfecto.

Apoyo la espalda contra las puertas de madera blanca para impedir que las abra.

―Catherine, hablo muy en serio. Estoy muy harta de tu actitud autodestructiva. Tus menesteres no son saludables. Tienes que salir de casa.

―De eso nada. Pediré comida basura, romperé un par de floreros y luego veré por enésima vez El Diario de Noah para recordar que aún existen chicos buenos en este retorcido planeta.

―¡Claro que existen los chicos buenos! ―repone, a gritos―. El problema es que a ti te gustan los trastornados. Y ahora haz el favor de quitarte.

―De ninguna de las maneras. Si quieres apuntarte a mi plan, siéntete libre. Si no, ya estás tardando en marcharte a tu casa.

Rezonga unas cuantas maldiciones entre dientes y empieza a forcejear con más violencia, pero como yo empujo con la espalda, el armario se mantiene cerrado. Me mira a los ojos. Sabe perfectamente que el brillo que hay en mi mirada quiere decir que no pienso ceder. Por supuesto, lo pasa por alto. Aprieta los labios con evidente rabia y vuelve a intentarlo, sin éxito alguno. Patalea. Grita. Blasfema. Nada. Inútil. El armario permanece con las puertas cerradas.

―No voy a ponerme un vestido porque no pienso ir a ninguna cena estúpida ―le explico con una tranquilidad que no siento―. Cenaremos en casa, tal y como lo habíamos hablado la semana pasada. No sé qué te ha hecho cambiar de opinión y, a decir verdad, me importa un comino. ¡No voy a salir hoy y punto!

―Irás como que me llamo Emma Bennett ―me dice a través de sus dientes apretados.

Durante un tiempo inconmensurable, nos quedamos mirándonos la una a la otra como en un duelo, mirada verde contra mirada marrón, hasta que nos interrumpe el timbre de la puerta. Para mi asombro, Emma da media vuelta y sale casi corriendo. Me pregunto quién será para que se arriesgue ella a torcerse un tobillo escaleras abajo. Decido que es mejor no saberlo y me giro de cara al armario, intentando buscar una manera de mantenerlo cerrado.

     ―¿Catherine? ¿Oooh, Ki-tty? ―canturrea una voz de mujer desde la planta baja.

Mis ojos se abren de golpe. Oh, no… Sacudo la cabeza lentamente, en completo estado de shock. No, no, no. Dime que es un mal sueño del que despertaré en breve. Esa no puede ser Lilly.

     ―¿Dónde te has escondido, gatita?

Escucho sus tacones subir por la escalera. Está acercándose. ¡Está demasiado cerca! Ay, Dios…

―Ven, Kitty, Kitty, Kitty… ¿Ki-tty? ¿Dónde estás, gatita? ―sus tacones se detienen; yo quiero morirme―. ¡Ah, aquí estabas! Vaya manera de recibir a tus amigas.

¡Oh, Dios! Está justo detrás. Con una sonrisa dibujada en mis labios, giro sobre los talones y veo a Lilly Lawrence, rubia, fabulosa, excéntrica y cargada de bolsas de Chanel, entrando en mi habitación.

―¡Lilly, querida! ―extiendo los brazos alegremente, me acerco y beso sus mejillas―. ¡Qué… ejem… grata… sorpresa! ¿Qué haces aquí? ―mi ceño se frunce cuando reparo en que el vestido rojo que lleva, escandalosamente ajustado al cuerpo, solo le tapa el trasero―. ¿Y por qué vas vestida de putón?

―¿Y tú por qué vas vestida como Margaret Thatcher? ―repone indignada, mirando de forma despectiva mi clásico, elegante, remilgado traje negro―. Emms, ¿por qué no está Catherine vestida como Dios manda todavía?

Lilly se gira hacia Emma y le lanza una mirada asesina. El rostro de esta última se vuelve colorado en cuestión de un instante. Guardo silencio mientras observo con suspicacia la escena, paseando la mirada de un rostro al otro. ¡A estas dos les pasa algo! No hace falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta de que están tramando alguna maldad. Las conozco lo bastante como para saber que su monstruosa alianza no puede suponer nada bueno para mí.

―Estaba en ello ―murmura Emma, quien baja la mirada y se examina los nudillos de la mano.

¡Ajá! ¡Lo sabía!

―No sé qué demonios pasa con vosotras dos, ni tengo tiempo para averiguarlo. Y no voy como Margaret Thatcher. Llevo un Dior ―puntualizo, en tono orgulloso, mientras tiro de forma teatral del cuello de mi chaqueta ajustada a la cintura.

Decido aparcar mis resentimientos hacia Lilly y comportarme a partir de ahora como la dama que finjo ser. Es lo más sensato.

―¡Llevas una falda por debajo de las rodillas! ―escupe ella.

Y ahí se acaba mi decisión. Hay que admitir que palabras como sensatez nunca se ha incluido en mi vocabulario.

―¡Soy la presidenta ejecutiva de Industrias Collins! ―prorrumpo, irritada―. ¡Tengo una imagen que mantener!

―Chicas… ―hay un deje de advertencia en el tono de Emma.

―¡Cállate! ―le gritamos al unísono, sin tan siquiera mirarla.

Ladeo la cabeza y examino las pupilas de Lilly muy atentamente.

―¿Qué haces aquí, Lilly? La última vez que te vi, y eso fue nada más tirarte a mi novio, comentaste que Londres era demasiado pequeño para las dos y que te ibas a vivir a Mónaco.

Lilly entorna sus azulados ojos, tira al suelo las bolsas de compras y se deja caer sobre mi cama.

―Pero siéntate, mujer. No seas tímida ―mascullo, sin pizca de diversión.

Me dedica una mueca adorable, lo que me enfurece todavía más. Voy a centrarme en otras cosas porque hay una gran probabilidad de que le arranque esas ridículas extensiones que lleva. Lo último que veo antes de darle la espalda es que se cruza de piernas y me lanza un beso.

―Ya veo. Sigues enfurruñada por lo de Charles.

Finjo estar buscando algo muy importante dentro del cajón de mi mesilla.

―¡Por favor! ―bufo con desprecio, sin mirarla―. Por mí como si te casas con él. No podría importarme menos Charles Newman. Está más que superado.

Vuelve a sonar el timbre de la puerta. Esta vez Emma no se mueve y permanecemos las tres calladas, esperando a que Milles, mi mayordomo, abra y disipe el misterio del visitante desconocido.

Buenas noches ―llega una voz masculina desde abajo―. Soy Charles Newman, un amigo de Catherine.

Sencillamente me quedo helada.

Señor Newman, pase por favor ―ni siquiera puedo cabrearme―. La señorita Catherine está arriba con sus amigas, así que si tiene usted la amabilidad de esperar unos instantes hasta que bajen…

Maravilloso. Un sueño hecho realidad. Yo, Lilly y Charles en la misma casa. ¿Qué más puede pasar hoy? Definitivamente, es el peor día de toda mi vida.

Estaré en el salón ―informa Charles.

―No me dijiste que venía aquí ―susurra Emma.

―¿Y yo cómo iba a saberlo? No soy su niñera ―se defiende la otra, en voz igual de baja.

Giro sobre mis talones. Las dos fingen estar mirando las musarañas, con la expresión del que no ha roto un plato en toda su vida.

―¿Habéis hecho venir a Charles? ―la voz me sale tan tensa que es evidente que estoy apretando los dientes―. ¿Estáis mal de la cabeza?

―Gracias a Dios, lo ha superado ―refunfuña Emma por lo bajo, inclinada hacia el oído de Lilly.

Y entonces el hielo que me cubre estalla en mil pedazos y una oscura furia recorre mi cuerpo de la cabeza a los pies.

―¿Qué COÑO hace Charles Newman en MI salón? ―grito tan alto que estoy convencida de que el pobre Charles lo ha debido de oír.

―¿Acaso piensas que iba a perderme la despedida de soltera de mi chica favorita? ―escucho la suave voz masculina a mis espaldas.

     ¿No iba a esperar en el salón? Entrecierro los ojos, suelto unas palabrotas para mis adentros y compongo una sonrisa brillante mientras me giro hacia aquel hombre alto y moreno, elegantemente vestido con un traje gris de algún diseñador europeo. Constato que no ha cambiado apenas en los últimos ocho años. Sigue siendo el mismo sinvergüenza guapísimo de siempre.

―¡Charlie! ―acorto la distancia que nos separa y me pongo de puntillas para besar sus mejillas―. ¡Maravillosa sorpresa! ¿De quién es la despedida?

Charles, cruzado de brazos, me mira confuso.

―Eh… ¿tuya?

Suelto unas carcajadas.

―Tiene gracia. ¡Mía, dice! ―me detengo y miro su rostro. Se me borra la sonrisa de inmediato―. No estás de coña, ¿a qué no?

Sus ojos brillan con desconcierto. Hace un gesto de negación con la cabeza. Con una lentitud casi agónica, giro sobre los talones y enfoco a Emma con mi intensa y aterradora mirada verde.

―Te había dicho que nada de despedidas de soltera y tú, ¿no solo te pasas por el forro mis deseos, sino que vas y llamas a mi novio del instituto y a la furcia de mi amiga que se lio con él en mi baile de fin de curso? ―a pesar de mi cabreo, mi voz resuena con tanta tranquilidad que convierte el momento en algo espeluznante.

―Señorita Catherine, disculpe…

―¿Sí, Milles? ―murmuro, sin dejar de mirar los oscuros ojos de Emma.

―Están aquí sus otros invitados y vienen muy… ―se aclara la voz―…alegres. ¿Les hago pasar?

Leyendo entre las palabras corteses de mi mayordomo, entiendo que mis invitados están borrachos como cubas. Resoplo con fastidio y muevo la cabeza mientras sopeso mis opciones. No hay muchas.

―Por supuesto que sí. Y sírveles una copa mientras esperan. Tenemos una imagen que mantener.

Veo de reojo cómo Milles se dispone a salir de la habitación.

―Ah, y… ¿Milles?

Mi anciano mayordomo se detiene y vuelve hacia mí su inexpresivo rostro.

―Gracias por todo. Y vosotros fuera. Tengo que vestirme.

Charles y Lilly salen sin decir nada más, supongo que avergonzados por la bronca que le he echado a Emma.

―¿Sí, Emma? ―pregunto, sin que mi semblante desvele mi irritación.

―Siento haberles llamado. Pensaba que lo habías superado.

Oh, por el amor de Dios. Nunca me ha importado el asunto. No es un secreto para nadie que le tenía más cariño a mi cactus que a Charles. Y, para que conste, ese cactus se secó por falta de agua. Mira que eso es difícil.

―Y lo he hecho. Ahora, si me disculpas, tengo que elegir un vestido adecuado. Hay una despedida de soltera a la que debo llegar.

Sin decirnos nada más, Emma sale de la habitación con la espalda tiesa mientras que yo empiezo a buscar algo que ponerme. Tras una búsqueda exhaustiva, me decido por un vestido corto y ceñido al cuerpo, en un tono azul eléctrico que realza el moreno de mi cabello. Mi plan es cogerme una buena cogorza y estar de vuelta antes de medianoche. Tampoco puede ser tan difícil, ¿verdad?

 

***

 

Toda despedida de soltera cuenta con una limusina, un boy y un antro del pecado. Yo soy Catherine Collins-Fitzgerald. Ha habido quince limusinas para transportar a mis ciento treinta y cinco invitados, un coro de boys y otro de strippers y el club más pijo de todo Londres ha abierto sus puertas exclusivamente para nosotros. Soy la clase de persona que tiene amigos esparcidos por toda Inglaterra. Posiblemente en Estados Unidos, Canadá y Australia. Tal vez en Arabia Saudí.

Llevaba casi dos años sin montar en una limusina y he de admitir que echaba de menos el glamour que eso le aporta a un simple viaje en coche. Nos bajamos delante del club y entro, seguida de los demás. Aparte de Emma, Charles y Lilly, han venido Denise Johansson, amiga de la familia, que solía acompañarme a las clases de ballet cuando era pequeña, Matt Newman, el hermano de Charles, con el que me lie una vez porque estaba enfadada con Charles –menos mal que nunca me gustaron los tríos– y Melinda Adams, amiga de toda la vida y mi primer cliente como asesora de imagen. Hay que admitir que era buena en mi trabajo. Melinda es un pibón.

Nada más entrar, saludo a Christine Follet, una amiga a la que no veo desde que acabamos nuestros estudios en Oxford. Me cuenta su vida y yo le cuento lo fabulosa y magnífica que es la mía. ¡Una autentica mierda, eso es lo que es! Por supuesto, eso no se lo puedo confesar. No es apropiado para una dama de mi posición hacer algo tan vulgar como mostrar sus sentimientos. No me educaron para eso.

―¡Pero si es la novia más guapa de toda Gran Bretaña! ―exclama mi primo, David Fitzgerald.

Va acompañado por su hermana Elise y mis otros dos primos, los hermanos Edward y Andrew Collins, los cuatro ligeramente mareados a causa del champán.

―¡Qué infame ofensa! ―dice Edward, divertido―. Catherine es la novia más guapa del viejo continente.

Finjo rubor, eso es lo adecuado en estas circunstancias, y abrazo a los cuatro. Juntos formábamos la mejor pandilla de todo Londres hace unos años. Luego fuimos madurando, tanto que cada día íbamos menos de fiesta. De hecho, creo que en los últimos cinco años hemos quedado fuera de casa una sola vez: hoy. Pero aquí estamos. Ya que Emma ha reunido a todo el mundo, lo mínimo que puedo hacer es darle las gracias, pedirle disculpas por las rabietas de antes y pasármelo bien.

Así pues, entro en la cabina del DJ y le pido que me deje decir unas cuantas palabras. Somos viejos conocidos, con lo que asiente de inmediato.

―Hola ―le doy un golpecito al micrófono, me aclaro la voz y sonrío con bochorno―. ¿Me oís? Hola a todos, mis amigos, y gracias por estar hoy aquí. Algunos ya sabéis que yo no quería una fiesta de despedida, pero, aun así, aquí estamos. ¡Sí! Y eso gracias a mi amiga del alma, Emma Bennett.

La busco con la mirada y le dedico una sonrisa sincera. Al verla alzar su copa de champán para indicarme que me ha perdonado, me invade una sensación de alivio. A pesar de mis ciento treinta y cinco invitados, soy consciente de que ella es la única amiga que tengo. Al fin y al cabo, de toda esta sala, solo ella puede ver más allá de mis muros.

―Gracias, Emms ―el temblor que hay en mi voz hace que todos los invitados se vuelvan serios―. De veras. Es una fiesta magnífica.

Hago una larga pausa en la que ella y yo nos dedicamos una mirada que lo dice todo. Asiente, como diciéndome que todo está bien. Yo también lo hago, para decirle que ya lo sé.

―¡Ah!, y antes de que se me olvide. Quiero dejaros una cosa bien clara ―me deshago el recogido, sacudo mi oscura melena y dejo de comportarme como una señoritinga remilgada―. ¡Hoy vamos a salir de aquí a gatas como en los viejos tiempos! ―mis amigos levantan las manos en el aire y silban, completamente de acuerdo con mis maléficos planes―. ¡Vamos a beber hasta que el barman se quede sin alcohol! ¡Qué demonios! ―los miro a todos por encima de las pestañas y rectifico―. ¡Vamos a beber hasta que Londres se quede sin reservas de vodka! ―todos mis invitados están ya desquiciados: chillan, silban y saltan como locos―. ¡Qué empieeeeceeeee la mejor fiesta del año!

Me bajo de la cabina del DJ y vacío tres chupitos de vodka antes de encontrarme con la pandilla.

―Un discurso emotivo ―remarca Edward, de forma irónica.

Le doy una palmada cariñosa en el hombro.

―¡Eddie, eres un diablillo! ¿Y tu novia?

―¿Cuál de las tres? ―interviene su hermano Andrew, maliciosamente.

Todos mis primos tienen problemas para ser fieles y desde que éramos críos han tenido varias novias a la vez. Yo misma he pasado por esa época, aunque la superé rápido.

―A eso me refiero ―respondo, divertida.

Nos echamos todos a reír, menos Edward, al que nunca le ha hecho gracia que nos metamos con su vida sentimental.

―Voy a saludar a la gente ―informo, antes de alejarme de ellos.

Siempre me ha gustado este club. Solía venir aquí en mi adolescencia, así que esta noche me siento como si estuviera en casa. Me invade la melancolía al pensar en esos viejos tiempos cuando yo era solo una niña mimada, superficial e incapaz de amar. ¡Ojalá volvieran! Pero, en el fondo de mi alma, sé que el pasado nunca volverá, haga lo que haga. Sacudo la cabeza para dejar de pensar en ello. No sirve de nada lamentarse.

Una vez despojada de mis deprimentes pensamientos, adopto una larga sonrisa y me mezclo entre los invitados. Paso la siguiente media hora dando besos, abrazos y cambiando unas cuantas cortesías, entre copa y copa de champán. Al regresar a nuestro reservado, me doy cuenta de que se ha quedado algo vacío.

―¿Y Melinda? ―le pregunto a Christine―. Se ha esfumado.

Esta, con los ojos en blanco, se acerca a mí para cuchichear.

―Se ha liado con tu primo David.

Suelto unas cuantas carcajadas, sin poder impedirlo. Mis primos, los ligones. Me recuerdan a… ¡No! ¡No te recuerdan a nadie, Catherine! me grito a mí misma.

―Solo llevamos aquí media hora ―comento con sorna, esforzándome por bloquear el irritante rumbo que cogen mis pensamientos. Por alguna condenada razón, hoy pienso en ese hombre más que nunca.

―Los Fitzgerald no necesitamos más ―me dice Elise.

Se acaba de un trago su Martini, me planta la copa en la mano y me da la espalda para dirigirse hacia la pista de baile, acompañada por un desconocido.

―Conociéndola, sé cómo va a acabar la velada. O, mejor dicho, sé con quién ―le susurro a Emma, y las dos nos echamos a reír.

―¡Me encanta esta canción! ―chilla ella, dando saltitos―. Venga, vamos a bailar.

La sigo hacia la pista de baile, pero de repente pierdo la noción del tiempo y el espacio, como si el mundo entero empezara a girar cada vez con más dificultad. Y al igual que todo a mi alrededor, mis pasos se vuelven lentos hasta detenerse por completo. Entonces, en mitad de la pista, rodeada de flashes, humo y amigos bailando, me doy cuenta de que, a pesar de las ciento treinta y cinco personas que han venido a verme, esta noche me siento horriblemente sola. Miro sus rostros, jóvenes, hermosos, felices. Oigo a lo lejos el sonido de sus carcajadas. Los veo bailar, perdidos en la música. Todos están pasando el tiempo de sus vidas. Todos, menos yo. Finjo hacerlo, siempre finjo estar bien, pero lo cierto es que hay un enorme vacío en mi interior que nada de todo esto conseguirá llenar. Nada, salvo el champán. La única manera de olvidarse de todo es bebiendo hasta reventar. Y eso pienso hacer. Así pues, me esfuerzo por sonreír de nuevo. Vuelvo a nuestro reservado, agarro la botella y relleno todas las copas.

―¡Bebed, malditos, bebed! ―los insto, diabólicamente.

―Propongo un brindis ―Lilly alza su copa―. Por David, que es un crack con las mujeres. Yo doy fe de ello ―añade por lo bajo.

Levantamos las copas en el aire para brindar por los genes de playboy de mi primo. Y luego brindamos porque Denise se ha comprado su primer piso. Y luego porque Matt es gay. ¡Y yo pensando que me amaba desesperadamente desde aquel día cuando le besé! ¡Ja! A la media hora, empiezo a estar ligeramente mareada con tanto brindis y decido ir a bailar para bajar el alcohol y, de esa forma, poder beber aún más. Mi primo Andrew tiene la amabilidad de bailar conmigo cuando empieza una canción lenta.

―Y dime, Andy, ¿cuál es tu vida ahora? Me han dicho que vives en Tokio.

―Cierto, pero me gustaría volver a casa. ¿Tú crees que podrías darme algún trabajo en Industrias Collins?

Me detengo durante un instante y examino su rostro ovalado. Parece hablar en serio.

―¡Andrew, eso es genial! Nos encantará tenerte aquí. Ya sabes cuál es la política de la empresa. Un Collins siempre es bienvenido. Y sí tiene un máster en Administración de Empresas, aún más.

Nos echamos a reír y volvemos a abrazarnos. Esta noticia me ha mejorado la velada. Andrew será un gran apoyo para mí. Bueno, el único apoyo, ahora que lo pienso mejor. Todos los demás empleados me odian a muerte. Mmmm… Debería nombrarle vicepresidente. De hecho, voy a hacerlo mañana mismo. No, mañana voy a tener resaca. Pasado mañana.

En cuanto se acaba el baile, Andrew y yo volvemos a nuestro reservado. Edward intenta ligarse a Denise, Melinda y David están dándose el lote encima del sofá, Emma ha desaparecido de repente con Lilly y Charles, y los demás están bailando cual posesos, en armonía con los flashes.

―Andy, ¿por qué no sacas a Christine a bailar? ―le sugiero, mirando cómo la pobre muchacha está sola en un rincón, marcando el ritmo de la canción con la cabeza.

―Te vas a quedar sola si lo hago. Estos capullos están demasiado ocupados ligando como para hacerte caso.

Me quedo anclada en sus ojos burlones.

―Quedarse sola tiene algo de fascinante para mí ―bromeo mientras lo empujo hacia ella―. Anda, ve.

Andrew, a regañadientes, invita a Christine a bailar. Mientras los observo alejándose, me doy cuenta de que hacen muy buena pareja. Los dos son guapos, brillantes y personas en las que uno puede confiar. Dejo escapar un suspiro. Si mi primo no fuese un playboy como su hermano Edward, nuestro primo David y otro que yo me sé… Muevo la cabeza para apartar esa información de mi mente. Estos pensamientos se vuelven muy preocupantes. Es como si hoy no pudiera sacarme de la cabeza a ese irritante actorucho de pacotilla. Llevaba semanas sin pensar en él, pero, por alguna oscura razón, esta noche está tan presente en mi mente que casi puedo sentir su maliciosa mirada azul marino clavada en mí. Doy gracias a Dios de que nos separe un océano y decido ir a la barra para cambiar el champán por vodka. Ya he hecho bastante el tonto. Ahora voy a beber de verdad. Como una Collins. Habrá que honrar esa sangre irlandesa que corre por mis venas.

―Dame tres chupitos ―le pido al camarero.

Como ya sabe lo que me gusta, saca una botella de vodka del bueno de debajo de la barra. Me tomo todos los chupitos y pido otros tres con un gesto de la mano. Mi tío Will siempre me aconsejaba ir de tres en tres. Decía que, de esta forma, te emborrachas antes. Tiene su lógica, hay que admitirlo.

Nada más vaciar el último chupito de vodka, reparo en que la canción que se escucha en este momento es aquella francesa que sonaba en el club en el que Nathaniel y yo nos dimos el lote. Alors on danse creo que se llama.

―Esta canción es para Catherine ―anuncia el DJ por el micrófono―. De parte de un viejo amigo.

     Pues ese viejo amigo debería saber que odio esta canción porque me hace pensar en cosas que no quiero pensar, como en…

―¿Bailas, amor?

     Justo lo que estaba diciendo.

―¡Sal de mi cabeza! ―gruño entre dientes, en voz alta.

―No estoy en tu cabeza, preciosa. Estoy a tu espalda.

Abro los ojos de par en par.

     ¡Dios mío, he muerto y estoy en el infierno! Demasiado vodka. O fulminada por un rayo. Seguro que ha sido un ictus. Siempre me ha asustado el ictus.

Giro la cabeza tan despacio que pasa toda una eternidad hasta que me encuentro con su inquietante sonrisa de lado, tan perturbadora como siempre, y esa mirada suya que no tiene nada de cortés. Me mira de una forma escandalosa, como si supiera perfectamente de qué color es mi liguero. Con la mente aturdida a causa del alcohol, intento recordar si llevo liguero. Desde luego, sus maliciosos ojos azules insinúan que sí.

―¿Por qué no vas de Satán? ―pregunto ceñuda, arrastrando un poco las palabras a causa de la cantidad indecente de vodka que he ingerido.

―¿Por qué iba a ir de Satán? ―pregunta a su vez, muy confuso.

Está tan cerca de mí que su olor, dolorosamente familiar, invade mis sentidos. Y es como estar en casa de nuevo. Así es como huele el hogar para mí: a colonia Calvin Klein, a tabaco y a bourbon.

―¿Preciosa? ―susurra, al ver como mi rostro se vuelve de piedra―. ¿Estás bien?

Quiero esquivar su mirada, pero esos ojos azul marino resultan tan penetrantes, tan intensos, tan seductores, que me pierdo en su inmensidad, como si estuviera en un profundo trance. Su mirada es magnética. He visto en ella crueldad, he visto arrogancia y he visto indiferencia. Hoy no hay nada de eso reflejado en sus pupilas. Lo que veo en este instante es un brillo que no sabría cómo catalogar, una mezcla entre ardiente y atormentado que me deja absolutamente descolocada.

Trago en seco mientras lo contemplo enmudecida, sin ser capaz de moverme o de hablar. No es guapo. Él sencillamente redefine el concepto de belleza. Su rostro no registra ni un solo defecto. Es pálido, de rasgos perfectos, refinados, mandíbula masculina, pómulos altos y nariz recta. ¡Lo que todo escultor habría soñado! Su cabello, tan oscuro como el cielo en las noches de invierno, está despeinado, como si acabara de levantarse de la cama hace unos instantes. Viste un vaquero negro, una camiseta blanca de AC/DC que se amolda a su pecho, definido a la perfección, y una chaqueta de cuero negra.

Pero no es su belleza física lo que cautiva de él, sino el aura sensual y oscura que le rodea. Eso y su personalidad: esa actitud suya de “todo me importa una mierda” combinada con la ferocidad, la violencia y la pasión aterradora de la que es capaz. Por norma general, no suele ser amable, sino más bien cruel, despiadado, arrogante e impulsivo. O al menos eso es lo que intenta que la gente perciba de él. Yo le conozco lo bastante como para saber que también puede ser vulnerable, débil y tan frágil como un juguete roto.

Y es todo ese conjunto de virtudes y defectos lo que convierten al hombre que tengo delante en la fruta prohibida para mí. Lo único que tenía que hacer para mantenerme a salvo era no enamorarme de él. Evidentemente, fallé.

―¿Eres real? ―musito.

Nathaniel Black tuerce sus perfectos labios en una media sonrisa de chico malo.

―Tan real como que tú estás borracha como una cuba.

Suelto un bufido, escandalizada por sus viles acusaciones.

―¡Injurias y calumnias! ―me defiendo, muy dignamente―. Solo estoy ligeramente ebria.

Y para demostrárselo, doy una voltereta, pero pierdo el equilibrio a causa de mis altos tacones –no a causa de nueve chupitos y tres copas de champán–, y me tambaleo hasta que aterrizo en sus brazos.

―Tranquila ―susurra contra mis labios―. Te tengo. Sabes que nunca permitiría que te cayeras.

Me estremezco al sentir la calidez que desprende su fuerte cuerpo y la presión que sus manos ejercen sobre mis brazos. Mi corazón empieza a galopar dentro de mi pecho cuando alzo la mirada y observo, con la garganta seca, los hermosos iris azules que, a su vez, me examinan a mí. En sus ojos se refleja aquel brillo de depredador que siempre conseguía hacerme perder el juicio y el control. Y luego está su rostro, más escultural de lo que yo recordaba, y sus labios prácticamente pegados a los míos… ¡Uf!

―Hola, princesa. Siempre es un placer volver a verte.

     ¡Señor, dame fuerzas! Con la mente aturdida a causa de la bebida, las hormonas revolucionadas por su presencia, y sin ser consciente de lo que estoy haciendo, agarro su nuca con las dos manos y estampo mi boca contra la suya. Mi lengua se abre paso a través de sus dientes, con desesperación casi. Ese arrebato le arranca a Nathaniel Black un gemido proveniente de lo más profundo de su garganta. Sin vacilar, traslada ambas manos a mi rostro, clava los dedos en la piel de mis mejillas y se hunde en mi boca con una codicia abrumadora.

Saltan chispas cuando nuestras lenguas se encuentran en un beso largo, hambriento y cargado de electricidad. Solo pasan unos instantes hasta que su sólido pecho se aplasta contra el mío y sus estrechas caderas me empujan hasta apoyar mi espalda contra la barra. No parece ser capaz de despegar los labios de los míos y, poco a poco, aumenta la intensidad de nuestro beso, como si cada vez necesitara más de mí. Mientras, a lo lejos, una copa cae al suelo, y su beso borra de mi mente todo lo que ha pasado en los últimos dos años. Oigo voces lejanas… música… nada importa. ¡Nada! salvo él. El beso puede haber durado una eternidad o puede que hayan sido unos pocos segundos. No lo sé. Ha sido tan intenso que he perdido la noción del tiempo.

―Dios, cuánto te he echado de menos ―exhala, con la voz ronca de deseo.

Retrocedo medio paso, levanto la mano en el aire y le doy una bofetada con tanto vigor que su rostro se gira hacia la izquierda.

―¡Auch! ―se frota la mejilla y me mira confuso, arrugando el ceño―. ¿Por qué coño has hecho eso?

―El beso ha sido porque te echaba de menos y la bofetada por ser un gilipollas las navidades pasadas. Ahora, si me disculpas, tengo una fiesta que atender. Me ha alegrado verte. Buen viaje de vuelta a Yankilandia ―me dispongo a darle la espalda, pero me detengo en el último momento para añadir una cosa más―. Ah, y… ¿Black? No te olvides de comprar un souvenir para tu novia. Au revoir.

―No tan rápido, pequeño saltamontes ―dice con burla mientras me agarra un brazo para impedir que le dé la espalda―. ¿Sigues enfadada conmigo?

Bufo y libero mi brazo con un gesto brusco.

―No podría importarme menos tu persona. No sé lo que pretendías viniendo hasta aquí, ni tengo tiempo para averiguarlo, pero lo que sea que hayas venido a buscar, esta noche no vas a encontrarlo en este club. Esta es una despedida de soltera y la última vez que chequeé, tú no estabas en mi lista de invitados. Así que hazte un favor a ti mismo y lárgate antes de que te echen mis guardaespaldas.

Con un brillo divertido en su intensa mirada, Nathaniel ladea la cabeza y tuerce los labios en una de sus sonrisas desagradables.

―¡Embusterilla! Tú no tienes guardaespaldas.

―¡¿Y tú que sabrás?!

―¡Soy Nathaniel Black! ―exclama, como si eso lo explicara todo―. ¿De verdad piensas que no sé lo que haces en cada momento? Sé que solo tienes un mayordomo viejo, preciosa. Y también sé que no está aquí, sino en la nueva mansión que te has comprado en las afueras de Londres. Buen barrio, por cierto. Y el jardín, una maravilla… ―se inclina para cuchichear― Hablando de ello, ¿quién lo ha diseñado? Tienes que pasarme su teléfono. El jardín de mi mansión de Atlanta necesita una reformilla urgentemente.

―¿Pero qué dices? ¿Cómo…? ―sacudo la cabeza lentamente y levanto una palma para impedirle que hable―. Déjalo, no me interesa saberlo.

―Pero te lo diré igualmente ―mira hacia la derecha, mira hacia la izquierda, se acerca a mí oído y me susurra en tono conspiratorio―. Resulta que estoy entre las sombras, vigilándote. En cada momento del día, mi mirada diabólica está clavada en ti. ¡Buuu! No puedes librarte de mí en ninguna parte.

Ladeo la cabeza hacia la derecha e, incapaz de retener la sonrisa, evalúo esos ojos azul marino que parecen estar burlándose de mí.

―¿Ni siquiera cuando voy al baño? ―repongo, divertida.

Se inclina sobre mí con una sonrisa lasciva y los ojos abiertos de par en par.

Sobre todo cuando vas al baño ―me susurra al oído al tiempo que su dedo índice se desliza por la sensible piel de mi cuello.

Bajo su simple roce, esa porción de piel se incendia y las llamas se propagan con gran rapidez por todo mi cuerpo. Sin embargo, yo sé que, a pesar de ser horriblemente hipnóticas, acabaran devorándome si le permito que me toque de esa manera, así que lo aparto de un manotazo.

―Eso es enfermizo. Deberías hablarlo con un psicoanalista.

―¿A que sí?

Le doy la espalda y me dispongo a alejarme de él.

―Adiós, Nathaniel.

―Lo que tú digas, muñeca.

Doy un paso. Doy otro paso. Y otro. Y otros cinco. No me sigue. Giro un poco la cabeza y veo que se ha sentado en la barra y está pidiéndose una copa. No sé lo que es mayor, si el fastidio porque no me haya seguido o la alegría de haberme librado de él tan pronto. Decido que es mejor no saberlo y camino como si nada hubiera pasado hasta el sitio donde bailan Emma y Lilly.

―¡CC! ―chilla Emma, quien deja de moverse durante un instante―, no sé cómo decirte esto, pero creo que he visto a Nathaniel Black en la barra.

―Ignóralo. Se irá en breve.

―¿Nathaniel Black? ―repite Lilly pasmada, antes de girar la cabeza para buscarle con la mirada―. ¿El Nathaniel Black del Oscuro Secreto?

―El mismo. Esta se lo tiró el año pasado cuando era su asesora de imagen y luego lo dejó porque era un playboy desalmado y ahora él ha vuelto porque la quiere desesperadamente.

―¡Emma! ―protesto, indignada―. ¿Qué demonios ha bebido?

―Eh, creo que zumo de piña ―me contesta Lilly entre risas―. ¿Te has tirado a Nathaniel Black? ¿El sex symbol?

Resoplo con fastidio y dejo de mover las caderas de manera provocativa al darme cuenta de que Nathaniel no me mira. ¿Para qué estresarme si no tengo a quien impresionar?

―Sí, me he tirado a Nathaniel Black, el del Oscuro Secreto, el sex symbol, el Dios del sexo, el playboy del Upper East Side. ¿Podemos dejar ya el temita, por favor?

Lilly se gira hacia Emma con la boca abierta y los ojos como platos.

―¡¿Se ha tirado al chico malo de Hollywood?!

Emma adopta un aire digno. Siempre se regocija y va de digna cuando las demás metemos la pata.

―Sí, querida ―le contesta, como si yo no estuviera delante―. Varias veces, además. Mantuvieron una relación muy intensa. Lujuriosa, según la prensa sensacionalista.

Lilly abre la boca aún más al escuchar aquello.

―Perdona mi ignorancia, pero ¿cómo es que se casa con Jonathan si está enamorada del dios del sexo?

―Porque es tan cabezota que no quiere admitirse a sí misma que aún ama a Nathaniel. Son los genes Collins. Los irlandeses son gente muy orgullosa, ¿sabes?

Me aclaro la voz con irritación.

―Chicas, sigo aquí.

Las dos me ignoran y siguen cuchicheando sobre mi relación fallida, sin dejar de bailar. Lo más sensato, para evitar nuevos ataques de cólera, es seguir con la fiesta en otro lado. Les doy la espalda a las dos cotillas, me dirijo donde mis primos y empiezo a bailar con ellos y a beber aún más. Me comportaré como si Nathaniel no estuviera aquí. Sé que se aburrirá y se irá en breve.

Vale, eso no es cierto. Bailo de manera sugerente cuando me mira y el baile pierde todo interés cuando deja de mirarme. Detesto pasarme la noche preocupándome por si Nathaniel Black me mira o deja de hacerlo. Y no puedo creer que, de todas las fechas del calendario, eligiera justo el día de mi despedida de soltera para presentarse aquí. ¡Es un cabronazo! ¡Y le odio! Vale, esto tampoco es cierto. ¡Pero quiero odiarle! Mejor dicho…¡quiero querer odiarle! ¡Le odiaré! En breve…

     Dos horas después:

―¿Qué tengo yo de malo, Nate? ―lloriqueo, con la barbilla apoyada en mi mano izquierda―. No, en serio. Soy buena persona, aunque finja ser mala, ¿sabes? Me preocupa la pobreza mundial… la desnutrición en África… invierto, aunque nadie lo sepa, en la investigación del cáncer porque me parece una enfermedad horrible e injusta, y reciclo desde que tenía quince años porque me angustia el calentamiento global. Soy buena chica, en el fondo. ¿Por qué ninguna de mis relaciones ha funcionado? Todos acaban dejándome, tarde o temprano… Incluso tú ―dejo caer la cabeza hasta que mi frente se golpea ruidosamente contra la barra.

Nathaniel me levanta el rostro y me escruta en silencio, con el ceño fruncido.

―Yo no te he dejado, amor. Fuiste tú la que se marchó.

Hago un gesto de exasperación con la mirada.

―Tú, yo, nosotros, ellos… ¿Qué más dará? El caso es que no ha funcionado. ¿Sabías que incluso Bobby Joe me dejó?

―¡No! ―finge sentirse muy alarmado―. ¿En serio? ¡Qué canalla!

―Sip ―tomo otro trago de vodka―. ¡Me dejó por Sue Ellen! ―exclamo mientras rompo en desgarradores sollozos. Definitivamente, el vodka es Satanás.

Nathaniel suelta una carcajada y me quita el vaso de las manos para que no beba más. Acto seguido, me ofrece un pañuelo que se saca del bolsillo. Un pañuelo blanco con las letras N.W.B en hilo rojo. ¡Qué anticuado es a veces! ¿Quién tiene un pañuelo hoy en día? ¿Y de dónde viene la W?

―No fue culpa tuya, amor. Está claro que Bobby Joe tenía una debilidad por los nombres compuestos.

Sin poder evitarlo, suelto una risa, a través de los lagrimones que cubren mi rostro.

―Y luego está Matt, que resultó ser gay ―continuo, arrastrando las palabras―. Y su hermano Charles se lió con Lilly en mi baile de fin de curso. ¡Y Edward Carrington volvió con su mujer! ―al recordar que me he acostado con un senador que pertenece a la derecha católica de Estados Unidos, prorrumpo en sollozos espasmódicos.

Intento recuperar la bebida, puesto que lo único que puede consolarme en este instante es ese delicioso elixir que los rusos −inteligentes criaturas− tuvieron la genial idea de inventar, pero Nathaniel la mantiene lejos de mi alcance.

―No te tortures, princesa. No es culpa tuya. ¿Es que no lo ves? Es evidente que Matt te dejó porque no tienes pene, Charles porque… aunque esta noche lo parezcas, no eres un zorrón, y el senador Carrington porque… ―entorna los ojos y se frota la barbilla mientras lo piensa―… bueno, eres protestante.

Levanto la cabeza y lo miro confusa.

―Nate, soy católica.

―¿En serio? ―no consigue disimular su asombro―. Pensaba que Enrique VIII había empalado a todos los católicos de Inglaterra.

―¡Enrique VIII cortaba cabezas!

Hace un gesto de exasperación con sus maliciosos ojos.

―He fallado por veinte centímetros. ¡Demándame! Además, ¿a qué viene esta depresión?

Me encojo de hombros.

―Mi vida es un asco. Me caso dentro de una semana con un hombre al que no amo. Y el hombre al que amo está como una cabra, con lo que lo nuestro nunca podría funcionar. ¿No te parece bastante?

Entrecierra los ojos, como si mis palabras le golpearan en lo más profundo de su ser. Se queda callado y, a medida que su rostro adquiere una expresión grave, se instala entre nosotros el más absoluto de los silencios. Al verle tan torturado, me quedo sin palabras.

―No te cases con él, princesa ―susurra, en voz queda.

Su mirada suplicante atrapa la mía. Desliza el dedo índice por mi mejilla, con un gesto tan tierno que, durante unos segundos, todos mis muros se tambalean y casi se me olvida quién es y lo que me ha hecho. Cierro los ojos, acerco el rostro a su mano y me quedo inmóvil mientras dura la caricia.

―Él no puede hacerte feliz.

―¿Y tú que sabrás? ―musito, aún afectada por el contacto de su piel―. Ni siquiera lo conoces.

En sus labios aparece una fugaz sonrisa de lado.

―¿Cómo se llama?

¡Como si no lo supiera ya! Él mismo ha dicho que sabe lo que hago en cada momento y, conociendo su grado de demencia, me lo creo.

―No es asunto tuyo.

Se le ilumina la mirada y le veo mordiéndose el labio para aguantarse la risa.

―¿No-es-asunto-tuyo? ―repite, con aparente seriedad―. Mmmm, debe de ser esconces por el nombre. No te cases con él, amor. Los escoceses son individuos muy aburridos. Te cansarías antes de que acabe la luna de miel.

―¡No digas bobadas! ―escupo, con cierta brusquedad.

Su mirada, de pronto ardiente, se centra en mi boca. Pasan unos instantes hasta que vuelve a mirarme a los ojos.

―¿Sabes qué? ―musita. Su rostro está tan cerca del mío que puedo sentir el susurro de su acelerada respiración contra mis labios―. Deberías casarte conmigo. ¡Sí! Deberíamos hacerlo ahora mismo. ¿Tenéis casinos en Inglaterra? Las Vegas nos pilla lejos ―al ver la mala cara que pongo, se detiene y parpadea―. ¿Qué? ¡No pongas esa cara! Hasta tú tienes que admitir que yo tengo mejores genes que el señor No-es-asunto-tuyo. Y podemos tener bebés, si es lo que quieres. Sabes que a mí no me importará fabricarlos ―me guiña un ojo, con gesto juguetón.

Le doy unas palmaditas en el brazo y enseguida me levanto de mi silla alta, tambaleándome un poco. ¡Puf! ¡Qué mareo! No bromeaba al decir que íbamos a salir de aquí a gatas. Yo, desde luego, lo hago.

―Eres un coñazo de tío, Nathaniel Black. Y yo estoy demasiado borracha como para estar tan cerca de ti, así que me voy a casa. ¡Sola! ―apostillo al ver que se pone de pie.

De esa forma, sola y borracha, arrastro los tacones hasta la salida del club y vuelvo a mi maravillosa casa de las afueras, felicitándome a mí misma por haber rechazado a Nathaniel Black. Mañana mismo pienso escribirle al Papa para que me galardone por mi actuación de esta noche.

 

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2 Comments

  1. Que Encuentrazo!!! jajajaja Esto se va a poner intenso cosa que me ENCANTA!!! Me dejas en suspenso Isabella jajaja qe voy a hacer contigo mujer jajaja…

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